Por segundo año consecutivo, les presentamos la revista literaria
Tallando palabras, una compilación de trabajos de escritura ficcional creados por chicos de 1º a 6º año del Nivel Secundario a lo largo de 2024.
Sin duda, la publicación no sería posible sin la participación y compromiso de las profesoras de Prácticas del Lenguaje y Literatura, Julieta Gascdevinsac, Marisol Chalian, Gabriela Vázquez y Laura Smitenansky, y los aportes creativos de Tiyú Van Tooren y Silvana Villanustre que orientaron a sus estudiantes para ilustrar estas páginas. Por último, la colaboración de Daniel Ratti para articular cuestiones vinculadas a la edición.
En este número colaboraron como ilustradores Greta Buntalyk (2ºB), María López Muñoa (2ºB), Paloma Mancuso (2º B), Bianca Ferraro (2º B), Bianca Angelini (2º B), Guada Cardoso (2ºB), Andrés Garabelli (2º B), Julia Proh (4º), Julieta Bertalot (4º), Belen Krzystyniak (4º), Julieta Dalmonte (5º), Felipe Cabrejas (5º), Maia Vrljicak (5º), Francisco Nistico (5º), Bruno Eletto (5º), Felicia Sottosanto (6º), Delfina Lafemina (6º), Bernarda Bobienko (6º), Alejo Guttovich (6º) e Hipólito Natale (6º)
En un mundo mediado por el vértigo tecnológico, los invitamos a hacer un alto para adentrarse en la lectura de estas páginas, donde nuestros chicos despliegan su ingenio, creatividad y exploración con la palabra y las artes plásticas.
Norma Del Buono
Referente del área de Prácticas del Lenguaje y Literatura.
Nuestro Colegio cumple 65 años, hace 30 que esta querida revista se editó por primera vez, y hace dos que la despertamos para reeditarla.
Todo esto hace que hoy celebremos con mucha alegría el reinicio de la continuidad, el aporte del área de plástica y que tantos escritores se hayan animado a escribir y... ¡a publicar!
Lena Levi Altstaedter - Equipo Directivo Nivel Secundario
LA HABITACIÓN DEL ABUELO
Nacho tenía 12 años y vivía en una casona antigua de Banfield. Hace varios meses su abuelo murió en su habitación por causas que su familia desconoce y los médicos no pudieron explicar.
Un día, Nacho recordó que su abuelo siempre le decía que no entrara nunca a su habitación y que tampoco abriera el armario donde guardaba su ropa, porque podía ser peligroso.
Una noche de tormenta, Nacho pasó por el cuarto de su abuelo y escuchó ruidos extraños, golpes y voces, como si hubiera gente hablando.
Todo era muy extraño. Nacho estaba pálido del miedo y se acordó de las palabras de su abuelo, y aunque quería entrar para descubrir las causas de la muerte de este, el pánico no lo dejaba.
Esa misma noche, Nacho tomó toda la fuerza posible y decidió entrar a la habitación, pero nunca salió.
Carola Saglia 1°B
Se verán iguales, pero algo anda mal.
Esta es la historia de Lulú y Lalá, las cuales eran dos gemelas parecidas a muñecas de porcelana, ambas eran idénticas y compartían la particularidad de destacar en todo.
El tema era que, en un podio, no hay dos primeros puestos, y la cima siempre se la llevaba Lulú. Como era de esperarse, Lalá no se lo tomó de buena manera…tenía que planear algo, algo que arruinara a su hermana.
Finalmente, luego de mucho tiempo, Lalá recibió el puesto que merecía tener, pero Lulú no estaba en el puesto número dos, ella estaba en un rincón de su habitación, llorando, con la cara arrancada.
Florencia Marino
Era una noche normal, tranquila como todas las noches, cuando las luces de mi habitación se apagaron y las cortinas se cerraron.
Me asusté mucho, me metí a mi cama y me tapé hasta el cuello. De repente, vi una sombra en mi ventana, una sombra humana que parecía que estar mirando mi habitación. La persona abrió la ventana, entró, y cuando me estaba por atrapar, me desperté y comprendí que sólo había sido un sueño.
Desde ese día, esta pesadilla se repite una y otra vez para atormentarme.
Lautaro Tallone
EL SÓTANO DEL TÍO
Mi tío, Santiago, siempre fue extraño. Cuando íbamos a su casa se escuchaban ruidos raros que provenían del sótano, pero él decía que era una fuga, aunque nadie le creía.
Un día, harto, decidí entrar al sótano, y al ingresar vi toda la gente que había desaparecido del pueblo. Solté a todos, pero apareció mi tío y cuando me iba a disparar con su escopeta, mi primo, Félix, lo empujó y evitó que me matara.
Luego mi tío fue encerrado…, pero hoy nos dijeron que escapó.
Pedro San Miguel 1°B
EL FANTASMA DE LA BAILARINA
En mi primer día de cuidar el teatro del Balmoral College, al que los alumnos conocen como “Pearson Hall ", escuché unos ruidos de pasos suaves, como si fueran
los de una bailarina de ballet y también pude oír el eco de una risa melancólica. Inmediatamente, muerto de miedo, fui a buscar a mis compañeros de trabajo, y al llegar, me contaron algo que me dejó paralizado...
Carlos, uno de mis compañeros me comentó, que hace mucho tiempo, una joven muchacha, la cual era una bailarina, danzaba en el Pearson Hall, cuando una luz del escenario cayó encima de ella, matándola mientras bailaba, y que su espíritu ronda por el teatro, buscando terminar su acto final...
De hecho, la directora dijo que la joven, llamada Vanesa, había muerto en una de las actuaciones más importantes de Balmoral, y que luego de su muerte, el colegio nunca más realizó espectáculos de este tipo.
Luego de esa historia de Carlos, todos nos alejamos del lugar.
Hasta el día de hoy se comenta que en el aquel lugar se encuentra el espíritu de la joven bailarina, haciendo piruetas y bailando, buscando completar su última presentación.
Catalina Moreno Klag, Florencia Marino, Jazmin Maldini y Mila Vrljicak Raggio
LA LLEGADA DEL DIABLO
Y estaba ahí, arrinconada contra la pared, viendo cómo mis amigos se mudaban. No podía hacer nada. En ese momento, todo era frío como siempre, pero, además, sentía tristeza porque eran mis amigos quienes se iban: me abrían en el desayuno, en el almuerzo, en la merienda y en la cena. A veces me abrían a cualquier hora.
Los vi irse y, lamentablemente, llegó mi otra familia. Tenían un bebé que me golpeaba, me abría y me cerraba y así, sucesivamente. ¡Era insoportable! Hasta que un día me lanzó algo filoso que atravesó mi capa y llegó a mi motor. Entonces, me fui muriendo lentamente y, en esos instantes, lamenté la ida de mis amigos y la llegada del diablo.
Andrés Garabelli. 2°B
EL ABANDONO
Yo estaba en mi casa cuando mi dueño se mudó. Otro me recibió como parte del hogar, sin embargo, estoy muy triste porque se llevaron al freezer por separado y a mí me dejaron. Él era mi mejor amigo.
Ahora, yo tengo un cable roto y ya no enfrío mucho…soy vieja. Mi nuevo dueño es bueno, pero siento que está por reemplazarme. Me siento sola…estoy oxidada.
Por un momento, tuve la esperanza de que no me cambiaran, porque seguían usándome sin parar. Un día vi cómo entraban un freezer muy grande y moderno, pero luego escuché que venía con heladera. Era mi final.
Mateo Pini de Candia. 2°A
LA REVANCHA
Ese día nos fuimos todos. Mis amigos iban conmigo en el camión y estábamos todos muy apretados. Mis sistemas interiores no funcionaban. Pero todo cambió cuando el camión se detuvo y me dejaron plantada en la calle, sin ningún enchufe. pasé días sin enfriar nada, hasta que alguien me agarró. Entonces, me llevaron a una nueva casa, con nuevos amigos; y, aunque extraño a mi amigo el freezer, ya me acostumbré a la casa y sigo enfriando y conservando cosas.
Marcos Monteverde. 2°A
LA MUDANZA DE MI FAMILIA
Estuve en la vida de los López por más de trece años. Todavía recuerdo el día en el que me eligieron de entre todas mis otras compañeras, las heladeras, en Frávega. Esa semana fue la mejor de mi vida; en cambio, esta semana está haciendo la peor: mi familia, la única que tengo, se va a mudar. Mis sospechas comenzaron cuando los hermanos, Emma y Juan, empezaron a hablar, en mitad de la cena, sobre cómo querían su nueva habitación. En ese momento, preferí creer que solo estaban imaginando cómo sería en un futuro, cuando se mudaran solos.
Pero hubo un día en el que me di cuenta de lo que estaba pasando. Fue hace tres días, cuando estaba vacía. Mi familia no había hecho las compras en el supermercado y, en su lugar, habían comprado una nueva heladera.
Por lo que le escuché decir a Paula, la madre, yo ya no servía porque no enfriaba lo suficiente. Haber escuchado esas últimas palabras de la misma persona a la que, años atrás, le habían brillado los ojos al elegirme me hizo llorar. Para ellos yo ya era un problema porque había empezado a gotear; pero, lo más triste de todo, fue verlos con cajas en las manos despidiéndose de los rincones de su casa. Ellos quizás no se dieron cuenta y los veían como lugares simples de la casa, pero yo, que estuve en el mismo rincón por trece años, logré recordar cada momento. Entonces, el espacio en el que ellos veían el lugar del sillón (ahora, un rincón vacío), yo veía el lugar en donde, luego de su boda, Paula y Mario se habían recostado y besado por horas…o ese espacio en donde iba el horno: yo recordaba cuando Emma y Juan se habían escondieron para no ir al dentista…esos pequeños lugares me dan demasiada nostalgia.
Hoy entiendo que es momento de pasar página ya que al menos no me no me iban a tirar, sino que me van a llevar a lo de la hermana de Paula. Esto me encanta porque ella es pastelera y voy a estar siempre llena de cosas dulces, pero no niego que voy a extrañar a mi primera familia.
Mailén Álvarez Idiarte. 2°B
UNA INTRUSA
Estaba tranquila en la cocina, cuando vi que mi familia estaba guardando todos los adornos en unas cajas. De un momento a otro, un hombre se paró detrás de mí y se me empezó a ir el frío…me había desenchufado. Me pusieron un plástico encima y me llevaron a un camión. Allí estaban conmigo todos los adornos y estábamos bastante asustados.
Después de un largo tiempo llegamos a una casa diferente y, cuando entramos, yo fui la única a la que dejaron cubierta con un plástico. Podía ver todo por un agujerito…seguía confundida.
De pronto, vi otra heladera mucho más lujosa. La estaban entrando por la puerta y la estaban posicionando en mi lugar. Con ese pequeño acto, me habían reemplazado.
Joaquín Moreno Klag. 2°A
LA JOYA
En la mañana del 5 de abril de 1998, recibí una llamada de la señora Roxanne Milkwitch, quien era conocida por su riqueza y por poseer una enorme colección de extravagantes joyas. Ella llamó desesperada diciendo que una de las piezas más caras de su colección había sido robada de su habitación, la noche anterior.
Le pregunté quiénes estaban en la casa en ese momento y me respondió que estaban el cocinero, el guardia y su mayordomo de confianza. Todos ellos eran los únicos que tenían la llave para abrir su habitación, pero la señora Milchwitch nunca dudó de sus empleados, ya que les tenía mucho cariño; aunque, después de ese robo, todos parecían sospechosos. Sobre todo, tenía miedo porque eran personas muy cercanas y cada uno tenía un motivo para robar la joya: el guardia, por ejemplo, estaba pasando por un mal momento económico; el cocinero estaba endeudado, y el mayordomo era un hombre bueno, pero la señora Millkwitch siempre sospechó que tenía un oscuro secreto.
Lo primero que hice cuando llegué a la casa fue verificar si había algún tipo de pista y, para mi sorpresa, encontré unos guantes tirados en la basura y la llave de la habitación a su lado. Los guantes y la llave parecían muy bien desinfectados ya que no había ninguna huella en ellos. La primera persona en la que pensé fue en el cocinero, ya que tenía una peculiar obsesión con la limpieza, pero también estaba su mayordomo, quien nunca se quitaba los guantes.
Entonces, pedí permiso para revisar las habitaciones de los sospechosos. Todos aceptaron fácilmente mi pedido y empecé por la del mayordomo. Vi que tenía mucho dinero en una caja fuerte y logré que me dijera de dónde lo había sacado. Él comenzó a llorar y me dijo que era la plata de su casa y que había tenido que venderla por un problema familiar y por eso se hospedaba en la casa de la señora Milkwitch. Le creí. Parecía una persona honesta y leal.
El cocinero, por su parte, vivía en un monoambiente con sus tres hijas. No pude encontrar nada, pero todas las pistas me conducían a él. El cocinero me dijo algo que me inquietó: “vi al mayordomo Andrew entrar en la habitación de Roxanne, pero lo que me sorprendió fue que Andrew había salido sin sus guantes y él nunca se los saca”.
Por último, no encontré ningún motivo para sospechar del guardia.
A partir de lo que el cocinero me dijo, estuve varios días vigilando al mayordomo, pero nada me parecía sospechoso.
Días después, la señora Milkwitch me llamó para decirme que la joya había aparecido.
Cuando llegué, vi que no había ninguna huella en las joyas, pero sí tenía un olor muy fuerte a cebolla. Pensé en el guardia, ya que era el único no obsesionado con la limpieza, pero… ¿y si estaban tratando de inculparlo?
De pronto, una idea me vino a la cabeza: era el cocinero. Siempre lo tuve frente a mi nariz…primero, trató de culpar al mayordomo con lo de los guantes y, después, el olor a cebolla. Fui a hablar con él y me confesó todo. Él solo quería pagar su deuda y darles una buena vida a sus hijas, por eso le tuve piedad y lo dejé libre.
Joaquín Moreno Klag, Ona Teijeiro Piferre , Sofía Moroni 2°A
LA SUSTANCIA BORTOLOTTI
En el colegio Balmoral, la profesora de fisicoquímica, Sandra, había creado una sustancia que podía llegar a destruir toda la ciudad de Buenos Aires y, debido a su peligrosidad, la guardaba en un lugar muy poco accesible de su laboratorio.
Una mañana, cuando llegó a su oficina, encontró que todo estaba desordenado y que la sustancia no estaba donde ella la había dejado. Buscó por todos lados, pero no había rastros de ella. Muy preocupada, se acercó a los directivos, Diego y Lena, y les contó todo lo que había pasado.
Dos estudiantes curiosos habían escuchado el relato y les había interesado el caso; así que pidieron permiso para colaborar con la profesora y con los directivos.
Lo primero que hicieron fue revisar las cámaras de seguridad y encontraron imágenes de dos alumnas del colegio, Mara y Laura, que habían entrado al laboratorio de un modo muy sospechoso, porque no tenían química en ese horario.
Los “detectives” les preguntaron qué estaban haciendo en ese lugar. “solo estábamos buscando nuestros libros”, dijo Mara; pero tanto los chicos como los directivos sabían que mentía.
Luego se enteraron de que Inés y Marina, otras dos alumnas, sabían algo y estaban encubriendo a sus compañeras. El plan maestro consistía en robar la sustancia y, luego, venderla, ya que era muy valiosa.
Los dos alumnos que colaboraban con el caso fueron a hablar con Marina e Inés y ellas, finalmente, confesaron que la sustancia estaba escondida en una parte del patio del colegio. Entonces, los chicos fueron a buscarla…y allí estaba.
Con la sustancia recuperada, los “detectives” informaron a Sandra que habían encontrado a las culpables y habían podido detener ese peligroso plan; mientras que la profesora, ya aliviada, decidió destruir la sustancia.
Las chicas fueron suspendidas y obtuvieron una seria sanción; la tranquilidad había vuelto al colegio Balmoral. Pero, lo más valioso, fue que todos aprendieron una gran lección: que no debían subestimar la Química.
María López Muñoa, Lucio Schiapacasse, Delfina Koltan 2°B
LOS EXÁMENES DESAPARECIDOS
Un lunes de agosto, la profesora Karina Guasco, tenía programado un examen de Geografía para los alumnos de 2°B. En el momento del examen había un clima medio tenso y raro, ya que ninguno de los alumnos había estudiado. A la profesora le pareció extraño este comportamiento, porque era un curso en el que los chicos hacían muchas preguntas y todos eran aplicados e inteligentes; y, aunque todos habían entregado antes de tiempo, lo dejó pasar.
La docente se fue del aula pensando en que muy pocos iban a aprobar. Ella iba a su próxima clase, que era en 4° año, clase en la que los chicos eran bastante revoltosos, particularmente uno de ellos llamado Juan. Sin embargo, esa ahora había sido una de las horas más tranquilas de la profesora y transcurrió sin ningún problema.
Luego de su mañana de trabajo, la profesora Karina se había ido a almorzar, pero como tenía varias cosas en la cabeza se había olvidado todas sus pertenencias en un banco del aula de 4°. Después de comer, la docente quiso corregir los exámenes y, fue entonces cuando se dio cuenta de que estaban todos sus materiales, menos los exámenes. Ella, preocupada, empezó a buscarlos, pero no tuvo suerte y optó por avisarle a Diego Minuttoli, director del colegio.
Él, sin entender mucho, ya que Karina estaba muy nerviosa y no le podía explicar muy detenidamente qué había pasado, fue a 2°B a preguntar si alguien sabía algo sobre la desaparición de los exámenes. Los alumnos, con cara de sorpresa, y de no entender mucho, le dijeron que no sabían nada.
La semana siguiente, Karina y Diego siguieron investigando, pero no encontraron ni los exámenes ni al culpable. Entonces, con el pasar de los días, la profesora, ya desesperada, decidió volver a tomar la prueba. Esta vez, a los alumnos les fue mejor; de hecho, todos habían aprobado porque, esta vez, habían estudiado. Gracias a esto, la profesora había dejado de lado lo sucedido y casi había olvidado por completo el episodio.
Pero, lo que nunca salió a la luz, fue que los alumnos de 2°B habían ideado un plan con Juan, el alumno de cuarto, para que él y sus amigos distrajeran a la profesora y pudiesen robar los exámenes sin que nadie se diese cuenta.
El plan había sido todo un éxito.
Isabella Corti
Greta Buntalyk Caviglia
Iñaki Muñoa
Ignacio Villasenin Testado
2°B
UN OBSEQUIO BAJO CERO
No se podía ver nada más que nieve por todas partes y escombros en cualquier dirección que mirase. Ni hablemos del frío, que por más que intentase una y otra vez, no podía levantarme ni mucho menos lograr que las palabras salieran de mi boca. Era como estar dormido, con la diferencia de que no era un sueño, y por más que quisiese tampoco era una pesadilla, era la realidad. Mis compañeros corriendo
por sus vidas mientras yo ahí indefenso sin poder hacer más que mirar. No duró mucho. Perdí la conciencia, y al recuperar el reconocimiento estaba bajo una trinchera, o más bien lo que quedaba de mi helicóptero. Nos habían mandado a una misión secreta a Siberia con el propósito de investigar el centro nuclear recientemente inaugurado. Todo iba a la perfección, cuando de un momento a otro, apareció un enemigo en el radar y no llegué a reaccionar: un misil golpeó el helicóptero y salí despedido de la nave.
No sé si fue suerte o coincidencia, pero lo que sí sabía es que había sobrevivido. En eso apareció mi capitán con un soldado y me agarraron y me cargaron con todas sus fuerzas lejos del frente. No había árboles, arbustos, nada que nos protegiese de los proyectiles. Estábamos en el medio de un claro, a campo abierto, con los disparos rozándonos la ropa, cuando de repente uno de ellos le impactó en el tobillo a mi capitán, haciéndolo caer desplomado en la nieve. El soldado, en un acto de cobardía, salió corriendo dejándome solo con él en el medio de la nada. Sin nada más que hacer, ya que abandonarlo no era opción, alcé una bandera blanca y empecé a rezar por nuestras vidas. Se nos acercó un enemigo, y como era esperado sacó su arma y nos apuntó, pero justo al momento que iba a jalar el gatillo su comandante lo frenó e inmediatamente nos dio la mano para ayudarnos. Yo dominaba el idioma, por lo que entendí sus conversaciones a la perfección. Pero lo más extraño estaba aún por suceder, ya que nos dió un abrazo, eliminando todo el sufrimiento acumulado que tenía por la falta de comida, ropa y cariño soportada todo este largo tiempo, y no saber cada día si sería mi último.
Eso se había terminado. Recuperé toda la fe y esperanza que había perdido hacía tiempo. Me dijo que nunca sería capaz de matar a un soldado indefenso, y mucho menos a uno el cual estaba ayudando a un compañero. Y que por más que fuésemos de distintos bandos, con culturas distintas y con órdenes de asesinarse
mutuamente, en esta ocasión nos perdonaría la vida. “Bajo la cerca hay un túnel escondido detrás de un arbusto. Crucen ese mismo y una vez fuera, sigan aproximadamente unos tres kilómetros hasta encontrarse con una cabaña que parece abandonada, pero es solo la fachada, ya que es en realidad un centro de ayuda para inmigrantes. Allí tienen un enfermero, seguramente los pueda ayudar, y luego tendrán la posibilidad de realizar una llamada. Les deseo todas las suertes y no se rindan”. Eso nos dijo antes de marcharnos. Las palabras seguían atrapadas dentro de mi porque no sabía cómo darle las gracias y las lágrimas se me congelaban en mi cara.
Así sucedió. Cruzamos ese mismo túnel y todo el resto fue exactamente igual. Sin dudarlo entramos a la cabaña, la cual se veía algo pequeña pero acogedora. Fuimos atendidos al instante y a mi capitán lo trasladaron a una sala donde lo ayudaron. A mí me dieron un té, lo cual puede sonar como algo normal, pero teniendo en cuenta las condiciones por las que habíamos estado pasando, se podía considerar una especie de lujo. Me sentía mejor que nunca, al fin estaba sin preocupaciones, además de que acababan de informar que mi capitán estaba estable y nos podríamos ir pronto. Me levanté a dejar el té, cuando me tropecé con una tabla suelta, haciendo que de mi bolsillo se desprendiese una flor que iba desde tonos anaranjados hasta unos amarillentos grisáceos con unos rasgos preciosos e indescriptibles. Se sentía como los rayos del sol en pleno verano de mi niñez. Al mismo tiempo contenía en ella un aroma que me trajo un montón de buenos recuerdos, y la forma en la que los pétalos se disponían era perfecta. Creo que podría decir que me dejó tan maravillado que fue la primera vez en todos estos interminables cinco años, que en mi cara se produjo una pequeña pero realmente significativa sonrisa.
Bautista Panozuk
PÉTALOS DEL RECUERDO
Yo estaba tan enamorada, y él me había regalado una bella rosa roja. Parecía de terciopelo y su pigmento tan rojo como la sangre que sale de mi dedo cuando me corto con la astilla de una de mis muchas plantas. Ese pequeño regalo me había enamorado aún más. Sus ojos marrones y brillantes que me fascinaban, lograba transmitir ese sentimiento de amor que era mutuo entre los dos.
Con el pasar de los días, la rosa seguía en el mismo estado en la que estaba cuando me la regaló, firme y roja. Yo le di mucho cuidado a esa flor, era ese detalle que él había considerado darme, muy romántico.
Un dia como cualquiera, me encontraba regando a mi amada rosa, cuando noto que había un bicho entrometido posado en mi flor. Cuando lo intenté sacar, sin querer arranqué uno de los pétalos del lado izquierdo. Entré en desesperación. Mi perfecta rosa ya no era perfecta. Ya no había vuelta atrás. Con mi pétalo en mano, comencé a sentir un escalofrío en el cuerpo. Tenía la visión borrosa y el tictac del reloj se aceleraba cada vez más. Mis latidos eran más rápidos, y de repente ya no estaba en mi departamento. Cuando pude recuperar la visión, noté que me encontraba en una habitación completamente blanca. De un momento a otro, sin darme cuenta, aparecí en la casa de mis padres. Miré a mi alrededor y pude ver
familiares y amigos míos, rejuvenecidos por el tiempo. La casa estaba distinta en todo sentido. Familiares que ya no estaban entre nosotros, allí se encontraban, en carne y hueso.
Algo inesperado sucedió, me quedé helada, no lo podía creer. Me estaba viendo a mí misma pero pequeña. Luego recordé, esa había sido mi fiesta de cumpleaños número cuatro. Intenté acercarme para ver qué estaba sucediendo.
Tenía demasiada curiosidad por charlar con mi familia de esos tiempos. En el momento en que estuve frente a mi abuela, intenté hablarle, con una voz quebrada al borde del llanto, pero mi abuela parecía ignorarme. No me miraba ni me escuchaba. Como si yo no estuviera allí. Me alejé y pegué un grito al aire, solo para confirmar que nadie me escuchara, y así fue. Todos me ignoraron. Yo estaba viéndolos, pero ellos no a mí.
Pasaron veinte minutos. Observé la situación lo más que pude, hasta que de repente, en el lapso de unos segundos, volví a estar en mi departamento, con la rosa roja enfrente mío. Aún quedaban cinco pétalos más. Todavía desentendida y sorprendida, arranqué otro pétalo más para repetir esta loca e irreal situación. Se repitió lo de la habitación blanca, pero esta vez, el próximo escenario no fue la casa de mis padres. Esta vez me encontraba en la nieve. Observé a mi alrededor. Analicé el ambiente y noté que estaba en 2013 en la nieve con mi familia. Nuevamente, estuve veinte minutos y regresé a mi departamento actual.
Esta situación todavía parecía ficticia. Restaban cuatro pétalos. Arranqué tres más, y las tres veces me llevaron a un recuerdo. El último pétalo me llevó a un supuesto recuerdo que estaba perdido en mi memoria. Parecía muy actual. Estaba en mi departamento. Se veía como que era mi persona de hace unos minutos, observando la rosa y considerando qué hacer con el último pétalo. Luego veo cómo
mi persona del recuerdo se acerca a la ventana. Yo me acerqué a ver qué sucedía. No lo podía creer. Sentí un vacío en el pecho.
Luego, sonó el timbre. Abrí la puerta y allí estaba, el chico de los ojos marrones. Todavía vivo, antes del accidente, con una rosa roja en mano. Lo apresuré a que entrara rápidamente a mi departamento, para evitar un doloroso funeral.
Abril Cochón
PROMESA CUMPLIDA
Graciela había quedado viuda tan solo a sus veinticuatro años. Su esposo Fabián había tenido un terrible accidente en la fábrica donde trabajaba y desde entonces Graciela había quedado devastada. La mujer solía visitar la lápida de su esposo con frecuencia, por lo que decidió mudarse a un departamento más cerca del cementerio, con el fin de hacer el trayecto más corto.
Una tarde fría y oscura de invierno en la cual lloviznaba apenas, Graciela observaba, sentada en la tierra, aquella promesa que había grabado en la lápida: “Amado esposo y compañero de vida, nos vemos en el cielo”. Llevaba puesto un piloto rojo y unas botas con plataforma. El piloto estaba arremangado en su brazo para no mancharlo al acariciar el pasto debajo de ella, mientras recordaba con los ojos cerrados cálidos recuerdos junto a Fabián. Graciela extrañaba esos momentos; la falta de sus abrazos hacía que los recuerdos parecieran cada vez más reales, tanto que la ilusión de volver a verlo se apoderaba de su cuerpo.
Casi desvanecida en sus recuerdos por su semejanza con la realidad, Graciela se paraliza ante un frío sentimiento de caricias. En su brazo percibe el roce de una
mano fría y pálida sobre su piel erizada. Luego comienza a oír el tarareo de una melodía. Aquel dulce y suave canto se lo había compuesto su esposo el día de su boda; era único y especial, solo ellos lo conocían; era casi imposible que otra persona cante la melodía, a menos que fuese él. Graciela se estremeció al oírla, ese sonido la tranquilizaba, era como volver al pasado, donde eran felices juntos y su única preocupación era amarse. De pronto, un tironeo en su brazo la levantó y le dio la vuelta. Ahí, justo en frente de ella estaba su esposo tarareando, listo para bailar. Fabián tomó su mano, acercó su cuerpo hacia ella y comenzó a moverse sutilmente esperando a que Graciela se acoplara a su ritmo. Ambos bailaron abrazados bajo la lluvia, sin hablar y sin mirarse, solamente escuchando la dulce melodía
Ya había anochecido y la lluvia comenzaba a molestar, Graciela debía irse pero su amado parecía no poder despegarse, Fabián retenía con muchas fuerzas el brazo de su amada. Sin pensarlo Graciela soltó un brusco movimiento que la liberó de los brazos de su esposo, sin mirar atrás corrió hasta un pequeño bar cerca de su departamento y del cementerio, se sentó en una pequeña mesa y ordenó algo de comer. Al rato, un hombre se acercó a una mesa al lado de la suya. El hombre estaba de espaldas a Graciela y tarareaba una melodía casi susurrando. La mujer no se percató de la música ya que era en un tono muy bajo y ella estaba tratando de comprender qué había sucedido en el cementerio. Era tarde y estaba cansada, se levantó de su mesa y partió rumbo a su casa. El hombre del bar también se fue.
Graciela escuchaba pasos detrás de ella, parecía que la estaban siguiendo. Se escuchaban cada vez más fuerte y a medida que se acercaban la melodía única de su esposo se comenzaba a escuchar. La joven viuda se dio vuelta. Parado bajo la lluvia, en el medio de la calle, estaba su esposo tarareando. Corrió hacia él, casi ciega por el reflejo de un potente destello proveniente de un auto en un charco de agua, una luz blanca y rápida alumbró esa oscura y mojada noche de invierno.
“…nos vemos en el cielo”, cumpliste tu promesa dijo Fabián mientras tarareaba.
Olivia Szalankiewicz
EL TOBOGÁN DE LA MUERTE
Tres años atrás, un chico llamado Fausto, de dieciséis años, oriundo de Texas, Estados Unidos, se había ido de viaje con su familia a Hawai. Cuando ya estaban alojados en su destino, los padres de Fausto decidieron que sería una buena idea ir a un parque acuático. Fausto, contento porque hacía tanto que no iba a un parque acuático, aceptó. Ya en el lugar, tomó la decisión de subirse a un grande y largo tobogán azul. El chico estaba muy contento porque él solamente había probado una vez sola un tobogán de agua cuando tenía diez años y le había parecido una fantástica experiencia. Cuando Fausto recorría el trayecto del tobogán todo iba bien hasta que hizo un mal movimiento y se golpeó muy fuerte en la nuca; él terminó de deslizarse y cayó en la pileta que estaba debajo del tobogán. Comenzó a tocarse la cabeza, tenía imágenes vagas de lo que había pasado, no sabía dónde estaba, lo único que veía a su alrededor eran sangre y zombies, de aspecto extraño, muy asquerosos y horripilantes, que le tocaban lo hombros y los brazos y lo miraban perversamente. Todo el paisaje era frío, negro, oscuro; el chico movía la cabeza de un lado al otro, se sentía aterrorizado. Observó a todos con detenimiento y vio a sus padres también convertidos en zombies acercándose hacia él. No sabía qué hacer.
Del tobogán, un brazo de una chica lo tira y lo lleva hacia adentro. La chica le contó que también le había sucedido lo mismo al tirarse. A un costado del juego Fausto vio
chicos de su edad encerrados y que de repente iban desapareciendo. Sus ojos desorbitados, su cara pálida expresaban desesperación. No sabía cómo salir de donde estaba, todos estos chicos se habían tirado y golpeado con el tobogán y no habían podido salir de ahí; empezaban a desaparecer, y él sería el próximo.
Finalmente, un grito muy fuerte del padre de Fausto hizo que el chico se despertara. Fausto aliviado le dio un abrazo a sus padres. Tenía una expresión de mucha felicidad en la cara, estaba muy contento de tener a sus padres frente a él. Fausto pasó del miedo y la desesperación a la felicidad y alegría, era una mezcla de emociones muy fuerte. Mientras su corazón latía muy rápido, vio una sombra, fea, sucia y asquerosa, acercándose. La sombra lo miraba de una manera que le parecía muy conocida a Fausto y le hacía recordar algo abominable.
LO PEQUEÑO CAMBIÓ MI VIDA
Pedro Fernández Buzzi
Victoria estaba caminando con la mamá, era un día gris aunque no estaba lloviendo, tampoco hacía frío ni calor. Estaba vestida con un short negro tiro bajo y una remera manga corta de color azul verde agua. Su mamá, con un vestido blanco el cual no rozaba el cuerpo y con el que de vez en cuando se tropezaba.
Mientras pasaban por la panadería de la abuela Marta, por la gran vidriera donde se exhibían todas las hermosas y brillantes medialunas, y se olía el pan recién sacado del horno, de repente a Victoria la agarra algo, un dolor en el pecho, como un pequeño pinchazo en el medio del corazón, el cual se iba agrandando a medida que intentaba respirar. Hace una mueca de dolor y la madre le pregunta si se siente bien. Ella le cuenta sobre ese pequeño pinchazo en el centro del corazón, que le dificultaba un poco respirar. La madre no le da mucha importancia y le dice que si quería, después podían pasar a hacerse un chequeo.
Lo que ella no sabía era que a Victoria le daba miedo ir al médico, por una situación que sucedió cuando era chica, entonces la palabra “médico” quedó resonando como un eco angustiante en su cabeza, luego empezó a imaginarse un escenario ficticio no tan lejos de la realidad…
Lo que ella vio era una habitación chica con paredes blancas y lisas, una pequeña ventana dando al pasillo del hospital con una persiana entreabierta en la cual entra una luz tímida, un rayito de luz que no la deja ver, y unas agujas de metal enormes clavadas en sus venas. Tambíen tenía una mesita de luz al costado en la cual se encontraba un control negro y un ramo de rosas, luego… “hija, ¿sabés dónde hay queso?”. La madre interrumpe su imaginación, trayéndola de nuevo a la realidad, hablándo le de lo que tenían que comprar en el supermercado.
Luego de dos horas, a Victoria le agarra el mismo dolor en el pecho, pero esta vez mucho más fuerte. Victoria empezó a desesperarse porque el aire no llegaba a sus pulmones, el corazón parecía no moverse y el pinchazo se agrandaba a medida que iba pasando el tiempo. De lo único de lo que se acuerda luego de eso es de que se puso todo negro.
Cuando se despertó, estaba en una habitación chiquita con paredes blancas lisas y una ventana con una persiana entreabierta que daba al pasillo de lo que parecía ser un hospital. Tambíen entraba un pequeño rayo de luz que la segaba un poco y al costado se encontraba un control remoto negro con un ramo de rosas que había dejado la mamá con una nota que decía: “hija, fui a buscar bebidas, ahora vuelvo”.
Morena Langle
EFÍMERO
Era un hermoso domingo soleado. Esperaba este domingo hacía varias semanas. Mis abuelos volvían de su viaje y yo estaba ansiosa por saberlo todo. Me lavé los dientes, la cara, me cambié, salimos. Íbamos en el auto mis hermanos, mis papás, y yo. Miraba pasar por la ventana mi barrio, mi escuela, mi club.
Llegamos al fin. Corro a abrazar a la abuela; estaba bronceada, muy linda. Sigo mi camino hasta la parrilla donde el abuelo me esperaba con un delicioso asado en proceso. Mis primas más grandes estaban sentadas jugando a las cartas. Todo ocurría normalmente. Los hombres charlando en la parrilla, las mujeres en la cocina preparando las ensaladas. La abuela estaba contándonos sobre su viaje cuando mi tía Susy llama a mamá para que la ayude con la mesa. “No todo en el viaje fue una gran anécdota”, dijo la abuela algo preocupada. Mis oídos automáticamente se agrandaron y mi atención se hallaba en el relato que estaba por iniciar.
Ella estaba con el abuelo, tirados en reposeras, tomando sol, apreciando las hermosas vistas de esa arena blanca y ese mar casi transparente, cuando la abuela decide ir a buscar algo para beber. El bar quedaba algo lejos, por lo que tardaría unos diez minutos en volver. El abuelo se relajó, entrecerró los ojos y respiró profundo. De repente algo lo sacó abruptamente de esa tranquilidad. Era su celular, que sonaba desde el bolso de mano. Dudó en atender, pero pensó que podría ser alguien de la familia, así que miró. Un número desconocido lo invocaba. Dudó nuevamente en atender, pero finalmente lo hizo. Una voz grave del otro lado de la línea le dice que su esposa estaba secuestrada y que, si no cumplía lo que le decían, la matarían. El terror se apoderó del abuelo. Empezó a temblar y algunas lágrimas corrían por su rostro. Se encontraba paralizado en la reposera.
Desapareció de repente esa tranquilidad que sentía hacía unos pocos segundos. El espacio se oscureció.
La arena ya no era tan blanca, el mar ya no era tan transparente…
Se puso de pie rápidamente y corrió hacia el bar donde la abuela se dirigía antes que empezara este desastre. De repente el tiempo corre más rápido, el camino se hace más largo, los sonidos suenan diferentes. Su vida toma otra dimensión. El abuelo corre desesperado mientras sus pulmones y sus rodillas piden a gritos que parara de correr. Cuando llega al fin al bar, ahí estaba la abuela esperando apaciblemente por su bebida. Todo había sido una farsa, una mentira escabrosa. El abuelo aún estaba en shock como para entender lo que pasaba.
Yo estaba asombrada escuchando la historia y quería abrazar al abuelo fuerte por el espantoso momento que había vivido. Mamá pega un grito desde el patio avisando que estaba la comida lista, trayéndome de regreso a la realidad. Todos empezamos a caminar rumbo a la mesa, mientras yo no paraba de pensar en lo que me acababa de contar la abuela y lo que hubiera dado por haber estado ahí para decirle al abuelo que todo era
mentira, que no se preocupe, que la abuela estaba esperando las bebidas. Ya eran las tres y media de la tarde, bastante tarde para nuestra familia que solía almorzar a eso de las dos todos los domingos.
Terminamos de comer y decido tomar una siesta. No podía dejar de pensar en la historia que me había contado la abuela, todavía sentía esa angustia. Me recuesto en el sillón favorito de mi abuela. Ese tesoro color rojo y tan lleno de almohadones. Me duermo en unos segundos. De repente, un fuerte sonido interrumpe mi descanso. Mi celular sonaba y marcaba un número desconocido. Se escuchaba un murmullo que venia del comedor. Somnolienta me levanto y atiendo con mi voz aún ronca. “Hola…” digo entredormida. Del otro lado escucho una voz fuerte que me decía: - “hola!no tenés tiempo que perder… tenemos a tu abuela, si querés recuperarla vení a esta dirección, anota, avenida Córdova 1349” todavía medio dormida tomó un papel y un lápiz, escribió, no entendía lo que estaba haciendo, leo lo que acababa de escribir. Miro para arriba. Resoplo. Corto el teléfono.
Delfina Añaños
FORTUNA
Era una tarde lluviosa en el departamento 213. Juan se encontraba viendo el crepúsculo del atardecer mientras tomaba su café cortado con dos cubitos de azúcar. Un pensamiento interrumpió su momento de placer: ¿cómo haría para pagar la renta? Él tenía una mini biblioteca en su hogar, ubicada en la pared cerca de la puerta. Sus estantes estaban hechos de madera refinada, con dibujos tallados en ellas. Los libros estaban ordenados por temas. Como estudiaba finanzas, guardaba muchos libros de esos temas, y uno se destacaba entre tantos. Contenía una contratapa gruesa, tallada en madera, con hojas finas que resaltaban por su gran tamaño. El libro había sido escrito y regalado por su bisabuelo, Juan Carlos Gutiérrez.
Juan lo abrió y lo leyó cautelosamente, encontrándose con un prólogo que decía: “Este libro contará historias de casinos del gran Juan Carlos Gutiérrez, y cómo consiguió su gran fortuna”. Con el paso del tiempo, Juan se empezó a sentir mareado, con náuseas y sudaba mucho. No sabía qué hacer y su vista cada vez se hacía más borrosa. En un abrir y cerrar de ojos, Juan aparece en una limusina. Allí se encontraba una persona que decía ser su mayordomo y que estaban a punto de llegar al gran casino de Las Vegas, "The Grand Daddy".
Al llegar, había varias personas esperándolo, apuntándole con cámaras y micrófonos. Juan estaba desconcertado, lo llamaban por el nombre de “Juan Carlos Gutiérrez”, como su bisabuelo, pero Juan estaba distraído con las luces de los edificios y los colores de los carteles que mostraban la cantidad de vida y alegría de la ciudad. Decidió ir a jugar al casino, específicamente al póker, en el que se destacaba por su habilidad. Al pagar las fichas, Juan se percató de que en la billetera había una foto de cuando él era pequeño, el documento de identidad de su bisabuelo y más de diez mil dólares en efectivo.
Juan, en su juego de póker, apostó todo el dinero que tenía, diciendo la frase: “El que no arriesga, no gana”, frase que le había dicho su bisabuelo cuando era pequeño. Juan tuvo una buena racha y logró ganar más de un millón de dólares. En ese momento de felicidad, las paredes de su alrededor empezaron a desvanecerse y un fuerte ruido tiritante, que haría despertar a cualquiera, interrumpió su realidad. Su cabeza era una montaña rusa, el dinero empezó a caer del cielo torrencialmente, y poco a poco lo empezó a cubrir, primero los pies y rápidamente comenzó a subir hasta la cabeza, hasta que le cubrió todo el cuerpo.
Juan, con todas sus fuerzas, intentó salir del dinero, lográndolo en el segundo intento. Al salir del montón de billetes, Juan se percató de que estaba en su apartamento, específicamente en su mini biblioteca. Su celular tenía una alarma como recordatorio de sus cuentas a pagar. Su teléfono se encontraba en uno de los muebles al lado de dos cartas, cuyos títulos eran: facturas de la renta y otra que ponía "Para Juan Carlos Gutiérrez". Al abrir la carta que supuestamente era para su abuelo, se encontró con un cheque de un millón de dólares.
Bautista Cibran y Tomás Ramisch
ESPEJOS SIN REFLEJO
7 de la mañana, la pasiva y suave voz de su madre despertándola para ir a la escuela. Nada fuera de lo común: un inicio de semana caluroso, al igual que el día anterior, razón por la cual se la pasó en la pileta hasta tarde. Se quedó pensando en el agua fresca y en lo cansada que estaba. No quería ir a la escuela. Sin darse cuenta, se quedó dormida y nuevamente escuchó la voz de su madre despertándola para ir a la escuela.
Esta vez, ella se levantó, fue al baño, se vistió con el uniforme escolar, y bajó las escaleras para ir a desayunar. Su padre bajó detrás de ella y le dio un beso en la frente. Siempre fue muy amoroso tanto con ella como con su madre. Eran los mejores padres del mundo. Le llamó la atención que en el noticiero registraban treinta y siete grados. Ella vestía de gimnasia -pantalón y chomba- pero no sentía calor en absoluto. Saluda a su madre, agarra su mochila, las llaves, la tostada que no había terminado y se dirige a la puerta principal. Cuando abre la puerta ve todo en blanco.
Abrió los ojos abruptamente. Se encontraba tumbada en la cama. Se incorporó rápidamente cuando escuchó los gritos de su padre: jamás lo había escuchado de esa forma. Como la situación le pareció muy extraña, decidió preguntarle qué estaba pasando, por qué actuaba así. Pero ya era tarde, su padre ya se había retirado hacia la cocina. Un poco confusa, decidió olvidar lo sucedido y empezar su rutina habitual. Bajó a desayunar y encontró por primera vez a sus padres gritándose cosas que no tenían ningún sentido. Ver eso le sacó el hambre. Se dirigió directamente a la puerta principal para retirarse, olvidarse de lo sucedido. Esta vez se levantó por su propia cuenta y pensó que quizás estas situaciones extrañas habían terminado. Nuevamente empezó su rutina, pero cuando bajó a desayunar vio algo que le revolvió el estómago. No podía describir su expresión al encontrar a su madre con otro hombre. Su padre, en el sillón, observando la televisión como si nada estuviera pasando. Trataba de gritar, pero terminaba expulsando gritos ahogados, sentía la desesperación intensificarse, no podía hablar y le faltaba el aire. Escuchó unos ladridos y al darse vuelta vio a su padre gruñendo. Tardó pocos segundos en volver a la realidad y darse cuenta que se estaba ahogando.
Emilia
Martínez y Luana Colotta
EL NUEVO MUNDO
Un pequeño niño llamado Mateo vivía en un pequeño pueblo, el cual estaba rodeado de altas montañas y bosques densos. Él siempre había sentido una atracción inexplicable hacia los bosques, como si allí dentro hubiera algo más que animales y gigantes árboles.
Un día, mientras exploraba el bosque, Mateo encontró una extraña piedra, que estaba tallada con símbolos antiguos. Él tenía mucha intriga y decidió llevarla a su casa para estudiarla. Mateo comenzó a observar detalladamente la piedra lado por lado y notó que cuanto más la miraba, más le dolía la cabeza. Tiempo después, decidió llamar a la mamá, quien era una experta lectora de símbolos antiguos, para que lo ayudara a verificar si esa piedra transmitía un mensaje. Dos horas más tarde, tras verla por mucho tiempo, Mateo sentía que se le rompía la cabeza, entonces la madre le sugirió ir a descansar.
A la mañana siguiente, Mateo notó movimientos extraños dentro de su dormitorio, sombras que se movían alrededor suyo y voces que le susurraban en su cabeza. Ve al bosque, ve al bosque. También se dio cuenta de que la piedra había desaparecido de su escritorio.
El niño decidió volver a la densa alameda en busca de la piedra, donde la había visto por última vez, cuando sintió un oleaje de energía recorrer su cuerpo y comenzó a sentir la fauna y la flora distintas a la realidad, como si estuviese en un nuevo mundo. Había árboles con pelos e insectos gigantes.
Confundido pero dispuesto a encontrar respuestas, Mateo exploró el nuevo mundo. Observó que los animales tenían patas enormes, dientes chiquitos pero filosos y caminaban, pero él no le dio importancia y continuó su camino hacia donde se encontraba la piedra por última vez. El pequeño llegó al lugar deseado, pero la piedra no se encontraba allí. Buscó por cada rincón, hasta que escuchó un ruido muy extraño. Se volteó y detrás suyo se encontraba una araña gigante. Mateo se quedó perplejo al ver semejante animal, le observó el cuerpo y vio que en las patas tenía algunos números y en la cabeza los símbolos que tenía la piedra.
La inmensa araña comenzó a atacar al niño, quien salió corriendo del miedo. Asustado, se escondió detrás de un árbol. El pequeño Mateo vio que el árbol tenía un número en el tronco. Intrigado, lo tocó y a la araña se le rompió una de sus ocho patas. Mateo comenzó a tocar todos los números que veía hasta que finalmente le deshabilitó todas las extremidades al terrible arácnido.
Para destruirla necesitaba romperle la cabeza, y entonces recordó aquella piedra. Luego de buscarla por todo el bosque, el niño la encontró enterrada en un pozo de cinco metros de profundidad, lo que le dificultaba la llegada. Mateo observó que la araña se estaba arrastrando con su cuerpo y se estaba acercando cada vez más hacia él. Mateo decidió arrojarse hacia el pozo donde estaba la piedra.
Cuando la tocó, apareció en su dormitorio y la madre estaba al lado suyo analizando. Estaba confundido por lo que había vivido y se preguntaba si todo lo que había sucedido había sido real fue real o simplemente fruto de su imaginación.
Benjamín Holdowanski y Lisandro Alvarez Rachela
Hubo un tiempo en el que la raza humana me intrigaba. Siempre nos observan y estudian todo sobre nosotros y todo tipo de animales. Ahora soy un humano.
Era una mañana de primavera en París, como cualquier mañana. Por supuesto, estábamos todos nosotros dentro del acuario. Nuestros ancestros fueron traídos a la capital en el año 1864 desde México. Nosotros somos muy tranquilos y no tenemos mucho para hacer, por lo cual observamos todo lo que pasa a nuestro alrededor. Ese día vimos que un hombre joven, de pelo negro, alto y bastante pálido, nos miró atentamente y con mucha intriga.
Al siguiente día, él volvió más fascinado que antes. Seguro investigó sobre nosotros y se dio cuenta de lo asombrosos y especiales que somos. Empezó a visitarnos todos los días. Nosotros, los humanos, tenemos la tendencia de obsesionarnos con cosas o seres vivos. Todavía no estoy seguro. Cada vez, su cara empezaba a estar más cerca del acuario y nos observaba por un buen rato sin importar lo que pase.
Yo también empecé a estudiarlos a ellos, los humanos. Suelen usar casi siempre diferente ropa, tienen libertad. A algunas personas les da lástima que estemos encerrados en un acuario, pero no se dan cuenta que ellos tampoco tienen mucha independencia de todo lo que está a su alrededor.
En fin, empecé a ser un experto en los humanos, en específico en ese hombre tan, tan loco por nosotros que su cara se estaba aplanando de tanto estar apoyado todo su rostro sobre el vidrio apreciándonos. De un momento a otro el hombre y yo nos volvimos uno y de repente, vi mi cara frente al vidrio del acuario. ¡Yo era un humano!
De vez en cuando voy a verlos a ellos, a los axolotls, pero ya no estoy interesado. Me di cuenta que el humano vive ocupado y no tiene mucho tiempo para nada ni para nadie. Creo que estoy entendiendo cada vez mejor esto de ser un humano. Creo que al principio podía dirigirme al axolotl y él a mí en cierto modo. El logró comunicarme algunas cosas pero ahora ya no podemos relacionarnos. Ahora creo que voy a escribir sobre ellos y seguramente como son tan objetivos e inteligentes, ya lo deben haber imaginado.
Simón Puente
LA HUIDA IMPOSIBLE
Año 1517: Vivía sola, en una casa cálida y pequeña, pero suficientemente cómoda y confortable para una bruja como yo. La casa era ajena a los problemas
comunes de aquella época, distanciada de la injusticia y el odio del pueblo, o al menos eso solía creer.
Era una tarde de verano, los rayos de sol radiantes se infiltraban por las ventanas, mientras hacía un hechizo. Una amiga muy cercana había enfermado, y le había prometido un remedio casero que la curaría por completo.
Mientras yo elegía, de entre las hierbas, la más seca, un campesino corría de un animal salvaje que lo perseguía; él había ido a recolectar frutos del bosque, para luego llevarlos al pueblo.
Cuando vio mi casa a lo lejos, corrió y entró rápidamente por una ventana abierta para resguardarse. Ya refugiado, se dio cuenta de que yo no me había percatado de su presencia, entonces guardó silencio y observó lo que yo estaba haciendo. Luego se fijó por la ventana y vio que aquel animal ya no lo seguía más, por lo que se fue silenciosamente de regreso al pueblo.
Yo no lo vi. En mis treinta y dos años, ningún desconocido había entrado a mi casa sin permiso. Además, esta estaba situada en el bosque, casi nadie vivía allí y la gente del pueblo no solía ir. Era un lugar tranquilo, ajeno a las amenazas.
Esa noche empecé a cocinar para la cena. Estaba emocionada por hacer una tarta de los vegetales del bosque que había estado recolectando por la mañana.
Mientras colocaba las verduras en la masa, escuché unos gritos. Me fijé por la ventana y vi cómo más de treinta hombres se aproximaban a mi casa con antorchas.
Vi la sangre fría en sus ojos mientras gritaban "¡BRUJA! ¡¿DÓNDE ESTÁ LA BRUJA?!". Sus pasos eran tan abruptos que sentí que el piso empezaba a temblar, y yo, inmóvil y sin tiempo ni lugar donde esconderme, entré en pánico. Mi única opción era escapar…
Salí por la puerta trasera tratando de hacer el menor ruido posible, miré en torno y me dirigí hacia la otra parte del bosque. No había recorrido ni cien metros cuando de repente algo me tiró del brazo y caí al piso. Se me heló la sangre al alzar la vista y ver a un hombre robusto que rondaba los cuarenta años. Me agarró del cuello y llamó a los demás.
Me llevaron arrastrando. Me dolía todo el cuerpo, especialmente las rodillas que rozaban constantemente con el suelo. Aún así, lo que más me dolía era pensar que ese sería mi fin.
Había una gran multitud de gente esperándome cuando llegué al pueblo.
Sentía sus miradas llenas de odio clavándose en mí. Todos observaban mientras me llevaban a una iglesia y me ataban con cadenas. Quería gritar, pedir ayuda, pero... ¿para qué? Todos allí querían verme morir.
Pasé la noche atada, pensando en un plan. ¿Qué podía hacer? ¿Cómo podía escapar con dos guardias a mi lado, constantemente golpeándome? ¿Cómo podía escapar de un pueblo entero que quería verme morir? ¿Y mi casa, cómo la recuperaba? ¿Y yo, cómo volvía a vivir tranquila y feliz?
Semidormida, me desperté completamente al escuchar las puertas de la iglesia abrirse. Ya era de día, la luz del sol se reflejaba en las paredes blancas, era una mañana hermosa. Se aproximaban cuatro hombres, con barbas largas y oscuras… Me agarraron violentamente, intenté forcejear unas cuantas veces, pero fue en vano.
Dos de ellos me cargaban por los brazos, y los otros dos iban caminando adelante. "Ya es hora", dijo uno de ellos. Había una larga multitud de gente esperando afuera, me clavaban su mirada llena de crueldad y superioridad mientras pasaba.
Era una bruja, y todas las brujas sabíamos que esto podía pasar viviendo cerca del pueblo. Pero yo vivía en el bosque y nunca había hablado con ningún hombre que no sea de confianza ¿Cómo se habían enterado de mí? ¿Cómo sabían dónde vivía? No había visto a aquel campesino que entró a mi casa.
La gente me gritaba "MERECES MORIR", "¡BRUJA!". Eran muy crueles y agresivos conmigo. Yo sabía que esto podía pasar, sabía que la iglesia no nos quería.
Pero nunca entendí el porqué. ¿Por qué la iglesia y la gente nos tenía tanto odio?
¿Qué les hice? Ni siquiera conocía a esas personas, nunca las había visto en mi vida.
No lo entendía, ¿Por qué merecía morir? Nunca había tenido la intención de herir a alguien, de hecho, siempre quise ayudar a los enfermos con mis hechizos.
El momento llegó, levanté la vista y había un árbol con una soga colgando.
Luana Colotta
Mi primo y yo siempre peleamos, nunca nos llevamos bien. Desde pequeños, cada vez que nos juntábamos en algún cumpleaños o alguna festividad, encontrábamos la manera de discutir entre nosotros. Y el verano pasado no fue la excepción. Mi primo Ben y yo estábamos en la casa de nuestra abuela celebrando su cumpleaños. Nos encontrábamos en la sala, y como siempre peleando por alguna idea en la que no coincidíamos. Pero esta vez fue diferente, porque durante nuestra discusión, distraídos, pensando en qué responderle al otro sin tener en cuenta el alrededor, chocamos y rompimos un estante lleno de platos y tazas de cerámica que llevaba en nuestra familia varias generaciones, algo que no les hizo ninguna gracia a nuestras madres. En forma de castigo, decidieron mandarnos a mi primo y a mí dos semanas a la casa de mi tío Pablo. Ya fallecido unos años atrás. Todo este viaje tenía como objetivo arreglar nuestras diferencias para llevarnos mejor. A nosotros nos
parecía muy exagerado, y nos negamos a aceptarlo. Pero al ver la cara de enfado de nuestras madres cedimos y empacamos la ropa.
Al siguiente día, compramos suficiente comida como para un par de semanas, y arrancamos el viaje. En el camino no nos hablamos, mantuvimos un silencio frío que ninguno de los dos estaba dispuesto a romper, y el único intercambio de palabras que tuvimos fue para no desviarnos del camino.
Después de un par de horas, llegamos a la casa. Al entrar, noté que había un plástico cubriendo la mayoría de los muebles y el polvo yacía en cada esquina por lo que ya sabía que iba a tener que limpiar, luego elegimos una habitación y nos acomodamos. Cambié el acolchado por uno que había encontrado en el armario, al igual que las fundas de las almohadas, y antes de continuar limpiando me acosté. Me acosté a pensar cómo podía mejorar mi relación con mi primo ya que a pesar de las peleas éramos familia, y la familia está en las buenas y en las malas. Además de que eso haría muy feliz a mi madre y a mi tía.
Al cabo de unos minutos, me surgió una idea. Me di cuenta de que solo tenía que encontrar una manera de pasar más tiempo juntos, explorando el bosque o los alrededores. Pero no sabía cómo pedírselo actuar muy amable de repente sería extraño. Para mi suerte, me quedaban trece días para encontrar la mejor manera de lograrlo, pero en ese momento tenía que preocuparme por terminar de limpiar y ver qué podíamos comer.
Fui a buscar a Ben a su habitación para pedirle que ayudara con la limpieza, pero al entrar, me lo encontré en un viejo escritorio dibujando un paisaje sobre un gran lienzo. Sospeché que era el que se veía por la ventana. Era hermoso. Los árboles, el precioso lago que reflejaba el atardecer sobre sus aguas y la gran montaña apenas visible en el horizonte. Nunca imaginé que existiera esta faceta de él. Era tan
tranquilo y sereno… totalmente opuesto a lo que estaba acostumbrado a ver. Pero al verme, ahí parado al lado de la puerta observándolo, su expresión cambió y me echó de la habitación gritando que respetara su privacidad mientras me amenazaba para que no volviera a entrar. Como no quería causar más problemas, cerré la puerta y me fui. El resto de la tarde me la pasé ordenando y limpiando la mugre de la sala, y cuando terminé me puse a cocinar. Le pregunté a Ben si me podía ayudar pero no respondió. Para no molestarlo, seguí con lo mío. Pensé que le podía hacer su comida favorita y capaz así mejorar un poco la situación que acababa de armar. Cuando terminé, le serví una porción en un plato, se la dejé en la puerta y me alejé. Al volver para comprobar si lo había comido, me encontré con la bandeja, y encima una nota que decía: “Gracias por la comida”. Me sorprendió. Supuse que era un avance.
A la mañana siguiente, me desperté de madrugada porque había escuchado un fuerte golpe en la sala. Cuando me fui a fijar qué lo había provocado, me encontré
a Ben. Se le había caído un plato mientras trataba de hacer el desayuno. Ya tenía todo preparado: el café, las galletas, las tostadas y la manteca. Estaba todo doble y pensé que quizá me había querido devolver el favor de la comida de anoche. Cuando me vio, su cara cambió a una de decepción, como si se hubiera arruinado la sorpresa que había preparado. Al ver eso me acerqué, lo ayudé con los restos del plato y nos sentamos a comer. No hablamos, pero noté su felicidad al ver que me había gustado.
Quise romper el silencio y hablé: “gracias”, le dije. Y él me respondió que por qué le agradecía, si todo lo que había hecho había sido arruinar la sorpresa rompiendo un plato. Yo, al notar lo culpable que se sentía, traté de alivianar el ambiente y le dije que eso había sido un pequeño error dentro del hermoso desayuno que había hecho con mucho esfuerzo. Al escucharme me sonrió y eso para mí fue más que suficiente.
Usé este momento para proponerle hacer algo más tarde. Aceptó, pero me dijo que antes quería mostrarme una pintura que había terminado por la mañana, pensé que
esta sería una buena forma de mejorar nuestra relación, así que acepté. Lo seguí hasta su habitación y me senté en la cama mientras él acomodaba lo que había usado. Al mirar la pintura me invadió un sentimiento de nostalgia, como si ya conociera lo que había pintado. Se veían dos niños igualmente vestidos sobre una cama de hotel. Ahí la reconocí: era una foto que nuestras madres nos habían presionado a tomar como un recuerdo de un viaje organizado por nuestros abuelos.
Al ver lo que había dibujado me di cuenta de que Ben nunca me odió sino que ese fue un pensamiento que nos habíamos armado en la cabeza después de las tantas peleas que tuvimos, y que nunca aclaramos. A partir de ese momento pude tomar la confianza para pasar más tiempo con Ben, y para cuando el viaje terminó ya parecíamos dos personas diferentes, como si hubiésemos sido mejores amigos de toda la vida, algo que hizo muy feliz a nuestras madres.
Federico Mc Carthy
CÓMO ME CONVERTÍ EN UN FANTASMA
Todo comenzó y terminó la noche del 4 de junio de 1986. Yo me encontraba ahogando mis penas en el bar de la vuelta de casa. Había sido un día largo, de mucho trabajo, por lo que anhelaba una de esas pastillas tranquilizantes que se consiguen de forma lenta y costosa y se consumen de forma rápida y sencilla. Una de estas pastillas fue la que me hizo culpable de todos los errores cometidos.
Yo, un prestigioso profesional, estaba de camino al hospital. Pero no era una mañana como las otras: las mismas pastillas, las cuales yo recetaba, comenzaban a entrar por mi boca como las goteras que acechaban mi comedor desde el techo mohoso. Yo sabía que no era capaz de llevar a cabo la operación, pero ahí estaba, con el bisturí en mi mano. Temblando, y no precisamente por miedo. El largo pitido
del electrocardiograma penetraba en mis oídos, estaba perdido. Había matado a alguien, no, las pastillas habían matado a alguien, no era yo. NO FUI YO.
Luego de terminar mi último trago decidí volver rumbo a casa, otra vez bajo los hilos de las pastillas que actuaban como titiriteros sobre mi cuerpo y mente. Intentando no pisar las divisiones de las baldosas, no me percaté de que una figura me estaba siguiendo hacía tres cuadras, las cuales equivalen a veintisiete pasos contados por mí. Tampoco me había percatado de que aquel rumbo que estaba tomando no era hacia mi hogar. Había mucha niebla y llovía a cántaros.
Sentí cómo la figura me abrazaba. Pero lo que parecía ser una muestra de afecto comenzó a sentirse como una puñalada fría y desgarradora. La cálida sangre comenzó a caer por mi espalda como las gotas del gran diluvio, se me hizo difícil diferenciarlas. Comenzaba mi metamorfosis. Mi alma se desprendía de mi cuerpo y éste se vaciaba. La figura pronunció las palabras: “Esto es por mi hermano”, y sé que él lo hizo con el fin de cerrar la herida que yo mismo había abierto.
Victoria Cassia Comerio y Catalina Delisio.
4to Naturales.
LA METAMORFOSIS DE DAFNE
“Ayúdame, padre, te lo suplico”, exclamé. Ese fue el momento en el cual entendí que él siempre había tenido razón. “Utiliza tu poder para cambiar la figura de esta desdichada hija tuya, pues es la que despierta el amor de mi perseguidor”. Así fue como mi padre, al escuchar mis plegarias, me concedió el favor de hacer desaparecer mi belleza.
Lentamente, sentí como si una fuerza me atara al suelo, mis pies se tornaron de un color marrón y, poco a poco, dejé de sentirlos. Giré mis brazos, ahora cubiertos por una fina capa de corteza que actuaba como armadura. De mis dedos brotaron ramas y, de aquellas ramas, más ramas todavía. Mi cuerpo completo terminó de tensarse y entendí que este sería mi final.
Dediqué mis últimos momentos para agradecer a mi padre y para y a la diosa Artemisa, confiando en que castigaría a su hermano por su comportamiento.
Lo último en transformarse fue mi cabello, del que, lentamente, brotaron hojas. La metamorfosis había sido completa. así fue como yo, Dafne, hija de Peneo, pasé a vivir en todos los bosques: ahora presenció las aventuras de cazadores y peleas heroicas de semidioses. El laurel que adorna La cabellera de consagrados artistas es parte de lo que alguna vez fue mi melena. Vivo en soledad y, al mismo tiempo, acompaño al mundo que me rodea.
Bianca Palamenghi
4°A
¡Queremos agradecer muy especialmente a la Prof. Norma Del Buono por motorizar este proyecto con tanto amor por la palabra!
Lena
Levi Altstaedter - Equipo Directivo Nivel Secundario