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Morir vivo

Cuento e Ilustraciones de

Oscar Netzahual


Esa mañana Vin se levantó muy temprano como todos los días y se dirigió a la cocina para sacar de la alacena un tazón lleno de arándanos. Era el desayuno acordado entre él y Laz para ese domingo. Vin se apresuró a terminar, pues bajaría a la Cornucopia, una especie de mercado que se encontraba en la plazuela del valle de Mave y que era una de las pocas reminiscencias de la humanidad que quedaban en el mundo.


El planeta había sido arrasado unos 100 años atrás; guerras, enfermedades y desastres naturales mermaron el mundo y su población: quienes aún vivían no eran humanos, sino más bien un remedo de ellos. Los pocos sobrevivientes habían pasado mucho tiempo tratando de organizarse y de reestablecer un orden social, de levantar ciudades y de recuperar la civilización. A pesar del tiempo transcurrido, se trataba de pedir algo muy difícil dada su condición, pues pocas mujeres podían tener hijos y la mayoría de los hombres habían muerto en la guerra o eran muy viejos. Todos habían sido afectados por el virus “Endo”, incurable, mortal y altamente contagioso; bastaron dos semanas para que se extendiera por todo el mundo y las colonias en Marte.

Así comenzó toda la tragedia terrestre, y por desgracia, las generaciones heredaron estragos de este virus en sus genes, como en el cuerpo de Laz...


Fue cuestión de poco tiempo para que las sociedades, sus preceptos, ideas y concepciones sobre el mundo cayeran. La lucha por la sobrevivencia traspasaba cualquier otro pensamiento en la mente colectiva; no había más que tratar de sobrevivir día a día, a costa de lo que fuera. Las personas trataban de buscar refugio en los lugares más inhóspitos e inhabitables y el instinto animal y la ley del más fuerte se respiraba en cada rincón del mundo. El amor y la amistad eran sentimientos que se habían reconcebido en esta situación cambiante. Sobrevivir no sólo era cuestión de voluntad y resistencia, sino también de consistencia moral y emocional; si no morías en la guerra, enfermo o por un fenómeno natural, era muy probable que murieras de locura o tristeza: la soledad era el fantasma cuyo manto cubría a un mundo ya de por sí agonizante, y salir vivo de él, era una misión suicida. Por eso, fue un alivio que Vin hubiera encontrado entre todo ese caos a Laz. Se conocieron mientras escapaban de Vanatolia o lo que antes llamaban Oceanía. Vanatolia fue destruida por una lluvia de estrellas, meteoritos de colores que zurcaban el cielo y se impactaban en la tierra como luces de bengala. Millones de personas murieron y miles quedaron heridos. Era un milagro para ese entonces que Laz siguiera vivo: su cuerpo sufría las consecuencias de la herencia genética de “Endo” y sus órganos poco a poco dejarían de funcionar, así que se enfrentó al dilema de tratar de seguir vivo para morir o sólo dejarse morir.


El impacto de los meteoritos tomó por sorpresa a todos. Las telecomunicaciones hacía tiempo que ya habían caído por las guerras, y la población no esperaba tener que afrontar una situación así. No tenía mucho tiempo que Vin había sepultado al último familiar que le quedaba vivo, cuando tuvo que enfrentar otro cataclismo. Cuando el polvo de los últimos impactos comenzó a disiparse encontró a Laz retorciéndose tirado en la calle. Lo asistió y se dio cuenta de que estaba terriblemente mal herido. Un trozo de metal incrustado en su ojo había provocado que lo perdiera por completo.


Vin lo cuidó en un refugio improvisado en las ruinas de un antiguo hospital, en medio del desastre y la tragedia, entre restos humanos y moribundos. Laz agradeció siempre profundamente a Vin que hiciera eso por él. A su vez, Vin se sentía igual de agradecido hacia Laz por salvarlo de la inminente soledad y seguramente locura. Ambos no lo sabían, pero habían encontrado en el otro un refugio emocional y una esperanza de supervivencia.


El tiempo en el que Laz se recuperaba fue suficiente para que ambos reconocieran que, de ahora en adelante, tendrían que hacer equipo si querían salvarse. Así, pasaron unos meses hasta que les llegó la noticia, a través de otros sobrevivientes, sobre la existencia de los últimos barcos que zarpaban del puerto que quedaba de Vanatolia hacia Odessa. Odessa era el único continente que quedaba sobre el mar después de los cataclismos de los siglos anteriores, pues Vanatolia estaba completamente destruida. Juntos lograron abordar uno de esos barcos con otros sobrevivientes. Zarparon del puerto de Vanatolia unas 3 mil personas. Llegaron a Odessa 650.


Se establecieron en las costas de Odessa, donde termina la cordillera que atraviesa el continente. El valle de Mave quedaba cerca, donde da lugar a unos acantilados y riscos increíblemente gigantes. En ese lugar Vin y Laz construyeron un refugio que no tardó mucho tiempo en volverse el paraíso. Estaban vivos y podían vivir.


En el valle de Mave estaba la plazuela que albergaba la Cornucopia donde la gente acostumbraba a hacer trueque por los artículos que necesitaran. No se podía encontrar mucho que no fuera alimento o ropa; había puestos especiales que se encargaban de vender objetos que fueron recuperados de zonas destruidas, objetos antiguos que ya no servían, que les faltaba una pieza o que estaban rotos. Ese día Vin, después de su desayuno, sólo consiguió algunos vegetales y especias, muchos tubérculos y una frazada. El sol ya no calentaba el mundo como lo solía hacer, el clima se había vuelto más frío y hostil, como los seres que quedaban en la Tierra. Cuando Vin volvió a casa encontró a Laz tratando de arreglar un intercomunicador que llevaba consigo desde el momento en que se conocieron; Laz decía que podía arreglarlo pero Vin insistía en que ese objeto jamás iba a volver a funcionar. Charlaron durante un rato sobre lo frío que estaba el ambiente, recordando anécdotas familiares de hacía muchos años y viendo el agua del mar chocando contra el risco. Después de comer se echaron en el pasto afuera del refugio a descansar tranquilamente, pues habían pasado por muchas cosas en los últimos 10 años.


La paz llenaba de sensaciones el estómago de Vin: después de todo lo que había acontecido en el mundo, estar en ese lugar viviendo una vida tranquila era algo que no muchos podían pedir. No obstante para Laz la situación era muy distinta; agradecía infinitamente cada día que seguía con vida porque por dentro moría lentamente. Cuando la tarde cayó, encendió las lámparas de plasma de la casa, cuya luz amarillenta neón contrastaba y saturaba los colores del interior de las habitaciones, mientras que en el exterior ver estas luces encendidas en el pórtico que daba al mar, las hacía parecer de lejos como si fueran unas luciérnagas. Por hoy, el día había terminado. Mañana seguramente irían a pescar, o harían carpintería. Quien sabe. No había más preocupaciones acerca del mañana: ellos, al igual que otros sobrevivientes, habían aprendido a valorar y disfrutar el presente sin importar lo que fuera a suceder al otro día.


Pasaron muchos meses, y a medida que pasaba el tiempo, Laz fue perdiendo la capacidad de caminar, casi no veía con el ojo que le quedaba y estaba seguro que pronto llegaría su fin. Esto lo deprimió mucho y ya no quería levantarse de la cama. Vin sabía el motivo de sus males pero no los entendía; aun así cuidaba y trataba de animar a Laz para que hiciera el esfuerzo de levantarse. Pero Laz ya tenía una sentencia en sus genes y era imposible evitarla.


Vin bajó al valle de Mave a buscar ayuda, pero la gente no era como solía ser. Los diferentes sucesos por los que había atravesado la había vuelto más insensible e indiferente. Nadie lo quiso ayudar, sólo fue ignorado. Triste y decepcionado decidió ir a la Cornucopia en búsqueda de algunas hierbas que pudiera usar para hacer algún remedio. Recordaba que hacía mucho tiempo las personas podían comprar curas para todos sus males, a excepción, claro, del “Endo”. Lo único que quería era que Laz se recuperara y todo regresara a la normalidad: ni si quiera tenía idea de cómo afrontar el miedo que le provocaba la idea de perder a su único amigo en el mundo.


Vin se apresuró a la Cornucopia, y cuando llegó, buscó por todos lados, de arriba para abajo, pero no encontró mucho. Cuando se cansó y decidió regresar al risco, escuchó un sonido que llevaba mucho tiempo sin oírlo. Bajo la sombra de un árbol afuera de la Cornucopia, había un humanoide sentado sobre una pila de chácharas que estaban repartidas sobre una tela blanca, manchada de colores viejos y sucios. Tenía el brazo pegado al cuerpo y en la mano un intercomunicador igual al de Laz, sólo que éste sí funcionaba. Recibía dos frecuencias distintas: una, que era la alarma nuclear, duraba 40 segundos y se repetía constantemente pidiendo a las personas que tuvieran calma, que la ayuda llegaría en cualquier momento y que estaban buscando a sobrevivientes por toda la Tierra. Esa grabación tenía al menos 20 años transmitiéndose sin cesar. La segunda frecuencia repetía una estación musical de una colonia en Marte abandonada, pero programada para que nunca dejara de transmitir.


Vin se emocionó mucho de haber encontrado ese artefacto, que estaba seguro alegraría a Laz. Lo cambió por sus zapatos y una chamarra que llevaba puestos y se encaminó hacia el risco para llegar cuanto antes a su refugio y darle el regalo a su compañero. Ya era más o menos tarde, el sol comenzaba a bajar y en el horizonte se alcanzaba a ver la luna. Vin la miraba mientras corría descalzo, y se preguntaba cómo habría sido verla completa y no hecha pedazos por los meteoritos que destruyeron Vanatolia.


Cuando llegó al refugio Laz parecía dormido, pero ya no respiraba. Vin no supo hace cuánto ya no lo hacía, no le importó y le acomodó el intercomunicador encendido entre las manos, sin asimilarlo aún del todo, se inclinó sobre su regazo esperando a que despertara y esperó. Esperó mucho tiempo a que Laz despertara de su sueño, pero él ya no volvió. Se levantaba a menudo para estirar las piernas y salir a respirar aire fresco, contemplaba el cielo azul y de vez en cuando veía naves que despegaban y se dirigían al espacio exterior. Dejó de comer y de hacer todo lo que hacía, esperaba que Laz abriera los ojos y le hablara, pero esto nunca sucedió.


Vin se pasó días enteros acomodado en el regazo de Laz escuchando la señal de radio que anunciaba que pronto llegaría la ayuda. Solía hablarle a menudo y le platicaba como si Laz lo escuchara. Veía hacia el horizonte a través de la ventana de la habitación, el mar bravo que comía y escupía el sol cada día. La piel y la carne de Laz se comenzaron a deshacer; los gusanos de sus restos que se descomponían se pegaban a la ropa y la cara de Vin, pero a él no le importaba. El olor fétido le provocaba mareos y alucinaciones, a veces veía a Laz sonreír.


Vin se quedó con Laz tanto como pudo. El solo hecho de estar con su cuerpo inerte le hacía sentirse seguro, por eso nunca se quiso separar de él. Un día Vin también cerró los ojos y ya no despertó. Para ese momento sus cuerpos descompuestos se mezclaron y sus entrañas se confundían en una sola masa putrefacta. Unos meses después, un comando de naves en forma de pájaro zurcaron el cielo de Odessa y una de ellas aterrizó cerca de la Cornucopia, en el risco. Un humanoide que se parecía a Vin gritó afuera de la casa de los dos amigos en busca de sobrevivientes.


Al fin, después de mucho tiempo, había llegado la ayuda y con ello la esperanza de ver un nuevo mundo nacer. Pero ya no importaba porque Vin y Laz ya lo habían visto hace mucho. Existió mientras vivieron, pero se extinguió junto con Laz, y para Vin no había más que conocer, ya lo había visto todo.



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