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Olegario y la radio pirata del espacio

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2012 Todos los derechos reservados.


Escrito por Carlos Huerta para EcoCreando ilustraciones y dise単o Nuno Acosta


O

legario PĂŠrez ha empezado un temblor.


Corre de un lado a otro de la playa asustando generaciones enteras de cangrejillos desesperados. Quiere que sólo uno de ellos se detenga para poder preguntarle cómo es la vida en el universo subterráneo. Olegario busca con su dedo algún mueble de cangrejo, algún traje de noche con sombrero; cualquier cosa que sirva como prueba de la rica vida secreta que él hace días no puede dejar de imaginar. Quizás tienen televisores a colores con conexión satelital. Quizás reciben algún canal de dibujos que Olegario no ha visto jamás. Lo que Olegario no consideró es el calvario que representa para papá cangrejo, que no por gusto sino por única opción no recibe visitas sin invitación. Su gran pinza de guerra se cierra con fuerza sobre el índice explorador de Olegario Pérez que ha visto el fútbol y sabe como se ve un hombre que se muere de dolor.


D

entro del reino animal, las reacciones mesuradas y compuestas son una novedad. Olegario Pérez, que no es ejemplo de finura, no tuvo otra elección que explotar. Tomo impulso con sus dos piernas, se elevo aguantando la respiración y cayó sellando por completo el agujero al que había entrado su dedo aventurero. Resopló, apuntó la quijada al cielo y levantando sus piernas como un gigante aplastó uno tras otro cada respiradero que encontró. Nunca había nada del otro lado. Ni sofás, ni refrigeradoras, ni libros viejos ni cangrejos. Olegario había cruzado el ancho de la playa. Los dedos de sus pies besaban la espuma del mar. Ahí, en ese lugar, estaba una criatura tan extraña que Olegario pensó que quizás nunca antes alguien había visto una igual. Se parecía más a una funda plástica del supermercado que a una mosca o a un gato o a cualquier otro animal.


E

l golpe revelador de la realidad solo puede ser asimilado aceptando absorber un poco de sal. Olegario Pérez yacía sentado cruzado de piernas, completamente congelado observando como el sol descomponía rápidamente la fina burbuja de agua que protegía los órganos más importantes de ese ser que dejaba de ser frente a sus ojos.


-¿Qué es? Preguntó Lucía llegando a su lado. Ella y A. C. habían corrido el largo de la playa desesperados por saber qué era eso que había sido capaz de detener de repente la explosiva reacción de Olegario. -Eso queridos sobrinos, es una medusa. Dijo una voz profunda y llena de calma que los dos perfectamente conocían. El tío Franco Pérez se sentó entre Olegario y Lucía y puso un brazo alrededor de cada uno. -Saben, la medusa es prima del coral y de la anémona, pero a diferencia de estos, flota libremente por el océano, dijo el tío Franco mientras analizaba cuidadosamente el descubrimiento de Olegario. A veces, las corrientes marinas las arrastran hasta la costa donde son presa de las olas que las depositan aquí, en la playa, donde ya no pueden vivir más. La arena estaba fresca cerca del tío Franco. Los albatros volaban, los peces nadaban y todos los hijos y nietos y primos y tíos de la medusa flotaban libres en el océano, tomando participación activa, en el círculo de la vida.


N

iños a comer! exclamó Esmeralda desde la veranda. Esmeralda Malavenida, postrada al suelo como ceibo viejo, mudó sus brazos de su rechoncha y aburrida barriga y haciendo un megáfono con sus manos grito con autoridad: -No me hagan ir allá abajo a buscarlos! Lucía y Olegario se voltearon en su lugar y abrazaron el cuello de su tío. Primero Olegario, seguido de A. C. y Lucía corrieron acabando con alegría todas sus reservas de energía.


L

a casa donde viven los niños Pérez descansa sobre una serie de acantilados que defienden el pueblo de cualquier crecida del mar. Ahí los cuida la vieja Esmeralda, una menuda mujer local que años atrás ya había sabido ser la protectora del pequeño niño que Gregorio Pérez, padre de Olegario y Lucía, hace mucho tiempo ha dejado de ser. Esmeralda tiene la cara gorda, las manos gordas, los brazos gordos y las piernas flacas.


-Niños, les he dicho ya que no quiero que molesten a su tío Franco! -Ese señor esta siempre muy ocupado y además su padre me ha dicho expresamente que no quiere que hablen con él. -Pero ¿por qué? preguntó Lucía sentándose a la mesa, perfectamente consciente de la contestación que recibiría. Doña Esmeralda apuntó la nariz al cielo y llenándose de aire imito sin saberlo a una fragata en pleno cortejo. -Pues porque lo digo yo, dijo zapateando mientras Lucía la imitaba inflando sus propios cachetes y repitiendo. -Y porque lo ha dicho su padre, dijo exhalando y regresando su cuerpo a la normalidad. -Y ahora a limpiar esos platos que nos queda todavía una lista entera de tareas.


T

odo gran invento demanda de que alguien aproveche el momento. Olegario Pérez, que tiene siete años, convirtió cada guisante de su plato en naves espaciales y meteoritos que intentaban fútilmente escapar a un ambiente dominado por un abominable hoyo negro con dientes.


En el puré de papas de Lucía, astronautas alpinistas de arroz veían por sus largavistas como la última nave espacial con vida escapaba apenas a ser destruida solo para chocar con un peligro más terrible todavía. El centro del peinado de Esmeralda Malavenida. Como juego de feria, estiro brazos y piernas y tragando aire preparó el grito grueso con el que usualmente se acompaña la ira. -Cómo puede ser posible! Grito tomándose la cabeza con las manos cochinas.


-Ahora sí que van a ver, dijo levantándose de la mesa.

Cuando alzó la cabeza para dictar sentencia, Olegario, Lucía y A. C. estaban ya del otro lado de la puerta. Corrieron y corrieron, bajando a toda velocidad las escaleras que separaban la casa de la playa. -Vuelvan aquí! gritaba rebosándose la vieja Esmeralda desde la veranda.


N

o de relancina Olegario hedía a adrenalina. Vio sus pies enterrados al final de la playa y sólo un pequeño espolón separándolo del mágico reino de las cuevas prohibidas. Lucía, más que acostumbrada a perseguir a su hermano mayor, lo alcanzó y le preguntó jadeando todavía:

- Qué vas a hacer?

Olegario había tenido tiempo para meditarlo. Era la ventaja de ser más rápido. Inclinó la cabeza hacia su hermana que con un fugaz vistazo a sus ojos titilantes entendió lo que venía. Olegario se encaramó a cuatro patas sobre el espolón y en no más de tres segundos estaba ya del otro lado. Echó a correr desenfrenado, apurado por acercarse y ver mejor la calidad de su nuevo hallazgo. Frente a él, nueve grandes agujeros de diferentes tamaños dibujaban la perfecta circunferencia de una oscurísima cueva gigante.


E

l sol de la tarde se llevaba con él las nubes más allá del mar. Los tres amigos se reunieron otra vez, y bajo el umbral de la enorme cueva, sintieron juntos ese miedo que tienen todos los animales a lo que por estar oculto, no se puede juzgar. En ese momento, un fino haz de luz se filtró por el agujero más cercano al cielo iluminando suavemente las paredes con un halo descendente que lentamente reveló la razón detrás de todos los secretos que tenían que ver con este lugar. Las paredes estaban llenas de dibujos y papeles, planos para experimentos, cascos e instrumentos. Cerca de ahí, mesas de metal y madera sostenían tubos de ensayo y equipos computarizados, y en todo el centro, justo delante de ellos, descansaba una gran nave espacial. Lucía y A.C. miraron a Olegario desde cada costado y dieron juntos el primer paso. En algún lugar había agua goteando. La nave era fantástica. Estaba hecha de un extraño material iridiscente que se sentía mojado al tacto, como piel de pescado.


Su contorno describía sin fallo la silueta de un calamar gigante en plena propulsión, pero de color verde lagarto. El peso de la nave estaba sostenido por seis patas iguales que bien podían haber sido inspiradas por una langosta. Olegario arrastró suavemente su dedo por el contorno de la nave maravillado.

Su mano llegó al gran ojo del crustáceo.


A

– lerta! Alerta! –Alerta de intruso! –Alerta! El ojo del calamar cambió de color negro a azul plateado activando la retracción de una enorme sección semicircular de la parte baja de la nave haciendo accesible su interior. Dentro de la nave, en una habitación completamente blanca, una pequeña plataforma sostenía una consola de control. Detrás de ellas, conectándose seguramente con el resto de la nave, había una enorme puerta. El gran ojo/botón ahora estaba blanco. Lucía y A.C. ya estaban a su lado. Olegario escuchó la descarga en secuencia de seguros mecánicos. Miro a su alrededor y tomó de la mano a su hermana. Justo cuando pensaban que la gran puerta frente a ellos se iba a abrir, escucharon como en otra parte de la nave una escalerilla metálica se desplegaba.


Olegario no quiso saber de esperar. Entró con su hermana en la nave, la escondió detrás de la consola y se agazapó. Era el último lugar donde los iban a buscar. A.C. se arrimó a junto a él y se tapó los ojos con las patas.

Afuera, el sol besaba suavemente la superficie de mar.


E

n la parte trasera de la nave, una puerta hidráulica se destrabó. Los pasos de botas pesadas sobre metal resonaron por toda la cueva. Un oxidado traje de astronauta descendió por la escalerilla y con mucho trabajo se arrimó a una de las mesas de control. Apretó un par de botones y cerrando la puerta que había abierto Olegario apagó la alarma. Los niños y su perro estaban encerrados. El traje se dio media vuelta y regresó a la escalerilla con dificultad. Se agarró del pasamano y entró en la nave que cerró automáticamente la puerta tras él.


El sonido del encendido de la mรกquina llenรณ la cueva de una aguda resonancia que aumentaba en intensidad. Las patas de la nave se flexionaron levemente y haciendo gala de una delicada coordinaciรณn, su poderoso motor la proyecto hacia adelante. La gran nave espacial cruzรณ el umbral de la cueva y apenas estuvo del otro lado se catapultรณ a toda velocidad sobre el horizonte.


A

veces, la gravedad de nuestras decisiones se siente hasta en las encías. Olegario, A.C. y Lucía lucharon contra la enorme presión que generó la aceleración del despegue sin efecto. Por más de seis minutos estuvieron completamente pegados a la pared de la nave. Después, de repente, el zumbido del motor cesó y se llevó toda la presión con él. -Lucía! Lucíaaa! gritó Olegario fascinado por la cantidad de aire entre el piso y sus pies. Lucía se volteó lentamente hacia su hermano siguiendo el sonido de su voz todavía con los ojos cerrados. A unos cinco metros de distancia, Olegario movía piernas y brazos saludando como una estrella de mar en el océano.

Estaba flotando.


Lucía hubiera querido tener tiempo para jugar. Tras ella, la pesada puerta empezó a destrabarse. Primero un seguro, después el segundo. En la consola, una pequeña luz roja se encendió y Olegario se desplomó al suelo. Se había activado la gravedad artificial. A.C. se incorporó inmediatamente y mostro los dientes defendiendo el metro de territorio entre Lucía y la puerta. Cuando apareció el traje de astronauta A.C. atacó. El hombre del espacio cayó hacia atrás incapaz de mantener su balance. Lucía se levantó y corrió a ver a su hermano que ya se estaba incorporando y mientras lo ayudaba, los gruñidos de A.C. cesaron.


Por el portal abierto, el hombre del traje espacial corroído apareció solo. Lucía Pérez abrazó a su hermano. El hombre se llevó las manos al casco y girándolo hacia un costado lo desaseguró y se lo quitó. -Así que han sido ustedes los responsables de todo este escándalo, dijo llenando el lugar la voz del tío Franco. Los niños se miraron a los ojos y corrieron a abrazar a su tío astronauta. A.C. estaba tan emocionado que se orinó en todos lados. -Eso sí que no estaba planificado dijo el tío Franco desaprobando.

-¡A. C.! gritó Lucía y se tapó la boca avergonzada.

No era como que su perro tenía otro lugar donde ir al baño.

-No te preocupes por eso Lucía. Mejor ven y mira esto, dijo Franco sonriendo. Se arrimó a la consola y oprimiendo un


par de botones volvió traslúcida la gran compuerta que hace apenas unos minutos en la cueva había abierto la curiosidad de Olegario. Del otro lado, abarcando todo el firmamento, giraba sobre sí misma la Tierra. -Estamos en órbita! Saltó Olegario. -Vaya, suspiró Lucía. Es preciosa, dijo admirada. Franco Pérez lo había logrado. Había llegado de nuevo al espacio.


L

os niños Pérez y su tío se tomaron un tiempo para distenderse. La bahía que doblaba como observatorio de la nave, se mostraba como un punto ideal para la reflexión tranquila de sus cuatro habitantes. Mientras Olegario se entretenía contando satélites espías, su hermana Lucía descansaba sobre el abultado tórax de su tío Franco, recuperándose lentamente del fuerte susto que había pasado. Apenas levantó su pequeña cabeza, sus ojos divisaron una pequeña mancha negra que parecía crecer ensuciando el cristalino azul entre Ecuador y Panamá.

-Qué es eso tío Franco? Preguntó Lucía

-Eso querida sobrina, es como se ve un gran burujo desde el espacio, dijo el tío Franco enseriándose. -Ahora vamos a avisar a Esmeralda que están acá, dijo levantándose.


F

ranco Pérez y su abultado traje se voltearon y guiaron a los niños a través de la puerta, por un corredor angosto hasta una escalerilla vertical. -Quién quiere subir primero? Preguntó el tío Franco. Olegario se encaramó sin esperar y subió rápidamente los ocho peldaños que lo separaban del puente de la nave. Botones y paneles de instrumentos luminosos flanqueaban a una gran cúpula transparente que hacía las veces de parabrisas y gafa solar. Lucía y el tío Franco lo siguieron. A.C. por no tener manos tendría que quedarse abajo. Cuando estuvieron arriba, el tío Franco se acercó a un panel y luego de ingresar un par de comandos llamó en dirección a una pequeña cámara: -Esmeralda. -Esmeralda. La cara de Franco Pérez apareció en el único televisor que había en la casa de la playa.


-Sr. Fraaaanco, gritó tomándose la cabeza Esmeralda.

-Niños saluden a Esmeralda, dijo el tío Franco desde la pantalla. En la sala de control de la nave, Lucía y Olegario salieron de su escondite detrás de su tío y saludaron más que contentos de que la comunicación era sólo unidireccional. -Esmeralda, todo está bien, dijo el tío Franco con calma. Estaremos de vuelta mañana. Apenas se recarguen las baterías.


C

reo que fue hace más o menos siete meses cuando la encontré, empezó el tío Franco. Una pequeña medusa, justo como la que tú encontraste esta mañana, dijo mirando a Olegario, pero con una horrible sustancia negra poblando su burbuja. Tenía un olor espantoso, pero de todas maneras la lleve a mi laboratorio donde confirme mi suposición. La sustancia no era otra cosa que petróleo.


Decidí investigar de inmediato. Encontré revisando los periódicos que hace poco tiempo había sido inaugurada una enorme plataforma de perforación a 200 kilómetros de la costa, justo sobre el empalme de dos placas tectónicas. El petróleo había estado derramándose desde el principio. -¿Y por eso construiste esta nave? ¿Para vaporizar la plataforma con un rayo desde el espacio? interrumpió Olegario. -Pues no, la nave espacial ya existía respondió riendo el tío Franco. Pero la verdad Olegario, es que vaporizarla no resolvería nada. Simplemente construirían otra igual en el mismo lugar. Olegario no pudo esconder su decepción. Hundió su quijada en el agujerito donde comenzaba su cuello y aspiró un poco de moco.

-Pero quédate tranquilo, tu tío Franco tiene un plan.


H

ay ocasiones, en las que lo único que hace falta para comprender, es cambiar de perspectiva, dijo a los niños el tío Franco mientras revisaba en el panel de control el estado de los procesos automáticos de la nave. La primera vez que vi a la Tierra desde el espacio me quede completamente anonadado. –Pensar que en ese espacio autocontenido han tenido que sucederse tantas catástrofes casuales para que yo esté aquí, ahora, mirándote, le dije. Si sólo todos pudieran ver tu majestuosidad y lo cálida que eres en comparación al vacio total del espacio.


-Fue justo en ese momento cuando lo pensé, dijo mirando el techo de la nave el tío Franco. Quizás si pudiera ser capaz de emitir un mensaje fácil de comprender justo en el momento en que la reputación de los responsables de este problema este en juego, entonces quizás el mensaje tenga la fuerza suficiente para movilizar al mundo entero y obligar a los responsables a reflexionar.

-Olegario te acuerdas que ibas a ver hoy en la televisión?

-La final! Exclamó golpeándose la frente y recordando de repente. - Y te acuerdas cual es el auspiciante principal del Mundial?

-Petropro! Respondió Olegario comprendiendo el plan.

- Así es, afirmó el tío Franco. Si podemos detener el fútbol, podemos detener cualquier cosa. Con el video pondremos a los futbolistas de nuestro lado y así podremos


presionar a los petroleros para que abandonen su explotación irresponsable a cambio de reanudar el campeonato del mundo. -Mientras haya explotación, no habrá fútbol, declaró tajantemente Lucía. Franco Pérez sonrió alegrándose que hasta sus dos pequeños sobrinos de cinco y siete años comprendían perfectamente su intención. Ingresó un par de comandos en una pantalla táctil e inmediatamente, un par de micrófonos y una cámara se desplegaron desde el techo de la nave. Debajo, una mesa circular y un par de sillas aparecieron desde un compartimento en una de las paredes. Afuera, la nave desplegó una enorme antena satelital.

-Niños, bienvenidos a la “Radio Pirata del Espacio”.


O

legario y Lucía no intentaron esconder su sorpresa. Quien hubiera pensado que una sucesión de hechos no planificados podría ser tan divertida. Con sólo poner un poco de valor y curiosidad el universo les había devuelto una gran aventura. En una de las varias pantallas de la nave, los equipos de fútbol entraban a la cancha. Franco Pérez se acercó a la mesa de transmisión y levantó la tapa plástica que protegía a un enorme botón rojo subtitulado “TRANSMITIR”.

-Están listos? -Lista! Exclamó Lucía levantando su brazo.

-Listo! Respondió Olegario elevando el suyo bien alto.

-Muy bien. Entonces en tres . . . dos . . . uno . . .

Las tres manos aplastaron juntas el botón. Inmediatamente, un rayo invisible, pero lleno de datos se disparó desde la antena de la nave a la velocidad de la luz. En la Tierra mil millones de hogares se encontraron de repente con la cara en alta definición de Olegario Pérez que dijo:


-A continuaci贸n, un importante mensaje acerca de energ铆a limpia.


Fin

(o continuara?)


Descubre junto a Olegario y Lucía Pérez acompañados de su perro A.C. una aventura que los llevará hasta los confines del espacio en búsqueda de un planeta más limpio y sano.


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