Un espĂritu en Cuyamel Pedro RamĂrez Febrero 2020 Historia original: El fantasma de la casona. Libro: Personajes, reflexiones y vivencias con identidad patepluma Autor: Luis Alonso Aguilar
Con casi catorce años de edad Manuel llega a Cuyamel para acompañar a sus abuelos por orden de sus padres que quieren les acompañe y ayude en lo que necesiten. La orden fue recibida con dudas, pensó que a lo mejor lo llevarían al mar para bañar y no quiere esto. Los cambios que ya tiene en su cuerpo solo él cree saberlos y no quiere alguien más lo sepa. Apenas tiene el recuerdo de cuando sus padres lo llevaron unos años antes. Ir desde Puerto Cortés toma dos horas por el camino de tierra que pasa por Omoa y es poco el dinero que hubo para visitar a sus abuelos seguido. Llegó sólo y es para quedarse un tiempo que ni él sabe. Su maleta es una bolsa hecha de
lona gruesa con unos cuantos trapos para ponerse. -Ahí casi no se usa ropale ha dicho su padre cuando empacó lo poco que tenía el día antes de salir. Al paso por el pequeño poblado comienza a respirar la brisa del mar y ve los techos cafés de lámina oxidada que dan muestra de los años que pasan y dejan su huella. Aunque es viernes, poca gente está en la calle por el calor de la tarde que ya comienza a bajar. Una mujer que camina en sentido contrario lo ve desde lejos y reconoce que él no es de ahí. ¿Venís del puerto verdad?. Se te nota lo porteño. Manuel viste más de lo usual que en Cuyamel donde la gente busca estar
liviano para el trabajo de campo. Un poco interpelado por la espontánea pregunta de la mujer sigue en camino de frente a ella hasta que recuerda no saber dónde está la casa de sus abuelos. Si, soy porteño. Acabo de llegar y voy donde mi abuelo Zeledón. No recuerdo bien dónde es la casa, ¿me puede decir el lugar? La mujer se detiene y espera que Manuel termine de estar frente a ella para verlo mejor. ¡Ah sí! La carita de ellos. Sí hijo, seguí por ahí, caminá unos quinientos pasos y vas a ver un gran árbol de mangos. Ahí es, cerca del río.
La mujer le indicó con su mano el camino hacia el Oeste, el que va hacia el río y se acordó de cuando fue años atrás. ¡Gracias señora! Manuel sigue con seguridad por el camino indicado y mira que hay más casas que antes. Empieza a sentirse en casa y las dudas que tenía antes ahora han desaparecido. Los pasos los siente pasar rápido, ve la casona y recuerda los días de ir al río, recoger mangos, ir a la playa, los pescados que salen de las canoas de pescadores, los cocos rayados para la sopa, la yuca en todos lados y los guineos cocidos. Eran muchos los que vivían ahí y ahora los abuelos están solos, acompañados por
los vecinos que los visitan y ahora por él que llega a estar una temporada. La casa tiene un corredor de unos treinta pasos al frente y veinte hacia atrás por el lado derecho que está junto a la cocina. Las columnas son de madera y sostienen vigas donde descansa parte del artesón con teja. Se mira que los años no han perdonado a la gran casa, las columnas ya se agachan por el centro y el color más oscuro que cuando las vio antes. Manuel entra al solar y ve en una hamaca al que parece ser su abuelo. ¡Abuelo! Es el grito que dá para avisar su llegada. La hamaca se mueve y la cara de un señor con pelo grisaceo es vista
por el visitante que confirma ver a su abuelo. Abuelo, soy yo. Manuel tu nieto. El señor se levanta de la hamaca y se pone el sombrero que tiene puesto en la silla junto a la pared. Trata de ver, pero es hasta que Manuel se acerca cuando logra reconocer la carita de un jóven con gran parecido a su hijo ¡Cómo te parecés a tu papá hijo! Pasá, pasá. Dejá tus cosas adentro y andá a la cocina a saludar a tu abuela y tu prima. La pieza donde se duerme es grande y las camas solo la separan lienzos de tela sostenidos por varas largas de madera. Manuel busca poner su bolsa de lona y la coloca en la primera cama
que encuentra sin nada. Mira el color café oscuro de caoba con las huellas de la humedad y el polvo y el petate sostenido por los fajones de cuero que se miran en los extremos. Con los ojos mejor dispuestos a ver lo oscuro de la pieza logra ver el resto de los lienzos color amarillo y atados con cordones de cabuya para que ventilen durante el día. Una de las otras camas tiene una almohada color rojo muy suave y sobre ella una pieza de ropa interior de una joven mujer. Manuel se exalta un poco al ver la ropa y sale rápido para buscar a su abuela y saludarla. El corredor está vacío y la hamaca se mueve por el paso del viento de las últimas horas de la tarde. En la cocina,
al lado de la pieza de dormitorio, se escuchan los trastos que son movidos por quienes preparan la comida para cenar y la voz del abuelo que habla muchas cosas sin que Manuel reconozca alguna. ¡Hola Abuela! Manuel mira a su abuela que con paciencia hace las últimas tortillas del día y las coloca sobre manta en el calabazo junto a la hornilla. Al lado de ella una joven mujer lo mira mientras la luz del día dibuja la silueta de su cuerpo desnudo en el ralo vestido que lleva puesto, ordena los trastos en el chinero de madera que también muestra las huellas de los años. ¡Hola mijo, que alegría veniste!
Mirá, acá está tu prima Celeste, con la que te llevaba a bañar al río cuando estaban chiquitos. Es poco lo que Manuel recuerda a Celeste que le lleva dos años en edad. La saluda con la mano y ella también regresa el saludo de la misma forma mientras sigue con su quehacer. El abuelo está sentado y, con la mirada al piso de tierra, espera le sirvan la comida para ir a caminar un poco antes de volver a la hamaca y esperar el frescor de la noche para acostarse. La abuela acerca un taburete y le indica a Manuel que se siente. La comida está por ser servida y la plática de la mesa comienza a fluir. El abuelo pregunta a Manuel sobre sus papás,
sobre cuándo vendrán y si les está yendo bien en el puerto. La abuela le dice estar muy contenta de verlo de nuevo y saber que todos están bien. Ambos recuerdan los viejos tiempos con toda la familia cerca y los momentos de ir al mar a pasar el día. ¡Vamos a ir al mar el domingo! ¿Querés ir? Era de esperar, ha sido siempre la costumbre de ir al mar los domingos y comer ahí durante el día. La cara de Celeste si ilumina con su jóven sonrisa que es vista únicamente por Manuel. ¡Yo me quedo, no quiero asolearme ahí! Vayan para que Manuel pase el día. El abuelo prefiere quedarse, Manuel se
queda en silencio y asiente la decisión. El sábado por la tarde preparan algunas cosas para solo cocinar temprano por la mañana y salir temprano al mar. Con la primera luz de la mañana del domingo, la abuela y Celeste se levantan para alistar las cosas. El abuelo se levanta al igual que Manuel que ayuda también para el día. ¡Ahí te queda la comida en el fogón! La abuela se asegura que todo le quede para servirse sin complicar, toma las últimas cosas y salen al mar que está a media hora de camino a pie. El sol está recio, pero la brisa es fresca y bajo la sombra de los árboles se
siente muy bien. Las chozas de palma donde viven algunas familias tienen las canoas donde van a pescar los varones. Ahí llega la abuela a ver si tienen algún pescado para que se lo cocinen y coman después. Celeste y Manuel se quedan juntos bajo el árbol y esperan a que la abuela para ir juntos a mojar sus pies en el agua salada. Manuel no está seguro de usar el pantalón corto de tela suave que su abuela le dió para bañar, siente que puede pasarle algo. ¡Vaya cipotes, entren al mar! La abuela los mira sin hacer nada bajo el árbol y desde que se acerca los invita a quitarse la ropa para entrar. Manuel la mira, pero espera que sea
ella quien comience. Celeste lleva el vestido con el que salió de la casa, uno ralo que se moldea su cuerpo con la brisa del mar, así se dirige al mar y moja sus pies. ¡Está tibia! Grita a su abuela y a Manuel que siguen bajo la sombra del árbol. ¡Vaya muchacho! ¿Que esperás? Con un poco de vergüenza Manuel se quita la camisa, los zapatos y el pantalón que lleva sobre el suave traje que lleva para bañar. La abuela lo toma de la mano y lo lleva hasta donde Celeste ha entrado en el mar. Los cuerpos de todos quedan sumergidos a nivel de pecho y apenas superada la primera vergüenza llega la
otra cuando Manuel ve la rigidez visible en los pechos jóvenes de Celeste. La abuela disfruta del agua salada con los dos jóvenes que mira como los dos niños que antes llevaba a bañar de la misma forma. Celeste platica y disfruta de forma muy natural el momento, ha estado con su abuela por más tiempo y han bañado desde antes que ella tuviera sus naturales cambios. Manuel se incomoda por no poder controlar su natural evolución abajo de su cintura y espera que le pase antes que la abuela pida salir del agua. Se mira a la señora de una de las chozas llegar, desde fuera del agua les avisa que ya pueden ir a comer. Ella regresa para tener listo
todo a la llegada de sus visitantes y conocidos mientras la abuela y Celeste salen del agua. Manuel se queda un poco, asegura que su traje no deje nada a la vista al salir y sale después que la vergüenza se ha relajado. Ya bajo la sombra de los árboles la abuela y Celeste lo esperan para ir a comer. ¡Que bonito cuerpo tenés muchacho! La abuela ha visto a su nieto y avisa que algo pasó en el agua, mira a Celeste y le da un vestido de ella para que cubra su mojado vestido de baño. El regreso es temprano para poder hacer la cena y comer juntos ése domingo, la abuela consigue llevar un pescado para el abuelo que espera
probar el sabor del mar. Un baño rápido con el agua dulce del río quitará la sal que traen en sus cuerpos. Manuel ha ido al río para bañar y traer agua para que su abuela y Celeste se bañen antes de preparar la cena. El abuelo en la hamaca lo ve llegar y le avisa que dormirá en otra cama, la que está más cerca de ellos. La cena llega y los cambios hechos llaman la atención de Celeste que mantiene silencio y sin mirar a Manuel como lo hizo al llegar. Es muy poco lo que ambos se han dicho y ahora mucho hablarán menos. La hora de dormir llega y los ocotes se encienden para buscar la ropa de dormir, luego se apagarán para que
todos se vistan sin que la luz amarilla del fuego deje ver siluetas de cuerpos desnudos sobre los lienzos de tela clara que separan las camas. Las últimas palabras se escuchan, son las de “buenas noches”, y todo queda en silencio hasta que los dos abuelos comienzan a roncar. Los dos jóvenes parientes sienten el aroma de la juventud que comienza a llenar el gran cuarto cuando el humo del ocote ha terminado de salir por las hendiduras del artesón de madera y teja. Una suave pero creciente agitación comienza a hacer respirar más rápido a dos sonámbulos que se dejan llevar por ruidos y movimientos imaginarios dentro de la sala. Manuel es el primero
que siente algo de verdad, se queda paralizado por lo que no puede ver ni escuchar. Tampoco se atreve a preguntar a la única persona que puede estar despierta en el cuarto. Siente bajo su cobija la entrada de aire fresco y luego un cuerpo quedar junto a su lado. Soy yo, Celeste. Escuché ruidos en la cocina y tengo mucho miedo. Ambos se quedan juntos y dejan que el sudor de ambos se junten y mojen la rala cobija que los cubre. Saben lo que pasa pero no discuten al respecto, prefieren inventar rezar para desaparecer los “espíritus” que hacen ruido. Pelear con espíritus no es fácil,
pero podemos lograrlo Celeste es quien lleva la iniciativa y los rezos se mezclan con la respiración cruzada que acerca sus naturales evoluciones para hacerlas sentir sutilmente. Poco a poco la noche avanza y los ruidos imaginarios pasan a ser escuchados por las paredes del gran cuarto. El rezo se intensifica y ella parece casi llorar con el trajín para vencer al espíritu. Finalmente un suave grito, de uno primero y del otro después, anuncia que el espíritu ha sido vencido. Manuel es quien deja ir por último su suave grito momentos después que Celeste le dado un leve mordisco en su pecho. ¡Lo hemos vencido!
Es el último susurro que se escucha. Sin saber muy bien lo que ha pasado en la oscura noche, Manuel se levanta al día siguiente y sigue el curso del día con la sensación de haber tenido un sueño extraño. La abuela y Celeste ya están en la cocina y se saludan con la misma naturalidad del día anterior. Sin preguntas se sienta a comer y platica de las trivialidades a hacer durante el día. Celeste habla fuerte y dice que sacará comida para las aves de la bodega de madera camino al río. El abuelo termina de comer y, con ganas de ir a la hamaca, se levanta lentamente. ¡Vaya mija, deles de comer! Como el golpe de una ola a un
desprevenido bañista, el “espíritu” se deja ir al cuerpo de Manuel quien come y ve salir a Celeste hacia la bodega. La abuela sigue en la cocina y alista las cosas para el almuerzo con la mayor paciencia posible. La bulla de los pájaros en los mangos ahogan los sonidos de casi todo lo que esté más allá de diez pasos. Con el calor que comienza, Manuel se levanta y sale de la cocina sin que la abuela lo vea y extrañe. El espíritu lo acosa y busca el camino al río con desesperación para encontrar con quien rezar. La puerta de la bodega está a medio abrir y ve a Celeste con su ralo vestido que deja ver sus líneas naturales con la luz del sol que las dibuja. Ella lo ve y mira
hacia afuera para asegurar que el espíritu sólo trae a Manuel. Con paciencia y delicadeza busca dejar a la luz del día sólo lo natural mientras los ojos asombrados miran la perfección de un cuerpo listo para dar vida. El rito comienza y el rezo se identifica como la noche anterior hasta vencer el “espíritu”. Sólo los dos testigos pueden dar fé de la presencia del espíritu oculto en la gran casa. Después de mucho tiempo de rezar y rezar, el espíritu comienza a bajar su incesante presencia y desaparece del todo con la salida de Manuel que regresa al puerto para trabajar.