
PREMIO ANUAL DE BIOÉTICA 2025
FUNDACIÓN
DR. JAIME ROCA
1 er PREMIO
LA CIENCIA DE LA INFELICIDAD: UNA EXPRESIÓN DE ANTROPOCENTRISMO
Autor: Lic. Eduardo Lazo Vela
I. RESUMEN
II. INTRODUCCIÓN
III. DESARROLLO
FELICIDAD, ÉTICA Y CIENCIA
UNA CIENCIA DE NEGOCIOS
FELICIDAD PARA LA CONSERVACIÓN Y PERPETUIDAD NEOLIBERAL
LA GLOBALIZACIÓN DE LA INFELICIDAD
LA FELICIDAD DEL RÉGIMEN TOTALITARIO
EL COMPLEJO PROBLEMA
ENFERMEDAD MENTAL
¿LA FELICIDAD UN TEMA DE SALUD MENTAL?
1. Resúmen
La felicidad humana es un tema de salud mental y un problema. Actualmente ha tenido un deterioro global, como problema ha sido eludido y paliado lo que desencadena graves efectos y consecuencias. Es un asunto político público que se ha medicalizado y cuyas repercusiones hoy se prevén severas. En 2030 la depresión será el trastorno mental más prevalente, en todo el mundo. Los costos se calculan a partir de la insatisfacción laboral, ansiedad, depresión, dolor y sufrimiento, en su expresión más radical en suicidio, desde principios de este siglo la infelicidad ha desencadenado una ola de trastornos mentales que ha crecido desde 1970, esto ha costado billones de dólares a gobiernos, empresas, corporativos e industrias, sin embargo, también tiene un costo de miles de vidas humanas debido al exceso de rendimiento, la priorización de la utilidad y el rédito. Ante este contexto: ¿Debemos seguir el imperativo antropocéntrico y paternalista de la ciencia de la felicidad?
2. Introducción
“Finalmente, podemos felicitarnos por los logros sin precedentes de los sapiens modernos únicamente si ignoramos por completo la suerte de todos los demás animales. Gran parte de la riqueza material de la que nos jactamos que nos aísla de la enfermedad y de la hambruna se ha acumulado a expensas de monos de laboratorio, vacas lecheras y pollos en cintas transportadoras. Decenas de miles de millones de estos animales se han visto sometidos a lo largo de los dos últimos siglos a un régimen de explotación industrial cuya crueldad no tiene precedentes en los anales del planeta Tierra. […] Cuando se evalúa la felicidad global, es un error contar solo la felicidad de las clases altas, de los europeos o de los hombres, como quizá también lo sea considerar únicamente la felicidad de los humanos.”
Harari (2021)
Desde finales del siglo XIX, se comenzó a medir la felicidad en numerosos países, originando políticas para evaluar y promover el bienestar físico y mental. Sin embargo, esto llevó a la estandarización y medicalización de la felicidad, priorizando intereses económicos sobre el bienestar real de las personas
bajo una visión científica que considera la búsqueda de la felicidad como un valor en sí mismo.
Este enfoque tiene raíces en la Ilustración y el utilitarismo, particularmente en Bentham, quien colocó la felicidad en el centro del debate político y económico. Así, la felicidad fue reducida a un fenómeno cuantificable asociado al cuerpo humano, consolidándose una ciencia de la felicidad con valores neoliberales que limita su significado a lo material y medible, subyugando a las personas a la lógica tecnológica y del control.
La economía de la felicidad, ejemplificada por la Paradoja de Easterlin, muestra que el bienestar la felicidad no depende del crecimiento económico, mientras que hoy la infelicidad se asocia principalmente a trastornos mentales particularmente desde principios del siglo XX. Autores como Layard, Sunstein y Thaler promueven políticas públicas centradas en el bienestar más allá del crecimiento económico y la psicopatología; la psicología positiva también impulsa la medición de la felicidad, aunque ha sido criticada por reducir la experiencia humana al ámbito individual y desestimar factores sociales, circunstancias y especificaciones contextuales.
Actualmente, existe una tendencia a responsabilizar moralmente a las personas de su infelicidad, midiendo la felicidad, diagnosticando y estableciendo estándares universales, lo que estigmatiza la infelicidad y convierte al individuo en objeto de intervención y manipulación científica . Este proceso exige repensar la felicidad desde un enfoque ético que valore la dignidad, autonomía y libertad, pues la ciencia de la felicidad está perpetuando desigualdades y justificando la medicalización de la vida, el daño a la dignidad, la pérdida de autonomía y libertad.
En conclusión, aunque la ciencia de la felicidad busca mejorar la calidad de vida, también puede ser utilizada con fines estigmatizantes, superficiales y excluyentes. Por ello, es fundamental incorporar una perspectiva ética y biocéntrica que priorice la vida, la dignidad y el respeto por el valor intrínseco de las personas, por encima de la medicalización, el rédito y el lucro.
3. Desarrollo
FELICIDAD, ÉTICA Y CIENCIA
El análisis de este ensayo parte de una revisión crítica sobre los discursos que presentan la felicidad como
un problema tecnocientífico susceptible de ser resuelto, con el propósito de fomentar una deliberación bioética acerca de las implicaciones que tiene la medicalización de la infelicidad y la normalización de una única forma de vida “feliz”. Esta metodología permite comprender cómo la ciencia de la felicidad tiende a reducir a las personas a objetos dentro de una práctica antropocéntrica, y cómo reproduce mecanismos de control político, clínico y económico. En contraste, se propone una mirada biocéntrica ético-política. Este enfoque se inscribe en una metodología cualitativa, de corte analítico-hermenéutico.
La perspectiva que se emplea es crítica y deliberativa, rescatando los aportes de la bioética latinoamericana y la bioética política. Esta postura entiende el trabajo bioético no sólo como una herramienta normativa, sino como una forma de resistencia y emancipación frente a los procesos de deshumanización promovidos por el antropocentrismo instrumental y cosificador, tal como lo describe la bioética vista desde una filosofía mexicana inspirada en Juliana Gonzales Valenzuela1 (2017) y Paulina Rivero Weber2 (2021). El análisis se estructura en torno a tres ejes principales:
• La normalización de la felicidad como indicador de salud pública, progreso, utilidad y rendimiento.
• El diagnóstico y la medicalización de la felicidad en las sociedades contemporáneas.
• El funcionamiento de la maquinaria del imperativo tecnológico de la felicidad y su práctica antropocéntrica.
La felicidad es un problema estrechamente relacionado con la ética y la moral. Actualmente es un asunto político público y un problema complejo pues implica la autonomía y el ejercicio pleno de la libertad del ser humano, así como el respeto a su dignidad por lo que es también un tema de derechos humanos3
Desde la antigua Grecia es tema central de la filosofía occidental, la cual se consideraba una cuestión ético-moral relacionada con la tragedia y el azar, algo fuera de nuestro control que tenía que ver con lo divino, la suerte, el sacrificio o el destino, inalcanzable para las criaturas humanas4
Es a partir de la Ilustración y su modelo antropológico basado en la razón y la libertad que la felicidad se presenta como un fenómeno de investigación científica y un derecho fundamental reflejado en documentos históricos como la Declaración de Independencia de los Estados Unidos y la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano misma que influiría en la Declaración Universal de los Derechos Humanos. (Capdevielle 2015, 26-27).
Desde el siglo XVII y XVIII la felicidad no solo se empezó a ver como un derecho también comenzó a ser objeto de estudio científico personajes como Joshep Priestley -principio del placer- Jeremy Bentham -utilitarismo- Gustav Fechner -psicofísica- y posteriormente Stuart Mill. Se centraban en cómo dominar mejor las fuerzas de la naturaleza con fines económicos y de gobernanza; mientras, William Stanley, Francis Edgeworth y James Sully empezarían introducirlo en la economía.
En nuestra época la felicidad desde finales del siglo XIX es objeto de estudio de investigación científica principalmente por dos disciplinas que dominan su discurso actualmente: la economía y la psicología. (Frawley 2015a, 18-19; Frawley 2015b, 62-63). Ambas han propiciado el surgimiento de la “ciencia de la felicidad”, un proyecto tecnocientífico exponencial que se expresa como un monismo hedonista, cuya orientación de pensamiento es positivo y posee un carácter utilitarista.
Es una herramienta que usa un discurso científico para expandir propaganda que propicie la aceptación incondicional de la mejora exponencial, la autoexplotación, maximización y priorización del rendimiento mediante la medicalización de la vida justificada a partir de la felicidad con el propósito de perpetuar el establishment5 instaurado después de la Segunda Guerra Mundial: el neoliberalismo.
Esto representa lo que Hans Jonas (1979) nombra un imperativo tecnológico. Un progreso científico impuesto que se debe aceptar sin cuestionamiento crítico y democrático. Su expresión más radical es expuesta por el transhumanismo6 y tiene como precio abandonar la vida humana. Por todo lo anterior es una expresión de antropocentrismo algo que desde la bioética mexicana debe ser erradicado.
La actual ciencia de la felicidad representa una higiene de la infelicidad y de los seres humanos que lo son. Reprime y estigmatiza a los que no son felices. Su objetivo es erradicar el dolor y el sufrimiento, dejar atrás para siempre los malos pensamientos, la ansiedad, la depresión. Al igual que el transhumanismo buscan cumplir la promesa de ascender a la felicidad perpetua, una cura para la vida humana tal y como la conocemos.
Hoy la felicidad está en el centro del debate en diversas naciones, es también el símbolo de toda una historia e industria que la asocia con la salud, el bienestar, la riqueza y éxito personal. Un asunto político público que se ha medicalizado al ser caracterizado como un problema social y de salud pública que debe resolverse con una respuesta científica. ( Zola1976,
210–214; Fox 1977, 9-22; Foucault 1996, 56-66; Conrad 2007, 5-7; Frawley 2015c, 2-17).
UNA CIENCIA DE NEGOCIOS
La psicología positiva liderada por figuras como Martin Seligman (2018), Sonja Lyubomirsky, (2005, 2021), Jonathan Haidt (2006) en la misma línea que economistas conductuales o de la felicidad como Richard Layard (2005) y Cass Sunstein (2017, 2022) o Richard Thaler (2017) proponen intervenir en las decisiones de las personas indicándoles el camino correcto y la manera de ser adecuada en base a que la felicidad es el propósito central del ser humano. Puede y debe ser medida y promovida a través de políticas públicas, instituciones públicas y privadas, laborales, familiares, educativas y prácticas sociales.
Sin embargo, esta disciplina ha recibido críticas por su enfoque en lo positivo, su práctica carente de ética y deficiente método de generación de conocimiento, conflictos de interés, su potencial para desestimar las realidades difíciles de la vida y sus circunstancias. ( Frawley 2015b, 62-71; Andrade y Ferreira 2022, 95-98).
Las sociedades contemporáneas logran consolidar una represión moral que impulsa a las personas a culparse a sí mismas de su infelicidad, diagnosticando sus malos pensamientos, mal funcionamiento y comportamiento.
Clasificándolos por sus déficits psicológicos, estandarizando una medida correcta para la felicidad y estableciendo un método probado para ser feliz es una disciplina académica que ha sido vinculada al intelectualismo neoliberal y su práctica política, caracterizado por la tecnocracia y el paternalismo.
Desde sus inicios, ha apoyado a este modelo al buscar promover el bienestar individual, la felicidad humana. El régimen neoliberal ha adoptado un enfoque totalitario en su objetivo de dirigir la vida de los individuos hacia un estado de bienestar constante, lo que ha llevado a cuestionamientos sobre su impacto en la salud y vida de las personas.
Esta disciplina puede ser utilizada para mejorar el bienestar humano y nuestra condición, pero en la práctica ha sido más empleada en fines menos benéficos e insolidarios. Es esencial analizar tanto sus aplicaciones positivas como los posibles riesgos y consecuencias asociados con su implementación. El enfoque científico de la felicidad es impulsado por intelectuales, políticos y prácticas neoliberales:
“[…] propuso un proceso de reorganización
económica, política y social, que se vio reforzado por un cuerpo normativo que incluía valores constituidos a partir del mercado, como la rentabilidad, la productividad y la competitividad. La conciencia social quedó al margen, se promovió la privatización de las empresas y los servicios, la supresión del Estado benefactor y el fortalecimiento del capital privado.” (Paéz 2015, 56).
Por ello, es necesario cuestionar la práctica científica positiva y el cómo se está aplicando en las sociedades modernas, si es que busca el dominio de la naturaleza y la mente humana con imposiciones ideológicas egoístas y el ejercicio ciego del deber, tal como, por ejemplo, logró el nazismo que se expresó en Alemania. O si hay un genuino interés por el que la humanidad logre realmente alcanzar la salud integral mediante la felicidad tal como lo defienden economistas y científicos de la felicidad.
La idea neoliberal de felicidad radica en que la felicidad es un objetivo alcanzable y medible, y que debe ser perseguido a toda costa, suele justificarse con el bienestar del mayor número. Sin embargo, esta visión de la felicidad puede tener consecuencias negativas para la salud, la autonomía y la libertad de expresión de los individuos (Ahmed 2019, p. 39).
Esta ciencia ha propagado una promesa a las sociedades modernas: la cura de la infelicidad humana, la higiene de los malos pensamientos, el dolor y el sufrimiento, de una forma estructural violenta y dañina hacia la vida. Instaurando un positivismo cuya exageración cuesta billones de dólares y cobra millones de vidas por ello:
Cabría preguntarse por qué han aumentado tanto las enfermedades mentales y los malestares de la vida cotidiana en el último siglo. El modelo neoliberal impuesto en la sociedad […]Este exceso de rendimiento provoca una importante infelicidad en los individuos dado que el sujeto de rendimiento está libre de un dominio externo que lo obligue a trabajar o incluso que lo explote. Es dueño y soberano de sí mismo, víctima y verdugo al mismo tiempo […] el origen de este exceso de enfermedades psíquicas es el modelo social impuesto donde hay un exceso de hiperactividad y escasas políticas sociales que ayuden a contrarrestarlo. Por tanto, la mejora en la prevalencia de las enfermedades mentales, así como el consumo de psicofármacos, no pasa solamente por la prevención, el consejo médico o el aumento de la presencia de la psicología en la atención primaria, sino en mejorar el modelo socioeconómico mediante políticas sociales que permitan a los individuos tener trabajos
dignos, derecho a la vivienda, ayudas sociales a los que las necesiten, contribuir a tejer redes de apoyo en la comunidad y ayudar a la conciliación familiar. (Vázquez L. 2023, 1).
Hoy la ciencia de la felicidad representa una práctica de antropocentrismo, dominio, represión y control sobre la naturaleza humana, más que una búsqueda ética del bienestar o la salud integral global busca controlar nuestros comportamientos, diluir la democracia instaurando una tecnocracia, medicarnos y de paso limitar nuestra libertad de expresión y de pensamiento.
Su investigación y aplicación favorece más al mercado, las industrias, el rédito y el lucro con la salud repliega por el mundo la normalización de la ideología y práctica neoliberal en la vida cotidiana. Todo esto ha traído como consecuencia la estigmatización de la infelicidad pues contraria el progreso neoliberal por esta razón se ha cosificado la felicidad, se ha instaurado la administración de la vida en base a la justificación de su búsqueda.
Esto ha generado estilos de vida a beneficio de los intereses a esta ideología hegemónica que asume el poder tras la Segunda Guerra Mundial, este establishment trajo repercusiones en el gobierno de los Estados y efectos graves en la vida de las personas.
¿Cómo? interviniendo en la práctica política y la toma de las decisiones de las personas en base a patrones identificados por economistas conductuales y arquitecturas de acción que beneficien la producción de riqueza y el incremento de control y poder político. La razón es simple trae como consecuencia un decremento en la salud tanto física como mental y el incremento exponencial desde finales de los años noventa de nuevos trastornos mentales, y malestares psicosomáticos, de personas cada vez más ansiosas, deprimidas o empujadas al suicidio.
Esto a su vez también favorece el crecimiento exponencial del mercado e industria de los antidepresivos, terapias, tratamientos y herramientas para ser felices o incrementar nuestro bienestar, salud y riqueza.
FELICIDAD PARA LA CONSERVACIÓN Y PERPETUIDAD NEOLIBERAL
La ciencia de la felicidad armada con análisis de datos, diagnósticos diversos, informes estadísticos globales, clínicos y farmacéuticos, investigaciones genéticas e investigaciones neurocientíficas establece que el bien, entendido como felicidad consiste en el bienestar, un común eslogan retórico para conseguir
promover determinados estilos de vida, encaminados al consumismo la opulencia y la explotación de la vida en general, estilos que no se pueden impulsar mediante los poderes legislativos, ejecutivos, judiciales, pero que igualmente se consideran socialmente deseables y aceptables o políticamente correctos.
En línea con las reflexiones de Frawley (2015), el discurso contemporáneo de la felicidad no puede considerarse un discurso de base o como cimiento científico sólido, sino más bien un discurso de las élites que se ve expresado a través de distintos rostros, actores sociales, políticos que han camuflado una voluntad mediante una retórica cientificista que apela a la naturaleza humana, su beneficio, su bienestar, su felicidad.
La respuesta de la ciencia de la felicidad y su fundador es un símbolo triunfal del individualismo sobre el colectivismo, la comunidad y la solidaridad. Es una firme prueba de la reducción de los problemas, públicos y sociales al individualismo, el egoísmo y la insolidaridad.
Según Frawley (2015a, 2015b,) existe una seria medicalización que implica que los problemas sociales complejos (como la pobreza, el desempleo o la desigualdad) se abordan desde una perspectiva individual, enfocándose en el manejo emocional o mental de las personas afectadas en lugar de abordar las raíces estructurales de estos problemas por lo que la ciencia de la felicidad busca perpetuar los abusos y la desigualdad por esa razón: “Lo que de verdad tiene el pensamiento positivo de ideología conservadora es su apego al sistema, con todas sus desigualdades y sus abusos de poder”.(Ehrenreich 2018, 120).
Cada vez hay más entrenamientos para hacer mejor lo que las empresas e industrias y gobiernos quieren, pero no para hacer lo que beneficia la salud integral, la seguridad económica y alimentaria a la comunidad, a los otros, la solidaridad es reemplazada por individuación utilitarista fundada en valores neoliberales en los que la vida del ser humano y su salud son redituables y con los que puede lucrar para acrecentar su control, poder y enriquecimiento a perpetuidad.
Existe una clara patologización de la infelicidad cotidiana, las emociones negativas, antes vistas como parte natural de la experiencia humana, son cada vez más etiquetadas como problemas que requieren tratamiento, lo que amplía la influencia de la psicología positiva y la industria de autoayuda.
Son varios los autores que consideran que este discurso de la felicidad de las élites es, fundamentalmente,
un discurso de valores liberales o producto del neoliberalismo. Siguiendo a, Franco Berardi (2003), Frank Furedi (2004) Barbara Ehrenreich (2018), Ashley Frawley(2015), William Davies (2015), Barbara Stiegler (2019), Victoria Camps (2019), Sara Ahmed (2019), Edgar Cabanas (2021), Eva Illouz (2010, 2021, 2014) Sánchez (2021), y Byung-Chul Han (2022, 2023) Gonzalbo (2024), se plantea como algo que ya debe ser adoptado como natural, universal y, por tanto, algo fuera de toda duda o de posible cuestionamiento moral, político, social, filosófico, histórico o cualquier otra índole e inseparable a pesar de la interdisciplinariedad, del interés de una preocupación central por la riqueza como medida de progreso y fuente de realización individual. (Frawley 2015, 18).
La felicidad así entendida parece ser un valor irrevocable en las sociedades capitalistas existentes y en las que sea institucionalizado, pero al formularse de una forma no-moral de esencia científica y aparentemente neutral a través del discurso cientificista que hace de sí misma, el planteamiento de ésta como objetivo personal y social queda libre de cuestionamiento de tipo ideológico y pretende una aparente desconexión entre el mercado y el resto de los ámbitos tanto políticos como sociales, apelando a su neutralidad científica pero que, sin embargo, se le acusa de propagar ideales neoliberales implantando sus valores en la vida cotidiana.
Lo que ha desencadenado que de esta ciencia se documenten sus conflictos de interés y manipulación de la orientación y resultados de la investigación científica de este campo. Un proyecto científico que genera sociedades paliativas7 y se presenta como un enhancement8. Seres humanos con fobia al dolor y habituados al efímero placer hedonista de los nuevos paraísos artificiales:
La vida indolora en una felicidad permanente habrá dejado de ser una vida humana. La vida que ahuyenta y proscribe su negatividad se suprime a sí misma. Muerte y dolor van juntos. En el dolor se anticipa la muerte. Quien pretenda erradicar todo dolor tendrá que eliminar también la muerte. Pero una vida sin muerte ni dolor ya no es una vida humana, sino una vida de muertos vivientes. El hombre abjura de sí mismo para sobrevivir. Posiblemente llegue a alcanzar la inmortalidad, pero habrá sido al precio de la vida.
(Chul Han 2022, 90).
La ciencia de la felicidad pretende estar desvinculada de la economía y mercado, de los aspectos políticos, éticos y culturales, pero a la vez su lógica se expresa en ella y se interioriza en la sociedad a tal punto de
echar raíces a través de distintas expresiones políticas, sociales y culturales, asegurando que incluso en períodos de crisis económicas, dificultades políticas o médicas, no es posible plantear reformas al sistema si no que parece alimentar su supervivencia.
Por este motivo, quizás, podría entenderse por qué la ciencia de la felicidad surge de un resultado relacionado con el pensamiento filosófico y práctica de la Ilustración, las crisis sobre los trastornos mentales y la psicología, en un contexto de inestabilidad económicas y de salud pública a causa de la infelicidad y el porqué de que nuestras sociedades se centren en la felicidad de los individuos. Siguiendo a Ortiz:
Según nos dice Paola Buedo, la Organización Mundial de la Salud (OMS) calcula que estos padecimientos afectan a un 25% de la población mundial y representan un 30% de la carga mundial de enfermedad no mortal; entre 1990 y 2013, el número de personas con diagnóstico de depresión o ansiedad aumentó en aproximadamente un 50%. Asimismo, en ese período las tasas de suicidio han aumentado en un 60% a nivel mundial. (Ortiz 2022, 305).
Las medidas y estándares de felicidad en realidad no están diseñadas ni pensadas para incrementar el bienestar ni la salud integral de las personas, sino que son una forma de justificación que enmascaran la realidad, la proliferación de la hegemonía y priorización del statu quo político, social y económico. Es decir, se seleccionan como variables cuyo propósito es correlacionar con la felicidad aquellos dominios que acaban confirmando la viabilidad del sistema actual, lo afirman y promueven su aprobación en todos los contextos de la vida.
Por ello, la ciencia de la felicidad se ha vuelto una herramienta sumamente útil, razón suficiente por la que ha sido acogida, financiada y se busca su difusión, principalmente por las élites políticas y económicas mayormente de valores neoliberales y totalitarios, pues no supone ninguna amenaza para ellas, sino todo lo contrario.
Es en sí, una herramienta tecnocientífica que ha sido privilegiada. Davies (2015) nos demuestra que la ciencia de la felicidad se ha vuelto tan prominente en la actualidad gracias a que las economías occidentales dependen del compromiso psicológico y emocional de los individuos, pues la falta de éste tiene repercusiones directas sobre el sistema productivo que daña en demasía los intereses de las industrias y el progreso económico y la salud de las naciones.
La infelicidad se presenta como contraria a la productividad y al desarrollo del pensamiento y práctica neoliberal, considerado un sistema político complejo más allá de una teoría económica. Este modelo de innovación capitalista se describe por: 1) La expansión de la economía hacia diferentes esferas sociales. 2) La aplicación de criterios tecnocientíficos en política y sociedad. 3) La consolidación de principios utilitaristas, eficiencia y maximización de beneficios privados. 4) El aumento de la incertidumbre laboral y competencia de mercado, acompañado de la flexibilización organizacional. 5) La mercantilización de aspectos simbólicos e inmateriales, como emociones y estilos de vida. 6) El establecimiento de un ethos terapéutico que da prioridad a la salud emocional y la realización personal en el progreso social e intervenciones institucionales. (Harvey 2007, Laval y Dardot 2013, Escalante 2016, Cabanas y Illouz 2021). El neoliberalismo se entenderá como una ética individualista cuya antropología es monista-hedonista, esencialmente centrada en el yo y:
[…] debemos interesarnos por sus máximas éticas y morales […] todos los individuos son (y deberían ser) libres, estratégicos, responsables y autónomos, capaces de gobernar sus deseos y estados psicológicos con el fin de realizar lo que se supone que es el objetivo más fundamental en la vida de toda persona: su propia felicidad. (Cabanas y Illouz 2021, 62).
Como consecuencia de esto, las distintas condiciones sociales y sus circunstancias se presentan como el único camino a seguir en un discurso aparentemente despolitizado, neutral y científico, como ocurre con el discurso de esta nueva ciencia. Los defensores y difusores de la ciencia de la felicidad establecen que, una vez los políticos entiendan que el bienestar subjetivo puede ser medido y entendido desde el marco científico las naciones podrán reorientarse hacia la consecución de unos objetivos relacionados con la naturaleza humana que contribuirán al perfeccionamiento maximización y rendimiento de nuestras sociedades actúales. Esto es algo que tiene muy claro representantes de la ciencia de la felicidad como: Seligman (2018), J. Haidt (2006), S. Lyubomisky (2021) y economistas de la felicidad como R. Layard (2008), R. Thaler (2017) o C. Sunstein (2017, 2022).
La constante generación de conocimiento en la actualidad ha producido una perspectiva que evoluciona constantemente y se actualiza a la vez, la forma en la que comprendemos y verificamos los hechos mediante la razón, y las herramientas proporcionadas por la tecnología y la práctica de la ciencia. Esta última tiene una autoridad popular en las sociedades
contemporáneas por lo que se debe examinar de una manera crítica en beneficio de la vida en general. (Rivero y Pérez 2006, 26).
LA GLOBALIZACIÓN DE LA INFELICIDAD
La medicalización de la infelicidad, como proceso tecnocientífico y político, plantea dilemas bioéticos significativos. Estos dilemas no se limitan a la relación clínica o a la ética profesional, sino que atraviesan los fundamentos mismos de la subjetividad, la autonomía y la vida digna. Desde una bioética crítica, es preciso examinar las implicaciones de reducir la infelicidad a variables disfuncionales que deben ser corregidas, curadas o erradicadas. Uno de los efectos más preocupantes es la medicalización de la infelicidad. Tristeza, angustia, aburrimiento: afectos existenciales ahora convertidos en “síntomas”.
Lo que en otros tiempos se abordaba con filosofía o arte, hoy se traduce en diagnósticos y tratamientos. Como advierte Conrad (1982, 2007), este proceso amplía la esfera médica hasta abarcar dimensiones cada vez más subjetivas de la vida cotidiana. El cerebro -y sus neurotransmisores- se ha vuelto el nuevo referente de la verdad emocional. La “ciencia de la felicidad” se legitima con imágenes de resonancia magnética, escalas estandarizadas y vocabulario técnico-médico.
Como señala Rose (2007), la “neurocultura” aborda el sufrimiento principalmente en términos de mecanismos biológicos y deja en un segundo plano dimensiones sociales o políticas.
Diversos actores sostienen este enfoque, entre ellos la industria farmacéutica, especialistas en bienestar, académicos e influencers. Estas partes intervienen en la producción y difusión de información que se presenta como neutral pero refleja ciertos valores predominantes.
Zygmunt Bauman (2017) señala que la globalización ha originado un entorno caracterizado por la polarización, en el que el capital y algunos sectores tienen una movilidad considerable, mientras que amplios grupos de la población permanecen excluidos, con posibilidades de desplazamiento limitadas o forzosas. Según el autor, este proceso puede estar relacionado con fenómenos como la inseguridad, la precariedad y la fragmentación social, así como con cambios en las formas de cohesión comunitaria y estructuras tradicionales de solidaridad.
La depresión se considera actualmente un fenómeno global en países que buscan mantener el bienestar
mediante diversas estrategias. De acuerdo con Páez (2015) y De la Fuente (2012), la globalización puede entenderse ampliamente como la expansión y difusión en ámbitos económico, político y cultural entre diferentes regiones o naciones, con efectos tanto en la vida diaria como en la salud mental de las personas. Este proceso se ha manifestado desde épocas históricas, por ejemplo, durante la colonización del continente americano.(Felice 142-150; Buedo y Daly 2024, 1-2)
No obstante, la globalización contemporánea se consolidó tras la Segunda Guerra Mundial, a partir de la creación de organismos internacionales como el Banco Mundial o el Foro Económico Mundial, en respuesta a crisis económicas y transformaciones ideológicas, incluido el surgimiento del neoliberalismo. Como menciona Harvey (2007): “Un grupo reducido y exclusivo de apasionados defensores -principalmente economistas, historiadores y filósofos del mundo académico- se había aglutinado alrededor del renombrado filósofo político austríaco Friedrich von Hayek para crear la Mont Pelerin Society”.
Según Páez (2015), la fase actual de globalización comenzó con líderes asociados al neoliberalismo como Ronald Reagan y Margaret Thatcher, pero fue impulsada fundamentalmente por F. Hayek y la Mont Pelerin Society, quienes procuraron implementar esta ideología junto a especialistas e intelectuales. Por ello, Margaret Thatcher pronunció la frase: “There is no alternative”, en relación con la preeminencia del capitalismo, la globalización de los mercados y una visión centrada en el individuo en contraste con la comunidad. (Afarian 2022, 4).
Por esta razón sus esfuerzos eran más hacia sus intereses egoístas como países, que hacia los intereses de los países donde se aplicaba, es decir, en todos los países del sur, los menos desarrollados, los cuales debían abrirse a los países del norte que querían tener una proporción más importante del comercio y de los negocios, obligando a los primeros a abrirse al mundo industrializado.
Hoy la felicidad e infelicidad es traducida en métricas globales y estandarizada como transtornos y enfermedades mentales, sufrimiento, la ansiedad y la depresión de las personas se ha vuelto patógenos peligrosos, estos deben gestionarse, diagnosticarse y erradicarse, un esfuerzo que coincide con la meta más radical del transhumanismo9
Según el Informe Mundial de Salud Mental 2023 los desencadenantes de suicidios y depresión son las recesiones económicas y la polarización social, la
desigualdad, la pobreza, la injusticia, las emergencias de salud pública, las emergencias humanitarias generalizadas y el desplazamiento forzado, y la creciente crisis climática y todas ellas tienen en común que son problemas que aquejan globalmente a las sociedades y afecta directamente la felicidad. (OMS 2023, 19-28).
Actualmente la depresión es un problema global y es medicado por su alta prevalencia, hoy es el trastorno mental más latente y en su expresión más radical se ve representada en los altos niveles de suicidio, en la prevalencia de otros trastornos que representan infelicidad humana de los cuales los más altos son la ansiedad y la depresión afectando a más de 600 millones de personas juntos, por ello:
“[...] Lo que sí parece un hecho inobjetable es que cada día hay más enfermedades mentales. Aun en los países más avanzados, los que han logrado un mayor desarrollo económico y social, se observan índices cada vez más elevados de trastornos psicopatológicos.” (De la Fuente 2012, 587). La sociedad actual es producto y consecuencia de la razón y la libertad, las prácticas de gestión de la vida humana desarrolladas e iniciadas desde el siglo XVII, son consecuencia de la idea de que el ejercicio del poder soberano también se ejerce sobre la vida10
Es claro que hoy vivimos en un tiempo donde el consumo masivo promete felicidad, la cura al dolor y el sufrimiento, la higiene de los malos pensamientos la infelicidad y depresión. Esto lo hace a través de la globalización el acceso inmediato a bienes y servicios, pero esta misma lógica produce infelicidad, dolor, sufrimiento, desigualdad, genera insatisfacción crónica y una búsqueda incesante de placer y bienestar contextuado en el hiperconsumo:
“Todas estas manifestaciones clínicas tienen vínculos estrechos con los factores sociales que, consciente o inconscientemente, nos agobian de manera cotidiana. Me refiero, por ejemplo, a la publicidad asfixiante que promete ilusiones que nunca se cumplen; o a los cambios en la estructura y la dinámica de las familias, cada vez más influenciadas por el ícono sagrado de los mercados. Estos constituyen, quizá, la tiranía más poderosa de la globalización. Se habla inclusive de un darwinismo cultural, pues al parecer solo los productos masivos tienen la supervivencia asegurada. […] La falsa tesis detrás es la misma: los mercados pueden vendernos felicidad. Se confunde, deliberadamente, bienestar con felicidad. (De la Fuente 2012, p. 586-587).
Hoy la popularidad del concepto de felicidad científico suele siempre estar estrechamente relacionado con el bienestar, el progreso de las naciones y la evaluación de sus políticas públicas, la acumulación de riqueza y progreso del pensamiento positivo en las narrativas.
Estas expresiones que apunta a la universalización de una traducción tecnocientífica de la felicidad se ven criticados por libros publicados desde la primera década de este siglo. Estos representan una búsqueda de emancipación a la privatización de la felicidad, denuncian los conflictos de interés, la manipulación y tergiversación de la investigación médica y científica, biomédica y neurocientífica sobre la felicidad, compromete la fiabilidad de su método de generación de conocimiento. Y la acusan de lucrar con el dolor, el sufrimiento y la infelicidad humana que produce sirviendo fielmente al neoliberalismo.
LA FELICIDAD DEL RÉGIMEN TOTALITARIO
La psicología positiva, se discute como un intento de medir y promover la felicidad, aunque se critica por simplificar la complejidad de la experiencia humana y por su enfoque en el individuo en lugar de en las estructuras sociales: “Hasta que Seligman empezó a ejercer su influjo en la práctica de la psicología, el pensamiento positivo no cotizaba en el mundo académico.” (Ehrenreich 2012, 104). El fundador de esta práctica científica tiene un pasado documentado que destaca por asesoría en cuestiones militares y la aplicación de innovación en tortura, creador de la indefensión aprendida, acusado de prácticas poco éticas en sus investigaciones con seres humanos y maltrato animal aunado a ello sus conflictos de interés y financiamiento por la derecha política, el intelectualismo tecnocientífico neoliberal y sus principios utilitaristas.
Las sociedades contemporáneas logran consolidar una represión moral que impulsa a las personas a culparse a sí mismas de su infelicidad, diagnosticando sus malos pensamientos, mal funcionamiento y comportamiento, clasificándolos por sus déficits psicológicos, estandarizando una medida correcta para la felicidad y estableciendo un método probado para ser feliz.
Ofrece según ellos: la verdad objetiva de la felicidad. Se ha universalizado la felicidad y estigmatizado la infelicidad, desde una perspectiva específica, esta versión científica de la felicidad domina el discurso público, crea un mundo donde el ser humano es medicado, adiestrado y direccionado por expertos para cumplir el que es según esta ciencia su deber: ser feliz.
La felicidad neoliberal se centra en alcanzar el bienestar y satisfacción personal, reflejado en políticas públicas y prácticas empresariales que promueven el bienestar individual. Sin embargo, esta búsqueda puede volverse totalitaria al imponer normas sobre cómo vivir. Este régimen medicaliza la vida, priorizando la salud mental y el bienestar emocional para mantener el rendimiento y la autoexplotación.
La psicología positiva y la economía de la felicidad miden y promueven la felicidad, pero limitan la autonomía y libertad de expresión al controlar la toma de decisiones de las personas. Wiliam Davies (2015) nos demuestra que la ciencia de la felicidad se ha vuelto tan prominente en la actualidad gracias a que las economías occidentales dependen del compromiso psicológico y emocional de los individuos, pues la falta de éste tiene repercusiones directas sobre el sistema productivo que daña en demasía los intereses de las industrias y el progreso económico de las naciones.
La infelicidad se opone a la productividad y al progreso del pensamiento neoliberal, que es un sistema político complejo más allá de una teoría económica. (Harvey 2007, Escalante 2016). Este estadio de innovación capitalista se caracteriza por: 1) Expansión de la economía a todas las esferas sociales. 2) Imposición de criterios tecnocientíficos en política y sociedad. 3) Consolidación de principios utilitaristas, eficacia y maximización de beneficios privados. 4) Aumento de la incertidumbre laboral y competencia de mercado, junto con la flexibilización organizacional. 5) Mercantilización de aspectos simbólicos e inmateriales, como sentimientos y estilos de vida. 6) Consolidación de un ethos terapéutico que prioriza la salud emocional y la realización personal en el progreso social e intervenciones institucionales. (Cabanas y Illouz 2021, 62).
El neoliberalismo se entenderá como una ética individualista cuya antropología es hedonista, esencialmente centrada en el yo y por ello: […]debemos interesarnos por sus máximas éticas y morales […] todos los individuos son (y deberían ser) libres, estratégicos, responsables y autónomos, capaces de gobernar sus deseos y estados psicológicos con el fin de realizar lo que se supone que es el objetivo más fundamental en la vida de toda persona: su propia felicidad. (Cabanas y Illouz 2021, 62).
Los defensores y difusores de la ciencia de la felicidad establecen que, una vez los políticos entiendan que el bienestar subjetivo puede ser medido y entendido desde el marco científico las naciones podrán reorientarse hacia la consecución de unos objetivos
relacionados con la naturaleza humana que contribuirán al perfeccionamiento maximización y rendimiento de nuestras sociedades actúales. Esto es algo que tienen muy claro representantes de la ciencia de la felicidad como: M. Seligman (2018), J. Haidt (2006), S. Lyubomisky (2021) y economistas de la felicidad como R. Layard (2008), R. Thaler (2017) o C. Sunstein (2017, 2022).
EL COMPLEJO PROBLEMA
La felicidad es un problema global estrechamente relacionado con la ética y la moral. Actualmente es un asunto político público pues implica la autonomía y el ejercicio pleno de la libertad del ser humano, así como el respeto a su dignidad. Sin embargo, quien ha lucrado, discriminado y estigmatizado la infelicidad ha sido la política-pública inhumana neoliberal, utilitaria y positiva. La cual genera dolor sufrimiento e infelicidad, por medio de la injusticia y la desigualdad, limita y privatiza la libertad. Daña la dignidad, reprime la autonomía y no permite la democracia.
Desde la antigua Grecia es tema central de la filosofía occidental, la cual se consideraba una cuestión relacionada con la tragedia, que tenía que ver con lo divino, la suerte, el sacrificio o el destino, inalcanzable para las criaturas humanas. (McMahon 2006, 2009).
Es a partir de la Ilustración y su modelo de ser humano basado en el uso práctico de la razón y la libertad que la felicidad se presenta como un fenómeno de investigación científica popularizado por el utilitarismo e introducido en la economía volviéndose una corriente potente en la toma de decisiones políticas, jurídicas, éticas, bioéticas y una potente corriente filosófica que más tarde sería retomada por diversos economistas neoliberales. La mayoría premios Nobel de economía y miembros de la Sociedad de Mont Pelerin. 11 Fundada en 1947 por Friedrich Hayek y otros destacados pensadores, tenía como tesis central la defensa y promoción de los principios del liberalismo clásico. (Harvey 2007, 26). Esta organización internacional de economistas, filósofos y académicos se centraba en la importancia de la libertad individual, el libre mercado y la limitación del poder del gobierno como fundamentos para una sociedad producto del liberalismo donde:
“La gente que ha crecido desde la infancia a base de una dieta de eslóganes como estos es propensa a creer que la felicidad es un sentimiento subjetivo y que cada individuo es quien mejor conoce si es feliz o es desgraciado. Pero esta opinión es exclusiva del liberalismo.” (Harari 2015, 430).
Esta exclusiva opinión ha permitido justificar la eliminación y discriminación social de aquellos que no encajan con los valores hegemónicos que instrumentalizan la vida y la reducen a objeto de utilidad y rédito. ( Villalobos Et. al. 2023, 18-19).
Mientras que se convertía en objeto de investigación científica paralelamente también se consolidaba como un derecho fundamental reflejado en documentos históricos como la Declaración de Independencia de los Estados Unidos12 y la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano13. Representan un legado universal que ha dejado la Revolución Francesa que influyó en cimentar las bases para la Declaración Universal de los Derechos Humanos14 en 1948. (Capdevielle 2015, 26-27).
Y Actualmente la Organización de las Naciones Unidas (ONU) ha practicado a incentivar políticas públicas encaminadas a la felicidad en todos los países miembros poco más de 150 países15. En la Asamblea General de la ONU 2011 estableció la búsqueda de la felicidad como un objetivo humano fundamental, reconociendo su pertinencia y la importancia de que se incluya en las políticas públicas, así un año después también se empezó a gestar el primer Informe Mundial de la Felicidad16
Más tarde declara el Día Internacional de la Felicidad en 2013, la ONU decretó el 20 de marzo como el Día Internacional de la Felicidad17, en reconocimiento al papel crucial que desempeña la felicidad en la vida de las personas, mientras que países como Brasil, Argentina, Japón y Corea del Sur lo han adscrito a sus constituciones18. Mientras que Finlandia, Dinamarca e Islandia suelen aparecer en los primeros lugares del Informe Mundial de la Felicidad, lo que sugiere una sociedad con altos niveles de bienestar y satisfacción, servicios médicos de primer nivel, buena calidad del aire, condiciones y circunstancias que posibilitan una mejor calidad de vida reducen la desigualdad e injusticia.
Mas cercano a nuestra época la felicidad desde finales del siglo XIX es objeto de estudio de investigación científica. En 2022 Estados Unidos, Reino Unido y China ocupaban los primeros lugares en producción de investigación científica19. Principalmente por dos disciplinas que dominan su discurso actualmente: la economía y la psicología. (Frawley 2015, 18-19).
Ambas han propiciado el surgimiento de la “ciencia de la felicidad”, un proyecto tecnocientífico que se expresa como un monismo hedonista, es decir, sostiene que el placer es el único bien intrínseco y la única motivación última de las acciones humanas,
representa una reducción de lo que es un ser humano, lo compleja que es una persona y omite estímulos exteriores que condicionan nuestra toma de decisiones, las condiciones sociales y culturales, omite el contexto en el que se sitúan las personas. (Cabanas y Illouz, 2019, 58-59).
Toda acción humana puede explicarse por la búsqueda del placer o la evitación del dolor, y no hay otros fines que tengan valor por sí mismos. Su orientación se inclina al pensamiento positivo, mismo que se ha convertido en una especie de religión laica en la cultura estadounidense, promoviendo la idea de que una actitud positiva puede superar cualquier adversidad, ya sea una enfermedad como el cáncer, la depresión, desigualdades e injusticias. (Ehrenreich 2012, 53-55; Illouz 2014, 21-24).
Sin embargo, esta perspectiva puede ignorar las realidades y dificultades de la vida, y puede llevar a culpar a las personas por sus propios problemas si no logran mantener una actitud positiva. Finalmente posee un carácter utilitarista, es una herramienta usada para expandir propaganda que propicie la aceptación incondicional de la mejora exponencial, de maximización de la utilidad y priorización del rendimiento mediante la autoexplotación y la medicalización de la vida20 justificada a partir de la felicidad en fines de rédito y no de cuidado:
“[…] el auge de la «psicología positiva» en los años sesenta, seguida de un rápido giro en la psiquiatría norteamericana hacia teorías médicas de la enfermedad mental, implicó que el punto de vista profesional sobre la depresión cambiara por completo a principios de los ochenta. […] Hacia la década de los noventa, se había desarrollado toda una industria de consultores, gurús, publicaciones de autoayuda y gestión basada en la idea de que la infelicidad era insana y debilitaba, en tanto que la felicidad era una forma de salud física y un bien económico. […]Del mismo modo que el dolor físico del paciente se estaba trocando en un asunto, psicológico y cultural (una cuestión de los derechos individuales y de consumo del paciente), la enfermedad mental cada vez se entendía más en términos físicos, concretamente como un trastorno neuroquímico. El paciente que simplemente pide «termine con este dolor» o «hágame feliz» no está exigiendo una explicación o un diagnóstico, sino el mero cese del padecimiento.” (Davies 2019, 150).
Esto representa un imperativo tecnológico21 que se debe aceptar sin cuestionamiento crítico y democrático. En su expresión más radical tiene como precio abandonar la vida humana, dejar atrás para siempre
los malos pensamientos, el dolor, el sufrimiento y la infelicidad, pues busca al igual que el transhumanismo22, cumplir la promesa de ascender a la felicidad perpetua, una cura para la vida humana tal y como la conocemos.
Una vida humana que inevitablemente se encuentra en su camino la incertidumbre constante, el dolor, el sufrimiento, los malos pensamientos y las contingencias, lo que representa todo un devenir que no puede controlar.
La felicidad y su estudio científico es hoy un fenómeno que ha ganado atención global, se ha nutrido desde la Ilustración y logra su consolidación desde finales de los años noventa. La felicidad actualmente es un tema político público en el centro del debate en diversas naciones, es también el slogan de toda una industria que la asocia con la salud, el bienestar, la riqueza y éxito personal23. Es gracias a la reflexión en la Ilustración, el surgimiento del utilitarismo, ideas impulsadas en la ONU, y los progresivos avances tecnológicos y científicos que la felicidad se ha universalizado, así como sus estándares, métodos de control, diagnóstico, poder, influencia, tratamientos y medicalización.
Desde finales del siglo XIX se ha comenzado a medir y cosificar la felicidad de más de 150 países, se ha impulsado mediante políticas públicas y tratamientos, herramientas de diagnóstico del cuerpo y la psique, es decir, conjunto de funciones mentales y emocionales que dan forma a la experiencia humana enfocados en la felicidad para favorecer el bienestar, el rendimiento y maximización exponencial de las capacidades humanas, logrando una normalización, estandarización y medicalización en fines de rédito y no de cuidado; justificado en lo que es científicamente bueno para las personas: la búsqueda de su felicidad.
Los inicios de esta tendencia de investigación se remontan a la Ilustración y al utilitarismo de Jeremy Bentham, quien planteó que el objetivo de la política y la economía debe ser maximizar la felicidad. El utilitarismo es la corriente fundamental que orienta los esfuerzos contemporáneos por medir, estandarizar y cosificar la felicidad entendida como un fenómeno que nace del cuerpo.
Pero que, sin embargo, el estudio científico se consolida con la creación de la ciencia de la felicidad la cual comparte los valores y ambiciones éticas neoliberales y posee un carácter utilitarista que reduce el problema de la felicidad y su respuesta a un fenómeno físico del cuerpo predispuesto al examen racional, la mesura matemática y el control en fines de que se pueda aprender, enseñar, cosificar y estandarizar.
Convirtiendo a las personas en un medio para cumplir su fin: instaurar el imperativo tecnológico de la felicidad.
La economía de la felicidad es otra expresión de esta búsqueda, tiene un papel importante en lo dicho líneas arriba, destacando la “Paradoja de la Felicidad” de Richard Easterlin, que señala que el bienestar o la felicidad no siempre se vinculan al crecimiento económico24. Hoy la felicidad está asociada íntimamente a la salud mental pues la infelicidad se traduce e interpreta en un detrimento de esta, expresándose con trastornos neuroquímicos, como la ansiedad, depresión y el suicidio.
Esto se ve muy claro cuando los economistas de la felicidad como Richard Layard, o arquitectos de acción como Sunstein, Thaler y representantes de la ciencia de la felicidad sugieren que las políticas deben centrarse en la felicidad y el bienestar de las personas, y que estas deben ser orientadas a su felicidad. (Cabanas y Illouz 2021, 41; Layard 2008, 254).
Por ello, hay que preocuparse por la felicidad de todo el mundo y potenciarla en lugar de simplemente favorecer el crecimiento económico en el caso de la economía o la priorización de la investigación psicopatológica cuando centramos la vista a la psicología.
La psicología positiva, liderada por figuras como Martin Seligman25, propone que la felicidad puede y debe ser medida y promovida a través de políticas públicas, instituciones públicas, laborales, familiares, educativas y prácticas sociales.
Sin embargo, esta disciplina ha recibido críticas por su enfoque en lo positivo y su potencial para desestimar las realidades difíciles de la vida y sus circunstancias. La psicología positiva, se discute como un intento de medir y promover la felicidad, aunque se critica por simplificar la complejidad de la experiencia humana y por su enfoque en el individuo en lugar de las estructuras sociales.
Las sociedades contemporáneas logran consolidar una represión moral que impulsa a las personas a culparse a sí mismas de su infelicidad, por falta de compromiso, rendimiento y auto explotación, cura la infelicidad diagnosticando sus malos pensamientos, mal funcionamiento y comportamiento, clasificándolos por sus déficits psicológicos, estandarizando una medida correcta para la felicidad y estableciendo un método probado para conseguirla.
Ofrece según ellos: la verdad objetiva de la felicidad. Se ha universalizado la felicidad y estigmatizado la
infelicidad, desde una perspectiva especifica, esta versión científica de la felicidad domina el discurso público, crea un mundo donde el ser humano es medicado, adiestrado y direccionado por expertos para cumplir el que es según esta ciencia su deber: ser feliz.
El estado de malestar, los malos pensamientos o la infelicidad, en términos de la psicología positiva, es una cuestión de la psique, un error en nuestra naturaleza que debe ser corregido, un desequilibro neuroquímico, un mero padecimiento del cuerpo no tendrá que ver con sus circunstancias. Éste podrá ser medicado, adiestrado o canalizado con el fin de lograr condicionamientos terapéuticos que lo optimicen y maximicen su rendimiento general, atendiendo a intereses económicos y políticos que medicalizan la vida, priorizan el rédito y no el cuidado.
No buscan realmente un enfoque auténtico de salud integral o condición autónoma, libre de valorar la felicidad como se esperaría éticamente hablando, es decir, con el pleno respeto por sus derechos humanos, uso de su autonomía, libertad y sin daño a su dignidad. Las sociedades occidentales capitalistas avanzadas, globalizadas y democráticas contemporáneas surgieron como producto de la Ilustración misma revolución intelectual en la que se encuentra la fundamentación de los derechos naturales del hombre como algo garantizado en las constituciones de las sociedades cuyas aspiraciones eran democráticas.
Estas fueron fundamentadas en un modelo antropológico que se sustenta en relación dialéctica entre la razón y la libertad que propician no solo la libertad y emancipación de los enemigos de la libertad. También genera la administración, el control y dominio de la naturaleza y la vida biológica humana, a la vez la igualdad y autonomía entre los seres humanos su inclusión y asignación de derechos y deberes. Un modelo antropológico en el que se conoce las cosas en medida en que pueden predecirse y modificarse a voluntad del ser humano, para explotar y cosificar.
Todo lo anterior con el fin de promover su seguridad mediante la generación de paz entre todos los hombres libres e iguales, donde cada uno se hace y constituye gracias al uso de la libertad, la expresión de su autonomía, y a la gran diosa, la razón:
[…] así, año tras año, siglo tras siglo, corren al menos dos cauces paralelos: el de la creciente identificación del hombre con su razón, la cual, significativamente, llega a ser adorada en algunos templos de París como la «diosa razón». Y el de
aquella potentísima corriente, por la cual las ciencias van cumpliendo con creces el apotegma de Francis Bacon: «Conocer es dominar», dominar y explotar el planeta: sus tierras, sus cielos, sus mares... devorar todos los «recursos naturales». Dominar la materia, dominar la vida, dominar el universo. (González 2017, 186-187).
La Revolución Francesa es un hito histórico porque el interés del ser humano en crear sociedades democráticas, laicas y pacíficas comienza a hacer un ejercicio práctico y dialéctico mediante la ciencia y la técnica llevado a cabo con el uso de la razón y la libertad. Se desmitifica la felicidad. La Ilustración será entendida como una forma de objetivación que se ocupa de los problemas emergentes de la vida en sociedad, organizando su reflexión en torno a ciertas categorías de orientación axiomática y axiológica, valores, que han de hacer posibles mediante la práctica humana social e individual, el ser humano no nace, se hace.
Si bien los valores asumidos por los estados se priorizan al obrar estos mismos se regulan y configuran en fines de progreso histórico, que produce y consolida la lucha por la libertad mediante la razón y el ejercicio de la autonomía, desde el inicio de la Ilustración: “Este período histórico aportó los cimientos sobre los que se asienta la era moderna. Las nociones contemporáneas de verdad, conocimiento científico, administración pública, prueba empírica y progreso constituyen el legado del siglo XVII. […] se manifiesta en las estadísticas y en la economía, consiste en que procura una base para el consenso entre personas que, de otro modo, tendrían poco en común.” (Davies 2019,13).
La Ilustración es el origen de la máxima traducción de lo natural en el hombre, la naturaleza y desconocido, a lo racional, predecible, administrable y cuantificable matemáticamente; una desmitificación del mundo gracias a la ciencia y la técnica que su vez generan el conocimiento verificable de los fenómenos que subyacen en el mundo.
Esta nace de la relación entre la libertad y la razón mismas que mantienen una interacción reciproca que produce un modelo antropológico y un proyecto práctico que da origen al hombre moderno, este ser humano no será como en su pasado determinado por la monarquía, el absolutismo, o las autoridades morales, esto es: ”[…] que confían en el uso de la razón para el progreso de la humanidad, que rechazan todo dogmatismo, ya sea religioso, ideológico o político, y que buscan, in fine, la emancipación del ser humano en una sociedad libre de toda influencia […].”
(Capdeville 2015b, 18).
La Ilustración produce la crítica pública y argumentada, es la época y renovación de pensamiento es también la etapa en la que se desmitifica la felicidad mediante la razón y el uso de la libertad, esta desmitificación nace en un contexto privilegiado y es fundamentalmente dado gracias por la libertad, la autonomía, y la lucha racional por la dignidad e igualdad pues: “El mayor logro del conocimiento científico y el gobierno moderno, que se remonta a mediados del siglo XVII, consistió en establecer una base para la interacción civil de la que se había eliminado la violencia.”(Davies 2019, 160).
Ya que en la razón se halló un consenso del que se pueda partir un acuerdo pacífico que determinara el límite de la guerra y la paz, y conforma también la unión de los hombres libres e iguales, da pie al hecho de que la felicidad pudiese realizarse, cuantificarse y ser objeto de estudio científico.
Revolucionó la forma de hacer, pensar, entender y estudiar la vida humana y su felicidad, evidenciando que la felicidad está íntimamente relacionada con el sentido de la propia vida y que también trae consigo temas relacionados con la moral y la ética, es decir, con la vida en sociedad o en relación con los otros por lo que habría que encontrar una forma objetiva y racional de estudiarla, aprenderla y comprenderla.
El concepto dominante de felicidad, actualmente se asocia a lo bueno, lo placentero, lo deseable, lo aceptable, se está estableciendo que hay una serie de prácticas sociales, culturales, económicas y políticas que son mejor que otras, este concepto de felicidad va relacionado con un ideal de existencia humana que debe rendir en el trabajo, a su vez saludable y rica y, en consecuencia, será feliz.
Esta ciencia considera la felicidad como objetivo último del ser humano trazando una meta única la felicidad, la cual se examina a partir del cuerpo y que tiene que ver con un desequilibrio neuroquímico, una felicidad que es una mercancía y cuyo valor se lo otorga el mercado que palia la necesidad y satisface la demanda del sector de la salud mental, por lo que no procura el cuidado, lucra con la infelicidad, el dolor y el sufrimiento.
Esta ciencia ofrece una interpretación útil al capitalismo moderno que ve a toda la vida en general como objeto de compra y venta donde solo tiene valor si se lo asigna el mercado y no por sí mismo por lo que en realidad no es una ciencia tan objetiva y libre de intereses como predica. Claramente la ciencia de la
felicidad es un imperativo tecnológico.
Desde la expresión de la Ilustración y el nacimiento del utilitarismo se ha procurado un “imperativo tecnológico” en el contexto de la felicidad que ha culminado con la creación de la ciencia de la felicidad a finales del siglo XIX. Pero: ¿porqué la ciencia de la felicidad es un imperativo tecnológico?
Esta ciencia establece que el bien, es la felicidad y se puede realizar con la ciencia y la técnica, este consiste en el hedonismo artificial predicado por medio del concepto de felicidad y bienestar, un común eslogan retórico para conseguir promover determinados estilos de vida, encaminados a lo efímero, el consumismo, la opulencia y la explotación cosificación de vida humana y la alteridad en general, estilos que no se pueden impulsar mediante los poderes legislativos, ejecutivos, judiciales, pero que igualmente se consideran socialmente deseables y aceptables o políticamente correctos.
ENFERMEDAD MENTAL
El juramento hipocrático protege los derechos de los pacientes, derechos que las instituciones psiquiátricas vulneraban al declarar a personas como enfermas mentales. ¿Cuál era la razón? Desde la formación de las sociedades occidentales en la Ilustración los manicomios fueron creados por “reformadores sociales” y políticos “progresistas” quienes dictaminaban lo que era bueno mentalmente y la normalidad en las personas, esto en la segunda mitad del siglo XVIII.
Estos lugares eran comúnmente asociados a la tortura, se congestionaban las habitaciones con muchos pacientes, era común oír alaridos, gritos de dolor y sufrimiento emitirse de esos lugares por la noche; los pacientes fingían su bienestar para conseguir su libertad y muchos otros se suicidaban poco después de salir.
A principios del siglo XX, la mayor parte de todos los estados tenían por lo menos un manicomio gestionado por el gobierno. Esta perspectiva muestra que el estudio y diagnóstico de la mente en el sentido médico se puede desviar o tergiversar de su propósito original esto es: el cuidado.
Esto puede variar dependiendo del peso de las inclinaciones e intereses que persiga una sociedad, eso puede ser ocasionar conflictos de interés, propósitos de control político o de manipulación, discriminación o racismo, lo que puede generar resultados que no beneficien a la sociedad ni a las personas o que sean usados en fines que sirvan a propósitos egoístas, sean
útiles a un número reducido de individuos redituables o de abundantes beneficios.
La felicidad hoy es el número uno en la lista de comportamientos aceptables o políticamente correctos diseñados por una sociedad terapéutica y sus expertos, la infelicidad, la depresión, el dolor o las expresiones de sufrimiento no lo son. La ciencia de la felicidad aprovecha una oportunidad de negocio fuera de la normativa ética y la regulación jurídica.
Al igual que la psiquiatría y la psicología describen condiciones en términos de comportamientos humanos más que como enfermedades, gracias a los avances tecnocientíficos en términos médicos hoy sí lo hace la psicología positiva al diagnosticar la felicidad como desequilibrio químico cerebral, el diagnóstico del cuerpo, al ver en tiempo real los patrones de actividad cerebral. O la psiquiatría al identificar partes del cerebro con algún daño o atrofiamiento físico del cerebro, por ejemplo, en el análisis de la esquizofrenia. (Buedo 2022, 115-117).
La actual medicalización de la vida en nombre de la felicidad, iniciada desde finales del siglo XlX ha patologizado y estigmatizado los comportamientos que expresan infelicidad cotidiana. Se ha empezado a medicalizar la vida en nombre de la felicidad dando como consecuencia el aumento de una pandemia silenciosa que le cuesta a Gobiernos y corporativos millones de vidas y billones de dólares al año.
Sus representantes y defensores al enfrentarse el problema de la infelicidad, lo eluden estableciendo un Estado terapéutico para mantener el rendimiento la producción el progreso y la riqueza, instaurando una medicalización y estigmatización de la infelicidad en fines de rédito, estableciendo una búsqueda de la felicidad, que en apariencia busca la salud integral, pero que en la realidad lucra con la vida, el dolor y el sufrimiento, se aplica no en fines de cuidado o salud integral, si no de rédito, utilidad, rentabilidad y maximización de una normalidad impuesta.
El argumento conjunto es preciso la medicalización de la vida es una forma de ocultar los evidentes malestares y sufrimientos sociales, como la desigualdad o la pobreza, transforma la experiencia de la infelicidad, el sufrimiento y dolor del devenir cotidiano de la vida en patologías individuales que repercuten en yatrogenia ya que la hegemonía global actual da prioridad a respuestas técnico-científicas y no respuestas ético-políticas. (Szasz 1961, Foucault 1966, Zola 1972, Illich26 Mainetti 2014). Examina cómo la medicina ha extendido su influencia a aspectos de la vida que no son intrínsecamente patológicos27.
Pensado en nuestro contexto y realidad actual significa que toda expresión de infelicidad en la vida tiene un precio y cualquier decisión se toma a partir del costo y beneficio, el valor a la vida se lo asigna el mercado, a partir de la necesidad y demanda de lo que desesperadamente se busca o necesita, en este caso la felicidad; es decir, el ser humano para la ciencia de la felicidad no posee dignidad, libertad o autonomía es un simple instrumento.
En este caso las sociedades democráticas capitalistas actuales priorizan el pensamiento positivo y la felicidad de corte científico tecnológico pues es el camino correcto, y todo aquello que contrarie ese imperativo es diagnosticado como una imperfección, insuficiencia, defecto o trastorno mental. Se busca eliminar los malos pensamientos, infortunios, desgracias, dolor, sufrimiento, falta de positividad de pensamiento e infelicidad. Estas sociedades hoy sufren una crisis global de salud mental, son gobernadas por los soberanos en los que Bentham funda el utilitarismo, el dolor y el placer.
Por ejemplo, pensemos en la violencia colonial que sufren aun minorías como las comunidades endémicas en África o del actual continente americano en los que se llevaron a cabo experimentación científica y esterilizaciones forzadas sin consentimiento. Otro caso es el trato a los homosexuales con terapias de conversión, lobotomías o tratamiento con corrientes de alto voltaje, ambas comunidades siempre presas del objetivo de la opresión estatal, y durante mucho tiempo y en la actualidad sigue ejerciendo el poder del Estado terapéutico, alude a una forma de organización estatal en la que las instituciones públicas asumen un rol paternalista y correctivo, similar al de un terapeuta, con el objetivo de “sanar” o “mejorar” a los ciudadanos desde el punto de vista moral, psicológico o social. ( Buedo 2022, 78-79; Davies 2015, 195-196).
¿LA FELICIDAD UN TEMA DE SALUD MENTAL?
La felicidad es un problema ético y moral que involucra la vida del ser humano, es un tema de derechos humanos y actualmente un tema de salud pública, pues implica el respeto a la persona y su forma responsable de vivir, su dignidad, libertad y autonomía. En nuestras sociedades actuales la felicidad es un tema de salud mental.
¿Qué es la salud mental? Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), la salud mental es un estado de bienestar en el que una persona puede: desarrollar su potencial, es capaz de hacer frente a las tensiones de la vida, trabaja de forma productiva,
también contribuye a su comunidad y es consciente de sus propias capacidades28
La salud mental es más que la ausencia de trastornos mentales. Se entiende como un estado dinámico que se expresa en la vida cotidiana a través del comportamiento y la interacción.
La salud mental incluye: bienestar subjetivo, autonomía, competencia, dependencia intergeneracional, reconocimiento de la habilidad, la realización intelectual y emocional.
El problema se trata entonces de hacer frente a la grave crisis de infelicidad a la vez que nos mejoramos para maximizar y potenciar nuestras capacidades humanas. La depresión será para el 2030 el trastorno mental más común globalmente. En el trabajo cuesta a la economía mundial más de un billón de dorales al año debido a la carencia de productividad el estrés y trastornos psicosomáticos, se espera que los problemas de salud mental tengan un costo de el costo 6 billones de dólares para la economía mundial en 2030. Se estima que cerca de mil millones de personas en el mundo padecen algún trastorno mental. Los trastornos con más prevalencia incluyen depresión, ansiedad, esquizofrenia y trastornos bipolares. Por otro lado, la elite económica como:
“Los investigadores del Foro Económico Mundial calcularon que un conjunto ampliamente definido de problemas de salud mental le costó a la economía mundial aproximadamente US$ 2,5 billones en el 2010, entre la pérdida de productividad económica (US$ 1,7 billones) y los costos directos de la atención (US$ 0,8 billones). Se proyectó que este costo total aumentaría a US$ 6 billones para el 2030 junto con el aumento de los costos sociales. Eso es más de lo que los investigadores previeron para los costos del cáncer, la diabetes y las enfermedades respiratorias crónicas combinadas. Se estimó que los países de ingresos bajos y medianos soportarían el 35% del costo de estos problemas de salud mental.” (Informe mundial sobre la salud mental 2023, 52-53).
La crisis actual de salud mental es encabezada por el trastorno de la depresión asociada al suicidio, globalmente esta crisis es severa y debería preocuparnos a todos, tiene causas profundas que abarcan factores biológicos (genética, alteraciones neuroquímicas), psicológicos (traumas, estrés) y sociales (desigualdad, pobreza, violencia)29
Pero ¿qué es una crisis? La palabra puede sonar alarmista, pero implica un momento decisivo en el que se juzga, se elige o se cambia, esto puede empeorar o mejorar dependiendo de la toma de decisiones30. A nivel global, la depresión afecta a más de 300 millones de personas y es la principal causa de discapacidad, mientras que los trastornos de ansiedad afectan a más de 260 millones de personas.
Cuando miramos el costo por número de muertes humanas por trastorno el problema se torna aún más grave. El suicidio asociado a la depresión representa el 57.1%, 800,000 muertes anuales. Seguido por 300,000 personas muertas debido a trastornos por uso de sustancias (21.4 %), 100,000 a trastornos de ansiedad (7.1 %), y 200,000 a otros trastornos mentales (14.3%).
La depresión, según el Instituto Nacional de la Salud Mental (NIMH), es un trastorno mental común pero grave que afecta negativamente cómo una persona se siente, piensa y maneja sus actividades diarias. No es simplemente sentirse triste ocasionalmente; sus síntomas son persistentes y pueden interferir significativamente en la vida cotidiana.
La respuesta dada por la ciencia de la felicidad se ha expandido en más de 150 países. Las repercusiones son muy claras y se explican a detalle en tres grandes libros donde las cuestiones tratadas son básicas para entender este problema: La industria de la Felicidad. Cómo el gobierno y las grandes empresas nos vendieron el bienestar de William Davies. Demuestra que es un proyecto científico de raíces utilitaristas originado en la Ilustración y que en la constitución científica de la psicología positiva existen mecanismos de funcionamiento de su industria y que repercuten en la dignidad y autonomía de las personas.
Sonríe o muere: cómo el pensamiento positivo engañó a Estados Unidos y al mundo de Barbara Ehrenreich quien rastrea el origen ideológico occidental inglés y los alcances del pensamiento positivo en la constitución de la ciencia de la felicidad. Mientras que Happycracia Cómo la ciencia y la industria de la felicidad controlan nuestras vidas de Edgar Cabanas y Eva Illouz y Semiótica de la felicidad: inicios retóricos de un problema público de Ashley Frawley evidencian un panorama general de las repercusiones y consecuencias prácticas, así como su relación con el neoliberalismo para fundamentar que la felicidad se ha vuelto un problema.
William Davies (2015) y Frawley (2015) sostienen que diversas estructuras sociales han analizado al hombre (los gestores de recursos humanos, los gobiernos,
economistas, las farmacéuticas, agencias de seguros de vida y más actualmente las redes sociales, aplicaciones tecnológicas, etc.) desde finales del siglo XIX, incentivándonos y adelantándose a nosotros, para optimizarnos, logrando una administración racional de lo humano, sus actividades, desempeño, rendimiento mayormente centrándose en nuestra salud mental y bienestar físico o emocional.
Esto ha llevado a diseñar estándares, políticas públicas, arquitecturas de acción, que insisten en medir, clasificar y demostrar que es posible enseñar y aprender lo que es la felicidad, esto a su vez, nos da la forma correcta en la que deben ser las personas mediante una versión científica que la hace, prescribe, describe, mesura, cosifica y objetiva, imponiendo así a la felicidad como fin último dictaminando el comportamiento correcto en el ámbito moral y político a causa de la epidemia de infelicidad en el mundo causada por la ansiedad, la depresión y que se expresa cada vez más en su versión más radical: el suicidio.
Lo anterior parece denotar que está íntimamente afinado y relacionado con lo que proponen los economistas conductuales: el paternalismo libertario aquel que defiende la idea de que las elecciones de los sujetos se pueden y deben manipular, siempre y cuando sea de forma sutil, de modo que se vea un aumento evidente en su bienestar. (Zapata 2015, 1-3).
Estas investigaciones de economía del comportamiento como la de Richard Thaler, premio nobel de economía 2017, son promovidas también por Cass Sunstein, versiones utilitarias y conductuales de diseño y arquitectura de acciones en la política pública que parecen ser muestra de ese horizonte de investigación compartido.
Esto así porque las economías occidentales han tenido un problema fundamental, y es que dependen de nuestra fidelidad psicológica y emocional (en el trabajo, las marcas comerciales, el gobierno en cuestiones de salud y el bienestar público), para perpetuar su existencia por lo que les cuesta cada día más y más conseguirla.
Un ejemplo claro y actual, es el informe: Informe sobre el estado mundial del lugar de trabajo 202431 que se realiza desde el año 2009. Es un reporte realizado por Gallup el cual destaca la importancia del compromiso y la satisfacción laboral. Los datos revelados en el informe de 2024 revelan que solo el 23% de la fuerza laboral global se siente feliz y comprometida en su trabajo, lo que se considera un numero alarmantemente menor. Un bajo nivel de compromiso e infelicidad le cuesta a la economía global 8,9 billones de
dólares, esto representa el 9 % del PIB mundial.
Estas exigencias por parte de las sociedades positivas han encaminado de diferente manera prácticas políticas y culturales que son causa y motivo de enfermedades, estados de ánimo bajos, o factores psicosomáticos como el estrés, la depresión y más radicales como el suicidio, lo cual, reduce la producción, aumenta la inestabilidad y crea consecuencias económicas, sociales y políticas fatales que afectan directamente la salud y los costos de atención sanitaria. Sumado a ello dañan la estabilidad económica y laboral generando enormes problemas para gobernantes, corsarios capitalistas y directivos de industrias. En otras palabras:
En este sentido más general e histórico, los gobiernos y los negocios han “creado los problemas que ahora están tratando de resolver”. La ciencia de la felicidad ha alcanzado la influencia que hoy ejerce porque promete aportar esa ansiada solución. […] la empresa especializada en encuestas de opinión Gallup ha estimado que la infelicidad de los empleados supone un coste de 500 millardos de dólares para la economía estadounidense, por causa del descenso en la productividad, la reducción de la ganancia impositiva y el incremento en gastos de asistencia sanitaria. […] La psicología positiva y otras técnicas parecidas desempeñan por consiguiente un papel fundamental en el intento de restaurar la energía y el empuje de las personas. (Davies 2015, 17).
Estas preocupaciones son las que pretende resolver la ciencia de la felicidad, por una parte, los economistas que son capaces de cuantificar y poner precio al problema de la felicidad, pues propone una felicidad superficial y materialista basada en el consumo, las cosas, los objetos y las aspiraciones de poder, fama, dinero, status social, son las aspiraciones de felicidad.
Mientras que las ciencias médicas y sociales, basadas en los informes creados por farmacéuticas, departamentos psicológicos, diagnósticos con redes sociales, departamentos especializados en felicidad y neurociencias, postulan que se puede medir la felicidad de la gente, curar su malestar, desaparecer su dolor o medicarlo, con el propósito de conseguir una forma de incentivar la productividad y tratar a la felicidad como una obligación humana, creando desde la justificación de ella un problema social y de salud pública.
Si bien de la felicidad se afirma que se puede realizar mediante el uso de la voluntad, la tecnología y la investigación científica ¿deberíamos hacerlo?, como veremos a lo largo de la primer parte de este proyecto,
el trabajo para conseguir la felicidad será constante y pareciese inacabable e infinitamente exponencial y esto: “[…] es porque la psicología positiva sería la encargada de ayudar a las personas a ir más allá de su línea de funcionamiento base y alcanzar un estado de salud mental completo, el cual establecen como el único camino del florecimiento o crecimiento personal.”( Cabanas y Illouz 2019, 156).
Es necesario un examen crítico, que haga hincapié en la necesidad de un enfoque ético y responsable hacia la felicidad, considerando su relación con la vida, dignidad, la autonomía y la libertad humana. Existe una relación entre la felicidad y los valores del neoliberalismo y como este mediante la ciencia de la felicidad estigmatiza la infelicidad, discrimina lo que no produce, lo que no es redituable, sugiriendo que el enfoque actual sobre la felicidad puede ser utilizado para justificar discriminación, desigualdad, daños severos a la autonomía y la dignidad de las personas porque se favorece la medicalización de la vida, la autoexplotación y el rédito a costa de la vida, salud y dignidad humana.
Se llama al lector una reflexión crítica sugiriendo que la ciencia de la felicidad debe alinearse hacia una perspectiva ético-política con principios biocéntricos32, es decir, bioéticos: que respeten el valor intrínseco de la vida, promuevan la libertad, la autonomía y el respeto por las personas, que prioricen la dignidad y el cuidado de la vida por sobre su medicalización, rédito y el lucro.
Las estrategias propuestas por la ciencia de la felicidad pueden resultar no éticas y repercuten en yatrogenia33 porque: 1) Individualizan problemas estructurales: Las causas sociales, políticas o económicas del sufrimiento se ignoran, trasladando la responsabilidad al individuo. 2) Implementan tecnologías invasivas o coercitivas: Dispositivos tecnológicos o programas de bienestar pueden monitorizar, manipular o presionar a los individuos a “sentirse mejor”, con poco respeto por su privacidad o libertad. 3) Instrumentalizan a la persona: Más allá de mejorar la vida de las personas, se busca alinearlas con objetivos sociales, políticos o económicos, reduciendo su valor intrínseco.
Un ejemplo claro de la exigencia al valor intrínseco de la vida que es universalmente reconocido es La Declaración Universal sobre Bioética y Derechos Humanos documento de la UNESCO34 que establece principios éticos para el uso de la investigación científica y la tecnología en la medicina y las ciencias de la vida para no omitir el derecho a la salud, la dignidad, ni el respeto por las personas, la solidaridad por los otros, la privacidad, la diversidad y confidencialidad. Hay documentos y acuerdos en bioética y derechos
humanos que cuestionan y regulan aspectos con la expansión de la medicina en áreas que podrían vulnerar la autonomía, la dignidad y los derechos de las personas algo ampliamente conocido y que está plasmado en la Declaración Universal de los Derechos Humanos. (Ramírez y Pallares 2011, 3-9; Páez 2015, 121-122).
El valor intrínseco de la vida constituye el valor “fundamental”, precisamente porque sobre la vida física se apoyan y se desarrollan todos los demás valores de la persona y estos a su vez se extienden hacia otras expresiones de vida reflejando nuestra relación entre seres humanos y a su vez la que mantenemos con la naturaleza y la alteridad35
La inviolabilidad del derecho a la vida del ser humano un signo y una exigencia de la inviolabilidad misma de la persona. Sin vida, cualquier razonamiento sobre los valores se hace abstracto y vacío.
Es por ello, por lo que esta es, reconocida en los derechos humanos, tratados internacionales, constituciones de Estados y políticas públicas en el más amplio sentido. La dignidad de la vida humana, en tanto vida de la persona, se funda el principio de su inviolabilidad, es decir, es éticamente inadmisible cualquier acto que disponga directamente de una vida humana, tanto propia como de los demás.
Cualquier procedimiento o intervención tecnocientífica que ponga en riesgo la vida humana se contrapone a la defensa de la vida y aún más si esta la daña o repercute en yatrogenia. Surge allí el dilema entre la obligación de informar las consecuencias que implica asumir esta versión tecnocientífica de la felicidad.
El respeto a la dignidad de la persona es un principio clásico en la bioética el cual se retoma de Kant. La instrumentalización de la persona, reduciéndola a un medio, le quita su rol de persona y la relega al de objeto. Este principio tiene una aplicación vasta en bioética por lo que puede analizarse en relación con la creciente preocupación por la felicidad como objeto de estudio científico.
En la actualidad, el desarrollo de la llamada “ciencia de la felicidad” y su instrumentalización en políticas públicas han generado un marco de intervención sobre los individuos que muchas veces relega el carácter subjetivo y personalista de la experiencia humana. Se ha convertido en un mecanismo que, en su búsqueda de medir y mejorar el bienestar, opera bajo una lógica reductiva y utilitarista, donde ciertos estados emocionales se valoran en función de su rentabilidad económico-política más que en su relación con la dignidad inherente de la persona.
Esta aproximación, en su afán de cuantificar el bienestar y definir qué constituye una “vida digna y menos miserable”, podría derivar en la imposición de modelos normativos de felicidad que desatienden la diversidad y profundidad de la condición humana.
El principio de la libertad conlleva responsabilidad, debe ser defendido de cualquier decisión que conduzca a una corrupción de la libertad en arbitrio y libertinaje. En el contexto de la bioética esto implica que todos los sujetos operantes deben respetar la dignidad de los individuos en sus decisiones, garantizando un margen de autonomía que no comprometa el valor esencial de la vida. Sin embargo, el discurso contemporáneo de la felicidad ha tendido a generar presiones para que las personas optimicen sus estados emocionales según criterios externos, diluyendo así su capacidad de autodeterminación.
El papel de los psicólogos de la felicidad y otros profesionales de la salud debe ser brindar información objetiva, capacitar a los pacientes para una toma responsable de decisiones propias y apoyarlos en todos los aspectos necesarios para el ejercicio de su autonomía. Sin embargo, la bioética también debe analizar críticamente la manera en que la búsqueda científica del bienestar puede transformar la atención de la salud en un medio para alcanzar fines que no necesariamente respetan la individualidad y la dignidad del paciente.
La instrumentalización de la felicidad como un fin medible y gestionable podría desviar la atención de los principios bioéticos fundamentales, convirtiendo el bienestar en un criterio que justifique decisiones que, paradójicamente, puedan vulnerar los derechos humanos en nombre de la felicidad, es decir: el bienestar subjetivo o la satisfacción con la vida.
El enfoque científico de la felicidad como el de la industria de la infelicidad se ha creado y expandido a su alrededor contribuyen de forma significativa a legitimar una muy peligrosa suposición, de que las personas no poseen autonomía, responsabilidad ni libertad, que la riqueza y la pobreza, el éxito y el fracaso, la salud y la enfermedad son fruto de nuestros propios actos.
Lo cual desarrolla como consecuencia que la vida tiene un precio y no valor intrínseco, este es entregar nuestra voluntad, libertad y responsabilidad a un paternalismo científico neoliberal, que legitima de la idea de que no hay problemas estructurales del sistema en el que vivimos sino solo el individuo víctima de sus deficiencias psicológicas individuales, imperfecciones de la mente, devenires de la vida que la enferman y la hacen intolerable, que aquejan o impiden
la realización plena de la vida; en definitiva que no existe más la sociedad, la libertad, la responsabilidad ni la solidaridad sino solo los individuos, esta noción de felicidad tal y como hoy predican socialmente científicos, expertos y charlatanes, tiene raíces utilitaristas y sirven a valores impuestos por la revolución cultural neoliberal.
CIENCIA Y MERCADO
Todos los descubrimientos e investigaciones mencionadas en apartados anteriores han propiciado que estemos viviendo la posibilidad de que se lidie con el problema de la felicidad con una solución científica que medicaliza la vida, al prometer la felicidad. Lo hace en base a una estigmatización de la infelicidad. Está inmersa en un contexto en el que los padecimientos mentales no disminuyen si no que incrementan al grado de ser cada vez más frecuentes. (Buedo 2022, 82-87).
Es decir, promete ser la medicina para la infelicidad expresándose como un fenómeno que se refiere a la expansión del ámbito de la medicina para abarcar aspectos de la vida cotidiana que no son intrínsecamente patológicos. ( Zola 1976, 210–214; Fox 1977, 9-22; Foucault 1996, 56-66; Conrad 2007, 5-7; Frawley 2015c, 2-17). Quizá la respuesta no está en cambiar como vemos la vida por un lente más científico, sino en enfrentar la realidad y seguir principios más biocéntricos al enfrentar el problema ético de la felicidad para ofrecer una respuesta ético-política, laica y democrática. Esto solo puede hacerse desde la bioética.
La medicalización de la vida como proceso visto desde esta perspectiva es preocupante porque puede llevar a la medicalización de problemas sociales, emocionales y conductuales, convirtiéndolos en cuestiones médicas que requieren intervención tecnocientífica, médica o farmacológica. Desde el contexto de la felicidad la medicalización de la vida implica que las situaciones normales de la vida y los acontecimientos que producen infelicidad a lo largo de ella, como la ansiedad, la depresión, la tristeza o que llevan al suicidio sean tratadas como enfermedades.
Así necesitan tratamiento médico y por lo tanto los estados que representen infelicidad son estigmatizados a partir de un modelo cientificista de la felicidad que parte de un modelo antropológico cuyos orígenes se remontan a finales del siglo XVII: “Los filósofos se refieren a esta argumentación, la de que todos los placeres y dolores pueden ser localizados en una única escala, como “monismo”. Bentham fue el monista por excelencia. Si bien no podía negar que
hablamos de distintas variedades de felicidad y satisfacción utilizando palabras diferentes, la base objetiva fundamental de todas estas formas siempre era la misma: el placer físico.” (Davies 2015, 30-31).
Bentham no solo soñaba con instaurar la felicidad como fin último de la gobernanza y del ser humano o tener una secta que precediera su legado también soñó con instaurar un sistema que toma decisiones con estadística y otros instrumentos de medida, vigilancia transparente. Planteo deducir información e inferir deliberaciones con información contrastada con datos empíricos que redujera los problemas y dilemas éticos más complejos a términos de costo y beneficio, utilidad y reditualidad. Soñó con emplear la estadística y la matemática para resolver los problemas de la moral y la ética:
Pensador inglés que soñó en su juventud con fundar una secta de filósofos llamados UTILITARISTAS y que vivió para ver cumplido su sueño. También planeó que, cuando muriera, se hiciera de su cuerpo lo que él llamaba un “autoícono” (es decir, una representación de sí mismo) a fin de que se lo pudiera utilizar como un monumento al fundador de la secta. Esta intención se vio también cumplida, de suerte que hasta el presente las reuniones de los benthamitas tienen lugar a veces en presencia real del propio Bentham (que pasa el resto de su tiempo sentado en el interior de una urna de cristal en el londinense University College). (Harrison, R. 2000, 1).
También soñó con que se opusiera modelos de investigación e impartición disciplinaria con una vigilancia exacerbada para modificar los comportamientos, propuso un modelo cuya antropología considera que el ser humano no es persona si no objeto reducible a los dos soberanos que según él deberíamos seguir siempre: exiliando el dolor y potenciando el placer, es decir, escoger entre la infelicidad o la felicidad para favorecer la utilidad, el rendimiento y rédito.
(Harrison, R. 2000, 1-7).
El Panóptico de Bentham es el diseño de un modelo arquitectónico para maximizar la supervisión de los individuos, reflejando su interés en monitorear y gestionar el comportamiento humano esto prefigura la manera en que los estados y las corporaciones contemporáneas rastrean las emociones y comportamientos de las personas a través de agencias de recursos humanos, aseguradoras, tecnologías como aplicaciones móviles y dispositivos biotecnológicos.
La relación entre control y felicidad es muy bien señalada por Bentham quien concebía la posibilidad de
que las instituciones sociales pudieran intervenir en la vida de las personas para maximizar el bienestar colectivo, lo que conecta con las actuales políticas basadas en métricas de felicidad tal como sucede hoy.
Su influencia es notable en herramientas modernas de medición y reducción del bienestar a datos objetivos. Bentham sentó las bases para el desarrollo de encuestas, índices y métricas como el Índice de Felicidad Bruta o las evaluaciones de bienestar utilizadas en políticas públicas. Estas herramientas se inspiran en su idea de que las experiencias subjetivas pueden ser objetivadas y traducidas a cifras.
La instrumentalización de la felicidad es ya algo teórica y prácticamente posible en la obra de Bentham quien también inspiró enfoques elitistas conductuales y económicos que ven a la felicidad como un recurso gestionable para optimizar el rendimiento, lo que conecta con las prácticas modernas de gestión empresarial y políticas estatales.
Las ideas de Bentham sobre la cuantificación y supervisión de la felicidad han influido profundamente en cómo se percibe y gestiona el bienestar en la era neoliberal. Las técnicas contemporáneas para medir la felicidad, desde encuestas hasta sensores biométricos, reflejan una actualización tecnológica del cálculo felicífico benthamiano y su lógica de control.
Este análisis sugiere que, para Bentham, medir a las personas en términos de su felicidad no era solo un ideal filosófico, sino también un proyecto práctico con implicaciones éticas, políticas y tecnológicas que todavía moldean nuestras sociedades.
La infelicidad es un problema que actualmente se resuelve con el método científico y cuya respuesta es dada por la psicología positiva. Este fenómeno ha sido impulsado por varios factores como la investigación de la economía y la psicología, los avances de las neurociencias y la compresión del cerebro, incluyendo el avance de la tecnología médica para el análisis de la felicidad, y el bienestar, la influencia de la industria farmacéutica y la creciente expectativa de la sociedad de que la medicina puede resolver todos los problemas de la vida.
A lo largo del primer capítulo de este proyecto mostramos el poder que la ciencia de la felicidad posee y como ha crecido exponencialmente hasta lograr universalizar, propagar e instaurar un concepto científico de la felicidad a la población mundial como solución global, sus métodos de diagnóstico y tratamiento, como clasifica y normaliza la felicidad e inunda el mundo académico y de investigación.
Aunado a ello a industria de la autoayuda está en auge, impulsada por las investigaciones sobre psicología positiva y el estudio científico de lo que hace que las personas prosperen.
La industria farmacéutica ha identificado los futuros obstáculos para el crecimiento del mercado de la infelicidad.
Al mismo tiempo, los índices de ansiedad, depresión y autolesiones siguen aumentando en todo el mundo. ¿Debemos ser felices a cualquier precio?, ¿Estamos condenados a ser infelices, a pesar de estos avances? ¿Porque no son todos felices si estamos programados para ello y hoy más que nunca existe una infinidad de libros de autoayuda? ¿Porque no todos son felices si tienen todo a su disposición para hacerlo?.
La ciencia de la felicidad ha sido utilizada para promover e instalar los valores del neoliberalismo en la vida cotidiana, logra replicar e instaurar los estándares de medición iniciados en la Ilustración, aquellas ideas teóricas pensadas por Bentham, caracteres como hipervigilancia panóptica, la utilidad, el cálculo del costo-beneficio, conceptos que hoy han sido rediseñados, afinados y perfeccionados con la ciencia y la tecnología:
“El reciente éxito de las doctrinas budistas o pseudobudistas se está traduciendo, dentro del ámbito académico, en ciertos resultados (o, mejor dicho, en ciertas aplicaciones) de la psicología positiva o de la economía de la felicidad. En teoría, estas dos disciplinas deberían ayudarnos a averiguar cómo vivir una vida más feliz. En la práctica, sin embargo, están contribuyendo a crear un escenario distópico [...] Lo hacen a través de una supervisión fiscalizadora de nuestras vidas y hasta del control sobre nuestras mentes. Crean un mundo que, desde luego, causa más bien infelicidad.”(Felice 2021, 227).
La idea de gestión en base a la felicidad de Bentham y su aplicación global se ha venido cumpliendo desde aquel sueño materializado en la realidad actual, esa que se consolido gracias a los esfuerzos de la Sociedad Mont Pelerin en 1947 fundada por Friedrich Hayek y otros representantes del liberalismo y diversos economistas ganadores del Premio nobel de economía36 que compartían el mismo horizonte.
La retórica y práctica no ética versan sobre medicalizar la vida en nombre de la felicidad neoliberal la cual, estigmatizando la infelicidad, su mecánica y práctica apuntan y señalan que el problema está en el individuo, por lo que debe emprender por sí mismo la
búsqueda de la felicidad dictada por un paternalismo científico, en una sociedad globalizada de hiperconsumo que le ofrece todo para serlo.
La infelicidad no subyace en las estructuras sociales, tampoco subyace en un sistema carente de ética, que asigna precio a la vida, reduciéndola a objeto o producto de compra o venta, ni en la depreciación de la dignidad humana y/o el valor intrínseco de la vida en general.
La ciencia de la felicidad por más de una década nos dice: la causa está en ti. El culpable eres tú. Una felicidad esculpida y diseñada para priorizar y perpetuar la autoexplotación y cosificación.
En fines de rédito se persiguen tendencias ilusorias y superficiales, lucra con la infelicidad, el dolor y el sufrimiento; busca la maximización y rendimiento de las capacidades humanas en nombre de la felicidad al precio de la vida, el respeto y la solidaridad hacía las personas, su dignidad, autonomía y libertad.
Hoy las sociedades capitalistas occidentales neoliberales han normalizado y mercantilizado la felicidad mediante el discurso científico que se postula como antídoto, cura y corrección para la infelicidad y todo aquello que parafraseando a Martin Seligman hace que “la vida no sea digna de ser vivida”.
Y es que, a partir de los datos expuestos en apartados anteriores, no parece haber un futuro alentador en lo que respecta a la felicidad de las personas pues esta valoración neoliberal de la felicidad como fin último para todo ser humano tiene otras intenciones pues:
[…] detrás de las promesas de autorrealización, crecimiento personal y mejora social, tanto en la teoría corno en la práctica, parecía comportarse más como el brazo académico de la ideología neoliberal y del capitalismo de consumo que como la ciencia neutral y objetiva sobre el bienestar humano que afirmaba ser. (Cabanas y Illouz 2021,18).
La crisis de salud mental pasa a expresarse con signos notables de infelicidad debido al alza de trastornos que tienen prevalencia global. Mientras que en las sociedades de décadas anteriores de moral más conservadora se remitía al manicomio a las mujeres que desafiaban el androcentrismo37 al criticar y rechazar el trato recibido por parte de sus maridos y otros hombres.
Incluso los niños de comportamiento inexplicablemente rebeldes también eran internados involuntariamente en manicomios donde la mayoría conocía la muerte.
Esto evidencia una moralización de lo que es saludable mentalmente para cada sociedad, esto varía dependiendo su concepto e interpretación del sentido o significado y el valor que se le da a la naturaleza o la vida, el propósito del ser humano a lo largo de la historia cambiante.
La salud mental está cargada de moralidad y es una concepción que normaliza ciertos modos de ser y comportamientos en un tiempo, espacio territorio y contexto determinado, donde se favorecen algunos valores en contraposición a otros, posicionándolos en lo más alto de la agenda y reprime o erradica o anula los contrarios.
Esto da respuestas que se ejecutan en base a su jerarquía de valores y prioridad de intereses, económicos y políticos, así se aprueban o prohíben conductas, por lo que su forma de responder puede ser también tomando decisiones que eluden los problemas anulando o erradicando a otros. (Buedo 2022, 63-74).
Se ha propiciado una respuesta científica con todo lo que implica. La ciencia conoce la felicidad en medida en que puede hacerla describirla, y diseñarla. Esta la hace en fines que fomenten el rédito, la diseña para la maximización de la productividad y utilidad con la vida de las personas, esto se refleja así desde sus remotos orígenes: “[…] el interés ha sido inseparable de una preocupación central por la riqueza como medida de progreso y fuente de realización individual“. (Frawley 2015, 18).
La idea en que se inspira la felicidad moderna proviene de la Ilustración. Actualmente esta idea perdura y se sigue explotando de la misma manera, pero con una evolución progresiva gracias a los descubrimientos médicos, biológicos, biotecnológicos, neuroéticos38 y científicos.
En el pasado el liberalismo producido en las trece colonias justificó la explotación y esclavización de seres humanos en beneficio del rédito, la comodidad y el progreso de Estados Unidos, pero en base a la esclavización de la población del continente africano, personas capturadas para servir a voluntad de sus esclavistas; desde su fundación la idea de felicidad global de corte positivista se ha manifestado en cosificación en beneficio del control y poder económico-político, la conservación del establishment del libre mercado:
“La realidad venció a la teoría, o mejor los intereses económicos a los derechos inalienables del hombre. La «búsqueda de la felicidad» que
proclamaba la Declaración fue entendida en un sentido puramente económico e interpretada como conservación y aumento del bienestar conseguido. Eso supuso una reacción contra todo cambio estructural en una sociedad en la que gran parte de su riqueza se basada en el trabajo de miles de seres humanos negros. Fue necesaria toda una guerra civil para, acabar con la terrible lacra, la cual, para muchos no dejaba de ser un tema ajeno a la revolución. La sociedad americana prefirió mantener su status a costa de la libertad de miles de negros africanos.“ (Aparisi 1990, 480).
En el ámbito clínico este antecedente también resulta evidente. La difusa frontera entre lo normal y lo patológico se vuelve aún más sospechosa cuando la categorización de ciertas condiciones como enfermedades se mezcla con prejuicios morales o intereses económicos. Un ejemplo cercano es un artículo de 1851 publicado en el New Orleans Medical and Surgical Journal, donde el Dr. Samuel Cartwright describió la “drapetomanía” como una supuesta enfermedad mental de los esclavos negros, esta se manifestaba en su inclinación de comportamiento a escapar de sus amos blancos (Hope, 2004, p. 75).
Más de un siglo después, en 1952, el DSM-I clasificaba a la homosexualidad como un trastorno mental, una estigmatización que fue simbólicamente eliminada hasta 1973 tras las críticas del movimiento por los derechos de los homosexuales y el cambio en el pensamiento moral de la época. La Clasificación Internacional de Enfermedades (CIE) de la OMS la mantuvo como diagnóstico hasta la década de 1990.
Esta categorización legitimó las “terapias de conversión sexual”, prácticas pseudocientíficas que pretendían modificar la orientación sexual y que, lejos de “curar” la homosexualidad, podían producir graves consecuencias en la salud mental, como depresión, ansiedad, consumo de drogas e incluso suicidio.
De hecho, situaciones como estas dieron origen en la década de 1960 a la antipsiquiatría, un movimiento crítico que sostenía que los tratamientos psiquiátricos resultaban con frecuencia más dañinos que benéficos y que los diagnósticos estaban basados en criterios altamente cuestionables. Vinculado a esta discusión sobre lo normal y lo patológico aparece también el problema de cómo se conceptualiza la condición del paciente en el campo de la psiquiatría y las psicoterapias.
La ciencia de la felicidad tiene origen y está cargada de valores occidentales cuyos antecedentes reflejan
el preservar y conservar la desigualdad, la injusticia y de producir la infelicidad; ha inspirado su búsqueda claramente hacia la riqueza por encima de la vida y el respeto por las personas. Es claro que existen conflictos de interés, sus valores fundacionales son profundamente utilitaristas y neoliberales. Más que nuestra felicidad y salud integral, logran perpetuar la desigualdad e injusticia, el acto de lucrar y producir, infelicidad, dolor y sufrimiento.
IV. CONCLUSIONES
El concepto dominante de felicidad, actualmente se asocia a lo bueno, lo placentero, lo deseable, lo aceptable, se está estableciendo que hay una serie de prácticas sociales, culturales, económicas y políticas que son mejor que otras, este concepto de felicidad va relacionado con un ideal de existencia humana que debe rendir en el trabajo, a su vez saludable y rica y, en consecuencia, será feliz. Como bien lo afirma Sara Ahmed (2019), la felicidad crea mundos e interpretaciones de los mismos cuando este se convierte en propósito fundamental -telos39-, pues se construye acorde a los valores históricos y sociales que predominan en determinada sociedad y su contexto moral. (Ahmed 2019, 39).
Este discurso del concepto de felicidad va relacionado a una visión cientificista de la felicidad, el cual va acompañado de una retórica que aparenta buenas intenciones, la mayoría de los defensores de la ciencia de la felicidad apelan que su carácter es neutral y se defienden de las críticas recibidas a través de una serie de justificaciones que abogan por caracterizar su trabajo en términos que son en fines del beneficio público y con neutralidad.
Posicionando así a todos aquellos que se declaren en su contra son acusados de no querer contribuir realmente a la felicidad del ser humano, esto implica dos cosas: 1) que se asuma que la felicidad postulada por esta ciencia es la más legítima y que en absoluto no hay ideas o caminos otras posibles. Y 2) que se fije que el único y mejor objetivo vital debe ser la felicidad de los individuos.
Esta ciencia considera la felicidad como objetivo último del ser humano trazando una meta única la felicidad, la cual se examina a partir del cuerpo y que tiene que ver con un desequilibrio neuroquímico, una felicidad que es una mercancía y cuyo valor se lo otorga el mercado que palia la necesidad y satisface la demanda del sector de la salud mental, por lo que
en realidad no es una ciencia tan objetiva y libre de intereses como predica. Claramente la ciencia de la felicidad es un imperativo tecnológico.
Pero ¿por qué la ciencia de la felicidad es un imperativo tecnocientífico? Esta ciencia establece que el bien, es la felicidad y se puede realizar con la ciencia y la técnica, este consiste en el hedonismo artificial predicado por medio del concepto de felicidad y bienestar, un común eslogan retórico para conseguir promover determinados estilos de vida, encaminados a lo efímero, el consumismo, la opulencia y la explotación cosificación de vida humana y la alteridad en general.
Estilos que no se pueden impulsar mediante los poderes legislativos, ejecutivos, judiciales, pero que igualmente se consideran socialmente deseables y aceptables o políticamente correctos. El concepto científico de felicidad actual se ha vuelto un imperativo, una expresión radical de antropocentrismo por esta razón es un tema que le compete a la bioética, además de ser un problema clásico de la ética y la moral, es hoy uno de relevancia científica y de investigación.
La bioética es una subdisciplina de la ética que delibera sobre nuestras relaciones con la naturaleza y todo lo vivo ponderando si estas son benéficas o perjudiciales, fundamentado con argumentos filosóficos, biológicos y jurídicos la justificación de una orientación ética sobre la toma de decisiones orientándose por el camino más prudente y responsable.
Es interdisciplinar abre la brecha trazando nuevos puentes entre la ciencia y la filosofía. La bioética puede dar respuestas a las complejas preguntas éticas y morales a los problemas que involucran las consecuencias de los desarrollos tecnocientíficos y su intervención sobre la naturaleza humana y toda la vida.
Es clave para regular nuestros comportamientos y expresiones en sociedades liberales en términos de laicidad y democracia (Capdevielle 2015a, 69-70; Capdevielle 2015b, IX- XIX). En las decisiones públicas que involucren la intervención tecnocientífica sobre la vida biológica y sus repercusiones en materia jurídica, médica, social, y de política pública: “[…] ya que la característica fundamental de la bioética es la superación del antropocentrismo […]”. (Rivero 2015, 216).
La bioética tiene una tendencia vitalista y extiende el círculo de las preocupaciones y consideraciones éticas más allá del ser humano o del ser puramente racional, ya que se expande hacia toda la vida del planeta reconociendo su valor intrínseco y procurando
responsabilidad, respeto y cuidado. La bioética busca la superación del dominio y la explotación puramente cosificadora e instrumental de la naturaleza basada en la ciencia y la técnica que procura el imperativo tecnológico para su explotación y manipulación, únicamente para el beneficio y la comodidad humana.
La transformación de la infelicidad en problema médico y político, impulsada por dispositivos tecnocientíficos y legitimada por la retórica del bienestar, constituye un fenómeno complejo con profundas implicaciones bioéticas. Este artículo ha argumentado que la llamada “ciencia de la felicidad” se articula como parte de una lógica neoliberal que impone una normatividad emocional sustentada en métricas, diagnósticos y tecnologías de la conducta.
El imperativo de ser feliz se manifiesta en medicalización, es decir control y poder sobre la naturaleza humana es una expresión de antropocentrismo, no sólo como deseo individual, sino como mandato institucionalizado. Prueba de ello es el crecimiento exponencial de políticas públicas orientadas al monitoreo del bienestar subjetivo. Según el World Happiness Report 2024, más de 150 países incorporan ya métricas de felicidad en sus sistemas estadísticos nacionales. Finlandia, por ejemplo, ha encabezado el ranking global de felicidad durante seis años consecutivos, mientras que países latinoamericanos como México se encuentran en posiciones intermedias, con una puntuación de 6.0 sobre 10 en indicadores de satisfacción vital.
Por otro lado, la Organización Mundial de la Salud estima que cerca de 970 millones de personas en el mundo padecen algún trastorno mental, con la depresión como una de las principales causas de discapacidad. Esta cifra ha aumentado significativamente tras la pandemia por COVID-19, lo que ha intensificado la demanda de intervenciones psicoemocionales, farmacológicas, el suicidio asociado a la depresión y ha reforzado la idea de que el sufrimiento y las expresiones de infelicidad son una patología que debe ser reprimida, estigmatizada y erradicada.
El análisis realizado permite concluir que:
• La felicidad, entendida como estado emocional positivo permanente, no puede constituirse en criterio normativo universal sin violentar la diversidad moral y la dignidad del sufrimiento humano.
• La medicalización de la infelicidad desplaza las causas estructurales del malestar social, reduciéndolo a un problema individual de ajuste emocional.
• Las políticas públicas y las tecnologías digitales del bienestar operan como formas de control simbólico, afectivo y político.
Desde la bioética crítica, se requiere una respuesta que supere el reduccionismo emocional y propicie una ética del cuidado, centrada en la escucha, la empatía y la deliberación sobre los fines del vivir. Reivindicar el derecho a estar tristes, a dolerse, a disentir y a experimentar la vida más allá de la lógica de la eficiencia emocional es, hoy más que nunca, un acto bioético radical.
Esta tarea implica también devolver a la filosofía, a las humanidades y a la deliberación pública un lugar central en la comprensión de la salud integral, no del bienestar y felicidad neoliberal. Porque la salud no puede reducirse a una emoción positiva ni la dignidad a una gráfica ascendente de satisfacción o estándares impuestos. En tiempos de algoritmos, tecnociencias y biotecnologías de felicidad, resistir es también pensar el sufrimiento como parte legítima de la condición humana y su valor intrínseco.
El concepto actual de felicidad suele asociarse con lo deseable y aceptable, promoviendo ciertas prácticas sociales y económicas como superiores. Según Sara Ahmed (2019), la felicidad se convierte en un propósito fundamental creado por valores históricos y sociales. Victoria Camps (2019) sostiene que felicidad y productividad se retroalimentan: ser feliz implica trabajar mejor y, gracias al bienestar, se busca prosperidad económica.
Esta visión enfatiza una ciencia de la felicidad que se presenta como neutral y de beneficio público, pero cualquier crítica a ella se interpreta como oposición al bienestar humano, asumiendo su versión de la felicidad como la única legítima. Por ello, es crucial analizar esta ciencia desde una perspectiva bioética para determinar si promueve la autonomía y dignidad o genera consecuencias negativas.
La ciencia de la felicidad plantea este estado como meta última, vinculándolo a balances neuroquímicos y a su valor de mercado en salud mental, lo que puede lucrar con la infelicidad más que procurar el cuidado. Así, ofrece una interpretación funcional al capitalismo, tratando a la vida como mercancía y mostrando su falta de objetividad.
La ciencia de la felicidad es vista como un imperativo tecnocientífico: identifica el bien con la felicidad alcanzable mediante ciencia y técnica, fomentando estilos de vida efímeros y consumistas. Aunque no se imponen vía legislación, estos modelos son socialmente
aceptados e influyen en políticas públicas.
La bioética, como disciplina que reflexiona sobre nuestra relación con la naturaleza, busca ponderar las consecuencias éticas y responsables del avance tecnocientífico. Su enfoque vitalista amplía la preocupación ética más allá de lo humano, reconociendo el valor intrínseco de toda vida y promoviendo responsabilidad y respeto.
La transformación del sufrimiento en problema médico y político, legitimada por la retórica de bienestar, tiene profundas implicaciones bioéticas.
En síntesis:
• Definir la felicidad como estado emocional positivo permanente no puede ser criterio universal sin menoscabar la diversidad moral y la dignidad humana.
• Medicalizar la infelicidad oculta causas sociales estructurales y la reduce a un problema individual.
• Políticas y tecnologías del bienestar pueden funcionar como formas de control simbólico y político.
• La bioética crítica debe proponer una ética del cuidado basada en comprensión, empatía y deliberación. Reivindicar el derecho al sufrimiento y la reflexión pública sobre la salud integral son tareas fundamentales frente a la lógica neoliberal de la felicidad. Resistir implica reconocer el valor del sufrimiento como parte de la experiencia humana.
Referencias
1. Filósofa y académica emérita de la UNAM, es una de las pioneras de la bioética en México. Su reflexión ha buscado integrar la ética con la biología, sosteniendo que la bioética no puede quedar atrapada en un humanismo cerrado, sino que debe abrirse a una ética de la vida en su conjunto. En este sentido, cuestiona la visión antropocéntrica clásica y propone un horizonte ético que reconozca la interdependencia entre humanidad y naturaleza.
2. Es filósofa mexicana, especialista en ética y bioética, así como directora del Programa Universitario de Bioética de la UNAM. Su trabajo ha problematizado los límites del antropocentrismo en la tradición occidental y ha defendido la necesidad de reconocer la dignidad de lo no humano, cuestionando los discursos que reducen la naturaleza a mero recurso para la vida humana.
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5. El término establishment se refiere a las estructuras dominantes de poder dentro de una sociedad, particularmente a las élites que detentan el control político, económico, cultural y/o mediático. En este sentido, el establishment no es solo una institución, sino un entramado de actores (gobiernos, grandes corporaciones, medios de comunicación, partidos tradicionales, grupos financieros, etc.) que defienden el statu quo y se benefician de él. También puede incluir normas, discursos y valores dominantes que perpetúan su hegemonía.
6. El transhumanismo, promovido por pensadores occidentales en su mayoría anglosajones como Nick Bostrom, Ray Kurzweil, Aubrey de Grey y Max More, aboga por el uso de la tecnología para superar las limitaciones biológicas humanas, mejorando la calidad de vida y fomentando la felicidad. Este movimiento se basa en la premisa de que la ciencia, especialmente en áreas como la biotecnología y la inteligencia artificial, puede eliminar el envejecimiento, las enfermedades y las discapacidades, contribuyendo a una vida más longeva y plena. Una de las obras más influyentes sobre este tema es The Singularity is Near de Kurzweil (2005), que predice que la inteligencia artificial superará a la humana en un futuro cercano, lo que tendrá profundas implicaciones para el bienestar humano.
7. El concepto de sociedad paliativa se refiere a un modelo social que busca suprimir el dolor, el malestar o el conflicto mediante soluciones rápidas y superficiales —como medicamentos, terapias express o discursos de autoayuda— sin abordar las causas estructurales del sufrimiento. Esta noción crítica, desarrollada por filósofos como Byung-Chul Han, denuncia cómo las sociedades contemporáneas tienden a evitar la negatividad y a medicalizar la vida emocional, favoreciendo el confort inmediato sobre la transformación profunda.
8. El concepto de enhancement hace referencia al mejoramiento de las capacidades humanas a través del uso de tecnologías avanzadas, con el objetivo de trascender las limitaciones biológicas naturales y explica muy bien el fenómeno actual de la felicidad porque estas mejoras pueden ser físicas, cognitivas, emocionales o incluso morales. Juengst, Eric and Daniel Moseley, “Human Enhancement”, The Stanford Encyclopedia of Philosophy (Spring 2025 Edition), Edward N. Zalta & Uri Nodelman (eds.), URL = https://plato.stanford.edu/archives/spr2025/entries/enhancement/
9. El transhumanismo, promovido por pensadores occidentales en su mayoría anglosajones como Nick Bostrom, Ray Kurzweil, Aubrey de Grey y Max More, aboga por el uso de la tecnología para superar las limitaciones biológicas humanas, mejorando la calidad de vida y fomentando la felicidad. Este movimiento se basa en la premisa de que la ciencia, especialmente en áreas como la biotecnología y la inteligencia artificial, puede eliminar el envejecimiento, las enfermedades y las discapacidades, contribuyendo a una vida más longeva y plena. Una de las obras más influyentes sobre este tema es The Singularity is Near de Kurzweil (2005), que predice que la inteligencia artificial superará a la humana en un futuro cercano, lo que tendrá profundas implicaciones para el bienestar humano.
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11. La Sociedad Mont Pelerin se fundó con el objetivo de contrarrestar las tendencias colectivistas y totalitarias que se habían fortalecido durante la primera mitad del siglo XX. Los miembros de la sociedad creían que la libertad económica y política eran esenciales para el progreso humano y que el intervencionismo estatal debía ser limitado para permitir que los individuos pudieran actuar libremente en el mercado.
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20. Es un fenómeno que se refiere a la tendencia de tratar aspectos de la vida cotidiana y problemas sociales como si fueran cuestiones médicas. Esto implica que situaciones que antes se consideraban normales o parte de la experiencia humana, ahora se ven como condiciones que requieren intervención médica o tratamiento.
21. El imperativo tecnológico es un concepto que hace referencia a la presión social y cultural que impulsa el desarrollo y la adopción de nuevas tecnologías, a menudo sin un examen crítico de sus implicaciones éticas, sociales o ambientales. En la sociedad contemporánea, existe una tendencia a asumir que el progreso tecnológico es inherentemente beneficioso y que debe ser buscado y adoptado sin cuestionamiento crítico.
22. Una de las obras más influyentes sobre este tema es The Singularity is Near de Kurzweil (2005), que predice que la inteligencia artificial superará a la humana en un futuro cercano, lo que tendrá profundas implicaciones para el bienestar humano.
23. El corto Happiness de Steve Cutts representa de forma satírica la medicalización de la infelicidad al mostrar a individuos que, atrapados en la rutina consumista, recurren a pastillas y estímulos artificiales como única vía para alcanzar un placer efímero. Su formato audiovisual potencia esta crítica al combinar estética distópica y narrativa simbólica sin diálogo, facilitando la reflexión sobre los dispositivos sociales que patologizan el malestar.Cutts, Steve. “Happiness | Steve Cutts.” YouTube video, 8:21. Publicado el 15 de marzo de 2018. Videoclip animado. YouTube. Accedido el 19 de julio de 2025. https:// www.youtube.com/watch?v=e9dZQelULDk.
24 ¿El crecimiento económico mejora la suerte de la humanidad? Algunas pruebas empíricas. Traducción propia. Easterlin, Richard A., 1974. “Does Economic Growth Improve the Human Lot? Some Empirical Evidence,” MPRA Paper 111773, University Library of Munich, Germany. https://mpra.ub.unimuenchen.de/111773/
25. Martin Seligman es un relevante psicólogo y escritor de origen estadounidense. Es conocido por sus experimentos sobre la indefensión aprendida, la depresión y más recientemente la felicidad. Se le conoce por su notable investigación e influencia en el campo que funda: la psicología positiva. Es el fundador del Proyecto Manhattan de las ciencias sociales, y cuyo nombre él es dado a un programa de investigación y desarrollo militar que condujo a la creación de las primeras bombas atómicas durante la Segunda Guerra Mundial. Fue realizado por los EE.UU. con el apoyo del Reino Unido y Canadá.
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28. Organización Panamericana de la Salud. Informe mundial sobre la salud mental: Transformar la salud mental para todos. 2023. Washington, D.C.: OPS. https://doi.org/10.37774/9789275327715.
29. Organización Panamericana de la Salud. Informe mundial sobre la salud mental: Transformar la salud mental para todos. 2023. Washington, D.C.: OPS. https://doi.org/10.37774/9789275327715.
30. Desde su raíz etimológica , “crisis” proviene del griego antiguo (krísis), que significa “separación, decisión, juicio” o “punto de cambio”.Deriva del verbo (krínō), que significa “separar, juzgar, decidir”. Originalmente, en contextos médicos de la antigua Grecia (como en Hipócrates), una crisis era el momento crítico en el curso de una enfermedad en el que el paciente mejoraba o empeoraba definitivamente.
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32. El biocentrismo es una teoría moral que considera que todos los seres vivos tienen el mismo valor y derecho a vivir, independientemente de su especie, complejidad o características.
33. La yatrogenia es un fenómeno social de la clase médica existe desde los tiempos de Hipócrates. Es el daño producido por un medicamento, procedimiento médico o quirúrgico, pero que el médico administra o realiza.
34. Este documento busca regular prácticas en salud y ciencia que puedan afectar los derechos humanos, la autonomía y la dignidad. Establece principios para evitar el uso desproporcionado de la medicina en situaciones en las que se puedan generar efectos adversos para la libertad de las personas, incluyendo su autonomía en el manejo de su salud. Los principios de consentimiento informado, autonomía, responsabilidad social y no discriminación actúan como guías para evitar prácticas que podrían derivar en medicalización excesiva. UNESCO. 2005. La Declaración Universal sobre Bioética y Derechos Humanos https://unesdoc. unesco.org/ark:/48223/pf0000146180_spa
35. Este concepto lo define la Dra. Mónica Cragnolini (UBA) especialista en Nietzsche. Se encuentra en el Diccionario Latinoamericano de Bioética como: “un modo de ser (“otro modo que ser”) previo a toda constitución de subjetividad: “somos” comunidad, y en este sentido el otro ya está presente en toda supuesta mismidad. En este sentido, el otro “en tanto otro” resulta preservado en su radical alteridad: inapropiable e irreductible a la propia mismidad”, véase en la p. 22.
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37. El androcentrismo es una perspectiva que sitúa al hombre como centro y medida de todas las cosas, considerando lo masculino como la representación universal de la humanidad y, en consecuencia, invisibilizando o subordinando lo femenino. Este enfoque se manifiesta en diversas áreas del conocimiento y la sociedad, perpetuando una visión parcial y sesgada que afecta la construcción del saber y las dinámicas sociales.
38. Roskies, A. 2021. “Neuroethics”, The Stanford Encyclopedia of Philosophy, https://plato.stanford.edu/archives/spr2021/entries/neuroethics/
39. Telos es un término griego que significa “fin” o “propósito”. En filosofía, especialmente en la tradición aristotélica, se refiere al objetivo o finalidad inherente a un ente o acción.
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