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Atrapasueños

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a t r a p a s u e ñ o s


Exposición Manuel Londoño Mejía Curaduría Daniela Uribe Valencia y Alejandra Herrera Molano Museografía Alejandra Herrera Molano y Manuel Londoño Mejía Textos Daniela Uribe Valencia Montaje Andrés Felipe Pardo Fuquen y Miguel Ángel Ocampo Rojano Proyecto Binario 2021


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Prólogo

Manuel y yo hicimos la universidad juntos. Nuestra amistad ha sido profunda. Nuestros procesos sensibles, aunque muy diferentes, siempre han ido de la mano. Compartíamos –y todavía compartimos– palabras, sueños, películas, lecturas, símbolos. Ahora que estamos colaborando en la creación de esta muestra de sus dibujos, miro hacia atrás desde la materia y desde la escritura para poder entrar en estas piezas poéticas, acontecimientos, conjuros vitales, invocaciones. A veces, simplemente quiero mirarlas: no puedo y no quiero decir nada. De pronto, en algún momento algo revienta, puede ser paulatino, no es maquinal, surge un movimiento interior, una visión, una aparición, pero no es inmediato, no siempre, casi nunca. Es cierto que desde que veo estas imágenes han aparecido ante mí arcoíris, colibríes, garzas y muchas mariposas nocturnas, en una esquina de mi sala o en el cuento que leía.


Manuel siempre ha sido, sobre todo, dibujante, uno muy minucioso. Un artesano, un propiciador de atmósferas y sensaciones, y para eso con infinita paciencia, casi como un acto meditativo, teje con el material. Son la luz, la penumbra y la sombra las hilanderas de este tejido. De manera continua y algo compulsiva busca el negro más negro, ojalá mate, con hilos de grafito y puntadas muy cerradas, como la filigrana. Modela formas frágiles a partir de un tono continuo, con muy poco aire entre trazo y trazo. También crea centros que irradian líneas perfectas y finas, entre las cuales emergen vacíos angostos que cubre con crayón de cera; una suerte de revestimiento del papel que exige de la mano fuerza pero también delicadeza. Traza arcos milimétricos, cuyo cuerpo colorea si afán con lápices de color bien afilados. Con el micropunta delimita y enlaza; a través de la línea fina da puntuación a la mácula aguada de algunos plumones. Raya con fuerza colores vibrantes cuyos resultados parecen ser alegres fenómenos del aire y de la tierra.


Rasga y corta papeles encontrados y así dibuja; los pequeños cortes terminan por convertirse en una figura. Cubre las hojas con capas de sombreado de donde emergen apariciones luminosas, algunas espectros evanescentes, otras, fulgores absolutos. Con la sombra nace la luz, con la luz nace la sombra: de otra manera sería imposible develar aquello que se quiere ver, la sola luz anula la forma. Así también pasa con la sombra, desposee a la vista y la cubre de oscuridad. El dibujo puede ser ese lugar donde se aúnan la luz y la sombra, y queda descubierta la mirada.


Cartas de amor

Mi hijo tiene dos años, está empezando a mirar todo a su alrededor. Cuando era más pequeño reconocía solo las abstracciones del sol, la luna y las estrellas. Son contadas las veces que ha podido verlas como lo que son: acontecimientos, cuerpos luminosos que marcan nuestra temporalidad, en ocasiones difusos, diáfanos, y en ciertos lugares, formas perfectas, delineadas. Hace poco pudo ver la puesta del sol, una esfera naranja que caía lentamente hasta guardarse en el mar. Alguna vez pudo ver la luna, yo creo que estaba llena, o casi llena; le dio tanta emoción que me dijo que quería cogerla, creo que intentó alzar una manita e impulsar el cuerpo hacia ella, hacia la luna, percibió que estaba más lejos de lo que pensaba y yo le dije que ella estaba lejos.


Hay unos pájaros que se toman toda la hoja, la hoja es el cielo. Luego de verlos sombreados con delicadeza, que deambulan, cada uno a su paso, cada uno en su cadencia, cada uno con sus alas desplegadas al ritmo de su movimiento, me repliego, sitúo la mirada en mis propias memorias. Recuerdo ver volar pájaros. Los he visto negros, caóticos, aves de rapiña acechando la muerte. Los he visto blancos, aterrizando junto al ganado, cerca a las vacas. Los he visto volar sincrónicos, formando una suerte de flecha, cuya punta parece indicar una dirección. Los he visto disipándose, vaciando el fragmento de cielo, tal vez, cada uno tomando su propio camino.


Rocas metamórficas

Los pies nos sirven para sostenernos, caminar, trepar y correr. Las alas son para volar. Los animales tienen alas, con ellas vuelan y van de un lugar a otro, pueden estar en las alturas. Las representaciones de los ángeles tienen alas. Los ángeles son mensajeros. Mercurio no es ni un ángel, ni un animal, es un dios. Como los ángeles es un mensajero; supongo que puede ir a su antojo de la tierra al cielo y del cielo a la tierra. Conocemos sus pies alados; ambos elementos corpóreos que le permiten moverse, el primero por el mundo terrestre, el segundo por el mundo celeste, o si se quiere, sobrenatural. Las dos posiciones están conectadas en ese ir y venir de aquel mensajero. Los pies descalzos. Si cubrimos el pie las alas no podrán aletear, y posiblemente tampoco volar. Si cubrimos el pie la escultura perderá su aura, no hay nada más profano y humano que una media. El calzado si bien nos cubre y protege, también nos quita la posibilidad de sentir la tierra, también es cierto que cada vez pisamos menos tierra y más asfalto.


Carta de colores

Marfil, resplandor solar, amarillo canario, vara de oro, amarillo tulipán, amarillo indio, jasmín, durazno deco, rosa, rosa salmón, geranio pálido, naranja mineral, naranja calabaza, marrón siena, nuez de nogal, arena, tierra de sombra, madera flotante, terracota, magenta, rojo saturno, rojo amapola, rojo pompeyano, rojo carmesí, rojo carmín, carmín oscuro, lago escarlata, púrpura, lila, parma morado, violeta persa, violeta violeta, violeta azul, cielo azul, azul cerúleo, azul deco, humo azul, azul mediterraneo, azul pavorreal, azul verdadero, azul espacio, azul índigo, cobalto profundo, verde noche, verde azulado, turquesa, jade pálido, viridián, verde verdadero, té verde, piel de lima, aguacate, verde esmeralda, verde hoja, verde savía, verde enebro, loro verde, verde mar.


Atrapasueños

Se lleva la mano a la cabeza y descubre que se ha transformado en la de un caballo. –¿Me ves algo raro?– le pregunta. –A mí toda la gente me parece rara –responde–. Tú tienes perfil de yegua. –Sí– dice Leonora–. De ahora en adelante tendré cara de caballo. Conozco a alguien que tiene cabeza de cerdo desde que nació. Leonora Elena Poniatowska

Me agradaba profundamente sacar a mi perro a pasear, ya murió. Si hacía sol me quedaba un rato sentada sintiendo el calor. Veía los árboles tan viejos que hay por el barrio en el que antes vivía, sobre todo me gustaban sus cortezas agrietadas, coloridas. Las veía cuando estaba dispuesta, cuando estaba tranquila; cuando no me daba la gana solo veía el aburrimiento del día a día, por mi propia incapacidad de no poder ver o porque tampoco puedo negar que la rutina a veces se hace sofocante. Todas esas lindas palabras, esos enormes árboles, esas hermosas plantas, esos arreboles, que tanto parece disfrutar Borges, aparecen estériles, vacíos


de significado, accesorios, como si no estuvieran vivos ante mis ojos. Y es más probable que sea lo contrario, aunque mi corazón bombee sangre, a veces, yo no estoy. Aproximarse a los poemas nunca es algo fácil, nuestra razón quiere imperar con todas sus fuerzas, pero la intuición me dice que hay algo más que nos interpela y no viene desde eso que llamamos lógica. En un primer instante son una amalgama de imágenes que parecen inconexas y carentes de ese llamado sentido lógico. Con el tiempo y la relectura esas imágenes resultan estimulantes: de ciertas sensaciones, ciertos recuerdos, pensamientos acumulados, sueños. El miedo ante no hacer una conexión racional se va ensombreciendo. Una noche mientras coloreaba, me dio curiosidad por oírle la voz a Borges. Lo busqué y encontré aquellas conferencias que él dictó. Escuché algunas de ellas y quedaron en mí algunas ideas, esas que le quedan rondando en la cabeza a uno, que van y vienen. Un Borges anhelando volver a ver el rojo, su incapacidad de ver el blanco, ahora un gris; la yegua de la noche, el verso de Shakespeare “I met the night mare”; y esa noción budista, que vivimos en un sueño y estamos esperando despertarnos,


contrario a lo que Bernard Shaw (Borges habla de esto, no es que yo haya llegado a esa conclusión respecto de sus pensamientos) a que debemos seguir soñando y creando el mundo, alimentando “esa voluntad que se encarna en nosotros y produce esa representación que es el mundo”. Entonces, ¿soñamos el mundo y debemos despertar o debemos seguir soñando y creando el mundo? Yo no lo sé y aunque me llama la atención, no es algo que quiera responder ya. Tal vez nunca lo responderé, no quiero incurrir en esos dilemas filosóficos. No quiero que la luz enceguezca mi mirada, pero tampoco quiero vivir en las tinieblas: me pienso en la casi luz o la casi sombra de la penumbra, despertando de un letargo. Quiero vivir o quiero seguir soñando y crear el mundo o permitirle al mundo que poco a poco se revele. Como dice María Zambrano, “El otro camino es el del poeta. El poeta no renuncia ni apenas buscaba, porque tenía. Tenía por lo pronto lo que ante sí, ante sus ojos, oídos y tacto, aparecía; tenía lo que miraba y escuchaba, lo que tocaba, pero también lo que aparecía en sus sueños y sus propios fantasmas interiores mezclados en tal forma con los otros, con los que vagaban fuera, que juntos formaban un mundo abierto donde todo es posible”. Yo no soy


poeta, pero encuentro vida en ese acontecer poético que tengo ante mí, (y por supuesto, en la prosa). Pienso en Casi juicio final de Jorge Luis Borges. He dicho asombro donde otros dicen costumbre... El recuerdo de una antigua vileza vuelve a mi corazón, como el caballo muerto que la marea inflige a la playa, vuelve a mi corazón. Vileza: algo que trastorna por allá dentro, eso que arrugó el corazón. Esa vileza vuelve y se va, como el caballo muerto que la marea inflige a la playa y que ella misma vuelve para llevárselo, en un vaivén anda el caballo muerto, en ese lugar “ilimitado y limítrofe”. La playa, ese espacio casi plano, a veces despejado, a veces lleno de basura y troncos que las olas han traído o que los humanos hemos dejado. Margen arenoso, material suave y granuloso, que al juntarse con el agua se vuelve moldeable, hasta que el propio mar se lo lleva, lo deshace, lo arrebata. El mar, símbolo de un perpetuo estado transitorio, resguardo de una cantidad de seres


vivos, insospechados. Un lugar profundo, entre más camine hacia esa perspectiva donde se pierde la mirada, menos podré tocar el suelo. ¿Terminará el caballo con heridas aún después de muerto por el roce constante de la arena y el mar? ¿Qué importan ya las heridas después de estar muerto? Me aparecen en los sueños, en las lecturas, en las imágenes... Una muserola en su trompa conecta con las riendas. Yo llevo las riendas, son rojas. No estoy montada en una silla, su piel está descubierta, libre. Él y yo estamos parados, esperando, no recuerdo qué o a quién, solo esperamos. Mientras la espera, yo lo consiento para que esté tranquilo, para que no se aburra, pero eso tiene el efecto contrario, él empieza a querer correr precipitadamente. Las riendas son muy muy largas y él se aleja, yo tengo miedo de que algo le pase. Hay otros caballos que le pueden hacer daño, al correr los alborota y ellos empiezan a alzar sus patas traseras y a relinchar. Yo no quiero que le hagan daño, y corro para protegerlo, intento gritar a ver si alguien me oye, pero casi no me sale la voz, es un grito interno, hasta que por fin logro emitir un sonido débil. Llega un hombre, de repente está en


el piso, muy herido, casi muerto, pero a mí no me importa, en absoluto me importa ese hombre, yo solo quiero que mi caballo no esté herido, y lo está, pero algo me consuela el verlo vivo, a diferencia del caballo de la playa que está muerto. V. Shklovski, o su traductor, dice que “el arte es el pensamiento de las imágenes” y que la “poesía al igual que la prosa, es ante todo y sobre todo una manera de pensar y conocer”. Pensando en las imágenes y leyendo El arte como procedimiento, vuelve a aparecer un caballo, un caballo al cual Tolstoi le da voz: “Muchos de los que me consideraban como un caballo no me montaban nunca; eran otros los que me montaban, otros también los que me alimentaban”. A mi abuelo le gustaban los caballos, le gustaba montarlos, les llamaba bestias, yo no entendía esa forma de llamarlos. El caso es que los montaba, tenía algunos, los tenía en un terreno en Caldas, a las afueras de Manizales, un lugar que se llamaba La Persia, alejado del casco urbano. Cabalgaban él y mis tíos –a mi madre la mordió un caballo y nuncaquiso volver a montar–, por las ‘faldudas’ calles destapadas, por las mangas. Luego iban a la ciudad, él descansaba, dejaba a los niños en la casa, a


los caballos en el garaje. Quise ir a ver caballos, quise darle olor a mis sueños, me fascina el del sudor de caballo. El lugar más próximo era un centro ecuestre. Lejos estaba este lugar de parecerse al que vi en una noche. Estaban casi todos encerrados en pesebreras, eran caballos fragmentados, solo podía ver su hocico y su pelo, muchos estaban cubiertos de polvo. Había tres por fuera; dos estaban amarrados y los estaban bañando, y el otro lo estaban montando, saltaba palos una y otra vez como Sisífo empuja una y otra vez la piedra por la montaña. Cuando me acercaba a esas cuevas de dos metros, a algunos les daba curiosidad y se acercaban, paraban sus orejas, otros se quedaban rumiando su paja, apenas volteaban la mirada con desgana. Me acerqué a consentir a estos caballos encerrados, con cierta precaución, pues sabía que debía primero dejarme sentir de una manera sosegada, no violentarlos con mis caricias, supongo que no es raro para ellos que lleguen personas a querer tocarlos por el simple hecho de que están encerrados y son muy bonitos. Por supuesto, todos estos caballos pertenecen a alguien y los alimenta otro alguien, aquí no parecen tener voz. Otro día, en mis sueños, lo volví a montar, a ese


caballo marrón, siempre es marrón, como el que resulta herido. Él me lleva delicadamente por algunos senderos, algunas cumbres con piedras toscas, vírgenes, pero sus patas bajan con un cuidado casi amoroso, mi pelvis no sufre con el movimiento. Llegamos a una casa y él se acuesta a mi lado, así como mi perro solía acostarse. Siempre me ha gustado el caballito de palo, ese del palo de escoba con cabeza de caballo, con el cual los niños pueden galopar y escapar del entorno familiar, o qué sé yo, nunca lo tuve porque nunca me lo regalaron, seguramente tampoco lo pedí, como tampoco pedí cocinas, tocadores, planchas, bebés que sí me dieron. Según el libro de los símbolos de Chevalier “los chamanes utilizaban frecuentemente un bastón acodado en forma de cabeza de caballo, que se dice bastón caballar” y que usan como caballo vivo para volverse al otro mundo, pues ha sido considerado como un psicopompo, un ser que tiene el papel de conducir las almas de los difuntos hacia la ultratumba, cielo o infierno. Sacrificado por muchas culturas, debido a su simbolismo de abundancia, fuerza impulsiva y generosa; colgada su cabeza en las puertas de una ciudadela romana, sumergido vivo en el agua como ofrenda al gran padre de las aguas. Es el portador entre mundos.


Creo que no he asimilado del todo las imágenes de Casi juicio final, son imágenes que vienen y se van, sentimientos que vienen y se van, ese amor que creiste que ya no sentías de pronto vuelve y se va, cuando creíste que tenías todo bajo control, y otra vez vuelven los pensamientos delirantes y circulares, laberínticos y después una contemplación sigilosa, ‘alegrona’ y melancólica. Contemplación que guía a lo desconocido, eso desconocido que está en la cotidianidad, en el día a día. Sucede a menudo que hay que ponerle frenos a esa yegua desbocada que todo lo quiere saber, esa yegua que va a las profundidades del mar, y descubre que lo que hay allí es tan peligroso como fascinante, que los animales habitantes pueden ser hermosos, pero pueden vernos a la cara con una mirada devoradora porque en las aguas “se rompe la máscara que cubría el rostro”; para luego intentar salir de esas profundidades, un poco despavoridos, a la orilla, a la arena, a tierra. A ver el alba, el crepúsculo, el sol que calienta, más no quema. A ver la luna, a aceptar que


es misteriosa, que nos mira y que probablemente sea la “regidora del tiempo y de las mareas, del flujo y el reflujo de la feminidad, patria de los locos y de los muertos”. Si la miramos desde nuestro lugar, tal vez, no nos gritará, de pronto nos susurrará algo que en el momento oímos como inteligible. Como dice María Zambrano “de ahí que el poeta tenga que irse lejos del centro donde vive, que sea primeramente el huido, el perdido. Regresa cuando se va: a la naturaleza o al modesto y domeñado campo”. “¿Quién se atreverá a condenarme si esta gran luna de mi soledad me perdona?”


Esta edición fue realizada e impresa en Mayo 2021 Bogotá, Colombia


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