NEUQUÉN
El reino del pehuen Villa Pehuenia, a orillas del lago Aluminé, es una joven aldea neuquina que sirve de cabecera para recorrer la Ruta de la Araucaria, el árbol al que rinden culto los mapuches. Pablo Corso.
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Están acá desde antes de los dinosaurios, de las flores, de cualquier proyecto de ser humano. Viven unos 500 años, pero algunas llegan a los 1.200. La araucaria araucana es una metáfora de la persistencia, un viaje al pasado con resonancias de eternidad. Los mapuches la llaman pehuen y le dan un protagonismo crucial en su vida cultural y espiritual. Los expertos en marketing saben que tiene una impronta singular y crearon la “Ruta de la Araucaria” para promocionar la región. El camino discurre por Aluminé, Caviahue y Copahue, pero sobre todo por Villa Pehuenia, que mantiene las condiciones para el crecimiento de un árbol que solía estar en toda la Patagonia: volcanes, suelo seco y ácido, resistencia a las cenizas. Con o sin marketing, el pueblo se vende solo. El lago Aluminé brilla como una llanura plateada. El azul se descompone en los cielos despejados. Las playas de arena forman un contraste insuperable con las cumbres nevadas. Villa Pehuenia nació el 20 de enero de 1989 como segunda residencia de los habitantes de Neuquén y Zapala, que recibieron tierras a cambio de construir o invertir en pro-
yectos productivos. Las negociaciones con los lonkos –jefes comunitarios mapuches– derivaron en ganancias y pérdidas en distintos grados, aunque hubo una victoria ineludible: la comunidad Puel, asentada a ambos lados de la RP 23, fue el primer pueblo originario en tener títulos de propiedad de las tierras en Argentina. Con casi 2.500 habitantes y 4.000 plazas hoteleras, Pehuenia fue diseñada por tres arquitectas de la Universidad Nacional del Comahue, que idearon un morro de calles enrevesadas donde se instalaron cabañas y posadas como La Escondida –de comodidad tentadora y servicio detallista–, Puerto Malén –con deck para el té de la tarde que acentúa su calidez– y Amarras, que se abre a vistas encantadoras del Aluminé. Desde 2004, cuando la villa pasó de comisión de fomento a municipio, la venta de terrenos se agilizó y la zona empezó a crecer a un ritmo vertiginoso. Hay dos centros: el comercial (con mercados y restaurantes) y el cívico, con el edificio municipal, una biblioteca popular y la costanera.
aquí Degustación de
ahumados y delicias en una travesía organizada por Impodi. enfrente Rappel en los bosques de Moquehue. en la apertura Mirador
del cerro Impodi.
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La aventura del hombre (y la mujer)
Ella es de General Roca, él es de Zapala. A Ena Tasca Borsani le gusta correr por los bosques helados y nadar en las aguas abiertas del lago. Es licenciada en turismo y fue voluntaria en el Parque Nacional Los Glaciares. A Facundo Faccio lo mueven las emociones fuertes. La Antártida, donde su papá era jefe de base y su mamá maestra, le forjó el carácter. Iba a las clases atado con arnés para que no se lo llevara el viento y visitaba laboratorios donde los científicos estudiaban pingüinos en piletones gigantes. Hoy es bombero voluntario y tuvo un bautismo atemorizante, cuando debió trabajar un mes para apagar el incendio que amenazaba su casa –arriba de una montaña, al borde de un acantilado– y muchas otras de la vecina localidad de Moquehue. Después de manejar un bar en Praia do Rosa y pasar tres años como empleados en Roma, se compraron dos jeeps ingleses y abrieron la agencia Impodi. Son felices desde hace nueve años, aun con jornadas que pueden extenderse de 7 a 23. Insisten en los grupos acotados, con guiadas propias y excursiones personalizadas. A bordo de los 4x4, gracias a su pericia en el uso de tracciones y diferenciales, Ena y Facundo guían a LUGARES por los enclaves más encantadores de Pehuenia.
Aduana fantasma
Los restos se reducen a una chimenea y a un hogar destrozados, al grafiti de una luna creciente. Los escarceos con Chile, en especial el conflicto limítrofe de 1978, derivaron en el abandono de la antigua aduana de Paso del Arco. La poca practicidad de los caminos nevados y las dificultades de acceso terminaron llevando todo el tránsito binacional hacia el actual Paso Icalma. La excursión por el Área Natural Batea Mahuida, un semidesierto en altura con piso de arena y piedra pómez, sigue por una zona de intervención humana: los pinos de origen canadiense que crecen sin esfuerzo y con poco control, insumo de madera y celulosa. La zona está protegida desde 1968 y sigue en recuperación, culpa del sobrepastoreo de vacas, chivos y corderos, además de los incendios intencionales. Estamos en tierras de la trashumancia, adonde viajan los pastores llevando el ganado desde sus campos de Kilka, entre Pehuenia y Zapala, a pastar en la veranada. Cuando asoman las primeras araucarias, el hombre deja de ser un dato relevante y vuelve a reinar una sensación atemporal, como de entidad superior. La laguna Piñihue, un anfiteatro que refugia a especies como el pato de anteojos y la rana patagónica, luce como el destino ideal para un veraneo jurásico, el paraíso prehistórico de un árbol que también asombra por su ciclo vital. Cuando el macho poliniza a la hembra, empieza una gestación de dos años que termina en la explosión de la piña: una lluvia de hasta 300 piñones, las semillas que competirán por germinar, con una bajísima tasa de éxito: deberán clavarse en el suelo y empezar a crecer. La que no lo consiga será alimento de ganado, recolectada para ser licor o harina o insumo básico en la dieta original del mapuche, que lo hierve hasta conseguir un gusto parecido al de las castañas.
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El hacha y las semillas
“Mi padre no era mi padre y mi madre no era mi madre”, dice Sonia Mignolet mientras la luz del sol se filtra por las ventanas de La Bella Durmiente, la hostería que funciona como testigo silenciosa de la historia de Moquehue. Cuando aquella nena que había crecido en el bosque quedó huérfana, su tía Evangelina Jofré se hizo cargo junto con Pacino Garro, el puntano que se convertiría en el primer policía de frontera del pueblo y artífice de los caminos actuales. Ese “custodio de la patria”, como lo define su hija de hecho, también fue pionero del sector forestal. Sonia se había ido de Moquehue para entrar como monja en un convento, pero cuando volvió por la muerte de Garro, decidió que Evangelina no podía quedarse sola. En 1966, con 18 años, quedó al frente del aserradero familiar y a cargo de 43 hombres. Lo soportó un año, hasta que Evangelina cumplió el sueño de Sonia de abrir la hostería de siete habitaciones. El nombre de La Bella Durmiente se lo puso Evangelina, en honor a los cerros que sirven de telón de fondo a la histórica posada y emulan la silueta de una mujer recostada. Moquehue tiene 350 habitantes, pero entre los años 40 y los 70 llegaron a ser 1.400. Vivían de tres aserraderos y una fábrica que vendía madera terciada de araucaria, en una dinámica que hoy pondría a los proteccionistas al borde del ACV. Mientras el pueblo va por una segunda oportunidad turística, el emblema resiste. En 1948, en medio de la fiebre del hacha, un grupo de gendarmes confiscó 20 mil kilos de piñones, se subió a un helicóptero y los fue tirando para plantar este bosque que sigue en recuperación: cada poblador puede sacar hasta dos camionadas de leña para calefaccionarse durante todo el año. El ascenso, por una huella exigente que Ena y Facundo mantienen a pala y malacate, es por un mix de pinos y bosque nativo. Cada tanto, aparecen las lengas estilizadas (la “barba de viejo” se pega a los troncos como señal de pureza en el aire), las cañas colihue. El Mirador del Impodi es la suma de todas las partes, el punto donde la experiencia adquiere un sentido integral. Las expresiones de encantamiento apuntan en todas direcciones: el perfil grisáceo del cerro rico en granito, el volcán Batea Mahuida y la figura amenazante de su colega chileno Sollipulli, con un glaciar sobre el cráter activo.
La araucaria tiene un ciclo vital asombroso. Cuando termina la gestación de dos años, la piña explota en una lluvia de piñones que compiten por clavarse en el suelo y empezar a crecer.
Hielo y fuego
Son 200 familias mapuches las que están a cargo de la operación del Batea Mahuida. Entre ellos hay instructores de esquí y snowboard. El complejo Batea Mahuida incluye cuatro medios de elevación de arrastre en pistas para principiantes, un restaurante con fogón, negocios de alquiler de ropa y gestión de excursiones en motos de nieve. Los precios son accesibles y el perfil es familiar. La trepada por el volcán inactivo avanza por un terreno arenoso. Se llega al cráter por una grieta formada después de las erupciones. El hueco está tapado por una laguna de verdes, azules y turquesas, rodeada de una pared de roca. En rigor, media pared de roca; la otra mitad está destruida por la lava. Es un presente celestial sobre un pasado
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El crรกter del volcรกn Batea Mahuida estรก tapado por una laguna que invita a la introspecciรณn. En su cumbre, las nubes quedan al alcance de la mano.
aquí Navegación a bordo
del velero “Susurro” por el lago Aluminé. enfrente Con su estilo calmo y didáctico, el guía mapuche Abel Barra avanza entre araucarias por la zona de Kechu Lafken (Cinco Lagunas).
infernal: el de la doble erupción del Batea; primero la explosiva, después la de desborde, cuando el líquido naranja hirviente se derramó hasta formar –según creen algunos geólogos– la península donde ahora están los hoteles. En la cumbre, las nubes están al alcance de la mano y se abre una panorámica de 360° hacia el pueblo rural de Icalma y siete volcanes activos: Villarrica, Llaima, Lonquimay, Tolhuaca, Callaqui (del lado chileno), Lanín y Copahue, con su amenazante fumarola de ceniza y vapor. Como todavía hay ganas de experimentar la altura, manejamos hasta el Camping Trenel, donde Fernando López nos infunde confianza para el canopy, un recorrido con tirolesas en medio del bosque de lengas. Para bajar las pulsaciones y repasar los highlights del día, la cocina de Pehuenia tiene dos destacados: el entorno relajado de Borravino, con jazz y tango sonando sobre una elevación de la villa, y Mandra, más céntrico, recién premiado con el Sello de Distinción de la Gastronomía Neuquina.
Gente de la tierra
En 1998, cuando el municipio empezó a entregar concesiones turísticas, las 20 familias de la zona de Kechu Lafken (Cinco Lagunas), en la margen sur del lago Aluminé, vieron una oportunidad. Era una actividad desconocida para los agricultores y pequeños ganaderos, pero algunos jóvenes empezaron a organizar guiadas. En definitiva, ellos conocían la zona mejor que nadie. Cuan-
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do tenía 21 años, Abel Barra se convirtió en uno de ellos. Tomó cursos en Parques Nacionales y se capacitó en los secretos del trekking y el GPS. Una década después avanza entre las araucarias en silencio y exhibiendo un buen manejo de los tiempos. Cuenta cómo aprendió a atajar los chivos de su abuela, encuentra rastros recientes (los caballos por el tipo de herradura, los chanchos salvajes por la tierra revuelta) y describe el paisaje con paciencia y cariño. Cuando llega a un claro que mira al lago Moquehue, confiesa que el camino lo ayuda a centrarse. Hace un tiempo, como huerquen o consejero del lonko, tuvo asuntos importantes entre manos: internas territoriales, la seguridad de los animales, una silla en la comisión directiva. Este lugar lo ayudaba a tomar las decisiones correctas. Abel camina por unas salientes rocosas que descubren una imagen vertiginosa: la cascada que baja por un cañadón profundo para formar el arroyo El Blanco hacia un valle verde que mira a Pehuenia y Moquehue. Es la persistencia de lo orgánico sobre lo inorgánico, con decenas de araucarias creciendo desde las grietas, tozudas en su vertical al borde de la nada. Cuando desanda sus pasos, el guía habla de un futuro de cabalgatas y de campings, pero también de mantener la escala humana. “El caminante es la persona que cuida el lugar”, define. El que no se cansa de seguir el vértigo de la cascada, escuchar el rumor del arroyo y entrever el sol en los claros del bosque.