Diego AndrĂŠs MejĂa Alandia
al oculta-oculta
Premio Nacional de Cuento Adela Zamudio 2008
Queda rigurosamente prohibida sin autorización escrita del titular del Copyright, bajo las sanciones previstas por las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la fotocopia y el tratamiento informático. © Diego Andres Mejía Alandia 2009 no_te_salves@mail.com
Primera Edición, marzo 2009 Depósito Legal:
Diseño Tapa: Manuel J. Zambrana F. T. G. K. Diagramación: Roxana M. Arnez Z. T. G. K. Impreso en Talleres Gráficos “Kipus” Telfs.: 42374484 - 4582716, Cochabamba Impreso en Bolivia
A las madres, a las mías, a las de algunos...
A Mónica Velásquez y Adolfo Cárdenas A la niñez de Reinaldo y K., donde quiera que esté...
La casa se está cayendo. Yo algunas veces quisiera sujetarla con las manos y todo, pero sé que se está cayendo y nada puedo hacer.
Reinaldo Arenas
Bah, hagamos todas las muecas posibles.
Arthur Rimbaud
¡Soy nadie! ¿Tú quién eres? ¿Eres ─ nadie ─ también? ¿Ya somos dos, entonces? ¡No lo digas! podrían descubrirnos ─ ya sabes.
¡Qué fastidio ─ ser ─ alguien! ¡Qué impudicia ─ lo mismo que una rana ─ Decir tu nombre ─ todo el santo junio ─ A un pantano pasmado! Emily Dickinson –288- c. 1861
E
L AGUJERO QUE DEJA el viejo escritorio quizá no es lo suficientemente apartado y oscuro para decir que estoy perdido, ¿o lo será?, podría vivir en él, saludando a las hormigas y nadie me encontraría; tan sólo mamá, los días que limpia la casa, que son todos. Debo tener razón, no es lo suficiente ni de apartado ni de oscuro; metido acá, debajo el polvo que dejan las termitas, estaré perdido tan sólo una noche, mi madre se habrá de poner triste y seguro parirá un hijo de las lágrimas que deje y; cuando me encuentre no me conocerá y; cuando yo le tome de la mano y le llame: –Mamá-
Ella me mostrará la mesa de la cocina y ahí estaré yo, desayunando como cada mañana y ése yo, será yo y éste yo, se habrá olvidado y vagará perdido dentro de este escritorio viejo y entermitado. Pero nadie morirá por mi causa, ni la ratonera que se envuelve de oscuridad en el fondo, comerá.
Si he de perderme de veras, se hará fuera de casa que en ella me encontrará el orden, aunque hoy ya no esté de guardia.
La tarde se cierra de ventanas y deben dar las cinco. Deben dar las cinco porque el gato de abuelo maúlla y maúlla en el patio. Deben ser las cinco, porque su hora de pan con leche ha pasado y se lo hace saber a todos, incluso a nosotros que no tomamos leche cuando no hay. Detrás de la puerta de abuela siempre hay, incluso ocasiones en las que hay para nosotros; porque ella casi nunca la toma aunque esté ahí, para el gato lechero, que por la roña se ha puesto todo rosado, ya que tiene sarna o algo parecido. Nunca me gustaron los malditos gatos.
Menos los que tienen nombre de gente, o será que no me gusta la gente porque tiene nombre de gato; como el de mi abuelo, que nació un trece de diciembre o lo hicieron nacer aquel día pues lo bautizaron por el santo de la fecha. No sé cuánto tendría santa Lucía de felina, pero para el caso no debió ser mucho, después de algunos meses y tres gatas, Lucía se volvió Lucho como creo que es normal en algunos gatos.
Hasta hoy siempre me he obligado a creer que mis padres tuvieron una suerte canina con sus nombres; y que si el onomástico no andaba de franco el día que nacían, bien podía traer un humor
carnavalero a diferencia de mis abuelos y sus nombres de corpus y día de muertos. ¿Será esa suerte sin blanca del onomástico como la de alasitas?, que después de ver el premio puedo elegir uno más a mi gusto por el mismo precio. O quizá por eso todos en casa llevamos dos nombres: uno de nacimiento y otro por mayoría de votos.
Siempre creí que el día que yo nacía el calendario onomástico se había perdido o, tapado por el polvo, se había confundido con la pared del fondo -entre el rodeo de un costumbrismo valluno y accidentalmente católico-, donde, por encima de la cruz de piedra, el retablo y la imagen de una virgen -de una peña que ya no existe-, el buda millonario de extranjería cuida sus monedas, que abuelo no me deja tocar; pero que aunque probé, ya no pueden comprar nada; porque o ya no se usan o, están tan usadas que ya nadie las recibe en este país, pues deben ser de otro, y encima de cada moneda bautizada por hombres con laureles el calendario se perdió; que sino me llamaría Evaristo y ese nombre nunca me ha gustado.
Aún no sé si me ha gustado el mío, hasta hoy sólo me han llamado por él y por alguna que otra palabrota que suelta el marido de mi madre <<por cariño>> como él dice, o por bronca, las más de las veces nunca sé cuándo es cuándo, aunque sé que si él estuviera en casa esta tarde lo haría así: -¿Y ese mierdita de tu hijo dónde se ha metido?-
Le diría a mi madre refutándole que no le grita.
–Siempre es la misma huevada y encima a la hora de comer-
Diría, rojo como masticando un locoto y luego le picaría una oreja a mi hermana, que con la cara bajo la sopa, sólo gritaría burbujas que sabrían a zapallo y que al reventar dirían: -No sé...-
Pero esta tarde no está y deben dar las cinco; porque al gato le hacen coro mis tripas, porque ha pasado mi hora del té y ellas cantan y el gato maúlla y hasta parece que se ríe maullando, diciéndome que pasó su hora de leche y a mí, mi hora de <<agua tinturada>> como dice mi mami, que sólo toma café del oriente…
Ha sonado el despertador de mi madre y veo su sombra y escucho: los pasos de mujer que va a la cocina, que siempre son los mismos: veintitrés, como el día de su cumpleaños aunque fuera en marzo y sin un nombre marítimo…
Y sin asomo de conciencia recuerdo, cómo a la derecha del escritorio, en el segundo o tercer cajón, hay otro calendario onomástico viejo y despintado que, sin necesidad de nombrarlo me grita: -Evaristo-
Y lo ignoro como picada de mosquito. Mientras me llaman de la cocina y la voz de mi madre, grita junto a mi nombre: -Sofía-
-Que es el nombre de mi hermana- Invitándonos a comer.
Si yo soy una excepción mi hermana debe ser el colmo del onomástico... ella debía ser él y como nadie la esperaba y había una multa si no registraban al bebé a la semana de haber nacido, el marido de madre corrió al registro civil y como no tenía nombre pensado y mamá lo mataba si le ponía el nombre de mi abuela, hizo lo más práctico que pudo, le puso el nombre de la oficial de registro civil: Sofía y claro, como en todo podía haberle ido peor... –a mi hermana-.
Y mi madre llama y grita y yo nada. Y por un instante me divierte que ella no sepa por dónde estoy y sé, que aunque ella se sabe todos mis escondites, yo nunca me he metido debajo de un escritorio; y ella grita y yo canturreo una de esas canciones que pasan por la radio, en los programas para niños que algunas veces escucha abuelo y me divierto con las termitas que echan chorros de aserrín y hacen dos voces a coros con las hormigas; mientras el onomástico grita a destiempo y desentonado: –¡Evaristo, Evaristo!-
Pero nadie le hace caso y cuando en eso estoy, una vinchuca se remata de risa al escuchar que en verdad todos desafinamos y entonces le pregunto: -¿De qué se ríe?-
Y ella me dice que es maestra de violín y cuando esta invitando a un grillo, para que nos dé el tono, mi madre vuelve para su cuarto llamándome… y entonces todo es silencio y corro más los pies para que no los vea, mientras abrazo las rodillas rasmilladas de niñez -que negrean como mis cabellos-, y aunque mira de reojo para el escritorio, yo sé que no vera para abajo, porque mi hermana ya está en la mesa y no estábamos jugando como siempre y; porque su hijo, jamás se metería bajo un escritorio, menos uno como ése tan señorial y ejecutivo, entonces ella sale y todos mis amigos han vuelto al trabajo y ya nadie quiere cantar conmigo pues desafino demasiado. Agazapado como estoy empiezo a quebrarme del dolor y pienso que si mi madre va a encontrarme por la mañana, cuando me barra con la escoba o se pondrá tan feliz o, se enojará conmigo o, no se dará cuenta de que habrá barrido a su hijo y; allá iré a parar, bajo el fregadero, en un cesto de basura, donde viviré unos días hasta que la campanilla del camión de basura me anuncie que estoy siendo desalojado, porque no he podido pagar arriendo; y yo sacaré las monedas de abuelo del bolsillo y el basurero me dará
de patadas diciendo que con rupias no cubro el arriendo y; como el resto de la basura quiere viajar, nadie me prestará un quinto y allá voy quién sabe dónde… mejor salgo de aquí que no es seguro, me escurro por la sala y estoy en el patio de un brinco y me imagino que soy el gato de mi abuelo. Pero sin la roña.
Escapando del perro como siempre, escondido por detrás de la jardinera donde vive la higuera, trepado del pacay me he llevado al techo de zinc, que se está enfriando porque ya se hace tarde y; recostado sobre el zinc ya sé que mamá no me encontrará… y recuerdo -como se recuerda la picardía por un pellizco-, picado por el claveteado del zinc, que hacía un tiempo que no me llegaba a su oleaje plateado, inundado ahora por pelotas desinfladas y algún avioncito de plástico. Que no lo hacía por los gritos que me echaba abuelo; que, lo hacía porque mi abuela me hacía bajar la fruta y sacarle bronca al “viejo” y... escucho como mamá pregunta por mí a mi abuela, que como siempre le habla mal y le dice: –¡Si su madre no sabe dónde está, por qué tendría que saber yo!-
Y al final creo que tiene razón; porque no me importa que ella sepa dónde estoy o dónde no; porque ella no es mamá. Aunque siempre que puede anda diciéndonos a mi hermana y a mí, que nuestra mamá no es nuestra mamá; sino que es ella; pero
nosotros no somos tontos y siempre le decimos que sí y luego igual le decimos abuela, aunque recuerdo que alguna vez le dijimos mamá, aunque no sé realmente por qué…
Mamá ha enviado a mi hermana a preguntar por mí a la puerta de los tíos; pero se la han dado en la cara y ahora tiene que volver y decirle a mamá que tiene que conseguir un hijo nuevo; porque éste se le ha perdido y que además tiene que comprar un rostro nuevo; porque el suyo se ha quedado de aldaba en la puerta de su tía. Y yo me río, no por el rostro de mi hermana, porque sé lo que se siente y aunque a mí nunca me han comprado uno nuevo, siempre he tenido que hacerle ajustes para que parezca el mismo después de cada portonzazo. Me río porque ha pasado una hora y recién se han asustado y todos empiezan a dar vueltas por el patio, como hormigas meadas que no encuentran el camino al hormiguero.
Mi abuela como es tan comedida se ha puesto a buscarme, mientras maldice por lo bajo como está acostumbrada y busca bajo las macetas y detrás del gato, en la perrera y dentro de la manguera, bajo la higuera; pero como nunca levanta los ojos al cielo ni para orar, no me ha visto acostado en el zinc despanzado de la risa. Ahora, mamá debe estar realmente preocupada porque ha salido a la calle y aún no vuelve y encima del techo se ha hecho de noche y por debajo se ha iluminado todo y ella no regresa.
Han pasado muchos años y yo aquí en el techo he encontrado refugio en la chimenea de la cocina; y cuando es de noche, bajo por el agujero que deja y robo algo de comida de la mesa o del refrigerador. Casi todas las noches puedo ir a la cama a dormir saciado, sobre el colchón de flores de pacay, que tengo que pelearle a las palomas y al gato, con quienes comparto las pulgas y la sombra del pacay -que me alimenta por el verano-. Tantos años y nadie me ha encontrado aquí arriba y como nadie puede treparse al pacay le dan de golpes con un palo para bajar la fruta y; a veces, cuando cae yo la cojo rápido y como no cae ni suena en el zinc, hace años que cree mi abuela que está embrujado y ahora hay más comida para mí…
Ya veo las estrellas y mi madre ha regresado, sólo escucho que llora mientras abuela la interroga y le dice que es culpa suya que yo “sea como soy” y que aquí y que allá... y que el perro y que el gato... mi madre sólo responde que ha buscado cinco calles para arriba, seis para abajo, le ha preguntado al sereno del depósito de la esquina, ha corrido hasta la escuela, hasta la posta sanitaria y ha preguntado a quien se hubiese cruzado por el camino; pero mi madre no sabe que por aquí la mayor parte de la gente es mala, que además piensan que ella también es mala; tan sólo, porque ha terminado como familia de mi abuela.
Todos le han dicho que me han visto caminando por aquí y por allá y en este momento, somos una docena de hijos perdidos, todos escondidos, encaramados de un eucalipto, metidos en los pozos
que deja la empresa de agua; bajo las piedras del castillo que hay en el bosque frente a la casa, aunque este sea sólo un lote baldío, atropellados por un vehículo de uso oficial, desentendidos jugando al fútbol; y ella ha buscado hasta detrás de la luna y se ha pegado las rodillas al suelo, cuando una mujer le ha dicho que me ha visto subir a un bus de servicio público, hace diez minutos.
Mientras que uno de los doce va a conocer la ciudad por su cuenta, mi yo personal se ha perdido en el techo y al fin, me sé perdido y creo que no sé dónde estoy, pues me siento mal y me he mareado un poco.
A mi hermana la han mandado a dormir aunque es muy temprano y luego de que mi tía le ha dicho a mamá “que nada le sorprendería de un chico así” la han dejado sola, esperando que llegue su marido y le arregle las cuentas, entonces la veo por la claraboya de su cuarto, sentada en la cama llorando, y me pregunto: -¿por qué he querido perderme?-
Si nada más le he querido dar un susto a mi madre y no sé por qué. Lo he olvidado todo. Sé que hoy por primera vez he pensado que mamá es mala; pero ahora soy un amnésico y ya no sé ni mi nombre y cuando se me escapa y digo a la brisa: -No sé mi nombre-
Desde el cajón izquierdo el onomástico amarillo me grita: –¡Evaristo! Tú eres Evaristo, el niño que no gusta de su nombre y vive en el tejadoY respondo por reflejo:
-¡No!-
Entonces estoy más triste que mamá, mi nombre no importa: mas quizá esta sea la única vez que pueda castigar a mi madre por ser mala conmigo; pero también quizá es la única vez que vaya a pensar esto de ella y tampoco sé por qué… Tomo del brazo un pacay extraviado, que recojo de la punta de una constelación; nunca supe qué se llaman porque nadie en mi casa conoce el cielo; y yo lo conozco como conozco la ciudad, sé donde es arriba y donde para abajo; pero nada por nombre… -Ni siquiera a mamá...-
Lo primero que uno aprende a decir es mamá o papá... pero... ¿a qué edad aprende uno el nombre de sus padres? Y mientras como el pacay digo:
-¿José?, no José no es, ¿Pedro?, tampoco-
Ni siquiera alcanzo a decir: -¡Juan!-
Cuando escucho otra vez:
–¡Evaristo! No Juan, no José, ¡Evaristo!-
Y me giro para tirarle una semilla de pacay al onomástico y ahí está ella; aún con las manos en el rostro, sin saber que su hijo le mira desde el cielo, aún más triste; y me encaramo otra vez al pacay y me llego al patio y otra vez de un brinco a la sala y a su cuarto, sin ruido... y aunque lo sé todo y aunque, jamás le diré la verdad; porque en verdad no sé nada, le pregunto: -¿Por qué lloras mamá?-
Y ella al principio no escucha. Está tan triste que ha perdido el oído y desafina tanto como yo cada vez que solloza. Y todas las hormigas e incluso la vinchuca de debajo del escritorio, le gritan que “¡su hijo ha vuelto!” y hasta el grillo violinista con ínfulas de tanguero chirría como madero de portón viejo; pero ella ha perdido para siempre el sonido de sus orejas -adornadas por minúsculos brillos dorados-, que ni responde ni se limpia los mocos, como yo cuando me rasmillo una rodilla. Y callan el coro y los violines y hasta el onomástico se ha dado por vencido y en lugar de gritar “Evaristo” como hasta ahora; pregunta como loco: -¡Niño sin nombre! ¿Cuándo? ¿qué día nació tu madre?, la fecha niño, la fecha...
Y tras la respuesta busca y rebusca entre sus folios el nombre de mamá... el veintitrés de marzo... hasta que después de un rato lo encuentra y como el gato, regurgita: -¡Victoria!, es Victoria-
Y acariciándole el rostro repito –un poco más a tono que el onomástico-. -¡Victoria!-
Mientras me acerco a sus orejas. Y es hasta cuando las toco que ella recobra sus sonidos y en un sollozo aún mayor me abraza. Tomado de los hombros soy sacudido para ver si soy real.
Perdóname mamá... tu hijo se ha perdido y ha encontrado uno nuevo -no sé cuál-, no debe ser el que se ha ido para la cuidad en bus; pero éste, no volverá a hacer algo así. -¿Dónde estabas?-
Es todo lo que ha preguntado mamá, que no se entiende entre las lágrimas. Sólo he sabido decir: -Aquí... dormido-
Señalando bajo el escritorio con la mirada, donde asoman las piernas de mi muñeco favorito, que por darme una lección se ha escondido de mí, sin hacérmelo saber.
La presente edición se terminó de imprimir el mes de febrero de 2009 en Talleres Gráficos “KIPUS” c.Hamiraya127•Telf./Fax.:591-4-4582716/4237448