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TEMPUS –Poesía–

Hernán Vargascarreño

Ediciones Exilio Bogotá – Zapatoca – Santa Marta


Tempus


Hernán Vargascarreño

Tempus

Bogotá – Zapatoca – Santa Marta 2014


Tempus © Hernán Vargascarreño ISBN: 978-958-58388-1-9 Ediciones Exilio: poetasalexilio@gmail.com Teléfonos: 284 08 58 y 315-746 27 60 Centro Histórico La Candelaria - Bogotá Primera edición: junio de 2014 Tiraje: mil ejemplares Portada: moneda de Antínoo Diseño de portada: Luz Mery Avendaño Impresión: Editorial Gente Nueva Tel: 3202188, Bogotá D.C. Impreso en Colombia / Printed in Colombia Los poemas de la presente edición pueden ser reproducidos por cualquier medio siempre y cuando se pida su respectivo permiso al autor a quien pueden contactar en el correo poetasalexilio@gmail.com


Emperador Adriano


LA DICHA Â

Lo humano me satisface, pues allĂ­ encuentro todo, hasta lo eterno. Marguerite Yourcenar


Elementalidad Acuden las sombras que velan tu cuerpo, el calmo misterio que erige vibrantes templos de niebla. Entras al sereno sueño de un dios y te cobija inefable su misma fiebre, la misma floración que arrulla y levita sobre las formas deseadas. Puedes ofrendar en mis dominios sin ofender mis dudas, en la mansedad de las aguas, serenarte. Los dos nos sabemos peregrinos, débiles criaturas que el universo borrará. Oh tú, que oficias el húmedo deseo de los labios, indaga al alma de la noche: ¿me aman? No escucharás respuesta más que los cánticos del viento en su oración. La verdad, fluye elemental como el tiempo: silencioso escultor del olvido que devolverá nuestras pavesas al Vacío.

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Sirio Antínoo, tendidos en la hierba observemos a Sirio y amemos el hechizo de su lejanía, la belleza de su brillo en nuestros ojos de asombro, la certeza de que no hay distancias más crueles que las del alma; resplandezcamos con su luz sin indagarle nada –jamás se nos revelaría el enigma que nos ha reunido en esta vida– Observemos a Sirio esta noche, en ardoroso silencio… así escucharemos la voz que ningún secreto nos niega.

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Defensa de Narciso Antínoo, sin querer oí tus razones a favor de Narciso cuando compartías con tus amigos; no imaginaba con qué ardor aprecias los nenúfares al vislumbrar en su lánguida belleza el espíritu del Elegido. Yo también, desde siempre, he venerado su inocencia al invocarlo en esta breve oración: “Inclinado más que ante su Belleza, Narciso buscaba en el espejo de las aguas el níveo nenúfar que presentía su corazón.”  

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Junto a los lotos –Antínoo, los enigmas que se cruzan para provocar un encuentro también los desconoce el destino; creer que hay un Ser que todo lo domina es solo cuestión de fe. En tanto que la vida no cese el amor seguirá extraviado en su noche celeste, buscándose en la ruta del Tiempo. Ah el Tiempo… ese laberinto esquivo a nuestra razón que nos brinda como única salida la claridad de la muerte. –Adriano, tal vez mi juventud no me permita comprender muchas cosas, pero ahora creo haber entendido lo que me platicaste una noche acerca de la Felicidad…   ¡Mira cómo esa pareja de lotos dormidos describen lo que es la Belleza!

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En torno a Horacio –Adriano, ahora que los tañedores descansan y liras, cítaras y caramillos parecieran soñar la música, prosigue hablándome sobre el Tiempo. –Caro Antínoo, ven, recuéstate a mi lado: El Tiempo es solo una ilusión perenne. Por ejemplo, ahora mientras escuchas, mientras hablo, muere un enigma, crece una caricia, nace una monstruosidad. Ser feliz, en este instante, es más sustancial que medir las horas. Nosotros somos el tiempo, Antínoo, esta leve brisa de abril que apenas nos acaricia.   A propósito, nuestro poeta Horacio nos legó algo valioso sobre el tema:   “Para destruir la ansiedad de la espera –el tiempo ya escapa por entre estas palabras– gocemos. Róbate el minuto. No deposites la más mínima fe en el instante que viene.”  

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Sí. Gocemos. Robémonos el instante. Como nosotros, el tiempo también es un viajero, solo que él lo hace a perpetuidad y su Sueño nos inmola para ofrendarnos el alivio del olvido. El tiempo, el mismo que ha depositado en mis manos este Imperio para que yo batalle contra el mundo, o la serena floración de tus labios para que me doblegue ante los misterios del amor. ¿Quién puede enfrentarse al tiempo, Antínoo, quién asirle siquiera una guedeja de sus oscuros cabellos? Es él quien enceguece con obsequios veleidosos, permite gozar de efímeros palacios, vapulea a su antojo y luego nos arroja a sus vastas oquedades.   Si nos balanceamos en su juego, acariciamos sus días y lunamos sus noches, si nos dejamos arrullar por sus ocasos y tratamos de no entender, solo así, Antínoo, sucumbiremos esplendentes al espectro de su vana apariencia.   No temas más, lirio de los dioses, fragancia de la tarde,

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hace mucho que el tiempo y sus secuaces han fraguado nuestro olvido, y mientras ese instante demore su llegada, el devenir esculpe, abundante y lento, la dicha entre nosotros. Gocemos. RobĂŠmonos el instante. Â

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Honda Envidias la libertad del pájaro que pasa y por un momento quisieras transmutar tu figura tus miserias tus ilusiones en ese frágil destello de la tarde, olvidando que el pájaro cumple con sus inagotables oficios: provisiones migraciones nidadas   y están además sus constantes peligros: la simple honda de un chicuelo, por ejemplo.   Envidias la libertad del pájaro que por un momento arroba tu esencia. Mira un poco más alto:   ¿Ves cómo la gran honda que es el Universo nos apunta desde siempre ?  

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Soledades Me purifico en tu cuerpo. Asisto en su leve temblor a ungidas formas de la belleza: misterios, honduras que arden en el deseo y sucumben en la humedad de los labios. Leves somos, abatibles pájaros al azote de la ventisca. Al oficiar la vida tallamos la muerte y a su silencio nos entregamos.   ¿Qué ritual podría cantar este temor de entregarnos libres, ansiados, dolorosos ? Callamos… bajo la noche que nos ilumina ya nada se resiste a las sombras: puro asombro, abismo y soledad en el abrazo de dos soledades.  

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El instante Antínoo, apresta tu oído para las Ideas del poema, para su Música leve. El instante suele ser eso: destello, brevísima ofrenda. Has de percibirlo, aprehenderlo y traducirlo entre las líneas del poema. Con exquisita calma vendrá luego el laborioso oficio de quien pule en su intimidad una piedra preciosa. No olvides ni postergues los sagrados ritos de las oraciones. Celosos como son, los dioses acogerán con primor tus ofrendas más puras. Y de nuevo le otorgarán a tu Palabra -mañana, en otros instantes similareslas Riendas, la Belleza al viento y la Fuerza que la Poesía tanto nos solicita. Tempus

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Guerreros Quiso la dicha que me blandiera en el arco fuerte de tus brazos bajo la tibieza que deshace agonías y redime fuegos entre las sombras; ¡Ah libador de densas cejas negras! tú posees el secreto de dar dolor sin dolor, y sabes bien cómo ahuyentar los recuerdos cuando estorban; ¿qué dios zozobró en tus sueños? ¿qué fauno se ovilla dentro de ti? Advierte la tarde y verás los árboles iniciando su destierro sin retorno; las bestezuelas, inocentes, moribundas, abrevando en el olvido; y aquellos hombres y aquellas mujeres que miran sin mirar pero aniquilan con sus pupilas; una tenue palabra de tu aliento detendría esta alucinación que pretende devorarnos. Vamos, espiga tus brazos, tu leve sonrisa, empuña esa luz que guardas bajo tu camisa y con tu andar animal despliega el almizcle que amansa las esfinges.   Son las seis de la tarde pero eso es solo una ilusión del tiempo; un polvillo de oro está cerniendo sobre

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este puerto; el mar recaba tus pies y acepta tus lunares como sencillas ofrendas; los vastos elementos de tu carne y de tu palabra me redimen y auscultan el espasmo y el ardor con que la tarde se alimenta. –Cuando estoy entre tu cuerpo quisiera que mi pulso fuese solo una ilusión; pero tú estás ahí, tatuándome con tu calor, doblegándome con tus formas y con esas extrañas lágrimas que mana tu piel. ¿Quién osaría ahora callar el aliento de las caricias?–   Abandona ya la guerra. Apresta tus armas invisibles. Desata los nudos del Dolor. El mundo espera acezante y a lo lejos alguien aún entona la rapsodia de la Vida.   La noche enerva sus criaturas y tú sigues batallando, batallando solo contra el horror, oteando mi lecho mientras me destrozo y me desangro entre los sueños. Es el justo y liviano momento para que el olvido entre y rumie su lento oficio.   28

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Que al clarear no me falte tu mirada que no me falten tus garras ni el ardor de tus dos únicas armas: el abrazo amigo y el corazón desnudo. ¿Qué recogeré de mis despojos cuando emerja de los sueños? En ellos he vislumbrado la única palabra que podría salvarme, pero la he destruido por horror a la salvación. Sigo creyendo en tu delirio y en el cuerpo mío que tus manos llenan.   ¡Ah libador de febriles encantos¡ guárdate bien de los malos dioses, de sus máscaras, de sus bestias doradas, que todos ellos siempre los han preferido inocentes como el lirio, elementales como tú.  

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Homérica Evocar tus antepasados griegos, Antínoo, sin solazarnos en el hontanar de la poesía, sería como ignorar los designios de los dioses. Por eso hoy te he hablado profusamente /de Homero, dios y mortal en la Palabra, pueblo hecho canto en un espíritu para exaltar la gloria y el dolor de sus héroes. Así pues, para terminar esta velada de plenilunio, mientras tú pulsas la lira con tus amigos y el vino sosiega la plenitud de los cuerpos, te cantaré un diálogo que compuse en mis días de juventud, en el que Patroclo y su amigo Aquiles, tremolantes sobre la playa, se celebran mutuamente bajo la noche troyana, ungen en vino sus viriles cuerpos acanelados y presagian sus mutuas fatalidades días antes del encuentro con la Parca: –Aquiles, pronto heredarás mi sombra, soberbio astro de mi noche; en tus manos vivirá mi huella que servirá de refugio a los desposeídos;

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cuando cantes tu desdicha entenderás este aroma que brota de mis palabras. Un imperio se levanta de una piedra, los dioses exhiben sus látigos pecaminosos, muchos guerreros mueren con mi nombre entre sus labios bajo las estrellas que observan desde su vértigo. Basta una mirada para el hilo de la vida y un gesto para la huella de la muerte. Cae una lluvia de brillantísimos venablos dentro de mi corazón; a los pies la sangre dibuja el cielo, y tú eres el cielo y la pradera, extraviado y diminuto en tu propia guerra. Guarda tu lágrima para el sacrificio, ordena tus cabellos, unge tus miembros y deléitate en el vino que prolonga la agonía, ya se acerca Casandra con sus manos llenas. Cuando la tarde oculte su herida ella te entregará mi muerte con el perfume de los heliotropos.   –Patroclo, no temo a nadie más que a mí mismo, mi brazo ha conocido la furia de los hombres; tú te dejas amar con mis ojos de fuego mientras te refugias en la patria de mi pecho.

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Conozco la sed de los condenados, la balanza que permite la vida en su horrible oscilación. Pronto la playa quedará sola delirando con el aliento de la guerra, y seré entonces el adivino que mira al cielo y no prefigura nada. Y para qué las libaciones. Nada doblegará la brisa cuando la muerte acaricie tu lomo; tú también eres mi sangre, pequeño dios destronado, recibo las palabras que vas creando para mí.   Impasible el olvido decapita las últimas estatuas, los dioses vuelven a esgrimir sus mortíferas sonrisas. Nada cambiará tu destino, Patroclo, la Parca te acariciará con el temible bronce de Héctor y muchas generaciones conocerán mi dolor; que bajen ya las tempestades a instaurar su inagotable reino. Moriremos bajo los designios de la luna; el fuego de nuestra pira orientará a los marinos extraviados, y yo, infortunado, también escucharé a Casandra cuando su vaticinio cierre para siempre mis ojos blanquísimos de fuego.   Tempus

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Lección de historia La historia tal vez dirá un día que yo, el Emperador Adriano, no pudo gobernar en su corazón: ese reino donde campeó el amor a sus anchas, inmisericorde, bajo el doloroso nombre de Antínoo. Y no habrá error al afirmarse tal hecho.   Solo ese territorio tan íntimo, tan engañoso y diminuto, tan cruel en su vastedad, logra doblegar solitario -desarmado y desnudoaquel supuesto y débil poder que en vano ostenta la vanidad de los hombres.  

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En torno a la levedad Adriano, he aquí mi lección sobre el Tiempo, que he titulado Levedad, tal como lo soñé. No olvides tu benevolencia, amantísimo, con este tu aprendiz de asombros trajeado: Dejarse estar por el golpe del viento intentando ser esa lejana voz de los pájaros; apenas al pestañear, percibir la soledad como la mano y el pulido roce sueñan la madera del sillón; avisarle a la nada -si aún pasasobre su terquedad, mientras nos visitan esos rostros que para siempre nos han abandonado. La hoja que se mueve, el grito inaudible de la sangre, las horas que no suenan pero que avasallan; el día pensando en su noche, la noche devenida en cuerpo amado.   De algún lugar salta algo extraño para que el mundo conserve sus tremores, y aquí en el pecho, en el breve suspiro,

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esa cercanía con la muerte que mal demoramos. La ilusión de tu mano sobre la mía –más bella aún que la evidencia de tu piel– el claro sabor del silencio, todo lo que es y no es, cada latido de las bestezuelas, la helada agonía de las estrellas mientras el tiempo busca y hunde sus raíces en la tosca levedad que nos asiste.  

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Destino Antínoo, de sueños nos han tejido: allí el perfil, un sesgo incierto, unos gestos, cierto humor y esa tu manera de mirar. Ya está tu destino. A la medida te han hecho. No a tu medida. Ahora, a soñar. Lentamente tejes tus sombras futuras –tu otra sombraque también soñará que pasar es vivir. -Asunto del tiempo, no de nosotrosMoldeas otro cuerpo que dices amar -¡y amas!vacías tu amargo en él, predices tu reino íntimo, tu gloria tuya,

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y a veces hasta vibras bullendo ese icor que te impulsa. Vano intento así la idea de los dioses nos ayude. Llamados al Vacío, nada nos pertenece. Ni la Luz ni la Noche. Ni este beso. Tejemos sueños de sueños soñados. Y lo sabemos.

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Dos cuerpos Dos cuerpos que se anudan, que esplenden extraviados de un pasado todo silencio, todo música perpetua, ha tiempo en sus raíces ya buscaban la pura savia que la tierra estila para jaspear de sangre y de blancura los pétalos que se abren asombrados. Dos cuerpos que se vencen esculpidos por los dioses como purísima ofrenda de hibiscos, atónitos se asilan en su noche universal entre lentas y tímidas caricias. Dos cuerpos que todo dan y nada piden porque pedir no existe en las alturas, gravitan ahora con la sola angustia, con el tremor del rayo presentido, con el frágil deseo a cuestas y el único secreto del llamado de saberse amados tras la entrega.

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EL ORÁCULO

Solo podrán entenderme algunos pocos que se apasionan por el destino humano. Marguerite Yourcenar  


Presagios Desde el alba estás inquieto. Ciertas formas de las nubes te presagian laberintos. Oscuros sonidos escinden la mañana solo para ti. Tomas un descanso, sacas tu puñal de plata ornado de serpientes, tajas el fruto venido del valle del Nilo, paladeas, y en su pulpa afloran los labios de Antínoo, quien hoy regresará de caza después de tres días de ausencia con los bravos de la guardia. La siesta, pasado el mediodía, trae otros presagios con sus sueños. Nada claro aún, gritos de pájaros presentidos, vagas impresiones plateadas de brisa.   Oteas el viento a la distancia mientras sellas documentos que mañana emprenderán su destino a Roma: grandes decisiones para las almas que gobiernas, nada precioso para tu propia alma. También los vapores de la cera te anuncian algo, pero hoy no te ha sido dado descifrar.   Cae la media tarde y esperas la salida del véspero, solo, en medio de un gran séquito hecho de silencios,

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de miradas que semejan vidrios a punto de romperse. De repente, te anima el lejano bullicio de la jauría que anuncia el regreso de la Belleza. Será una fiesta sus relatos de caza y la noche estilará otra vez su piel bitinia. Pero más allá de la Dicha las sombras afilan sus puñales, esplenden su vocación bajo la lactescencia de la media luna, verifican su corte divino para el elegido.   Será entonces el Dolor, Adriano, el instante en que un hibisco de fuego anidará en tu pecho por el resto de tus días.   Y nada puedes contra ese instante. Ni aun el fasto de tu Imperio que domina el mundo. Y nada puedo. Vanas son estas palabras y mis pupilas aturdidas hoy de horribles transparencias.   Que se preparen tus entrañas.

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Oráculo Consultado el porvenir, la pitonisa ha quedado perpleja; teme al Emperador y no se atreve a revelar lo que el Destino trama para Él. -¡Vamos, mujer! Me sé poderoso y prudente como amado y mortal, y todo lo puedo perder con un solo gesto de los dioses. Habla. No temas al Emperador. Quien está ante ti no es más que un hombre.   -Mi señor: breves veo vuestros días; muchos, los días tristes. Una vez hechas estas libaciones, id a casa y sacrificad a los dioses vuestro animal más tierno y más amado. Su vida sacrificada, prolongará la vuestra. Tal vez los dioses os escuchen.   Antínoo, que silencioso observaba los ritos, comprendió, bajó los ojos y lloró;

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una punzada cruzó su corazón al saberse lo más amado para el Emperador. Pero guardó absoluto silencio, pues Él, nunca, jamás se lo permitiría. La terrible decisión oscureció su espíritu aferrándose a su voluntad. La leyenda que nos sigue vulnerando, entonó así su cántico más triste.

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EL SACRIFICIO

Obedeció la orden del cielo   Marguerite Yourcenar  


Sol negro Primero inventó un río; luego un navío sin nombre; después se nombró capitán. Ahora no sabes dónde estás. Olvidaste si aún eres niño, o ya un hombre, o un terrible sol negro.    

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Cadáver El guerrero quedó solo ante una logia de cadáveres; terminó la guerra y ahora delira entre innumerables cuerpos hermosos, destrozados. ¿Quién es más cadáver ahora?    

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Desolación Guerrero extraviado dentro de mi memoria, ¿ves algo en mi campo de batalla? Estoy indefenso, desolado, abatido bajo este sol negro. ¡Ayúdame a liberarme de mí!    

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Presencia Regreso al sitio donde Antínoo se liberó de la vida. El agua canta sus salmodias ahora mucho más tristes para mí. Un grito mudo de un dios terrible se aferra al instante que separa la vida de la muerte. Es la tonada que trasciende con la sinfonía de las aguas.   ¿Quién osaría ahora callar esta música que serpentea entre el perfume de los jazmines? El joven muerto sigue cantando entre los vivos. Ssshhh… ¿Lo escuchan?  

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Guerrero El guerrero ha perdido el camino a casa; Los dioses del amor, silenciosos, apenas una brisa, condolidos lo contemplan.   Mas a su alrededor solo precisa vislumbrar un asombrado desierto; lo más importante lo ignora:   Ni el camino ni la patria existen ya. Ni siquiera él.  

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EL DOLOR  

Todo se venía abajo; todo pareció apagarse. Derrumbarse el Zeus Olímpico, el Amo del Todo, el Salvador del Mundo, y solo quedó un hombre de cabellos grises en el puente de una barca. Marguerite Yourcenar  


Camino Caléndulas y jacintos me señalan el camino a la estancia abandonada. Tímidas nubes tamizan haces de sol allí donde nos amamos.   ¿Dónde mis pies? ¿Dónde mi corazón?   Me quiero de nuevo todo para correr a tus viñedos.  

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Poesía Gracias Poesía, por desbrozar de malas sombras mis tantos caminos transitados y permitirme la voz de los vientos para nombrar y exaltar tus dones; por haberme fraguado en barro un corazón de hombre: bitácora de dichas y tristezas terrenales. Todo cuanto recibo del universo en ti lo confío, Poesía, por saberte mi religión y mi coraza. Si poco te he podido ofrendar, te regocijo en el fulgor de la lluvia y te celebro entre tus árboles, en los gritos de tus pájaros, en toda luz y en los sueños que tus días y tus noches me prodigan. Confieso que siempre te presentí en mis solas soledades y amé tu piel en el dulce misterio

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de los cuerpos que abracé y que me abrasaron. A tu manto me acojo y tu nombre invoco, Poesía: que tu música serene mis saudades, alivie el colosal fardo del tiempo y acalle tanto falso canto de sirenas. Protégeme de mi propio olvido y no sueltes nunca mi mano. Loada sea tu esencia.

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Paisaje En las mañanas, apenas clareando, sabiéndome Emperador y mortal, me postro ante el Universo para tornarme inocente ante el vuelo de las aves, los olores de las yerbas, la gravedad de las montañas… Contemplo el pasar de las nubes –esas formas secretas de los dioses– y en vano intento escapar de la cruel inocencia del rostro bienamado, de la luz de una tarde que sumía su Belleza. Así la memoria: flujo y reflujo, asombro del tiempo que erige ingentes murallas bajo su vacío.

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Mármol Al igual que tus recuerdos, el blanco mármol de mi rostro transluce en su tiempo detenido los besos que encendieron el sol negro. Nadie podrá extinguir el fuego de nuestros cuerpos en la memoria.   Soy amado y amo: Eternamente lo sabré.  

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Bendición Con la esperanza de hallar alivio a su secreta angustia, amantes solitarios vendrán a pronunciar mi nombre ante esta gruta de aguas redentoras. Prometo, por el Amor y nada más, nunca perturbarlos con alguna respuesta mía; mi tumba será espejo del silencio. Ninguna voz –solo el agua en su oración– anegará tu alma; así te podrás llevar como ofrenda mía la bendición de Antínoo en tu corazón.  

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Amantes Esa melodía que talla el tiempo con su sabia lentitud de olas nocturnas… Ese poema que se esculpió entre dos cuerpos y que siempre estuvo latente bordeando labios o preservando una mirada… Esta clara sensación de agonía ante el eco de una voz consumiéndose, y la fatal circunstancia que los separa y que los une tornándolos en dioses extraviados, tal vez sea la verdadera, la infalible, la secreta salvación de los amantes ante las invisibles ruinas del tiempo.

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Estancia La casa inunda con sus enormes estancias. En los patios, la lluvia abandona sus huellas somnolientas. Sin temores los gatos entran y cazan pájaros que montes y vientos prodigan. Escucho mis pisadas de animal cuando la luna invade corredores. Advierto tus roces entre el jardín cortando tus hierbas favoritas. Así el olvido, que sin afanes extiende sus raíces. Un encuentro presentimos. Los dos lo sabemos. Cualquier instante podría tropezarnos. Pero, qué ha sucedido con el tiempo dónde estamos dónde estás quién de los dos partió primero.  

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Oración a un dios desconocido Donde quiera que seas o no seas en este universo que ilimita y sueña el pensamiento. Allí donde brote una flor translúcida íntegramente ignota a nuestros sentidos. Tras el confín de los fines, si hay un fin. En una piedra incandescente amasada de sustancias que no calcinen nuestras manos. Dentro de un ser de absoluta belleza indefinible capaz de ennoblecerlo todo con su única presencia. En un dolor que no respira en nuestra vida. Sobre un viento extraño que agite y se revele a otros árboles presentidos, tan frescos tan vívidos como aquellos que desde la infancia reverdecen. En el grito de un pájaro que traspasa noche detrás de un mundo que no vemos… pero que existe tan real como esta mano que acaricia el vacío.

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Allí donde el sueño de los sueños tenga su morada y nadie sepa quién es… pero sea soplo de la Dicha, habrá un dios desconocido esperando nuestros votos. Me acojo a tu sabia Inexistencia, oh Dios de los Vacíos, a tu posible Sustancia e Insustancia de la Nada en medio del relámpago que atraviesa al Corazón.

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Reino Del ayer todo ha perdido su esencia verdadera; mientras mi Gran Imperio se fortalece, pequeñas caléndulas oran ante el estanque que te liberó de la vida. A lo lejos, el espectro de una bandada de golondrinas huye hacia el sur; las imponentes sombras de la ciudad blanca que he ordenado erigir a tu nombre, crecen tan rápido como mi nostalgia. Aquí, en el centro de mi dolor, ya nada cabe más que la certeza de la soledad. Solo tu rostro, latente en cada luz que me asalta, erige con las formas del amor el verdadero Reino dentro de mi alma.

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Para escribir un poema Observar la levedad de un pájaro sobre una rama en flor; desgajarla –sin siquiera atreverse a desgajarla– y con esa ilusión convocar ciertas palabras con su invisibilidad hacia el azur. Un vino sobre la mesa, servido para nadie, convoca los espíritus. La fragua de la rama en flor, su memoria de cantos de pájaros, la imagen del vino ofrendado sumados al más secreto talismán de tus posesiones, hará que las palabras se asomen a curiosear. Lo demás es cuestión de orden, belleza y salutación de dioses. Como lo que no existe, el poema se posará en el vado del silencio solo un brevísimo instante: Criatura de alas transparentes. Preciosidad que huye de las jaulas. Tempus

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Ilusión de frágil destello que tiembla en el aire justo al momento de su invisible vuelo. Adriano, te queda ahora media vida para llevarlo a las palabras.

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Súplica No te ocultes en tu propia oscuridad abdicando a tus mórbidos deseos: a cada palabra la atormenta su íntimo badajo. No me destierres de tus fortalezas porque es menester un vigía en tus almenas: toda batalla precisa su víctima falseada en héroe. No te desnudes si no te atreves a fulgir en las turbias aguas del lenguaje: solo el lento oficio de la poesía transparenta las palabras. No me ignores para cuando hayas vencido a la torpe esfinge de tu propia sombra: la mucha luz también es oscuridad. Que no nos nieguen, Oh Divinos, el escozor de la palabra, el fardo del pasado a reventar de fantasmas, la verdad que todos llaman pura pero arrastra su mácula invisible, y esta última-aparente-mortecina luz que pendiendo nos mantiene ensartados al garfio de la Vida. Tempus

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Oficio Oh dioses de la Miseria y hacedores del olvido, ahora que de toda Dicha me habéis despojado, acepto mi condena y os entrego mi pena: Este cadáver vivo, vuestras alas ya desnudas, la mínima luz del viento.   Y del tallar instante tras instante este vivir sin ser vivido:   Las horrorosas esquirlas que va acumulando el tiempo ante mi vano oficio con los escultores del olvido.  

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Rapsodia Antínoo, iluminarías el corazón de la noche si a mi casa pudieras tornar y sobre mi pecho dormitaras. Al instante de mirarnos a los ojos el amor mediaría sus temores: dos gamos temblorosos que se huelen una vez lejos el peligro de la muerte.   En lo más íntimo de nuestro dolor los deseos urdirían sus almizcles secretos así como el árbol se extasía ante la belleza del animal que se lame bajo su sombra.   Si venciera mis miedos y me sumergiese en tus aguas habitaríamos de nuevo la Dicha, portaríamos su luz, esta casa sería el Universo y no la calma que abate con su lentitud de finísimos venablos; esta tarde sería la Presencia, no la oración ni la rapsodia que te anhela.   Tempus

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Si venciera mis miedos… Pero mira, encantador de días y de noches, hasta dónde me ha doblegado el tiempo sin atreverme a cruzar el umbral que nos separa. Si venciera…

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Parajes He vuelto a ese paraje del río donde estuvimos leyendo y amando cuanto nos rodeaba. He tocado las enormes piedras y la belleza de su silencio. Otras hojas se pudren ahora pero los árboles son los mismos. Otro es el día bajo el mismo peso de los dioses evocando los recuerdos de una tarde de julio al respirar la tentación de los heliotropos y caer con la languidez de las lianas. Entre mis manos escucho el diálogo del agua que huye llena de misterios. Miro cómo la luz y sus sombras acarician el espectro de tu voz lejana. Oigo el idioma del paisaje en cada latido que me asalta. Avanzo me abandono muero en la densa lentitud del río que bulle y fluye en la memoria con la misma agonía que nos apaga el Tiempo.

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Forasteros La noche universal desata sus cúpulas, sus voces, sus criaturas; postrimerías de algún recuerdo ya vejado por el suave deslizarse de los siglos. Si detrás el tiempo levanta su memoria es solo para bien reconocernos con sus ojos despoblados. En tanto, forasteros, preparamos de nuevo el equipaje, apuntamos a un paisaje a las distancias y emprendemos el largo viaje a otros brazos, a nuevas soledades: los mismos corazones abrasados.   Y amamos, tan obstinado es el aliento de la vida que volvemos a caer en sus delicias. No importa que otras bestias, navíos o carruajes -cantos de pájaros que nos van abandonandonos conduzcan a nuevas oquedades. No lo son. Nos engañamos.   Y permanecemos solos. Forasteros de nuestra propia sombra Tempus

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perseguimos dichas imposibles ignorantes de que esa pócima de amargo que delira viajera en nuestra sangre, jamás traspasará frontera alguna ni rozará lejanos astros más allá del mínimo universo de su cuerpo.

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Pátina He llegado a los sesenta y dos años; los más, los he pasado en cualquier región de mi vasto Imperio de ochenta millones de almas; los menos, aquí en mi lujoso lecho abrasado por la enfermedad y el dolor de la Belleza. Guerras tuve que ofrecer contra mi voluntad. Pacificaciones y Tratados de Paz, muchos para mi gusto. Templos, bibliotecas y mercados, acueductos, academias y suntuosas ciudades he ordenado erigir para mis súbditos, para que la incertidumbre de morar la vida palie en algo la certeza de vivir la muerte. Por mis muchas obras, esfuerzos y justezas, me llaman Príncipe de la Paz, Emperador de los Espíritus, Umbría de la Dicha. De Antínoo, todos conocen y veneran su coraje al haber ofrendado su vida para prolongar la mía. Y aunque mi pueblo me ama en extremo, sé que algunos –por tal juventud vertida en mi honor– me envidiarán y ferozmente me odiarán en secreto aún después de mi muerte. Qué importa todo, Antínoo,

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ahora que el tiempo sueña olvidando su tenebrosa pátina sobre el espejo de mi vida. Qué importa nada, carísimo lector, cuando se ha morado en el Amor y el Destino al igual te ofrenda, íntimamente, tu máxima gloria…y tu postrera derrota, dentro adentro de tu alma.

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Tempus El Tiempo ha logrado doblegar este cuerpo enfermo y envejecido. Batalló siempre mi alma entre los más exquisitos placeres; gloriosas esencias me prodigó el amor, encuentros con la más absoluta Belleza. Y muy a menudo se debatió mi espíritu con el suicidio, ese vino con que siempre me sedujo la Poesía. Por alcanzar la belleza pude resistirlo todo –con mínimas fuerzas y copiosas lágrimas– todo pude resistirlo, menos el horror que siempre tuve de mí mismo. Ahora que la muerte me ofrece sus livianas vestiduras, me incomoda más este otro que me habita: el mismo que duda al entregar su espíritu por horror ante la más absoluta soledad.

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Último fuego El último fuego de la noche se está extinguiendo: es la muerte que llega. Acógela, poeta, así como hiciste tuyas las miradas y la voz que por momentos te hicieron feliz, o los cuerpos en que te deleitaste en la Belleza. Llévate el implacable recuerdo, el sabor del beso que diste sagradamente, el dolor de los que no pudiste recibir y solo en sueños se te revelaron.   Levanta el alma y entra glorioso al reino donde acaba toda lucha, allí donde el rostro amado será tu eterna memoria. Goza íntegro ese precioso instante justo antes de entregar tu espíritu a los dioses. Nada te despertará. Nunca más.  

Tempus

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Mínima alma mía, tierna y flotante, huésped y compañera de mi cuerpo, descenderás a esos parajes pálidos, rígidos y desnudos, donde habrás de renunciar a los juegos de antaño. Todavía un instante miremos juntos las riberas familiares, los objetos que sin duda no volveremos a ver… Tratemos de entrar en la muerte con los ojos abiertos… Marguerite Yourcenar  


Contenido LA DICHA Elementalidad 9 Sirio 11 Defensa de Narciso 13 Junto a los lotos 15 En torno a Horacio 17 Honda 21 Soledades 23 El instante 25 Guerreros 27 Homérica 31 Lección de historia 35 En torno a la levedad 37 Destino 39 Dos cuerpos 41 EL ORÁCULO Presagios 45 Oráculo 47 EL SACRIFICIO Sol negro 51 Cadáver 53 Desolación 55 Tempus

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Presencia 57 Guerrero 59 EL DOLOR Camino 63 Poesía 65 Paisaje 67 Mármol 69 Bendición 71 Amantes 73 Estancia 75 Oración a un dios desconocido 77 Reino 79 Para escribir un poema 81 Súplica 83 Oficio 85 Rapsodia 87 Parajes 89 Forasteros 91 Pátina 93 Tempus 95 Último fuego 97

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Hernán Vargascarreño


Difícil hablar con las sombras, de Clemencia Tariffa ¿Quién mora en estas oscuridades?, bilingüe, de Emily Dickinson Antología Músicas lejanas, de Ela Cuavas, en revista Exilio # 22 Antología El odiado, de Harold Alvarado Tenorio, en Revista Exilio #21 Relación del perdido, de Roberto Núñez Pérez Mientras el tiempo sea nuestro, antología de Winston Morales Chavarro, Nelson Romero Guzmán, Lilia Gutiérrez Riveros, Andrés BergerKiss y Hernán Vargascarreño Almenas del tiempo, bilingüe, de Edgar Lee Masters Las formas del silencio, de Mauricio Cappelli De carne y sueños, de Fernando Núñez

Es este breve libro una aproximación a la ética y estética de uno de los grandes hombres de la humanidad, el Emperador Adriano, quien vivió entre los años 76 y 138, y de quien la historia nos dice que adelantó una reforma del Imperio Romano favoreciendo la industria, las artes y las letras. Legendario se ha hecho su encuentro con el joven griego Antínoo, quien se convirtió en su favorito, y quien, según la leyenda, sacrificó su vida para que los dioses alargaran la de su Emperador. Tempus constituye también un homenaje a la novela Memorias de Adriano, de Marguerite Yourcenar, lectura de la que parte el autor de este poemario en el que el diálogo pausado se va dando a tres voces: Adriano, Antínoo y el poeta, diálogo íntimo y sereno pleno de reflexiones en torno al tiempo, el amor y la muerte.

Hernán Vargascarreño

Otros títulos de Ediciones Exilio

TEMPUS –Poesía–

Fotografía: Eugenia Sánchez Nieto

Hernán Vargascarreño

Jader Rivera Monje

En el lenguaje de las burbujas, de Gustavo Arrieta Piedra a piedra, de Hernán Vargascarreño

Hernán Vargascarreño

(Zapatoca, Colombia, 1960). Poeta, traductor y editor. Docente de literatura egresado de la Universidad Industrial de Santander. Autor de los libros: País íntimo, Piedra a piedra, Almenas del tiempo (Edición bilingüe de Edgar Lee Masters), ¿Quién mora en estas oscuridades? (Edición bilingüe de Emily Dickinson) y la antología El viaje, publicada por la UIS. Dirige el sello editorial y la revista de poesía Exilio.

Antesala, de Ruth Moreno Lianas, de Monique Facuseh Paisaje con relámpago, de Jader Rivera Monje Pasión articulada, de Teobaldo Noriega Cuartel, de Clemencia Tariffa Del color de la errancia, de Nora Carbonell

EdicionesExilio

TEMPUS

ISBN 978-958-58388-1-9

Ediciones Exilio Bogotá – Zapatoca – Santa Marta 9 789585 838819

Tempus. Poesía. Hernán Vargascarreño. Jun. 2014  

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