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Tafí y el Valle del Yokavil

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TafĂ­ y el Valle del Yokavil La villa veraniega invita a explorar sus alrededores, la Quebrada del PortuguĂŠs y extenderse hasta Amaicha y Colalao del Valle, epicentro de la nueva Ruta del Vino tucumana. Pablo Corso.

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Paula Teller.

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aquí Los viñedos de la

bodega Río de Arena, a orillas del río Santa María. Produce 900 botellas desde hace 15 años. enfrente Un caballo frente al alpapuyo, la bruma característica del valle, en el camino de regreso desde Amaicha. En la apertura Ovejas

en la Quebrada del Portugués.

El queso jesuita En la estancia Las Carreras llevan nueve generaciones perfeccionando la técnica jesuita del queso “manchego”, convertido en una marca breve y contundente: M. Cada día salen a San Miguel y Tafí variantes naturales, con orégano, ají, pimienta negra y paprika. El proceso en el tambo incluye el ingreso de la leche pura de vaca, la adición del fermento, el cloruro de calcio y el cuajado, el desuerado, el moldeado y el prensado. En el área de salado, los quesos descansan en bateas de salmuera con una concentración del 20% (dos kilos de sal por cada 10 litros de agua) durante 12 horas. Luego pasan a la sala de maduración, donde reposan a una temperatura de entre 10 y 13 °C. La sala es aséptica, pero sus 10 mil hormas despiden un olor salado y potente, casi erótico: va directo de la nariz a la corteza cerebral. En tres meses tomarán el flavour, la combinación de aroma y sabor característica. Con previo aviso, huéspedes y visitantes pueden conocer los pasos del ordeñe y la fabricación.

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una historia de cambios dramáticos y consecuencias tangibles. Primero estuvo la cultura tafí, con su legado de agricultura y llamas. Después el dominio incaico, el español y el jesuita. Cuando se instalaron el Estado y las rutas provinciales, el pueblo se abrió al mundo. Aunque el cambio sea su constante, persiste una certeza: Tafí del Valle siempre es una buena elección.

dor y último presidente de la Asamblea del año 13. Tras sucesivas herencias, subdivisiones y expropiaciones, el séptimo dueño de la estancia, Solano Peña Guzmán, dice que “el hecho de que funcione como hotel [desde 2002] garantiza el mantenimiento de un lugar tan histórico que espero que siga en las futuras generaciones”. Consciente del valor intangible, cada vez que puede comparte los secretos de lo que hoy define como el establecimiento hotelero más antiguo del país.

La otra casa

Hacerse de abajo

l pueblo de valles y quebradas condensa

Los jesuitas que recibían ganado de Buenos Aires y Santa Fe para llevarlo a Potosí le habían echado el ojo al Potrero de Carapunco, 20 mil hectáreas sobre las que levantaron una estancia de muros de adobe y techos de paja. Sus cimientos sólidos y paredes de 80 centímetros se mantendrían durante tres siglos. En 1767, cuando la orden fue expulsada, las tierras se dividieron y vendieron. El potrero se convirtió en el casco de Las Tacanas. Los primeros dueños fueron Miguel Laguna y su esposa Francisca Bazán, anfitriones de la Casa Histórica donde se juró la independencia nacional. Cuando quería dejar atrás el agobio de San Miguel, la pareja ilustre veraneaba por estas latitudes, donde se retiraría su hijo Nicolás Laguna después de servir a la patria como goberna-

Daniel Carrazano se hizo a sí mismo. Trabajó en la caña desde los 12 años, se recibió con sacrificio en una escuela agrotécnica, vendió empanadas y atendió un kiosco. Hace 20 años tuvo una epifanía. En un viaje a Villa Gesell se enamoró de un jeep que iba al Faro Querandí, pero no podía pagar la excursión. La desilusión se convirtió en convencimiento: algún día tendría uno para él. Siguió trabajando hasta abrir una agencia de turismo chica, que enseguida se convirtió en referencia del pueblo. Dos décadas después, el jeep estacionado sobre la calle Perón certifica el objetivo cumplido. Es la marca de su negocio, el transporte preferido de chicos y adultos. Y hoy, tantos años después, sueña con ser intendente con el apoyo de los trabajadores cañeros.

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Cuando supo que el trazado original de su casa estaba sobre los restos de un asentamiento indígena, Daniel cambió los planos y rodeó la zona con rocas para “abrazar al tiempo”. Después plantó maíz y armó una huerta orgánica. El algarrobo que dominaba el terreno, en cambio, se estaba desvaneciendo. Entonces hizo otra promesa: iba a fortalecer su tronco débil y sus ramas caídas. Ahora se alza potente y vital, rodeado de un banco para tomar mate. En esta casa al pie del cerro El Pelao, también funciona un centro cultural con 105 alumnos que, por un precio simbólico y sin ánimo de lucro, toman clases de guitarra, violín y canto. En el terreno de al lado, un espacio para equinoterapia con chicos discapacitados. A Daniel le gusta mostrar lo que hizo. Cuando trae a los turistas, les propone que cambien de estado, que interpreten las señales de la Naturaleza (como el canto del sapo que anuncia la lluvia) y que se conecten con el momento y el lugar: siempre distintos, siempre irrepetibles.

Una ruta virtuosa

Avanzamos por el Camino del Viejo Petaquero, un trayecto bautizado en honor a un ermitaño que vivía en una cueva. La parada en el cementerio es obligatoria: una explosión de colores con flores artificiales, guirnaldas, móviles de viento, botellas y tetra briks. “Estamos muy en contacto con la persona que se fue”, sintetiza

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Daniel. El Mollar regala una visión armónica al borde del dique La Angostura, con caballos pastando en la costa verde y entre las nubes bajas. Después de Casas Viejas (lugar de los primeros asentamientos españoles), se abre el Faldeo del Valle de las Carreras, el mismo por el que cabalgaba Atahualpa Yupanqui. El verde aterciopelado de la Quebrada del Portugués vuelve a revelarse como uno de los impactos más hermosos del valle. Al pie del cerro Ñuñorco, las tonalidades acunan y el frío purifica. El silencio es conmovedor. La última parada es en lo de Rossana, hermana de Daniel y artesana de esta tierra. Eléctrica y expeditiva, explica cómo hay que preparar la arcilla, llenar el molde, acariciar la materia para que no se escape el detalle. Su local integra la Ruta del Artesano, apuntalada por compañeros que “luchan por progresar, porque esto se hace con el alma. Hay un pedacito de nosotros en cada producto”.

Promesas y despedidas

La mañana siguiente, después de un desayuno dulce y energético en la posada La Guadalupe, la niebla gana la ruta en el ascenso por La Bolsa, con sus prados inclinados, torres de alta tensión, pircados y potrillos que aparecen y desaparecen en cinco segundos. En el punto cumbre de El Infiernillo (3.042 metros), la minirréplica de la Casa Histórica luce como una aparición fantasmal detrás de la cortina blanca. Las condiciones obligan

aquí La capilla del Museo

Jesuítico: pisos de ladrillo, tirantes de quebracho y pinturas cusqueñas. enfrente Un cardón domina las alturas entre Tafí y Amaicha del Valle.


AQUÍ El vino reposa en

Finca La Silvia, que rige sus cosechas de acuerdo con los ciclos lunares. ENFRENTE Orgullo en el acto de fin de curso de la escuela primaria N° 371 Juan Calchaquí, en Amaicha del Valle.

a estar alerta sobre un asfalto desparejo y poceado. Cuando empezamos a bajar, cuatro ciclistas empiezan a subir. Vienen desde Santa María, donde hicieron promesas y agradecimientos para llevarle a la Virgen del Valle. Llevan 30 km de 400. El objetivo es completarlos en 24 horas. En Amaicha somos testigos de una mañana emotiva. Están egresando los alumnos de la Primaria 371 Juan Calchaquí, que a la entrada levantó un retrato del cacique y una bandera de los pueblos originarios. Los chicos tienen corbatín y birrete de graduación hollywoodense, pero dicen cosas argentinas, solemnes y sensibles, como para rodar un spot sobre la potencia emotiva de la escuela pública. Se despiden con poesías sobre la etapa que culmina, aseguran que parten con la amargura de la despedida. Uno de los más grandes llora y agradece a los maestros “la paciencia y el cariño que tuvieron para enseñarme y cuidarme cuando estuve enfermo”.

De la tierra a la luna

El gobierno provincial define los vinos tucumanos como “de gran estructura de aroma y color”. En pleno Valle del Yokavil, la Ruta del Vino exalta las bodegas que riegan por goteo, con agua de montaña, y respetan los procesos naturales. Las condiciones son ideales: 350 días de sol al año, vientos suaves, gran amplitud térmica. Con las aguas del Santa María corriendo detrás de

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los viñedos, Río de Arena produce 900 botellas desde hace 15 años, además de dar alojamiento y comida entre llamas y caballos. Mientras los aromas del malbec se adueñan de una sala de degustación luminosa, Roque (uno de los empleados) revela que su clave es la uva cesanese, que da color fuerte e identidad artesanal. En la sala de procesamiento habla de molienda, prensado y temperaturas. Viene del mundo de la construcción, pero el proceso del vino lo atrapó y no lo quiere soltar. Seguimos hasta Colalao del Valle, con los bancos celestes de la plaza Miguel Critto y la escuela Alfredo Palacios, que retrata al socialista porteño junto a un racimo de uvas. Cristina Díaz nos recibe en la casona familiar para degustar sus Syrah, Tannat, Malbec y Torrontés. La bodega, que cosecha manualmente y apunta a las vinotecas, produce 12 mil litros con las etiquetas Altos La Ciénaga y Don Javier. Mientras probamos vinos premiados, Cristina –una ingeniera en petróleo que sabe todo de formaciones, estructuras y terruños– nos habla de los trivarietales que concentran aromas y colores, de notas y caudalía, que es la persistencia en boca. Fiel al espíritu de esta ruta, rechaza los fertilizantes, elogia la amplitud térmica y celebra las vides que se hacen fuertes en la altura. “Este vino es único porque es orgánico”, dice Luis Ríos, cuidador de Finca La Silvia, mientras vigila los viñedos que limpia de arriba abajo: es crucial ablandar

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el suelo para que la viña tenga más fuerza, sin que la gramilla apriete las raíces. Los Malbec y Torrontés de Faustino del Pozo buscan resaltar el sabor, el color y el perfume de Colalao, su cielo plantado de estrellas, sus montañas repletas de cardones. El emprendimiento se apoya en la calma y en los tiempos de la tierra, pero también de la luna, que cuando está llena marca el momento de la cosecha: la savia está arriba, los granos se hinchan. La última escala es en la estancia rural Albarossa, que el empresario romano Giacomo Spaini abrió para huéspedes en julio de 2017. Es un edificio de líneas planas y tonos terracota al que se llega después de atravesar una zona con aires de duna bonaerense. Sus viñedos originan un Malbec frutado y un torrontés helado, fresco y ligero, que en 2017 se exportó a Italia y Alemania. Artesanal y boutique, la ruta se revela como una de las grandes razones para volver al Yokavil.

El domador

Marta Ramasiglia dejó atrás una vida como esquiadora extrema en las laderas más exclusivas del mundo para instalar La Ovejería, donde cuenta con dos cabañas y un restó bar. Estamos al pie del cerro Muñoz, el único que honra a un español: Juan Bautista Muñoz, el comandante que se enamoró de una nativa, formó un harén y defendió el cerro de los invasores. En este mismo escenario se mueven los 70 caballos criollos de Marta. Es donde se

siente libre Luis Romano, su mano derecha, que a los 11 años se cayó de un caballo y se fracturó pierna, clavícula y costillas. Durante meses de inmovilidad acumuló sin esperanzas las estampitas de la Virgen de Guadalupe que le daba su familia. Los médicos le dieron un ultimátum: si en 72 horas no volvía a caminar, le cortarían la pierna. Se recuperó un par de horas antes del límite. Entonces hizo una promesa práctica y otra espiritual: se dedicaría a la doma y le devolvería el favor a la Virgen. Mientras nos acercamos a la cumbre de 4.600 metros, con vistas a una tropilla que hace bailar sus crines entre los pastizales, Luis cuenta que cuando le acercan un caballo malo, uno que llevaba años vagando sin estribos, lo encara de a poco y le dice al oído que sea bueno, que lo va a tratar bien, que no le va a pasar nada. A veces no resulta. Hace poco le dieron una patada que lo dejó diez minutos en el suelo. Él no se enojó. Le habló durante tres horas por día. En ocho meses lo había domesticado. Su destreza lo llevó a presidir la Agrupación Gaucha de La Ovejería; le puso Virgen de Guadalupe. Cada año Luis la honra con un desfile de cien personas y la única fiesta a caballo del pueblo. Entonces unifica sus promesas y le muestra a la reina azteca todo lo que aprendió. Sus caballos desfilan y bailan, patinan y corcovean, se agitan y descansan. El domador se sube y se baja de un salto, calcula y arriesga, pero sabe que nunca más volverá a caer.

aquí El Observatorio de

Ampimpa, interesante rareza en los valles.

En el cielo las estrellas Antes de llegar a Amaicha, el Observatorio de Ampimpa se levanta como un lugar curioso y ecléctico que empezó a funcionar en 1985 como parte de la red que creó la NASA para seguir al cometa Halley. Entre sus cabañas con nombres de constelaciones (Orión, Pléyades, Centauro) hay un generador eólico, un panel solar, una canilla con agua de vertiente mineralizada en la Naturaleza. Todo está para probar y conocer, manipulando artefactos, leyendo carteles o siguiendo el audio de una aplicación que, vía wifi, informa sobre la evolución de la vida y del Universo. Bajo una cúpula blanca, el telescopio negro y gris metalizado se revela como el tesoro más valioso de estas alturas que miran a tres provincias: Tucumán, Catamarca (Santa María) y Salta (Cafayate).

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