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8 Notas Engalanarán Riccardo Muti, Arvo Pärt y Elisa Carrillo el 40 FIC

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ara celebrar cuatro décadas de existencia, el Festival Internacional Cervantino (FIC) ha preparado un programa especial que incluye artistas de reconocimiento mundial como el legendario director de orquesta italiano Riccardo Muti, al frente de la Sinfónica de Chicago; a la primera bailarina mexicana de la Ópera de Berlín, Elisa Carrillo, y el compositor estonio Arvo Pärt, uno de los más importantes de la actualidad. El encuentro cultural se realizará del 3 al 21 de octubre próximo en Guanajuato. Tendrá la presencia de tres mil 15 artistas y como invitados de honor los países europeos de Austria, Polonia, Suiza y el estado mexicano de Sinaloa, que presentarán expresiones que reflejan su pasado y presente artístico. Durante 19 días habrá expresiones en danza, teatro, música, ópera, cine, literatura, artes visuales y actividades académicas, siendo una de los principales atractivos Muti, famoso por haber dirigido a la orquesta de La Scala de Milán de 1986 a 2005, quien al frente de la Sinfónica de Chicago ejecutará un programa compuesto por obras de Johannes Brahms (1833-1897), Félix Mendelssohn (1809-1847) y Giuseppe Verdi (1813-1901). Otra luminaria del programa es Arvo Pärt, figura fundamental en la música contemporánea, quien llega por primera vez a México y asistirá al concierto que con música de su autoría ofrecerá el Coro de Cámara Filarmónico de Estonia y la Orquesta de Cámara de Tallinn, en el Teatro Juárez de la ciudad de Guanajuato. La música de Federico Chopin (1810-1849), llevada magistralmente por los caminos del jazz y el rock, así como aderezada con luces e improvisaciones de danza, abrirá las actividades de la programación de esta edición 40. El espectáculo “Rock Jazz Chopin”, creado y dirigido por Andrzej Matusiak, unirá el talento de los pianistas Karol Radziwonowicz y Leszek Mozdzer, la Folies Dance Company y la cantante Anna Serafinska. El arte operístico estará representado con las producciones “El caballero de la triste figura”, de Tomás Marco, montada por la Orquesta y Coro de la Comunidad de Madrid, y “La venganza del príncipe Zi Dan”, puesta a cargo de la Shanghai Peking Opera Troupe, de la República Popular China. En el apartado de música de cámara estarán presentes la Camerata de Salzburgo, dirigida por el violinista Alexander Janiczek; la Camerata Bern, de Suiza, y Les Violons du Roy, que interpretará “Las

cuatro estaciones”, de Antonio Vivaldi, y “Las cuatro estaciones porteñas” de Astor Piazzolla. También estará la Orquesta de Cámara de la Filarmónica de Varsovia, la cual ha mantenido la tradición en la ejecución e investigación de la agrupación mayor, con una vida artística de más de cien años.

El segmento musical incluye a la Orquesta Sinfónica Sinaloa de las Artes (OSSLA), dirigida por su titular, Gordon Campbell, que tendrá una participación especial en la presente edición de la “Fiesta del espíritu” y hará alarde de su versatilidad al ofrecer tres conciertos distintos como representante del estado mexicano invitado al FIC.

En el primero acompañará al pianista Joel Juan Qui Vega; en el segundo interpretará el programa “Pedro Infante sinfónico”, con el tenor José Manuel Chu, y el último, dirigida por Enrique Patrón de Rueda, será una gala da ópera a la que se unirá La Original Banda El Limón, para marcar el gran final del 40 Festival Internacional Cervantino. Bolivar Soloists interpretará “Fuga a las Américas”, un recorrido por la música de cámara latinoamericana; Geneva Brass Quintet presentará “Retrato de metales suizos”, selección de piezas escritas en ocho países. Asimismo, Keller String Quartet construirá un diálogo entre lo clásico y lo moderno con la interpretación de obras de Johann Sebastian Bach y Béla Bartók, y los artistas Leticia de Altamirano, Jesús Suaste y Alejandro Vigo rendirán un homenaje a Carlos Guastavino y Xavier Montsalvatge, a 100 años de sus nacimientos. En música antigua se presentará Europa Galante, uno de los ensambles de música antigua más aclamados del mundo; la Accademia del Piacere y Arcángel ofrecerán un programa en el que se mezclan la música barroca y el cante jondo, mientras que La Venexiana, dirigida por Claudio Cavina, ejecutará obras vocales de Jorge Federico Handel. Por otra parte, Musica Fiata K”;ln realizará

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un homenaje a Giovanni Gabrieli, a 400 años de su muerte; la Orquesta de la Nueva España mostrará el rescate de música barroca iberoamericana que ha realizado durante sus 16 años de trayectoria y la Capilla Flamenca recorrerá Flandes, España y México, a través de música de los siglos XIV, XV y XVI. En cuanto a solistas se refiere, se contará con la participación del destacado pianista estadounidense Murray Perahia, el tenor mexicano Javier Camarena, el violinista italiano Fabio Biondi, y el pianista surcoreano Kun Woo Paik. Mientras que el pianista François Chaplin, reconocido por su interpretación de la obra de Claude Debussy, rendirá un homenaje al compositor impresionista por el 150 aniversario de su nacimiento. La sección de música contemporánea se engalanará con la presencia del Royal String Quartet, de Polonia, que interpretará obras de compositores polacos actuales. El Ensemble Variances se unirá a Percusions Claviers de Lyon para ofrecer un programa con obras de México y Francia. Amernet String Quartet realizará un estreno mundial del mexicano Héctor Quintanar e interpretará piezas de Gabriela Ortiz y Elliot Carter. Dentro del programa, el alemán Moritz Eggert ofrecerá obras de John Cage, de quien se conmemora el centenario de su nacimiento; el Ensemble Bartok Chile presentará el espectáculo “Ecos contemporáneos chilenos”, además que se contará con la participación de los grupos mexicanos Liminar y Ensamble Nuevo de México. La agrupación hondureña Aurelio and The Garifuna Soul Band ofrecerá un concierto con un repertorio completo de piezas con su estilo único; la cantante Albita mostrará su versátil estilo cubano; Tania Libertad ofrecerá un emotivo concierto enmarcado en el festejo por sus 50 años en los escenarios y desde Monterrey llegará Celso Piña, “El rebelde del acordeón”, y su Ronda Bogotá que incitará a la fiesta. Los “beats” y sonidos electrónicos serán creados en las tornamesas de Shantel & Bucovina Club Orkestar, así como Dj Alva Noto y Gebrüder Teichmann serán los encargados de prender el ambiente de la “Noche electrónica alemana”. También, Elektro Guzzi, de Austria, Marcin Czubala, de Polonia, y Sonja Moonear, de Suiza, le darán vida al “Pastito electrónico”. La cuadragésima edición del FIC conmemorará los centenarios de José Pablo Moncayo, Carlos Guastavino y Xavier Montsalvatge; los 60 años de los “Entremeses cervantinos”, funciones que dieron origen al FIC, así como del Ballet Folklórico de México de Amalia Hernández.

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Muere Ray Bradbury, el último maestro de la ciencia ficción


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n d i c e De nuestra portada Ray Bradbury Foto: Archivo

Ray Bradbury

Farenheit 451

Roberto Careaga C.

Muere Ray Bradbury, el último maestro de la ciencia ficción

• DIRECTORIO •

Lic. Felix Garza Elizondo Director General Mtra. Adriana Quintana Coordinación General Consejo Editorial MARTíN MENDO CANTÚ (†) OLGA FRESNILLO OLIVARES GRACIELA RAMOS DOMÍNGUEZ

d i t o r i a l

Ray Bradbury, pantallas futuristas

por J.C. de ABC

esulta curioso que la mayor aportación del séptimo arte a la obra de Ray Bradbury, admirador del cine popular de iconos como Lon Chaney («el hombre de las mil caras») y Ray Harryhausen pag. 3 (el hombre de los mil monstruos en miniatura), fuera el pastiche más extraño en la historia del cine de autor por excelencia (la nouvelle vague): la adaptación que François Truffaut hizo en 1966 de «Fahrenheit 451», su fábula sobre la guillotina cultural al rojo vivo que, tal vez, y a pesar pag. 4 de la potencia de sus imágenes (y sus ideas por desgracia atemporales) y la presencia de la bella Julie Christie, sea una de las películas de ciencia ficción que peor han envejecido (exceptuando la entrañable serie B cincuentera en la línea de «It came from outer space», de Jack Arnold, o «El monstruo de tiempos remotos», de Eugéne Lourié, también basados en sendos relatos bradburyanos). Tampoco tuvo mucha suerte Bradbury con el trato recibido en las pantallas (esta vez pequeñas) de su otra obra maestra: «Crónicas marcianas», ya que la miniserie de Michael Anderson, con un crepuscular pag. 6 Rock Hudson, fechada en 1980, le chirrió con especial intensidad, hasta el punto de que uno de sus últimos esfuerzos profesionales consistió en sacar adelante una versión cinematográfica a su altura. Por no hablar de «El sonido del trueno» (2005), supuesto y nada delicado blockbuster que Hollywood perpetró con uno de sus más famosos relatos y que no deja de ser un pálido (y jurásico) reflejo de su fabulación humanística, científica y finamente irónica. De Melville a Hitchcock Si a ello le añadimos su difusa colaboración con John Huston para arponear el «Moby Dick» de Melville, una versión «pop» de «El hombre ilustrado» dirigida por Jack Smight en el muy hippie 1969 (y que 25 años más tarde el plomo de Peter Greenaway copieteó en «The Pillow Book»), rarezas como «El verano de Picasso» (también del 69), y filmes menores donde colaboró como guionista como «La feria de las tinieblas» (1983), «El pequeño Nemo» (1992), «The Halloween tree» (1993) o «El maravilloso traje de color vainilla» (1998), y a la espera de que se concrete el proyecto de adaptar su maravilloso «El vino del estío», lo más sensato sería quedarse con las colaboraciones televisivas de Bradbury, desde «Alfred Hitchcock presenta» a «Más allá de los límites de la realidad», pasando por nuestras «Historias para no dormir» o «El teatro de Ray Bradbury», con ese memorable inicio en el que el genial escritor aparecía encendiendo lamparitas en su estudio y hablando en off: «La gente me pregunta de dónde saco mi ideas; pues de aquí mismo...». Ah, y no olvidemos el clásico documental «Story of a writer», de Terry Sanders, y otra conexión literaria-cinéfila: el magnífico ensayo «Ray Bradbury. Humanista del futuro», escrito a principios de los 70 por un José Luis Garci al que aún no se le había caído del todo la «a» del apellido.

Ray Bradbury: Décalogo de una amante de la vida

Ray Bradbury

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Muere Ray Bradbury, el último maestro de la ciencia ficción

novela. Si aún no está hecho, en este momento debe estar tallándose en su tumba el epitafio que eligió: “Autor de Fahrenheit 451”. Figura central de la literatura fantástica y ya reconocidamente indispensable en la narrativa americana del siglo XX, Bradbury falleció la noche del martes a los 91 años, en Los Angeles, EE.UU. Premiado con la Medalla de las Artes en 2004 y un Pulitzer a su trayectoria en 2007, junto a Issac Asimov y Arthur C. Clarke impulsó en los años 50 una renovación de la ciencia ficción. Bradbury, además, fue el principal responsable de la popularización del género. Más allá de la distopía futurista de Fahrenheit 451, en su obra Bradbury exploró los temores y angustias del americano medio de posguerra a través de relatos de misterio, terror y fantasía. Su marca fue su exploración del espacio. Dotó al planeta Marte de un desolador imaginario a través de libros como El hombre ilustrado (1951) y, sobre todo, Crónicas marcianas (1952). A nadie le extrañó que en 2004 la Nasa le pidiera a Bradbury informar al mundo que la nave robot Espíritu había aterrizado en Marte. “La ciencia ficción es la ficción de las ideas. Las ideas me entusiasman”, dijo a The Paris Review hace dos años, aceptando el género del que tanta veces rehuyó. En otra entrevista agregó: “Tengo ideas divertidas. Juego con ellas. No soy una persona seria. No me veo como filósofo. Eso sería muy aburrido. Mi meta es entretener”. Demasiadas máquinas Nacido el 22 de agosto de 1920 en Illinois, Ray Douglas Bradbury escribió su primer relato a los 12 años, inspirado por El Hombre Eléctrico, un personaje que llegó a su pueblo en un circo y le habló de vidas pasadas. Por esos días era un niño que sabía de memoria las historias de Tarzán y John Carter. Quince años después, su cuento Homecoming fue escogido como uno de los mejores de

1947, por un jurado en el que estaba, entre otros, un anónimo Truman Capote. Ese mismo año, Bradbury se casó con la mujer de su vida y publicó su primer libro de cuentos, El carnaval de las tinieblas. El éxito sólo llegaría tres años después, con Crónicas marcianas. Con su esposa embarazada y sin nada de dinero, Bradbury golpeó las puertas de todos los editores de Nueva York. Nadie se interesó en sus relatos. Querían una novela. Les dio una: organizó los cuentos en torno a la idea de la conquista

A los 91 años, el autor de Crónicas marcianas y Fahrenheit 451 falleció la noche del martes. Sobre la ciencia ficción en un oportunidad dijo que era “una genial forma de pretender que estás escribiendo sobre el futuro, cuando en realidad estás atacando el pasado reciente y el presente”. Bradbury confesó en una entrevista que la “gran diversión” de su vida había sido levantarse cada mañana y correr hacia la máquina de escribir. de los hombres de Marte y su colonización. Ambientada entre 1999 y 2026, incluye viajes espaciales, guerras con marcianos, bombas nucleares y la aniquilación de una civilización. Plagada de imágenes poéticas, es una aventura trágica. “Cuando escribí Crónicas marcianas estaba describiendo el impacto de la llegada de Hernán Cortés a México, era una metáfora de la destrucción ocurrida 400 a 500 años atrás”, contó años después Bradbury. En 1952, los escritores Christopher

Nota 7 por Roberto Careaga C.

Isherwood y Aldous Houxley le dieron su respaldo crítico. En 1955, en la edición española, Jorge Luis Borges se sumó a los elogios con un prólogo: “En este libro de apariencia fantasmagórica, Bradbury ha puesto sus largos domingos vacíos, su tedio americano, su soledad, como los puso Sinclair Lewis en Main Street”. Al año siguiente incluyó en el libro Las doradas manzanas del sol uno de sus cuentos más citados y en el que puso en práctica la teoría del “efecto mariposa”: en El ruido de un trueno, un hombre viaja en el tiempo a la prehistoria, mata por error a una mariposa y al regresar al presente todo es diferente. Desde la ortografía al presidente. También en 1953, Bradbury recibió un llamado de John Huston. El director quería que adaptara al guión la novela Moby Dick, de Herman Melville. Bradbury no pudo negarse, pero recién esa noche leyó por primera vez el libro. Nada raro. Educado por azarosas lecturas en bibliotecas, Bradbury forjó su propio camino en la historia literaria. Le dijo que sí a Steinbeck, Shakespeare, Poe, Verne y Huxley, pero un no rotundo a Proust, Joyce, Nabokov o Mann. De la misma forma, la oficialidad literaria demoró años en aceptarlo entre sus filas. Alguna vez le preocupó el tema. En 2010 ya no le interesaba: “Si supiera que a Norman Mailer le gustaban mis libros, me mataría. Me alegra que tampoco a Kurt Vonnegut le gustaran mis novelas”. Autor de casi 30 novelas, 600 relatos, además de poemas y ensayos, Bradbury marcó para siempre la ciencia ficción con su tono existencial. Fue amigo de Walt Disney, influyó a Steven Spielberg. Estaba seguro de que el hombre volvería a la Luna y eventualmente llegaría a Marte. “La humanidad tendrá una nueva oportunidad en Marte”, le dijo a La Tercera en 2004. Al año siguiente, criticó públicamente a Michael Moore por citar a su novela en el título del documental Fahrenheit 9/11. Más que molestarse por el ataque a George W. Bush, al que él apoyó, consideró que era un robo. Nunca aprendió a manejar, no le gustaban los aviones. Odiaba internet. “Hoy tenemos demasiadas máquinas. Tenemos que deshacernos de esas máquinas”, dijo cuando Fahrenheit 451 fue publicado como libro electrónico.


6 Relato

qué es el respeto? sabía aquello o no, lo que le irritó bastante. -No me proponía ser grosera. Lo que me -Y sí se fija -prosiguió ella, señalando con ocurre es que me gusta demasiado observar a la la barbilla hacia el cielo- hay un hombre en la gente. luna. -Bueno, ¿Y esto no significa algo para ti? Hacía mucho tiempo que él no miraba el Y Montag se tocó el número 451 bordado satélite. Recorrieron en silencio el resto del en su manga. -Sí -susurró ella. Aceleró el paso-. ¿Ha camino. El de ella, pensativo, el de él, irritado e visto alguna vez los coches retropropulsados que incómodo, acusando el impacto de las miradas corren por esta calle? inquisitivas de la muchacha. -¡Estás cambiando de tema! Cuando llegaron a la casa de ella, todas sus luces -A veces, pienso que sus estaban encendidas. -A veces, pienso conductores no saben cómo es -¿Qué sucede? la hierba, ni las flores, porque que sus conductores no Montag nunca había visto tantas nunca las ven con detenimiento luces en una casa. saben cómo es la -dijo ella-. Si le mostrase a uno -¡Oh! ¡Son mis padres y mi tío hierba, ni las flores, de esos chóferes una borrosa que están sentados, charlando! mancha verde, diría: ¡Oh, sí, es porque nunca las ven Es como ir a pie, aunque más hierba? ¿Una mancha borrosa de extraño aún. A mi tío, le detuvicon detenimiento -dijo eron una vez por ir a pie. ¿Se lo color rosado? ¡Es una rosaleda! Las manchas blancas son casas. ella-. Si le mostrase a había contado ya? ¡Oh! Somos Las manchas pardas son vacas. una familia muy extraña. uno de esos chóferes Una vez, mi tío condujo lenta-Pero, ¿de qué charláis? mente por una carretera. Al oír esta pregunta, la muchauna borrosa mancha Condujo a sesenta y se echó a reír. verde, diría: ¡Oh, sí, es cha -¡Buenas noches! cinco kilómetros por hora y lo, hierba? ¿Una mancha Empezó a andar por el encarcelaron por dos días. ¿No es curioso, y triste también? pasillo que conducía hacia su borrosa de color ro -Piensas demasiado -dijo casa. Después, pareció recorsado? ¡Es una rosaleda! dar algo y regresó para mirar Montag, incómodo-. -Casi nunca veo la Las manchas blancas a Montag con expresión intritelevisión mural, ni voy a las grada y curiosa. son casas. Las manchas -¿Es usted feliz? -precarreras o a los parques de atracciones. Así, pues, dispongo de pardas son vacas. Una guntó-. -¿Que si soy qué? -replicó muchísimo tiempo para dedivez, mi tío condujo carlos a mis absurdos pensamél-. lentamente por una Pero ella se había marchaientos. ¿Ha visto los carteles de sesenta metros que hay fuera de do, corriendo bajo el claro de carretera. la ciudad? ¿Sabía que hubo una luna. La puerta de la casa época en que los carteles sólo se cerró con suavidad. -¡Feliz! ¡Menuda tontería! tenían seis metros de largo? Pero los automóviles Montag dejó de reír. empezaron a correr tanto que tuvieron que alargar Metió la mano en el agujero en forma de la publicidad, para que durase un poco más. -¡Lo ignoraba! guante de su puerta principal y le dejó percibir su -Apuesto a que sé algo más que usted tacto. La puerta, se deslizó hasta quedar abierta. «Claro que soy feliz. ¿Qué cree esa desconoce. Por las mañanas, la hierba está cubierta de rocío. muchacha? ¿Qué no lo soy?», preguntó a las De pronto, Montag no pudo recordar si silenciosas habitaciones.

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ay Bradbury, escritor de culto, genio de la ciencia-ficción, autor de obras como «Crónicas marcianas» y «Fahrenheit 451», que inmortalizara en el cine François Truffaut, ha muerto esta mañana a los 91 años en Los Ángeles, según ha confirmado la propia familia. En un comunicado, su nieto, Danny Karapetian, compartió estas palabras con los admiradores de su abuelo, un hombre que dio nombre a un asteroide: (9766) Bradbury. «Si tuviera que hacer alguna declaración, sería lo mucho que le quiero y le extraño, y espero con interés escuchar los recuerdos que tienen de él todos aquellos que estuvieron a su lado». «Él influyó en muchos artistas, escritores, profesores, científicos, y siempre es conmovedor y reconfortante escuchar sus historias. Su legado sigue vivo en su obra monumental de libros, cine, televisión y teatro, pero lo más importante, en las mentes y los corazones de quien lo lea, porque leerle era conocerle», dijo Karpetian. La ciencia-ficción no es ninguna tontería, aunque muchos se hayan empeñado en intentar que lo parezca. Películas de serie B en las que los platillos volantes tenían menos carisma que una minipimer, y los marcianos vestían de ese verde que Neruda llamaba municipal. Ray Bradbury cargó consigo la historia de un bombero dedicado a quemar libros en un futuro insoportable, por lo menos cinco años antes de escribir Fahrenheit 451. Primero fue un cuento, luego una pequeña novela. La idea nunca terminaba de cuajar. Hasta que en 1952, peleando con la historia en una máquina de escribir arrendada en una biblioteca pública, se le apareció el protagonista: Guy Montag le dijo que se estaba volviendo loco, que él amaba los libros, no podía seguir quemándolos. El autor le aconsejó que hiciera algo al respecto. “Entonces, Montag escribió por mí Fahrenheit 451 en nueve días”, contó Bradbury. Alegoría kafkiana de sus peores pesadillas culturales, la novela -publicada tres años después de Crónicas marcianas- terminó de situar a Bradbury entre lo más selecto de la ciencia ficción. Diez años después, François Truffaut llevó al cine la historia de Guy Montag, sumando otro ladrillo a la inmortalidad del libro. Bradbury también atesoraba la

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Ray Bradbury: Décalogo de una amante de la vida

Yo no inventé el futuro: «Se me han acercado japoneses para ponerme un walkman en las orejas y decirme: "¡Con Fahrenheit 451 usted inventó esto, señor Bradbury!” Mi respuesta fue: "No, gracias". Estamos rodeados de demasiados juguetes tecnológicos, con Internet, los ipod, los ipad… La gente se equivocó. Yo no traté de prever, sino de prevenir el futuro. No quise hablar de la censura sino de la educación que el mundo tanto necesita. Podemos salvar a Estados Unidos, gracias a los niños, si les enseñamos a leer y a escribir a partir de los 3, 4, 5 años para que lleguen a la escuela primaria sabiendo leer. Después, es muy tarde. Cuando en realidad, ya desde muy pequeños, queremos leer las palabras de las historietas».

4. Amo la poesía: «He leído muchísima poesía a lo largo de mi vida y, como es metafórica, simbólica y sensorial, me ha servido de agran ayuda en mi trabajo. Recuerdo un ensayo de José Luis Garci titulado Ray Bradbury, humanista del futuro. Olvidándose de clichés y tópicos al uso, José Luis Garci supo reflejar el hecho de que uno no es solo un escritor de ciencia ficción, yo no me considero así, sino que puede ser perfectamente un hombre al que le gusta el teatro, la poesía, la cultura, en general, que siempre es maravilloso. 5. Hay que tener mucho cuidado con los intelectuales: «En mis obras no he tratado de hacer predicciones acerca del futuro, sino avisos. Es curioso, en mi país cada vez que surgía un problema de censura salía a relucir como paradigma de la libertad Farenheit 451. Los intelectuales, ya sean de derechas o

Artículo 3 Por Ray Bradbury

de la ópera, con Lon Chaney, y cuando tenía seis vi una película de dinosaurios, y los dinosaurios llenaron mi vida. Cuando tenía treinta y tres años trabajé en Moby Dick porque me había enamorado con seis de los dinosaurios. Mi gran influencia fue John Steinbeck. Leí Las uvas de la ira con diecinueve años y me dí cuenta de que había aprendido de ellas y Steinbeck resultó ser mi esqueleto». 7. La vida es un don: «Y así debemos disfrutarla. Esta es una oportunidad gloriosa. Sólo estaremos aquí una vez. He tenido la oportunidad de escribir cada vez que siento que tenía un propósito. ¿Y cuál fue mi objetivo cuando escribí tal o cual artículo? Escribir el mejor artículo que se haya escrito hasta ese momento, escribir la mejor historia nunca publicada. No sé si lo habré logrado. Ustedes, mis queridos lectores, deciden».

8. Encontré mi amor en una librería: «Conocí a una hermosa muchacha en una librería, 2. Escribo por amor: se me acercó y la invité a un café. La llevé a cenar «Lo que funda toda escritura es el amor, es hacer y me enamoré de ella, y de los libros que tenía. La lo que amamos y amar lo que hacemos. Y olvidarse tomé y le pedí casamiento un año después del dinero. En mis comienzos, yo ganaba yo no tenía nada, y ella era una chica 30 dólares por semana, y mi novia era rica, 10. Mi obituario: «Aquí yace Ray Bradbury, porque rica. Y dejó todo su dinero para convertirse pero le pedí que hiciera voto de pobreza para en pobre como yo. Estaba en desventaja sin un tipo que amó completamente la vida» casarse conmigo. No teníamos ni automóvil teléfono, sin coche, pero vivimos del amor, ni teléfono, vivíamos en un departamento de los libros, y de mi escritura. Esa es la pequeño en Venice, pero la estación de servicio de de izquierdas, siempre tienen miedo a lo fantástico respuesta de la vida. Si pueden encontrar una perenfrente tenía una cabina telefónica. Iba corriendo a porque les parece tan real ese mundo que creen que sona para amar que ame la vida tanto como ustedes atender cuando sonaba y la gente creía que me llaestás intentando engañar y, evidentemente, así es. maba a mi oficina. Yo les repito: “Rodéense de per- Creen que es malo para los niños vivir en un mundo atrápenla fuerte y cásense con ella. No tengan la sonas que los quieran, y si no los quieren, échenlos. de fantasía cuando en realidad es bueno: todos ten- menor duda». No hay necesidad de ir a la Universidad, donde no emos una vida interior fantástica muy rica. Vivimos 9. Aprender de la Historia: se aprende a escribir. Vayan más bien a las bibliote- en un mundo que nos absorbe con sus normas, con «Debemos aprender de la Historia acerca de la cas”. Yo escribí Fahrenheit 451 porque había oído sus reglas y la burocracia, que no sirve para nada. hablar del incendio de la biblioteca de Alejandría y Hay que tener mucho cuidado con los intelectuales destrucción de libros. Cuando yo tenía quince años de los libros quemados por Hitler en Berlín. Escriy los psicólogos, que te intentan decir lo que tienes Hitler, quemó libros en las calles de Berlín. Eso me aterró porque era un bibliotecario (hombre de libo todos los días, cada mañana, desde hace setenta que leer y lo que no». bros) y estaban tocando mi vida, todas esas grandes años. ¡No paro! Y escribo para el teatro desde hace obras, toda esa gran poesía, todos esos maravillosos cuarenta y cinco años; me encanta». 6. Mi esqueleto resultó ser Steinbeck: artistas, esos grandes filósofos. Luego me enteré «Yo aprendí a leer a los tres años para disfrutar de 3. No leo ciencia ficción: las caricaturas. Amo las tiras cómicas, las caricatu- de que Rusia estaba quemando libros "detrás de escena", de tal forma que la gente no se enteraba. Y «Me he pasado los últimos setenta años de mi vida ras de los domingos y tuve un libro de cuentos de jugando porque para mí la literatura no es un trahadas cuando cumplí los cinco años, y me enamoré estaban matando a los autores. Y aprendí que si no tienes libros no puedes ser parte de una civilización bajo. Si leo ciencia ficción cometería incesto. Quien de la lectura, y de todas esas maravillosas historias ni de una democracia». se dedica a leer en el campo en el que escribe o como La bella y la bestia y Jack y la habichuela trabaja es un mal escritor. Raymond Chandler, mágica. Así que comencé con la fantasía. A los tres 10. Mi obituario: maestro de la novela negra, bebió en las fuentes de años ví mi primera película y me enamoré de El «Aquí yace Ray Bradbury, un tipo que amó comWilliam Shakespeare, Pirandello, Lorca». Jorobado de Notre Dame. Esperaba crecer para ser pletamente la vida» jorobado. Después, con cinco años vi El fantasma


4 Relato

Farenheit 451

Sólo había la muchacha andando a su lado, con su rostro que brillaba como la nieve al claro de luna, y Montag comprendió que estaba meditando las preguntas que él le había formulado, buscando las mejores respuestas. -Bueno -le dijo ella por fin-, tengo diecisiete años y estoy loca. Mi tío dice que ambas cosas van siempre juntas. Cuando la gente te pregunta la edad, dice, contesta siempre: diecisiete años y loca. ¿Verdad que es muy agradable pasear a esta hora de la noche? Me gusta ver y oler las cosas, y, a veces, permanecer levantada toda la noche, andando, y ver la salida del sol.

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por Ray Bradbury

-Fragmento-

Primera Parte: Era Estupendo Quemar

onstituía un placer especial ver las cosas consumidas, ver los objetos ennegrecidos y cambiados. Con la punta de bronce del soplete en sus puños, con aquella gigantesca serpiente escupiendo su petróleo venenoso sobre el mundo, la sangre le latía en la cabeza y sus manos eran las de un fantástico director tocando todas las sinfonías del fuego y de las llamas para destruir los guiñapos y ruinas de la Historia. Con su casco simbólico en que aparecía grabado el número 451 bien plantado sobre su impasible cabeza y sus ojos convertidos en una llama anaranjada ante el pensamiento de lo que iba a ocurrir, encendió el deflagrador y la casa quedó rodeada por un fuego devorador que inflamó el cielo del atardecer con colores rojos, amarillos y negros. El hombre avanzó entre un enjambre de luciérnagas. Quería, por encima de todo, como en el antiguo juego, empujar a un malvavisco hacia la hoguera, en tanto que los libros, semejantes a palomas aleteantes, morían en el porche y el jardín de la casa; en tanto que los libros se elevaban convertidos en torbellinos incandescentes y eran aventados por un aire que el incendio ennegrecía. Montag mostró la fiera sonrisa que hubiera mostrado cualquier hombre burlado y rechazado por las llamas. Sabía que, cuando regresase al cuartel de bomberos, se miraría pestañeando en el espejo: su rostro sería el de un negro de opereta, tiznado con corcho ahumado. Luego, al irse a dormir, sentiría la fiera sonrisa retenida aún en la oscuridad por sus músculos faciales. Esa sonrisa nunca desaparecía, nunca había desaparecido hasta donde él podía recordar. Colgó su casco negro y lo limpió, dejó con cuidado su chaqueta a prueba de llamas; se duchó generosamente y, luego, silbando, con las manos en los bolsillos, atravesó la planta superior del cuartel de bomberos y se deslizó por el agujero. En el último momento, cuando el desastre parecía seguro, sacó las manos de los bolsillos y cortó su caída aferrándose a la barra dorada. Se deslizó hasta detenerse, con los tacones a un par de centímetros del piso de cemento de la planta baja. Salió del cuartel de bomberos y echó a andar por la calle en dirección al «Metro» donde el silencioso tren, propulsado por aire, se deslizaba por su conducto lubrificado bajo tierra y lo soltaba con un gran ¡puf! de aire caliente en la escalera mecánica que lo subía hasta el suburbio. Silbando, Montag dejó que la escalera le llevara hasta el exterior, en el tranquilo aire de la medianoche, Anduvo hacia la esquina, sin pensar en nada en particular lar. Antes de alcanzarla, sin embargo, aminoró el paso como si de la nada hubiese surgido un viento, como sí alguien hubiese pronunciado su nombre. En las últimas noches, había tenido sensaciones in ciertas respecto a la acera que quedaba al otro lado aquella esquina, moviéndose a la luz de las estrellas hacia su casa. Le había parecido que, un momento antes de doblarla, allí había habido alguien. El aire parecía lleno de un sosiego especial, como si alguien hubiese aguardado allí, silenciosamente, y sólo un momento antes de llegar a él se había limitado a confundirse en una sombra para dejarle pasar. Quizá su olfato detectase débil perfume, tal vez la piel del dorso de sus manos y de su rostro sintiese la elevación de temperatura en aquel punto concreto donde la presencia de una persona podía haber elevado por un instante, en diez grados, la temperatura de la atmósfera inmediata. No había modo de entenderlo. Cada vez que doblaba la esquina, sólo veía la cera blanca, pulida, con tal vez, una noche, alguien desapareciendo rápidam-

ente al otro lado de un jardín antes de que él pudiera enfocarlo con la mirada o hablar. Pero esa noche, Montag aminoró el paso casi hasta detenerse. Su subconsciente, adelantándosele a doblar la esquina, había oído un debilísimo susurro. ¿De respiración? ¿0 era la atmósfera, comprimida únicamente por alguien que estuviese allí muy quieto, esperando? Montag dobló la esquina. Las hojas otoñales se arrastraban sobre el pavimento iluminado por el claro de luna. Y hacían que la muchacha que se movía allí pareciese estar andando sin desplazarse, dejando que el impulso del viento y de las hojas la empujara hacia delante. Su cabeza estaba medio inclinada para observar cómo sus zapatos removían las hojas arremolinadas. Su rostro era delgado y blanco como la leche, y reflejando una especie de suave ansiedad que resbalaba por encima de todo con insaciable curiosidad. Era una mirada, casi, de pálida sorpresa; los ojos oscuros estaban tan fijos en el mundo que ningún movimiento se les escapaba. El vestido de la joven era blanco, y susurraba. A Montag casi le pareció oír el movimiento de las manos de ella al andar y, luego, el sonido infinitamente pequeño, el blanco rumor de su rostro volviéndose cuando descubrió que estaba a pocos pasos de un hombre inmóvil en mitad de la acera, esperando. Los árboles, sobre sus cabezas, susurraban al soltar su lluvia seca. La muchacha se detuvo y dio la impresión de que iba a retroceder, sorprendida; pero, en lugar de ello, se quedó mirando a Montag con ojos tan oscuros, brillantes y vivos, que él sintió que había dicho algo verdaderamente maravilloso. Pero sabía que su boca sólo se había movido para decir adiós, y cuando ella pareció quedar hipnotizada por la salamandra bordada en la manga de él y el disco de fénix en su pecho, volvió a hablar. -Claro está -dÍjo-, usted es la nueva vecina, ¿verdad? -Y usted debe de ser -ella apartó la mirada de los símbolos profesionales- el bombero. La voz de la muchacha fue apagándose. -¡De qué modo tan extraño lo dice! -Lo... Lo hubiese adivinado con los ojos cerrados -prosiguió ella, lentamente-. -¿Por qué? ¿Por el olor a petróleo? Mi esposa siempre se queja -replicó él, riendo-

-Nunca se consigue eliminarlo por completo. -No, en efecto -repitió ella, atemorizada-. Montag sintió que ella andaba en círculo a su alrededor, le examinaba de extremo a extremo, sacudiéndolo silenciosamente y vaciándole los bolsillos, aunque, en realidad, no se moviera en absoluto. -El petróleo -dijo Montag, porque el silencio se prolongaba- es como un perfume para mí. -¿De veras le parece eso? -Desde luego. ¿Por qué no? Ella tardó en pensar.-No lo sé. -Volvió el rostro hacia la acera que conducía hacia sus hogares-. ¿Le importa que regrese con usted? Me llamo Clarisse McClellan. -Clarisse. Guy Montag. Vamos, ¿Por qué anda tan sola a esas horas de la noche por ahí? ¿Cuántos años tiene? Anduvieron en la noche llena de viento, por la plateada acera. Se percibía un debilísimo aroma a albaricoques y frambuesas; Montag miró a su alrededor y se dio cuenta de que era imposible que pudiera percibirse aquel olor en aquella época tan avanzada del año. Sólo había la muchacha andando a su lado, con su rostro que brillaba como la nieve al claro de luna, y Montag comprendió que estaba meditando las preguntas que él le había formulado, buscando las mejores respuestas. -Bueno -le dijo ella por fin-, tengo diecisiete años y estoy loca. Mi tío dice que ambas cosas van siempre juntas. Cuando la gente te pregunta la edad, dice, contesta siempre: diecisiete años y loca. ¿Verdad que es muy agradable pasear a esta hora de la noche? Me gusta ver y oler las cosas, y, a veces, permanecer levantada toda la noche, andando, y ver la salida del sol. Volvieron a avanzar en silencio y, finalmente, ella dijo, con tono pensativo: -¿Sabe? No me causa usted ningún temor. Él se sorprendió. -¿Por qué habría de causárselo? -Les ocurre a mucha gente. Temer a los bomberos, quiero decir. Pero, al fin y al cabo, usted no es más que un hombre... Montag se vio en los ojos de ella, suspendido en dos brillantes gotas de agua, oscuro y diminuto, pero con mucho detalle; las líneas alrededor de su

boca, todo en su sitio, como si los ojos de la muchacha fuesen dos milagrosos pedacitos de ámbar violeta que pudiesen capturarle y conservarle intacto. El rostro de la joven, vuelto ahora hacia él, era un frágil cristal de leche con una luz suave y constante en su interior. No era la luz histérica de la electricidad, sino... ¿Qué? Sino la agradable, extraña y parpadeante luz de una vela. Una vez, cuando él era niño, en un corte de energía, su madre había encontrado y encendido una última vela, y se había producido una breve hora de redescubrimiento, de una iluminación tal que el espacio perdió sus vastas dimensiones Y se cerró confortablemente alrededor de ellos, transformados, esperando ellos, madre e hijo, solitario que la energía no volviese quizá demasiado Pronto... En aquel momento, Clarisse MeClellan dijo¿No le importa que le haga preguntas? ¿Cuánto tiempo lleva trabajando de bombero? -Desde que tenía veinte años, ahora hace ya diez años. -¿Lee alguna vez alguno de los libros que quema? Él se echó a reir. -¡Está prohibido por la ley’ -¡Oh! Claro... -Es un buen trabajo. El lunes quema a Millay, el miércoles a Whitman, el viernes a Faulkner, conviértelos en ceniza y, luego, quema las cenizas. Este es nuestro lema oficial. Siguieron caminando y la muchacha preguntó: -¿Es verdad que, hace mucho tiempo, los bomberos apagaban incendios, en vez de provocarlos? -No. Las casas han sido siempre a prueba de incendios. Puedes creerme. Te lo digo yo. -¡Es extraño! Una vez, oí decir que hace muchísimo tiempo las casas se quemaban por accidente y hacían falta bomberos para apagar las llamas. Montag se echó a reír. Ella le lanzó una rápida mirada. -¿Por qué se ríe? -No lo sé. -Volvió a reírse y se detuvo-, ¿Por qué? -Ríe sin que yo haya dicho nada gracioso, y contesta inmediatamente. Nunca se detiene a pensar en lo que le pregunto. Montag se detuvo. -Eres muy extraña -dijo, mirándola-. ¿Ignoras


4 Relato

Farenheit 451

Sólo había la muchacha andando a su lado, con su rostro que brillaba como la nieve al claro de luna, y Montag comprendió que estaba meditando las preguntas que él le había formulado, buscando las mejores respuestas. -Bueno -le dijo ella por fin-, tengo diecisiete años y estoy loca. Mi tío dice que ambas cosas van siempre juntas. Cuando la gente te pregunta la edad, dice, contesta siempre: diecisiete años y loca. ¿Verdad que es muy agradable pasear a esta hora de la noche? Me gusta ver y oler las cosas, y, a veces, permanecer levantada toda la noche, andando, y ver la salida del sol.

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>LA PRENSA Domingo 10 de junio de 2012 / Reynosa, Tam.

Relato 5

>LA PRENSA Domingo 10 de junio de 2012 / Reynosa, Tam.

por Ray Bradbury

-Fragmento-

Primera Parte: Era Estupendo Quemar

onstituía un placer especial ver las cosas consumidas, ver los objetos ennegrecidos y cambiados. Con la punta de bronce del soplete en sus puños, con aquella gigantesca serpiente escupiendo su petróleo venenoso sobre el mundo, la sangre le latía en la cabeza y sus manos eran las de un fantástico director tocando todas las sinfonías del fuego y de las llamas para destruir los guiñapos y ruinas de la Historia. Con su casco simbólico en que aparecía grabado el número 451 bien plantado sobre su impasible cabeza y sus ojos convertidos en una llama anaranjada ante el pensamiento de lo que iba a ocurrir, encendió el deflagrador y la casa quedó rodeada por un fuego devorador que inflamó el cielo del atardecer con colores rojos, amarillos y negros. El hombre avanzó entre un enjambre de luciérnagas. Quería, por encima de todo, como en el antiguo juego, empujar a un malvavisco hacia la hoguera, en tanto que los libros, semejantes a palomas aleteantes, morían en el porche y el jardín de la casa; en tanto que los libros se elevaban convertidos en torbellinos incandescentes y eran aventados por un aire que el incendio ennegrecía. Montag mostró la fiera sonrisa que hubiera mostrado cualquier hombre burlado y rechazado por las llamas. Sabía que, cuando regresase al cuartel de bomberos, se miraría pestañeando en el espejo: su rostro sería el de un negro de opereta, tiznado con corcho ahumado. Luego, al irse a dormir, sentiría la fiera sonrisa retenida aún en la oscuridad por sus músculos faciales. Esa sonrisa nunca desaparecía, nunca había desaparecido hasta donde él podía recordar. Colgó su casco negro y lo limpió, dejó con cuidado su chaqueta a prueba de llamas; se duchó generosamente y, luego, silbando, con las manos en los bolsillos, atravesó la planta superior del cuartel de bomberos y se deslizó por el agujero. En el último momento, cuando el desastre parecía seguro, sacó las manos de los bolsillos y cortó su caída aferrándose a la barra dorada. Se deslizó hasta detenerse, con los tacones a un par de centímetros del piso de cemento de la planta baja. Salió del cuartel de bomberos y echó a andar por la calle en dirección al «Metro» donde el silencioso tren, propulsado por aire, se deslizaba por su conducto lubrificado bajo tierra y lo soltaba con un gran ¡puf! de aire caliente en la escalera mecánica que lo subía hasta el suburbio. Silbando, Montag dejó que la escalera le llevara hasta el exterior, en el tranquilo aire de la medianoche, Anduvo hacia la esquina, sin pensar en nada en particular lar. Antes de alcanzarla, sin embargo, aminoró el paso como si de la nada hubiese surgido un viento, como sí alguien hubiese pronunciado su nombre. En las últimas noches, había tenido sensaciones in ciertas respecto a la acera que quedaba al otro lado aquella esquina, moviéndose a la luz de las estrellas hacia su casa. Le había parecido que, un momento antes de doblarla, allí había habido alguien. El aire parecía lleno de un sosiego especial, como si alguien hubiese aguardado allí, silenciosamente, y sólo un momento antes de llegar a él se había limitado a confundirse en una sombra para dejarle pasar. Quizá su olfato detectase débil perfume, tal vez la piel del dorso de sus manos y de su rostro sintiese la elevación de temperatura en aquel punto concreto donde la presencia de una persona podía haber elevado por un instante, en diez grados, la temperatura de la atmósfera inmediata. No había modo de entenderlo. Cada vez que doblaba la esquina, sólo veía la cera blanca, pulida, con tal vez, una noche, alguien desapareciendo rápidam-

ente al otro lado de un jardín antes de que él pudiera enfocarlo con la mirada o hablar. Pero esa noche, Montag aminoró el paso casi hasta detenerse. Su subconsciente, adelantándosele a doblar la esquina, había oído un debilísimo susurro. ¿De respiración? ¿0 era la atmósfera, comprimida únicamente por alguien que estuviese allí muy quieto, esperando? Montag dobló la esquina. Las hojas otoñales se arrastraban sobre el pavimento iluminado por el claro de luna. Y hacían que la muchacha que se movía allí pareciese estar andando sin desplazarse, dejando que el impulso del viento y de las hojas la empujara hacia delante. Su cabeza estaba medio inclinada para observar cómo sus zapatos removían las hojas arremolinadas. Su rostro era delgado y blanco como la leche, y reflejando una especie de suave ansiedad que resbalaba por encima de todo con insaciable curiosidad. Era una mirada, casi, de pálida sorpresa; los ojos oscuros estaban tan fijos en el mundo que ningún movimiento se les escapaba. El vestido de la joven era blanco, y susurraba. A Montag casi le pareció oír el movimiento de las manos de ella al andar y, luego, el sonido infinitamente pequeño, el blanco rumor de su rostro volviéndose cuando descubrió que estaba a pocos pasos de un hombre inmóvil en mitad de la acera, esperando. Los árboles, sobre sus cabezas, susurraban al soltar su lluvia seca. La muchacha se detuvo y dio la impresión de que iba a retroceder, sorprendida; pero, en lugar de ello, se quedó mirando a Montag con ojos tan oscuros, brillantes y vivos, que él sintió que había dicho algo verdaderamente maravilloso. Pero sabía que su boca sólo se había movido para decir adiós, y cuando ella pareció quedar hipnotizada por la salamandra bordada en la manga de él y el disco de fénix en su pecho, volvió a hablar. -Claro está -dÍjo-, usted es la nueva vecina, ¿verdad? -Y usted debe de ser -ella apartó la mirada de los símbolos profesionales- el bombero. La voz de la muchacha fue apagándose. -¡De qué modo tan extraño lo dice! -Lo... Lo hubiese adivinado con los ojos cerrados -prosiguió ella, lentamente-. -¿Por qué? ¿Por el olor a petróleo? Mi esposa siempre se queja -replicó él, riendo-

-Nunca se consigue eliminarlo por completo. -No, en efecto -repitió ella, atemorizada-. Montag sintió que ella andaba en círculo a su alrededor, le examinaba de extremo a extremo, sacudiéndolo silenciosamente y vaciándole los bolsillos, aunque, en realidad, no se moviera en absoluto. -El petróleo -dijo Montag, porque el silencio se prolongaba- es como un perfume para mí. -¿De veras le parece eso? -Desde luego. ¿Por qué no? Ella tardó en pensar.-No lo sé. -Volvió el rostro hacia la acera que conducía hacia sus hogares-. ¿Le importa que regrese con usted? Me llamo Clarisse McClellan. -Clarisse. Guy Montag. Vamos, ¿Por qué anda tan sola a esas horas de la noche por ahí? ¿Cuántos años tiene? Anduvieron en la noche llena de viento, por la plateada acera. Se percibía un debilísimo aroma a albaricoques y frambuesas; Montag miró a su alrededor y se dio cuenta de que era imposible que pudiera percibirse aquel olor en aquella época tan avanzada del año. Sólo había la muchacha andando a su lado, con su rostro que brillaba como la nieve al claro de luna, y Montag comprendió que estaba meditando las preguntas que él le había formulado, buscando las mejores respuestas. -Bueno -le dijo ella por fin-, tengo diecisiete años y estoy loca. Mi tío dice que ambas cosas van siempre juntas. Cuando la gente te pregunta la edad, dice, contesta siempre: diecisiete años y loca. ¿Verdad que es muy agradable pasear a esta hora de la noche? Me gusta ver y oler las cosas, y, a veces, permanecer levantada toda la noche, andando, y ver la salida del sol. Volvieron a avanzar en silencio y, finalmente, ella dijo, con tono pensativo: -¿Sabe? No me causa usted ningún temor. Él se sorprendió. -¿Por qué habría de causárselo? -Les ocurre a mucha gente. Temer a los bomberos, quiero decir. Pero, al fin y al cabo, usted no es más que un hombre... Montag se vio en los ojos de ella, suspendido en dos brillantes gotas de agua, oscuro y diminuto, pero con mucho detalle; las líneas alrededor de su

boca, todo en su sitio, como si los ojos de la muchacha fuesen dos milagrosos pedacitos de ámbar violeta que pudiesen capturarle y conservarle intacto. El rostro de la joven, vuelto ahora hacia él, era un frágil cristal de leche con una luz suave y constante en su interior. No era la luz histérica de la electricidad, sino... ¿Qué? Sino la agradable, extraña y parpadeante luz de una vela. Una vez, cuando él era niño, en un corte de energía, su madre había encontrado y encendido una última vela, y se había producido una breve hora de redescubrimiento, de una iluminación tal que el espacio perdió sus vastas dimensiones Y se cerró confortablemente alrededor de ellos, transformados, esperando ellos, madre e hijo, solitario que la energía no volviese quizá demasiado Pronto... En aquel momento, Clarisse MeClellan dijo¿No le importa que le haga preguntas? ¿Cuánto tiempo lleva trabajando de bombero? -Desde que tenía veinte años, ahora hace ya diez años. -¿Lee alguna vez alguno de los libros que quema? Él se echó a reir. -¡Está prohibido por la ley’ -¡Oh! Claro... -Es un buen trabajo. El lunes quema a Millay, el miércoles a Whitman, el viernes a Faulkner, conviértelos en ceniza y, luego, quema las cenizas. Este es nuestro lema oficial. Siguieron caminando y la muchacha preguntó: -¿Es verdad que, hace mucho tiempo, los bomberos apagaban incendios, en vez de provocarlos? -No. Las casas han sido siempre a prueba de incendios. Puedes creerme. Te lo digo yo. -¡Es extraño! Una vez, oí decir que hace muchísimo tiempo las casas se quemaban por accidente y hacían falta bomberos para apagar las llamas. Montag se echó a reír. Ella le lanzó una rápida mirada. -¿Por qué se ríe? -No lo sé. -Volvió a reírse y se detuvo-, ¿Por qué? -Ríe sin que yo haya dicho nada gracioso, y contesta inmediatamente. Nunca se detiene a pensar en lo que le pregunto. Montag se detuvo. -Eres muy extraña -dijo, mirándola-. ¿Ignoras


6 Relato

qué es el respeto? sabía aquello o no, lo que le irritó bastante. -No me proponía ser grosera. Lo que me -Y sí se fija -prosiguió ella, señalando con ocurre es que me gusta demasiado observar a la la barbilla hacia el cielo- hay un hombre en la gente. luna. -Bueno, ¿Y esto no significa algo para ti? Hacía mucho tiempo que él no miraba el Y Montag se tocó el número 451 bordado satélite. Recorrieron en silencio el resto del en su manga. -Sí -susurró ella. Aceleró el paso-. ¿Ha camino. El de ella, pensativo, el de él, irritado e visto alguna vez los coches retropropulsados que incómodo, acusando el impacto de las miradas corren por esta calle? inquisitivas de la muchacha. -¡Estás cambiando de tema! Cuando llegaron a la casa de ella, todas sus luces -A veces, pienso que sus estaban encendidas. -A veces, pienso conductores no saben cómo es -¿Qué sucede? la hierba, ni las flores, porque que sus conductores no Montag nunca había visto tantas nunca las ven con detenimiento luces en una casa. saben cómo es la -dijo ella-. Si le mostrase a uno -¡Oh! ¡Son mis padres y mi tío hierba, ni las flores, de esos chóferes una borrosa que están sentados, charlando! mancha verde, diría: ¡Oh, sí, es porque nunca las ven Es como ir a pie, aunque más hierba? ¿Una mancha borrosa de extraño aún. A mi tío, le detuvicon detenimiento -dijo eron una vez por ir a pie. ¿Se lo color rosado? ¡Es una rosaleda! Las manchas blancas son casas. ella-. Si le mostrase a había contado ya? ¡Oh! Somos Las manchas pardas son vacas. una familia muy extraña. uno de esos chóferes Una vez, mi tío condujo lenta-Pero, ¿de qué charláis? mente por una carretera. Al oír esta pregunta, la muchauna borrosa mancha Condujo a sesenta y se echó a reír. verde, diría: ¡Oh, sí, es cha -¡Buenas noches! cinco kilómetros por hora y lo, hierba? ¿Una mancha Empezó a andar por el encarcelaron por dos días. ¿No es curioso, y triste también? pasillo que conducía hacia su borrosa de color ro -Piensas demasiado -dijo casa. Después, pareció recorsado? ¡Es una rosaleda! dar algo y regresó para mirar Montag, incómodo-. -Casi nunca veo la Las manchas blancas a Montag con expresión intritelevisión mural, ni voy a las grada y curiosa. son casas. Las manchas -¿Es usted feliz? -precarreras o a los parques de atracciones. Así, pues, dispongo de pardas son vacas. Una guntó-. -¿Que si soy qué? -replicó muchísimo tiempo para dedivez, mi tío condujo carlos a mis absurdos pensamél-. lentamente por una Pero ella se había marchaientos. ¿Ha visto los carteles de sesenta metros que hay fuera de do, corriendo bajo el claro de carretera. la ciudad? ¿Sabía que hubo una luna. La puerta de la casa época en que los carteles sólo se cerró con suavidad. -¡Feliz! ¡Menuda tontería! tenían seis metros de largo? Pero los automóviles Montag dejó de reír. empezaron a correr tanto que tuvieron que alargar Metió la mano en el agujero en forma de la publicidad, para que durase un poco más. -¡Lo ignoraba! guante de su puerta principal y le dejó percibir su -Apuesto a que sé algo más que usted tacto. La puerta, se deslizó hasta quedar abierta. «Claro que soy feliz. ¿Qué cree esa desconoce. Por las mañanas, la hierba está cubierta de rocío. muchacha? ¿Qué no lo soy?», preguntó a las De pronto, Montag no pudo recordar si silenciosas habitaciones.

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R

ay Bradbury, escritor de culto, genio de la ciencia-ficción, autor de obras como «Crónicas marcianas» y «Fahrenheit 451», que inmortalizara en el cine François Truffaut, ha muerto esta mañana a los 91 años en Los Ángeles, según ha confirmado la propia familia. En un comunicado, su nieto, Danny Karapetian, compartió estas palabras con los admiradores de su abuelo, un hombre que dio nombre a un asteroide: (9766) Bradbury. «Si tuviera que hacer alguna declaración, sería lo mucho que le quiero y le extraño, y espero con interés escuchar los recuerdos que tienen de él todos aquellos que estuvieron a su lado». «Él influyó en muchos artistas, escritores, profesores, científicos, y siempre es conmovedor y reconfortante escuchar sus historias. Su legado sigue vivo en su obra monumental de libros, cine, televisión y teatro, pero lo más importante, en las mentes y los corazones de quien lo lea, porque leerle era conocerle», dijo Karpetian. La ciencia-ficción no es ninguna tontería, aunque muchos se hayan empeñado en intentar que lo parezca. Películas de serie B en las que los platillos volantes tenían menos carisma que una minipimer, y los marcianos vestían de ese verde que Neruda llamaba municipal. Ray Bradbury cargó consigo la historia de un bombero dedicado a quemar libros en un futuro insoportable, por lo menos cinco años antes de escribir Fahrenheit 451. Primero fue un cuento, luego una pequeña novela. La idea nunca terminaba de cuajar. Hasta que en 1952, peleando con la historia en una máquina de escribir arrendada en una biblioteca pública, se le apareció el protagonista: Guy Montag le dijo que se estaba volviendo loco, que él amaba los libros, no podía seguir quemándolos. El autor le aconsejó que hiciera algo al respecto. “Entonces, Montag escribió por mí Fahrenheit 451 en nueve días”, contó Bradbury. Alegoría kafkiana de sus peores pesadillas culturales, la novela -publicada tres años después de Crónicas marcianas- terminó de situar a Bradbury entre lo más selecto de la ciencia ficción. Diez años después, François Truffaut llevó al cine la historia de Guy Montag, sumando otro ladrillo a la inmortalidad del libro. Bradbury también atesoraba la

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1.

Ray Bradbury: Décalogo de una amante de la vida

Yo no inventé el futuro: «Se me han acercado japoneses para ponerme un walkman en las orejas y decirme: "¡Con Fahrenheit 451 usted inventó esto, señor Bradbury!” Mi respuesta fue: "No, gracias". Estamos rodeados de demasiados juguetes tecnológicos, con Internet, los ipod, los ipad… La gente se equivocó. Yo no traté de prever, sino de prevenir el futuro. No quise hablar de la censura sino de la educación que el mundo tanto necesita. Podemos salvar a Estados Unidos, gracias a los niños, si les enseñamos a leer y a escribir a partir de los 3, 4, 5 años para que lleguen a la escuela primaria sabiendo leer. Después, es muy tarde. Cuando en realidad, ya desde muy pequeños, queremos leer las palabras de las historietas».

4. Amo la poesía: «He leído muchísima poesía a lo largo de mi vida y, como es metafórica, simbólica y sensorial, me ha servido de agran ayuda en mi trabajo. Recuerdo un ensayo de José Luis Garci titulado Ray Bradbury, humanista del futuro. Olvidándose de clichés y tópicos al uso, José Luis Garci supo reflejar el hecho de que uno no es solo un escritor de ciencia ficción, yo no me considero así, sino que puede ser perfectamente un hombre al que le gusta el teatro, la poesía, la cultura, en general, que siempre es maravilloso. 5. Hay que tener mucho cuidado con los intelectuales: «En mis obras no he tratado de hacer predicciones acerca del futuro, sino avisos. Es curioso, en mi país cada vez que surgía un problema de censura salía a relucir como paradigma de la libertad Farenheit 451. Los intelectuales, ya sean de derechas o

Artículo 3 Por Ray Bradbury

de la ópera, con Lon Chaney, y cuando tenía seis vi una película de dinosaurios, y los dinosaurios llenaron mi vida. Cuando tenía treinta y tres años trabajé en Moby Dick porque me había enamorado con seis de los dinosaurios. Mi gran influencia fue John Steinbeck. Leí Las uvas de la ira con diecinueve años y me dí cuenta de que había aprendido de ellas y Steinbeck resultó ser mi esqueleto». 7. La vida es un don: «Y así debemos disfrutarla. Esta es una oportunidad gloriosa. Sólo estaremos aquí una vez. He tenido la oportunidad de escribir cada vez que siento que tenía un propósito. ¿Y cuál fue mi objetivo cuando escribí tal o cual artículo? Escribir el mejor artículo que se haya escrito hasta ese momento, escribir la mejor historia nunca publicada. No sé si lo habré logrado. Ustedes, mis queridos lectores, deciden».

8. Encontré mi amor en una librería: «Conocí a una hermosa muchacha en una librería, 2. Escribo por amor: se me acercó y la invité a un café. La llevé a cenar «Lo que funda toda escritura es el amor, es hacer y me enamoré de ella, y de los libros que tenía. La lo que amamos y amar lo que hacemos. Y olvidarse tomé y le pedí casamiento un año después del dinero. En mis comienzos, yo ganaba yo no tenía nada, y ella era una chica 30 dólares por semana, y mi novia era rica, 10. Mi obituario: «Aquí yace Ray Bradbury, porque rica. Y dejó todo su dinero para convertirse pero le pedí que hiciera voto de pobreza para en pobre como yo. Estaba en desventaja sin un tipo que amó completamente la vida» casarse conmigo. No teníamos ni automóvil teléfono, sin coche, pero vivimos del amor, ni teléfono, vivíamos en un departamento de los libros, y de mi escritura. Esa es la pequeño en Venice, pero la estación de servicio de de izquierdas, siempre tienen miedo a lo fantástico respuesta de la vida. Si pueden encontrar una perenfrente tenía una cabina telefónica. Iba corriendo a porque les parece tan real ese mundo que creen que sona para amar que ame la vida tanto como ustedes atender cuando sonaba y la gente creía que me llaestás intentando engañar y, evidentemente, así es. maba a mi oficina. Yo les repito: “Rodéense de per- Creen que es malo para los niños vivir en un mundo atrápenla fuerte y cásense con ella. No tengan la sonas que los quieran, y si no los quieren, échenlos. de fantasía cuando en realidad es bueno: todos ten- menor duda». No hay necesidad de ir a la Universidad, donde no emos una vida interior fantástica muy rica. Vivimos 9. Aprender de la Historia: se aprende a escribir. Vayan más bien a las bibliote- en un mundo que nos absorbe con sus normas, con «Debemos aprender de la Historia acerca de la cas”. Yo escribí Fahrenheit 451 porque había oído sus reglas y la burocracia, que no sirve para nada. hablar del incendio de la biblioteca de Alejandría y Hay que tener mucho cuidado con los intelectuales destrucción de libros. Cuando yo tenía quince años de los libros quemados por Hitler en Berlín. Escriy los psicólogos, que te intentan decir lo que tienes Hitler, quemó libros en las calles de Berlín. Eso me aterró porque era un bibliotecario (hombre de libo todos los días, cada mañana, desde hace setenta que leer y lo que no». bros) y estaban tocando mi vida, todas esas grandes años. ¡No paro! Y escribo para el teatro desde hace obras, toda esa gran poesía, todos esos maravillosos cuarenta y cinco años; me encanta». 6. Mi esqueleto resultó ser Steinbeck: artistas, esos grandes filósofos. Luego me enteré «Yo aprendí a leer a los tres años para disfrutar de 3. No leo ciencia ficción: las caricaturas. Amo las tiras cómicas, las caricatu- de que Rusia estaba quemando libros "detrás de escena", de tal forma que la gente no se enteraba. Y «Me he pasado los últimos setenta años de mi vida ras de los domingos y tuve un libro de cuentos de jugando porque para mí la literatura no es un trahadas cuando cumplí los cinco años, y me enamoré estaban matando a los autores. Y aprendí que si no tienes libros no puedes ser parte de una civilización bajo. Si leo ciencia ficción cometería incesto. Quien de la lectura, y de todas esas maravillosas historias ni de una democracia». se dedica a leer en el campo en el que escribe o como La bella y la bestia y Jack y la habichuela trabaja es un mal escritor. Raymond Chandler, mágica. Así que comencé con la fantasía. A los tres 10. Mi obituario: maestro de la novela negra, bebió en las fuentes de años ví mi primera película y me enamoré de El «Aquí yace Ray Bradbury, un tipo que amó comWilliam Shakespeare, Pirandello, Lorca». Jorobado de Notre Dame. Esperaba crecer para ser pletamente la vida» jorobado. Después, con cinco años vi El fantasma


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E

n d i c e De nuestra portada Ray Bradbury Foto: Archivo

Ray Bradbury

Farenheit 451

Roberto Careaga C.

Muere Ray Bradbury, el último maestro de la ciencia ficción

• DIRECTORIO •

Lic. Felix Garza Elizondo Director General Mtra. Adriana Quintana Coordinación General Consejo Editorial MARTíN MENDO CANTÚ (†) OLGA FRESNILLO OLIVARES GRACIELA RAMOS DOMÍNGUEZ

d i t o r i a l

Ray Bradbury, pantallas futuristas

por J.C. de ABC

esulta curioso que la mayor aportación del séptimo arte a la obra de Ray Bradbury, admirador del cine popular de iconos como Lon Chaney («el hombre de las mil caras») y Ray Harryhausen pag. 3 (el hombre de los mil monstruos en miniatura), fuera el pastiche más extraño en la historia del cine de autor por excelencia (la nouvelle vague): la adaptación que François Truffaut hizo en 1966 de «Fahrenheit 451», su fábula sobre la guillotina cultural al rojo vivo que, tal vez, y a pesar pag. 4 de la potencia de sus imágenes (y sus ideas por desgracia atemporales) y la presencia de la bella Julie Christie, sea una de las películas de ciencia ficción que peor han envejecido (exceptuando la entrañable serie B cincuentera en la línea de «It came from outer space», de Jack Arnold, o «El monstruo de tiempos remotos», de Eugéne Lourié, también basados en sendos relatos bradburyanos). Tampoco tuvo mucha suerte Bradbury con el trato recibido en las pantallas (esta vez pequeñas) de su otra obra maestra: «Crónicas marcianas», ya que la miniserie de Michael Anderson, con un crepuscular pag. 6 Rock Hudson, fechada en 1980, le chirrió con especial intensidad, hasta el punto de que uno de sus últimos esfuerzos profesionales consistió en sacar adelante una versión cinematográfica a su altura. Por no hablar de «El sonido del trueno» (2005), supuesto y nada delicado blockbuster que Hollywood perpetró con uno de sus más famosos relatos y que no deja de ser un pálido (y jurásico) reflejo de su fabulación humanística, científica y finamente irónica. De Melville a Hitchcock Si a ello le añadimos su difusa colaboración con John Huston para arponear el «Moby Dick» de Melville, una versión «pop» de «El hombre ilustrado» dirigida por Jack Smight en el muy hippie 1969 (y que 25 años más tarde el plomo de Peter Greenaway copieteó en «The Pillow Book»), rarezas como «El verano de Picasso» (también del 69), y filmes menores donde colaboró como guionista como «La feria de las tinieblas» (1983), «El pequeño Nemo» (1992), «The Halloween tree» (1993) o «El maravilloso traje de color vainilla» (1998), y a la espera de que se concrete el proyecto de adaptar su maravilloso «El vino del estío», lo más sensato sería quedarse con las colaboraciones televisivas de Bradbury, desde «Alfred Hitchcock presenta» a «Más allá de los límites de la realidad», pasando por nuestras «Historias para no dormir» o «El teatro de Ray Bradbury», con ese memorable inicio en el que el genial escritor aparecía encendiendo lamparitas en su estudio y hablando en off: «La gente me pregunta de dónde saco mi ideas; pues de aquí mismo...». Ah, y no olvidemos el clásico documental «Story of a writer», de Terry Sanders, y otra conexión literaria-cinéfila: el magnífico ensayo «Ray Bradbury. Humanista del futuro», escrito a principios de los 70 por un José Luis Garci al que aún no se le había caído del todo la «a» del apellido.

Ray Bradbury: Décalogo de una amante de la vida

Ray Bradbury

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>LA PRENSA Domingo 10 de junio de 2012 / Reynosa, Tam.

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Muere Ray Bradbury, el último maestro de la ciencia ficción

novela. Si aún no está hecho, en este momento debe estar tallándose en su tumba el epitafio que eligió: “Autor de Fahrenheit 451”. Figura central de la literatura fantástica y ya reconocidamente indispensable en la narrativa americana del siglo XX, Bradbury falleció la noche del martes a los 91 años, en Los Angeles, EE.UU. Premiado con la Medalla de las Artes en 2004 y un Pulitzer a su trayectoria en 2007, junto a Issac Asimov y Arthur C. Clarke impulsó en los años 50 una renovación de la ciencia ficción. Bradbury, además, fue el principal responsable de la popularización del género. Más allá de la distopía futurista de Fahrenheit 451, en su obra Bradbury exploró los temores y angustias del americano medio de posguerra a través de relatos de misterio, terror y fantasía. Su marca fue su exploración del espacio. Dotó al planeta Marte de un desolador imaginario a través de libros como El hombre ilustrado (1951) y, sobre todo, Crónicas marcianas (1952). A nadie le extrañó que en 2004 la Nasa le pidiera a Bradbury informar al mundo que la nave robot Espíritu había aterrizado en Marte. “La ciencia ficción es la ficción de las ideas. Las ideas me entusiasman”, dijo a The Paris Review hace dos años, aceptando el género del que tanta veces rehuyó. En otra entrevista agregó: “Tengo ideas divertidas. Juego con ellas. No soy una persona seria. No me veo como filósofo. Eso sería muy aburrido. Mi meta es entretener”. Demasiadas máquinas Nacido el 22 de agosto de 1920 en Illinois, Ray Douglas Bradbury escribió su primer relato a los 12 años, inspirado por El Hombre Eléctrico, un personaje que llegó a su pueblo en un circo y le habló de vidas pasadas. Por esos días era un niño que sabía de memoria las historias de Tarzán y John Carter. Quince años después, su cuento Homecoming fue escogido como uno de los mejores de

1947, por un jurado en el que estaba, entre otros, un anónimo Truman Capote. Ese mismo año, Bradbury se casó con la mujer de su vida y publicó su primer libro de cuentos, El carnaval de las tinieblas. El éxito sólo llegaría tres años después, con Crónicas marcianas. Con su esposa embarazada y sin nada de dinero, Bradbury golpeó las puertas de todos los editores de Nueva York. Nadie se interesó en sus relatos. Querían una novela. Les dio una: organizó los cuentos en torno a la idea de la conquista

A los 91 años, el autor de Crónicas marcianas y Fahrenheit 451 falleció la noche del martes. Sobre la ciencia ficción en un oportunidad dijo que era “una genial forma de pretender que estás escribiendo sobre el futuro, cuando en realidad estás atacando el pasado reciente y el presente”. Bradbury confesó en una entrevista que la “gran diversión” de su vida había sido levantarse cada mañana y correr hacia la máquina de escribir. de los hombres de Marte y su colonización. Ambientada entre 1999 y 2026, incluye viajes espaciales, guerras con marcianos, bombas nucleares y la aniquilación de una civilización. Plagada de imágenes poéticas, es una aventura trágica. “Cuando escribí Crónicas marcianas estaba describiendo el impacto de la llegada de Hernán Cortés a México, era una metáfora de la destrucción ocurrida 400 a 500 años atrás”, contó años después Bradbury. En 1952, los escritores Christopher

Nota 7 por Roberto Careaga C.

Isherwood y Aldous Houxley le dieron su respaldo crítico. En 1955, en la edición española, Jorge Luis Borges se sumó a los elogios con un prólogo: “En este libro de apariencia fantasmagórica, Bradbury ha puesto sus largos domingos vacíos, su tedio americano, su soledad, como los puso Sinclair Lewis en Main Street”. Al año siguiente incluyó en el libro Las doradas manzanas del sol uno de sus cuentos más citados y en el que puso en práctica la teoría del “efecto mariposa”: en El ruido de un trueno, un hombre viaja en el tiempo a la prehistoria, mata por error a una mariposa y al regresar al presente todo es diferente. Desde la ortografía al presidente. También en 1953, Bradbury recibió un llamado de John Huston. El director quería que adaptara al guión la novela Moby Dick, de Herman Melville. Bradbury no pudo negarse, pero recién esa noche leyó por primera vez el libro. Nada raro. Educado por azarosas lecturas en bibliotecas, Bradbury forjó su propio camino en la historia literaria. Le dijo que sí a Steinbeck, Shakespeare, Poe, Verne y Huxley, pero un no rotundo a Proust, Joyce, Nabokov o Mann. De la misma forma, la oficialidad literaria demoró años en aceptarlo entre sus filas. Alguna vez le preocupó el tema. En 2010 ya no le interesaba: “Si supiera que a Norman Mailer le gustaban mis libros, me mataría. Me alegra que tampoco a Kurt Vonnegut le gustaran mis novelas”. Autor de casi 30 novelas, 600 relatos, además de poemas y ensayos, Bradbury marcó para siempre la ciencia ficción con su tono existencial. Fue amigo de Walt Disney, influyó a Steven Spielberg. Estaba seguro de que el hombre volvería a la Luna y eventualmente llegaría a Marte. “La humanidad tendrá una nueva oportunidad en Marte”, le dijo a La Tercera en 2004. Al año siguiente, criticó públicamente a Michael Moore por citar a su novela en el título del documental Fahrenheit 9/11. Más que molestarse por el ataque a George W. Bush, al que él apoyó, consideró que era un robo. Nunca aprendió a manejar, no le gustaban los aviones. Odiaba internet. “Hoy tenemos demasiadas máquinas. Tenemos que deshacernos de esas máquinas”, dijo cuando Fahrenheit 451 fue publicado como libro electrónico.


8 Notas Engalanarán Riccardo Muti, Arvo Pärt y Elisa Carrillo el 40 FIC

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ara celebrar cuatro décadas de existencia, el Festival Internacional Cervantino (FIC) ha preparado un programa especial que incluye artistas de reconocimiento mundial como el legendario director de orquesta italiano Riccardo Muti, al frente de la Sinfónica de Chicago; a la primera bailarina mexicana de la Ópera de Berlín, Elisa Carrillo, y el compositor estonio Arvo Pärt, uno de los más importantes de la actualidad. El encuentro cultural se realizará del 3 al 21 de octubre próximo en Guanajuato. Tendrá la presencia de tres mil 15 artistas y como invitados de honor los países europeos de Austria, Polonia, Suiza y el estado mexicano de Sinaloa, que presentarán expresiones que reflejan su pasado y presente artístico. Durante 19 días habrá expresiones en danza, teatro, música, ópera, cine, literatura, artes visuales y actividades académicas, siendo una de los principales atractivos Muti, famoso por haber dirigido a la orquesta de La Scala de Milán de 1986 a 2005, quien al frente de la Sinfónica de Chicago ejecutará un programa compuesto por obras de Johannes Brahms (1833-1897), Félix Mendelssohn (1809-1847) y Giuseppe Verdi (1813-1901). Otra luminaria del programa es Arvo Pärt, figura fundamental en la música contemporánea, quien llega por primera vez a México y asistirá al concierto que con música de su autoría ofrecerá el Coro de Cámara Filarmónico de Estonia y la Orquesta de Cámara de Tallinn, en el Teatro Juárez de la ciudad de Guanajuato. La música de Federico Chopin (1810-1849), llevada magistralmente por los caminos del jazz y el rock, así como aderezada con luces e improvisaciones de danza, abrirá las actividades de la programación de esta edición 40. El espectáculo “Rock Jazz Chopin”, creado y dirigido por Andrzej Matusiak, unirá el talento de los pianistas Karol Radziwonowicz y Leszek Mozdzer, la Folies Dance Company y la cantante Anna Serafinska. El arte operístico estará representado con las producciones “El caballero de la triste figura”, de Tomás Marco, montada por la Orquesta y Coro de la Comunidad de Madrid, y “La venganza del príncipe Zi Dan”, puesta a cargo de la Shanghai Peking Opera Troupe, de la República Popular China. En el apartado de música de cámara estarán presentes la Camerata de Salzburgo, dirigida por el violinista Alexander Janiczek; la Camerata Bern, de Suiza, y Les Violons du Roy, que interpretará “Las

cuatro estaciones”, de Antonio Vivaldi, y “Las cuatro estaciones porteñas” de Astor Piazzolla. También estará la Orquesta de Cámara de la Filarmónica de Varsovia, la cual ha mantenido la tradición en la ejecución e investigación de la agrupación mayor, con una vida artística de más de cien años.

El segmento musical incluye a la Orquesta Sinfónica Sinaloa de las Artes (OSSLA), dirigida por su titular, Gordon Campbell, que tendrá una participación especial en la presente edición de la “Fiesta del espíritu” y hará alarde de su versatilidad al ofrecer tres conciertos distintos como representante del estado mexicano invitado al FIC.

En el primero acompañará al pianista Joel Juan Qui Vega; en el segundo interpretará el programa “Pedro Infante sinfónico”, con el tenor José Manuel Chu, y el último, dirigida por Enrique Patrón de Rueda, será una gala da ópera a la que se unirá La Original Banda El Limón, para marcar el gran final del 40 Festival Internacional Cervantino. Bolivar Soloists interpretará “Fuga a las Américas”, un recorrido por la música de cámara latinoamericana; Geneva Brass Quintet presentará “Retrato de metales suizos”, selección de piezas escritas en ocho países. Asimismo, Keller String Quartet construirá un diálogo entre lo clásico y lo moderno con la interpretación de obras de Johann Sebastian Bach y Béla Bartók, y los artistas Leticia de Altamirano, Jesús Suaste y Alejandro Vigo rendirán un homenaje a Carlos Guastavino y Xavier Montsalvatge, a 100 años de sus nacimientos. En música antigua se presentará Europa Galante, uno de los ensambles de música antigua más aclamados del mundo; la Accademia del Piacere y Arcángel ofrecerán un programa en el que se mezclan la música barroca y el cante jondo, mientras que La Venexiana, dirigida por Claudio Cavina, ejecutará obras vocales de Jorge Federico Handel. Por otra parte, Musica Fiata K”;ln realizará

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un homenaje a Giovanni Gabrieli, a 400 años de su muerte; la Orquesta de la Nueva España mostrará el rescate de música barroca iberoamericana que ha realizado durante sus 16 años de trayectoria y la Capilla Flamenca recorrerá Flandes, España y México, a través de música de los siglos XIV, XV y XVI. En cuanto a solistas se refiere, se contará con la participación del destacado pianista estadounidense Murray Perahia, el tenor mexicano Javier Camarena, el violinista italiano Fabio Biondi, y el pianista surcoreano Kun Woo Paik. Mientras que el pianista François Chaplin, reconocido por su interpretación de la obra de Claude Debussy, rendirá un homenaje al compositor impresionista por el 150 aniversario de su nacimiento. La sección de música contemporánea se engalanará con la presencia del Royal String Quartet, de Polonia, que interpretará obras de compositores polacos actuales. El Ensemble Variances se unirá a Percusions Claviers de Lyon para ofrecer un programa con obras de México y Francia. Amernet String Quartet realizará un estreno mundial del mexicano Héctor Quintanar e interpretará piezas de Gabriela Ortiz y Elliot Carter. Dentro del programa, el alemán Moritz Eggert ofrecerá obras de John Cage, de quien se conmemora el centenario de su nacimiento; el Ensemble Bartok Chile presentará el espectáculo “Ecos contemporáneos chilenos”, además que se contará con la participación de los grupos mexicanos Liminar y Ensamble Nuevo de México. La agrupación hondureña Aurelio and The Garifuna Soul Band ofrecerá un concierto con un repertorio completo de piezas con su estilo único; la cantante Albita mostrará su versátil estilo cubano; Tania Libertad ofrecerá un emotivo concierto enmarcado en el festejo por sus 50 años en los escenarios y desde Monterrey llegará Celso Piña, “El rebelde del acordeón”, y su Ronda Bogotá que incitará a la fiesta. Los “beats” y sonidos electrónicos serán creados en las tornamesas de Shantel & Bucovina Club Orkestar, así como Dj Alva Noto y Gebrüder Teichmann serán los encargados de prender el ambiente de la “Noche electrónica alemana”. También, Elektro Guzzi, de Austria, Marcin Czubala, de Polonia, y Sonja Moonear, de Suiza, le darán vida al “Pastito electrónico”. La cuadragésima edición del FIC conmemorará los centenarios de José Pablo Moncayo, Carlos Guastavino y Xavier Montsalvatge; los 60 años de los “Entremeses cervantinos”, funciones que dieron origen al FIC, así como del Ballet Folklórico de México de Amalia Hernández.

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Muere Ray Bradbury, el último maestro de la ciencia ficción

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