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CONTEXTO 071121

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EL COLOR DE LA POBREZA Indígenas y marginados... una serie de reportajes sobre la cotidianeidad de los pueblos que siguen vivos a pesar de siglos de colonialismo y exclusión, que buscan aportar elementos de diálogo para entender quiénes somos, pero sobre todo, cómo podemos imaginar otras formas de encontrarnos y cohabitar


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3 LETRAS DE MAQUÍO

Durante su trayectoria política y empresarial, Manuel “Maquío” Clouthier escribió numerosos artículos de opinión, que se publicaron en su momento en el diario El Universal y en los que vertió conceptos y reflexiones que continúan vigentes hoy más que nunca. Por eso en Noroeste iremos replicando algunos de esos escritos.

Ponerse el huarache antes de espinarse MANUEL CLOUTHIER DEL RINCÓN

E

l otro día, un ex dirigente empresarial me decía que era importante que fuera viendo la forma en cómo me iba a defender de los múltiples ataques que voy a recibir tan pronto como deje la presidencia del CCE, el próximo 10 de junio. Parece ser que algunos funcionarios, partidos políticos, periodistas, etcétera, tienen la costumbre de ensañarse sádicamente con aquellos que hemos tenido la osadía de manifestar nuestras convicciones. Por otro lado, algunos resentidos, quizá por su mediocridad, pueden ver en mi persona y mi trayectoria una amenaza a sus no muy lícitos intereses y piensen que el puesto es el que hace al hombre, cuando la realidad es otra. El hombre de convicciones es y será siempre el mismo, independientemente de dónde se encuentre situado. Como confirmación del sabio consejo de mi amigo, he sentido últimamente ataques de periodistas, gatilleros intelectuales de la mala noche, que han pretendido desatar una campaña difamatoria en contra de mi persona porque asistí hace algunos días a una reunión en Snowbird Utah. Empezaré por dejar asentado que fui invitado, al igual que el director del Banco de México, quien a última hora mandó en su representación al subdirector, porque él tenía dificultades con el nuevo sindicato de esa organización. También fue invitado el secretario de SECOFIN, pero tampoco pudo asistir y mandó a un representante. Además, asistió el director del IMCE. Así, pues, fueron invitados altos funcionarios del Gobierno mexicano que, inclusive, me felicitaron por mi intervención en el Seminario. No hubo entonces nada secreto. Sí fue en el exterior y había también representantes del Fondo Monetario Internacional y del gobierno norteamericano. Hago la anterior declaración porque ahora se pretende hacer creer a la opinión pública que asistí en forma secreta a una reunión de carácter subversivo. Por alguna razón inconfesable hay personas que critican acremente las acciones de otros y justifican las propias, aunque sean similares. Trataré de explicarme. En la pasada campaña electoral para elegir

al Presidente de la República, fui invitado, en Culiacán, mi lugar de origen, a una reunión de consulta popular sobre el abasto de productos básicos. Ya ubicado en mi lugar, en la enorme mesa redonda, pude darme cuenta de que se encontraba participando, al igual que yo, el comandante Jaime Weelock, del Frente Sandinista Nicaragüense. (Yo conocí y platiqué largamente con el comandante Weelock, jefe de la Reforma Agraria en Nicaragua cuando asistí a ese país hace un año, por lo que me fue fácil identificarlo). Mi pregunta es: ¿por qué el PRI sí puede, inclusive, sentar en sus mesas de discusiones políticas a funcionarios de otros países y yo no puedo asistir, en compañía de otros empresarios y funcionarios de nuestra nación, a platicar sobre la forma de acrecentar nuestras relaciones comerciales con el país con que mantenemos la mayor parte de nuestras exportaciones? A lo largo de mi vida, por ser luchador y pretender ser congruente con mis convicciones, he sido difamado, calumniado en múltiples ocasiones; también he sido objeto de amenazas de algunos miembros del sector público que equivocan su autoridad y la utilizan para amedrentar al ciudadano en lugar de servirlo. A los primeros les recuerdo que existen aves que cruzan el pantano y no se manchan. Si algo hubiera que pudiera ser catalogado fuera de la ley en mi proceder, tiempo hace que se me hubiera acusado; si permanezco incólume es por algo. A los segundos les diré que el entrenamiento que uno recibe como líder empresarial es el del toro de lidia. Entre más nos piquen, más embestimos. Jamás he tenido guarura, jamás he andado armado. El miedo, aunque lo conozco, no me domina. La amenaza y la calumnia son armas de los cobardes y estos, más que atemorizarme, me inspiran compasión y lástima. Reanudo, pues, mi vida en los negocios con la frente en alto y la firme convicción de que, como me lo dijera en alguna ocasión la mayor de mis hijas, citando a Saint-Exupéry: “Sólo vale la pena por aquello que se está dispuesto a morir”. Jueves 2 de junio, 1983.

MANUEL CLOUTHIER DEL RINCÓN

A lo largo de mi vida, por ser luchador y pretender ser congruente con mis convicciones, he sido difamado, calumniado en múltiples ocasiones; también he sido objeto de amenazas de algunos miembros del sector público que equivocan su autoridad y la utilizan para amedrentar al ciudadano en lugar de servirlo. A los primeros les recuerdo que existen aves que cruzan el pantano y no se manchan.


MARGINACIÓN

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EL COLOR DE LA POBREZA Esta es una serie de reportajes sobre la cotidianeidad de pueblos que siguen vivos a pesar de siglos de colonialismo y exclusión, y que buscan aportar elementos de diálogo para entender quiénes somos, pero sobre todo, cómo podemos imaginar otras formas de encontrarnos y cohabitar F U N D A C I Ó N W . K . K E L L O G G ( W K K F )

H

ace dos siglos, cuando México nació como estado independiente, la mitad de la población del País pertenecía a un grupo indígena. Ahora, apenas llegan al 13 por ciento. Y de los 68 pueblos originarios que aún habitan el territorio mexicano, 23 están en riesgo de desaparecer. Se trata de un exterminio lento y por la vía del abandono. Porque a pesar de que la narrativa oficial presume nuestra multiculturalidad étnica, el Estado mexicano jamás ha tenido políticas para hacerla valer. En junio de 2017 el Instituto Nacional de Geografía y Estadística publicó una encuesta que por primera vez incluyó el factor étnico en las condiciones socioeconómicas de la población. La encuesta mostró lo que algunos llamaron “nuestra pigmentocracia”, es decir, que el color de piel determina la educación que recibimos, los trabajos que desempeñamos y los salarios que percibimos. De ahí surgió la pregunta de arranque de este trabajo: ¿La pobreza en México tiene un color? El proyecto implicó una amplia discusión entre reporteros y


5 fotógrafos de distintas regiones del país, que desde el periodismo nos cuestionamos lo poco que sabemos de los pueblos con los que cohabitamos: ¿Quiénes son los yumanos que dieron nombre a las cervezas que tomamos? ¿Qué hacen los rarámuirs cuando no están corriendo maratones? ¿En qué trabajan los mayas del siglo 21? Nos planteamos el ambicioso intento de narrar las distintas identidades en una época en que las definiciones identitarias sexuales, étnicas-raciales, nacionalistas, se confrontan, resquebrajan y diluyen. ¿Cómo contar las reivindicaciones, las reexistencias colectivas de pueblos olvidados por sus propios integrantes? ¿Cómo desactivar los filtros ideológicos preconfigurados desde nuestra educación nacionalista, clasista, que dicta que México es un solo pueblo y no un país con varios pueblos? Encontramos respuestas acompañando a un historiador maya, amante del equipo de futbol inglés, al Museo de las Culturas Mayas. Acompañando a una mujer triqui en su boda. Buscando las huellas que dejaron en cuevas los pobladores de Baja California hace 8 mil años con un grupo de cochimíes. En el camino, nos confrontamos con nuestras propias creencias de lo que “debe ser” el mundo indígena, y con la extraña y permanente sensación de estar en una casa ajena, cada vez que alguien nos decía: “ustedes, los mexicanos”. Descubrimos que sí hay una relación entre el racismo y las condiciones de marginación a las que se ha destinado a los pueblos. Que el despojo de la identidad no ha sido solo para ellos, sino para todos. Que ellos no vivieron en nuestro territorio hace miles de años, sino que viven, desde hace miles de años, en un territorio que cada vez está más ocupado. De eso se trata El Color de la Pobreza, una serie de reportajes sobre la cotidianeidad de los pueblos que siguen vivos a pesar de siglos de colonialismo y exclusión, y que buscan aportar elementos de diálogo para entender quiénes somos, pero sobre todo, cómo podemos imaginar otras formas de encontrarnos y cohabitar.

Criminalización de la montaña Mientras son criminalizados por las leyes, perseguidos por la autoridad y despojados

por los megaproyectos extractivistas, los pueblos indígenas defienden el territorio y la vida. En la sierra Tarahumara, los rarámuris de Bakeachi, Mogotavo, Huetosachi y Bakajipare lograron la recuperación de su territorio, luego de una batalla legal de 25 años. En la montaña de Guerrero, los me´phaa y los na savi cuidan la vida comunitaria para defenderse y resistir la invasión militar y de mineras 1.- Desde el manantial de las resistencias

En la montaña de Guerrero, la educación se da no solo en el surco sino en las asambleas, en los espacios lúdicos de las fiestas y en las trincheras donde se defienden los derechos colectivos. La comunidad es el eje que articula las relaciones familiares y las alianzas con los vecinos Abel Barrera, director del Centro de Derechos Humanos de la Montaña Tlachinollan TLAPA, Guerrero._ En la montaña donde nacen los ríos que bañan las tierras ariscas de la sierra y la costa de Guerrero, se forjan los hombres y mujeres que han aprendido desde su nacimiento que la tierra es sagrada, que es nuestro vientre donde se gesta la vida comunitaria. Es el hábitat milenario donde ha florecido la cultura del don y un modo de vida basado en la igualdad y la reciprocidad. La educación se da no solo en el surco si no en las asambleas, en los

espacios lúdicos de las fiestas y en las trincheras donde se defienden los derechos colectivos. La comunidad es el eje que articula las relaciones familiares y las alianzas con los vecinos. Se establecen vínculos de hermandad cuando los comisarios llegan como peregrinos y como principales a los eventos religiosos y políticos que le dan identidad a los pueblos. La milpa es la planta civilizadora que nutre a la vida comunitaria, el ciclo agrícola del maíz marca la pauta para el ciclo ritual. Las ofrendas en el cerro son los dones más sagrados de las potencias de la naturaleza que protegen a sus hijos e hijas. Los cerros altivos son los cerros vigías, los guardianes de la comunidad, los que protegen a la población de los granizales y ventarrones. Son las figuras señeras que le dan fortaleza a la comunidad para defenderse de los poderes malignos de quienes usurpan los bienes del pueblo. En la montaña donde habita el jaguar, también se ha forjado el

carácter recio de los caballeros águilas, de los comisarios tigres, de las señoras nubes, de las doncellas del viento, de las sabias y sabios que interpretan las señales del universo y saben apaciguar la furia de los huracanes. Con ese temple, los defensores y defensoras comunitarios levantan su acero con el puño de la dignidad para impedir la entrada de las mineras. Por su corazón comunitario son catalogados por los malos gobiernos como delincuentes de alta peligrosidad. Les fabrican delitos y los confinan a penales de alta seguridad al lado de los capos del narcotráfico. La perversidad del poder es mostrarlos como personajes siniestros con el fin de doblegarlos, de que claudiquen en sus ideales y que la población se desmovilice. Quienes defienden la tierra, como Marco Antonio Suastegui y los presos de las Comunidades Opositoras a la presa la Parota, han tenido que enfrentar al aparato represivo del estado para proteger


6 el patrimonio de las futuras generaciones. Son hombres y mujeres que aman la tierra, que saborean los frutos, que cosechan con el sudor de sus frentes, que conocen los secretos de la naturaleza, que aguardan los saberes milenarios y que han logrado ser autosuficientes para mantener un estándar de vida digno de los hombres y mujeres del campo. Por eso las rejas no han impedido que su espíritu libertario rompa las cadenas de la injusticia y de las políticas discriminatorias. Las mujeres han sido dignas herederas de una cultura que reconoce el lado femenino de la vida comunitaria. Su lucha silenciosa es el arma secreta que mantiene viva la memoria de los antepasados. Son las pedagogas que han sabido cargar con ternura a los pequeños tesoros del pueblo y que han aprendido a cultivar la lengua materna porque saben que es el código de la resistencia. Ellas siempre están en la primera línea de la vida comunitaria, su fidelidad no tiene límites, su valor pasa las pruebas más difíciles de la vida. Pelean incansablemente y guardan en su corazón las experiencias más gratas que saben transmitir a sus hijos e hijas para que nunca traicionen a su pueblo. Este manantial de la vida comunitaria corre por las venas agrestes de una montaña indómita que resiste y se revela, que lucha y que interpela al poder, que no se agreda y que está siempre dispuesta a dar la batalla para que habite la justicia en las cañadas del olvido.

2.- Entre la transformación y el despojo

La Sierra Tarahumara ha sido poblada, históricamente, por diversas comunidades indígenas, quienes en décadas recientes han visto cómo se ha transformado su espacio de vida de manera progresiva debido a la puesta en marcha de proyectos modernizadores -como el turismo y los megaproyectos extractivos- sin consulta previa. Esta situación ha creado graves conflictos sociales en la región, debido a una minimización sistemática de los intereses de los pueblos y la apropiación privada del territorio

Bawerasa: Haciendo camino Para la asociación civil Bowerasa, la sentencia judicial que reconoce a la comunidad

Bakeachi, propietaria legítima de 7 mil 700 hectáreas, no tiene precedente en el País. La lucha de la comunidad no sólo es por la recuperación de su territorio, sino por la defensa de sus usos y costumbres, por sus mujeres, por su dignidad, en la búsqueda de la justicia Estela Ángeles Mondragón Integrante de la Asociación Civil Bowerasa

CHIHUAHUA._ Quería iniciar con la palabra Bowerasa, que significa “haciendo camino”. Lo que significó hacer camino con los Bakeachi. Lo que significó para todos ser escuchados. Caminar junto a los Bakeachi fue ir contra sus agresores y contra las autoridades que estaban obligadas a protegerlos. Para la asociación civil Bowerasa la sentencia judicial que reconoce a la comunidad Bakeachi , en el municipio de Carichí, Chihuahua, como propietaria legítima de 7 mil 700 hectáreas no tiene precedente en el país. Así como el triunfo de los 33 juicios ganados en todas las instancias a través de más de 25 años de lucha. No tenemos conocimiento de que exista algún Pueblo Indígena que haya ganado en Tribunales más de 30 juicios, aunado a la recuperación del territorio invadido. El Ejido Bakeachi fue creado por Resolución Presidencial de fecha primero de marzo de 1928, siendo dotado con 44,784 hectáreas, las cuales fueron ejecutadas en su totalidad el 28 de junio 1928.

Durante su existencia jurídica ha sufrido invasiones por parte de ganaderos mestizos de los municipios de Carichí y Nonoava, Chihuahua, con todas sus implicaciones: abusos, maltratos, violaciones, vejaciones y privaciones de la libertad para quien se atrevía a enfrentarlos o contradecirlos. En el año de 1995 empieza la tarea de demandar a 11 ganaderos del municipio de Nonoava, Chihuahua, a través del juicio 79/95, estando involucradas 7,695 hectáreas invadidas, el cual después de 20 años se resolvió favorablemente para el Ejido Bakeachi, quedando firme en todos sus términos. En el año 2006, el Ejido Bakeachi fue demandado por 32 ganaderos del municipio de Carichí, Chihuahua, quienes asesorados por la Procuraduría Agraria, demandaron entre otras cosas, el reconocimiento como ejidatarios con todos los derechos inherentes a su calidad, además demandaban como pequeños propietarios para que respetaran sus ranchos ganaderos (estaban invadiendo aproximadamente 22 mil hectáreas).

De los 32 juicios interpuestos, se resolvieron todos a favor del Ejido Bakeachi, los cuales han sido ejecutados, desalojando a los 32 invasores de Bakeachi, terreno que en la actualidad está siendo usufructuado por la Comunidad de Bakeachi en su totalidad. Para la Comunidad indígena de Bakeachi, la lucha no solo es por la recuperación de su territorio, sino por la defensa de sus usos y costumbres, por sus mujeres, por su dignidad, en la búsqueda de la justicia. Como defensora de derechos Humanos de los Pueblos Indígenas, la lucha del pueblo de Bakeachi, demostró que cuando se tiene confianza en la justicia y el derecho, se logra lo que la Comunidad ha obtenido a través de más de 100 años de lucha, por lo que aquí se concreta la frase: “El tiempo terminará por ubicar a cada quien en su sitio, los gracos y los espartacos de todos los pueblos, necesitan de la paciente elaboración de los siglos para que Temis, la diosa de la justicia y Clio, musa de la historia pronuncien su veredicto”. Waru Matetera Ba (muchas gracias).


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Mogotavo y Huetosachi: Paradojas del turismo A partir de la década de los 90, los gobiernos de Chihuahua

y federal comenzaron a visualizar a la Sierra Tarahumara como un territorio potencial para el desarrollo turístico y se formalizó un programa de inversión pública, conocido como Plan Maestro Barrancas del Cobre. El gran patrimonio natural e histórico de la zona atrajo a grandes intereses económicos, afectando a las diferentes comunidades indígenas que viven ahí desde tiempos ancestrales

Rafael Rodríguez, Horacio Almanza y Rafael Guerrero

“En algún lugar de este mundo quiero que la voz de mi pueblo indio sea oída, no importa cuán pequeño sea el grupo todos tienen derecho a ser quienes son”. Wetosachi es una comunidad rarámuri en el municipio de Urique. No importando que tuvieran ocupación sobre su territorio, el gobierno otorgó sus tierras en propiedad a un particular local. En 1945, un mestizo solicitó reconocimiento como propiedad privada, y en 1952 se le otorga. Ocho años después este le vende el predio a un hotelero originario de Sinaloa, quien en 1979 lo vende a su vez a los hermanos Elías Madero, quienes poseyeron el título hasta que se da el conflicto en 2008. Ninguno de estos particulares tuvo ninguna objeción en adquirir terrenos con ocupación indígena. La comunidad de Wetosachi continuó su vida normal; los hermanos Elías Madero, no mostraron ningún interés

en usufructuarlas hasta que en el 2008 se anuncia la construcción de un gran parque turístico a pocos metros de su predio. El guardia del parque fue instruido para presionar a la comunidad con el fin de que desalojaran el terreno, lo cual realizó a través de la clausura de caminos y el hostigamiento verbal. La comunidad encontró asesoría jurídica en una asociación civil con enfoque en derechos humanos y llevó el caso a medios de comunicación con el fin de dar conocer su situación a la opinión pública. Al mismo tiempo, interpusieron una demanda ante los tribunales por la vía civil, exigiendo el reconocimiento de su derecho a la consulta y al territorio. En el transcurso, se tejieron redes con otras comunidades en lucha y visibilizaban sus luchas ante la opinión pública y ante instancias como el Senado de México y la Comisión Interamericana de Derechos Humanos.

Ante un primer fallo adverso a la comunidad, se apela y, en una instancia más elevada, recibe un fallo favorable en febrero de 2014. La sentencia reconoce a la comunidad su derecho al territorio por lo que obtienen en propiedad las tierras que tenían en posesión. Adicionalmente logran la orden de restituir el desaparecido Consejo Consultivo Barrancas del Cobre, como instancia de participación de distintos actores con injerencia en la zona de inversión. Mogotavo es una comunidad indígena con posesión ancestral de su territorio. Su solicitud de dotación ejidal y sus demandas de revisión fueron sistemáticamente negadas con el argumento de que, dada la supuesta “dispersión” en su patrón de asentamiento, no existían como asentamiento humano. De manera paralela, Indalecio Sandoval, un particular vinculado al gobierno, solicitaba le fuera asignada la propiedad privada de un predio al interior de la comunidad. En contraste a la desatención dada a la

comunidad, el gobierno le concedió el predio en relativamente poco tiempo. La comunidad buscó durante varias décadas la revisión del proceso e incluso realizó de nuevo en la década de los 80 otra solicitud de dotación. Los topógrafos dictaminaban recurrentemente que el tipo de patrón de asentamiento les invalidaba para ser considerados como una localidad que calificara para recibir dotación agraria. En el transcurso de estos esfuerzos, los descendientes de Indalecio Sandoval dos solicitudes más de asignación de propiedad privada, hasta hacer crecer su propiedad de uno a tres lotes de 500 hectáreas cada uno. En la práctica terminaron ocupando ilegalmente, inclusive tierras de propiedad nacional. En el año 2008, se anuncia la construcción del Megaproyecto Turístico Barrancas del Cobre e inicia el hostigamiento a la comunidad para que desaloje su territorio ancestral. Ivonne Sandoval, una de las y los nietos de Indalecio Sandoval que se ostentan como dueños de los predios, era secretaria de Turismo de Chihuahua en el momento en que estalla la controversia en 2008. La comunidad contaba con asesoría jurídica de un particular, pero descubrió que servía también a los intereses del gobierno del estado, por lo que fue reemplazado por la Organización Civil de Derechos Humanos “Tierra Nativa”. De esta manera, la comunidad, junto a sus nuevos asesores jurídicos, llevó la denuncia a los tribunales. Durante el proceso se dio a conocer que uno de los predios fue vendido a una inmobiliaria propiedad de un grupo políticos del Partido Revolucionario Institucional y directamente vinculados a funcionarios del gobierno en turno, incluido el hermano del ex secretario de turismo Héctor Valles Alvelais, el ex candidato a la alcaldía de Delicias Ricardo Orviz Blake y el actual Secretario Estatal del PRI, Omar Bazán, quien se presume es prestanombres del ex Senador Manlio Fabio Beltrones. La demanda por el reconocimiento del territorio ancestral ha sufrido un par de reveses, pero es previsible que la razón les sea otorgada en instancias más altas, como ha sucedido ya en los casos de las comunidades de Huetosachi y Choréachi. Phillip Deere


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Para hacer frente al problema de la lengua, los migrantes indígenas de las cinco etnias que habitan La Montaña -ñom’da nankue, me’phaa, ñuu savi, binizaa y nahuas- se organizaron para crear escuelas primarias bilingües y así, sus hijos tengan un espacio dónde estudiar sin ser discriminados

LOS MONTAÑEROS

que llegaron al mar Acapulco es la última frontera de los indígenas ñom’da nankue, me’phaa, tu´un savi y nahuas que provienen de La Montaña de Guerrero, una de las regiones más pobres del País. Por décadas han peleado por ser reconocidos en las calles del puerto turístico y desde la periferia, reclaman que sus lenguas se enseñen en la escuela para mantener su identidad. La política educativa, dicen los maestros, solo sirve para ‘desindianizar’ al País T E X T O Y F O T O S : K A U S I R E N I O P I O Q U I N T O


A

CAPULCO, Guerrero._ Caminar en las calles de la Colonia Alborada 19 es como recorrer los caminos agrestes de La Montaña guerrerense. Lodo, baches, arbustos, polvo, el zumbido de los enjambres de zancudos que vuelan a las orillas de las barrancas y la falta de servicios básicos, como médicos, agua potable, drenaje y transporte público. Las casas de esta colonia son de madera, de palapa y de lámina de cartón y una que otra de material. Las familias comparten entre ellos el trabajo comunitario, la venta de artesanías, que les provee lo necesario para subsistir en la ciudad turística y violenta. Pero más allá de la precariedad de este asentamiento indígena del puerto -mayoritariamente ñom’da nankue o amuzgo en castellano-, sus habitantes viven una constante discriminación por su forma de organizarse y hablar. “Esos montañeros que hablan raro”, le llaman en la Alborada a los indígenas de La Montaña, la región más pobre del estado y una de las más marginadas de todo el País. Para hacer frente a este problema, los migrantes indígenas de las cinco etnias que habitan La Montaña -ñom’da nankue, me’phaa, ñuu savi, binizaa y nahuas- se organizaron para crear escuelas primarias bilingües y así, sus hijos tengan un espacio dónde estudiar sin ser discriminados, donde ellos puedan hablar su lengua materna sin que nadie los menosprecie por ello. “En nuestras escuelas tratamos de enseñar nuestra lengua, para que otros niños puedan hablarla, aunque sea para saludarse entre ellos, dice la directora de la escuela primaria bilingüe indígena Acamapichtli, Antonia Yeti Vázquez. “Esta escuela es indígena y hablamos nuestra lengua materna, por eso les pedimos a los padres de familias no indígenas que nos ayuden enseñando a sus hijos el valor de la diversidad lingüística. Además, hemos hecho un esfuerzo para que todos entonemos nuestro himno nacional en lengua indígena”. Nacida en el municipio de Zitlala, en la parte baja de La Montaña, la profesora explica que en la Alborada viven en su mayoría indígenas migrantes de los municipios Metlatónoc, Cochoapa

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“Esos montañeros que hablan raro”, le llaman en la Alborada a los indígenas de La Montaña, la región más pobre del estado de Guerrero y una de las más marginadas de todo el País. el Grande, Chilapa y Zitlala, en condiciones paupérrimas. “El problema que enfrentan los paisanos es la discriminación por hablar su lengua materna. Por eso muchos de ellos ya no quieren enseñar a sus hijos su lengua, para no vivir la misma situación”. La migración de indígenas hacia Acapulco inició en los años sesenta, la época de oro del puerto, y el empuje de la construcción de hoteles en la populosa costera Miguel Alemán atraía población. A la par las comunidades de origen expulsaban a sus habitantes, por falta de servicios básicos como escuelas, centros de salud, agua potable, drenaje y empleos. Los hombres llegaron primero al llamado Paraíso del Pacífico, a construir hoteles y viviendas de interés social en la colonia Alta Progreso e Infonavit; les siguieron las mujeres, quienes se emplearon de trabajadoras domésticas. Ya con el boom del turismo se asomaron los artesanos y a todos ellos les siguieron los maestros bilingües, para fundar escuelas primarias indígenas con el fin de fortalecer la ya menguada lengua materna. En la lucha por sobrevivir en un entorno que no es el suyo, los migrantes indígenas fueron

víctimas de la policía municipal de Acapulco, que se ensañó con los comerciantes ambulantes que vendían sus artesanías. Los comerciantes que resistían al atraco policiaco eran enviados a los separos sin derecho a intérpretes. Las detenciones arbitrarias en contra de los vendedores ambulantes en la playa los llevó a organizarse en varios frentes, tanto para demandar servicios públicos para las colonias populares, como para exigir el cese al hostigamiento policiaco en contra de los comerciantes ambulantes. Así, nacieron organizaciones como Unión de Indígenas Radicados de Acapulco (UIRA), Federación de Artesanos y Comerciantes Indígenas del estado de Guerrero (FACIEG), Fondo para Indígenas Migrantes de Acapulco (FIMA), Coordinadora de Indígenas Radicados en el Municipio de Acapulco (CIRMA) y la Unión de Vendedores de Grupos Étnicos (UVGE). Varias de estas agrupaciones fueron utilizadas por los partidos políticos como el Revolucionario Institucional, de la Revolución Democrática y del Trabajo. La organización que logró mayor penetración fue la UIRA,

conformada por profesores y universitarios indígenas, al grado de que en 2002, los migrantes plantearon a los candidatos a la presidencia municipal de Acapulco la creación de una Dirección de Asuntos Indígenas para atender los problemas educativos y de salud en las colonias con población indígena. En aquel entonces, durante el proselitismo electoral, la dirigencia se acercó más al candidato del PRD, Alberto López Rosas. Al triunfo del PRD, se creó la Unidad de Asuntos Indígenas (UAI) del Ayuntamiento de Acapulco, pero sin presupuesto de operación; además, estaba subordinada a la Secretaría de Desarrollo Social. El primer jefe de la UAI, Regino Díaz López, organizó a los profesores bilingües con el fin de que encuestaran en sus centros de trabajo a los padres de familias, y así conocer la demografía indígena en Acapulco. La encuesta de la UAI de 2003 arrojó los siguientes datos: se contabilizaron 10 mil 269 indígenas migrantes, distribuidos en las siguientes etnias: nahuas, 3 mil 805; ñuu savi (pueblo mixteco), 3 mil 100; me’phaa (tlapaneco), mil 310; ñom’daa nankue (amuzgo), mil 173; binizaa (zapoteco), 364. Y otros no


10 identificados, 517. A 15 años de distancia, el actual supervisor escolar de la zona 085, Rogelio Solano Lorenzo, cuestiona el censo realizado entonces: “En el puerto de Acapulco vivimos más de 30 mil migrantes. Que no nos quieran reconocer es porque así le conviene al actual gobierno municipal. Reconocernos implica presupuesto y política pública diseñada para atender las demandas históricas de los indígenas”. Agrega: “En la colonia Ampliación Unidos por Guerrero, desde 2004 pedimos que nos reconocieran nuestra comisaría que impulsamos por usos y costumbres, y no lo hicieron. El actual senador por Morena, Félix Salgado Macedonio, cuando fue candidato a la alcaldía hizo la promesa, pero no cumplió; lo que sí hizo fue dividir la colonia y el proyecto terminó en Comité Ciudadano Indígena, ahora controlado por mestizos”.

En las escuelas indígenas tratan de enseñar su lengua, para que otros niños puedan hablarla, aunque sea para saludarse entre ellos.

La desindianización educativa

Después de recorrer en su coche las calles angostas de la Colonia Nueva Generación, por fin Rogelio Solano llega a la Escuela Primaria Bilingüe Indígena, Cuitláhuac. La fachada del plantel se ve como cualquier otra casa, ni siquiera el nombre de la escuela aparece en la pared. Un policía solitario resguarda la puerta del edificio con un tolete. - Cómo ves, esta colonia es parecida a la comunidad de Joya Real, municipio de Metlatónoc, por sus calles y la falta de servicios públicos-, suelta a bocajarro Rogelio Solano. Un cuarto de hora después de que el supervisor ingresa al plantel, suena el timbre que anuncia el inicio del nuevo ciclo escolar. De inmediato, maestros y alumnos se organizan para los honores a la Bandera. La escuela carece de sanitarios dignos y de espacios para el deporte; tampoco tiene donde descansar en el recreo. El área donde hacen honores a la bandera es un pasillo que divide los dos edificios y que apenas alcanza los 3 metros. Cuatro niñas y dos niños integran la escolta escolar de la Cuitláhuac; después de hacer malabares en el pequeño espacio que ocupan para homenajes, se entona el himno nacional en tres lenguas maternas y en español.

Los niños indígenas, un lunes, se preparan para realizar los honores a la Bandera. Ataviado con uniforme blanco, como si fuera su primera comunión, Alejandro García toma su posición y empieza a tres tiempos, para cantar la primera estrofa en náhuatl, la siguiente en me’phaa; de ahí sigue en tu’un savi. Al finalizar todos cantan en castellano. Antes de la retirada del lienzo tricolor, una alumna de sexto grado repite el juramento a la bandera, también en cuatro lenguas: tres

maternas y el español. Cuando los alumnos de sexto grado terminan con el programa cívico, la directora de la escuela, Eliodora Rea Hilario interviene: “En esta escuela hablamos nuestra lengua materna; además, enseñamos a los no hablantes que quieran aprender nuestra lengua, como vieron en el homenaje se entonaron en cuatro lenguas. Esto nos hace diferentes a las demás

escuelas, porque cuidamos nuestra identidad cultural”. “Para nosotros”, agrega, “es muy importante que ustedes nos ayuden con sus hijos en la casa, que les enseñen nuestra lengua. A los no hablantes les pedimos que no llamen dialecto a la lengua materna, porque ese lenguaje es racista y nos discrimina”. En Acapulco, los niños prácticamente han perdido su lengua materna, que es parte de su identidad. Los padres ya no enseñan a sus hijos hablar su lengua y las pocas escuelas bilingües indígenas que funcionan en las periferias están deterioradas por el abandono gubernamental. Rogelio Solano dice que los padres dejaron de enseñar la lengua a sus hijos por el dolor que ellos sufrieron. “Los indígenas padres sufrieron muchas humillaciones hace tiempo, cuando ellos iban a una dependencia de gobierno no los atendían; cuando el gobierno se reía de ellos o cuando eran detenidos arbitrariamente, nadie los asesoraba ni los traducían a su lengua. Por eso no quieren que a sus hijos les pase lo mismo. Ese es el temor”. Solano Lorenzo abrió la primera escuela primaria bilingüe indígena en Acapulco. Lo cuenta así: “El 28 de septiembre de 1994 la fundamos, en ese año se crearon escuelas bilingües para niños migrantes indígenas, con el fin de conservar y fortalecer nuestra lengua materna”. Luego, hace una lista de las escuelas indígenas en Acapulco: “La primaria bilingüe Ve’e Savi en la Colonia Ampliación Unidos por Guerrero es la escuela madre en Acapulco. De ahí nacieron: la Primaria Bilingüe, la Telpochkal, en la Colonia Hermenegildo Galeana y la Primaria Bilingüe Emperador Cuauhtémoc en la Colonia Chinameca, ambas colonias se ubican en el mirador del puerto; la Primaria Bilingüe Cuitlahuac en la Colonia Nueva Generación; la Primaria Acamapichtli en Alborada 19; la Primaria Bilingüe Caritino Maldonado en la comunidad me’pha San Martín el Jovero y la Primaria Bilingüe Othón Salazar en la colonia Alto Coloso. Afirma que la educación es cada día más castellanizada, en lugar de promoverse el rescate de las lenguas indígenas. “Porque la


11 política educativa en México es para desindianizar el País”. La tarea de Rogelio Solano como supervisor de la Zona Escolar 085 no es tan sencilla. No es porque deba supervisar 11 escuelas, el problema no es la cantidad sino la dispersión de estas: en Acapulco debe visitar siete primarias, dos en Zihuatanejo, una en Chilpancingo y una más en Marquelia. La oficina de la supervisión de Rogelio se encuentra a dos cuadras de la Escuela Primaria Bilingüe Cuitlahuac, pero el personal docente que tiene a su cargo de las otras escuelas no llega ahí, por la lejanía, la inseguridad y la falta de transporte público. “Nos reunimos en un Oxxo de Las Cruces. Ahí nos citamos por la tarde para entregar o recibir documentación. Quisiéramos tener una oficina en la zona centro de la ciudad pero no tenemos dinero para la renta”. Por su parte, la directora de la Escuela Primaria Ve’e Savi, de la Colonia Ampliación Unidos por Guerrero, explica que los tres niveles de gobierno poco hacen por las escuelas indígenas. “Nos tienen en el abandono. No hay apoyo, las becas son escasas. En esta administración que termina no recibimos nada. Lo único que hicieron fueron los bebederos, pero es una obra inconclusa; aun así, la estaban entregando; como no les firmé se fueron muy enojados. “La obra, no me la presentaron como bebedero, cuyo costo es de 171 mil 333 pesos; sin embargo, en el documento de entrega de recepción de la obra, aparece la construcción de un comedor escolar, por eso no les firmé. Es la ‘megaobra’ que hizo el ayuntamiento de Acapulco en esta escuela”.

Los oficios del puerto

Para autoemplearse, los indígenas de Acapulco se reparten el trabajo: mientras unos fabrican las artesanías en casa, otros recorren la costera y la playa ofreciendo los productos. Todos los integrantes de la familia trabajan, hasta los menores aprenden el oficio. Los padres presumen que, en caso de quedar huérfanos, los niños ya saben cómo sobrevivir. Siempre se enorgullecen de que sus herederos no sean delincuentes y de ser, tal vez, el grupo social más

La Escuela Primaria Bilingüe Indígena, Cuitláhuac, en la Colonia Nueva Generación, luce como cualquier casa por fuera, ni siquiera el nombre tiene. limpio en problemas judiciales. “Las primeras mujeres indígenas que llegaron a Acapulco se emplearon como trabajadoras domésticas. En muchos casos no recibían su salario porque los empleadores decían que las ‘chachas’, como les decían, no saben cocinar o hacer limpiezas; otras mujeres no corrieron con la misma suerte por no hablar el español, cuando querían abandonar el trabajo sus patrones le sembraban alhajas en su maletas y luego llamaban a la policía, las trabajadores terminaban en el reclusorio de Acapulco; o eran violadas por los esposos e hijos de los ricachones”, contó Regino Díaz López antes de fallecer en Chilpancingo. Los nahuas en su mayoría se dedican a las artesanías y la vendimia de flanes y gelatinas en las carreteras; lo mismo que los ñom’da nankue, recorren la Costera Miguel Alemán ofreciendo su textilería elaborado minuciosamente con algodón; mientras que las mujeres ñuu savi

venden frutas, verduras, raspados y paletas en las principales avenidas y los hombres trabajan en la construcción; y los me’phaa son jardineros o se emplean en los viveros de ornatos que inundan las poblaciones de Tres Palos, San Pedro las Playas y El Bejuco. La mayoría de los que viven en las colonias indígenas vienen del Alto Balsas (nahuas), Copalillo, Zitlala y Chilapa; los ñuu savi son de los municipios de Cochoapa el Grande, Metlatónoc, Xalpatlahuac, Atlamajalcingo del Monte, Copanatoyac, Tlapa, San Luis Acatlán, Ayutla e Igualapa; mientras que los me’phaa migraron de los municipios de Malinaltepec, Tlacopa, Iliatenco, Acatepec y Zapotitlán. Y los ñom’daa nankue provienen de los municipios de Tlacoachistlahuaca y Xochistlahuaca. Unos asentados en los barrios históricos como La Guinea, La Lima, La Pinzona y El Manzanillo; y en las colonias Chinameca, Hermenegildo Galeana, La Base, Ciudad Renacimiento, La Sabana,

Nueva Generación, Ampliación Unidos por Guerrero, Sinaí, Jacaranda, Izazaga, la Frontera, Alborada 19, Coloso, Colosio, La Venta, La Parota y La Libertad. En El Treinta, El Bejuco, Tres Palos, 10 de Abril, San Pedro las Playas, Puerto Marqués, San Martín El Jovero y Los Órganos de Juan R. Escudero. Conservan la lengua, sus fiestas comunitarias, como el Día de Todos los Muertos o el pedimento de lluvia, fechas en las que se regresan a sus comunidades para estar en las ceremonias; también conservan cierta forma de organización a través de las asambleas comunitarias. Pero han perdido cosas, como la vestimenta o las artes. Viven entre la dispersión y carencias de servicios públicos que no llegan, y cuando se asoman una brigada de salud o pipa de agua es que lleva el color de los partidos políticos que hacen proselitismo todos los días en las colonias que conforman el cinturón de miseria del Siglo 21.


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SAN JUAN ATZINGO, PUEBLA

Ngivas, músicos que f lorecen como los cactus El pueblo ngiva borda su historia en leyendas y mitos. Mitos para explicar la falta de agua, la pobreza, la falta de oportunidades. Sin embargo, la música ha llegado a rescatar la dignidad de un pueblo que se resiste a olvidarse a sí mismo S A M A N T H A

P Á E Z

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AN GABRIEL CHILAC, Puebla._ San Juan Atzingo, la única junta auxiliar de este municipio, es un montón de casitas desperdigadas en el cerro, entre matorrales y cactáceas. Allí se puede sembrar poco, pero la naturaleza regala los dulces sabores del xoconostle, la pitaya y el chichipe. Nada más llegar al pueblo se ve a mujeres bordando afuera de sus casas, esperando a que los niños salgan de la escuela o mientras pasa el transporte. Aprovechan cualquier momento para plasmar en la manta, los irrepetibles patrones de colores que les exigen en Chilac. Por una blusa bordada a mano, que en Tehuacán se vende de 250 a 400 pesos, a ellas les pagan 20 pesos. El problema muchas veces es cobrar ese dinero. Ema Martínez Hernández, una de tantas bordadoras, dice que si la gente de Chilac ve que la persona es mayor, o que no habla español, le pagan lo que quieren o les hacen dar vueltas. “Uno se siente rechazado, son discriminaciones porque el trabajo no vale”, dice Ema, durante una reunión de vecinos, mientras sostiene su bordado en las manos. En Atzingo, según el Instituto Nacional de la Lengua Indígena (Inali), nueve de cada 10 personas hablan ngiva o popoloca. Al caminar por las calles de Atzingo, llenas de tierra y piedras, se escucha el golpeteo de las máquinas de coser. Una aquí, dos allá, tres más adelante. Toda la gente se dedica al bordado, hombres y mujeres, personas viejas y jóvenes. Los comerciantes de San Gabriel Chilac les dejan las pacas de telas impresas con los motivos prediseñados: flores, aves, ondas. Las bordadoras de Atzingo ponen la imaginación y los hilos. Por cada pieza les pagan de 30 a 85 pesos. Si la familia se apura puede sacar de 10 a 12 prendas a la semana, que se transforman en unos 500 pesos. Virginia Zepeda Bueno tiene 48 años y 14 de bordadora, en ese tiempo ha perdido de a poquito la vista, ahora tiene que ponerle un foco a su máquina de coser a plena luz del día. Su hija, Verónica, dice que es porque el aceite de la máquina le brinca en los ojos y el esfuerzo que

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hace. Vero cuenta también que su mamá todo el tiempo está enferma de la garganta, la pelusa que vuela de la tela, de los hilos, se le mete al cuerpo. “¿Qué le vamos a hacer? Nosotros no podemos decir que nos paguen más porque dicen que ellos (la gente de Chilac) no venden caro, que quién sabe qué”, se queja Virginia mientras se toma una pausa de la costura.

Ella, sus hijas y su nuera han intentado vender sin intermediarios, pero el dinero no les da: cada tubo de hilo les cuesta 14 pesos, más la luz, más la tela. Tampoco saben a dónde ir a ofrecer sus productos.

La falta de agua, ¿obra de los dioses o de la modernidad?

Las leyendas ngivas de San Juan

Atzingo, San Marcos Tlacoyalco y San Felipe Otlaltepec están marcadas por la calamidad, la falta de abundancia, la falta de agua. La gente del pueblo dice que Atzingo significa “lugar con poca agua”, aunque su traducción literal del náhuatl sería: “En el agüita”. Cuentan que un día salió del único manantial del pueblo un hombre montado a caballo, les pidió el sacrificio de un niño y una niña para que el manantial nunca se secará. Nadie quiso sacrificar a sus hijos, le llevaron un par de perritos y así fue que el agua empezó a escasear. El manantial no alcanza para abastecer a las 2 mil personas que viven en Atzingo. Así que el municipio de San Gabriel Chilac les dota de agua potable desde un pozo, que también surte a las colonias Guadalupe y Ramal 2. El agua, cuenta Miguel Solís Gabriel, les debería caer cada tercer día, pero por lo general es una vez a la semana y por un par de horas. Según el Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval), de 2005 a 2010 aumentó el porcentaje de viviendas sin agua entubada en Atzingo de 2 a 9 por ciento. En San Marcos Tlacoyalco, también hay una historia que


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Salvo la calle principal, las calles de Atzingo son de tierra y piedra, lugar en el que los Ngivas encontraron refugio, en esas tierras de difícil cultivo y en las que poco se interesaban los hacendados y comerciantes. cuenta la desaparición del río. Se dice que los pobladores mataron al guardián de la campana de la abundancia pensando que era una bruja, por eso ya no habría agua y el campo se volvió triste. Sotero Martínez dice, sin embargo, que los jagüeyes (que son una suerte de zanjas para almacenar agua) se secaron porque las personas han dejado de hacer faenas para mantenerlo limpio. Décadas atrás se construyeron cuatro filtros para limpiar el agua que baja desde el cerro. Las cuatro secciones de San Marcos se organizaban para quitar la maleza y la basura de alrededor; también rascaban para que hubiera agua todo el año. Entonces el jagüey era transparente, abundaban los patos y los mezquitales que daban sombra. Las personas dejaron de limpiar los jagüeyes cuando llegó el agua entubada. Ahora la orilla está llena de envolturas de plástico y vasos de unicel. Algunos mezquitales se han secado. Eva y su tía María Guadalupe Peláez Espíndola se quejan por la falta de agua en San Marcos. Cada 15 días les cae un poco, pero se descompuso algo en el pozo y van dos meses sin el servicio. Las familias, entonces, se ven obligadas a pagar una pipa para que les llenen toneles o

Como en toda la región ngiva, el agua es un problema que se solucionó a través de un sistema de jagüeyes, donde recolectan el agua de lluvia. tanques o lo que tengan. San Marcos Tlacoyalco es casi igual de árido que San Juan Atzingo, sólo que el terreno es más plano y terroso. Está rodeado de cuatro jagüeyes, algunos ya casi secos. El paisaje, donde abundan los maizales y los magueyes, se corta de vez en cuando por las ramas de un mezquital o un pirul. A la gente ngiva de San Marcos le dicen “pata rajada”, “candachete”

o “pipichas” en Tlacotepec de Benito, que es la cabecera municipal. Les empezaron a decir así cuando los españoles pusieron sus haciendas en el municipio. A los ngivas los llevaron como peones y les pagaban sólo con semillas de maíz o calabaza. Cuando las haciendas se terminaron -hace unos 35 años-, los ngivas se volvieron campesinos o

maquiladores. Muchos otros se fueron a otras ciudades a buscar fortuna en la construcción, una habilidad que desarrollaron después del sismo de 1973. Aunque los ngivas dejaron de depender de la gente de Tlacotepec, la discriminación no paró. A los campesinos les siguieron llamando “tontos” o “chochos” por vender sus chivos para comprar los productos que les gustan, como chile seco, el frijol quebrado y los nopales de corazón. Dicen que prefieren las cosas simples a la buena carne. “Se dejó de trabajar el campo para los de Tlacotepec. Ellos sí nos decían muy feo, hablaba muy feo esa gente de nosotros (…) Ellos se burlaban mucho de nosotros porque no sabíamos hablar español”, dice Eva Juárez López, de 55 años y quien desde niña se dedicó a la siembra de temporal. A Sotero Martínez Juárez, hijo de Eva, ya no le tocó ir a sembrar. Estudió la universidad en la ciudad de México y ahora es ingeniero. A él también le tocó esa discriminación, la vivió cuando tuvo que ir a Tlacotepec a estudiar el bachillerato. Sus profesores le decían: “tú eres de San Marcos y tú no sabes nada”. En matemáticas el profesor le ponía cero en los exámenes. Sotero comparaba sus respuestas con las de otros compañeros y eran las


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María Guadalupe Peláez, hablante del ngiva, narra las violencias y actos de discriminación por los que tuvo que pasar a lo largo de su vida. mismas, pero a ellos no los reprobaba. Sotero dice que todo el maltrato recibido ha hecho que la gente se avergüence. Muchos padres y madres ya no quieren que sus hijos e hijas hablen la lengua. En siete generaciones, la mitad de las personas en San Marcos dejaron de hablar el idioma, aunque recientemente se ha podido recuperar un poco. Según el Inali en la década de los setenta había 27 mil 818 hablantes de popoloca en Puebla, para 2010 eran 10 mil menos. A Martín Morales González, de San Felipe Otlaltepec, le pasó lo mismo que a Sotero, pero muchas décadas antes. Sin hablar español, entró a la escuela cuando ya era un adolescente. Cursó sólo la primaria: dos grados por año. En ese tiempo que estuvo en la escuela casi olvida el ngiva, hasta que volvió al campo a trabajar lo recuperó. Martín y Paula Apolinar Jiménez, también ngiva de Otlaltepec, dicen que los maestros de ese entonces iban casa por casa para decirles a los padres que no permitieran que sus hijos hablaran la lengua. En los salones les advertían que si hablaban ngiva irían por las ramas de granada “para darles sus dulces”. Así fue como muchos de los habitantes de San Felipe Otlaltepec dejaron de hablar y de entender el

Sotero Martínez Juárez, maestro de bachiller en la región. Perteneciente a una familia de cronistas y maestros bilingües.

La producción de libros es uno de los principales proyectos generados desde la Casa de la Cultura de Otlaltepec, surgido del trabajo conjunto llamado Tsuyua. ngiva. Para 2010 sólo 2.2 por ciento de los niños y niñas menores de cinco años lo hablaban y dos de cada cinco adultos. Por ese motivo, Martín da clases de ngiva a los niños y niñas, para que no pierdan la lengua y para que aprendan a escribir. Pero ahora la traba ya no son los docentes, sino la falta de recursos. Ni el gobierno federal, ni el estatal o el

municipal quieren aportar para las clases en la casa de cultura de San Felipe. Las palmas de San Felipe se esconden entre los matorrales y las rocas blancas calizas, son pequeñas, verdes y tienen forma de abanico. Hace algunos años el petate era parte del tributo para construir la iglesia. Cada familia debía entregar

una cantidad determinada y para ello debían trabajar toda la noche. Paula Apolinar dice que su abuela le contó de una comisión que en la noche iba casa por casa vigilando que siguieran tejiendo petates, si los encontraban dormidos los golpeaban. También repartieron pulgas a cada familia para que no pudiera dormir, para que los picaran si se acostaban. Los ngivas vivieron muchos años de la palma, como los condenó su dios. Además de tejer petates y tenates para intercambiarlos por cajas de maíz o frijol; la ocupaban para construir sus casas, para prender el fuego, para hacer juguetes y para la medicina. Por eso ahora le guardan gran cariño y siguen creyendo que es sagrada. Eduardo Gámez Garía, policía estatal y médico tradicional, cuenta que cuando sus padres lo mandaban a cortar, llamaba a todos sus amigos para que le ayudaran. Durante la búsqueda se iban contando historias, cazaban conejos o aprendían a nadar en los jagüeyes. Las señoras se reunían en una casa y a la luz de la luna rajaban la palma, luego la tejían. Hacían competencias para ver quién terminaba más rápido un petate. Se ponían a hervir elotes y calabazas para comer. A la madrugada siguiente,


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Paulina Apolinar. Durante generaciones, el tejido de palma, particularmente de tapetes, fueron la principal actividad económica de la comunidad. cuando empezaban a cantar los pajaritos, cada una se regresaba a su casa con su petate terminado. Los petates ya no se tejen más, sólo unas cuantas mujeres lo hacen para sus propias familias. En Tepexi o en las otras comunidades donde los intercambiaban por granos, les empezaron a pagar con moneda: 30 pesos por un petate que se hace en una noche de trabajo. Las familias buscaron otra forma de sobrevivir, encontraron en la música una manera de seguir viviendo de sus tradiciones. Aunque eso trajera migración, aunque los jóvenes se tengan que ir lejos. Para Paula Apolinar es un gran orgullo que sus ocho hijos e hijas vivan de la música. Están lejos de ella, algunos en Puebla, otros en la ciudad de México y los más chicos estudian en Europa, pero eso no importa. Le gusta irlos a visitar y caminar por esas calles desconocidas. No ha ido a Europa, pero su hijo más chico le prometió que la llevaría. Lo que no le gusta a Paula es que el idioma ngiva se pierda, dice que muchas personas llegan de otros lugares a estudiar música a San Felipe. Algunas se casan y se quedan allí, pero como no hablan la lengua sus descendientes tampoco la hablan. La gente de San Marcos

Al oeste del Valle de Tehuacán y en la frontera norte de la Mixteca poblana, a las orillas de las tierras fértiles del valle, se asentaron los “Popolocas” tejedores, en el monte rocoso, donde abundan las palmas.

Las cruces ngivas, en el margen de árboles que rodean el jagüey, son indispensable, como parte de los rituales de petición de lluvia. Tlacoyalco también se va lejos, no a probar suerte con la música, sino a construir edificios hoteles y mansiones en ciudades turísticas, como Los Cabos, San Lucas, Puerto Vallarta y Cancún. Algunos más llegan a Monterrey y Tijuana. Sotero Martínez comenta que después del sismo de 1973, los ngivas reconstruyeron solos sus casas, lo hicieron con tal habilidad

que luego vinieron personas de otros lugares para llevarlos como mano de obra. En los Cabos y Tijuana hay varias colonias formadas de ngivas, lo mismo en Puerto Vallarta. Regresan únicamente a las fiestas importantes: el 2 de febrero, Día de la Candelaria y que marca el inicio del ciclo agrícola; el 25 de abril que se festeja a San Marcos Evangelista

y al Dios de la lluvia; el 15 de mayo, que para los católicos es el festejo de San Isidro Labrador y para ellos es el día de la veneración de la Virgen de los colores. Los ngivas aprovechan para llevarse frijol quebrado, chile seco, pencas de maguey para hacer barbacoa, nopal de corazón y xoconostles. Otros regresan a Puebla para estudiar, porque en aquellas ciudades las mejores escuelas son privadas o las universidades son impagables. Una vez con el título se vuelven a ir, porque la vida allá es más fácil, hay más oportunidades. Quienes ya no regresan son los ngivas de San Juan Atzingo, ellos se van a Estados Unidos a trabajar, a buscar otra cosa que no sea el bordado. Ema Martínez deja de bordar un rato y cuenta que los jóvenes ngivas nada más terminan la secundaria y se quieren ir a Los Ángeles, California, donde está la comunidad ngiva. En los pasillos de la telesecundaria los adolescentes se cuentan unos a los otros lo bien que les va a sus parientes en Estados Unidos. Terminando el curso escolar es común enterarse que uno y otro y otro más han dejado el pueblo. Allá tardan algún tiempo en encontrar trabajo, pero su familia los mantiene hasta que


17 consigan algo. El Coneval dice que para 2010 el 85% de la población mayor de 15 años en Atzingo tenía la educación básica incompleta. Para Ema una forma de combatir la migración es la escuela, pues desde que llegó el bachillerato digital -el sexenio pasado- los jóvenes se esperan un poco más para irse. Aun así son pocos los que siguen estudiando, sólo dos de los egresados del ciclo escolar pasado ingresaron a la universidad. Pareciera que el destino de las comunidades ngivas es dispersarse, dejar la marginación y esas tierras de las que no pueden sacar mucho. Pero así como en la aridez se dan frutos dulces, así han crecido algunos proyectos para conservar la lengua y las costumbres. En San Juan un grupo de personas, como Ema y su hermano Emanuel, se reúnen con la lingüista estadounidense Jeanne Austin Krumholz –que desde hace 48 años estudia el ngiva- para traducir la biblia, las leyendas, los chistes y los poemas que han nacido en Atzingo. Han grabado audios de las escrituras en ngiva para que se pongan en las ceremonias, tienen un diccionario de la lengua, cancioneros, material didáctico, lecciones para aprender a leer y hablar. También varios libros de literatura. El sueño de Emanuel Martínez Hernández es crear una Casa de Cultura, donde los niños aprendan el ngiva, que albergue todo el material que ha hecho y se puedan vender los textiles que hacen. Para San Felipe Otlaltepec la Casa de Cultura es una realidad, está al lado de la presidencia auxiliar y de a poquito va creciendo. Allí hay piezas prehispánicas que las personas del pueblo donaron y unas más que gente de Palmarito Tochapan les dio para su resguardo. Cuando demolieron la clínica de Otlaltepec, llevaron a la Casa de Cultura 13 vestigios arqueológicos que estaban en el inmueble. En la Casa de Cultura Étnica Popoloca hay una muestra de diferentes tejidos de palma, desde lámparas hasta capas para la lluvia y animales en miniatura, hechos por gente de la comunidad.

Silvia y su familia, como gran parte de la población, se dedican al pastoreo, pero sobre todo a la maquila textil, mientras los jóvenes varones se preparan para una aventura mayor, la de migrar a los Estados Unidos, cuando “les llegue la edad”.

Las dificultades de las tierras ejidales hacen que las economías domésticas giren en torno a los animales de pastoreo y animales de crianza. Así, el patio de cada casa es habilitado como corrales. Además hay una pequeña biblioteca con cuentos y audiocuentos, un diccionario y guías para aprender el ngiva. La casa de la familia de Sotero Martínez Juárez se ha vuelto un oasis para quienes investigan a los ngivas de San Marcos Tlacoyalco, allí los albergan y los alimentan. Les permiten que los acompañen a sus labores en el campo, les presentan a sus vecinos para que los entrevisten.

Los Popolocas han configurado su lucha por la preservación de su lengua y su cultura. Al centro del pueblo se encuentra la Casa de Cultura Otlaltepec, espacio en el que se organizan estos esfuerzos.

Además la familia se ha encargado de reunir las historias de la comunidad. Sabino –uno de los siete hermanos de Sotero- ha escrito libros sobre cómo enseñar la lengua. Dirigió también el documental “Ngigua: lo que nuestro pueblo habla”, donde muestra parte de sus tradiciones y costumbres. Así es como las comunidades ngivas florecen, como los cactus: aún sin el agua y todo en contra.

Portal periodístico independiente, conformado por una red de periodistas nacionales e internacionales expertos en temas sociales y de derechos humanos.


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TEATRO

‘ANDARES’, el encuentro de muchos mundos

Tres actores, un maya, un tzotil y un muxe, dirigidos por un dramaturgo migrante y acompañados de un sonero jarocho, representan ‘Andares’, una creación escénica sobre las vivencias de tres jóvenes indígenas frente a la explotación de los recursos naturales de sus pueblos. La obra, desarrollada por Makuyeika: Colectivo Teatral, es también una apuesta por el encuentro de saberes y el diálogo entre distintos, porque a fin de cuentas, como dice el director: “el mundo indígena no es como te lo pintan” R O B I N

C A N U L

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INÚN, Campeche._ Después de labrar la tierra, un anciano se sienta a contemplar la tarde, ahí en donde los aparatos celulares no tienen conectividad. El citadino que está de visita lo observa y luego de un rato sufre un ataque de ansiedad. “¿Qué hace la gente para distraerse en un pueblo donde el calor ahoga, hay mucho polvo, voraces e incómodos insectos y la gente se duerme temprano?”, se pregunta el citadino que visita este pueblo maya de menos de mil habitantes. Porque en México, cuando se habla del indígena, las distancias parecen largas. El prejuicio generalizado sofoca la posibilidad del citadino para romper su rutina y trasladarse a un pueblo bicicletero para entender otras formas de vivir. Y en las ciudades saturadas, demandantes y llenas de imprevistos, ¿quién tiene tiempo para cuestionar sus privilegios? El tiempo, unos 40 minutos, se lo toman los espectadores de una obra de teatro que se presenta en el verano de 2018 en Mérida, Yucatán, a 130 kilómetros de Tinún. En el escenario, tres jóvenes indígenas cambian sus identidades en un escenario. Al interior de una fría sala de teatro predomina la oscuridad. Desde cómodas butacas, el público se reblandece ante las distintas realidades que acogen a los pueblos indígenas: discriminación, violencia de género, clasismo, desplazamiento forzado, pérdida de la lengua y la inminente desaparición de culturas ancestrales. Pero los asistentes también conocen la proyección de los pueblos en resistencia frente a la implementación de políticas basadas en modelos de despojo, extractivistas e impositivos. Porque eso es lo que representa Makuyeika: Colectivo Teatral, una postura humana ante la pérdida de la identidad de los pueblos indígenas, atrapados en el puente de la vida tradicional y la modernidad o el “progreso”. “Andares” es una creación escénica sobre las vivencias de tres jóvenes indígenas: un maya, un wixárika (representado por un tzotzil) y un muxe, desarrollada a partir de anécdotas personales, cosmogonías ancestrales, artes y músicas populares. También es una apuesta por el encuentro. Una de sus misiones es llevar la obra no solo a los foros de las ciudades, sino a las comunidades, con

19 Josué Maychi (Chencoh, Campeche)

Actor y dramaturgo maya. Cuauhtémoc en la serie “Malinche” de Canal 11. Ha escrito y actuado en obras como “Bello amanecer, basado en Los Cantares de Dzitbalché” y su obra “Venados caminantes”. También se dedica a recuperar las tradiciones perdidas de su pueblo. Beneficiario del Programa Nacional de Teatro Escolar en 2016. Egresado del Centro Cultural El Claustro y Becario de Centro de Estudios para la Voz. Ganador del Premio Estatal de la Juventud de Campeche (2017) en la categoría de Expresiones Artísticas y Artes Populares.

Alexis Orozco (Santo Domingo Tehuantepec, Oaxaca)

Actriz y dramaturga tehuana. Presenta obras basadas en su experiencia como muxe, un tercer género tradicional de la cultura zapoteca del istmo. Entre más de 10 obras bajo su autoría destacan: “Vestido de novia”, “Bala’na” y “Veneno”. De formación independiente; sus inicios están marcados desde temprana edad a lado de Marco Petriz.

los protagonistas de las historias. “Para que las mismas personas de las comunidades puedan escucharse entre ellas”, dice el director.

‘El mundo indígena, un mundo en evolución’

A los 13 años, Héctor Flores Komatsu, originario de Cuernavaca, Morelos, migró a los Estados Unidos. Ahí desarrollo su carrera profesional como dramaturgo y director de teatro, que se extiende a Francia,

China, España, Brasil. De regreso a México se dio a la tarea de recorrer el país para entender al otro. Desde una posición privilegiada y en su camino por la nación wixárika, la región maya de Campeche, el Istmo de Tehuantepec; el territorio tzotzil de Zinacantán, y Tuxtepec, la tierra en donde el son jarocho borra las fronteras entre Oaxaca y Veracruz, Flores Komatsu entendió que en México hay muchas realidades.

“Para mi sorpresa, el mundo indígena no es como te lo pintan en panfletos turísticos o instituciones culturales, incluso en museos, es un mundo que ha estado en evolución y sigue en evolución”, cuenta ahora. A través del teatro, propició una sinergia de cosmovisiones entre personas que comparten formas diferentes de amar y entender la tierra. Como parte del proyecto The Julie Taymor World Theatre Fellowship,


20 Lupe de la Cruz (Zinacantán, Chiapas)

hablo desde mi punto, de comunidad y de género: Mi labor dentro del teatro es educar dentro del arte y buscar terminar con esta homofobia transfobia y ese contenido de odio”.

Actor tzotzil. Fundador y director del grupo de teatro Xch’ulel Jlumaltik, guardianes del bastón de mano del Festival de Teatro los Volcanes. Ha colaborado en los grupos Ajvetik Sots’, Sna Jtz’ibajom y Lo’il Maxil en San Cristóbal. Ha presentado su trabajo en festival de Quintana Roo, Tabasco, Honduras y Guatemala. Es, además, fotógrafo.

Que no se pierda nuestra lengua

Kevin Elí Leyva (Tuxtepec, Oaxaca)

Músico de “Son jarocho” desde los 9 años, ejecuta la guitarra de son, además de la jarana, violín y armónica. Director e integrante del proyecto “Alebrijes son jarocho”, así como “Aguanieve son jarocho”. Ha tenido participaciones en grupos como Mono Blanco, Caña Dulce y Caña Brava, Al Sol y Al Sereno, entre otros. Discografía con Alebrijes: “Porque de un sueño nacimos”.

fundó Makuyeika: Colectivo Teatral, y el resultado superó las expectativas: este mes, Andares, será la primera obra mexicana en presentarse en el Festival Internacional de Teatro de Wuzhen, en China.

‘No hables así. No hables así’

Maychi es un joven maya que, tras mudarse a la amurallada ciudad de Campeche, comenzó a cuestionar el pasado glorioso de sus raíces, ante el precario presente de su pueblo, sometido por la llegada de la agricultura industrial, promovida por el Gobierno federal y la empresa Monsanto. En los alrededores de Chencó, su pueblo natal, en el municipio de Hopelchén, desde hace 40 años se

asentaron 17 campos menonitas en miles de hectáreas que antes eran selva virgen y que hoy son grandes mecanizados para la siembra de soya transgénica, sorgo y maíz híbrido. Ahora, Maychi dice que en la obra ha aprendido que los distintos pueblos indígenas comparten “la misma forma de amar la tierra”. Pero también comparten historias de segregación: “como actor maya que soy, muchas veces se nos frena o se nos quitan cosas. Cuando tenía mi formación (el problema) era el acento; todo el tiempo, (me decían) no hables así, no hables así”.

Educar contra el odio

Xhunco es un Tehuantepec que

muxe desafía

de la

costumbre de su pueblo, que le exige renegar el amor de otro hombre para cuidar de sus padres hasta la muerte. Xhunco es Alexis Orozco y cuestiona los usos y costumbres de su comunidad, desde el tercer género: las muxes, hombres binizaá (zapotecos) en la región del Istmo, quienes viven entre la tolerancia y un brote irracional de homofobia y violencia doméstica. Aunque muchas veces los muxes han sido retratados en reportajes desde una perspectiva del espectáculo, Xhunco habla con seriedad de la discriminación que sufren. “Para mí, ‘Andares’ es una oportunidad de alzar la voz por aquellos que no pueden hablar. Lo

Lupe de la Cruz es originario de Zinacantán, Chiapas, y representa en la obra a un joven cantante wixárika atormentado por no lograr cazar un venado, como lo han hecho sus ancestros desde tiempo inmemoriales. Desde su campo de acción, a través de la escritura y el teatro, lucha por la preservación de la lengua tzotzil. Dice que si bien, en esta obra representa a un personaje de otra cultura, se siente identificado por lo profundo de su cosmogonía y las similitudes con sus raíces: “Muchos chavos seguimos estudiante y escribiendo en nuestra lengua tzotzil para que eso no se pierda”.

Música como antídoto a la violencia

Kevin Elí Leyva es un jaranero de son jarocho que musicaliza la travesía de los personajes y canta a su vez sobre las olas de violencia que han azotado su hogar, en la Cuenca del Río Papaloapan, que trasciende las fronteras de Veracruz y Oaxaca. Él está feliz. “Nunca había hecho teatro y ha sido un reto para mí ver cómo la música puede expresar de muchas maneras”. Luego de 45 minutos finaliza la obra y entre el público de la ciudad, algunas personas secan discretamente sus lágrimas y entonces cabe el espacio para un diálogo con los actores. Pero ‘Andares’ no se limita a los espacios controlados. Ha llevado la obra a diversos puntos rurales de la península de Yucatán y busca hacer lo mismo en la tierra natal de cada uno de sus integrantes. “’Andares’ es un encuentro entre hermanos que han estado perdidos durante muchos años”, resume Héctor Flores Komatsu.

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LENGUAS INDÍGENAS

Libertad se habla en tsotsil En Chiapas, un grupo de indígenas presos se organizan para hacer lo que el Estado no hace: asesorar, traducir y enseñar sus derechos a otros indígenas, sometidos a un sistema de justicia que no conocen y que no entienden. Esta es su historia A L - D A B I

O L V E R A

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AN CRISTÓBAL DE LAS CASAS, Chiapas._ Esta crónica debió ser escrita en tsotsil o bats’i k’op, el “habla verdadera”. Después podría ser leída, grabada y difundida mediante alguna radio que llegue se extienda su voz en este territorio, donde el español no predomina. Frente al reto ético-lingüístico que representa escribir en “castilla” (así llaman los pueblos originarios de Chiapas al español) un texto sobre la lucha por la libertad indígena, comenzamos esta historia en un paraje boscoso donde aparecen de manera intermitente casas de madera, milpas, letreros con estrellas rojas, ovejas negras y el Centro Estatal para la Reinserción Social de Sentenciados Número 5 de San Cristóbal de Las Casas. Es domingo, día de visita en el CERSS 5. Mujeres y niñas con trajes típicos de una región donde es fácil encontrarse en medio de pueblos, en los que solo se habla tsotsil y tseltal, dos lenguas mayas con cerca de 400 mil hablantes cada una. Familiares de presos esperan su turno para entrar a través de la reja coronada por una malla ciclónica. Después de la revisión de su comida, pertenencias, bolsillos, zapatos, y de que una serie de sellos pinten sus antebrazos, entran al fondo del patio. Escalones flanqueados por rejas de donde cuelgan bolsas tejidas a mano llevan hacia un campamento instalado por los propios internos. Desde el 29 de septiembre de 2011, el grupo de indígenas politizados no se ha movido ni un solo día del campamento. Este pequeño lugar de autonomía, que hace las veces de oficina de derechos humanos en plena prisión, ofrece de manera solidaria lo que las autoridades no dan: “Muchos compañeros internos

Domingo al mediodía, una familia sale del penal tras convivir por algunas horas con familiar en el CERSS 5, el cual alberga a una población mayoritariamente indígena. Fotos: Carlos Ogaz

llegan a buscar apoyo: piden documentos, escritos, orientación. Aquí nos turnamos y atendemos. Es lo que podemos hacer por nuestros compañeros presos.” Así lo explica Alejandro Díaz Sántiz, originario del municipio de Mitontic, uno de los más pobres del país. Díaz Sántiz lleva 19 años en prisión y está a cargo del campamento desde octubre de 2013, después de que el profesor Alberto Patishtan Gómez, fundador del espacio, dejó la prisión mediante indulto presidencial otorgado por Enrique Peña Nieto, tras una larga campaña por su liberación. Desde entonces, Díaz Sántiz ha tenido que afinar su manejo del español, redactar comunicados, hacer denuncias, llevar adelante el espacio. “Como preso indígena, no sabe uno defenderse. Por ser pobre, no tienes los recursos para buscar un buen abogado”, dice.

Junto a él se encuentran otros dos presos: Mariano Pérez Velasco, tsotsil de Mitontic, preso hace 14 años, y Diego López Méndez, tseltal de Tenejapa, preso hace seis años. A sus espaldas se mira una estrella roja, el retrato pintado del Subcomandante Marcos, mensajes de visitantes en etarra y castellano, y la firma de su organización: Solidarios de la Voz del Amate, Adherentes a la Sexta Declaración de la Selva Lacandona. A los 17 años comenzó a vivir con una mujer que tenía una hija. Con ellas viajó a Veracruz para vender dulces en las esquinas de los semáforos. Un día, cuenta, él y la mujer salieron a comprar mercancía y dejaron encargado a la niña a un primo. De regreso encontraron a la niña muerta. Las autoridades lo acusaron de asesinar a la pequeña. Los torturaron. En Perote los golpearon “por ser chiapaneco”. Lo mandaron a Papantla, Perote, Villa Comaltitlán y

San Cristóbal de las Casas. Díaz Sántiz agotó todos los recursos legales ordinarios para probar su inocencia. Con el tiempo que lleva en prisión, su defensa legal busca un “beneficio de revisión parcial de la pena”, es decir: con dos terceras partes cumplidas de su condena puede salir. Hasta la fecha, la única prueba que tiene en contra, es el testimonio de su primo, que sí hablaba castellano. ¿Y has tenido algún traductor, conoces a alguien que lo haya tenido? “Nunca. Aquí no hay.” Él y sus compañeros son los traductores que el Estado no ofrece a los presos. También han denunciado las condiciones de la prisión: agua maloliente, comida echada a perder, falta de medicinas, impedir el paso a las visitas. Su voz, mediante cartas, y también mediante audios, resume la situación estructural que viven los pueblos originarios del País.

La condena

El 52.4 por ciento de los presos indígenas en Chiapas permanece en prisión sin tener sentencia. Al 83 por ciento de ellos no se les mostró una orden de aprehensión; 67 por ciento ni siquiera entendió el motivo de su arresto; 42 por ciento de ellos no tuvo un traductor al momento de rendir declaración; 32. 5 por ciento dice haber sufrido algún tipo de tortura. Estos datos pertenecen al informe “Entre la realidad y la justicia: cómo garantizar los derechos de las personas indígenas en conflicto con la ley penal en Chiapas y Oaxaca”, publicado por la organización Asistencia Legal por los Derechos Humanos (Así Legal) el 19 de septiembre. El documento contiene los resultados de 213 entrevistas en 11 prisiones de ambos estados y detalla distintos tipos de violaciones, como falta de traductor, falta de acceso a


22 una defensa adecuada y carencia de condiciones de vida digna. También da cuenta de distintas formas de tortura: amenazas, insultos, robo, choques eléctricos, golpes, uso de gas lacrimógeno; arrastrar, quemar, amenazar con disparos al aire, amenazas con armas y sometimiento para que observen la tortura de otras personas. “La violencia institucional que sufren las personas indígenas es un reflejo de la violencia estructural en contra de esta población”, explica Adriana Aguilar, directora de investigación de Así Legal. “La discriminación que sufren en la sociedad se vuelve más fuerte en los centros penitenciarios, que están apartados de sus comunidades, lo que profundiza su situación de vulnerabilidad.” Ariane Azemat, también de Así Legal, comenta una serie de deficiencias en la clasificación sobre quién es y no indígena. En 2017, las autoridades de Chiapas les dijeron que solo había 284 personas indígenas en prisión (lo que representa el 6 por ciento de la población en reclusión, mientras que la población hablante de alguna lengua indígena de Chiapas es del 20 por ciento). Pero este año, la cifra aumentó a 637. Por otro lado, el Instituto Nacional de Lenguas Indígenas reportó que en Chiapas hay solo 23 intérpretes para las 14 lenguas del estado. Eso significa que para los 227 de tseltales presos hay 15 intérpretes; para los 135 tsotsiles hay siete; para los 9 zoques hay uno y para los 70 choles, 4 tojolabales y el resto de indígenas presos no hay intérprete. Gilberto Hernández, del Centro de Derechos Humanos Fray Bartolomé de las Casas, explica que para una persona que entra a la cárcel sin contar con estudios, sin saber leer o escribir es difícil que entiendan cada paso de los procedimientos judiciales. “Así se prolonga muchísimo la prisión preventiva y tarda mucho en dictarse una sentencia”, dice. De enero a julio de este año, el Frayba recibió 127 denuncias de integrantes del pueblo tsotsil, 84 denuncias de tseltales, tres de choles y tres de tojolabales por diversas violaciones de derechos humanos en 10 penales de Chiapas. “A veces no hablan español. Eso es complicado porque los defensores no conocen totalmente la cultura indígena de donde proviene”, explica

para revisar su expediente y saber el motivo de su detención. A este grado no solo llegaban presos políticos, sino personas detenidas injustamente. Finalmente, los integrantes de la Voz de Cerro Hueco salieron libres a raíz de las negociaciones de San Andrés. Cerro Hueco fue demolido en 2005 tras 37 años de funcionamiento. La población recluida ahí fue trasladada al penal de El Amate, donde, de nuevo, comenzó a sonar la voz de los inconformes.

La escuela

La familia de Alejandro, en su casa, en la comunidad de Tz´oeptic, municipio de Mitontic, Altos de Chiapas. Las pocas fotos que tienen de Alejandro han sido tomadas dentro de la cárcel. Hernández. “La ley requiere que los defensores conozcan, pero hay un rezago que no se ha podido resarcir.” Además, el informe también detalla que cada defensor público en el estado lleva de 200 a 300 casos cuando un abogado litigante lleva 20. El informe de Así Legal hace una serie de propuestas basadas en el reconocimiento de los sistemas normativos de las comunidades. El problema, explica Azemat, es que “el Estado es renuente a dejar este espacio para las comunidades donde resuelvan sus conflictos internos basándose en sus sistemas normativos”.

La Voz

La Voz de Cerro Hueco. La Voz de la Dignidad Rebelde. La Voz del Amate. La Voz de Los Llanos. Solidarios de la Voz del Amate. Todas las organizaciones de los presos indígenas de Chiapas llevan la palabra “voz” en el nombre. Es, quizás, una influencia de la primera de estas colectividades: La Voz de Cerro Hueco. “Es que va a hablar del penal de Cerro Hueco. Por eso le pusimos la voz: tuvo que hablar el nombre”. Así lo cuenta Abelardo Méndez Arcos, fundador de La Voz de Cerro Hueco, indígena hablante de ch´ol, originario del municipio de Salto de Agua, en la zona norte de Chiapas. Méndez Arcos fue detenido en 1996 durante un mitin en Palenque. Las autoridades lo acusaron de alteración del orden público y motín. Fue encarcelado en el penal tuxtlense de Cerro Hueco, la cárcel política por

excelencia. En esos días, Chiapas era un polvorín. El Ejército Zapatista de Liberación Nacional, levantado en armas dos años antes, se encontraba en un constante conflicto con los gobiernos federal y estatal. En este contexto, cientos de bases de apoyo zapatistas y activistas de otras causas fueron a prisión. “A los seis días me di cuenta que era posible rebelarse dentro del penal. Dije: ‘no es bueno estar solo aquí esperando a ver si me liberan o no me liberan. Hay que luchar por la libertad’”, cuenta Méndez. Él y otros presos tuvieron una reunión de cinco minutos. Luego hicieron una convocatoria más grande. Un día, por la mañana, tomaron posesión de un espacio grande dentro del propio penal. “Inmediatamente difundimos que nos estamos rebelando acá adentro”, recuerda. La organización dentro del penal comenzó a recopilar nombres, expedientes y testimonios para ser enviados a la mesa de negociación de los Acuerdos de San Andrés entre el EZLN y el gobierno federal. Después, estalló una huelga de hambre masiva dentro del penal. “Queríamos denunciar esas injusticias. Nunca nos gustó la forma que nos trataban. Allá adentro hay gente que tiene relación con el gobierno y nos amenazaban que nos iban a trasladar. Decíamos: que nos trasladen, pero no vamos a dejar de hablar”. Poco a poco, comenzaron a convocar a la población del penal

A Mitontic se sube como si se entrara en un sueño. Más allá de la niebla aparecen casas de madera, mujeres que cargan leña, tiendas de combustible. De un tendedero cuelga alguna playera de Morena. Jóvenes arrían vacas en medio de la carretera. Niños corren a pesar del frío. Alberto Patishtán acompaña el viaje. Fungirá como traductor con la familia de su viejo compañero de prisión, Díaz Sántiz, cuya pequeña comunidad, Tz´oeptic, se encuentra a menos de una hora de la turística y cosmopolita “Sancris”. Patishtán colocó la lucha de los presos en Chiapas casi 20 años después de lo ocurrido en Cerro Hueco. Y lo hizo precisamente desde El Amate. Una semana antes del viaje a la comunidad de Díaz Sántiz, recordaba por teléfono: “Indígenas como yo querían pelear su libertad y su dignidad.” Patishtán cayó en prisión por el asesinato en junio del 2000 de siete policías en una emboscada en el muncipio tsotsil de El Bosque. Como profesor, emprendió una lucha contra el presidente municipal en turno y eso le valió ser vinculado con el ataque. Nunca hubo pruebas que lo incriminaran directamente. Sin embargo, le fueron imputados delitos de crimen organizado y asesinato. “Lo que anduvimos haciendo es que, los que no podían hablar el español, nosotros mismos les dábamos clases. Íbamos traduciendo lo que decía cada palabra para que en lo posterior se pudieran defender”, recuerda. “Una vez que sabían leer y escribir y matemáticas, fuimos preparando las lecturas. Eso fue todas las cárceles que estuvimos; usamos la consciencia: ‘¿cómo te sientes en ese lugar donde estás? ¿Realmente mereces estar preso o no?’ Aunque no fueran políticos, porque muchos indígenas estaban ahí no más porque te quieren ver preso y ya.”


23 Patishtán ha desarrollado una pedagogía de la lucha carcelaria a partir del aprendizaje en contextos adversos: las clases de escritura, de lectura, tocar un instrumento musical, hasta el ajedrez son fundamentales para la resistencia carcelaria. Además, estos primeros aprendizajes se desdoblan: “Somos abogados, médicos, psiquiatras a la vez”. Libre hace casi cinco años, Patishtán continúa la lucha por sus ex compañeros de prisión. “Aprendí que todo se puede lograr en la cárcel. Vi que no hay imposibles, depende de uno. Debemos tener la capacidad de poder expresar bien y la buena lectura, con lapicero y hojas para que tus palabras crucen las paredes y hasta las fronteras.”

Una de sus hermanas ataja, en español: en las cárceles hay “puro pobre indígena”.

La libertad

Libertad en el tsotsil del municipio de El Bosque quizás se puede traducir como “kolem”; aunque kolem también quiere decir salud, explica Alberto Patishtán. Libertad en ch’ol se podría decir “wejel”. Wejel significa volar, explica Abelardo Méndez.

La esperanza

La nostalgia

Esta es una clásica cocina tsotsil. La carne de res recibe el humo del fuego. Arriba de la carne, cuelga un gran montón de leña. Del techo también cuelgan manojos de mazorcas: las semillas de la siembra. Gallinas entran y salen del lugar. En la oscuridad, las ocho hermanas de Díaz Sántiz hablan en tsotsil mientras pican verdura. En una mesa donde fluye el café, se sienta María Sántiz y Antonio Díaz, madre y padre de Alejandro. Patishtan traduce: “De niño, Alejandro tenía un comportamiento trabajador: le gustaba el servicio. Le gustaba el trabajo del campo: era lo básico, la siembra de maíz, café, cargaban leña de lejos.” Veinte años después, a eso se dedica todavía la familia.

¿Qué efectos ha tenido en la familia la prisión de Alejandro?

Las palabras tsotsiles brotan entrecortadas. Aun con la diferencia de lenguas, todos en esta cocina reconocen el dolor pronunciado. Algunas lágrimas brotan entre el humo.

‘¿Cómo lo estás viendo, compa?’, pregunta Patishtan. Luego continúa: “Lo que dicen ellos: ‘en el momento en que Alejandro está en la cárcel, cambia rotundamente la situación. Comienzan a pasar tristeza, soledad, abandono, escasez. Tuvieron que vender sus terrenos, sus vaquitas que tenían”.

“No sólo eso, les pegó hasta la enfermedad. Le duele el corazón. Hay

En la cocina de la familia Díaz Sántiz preparan la comida, un caldo tradicional de carne de res ahumada y verdurasn de nombre cihuamut. nostalgia.” La dificultad de los traslados a los distintos penales ha hecho que la familia deba trabajar el doble para ir a visitarlo, especialmente hasta Villa Comaltitlán, que está a más de siete horas de camino de su comunidad. Cuando Díaz Sántiz fue trasladado, septiembre del 2015, se endeudaron con cinco mil pesos. Ese penal es muy diferente al de San Cristóbal de las Casas. No pudieron entrar por falta de documentos. En casi veinte años, ni una autoridad ha ido a verlos por su caso. “Casi todos han enfermado por la tristeza. Eso ha conllevado la prisión de Alejandro.”

La lucha

Alejandro se hizo famoso en su comunidad por un video donde habla sobre su lucha y canta el himno zapatista. Es un preso politizado en prisión. Esto ha generado cambios en la familia, quienes han tenido que realizar marchas, conferencias de prensa, plantones. “Estoy feliz porque ahora se sabe defender y defiende a los demás”, dice María Sántiz, su madre. En realidad, están contentos y tristes, dice nuestro traductor. “Se sienten muy conmovidos, porque está defendiendo a los presos indígenas injustamente por el mal gobierno que no ve las cosas como son”, explica Patishtán. La familia de Díaz Sántiz muestra retratos. Salen de casa para ser fotografiados junto a la imagen de

Alejandro. Detrás de ellos aparece la escuela Cristóbal Colón, de paredes roídas. donde cursó hasta sexto de primaria. Al lado de la pequeña escuela se encuentran las ruinas de un edificio del programa salinista Solidaridad. Tz´oeptic es una comunidad de mil 200 habitantes. El 100 por ciento de la población es indígena y seis de cada 10 solo hablan el tsotsil. De acuerdo con el Informe anual sobre la situación de pobreza de la Secretaría de Desarrollo Social, la población tiene un rezago social es “muy alto”. Desde hace más de una década, la prensa nacional ha hecho reportajes sobre el municipio, con titulares que parecen condenarlo a la marginación. “Es un municipio pobre, pero cuando venga Alejandro les gustaría que comenzara a organizar en Mitontic, y a trabajar como ha aprendido en su lucha, y a base de eso haya un poco de cambio”, traduce Patishtan. Los árboles afuera de la casa de la familia Díaz Sántiz están repletos de peras y manzanas. Al regresar a la cocina comienza el flujo de la comida: pozol blanco con agua, chiles, y un gran plato de res ahumada y repollo, el exhuberante cihuamut.

¿Creen que si fuera mestizo, Alejandro seguiría preso?

“Si fuera mestizo, hablante al 100 por ciento de español, no estaría en la cárcel, porque ser mestizo es tener dinero”, opina Antonio Díaz, su padre.

Una fila de mujeres tsotsiles hace fila afuera del CERSS 5 de San Cristóbal de las Casas. Comida, sellos, revisiones. Más allá de las escaleras de ingreso, Alejandro Díaz Sántiz y Diego López se encuentran sentados en sillas a un lado del campamento. Esperan que se seque el piso, pues una lluvia lo anegó. Pero no se mueven de ahí. “Nunca va a quedar vacío. Si se va uno, va a quedar otro. El campamento va a existir mientras exista la injusticia”, dice Díaz Sántiz. Los presos ofrecen un libro para apoyar la escritura. Enfrente de ellos, descuella la torre de vigilancia de prisión. Lleva pintada la leyenda del Solidaridad salinista, descarapelada. Díaz Sántiz espera ahora que, ante el cambio de partido en el gobierno, haya justicia para los presos indígenas. Al hablar sobre la propuesta de amnistía obradorista, dice que antes que liberar a presos por delitos no violentos a raíz de la guerra del narcotráfico, debe liberar a los indígenas injustamente presos: “así como dijo que a todos los indígenas los va apoyar, creo que merecemos algún beneficio”. Esta mañana, sus familiares prepararon pozol y guisado de res ahumada con col. Acomodan el campamento. Mientras tanto, defensor de derechos humanos toma el papel de esta escritura. Por atrás, anota una exigencia en castellano. La firman todos los Solidarios de la Voz del Amate. Su voz saldrá de nuevo de prisión.

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