Anorexia y bulimia en la adolescencia: un llamado urgente desde la consulta
pediátrica
María Paula Rengifo Mosquera1
Angie Cárdenas2
INTRODUCCIÓN
Los trastornos de la conducta alimentaria (TCA) constituyen un grupo de enfermedades mentales graves que afectan profundamente la relación de los individuos con la comida, el cuerpo y la salud en general. Se caracterizan por patrones persistentes de alimentación restrictiva o excesiva, frecuentemente acompañados de comportamientos nocivos como el vómito autoinducido, el uso inapropiado de laxantes o el ejercicio físico extremo. Más allá de su impacto nutricional, los TCA generan consecuencias físicas, emocionales y sociales significativas. Alteran la percepción corporal, deterioran el bienestar psicológico y comprometen el funcionamiento cotidiano de quienes los padecen. En la población pediátrica, especialmente adolescente, estas alteraciones representan un desafío diagnóstico y terapéutico, debido a su complejidad clínica y a los múltiples factores biológicos, psicológicos y socioculturales que intervienen en su desarrollo.
EPIDEMIOLOGÍA
Los TCA afectan entre el 6% y el 13% de los adolescentes, siendo una causa frecuente de morbimortalidad en esta población. A pesar de su prevalencia, se estima que hasta el 50% de los casos no se diagnostican antes de la adultez, lo que retrasa la intervención oportuna y agrava las complicaciones físicas y psicológicas. En un estudio multicéntrico canadiense, que incluyó niños y adolescentes de 5 a 17 años atendidos por TCA entre 2002 y 2020, se encontró que el 45,2% de los casos correspondían a anorexia nerviosa (AN) y el 11,8% a bulimia nerviosa (BN), con una predominancia marcada en mujeres (91,4%) y una mediana de edad de 15 años. Durante los 18 años de seguimiento, las tasas de hospitalización por TCA aumentaron un 139%, lo que reflejó una tendencia creciente y preocupante.
En cuanto a mortalidad, la AN presenta una tasa cercana al 5%, siendo la más alta entre
1. Residente de Pediatría, Universidad Libre, Seccional Cali, Colombia.
2. Pediatra. Docente de Posgrados Facultad de Salud, Universidad Libre Seccional Cali, Colombia. Hospital Infantil Los Ángeles, Pasto.
todas las enfermedades psiquiátricas. Aunque la BN tiene una tasa de mortalidad menor, se asocia con un riesgo elevado de suicidio e intentos de suicidio a lo largo de la vida. Además, eventos recientes como la pandemia por COVID-19 han exacerbado esta problemática: para finales de 2020 se reportó un aumento relativo del 66% en las visitas a urgencias y del 37% en las hospitalizaciones por TCA, y para finales de 2021 este incremento alcanzó el 123% en comparación con el promedio de los tres años previos a la pandemia. Por otro lado, en la población transgénero se ha documentado una prevalencia especialmente elevada, con síntomas asociados a anorexia presentes en el 23,9% y a bulimia en el 0,9% de los casos.
ANOREXIA
Según los criterios diagnósticos del Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales, quinta edición (DSM-5-TR), la AN se caracteriza por la presencia de tres elementos fundamentales.
En primer lugar, existe una restricción persistente de la ingesta energética en relación con las necesidades del individuo, lo que conduce a un peso corporal significativamente bajo considerando la edad, el sexo, el desarrollo y la salud física. En la población pediátrica, esta condición puede manifestarse no solo como una pérdida de peso evidente, sino también como una incapacidad para ganar el peso esperado o mantener un patrón de crecimiento acorde con la estatura. Si bien los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC) sugieren un índice de masa corporal (IMC) por debajo del percentil 5 como indicador de peso insuficiente, algunos pacientes pueden tener un IMC mayor y aun así presentar un peso significativamente bajo si han interrumpido su crecimiento esperado.
El segundo criterio diagnóstico es la presencia de un miedo intenso a ganar peso o engordar,
o la adopción de conductas persistentes que interfieren con el aumento de peso, a pesar de que el peso ya sea peligrosamente bajo. Esta preocupación no suele aliviarse con la pérdida de peso; al contrario, puede intensificarse.
El tercer componente es una alteración en la percepción del propio peso o figura corporal, una influencia desproporcionada del peso en la autoevaluación personal, o la falta persistente de reconocimiento sobre la gravedad del estado de delgadez. Los pacientes pueden sentirse con sobrepeso incluso cuando están visiblemente por debajo del peso esperado, o identificar como “gordas” zonas específicas del cuerpo, como el abdomen, los muslos o las caderas. También pueden realizar conductas obsesivas como pesarse repetidamente, medirse partes del cuerpo o usar el espejo de forma compulsiva para evaluar la grasa corporal. En este contexto, la pérdida de peso puede interpretarse erróneamente como un logro personal o señal de autocontrol, mientras que el aumento de peso se percibe como un fracaso inaceptable.
Clínicamente, se pueden diferenciar dos tipos de anorexia:
• Atracones/purgas: vómito autoprovocado o utilización incorrecta de laxantes, diuréticos o enemas
• Restrictivo: la pérdida de peso es debida sobre todo a la dieta, el ayuno y el ejercicio excesivo.
BULIMIA
La BN es un TCA caracterizado por episodios recurrentes de atracones, seguidos de conductas compensatorias inapropiadas para evitar el aumento de peso. Los atracones implican la ingesta, en un periodo determinado (por ejemplo, dentro de dos horas), de una cantidad de alimentos claramente superior a la que la mayoría de las personas consumiría en condiciones similares. Durante estos episodios, la persona experimenta una sensación de pérdida
de control sobre lo que come, sintiendo que no puede detenerse ni controlar la cantidad ingerida. Estos episodios suelen ocurrir en secreto y se prolongan hasta que el individuo experimenta una sensación de llenura incómoda o dolorosa.
Después del atracón, la persona recurre a comportamientos compensatorios inadecuados como el vómito autoinducido, el uso indebido de laxantes, diuréticos u otros fármacos, el ayuno o el ejercicio excesivo. El vómito es la estrategia compensatoria más frecuente, ya que genera una sensación inmediata de alivio físico y disminuye temporalmente el miedo a ganar peso.
Para cumplir los criterios diagnósticos, los episodios de atracones y las conductas compensatorias deben producirse al menos una vez por semana durante un período mínimo de tres meses. Además, la autoevaluación del individuo está excesivamente influida por su peso y constitución corporal, y el trastorno no debe ocurrir exclusivamente durante episodios de AN.
El DSM-5-TR clasifica la gravedad de la BN según la frecuencia semanal de los comportamientos compensatorios: leve (1-3 episodios), moderada (4-7), grave (8-13) y extremo (14 o más). Esta clasificación permite orientar el abordaje terapéutico y evaluar la progresión de la enfermedad.
PRESENTACIÓN CLÍNICA
La presentación clínica de los TCA puede ser variable, pero frecuentemente incluye patrones evidentes de restricción en la ingesta de alimentos. Las personas afectadas suelen evitar grupos enteros de alimentos o restringen significativamente las calorías. También es común que rechacen consumir alimentos que antes disfrutaban y eviten compartir comidas con familiares o amigos, lo que limita su espontaneidad
social. Muchas veces, se observa una práctica de ejercicio físico excesivo, realizado de forma rígida, así como el uso inadecuado de laxantes, diuréticos o enemas como mecanismos para controlar el peso.
En el plano emocional, estos trastornos frecuentemente coexisten con síntomas depresivos, lo que agrava la alteración del estado de ánimo y del funcionamiento general. El inicio de la enfermedad suele estar relacionado con eventos vitales estresantes, lo cual puede explicar que la adolescencia sea una etapa crítica, dado que en ella se presentan múltiples cambios físicos, emocionales y sociales, así como una mayor vulnerabilidad psicológica.
Una característica particular de la BN es que los pacientes, a diferencia de quienes padecen AN, suelen tener un peso corporal dentro del rango normal o incluso presentar sobrepeso. Es importante reconocer que en algunos casos puede haber cambios en el diagnóstico con el tiempo: cerca del 10% al 15% de los pacientes con bulimia pueden evolucionar a un cuadro de AN, aunque con frecuencia regresan al diagnóstico previo o alternan entre distintos tipos de TCA. También existe un subgrupo que continúa con los episodios de atracones, pero abandona las conductas compensatorias, cumpliendo criterios diagnósticos para el trastorno por atracones o algún otro trastorno alimentario especificado. Por esta razón, el diagnóstico debe basarse siempre en la presentación clínica más reciente, idealmente evaluando los síntomas de los últimos tres meses ( Tabla 1).
SOSPECHA Y DETECCIÓN PRECOZ
La detección temprana de los TCA requiere un alto índice de sospecha clínica. Comentarios por parte de padres o cuidadores como “pierde peso sin razón”, “está haciendo dietas”, “solo usa esa ropa ancha porque dice que está gordo/a”
Tabla 1. Diferencias clínicas entre AN y BN
Característica Anorexia nerviosa (AN)
Peso corporal
Significativamente bajo para la edad y el desarrollo (aunque puede existir peso normal en formas atípicas)
Conducta principal Restricción calórica grave ± purgas
Percepción corporal Distorsión marcada de la imagen corporal
Miedo a ganar peso Intenso y persistente
Control alimentario Rígido, restrictivo
Hallazgos físicos predominantes
Alteraciones metabólicas típicas
Caquexia, amenorrea, bradicardia, hipotermia
Hipoglucemia, alteraciones hormonales, posible acidosis
Mortalidad Mayor tasa de mortalidad entre los TCA
Reconocimiento del problema Frecuente negación de la gravedad
Elaboración propia.
o “come bien en casa, pero no engorda”, deben alertar al pediatra sobre la posible presencia de un TCA. Estos signos verbales y conductuales, especialmente durante la adolescencia, deben motivar una exploración activa del estado nutricional, la imagen corporal y los hábitos alimentarios del paciente.
Existen herramientas validadas que facilitan el tamizaje y permiten detectar tempranamente actitudes o conductas de riesgo. Entre las más utilizadas a nivel mundial se encuentra el EAT-26 (Eating Attitudes Test), un cuestionario clásico y ampliamente validado que explora conductas y pensamientos relacionados con la alimentación, el peso y la imagen corporal; consta de 26 ítems y su aplicación puede tomar entre 10 y 15 minutos. Para la población pediátrica más joven, existe una versión adaptada conocida como ChEAT (Children’s Eating Attitudes Test),
Bulimia nerviosa (BN)
Generalmente dentro del rango normal o sobrepeso
Atracones recurrentes seguidos de conductas compensatorias
Insatisfacción corporal significativa, sin necesariamente distorsión extrema
Intenso, asociado a episodios de pérdida de control
Ciclos de pérdida de control (atracón) y compensación
Signo de Russell, hipertrofia parotídea, erosión dental
Hipopotasemia, alcalosis metabólica
Menor que AN, pero alto riesgo de suicidio
Mayor conciencia del problema y sentimiento de culpa
diseñada para niños entre 8 y 13 años, con un lenguaje más accesible y ajustado a su nivel de desarrollo.
Como alternativa breve y útil en contextos de consulta con tiempo limitado, se encuentra el SCOFF (Sick, Control, One Stone, Fat, Food ), una herramienta compuesta por solo cinco preguntas clave que ayudan a identificar conductas alimentarias sospechosas. A cada respuesta afirmativa se asigna un punto; dos o más puntos indican un caso probable de anorexia o bulimia ( Tabla 2).
Aunque no reemplaza una evaluación diagnóstica completa, el cuestionario SCOFF permite una aproximación ágil y efectiva que puede orientar la necesidad de una valoración más profunda. La detección precoz es crucial para evitar complicaciones y mejorar el pronóstico de
Sick ¿Te provocas el vómito?, ¿te enfermas porque te sientes incómodamente lleno?
Control ¿Te preocupa o pierdes el control al comer?
One Stone ¿Has perdido más de 6 kg en 3 meses?
Fat ¿Crees que estás gordo/a aunque te digan que no lo estás?
Food ¿La comida domina tu vida?
Elaboración propia.
estas enfermedades, por lo que su uso debería ser considerado en consultas de rutina cuando existan factores de riesgo o señales de alarma.
ABORDAJE
Ante la sospecha de un TCA, es fundamental realizar una historia clínica detallada y estructurada. Para facilitar una evaluación integral, se sugiere organizar el interrogatorio en cinco ejes principales:
1. Historia del peso: es clave identificar el peso actual, los cambios recientes, el tiempo en que ocurrieron, el peso deseado y la percepción del peso saludable. Estas preguntas permiten dimensionar la magnitud del problema y la distorsión de la imagen corporal.
2. Hábitos alimentarios y actividad física: se debe explorar en profundidad el patrón de alimentación (tipo de alimentos, porciones, frecuencia, líquidos), restricciones voluntarias, conductas de dieta extrema, atracones, uso de productos como laxantes o diuréticos, y niveles de ejercicio físico (frecuencia, duración, intensidad y motivación).
3. Estado de salud actual y síntomas: es importante revisar los antecedentes médicos recientes, y síntomas como fatiga, intolerancia al frío, alteraciones dermatológicas, síntomas gastrointestinales, cardiovasculares y el estado del ciclo menstrual, los cuales pueden indicar complicaciones médicas secundarias al trastorno.
4. Antecedentes personales y familiares: se deben indagar patologías médicas (como enfermedades tiroideas, obesidad o diabetes) y antecedentes psiquiátricos en el paciente y su entorno (depresión, ansiedad, trastornos obsesivo-compulsivos o alimentarios).
5. Prácticas y factores de riesgo asociados: es importante preguntar sobre el consumo de sustancias (alcohol, cigarrillo, drogas), el uso de anabólicos o estimulantes, la participación en comunidades digitales que promuevan conductas de riesgo y los antecedentes de abuso físico o sexual.
Este abordaje estructurado favorece la identificación temprana, el diagnóstico preciso y la planificación de un tratamiento adecuado y personalizado.
HALLAZGOS ESPECÍFICOS
La exploración física en los TCA puede revelar manifestaciones multisistémicas, resultado tanto de la desnutrición como de las conductas compensatorias. Existen hallazgos comunes en ambos trastornos, así como signos específicos de la AN o la BN.
Hallazgos comunes
• Bradicardia: es uno de los signos más frecuentes, con ocasional prolongación del intervalo QTc, aunque raramente se detectan arritmias.
• Cambios ortostáticos: aumento del pulso >20 lpm o disminución de la presión arterial >10 mm Hg al cambiar de posición.
• Hipotermia y signos de deshidratación, tanto por restricción de líquidos como por vómito excesivo.
• Alteraciones en piel y faneras: piel seca, coloración cetrina, cabello opaco, alopecia, uñas frágiles.
• Dolor óseo o lesiones musculares: relacionadas con osteopenia y disminución de la densidad mineral ósea.
• Extremidades frías y pálidas, así como un afecto plano o ansioso.
Hallazgos específicos en anorexia nerviosa
• Caquexia, emaciación y atrofia facial.
• Alteraciones hormonales con impacto en el desarrollo puberal: mamas atróficas, amenorrea y retraso en los caracteres sexuales secundarios.
• Edema periférico, especialmente en fases de recuperación nutricional o tras suspensión de diuréticos/laxantes.
• Laboratorios característicos:
- Pancitopenia
- Elevación de nitrógeno ureico y transaminasas por deshidratación.
- Acidosis metabólica, secundaria a diarrea, deshidratación o abuso de diuréticos.
- Alteraciones endocrinas: descenso de hormonas tiroideas, estrógenos y testosterona.
Hallazgos específicos en bulimia nerviosa
• Sialoadenitis (hipertrofia de parótidas), ocasionalmente con elevación de amilasa salival.
• Estomatitis angular, úlceras orales y rasguños palatinos.
• Erosión dental progresiva.
• Signo de Russell: lesiones en los nudillos por inducirse el vómito con los dedos (Figura 1).
• Alteraciones hidroelectrolíticas: hipopotasemia, hipocloremia, hiponatremia.
• Alcalosis metabólica: consecuencia de la pérdida de ácido gástrico por vómitos.
Es importante recordar que algunas manifestaciones típicas de la bulimia pueden encontrarse también en pacientes con AN que recurren al vómito inducido como método compensatorio.
COMPLICACIONES
Los TCA pueden afectar prácticamente todos los sistemas del organismo, por lo que su detección y manejo temprano son fundamentales para prevenir complicaciones graves y potencialmente irreversibles.
• Cardiovasculares: puede presentarse bradicardia, hipotensión y trastornos del ritmo cardí aco. La desnutrición sostenida genera disminución de la masa cardíaca, disfunción sistólica, hipovolemia y alteración del control autonómico. Los pacientes con purgas crónicas tienen un mayor riesgo de miocardiopatía, prolapso de válvula mitral y derrame pericárdico.
• Gastrointestinales: son frecuentes la esofagitis, el reflujo gastroesofágico, la hematemesis, la gastritis, la distensión abdominal, el vaciamiento gástrico retardado y el estreñimiento crónico.
• Renales: alteraciones electrolíticas e insuficiencia renal secundaria a deshidratación grave.
• Pulmonares: la inanición afecta la musculatura respiratoria, incluyendo el diafragma, disminuyendo la eficacia ventilatoria.
• Hematológicas: anemia, leucocitopenia, linfocitopenia y riesgo de pancitopenia en casos graves, así como disminución de inmunoglobulinas, aunque sin evidencia clara de mayor susceptibilidad a infecciones.
• Neurológicas: deterioro en el desarrollo estructural y funcional cerebral, con afectación de la memoria, la atención y la flexibilidad
Figura 1. Signo de Russell. Adaptado de: Benítez-Vidal L, et al. Rev Esp Cien Farm. 2022;3(1):25-36.

cognitiva. También pueden presentarse neuropatías por deficiencia de vitaminas del complejo B.
• Endocrinológicas: se observa hipogonadismo hipogonadotrópico, que impacta la fertilidad, la libido y contribuye a la amenorrea. La activación del eje genera hipercortisolismo, alterando el metabolismo y favoreciendo la aparición de hipoglucemia. También se presenta hipotiroidismo funcional (síndrome eutiroideo), con manifestaciones de bradicardia, hipotermia y piel seca. A pesar del aumento de la hormona de crecimiento, los niveles de IGF-1 están disminuidos, lo que compromete el crecimiento. La leptina disminuye como consecuencia de la pérdida de tejido adiposo, exacerbando las alteraciones hormonales y óseas, mientras que la ghrelina y la ADH se elevan como respuesta compensatoria.
• Óseas: es una de las complicaciones más frecuentes y relevantes. La disminución
de estrógenos, el aumento de cortisol y la deficiencia de IGF-1 afectan directamente la densidad mineral ósea, incrementando el riesgo de osteoporosis y fracturas por fragilidad, especialmente en vértebras, radio y fémur proximal.
Adicionalmente, se debe tener en cuenta que, en la esfera psiquiátrica, es común la presencia de comorbilidades como depresión, ansiedad, trastornos obsesivo-compulsivos, trastornos de personalidad, abuso de sustancias y conductas autolesivas, las cuales pueden preceder, coexistir o persistir tras la recuperación del TCA.
ENFOQUE TERAPÉUTICO MULTIDISCIPLINARIO
El tratamiento de los TCA se basa en cuatro objetivos fundamentales: recuperar el estado nutricional, restaurar el funcionamiento físico,
rehabilitar la salud mental y prevenir recaídas. Para lograrlo, se requiere un enfoque multidisciplinario en el que cada profesional desempeña un papel esencial (Figura 2).
• El pediatra es quien realiza la detección inicial y debe liderar el proceso terapéutico, coordinando el equipo, vigilando el estado físico del paciente y detectando posibles complicaciones.
• El psiquiatra y el psicólogo infantil se encargan del diagnóstico y manejo de la salud mental, mediante intervenciones terapéuticas especializadas.
• El nutricionista clínico aporta a la reeducación alimentaria, proponiendo pautas seguras y progresivas.
• En algunos casos, se requiere el acompañamiento de endocrinología para el seguimiento de alteraciones hormonales y del desarrollo puberal.
• El personal de enfermería especializada brinda apoyo en el proceso de hospitalización, monitoreo constante y educación al paciente y su familia.
• Finalmente, el trabajo social y la terapia familiar intervienen en dinámicas familiares y brindan soporte psicosocial, crucial para el abordaje integral.
Las guías más recientes, publicadas en 2025 por consenso entre múltiples sociedades científicas estadounidenses, enfatizan que el tratamiento debe ofrecerse en el entorno menos restrictivo que permita una atención segura y eficaz. Así, el manejo ambulatorio supervisado se establece como la primera línea en la mayoría de los casos, reservando el manejo intensivo ambulatorio u hospitalario para situaciones de mayor complejidad.
Uno de los pilares del tratamiento es la rehabilitación nutricional, que busca restaurar progresivamente el peso corporal mediante la normalización de los hábitos alimentarios y la individualización de metas dietéticas. En cuanto a las intervenciones psicológicas, aunque la terapia cognitivo-conductual (TCC) ha sido históricamente el abordaje de elección, en la
Figura 2. Esquema del abordaje multidisciplinario en trastornos de la conducta alimentaria en niños y adolescentes. El pediatra lidera la coordinación del equipo, integrando la rehabilitación nutricional, el abordaje psicoterapéutico y el manejo de complicaciones médicas y psicosociales Elaboración propia.
Psiquiatría/Psicología
Paciente con TCA
Trabajo social y escuela
Objetivos terapéuticos centrales:
- Restaurar el estado nutricional
- Recuperar el funcionamiento físico
- Rehabilitar la salud mental
- Prevenir recaídas |
población pediátrica se ha consolidado la terapia basada en la familia (TBF) como la estrategia con mayor respaldo científico. Este enfoque se aleja de la búsqueda de culpables y centra su atención en empoderar a los cuidadores como agentes activos de recuperación, guiándolos por fases que incluyen la recuperación física, la restitución del control progresivo de la alimentación por parte del paciente y la prevención de recaídas. Estudios han mostrado que entre el 50% y el 60% de los pacientes logran la remisión completa en periodos de 6 a 12 meses bajo este modelo.
El tratamiento de las comorbilidades psiquiátricas debe iniciarse de forma paralela, y es recomendable mantener un acompañamiento continuo posterior a la remisión para evitar recaídas.
En cuanto al uso de fármacos, en la AN no se ha demostrado que los antidepresivos o antipsicóticos sean superiores al placebo para el aumento de peso o la mejoría de los síntomas, por lo cual no se consideran de primera línea, aunque pueden utilizarse en casos seleccionados de ansiedad, rigidez cognitiva o comorbilidades psiquiátricas. En la BN, por el contrario, hay evidencia sólida sobre el uso de antidepresivos, en particular la fluoxetina, que ha demostrado eficacia en la reducción de los episodios de atracones y purgas, siendo la única aprobada por la Administración de Alimentos y Medicamentos (FDA) para este fin en adultos, con resultados prometedores también en adolescentes.
BARRERAS Y ESTIGMAS
A pesar de la gravedad de los TCA, persisten múltiples barreras que dificultan su detección y abordaje oportuno. La primera es el estigma social y familiar, que muchas veces lleva a frases como: “eso no pasa aquí”, o a culpabilizar a los
cuidadores, especialmente a la madre, quien por temor o vergüenza puede minimizar o negar la situación. Este fenómeno se ve agravado por la falta de formación del personal de salud, la escasa disponibilidad de centros especializados y el tiempo limitado en la consulta pediátrica, lo que impide una evaluación adecuada.
Por otro lado, existen comunidades virtuales pro-TA (protrastornos alimentarios). En plataformas como Instagram, TikTok y Twitter, proliferan cuentas y foros que se presentan como “grupos de apoyo”, que en realidad fomentan conductas de restricción, purga y culto al cuerpo extremadamente delgado. Estas dinámicas virtuales no solo agravan los cuadros clínicos, sino que normalizan y perpetúan el sufrimiento. Por eso, es fundamental romper el silencio, formar a los profesionales en señales de alarma, empoderar a las familias sin culpabilizarlas y reconocer que los TCA existen, afectan y deben tratarse con urgencia y compasión.
CONCLUSIONES
Los TCA no son elecciones, son enfermedades complejas y graves que impactan profundamente la salud física, mental y el entorno familiar del paciente. Su abordaje exige empatía, conocimiento y acción oportuna.
El pediatra representa la primera línea de detección y respuesta. A pesar de su alta prevalencia, los TCA continúan siendo infradiagnosticados en la práctica pediátrica. Estar alerta ante signos sutiles puede marcar la diferencia.
El tratamiento es multidisciplinario, continuo y desafiante, pero tiene un impacto real. Sospechar a tiempo, escuchar sin juicios y actuar con decisión puede cambiar por completo el pronóstico y la vida de un niño o adolescente.
LECTURAS RECOMENDADAS
• American Psychiatric Association. Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders: DSM-5-TR. 5.ª ed. Washington, DC: American Psychiatric Publishing, 2022.
• Benítez-Vidal L, Cano-Rodríguez M. Alteraciones fisiológicas en los trastornos de la conducta alimentaria. Rev Esp Cien Farm 2022;3(1):25–36.
• Bohon C, Le Grange D, Attia E, Golden NH, Steinberg D. United States-based practice guidelines for children and adolescents with eating disorders: Synthesis of clinical practice guidelines. J Eat Disord . 2025;13(1):66. doi: 10.1186/s40337-025-01254-6.
• Horovitz O. Advancements in the diagnosis and treatment of eating disorders in children and adolescents: challenges, progress, and future directions. Nutrients. 2025;17(10):1744. doi: 10.3390/nu17101744.
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