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1er Premio Bioetica 2020

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PREMIO ANUAL DE BIOÉTICA 2020 FUNDACIÓN DR. JAIME ROCA

1er PREMIO UN MANIFIESTO BIOÉTICO

AUTOR: DR. MIGUEL KOTTOW


TABLA DE CONTENIDOS RESUMEN

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I. INTRODUCCIÓN

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II. LA BIOÉTICA DESOÍDA

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III. PUNTO DE INFLEXIÓN, TIEMPO DE REFLEXIÓN

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IV. PROPUESTA DE UN MANIFIESTO BIOÉTICO

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V. RIESGO

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VI. MIEDO

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VII. BIOTECNOCIENCIA HIPERBÓLICA

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VIII. MEDICINA Y DIGITALIZACIÓN

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IX. LENGUAJE ANALÓGICO Y LENGUAJE DIGITAL

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X. BIO(ÉTICA) DEL RECONOCIMIENTO

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XI. PARIDAD PARTICIPATIVA EN BIOÉTICA

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XII. AUSENCIA DE RECONOCIMIENTO: V. R. POTTER

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XIII. CONCLUSIÓN

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BIBLIOGRAFÍA

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Resumen

similar a la política 90/10 que distribuye la mayor parte de recursos de investigación a problemas que solo atañen a una minoría, la bioética ha pecado de similar desequilibrio al centrar su discurso en finuras de la reproducción técnicamente asistida, ectogénesis, manipulación genética desiderativa, inteligencia artificial y el transhumanismo. La orientación de la “bioética a los problemas del primer mundo ha creado otra brecha 90/10. Hasta los años 1990, menos del 10% de las reflexiones en bioética se centraban en problemas generados por el 90% de la carga total de la enfermedad (Kuhse y Singer, 1993)”.2

La pandemia CVID-19 ha puesto en escena las enormes inequidades y discriminaciones que maculan las sociedades tardomodernas, aceleradas por la globalización neoliberal dominante. La disciplina bioética, que insistentemente ha advertido sobre este deplorable estado de deterioro social y medioambiental, ve con frustración que su discurso no ha tenido influencia alguna. Igualmente fracasadas han sido sus deliberaciones sobre distribución de recursos médicos y sanitarios insuficientes, y sus propuestas de triage para ordenar prioridades de atención en situaciones de emergencia.

La respuesta de reemplazarla por biopolítica o, más recientemente, por un bioderecho robusto, es extrema y prematura, arriesgando reducir la bioética a una mera disciplina decorativa, descriptiva sin impulso prescriptivo alguno.

El discurso bioético tradicional requiere ser reemplazado o al menos enriquecido, con una reorientación hacia problemas que toman creciente importancia en el futuro inmediato, para lo cual se propone una renovada reflexión a lo largo de seis ejes: riesgo y miedo, biotecnociencia hiperbólica, digitalización en medicina, el dominio del lenguaje digital sobre el analógico, la ética del reconocimiento según propuesto por Honneth y la paridad participativa de Nancy Fraser. La bioética del Sur sufre una falta severa de reconocimiento, intencionalmente dirigida por la bioética de cauce central –mainstream bioethics– como se ilustra que históricamente fue ejercido contra Van Rensselaer Potter.

Una disciplina que desatiende su función de ética aplicada y se distrae con disquisiciones teóricas sobre asuntos que afectan a unos pocos, o se une a los coros de la ecoética, de las proclamaciones “globales” que se autoerigen en ministras de los grandes males del mundo, se vuelve blanco de críticas substantivas dirigidas a su insuficiente compromiso social, inadecuación de fundamentos filosóficos, entrampamiento en crisis disciplinares o sumisión en conflictos de intereses. Nada menos que el editor en jefe del Journal of medical ethics escribía que la bioética es central a la medicina y a la investigación, pero carece de rigor filosófico, y cuando lo intenta utiliza malos argumentos; la ética médica es como una religión con posiciones basadas en fe y no en argumentos, “imperiosamente imponiendo un modo simple de pensar, muchas veces practicada por comités o grupos de personas sin formación en ética o siquiera una comprensión de la naturaleza de la ética.3 Esta crítica elitista se auto-inmuniza a priori contra objeciones de una bioética que ha sido descalificada como intelectualmente incompetente.

I. Introducción

a) Crónica de una muerte anunciada Ya en los comienzos de la bioética, C. Castoriadis le reclamaba su dedicación a temas problemáticos pero puntuales sin abordar una perspectiva más amplia: “La universalidad de los imperativos éticos, ¿sólo es universal por encima de cierto nivel de P.N.B. per cápita?¿Lo que en realidad necesitamos es bioética o, más bien biopolítica?”1 La crítica es correcta y oportuna considerando que buena parte de los esfuerzos de la academia ha sido dedicada a asuntos que afectan a un pequeño número de personas anidadas en grupos sociales de altos ingresos. En forma

Es indudable que la bioética necesita ser ejercida con coherencia e hilvanada mediante argumentos racionales y razonables, sin que

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sea necesario ni conveniente que la teoría sea comandada por personas tituladas como filósofos. La sociología, por su parte, elabora su propias reservas haciendo ver que la bioética filosófica se empeña en elaborar normativas distanciadas de la realidad a las que podrían ser aplicadas.

su vez carece de auto-reflexión y la lleva a apoyarse en tres dogmas: la preeminencia de la autonomía, el entendimiento que las obligaciones contractuales voluntarias son el eje de la ética médica, y la aceptación de la centralidad de leyes y regulaciones. Finalmente, la bioética actual está esclerosada y necesita renovarse buscando en la ética en salud pública una nueva fuente de inspiración y orientación.5

La bioética es construida de tal modo que ignora el rol de factores sociales y culturales, es porque, al fomentar un ‘ideal de principios éticos universales’, tales variaciones son vistas como ‘epifenómenos’ carentes de importancia. Más aún, la bioética es reticente ante la ‘invocación’ de factores sociales y universales porque los ve como dirigidos a ‘significaciones locales’ que llevan al relativismo moral y a un potencial desastre.4

Un certificado de defunción fue emitido por Ruth Macklin, dando como causa de muerte de la bioética su sub-especialización y la dedicación a la metabioética alejada de sus funciones normativas, provocando fragmentación, burocratización y disensos hostiles dentro de la disciplina.6 La bioética actual ha sido caracterizada como mainstream bioethics enfocada en una ética médica acrítica, incapaz de enfrentar los temas y problemas reales, ni de dialogar en forma productiva con otras ciencias y disciplinas. Su futuro es obscuro a menos que “se re-invente por el camino aparentemente más viable de interpelar las crisis que están ocurriendo [política, económica, medioambiental, cultural]”.7

Lamentan los sociólogos que la bioética adolece de escaso conocimiento empírico sin reflexión teórica. La propuesta de una “bioética crítica” sugiere obturar el hiato entre teoría y práctica superando la clásica falacia naturalista que distingue entre descripción y prescripción y que Hume resumiera como el error de derivar is de ought, una falacia rebatida por H. Putnam al declarar el “desplome de la dicotomía hecho-valor”. Sugiere la sociología anclar la bioética firmemente en hallazgos empíricos para fundadamente desarticular los grandes marcos teóricos y cultivar la reflexividad para reconocer que su discurso no emerge desde un lugar neutro sino que también está arraigado en el tiempo y espacio en que vive quien la cultiva. De no ser crítica, la bioética corre el riesgo de ser aislada de las decisiones que tanto aspira a influir y quedar marginada de los procesos decisores…lo cual la empobrecería tristemente.

Jonathan Baron escribió un texto titulado Against bioethics (2006), aseverando que la bioética aplicada puede causar daños evitables mediante el recurso al utilitarismo y al análisis decisional. Pese a estas críticas, la bioética navega a velas desplegadas desde que se instala hace medio siglo como disciplina académica, su flota creciendo aceleradamente por un trayecto triunfal ajeno a las ocasionales críticas. Puesta a prueba por la crisis sanitaria provocada por la pandemia COVID-19, se confirma que gran parte de la disciplina se aísla en una burbuja sin mayor influencia sobre los problemas sociales de su incumbencia directa: la medicina clínica, la investigación, la salud pública y la decadencia del medio ambiente que precariza la vida en el planeta: “El mundo brega con las consecuencias adversas de la globalización, decreciente confianza en expertos y datos, y una progresiva consciencia de racismo y sexismo estructurales, y desequilibrios en el poder global”.8

Las demandas de la investigación filosófica tradicional podrían entrar en conflicto con las exigencias de la bioética crítica, pero es de notar que los bioeticistas parecen capaces de desarrollar estudios empíricos de ciencias sociales sin perder su identidad disciplinaria, al mismo tiempo aceptando que cómo son las cosas nos puede decir algo sobre cómo debieran ser (Ibid.,142-143). Llevada la crítica a su extremo, la bioética es declarada en estado de crisis: “La bioética no tiene futuro: al menos no en su forma actual”. El pronóstico proviene de reconocer tres errores: la bioética se limita a ser una ética médica que a

b) ¿Inmoralidad del virus o del huésped humano? ¡La culpa, querido Brutus, no es de nuestras 5


estrellas, sino de nosotros mismos que consentimos en ser inferiores (William Shakespeare)

La Divina Providencia –Rousseau dice “naturaleza”– no guía a los hombres a construir

ciudades o construirlas en un lugar u otro.13

Hasta mediados del año 2020, en que la pandemia CORVID-19 está en pleno desarrollo, hay solo un factor común en todas las miradas sanitarias, políticas, sociales y de otro orden, y es la incertidumbre ante un ser ínfimo, capaz de desestructurar todas las manifestaciones civilizatorias y culturales que la humanidad ha ido desarrollando, lo que habla menos de la potencia del virus que de la fragilidad de la especie humana y sus estructuras sociales. La bioética no solo se sorprende por la negligencia del pasado, mas también por la escasa atención que recibe en medio del turbulento presente donde podría, si alguien se interesase, hacer algunos aportes relevantes que aparecen como huérfanos de toda atención previa.

Haciendo la analogía con Rousseau, es inquietante que el virus sea declarado un enemigo que ataca sin piedad, que se burla de los humanos y se inmiscuye en sus asuntos, de este modo la sociedad disculpándose de toda responsabilidad por los efectos sociales, económicos y de inequidades de sufrimiento y muerte que son producto de una humanidad que ha privilegiado el progreso material favorable a una minoría mientras precipita a la mayoría en una vida desprotegida, vulnerable, sumida en discriminaciones y marginaciones. No es que la emergencia sanitaria haya provocado el actual desorden social y moral y la desorientación de la salud pública. Se ha limitado a levantar el velo haciendo más visible la ausencia de equidad en el respeto de los derechos humanos tanto primarios como secundarios, la invisibilidad del Otro y de lo otro, la precariedad en que vive la gran mayoría de las personas carentes de lo que tanto se reclama: justicia, solidaridad, sustentabilidad. Asuntos que la bioética, sobre todo desde el Sur, había iterativamente reclamado.

La pandemia COVID-19 es causada por un virus altamente contagioso y letal, características biológicas que se cargan de adjetivos que le otorgan sentido moral: la virulencia –virulentus=lleno de veneno– significa algo maligno o ponzoñoso, y permite elaborar el discurso de un virus victimario: “Los estragos que causa [el covid-19] nos hacen pensar en una Tercera Guerra Mundial, en la que el enemigo es invisible, sin nacionalidad, no respeta fronteras y ataca sin piedad”.9 “La epidemia, ese mal que se abate «sobre el pueblo»”, como lo señala la etimología, se burla de nuestras fronteras imaginarias, se inmiscuye en el flujo de nuestros desplazamientos a gran escala y toca hoy en día a la totalidad de los seres humanos”10, o “la pandemia covid-19 ha creado profundos desafíos éticos en cuidados de salud y sociales, no solo por las decisiones individuales sino también a largo plazo y a nivel de decisiones en políticas poblacionales”.11 El empleo de la “retórica de guerra”, habitual en medicina, se manifiesta, ante todo en EE.UU. y Gran Bretaña, “que nombran un enemigo común y dan sentido al sacrificio de los héroes que mueren en las garras del enemigo”.12

II. La bioética desoída En la oscuridad, cualquier vela encendida atrae la atención, y en las tinieblas de una pandemia aparecen la hipócritas epifanías que ahora escuchan lo que antes apenas oían, miran lo distraídamente visto: la humanidad es un modelo de injusticia y discriminación. El virus es democrático, se dice, pero nuestra hospitalidad no lo es, pues los afectados, los mal preparados para medidas preventivas, los mortalmente heridos, son los marginados cuya pobreza multidimensional no les permite aislarse, paralizar las informales e inestables fuentes de ingreso cotidiano para malamente cubrir las necesidades del día que ya estaban allí antes del virus, en suma, cumplir con lo requerido por las

En un intercambio epistolar con Voltaire a propósito del terremoto de Lisboa (1755), Rousseau afirma que ese sismo se produjo como resultado del inexorable despliegue de las leyes de la naturaleza…que fue un mal porque incontables inocentes sufrieron y murieron; pero sufrieron y murieron por falta de providencia o prudencia. 6


medidas preventivas. Las insuficiencias y discriminaciones en servicios sanitarios y atención médica precedieron con mucho el explosivo recargo actual de personal y recursos clínicos. Son temas que la bioética viene observando, debatiendo y presentando en toda su extensión y gravedad, llamando a la urgencia de enfrentar la degradación social y ambiental del mundo, la cumulativa polarización económica, las injusticias, discriminaciones, marginaciones, desprotecciones y vulneraciones de derechos humanos negativos y positivos. Más que un discurso propio, la bioética hace coro con ambientalistas, economistas y sociólogos que comparten la alarma por la depredación de la naturaleza y la explotación de sus congéneres que los seres humanos más poderosos ejercen en forma implacable.

de asignar “la última cama” que, sin embargo, han sido vividas y reclamadas incluso por naciones con una muy elaborada salud pública y su correspondiente apoyo ético.15 Frente a preguntas conflictivas sobre asignación de recursos…hasta la fecha no existe…una guía ética nacionalmente acreditada que ayude a traer claridad, consistencia y equidad a la toma de decisiones.16 A medida que el Reino Unido se prepara para emerger de la cuarentena, hacemos un llamado urgente a nuestros líderes para desarrollar un plan ético con al menos tres características…Primero, desarrollo de guías éticas transparentes…que den fundamentos claros, consistentes y defendibles para políticas a nivel nacional…Segundo, soportes éticos formalizados, coordinados y financiados de alcance nacional…Tercero, investigaciones necesarias para informar y apoyar el desarrollo de políticas y guías éticas.17

Como en otros episodios críticos, la mirada bioética registra arrepentimientos y buenos propósitos, pero también, y posiblemente con más intensidad, el revoloteo por volver a la “normalidad”, al status quo que mantenía y fomentaba las disparidades entre pudientes y desposeídos, y que aspira a recuperarse con premura para mover la economía, producir para consumir, y hacerlo con renovado fervor para recuperar lo perdido y seguir marchando firmemente en el proyecto de un futuro al compás del progreso que Van Rensselaer Potter rechazaba como un concepto materialista a ser superado por un “progreso científicofilosófico”.14

¿Qué nos indica la realidad de COVID-19 acerca de la bioética como disciplina, o sobre el rol social de bioeticistas? ¿Por qué son repentinamente amontonados tantos planes de ‘ética pandémica o de heurística del triage? ¿Acaso sea problemático que casi cotidianamente sean publicados múltiples propuestas contradictorias sobre cómo distribuir recursos escasos (v.gr. ventiladores)? ¿Cómo alcanzar consensos en estas cuestiones, y acaso consensos sean la meta deseable?18

En medio de la pandemia, se plantea los problemas éticos de la asignación de recursos y selección de prioridades, desconociendo que la bioética ha trabajado con ahínco en buscar respuestas a estas incertidumbres, elaborando diversas estrategias para asignar recursos escasos del modo más equitativo posible, y sentando una doctrina de triage cuyas raíces provienen de la guerras napoleónicas. El objetivo de elaborar criterios claros de selección en situaciones de emergencia, es evitar las incertidumbres y arbitrariedades

III. Punto de inflexión, tiempo de reflexión Hay señales que la bioética también quiere volver al curso de su propia normalidad, pese a que la pandemia muestra a las claras que su discurso no logra impactar en una sociedad sumida en la maquinaria de la globalización y consumida por un malestar generalizado del que solo se 7


libran los pudientes y poderosos. La bioética continúa anclada en una persistente grandilocuencia que se compromete a seguir batallando por la justicia, la vigencia de los derechos humanos a pesar de haber presentado la necesidad de “nuevos derechos humanos en la era de neurociencia y neurotecnología”.19 Insiste, con razón pero sin fuerza ni influencia, solicitando la equidad en seguridad social y salud pública, intentando recuperar el mapeo de la disciplina a pesar de su escasa repercusión en la triunfal marcha de la globalización, cuyos efectos deletéreos han sido remarcados por figuras intelectuales como Bauman, Safransky y tantos otros.

La bioética, efectivamente, ha consolidado su discurso en torno a ciertos valores y áreas de aplicación básicos, necesarios pero insuficientes para marcar presencia social de una ética aplicada que ha brillado casi exclusivamente en el ámbito académico. Como muestra la Fg. 1, los temas de la bioética son perennes, invariables sus campos de aplicación, pero es urgente reconocer que este discurso es insuficiente y ha de ser enriquecido con el enfrentamiento de nuevos desafíos. Aún cuando las categorías no sean exhaustivas, permiten reconocer una vinculación recíproca: Todos los valores mencionados deben ser considerados en la bioética aplicada a las áreas de prácticas sociales, y ninguna práctica social puede ser éticamente validada a menos que considere todas las virtudes anotadas. Estas áreas temáticas no pueden ser dejadas de lados puesto que constituyen el fundamento trascendental –condición necesaria– para una convivencia social mínima, pero la iteración obviamente se ha vuelto insuficiente, pues el permanente refuerzo de su relevancia no ha hecho mucho más que desgastar un discurso que no logra asidero en la realidad.

Nos llama la atención la frecuencia con que valores o consideraciones éticas son invocadas a lo largo de discusiones, incluyendo solidaridad, equidad, autonomía, confianza, respeto moral igualitario, y vulnerabilidad, motivándonos a producir una breve discusión a objeto de: (i) definir estos conceptos claves y (ii) guiar su aplicación a los esfuerzos de investigación de COVID-19.20

Si la bioética se siente culpable de no haber sido, en su medio siglo de hiperactividad académica, capaz de actuar siquiera de modesto freno a los afanes predatorios de un pequeño segmento de la humanidad, deberá, por fin, sumirse en una ensimismamiento orteguiano, una reflexión sobre sí misma:

En un esfuerzo por recuperar su vigor, hay una variedad de propuestas de complementar o reemplazar el trabajo académico teórico por un compromiso de desarrollar un “activismo bioético”. Desde hace ya varios decenios, la Escuela de Brasilia propone una “bioética de intervención” que milite activamente contra las injusticias que se extienden por todo el mundo. En 2019, la revista Bioethics dedicó un número especial (33/8) al tema “Abogados y activistas”, con exposición de una gran gama de opiniones sobre lo que se puede entender por activismo bioético, que algunos, como David Benatar, rechazan porque le resta la debida ecuanimidad y neutralidad al trabajo académico, mientras otros profesan que lo valioso del activismo es presentar una postura, defenderla y buscar adeptos.

En cuanto a la relfexividad…se impone más que nunca como un imperativo absoluto a todos los que quieren resistir eficazmente a estos conceptos de pacotilla –“globalización” y “flexibilidad”, “multiculturalismo” y “comunidad”, “identidad”, “hibridación”, “fragmentación”, etc. – cuya difusión, en el campo universitario y fuera de él, acompaña en el mundo entero la puesta en marcha de la política neoliberal de destrucción del Estado social y de sus experiencias históricas, entre ellas la autonomía de la ciencia social; es decir, su existencia misma”.21

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Figura 1. Temas y áreas de reflexión de la bioética tradicional Temas tradicionales de la bioética

Áreas de bioética aplicada

Autonomía

MEDICINA

Confianza Derechos humanos Dignidad / persona

SALUD PÚBLICA

Relación agente-paciente Equidad / justicia Respeto moral

POLÍTICAS PÚBLICAS

Solidaridad Vulnerabilidad

INVESTIGACIÓN BIOMÉDICA MEDIO AMBIENTE

el cierre de la bioética cultivada desde 1970-71, exigiendo abrir nuevos frentes de indagación ante procesos sociales que se vienen instalando con fuerza en áreas pertinentes a una oportuna y urgente exploración y reflexión de la bioética.

Dado sus orígenes, naturaleza y enfoque normativo, la bioética debe entenderse como una disciplina inherentemente activista. Con ello me refiero a que para que un tema sea ‘bioético o para que un académico sea un bioeticista, debe existir un compromiso con asuntos prácticos de algún interés y relevancia social general. Más aún, dada la naturaleza de su trabajo, los bioeticistas han de tener una disposición prima facie a defender públicamente sus posiciones cada vez que se dé una oportunidad propicia”.22

La crisis financiera de 2010, inició una reducción presupuestaria en el mundo académico, que también golpeó los recursos universitario destinados a bioética, vaticinando que la bioética depende del éxito de una economía neoliberal floreciente.23 Los efectos económicos de la pandemia probablemente tendrán un efecto similar sobre las disciplinas “blandas”, motivo adicional para intentar un reinicio del discurso bioético.

La mayoría de las contribuciones concordaron que entre academia pura y activismo máximo existe un continuo cuyo denominador común es la integridad y el compromiso de quienes se dedican a esta ética aplicada. La conclusión de Wendy Rogers es que “La bioética es una actividad social, provista del mandato y el poder de afectar los modos como las personas piensan y actúan en la vida real” (Ibid., p. 889). No obstante, la bioética no recibe sino que busca un mandato y su activismo solo le concede escaso poder de influencia social.

IV. Propuesta de un manifiesto bioético La pretensión de un “Manifiesto de Bioética” propone reconocer que la agenda de la bioética ha perdido filo y vigor, sometida a iteración y polisemia que la han naturalizado.

Es razonable pensar que la pandemia COVID-19 marca 9


Figura 2. Propuesta de nuevos ejes de reflexión en la bioética tradicional Temas tradicionales de la bioética Ejes de reflexión Propuestos • Riesgo/miedo • Expansión Biotecnológica • Digitalización • Reconocimiento

Autonomía Confianza Derechos humanos Dignidad / persona Equidad / justicia Respeto moral Solidaridad Vulnerabilidad

Áreas de bioética aplicada MEDICINA SALUD PÚBLICA POLÍTICAS PÚBLICAS INVESTIGACIÓN BIOMÉDICA MEDIO AMBIENTE

Relación agente - paciente

Cualquiera sea el estado de cosas en el período de post-pandemia o, cómo es posible que suceda, se despliegue un futuro de convivencia precaria en una endemia inmarcesible con un virus atenuado o controlado. De allí la propuesta a la bioética de centrarse en al menos 4 ejes y sus engranajes, hasta ahora inexplorados aunque ya vislumbrados en otras áreas por pensadores originales:

Frank Furedi (1947-) y Barry Glassner (1952). La presencia de una cultura de miedo se ha incorporado a la práctica médica más sofisticada y ha logrado una inicial presentación en algunos escritos bioéticos. 2. La expansión hiperbólica de la biotecnociencia, ya mirada con preocupación por pensadores como Günther Anders (19021992), Hans Jonas (1903-11993), Jürgen Habermas (1929-), Isabelle Stengers (1949-), ha recibido atención mixta desde la bioética que en general se presenta como tecnófila cautelosa con una vertiente de entusiasmo que es en parte genuina, pero también interesada.

1. Fue el sociólogo alemán Ulrich Beck (1944-2015) quien, acompañado en sus inquietudes y publicaciones por Anthony Giddens (1938-) y Scott Lash (1945-), inauguró el reconocimiento que vivimos en una sociedad de riesgo exacerbada por el estruendoso despliegue de una globalización económica sin precedentes. La importancia que ha cobrado el factor riesgo en medicina y en salud pública, requiere una intensa atención por parte de la bioética. En directa relación con la sociología y una bioética del riesgo, aparece recientemente el reconocimiento que nuestras sociedades tardomodernas han sido movilizadas desde la preocupación del riesgo a una sociología del miedo, abordada especialmente por Zygmund Bauman (1925-2017),

3. Las restricciones de movilidad impuestas como medidas de contención al coronavirus han intensificado que muchas actividades dependan de la expedita gestión del mundo digital, incluyendo el desarrollo de la telemedicina en complemento y reemplazo de la atención médica presencial. La bioética enfrenta las posibilidades y los problemas de una digitalización acelerada de bancos de datos, la investigación digitalizada en áreas sensibles como la neurociencia, el desarrollo de la inteligencia.

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artificial en la medicina meliorativa que en la literatura bioética propone emplear la biotecnología para mejorar el nivel moral de la conducta humana. la superación intelectual de la máquina hasta llegar al transhumanismo – Bostrom– y a la singularidad –Kurzweil–.

V. Riesgo

Las relaciones humanas están amenazadas de despersonalización, intermediadas por interposición de la técnica y el predominio de los vínculos mercantiles entre ofertante y consumidor, un proceso especialmente notorio en la medicina que recibe el nombre de medicina deshumanizada. Es tiempo de atender a la ética del reconocimiento propuesta por Hegel y puesta en vigencia por el Director de la Escuela de Frankfurt Axel Honneth (1949), incorporándola al pensamiento bioético consciente que la relacionalidad es un rasgo antropológico trascendental del ser humano según destacan la ética dialógica de Martin Buber y la ética relacional de Emmanuel Lévinas).

“El cambio de la lógica de redistribución de riquezas en la sociedad de escasez, a la lógica de la distribución de riesgo en la modernidad desarrolladas” con que Beck inicia su estudio sobre la sociedad de riesgo, necesita ser readecuado desde y para el hemisferio Sur y los enclaves de pobreza en el Norte, donde la desigualdad económica sigue vigente y determina una polaridad entre pudientes y desposeídos, que a su vez es instrumental en una distribución inequitativa y sesgada de riesgos. Beck también habla de la transición de una sociedad industrial a una sociedad moderna, relevando que la globalización hiperactiva es fuente de riesgos difusos, inasibles y por ende imprevisibles.

a) Sociedad de riesgo

Niklas Luhmann había presentado la diferencia entre riesgo causado por actividad humana, y peligro como una 4. Críticos de la globalización neoliberal amenaza de la naturaleza o de vida no han resaltado la indiferencia social y la humana. En su acepción tradicional, el insensibilidad moral de los arquitectos que riesgo es calculable según la fórmula que concentran el poder económico y lo orienmultiplica impacto o gravedad del evento tan hacia un circuito cerrado de autopoiesis por la probabilidad que ocurra, de social cuyos componentes son producción manera que mientras más deletéreo el y consumo –Humberto Maturana (1928-), efecto y más probable que ocurra, tanto Francisco Varela (1946—2001), Niklas Luhmayor es el riesgo. Riesgo = Magnitud del mann (1927-1998). efecto x Probabilidad de ocurrencia.

Salvo excepciones, la mayoría de los nombrados no forman parte del acervo cultural de la bioética, con la notable excepción de Hans Jonas y Jürgen Habermas cuyos escritos tardíos tenían por objetivo intervenir en el debate bioético. Interesante asimismo es que casi todos estos pensadores son de edad o han muerto, haciendo temer que sus inquietudes, muy vigentes, no se cultivan en el centro de la bioética contemporánea. Desde el interior de la bioética nace un meliorismo moral a lograr por medios biotécnicos –Savulescu, Perssons–.

En el discurso de riesgos, de la sociedad de riesgo descrita por U. Beck, aparecen macroprocesos –calentamiento global, cambio climático, amenazas humanas de guerra, terrorismo, dictaduras autoritarias, pandemias– cuya anticipación es incierta y frente a los cuales el mundo es paralogizado por incompetencia, como dramáticamente lo demuestra la pandemia actual COVID-19. Bauman califica

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b) Epidemiología de riesgo

la insensibilidad ética de la sociedad como “adiaforización “de la conciencia: las personas pierden parte de su sensibilidad y se niegan a aplicar la perspectiva ética a otras personas”.24 Un fenómeno que más coloquialmente se denomina NIMBY (not in my back yard), comparable a la infausta frase de Luis XV “Después de mí el diluvio”. Los llamados a la solidaridad se estrellan contra realidades insensibles o determinadas por jerarquías de poder.

Desde que permea la sociedad, el riesgo también ha tomado protagonismo en la epidemiología: Mientras las ‘antiguas’ estrategias de salud pública se enfocaban principalmente en temas de higiene pública –aseo de calles, regulación de la industria, sanitación y provision de agua–, la nueva salud pública ha dirigido sus atenciones hacia la conducta y la apariencia del cuerpo individual.26

Los intentos de construir solidaridad basada en la supuesta armonía e integridad ignoran las relaciones de poder que siempre han existido entre los miembros basadas en criterios de lugar, clase, género, sexualidad y edad (es decir, sus ya existentes ‘comunidades’, y el modo como estas relaciones cambian a través del tiempo y el espacio.25

Al elaborar su tesis de la modernidad líquida, Bauman señala que las sólidas estructuras de la modernidad se precipitan en vaguedades, desconciertos, variabilidad e imprevisibilidad que se vuelven elementos constitutivos del concepto de riesgo empotrado en incertidumbre e inseguridad. El riesgo se vuelve incalculable e impredecible, impulsado por la proliferación de desprotecciones, vale decir, sabemos con certeza que no hay institución social ni política que nos pueda proteger de estos riesgos que se vuelven amenazas no localizables ni prevenibles, comportándose como peligros de segundo orden: los riesgos producidos por actividad humana se vuelven indomables y se convierten en peligros. Uno de los mayores riesgos descritos por Bauman es la autonomía que deja en manos del individuo la gestión de su vida, lo desvincula de instituciones, autoridades y relaciones; un individuo autónomo pero anómico, desprovisto de otros vínculos sociales que los utilitarios de un sociedad mercantil. La mayor autonomía se gana a costa de menor seguridad y un aumento de los riesgos cotidianos.

Los estudios epidemiológicos acumulan datos a nivel poblacional, para determinar qué riesgos de enfermedad son endémicos y sólo podrán ser reducidos con modificaciones estructurales. En lenguaje más profano, es sabido que las poblaciones consideradas “vulnerables”, es decir, que ya tienen algún factor de desmedro provocado por las así llamadas “determinantes socio-económicas” –pobreza, asentamiento en lugares insalubres, expuestos a catástrofes telúricas, hacinamiento, desempleo, subalternidad a poder feudales o neocoloniales–. Estas poblaciones viven la precariedad de reducidas defensas naturales y la mayor susceptibilidad a agentes y situaciones patogénicas. En condiciones de una globalización neoliberal renuente a un Estado fuerte capaz de cumplir las tareas sociales que le corresponden, es improbable que la epidemiología de riesgos logre movilizar acciones públicas que mitiguen la precariedad poblacional detectada. Se frustra así la motivación de la salud pública para emprender acciones que prevengan enfermedades y promuevan salud. La respuesta a la disparidad entre la expansiva detección de riesgos y la falta de competencias o voluntad política para mitigarlos ha dado nacimiento a la medicina preventivista que traslada las tareas de la salud pública al individuo en riesgo en tanto es miembro y partícipe de un riesgo poblacional. Guiado por su médico, la persona es conminada a llevar un estilo

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de vida sano, evitar conductas riesgosas, someterse a controles periódicos premunidos de una utilería diagnóstica cada vez más indagadora, una pérdida de los límites entre normal, predispuesto, pre-mórbido o inicialmente enfermo. Este traspaso de la salud púbica preventiva al consultorio médico y a la relación médicopaciente significó la medicalización y la mercantilización de la medicina, así como la responsabilidad del individuo por cultivar acciones personales de prevención incluso frente a riesgos medioambientales que están más allá de influencias personales. Esta “nueva salud pública” es un producto neoliberal que incita al consumo de salud, golpeando una vez más a los millones de seres despojados que bregan por su existencia sin opciones de modificar su forma de vida, seleccionar alimentos saludables o programas de ejercicios vigorizantes, pues están ocupados reponiendo fuerzas para el trabajo del día siguiente, según ya señalara Karl Marx. En el proceso de medicalización la medicina clínica amplia su espectro de servicios terapéuticos “in-corporando” nuevos conceptos diagnósticos –prediabetes–, esquemas conductuales incorporados a la nosología –déficit atencional del niño, del adulto–, predisposiciones moleculares –genes, enzimas–. La medicalización se acompaña y es impulsada por la mercantilización de la medicina con todas sus consecuencias de inequidad de acceso, procesos sociales que han sido estudiados acuciosamente por pensadores como Illich, Foucault, Conrad y otros. Estos procesos extreman el discurso de la medicina preventiva transforman la salud pública en una gestión de carácter individual, inaugurando la “Nueva Salud Pública”, cargada de un enorme sesgo discriminatorio según la ley inversa de cuidados “tiende a haber menos cuidados de salud para quienes más los necesitan, y más cuidados para los menos necesitados”, y la ley inversa de beneficios: “La relación de beneficios terapéuticos/daños tiende a deteriorar cuando las decisiones clínicas que limitan el número

de pacientes en tratamiento queda subordinado a presiones del mercado”.27 Medicalización y medicina preventiva promueven la sumisión del ciudadano a la autoritaria voz del experto, sensibilizándolo a los riesgos que lo acechan y al miedo de caer en horrorosas enfermedades – cáncer, enfermedad pulmonar obstructiva crónica, claudicaciones cardiovasculares–, a menos que se adapte a un ritmo de vida saludable y haga uso de las ofertas de controles médicos regulares, las terapias preventivas, avivando la desazón por no haber hecho lo suficiente para anidar en ese limbo médico que es el “paciente sano”. La búsqueda de salud mediante trabajo sobre el cuerpo se ha vuelto un medio crucial para que el individuo pueda expresar públicamente virtudes como el auto-control, la auto-disciplina, el auto-sacrificio y la voluntad –en suma, aquellas cualidades consideradas importantes para ser un ser humano ´normal´y ‘sano’.28

El riesgo se ha vuelto una vivencia omnipresente y a diferentes niveles, desde los riesgos planetarios de conflictos bélicos latentes, terrorismo, cambios climáticos con aceleración de catástrofes naturales, hasta los riesgos socio-económicos de desempleo, merma de ingresos, pensiones insuficientes, pérdida de provisión estatal de educación, salud y previsión. A ello se agrega la medicina preventiva que ha reemplazado el capital social por el empoderamiento individual para enfrentar una creciente y alarmante proclamación de riesgos sanitarios ahora sumidos en la inequidad de ser negociados a través del mercado y de tornarse probables más que meramente posibles. La epidemiología contemporánea prefiere hablar de riesgos que no de miedos, una actitud eufemística que es contradicha por los medios de comunicación. Los riesgos se tornan difíciles de identificar e imposibles de controlar, dejan de ser vivencias subjetivas 13


de amenazas que ahora se sumergen en la cultura del miedo: “Una creciente obsesión con riesgos es uno de los rasgos más notorios de la cultura del miedo”.29 “Con el aumento de la perspectiva de miedo, la significación de riesgo ha quedado subyugada a la narrativa de miedo” (Ibid. p.153).

miedo al hacer blanco en la vida cotidiana, las bombas en calles, restaurantes y lugares de comunión cultural, a las cuales todos estamos expuestos. El mal aguarda emboscado en los incontables agujeros negros de un espacio social desregulado a conciencia, en el que la competencia a cara de perro y el distanciamiento mutuo ha sustituido a la cooperación y a la solidaridad, mientras la individuación irresistible erosiona el poder aglutinante de los lazos humanos.31 En una sociedad moderna ‘normal’ , la vulnerabilidad e inseguridad de la existencia, así como la necesidad de vivir y actuar bajo condiciones de aguda e irremediable incertidumbre, vienen selladas a la caprichosa y endémica imprevisibilidad de las fuerzas del mercado. (Ibid. p. 105).

VI. Miedo a) Cultura del miedo30 La distinción entre miedo y temor es sutil pero real. El temor es una presunción de que algo va andar mal no siempre en relación al temeroso, pues es posible sentir temor por el posible fracaso o daño que pueda afectar a otro. El miedo es una emoción que se refiere a un posible daño concreto que afecte al miedoso, habiendo sido estudiado desde la psicología y, muy recientemente, abordado por la sociología.

La vida urbana es un avispero de ansiedad, polución ambiental, tensiones sociales, obstáculos a la prosecución fluida de gestiones y movilización, provocando el riesgo urbano que Foucault ha denominado “miedo a la ciudad”.32

La vivencia de miedo nace de incertidumbres sobre el origen de fenómenos naturales y la invocación a las divinidades pidiendo protección, como también las incógnitas relacionadas con la muerte y un posible más allá, solicitando gracia y buenaventura. La incertidumbre y la posibilidad de un destino infernal o divino vincula miedo con moral, aunque la escatología ha ido perdiendo importancia con la secularización de la modernidad. Zygmund Bauman, el sociólogo especializado en licuar la modernidad, la vida, el amor y la maldad, sostiene que el miedo nos permea a medida que la maldad se licúa, es decir, pierde sus contornos, se infiltra por doquier y desencadena un miedo persistente, ya no frente a amenazas extraterrenales o naturales, sino a actos de agresión y terror provocados por los seres humanos. Así se explica el miedo. ante guerras, agresiones atómicas y, más recientemente, a catástrofes medioambientales generadas por expoliación y polución de recursos naturales finitos. Los sorpresivos ataques terroristas son, por su parte, fuente de

El miedo permea el diario vivir, dado que todas las seguridades que los individuos se van granjeando, o que les concede el estado protector, están cuestionadas y amenazadas: estabilidad laboral, ahorro para el futuro, educación de los hijos o apoyo a dependientes enfermos o ancianos, medicina accesible, pensiones suficientes para llevar una vejez sin sobresaltos, se derrumban con facilidad asombrosa, cayendo al vacío por falta de una red social protectora. Hans Jonas propone una heurística del miedo que nos ayude a reconocer y entender las amenazas que se ciernen sobre lo humano desde sus exacerbados afanes tecnocientíficos. No es difícil reconocer el mal que no deseamos, antes de saber lo que sí deseamos: la filosofía moral debe consultar nuestros miedos antes que nuestros deseos, para así entender lo que realmente apreciamos.33 14


La heurística del miedo no es la última palabra en la búsqueda del bien, pero es una primera palabras utilísima en tanto sea empleada con cautela y parsimonia. En una “cultura del miedo” somos insistentemente bombardeados por los mercaderes del miedo, entre los que destacan los medios de comunicación y los emprendimientos que avivan el miedo a objeto de vender productos aliviadores en forma de seguros, inversiones rentables, contratos de servicios. Una reciente entrevista al comprometido intelectual Noam Chomsky, lo muestra como portador de miedo, cuando hace “confluir” la amenaza de guerra nuclear que ha ido decreciendo, con la pandemia del coronavirus como un componente de miedo en plena explosión.

los desposeídos son los más perjudicados. La bioética tiene sus propios miedos: escuchar a los que prometen un futuro más equitativo, una sociedad más solidaria, una moralidad social más protectora, aunque la historia muestre que el arrepentimiento sea de corta duración; el miedo a la reinstalación del status quo con todas las miserias que agobian a la mayor parte de las poblaciones humanas que, si es restablecido, se blindará esforzadamente para no volver a caer en crisis, como ha pasado con las desventuras financieras de recientes decenios. El miedo proviene de la experiencia que los refuerzos económicos de los poderosos son a costa de los débiles.

La bioética ha de sentirse convocada de atender al tema de la cultura del miedo, visto que sus temáticas básicas –salud pública, medicina, investigación bioméel presente representa un “punto de conflu- dica, salud y medio ambiente– están encia de distintas crisis muy graves”, entre cooptadas por el mercado con las consilas que se incluyen una amenaza de guerra guientes consecuencias de desigualdad nuclear, cambio climático, la pandemia del y desprotección, afectando la seguridad coronavirus, una gran depresión económipersonal por “los prevalentes y anticipaca y una contraofensiva racista que tiene dos, abiertos o encubiertos, genuinos o como epicentro a los Estados Unidos. putativos miedos de amenazas a los cuer(Página 12 del 30 de Agosto 2020). pos humanos, las posesiones y los hábitats –provengan de pandemias, dietas poco Chomsky desarrolla una heurística del sanas o estilos de vida, de actividades miedo cuyo resultado es aumentarlo con la criminales, conductas antisociales de las presentación de situaciones críticas sobre ‘subclases’, o, más recientemente del terlas cuales el lector o auditor no tiene inrorismo global.34 fluencia alguna ni imagina que alguien la tenga y ejerza. Es la actitud deprimente de El miedo bioético…revive…el nacimiento un fearmonger –un mercader del miedo–, de un nuevo, terrible y, por ende, temible si bien él de seguro lo negaría. poder sanitario, un poder indisolublemente b) Miedo Bioético La pandemia COVID-19 desencadena una desazón generalizada al mostrar al desnudo la conjunción y mutua exacerbación de miedos sanitarios y existenciales. Las políticas sanitarias dejan visible el conflicto entre atender la crisis sanitaria a costa de intensificar el desastre económico, o reanimar la economía aunque ello signifique reducir las precarias medidas de prevención impuestas. En ambas alternativas

benéfico y maléfico…Pero percibe, asimismo, como no lejano (muchos lo consideran ya llegado) el momento en que dicho poder tomará posesión del individuo, mediante nuevas e irresistibles posibilidades de proceder a la alteración de la identidad personal. Se explica, entonces, la insistencia con que muchos subrayan el carácter defensivo de la bioética.35

El miedo bioético así descrito es más bien de orden intelectual más que visceral. Es el 15


miedo de quienes ven la amenaza de “jugar a Dios”, de alterar la “naturaleza de lo humano”, de la hubris biotecnológica que piensa en logros y no en la viabilidad de futuras generaciones donde, como dice Jonas, “el humano sea”. Si bien este miedo endémico y difuso constituye un trasfondo que aumenta la sensibilidad a miedos más específicos y existencialmente cercanos, hay un miedo bioético ostensiblemente presente que si bien no es producto de la emergencia sanitaria de COVID-19, se ha agudizado y visibilizado por la conjunción de un miedo sanitario generalizado, el miedo individual de contraer la enfermedad viral, y los miedos existenciales por las consecuencias sociales de una pandemia descontrolada.

de tareas de prevención y tratamiento clínico. Inerme y sumergida en incertidumbres, la bioética difunde el miedo ante lo desconocido, que es reconocido como el más fundamental de todos los miedos, que “reina sobre todos los otros miedos, juntándolos para producir ansiedad, y los vincula para facilitar ansiedad y neuroticismo”. El FOTU –Fear Of The Unknown o miedo a lo desconocido– se pretende enfrentar “proveyendo a los pacientes de herramientas para mejor manejar las interacciones con lo desconocido”.36 El miedo psicológico es medicalizado, sometido a terapias, sin preocupación por las causas, la identificación y posible remoción de los generadores del miedo.

La única forma de contrarrestar el miedo es la confianza de un poder que lo haga desaparecer. Es lamentablemente obvio que la confianza en la sociedad moderna se erosiona a todo nivel: los expertos son puestos en duda, los pactos se expresan en contratos y legalizaciones notariales, se pierde la confianza en un Estado incapaz de construir una sólida red de protección social, el individualismo hace del otro un desconocido, eventualmente un competidor. La pandemia ha hecho lo suyo por incrementar la desconfianza: la epidemiología está desconcertada, la medicina solo blande ventiladores, la distancia interpersonal se ha convertido en distancia social, la ciencia compite en vez de colaborar por una vacuna que ya se insinúa como inmunológicamente frágil pero capaz de apagar cualquier soplo de solidaridad en la lucha competitiva por asegurar prioridades. El ciudadano vive día a día estas desconfianzas, en absoluto logrando mitigar su miedo ante el imprevisible porvenir.

El miedo bioético es, más que psicológico, sociológicamente provocado por una cultura del miedo que explica mejor la desazón social producida por procesos que están en ciernes pero aún lejos de tener consecuencias previsibles a nivel personal. El miedo bioético no es medicalizable y es precisamente la falta de protección ante procesos biotecnológicos potencialmente deletéreos lo que azuza este miedo generalizado y difuso, que sirve de abono a miedos individuales: “El miedo es producto de relaciones entreveradas entre lo que he llamado “modos de espanto [fearfulness] institucional” (dado por ambientes estructuradores) y los “modos de espanto individual” (derivados de las formaciones de identidad individual)”.37

Riesgo y miedo son producto de la falta de seguridad y confianza que van en notoria declinación en la evolución cultural de la postmodernidad, a sabiendas que inseguridad y desconfianza son fáciles de desencadenar y muy lentos en ser eliminados. El dispositivo ético más utilizado en La relación de bioética y miedo se torna estas circunstancias ha sido el desarrollo más inmediata y multifacética, pues tanto del “principio de precaución”, que no es un la medicina como la salud pública han principio sino una estrategia de acción en adoptado la estrategia de fomentar el situaciones de incertidumbre, y que ha sido miedo con fines teleológicos, es decir, delegando a los individuos el cumplimiento manipulado por intereses corporativos16


alimentos genéticamente manipulados–. Pese ha haber sido introducido para enfrentar problemas ecológicos, es allí donde no ha sido mayormente efectivo en fomentar el desarrollo sustentable y frenar el deterioro medioambiental que continúa alimentando el miedo social.

La palabra bioética designa un conjunto de investigaciones, de discursos y práctica, generalmente pluridisciplinares, teniendo por objeto esclarecer o resolver cuestiones éticas suscitadas por el avance y la aplicación de tecnociencias biomédicas.38 La bioética es una disciplina reciente, que nació en el seno de la cultura norteamericana como respuesta a la necesidad social y profesional de encontrar una solución para los nuevos dilemas éticos que surgían a causa del avance tecnológico.39

VII. Biotecnociencia hiperbólica “Desde la perspectiva del miedo, la sociedad debe protegerse de las consecuencias de innovación y cambio” (Furedi).

La bioética nace como un aggiornamento de la ética médica que a su vez se origina en forma de códigos de ética profesional desde los esfuerzos de John Gregory, Thomas Percival, preocupados por el desorden moral de los médicos británicos del siglo 18. El tenor de estos códigos es un llamado a la etiqueta y ética de los médicos para recuperar la confianza de los pacientes y un ascendiente autoritario para enfrentar a los enfermos. Hay, por cierto, antecedentes en las culturas musulmana, judía, griega y católica, mas la obtención del estatus y los privilegios de la profesión médica solo se establecen en el siglo 19., permitiendo el desarrollo de una medicina paternalista que floreció hasta mediados del siglo 20. Foco nuclear de la bioética anglosajona principialista fue el rescate de los derechos del paciente, reconociéndole la autonomía de participar en las decisiones médicas que le conciernen, gestionada mediante el consentimiento informado. Con frecuencia se expresaba que el tema más trascendente de la bioética es la relación médico-paciente y el cultivo del principio de beneficencia, como lo predicó Edmund Pellegrino. A la par con el desarrollo de la bioética anglosajona, se producían investigaciones trascendentes en genética, instrumentación médica y los inicios de la neurociencia, que captaron el interés de la bioética que comenzó a redefinirse:

Sería imposible pensar la ética en la hora actual sin su asociación a la bio-ética. Y esto, debido a múltiples factores que provienen tanto de las grandes revoluciones científicas y tecnológicas que se han producido en los últimos tiempos –no sólo en el campo de la medicina– sino en el de los nuevos horizontes abiertos en el ámbito bio-lógico, bio-médico, bio-genético y bio-tecnológico–.40

Este giro re-direcciona el quehacer bioético hacia un diálogo con las ciencias biológicas desplegadas en la realidad práctica como biomedicina y la investigación biotecnológica, situado a la cabeza del interés académico sin perder el trasfondo relacional entre “las grandes revoluciones científicas” y la ciudadanía, como tampoco dejando rezagadas las deliberaciones de la bioética global. Queda recuperada la acepción originaria de Potter al proponer a la bioética enfatizando “los dos más importante ingredientes para alcanzar la nueva sabiduría que es tan desesperadamente necesitada: conocimiento biológico y valores humanos”.41 La búsqueda de una vinculación interdependiente entre el saber y la legitimidad de su uso, ya se presenta en los escritos de William James –llamado el filósofo de los puentes–, John Dewey empeñado en la reconciliación entre ciencia y vida moral, sin olvidar el famoso ensayo de C. S. Lewis sobre las dos culturas –científica y literaria–. El acelerado ritmo de la biotecnociencia 17


actual hace improbable que se logre este puente, pues mientras la bioética se detiene a reflexionar y deliberar, ciencia y técnica están en permanente y acelerado movimiento de procesos irrefrenables e incontrolables. La ciencia crea sus propios problemas a investigar y sus afanes se alejan de las necesidades sociales. Cuando Max Weber sostiene que la investigación se desencadena a pedido de la sociedad por respuestas que le permitan aplicar soluciones a procesos y gestiones problemáticas y difíciles de resolver, no anticipa que las sociedad tardomodernas no son instigadoras de la investigación, sino receptoras de lo que el conocimiento científico le ofrece.

“tecnología de punta” a precios elevados que generan desigualdades entre los que tienen y los desposeídos, entremedio de los cuales se encuentran las grandes masas poblacionales que consumen sin tener recursos, confiando en un futuro que se vuelve cada vez más sombrío y contribuye a acuciar el miedo de la insolvencia. El positivismo que legitima solo el conocimiento adquirido por el método científico y aplicado inductivamente al estudio de realidades empíricamente captables. Filosofía, ética, las humanidades y las religiones solo pueden emitir opiniones y creencias que no participan en el régimen de verdad impuesto por el racionalismo. Al promulgar su tarea de concentrar la reflexión sobre las intervenciones biotecnológicas más drásticas –genéticas, neurocientíficas, nanotecnológicas– la bioética ha tomado dos caminos que se auguran como estériles. Por una parte, se orienta hacia una tecnofilia tolerante a la cual intenta dar un barniz ético sin caer en el pecado inaceptable de coartar la libertad de investigación. No osa un debate sobre lo que esta libertad representa considerando la mercantilización del conocimiento que fomenta intereses corporativos ajenos a las problemas sociales que necesitan urgente reflexión. Al contrario, muchos bioeticistas de nota reciben pagos de la industria farmacéutica y biomédica sin hacerse cargo del evidente conflicto de intereses.42 Por otra parte, la bioética conservadora tiende a argumentar de forma filosófica, aun metafísica, como si allí posaran verdades indiscutibles. Con frecuencia se expresa temor por intervenciones en el ser humano que afectarían su naturaleza, sin que exista una versión universalmente aceptada que dilucide en qué consiste la naturaleza humana. Más bien, “el ser humano se descubre como sujeto trascendental, es decir, como sitio de constitución de toda significación y validez intramundanas”.43 Es el ser humano quien decide describirse como dotado de una naturaleza o de reconocer supuestos valores intrínsecos que no están en las cosas

Nuevamente se diagnostica la mano negra y muy visible de la globalización, que resta al Estado su participación en la ciencia –como paradigmáticamente se observa en tiempos bélicos–, prefiriendo dejar las iniciativas al sector privado que opera con incorruptible afán de lucro. La búsqueda de conocimiento y su aplicación se han transformado en un dinámico mercado que determina qué se investiga, donde se realizan los estudios –Biópolis en Singapur–, qué temas se ignoran por su escaso atractivo financiero –vacunas, enfermedades raras, la distribución 90/10 de recursos para la investigación–. Confiando en el positivismo, se produce una simbiosis indisoluble entre producción de conocimiento y su difusión a través de canales que se auto-regulan con controles de calidad –indexación, impacto–, encuadrando la ciencia en una corriente principal –mainstream–, cuya difusión es a su vez regulada por factores mercantiles: número de lectores, venta de espacio proporcional a auspiciadores que no toleran contenidos que les sean adversos– Los productos técnicos creados a partir de la abundante información científica, inundan el mercado con sobreofertas que buscan crear demandas artificiales de novedades más sofisticadas provistas de funcionalidades innecesarias, estimulando el consumo proclamado de “alta tecnología” o 18


sino que le son adjudicados por un ente valorador que, obviamente, es humano. Algo de todo esto es intuido por la bioética cuando defiende los derechos animales, oponiéndose a la “ruptura óntica” que postula la existencia de “dos clases de entes”, el hombre por un lado, y todo el resto por el otro”. Concuerda la bioética, al menos en su forma fenomenológica, en descartar la tesis cartesiana “según la cual existen dos modalidades de ser, la realidad material, por un lado, y la realidad espiritual por el otro”,44 prefiriendo la descripción de las dos facetas del cuerpo humano: el cuerpo vivido –que percibe, siente, experimenta y motiva el quehacer del individuo– y el cuerpo vivo –organismo material que actúa, es observable y lugar de intervención por el otro –terapéutica por la medicina, inquisitiva por la ciencia, dolosa por un agresor–. Esta bioética fenomenológica se opone al cartesianismo médico anclado en la idea del humano como res extensa y res cogitans, aunque en la práctica se ha vuelto primordialmente interesada en el organismo material: el cuerpo humano cosificado escabulléndose de toda ponderación ética. En consecuencia, cuando la bioética siente desazón por ciertas intervenciones en el cuerpo humano, tiene poco asidero reclamar que no se “puede jugar a Dios”, en vez de elaborar una argumentación coherente de las probable consecuencias negativas para la libre existencia humana y la pacífica convivencia social. La respetuosa idolatría de la bioética frente a la ciencia debilita su vocación de sensible crítica a los procesos dañinos, y a la defensa de la fenomenología del paciente en vez de tolerar su cosificación en un mecanismo a explorar y controlar. Como señalado en el epígrafe de esta sección, innovación y cambio son fuentes de miedo, y si la bioética las celebra haciendo la frágil salvedad que apoya los esfuerzos terapéuticos pero cuestiona los no terapéuticos, está contribuyendo a aumentar los niveles de miedo por cuanto la biomedicina hace lo posible por erosionar esta distinción y desorientar las personas

acaso son sujetos de investigación o privilegiados que reciben tratamientos innovadores. También aquí, la bioética se ha entrampado con los investigadores que sostienen que todo tratamiento tiene algo de experimental y toda investigación algo de terapéutica.45 Uno de los primeros pensadores en solicitar frugalidad en la expansión tecnocientífica fue Hans Jonas, al fomentar la heurística del miedo para sensibilizar ante las amenazas para el futuro de la humanidad emanadas de la descontrolada actividad que no se hace responsable de sus efectos negativos a largo plazo. Sin embargo, la sociología del miedo hace notar que el miedo es paralizante y es producto de situaciones de riesgo que por ser inconmensurables e inmanejables, producen el miedo de la impotencia. De Isabelle Stengers proviene la propuesta de desarrollar una actividad científica más reposada, más reflexiva y más atingente a los problemas que acucian a la postmodernidad actual, denominada “slow science”. Nada indica que el mundo científico evolucione hacia un ritmo más ponderado, más reflexivo, menos estridente e hiperproductivo, toda vez que la producción científica crece explosivamente con el predominio de la investigación molecular y la digitalización de los procesos de exploración, desplegados en un ambiente donde todo científico que ambicione posición y prestigio ha de publicar anualmente al menos dos o tres trabajos en revistas indexadas y de impacto. Las disciplinas cuyo fuerte es la reflexión, como la filosofía y las humanidades en general no pueden madurar en un medio sobreexcitado, no teniendo más remedio que refugiarse en algún islote reflexivo cuya producción no interesa sino a otros isleños. Con claridad explicaba Ricardo Maliandi que las éticas aplicadas se nutren de dos fuentes convergentes, al “nivel de reflexión ético-normativa (eventualmente metaética)” y la “información científica”.46 19


La bioética apenas si ha sido débilmente fiel a este esquema, por un lado sumergida en un academicismo teórico carente de elementos de razón práctica y por ende de interés muy limitado, por el otro apabullada por un cientifismo microscópico y molecular sobre el cual es difícil ponderar éticamente: ¿qué decir, por ejemplo, sobre el transporte de fierro mediado por sidoróforos en bacterias o sobre la síntesis de quitina en hongos?

consentimiento en la era de bancos de datos [big data]”.47 Cuando las tareas rutinarias son realizadas por seres humanos sin compromiso personal y emocional, se producen situaciones particularmente indignas e inmorales. Es argumentable que ser tratado como cosa por una máquina es moralmente menos degradante que ser tratado como cosa por un ser humano (p. 183).48 Es materia a tratar por cuidadores, receptores de cuidados y otros interesados [stakeholders] decidir en la práctica lo necesario para vivir con dignidad (Ibid., p. 186).

En opinión del establishment científico, el conocimiento científico siempre es útil, si no hoy, será mañana, a lo cual la bioética responde confiando en la promesa de utilidad por cuanto carece de elementos para pretender una crítica o inhibición de la actividad científica. En consecuencia, la bioética queda literalmente estupefacta ante el protagonismo de la inteligencia artificial, el desarrollo de la telemedicina, las propuestas de perfeccionamiento de lo humano con miras al desarrollo del transhumanismo para crear el post-humano, fomentados y facilitados por el creciente dominio de procesos de digitalización.

• Desde el movimiento del transhumanismo que propone crear al post-humano, se lee que la perspectiva de las inteligencias artificiales con inteligencia y habilidades sobrehumanas nos presenta con el extraordinario desafío de formular un algoritmo que provea comportamientos super-éticos. Estos desafíos pueden parecer visionarios, pero es predecible que los deberemos enfrentar; y no carecen de sugerencias para orientar la investigación actual.49

VIII. Medicina y digitalización He resuelto emplear el tiempo que me queda de vida en procurar algún conocimiento de la naturaleza, que se tal que se puedan derivar para la medicina reglas más seguras que las hasta hoy usadas. (René Descartes)

El desafío de la digitalización en medicina compromete ingentes recursos de investigación y muy variables propuestas de aplicación, que modificarán substantivamente las prácticas médicas y no pueden quedar desatendidas por la bioética. El debate es arduo, aquí solamente presentando puntualmente algunas de las materias que deben ser reflexionadas.

• Mediante la integración de biología, medicina, tecnología y computación, el “Institute for Systemic Biology” trabaja, con subvenciones del NIH y el Departamento de Defensa de EE.UU., en reemplazar la “medicina reactiva” actual por una medicina “predictiva, personalizada, preventiva y participatoria (P4)”, la cual transformará los “planes de negocios de todos los sectores de la industria de cuidados de la salud”. …importante es, asimismo, el esencial y profundo cambio en el modo cómo los médicos entienden los tema médicos (por lo cual las escuelas de medicina deberán modificar radicalmente su educación) y de qué modo deberán [los médicos] relacionarse e interactuar con sus pacientes. La relación paciente médico indudablemente cambiará en forma dramática.50

• La incorporación de genómica en redes digitales y en Internet “crea condiciones desafiantes al manejo de privacidad y 20


inconmensurable como las emociones, los matices cualitativos, el pensamiento abstracto, la imaginación. Su dinamismo y eficiencia son logrados con simplificación y eliminación de matices, la inteligencia artificial desarrollando su propio lenguaje incomprensible para el ser humano.

La publicación The New Bioethics dedicó en 2017 su volumen 23 (1) a una compilación de artículos sobre medicina personalizada, presentando una serie de objeciones éticas que debían ser analizadas, pero sin manifestar un rechazo incondicionado a una iniciativa que convierte la medicina en una empresa de lucro, fomentando el marchitamiento de la relación personal entre médicos y pacientes, y una transformación radical de la persona enferma en un macro-conjunto de datos digitales, programas diagnósticos y algoritmos terapéuticos. La respuesta tibia y ambigua de la bioética es una señal más de un eclecticismo que rubrica su escaso poder normativo, cediendo al bioderecho y a la biopolítica las determinaciones reglamentarias y legislativas que no siempre acallan las polémicas y desazones. Ejemplo de ello son las leyes de aborto en Latinoamérica que continúan haciendo ruido, desde los conservadores descontentos con cualquier liberación del aborto voluntario, los progresistas que encuentran que las permisiones son aún demasiado restrictivas, los objetores de conciencia que se marginan, los desobedientes que desacatan ley, los clandestinos impenitentes, los pudientes escapistas que tienen los medios para hace uso del mercado médico.

Mucho más que la sola intensificación de la interferencia del régimen privado en el campo de la medicina, es esta una vasta empresa de confiscación emprendida por la industria de datos.51 Si nada es emprendido, asistiremos al advenimiento de una medicina donde la pretendida calidad dependerá del poder aletéico de los sistemas y de la capacidad del mundo privado para dotarse de todos medios logísticos y persuasivos necesarios a fin de instalarse como interlocutor principal, erradicando así en menos de una generación, el zócalo humanista sobre el cual ella se ha constituido después de la Antigüedad. (Ibid, p. 116-117).

IX. Lenguaje analógico y lenguaje digital La distinción entre profetas y gilipollas se hizo visible solo a ojos muy fríos y entrenados (Allesandro Baricco)

El infinitamente expansible lenguaje binario que facilita acumular y conservar datos, creando bancos enormes en su capacidad de almacenamiento, capaces de explorar redes y algoritmos que permiten automatizar y acelerar exploraciones de combinaciones que superan competencias resolutivas del pensamiento linear que caracteriza a la razón instrumental del ser humano. El lenguaje digital debe su agilidad al carácter numérico que descarta aquello que es

El lenguaje expresivo que se solicita en la medicina narrativa y en la fenomenología médica son reemplazados por respuestas binarias si/no, o buscando una formulación numérica para mensurar una vivencia, como ya se ha vuelto habitual al indagar por el dolor, pidiendo al paciente graduar subjetivamente su malestar en escala de uno a diez. Esta cruda escala del dolor crónico ha tenido por resultado que en general y a nivel mundial exista una inquietante sub-medicación analgésica, que seguramente sería menos gravosa si los pacientes tuviesen oportunidad de explicar su dolor y manifestar en qué medida afecta sus actividades, un relato subjetivo expresable en lenguaje analógico pero reducido a un número en lo digital. La narrativa del paciente se convierte en un conjunto de datos binarios y el acto médico se transforma en un algoritmo manejable a distancia, una telemedicina que prescinde de la relación interpersonal. En lo que respecta a la medicina preventivista

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y a las políticas de salud pública, disponen de cantidades ingentes de datos que les tejen redes de interacciones creando relaciones múltiples conexiones de riesgos de salud inmanejables que atizan las brasas del miedo. Es urgente persistir en denunciar la progresiva coartación de las competencias del médico y de sus facultades sensibles para favorecer los dispositivos llamados a no limitarse por asegurar una sola función complementaria pero exclusiva, refrendando así la empresa de confiscación de la medicina por la industria de los números ligada al mundo farmacéutico. Tanto al cuerpo médico como a cada uno de nosotros corresponde enfrentar los procedimientos que menosprecian la profesión y socavan los principios de acceso universal a los cuidados y de la solidaridad.52

poniendo en duda acaso aún se puede hablar de robótica cuidadora. El lenguaje analógico (LA), rico tanto en denotaciones como connotaciones, sufre necesariamente un empobrecimiento de significaciones al ser convertido en lenguaje digital (LD). El proceso de conversión LA a LD y la reconversión LD a LA –de paciente a medicina digitalizada y de vuelta al paciente en LA– se va simplificando y deformando, asunto observado mucho antes de la era digital por el lingüista Mijail Bajtin al estudiar las conversiones del lenguaje lego al experto y viceversa. “Un mundo digital formalizado in extremis por vía digital no conoce ni puede expresar o constituir [los] fragmentos de empatía interhumana”.54

La robótica está desarrollando una cantidad de funciones que cumplen tareas cotidianas y, desde algún tiempo, se hace presente en medicina clínica, notablemente en forma de cirugía robótica, anticipando su culminación con los nanorobots dirigidos por control remoto. Acuciados por la escasez de personas dispuestas a dedicarse al cuidado de discapacitados y ancianos con funcionalidad limitada, se desarrollan los robots cuidadores especializados en asistir en funciones básicas, en cuidados de enfermería, recordatorios de la puntualidad en la toma de medicamentos. El diseño de robots cuidadores que desarrollen una relación personal con sus “pacientes” y les sirvan de compañeros afectivos está en fase de debates acuciados por el deficiente y abusivo servicio denunciado contra muchos hospicios y centros de cuidados de adultos mayores.53 Inquieta observar que las deficiencias de interacciones humanas, en vez de ser corregidas, son reemplazadas por un eficiente desarrollo técnico, que desvaloriza los conceptos de ética de cuidados, ética relacional, ética del reconocimiento, todas superfluas si los seres humanos serán cuidados por máquinas inteligentes, 22

Las conversiones convierten: hacen aparecer la vida artificial como natural y la natural como artificial, lo cual nunca es una relación circular. Esta observación apunta al hecho que las conversiones no abarcan ninguna forma de lo que en lenguaje analógico se denomina “empatía”, por cuanto no poseen la habilidad necesaria para reconocer el perfil y la esencia de alteridad alguna del otro” (Ibid., p. 289). Una disciplina como la bioética solo es concebible en lenguaje analógico que desaparecería en la conversión a la digitalización donde no tienen representación conceptos como respeto a la persona, autonomía decisional, humanismo médico. Por eso Byung-Chul Han dice que la digitalización elimina la realidad y con ello contribuye al “pánico” ante su expansión. Ante esta inminente disolución del lenguaje bioético solo cabe, so pena de caer en resignación, el robustecimiento de palabra y conceptos para impedir que sean engullidos por la digitalización. Muchas ideas sacralizadas como dignidad, derecho humano, respeto, solidaridad han de ser sometido a profanación, en el sentido de Agamben y la importación de esta idea a la bioética por Junges.


Y si consagrar (sacrare) era el término que designaba la salida de las cosas de la esfera del derecho humano, profanar significaba por el contrario restituirlas al libre uso de los hombres. “Profano –escribe el gran jurista Trebacio– se dice en sentido propio de aquello que, habiendo sido sagrado o religioso, es restituido al uso y a la propiedad de los hombres”.55 Si la bioética no toma consciencia y reflexiona sobre los nuevos sagrados, inmanentes a sus objetos de interés –vida, salud, cuerpo-, que son retirados del uso común, sacralizados en algo separado y tornados mercadería de consumo, pecará por ingenuidad al no profanarlos. Para desempeñar su importante papel crítico en el actual contexto sociocultural, la bioética necesita asumir la perspectiva hermenéutica, con el fin de revelar la dimensión simbólica de las acciones, desmontando las explicaciones, cultural y científicamente heredadas, manifestando las motivaciones ocultas de las acciones y profanando los sagrados secularizados inherentes a la vida, a la salud y al cuerpo.56 La dignidad humana es habitualmente presentada como un valor intrínseco al ser humano, en el cual se fundamentan los derechos humanos y la bioética. Sin embargo, y dejando a la vera la desafortunada opinión de que dignidad es un concepto inútil (Macklin), también es posible leer que

preciso profanarlo –devolverlo al uso humano– es decir, reflexionarlo en forma desprejuiciada para determinar su valor en los debates bioéticos.

X. Bio(ética) del reconocimiento La pérdida de otredad por el lenguaje digital, la necesidad de un bioderecho relacional,58 y la iniciativa de autores feministas por un desarrollo de una bioética relacional, testimonian la urgencia de desarrollar una bioética del reconocimiento, condición trascendental para gestar una bioética relacional sólida y, hasta el presente, del todo subdesarrollada. Fue Hegel quien escribió sobre los tres niveles del reconocimiento del individuo libre: el nivel del reconocimiento familiar, el reconocimiento de la sociedad civil, y el nivel de la solidaridad/eticidad, niveles que son los fundamentos de la autoconfianza, el auto-respeto y la autoestima. El reconocimiento hegeliano ha sido elaborado in extenso por Axel Honneth al considerar que las lesiones al reconocimiento son más fáciles de identificar que sus aspectos positivos, tal como la injusticia sea más directamente descrita que la justicia. Frecuentemente presentado en forma esquemática, que permite sintetizar la ética del reconocimiento según la trabaja Honneth.

Es función de los académicos esclarecer conceptos que son poco claros. Más aún, si los conceptos son errados y poco útiles, es función de los académicos proponer que sean rechazados. Apoyo esta opinión en el caso de la dignidad en el discurso bioético. Como tal, brego por una bioética carente de dignidad [undignified].57 Cualquiera sea la posición que se adopte frente al concepto de dignidad humana, es 23


Actualización sistemática: la estructura de las relaciones de reconocimiento social59 Autorrelaciones prácticas

Esferas del reconocimiento

Formas de menosprecio

• Autoconfianza

• Amor

• Tortura

• Autorrespeto

• Derecho

• Sustracción de derechos

• Autoestima

• Solidaridad

• Discriminación • Infravaloración de talentos

Esta síntesis tan redonda y equilibrada abre la sospecha de una construcción artificial, aun cuando se mantiene fiel al propósito hegeliano de estudiar el entramado de desarrollo de identidad y socialización. Su estudio se enriquece con la ética dialógica (Buber) y la ética relacional de Lévinas, así como los aportes a la ética comunicacional de Habermas. En forma sintética, es razonable sostener que el reconocimiento social de los individuos es requerimiento mínimo para establecer la ética de seres libres que han de vivir en convivencia, asunto que resultaría trivial de ser resaltado si no fuese que las sociedades de los países del Sur mantienen la realidad de clases sociales con escasa movilidad, donde el reconocimiento sigue fundado menos en paridad que en la relación amo/esclavo que trabajaran Hegel y luego Kojève, tema que no deja de preocupar a lo que podría llamarse el Sur esclavo (vide infra).

integración multicultural. Fraser prefiere plantear una “paridad participativa” donde la redistribución es bandera de lucha de los postergados que deben ser reconocidos como tales: un reconocimiento político grupal de reivindicaciones estamentales –mujeres, grupos étnicos, migrantes que requieren reestructuraciones social-políticas que en la ética del reconocimiento de extracción hegeliana faltan.

XI. Paridad participativa en bioética En numerosas ocasiones la bioética anglosajona, la mainstream bioethics ha sido identificada como imbuida de un impulso misionero por implantar en el Sur la hegemonía de su pensamiento noratlántico, en una cruzada que ha sido acusada de “imperialismo moral”. 61 Las experiencias de esta imposición hegemónica han sido múltiples y confirmatorias, incluso habiendo sido celebradas por quienes “están particularmente comprometidos con tolerancia como un concepto moral importante, debiendo aceptar que ello requiere ser fundamentado en una moral universal, y por ende ha de aceptar el “imperialismo” moral que implica”.62 Explícitamente, la bioética del Sur es descalificada y transformada en víctima del neocolonialismo cultural que obedece a la condena de los subalternos que no pueden hablar (Spivak, Dussel).

La filósofa feminista Nancy Fraser entabla un fructífero debate con Alex Honneth,60 reclamando que el reconocimiento es habitualmente entendido como una “autorealización” centrada en una socialización del individuo en busca de una integración social éticamente sólida. Este proceso se construye en el escenario social de las instituciones vigentes, dejando a la sombra injusticias y discriminaciones que impiden bregar por la redistribución de derechos, oportunidades, asimetrías materiales, que constituyen la agenda de naciones con minorías discriminadas, mayorías postergadas, y los obstáculos de tolerancia e 24


El enfoque bioético Occidental da lugar a un ‘conjunto de principios’ de ‘talla única para todos’…Además, es inapropiado, en realidad inmoral imponer, sea consciente o inconscientemente, el dominante constructo moral-social-cultural del mundo Occidental a las minorías étnicas en Occidente y el vasto mundo no Occidental.63

XII. Ausencia de reconocimiento: V. R. Potter En el lenguaje de Nancy Fraser, la bioética del Sur no es reconocida en su brega por lograr “paridad participativa”; según la mirada de Honneth se trata de una sustracción de derechos que lesiona el auto-respeto. Desde la historia de la bioética es posible trazar que esta dominación es orquestada como una estrategia de estrangulamiento de los modos de entender la bioética del Sur. Para quienes dudan que en la disciplina ocurren estas lesivas formas de menosprecio, y recodando la frase de George Santayana “Los que no pueden recordar el pasado están condenados a repetirlo”, es pertinente poner en escenario la olvidada historia de Van Rensselaer Potter, reconocido como pionero de la bioética, aunque en la actualidad apenas recordado más allá de haber concebido la bioética como un puente entre biología y valores humanos, como también lo habían pensado, a su manera, William James, John Dewey y C.S. Lewis.

que compila varios artículos publicados algunos de los cuales ya contienen las ideas matrices de Potter.65 Casi simultáneamente con la publicación del libro de Potter, fue inaugurado en la Universidad de Georgetown el “Kennedy Institute of Bioethics”, provisto de 1.3 millones de dólares donados por la familia Kennedy que permitió la inmediata contratación de un grupo de connotados filósofos y teólogos, que precipitadamente se consideraron competentes para planificar la Encyclopedia of Bioethics, anunciada en 1973 y publicada en 1978, logrando posicionarse en forma hegemónica en una disciplina que estaba en etapa de obra gruesa, y en la cual el nombre de Potter no es mencionado. Varios años después, el distinguido filósofo Warren Reich, miembro desde sus inicios del Instituto Kennedy y editor de la enciclopedia, preguntaba con simulada ingenuidad: ¿“Cómo es que la dedicación de Hellegers/Georgetown a la bioética llegó a ser el modo más ampliamente aceptado del término mientras que la idea de bioética de Potter quedó en gran medida marginalizada?”.66 Y recalca que Potter reconocía ser “carente de credenciales en filosofía” se enfrentaba –en dos oportunidades Reich emplea el verbo chocando –clashing– con un naciente instituto de bioética en la U. de Georgetown. El triunfo del concepto de bioética de Hellegers-Kennedy por sobre el sentido que le dio Potter quedó demostrado por la ausencia de toda mención de Potter o de su trabajo, en la Encyclopedia. La injusticia de esta exclusión fue posteriormente reconocida y enmendada, mas permitir a Potter una o dos páginas en la Encyclopedia no logró revertir el hecho de que la gran mayoría de quienes entonces trabajaban en bioética adoptaran la visión de Hellegers-Kennedy acerca de su quehacer.67

Van Rensselaer Potter (1911-2001) fue un bioquímico dedicado a la investigación en oncología, quien fue reconocidamente el primero en utilizar el término “bioética” en una publicación, en una época en que su invención por Fritz Jahr era del todo desconocida.64 El libro es citado profusamente, aunque no ha tenido muchos lectores ni logró pasar de una única edición que aún es fácil de encontrar. Es una obra 25


intelectual frente a las formulaciones dominantes que emergieron en Washington sustentadas por más dinero y poder político nacional.70

Decepcionado del giro biomédico que estaba tomando la bioética de Georgetown, Potter se volcó a diseminar las ideas del ecologista Aldo Leopold, al publicar su segundo libro donde propone una bioética global que incluya la dimensión individual, social y ecológica. La crítica de Reich incluye esta segunda obra de Potter, detallando múltiples defectos formales –argumentación insuficiente, estilo engorroso, dependencia de ideas ajenas– sin entrar en debate substantivo de sus ideas: “La visión intelectual sobre bioética de Potter inspiró un legado modesto pero significativo que ha promovido su visión de la bioética” (p. 322).

Este relato algo extenso da sentido al reclamo del hemisferio Sur contra la agresiva política de la bioétca noratlántica que emplea su potencia académica y sus programas docentes empeñados en asfixiar la voz autóctona de los subordinados.71 Claramente, la ética del reconocimiento debe ser trabajada por la bioética, dado que las instancias de hegemonía ejercida por la bioética de curso central –mainstream bioethics– continúa dominando sobre los esfuerzos periféricos y regionales.72

Es efectivo que Potter no era muy riguroso en sus escritos, pero nada justifica la negligencia de la bioética naciente en Georgetown y su falta de nivel académico al descalificar la forma en vez de debatir sobre el fondo y reconocer los esfuerzos pioneros de Potter en el nacimiento de la bioética, su énfasis en la ecoética y la insistencia que la bioética debía ser más global que una ética médica renovada.

XIII. Conclusión

En una secuela de su indagación, Reich es algo más tolerante al señalar que el enfoque de Potter y de Hellegers son similares, pero no deja de anotar que “hay cierto escepticismo acaso el pensamiento de Potter siquiera puede calificar como ética”.68 Potter tenía plena consciencia y con frustración preguntaba “por qué había sido tan poco reconocido EE.UU., cuando comencé a escribir sobre cuestiones éticas”.69 El legado [de Potter] no se enseña en muchos programas de ética biomédica…no es adecuadamente incluido en importantes reseñas de la historia de nuestro campo…Sus conceptos de bioética fueron desarrollados en el contexto de un centro de investigación oncológica en una universidad del Occidente medio –mid-Western university–, perdiendo en la competición

Toda suerte de actividades, costumbres, disciplinas han sufrido un feroz quiebre a raíz de la peor pandemia que sufre el mundo desde 1918-1920, afectando asimismo los ámbitos de lo social, lo político y lo económico. Mirando el período postpandemia, que nadie aventura fechar, se esgrimen pronósticos dispares y poco fundados, avivando los más dispares imaginarios: cambios profundos en la sociedad, recuperación del status quo, emergencia de una solidaridad global, exaltación del individualismo competitivo, caída del capitalismo, robustecimiento de la globalización neoliberal,. Los primeros signos de una posible recuperación sugieren un anhelo de retorno a la situación pre-pandémica, a pesar de las miserias sociales y ecológicas que arrastraba, con intentos crispados de recuperar lo perdido. Desde el comienzo de la crisis sanitaria hubo exhortaciones a la salud pública por respetar los derechos humanos, a no transgredir la distinción entre espacio público y espacio privado, a respetar la autonomía y cuidar el bien público sin

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discriminaciones ni sesgos.

de conflictos por venir.

Todo acertado pero relevado a destiempo. Si varios decenios de bioética no habían logrado establecer estas ideas centrales al funcionamiento de un orden social decente, demostrando que los mensajes de la bioética, que ciertamente no faltaron, carecían de influencia e impacto, que la bioética no ha sido puente hacia lugar alguno.

Si la bioética no se aboca a una reflexión atingente a los procesos sociales de acelerado despliegue, corre el riesgo de ser precipitada en la inanidad, apabullada por la revolución digital, por la expansión ilimitada de la biotecnociencia y, un concepto rescatable de Potter, el “conocimiento peligroso” de la biotecnología molecular, mientras los seres humanos encapsulados en individualismo se distancian entre sí.

Y la bioética, como ya es habitual, baila al son de música irradiada por otros, en lo esencial esperando que ahora sí, con las heridas de guerra aún sangrando, la humanidad enfilará por los derroteros correctos, utilizando las herramientas que la disciplina ha estado cultivando: equilibrio reflexivo, justicia en ecuanimidad, comunicación democrática, integración de la voz subordinada, derechos humanos universales, ética global, principios éticos universales, pragmatismo humanista, y tantas otras propuestas esculpidas en torreones académicos de las cuales el ágora nada sabe. Lo peor que puede hacer la bioética es solicitar su retorno al business as usual, visto que ha tenido escaso o nulo impacto en la marcha del mundo, sin por ello mitigar su autoestima y seguir cultivando sus inquietudes e intereses sin prestar oído a las críticas expresadas.

Los gurús optimistas que auguran un vaso medio lleno y los pesimistas que miran con sospecha el vaso medio vacío, harían bien en pensar la analogía de los dos vasos como una de cuatro recipientes, pues a su lado hay un vaso lleno de quienes están satisfechos con los beneficios de la globalización neoliberal, y otros que portan un vaso vacío que la humanidad nunca ha sabido llenar con justicia, equidad, mutuo respeto y devoción por un mundo mejor para todos. Tampoco lo logrará la bioética, pero su sino es seguir bregando para sustentar su razón de ser.

La bioética no ha mostrado señales de frustración por no haber sido escuchado en sus lamentaciones por inequidades y discriminaciones que ya existían antes, aunque han adquirido una visibilidad ineludible. Persiste en su discurso de respeto por los derechos humanos, la solidaridad, la equidad entre pudientes y desposeídos, con la esperanza de logar algún impacto en una humanidad fragilizada y atemorizada. Esta no puede dejar de ser su misión, pero ante todo deberá reconocer que nuevos desafíos ya en desarrollo pero acelerados por las vicisitudes de la pandemia, requieren enfoques inéditos, mayores esfuerzos de reflexión y debate, y un compromiso ante la amenaza 27


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