GACETA PARNASUS DICIEMBRE 2025 | VOL. 23
Queridos lectores, Cerramos el año con historias que iluminan tanto el pasado como el presente. La profesora Beatriz González de Bosio abre nuestra edición transportándonos al Paraguay de 1855 a través de los ojos del español Ildefonso Bermejo, cuyo testimonio revela una república que aún no terminaba de serlo. Delfina Acosta nos regala "Equilibrio", un poema sobre el arte de caminar la cuerda invisible entre el vacío y la vida. Luego, Rodrigo Cardozo Samaniego devuelve al debate nacional un episodio silenciado durante más de un siglo: la Masacre de Concepción, investigada con rigor histórico y profunda humanidad en Toro Pichãi. El poeta estadounidense Mark Bromberg nos interroga sobre la identidad a través de sueños que parecen pertenecer a otra persona, mientras que desde México, Ronnie Camacho Barrón entrega "El ilegal", donde el terror sobrenatural se mezcla con la muy real angustia de la migración. Descubrimos también una curiosidad histórica: el extraño período en que Paraguay celebró su Independencia en Navidad. Y Lita Pérez Cáceres cierra con "Cartero de guerra", donde el amor y la esperanza persisten incluso en tiempos de conflicto. Esta edición es nuestra forma de celebrar las fiestas: con palabras que recuerdan, cuestionan y resisten el olvido. Por último, no se pierdan la sección de: ¿Qué libros les gustaría recibir o regalar en estas fiestas? Nuestros lectores respondieron con entusiasmo. Gracias por acompañarnos un año más. Tahiana Larissa Editora
Lillian Aliente Editora
Thomas L. Whigham Editor Asociado y Colaborador
Gaceta Parnasus 02
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ÍNDICE ILDEFONSO BERMEJO: LA VIDA EN EL PARAGUAY EN TIEMPOS DEL VIEJO LÓPEZ. 18501860 BEATRIZ GONZÁLEZ DE BOSIO EQUILIBRIO DELFINA ACOSTA TORO PICHÃI: LA MEMORIA QUE SE NIEGA A DESAPARECER ZOOM MARK BROMBERG TRADUCCIÓN: THOMAS WHIGHAM EL ILEGAL RONNIE CAMACHO BARRÓN ¿FESTEJO DE INDEPENDENCIA EN NAVIDAD? CLAUDIO VELÁZQUEZ CARTERO DE GUERRA LITA PÉREZ CÁCERES ¿QUÉ LIBROS TE GUSTARÍA RECIBIR O REGALAR EN ESTAS FIESTAS? 03
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ILDEFONSO BERMEJO: LA VIDA EN EL PARAGUAY EN TIEMPOS DEL VIEJO LÓPEZ. 1850-1860
Prof. Beatriz González de Bosio 04
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INTRODUCCION El Paraguay se volvió República en 1813 como estratagema para lograr la autonomía respecto del hegemónico Puerto de Buenos Aires, que deseaba reconstruir el Virreinato del Río de la Plata, pero sin el Rey. Lo de República era más expresión de deseo que cambio institucional. Siguieron la división en castas de acuerdo al origen familiar, bien propio del Medioevo. El gobernante asumía plenos poderes hasta el punto de decidir con quién podían o no contraer matrimonio los "ciudadanos". No se podía viajar al exterior ni al interior sin permiso gubernamental. Y todo periódico extranjero debía ser incautado en el puerto de entrada. El comercio era monopólico. La esclavitud no se había abolido. El reglamento de Gobierno, denominado Constitución de 1844, obligaba a la obediencia al gobernante de turno, y este nombró a su propio hijo como vicepresidente y sucesor de por vida. En ese contexto político fue contratado desde España Ildefonso Antonio Bermejo, natural de Cádiz (1820-1892). Conoció en París al joven general Francisco Solano López, ministro de Guerra y enviado especial de su padre Carlos Antonio López, a contratar técnicos y educadores para llenar el pavoroso vacío educacional legado por el gobernante anterior, José Gaspar de Francia, quien suprimió la educación pública por supuestas amenazas externas a la seguridad, con el lema "Mientras Marte vela, Minerva duerme". El presidente Carlos Antonio López tuvo serios inconvenientes para llenar su limitada burocracia. Bermejo llegó a Asunción en 1855 como contratado, con un generoso salario de 700 pesos fuertes, y se puso inmediatamente a seleccionar alumnos y dictar cátedras de una incipiente educación secundaria. También se puso a escribir en el Semanario de Avisos y Conocimientos Útiles, hoja de información gubernamental. Además de escribir para El Eco del Paraguay, desde donde propició prematuramente en 1856 la elección presidencial de Francisco Solano, lo que no agradó al padre. 05
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Por pocos meses escribió en la primera revista mensual literaria La Aurora, entre 1861 y 1862. Los más destacados jóvenes estudiantes de la época fueron sus discípulos en dicha aula: Andrés Maciel, Juan Crisóstomo Centurión, José Falcón, Natalicio Talavera y otros. Dictaba conferencias en el Club Nacional y llegó a organizar novedosos bailes de disfraces. Su esposa, Purificación Giménez, tuvo protagonismo en el plano social, lo que la puso en directa competencia con la consorte del general Francisco Solano López, la irlandesa madame Elisa Alicia Lynch.
Un caballero en la selva sudamericana Desde su mismo arribo, el 26 de febrero de 1855, Bermejo comenzó a recoger anécdotas inefables. Le sorprendió desde la vestimenta distinguida pero sin calzados del capitán general de Puertos, con un ancho sombrero de paja en la cabeza, hasta su examen físico médico de un curandero de la tropa, cuyo papel era evitar el ingreso de males endémicos. La presencia de una máquina fotográfica como equipaje de un turista alemán causó revuelo. Le informaron también que el reglamento de conducta de todo extranjero cuyo artículo primero rezaba: "se descubrirá respetuosamente siempre que pasare por delante de un centinela en facción". 06
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Cumplidos los requisitos migratorios, un agente de gobierno le llevó hasta la vecina residencia que le fuera asignada. El siguiente gran descubrimiento de Bermejo fue la fluida conversación entre el oficial y la tropa en el exótico idioma guaraní, muy extendido entre la población. En tanto que caminaban, manifestó su extrañeza viendo que la capital de la república no tuviese empedrado y que el transeúnte se viese obligado a caminar con tanta molestia, teniendo que hundir sus pies en una cuarta de arena. Comenzó a examinar su residencia y se encontró en una sala sin baldosas cuyas oscuras paredes atestiguaban la oscuridad del yeso que las había acicalado. Vio una mesa de cedro cubierta con una bayeta azul, a guisa de tapete de jugador; sobre este paño, un tintero de cristal negro, dos pliegos de papel con barbas y una pluma de acero. Advirtió que los que le habían traído el ajuar, aunque modesto, no habían olvidado los menesteres de un hombre de letras. A cierta distancia de la mesa, que la situaron en medio de la sala, había una especie de tinaja de barro encarnado, sin tapadera y llena de agua, pero sin vasija para beberla. El mueblaje de la sala se completaba con dos sillas de madera pintada. Esta sala no tenía más luz que la que entraba por la puerta, bien que cerrándola podían abrirse sus postigos, que daban entrada a la suficiente claridad. Su esposa (hasta este momento no había dicho que era casado) se sentó sobre uno de los baúles y comenzó a llorar con tal desconsuelo que el esposo la animó asegurándole que el mismo vapor que les había traído los sacaría de aquella reclusión. Se fue acercando gente, preguntando si traía cartas para ellos. Registrando sus bolsillos fue distribuyendo la correspondencia y entre las cartas que traía venía una para don Sinforiano Alcorta, comerciante argentino. Este caballero, dolido por la situación y la de la esposa, cuando quedaron solos habló, señalando que con gusto los llevaría a su casa para mayor comodidad, pero el gobierno de esta República no está en buena armonía con el de Buenos Aires, de cuyo estado soy natural y, por lo tanto, soy sospechoso, vigilado y aborrecido. 07
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Soy comerciante y tengo enseres con que adornar su casa más dignamente. Y los invitó a cenar a su casa y lo hicieron también con don Francisco Ramírez, cónsul de la Confederación Argentina. De pronto se acercó un joven mulato que le rezó el Bendito en castellano, luego le habló en guaraní. El cónsul de la Confederación tradujo contando que, siendo este joven un esclavo del Estado, le ordenaba el señor presidente se pusiese a servicio de los recién llegados. Le explicaron que el Estado era propietario de más de mil quinientos esclavos y que los tenía en un lugar llamado "la ranchería", con distribución de sexos, edades y castas, para comerciar con ellos como pudiera hacerse con el ganado.
Le llamó la atención el sonido de un tambor y un silbato y dijeron que era la retreta que marchaba alrededor de la plaza de Gobierno pausadamente a fin de terminar a las nueve. Y un toque de queda indicaba la señal de silencio, lo mismo para la tropa que para la población. Al día siguiente recibió la orden de presentarse al "Carai Guazú", o sea, el presidente de la República, quien le ofreció un cigarro que, al ser rechazado, fue encendido por el mismo primer magistrado. 08
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Molesto por haber encontrado un nido de murciélagos en la casa anteriormente deshabitada, se lo hizo saber al señor presidente, quien ordenó la evacuación de los vampiros en una operación a cargo del propio ministro de Hacienda, don Mariano González. Llegó a la casa de gobierno, un tosco edificio de planta baja con muchas ventanas sin cristales y una gran puerta precedida de un ancho y espacioso corredor cubierto de un tejado, sujeto a varias columnas de ladrillos blanqueados. El oficial de guardia y otros soldados que estaban sentados en un banco situado en el zaguán se pusieron de pie. Le dijeron que su excelencia estaba tomando mate y que el mulatillo avisaría cuando se encontraba el presidente a disposición. Lo recibió el presidente con una sonrisa cariñosa, diciéndole al mulatillo que acercara una silla, pidiéndole al mismo tiempo que llamara al barbero. Y coloquialmente el presidente comentó que, por noticias de su hijo Pancho, Francisco, veía que usted sería de la familia, por eso lo recibía sin protocolos. Además, somos republicanos. Puso en manos del presidente la carta que el hijo le había dado en París. Se anunció la llegada del barbero, el cual penetró previa licencia con sus menesteres de rasurar y hasta el agua caliente prevenida. Detrás del barbero penetró la presidenta, a la que fui presentado por su ilustre marido, saludándome esta señora con una ligera inclinación de cabeza; le traía a su marido el paño de barba y un atado de puros que, según expresó, habían sido elaborados por ella misma. La señora presidenta contaría unos treinta y cinco a cuarenta años: su color revelaba ser hija de padre europeo y madre india. Me despedí del señor presidente y llegué a mi casa y me encontré con el ministro de Hacienda subido en el tejado escudriñando en compañía de un albañil los sitios donde estaban los nidos de murciélagos. Me informó que me habían adjudicado otra casa, que sería deshabitada en dos horas. Era la mejor casa que tenía el Estado. 09
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Aristocracia paraguaya Llegaron a nuestra casa doña Ramona Gill, seguida de sus dos hijas y una mulata. La matrona, de poca estatura, rechoncha y blanca. Vestía traje de seda color café sin adornos y cubría sus hombros un grande pañuelo de rebozo con flecos. Sus hijas, entrambas casaderas, llevaban el mismo atuendo y la mulata no llevaba más que una especie de camisa blanca de algodón, llamada en el país "tupoy", sujeta a la cintura por una ancha faja encarnada de estambre a la cual dan el nombre de chumbe, y una sábana blanca doblada que cubría su cabeza a guisa de manto. En la boca, un cigarro de hoja encendido. La esposa de Bermejo se apresuró a corresponder a sus saludos y a ofrecer asiento a las huéspedes paraguayas; dijo doña Ramona Gill: "¡Qué pareja! ¡Bendígala Dios y su santa madre! ¡Qué matrimonio tan el uno para el otro! ¿No es verdad, hijas mías?". Y prosiguió doña Ramona: "Ya veo que no tienen hijos.Descuiden ustedes, que pronto los tendrán que en el Paraguay toda extranjera que come mandioca al momento se queda preñada y pare hijos a docenas". Y siguió a este vaticinio tan poco culto una serie de testificaciones citando infinidad de señoras extranjeras que, reputadas por estériles en Europa, habían sido madres muy fecundas y todo ello por haber comido mandioca, que es un tubérculo en forma de zanahoria de superior tamaño, una especie de patata insípida que hace oficio de pan entre los campesinos y el alimento principal de los paraguayos.
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Doña Ramona Gill sacó de su bolsillo un manojo de cigarros puros y brindó con un puro a mi esposa, quien dio las gracias ruborizándose. "¿No pita usted?", preguntó. "¡Qué lástima! Ya se acostumbrará". Desde las doce hasta las dos se nota en la Asunción del Paraguay un silencio tenebroso; no se oye más que el canto de algún gallo en su corral o el murmullo de los árboles. Se duerme la siesta. Y se acostumbra hacerlo en hamacas desplegadas en el interior de las viviendas. El amigo Sinforiano nos advirtió que tuviéramos prudencia en los comentarios, pues los espías del gobierno se apostan en las ventanas de las casas sospechosas para dar cuenta después al jefe de Policía de lo que dicen los extranjeros acerca del país y se debe tomar precaución para evitar multas inesperadas y encarcelamientos imprevistos o expulsiones violentas de los mismos. Encontrábase a la sazón reñida la República con el estado de Buenos Aires, con la Confederación argentina, con el Imperio del Brasil, con el Imperio francés, con España, con Inglaterra y con el gabinete de Washington, aunque las relaciones no estaban enteramente rotas; había quejas mutuas, cambio de notas más o menos desabridas, siendo las paraguayas las que más entorpecían el camino de un arreglo pronto y satisfactorio. Nos entretuvimos mi esposa y yo en tomar lecciones de una mulata, a fin de tomar con la perfección debida lo que allí llaman mate, que es una yerba tostada y pulverizada que, echada en una calabacita hueca con agua caliente y azúcar, se aspira por medio de un cañuto semejante al de los asiáticos para tomar el opio. Esta yerba constituye la principal riqueza del Paraguay que, estancada por el gobierno, con su inmensa producción ha levantado fortalezas, ha comprado armas y ha tenido recursos para sostener la guerra con el Brasil, Argentina y Uruguay el tiempo que ha durado, aunque con desenlace siniestro para Paraguay. Por fin nos trasladamos a la finca del general Francisco Solano López, que se me había ofrecido. Llegó el colector con una docena de soldados que cargaron con mis muebles. 11
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Se acercó un dependiente de la colecturía para anunciarme que su excelencia iba a salir de paseo y quería hablarme antes.
Se acercó un dependiente de la colecturía para anunciarme que su excelencia iba a salir de paseo y quería hablarme antes. Hallé a la puerta de la morada presidencial un coche semejante a los simones que describe Quevedo. Al cual están enganchados seis caballos cuyos arneses eran cordeles. Iban montados soldados de la escolta. El primero llevaba un látigo tremendo y otros sujetaban la brida con la mano izquierda y con la derecha empuñaban la espada larga, que apoyaban sobre el hombro. Percibí que tres de los ministros tenían sobre el pretil de la ventana un gran montón de naranjas y las estaban chupando, porque lo mismo en el Brasil que en el Paraguay a la naranja se le liba el zumo y no se comen sus gajos. El presidente salía vestido de capitán general y tan pronto como asomó a la puerta sonaron dos trompetas de la escolta. El presidente me hablaba, yo no le entendía por aquella marcha estrambótica que entonaban. "¡Callad, demonios!", expresó el presidente. "¿No veis que estamos hablando? ¡Si serán brutos mis paisanos!". Me dijo el presidente: "Le he llamado a usted para decirle una cosa esencial que se me olvidó indicarle en nuestra anterior entrevista. Si usted necesita dinero a cuenta de sus futuros haberes, puede usted pedir al colector la cantidad que necesite". 12
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Al principio, Bermejo confiesa que no tenía clara su misión ni su ocupación: "Tranquilo me encontraba en mi nueva vivienda y esperando órdenes del presidente y amigo yo de recibirlas, pues ignoraba yo cuál debía ser mi ocupación en aquella república, en la cual me parecía que no había de permanecer mucho tiempo, porque las impresiones que recibía eran en verdad poco lisonjeras, pero me quedaba ver otras que habían de poner el colmo a todas las recibidas". La visión de Bermejo continúa reveladora de su perspectiva altamente europea: "Los mejores edificios que existen en la Asunción, así como en todo el Paraguay, pertenecen a la época de los Jesuitas y algunos que se ven en las provincias por su grandeza y suntuosidad podrían figurar bien no solamente en aquella capital sino en cualquiera de América o Europa". El autor aprovecha para hacer una revisión de la era jesuítica que culminara en 1767 con la expulsión. Bermejo también quedó algo perplejo al ser encarado por el presidente con una pregunta comprometedora: "¿Me ha dicho usted que su Reina – Isabel II de Borbón– ni noticia tendría de que mi hijo Pancho estaba en Madrid?". Antes de tomar una decisión final sobre su futuro, Bermejo aguardó la llegada triunfal de Francisco Solano de la gira europea. Luego de una experiencia con el fusilamiento de un ciudadano cuyo único delito había sido pasarse con la bebida y largar unas expresiones poco recomendables. Luego de un simulacro de juicio el mismo fue fusilado, lo que molestó a Bermejo. Y ya en presencia de Francisco Solano, como muestra de la gran confianza mutua, confesó: "No obstante, me determiné a manifestarle mis deseos de embarcarme para Buenos Aires, pues que me parecía que había de serme muy difícil amoldarme a las costumbres del país; pero el general me suplicó que no partiera, que tenía esperanzas de ver que muy pronto me sería grato residir en el Paraguay". En un capítulo sobre temas sociales, Bermejo refirió a don Miguel Trigo, nieto de español, y extremadamente amable. Le confiesa a su casi compatriota una pena que le corroía: "Tengo, mi amigo, un pesar que me devora el alma. 13
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Mi hija Asunción, que como ya sabe tiene 17 años, se ha enamorado profundamente del ciudadano Facundo Palacios y no encontrando forma de disuadirla del temerario propósito que tiene de casarse con él, la he mandado con su madre al Partido de Itacurubí... Conozco a Facundo Palacios y a sus padres", dijo don Vicente Urdapilleta, "estos son honrados y ricos y aquel laborioso, inteligente y honesto y no comprendo la causa de la oposición a semejante enlace... He descubierto –añadió entristecido don Miguel– que el abuelo del padre de Facundo fue esclavo mulato de un comerciante canario de apellido Palacios, y yo no puedo consentir que mi linaje se manche". Bermejo no pudo evitar intervenir en el diálogo: "¿No son ustedes republicanos?". "Desde que conquistamos nuestra independencia", contestó don Miguel. "Entonces", respondí, "encuentro algo anómalo su proceder". Esta anécdota refleja claramente que el sistema republicano no se había consolidado en el Paraguay.
Bermejo de cierta manera se convirtió en el protagonista del salto cualitativo paraguayo en la educación de la época. Congregó a su alrededor a la juventud con mayor potencial intelectual y los tuvo de discípulos tanto en el Aula de Filosofía y la Redacción de publicaciones como la revista La Aurora. Él personalmente escribía en el Semanario de Avisos y Conocimientos Útiles y en El Eco del Paraguay. 14
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Como buen catedrático, pronto facilitó a sus discípulos la posibilidad de publicar sus escritos y prácticamente toda la "inteligentzia" de la era lopista fue animación de Bermejo. Hasta en materia de artes plásticas y escénicas.Y el Quién es Quién de la intelectualidad paraguaya incluye a Gumersindo Benítez, Juan Crisóstomo Centurión, los sacerdotes Fidel Maíz, José del Rosario Medina y Francisco Solano Espinoza, aparte de Andrés Maciel, Luis Caminos, Gaspar López, Carlos Riveros y Julián Aquino. También frecuentaron sus aulas y compartieron tertulias Gregorio Benítez y José Falcón. De este grupo surgieron los principales becarios gubernamentales con Juan Crisóstomo Centurión, Gregorio Benítez y otros. Cándido Bareiro fue agregado al grupo por ser pariente cercano de Francisco Solano, y su papel era el de mantener informado al gobierno sobre los detalles cotidianos de los becarios. Bermejo narra también interesantes anécdotas de la vida política paraguaya y, en especial, anota las grandes esperanzas que tenía depositadas en el ascenso al poder de su amigo Francisco Solano, de quien esperaba una liberalización política e intelectual y, finalmente, al año de haber asumido el nuevo presidente, Bermejo tuvo que admitir que sus esperanzas fueron vanas, lo cual motivó un desenlace predecible: su retiro del Paraguay en 1863. Y muy revelador fue el diálogo final con el nuevo presidente: "Cuando falleció don Carlos Antonio López tenía la república un arsenal donde se fabricaban sus buques y vapores; la administración estaba regularizada; había más benignidad en la presidencia; su poder no era tan omnímodo; había escuelas, un Seminario, clases de latinidad, escuelas regularmente dotadas; poseía fortalezas con cañones de modernos sistemas". Pero ante la actitud del nuevo gobernante, Bermejo se presentó ante él y aconteció este diálogo: "Me ausento del Paraguay", le dije al general. "¡Qué ingratitud! Me respondió. Yo traje a usted al Paraguay. Ha sido usted un leal amigo de mi padre y en la aurora de mi mando me abandona usted".
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"General, le respondí, cuando reemplazó usted a su padre creí que haría usted lo que había prometido, dar más ensanche a las ideas; pero veo que es usted más opresor que su difunto padre". "Soy un soldado y tengo que declarar la guerra al Brasil. Es necesario que las repúblicas vecinas me respeten, dando una lección al Imperio". Bermejo condicionó su permanencia a la negativa de López de declarar la guerra al Brasil. "No puede ser, Bermejo", me respondió. "General", le dije apretándole la mano, "no quiero ver derrotado al amigo". "Me voy". "Quince días después de esta entrevista, nos dábamos el último abrazo". Dos años después, le escribió desde París uno de sus discípulos con esta lapidaria conclusión: "Mi querido y respetado maestro: sus pronósticos de usted se han realizado". Andrés Maciel. La presencia de Bermejo en Paraguay pudo ser definida como el primer intento serio de un gobierno por introducir la Educación Superior en un medio que carecía de todo precedente en dicho tema. Toda la vida independiente paraguaya por más de cuatro décadas hasta la llegada de Bermejo había sido un verdadero erial en educación. Y los pocos que lograban formarse lo hacían en sus casas siguiendo el ejemplo de sus padres. Mucho tiempo después de la partida de Bermejo, sus discípulos más aventajados seguían sirviendo a la sociedad de la República desde cargos elevados, como Crisóstomo Centurión, Gregorio Benítez y otros.
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EQUILIBRIO
Delfina Acosta 17
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sobre la invisible cuerda que une la noche con la mañana, yo c a m i n o s i n m i e d o, s i n c e s a r, t a n t a s ve c e s . Los asombrados ojos de los pájaros se clavan fijamente en los míos. Nadie aplaude, aunque los vientos contienen su respiración y las lluvias se detienen bruscamente. La araña al tejer su telaraña entre las ramas del árbol hace mayor ruido que mis pasos. Mientras avanzo guardo el equilibrio cumpliendo con las formas exquisitas de la magia. Abajo tiembla e l va c í o, e l p a s m o s o a b i s m o. Mis pasos de araña humana va n t e j i e n d o, d í a a d í a , firmemente, los espléndidos hilos de la vida y la aplazada muerte.
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Toro Pichãi: LA MEMORIA QUE SE NIEGA A DESAPARECER
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El histórico edificio de La Piedad —sede de la Academia Paraguaya de la Historia y de la Sociedad Científica del Paraguay— se transformó, el 16 de octubre, en el punto de encuentro de historiadores, académicos y lectores unidos por un mismo propósito: rescatar la memoria del silencio. La ocasión fue el lanzamiento de Toro Pichãi. El Comisionado de Azcurra, la más reciente obra del investigador y guionista paraguayo Rodrigo Cardozo Samaniego, un libro que reabre uno de los capítulos más dolorosos y largamente reprimidos del pasado paraguayo. El evento superó todas las expectativas. La primera tirada, de cien ejemplares, se agotó en menos de dos días, lo que llevó a la editorial ArandúBook a anunciar una segunda edición para noviembre, junto con presentaciones en Asunción, Concepción y Pedro Juan Caballero. El éxito inmediato del libro confirma lo que muchos ya sospechaban: Toro Pichãi no es solo una investigación histórica, sino un acto de memoria, un puente entre el pasado silenciado y la necesidad actual de comprender. El embajador Ricardo Scavone Yegros, miembro de la Academia Paraguaya de la Historia y uno de los historiadores más respetados del país, presentó el libro durante el acto de lanzamiento. En su discurso, elogió la investigación de Cardozo por su “rigor, humanidad y profundidad crítica al restaurar testimonios silenciados por más de un siglo”. Scavone destacó el valor de traer a la luz un episodio que la narrativa oficial intentó olvidar durante tanto tiempo: la Masacre de Concepción, ocurrida entre abril y mayo de 1869, en la fase final del gobierno de Francisco Solano López. A través de un meticuloso trabajo de archivo —basado en fuentes paraguayas, brasileñas y argentinas, además del Archivo Nacional de Asunción—, Cardozo reconstruye la atmósfera trágica de sospecha y castigo que envolvió al norte del Paraguay durante los últimos meses de la Guerra Grande. Su narrativa sigue el destino de los acusados de traición y ejecutados por orden directa del Mariscal, centrándose en una figura emblemática: el capitán José Gregorio Benítez Brítez, conocido como Toro Pichãi, quien encabezó la comisión encargada de las ejecuciones. 20
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Años después, atormentado por sus recuerdos, Benítez relataría su versión de los hechos al escritor Héctor Francisco Decoud, quien la publicaría en 1926 bajo el título La masacre de Concepción ordenada por el Mariscal López. Cardozo revisita esa confesión, la confronta con otros documentos y testimonios de la época, y la convierte en la columna vertebral de una obra que entrelaza historia, memoria y reflexión moral. Uno de los elementos más impactantes del libro está en su presentación visual. La portada, creada por el ilustrador Ale Espinosa Elizalde, fue elaborada con la asesoría del especialista en uniformes militares Alberto Del Pino Menck, quien garantizó la precisión histórica de los trajes, insignias y armamentos. El resultado —mitad soldado, mitad fantasma— capta la esencia de la obra: el rostro del ejecutor, dividido entre obediencia y remordimiento, símbolo de una nación aún atormentada por su pasado no resuelto. Durante décadas, la historia de las ejecuciones de Concepción fue completamente prohibida. Bajo los regímenes autoritarios de Rafael Franco, Higinio Morínigo y Alfredo Stroessner, el episodio fue borrado del discurso público. Mencionarlo equivalía a desafiar el culto oficial en torno a López, cuya imagen estaba protegida por capas de mitología política. La obra de Cardozo, por tanto, logra algo extraordinario: después de casi un siglo, devuelve al debate nacional una verdad silenciada, documentada con precisión y narrada con empatía. El prólogo, escrito por la historiadora argentina Dra. Liliana María Brezzo, de la Universidad Nacional de Rosario, añade una capa interpretativa fundamental. Brezzo analiza la violencia no solo como instrumento político, sino como pedagogía del poder. Destaca cómo el estudio de Cardozo revela la maquinaria represiva de la época, al mismo tiempo que ilumina formas de resistencia —especialmente las protagonizadas por mujeres—. “La violencia”, escribe, “tenía tanto un rostro político como doméstico; moldeó cuerpos, conciencias y memorias. Las mujeres no fueron solo víctimas, sino agentes históricas. Sin ellas, la Guerra de la Triple Alianza permanece incompleta.” 21
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Esa perspectiva atraviesa todas las páginas de Toro Pichãi, otorgándole a la obra una resonancia ética que la eleva por encima de la historiografía tradicional. La prosa de Cardozo, precisa y profundamente humana, transforma fragmentos de archivo en narrativa viva. Su escritura es, a la vez, rigurosa e íntima, invitando al lector a confrontar no solo lo que ocurrió, sino lo que aquello significó: para quienes lo sufrieron y para las generaciones que heredaron el silencio. En definitiva, Toro Pichãi. El Comisionado de Azcurra es mucho más que una reconstrucción histórica: es una meditación sobre el poder, la obediencia y la culpa; un ajuste de cuentas con los fantasmas del pasado paraguayo; y un recordatorio de que la historia, cuando se cuenta con honestidad, tiene el poder de sanar. La obra de Rodrigo Cardozo devuelve la voz y la dignidad a quienes les fueron negadas, demostrando que recordar es, en sí mismo, un acto de justicia.
Texto y fotografía: gentileza del autor
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ZOOM BY MARK BROMBERG
Traducido al español por Thomas Whigham 23
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Whose dreams are these? There are never any automobiles or airplanes. I’m never writing. These dreams belong to another time, when nothing was written down, a horrible fate for a writer. I’m in someone else’s idea of a good time, but I’m never a drunkard on Olympus delivering divine messages. That’s out of my league. There’s often music – why Mozart? I’m not that old -I’m spry and agile, I’m never older in dreams, but I’m always somewhere else I can’t quite place. Last Monday night I was definitely someone else. I dreamt about a class reunion where everyone knew me but I had no idea who they were. Who are you? 24
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Another night, and this one was a bit scary, I swam across the lake with my head under water, I didn’t have to breathe air. In my waking life I can’t swim, so this wasn’t me either. Who am I? What is the message of these dreams? Why can’t I be someone who inhabits the Arts and Leisure section of the Sunday New York Times -- a world of premieres and reading all the new books, a kind of cultural levitation? That sort of flying would be fun. I implore the dream editor to lay off the senseless fantasies, tell him give me real dreams such as my mind can explicate, and stop infesting my nights with someone else’s nonsense. I want to be myself, only more so. 25
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¿De quién son estos sueños? Nunca hay automóviles ni aviones. Nunca escribo. Estos sueños pertenecen a otro tiempo, cuando nada se escribía, un destino horrible para un escritor. Estoy en la idea de otra persona tiene de pasarlo bien, pero nunca soy un borracho en el Olimpo entregando mensajes divinos. Eso está fuera de mi alcance. A menudo hay música, ¿por qué Mozart? No soy tan viejo; soy ágil y vivaz, nunca soy mayor en sueños, pero siempre estoy en otro lugar que no logro ubicar. El lunes pasado por la noche definitivamente era otra persona. Soñé con una reunión de exalumnos donde todos me conocían pero yo no tenía ni idea de quiénes eran. ¿Quién eres tú?
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Otra noche, y esta fue un poco aterradora. Nadé a través del lago con la cabeza baja el agua. No necesitaba respirar aire. En mi vida normal no sé nadar, así que esto tampoco era yo. ¿Quién soy? ¿Cuál es el mensaje de estos sueños? ¿Por qué no puedo ser alguien que habita la sección de Arte y Ocio del New York Times del domingo--un mundo de estrenos y lectura de todos los libros nuevos, una especie de levitación cultural? Ese tipo de volar sería divertido. Le imploro al editor de sueños que deje de lado las fantasías sin sentido, que me dé sueños verdaderos de esos que mi mente puede interpretar, y que deje de infestar mis noches con las tonterías de otros. Quiero ser yo misma, pero aún más.
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P O R RR OO NN NN II EE CC AA M M AA CC HH OO BB AA RR RR ÓÓ NN POR
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Llevo horas encerrado en esta sala de interrogatorios; la potente luz blanca de la bombilla sobre mi cabeza me causa migraña, y mis manos esposadas a una fría mesa de metal hace tiempo que se han entumecido. Por si fuera poco, me gruñen las tripas, me siento sucio y no he vuelto a ver a mis hijos desde que esos hombres me separaron de ellos. Dios quiera que se encuentren bien. Sé que debí sacarlos cuando pude, pero ¿qué más podía hacer? En aquel momento estábamos entre la espada y la pared. Creí que hacía lo correcto al confiar en él; después de todo, era nuestro amigo, nuestro líder, nuestro pastor. Mientras me hundo aún más en mi frustración, la puerta de la sala se abre y un hombre vestido completamente de negro entra. Lleva un café en la mano, silba alegremente y su rostro se encuentra cubierto por un sombrero fedora y unas oscuras gafas de sol. —Buenas noches, señor… ¿Marines? —Es Martínez. —Discúlpeme —sonríe con una falsa amabilidad mientras se sienta frente a mí—. Señor Martínez, ¿podría decirme qué fue lo que pasó? —No, no voy a responder ninguna de sus preguntas hasta que sepa dónde están mis hijos. —Sus niños se encuentran bien, los hemos alimentado y nuestro personal médico se asegurará de que no tengan ningún tipo de daño. Usted, tranquilo. Ahora responda a mi pregunta, por favor. —Aunque se lo cuente, no me lo creería. —Pruébeme —me desafía antes de dar un trago a su café. —Como usted quiera —carraspeo la garganta antes de empezar—. Todo comenzó la noche del viernes pasado. Como siempre, después de que saliera del trabajo, junto a mis niños fui al servicio nocturno que ofrece la iglesia que se encuentra entre Boulevard Luther King y la calle quinta, ¿la conoce? —Claro que la conozco. Después de todo el escándalo que se armó, toda Norteamérica sabe de ella —dice de forma burlona—. Por favor, prosiga. 29
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—El encargado de dar la misa era el reverendo Swanson. El hombre era nuevo en la ciudad, pero rápidamente se ganó toda nuestra confianza; después de todo, su iglesia era una de las pocas que aceptaba con los brazos abiertos a gente en nuestra situación. —¿Su situación? ¿Habla de su condición como ilegal? —Así es —la cara se me cae de la vergüenza cada vez que escucho esa palabra. —¿Hay algún problema? —supongo que por mi silencio nota mi inconformidad. —Ninguno, señor. Como le decía, el reverendo Swanson era el responsable del servicio. Se encontraba dando los últimos anuncios parroquiales cuando de pronto el potente resonar de unas sirenas ahogó su voz. No fue difícil saber de qué se trataba; por la expresión en su rostro lo supimos al instante: era una redada. Los agentes de inmigración habían llegado por nosotros. —Eso debió tomarlos por sorpresa. —Sí y no. Semanas antes de la redada, muchos de mis compañeros del trabajo y otros miembros de la congregación que también eran ilegales habían desaparecido sin dejar rastro. Era más que obvio que migración se encontraba detrás de todo aquello y por eso el pastor ya había coordinado una estrategia con nosotros.
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—¿Cómo fueron los primeros días después de que se atrincheraran en la iglesia? —Como es obvio, durante el primer y segundo día los agentes trataron de entrar en más de una ocasión, pero, como pudimos, evitamos que tumbaran las barricadas. Nos apoyamos entre todos e incluso ciudadanos como usted, aun estando en contra de la ley y sin haber formado parte del plan del pastor, nos ayudaron a resistir cada una de las incursiones. Algunos hasta subieron videos denunciando la situación y expresando la indignación que sentían al ver cómo su gobierno trataba a personas como nosotros igual que a criminales. —Esos videos fueron los que hicieron que toda la nación pusiera los ojos sobre ustedes. ¿Qué pasó después? —Todo se fue al carajo. La gente tenía hambre; nos cortaron la luz, el agua y hasta tiraron la señal telefónica para impedir que siguiéramos comunicándonos con el resto del mundo. Pronto las disputas comenzaron y el compañerismo murió. Fue entonces cuando muchos quisieron abandonar la iglesia, pero no podíamos permitirles que abrieran las puertas o, de lo contrario, los agentes entrarían por todos nosotros. —¿Qué fue lo que hicieron con ellos? —El reverendo ordenó que los encerráramos en el sótano del templo. Nos dijo que no estarían ahí mucho tiempo, que él hablaría con ellos y los haría recapacitar. —Supongo que cuando vio los cuerpos se dio cuenta de que no fue así. ¿Cuándo los encontró? —Los encontré durante la última y quinta noche. Para entonces, hasta nosotros habíamos perdido la fe en que los agentes de inmigración se fueran. Además, nuestros niños ya estaban muy cansados y hambrientos como para continuar. Así que, después de una votación, fui el designado para ir a decirle al pastor que abriríamos las puertas.
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—Entonces fue al sótano —intuye. —Sí. Después de no haberlo encontrado ni en su despacho ni en el salón, decidí ir ahí. Supuse que todavía estaría hablando con aquellos que querían irse, así que no toqué la puerta, simplemente entré. Y con cada paso que daba al bajar por las escaleras, una tenue luz verdosa se hacía más intensa. —¿Una luz verdosa? —Sí. Con cada escalón que bajaba, esta se hacía más intensa y, cuando llegué al último, me encontré con la fuente de la que emanaba. —¿De dónde provenía?
—La luz salía de unos enormes cristales verdes, similares a esmeraldas, que se encontraban incrustados en el piso y techo de una cueva excavada donde alguna vez estuvo el sótano. Fue una sorpresa encontrarme con aquello, pero el asombro desapareció tan pronto como vi la decena de cuerpos mutilados esparcidos por cada rincón del sitio. —¿Eran ellos? —Sí, eran todas las personas que habíamos encerrado. Todas estaban muertas, pero sus rostros aún mostraban un terror indescriptible. Además, a cada uno le faltaba algo: un ojo, un brazo e incluso el corazón. Pero a pesar de que sus órganos y extremidades fueran extirpados de sus cuerpos, estos no se encontraban muy lejos de ellos. 32
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Alguien los había metido dentro de jarras de vidrio llenas hasta el tope de un viscoso líquido transparente que parecía estarlas conservando frescas. —Ya veo —el hombre de negro se muestra tranquilo a pesar de todo lo que le he contado—. ¿Dónde estaba el pastor? —Horrorizado, comencé a retroceder hasta que mi espalda chocó con algo muy duro. Cuando me di la vuelta para ver de qué se trataba, por fin lo encontré. Antes de que siquiera pudiera decir algo, el reverendo me tomó por el cuello con una sola mano, me levantó del suelo y luego, con una voz cavernosa, me dijo: «No debiste ver aquello, pero que de todos modos ya no faltaba mucho para que llegara la hora de cosecharte». Entonces comenzó a azotar mi cabeza contra una de las paredes de la caverna. —¿Cómo fue que escapó? —Estaba por asesinarme cuando, de la nada, una explosión sacudió el piso de arriba. Eso lo distrajo lo suficiente como para que pudiera alcanzar una de las urnas de cristal que terminé estrellando sobre su cabeza. El golpe hizo que me soltara y, mientras me reponía, vi cómo las esquirlas de vidrio desgarraron la mitad izquierda de su rostro, dejando expuesta una segunda piel de color negra y escamosa que se escondía debajo. —¿Qué hizo al percatarse de aquello? —Lo que toda persona en sus cabales haría: apenas pude incorporarme, salí corriendo en busca de mis hijos. Ya no me importaba si migración me separaba de ellos; lo único que tenía en mente era sacarlos de ahí. Cuando llegué hasta la sala donde se auspiciaba cada servicio, me encontré con la sorpresa de que nuestra barricada había sido derrumbada por explosivos y que varios agentes ya se encontraban sacando a mis niños y a todos los demás.
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Al percatarse de mi presencia, un par de ellos corrió hacia mí y, al ver sus armas, por instinto me tiré al suelo y levanté las manos. Pero en lugar de esposarme, sacaron un cuchillo e hicieron un corte en mi mejilla, luego estiraron la piel de la herida y comenzaron a ver en su interior con una linterna. En ese momento lo comprendí: si buscaban a alguien, no era a nosotros. —¿Qué pasó después? —Les dije dónde estaba esa cosa y de inmediato fueron directo al sótano, donde, tras un siseo amenazante, lo último que escuché fue el sonido de sus armas al disparar. —Ya veo. Muy bien, ¿es todo lo que recuerda? —Es todo lo que he querido olvidar. —Perfecto —sonríe complacido. —¿Podría decirme qué era él? Sé que ya no tiene sentido, pero debo saberlo. —Escuche, solo le diré que, a diferencia de usted, el «Reverendo Swanson» no era de ningún lugar de este mundo… Bueno, es hora de que me encargue de usted —se levanta de su silla y mete la mano en su saco. —¡Por favor, no me mate! Solo regréseme a México junto con mis hijos y le juro que jamás le diré nada a nadie. Al escuchar mis súplicas, el hombre solo arquea una ceja confundido. —Señor Martínez, tranquilo. No le mentiré; a veces hacemos uso de la violencia y la intimidación, pero en su caso haremos algo distinto —sonriente, saca la mano de su traje y pone sobre la mesa un pequeño cuadernillo de cuero negro con el escudo de los Estados Unidos grabado en la tapa. —¿Qu… qué es eso? —el azúcar se me ha ido hasta los suelos al pensar que iba a sacar un arma. —Su pasaporte. Bienvenido a Norteamérica, señor Martínez. —¿Por qué me entrega esto? 34
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—Después de todo por lo que pasó, se lo ganó. Además, preferimos tenerlo cerca y vigilarlo que lejos y hablando de más, ¿comprende? —Lo… lo comprendo. —Es bueno que nos entendamos —me da unas palmaditas en el hombro para luego, con una llave, abrir las esposas que retienen mis manos—. En breve lo sacaremos a usted y a sus hijos de aquí. Le deseo buena suerte y que sea muy feliz. —Gracias. —Solo no lo olvide: lo estaremos vigilando —tras esa última advertencia y una intimidante sonrisa, el hombre se retira y yo me quedo solo en la habitación esperando a que vengan por mí.
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¿FESTEJO DE INDEPENDENCIA EN NAVIDAD?
POR CLAUDIO VELÁZQUEZ 36
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Parece difícil de creerlo, pero sí; efectivamente, en un momento de la historia independiente del Paraguay, el día 25 de diciembre, además de ser recordado el nacimiento del niño Jesús, se recordaba la Independencia Patria. ¿Cuándo se dio esto y por qué motivo? Esto se debe a que la proclama de la Independencia Nacional la realiza Carlos Antonio López el 25 de noviembre de 1842 y en la misma dispone que los festejos se realicen un mes después de esta fecha, cada año. En ese sentido, los festejos se juntaban con algunos pesebres artesanales ya establecidos. Vale decir que la costumbre del pesebre se dio ya en el periodo de evangelización de pueblos aborígenes. Cuando los evangelizadores utilizaban imágenes para representar de manera más práctica y didáctica el nacimiento del niño Jesús. Por supuesto, varios testimonios hablan del terrible calor que se registraba en Asunción, ya en los periodos de don Carlos, quien en sus festejos hacía infaltables los bailes y carreras de caballos para las concurrencias. Esta costumbre, con posterioridad a la Guerra de la Triple Alianza, se pierde por completo. Es importante mencionar que, independiente a la fecha establecida por Carlos Antonio López, ya desde un principio, con posterioridad al 15 de mayo de 1811, la población encontraba esta última fecha como la originaria y tradicional. Finalmente, la misma se impregnará en la sociedad y quedará hasta la fecha.
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CARTERO DE GUERRA
Por LITA PÉREZ CÁCERES
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La tarea que Augusto se impuso a sí mismo, desde que fue rechazado para ir al frente, la consideraba valiosísima. Era ya un flamante cartero, el puente entre dos personas soñadoras: una que escribía y otra que leía. Tenía apenas 16 años y él también soñaba. Su rutina diaria estaba interrumpida y envuelta en sueños; recorría las calles desde su casa hasta el correo para enfrentarse con la cara adusta de Recalde, su jefe, que no soñaba con nada. Recalde controlaba la llegada del personal y la hora en que firmaban la planilla. Ante Recalde, sentado como un Buda inclemente, los jóvenes temblaban y sus firmas salían temblorosas con letras que imitaban las huellas del arrastrarse de una lagartija sobre la arena. Luego de esa prueba de resistencia, tanto Augusto como Recalde se miraban fijamente. El muchacho hacía una media firma, ilegible por cierto, y se despedía amablemente del jefe para ir a su sección, en el sótano de la antigua mansión convertida en correo del Estado paraguayo. Allí sacaba de su casillero, con las iniciales ARB, la chaqueta del uniforme. Se la ponía con movimientos parsimoniosos porque temía que en cualquier momento pudiera deshacerse en el aire, convertirse en un encaje y volar como una pandorga; su imaginación no tenía límites. Después colocaba las cartas sobre una mesa larga para ordenarlas por tamaño, de paso se fijaba en las direcciones. Comprobaba cuál era la chica linda que recibiría noticias de su ahijado de guerra y cuál de las madres lo convidaría con mandioca recién hervida para festejar la llegada de unas letras del hijo que había acudido al llamado de la patria. Cada cartero tenía una zona designada para recorrer y Augusto iba cada mañana caminando por las frescas calles de tierra de barrios nuevos, bordeadas por casitas sin revoque, con latas de leche que oficiaban de macetas colgantes y ostentaban malvones y geranios rojo pasión. 39
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Eran casitas de suburbios cuyas paredes sin revocar se modificaban a cada golpe de suerte de sus dueños, casitas cargadas de habitantes ilusos y esperanzados en mañanas venturosas. Al llegar a una casa, Augusto golpeaba las manos. Si lo recibía una mujer mayor, con canas en la cabellera, él adivinaba que la mujer se pondría muy feliz con la misiva y esperaba no solo la mandioca, sino también un abrazo cariñoso y emocionado. Las buenas noticias tenían premio. En cambio, si la destinataria era una mujer joven y agraciada, Augusto la fichaba como madrina de guerra. Si la joven era bella, el cartero trataba de entablar una conversación con ella, le decía piropos y la comparaba con las flores más bellas de su jardín. Augusto era joven, apenas tenía 16 años, tenía ansias de amar y estaba dispuesto, como todo paraguayo, a dar amor a todas, sin discriminación alguna. Fue así que, escuchando sus palabras, jugando y sin jugar también, Lucrecia se enamoró de él. Augusto trataba de terminar su recorrido antes de llegar hasta el jardín de Lucrecia, allí donde hablaban de amor los dos jóvenes, sobre un viejo banco de madera corroído por las lluvias y los soles. Él le prometía hacerla la diosa de su vida, la única; le prometía dedicarse a su culto todas las horas y los días y los meses… Nunca dijo los años… Una ardiente mañana, la rutina de Augusto se vio interrumpida en el momento en que vestía su gastada chaqueta de cartero. Recalde, con un dejo de satisfacción indisimulable, le entregó un sobre dirigido a él cuyo remitente decía EJÉRCITO DEL PARAGUAY. Augusto lo tomó y lo guardó con mucho cuidado en su bolsón. —No va a leer su correspondencia… —preguntó Recalde. —No me hace falta, ya sé lo que dice —respondió Augusto. Salió caminando lentamente, sus pasos orientados hacia la casa de su diosa, a quien rogaría que lo hiciera volver vivo del frente. Lambaré, 19 de abril de 2025 40
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Que la literatura continúe siendo nuestra luz mientras cerramos un año y abrimos otro
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