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Razones para recordar

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Razones para regresar Inspirada en una historia de Gualjoco Por: Pedro Ramirez


Zoila trataba de arreglar algo para no tener tanto que hacer al regresar. Las sillas quedaron tal como las dejaron los que llegaron a acompañarlos y que también las habían prestado para el momento de compartir que recién había terminado. Todavía quedaba un resto de gente en la plaza en la esquina, frente a la casa de Zoila, miraban hacia el cerro para evitar el brillo del sol que daba calor a sus espaldas. Parecía esperaban a que los últimos en salir de la casa tuvieran compañía para el corto trayecto hacia el lado del puente. El calor y sol parecía no importarles mucho ya que muchos tenían algún tiempo de no verse y el evento les daba la oportunidad para platicar de nuevo. En el interior de la casa solo se escuchaban suaves ruidos de trastos y puertas de madera que Zoila acomodaba, hacía tiempo para que se fuera la mayor cantidad de gente y estar lo más sola posible. En su mente se decía: Bueno, ya es hora de irse. Ojalá sea rápido y sin mucha plática para terminar lo que hay que hacer y descansar. Mañana será un día como los otros y quién sabe qué más habrá. De la nada entró Teresa, una de las hijas mayores, con la energía que siempre tiene, como si las últimas veinticuatro horas de ajetreo hubieran sido solo minutos para ella. Miró a Zoila que de forma vaga trataba de arreglar algunas cosas y no supo que ella sólo hacía


tiempo para que no hubieran más pláticas, más consejos y mucho menos escuchar algún sentimiento lastimero o de autocompasión. Hacía como que hacía pero en realidad solo pensaba encerrada en sí misma. Teresa pensó que ya no aguanta tanto trajín y por eso le dijo: Vámonos ya mamá. Hay que estar antes que toda la gente llegue. Dejá esas cosas de la cocina ahí, al volver las arreglamos. ¿Y Julia donde está? Hasta ese momento, Zoila se dió cuenta que ya no sabía quiénes estaban y quiénes no. Tanta gente que llegó y saludó le hizo olvidar la realidad que vivía en ese momento. Siempre tuvo un constante sentido de lucidez con su realidad, de estar rodeada de pocas personas ajenas a la casa y de tener que hacer con los que estuvieran ahí. Zoila no hizo espera para responder a Teresa, con voz firme y mirada directa le dijo: No se que se hizo, dijo que se sentía algo mal. La vi sentada un rato, pero al final se ve que salió con los primeros que agarraron camino. Teresa la miraba fijamente mientras respondía y esperó a que no dijera nada más para decirle: Seguro está allá. Salí que yo cierro la casa. ¿Te sentís bien mamá, te llevo algo por si acaso?


Zoila escuchó algo que casi nunca le preguntaban, ​“¿te sentís bien?”​. Desde niña la pregunta más común era: “¿cómo estás?” y fue la que muchas veces contestó con “bien”, “cansada”, “enferma”, “con frío”, “con calor”. Contestar cómo se sentía era algo más y no podía decirlo sin detenerse un rato y pensar lo que era conveniente responder. Tenía un recuerdo nebuloso de la primera vez que su papá le preguntó eso cuando salieron de Tela, del lugar donde nació. Recuerda haberle contestado: ​“me siento sola” y recuerda el abrazo y beso en su cabeza que le dió su papá después de escuchar su respuesta. En ese momento su respuesta tenía un consuelo y supo que lo tendría siempre de su papá quien. En ese entonces se sentía desolada porque dejaba a sus amiguitas vecinas y, aunque tenía pocos años de edad, entendió que era ese sentimiento de sentirse sola. En el momento que Teresa le preguntó estuvo a punto de decir lo mismo pero se contuvo, después de la marea de gente que salió de la casa, que había comido y platicado, sintió ese vacío. Eran raras ocasiones en que la casa tenía tanta gente y que fuera para platicar con ella. Casi siempre el día era la rutina de levantarse a oscuras para preparar la comida y acostarse muy tarde luego de costurar las carteras de junco que había que vender para apoyar los ingresos de la casa. Durante el momento de soledad dejado por los que estuvieron minutos atrás, se impuso salir y mostrarse


como siempre, como la que nada le mueve el piso. Pensó que era importante enseñar que era posible mantenerse firmes en todas circunstancias y por eso se dijo: “​Nada me moverá”.​ Pasado unos minutos de silencio ante la pregunta de Teresa, le contestó parcialmente: Vámonos pues, mirá que estén bien cerradas las puertas. te espero afuera. Teresa cerró las puertas y salió rápidamente. Vio que Zoila ya se había cruzado la calle y estaba con la gente que vio platicar antes de entrar a la casa. A ellos les había dicho que luego saldría con su mamá, que las esperaran para ir juntos. Al llegar reunirse con el grupo de gente que esperaba, Teresa hizo movimiento con su cabeza y agarraron camino por las marcas de los que antes se habían ido y pasado por la plaza. Un resto de personas sentadas en diversas partes de la plaza, al ver que ya salía el grupo donde iba Teresa y Zoila, se levantaron de sus sitios y se unieron para engrosar la caminata. Era necesario hablar poco, las horas de plática en la casa de Zoila habían sido largas. Era momento de solo caminar y escuchar el sonido de los pasos y de las pequeñas piedras que se movían con el paso del grupo que caminaba. Por la calle era poca la gente que estaba dentro de las casas y, a medida que se acercaban al puente de piedra, podía sentirse una desolación mayor. Terrenos sembrados con maíz y otros para pastar ganado


se encontraban en dirección hacia el puente, el que permitía el paso a la ciudad de Santa Bárbara sobre esa quebrada de gran profundidad y con grandes piedras en el fondo. Al llegar y pasar el puente, tomaron el camino de la izquierda, el que conduce al cementerio. Ahí donde les esperaban para comenzar los actos. La caminata en silencio fue importante, Zoila pudo recuperar el espacio de quietud que había perdido por atender y platicar a mucha gente. Mientras caminaba pensaba en la pregunta que le hizo Teresa y que solo contestó en parte. La respuesta la tuvo pues supo que el sentimiento que tenía era similar al que tuvo de muy niña cuando salió de Tela. Era de soledad. Ahora comenzaba a sentirlo de forma diferente. Era extraño y difícil describirlo y durante cada celebración del día de los fieles difuntos recordó la simple pero profunda pregunta que Teresa le hizo. En la puerta del cementerio muchos esperaban a que Zoila pasara para entrar de lleno al lugar destinado y donde ya estaban los otros hijos de ella. En el corto camino, Zoila pudo escuchar de la gente que les miraba pasar lo que precisamente no quería escuchar, palabras de consolación. Resignación Zoila, resignación. Ella se contenía para no contestar según su forma de pensar. Siempre pensó que la resignación no era de cristianos, que es la abnegación lo que debe haber, el


luchar por hacer las cosas con mayor esmero y dar honor al que se ha adelantado al partir de la vida terrenal. A lo largo del corto trayecto hacia el lugar del sepelio, los más pequeños jugaban, era un lugar que muy raras veces visitaban y sabían habían monumentos donde podían esconderse para jugar. Zoila dejó que sus más pequeños hicieran lo mismo que otros niños hacían, igual no tenían edad para entender lo que pasaba. Privar ese momento de felicidad no tenía sentido. Sus hijos mayores entendían esta decisión de Zoila, miraban su templanza y de esta firmeza agarraban fuerza para mantenerse ellos por igual. Recordaban que el día antes ella misma les había dicho: Mañana nada de cosas, nada de auto compasión. Acá hay mucho que hacer y hay que seguir adelante. Al llegar donde todo estaba listo como se había pedido estuviera, donde muchos ajenos a la familia llegaron con anticipación para apoyar, era notable que la tradición de dar condolencias quería ser continuada por los asistentes. Zoila ya no quería eso. Había tenido suerte de no recibir, ni escuchar, ningún sentimiento lastimero hacia ella o hacia los suyos. Pensaba que la lástima era un penoso sentimiento, porque es como dar por perdido algo y lavarse las manos para no hacer algo para que la situación cambie, su pensar era que ante sentir lástima es mejor no sentir nada. Supo que era inevitable escuchar


ese sentimiento y, previo al acto de sepelio, alguien que recién llegaba se acercó y le dijo: Ay Zoila, que pesar con todo esto, mis condolencias, pobrecito los pequeños, los mire jugar felices, ni siquiera saben que pasa. Los hijos mayores escucharon la palabra ​“pobrecito” ​y de inmediato miraron a Zoila. Sabían que el agua podía salirse del guacal aunque Zoila siempre mantenía su firmeza, tal como Rosita su mamá, quien también estaba en el acto, le enseñó. Zoila solo le contestó: La vida es como la forjamos nosotros mismos, solos o acompañados. Ellos no estarán solos, me tienen a mi, a toda la familia y a muchos amigos que nos quieren. Zoila recuperó fuerza para seguir con el acto después de la respuesta y recordó lo que horas antes se había dicho en la casa. ​“Nada me moverá”.​ El tiempo de padecimiento de Gonzalo había sido largo y eso dió tiempo para asimilar lo que venía, su fallecimiento. Los más pequeños vieron el rápido desgaste de su padre mientras jugaban en la casa, para ellos la transición fue tan gradual que, al llegar el día de no verlo levantado, lo tomaron como normal Durante los últimos días de Gonzalo, hijas, hijos y madre lo llevaban a levantarse y acostarse. En los días que permanecía en silla de rueda, los más pequeños


jugaban alrededor de él y con su silla de rueda, pero comenzaron a llegar los días en que no lo levantaban por la fragilidad física que tenía. Zoila vivió aquello y se preguntaba si ella tendría que pasar por ese mismo camino y quizás esconder la tristeza de llegar al final de sus días. El aviso para comenzar el acto fue dado y, sin más intercambio de palabras, el encargado dio inicio con una breve oración inicial. Se dió lectura al himno del oficio de difuntos y Zoila, con su cabeza hacia abajo y ojos cerrados pudo escuchar: “Mirad que es dulce la espera cuando los signos son ciertos; tened los ojos abiertos y el corazón consolado” Las palabras fueron acompañadas por un suave viento, levantó su mirada y pudo divisar el horizonte con las planicies junto al gran río de Otoro, el lugar donde Gonzalo y sus hijos iban todos los días a cultivar los granos que aseguraban la comida del día a día. Se dijo a sí misma: Siempre he tenido los ojos abiertos, pero todavía no tengo mi corazón consolado. ¿Podré decir que fue dulce la espera al final de todo esto? No se sintió triste, solo tuvo la inquietud por saber si en realidad existía esa posibilidad de llegar a decir ​“valió la


pena”​. La liturgia siguió y de nuevo bajó su cabeza para tratar de escuchar y tener poco contacto con quienes la miraban. Si alguien quería verla tirada en el suelo llorando se iría con las ganas de no ver ese cuadro de drama. Podía escuchar el sollozo de muchos, sabía que no todos eran como ella pero tampoco sabía si de alguno de los sollozos venían de alguno de sus hijas o hijos. Las lecturas de salmos y evangelio terminaron y Zoila levantó la cabeza para buscar con su mirada a sus hijas e hijos. Casi todos estaban cerca y firmes como ella misma estaba. Sintió fuerza de ellos, pero también sintió de nuevo ese sentimiento de soledad. Julia, su hija mayor, ya tenía algún tiempo de haber regresado de sacar sus estudios, sus visitas le ayudaban a romper la rutina del día. Estaba bien seguir así, pero el vacío que quedaba tenía rellenarse con algo más. Escuchó un movimiento y volteó su cabeza, sabía que era Julia. Se miraron sin decir nada. Ambas no se movieron a la espera que alguna de ellas hiciera o expresara algo. Como mujeres sabían que las emociones eran mayores y que ahora serían compañeras de lucha para sacar adelante a los que quedaba por empujar. Una pequeña de un ojo de Zoila la descubre y Julia ve, por primera vez, un rostro como nunca antes. Sin decir se acerca a ella y la abraza. Lloran en el silencio interno donde solo ambas se escuchan. Pasó lo que Zoila no quería pasara, pero al final solo Julia


se enteró. Teresa ve el abrazo prolongado, se acerca a esperar que ambas se incorporen para susurrar que el acto continua. Zoila suspira, deja a Julia y decide decir a Teresa: Teresa, vaya con los niños, vea si están bien. Teresa sintió la preocupación de su madre por los pequeños, no tanto por ese momento en que jugaban alegremente sin parar por el verde panteón, sino por los siguientes años donde ya ella, con más de cincuenta años, le tocaría ver cómo sacarlos adelante. Buscó los dos niños y los encontró sentados en una de las antiguas lápidas. Platicaban y se reían, estaban sudados de tanto jugar y parecía solo esperaban tener más fuerzas para seguir. Teresa vio aquella imagen y le quedó grabada en su mente para siempre. Se dijo a sí misma: ​“que los hijos que tenga crezcan viendo a su padre hasta que sean grandes”.​ Hasta ese momento Zoila no había pensado cómo contestar a los niños sobre dónde había ido Gonzalo, tampoco contestarse a si misma si sería capaz de vivir los que fueran años para ver a los nietos de sus dos más pequeños hijos. Se sentía desolada en su interior, aunque sabía que había quienes se quedarían con ella en Gualjoco para apoyar la casa y empujar lo más que se pudiera a los que salieran a estudiar afuera. A quienes sabía serían su apoyo los miró fijamente en


muchas ocasiones durante el acto y la mirada fue recibida y entendida con el mensaje: Se que cuento con ustedes El acto continuó y la sepultura fue hecha sin dejar pasar mucho tiempo. El momento de regresar llegaba y los rostros permanecían intensos por la larga jornada y las horas de sol que hicieron enrojecer la piel de muchos. Los niños jugaban, aunque ahora con menor intensidad, y se acercaban de vez en cuando para preguntar: ​¿ya nos iremos a la casa?, tenemos hambre. A ​ nte las miradas de ellos los dolientes disimulaban para que no preguntaran que pasaba, o porque lloraban. La templanza de los de la casa fue importante para hacer creer que los dolientes eran otras familias. Como otros niños que habían llegado, los dos pequeños de la casa también estaban contentos. Zoila sintió de nuevo la soledad al ver que muchos se retiraron, se refugió en buscar cosas que había que llevar de regreso y decir a los cercanos: Es todo. Es hora de irse a descansar. Todos estamos cansados. Teresa seguía vigilando a los pequeños y esperaba que Zoila llegara a avisar para decirles que era hora de irse. Se preguntaba si ellos lograrían ver los rostros diferentes de todos los mayores, y si les preguntarían ​¿donde se ha ido?​. En ese momento la dureza de Zoila se había roto y miró a los niños con ternura. Teresa vio esa mirada y dejó


que ella llamara a los niños y los llevara. La madre de los dos pequeños se les acercó, agarró sus pequeñas y suaves manos y les dijo: Vámonos a casa hijos, luego tendrán oportunidad y razones para regresar acá.


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Razones para recordar by Pedro Ramirez - Issuu