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Vida
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Edición P. Rafael Alemán Jasso Mtro. Miguel Santiago Flores Colín Diagramación Anaid Bahena Canizal Angélica Alva Robledo Cubierta Astrid Chávez Torres
Nihil Obstat Pbro. Dr. Santiago Ruiz Maya Imprimatur + Francisco Javier Chavolla Ramos Obispo de Toluca 16 de febrero de 2018
Autoría Marco Antonio Gracia Triñaque Fernando Fabó Martín L. C. Ilustración Iván Emilio Tapia Camargo (Ivanevsky) D.R. © Marco Antonio Gracia Triñaque, Fernando Fabó Martín L. C. Diócesis de Toluca (2018) D.R. © PPC Editorial S.A. de C.V. (2018) Magdalena 211, Colonia del Valle, 03100, México, Ciudad de México. Teléfono: (55) 1087 8400 alservicio@ppc-editorial.com.mx Primera edición 2018 Primera reimpresión 2019 ISBN: 978-607-8497-87-4 Prohibida la reproducción total o parcial de este libro, su tratamiento informático, o la transmisión de cualquier forma o medio, ya sea electrónico, mecánico, por fotocopia, por registro u otros medios, sin el permiso previo y por escrito de los titulares del copyright. La marca PPC® es propiedad de PPC Editorial S.A. de C.V. Los escudos y marcas de Dimensión Episcopal para la vida y Pontificio Instituto Juan Pablo II para Estudios sobre Matrimonio y Familia están licenciados a favor de PPC Editorial S.A de C.V. para su uso en esta publicación.
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DIMENSIÓN EPISCOPAL PARA LA VIDA Para que tengan vida… Con motivo del 50° aniversario de la publicación de la Encíclica Humanae vitae del Beato Paulo VI, recordamos las palabras de Jesús en el Evangelio de Juan en el capítulo 10, versículo 10, que dicen: “Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia”. Estas palabras se encuentran en el entorno del discurso del Buen Pastor que da la vida por sus ovejas. Reconocemos que Jesús es nuestro Buen Pastor y nuestra fe nos confirma que entregó su propia vida para darnos una vida que trasciende, que no se acaba, que es feliz, abundante y eterna. La vida que nos da Jesús trasciende hacia lo alto y lo eterno, es espiritual, pero indudablemente también es terrenal, es la vida biológica que se genera en la unión del hombre y la mujer –llenando de plenitud a la familia–; es la vida de este mundo que anhela la plenitud, es la vida feliz de la que hablaron los grandes filósofos y los Santos Padres de la Iglesia (Cfr. Humanae vitae no. 31). Esa misma vida produce una mirada nueva hacia los demás… contemplados como hermanos y hermanas en Jesús, a quienes hemos de respetar y amar (Papa Francisco, Audiencia del 8 de mayo de 2013) por toda la vida, para que tengan vida. Por eso hemos querido titular estas doce Catequesis, que encontrarás en esta presentación: “Para que tengan vida”, y que son doce motivos de las realidades de nuestra vida familiar y nuestro entorno social. La invitación es que las tomes en tus manos y las leas con el eco de las palabras de Jesús, de forma creativa, para que resuenen en tu corazón al pie de la letra, creyendo que para tener la vida espiritual y alcanzar la vida eterna, es necesario cuidar y preservar la vida biológica, desde la concepción hasta la muerte natural, como nuestra Madre la Iglesia nos enseña (Cfr. Humanae vitae no. 19).
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Toda nuestra vida, como cristianos y seres humanos, debe encaminarse a velar y preservar toda vida y toda la vida y para ello es importante que pongamos atención a lo que pasa alrededor de nosotros, en nuestra Comunidad (VER), pensemos si esas realidades reflejan la vida que nos da Jesús (JUZGAR), y apliquemos el Evangelio de la Vida para transformarnos en Agentes de pastoral llamados a generar vida (ACTUAR). Que Santa María de Guadalupe, Madre del verdadero Dios por quien se vive (Nican mopohua 28), interceda por nosotros y proteja la Misión de la Iglesia en tierras mexicanas; ponemos bajo su Manto este Catecismo promovido por la Dimensión Episcopal para la Vida de la Comisión Episcopal para la Familia, Juventud, Adolescentes, Laicos y Vida de la Conferencia del Episcopado Mexicano. Pedimos su intercesión por todos sus hijos, principalmente de aquellos a quienes se les niega la vida en muchas situaciones reflejadas en estas páginas. ¡Viva Jesús, Señor y dador de Vida!
+Mons. Francisco Javier Chavolla Ramos Obispo de Toluca y Responsable de la Dimensión Episcopal para la Vida
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“El ser humano debe ser respetado y tratado como persona desde el instante de su concepción y, por eso, a partir de ese mismo momento se le deben reconocer los derechos de la persona, principalmente el derecho inviolable de todo ser humano inocente a la vida” (Donum vitae, I, 1).
Conscientes de que la vida humana es sagrada porque desde su inicio comporta “la acción creadora de Dios“ (DV, I,5), no podemos permanecer indiferente ante los diversos atentados que se cometen contra ésta, concretamente en el inicio y el final de la vida. En esta reflexión nos centraremos en el inicio de la vida basándonos, en primer lugar, en lo que nos dice la ciencia (biología, embriología y genética). Ella nos demuestra y, por tanto, es evidente que la vida humana comienza en el momento de la concepción, cuando se unen los núcleos del espermatozoide y del óvulo, comparten su carga genética y dan lugar a un nuevo ser, de la especie humana, que no es ni el padre ni la madre, sino un nuevo individuo biológico con su propio código genético. 6 187821_Catequesis vida tema1,2,3,4.indd 6
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Con base en esta evidencia cientĂfica, la filosofĂa nos dice que, si desde el primer momento es un nuevo ser que pertenece a la especie humana, por el simple hecho de ser humano posee una naturaleza racional, haciĂŠndolo diferente a cualquier otra especie y, por tanto, con una dignidad propia de la que brotan los derechos humanos.
Entonces ya no estamos solo ante la presencia de un ser humano, sino ante una persona humana con la misma dignidad y los mismos derechos que cualquiera de nosotros. 7 187821_Catequesis vida tema1,2,3,4.indd 7
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Con todo esto, desde la moral católica y fundamentándonos en que la vida es sagrada, ha sido creada por Dios y que además nos ha dejado un mandamiento donde nos dice: “No matarás” (Ex 20,13), todo bautizado, fiel al mandato de Dios y a las enseñanzas de la Iglesia, debería ser un promotor de la vida humana impulsando el respeto, defensa, amor y servicio a la vida, a toda vida humana!” (cf. EV 5). Tengamos en cuenta lo que nos decían los obispos en Aparecida: “Si cerramos los ojos ante estas realidades, no somos defensores de la vida y nos situamos en el camino de la muerte y la indiferencia” (cf. Aparecida, 358).
Es necesario conocer los fundamentos científicos, filosóficos y morales del inicio de la vida humana para poder dar razón de nuestra esperanza a todo aquel que nos lo pida (cf. 1 Pe 3,15). 8 187821_Catequesis vida tema1,2,3,4.indd 8
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“Ese diagnóstico es lícito si los métodos utilizados, con el consentimiento de los padres debidamente informados, salvaguardan la vida y la integridad del embrión y de su madre, sin exponerlos a riesgos desproporcionados. Pero se opondrá gravemente a la ley moral cuando contempla la posibilidad, en dependencia de sus resultados, de provocar un aborto: un diagnóstico que atestigua la existencia de una malformación o de una enfermedad hereditaria, no debe equivaler a una sentencia de muerte” (Donum vitae, 2).
El diagnóstico prenatal puede dar a conocer las condiciones del embrión o del feto cuando todavía está en el seno materno y permite prever, más precozmente y con mayor eficacia, algunas intervenciones terapéuticas, médicas o quirúrgicas.
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La instrucción Donum vitae, de 1987, y la encíclica Evangelium vitae, de 1995, contienen una enseñanza muy clara sobre el conjunto de técnicas de diagnóstico prenatal: “Estas técnicas son moralmente lícitas cuando están exentas de riesgos desproporcionados para el niño o la madre, y están orientadas a posibilitar una terapia precoz o también a favorecer una serena y consciente aceptación del niño por nacer” (Evangelium vitae, 63). La posición de la moral católica es que el diagnóstico prenatal es lícito en determinadas condiciones: primero, que se dé respeto absoluto por la vida del embrión (aceptación del mismo, sean cuales sean sus condiciones genéticas); segundo, que existan indicaciones médicas. Evidentemente hay menos problemas para la ecografía (técnica no invasora) que para la amniocentesis y semejantes.
El diagnóstico debería ser una extensión y un refuerzo de la mirada atenta y cariñosa de la madre, y de la mirada benevolente del médico. Pero se está convirtiendo, en vez de eso, en una puerta al aborto para “eliminar” a aquellos bebés que presenten algún tipo de malformación o anomalía.
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Se debe condenar, como violación del derecho a la vida de quien ha de nacer, cualquier programa que favoreciese de alguna manera la conexión entre diagnóstico prenatal y aborto; o que incluso indujese a las mujeres gestantes a someterse al diagnóstico prenatal planificado, con el objeto de eliminar los fetos defectuosos o portadores de malformaciones o enfermedades hereditarias.
El papa Francisco exhortó a difundir una ciencia: “Que se haga servicio y no selección” en el congreso “Defender la vida: el hospice perinatal como respuesta científica ética y humana al diagnóstico prenatal”, realizado en el Policlínico Universitario Agostino Gemelli (25/Mayo/2016).
Leer lo que dice la Donum vitae I, 2, Evangelium vitae 63, Catecismo de la Iglesia Católica 2274 y Dignitas personae 22 sobre el diagnóstico prenatal, y distinguir cuándo es lícito practicarlo. 12 187821_Catequesis vida tema1,2,3,4.indd 12
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“Si no se quiere exponer al arbitrio de los hombres la misión de engendrar la vida, se deben reconocer necesariamente unos límites infranqueables a la posibilidad de dominio del hombre sobre su propio cuerpo y sus funciones; límites que, a ningún hombre, privado o revestido de autoridad, es lícito quebrantar” (Humanae vitae, 17).
Tomaremos como principio que las técnicas que pueden realizar la concepción de un nuevo ser humano sin la mediación del acto sexual conyugal, y son sustitutivas de este, no son lícitas; solo en la unión íntima de dos personas de diferente sexo puede concebirse el ser humano. “El acto conyugal, por su íntima estructura, mientras une profundamente a los esposos, los hace aptos para la generación de nuevas vidas, según las leyes inscritas en el ser mismo del hombre y de la mujer. Salvaguardando ambos aspectos esenciales, unitivo y procreador, el acto conyugal conserva íntegro el sentido de amor mutuo y verdadero y su ordenación a la altísima vocación del hombre a la paternidad” (Humanae vitae, 12). Indica la Donum vitae en su introducción: “Los progresos de la técnica hacen posible en la actualidad una procreación sin unión sexual, mediante el encuentro in vitro de células germinales extraídas previamente del varón y de la mujer. Pero lo que es técnicamente posible no es, por esa sola razón, moralmente admisible”. 14 187821_Catequesis vida tema1,2,3,4.indd 14
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Un hijo ha de ser el fruto de la donación recíproca realizada en el acto conyugal, en el que los esposos cooperan como servidores y no como dueños, en la obra del Amor Creador.
Una persona humana no puede ser querida ni concebida como el producto de una intervención de técnicas médicas y biológicas: esto equivaldría a reducirlo a ser objeto de una tecnología científica. Un hijo no puede ser considerado como un objeto de propiedad: es más bien un don, “el más grande” y el más gratuito del matrimonio, y es el testimonio vivo de la donación recíproca de sus padres. Por este título, el hijo tiene derecho a ser fruto del acto específico del amor conyugal de sus padres, y también tiene derecho a ser respetado como persona desde el momento de su concepción. 15 187821_Catequesis vida tema1,2,3,4.indd 15
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En una relación sexual, a través de la que llega a la vida un nuevo ser humano, se da una relación de igualdad en la dignidad. Los padres desean el hijo, pero no pueden producirlo o manipularlo: solo ponen las condiciones para que su hijo pueda llegar a la vida. Sustituir la expresión del amor conyugal, como acto que está en el origen de un nuevo ser humano, por una actividad de carácter técnico, una actividad de laboratorio, es una forma de producir personas; y se pueden producir las cosas, pero no las personas.
Conocer lo que dice la Iglesia sobre las Técnicas de Reproducción Artificial, sobre todo en Humanae vitae 17, Donum vitae, parte II, y Dignitas personae 17-21.
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“El diagnóstico preimplantatorio es una forma de diagnóstico prenatal […] que prevé el diagnóstico genético de los embriones formados in vitro, antes de su traslado al seno materno. Se efectúa con objeto de tener la seguridad de trasladar a la madre solo embriones sin defectos o con un sexo determinado o con algunas cualidades particulares” (Dignitas personae, 22).
La Congregación para la Doctrina de la Fe, en 1987, presentó la Instrucción Donum vitae donde se refiere claramente acerca de la licitud moral del diagnóstico prenatal: “Este diagnóstico es lícito si los métodos utilizados, con el consentimiento de los padres debidamente informados, salvaguardan la vida y la integridad del embrión y de su madre, sin exponerlos a riesgos desproporcionados” (n. 2). También así se refiere, más tarde en 1995, Juan Pablo II en la Encíclica Evangelium vitae: “Los diagnósticos prenatales no presentan dificultades morales si se realizan para determinar eventuales cuidados necesarios para el niño aún no nacido…” (n. 14). Y continúa: “Estas técnicas son moralmente lícitas cuando están exentas de riesgos desproporcionados para el niño o la madre, y están orientadas a posibilitar una terapia precoz o también a favorecer una serena y consciente aceptación del niño por nacer”. 18 187821_Catequesis vida tema1,2,3,4.indd 18
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Queda claro que el objeto del diagnóstico prenatal es conocer, con la mayor certeza posible, el estado del paciente, lo que facilitará determinar el pronóstico y definir el tratamiento más adecuado para la persona en cuestión.
Así, la Instrucción Donum vitae reconoce que el objetivo del diagnóstico prenatal es lícito moralmente siempre y cuando “respete la vida e integridad del embrión y del feto humano y si se orienta hacia su custodia o hacia su curación…” (I, 2). De lo contrario, el diagnóstico prenatal dejaría de constituir un acto médico (mediante el cual se persigue el beneficio del paciente), para convertirse en la antesala de un acto altamente inmoral (como lo es la eliminación voluntaria e injustificada de un ser humano, absolutamente indefenso).
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Es moralmente lícito cuando: • Respeta la vida y la integridad del embrión en todo momento. • Los métodos utilizados, salvaguardan la vida y la integridad del embrión y de su madre, sin exponerlos a riesgos desproporcionados. • La intención es la ayuda al paciente, bebé y mamá. Es moralmente ilícito cuando: • Contempla la posibilidad de provocar un aborto. • Es realizado con la intención de provocar un aborto, en caso de que los resultados arrojen anomalías en el embrión.
Reflexionar en Donum vitae, Evangelium vitae y Dignitas personae los numerales que hablen sobre el diagnóstico prenatal.
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“Con relación a la experimentación con embriones, ello constituye un delito en consideración a su dignidad de seres humanos, que tienen derecho al mismo respeto debido al niño ya nacido y a toda persona. Estas formas de experimentación constituyen siempre un desorden moral grave” (Dignitas personae, 34).
Existen dos criterios que buscan defender valores sumamente importantes, y que necesitan estar unidos entre sí para que la investigación sea verdaderamente honesta y seria: • Primer criterio: es lícito investigar y experimentar para que la medicina progrese, para que se puedan superar enfermedades sumamente dolorosas y dañinas. La Iglesia no se opone a la libertad de investigación entendida de modo correcto. • Segundo criterio: la investigación no puede ser una actividad sin reglas éticas, ni se puede actuar en nombre de la ciencia para dañar a los seres humanos. 22 187821_Catequesis vida tema5,6.indd 22
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No podemos estar de acuerdo con quien, en nombre de la “autonomía de la ciencia” o en nombre de la medicina, se ha atrevido a hacer el mal, a abusar de su saber, a engañar a sus pacientes, a provocar incluso la muerte de seres inocentes. La verdadera medicina existe para servir al hombre, no para dañarlo. No puede haber progreso médico realmente ético allí donde se usan conocimientos técnicos, destinados originalmente a curar y a ayudar, para herir o provocar la muerte de algunos seres humanos.
Cada embrión es una vida humana. Para ser más preciso, es un hijo. Existe desde un padre y una madre, y merece, por lo mismo, ser respetado, protegido y ayudado para desarrollarse sin discriminaciones, sin actos que puedan dañarlo. 23 187821_Catequesis vida tema5,6.indd 23
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Es cierto que algunos embriones no serán “perfectos”, pero ello no les hace perder su valor, su dignidad o su derecho legítimo a ser asistidos y acogidos. Muchos de esos embriones son el resultado de técnicas de fecundación artificial sumamente injustas, que juegan con vidas humanas como si fuesen objetos sin valor. Si una pareja ya obtuvo el hijo planeado y quedan embriones “de más”, no falta quien pide que sean usados para investigar, es decir, que se permita su muerte como si fuesen vidas humanas menos importantes que las demás. No debemos olvidar el deber que nos corresponde a todos de proteger y asistir cualquier vida humana, sin discriminaciones. Solo en función de ese deber, la ciencia médica, la investigación ética, seguirá buscando caminos de progreso para el bien de todos. También en beneficio de los seres humanos más necesitados de ayuda y protección, más indefensos y desamparados: nuestros embriones.
Rezar por todos aquellos embriones que mueren al ser usados en experimentación.
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“El amor conyugal exige a los esposos una conciencia de su misión de ‘paternidad responsable’ […] si para espaciar los nacimientos existen serios motivos, derivados de las condiciones físicas o psicológicas de los cónyuges, o de circunstancias exteriores. La Iglesia enseña que, entonces, es lícito tener en cuenta los ritmos naturales inmanentes a las funciones generadoras para usar del matrimonio sólo en los periodos infecundos y así regular la natalidad sin ofender los principios morales” (Evangelium vitae, 10 y 14). A pesar de todos los abusos al amor humano que se dan hoy en día, el centro de un amor verdaderamente humano es espiritual, es un acto de voluntad con el que queremos el bien del otro (por no querer entenderlo así, surgen tantos fracasos matrimoniales). A pesar del componente espiritual, el amor se manifiesta a través del cuerpo: las relaciones íntimas representan la manifestación física del amor entre un hombre y una mujer, y contribuyen de una manera excepcional al desarrollo del amor y de la vida. 26 187821_Catequesis vida tema5,6.indd 26
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En ninguna otra ocasión los esposos comparten un contacto tan inmediato con las fuentes de la vida, ni las células germinales (óvulo y espermatozoide) transmisoras de la vida llegan a compenetrarse tan entrañablemente hasta el punto de fundirse y dar origen a una nueva vida humana. Es una máxima expresión de donación y entrega, que contribuye a un progresivo incremento del amor entre los esposos.
Por el contrario, cuando las relaciones conyugales se ven privadas artificialmente de su significado natural de entrega, donación y transmisión de la vida, se convierten en una gran mentira pues la actitud contraceptiva contradice el amor que se pretende manifestar en la relación íntima. Es decir, a pesar de todas las confesiones verbales de amor, se rechaza una dimensión esencial de la otra persona, su fertilidad: una entrega así no es incondicional. 27 187821_Catequesis vida tema5,6.indd 27
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El objetivo de los métodos naturales de reconocimiento de la fertilidad (MNRF) no es el espaciar los nacimientos de los hijos, ni se refiere únicamente a un método justificado y aceptado por la Iglesia de control de la natalidad frente a la planificación artificial; no es la contraposición entre “lo natural y lo artificial”. En su esencia, enseñan a la persona la bondad y la belleza de la sexualidad como varón y como mujer. Recordemos las palabras que Pablo VI nos dejó en su encícli Humanae vitae sobre la regulación de la natalidad: “El hombre no puede hallar la verdadera felicidad, a la que aspira con todo su ser, más que en el respeto de las leyes grabadas por Dios en su naturaleza y que debe observar con inteligencia y amor” (n. 31). La esencia de los MNRF es amar el amor humano en el plan de Dios sobre el matrimonio y la familia, llamando a la persona, como hombre y como mujer a hacerse semejante a Él, precisamente en la medida en la que estén abiertos al amor y a la vida.
Busca conocer un poco más sobre los Métodos naturales de reconocimiento de la fertilidad, como pueden ser el método Billings o el método Sintotérmico. Promuévelos en tu comunidad o parroquia. 28 187821_Catequesis vida tema5,6.indd 28
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“La maternidad sustitutiva representa una falta objetiva contra las obligaciones del amor materno, de la fidelidad conyugal y de la maternidad responsable; ofende la dignidad y el derecho del hijo a ser concebido, gestado, traído al mundo y educado por los propios padres; instaura, en detrimento de la familia, una división entre los elementos físicos, psíquicos y morales que la constituyen” (Donum vitae II, A, 3).
Ante el sufrimiento que pueden tener las mujeres afectadas por algún problema de esterilidad, no se puede pensar que la solución a este problema es la maternidad subrogada, pues se atenta contra el respeto a la dignidad humana. La maternidad subrogada o sustitutiva cosifica a las mujeres a las que se “alquila su vientre”, tratándolas de un modo utilitario que atenta contra su dignidad. La Instrucción Dignitas personae sostiene que es ilícita toda forma de maternidad subrogada, y que esta práctica implicaría además otros problemas de tipo médico, psicológico o jurídico.
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Tendríamos que enmarcar a la maternidad subrogada dentro de la explotación de mujeres con fines reproductivos. Hay que tener en cuenta que, desde los principios más básicos de la moral, como puede ser el de: “El fin no justifica los medios”. La Iglesia se opone a estas prácticas pues, aunque el fin sea bueno (en este caso querer una vida humana), el medio empleado es ilícito, pues se usa y se abusa de una mujer explotándola con fines reproductivos y se convierte al hijo en un objeto de consumo.
La maternidad subrogada consiste en una madre portadora o gestante cuya función es llevar un embrión concebido por fecundación in vitro, generalmente con los gametos (óvulo y espermatozoide) de los padres que quieren tener el hijo o, en su defecto, con gametos de un donador. La paternidad puede ser, así, dividida entre una madre gestante, una madre genética, una madre solicitante y/o el cónyuge de la mujer gestante, que sería padre por presunción de ley, un padre genético y un padre solicitante.
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Por tanto, si se paga o no se paga el servicio de gestación, este contraviene el orden natural de la procreación humana. Y no cura la infertilidad, sino que trata de proporcionar un medio alternativo, que la Iglesia considera no lícito al acto de procreación humana. Los niños y las mujeres no tienen un precio, sino dignidad. Un hijo no es un derecho, es un don. La Iglesia entiende y acompaña el dolor de las personas que no pueden tener hijos y anima a vivir el deseo natural de la paternidad de otros modos, no solo el biológico, por ejemplo: la paternidad orientada a la adopción y acogida especialmente de los más pequeños.
Valorar el don de la vida y la maternidad. Conocer instituciones como VIFAC o Yoliguani, quienes promueven la adopción como una alternativa para matrimonios que no pueden tener hijos de manera natural.
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“La sexualidad no es algo puramente biológico, sino que mira a la vez al núcleo íntimo de la persona. El uso de la sexualidad como donación física tiene su verdad y alcanza su pleno significado cuando es expresión de la donación personal del hombre y de la mujer hasta la muerte” (Pontificio Consejo para la Familia. Sexualidad humana: verdad y significado. Orientaciones educativas, n. 3).
En la actualidad, se habla mucho de identidad de género, término completamente ideologizado, que busca destruir la naturaleza humana en su propia identidad sexual. En esta catequesis hablaremos de la identidad sexual que presenta al ser humano como hombre y como mujer, iguales en dignidad, pero con diferencias biológicas, psicológicas y sexuales que permiten la complementariedad de ambos y la apertura a la vida. Siguiendo el documento del Pontificio Consejo para la Familia, ya citado, el hombre está llamado al amor y al don de sí en su unidad corpóreo-espiritual. Feminidad y masculinidad son dones complementarios, en cuya virtud la sexualidad humana es parte integrante de la capacidad de amar que Dios ha inscrito en el hombre y en la mujer. 34 C_8 Y 9.indd 34
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En este sentido, la sexualidad es un elemento básico de la personalidad; un modo propio de ser, de manifestarse, de comunicarse con los otros, de sentir, expresar y vivir el amor humano. Esta capacidad de amar se manifiesta en el carácter esponsal del cuerpo, en el cual está inscrita la masculinidad y la feminidad de la persona. El cuerpo humano, con su sexo (masculino y femenino), visto en el misterio mismo de la Creación, es no sólo fuente de fecundidad y de procreación, sino que incluye desde el “principio” la capacidad de expresar el amor. Toda forma de amor tiene siempre esta connotación masculino-femenina (cf. Ibidem, n. 10).
La sexualidad humana es un bien: parte del don que Dios vio que “era muy bueno” cuando creó a la persona humana a su imagen y semejanza, y “hombre y mujer los creó” (Gn 1,27). En cuanto modalidad de relacionarse y abrirse a los otros, la sexualidad tiene como fin intrínseco el amor, más precisamente el amor como donación y acogida, como dar y recibir. La relación entre un hombre y una mujer es esencialmente una relación de amor. La sexualidad orientada, elevada e integrada por el amor, adquiere verdadera calidad humana. 35 C_8 Y 9.indd 35
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Cuando dicho amor se actúa en el matrimonio, expresa, a través del cuerpo, la complementariedad y la totalidad del don. El amor conyugal llega a ser, entonces, una fuerza que enriquece y hace crecer a las personas y, al mismo tiempo, contribuye a alimentar la civilización del amor. Cuando, por el contrario, falta el sentido y el significado del don en la sexualidad, se introduce “una civilización de las ‘cosas’ y no de las ‘personas’”; una civilización en la que las personas se usan como si fueran cosas. En el contexto de la civilización del placer, la mujer puede llegar a ser un objeto para el hombre y los hijos un obstáculo para los padres.
Leer el documento del Pontificio Consejo para la Familia: Sexualidad humana: verdad y significado. Orientaciones educativas.
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“Más allá de casos clamorosos, está el heroísmo cotidiano, hecho de pequeños o grandes gestos de solidaridad que alimentan una auténtica cultura de la vida. Entre ellos merece especial reconocimiento la donación de órganos, realizada según criterios éticamente aceptables, para ofrecer una posibilidad de curación e incluso de vida, a enfermos tal vez sin esperanzas. Ofrecer en vida una parte del propio cuerpo, ofrecimiento que será efectivo después de la muerte, es ya en muchos casos un acto de gran amor, amor que da vida a los demás” (Evangelium vitae del sumo pontífice Juan Pablo II, n. 86 y Discurso del Santo Padre Juan Pablo II a los participantes en un Congreso sobre trasplantes de órganos, jueves 20 de junio de 1991).
Siguiendo el pensamiento de San Juan Pablo II en Evangelium vitae, hay que tener en cuenta que el progreso de las ciencias biomédicas ha hecho posible que la gente proyecte, más allá de la muerte, su vocación al amor. De forma análoga al misterio pascual de Cristo, al morir se vence, de algún modo, a la muerte y se restituye la vida. Las dificultades de la intervención, la necesidad de obrar con rapidez y con la máxima concentración en el trabajo, no deberían hacer que el médico pierda de vista el misterio de amor que encierra lo que está realizando. Tampoco los receptores de un órgano trasplantado deberían olvidar que están recibiendo un don único de otra persona: el don de sí mismo, hecho por el donante, don que ciertamente se ha de considerar como una auténtica forma de solidaridad humana y cristiana. 38 C_8 Y 9.indd 38
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El cuerpo humano es siempre un cuerpo personal, por lo que no puede ser tratado solamente como una entidad meramente física o biológica; nunca se pueden usar sus órganos y tejidos como artículos de venta o de cambio. Una concepción tan reductiva y material acabaría en un uso meramente instrumental del cuerpo y, por consiguiente, de la persona. Desde este punto de vista, el trasplante de órganos y el injerto de tejidos ya no corresponderían a un acto de donación, sino que vendrían a ser el despojo o saqueo de un cuerpo. Además, una persona solo puede dar algo de lo que puede privarse sin serio peligro o daño para su propia vida o identidad personal, y por una razón justa y proporcionada. Resulta obvio que los órganos vitales solo pueden donarse después de la muerte.
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La donación de órganos es un acto de profunda humanidad, solidaridad y amor. Lo expresó ya Pío XII (cf. Alocución a la Asociación Italiana de Donantes de Córnea, 13 de mayo de 1956) cuando los primeros trasplantes o transfusiones se hicieron, y lo han repetido los pontífices posteriores. Juan Pablo II (cf. Discurso al Congreso Internacional de Trasplantes, Roma 29 de agosto de 2000) ha dicho que veía en ese gesto de la donación no solo la ayuda a un paciente concreto sino “un regalo hecho al Señor paciente, que en su pasión se ha dado en su totalidad y ha derramado su sangre para la salvación de los hombres”. Es, ciertamente, al mismo Cristo a quien toda donación se hace, ya que él nos aseguró que “cuanto hicieron a unos de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicieron” (Mt 25,40).
Reflexiona sobre la posibilidad de convertirte en donador de órganos. Si eres consciente de su importancia y deseas hacerlo, es necesario que comuniques tu deseo en vida para que se pueda respetar tu voluntad. Puedes manifestarlo de manera verbal, escrita o registrándote como donante voluntario de órganos y tejidos en www.cenatra.salud.gob.mx
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“Por clonación humana se entiende «la reproducción asexual y agámica de la totalidad del organismo humano, con objeto de producir una o varias copias substancialmente idénticas, desde el punto de vista genético, al único progenitor […] La clonación se propone con dos objetivos fundamentales: reproductivo, es decir, para conseguir el nacimiento de un niño clonado, y terapéutico o de investigación”. (Congregación para la Doctrina de la Fe, Síntesis de la Instrucción Dignitas Personæ sobre algunas cuestiones de Bioética, n. 28-30).
La clonación de la persona humana trae consigo serias implicaciones éticas en forma de desprecio a la dignidad y a la autonomía de la vida humana, así como efectos negativos individuales y sociales. Por eso, las investigaciones científicas en esta materia deben ser sometidas a un riguroso control ético. La instrucción Donum vitae de la Congregación para la doctrina de la fe afirma: “La persona humana ha de ser acogida en el gesto de unión y de amor de sus padres; la generación de un hijo ha de ser por eso el fruto de la donación recíproca realizada en el acto conyugal, en el que los esposos cooperan como servidores, y no como dueños, en la obra del Amor creador. El origen de una persona humana es en realidad el resultado de una donación. 42 C_10 Y 11.indd 42
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La persona concebida deberá ser el fruto del amor de sus padres. No puede ser querida ni concebida como el producto de una intervención de técnicas médicas y biológicas: esto equivaldría a reducirlo a ser objeto de una tecnología científica“ (nn. 76 y 77).
“Ya desde hace algunas décadas, se está desarrollando toda una serie de técnicas biológicas, cuya aplicación a la procreación humana suscita múltiples problemas éticos y manifiesta, cada vez más, la necesidad de una antropología integral del ser humano y de una renovada ponderación del papel que desempeña la familia para la humanidad. En particular, los recientes intentos de lograr la clonación humana plantean importantes interrogantes sobre la familia, sobre el significado del hecho de ser padres o hijos, sobre la dignidad del embrión humano, y sobre la verdad y el significado de la sexualidad humana” (cf. Cardenal Alfonso López Trujillo, Clonación: pérdida de la paternidad y negación de la familia).
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Vista así, la clonación humana es intrínsecamente ilícita, pues se propone dar origen a un nuevo ser humano sin conexión con el acto de recíproca donación entre dos cónyuges y, más radicalmente, sin ningún vínculo con la sexualidad. Tal circunstancia da lugar a abusos y a manipulaciones gravemente lesivas de la dignidad humana. Esto nos lleva a recordar que ningún ser humano puede ser instrumentalizado o utilizado para lograr el bien de otro. La clonación niega, por tanto, la convicción de que el ser humano es único e irrepetible; implica negar su dignidad, sus valores y sus derechos y lo considera susceptible de ser utilizado con fines instrumentales y manipulado como un simple objeto de investigación.
Ver el video: Qué es la clonación: https://www.youtube.com/watch?v=3exFx_pEeFU. Leer las Reflexiones sobre la clonación de la Pontificia Academia para la Vida, puedes hacerlo en: http://www.vatican.va/roman_ curia/pontifical_academies/acdlife/documents/rc_pa_acdlife_ doc_30091997_clon_sp.html
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“Es necesario reafirmar con toda firmeza que nada ni nadie puede autorizar la muerte de un ser humano inocente, sea feto o embrión, niño o adulto, anciano, enfermo incurable o agonizante. Nadie, además, puede pedir este gesto homicida para sí mismo o para otros confiados a su responsabilidad ni puede consentirlo explícita o implícitamente. Ninguna autoridad puede legítimamente imponerlo ni permitirlo. Se trata en efecto de una violación de la ley divina, de una ofensa a la dignidad de la persona humana, de un crimen contra la vida, de un atentado contra la humanidad” (Declaración Iura et bona sobre la Eutanasia, II).
Etimológicamente esta palabra proviene del griego eu thánatos = “buena muerte” o “muerte dulce”. Sin embargo, podemos decir que la eutanasia es procurar la muerte “sin dolor” de aquellos que “sufren”. Esto deja parámetros muy amplios de acción, que van desde asesinar a un niño que va a nacer con alguna discapacidad hasta la colaboración en el suicidio de alguien que sufre; desde la eliminación del anciano hasta la abstención del tratamiento para no alargar una agonía sin esperanza del enfermo terminal.
Para los creyentes, el conocimiento de que, en la realidad, la providencia amorosa de Dios respecto a cada hombre es compatible con la existencia del dolor y el sufrimiento, nos indica que el dolor —aunque no podamos explicarlo— tiene un sentido. 46 C_10 Y 11.indd 46
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Cristo sufrió el dolor total en la Cruz, convirtiendo ese dolor y esa muerte, por la Resurrección, en la Buena Nueva, dándole el máximo sentido: ese dolor atroz hasta la muerte es el máximo bien de la Humanidad y dio sentido al hombre, a la historia y al universo.
Quizá nosotros lo más que podarnos hacer sea imitar a Cristo: decir pocas palabras sobre el dolor, pero vivir la experiencia de encontrarle sentido convirtiéndolo, con la esperanza en la Resurrección y la vida Eterna, en fuente de amor y de superación de uno mismo. Así nos uniremos en espíritu con el sufrimiento de Cristo, que prometió la bienaventuranza a los que sufren: a los pobres, los que lloran, los que tienen hambre y sed, los perseguidos. Cristo no teorizó sobre el dolor: amó y consoló a los que sufren y él mismo sufrió hasta la muerte, y muerte de cruz. La Iglesia no elabora teorías sobre el dolor, pero quiere aportar a la Humanidad una vocación de donación preferente hacia los que sufren, y también la experiencia del sentido del dolor que Cristo nos dio con su muerte. 47 C_10 Y 11.indd 47
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Los cristianos deben ver la muerte como el encuentro definitivo con el Señor de la Vida y, por lo tanto, con esperanza tranquila y confiada en él, aunque nuestra naturaleza se resista a dar ese último paso que no es fin, sino comienzo. La antigua cristiandad denominaba, con todo acierto, al día de la muerte como el día del nacimiento a la Vida de verdad, y con esa mentalidad deberíamos acercarnos todos a la muerte. La Declaración Iura et bona concluye diciendo: “Todos los hombres deben prepararse para este acontecimiento a la luz de los valores humanos, y los cristianos más aún a la luz de su fe”.
Valorar el don de la vida. Acercarse con algún enfermo y hablarle del valor salvífico de su dolor y sufrimiento. Puede servir como referencia la Carta Apostólica Salvifici doloris de San Juan Pablo II sobre el sentido cristiano del sufrimiento humano.
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Dice el papa Francisco en su Encíclica Laudato si: “La humanidad todavía tiene la capacidad de colaborar para construir nuestra casa común” (13). “El ser humano todavía es capaz de intervenir positivamente” (58). “No todo está perdido, porque los seres humanos, capaces de degradarse hasta el extremo, también pueden superarse, volver a elegir el bien y regenerarse” (205).
La naturaleza es expresión de un proyecto de amor y de verdad. Ella nos precede y nos ha sido dada por Dios como ámbito de vida. Nos habla del Creador (cf. Rm 1,20) y de su amor a la humanidad. Está destinada a encontrar la “plenitud” en Cristo al final de los tiempos (cf. Ef 1,9-10; Col 1,19-20). También ella, por tanto, es una “vocación”. La Iglesia tiene una responsabilidad respecto a la creación y la debe hacer valer en público. Y, al hacerlo, no solo debe defender la tierra, el agua y el aire como dones de la creación que pertenecen a todos. Debe proteger sobre todo al hombre contra la destrucción de sí mismo. Es necesario que exista una especie de ecología del hombre bien entendida. La naturaleza está a nuestra disposición no como un “montón de desechos esparcidos al azar”, sino como un don del Creador que ha diseñado sus estructuras intrínsecas para que el hombre descubra las orientaciones que se deben seguir para “guardarla y cultivarla” (cf. Gn 2,15). 50 C_12.indd 50
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Pero se ha de subrayar que es contrario al verdadero desarrollo considerar la naturaleza como más importante que la persona humana misma.
Esta postura conduce a actitudes neopaganas o de nuevo panteísmo: la salvación del hombre no puede venir únicamente de la naturaleza, entendida en sentido puramente naturalista. Por otra parte, también es necesario refutar la posición contraria, que mira a su completa tecnificación, porque el ambiente natural no es solo materia disponible a nuestro gusto, sino obra admirable del Creador y que lleva en sí una “gramática” que indica finalidad y criterios para un uso inteligente, no instrumental y arbitrario. Hoy, muchos perjuicios al desarrollo provienen en realidad de estas maneras de pensar distorsionadas. En efecto, la degradación de la naturaleza está estrechamente unida a la cultura que modela la convivencia humana: cuando se respeta la “ecología humana” en la sociedad, también la ecología ambiental se beneficia. 51 C_12.indd 51
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Es una contradicción pedir a las nuevas generaciones el respeto al ambiente natural, cuando la educación y las leyes no las ayudan a respetarse a sí mismas. El libro de la naturaleza es uno e indivisible, tanto en lo que concierne a la vida, la sexualidad, el matrimonio, la familia, las relaciones sociales, en una palabra, el desarrollo humano integral. Los deberes que tenemos con el ambiente y en nuestra relación con los animales, están relacionados con los que tenemos para con la persona considerada en sí misma y en su relación con los otros. La correcta relación con los animales, que están al servicio del hombre, dignifica al hombre mismo.
Leer y reflexionar el capítulo III de la Encíclica Laudato si del papa Francisco, puedes leerlo en esta liga: http://www.komentaria.com/especiales/laudato-si/capitulo3.html
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El inicio de la vida humana
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El diagnóstico prenatal
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Las técnicas de reproducción artificial
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Diagnóstico genético preimplantatorio
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Investigación con embriones
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Métodos Naturales de Reconocimiento de la Fertilidad
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Maternidad subrogada
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Identidad sexual
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Donación de órganos
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Clonación
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Eutanasia
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Ecología
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Estas Catequesis “Para que tengan vida” son doce motivos de las realidades de nuestra vida familiar y nuestro entorno social. La invitación es que las tomes en tus manos y las leas con el eco de las palabras de Jesús, de forma creativa, para que resuenen en tu corazón al pie de la letra, creyendo que para tener la vida espiritual y alcanzar la vida eterna, es necesario cuidar y preservar la vida biológica, desde la concepción hasta la muerte natural, como nuestra Madre la Iglesia nos enseña (Cfr. Humanae vitae no. 19). Toda nuestra vida, como cristianos y seres humanos, debe encaminarse a velar y preservar toda vida y toda la vida y para ello es importante que pongamos atención a lo que pasa alrededor de nosotros, en nuestra Comunidad (VER), pensemos si esas realidades reflejan la vida que nos da Jesús (JUZGAR), y apliquemos el Evangelio de la Vida para transformarnos en Agentes de pastoral llamados a generar vida (ACTUAR).
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Para que tengan
Vida
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