La tierra caliente Caviahue / Copahue
Una es la aldea de montaĂąa, con nieve de alta calidad de junio a octubre. La otra, la aldea termal, a la que recurren legiones con felices resultados. CĂłmo es la vida en estos enclaves del noroeste neuquino de impronta mapuche. PABLO CORSO.
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JUANA MAURI.
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El
sábado 22 de diciembre
de 2012 a las 9.45 el volcán Copahue entró en erupción. Lo había anunciado una sucesión de temblores prolongados y explosiones breves, potenciada por los datos cada vez más alarmantes que entregaban los geólogos. La vaporización de agua en interacción con el magma interno disparó una pluma de humo negro, gases y cenizas, que llegó a tener 13 km de altura. Las bombas piroclásticas y los bloques de azufre líquido aterrizaron hasta a un kilómetro y medio a la redonda. Las autoridades declararon alerta naranja. Todos encendieron FM Volcánica y esperaron instrucciones. Aunque la lava no llegó al río, las entrañas del gigante siguieron agitándose durante las semanas siguientes. El Copahue se estaba deformando, inflándose como una torta en el horno, y su laguna se había secado, culpa de los 200 °C que calentaban el cráter. El lunes 27 de mayo de 2013, los gobiernos de Argentina y Chile elevaron el alerta a rojo. Las 800 personas de Caviahue, la aldea de montaña, y Copahue, la aldea termal, se auto-evacuaron a dependencias públicas y militares de los pueblos vecinos de Loncopué y Las Lajas. En medio de la angustia y la incertidumbre, habían
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abajo La villa de
Caviahue al pie del volcán Copahue. ENFRENTE El árido paisaje y la oveja en las tierras de la comunidad Millain-Currical, a 15 km de Caviahue. en la apertura Juan
Juvencio Millain, transmisor cultural de su comunidad. Hoya termal, en Las Máquinas.
armado sus kits de emergencia (documentos, linterna, velas, botiquín, barbijo, agua y alimentos) y señalado su casa con un pañuelo blanco antes de dejarla. A los diez días volvieron a sus hogares. Desde entonces, cada cambio de humor del volcán tiene una réplica en los pobladores, ya acostumbrados a una calma tensa.
SINFONÍA AGRIDULCE
Los 2.997 metros del Copahue –edad estimada, 800 mil años; erupciones, 14 en el último cuarto de milenio– se extienden en todo su esplendor. Sólo uno de los nueve cráteres es argentino: el más fotogénico. Algunas noches el cielo aparece iluminado por el fuego. El mirador también abre una puerta a un lago hecho de agua ácida y a un valle modelado por glaciares, todo sobre un área que lleva 63 millones de años en actividad, muy anterior a la aparición de la cordillera de los Andes. Caviahue se fundó hace tres décadas, tiene 1.100 habitantes y está sembrado de cabañas como Walwalün, que nos recibe con luminosidad y buena vista. Metafórico, el pueblo se nutre de los ríos Agrio y Dulce, posibles vías de escape para la lava si el volcán decide que ya es hora. El agua sale a 86 °C de sus entrañas y se va enfriando cuando gana contacto con la superficie. A sólo un kilómetro de la villa empieza el sendero a las Siete Cascadas, un entorno árido con araucarias
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que brotan de la arena y las grietas rocosas. Elisabetta Penzato y Pablo Aschieri, dueños del impactante hotel Ígnea, guían por esta zona que los enamoró. El suelo de afloramientos basálticos apunta al cielo en diagonales múltiples. En la Cascada del Gigante, el viento acelera los tiempos del paisaje: las nubes, los árboles y el agua se mueven veloces mientras la ceniza se arremolina sobre la superficie. Las columnas hexagonales de la Cascada del Basalto cortan el aliento por su largura y su rareza, un corte perfecto con fragmentos caídos al precipicio, como las ruinas de un templo griego. La cascada definitiva está camino a Copahue, ahí donde la tierra dejó de moverse en el punto justo para formar un anfiteatro de belleza inverosímil. En todos los costados de una caída de 60 metros, las paredes basálticas del Salto del Agrio se tiñen del rojo de la vulcanita y del verde de los musgos. El agua se detiene sobre una laguna turquesa, mezcla de vértigo del precipicio e invitación al baño impulsivo. A lo largo del cañadón, los colores se descomponen, alternan y vuelven a aparecer en configuraciones múltiples. La imagen es sencillamente hipnótica.
LA MANADA
De octubre a octubre, Caviahue disfruta cinco meses de nieve de alta calidad. La base del centro de ski –15 pistas con capacidad para 2.700 esquiadores por hora– está a un kilómetro y medio del pueblo; se puede cortar el día con un descanso en la cabaña. Allá arriba se trata de hacer slalom entre los bosques y de probar la nieve polvo sobre las laderas que laten. Acá abajo surgen otras formas de desplazamiento. Javier Álvarez abre las puertas de su bungalow alpino, al pie de los farallones de basalto, donde lidera La Huella, una manada fiel y energizante con 32 miembros. Empieza a mover los arneses, los ladridos se agudizan y todo se vuelve una tormenta de excitación. Cuando la fotógrafa de LUGARES se mete en el canil, los perros salen disparados para plantar sus patas y saltarle alrededor. “¡Hola, la banda!”, los contiene el macho alfa. Aunque es criador, Javier se define como musher: conductor de trineo. El año pasado la prohibición de las carreras lo dejó sin la pasión que le dio el primer puesto en los campeonatos sudamericanos de 2011 a 2013, corridos entre Argentina y Chile. “La gente humaniza los perros. Vas a una veterinaria y hay más ropa que alimento”, se queja. Ahora disfruta de entrenarlos en bici y en cuatriciclo por la costa del lago. En su oficio ya no dominan los siberianos –bellos, pero dispersos–, sino los alaskianos y los greysters, más parecidos a los galgos. Todo se trata de genética y mestizaje. Javier ya está pensando en cruzar a Porter, el cachorro eurohound negro que llegó desde Barcelona, con Etna, una mix greyster de sangre austríaca.
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ENFRENTE Otra imagen de Las Máquinas, con sus aguas sulfurosas entre mallines. Nicolás Gurnik, director provincial de medicina termal. La emblemática araucaria.
MANUEL olASCOAGA
El 15 de enero de 1890, este explorador —y primer gobernador del Territorio Nacional del Neuquén— escribió que “el descubrimiento de las termas de Copahue es de época inmemorial según conversaciones que he tenido con varios indios viejos” y que “viene gente a curarse o bañarse desde épocas muy remotas”. Olascoaga cuenta que “una señorita hija de familia notable” de Concepción (Chile), extenuada por la tuberculosis, llegó a las termas, donde (...) le aplicaron agua del volcán y “natas gelatinosas”. Al cabo de un mes estaba “completamente sana, habiendo recuperado la vida y la frescura de su juventud. Este fue el gran golpe de bombo que tuvieron los Copahues”. Distintas expediciones aumentarían la fama que, año a año, multiplicó testimonios sobre la curación de futbolistas, bailarines, músicos, actores y políticos.
ORGULLO Y PREJUICIO
El guía Fernando Volij, de Caviahue Tours, nos conduce hasta un rancho de material al pie del cerro Portezuelo, donde Juan Juvencio Millain habla con crudeza. Aunque el mapuche no se escribe, sabe que en el lenguaje también se libran batallas. Después de la campaña arrasadora de Roca, su gente sembró. Después se subió al caballo. Después se organizó en pymes territoriales. Pero en la segunda mitad del siglo dejaron de conformarse con las reservas. “Éramos muchos”, dice, y empezaron a presionar para recuperar lo perdido. La reforma constitucional de 1994 cambió de paradigma: del “trato pacífico con los indios” al reconocimiento cultural. Desde 2002 las escrituras de estas tierras, a 15 km de Caviahue, están en poder de la comunidad Millain-Currical. Después de una gestión como lonko (cacique), Juan se hizo transmisor cultural: enseña la lengua y doma caballos a la luz de la luna. Esta tarde viste una camisa cian con el dobladillo recién hecho, un cinto blanco y un facón impecable. La puesta en escena del orgullo se completa con el relato que le contaron sus padres: para que aprendieran a hablar castellano, las nenas eran atadas de las trenzas y los varones, obligados a quedarse parados junto a la campana. Años después, a Juan le prohibieron hablar mapuche para que no atravesara aquel dolor. Hoy baja líneas explícitas: “No fuimos ni somos pobres; nos hicieron pobres”. “Huinca no sólo es ‘hombre blanco’, también quiere decir ladrón”. Para diluir las tensiones, primero hay que ponerlas en escena.
EL OBJETO DE MI AFECTO
Albano Chavero trepa el volcán con la concentración de un sherpa y la obstinación de una cabra. Lo sube cuando está con amigos. Lo sube cuando está aburrido. Lo sube cuando lo extraña. Le demuestra su amor estudiándolo; quitándole la basura que le tiran. Un día, mientras caminaba estas laderas, un cóndor lo sobrevoló a dos metros. Se posó sobre una roca, giró y lo miró. Entonces batió las alas y desapareció. Albano nunca se va a olvidar del viento cortándole las alas, de aquella majestuosidad grácil. Después de diez años en los Pirineos catalanes volvió a la Patagonia para revivir la experiencia y para dirigir el área de Kinesiología y Ejercicio Físico del complejo termal de Copahue. Está convencido de que la materia prima volcánica es capaz de curar a niños, jóvenes y ancianos. El ascenso arranca antes de que salga el sol. Es el Disney World de la geología: de la tierra a la arena, de la cal a la arcilla. Las piedras, una sucesión de granito, basalto, pómez y lajas, como si alguien hubiera jugado una generala gigante desde el cielo. Las vistas panorámicas de Las Mellizas –dos lagunas turquesas donde el viento imprime su fuerza y su diseño– llevan a pensar en la precariedad sobre la que se asientan las villas. Cuando Las Mellizas se congelan, Caviahue se queda
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aquí Las paredes de la
gran olla donde se vuelca el Salto del Agrio se tiñen con los colores de la vulcanita y del musgo. ENFRENTE Curiosas formaciones de la Cascada del Basalto, donde el terreno aparece fragmentado en columnas hexagonales.
sin el agua que baja por un sistema de cañerías de 18 km. Y Copahue sólo tiene agua potable gracias a los delicados mallines del volcán, que retienen los minerales y hacen bajar un líquido puro hacia la villa termal. Mientras subimos por un suelo de verdes, marrones y amarillos casi fluorescentes, el cielo se vuelve más gris y pesado. Es una mañana de vientos caprichosos, lluvia persistente y nubes con forma de plato volador. Cuando faltan 500 metros para el cráter, Albano mira hacia arriba y repite una sentencia: “Está chungo”. Entonces para, reflexiona y ordena dar media vuelta. Hay que conformarse con la memoria emotiva del guía: el estruendo de un glaciar que cae en el hoyo de 300 metros, los temblores repentinos, la sensación de pequeñez.
AL PIE DEL VOLCÁN
Con sus laderas blancas la mayor parte del año, Copahue es territorio de cabañas (nosotros nos alojamos en Pino Azul, una hostería funcional y de empleados amables) muy visitado por jubilados que
caen en micro para jugar de locales. Es frecuente verlos por la calle en robe de chambre, con el toallón al hombro, recorriendo el trayecto de las habitaciones hasta el complejo termal, donde enfrentarán los baños o vapores del día. En 1953, las termas pasaron de la jurisdicción de Parques Nacionales a la Comisión Nacional de Energía Atómica, con el objetivo de estudiar las propiedades del agua. Tres años después se creó un laboratorio para procesarla. Copahue terminó de institucionalizarse con Las Máquinas, un complejo de clínica y hotel para la elite militar, que llegó a usar Juan Perón. Con más de dos décadas de abandono, hoy es una ucronía termal: los mallines invadieron los baños y una pared de ladrillo cayó sobre la gran laguna humeante. Las columnas de vapor emergen de la tierra y del agua como el síntoma de algo que no corresponde a este mundo. Las aves vuelan abombadas sobre las burbujas y las fumarolas de hasta 160 °C buscan puntos de salida, mientras el ambiente se envuelve en una atmósfera blanca. A cada paso se descubre un oasis calefaccionado a distintas
salto del agrio
A fines del siglo XIX, la ruta 27 que sale de Caviahue hacia El Huecú, por el valle de Trolope, era un camino que usaban los que iban en carreta a las termas de Copahue. Junto a la ruta corre el río Agrio sobre un cauce de rocas amarillas, por efecto del óxido de hierro que transporta el agua. Llegar al Salto demanda unos 20 minutos. Es un caudal de agua sulfurosa que cae desde una altura de 80 metros a una “olla” tremenda que formó, hace cuatro millones de años, la explosión de una burbuja volcánica. El color turquesa de la laguna es, simplemente, hipnótico. Y el entorno, incomparable: un horizonte de cerros; el volcán de fondo.
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temperaturas. La casilla bautizada “El Infiernillo” es un horno extremo en medio del frío y la altura. Las autoridades provinciales proyectan devolver el lugar a su estatus natural, con rampas, pasarelas y baños portátiles bajo principios sustentables. El día termina con un anfitrión cálido: Nito Zingoni, a cargo de una parrilla instalada desde 1993, cuenta anécdotas de la villa mientras un chivito carnoso se cocina a fuego lento.
CREER O VAPORIZAR
“Yo no tomo remedios”, dice Nicolás Gurnik. El director provincial de Medicina Termal podría ganar cuatro veces más en una consulta privada, pero las historias de los pacientes con vidas transformadas lo convencieron de ejercer acá. El cambio, asegura, también operó sobre su propio cuerpo. Después de destrozarse una rodilla en una carrera de aventura por el volcán, se hundió en la Laguna del Chancho, un rectángulo lechoso al lado del Complejo Termal. A los pocos días ya no había síntomas de inflamación. Con la voluntad de los conversos, hoy atiende 30 pacientes por día y combina saberes prácticos, tecnológicos, artesanales e intuitivos. Nicolás, médico especializado en hidrología, está fascinado por la concentración de elementos cocinados por la lava del Copahue. Mientras recorre los in-
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aquí Lobby del
hotel Ígnea, con forma de pirámide y revestimiento oxidado que emula a la lava. ENFRENTE Caminata por las laderas del volcán Copahue; al fondo, las lagunas Mellizas.
teriores de aluminio que recuerdan las escenografías de Olmedo y Porcel, se toma su tiempo para destapar tachos, sentir texturas, admirar colores, impregnarse de vapores. Dice que el fango actúa sobre las várices y las articulaciones castigadas. Que las aguas del volcán –sulfuradas, sulfatadas, ferruginosas, bicarbonatadas, carbogaseosas, cloruradas, radioactivas– son cicatrizantes, antibióticas y reconstituyentes, y que ayudan a combatir el colesterol y la diabetes. Que las algas generan compuestos que barren con la psoriasis. Que el vapor cura enfermedades respiratorias. Valida el relato apelando a fragmentos de la historia, al origen termal de las clínicas, a las historias de Hipócrates buscando un compuesto sanador definitivo. Después de la visita guiada, este cronista entra a un gabinete que es un poco consultorio y un poco sala de máquinas. Hay una bañadera de cemento llena de agua espesa y humeante, con barandas de metal a los costados y un arco de gomaespuma en la cabecera. El cuerpo se mueve al ritmo de los pulmones: sube en la inspiración, baja en la espiración. De a poco llega una sensación de desprendimiento. La mente empieza a viajar, las manos ascienden solas y las piernas se liberan, como si los minerales reemplazaran a los huesos. Quince minutos después, el mundo luce más optimista y todo parece más liviano.
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