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Carta para una amante

¡Te ultrajaron tantas veces amada mía esos infelices, esos hipócritas devotos! Y yo, el más vil y despreciable, el más incapaz y rústico y ruidoso de todos tus amantes soy tal vez el que más se conmueve cuando oye tus pasos a la mañana, tus susurros a la siesta, tus algarabías de noctámbula. Pensar que fuiste amamantada por la mismísima Diosa Era cuando todo este desorden era igual, pero ellos intentaban el Cosmos, y entonces del semen eruptivo derramando o del golpetear de las nalgas naciste virgen y altiva. Mírate ahora cuantos amantes tienes, ¿los amarás a todos? También el Dios del Averno quiso antes poseerte, pero tú volviste, milenios más tarde, para rodar entre mis sábanas. Ya no importa cuanto se burlen de mí los otros, porque conocen tu cuerpo de memoria, o porque saben de tus lunares y de tus curvas y de cómo acariciarte para que salga de tu boca un murmullo o un quejido. Ya no me importa. Sin vos no puedo el cuerpo, sos la muerte del tiempo si callas. Si me dejas solo me transformo lentamente en un ser pulcro de traje y corbata,

de

horarios,

calendarios,

entrevistas,

porcentajes,

rabia,

desesperación. Si me dejas solo mato, me transformo en bestia asesina arrastrando cadáveres por las calles vacías. Si me dejas solo busco culpables y encuentro ineptos rebalsando por todos lados. Si me dejas solo lanzo decretos, firmo convenios, engullo dádivas. Si me dejas solo es el balcón y el silencio. Pero prometiste quedarte, acompañarme al menos de lejos, al menos en otros brazos. Y yo no te pido mucho, no pretendo escenarios y discos, ni el grito de las fanáticas ni las criticas en el diario, solo que me sigas acariciando con tus violines y tus guitarras, de tanto en tanto.

Roy Jacob


Carta para una amante