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Junín de los Andes

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JUNÍN ANDES Puerta de ingreso al PN Lanín, la ciudad es base natural para los pescadores que llegan en busca de las truchas del Chimehuin, las navegaciones en el lago Huechulafquen y el trekking al majestuoso volcán. PABLO CORSO.

GUSTAVO CASTAING.

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n Junín de los Andes la trucha es

lo verdadero. Con el descaro de las especies introducidas, su figura longilínea y boquiabierta conquistó para siempre los carteles de las calles y la decoración de los hoteles, sin contar el alma de los que peregrinan a esta ciudad soñando con su propio Gran Pez. “Donde corre al agua corre la vida”, insiste un letrero en el paseo peatonal de la Costanera. Es el lugar para maximizar el disfrute del río Chimehuin, principal escenario de las fantasías pescadoras. Una inversión de dos millones de pesos en febrero de 2015 derivó en este empedrado con faroles, canteros, bancos que miran al curso del agua y los puestos de artesanías. Al final de la recta, el paseo se integra a las márgenes del río y al “puente banana” que ayuda a cruzarlo con elegancia y reminiscencias europeas. La multiplicación de los peces –un tema del que puede dar cátedra Aníbal Sacconi en el fly shop de las cabañas Río Dorado– es un pilar para el pueblo andino de 13 mil habitantes, que también se fortalece desde el turismo religioso. El santuario Nuestra Señora

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de las Nieves resulta una visita ineludible. Homenajea a Laura Vicuña, una preadolescente araucana que en 1904 dio la vida por su madre frente a un patrón abusador. El templo apela a los tonos cálidos y a las emociones fuertes. En la entrada se exhibe una vértebra de la beata, cuya vida y la de Ceferino Namuncurá –otro integrante del panteón salesiano– se cuentan a través de una sucesión de vitreaux. La nave central, blanca y radiante, discurre entre simbología mapuche y un Jesús levitante. A los costados hay menciones a los religiosos que dieron, y perdieron, batallas políticas en los 70: el padre Carlos Mugica, monseñor Enrique Angelelli, las monjas francesas Léonie Duquet y Alice Domon.

aquí Corderos

patagónicos. enfrente La capilla María

Auxiliadora de Paimún. en la apertura El río

Rucu Leufu y la cara sur del Lanín al fondo.

Dúos dinámicos

A 20 km del pueblo, el encuentro del Chimehuin con el lago Huechulafquen es un punto virtuoso, crème de la crème para los hombres de la caña, pero también para los que creen en la convivencia con los peces. Cuando el horizonte deja de mostrar dos soles –el real y el que refleja el lago–, el cielo se inunda de un

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atardecer impagable. La luz recorta el perfil de las cumbres en tonos azules y grises, mientras que el volcán Lanín pasa del ocre al dorado, con el casquete helado como un faro incandescente. Cuando la vista no se pierde en ese momento idílico, se concentra en algún detalle de la flora milenaria o la fauna que busca entrar en confianza: una liebre corriendo por el monte, un zorro atento a sus presas o, si hay suerte, un ciervo bramando por las hembras. Así viven Cecilia Flores (34) y Leonardo Servera (36). Ella es guía de trekking, técnica en recreación e intérprete de flauta traversa. Él es profesor de educación física y guardavidas de la Cruz Roja. Son porteños, aunque se conocieron trabajando en Bariloche. Él buscaba algo más rural; ella, un proyecto propio. Cuando unos familiares se dieron cuenta de que tenían una casa que mantener y un alojamiento que administrar en el sur de Neuquén, la pareja encontró la oportunidad. Así levantaron Home Lodge, una estructura de piedra y madera sobre una cima esteparia. Desde noviembre de 2010 aprenden a leer los ciclos de la Naturaleza. Leonardo escucha los latidos de una casa que se autoabastece con paneles y aerogenerador, conoce el sonido de los pájaros y sabe qué leña está quemando el vecino sólo con el atisbo de un fuego lejano. “Acá están mis raíces y acá me quiero morir”, dice Martín Valdora (27), al otro lado del río. Es el heredero a cargo de La Berendina, una hostería con bajada directa a la boca del Chimehuin. Un día a mediados de los 70 su abuelo pasó por una inmobiliaria porteña, leyó “Loteo en Huechulafquen” y viajó por un impulso. Tardó nada en enamorarse de este punto estratégico. Su hijo empezó con el emprendimiento y su nieto –egresado de la Escuela Técnica de Junín, también orientada en Energías Renovables– maneja el día a día desde entonces. Compone una pareja feliz y trabajadora con Jazmín Güell (26), que sale a correr haya viento o nieve y no se cansa de ver cómo el sol se esconde tras las montañas cada tarde: siempre parecido, nunca igual a la tarde anterior.

SUBIR EL LANÍN

A TREPAR QUE SON DOS DÍAS El Lanín tiene una cara norte que es “ATP” y una cara sur, mucho más compleja, por la que se asciende con técnica de escalada. La cara norte, sin embargo, requiere entrenamiento, uso de crampones, piquetas, casco, radio VHF, linterna frontal, botiquín, bolsa de dormir y aislante. Desde 2016, además, se permite una sola noche en los refugios, por lo que el ataque a la cumbre debe iniciarse entre las dos y las tres de la mañana, para tener entre 7 y 10 horas para subir y 5 para bajar. Quienes hagan sólo un trekking por el día –hay 81 senderos habilitados– también deben registrarse. Desde febrero puede hacerse online en el nuevo sitio del Parque www.pnlanin.org T: (02972) 42-7210. O en el centro de informes de Tromen.

Rápido y ventoso

Dos balsas rosa chicle navegan el Chimehuin. A lo largo de 7 km, el rafting alcanzará rápidos de dificultad tres en una escala de cinco. Adentro del ducky, una canoa blanda y versátil, la fuerza del río se traslada de los remos a las manos. El humor del agua –de la calma imperturbable al oleaje rebelde– se empieza a fundir con el del navegante, en un juego de conocimiento mutuo que implica pedir y ceder, alterar y aceptar. Mientras el instructor Mariano Bianchi de Pomelos Tour estudia los ángulos de ataque de cada ola, guía el bote hacia una navegación segura. En primavera, cuando el río alcanza su máximo caudal por el deshielo del Lanín, la escena se compone de una paleta de colores impresionista, con los sauces en los márgenes y un popurrí de flores en expansión.

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arriba Después de

llegar a la base del Lanín y atravesar un bosque de lengas, se accede a un filo muy marcado que se conoce como Espina de Pescado. abajo La boca del Chimehuin y la hostería Home Lodge, vista desde la posada vecina La Berendina.

La calma del Huechulafquen es un contrapunto bienvenido. A bordo del José Julián –un catamarán amigable con capacidad para 60 personas– escuchamos las cifras que ayudan a entender la configuración de este “lago de altura”, según la traducción del mapuche: 875 metros sobre el nivel del mar, 255 de profundidad media, el vestigio de un glaciar que empezó a retroceder hace 20 mil años. Cuando el Lanín se suma al cuadro, la banda de sonido se convierte en una sucesión de clicks con comentarios inspirados en la contemplación maravillada. Avanzamos entre bosques, playas de arena virgen y los azules, verdes y turquesas del agua andina. Después de cruzar por una angostura aparece el brazo Epulafquen, alargado y ventoso. Mientras la tripulación ofrece un café a los estoicos que insisten en permanecer en cubierta, se revela la elevación rocosa de El Escorial, un río de lava solidificada hace medio milenio, tras la erupción del volcán Achen Niyeu. El lugar corporiza una fantasía bonsái: un bosque de coihues, maitenes y alerces enanos insiste en crecer a escala porque sus raíces no encuentran los nutrientes que sí disfrutan los hermanos mayores.

El brazo mágico

Un portal de inspiración sintoísta marca el acceso formal al Parque Nacional Lanín, creado en 1937 para proteger 412 mil hectáreas de bosque andino patagónico. El camino, encerrado por el Huechulafquen y la cumbre acuchillada del cerro La Virgen, tiene demasiadas escalas atractivas: la playa de arena negra, con un susurro en cada pisada, entre roca de aspecto lunar; las microondas del lago, que transmiten el canto de las diucas; la frescura del bosque y los claroscuros del sol filtrándose entre los coihues; los campings agrestes sobre bahías encantadas. Desde el arroyo Rucu Leufu, la cara sur del volcán asoma con su perfil piramidal. Las distintas texturas del hielo recorren la base aserrada, la pared vertical y la cumbre de alisado perfecto. Unos 37 km después del portal, el ripio desemboca en una escena armónica e inspiradora, montada sobre el césped que bordea el brazo Paimún. La capilla María Auxiliadora es casi una iglesia-boutique, construida en 2000 en las caballerizas de Gendarmería. Por dentro, un altar tallado exhibe otra síntesis cristiano-andina, con un Niño Jesús rodeado de pumas, ciervos, jabalíes y araucarias. La combinación de piso de piedra y ventanales con vista al lago completan una atmósfera íntima, casi seductora. El Paimún también es el lugar que eligió Juan Carlos Strak para la etapa final de una vida sacrificada. En su restaurante con vista al cerro Litrán (también conocido como “Piedra Mala” porque no deja ver el Lanín), soporta inviernos de -15º C y repasa una biografía que lo obligó a trabajar desde los ocho años, cuando entró como sirviente a una casa de Coronel Suárez para llevar algo de comer a su madre y her-

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manos. Después de pasar hambre e iniciar un ascenso tortuoso en la escala social, tiene clara su misión: “Hoy me dedico a servir a la gente”. Es un hombre de dos mundos. Casado con la mapuche Cecilia Paillafquen, se fue ganando la confianza de la comunidad Lafkenche (“gente del lago”), hasta convertirse en su tesorero y traductor de la sacralidad del Lanín. Ahí donde vemos un sismo o el infortunio de un andinista, la comunidad interpreta un castigo divino por no pedir permiso para subir. A los pocos metros, una senda de dificultad media (construida en 2011 por alumnos del Secundario CPEM 7) arranca en una llanura con pastores de ovejas y sigue por un bosque húmedo, mientras suenan el doble rumor de una cascada que se acerca y un arroyo alimentado por el deshielo. Después de una escalera de rocas, El Saltillo emerge sobre un muro rocoso imponente. Es una caída blanca de 25 metros en viajes de tres segundos: inicio caudaloso, metamorfosis estructural y desaparición violenta. Allá abajo, el vapor rebota y vuelve a subir para pegar de lleno en la piel. De vuelta en la ciudad, la cena en Ruca Hueney nos sumerge en las delicias de Pepa, una hija de libaneses

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que lleva medio siglo perfeccionando la cocina de sus raíces y las propuestas regionales.

Sutilezas del volcán

El valle del río Malleo discurre entre la estepa y los álamos, con un bosque de araucarias en el ingreso al área Tromen del Parque Nacional, punto de acceso al Lanín. A medida que nos acercamos a sus 3.776 metros, la cara norte se reconfigura como una escuadra tentadora. La picada arranca como un paseo exquisito, con una pareja de pájaros carpinteros tozudos e insistentes en su búsqueda de larvas bajo las cortezas. A la salida del bosque, la montaña ya no es esa pirámide inalcanzable, sino una sucesión de pliegues y matices, rocas y glaciares, valles y salientes. El Lanín encanta a los aventureros, pero también a los hombres de ciencia como Tomás Fuentes. Mientras trepa la huella con una pick up 4x4, el geólogo de 29 años con base en La Plata explica que el Lanín tiene una edad máxima de 200 mil años, pero que las rocas eruptivas más nuevas tienen 2.700. Su tesis de doctorado con beca del Conicet se centra en el análisis geoquímico de las rocas para entender el sistema

aquí Trekking y fervor

espiritual en el Cristo Luz, un gigante de vidrio y metal que brilla con el sol y se ilumina de noche. enfrente El rafting por el Chimehuin de Pomelos Tour tiene momentos de calma y de adrenalina. Hay que estudiar los ángulos de ataque de cada rápido y dejarse llevar.

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magmático. La noticia del alerta amarillo circula en los medios regionales, y Tomás recuerda que ya se registraron movimientos anómalos, fracturas de rocas y ruidos inesperados del lado chileno. Por ahora, estas laderas siguen ofreciendo una alquimia de placer y sacrificio. Con la nieve polvo volando sobre la cumbre, el concepto-guía es contradictorio: tan cerca pero tan lejos. A 1.600 metros, el sendero “Espina de Pescado” –rugoso y serpenteante– marca el momento para un descanso breve y un premio parcial: el vistazo a los tonos blancos, grises, marrones, verdes y celestes de seis cordones montañosos. El camino deriva en la zona de refugios, donde los andinistas, con crampones y piquetas para el hielo hacen noche antes de atacar la cumbre. De vuelta en la base, el plan es bajar al lago Tromen. Un sendero de cañas colihue y mutisias naranjas y rosadas termina con las vistas frontales de la cordillera y una playa de arena gris. Es un entorno inclusivo, con opciones de lancha, picnic y guitarreada antes de la última experiencia religiosa.

Más grande que Jesús

En una cuesta plantada con cientos de pinos ponderosa –donación de la corporación forestal Corfone– se levanta el Vía Christi, una idea financiada por el municipio, la provincia y la iglesia. Es un ambiente devoto con aires informales, la interpretación colectiva de una historia violenta. Empezó a construirse en el 2000 y recién se terminó este año. A cargo del arquitecto y escultor Alejandro Santana, fue materializado por estudiantes de Bellas Artes, profesores de Historia, integrantes de la comunidad mapuche, religiosos y albañiles. Las esculturas y los bajorrelieves de hormigón son eclecticismo puro: un Jesús araucano dejando que los niños vayan a él, otro flagelado bajo los recuerdos del exterminio originario, fuentes con versos bíblicos, mensajes antiabortistas, citas de Jaime de Nevares (contra la decisión de relegar a los mapuches a tierras fiscales) y de Juan Pablo II, a favor de la condonación de la deuda externa del Tercer Mundo. Cuando todo sugiere que se acerca el final, entendemos que es apenas el principio. Después de una cruz que se impone sobre una gran panorámica del pueblo, parte un camino en zizgag, un flagelo leve que combina trekking con fervor espiritual. Mientras ganamos altura van emergiendo una pierna y dos antebrazos de proporciones faraónicas. Más cerca de la cima, el pecho y la cabeza erguida de Cristo Luz, un gigante sostenido por metal y creado con vidrios triangulares que brillan de acuerdo con la posición del sol. Cuando el sendero termina, se puede entrar a la mismísima cabeza del Salvador. Es un espacio escalonado y transparente, con punto de fuga descendente y mensajes que recuerdan al anfitrión como el portador de la luz. Los fieles parecen intimidados. Por una vez, sin embargo, el altar está bajo sus pies.

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La caída blanca de El Saltillo, alimentada por los glaciares de la cara sur del volcán Lanín.

EL SALTILLO

LA SENDA INTELIGENTE Qué árbol es este, por qué se ven esos colores, de dónde viene el arroyo. Las preguntas del visitante se repiten y las respuestas no siempre aparecen. Con este dilema en mente, 15 alumnos de quinto año del Centro Provincial de Enseñanza Media 7 crearon la cartelería de la senda boscosa que lleva hacia la caída blanca de El Saltillo. Impulsados por la profesora Mirta Cañicul y asesorados por Parques Nacionales, empezaron a indagar sobre el mejor método para informar a los turistas y concluyeron que todo debía ser entendido por chicos y grandes. Instalaron los carteles el 11 de noviembre de 2011, entre el sol y las cenizas. Hoy son guías, docentes, mozos, psicólogos, arquitectos. Cuando vuelven a la senda, miran alrededor y saben que hicieron algo especial.

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Junín de los Andes by Pablo Corso - Issuu