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Soy yo Zoila

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Soy yo, Zoila Por Pedro Ramirez


Sigo acá Hoy vine al cementerio. Vean ustedes lo que dice la placa, Julia Aguilar Chacón, nació el 17 de enero de 1949, murió el 26 de septiembre de 2003. Yo la parí con apenas 21 años y hoy, con 89 años, estoy volviendo a ver su sepultura desde que murió aquel mes patrio. Pasaron catorce años para que tuviera el valor de venir a verla y no quebrarme de nuevo. No sabía que más podía botarme en la vida con esa fuerza, pero vine porque me di cuenta de que, aunque yo y otros tampoco lo quieran, seguiré en este camino hasta que tengan que levantarme todos los días para finalmente traerme al panteón, donde todos terminaremos en cualquier momento. Los años no pasan de gusto y, si antes tenía fuerzas para levantarme a oscuras, ahora muchas veces no puedo ni levantarme por el desgano con que me agarra la mañana. Si pienso el cómo será el día, las


fuerzas se me van del todo. Por eso mejor no pienso nada y me levanto como una gallina más del patio, como ese gallo que no hace caso al dolor de sus huesos artríticos y sigue camina que camina para comer y hacer como que es el gallo de todas esas gallinas. Pobre gallo, dicen unos, pobre Zoila dirán otros. Ya no me importa. La salida del sol da el aviso todos los días y hay que levantarse sin más. Hoy me preguntaron si quería venir a ver a Julia y dije que sí, no lo pensé y fue lo mejor. Al menos la foto les quedará a todos para que se alegren después. Los primeros Bien dicen que el que pega primero, pega dos veces. Julia no fue la única hija que tuve, fueron doce en total. Que sabía yo de lo que hoy se sabe para no parir tanto, hasta los ojos se me hundieron de todo lo que me sacaron cada uno. En mis días no quedaba tiempo para pensar mucho, solo para levantarse y seguir adelante. Julia fue la primera y fue la que me ayudó con el resto, hasta


me crio la última como si fuera su hija. Aunque se enojen sus hermanos, diré siempre que, como Julia no hay nadie más. Ella pudo irse lejos después de sacar su carrera de maestra, pero se quedó acá para ayudarme. Yo para entonces ya me sentía cansada y hastiada de todos los días. Levantarse, cocinar para tantas bocas, costurar y vender cositas, acostarme tarde y preparar la mañana siguiente era lo normal y sin opciones, sin decir un día “ya no quiero más”. Esas palabras que dicen hoy no se conocían antes, las de “es demasiado” o “no es justo”, o “es una grosería”. Había uno que otra que se iba y dejaba tirada su crianza, tal vez mal de la cabeza era que estaban, pero al menos los cuerdos seguíamos hasta ver a todos salir adelante. Los almuerzos con Julia me aliviaban, era tan educada como su abuela, mi mamá, hablaba con delicadeza, pero también era dura cuando tenía que serlo, tenía carácter y eso me ayudó para tener todo en orden. A mi me tocó ese papel de tirana, de grosera, de implacable. Si me gustaba o no, era cosa sin importancia. Con Julia comencé a descansar más, ella venía con fuerza y la práctica en la escuela hacia las cosas más fáciles para ella, mediaba más y aplicaba menor rigor. Son esas cosas que se dicen ahora, de que hablando se arreglan las cosas. Ven, por eso Julia fue y será mi Julia, si lo entienden o no, pues es cosa sin importancia, ella se lo ganó y ahora el resto de mis hijos se lo ganan en mi vejez,


solo que quizás escuchen menos elogios de mí a ellos, estoy cansada para eso. Lo que queda Miren, este año serán noventa los que tendré, muchos querrán ver mas años, pero eso no lo sé, mis fuerzas me hacen decir lo que antes no podía. ¡Basta ya! Entiendan, mírenme, recuerden que fuerza tenía para darles con aquel chilillo, con que fuerza me levantaba a hacerles la comida a todos, a hacer queso, a costurar, bueno, ustedes saben más, yo en mi carrera ni supe que tanto hacía.

El miedo a la muerte que de jóvenes nos hace sudar, hoy ya no existe para mí, la muerte es un alivio, un descanso obligado, ese que nunca me puse a mí cuando pude y que me llegó sin quererlo en esta vejez tan difícil de aceptar.


¿Saben?, siempre les digo del frío, el que nunca tuve en esta tierra tan caliente, el que pocos tienen también en su juventud, ahora es irremediable en mí, hace calor y me da frio. Ahora conozco bien esa sensación que añoraba de joven cuando tener una refrigeradora era algo visto como un sueño, y de esos aires acondicionados ni hablar, si nos hubieran dicho que podríamos comprar uno en el futuro, a lo mejor nos hubiéramos enojado por creer nos mentían. Lo que queda de mí es esto, lo que ustedes ven, en harapos a veces, un despojo, una vida de lo más sencilla, de tener solo lo que el día me pide, de comer lo que el cuerpo ocupa para dar esos tres pasitos que doy con mi escoba, de recibir lo que puedo aceptar y que no me haga sentir pesada, porque ya ni con mi cuerpo puedo.


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