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EL CERRO DEL CHIQUIHUITE
TRAGEDIA
ANUNCIADA Hay mucho dolor y mucho enojo entre los habitantes de esta área que, desde hace décadas, se ha registrado como zona de alto riesgo de deslaves, fracturas y hundimientos
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3 LETRAS DE MAQUÍO
Durante su trayectoria política y empresarial, Manuel “Maquío” Clouthier escribió numerosos artículos de opinión, que se publicaron en su momento en el diario El Universal y en los que vertió conceptos y reflexiones que continúan vigentes hoy más que nunca. Por eso en Noroeste iremos replicando algunos de esos escritos.
Cómo nos ven desde afuera MANUEL CLOUTHIER DEL RINCÓN
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l escribir este artículo vengo de regreso de Salt Lake City, Utah, después de haber asistido a un seminario de tres días sobre México (prospecto de cooperación mutua en comercio e inversión).
Dicho evento fue organizado por el Snowbird Institute y contó con la asistencia, muy representativa, de profesores de universidades de Utah, Stanford, Colegio de México, entre otros. Además asistieron empresarios de alto nivel de ambas naciones, así como representantes del sector público. Es importante notar que gente del Fondo Monetario Internacional y del Banco de América también asistieron. En general se puede decir que el grupo era muy representativo en calidad, y lo suficientemente pequeño para permitir el diálogo y la discusión entre todos los asistentes. Temas económicos, políticos y sociales fueron discutidos con profundo conocimiento y participación activa de los concurrentes en una atmósfera de camaradería y comprensión propiciado por los organizadores. A mí me tocó disertar conjuntamente con Clark W. Reynolds, de la Universidad de Stanford, quien puso gran énfasis en la necesidad de coordinar esfuerzos para superar las crisis que afectan a ambos países, ya que existe una gran complementariedad entre nuestras relaciones sociopolíticas que no han sido aprovechadas en beneficio mutuo. El profesor Reynolds apuntó cómo el excesivo proteccionismo, a través de varios lustros, creó ineficiencia en México, que había sido cobijado por el boom petrolero que hizo crecer el mercado sin que se aumentara la productividad. Se puso énfasis en la sustitución de importaciones, pero se mantuvo sobrevaluado el peso y nos olvidamos de las exportaciones no petroleras. Además de que se invirtió ineficientemente en algunos casos, como lo fue en la generación de energía nuclear en Laguna Verde. Pero quizá lo más importante que comentó el economista fue lo siguiente, que traduzco textualmente: Cualquier boom en la economía, probablemente acarrea una ola de quiebras financieras cuando repunta hacia abajo como resultado de las correcciones que la demanda requiere. Como ambos, sector público y privado, han sido víctimas de un optimismo irracional, cuando el
ajuste viene, no es sorprenden que el mercado de créditos, también irracionalmente, se columpie creando expectativas negativas. Así, pues, cuando se va hacia arriba, la oferta de dinero es abundante y barata, pero una vez caído en la crisis sucede lo contrario. Lo mismo sucede con la paridad. El peso estuvo cuando menos 30 por ciento sobrevaluado al principio de 1982 y ahora se encuentra 30 por ciento subvaluado”. Luego nos dijo que cuando las circunstancias alcanzan proporciones sin precedentes, como el caso de México, no hay más alternativa que Estados Unidos facilite el pago de la deuda, alargando nuestros vencimientos y bajando el interés real. Otra de las presentaciones que más me impresionaron fue la del señor William Dale, del Fondo Monetario Internacional, quien expresó que desde 1954, cuando México devaluó, así como en 1976 y ahora, el Fondo ha cambiado sus reglas de operación tratando de auxiliar a nuestro País. En general la impresión que me traigo es que efectivamente todo el mundo desea ayudarnos a que superemos la crisis. Finalmente, el señor William Bill Baldin dijo algo que ningún empresario mexicano pudo haber planteado mejor: que no le cabía la menor duda de que el gobierno mexicano sabría sortear las crisis, pero que el sector privado no tiene nieve vidas para aguantar a todo lo que ha sido sometido: controles de precios, escasez de crédito que los obligó a endeudarse en dólares, devaluación con cuantiosísimas pérdidas, carencia de divisas (el Gobierno agarra primero), falta de materias primas para seguir trabajando; créditos escasos. (La captación bancaria ha sido grande, pero casi toda se la está llevando el gobierno). A lo anterior yo añadiría atenciones sociales e incomprensión por parte de funcionarios que jamás han sabido lo que es tener que conseguir la raya; ataques de líderes obreros, que justifican la crisis tomando a la empresa de chivo expiatorio, etcétera. Pero después de todo concluyó Mr. Baldin, tendrán que ser las empresas y los empresarios los que habrán de sufrir más, ser los incomprendidos; pero serán ellos los que tendrán que sacar a México adelante. Que así sea, Mr. Baldin, y Dios le dé la razón por el bien de todos. Miércoles 27 de abril, 1983.
MANUEL CLOUTHIER DEL RINCÓN
El profesor Reynolds apuntó cómo el excesivo proteccionismo, a través de varios lustros, creó ineficiencia en México, que había sido cobijado por el boom petrolero que hizo crecer el mercado sin que se aumentara la productividad. Se puso énfasis en la sustitución de importaciones, pero se mantuvo sobrevaluado el peso y nos olvidamos de las exportaciones no petroleras.
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EL COVID-19 NO LAS DETIENE
‘Buscar a nuestros amores es actividad esencial’ A las familias que buscan a sus desaparecidos nada las ha detenido hasta ahora en su encomienda de traerlos de vuelta a casa: ni la falta de conocimientos, ni el miedo, ni la economía, ni la falta de solidaridad, ni la negligencia gubernamental, ni las amenazas. Menos una pandemia D A N I E L A
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finales de marzo del 2020 el país entró en un confinamiento para, dijeron las autoridades, protegernos de los contagios de un virus entonces desconocido. Sólo lo indispensable para la vida podía mantener sus actividades, lo relacionado con la alimentación, el transporte y la salud. Familias de personas desaparecidas respondieron a esas medidas gubernamentales que pusieron bajo llave a casi la totalidad de actividades de la vida social: buscar a nuestros desaparecidos es una actividad esencial. En México hay casi 90 mil personas desaparecidas y en estos 17 meses de pandemia, de marzo del 2020 a agosto del 2021, un total de 11 mil 175 personas han desaparecido en el país. ¿Cómo es que buscar a las personas desaparecidas no va a ser una actividad esencial? Pensaban, discutían un grupo de mujeres en el norte del país, reunidas en varios colectivos, entre ellos el colectivo Fuerzas Unidas por Nuestros Desaparecidos en Nuevo León. ¿Cómo no va a ser una actividad esencial si, aun con el paro de un país, aun con el supuesto confinamiento de todo mundo, las personas desaparecidas no sólo no han sido encontradas, sino que cada día que pasa en este encierro, siguen desapareciendo personas? Acostumbradas a poner en duda cada decisión gubernamental, a pelear contra los NO como primera respuesta a sus peticiones, tenaces contra la falta de imaginación de las autoridades que suelen no ver más allá de sus escritorios o sus cuatro paredes blancas, las mujeres que buscan a sus desaparecidos pensaron, pensaron y se pusieron a escribir. Redactaron un memorándum y argumentaron por qué la búsqueda no podía ser confinada.
El 6 de abril del 2020, a menos de dos semanas de encierro, ellas le dijeron al gobierno
“La emergencia humanitaria de la Búsqueda de Personas Desaparecidas no debe parar. Cada día que pasa significa una nueva oportunidad para encontrarles, por lo que no podemos renunciar a esto, porque la búsqueda de nuestros amados ausentes es lo que nos mantiene vivas”.
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El equipo de FundeNL acompaña a un familiar a un posible punto positivo. Estas mujeres no sólo hablaron en su lenguaje del cariño, hablaron en el lenguaje legal que parece exclusivo de quienes gobiernan la vida de las personas. “…Además, por Decreto Presidencial quedó establecido que la Procuración e Impartición de Justicia es una de las actividades esenciales que deben continuar”. Y, acostumbradas a tomar iniciativa, redactaron un listado de acciones para buscar con las medidas sanitarias: hacer un programa nacional y estatal de búsqueda con fechas de acciones, hacer un registro nacional y estatal de personas desaparecidas, trazar lineamientos para la búsqueda de migrantes en nuestro país, generar metodologías de búsqueda que no requieran personal en campo, seguimiento de los casos por parte de ministerios públicos vía virtual, entre los 11 puntos propuestos.
“Es una actividad esencial porque estamos buscando vida, vida de personas, hemos confirmado que los primeros minutos de la búsqueda son importantísimos, cada segundo, cada minuto están corriendo peligro”, dice Leticia Hidalgo un año después de que enviaran esa carta. “Y volvemos al punto de que es una violencia continuada, cada día que pasan desaparecidos el crimen, la tortura continúa”, dice Angie Orozco, compañera de FundeNL. “Y la tortura está prohibida en México”, reflexiona Leticia, que busca a su hijo Roy, desaparecido por policías en enero del 2011. Un mes después de que las mujeres de FundeNL, y organizaciones como Fundec, Fray Juan de Larios y la Fundación para la Justicia y el Estado Democrático de Derecho, la Comisión Nacional de Búsqueda respondió con un
lineamiento para buscar a personas en campo; además de cubrebocas, alcohol antibacterial, ventilación, estipulaban máximo 7 personas por cada actividad. Para entonces, las familias ya estaban en campo.
Cuidar el pozo
El arranque del 2020 fue muy pesado de trabajo para las familias de FundeNL. En los dos primeros meses, enero y febrero, habían recibido reportes de desaparición en los municipios de Hidalgo, Mina y Abasolo. En los dos primeros meses del año, antes del encierro, sólo en esa zona se reportaron 15 personas desaparecidas. “Estábamos haciendo planes para buscar a esas personas en la zona y en eso llega la pandemia. Nos destanteamos porque nos quedamos con un pie en la búsqueda, no nos dejaban ni ir a los municipios”, recuerda Leticia
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Frente al Covid, el trabajo del colectivo se adapta, aquí una reunión con la Comisión Nacional de Búsqueda vía remota. Hidalgo. Uno de esos jóvenes desaparecidos era Juan Pablo Martínez, la familia dejó de tener noticias de él el 4 de enero del 2020; Marlene, su mamá, decidió salir a buscar a pesar de la restricción de movilidad, sin avisar, acompañada de otros vecinos del municipio, y el 23 de marzo encontraron el cuerpo de su hijo en la rivera del Río Salinas. Por la pandemia lo velaron unas cuantas horas y unas cuantas personas. La búsqueda de las mamás siguió durante la pandemia y llegó a una zona de minas de piedra y arena en las afueras del municipio de Hidalgo. Ahí, en medio de escombro, pedazos de autos desvencijados y algunos casquillos, está la boca de un pozo que se cree se usó para perforar y buscar yacimientos de petróleo. Hoy el pozo está abandonado, mide 50 centímetros de diámetro, lo suficiente como para que quepa un cuerpo humano, y tiene 200 metros de profundidad, lo suficiente como para ocultarlo. Las familias llegaron por primera vez a este lugar en el año 2019, habían recibido mensajes de que ahí pasaban cosas extrañas. Al llegar al punto les atrajo el olor putrefacto que salía de él y pudieron encontrarlo entre los arbustos. Buscar a una persona desaparecida en los cerros es una tarea inconmensurable, cada rincón
es una posibilidad, cada recoveco, cada alteración en el terreno. Las manos, los ojos, el olfato humano no alcanza, necesita pistas de la naturaleza (o del hombre que procesó los cuerpos). Al llegar al pozo supieron que antes de ellas las autoridades habían estado aquí pues dejaron tiradas cintas de restricción. Es común que las autoridades judiciales realicen revisiones a lugares donde podría haber desaparecidos y no avisen a las familias que buscan. No les avisen de las pistas ni los indicios encontrados y, cuando por sus propios medios las familias llegan, se dan cuenta que ahí estuvo la autoridad: por la alteración de la escena del crimen, por la basura que deja, por los restos de ropas o huesos humanos o casquillos que en descuido, dejaron tirados y no registraron como evidencia. Por eso cada tanto vuelven a esta zona en el municipio de Hidalgo, a rastrear, revisar. A cuidar la evidencia, o no arrojen escombro, animales muertos, que no lo tapen hasta que las autoridades hagan una exploración para ver si dentro de él fueron arrojados cuerpos humanos. Cuidar el pozo como una extensión de cuidar al hijo desaparecido. Jesús Sánchez Palacio y San Juana Vanegas Martínez están aquí buscando a su hijo Jesús Horacio Sánchez Vargas que fue
Elementos encontrados en la zona de búsqueda. desaparecido el 31 de marzo del 2019 en Hidalgo. También está Miguel Sánchez que busca a su hijo Mario, desaparecido en octubre del 2019; con Miguel busca también la señora Leticia Lozano, que es abuela de Mario, pero como ella lo crió, siente un doble compromiso de estar aquí, por su hijo y su nieto. Rumores que se escuchan en el pueblo les dijeron que sus hijos podrían estar aquí, en esta zona de minas.
Esta mañana de mayo son unos 10 familiares quienes caminan la zona de tierra gris y montañas de roca afilada que se elevan sin avisar, en un santiamén crecen hasta los 100, 200 metros de altura creando un espacio galáctico. Hasta allá arriba en las montañas sube un muchacho que fue desaparecido a finales del año 2019 y estuvo durante varios días secuestrado y torturado, hasta que sus captores lo dejaron tirado en la calle mutilado,
7 pensándolo muerto. Pero no murió y ahora acompaña a las mamás a la búsqueda de sus hijos. “Él no ha regresado por completo para acá todavía, como si una parte de él siguiera allá”, dice uno de los papás que busca. Acá, el espacio de los muertos en vida que buscan a sus hijos; allá, el espacio de los desaparecidos, de los “nolugar”. En agosto del 2020, cuando había pasado el primer pico de la pandemia y se estaba gestando el segundo, las familias empujaron al gobierno federal a hacer una “macro búsqueda” en el estado de Nuevo León, en respuesta a un “macro operativo” híper militarizado que realizaron las autoridades unos meses antes según para buscar criminales en plena pandemia. Así llegó la Comisión Nacional de Búsqueda a estos campos de minas y las familias comprometieron a su titular, Karla Quintana, a enviar maquinaria para revisar el pozo y así saber que hay en sus 200 metros de profundidad. Se supone que la maquinaria llegaría en dos meses, en septiembre del 2020, pero no llegó. Las autoridades argumentaron que debían hacer estudios para saber cuál era la forma más efectiva de excavar dentro del pozo. La CEB buscó a gente de la facultad de ciencias de la tierra de la UANL, y las familias de FundeNL buscaron a peritos externos. Durante un par de meses tuvieron reuniones en zoom y llegaron a las propuestas de cuatro formas para examinar ese pozo: con un tiro de mina, con una excavación a cielo abierto, con un pozo paralelo o con explosivos canalizados. A un año de que la Comisión Nacional de Búsqueda y el equipo se comprometió a abrir el pozo, no lo han hecho. “Son pura simulación”, dice Leticia Hidalgo. “Eso es lo que hemos constatado. Se toman fotos aquí y allá pero solamente llegan hasta ahí. Nosotras pedimos que todo lo realizado y encontrado se agregara a la carpeta de investigación con los informes de cada institución. Y nunca lo hicieron”. En ese contexto de empujar a las autoridades es que las familias vinieron a finales de mayo a visitar el pozo, a echarle ojo, a cuidar que siga bien. Cuidar el pozo, como una
Leticia Hidalgo, fundadora de FundeNL. forma de cuidar desaparecidos.
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Buscar en el norte de México
La semana santa del 2012 un grupo de mujeres se reunieron en el Quiosco Lucila a bordar los nombres de sus desaparecidos. Eligieron ese lugar porque está frente a la catedral y al palacio municipal de Monterrey, así que si alguna mamá quería cruzarse a rezar sólo cruzaba la cuadra; o si quería ir a reclamar por las búsquedas, cruzaba la misma cuadra. Ahí se fueron acercando otras personas que también buscaban a sus desaparecidos y comenzaron a conversar: a donde habías ido, te habían atendido, como iba tu caso. Poco a poco, con los días, se fundaron como FundeNL y a la fecha han registrado la historia de 400 familias con sus desaparecidos. En estos casi 10 años de existencia FundeNL realizó la primera exhumación con peritos
independientes, en el año 2014, para confirmar la identidad de Brenda Dámaris; han encontrado a 4 personas con vida e identificado a 23 sin vida (a agosto del 2021), armaron una red de vínculos de los posibles perpetradores apoyados en análisis de sus propios expedientes, y son el primer grupo de familiares con personas desaparecidas que creó su equipo forense independiente, certificado para hacer peritajes de coadyuvancia a las investigaciones de las fiscalías, publicaron el libro Un sentido de vida en el que cuentan la experiencia de su trabajo en los primeros siete años de creación con metodología sobre las prácticas de desaparición en Nuevo León y recomendaciones a familiares de otras partes del país para la búsqueda. Las compañeras de FundeNL, madres, padres, esposas e hijes de desaparecidos, son también acompañados por personas solidarias que han fortalecido la red de búsqueda, como Angélica
Orozco, Claudia Muñiz, Liliana Galaviz López y Evaristo Reyes Gómez. Durante la pandemia su trabajo no se frenó. Además de las búsquedas en campo, los primeros meses que era imposible salir de casa, tomaron talleres virtuales con el Equipo Argentino de Antropología Forense sobre la creación de líneas de tiempo, trabajaron en el análisis de los expedientes y, claro, cuidaron el pozo: acudieron (siguen haciéndolo) a vigilar que no estuviera obstruido, hicieron análisis técnicos con especialistas y han empujado una búsqueda con tecnología adecuada en ese lugar. Pero no salieron ilesos. Joel Olvera, el arqueólogo forense que lidera el Equipo de Antropología del FundeNL se contagió de Covid-19, Juani Solís, una de las madres del grupo, también contrajo el virus y sus dos hijos; a los hijos los despidieron del trabajo por lo que hubo que activar redes solidarias para financiar el tratamiento médico y algunas despensas que permitieran sobrevivir los días de la catástrofe. Contactaron a algunas organizaciones de derechos humanos que recibieron apoyos para canalizar a familias de víctimas. “Nuestros desaparecidos no pueden esperar aunque haya una pandemia, cada día que pasa es un día más de incertidumbre, pero sobre todo es un día más en que ellos están en condiciones inimaginables, por eso nada detendrá nuestras búsquedas”, insiste Leticia Hidalgo. Nada las ha detenido hasta ahora: ni la falta de conocimientos, ni el miedo, ni la economía, ni la falta de solidaridad, ni la negligencia gubernamental, ni las amenazas. Menos una pandemia. Este trabajo fue apoyado por el Fondo de Emergencia para Periodistas Covid-19 de la National Geographic Society/This work was supported by the National Geographic Society’s Covid-19 Emergency Fund for Journalists.
Portal periodístico independiente, conformado por una red de periodistas nacionales e internacionales expertos en temas sociales y de derechos humanos.
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TURISMO
México ‘impulsa’ el turismo en el mundo con cero pesos y ‘campaña de voz en voz’ S I M E M B A R G O
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ÉXICO._ La promoción turística de México dio un cambio de 180 grados en el actual sexenio empezando por la cancelación de ProMéxico, un fideicomiso encargado de atraer la inversión extranjera, y al que se destinaron millones de pesos sin que lograra su objetivo, de acuerdo con declaraciones del actual Gobierno federal. Ahora, la promoción turística de México se ha basado en los comentarios que puedan emitir a favor de esta industria los funcionarios mexicanos tanto en foros internacionales como en el Tianguis Turístico, que solo se realiza una vez al año, una estrategia que tampoco parece alcanzar el objetivo de la 4T: posicionar a México como una potencia turística competitiva, de vanguardia y que sea un pilar para el desarrollo. De acuerdo con la solicitud 0002100027621 dirigida a la Secretaría de Turismo, durante este periodo no se ha ejercido ni un solo peso de la partida destinada a la promoción turística, ya que la estrategia se centra en hacer esfuerzos para “mejorar (los) mecanismos”, sin especificar cuáles son éstos. Esto contrasta con las necesidades de este sector, uno de los más golpeados durante la pandemia, como lo demuestran las cifras oficiales que se han dado a conocer y que muestran cómo la pobreza ha crecido particularmente en los principales destinos turísticos del País. SinEmbargo le solicitó a la Sectur su estrategia de promoción a nivel nacional, es específico los proyectos anuales de 2019, 2020; así como el número de campañas desplegadas para la promoción turística en ese mismo periodo y la cantidad de recursos que se destinan actualmente a la promoción y el detalle del gasto. Los últimos datos del Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social reflejan que la pobreza extrema pasó de 8.7 millones a 10.8 millones de personas; 2.1 millones de personas más, es decir, un
Con la pandemia de Covid-19, la afectación en los estados turísticos de México se tradujo en pobreza. Baja California Sur y Quintana Roo lideraron la lista de las entidades con más incremento de población que vive en esta condición; por lo tanto, al hablar de la recuperación se atraviesa el tema de la reactivación turística y la estrategia de México para impulsar a toda la industria
incremento de 7 por ciento a 8.5 por ciento en el mismo periodo. La principal causa fue la pandemia e impactó directamente a los estados turísticos: Quintana Roo pasó de tener una pobreza de 30.2 por ciento a una de 47.5 por ciento; Yucatán, de 44 por ciento a 49.5 por ciento; Jalisco, de 27.8 por ciento a 31.4 por ciento y Baja California Sur, de 18.6 por ciento a 27.6 por ciento. La propuesta de solución que se planteó desde el Coneval fue acelerar la reactivación de esas zonas para empezar a recuperar las cifras previas a la pandemia. El tema de la promoción turística se abordó desde que Andrés Manuel López Obrador era Presidente electo. En septiembre de 2018 informó sobre la desaparición de ProMéxico, organismo del Gobierno federal encargado de la atracción de inversión extranjera directa, la promoción de exportaciones de productos y servicios mexicanos y de la internacionalización de empresas nacionales y que sería el Servicio Exterior Mexicano el que tendría las facultades que le fueron retiradas a lo largo del tiempo, como fue el promover los intereses económicos, comerciales y de turismo, además del político. En ese entonces se le cuestionó al Canciller Marcelo Ebrard sobre cómo recibirán los futuros embajadores esa nueva
responsabilidad, Ebrard afirmó: “van a estar muy contentos, porque el Servicio Exterior Mexicano va a tener un papel muy relevante”. Tres años después, la Sectur explicó que según la Ley general de Turismo, publicada en el Diario Oficial de la Federación el 17 de junio de 2009, la promoción de la actividad turística nacional e internacional se realizaba a través del Consejo de Promoción Turística de México, pero que el 31 de julio de 2019 fue sustituido con el decreto que derogó las diversas disposiciones de la Ley General de Turismo y se desincorporó el Consejo de Promoción Turística de México. Desde entonces, las áreas de la Sectur se dedican a “coadyuvar” en las acciones encaminadas a la promoción. La respuesta enlista tres objetivos: “Acelerar la reactivación del sector desde el ámbito internacional”; “generar confianza en los viajeros de los principales emisores del mundo” y “afianzar la posición de México como líder regional y uno de los principales destinos turísticos”. ¿Cómo se lograrán? De acuerdo con la Sectur, se buscará optimizar canales de comunicación con la Secretaría de Relaciones Exteriores, se “crearán canales de comunicación con las misiones diplomáticas acreditadas en
México”; se “aprovecharán los espacios de trabajo, discusiones en los foros y organismos internacionales” y las únicas acciones de “marketing y promoción” serán para la organización del Tianguis Turístico, que se realiza una vez al año. Sobre el monto, la Unidad de Administración y Finanzas informó que los recursos autorizados en el Presupuesto de Egresos de la Federación (PEF), en los registros del Sistema de Contabilidad y Presupuesto de los años 2019, 2020 y 2021, no ha ejercido recursos en la partida del gasto 36201 “Difusión de Mensajes Comerciales para promover la venta de productos o servicios”. Esta partida funciona para el diseño y conceptualización de campañas publicitarias; preproducción, producción, postproducción y copiado; publicación y difusión masivas en medios de comunicación, publicidad en otras vías; artículos promocionales; servicios integrales de promoción y otros medios complementarios. Pero hasta el momento y de acuerdo con el directorio de la Sectur, hay cerca de mil funcionarios públicos que integran la dependencia en puestos de auxilio turístico, promoción, analistas especializados en proyectos, dibujantes, secretarios particulares, entre otros.
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CASO ODEBRECHT
La FGR pide 1.7 millones de pesos para transparentar el caso Odebrecht
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espués de mantenerlo por años en la opacidad, la Fiscalía General de la República accedió a entregar las copias del expediente que inició en 2017 para investigar los sobornos que recibió Emilio Lozoya por parte de directivos de Odebrecht… pero quiere 1 millón 788 mil 864 pesos para
Desde enero de este año se solicitó vía transparencia a la FGR la versión digital de la investigación sobre el ex director de Pemex. Ante la negativa a revelar los datos, el Instituto Nacional de Transparencia le ordenó entregar la información, pero ahora la Fiscalía exige el pago de 22 pesos por cada copia certificada de un expediente con más de 81 mil hojas A N D R E A
C Á R D E N A S
QUINTO ELEMENTO LAB
11 abrir los documentos. Desde enero de este año se solicitó vía transparencia a la FGR la versión digital de la investigación sobre el ex director de Pemex. Ante la negativa a revelar los datos, el Instituto Nacional de Transparencia le ordenó entregar la información, pero ahora la Fiscalía exige el pago de 22 pesos por cada copia certificada de un expediente con más de 81 mil hojas. La solicitud original pedía versiones digitales, que tienen un menor costo en relación a una copia certificada, y la petición fue realizada por la organización periodística Quinto Elemento Lab, que en 2017 reveló los videos donde los ejecutivos de Odebrecht confesaban haber sobornado a Lozoya con 10.5 millones de dólares. “Se trata de una táctica dilatoria, tanto por la cantidad de información, como por el monto que habría que pagar, ilustrando que el ánimo de la Fiscalía no es de apertura en este caso”, consideró el director de Transparencia Mexicana, Eduardo Bohórquez. Portavoces de la FGR declinaron comentar por qué están exigiendo el pago de copias certificadas y no ofrecen la opción de copias simples o digitales, que son más económicas. La ley de transparencia contempla que los ciudadanos elijan la modalidad bajo la cual quieren recibir la información solicitada. Esta es la primera vez que la FGR accede a elaborar una versión pública del expediente completo después de que el INAI le forzara a modificar sus negativas previas. Desde octubre de 2018 los comisionados del INAI le han ordenado a la FGR transparentar el caso, pero la Fiscalía se amparó para no cumplir con la resolución y el expediente se ha mantenido bajo sigilo. “Dar a conocer la información contenida en los expedientes, menoscabaría las facultades de investigación llevadas a cabo por el agente del Ministerio Público, afectando otras líneas de investigación”, expuso la FGR en febrero pasado al volverse a negar a dar a conocer el expediente.
Ficha que envió la FGR para pagar las copias en HSBC en un plazo de 20 días. La FGR justificó que tiene en trámite amparos y recursos legales contra los fallos del INAI. Sin embargo, los comisionados confirmaron que el amparo 1386/2018 y el juicio de garantías 1581/2018, promovidos por la Fiscalía para no desclasificar los datos, fueron desechados en los tribunales desde febrero y mayo de 2020. El comisionado del INAI, Francisco Javier Acuña Llamas, dijo que desde que inició la investigación de los sobornos de Odebrecht en México, el INAI ha resuelto que la información debe ser pública por tratarse de un tema de corrupción gubernamental y de interés general. “México es el único país de Latinoamérica en el que prácticamente ha pasado muy poco o casi nada sobre el caso
Odebrecht… es vital que se pueda conocer la situación con la que se pudiera justificar un acuerdo bajo el principio de oportunidad (con Lozoya)”, afirmó Acuña en entrevista. Lozoya está colaborando con la FGR desde hace un año, buscando acogerse al criterio de oportunidad, un beneficio que le ayudaría a reducir su castigo si coopera con las autoridades. El exdirector de Pemex ha acusado de corrupción a más de 15 políticos, como el panista Ricardo Anaya y el exsecretario de Hacienda Luis Videgaray, aunque los implicados han dicho que las acusaciones son mentiras. El hecho de que el expediente no sea público impide conocer los avances de las pesquisas así como las evidencias aportadas por Lozoya, quien afirma que parte del
dinero que recibió de Odebrecht lo entregó a legisladores para que aprobaran la reforma energética y otra parte fue para financiar la campaña presidencial de Enrique Peña Nieto. La solicitud de información por la que la FGR pide un pago millonario, intenta conocer detalles sobre las diligencias ministeriales, los exfuncionarios implicados, las pruebas periciales, los datos entregados por otros países, las comparecencias de testigos clave y los hallazgos recabados después de que Lozoya fuera presentado ante el juez. Ante la pretensión de cobrar 1.7 millones de pesos, Quinto Elemento Lab solicitó la intervención del INAI para que resuelva si la FGR debe ofrecer una versión digital del expediente, correr con el costo de las copias o exceptuar el pago.
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DERRUMBE
‘HAY MUCHA PIEDRA Y NO SABEMOS NADA’ EL CHIQUIHUITE, UNA TRAGEDIA ANUNCIADA
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STADO DE MÉXICO._ “Mi hija tiene 22 años, Paola Daniela Campos Robles, estaba con sus dos hijos, una niña, Mía Mayrín Mendoza Campos, de 3 años, y un niño, Jorge Dylan Mendoza Campos, de 5 años. Viven en la calle donde se desgajó el cerro, rentaban ahí, el puro cuartito ahí en la esquina. Apenas el miércoles en la noche nos mandamos mensaje y ya no volvimos a hablar. Mi hija se dedica al hogar, mi yerno es albañil y estaba trabajando, hay mucha piedra, mucha piedra, no sabemos nada”.
Con los puños en alto, como la ciudadanía hizo en el temblor de 2017, vecinos y rescatistas buscan vida, en medio de una tragedia que, como la mayoría, quizá pudo ser evitada I S A B E L
B R I S E Ñ O
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D A N I E L A
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13 En la zona del desastre, la señora Gabriela Robles espera noticias de su hija y sus dos nietos, quienes están desaparecidos y viven en la calle que se desgajó. Al menos una persona fallecida, una persona rescatada y cuatro viviendas afectadas es el saldo del desgajamiento del Cerro del Chiquihuite, sucedido la tarde del viernes 10 de septiembre, en el territorio de Tlalnepantla, Estado de México. “Me siento de la fregada, no puedo ni describir porque no sé nada de mi hija, no sé qué va a pasar con ella. Suben, bajan, suben, bajan, pero no dicen nada, ninguna autoridad se ha acercado; nomás dicen que nos esperemos, no nos dejan ni pasar. Que la ayuda sea lo más rápido que se pueda, es una incertidumbre; no sé nada de mis niños, de mi hija, ya tiene muchas horas y no se sabe nada, nadie dice nada. Que se apresuren las autoridades para saber si hay más gente”, expresó Gabriela Robles. Hay mucho dolor y mucho enojo entre los habitantes de esta área que, desde hace décadas, se ha registrado como zona de alto riesgo de deslaves, fracturas y hundimientos. Vecinos de Ticoman se acercaron a los albergues para llevar cobijas, aguas, galletas a las víctimas del desastre.
Personal de rescatistas y autoridades maniobran en la zona del deslave. Fotos: Isabel Briseño
¿La lluvia o el temblor?
El gobernador Alfredo del Mazo acudió a la zona de desastre y explicó que el desastre pudo ser “por el tema de las lluvias, el temblor que fue hace unos días. Tenemos la información que son cuatro viviendas las afectadas hasta el momento; desafortunadamente una persona fue encontrada sin vida y encontraron a una persona que ya fue rescatada y está en el hospital; se continúa la búsqueda de las demás personas”. Agregó que había cuatro casas afectadas por el derrumbe, pero se debían desalojar otras 80 viviendas que están en riesgo. Hasta las 19:00 horas del viernes se había desalojado la mitad, 40. “Es muy importante la estabilización de la zona. Se está trabajando en eso porque se pueden seguir moviendo, por eso la importancia de seguir evacuando las casas, 40 ya fueron evacuadas y se estima que 80 deben ser
evacuadas para que no haya riesgo. Los trabajos van a continuar entre tres órdenes de gobierno. Un gran trabajo de los rescatistas que están arriesgando su vida. Se sabe que en una de las viviendas afectadas
habitaban cuatro personas y se está a la búsqueda de estas personas. El resto de las viviendas no se sabe si estaban o no estaban en su domicilio. Está establecido el centro de mando; que estará
permanentemente trabajando para buscar a las personas y prevenir otros incidentes”, dijo el Gobernador Alfredo del Mazo en la zona del desastre. Por su parte, el Alcalde de Tlalnepantla, Raciel Pérez, dijo en una entrevista con Foro TV: “Llamamos a los vecinos de la zona a la calma, que permitan el trabajo de los cuerpos de rescate y auxilio, necesitamos tener el área despejada para que se puedan hacer maniobras. Pedimos calma y tranquilidad, estamos habilitando albergues”. “Estamos frente a una situación compleja. Es una ladera muy amplia. Abajo hay un número importante de casas, de habitantes; y definitivamente requerirá de un esfuerzo de mucha coordinación con el gobierno federal y del estado para que analicemos la potencialidad de más riesgos”, agregó el Alcalde Raciel Pérez en la entrevista.
Procesos de ladera “A lo largo de su historia se han visto afectadas por fenómenos tectónicos que las fracturaron y fallaron”. Hundimientos: “Se han reportado problemas por hundimiento en las colonias: Tablas de San Agustín, Río Blanco, Tepeyac y Malinche; deslizamiento en: Faja de oro, Cuautepec Barrio Bajo, Cuautepec Barrio Alto, Margarita Maza de Juárez, Compositores mexicanos, Guadalupe Chalma, Gabriela Hernández, Coyol, Parque Nacional el Tepeyac, Cerro del Chiquihuite y en la autopista México Pachuca”. En el Atlas de Riesgos, que data del 2014, se dice que se han realizado distintas obras de mitigación para minimizar los efectos que pudiera tener la caída de bloques. “Entre las medidas de mitigación realizadas se encuentran los muros de contención y gaviones. La mayoría de las medidas de mitigación han retenido grandes bloques ya desprendidos, los cuales representan un peligro para los asentamientos establecidos en la parte baja de la ladera”. En el estudio “Estudio de la ladera occidental del Cerro del Chiquihuite, Ciudad de México mediante SIG y GPS”, realizado en el 2009, se advierte que el crecimiento de la población y la búsqueda de lugares para vivir, ha obligado a las personas a asentarse en zonas de riesgo, como laderas con pendientes abruptas en el Cerro del Chiquihuite. “El Cerro del Chiquihuite es un ejemplo de lo inadecuado que puede ser el establecimiento irregular de cientos de familias a lo largo de zonas no aptas para zonas habitacionales”. “El estado en que se encuentran los habitantes de los alrededores del Cerro del Chiquihuite sigue siendo de alto riesgo. A pesar de las medidas para reforzar la seguridad éstas no necesariamente resultan suficientes, sobre todo porque se sigue extendiendo la mancha urbana”, dice el estudio.
14 Riesgos detectados por años
Otras víctimas de Tlalnepantla
Según el Atlas de Peligros y Riesgos de la Ciudad de México, una de las jurisdicciones donde se encuentra el cerro del Chiquihuite, son varios los riesgos que esta zona enfrenta.
Con los puños en alto, los vecinos del cerro del Chiquihuite solicitaban silencio para la búsqueda de personas.
Fallas y fracturas “La demarcación se encuentra afectada por varias fallas y fracturas de tipo regional. Existe la posibilidad de que algunas de estas estructuras sean activas, en especial las que afectan al Cerro del Chiquihuite en su porción Poniente; de la misma manera, tampoco se descarta que las fallas enmarcadas por los sedimentos lacustres sean activas o se puedan reactivar en el futuro inmediato”.
El domingo, la joven de 19 años Ana Karen García fue arrastrada por una corriente de agua desde Tlalnepantla. Después de días de búsqueda, su cuerpo fue encontrado a 80 kilómetros de distancia, en la presa Endhó en Tula, Hidalgo. Ante el desastre causado por los caudales de agua, el Alcalde Raciel Pérez respondió que esas obras debían ser realizadas por la Conagua y la Comisión de Aguas del Estado de México, pues los caudales de agua llegan desde el cerro del Chiquihuite y la Sierra de Guadalupe. En el año 2000 una persona murió luego del desprendimiento de toneladas de rocas, lodo y escombros por lluvias en la Colonia Lázaro Cárdenas segunda sección. En otra ocasión cuatro casas se derrumbaron después del desprendimiento de una barda por fuertes lluvias. Un bloque de roca cayó en 1998. Este rodó por la calle hasta la zona urbanizada y afectó varias viviendas en la calle Coatlicue en la colonia La Pastora. A raíz de ese hecho se construyó un muro de amortiguamiento. En el cerro del Chiquihuite están instaladas antenas de telecomunicaciones. Desde su cima transmiten Canal del Congreso, Capital 21, Canal 22 y Secretaría de Cultura, Tv Azteca, Grupo Imagen, IPN; también instalaciones las redes de Telcel y de radio transmiten señales de grupo Radio Centro, Instituto Mexicano de la Radio y NRM Comunicaciones y MVS Radio.
Una persona es rescatada y bajada por elementos de rescate.
Isabel Briseño
Nunca me ha gustado que las historias felices se acaben por eso las preservo con mi cámara y las historias dolorosas las registro para buscarles una respuesta.
Daniela Rea
Reportera. Autora del libro “Nadie les pidió perdón” y coautora del libro “La Tropa. Por qué mata un soldado”. Dirigió el documental “No sucumbió la eternidad”. Escribe sobre el impacto social de la violencia y los cuidados. Quería ser marinera.
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FRONTERA: TIJUANA-SAN DIEGO
‘Ya viste qué rápido te conviertes en homeless aquí’
E I
n 2019, Tijuana fue nombrada la ciudad más peligrosa del mundo. Cruzando la línea, en San Diego se encuentra la concentración de activos militares más grande del mundo. ¿Qué significa explorar a pie este lugar?, ¿qué lado de la frontera resulta más inhóspito? Yo ya sentía desde hace tiempo la inquietud de caminar alrededor de esta zona conurbada transfronteriza. Sería la prolongación de la caminata periodística-artística-urbanística que realicé alrededor de la Zona Conurbada del Valle de México en 2009, durante la cual anduve a pie continuamente durante 51 días por toda la orilla de la megalópolis. También, habiendo pasado mi niñez en el sur de California, pensé que regresar 40 años después a la misma zona me podría enseñar algo sobre la esencia de Estados
En octubre 2020 intenté caminar por toda la orilla de la zona conurbada conformada por Tijuana y San Diego. La idea era dar testimonio de un mundo que en ese momento parecía literalmente en llamas. Las elecciones en los Estados Unidos con Trump al centro, la World Series y Halloween se avecinaban, mientras el campo ardía. La primera ola de Covid había pasado y reinaba una tensa calma frente a la enfermedad. T E X T O
Y
F O T O S :
PIE DE PÁGINA
Unidos y su compleja relación con México y el mundo. Tijuana tiene una población de 2.2 millones y San Diego, 3.3 millones de personas. Están conectadas por los cruces fronterizos de San Ysidro y la Garita de San Ysidro. Ahí inicia la hilera de suburbios y fábricas que van hacia Chula Vista y Otay Mesa en San Diego County. En 2019, Tijuana fue nombrada la ciudad más peligrosa del mundo según el Consejo Ciudadano para la Seguridad Pública y la Justicia
F E I K E
D E
J O N G
Penal. Por el otro lado, San Diego tiene la concentración de activos militares más grande del mundo, según el propio gobierno del condado de San Diego. Mientras miraba hacia abajo desde la ventana del avión hacia la desértica orilla de Tijuana, sus cicatrices de erosión trazadas de tierra blanca en cerros y barrancas, preví que sería como un viaje al corazón de la oscuridad. Mi plan era avanzar rápidamente, para exponerme lo menos posible a lo que yo imaginaba sería un
proyecto muy riesgoso. Iría encontrando hoteles en la ruta. Iba a transmitir en holandés para la radiodifusora VPRO, de los Países Bajos. Esperaba estar en el norte de San Diego durante las elecciones del 4 de noviembre. Pero nada pasó como hubiera querido. No sabía eso cuando bajaba del avión en el resplandeciente calor matutino de Tijuana; el cielo seco y azul, el asfalto radiante, el olor a desierto y gasolina en el aire. Caminaba hacia la salida con mi mochila. Miraba la alta pared de
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acero rojo que marcaba la frontera con los Estados Unidos al otro lado de una pequeña carretera. Hay una palabra escrita en ella con grandes letras blancas: empatía Fui caminando hacia San Ysidro por la carretera que corre entre la reja del aeropuerto y la muralla fronteriza.
II.
La doble muralla curva sobre los cerros como la aleta dorsal de un dragón, pasando por el desierto para desaparecer en el mar. Las láminas gruesas de acero doblado lucen rojas y tienen una altura de unos 5 metros. Parece un monumento alienígena. El paisaje es polvoso y desolado, hay llantas amontonadas por todos lados, perros y basura. La parte cercana al aeropuerto es llana y la muralla se extiende rítmicamente al lado de la carretera. Después pasa por un camino de terracería bajando una barranca. La subida es un sendero por los patios traseros de las casas autoconstruidas al lado de la frontera. Unos vecinos, cuyos perros me estaban correteando, me advirtieron no entrar a esta zona por seguridad. Pero me aferré, no quise empezar este proyecto esquivando lugares, lo que me obligaría a largas desviaciones a pie.
Mi intención era tocar base con el cruce fronterizo de San Ysidro. Después de haber caminado alrededor de Tijuana pensaba atravesar el cruce fronterizo más grande del hemisferio occidente, a San Diego. En el transcurso del soleado día vi desde el puente las largas filas de personas y vehículos en el cruce. Me encontré con gente haciendo carreras en cuatrimotos, y fui caminando de regreso por las barrancas. “Hay mucha gente nueva aquí,” me dijo una señora. “Es como si la vista de los Estados Unidos los atrajera.” Otra vez los vecinos me avisaron de tener cuidado con esta barranca. Pasé lo más rápido que pude sin ver a nadie. Saliendo frente el aeropuerto me encontré con una patrulla. Expliqué que era periodista y les pedí permiso para tomar una foto. El oficial a cargo del grupo de policías me negó la foto, pero me aconsejó: “Si quieres hacer unas entrevistas interesantes debes ir ahí abajo por la barranca, también puedes tomar buenas fotos.” Parecía decepcionado cuando le dije que había pasado dos veces por este sitio y no iba a regresar. Ya estaba oscureciendo. Seguí por el dragón rojo, pasando los monumentos a los muertos hasta encontrar un hotel para pasar la
noche. Era un hotel de paso, limpio, sencillo y amigable, está ubicado a media bajada de una barranca. Quería ir a comer algo. Los camareros me informaron que era peligroso ir hacia arriba de la avenida y peligroso ir hacia abajo, pero que la comida era mejor abajo.
III.
Desperté en la banca de una iglesia con una carpa por techo. Aún estaba oscuro, pero había quedado en acompañar a Héctor, una de las personas hospedadas en este asilo para indigentes. Era un señor mayor con barba, quien amablemente me recibió cuando llegué a la iglesia la noche anterior, en búsqueda de un lugar para dormir. Todos los hoteles quedaban muy lejos. Había varios de nosotros durmiendo en las filas de bancos de madera y me había explicado la dinámica del asilo. No quería que él saliera antes que lo pudiera entrevistar. Era la mañana del tercer día. Héctor había vivido en los Estados Unidos unos 50 años. Llegó de adolescente, cuando cruzar la frontera todavía era muy sencillo. Realizó varios trabajos manuales hasta convertirse en maestro soldador en los astilleros durante la guerra con Iraq. “Entonces empecé a ganar
dinero de verdad,” dijo Héctor mientras contaba la historia de su vida. “Les dije que quería trabajar para derrotar a este bastardo Saddam Hussein.” Le fue bien. Perdió a su primera esposa por la mala vida que llevaban, se divorció de otra y finalmente estaba con una tercera, una mujer negra a quien llamaba su princesa Zulú. Una noche ella lo estaba molestando mientras él veía televisión. Después de un rato se enojó y le dio un par de golpes. Luego se durmió frente al televisor. Cuando despertó, dos policías estaban jalando sus piernas para sacarlo de la casa. Su mujer lo había denunciado por intento de asesinato. Pasó cuatro años en prisión. Un día lo metieron en un camión lleno principalmente de chiapanecos, y lo deportaron. Ya que Michoacán, de donde venía, no quedaba en la ruta a Chiapas lo botaron del autobús en la salida de un carretera cerca de Guadalajara. Fue su primer día de indigente. El día que lo entrevisté tenía 73 años, y seguía esperando de alguna manera poder recuperar su pensión en los Estados Unidos. Escuché varias historias durante mí recorrido por Tijuana, de vidas destruidas, solitarias cuya gran redención es la sonrisa que muestra
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que algo más que el cuerpo ha sobrevivido. En mi imaginación Tijuana es épica, una ciudad de guerreros solitarios batallando monstruos tan grandes que es casi imposible distinguirlos del paisaje.
IV. La mujer sobre el cerro
“Vivimos aquí como changos sobre el monte,” me decía Guadalupe, bella con su acento cantado, como si acabara de despertar y estuviera intentando recordar un sueño. Estuvimos sentados en una choza sin techo en un sofá. Ella se había mudado tres meses atrás con sus cosas a un pequeño terreno sobre el cerro. Tenía una barda de piedras y una lona pero le faltaba un techo. Un perro estaba atado en un rincón. Desde el sofá se podría ver la extensa ciudad ahí abajo como un trapo de concreto, arrugada y doblada, y la muralla que se extendía hacia el mar. “No puedo salir de aquí porque no puedo dejar mis cosas,” dijo. Dormía ahí al aire libre entre las rocas y las chozas sobre el cerro. Tampoco podía trabajar, vigilaba sus cosas que estaban ahí en cajas medio abiertas: libros, cuadros, ornamentos. Ella había vivido en los Estados Unidos, quedó separada de sus familia, después encontró otros familiares pero finalmente la sacaron de su casa. Así había terminado sobre este cerro, sola
entre personas que no conocía. Una pipa de cristal estaba recostada sobre unos papeles en un librero. No tenía agua, ni siquiera para beber. “Creo que si he ayudado a que se hayan organizado más acá, como todos aquí son hombres no les
importaba como estaban, a las mujeres nos importa más que las cosas estén ordenadas,” dijo. “Me gustaría tener un cuarto aquí con una gran ventana y nada más. Me quedaría sentada ahí sola con la vista”. Fumamos un cigarro. Finalmente
ella fue a buscar al hombre que manejaba el acceso con manguera al tanque de agua y yo continué mi caminata. Esa noche llegué muy tarde al hotel. Caminaba sobre una avenida industrial, pero justo al momento de llegar Google Maps me mostró que
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debía entrar en una calle a la izquierda. Siguiendo el punto en el mapa entré a un barrio residencial con algunas casas muy grandes pero con calles de terracería. Llegué a un edificio grande con un patio con camionetas nuevas y habitaciones numeradas. Suponía que era algún extraño hotel boutique. Toqué puertas y rejas. Llamé al recepcionista. Nadie abrió. Finalmente le di la vuelta al edificio. Vi luz bajo de una puerta y toqué. Un hombre salió. Lo vi solo como una silueta en la puerta. Le dije que estaba buscando el hotel. “El hotel es por ahí sobre la avenida y te recomiendo que no vayas tocando puertas y gritando, porque aquí sí te dan un balazo”, dijo con un suave acento sinaloense.
V.
La ciudad parecía concreto plateado visto desde la ladera empinada del Cerro Colorado. El sendero era de grava y la única vida que vislumbraba era una parvada de palomas que dio vueltas antes de pararse entre las rocas. Ni pasto había. Con cada dos pasos que daba resbalaba un paso hacia abajo. Vi a una persona caminando en la distancia que también subía el cerro. Arriba hay una gran instalación de antenas de transmisión, parecía el nido de alguna araña gigante, lleno de cables tendidos por el aire, malla ciclónica y alambre de púas. Irónicamente imaginé un
vendedor de bebidas o una tiendita en la cima, tenía una sed horrible. Pero era obvio que no habría tal. El cerro estaba desolado y poco apto para las visitas humanas. Llegando a la cima quedó confirmada mi sospecha, no había nadie. Me quedé junto a la cruz blanca, tenía una altura de cuatro personas, estaba rodeada por torres de acero, viendo la ciudad abajo entre las barrancas y cerros. De repente un joven apareció detrás de mí con un perro. Iba vestido de deportista. “Lo vi a usted frente de mí sobre el cerro,” me comentó. “Va a venir más gente al rato. Somos los primeros en llegar”. Me ofreció agua que acepté agradecidamente. “¿Dónde puedo comprar agua por aquí?”, le pregunté.
“Van a traer agua,” me contestó. Lentamente el pico de cerro se iba llenando de gente, algunos solos, otros en grupos de dos o tres. Llegó una camioneta y empezaron a vender cerveza, refresco y comida. Grupos de jóvenes se paraban al pie de la cruz. Parejas miraban a la vista con manos entrelazadas. Había perros que se correteaban entre el murmullo de la gente. Resulta que es una tradición juntarse en la cima de Cerro Colorado los jueves y ver la puesta del sol. Un grupo de excursionistas de Tijuana Vive lo organizan. Estaban intentando reforestar el cerro cargando cubetas de 20 litros los fines de semana. Parecía una lucha imposible frente la inmensidad del lugar y su aspecto desértico. El sol ya se había puesto y no
quería bajar en la oscuridad total, ni pasar mucho tiempo caminando muy noche por Tijuana, que nos rodeaba en la planicie, para encontrar hotel. Decidí irme. En este momento uno de los organizadores, un señor mayor con la cabeza rapada, el cuerpo de deportista, vestido en spandex y con bastones para caminar, recibió un mensaje en su celular. “Han visto jóvenes fumando cannabis cerca del sendero. Avisa a la gente que deben bajar en grupo, porqué los jóvenes podrían ser asaltantes”. Cuando unas quince personas estuvieron listas empezaron a descender por la escarpada pendiente. Lo que empezó controlado rápidamente se convirtió en una carrera. Corrimos por el monte en la oscuridad hacia abajo, nuestros pasos iluminados por nuestros celulares.
VI.
Estaba con la vista frente al mar. Había caminado ocho días y me faltaban quizás una jornada más para terminar. Ahí sucedió algo que por seguridad debo mantener en privado. Estaba caminando en shock, sin celulares, con dos bolsas en las que llevaban mis cosas porque mi mochila anterior había reventado y mis pertenencias colgaban de las aperturas. El tráfico zumbaba por la transitada avenida y las luces arrojaban aureolas rojas y blancas en el polvo. Pese al torrente de coches ningún taxi paraba. Finalmente encontré una taquería
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donde entré y pedí un refresco para calmarme. Pregunté cómo podría encontrar un taxi. Mi desesperación debe haber sido obvia y ofrecieron marcarle a un Uber por mí. Finalmente llegó el coche. Una mujer estaba manejando. Le conté lo que había pasado. “Tengo que salir de esta ciudad,” me dijo. “No puedo más. Hay mucha gente mala aquí”. Se llama Olga. Dos semanas antes había encontrado una persona en condiciones similares a las mías. La policía le había quitado su coche. Ella misma dijo que había tenido una experiencia muy perturbadora con unos policías que la habían levantado e intimidado. Es madre soltera, pero estaba separada de sus hijos. Vivía con ellos en los Estados Unidos cuando su mamá, quien reside en México, se enfermó. Ella regresó para atenderla, pero hubo un problema con su documentación y no la dejaban regresar. Sus hijos estaban con familiares en San Diego. Ahora vagaba por las calles de Tijuana, prestando servicios de transporte a través de Uber, esperando una oportunidad para regresar. Es cristiana. Me compró una hamburguesa y no me cobró el viaje, que había sido largo entre la serranía nocturna de Tijuana. Creo que pensaba que si rescataba suficientes personas en los baldíos de Tijuana, Dios la dejaría regresar con sus hijos. Finalmente me dejó en un hotel cerca del centro. A la mañana siguiente seguía en alto estado de
pánico y paranoia pero quería seguir con la caminata por el lado de San Diego. Compré un celular y recuperé el número que me habían quitado. Fui a comprar un IPhone en San Diego y me instalé en el Border Inn en el lado estadounidense del cruce de San Ysidro, ya sintiéndome algo más seguro por estar del otro lado. Metí el chip en mi nuevo celular y esperaba que mi ánimo y la situación se fueran normalizando. Había tomado las fotos del viaje con mi celular extraviado y quería saber si seguían en mi ICloud. Había sido obligado a pasar mi contraseña con la ayuda de un rifle de asalto como mnemotecnia. Al momento de entrar en mi ICloud recibí un aviso de que otra persona estaba intentando acceder. En este momento me di cuenta que al momento de meter mi chip en un Smartphone yo era rastreable para las personas que ya tenían mi celular. Tuve un ataque de pánico y estuve a punto de simplemente destruir mi nuevo IPhone. Lo dejé en el cuarto del hotel y hui a la calle. Decidí que era tiempo de hablar con un policía y me dirigí casi corriendo hacia el cruce fronterizo, que me pareció en ese momento, con tanta gente uniformada, el lugar más seguro donde podría estar. Me acerqué a un joven estadounidense en uniforme. Le expliqué que era periodista, que había sido asaltado en Tijuana y que estaban rastreando mi teléfono por medio del GPS. Me dijo que él no podía hacer nada y me dirigió a
un miembro del Border Patrol que iba saliendo del edificio en el cruce fronterizo, una fortaleza de concreto. “Soy un periodista, ayer fui asaltado por el narco y ahora me están rastreando por mi celular, ¿qué hago?” le dije mientras intentaba sacar una tarjeta. “Aleja tus manos de tus bolsas,” me espetó metiendo sus manos hacia sus cinturón de armas. Me dijo que debería ir a ver a la policía en Tijuana para hacer una denuncia. “La ‘Border Patrol’, muy buenos para separar a las madres de sus hijos pero al momento que la delincuencia organizada te está persiguiendo, como periodista ni existes,” pensé. Decidí abandonar la caminata, aunque las elecciones estadounidenses se avecinaban y regresar a la Ciudad de México. Llamé a Olga del Uber, la buena samaritana, sin cuyo apoyo no habría aguantando esta parte del viaje. Crucé a pie a Tijuana donde ella me esperaba. Me dijo que ya vería cómo Dios me iba hacer terminar este proyecto. Me llevó al aeropuerto y no me dejó pagar.
VII. Introducción
Seis meses después en abril del 2021 salí de nuevo del aeropuerto de Tijuana temprano en la mañana para terminar la parte de San Diego. Me metí en la fila de cientos de personas cruzando a pie a los Estados Unidos. Dijeron que tardaríamos alrededor de una hora y media hasta poder pasar.
Justo frente a mí en la fila peatonal entre Tijuana y San Diego estaba un pandillero. Su cabeza rapada, su playera de básquetbol azul, sus brazos llenos de tatuajes y músculos, todo parecía indicar alguna afiliación chola. Agarraba su celular en ambas manos, siempre se paraba con su espalda contra alguna pared o columna. Hacía box de sombra, o se paraba a hacer pullups con la rama de un árbol. Sentí que para él esta fila entre ambos países era un campo de entrenamiento. Se afilaba como navaja. Estuvimos parados ahí alrededor de una hora y media. La fila daba vuelta entre los coches y una hilera de tiendas de farmacias, comida y souvenirs. Vendedores buscaban las sombras para sentarse con sus mercancías contra las rejas. Músicos solitarios tocaban las melodías de la frontera. Un mar de coches avanzaba lentamente bajo el sol imperante hacia las casillas que dan entrada a los Estados Unidos. En algún nivel microscópico el polvo vibraba por el run run de los motores. En la distancia se paraban las astas con banderas estadounidenses flotando en el aire. Había personas moviendo niños por la fila como si estuvieran colocándolos. Llegamos al primer filtro. Un oficial del Border Patrol estadounidense, blanco, recto, serio, estaba revisando los documentos de la gente en la fila y preguntándoles qué iban a hacer del otro lado. El cholo se acercó al oficial, miró
20 hacia abajo y puso sus manos sobre sus bolsillos. Dijo en una voz como si le hubieran cortado la garganta: “No tengo mis documentos, perdí mi cartera”. El oficial le dejaba pasar sin mayores indagaciones. Luego paró a la joven familia con dos niños que estaban formados entre el cholo y yo, y los separaron para cuestionarlos. A mí me dejaron pasar sin preguntas. La aduana parecía una fábrica pintada en colores de gris rojo, gris y gris azul alto e inapelable. El cholo desapareció entre las filas frente a las casillas de las aduanas estadounidenses en el brutal gris concreto del edificio. Luego lo vi ya muy adelante de mí pasando por la salida hacia San Diego, veloz y alegre.
VIII.
El segundo día amanecí de mal humor y con dolor muscular por la vacuna. Corté por unos cerros hacia un suburbio. Ya tenía sed y buscaba una tienda. Vi una enorme escuela secundaria y pensé que seguramente habría algo para tomar cerca. Toqué el vidrio de un auditorio para preguntar. Un señor vestido en ropa deportiva caminó hacia mí detrás del vidrio de la puerta. Me dijo que no había nada ahí, ni una máquina de refrescos con un tono irónico. La tienda más cercana era un Wal-Mart, a 40 minutos caminando en lo que era para mí la dirección equivocada. “No tenemos mucho aquí, la escuela, las pistas de aterrizaje y una gran prisión,” dijo. Algo en el énfasis sobre la palabra prisión me hizo pensar que me estaba advirtiendo. Más adelante por los yonques y el aeropuerto, una persona que estaba atendiendo un food truck me regaló varios burritos al cerrar. En la cantina solitaria de Brown Airfield me vieron entrar en una forma gruñona y distante. Pasé por los yonques y los uniformes suburbios de Otay, sin gente en la calle y quienes me veían parecían estar esquivándome a distancia. Esto dificultó preguntar por las direcciones. Finalmente llegué al acaudalado fraccionamiento de Eastlake. Era de noche y caminé sobre un listón de concreto al lado de las anchas avenidas con sus guirnaldas de árboles y flores. No había tiendas, ni
bancos, ni baños, ni fuentes. Llegué a un hotel de 4 o 5 estrellas, ya desesperado. Esa noche consideré seriamente abandonar el proyecto. Era más caro de lo que esperaba, incómodo, deprimente e inseguro. La siguiente mañana amanecí determinado a continuar. Salí hacia el reservorio de Eastlake, paseando por el agua sobre trails impecables. Era un día hermoso. Vi pocas personas y los que encontraba en la distancia siempre se alejaban. Caminando de regreso se detuvo una van blanca al lado de la avenida de regreso, justo donde empieza la construcción. Salió un oficial del Border Patrol y caminó hacia mí, sus manos sobre su cinturón, con un paso parecido al de un gatillero en el viejo oeste. “No debe estar caminando por esta avenida, es peligroso aquí,” me dijo en tono amable, pero se sentía un poco falso. “Un ciudadano preocupado nos marcó”. Yo le contesté que era periodista y me encontraba haciendo un reportaje para la radio holandesa. Me pidió mi pasaporte. Saqué un Border Card, se sorprendió.
Le pregunté si podía hacerle una breve entrevista, la rechazó, mientras se apuraba para regresar a su van blanca que carecía de cromática que indicara que se trataba de una patrulla.
IX.
Encontré a Michael en una silla de ruedas con dos banderas estadounidenses por un estacionamiento en Casa de Oro. No había hablado mucho con la gente en los primeros días de esta caminata. Crucé unos desérticos cerros, cortando hacia el norte. Había amortiguado mi sed en los reservorios de agua de Sweetwater y visto venados corriendo debajo de los fraccionamientos. Pero realmente mi caminata a Casa de Oro había sido bastante solitaria. “Pensé que me ibas a pedir un cigarro,” me dijo Michael, su pelo largo y gris. “Esto es lo que normalmente dicen cuando se acercan. ‘¿Hey man, got a cigarette?’”. Casa de Oro era un strip por Mount Helix, consiste de un par de kilómetros de salones de tatuajes,
restaurantes étnicos, vape shops y strip malls. Después de los suburbios era un paraíso. No tan bonito, pero bueno y barato. Había visto a Michael ahí en su silla de ruedas en el parking vacío de un strip mall en la mañana, como si estuviera estacionado en un coche. Michael me contó que había entrado a los marinos a los 17 años en los setentas. Era tiempo de paz y no había estado en combate. Luego la falta de rumbo y la drogadicción habían descarrilado su vida. Llevaba treinta años siendo indigente. Al final el Veterans Administration le había conseguido una casa pero hacía poco lo había desalojado el dueño. “Lo peor de ser indigente son las otras personas indigentes,” dijo. “Yo odio a la gente que miente y roba”. Sin embargo era vivaz y amable. Me dijo que los policías no me podrían pedir mi pasaporte. Me llamó la atención la formalidad de su sentido de derechos, comparado con México. También era notable el hecho de que él entendía que su condición era consecuencia de sus propios errores. En los Estados
21 Unidos la riqueza es la norma y la pobreza es anormal, una caída de gracia. Después pasé por el largo e intrincado oriente de San Diego por lugares como El Cajon, Santee, Poway y Vista cruzando por la serranía de Scripps Ranch. Había divagado de uno a otro strip mall y motel entre los cerros y valles del interior de San Diego. Un día me vi en un espejo y entendía que yo era el zombi, quemado y cojo. Sabía que la gente pensaba que yo era homeless cuando me veían caminar con mi mochila. Llegué finalmente a la playa. Quise comprar unos souvenirs. Al momento de querer pagar resultó que mi tarjeta de débito estaba bloqueada. Tenía alrededor de cuatro dólares en efectivo. Intenté sacar dinero del cajero pero no pude. Quedé varado sin dinero. Empecé a caminar lo más rápido que pude al hotel que había reservado por la costa. Gasté mis últimos dólares en un café pequeño, lo más barato del menú en una sucursal de Angelo ‘s Burgers para poder usar el baño. Ya tenía periostitis en ambas espinillas por caminar tan rápido sobre el asfalto. Al intentar hospedarme ya muy tarde resultó que mi reservación había sido cancelada. Le pedí a una amiga que me reservará un cuarto en otro hotel cercano, el Quality Inn. Llegué al enorme hotel que tenía pinta de bodega industrial. La puerta estaba cerrada y la recepcionista no aparecía. Después de gritar y golpear durante un tiempo finalmente me cansé y decidí dormirme ahí hasta que llegara alguien. Justo estaba durmiendo sobre el tapete de bienvenida del hotel cuando escuché que un coche se estacionaba al lado mío. Salió un policía muy joven y amable, como personaje de algún sitcom. Me preguntó si estaba bien. Le expliqué la situación y me dijo que no había mucho que hacer más que dormir afuera. Dijo que le gustó mi sitio de internet mientras avanzaba hacia su patrulla dejándome en este estacionamiento a las dos de la mañana. Finalmente decidí dormir en la playa. Llegué en la oscuridad por las alcantarillas frente al mar. Bajé hacia las líneas blancas del oleaje sobre la playa. Busqué lo que pensé sería un buen lugar para dormir arriba de unas rocas. Empecé a
acomodarme. Luego vi que ya había alguien durmiendo ahí en un sleeping. El mejor lugar ya estaba tomado.
X.
Desperté por dos surfistas que llegaron a la playa antes del amanecer. Miraban hacia el oleaje mientras hacían estiramientos, vestidos en sus wetsuits y con sus tablas volteadas sobre la arena.. Da testimonio a mi estado de ánimo que los vi casi religiosos, como monjes de algún exótico culto al mar. Pasé sin dinero por la costa hacia el sur en el grisáceo amanecer. Finalmente y gracias a un surfista amigo de mi hermano logré conseguir fondos para seguir. Pero ya los días y noches en la intemperie me habían cansado y el dolor del periostitis macheteaba en contra de mis espinillas. Caminé cada vez más lento. Yo me tomaba muy en serio eso de llegar a todos lados a pie pero finalmente en el vasto e incaminable campus de la Universidad de San Diego en La Jolla me di por vencido, arrastrándome hacia la parada de un camión. Llegué al ITH Beach Bungalo Surf Hostal en Pacific Beach como zombi. A penas podría caminar. Mi ropa apestaba. Mi piel estaba quemada y despellejándose. Y más que nada estaba muy sacado de onda por haber fracasado en mi intención de caminar toda la orilla de San Diego. Cargaba nada más una mochila llena de ropa sucia.
Me trataron con cierto susto y compasión cuando entré al área común con su mesa de madera y sus tasas de café, jóvenes sentados sobre los bancos. Subí a las literas arriba y dormí como una piedra. El hostal tenía una suerte de terraza frente al malecón pedestre frente a la playa. Al siguiente día nada más me asomé para ir al mar, donde me quedé con los pies maltratados en el oleaje, un par de horas. Pensé que era una de las sensaciones más agradables de mi vida, el jalón del agua fría y la ríspida arena. Pasé el resto del día en mi litera mientras paseaban los jóvenes surfistas en sus distintas modalidades de fiesta. Playeras, shorts, tatuajes, conversaciones de drogas, chela y chisme, se mezclaban en la semioscuridad del dormitorio. Finalmente la segunda mañana amanecí algo recuperado. Saqué mi micrófono y me presenté como periodista. Reaccionaron con sorpresa, pensaron que era homeless. Fui preguntándoles de la ciudad y el lugar. En general el propósito de su presencia en este sitio era muy claro, iban de fiesta. Por ejemplo, iban a tener una fiesta de lencería el siguiente día. Tomaban la idea de fiestas alrededor de fogatas en la playa muy en serio. Pronto me bautizaron como Beach Bungalow Reporter. En la noche, mientras jugaban beer pong en la terraza, me senté por la fogata y por donde pasaban
los viajeros para sentarse en los sillones. “Ya viste qué tan rápido puedes ser homeless aquí,” dijo un joven programador. “Tú llegaste a San Diego como viajero, que es básicamente alguien sin techo con dinero, y en una semana te convertiste en homeless”. Entre los surfistas, programadores y músicos que pasaron ante las llamas y quienes contamos nuestras historias hubo un wilderness trainer, Lykos, rechoncho y animado. Él iba con jóvenes al desierto por periodos de seis semanas. Tenían que sobrevivir por sus propios medios. Le dije que eso me parecía muy interesante. Yo estaba haciendo un proyecto de caminar alrededor de una ciudad pero sentía que era muy malo en ello. Me perdía todo el tiempo, me dejaba agarrar por la noche, me quedaba sin agua, tenía lesiones, me metía en situaciones peligrosas, era claro que necesitaba un curso de esos. Me dijo que enseñaban un triángulo de planeación a los jóvenes. Tenían que plantear tres cosas: dónde, cómo y cuándo tenían que llegar seguros. Con base en eso planeaban sus movimientos. Me dijo que si estuviera haciendo un proyecto como el mío haría una pirámide de necesidades y haría una serie de planes para cada necesidad. Recomendó cocer un rastrillo, una llave para esposas y un hilo de diamante atrás del pantalón como el que llevaba en todos sus pantalones.
22 justo al lado de donde me vacuné. De repente me di cuenta que ya había cumplido, en el grado posible, con mi intención de hacer todo este proyecto a pie. Sentí un enorme sentido de liberación. En este momento chequé mi celular y mi tarjeta estaba desbloqueada. Estaba libre. Dos hombres afroamericanos estaban sentados en una mesa en el parque, con un cartón de cerveza, rapeando con una bocina. “Get cut up late night in TJ on the freeway gonna fly south”.
XII.
Sacó fluidamente una navaja que abrió con un clic mecánico. Siempre tenía dos navajas, una muy plana colgada por su cuello, así era más fácil pasar por las aduanas. Iba a hacer un curso en sexo tántrico en Costa Rica en un par de semanas. Me recomendó usar Gaia GPS para mis proyectos, consejo que he seguido. Sentí que esa era una conversación que debería haber tenido hace mucho tiempo. Sin embargo me di cuenta que con su metodología sería imposible hacer este proyecto porqué nunca pasaría de la fase de planeación, simplemente el análisis de riesgo sería una tesis de doctorado. Además difícilmente me lo podría imaginar con su actitud pasando por la orilla de una ciudad mexicana aunque él me dijo que tenía una técnica, con la cual podría pasar casi invisible. Me dio varios consejos. Sentí mi orgullo un poco restaurado en mi papel de Beach Bungalow Reporter. Ya me faltaba poco. Estaba ansioso por terminar.
XI.
Salí del hotel sobre Broadway en Chula Vista listo para terminar de caminar alrededor de San Diego. La
avenida era un largo strip mall y los foodtrucks todavía no habían abierto. A veces se veían low riders como joyas sobre las anchas planchas de asfalto y graffitis con temas mexicanos. El barrio parecía algo delictivo pero lo prefería a los suburbios, al menos había tiendas. Ubiqué un salón de tatuajes, según el más viejo de Chula Vista, con dibujos de diseños pegados sobre las paredes. Una mujer negra estaba sentada esperando sobre un banco. El tatuador estaba ocupado tatuando el hombro de un joven latino con la cabeza rapada. Se escuchaba el murmullo de la aguja. Le dije que era periodista y que quería entrevistarlo. Los tatuadores muchas veces tienen un buen sentido para el pulso de una comunidad. Todos les explican la elección de sus tatuajes. “Esto no me interesa, realmente no escucho cuando gente empiezan a hablar de sus problemas, prefiero cuando la gente se hacen tatuajes por vanidad,” dijo Lefty, el tatuador, su pelo negro ya con mechas grises. Lefty me dijo que también había pensado que era indigente cuando entré. Dijo que a veces los homeless entraban y buscaban atención. Él
pensaba que era por soledad, pero luego sus formas de buscar atención eran agresivas. El soldado, quien estaba siendo tatuado, nos escuchaba. A él le preocupaba que su tatuaje no fuera visible con una playera. Preguntó a su esposa cómo se veía. “Se ve muy bien, honey”, dijo ella acercándose. Luego el soldado le preguntó si quería hablar conmigo sobre lo que está sucediendo en el hospital. Ella era enfermera en el principal hospital estatal de San Diego. Dijo que estaban saturados con homeless que no tenían pólizas de seguro. Para la gente sin techo la única manera de acudir a servicios médicos era internándose a emergencias, donde no los podrían rechazar. “Todos piensan que son locos o drogadictos y hay muchos de esos pero cada vez vemos más gente que están indigentes por falta de recursos,” dijo la enfermera. Continué hacia el sur por la ancha avenida. Crucé un río y el otro lado del fraccionamiento me resultó familiar. Cuando fui para vacunarme había caminado al occidente y llegué a un parque que parecía un césped interminable;
Tijuana no es misteriosa. Al menos en esta caminata la orilla de la parte mexicana me parecía clara. Sus habitantes son más transparentes y más respetuosos del oficio de periodista que la gente del centro de México. Los temas que preocupan a la ciudadanía también están manifiestos en un poderoso movimiento de arte con fama internacional. Su orilla es extrema pero entendible comparada con el resto del País. San Diego, al otro lado, me parecía mucho más opaca. El arte público era naturalista y daba versiones románticas de la historia. Las personas no tienen tanto respeto para periodistas y cuesta más trabajo que se dejen entrevistar. Es un lugar que invierte mucho tiempo, dinero y agua en apariencias. Caminando por sus suburbios uno siente las floreadas y arboladas avenidas como una ilusión. Siempre están hechos de tal forma que no es fácil tocarlas. Cuando uno va caminando uno se da cuenta que no solo están diseñadas sin tomar en cuenta a los peatones, más bien están en contra de ellos. No hay bancos, no hay fuentes, no hay baños y se siente que hay una mano invisible intentando complicarles la vida. Esta experiencia es difícil rimar con la evidente opulencia de San Diego. Más que ciudad parece ser una producción. Cuando me libré tomé un Uber al lejano suroriente. Hubo un sitio que me había llamado la atención justo fuera de la mancha urbana de San Diego en Otay Mesa. Ahí en una cuadrícula enorme de desierto el gobierno estadounidense resguarda ocho instalaciones
23 penitenciarias, entre ellos un centro para migrantes, una cárcel estatal y un centro de rehabilitación para jóvenes. En Google Maps había un café, Sullivan’s Café en la mitad de la cuadrícula. Me lo imaginé lleno de parientes y custodios cambiando de turno. Pasamos por un vasto edificio rectangular. Me dijo el chofer de Uber que era una nueva planta de Amazon, iban a traer trabajadores de México por el cruce de Otay Mesa para evitar los sindicatos estadounidenses. Llegando a una barrera al lado de una caseta con un guardia paramos. El guardia nos avisó que el café estaba dentro de la cárcel. No insistí pero cuando nos dimos vuelta me paré sobre un montículo viendo la cárcel perdida en la extensa planicie. Regresamos, tenía un último sitio que visitar. Pasé por San Ysidro, donde había tenido tantos sentimientos fuertes. Tomé un Uber hacia Playas de Tijuana. Vi pasando el paisaje rudo por la muralla entre San Ysidro y el océano y estuve feliz que no lo había caminado. Tijuana ya me daba temor. Pero la playa era tan icónica para la ciudad que no tener registro fotográfico era impensable. Un haitiano manejaba y estaba muy contento en Tijuana. “Si no buscas problemas no te pasa nada aquí”, dijo mientras manejaba por la ancha avenida hacia el mar. Bajé por la playa. Mientras en San Diego muchos trataban de mostrar el cuerpo en la playa en Tijuana todos iban vestidos. El arte público era del presente y sobre la problemática actual. El ambiente era provocador. En alguna forma parecía un fotonegativo de San Diego. Lo que San Diego tiene, no tiene Tijuana. Lo que tiene Tijuana, no tiene San Diego. El conjunto playero parecía una película de ciencia ficción, la última frontera de la cultura latina. La luz del atardecer era hermosa y murales lucían imponentes por la muralla. Comí un excelente molcajete de mariscos. Músicos tocaban por la playa y jóvenes se colgaban sobre cuatrimotos. Las fachadas hacia el océano lucían espléndidas en mil colores mientras el sol bajaba por las nubes hacia el horizonte. Di por terminado mi viaje. *El proyecto Borde(R): A pie
por la orilla de Tijuana y San Diego fue posible por el apoyo del Steunfonds Freelance Journalisten del Reino de los Países Bajos. El autor quiere agradecer a Dignicraft de Tijuana y Edwin Koopman del Bureau Buitenland del VPRO Radio, Gustavo Graf y Will Aguado.
Feike de Jong es un periodista neerlandés, con 20 años de experiencia en México, especializado en temas de energía, cambio climático y urbanismo. Se puede encontrar su trabajo sobre la orilla de la Zona Conurbada del Valle de México en www.limites.mx.
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