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NĂşmero 16 | Junio de 2011


Directorio Marco Tulio Castro Director marco@diez4.com Wilberth Chong Jefe de diseño wilberth@diez4.com Carlos Aguilar Webmarketing carlos@diez4.com Dalia Chávez Editor de foto dalia@diez4.com

Puro cuento Querido lector, en esta ocasión Diez4 quiere que te olvides de las malas noticias, datos inútiles y artículos que tal vez causen que te salga una piedra en el riñón. Esta vez nos dedicamos a recopilar seis cuentos para deleitarte, escritos por reconocidos narradores mexicanos especialistas en remover las fibras más insensibles. Más que querer decirte que la literatura no tiene por qué ser aburrida y que el ejercicio de la lectura debe ser tan placentero como el sexo, queremos darte una probadita de autores que te harán pasar un rato ameno y que seguramente querrás seguir leyendo. Mauricio Bares, Guillermo Samperio, Elma Correa, Antonio León, Iris García Cuevas y Claudia Solórzano son los autores que nos visitan en esta edición con una muestra de su mejor trabajo, algunos son inéditos, otros ya han sido publicados por algunas de las mejores casas editoriales del país. En las novedades editoriales también tenemos a Manuel Noctis, un escritor-lectoreditor radicado en Morelia, Michoacán, que ganó el concurso con su cuento De cuando las almas errantes se sientan a platicar contigo. Este número está dedicado a todos los que siempre buscan una manera eficaz de matar el tiempo, a los que se dedican siempre minuciosas y placenteras lecturas mientras hacen sus necesidades, a los que siempre tienen que tener en las manos algo que leer, a los bebedores solitarios, a los voyeristas por naturaleza y por supuesto a ti que nos sigue leyendo. Disfrútalo.

Luis Mario Sarmiento Ilustrador sarmiento@diez4.com EDITOR INVITADO Samantha Luna VENTAS Karla Romero karla@diez4.com Nadia Reynoso nadia@diez4.com

MERCADOTECNIA Ángel Díaz angel@diez4.com Kathia Rosales kathia@diez4.com Yatzavé Reyes Yatzave@diez4.com. CORRECCIÓN DE ESTILO Ivette Selene González COLABORADORES Diana Merchant, Éktor Henrique Martínez Hernández, Iris Nave, Joey Muñoz, Julio César Ortega, Laura Sánchez Ley, Samantha Luna, Tania de la Cruz, Titha Romero, Raul Alberto Cuevas, Eliane Mancera, David Reyes, Iván Vázquez. PORTADA Carlos Lerma CONSEJO EDITORIAL Juan Pablo Proal, Rafael Fregoso, Ruth Ramírez, Quitzé Fernández.

Diez4 se incubó en: Diez4, año 1, número 16. Junio de 2011. Revista mensual editada y publicada por Editorial Diez4. Prohibida la reproducción total o parcial por cualquier sistema o método del contenido, incluyendo cualquier medio electrónico o magnético sin previa autorización por escrito del director. Derechos de autor reservados en forma y concepto. El contenido de las imágenes, la publicidad y los artículos incluidos en Diez4 reflejan solamente la opinión de sus autores o anunciantes y no representan el punto de vista de Editorial Diez4. Diez4 es una marca en trámite ante el Instituto Mexicano de la Propiedad y en el Instituto Nacional de Derechos de Autor. Todos los derechos reservados. Diez4 se imprime en Cias. Periodísticas del Sol del Pacífico S.A. de C.V. Dirección: Rufino Tamayo #4 Zona Urbana Río Tijuana.

Diez4 Realidades y casualidades de la urbe. www.diez4.com. buzon@diez4.com. Sirak Baloyán #1917, interior 210. Zona Centro, Tijuana, Baja California, México. Código postal 22000. Tel: (664) 378-2524 3


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De cuando las almas errantes se sientan a platicar contigo Todas estas personas (agonizadas) se comerán a sí mismas… Hocico. “Dog eat dog”.

Me senté en el sillón y mientras veía la tele le tomaba largos tragos a la cerveza, y con la otra mano me sacaba las pelusas que se insertan en mi ombligo (cosa que le agradaba mucho a la última mujer que vivió conmigo). Ella podía Manuel Noctis sentarse toda una tarde buscando Ilustración: Raul Alberto Cuevas las pelusas que se entrelazaban Esta mañana desperté con la con mis pelos panceriles. Después cruda sensación de haberme bebido esta mujer me abandonó porque todas las cervezas del mundo. Pero la no podía creer cómo era posible sensación se recrudeció cuando que me pasara (casi) todo el día vi que un pendejo enmascarado tomando cerveza, viendo televisión – según él, conocedor de “todas y sacándome las pelusas. Recuerdo las cervezas del mundo”– me había que lo último que me dijo fue que pedido que no le mandara más algún día me llegaría el fin del mierda (por mail). ¿Pero quién mundo y quizá ni cuenta me daría… chingaos te crees tú para venir a yo le dije que no se preocupara, recrudecer(me) el día, hijo de puta?, que lo esperaría ebriamente para pensé. Porque este incróspito ya invitarle una copa. Jaja, por cierto, me había malpedeado con una ya no recordaba al otro “ebrio” difamación proletaria anteriormente. enmascarado; no le he mandado Así que antes de contestarle, la contestación, pero no me quiero retándolo a que de verdad viniera parar del sillón; no importa, a fin a mi casa, tocara el timbre y al de cuentas “cualquier pendejo escuchar mis pasos tomara posición puede ser un buen perdedor”. de guardia, porque yo saldría a partirle la cara, decidí mejor ir al refrigerador y tomar la caguama que había dejado destapada desde hace 3 días… alcohol, bendito alcohol. A fin de cuentas “la cerveza es continua sangre”, como dijera mi amigo Hank. 5


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Ellos, los amantes El hostelero sacó los cadáveres una imprecisa madrugada… Guillermo Samperio Ilustración: Eliane Mancera

Ellos, los amantes, son la confusión. Lo único herrumbroso es la flecha. Ellos, los amantes, fueron un verano memorioso. Su coartada no fue más que el amor así de fuerte. Los muertos que dejaron atrás, en el rito sin rito de ellos, los amantes, no fueron más que resultado del sobretiempo, la ceguera de sus parientes y sus seguidores. Ellos, los amantes, se instalaron en cualquier hostería, especie de sombra que oculta la sombra misma. La mujer era un espectáculo, dijeron unos; el hombre, el aburrimiento, dijeron los mismos. Pero ellos, los amantes, ya se encontraban en el ultramundo, amándose al azar, removiendo el tapanco en una penumbra clara que develaba sus cuerpos sin vino ni alimentos; ellos, los amantes. El hostelero sacó los cadáveres una imprecisa madrugada, envueltos en las mismas colchas que no utilizaron ellos, los amantes, los arrojó a la boca oscura del río irrefutable, incrementando la confusión. Los esbirros los buscaron en pueblos, en lejanas polvaredas, en montañas de

casas dispersas en la enramada, lejos, muy lejos del anchuroso río de la región, donde ellos, los amantes, rumoran al viento nocturno, donde sólo ellos, los futuros amantes, un joven y una doncella, han podido percibir tales voces de un verano memorioso. Ya vendrá una nueva confusión, ya transitarán equívocos derroteros los esbirros. El

hostelero, ya anciano, volverá a regalares un vaso de vino y cerrará la boca como apuntaló las puertas del tapanco para que ellos, los amantes, se entreguen uno al otro el último respiro.

Cuentos del libro La guerra oculta, Col. Marea Alta, Ed. Lectorum, México, 2008.

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Peep Show En efecto, detrás de sus sonrisas parece haber una caja registradora… Mauricio Bares Ilustración: Diez4

I. Este texto no valdría mucho si tuviera otro final. II. Detrás de la sonrisa femenina hay una cuenta bancaria. Estoy en un área muy precisa de la ciudad, el confín del paganismo, resquicio del último dios cornudo, pedazo que el Bien no le pudo arrancar al Mal, para verse las caras en un enfrentamiento explosivo: la zona roja. Se llama De Wallen: Los Muros: The Walls. El primer distrito de la ciudad. La vieja zona que alguna vez albergó a la aristocracia, protegida por los primeros muros de la ciudad gracias a su extraordinario grosor. Los ancestrales muros de una incipiente nación que afianzaba sus fundamentos en el comercio y el mar, una nación que convirtió al tulipán en símbolo nacional –siendo oriundo de Grecia– a base de ir por él, de comerciarlo y distribuirlo por todo el mundo. Esos muros derribados hace siglos para ceder su espacio y convertirse en calles de la perdición que

aún conservan sus nombres: Oudezijds Achterburgwal y Oudezijds Voorburgwal. Originalmente, la cercanía de esta zona con los puertos convino a los comerciantes para asentar aquí sus crecientes riquezas, pero esa misma proximidad terminó por reclamarla como territorio para los marinos errantes que necesitaban un lugar para dormir, beber y desfogarse luego de las interminables travesías oceánicas. Desde entonces – siglo diecisiete–, se unieron los ladrillos oscuros de sus construcciones y los adoquines de sus calles creando el ambiente sombrío que las festivas luces de neón no logran ocultar. Para distinguirse como tales, las mujeres públicas pululaban portando una vela roja que las diferenciaba de las mujeres privadas. Hasta hace relativamente poco –los sesenta–, el sitio era pobre y las mujeres se exhibían en las ventanas con mucha más modestia, pero no con más pudor. El estallido financiero de la zona comenzó con el auge del turismo aéreo. Hoy las prostitutas ejercen libremente, se someten a exámenes médicos y pagan impuestos. A cambio, aceptan tarjetas de crédito, cheques de viajero y ciertas monedas extranjeras, al igual que cualquier

otro comerciante de la zona. Los turistas caminan como por la plaza central pero con actitud achispada y, sin embargo, tan campantes como no lo harían en ninguna otra zona roja del mundo entre burdeles, sex-shops, cinemas porno y coffee-shops; observan a las muchachas del mismo modo que examinan las variedades de tulipanes en el mercado de flores durante el día. Ante la abrumadora oferta, me detengo frente a un sitio sobreiluminado. Doy un paso hacia dentro. Sonrientes mujeres de fotografía tamaño mural, o dibujadas de pared a pared, son lo primero que veo desde la entrada. En efecto, detrás de sus sonrisas parece haber una caja registradora. Los murales de mujeres semidesnudas se despliegan a lo largo de una especie de antesala, perfectamente visibles para los peatones desde la calle. Al fondo del lugar hay un dependiente que hace todo lo posible para no mirarte, haciendo esquivo el rostro vapuleado por el fastidio. Con el dedo te señala un tablero de tarifas. Es tu primera visita y su frialdad resulta incongruente, dado que este asunto parecía más bien divertido. Escoges lo más barato del tablero (sin imaginar que por un florín más puedes encerrarte en una cabina


totalmente a oscuras y dotada de un asiento que tu espinilla encuentra por accidente, donde pronto un foco rojo se enciende y distingues que una pared es de cristal. Ves que al otro lado de este se abre una puerta y una mujer entra para sentarse en una silla muy cerca del foco y del cristal comenzando a tocarse, a desvestirse, mirándote a los ojos creyendo que su actuación debe excitarte, y tú piensas que su mentira es indudablemente real, porque de otro modo el semen reseco de muchos hombres embarrado sobre el cristal frente a ti no tendría sentido. Ahora bien, ésos son terrenos de la filosofía pero la filosofía parece no querer entrar aquí. De cualquier manera, todo esto sucedería en una visita posterior). Por ahora escoges del tablero el renglón que especifica Peep show: esta es apenas tu primera venida.

de largo rápidamente. Entras por la misma portezuela a esa cabina angosta, te encierras, verificas que el seguro queda bien puesto y buscas la ranura por donde debes depositar tus fichas. La encuentras, pero antes que nada suceda escuchas golpes sordos en la puerta y algo pronunciado en un holandés imposible. Abres de inmediato y ves al dependiente con cara de furia, sin mirarte a los ojos pero reclamando y señalando hacia el piso donde hay unas plastas blancuzcas que el cliente joven y lívido ha vaciado allí y que tú has embarrado por todo el piso con las suelas de los zapatos. El dependiente va de prisa por un trapeador y una cubeta con agua y mucho desinfectante. Te hace restregar las suelas en el piso y da furibundas trapeadas sobre tu desmadre. Una vez que ha terminado se digna a señalarte otra puerta.

III. Pagas por el Peep show y el dependiente te da dos fichas indicando algo que no entiendes. Le preguntas si ya puedes pasar, pero sólo emite un gruñido como respuesta. Pasas y ves varios corredores con puertas estrechas. Por una de ellas sale un holandés joven y lívido que rehuye mirarte a la cara y pasa

IV. A oscuras encuentras la ranura para las monedas. Luego de depositar la primera nada sucede. Depositas la segunda y la tapa de un visillo comienza a descorrerse acompañada del zumbido de un motorcito imbécil: el volumen del zumbido es inversamente proporcional a la velocidad con que descorre la cortina.

El visillo está cubierto con un espejo translúcido por el que ves a una mujer desnudándose sobre una cama, en medio de un espacio octagonal cuyas paredes tienen un espejo en el visillo igual que el tuyo. La mujer se percata de que tras tu visillo estás tú. Viene hacia ti pero no puede verte; en vez, se ve reflejada a sí misma en el espejo. Se desviste continuando su mímica, su trabajo. Sigue despojándose lentamente de sus breves ropas entre meneos (para entonces ya estás jugándote el pellejo). V. Desde la cabina contigua, a mi derecha, llega el sonido de su puerta al cerrarse y la risa de un hombre y una mujer: hay alcohol en sus voces. A través de la pared se oye el seseo inconfundible de la tela al ser frotada, se escuchan algunos elásticos al chocar contra la carne, se distinguen jadeos entremezclados con las risas. Cuento finalmente el sonido de diez fichas al penetrar por su ranura. VI. La mujer domina su oficio: sonríe. Con la pareja que está en la cabina contigua a la mía, los ocho visillos están en funcionamiento: sonríe.


VII. La mujer es a todas luces menos bella que su promesa. Me dan ganas de salir cuanto antes. Espiar es un deporte fácil y divertido en otras áreas de la ciudad, y gratis. La apretada arquitectura hace de la ciudad de altos y estrechos edificios el lugar ideal para observar y ser observado. Pero ahora ya es un poco tarde para abandonar la cabina, las piernas me tiemblan y el erotismo auditivo de la pareja en la cabina contigua rebasa toda expectativa visual: decido que lo mejor es terminar para poder contarles a mis hijitos –si llego a tenerlos en vez de malgastar mi esperma aquí– que yo contribuí para que el dependiente del peep show se ganara el pan limpiando los genes de hermanitos mayores que jamás vieron la luz. VIII. Arquitectónicamente un muro equivale a cien metros de espacio: es espacio comprimido, compacto. Poca gente se atreve a desnudarse, por ejemplo, si aparece un desconocido en menos de cien metros a la redonda: un muro hace posible el milagro. Pero sólo visualmente. Escucho con claridad a la izquierda, de donde no ha provenido sonido alguno hasta entonces, el pujido gutural de un hombre alcanzando su paraíso de juguete tras el muro de triplay, mientras a mi derecha las risas de la pareja en la cabina contigua dan paso a los jadeos, al choque de carnes, al escándalo de la humedad. Esto último es varias veces más excitante que el espectáculo profesional de la mujer al centro de su jaula octogonal, pez en su pecera revolcándose en su cama de agua. La pareja está terminando

al unísono. Mis piernas tiemblan reclamando un banquito (un hombre no debe masturbarse de pie), mi frente suda al acelerar los movimientos observando a la mujer que se tiende sobre la cama con la cabeza echada hacia atrás y separando sus piernas al aire para acariciar con dos dedos un trocito de tela blanca estampada con florecitas azules que son perfectamente visibles desde mi trinchera, dos dedos con uñas pintadas de un rojo enfermizo que suben y bajan por el apretado triangulito de tela que puede volver loco a cualquier hombre comenzando por el santísimo Papa, mientras la mujer se embarra las yemas de la otra mano con el bilé rojo hirviente de sus labios para frotarse el sexo ahora con esa mano, al tiempo que escucho el ruido imbécil del motor al cerrar lentamente la cortina de mi visillo. Con el pene duro y al aire, trato de impedirlo, fracaso. Jadeante, busco en vano más fichitas en mi bolsillo. Golpeo la ranura diez veces pero no sucede nada. Guardo el pene en su sitio y pienso en lo estúpido que sería salir en ese instante con la bandera en alto a comprar más fichitas, la frente sudorosa, las piernas temblorosas, amén de encontrarme con clientes ansiosos de ocupar mi sitio. Abandono mi cabina y efectivamente veo a cinco hombres aguardando su turno, todos evaden mi mirada, su especialidad es el ver sin ser vistos. La pareja de la cabina adjunta también hace su aparición en público dando tragos a una botella de vino blanco. Abandono el lugar sin mirar a nadie.

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El tren

Caín, susurraba a los espejos en sus delirios de whiskey… Elma Correa Ilustración: Iván Vázquez

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El médico de guardia vomita en el pasillo. Apenas rebasa los veinte años. Atiende alumbramientos y receta diclofenacos. Las enfermeras tratan de estabilizar los signos vitales del cuerpo en shock. El especialista está en camino. Una de las enfermeras, en medio de los trasiegos propios de su profesión, murmura un Ave María. Se tranquiliza a sí misma repitiendo que en una situación como esa el cerebro bloquea las terminales nerviosas que transmiten el dolor. La pierna derecha es un amasijo de carne y


huesos imposible de salvar. La pierna izquierda sobrevivirá hasta el muslo. El rostro deberá someterse a reconstrucción de primer grado en la zona parietal. Mujer de aproximadamente cuarenta años, complexión delgada, tez morena. Intento de suicidio en las vías del tren. Un solo segundo de estupor de parte del maquinista y ella hubiera logrado su cometido. El éxito en el quirófano se celebra con palmadas en la espalda del doctor, con abrazos entre las enfermeras y el anestesiólogo. Servicio Social trata de contactar a los familiares. En los teléfonos que ella ha proporcionado no hay respuesta y la dirección que aparece en sus documentos es de una casa abandonada. En los próximos días un psiquiatra valorará a la interna y un grupo de tres pasantes de técnico en rehabilitación integral se turnarán para acompañarla en los ejercicios. La fisioterapia le ayudará a recuperar la movilidad en los brazos y le enseñará a utilizar con destreza la silla de ruedas. El psiquiatra receta treinta gramos de Quiedorm diarios y la remite al departamento de psicología. Después de una semana evita tomarse las pastillas. Las guarda en la funda de la almohada con la esperanza de reunir una cantidad suficiente para terminar con lo que se propuso. Durante las sesiones con el psicólogo narra episodios ficticios de su vida. Da muestras de arrepentimiento y asegura haber recuperado el deseo de vivir. El hombre asiente y sonríe mientras llena formularios y reportes. Cómo explicar la verdad a esas personas. Cómo hacerles entender cualquier cosa desde el muñón en el que se ha convertido. Tendría que llevarlos muy lejos. Años atrás. Al día de su boda, por ejemplo. El día que conoció al hermano menor de su marido. El nuevo cuñado estudiaba en Estados Unidos y esa noche, antes de arrojar el ramo a las mujeres del lugar, con su esposo levantado en brazos por todos los padrinos, tuvieron una sesión de sexo exprés en un almacén junto a la cocina del salón. Después de la fiesta el cuñado regresó a Massachusetts. Los recién casados hicieron lo que hacen las parejas recién casadas y al cabo de año y medio llegó ese primogénito que esperan todos los que se casan. Al festejo familiar apareció el hermano menor y se instaló en la habitación de huéspedes. Tendría que llevarlos al momento en que su marido irrumpió en el cuarto de visitas y la encontró cabalgando sobre su hermano. Tendría que exponerse desnuda a los ojos de todos, tal como estuvo a los de su marido cuando la arrastró del cabello llamándola zorra, puta. Tendría que decir que recuerda cómo quedó viuda, como una mala broma, cuando el cuerpo de su marido rodó por las escaleras y su cráneo se abrió manchando para siempre los tapetes persas. Tendría que llevarlos de la mano por la estación de policía hasta la noche en que firmó una declaración donde asegura que su esposo tuvo un accidente casero y fatal.

No hay manera de que entiendan cómo es que ella y su cuñado criaron al hijo como si fuera de ambos. No hay manera de que entiendan los tormentos que llevaron a su nuevo hombre a beber para eso que beben todos los hombres. Caín susurraba a los espejos en sus delirios de whiskey. Cómo decirles de la mala tarde en que su hijo cumplía dieciséis años y fue obligado a escuchar desde esos delirios los detalles de lo que sucedió a su padre, a manos de su tío, con la venia de su madre. Cómo narrar, con qué palabras hacer comprender el dolor de un niño. La rabia de un muchacho. Llevarlos hasta ahí. Decir que su hijo le cruza el rostro con un puñetazo. Con dos. Que la maldice y la aborrece. La estrella contra el suelo. La patea. Le desgarra la ropa. La desnuda. Lleno de repugnancia siente su pene responder al llamado de la carne. La carne de su madre. El útero que lo parió. Un agujero que ojalá hubiera sido cosido con mil agujas. Un hueco que sólo sirve para anidar alimañas. La penetra con todo su odio. Le regresa el fruto de su vientre. Sofoca los gritos con su lengua. Hunde su pene en la hendija de su madre hasta hacerla sangrar. Hasta que su sangre lo cubre como en el día de su nacimiento. 13


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El techo de tu cuarto Porque realmente vivimos una película extraña. Extraña como un caramelo gris. Jack Kerouac Canto 2, de Cerrada de Medellín Blues. Antonio León Ilustración: Diez4

Cuando yo era un niño, aprendí algunas cuestiones que me ha costado trabajo abandonar; aun cuando los asomos de sano escepticismo se hagan de pies y manos, las cosas no parecen resolverse; de no ser así, la respuesta a algunas practicas seria lúcida. O, si no, que alguien me explique para qué le cortan los extremos al pepino, por qué a los bebes les ponen una pelusa con saliva en la frente, o por qué se hace un triangulo con cuchillo a las sandías. Sobre esto ultimo, parece no haber tanto embrollo; se trata, según me han dicho, de probar el sabor del tricolor fruto antes de comprarlo; ante lo cual no puedo sentir sino una profunda pena por las sandías heridas y no compradas, ostentando un vacío que las expone a una medianía en su valor alimenticio, en su deber moral como fruta del mundo. Mi tío Martín tuvo una serie de revelaciones que nunca comprendimos; nosotros las atribuimos siempre a los embates de las anfetaminas, los opiáceos y demás enervantes que el llevaba consumiendo media existencia. “Tengo comunicación con un satélite vía chip que me insertaron en la nuca

unos Rusos que quieren acabar con mi México querido”, “voy a recuperar los terrenos perdidos por Santana ¡Viva Javier Batiz!” o “soy el mero macizo de Lorena Herrera, pero su exclusividad con Televisa me mantiene en el anonimato”, eran algunas de sus declaraciones emblemáticas, mismas que enumeraba a voz en cuello con un rictus de conmovedora impotencia que no he podido olvidar. En la zona de la patraña ensoñadora, se respiraba cierta seguridad. Aún no llegaba la agresión a las maneras del tío Martín, solo mudaba de idea, modificando pregones con la información del día –cambiaba a Lorena Herrera por Ninel Conde, a Ninel Conde por la Maribel Guardia y a Maribel Guardia por la Secretaria de Brozo–, y entonces ya no iba a recuperar terrenos, sino la casa en que nació, y después visitaría hijos imaginarios con los que platicaba en las noches, mientras miraba el techo y lloraba como un bebe de meses, y se dolía de huesos a memoria por el tiempo en el que se había procurado un asueto desolador e inútil. Yo creo que fue en uno de esos lances premonitorios, tío Martín, cuando la paranoia fue mas fuerte, cuando los gritos ya no salían. Comenzaste con la historia de que teníamos un complot en tu contra, y amenazaste a la abuela de muerte, porque te quería envenenar con los alimentos, y yo me hacia tonto con una indolencia cobarde, prefiriéndote en tus buenos tiempos, cuando eras tan inteligente, y te gustaba Pink Floyd y opinabas que la música nueva era pura basura de MTV, Dance music, metaleros fantoches. Yo creo que fue entonces cuando

descubriste que en el techo de tu cuarto había cubos metafísicos por los que asomaban rostros de ninfas, caras de gemelos edipicos que te atormentaban con mensajes plenos de información inútil, que ya tenias demasiada presión, como para estar al pendiente de los designios del ser supremo, y fue que tomaste fuerzas para cortar los triángulos de donde emergían los rostros que te asolaban, con una sierra inclemente seccionaste el techo, acabaste con el problema de raíz. Tiempo después fue mas rudo el acecho, pero ahora eras tú el que brotaba de todas partes, tenías montada vigilancia sobre los que vivíamos rutinariamente, sabías nuestros ires y venires, y escogiste fechas hermosas como los cumpleaños para intentar suicidarte, los bailes de graduación para cantar rancheras altisonantes, y las navidades para incendiar el patio. Y luego el silencio. Ahora ya no estás, te archivamos en cajas hechas de piel de manos, te mandamos a la banca en lo que mejora el partido y yo he vuelto a la casa de la abuela, quien me ha dado tu cuarto –remodelación, emplaste, pintura blanca y azul, tapete minimalista, mueble para discos y libros, lámpara fotos de mis amores, imitaciones de pop art en las paredes y, a pesar del disfraz, aún son notorios los triángulos de madera con que intente, infructuosamente, fingir que no ha pasado nada. Pero en días como hoy, tío Martín, me acuesto y veo el techo de tu cuarto y me pongo triste al acordarme de ti, de las caras que escurrían del cielo, sonrientes de irrealidad, de infancia mutilada y me pongo a llorar como una plañidera bien pagada; mis ojos se anegan por esas sandias abandonadas con triángulos en los ojos rebosantes de vida. 15


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Un poco de cariño Virginia sintió el temblor de la mano pequeña palpando con cautela… Iris García Cuevas Ilustración: David Reyes

Virginia tomó la mano del muchacho, pequeña, muy pequeña, de niño desnutrido. —Ven, voy a bañarte —dijo, y lo condujo al interior del cuarto. —No me gusta bañarme. Ella chasqueó la lengua y de todos modos le sacó la playera, sucia y rota como su alma y mi alma, pensó, mientras dejaba al descubierto la piel ulcerada pegada a las costillas. Como el alma de todos, se corrigió un instante después. Pensó en la madre que, supuso, abandonó al muchacho siendo niño, en el hombre que la llevó al burdel. —De veras puedo solo —dijo él y desamarró el trozo de mecate que le sujetaba el pantalón. —Tienes piojos hasta en el fundillo —rió Virginia al verlo desvestido. Él se puso rojo, bajó la mirada y volvió a tomar su ropa para cubrirse un poco. —Tranquilo, eso no es malo, con un baño se quita. Para que veas lo poco que me importa te acompaño. Ella se sacó, sin pudor, la blusa de tirantes y el short de licra. Él abrió los ojos lo más grande que pudo, como si con eso pudiera devorar el cuerpo entero, frondoso y desnudo, de la mujer con la que iba a acostarse. Virginia se sintió como un espejo reflejando el rubor del muchacho. Parezco primeriza, se regañó. Pero

hacía tanto tiempo que sus carnes no sorprendían a nadie, que una calidez, si no desconocida, al menos olvidada, le recorrió la entraña al sentir la mirada de asombro sobre sus tetas flácidas y ver entre las piernas del chiquillo la erección incipiente. Lo sujetó de nuevo de la mano temblorosa y pequeña, y lo condujo al baño. —¿Es la primera vez? Él bajo la cabeza, como avestruz que a falta de un hueco en la tierra esconde el pico entre sus propias alas. —Eso tampoco es malo. —Lo he hecho con señores — susurró— pero no me gusta. Virginia levantó el rostro del muchacho, le apartó los mechones de pelo enmarañado. —¿Pues cuántos años tienes, corazón? —Pues eso sí, ¿quién sabe? —Pinches hijos de puta —espetó ella, recordando su propia violación cuando tenía seis años, el miedo por las noches, las manos del padrastro, los golpes de su madre. —Me daban de comer y a veces hasta ropa —defendió el muchachito—, me dejaban dormir adentro de una casa. —Pero no te gustaba. Él levantó los hombros. —Usted también lo hace con señores, ¿a poco sí le gusta? —Tienes razón, chiquillo, hay cosas que son de una manera por más que uno quisiera fueran de otra. —Yo me llamo Alejandro. No me diga chiquillo. —Es un bonito nombre. —Me lo puse hace poco. Hay un

cantante que se llama igual. Lo vimos en la tele —el rostro del muchacho se iluminó de orgullo. De veras es un niño, sonrió Virginia para sus adentros y sintió un pálpito distinto, aunque no supo entonces, se llamaba ternura. —¿Preparado? —avisó ella y abrió la regadera. El muchacho agitó las manos, se puso de puntitas, como si quisiera escapar volando del chorro de agua fría. Pájaro desplumado. Ella lo abrazo fuerte. —Así es más fácil que entremos en calor. Abrazados estuvieron un rato. —¿Ya ves que no es tan malo? —¿Puedo tocar su chichi? Virginia soltó una carcajada. Alejandro volvió a ponerse rojo. —Esta hora soy tuya, corazón, no preguntes si puedes, agarra lo que quieras. Ella esperó el contacto, pero él no se atrevió: la mirada clavada en los mosaicos verdes. Ella chasqueó la lengua, ahora para sí misma: Qué pinche eres Virginia, ya cohibiste al chiquillo. 17


—¿Me ayudas a bañarme? —pidió ella, en un tono casual, para entrar en confianza. Sintió las manos tímidas restregando su piel y un latido en la pelvis. Caray, pinche Virginia, no te pongas caliente, bien podría ser tu nieto. —Ahora me toca a mí —le dijo, y le quitó la esponja y el jabón. Lo talló palmo a palmo hasta desvanecer las costras de mugre acumulada y dejar descubierta la piel morena y fresca. Pues si está rebonito el pinche escuincle. —¿Sabes cómo se hace entre hombre y mujer? Él la miro a la cara, bajo la vista al pubis y después a los mosaicos verdes. —Don Faustino nos cobra quince pesos para dejarnos ver. Hijo de la chingada, dijo ella entre dientes. —¿Y desde dónde ven? —La cortina nunca está bien cerrada. —¿Tú vienes muy seguido? — preguntó, mientras sus manos tallaban con delicadeza la entrepierna del muchacho — Yo y todos los demás. Aunque ahora no tanto. Deje de venir. Quise juntar dinero para poder entrar. —¿Querías entrar conmigo? El asintió. Virginia preguntó por qué. Hubo silencio. —Anda, dime, ¿qué no somos amigos? —Me gusta cómo se ven sus nalgas por

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atrás —contestó con un hilo de voz. Virginia sintió cómo la sangre se agolpaba en su cara. Sonrío. Pasó la mano por el cabello mojado del muchacho, luego por la mejilla colorada. —Ven y siéntate aquí —le dijo al tiempo que cerraba la tapa del retrete. Buscó la toalla y se secó primero, luego lo secó a él, procurando que el roce áspero de la tela se pareciera en todo a una caricia. —Qué bonito te ves así de limpio, dan ganas de comerte. —¿No vamos allá afuera? —No, nos quedamos aquí. ¿O quieres que te vean? Él negó con la cabeza gacha. Virginia tomó la mano del muchacho y la puso sobre su pecho izquierdo. Él la miró a los ojos, luego bajó la vista hasta el pezón oscuro. Virginia sintió el temblor de la mano pequeña palpando con cautela. Sintió también el latido en su vientre y la humedad interna. Me gusta el pinche escuincle. Él la soltó de pronto. Miró su pene con sorpresa. Lo vio erguirse como si se tratara de un animal extraño. Había susto y jactancia en su mirada. Virginia le sonrió y se sentó a horcajadas sobre él, apenas un instante, antes de que la rigidez saliera expulsada con un grito.

Pinche escuincle pendejo, pensó ella y se sentó en el suelo, respirando agitada, con las ganas que tengo. —¡Ya se acabó la hora! —la voz de Faustino resonó en la pieza — ¡ya tienes otro cliente! —¿Ya me tengo que ir? —preguntó el muchachito, en un tono que a Virginia le pareció un no quiero. Volvió a sentir ternura. —No, puedes quedarte aquí, con la boca cerrada, para que no te escuchen. —¿Y si quiere ir al baño? —Le digo que no sirve. —¿Y también puedo ver? Virginia le sonrió. Salió desnuda y húmeda a la pieza. El hombre que esperaba se desvistió sin prisa. Fue hasta ella y la tumbó en la cama. Sin decirle palabra se encaramó en su cuerpo, se abandonó en un vaivén monótono y furioso acompañado de jadeos arrítmicos y casi imperceptibles. Siguió empujando hasta desvanecerse y caer como un fardo a su costado. Virginia se incorporó sobre sus codos. Sintió nauseas. Respiró profundo para no vomitar. Se dejó caer sobre la almohada y cerró los ojos. Tantos años aquí y todavía se trepan al cogote las ganas de morir. Miró al hombre desnudo, contrahecho y hediondo, tendido junto a ella. Esos eran sus clientes: los únicos que pagan por una puta vieja. No, se dijo y pensó en el cuerpo fresco del chiquillo, mojado y tembloroso. Adivinó los ojos espiando desde el baño, detrás de la cortina, quizá un poco perplejos al notar que el animal colgado entre las piernas despertaba de nuevo. Una ola de calor, delicada, agradable, se expandió despacio por el cuerpo cansado y dolorido de Virginia. Sonrió, como si todavía tuviera diecisiete y aún la vida fuera una promesa: Los dos necesitamos un poco de cariño.


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Solipsismo medicado Busca entre las puertas de la alacena un menú eficaz para sobrellevar el día: se topa con su dios en ampolletas inyectables… Claudia Solórzano Ilustración: Wilberth Chong

Mientras observa las paredes de su cuarto, Javier se pone a pensar en que nunca ha colgado un cuadro en su vida. La imágenes pictóricas le parecen aburridas, digno tributo a un pasado pequeñoburgués que cree olvidado, pero que siempre encuentra una forma de resurgir. Las 3:00 AM, siempre se despierta a la misma hora desde que tiene uso de razón, ya sea por mera costumbre o por los gritos que escuchaba de su padrastro, sólo que ahora en vez de que su madre lo consuele con un vaso de leche tibia y un cuento, se reconforta con otro tipo de tranquilizantes. Se aventura a la cocina arrastrando un pijama viejo de payasos que ahora le queda dos tallas más grande, camina taciturno por un pasillo ancho y largo dando pasos cortos pero rápidos. Empuja la puerta del la cocina y busca entre las puertas de la alacena un menú eficaz para sobrellevar la noche: se topa con su dios en ampolletas inyectables: Medazolam, 2 ml. Busca más al fondo hasta que colecta Tafil 0.35 mg, Lexotán 5 mg y el muy recomendado Valium 15 mg. Examina entre los dedos se sus pies buscando un espacio propicio para la inyección, sin querer tira unas cuantas gotas sobre sus piernas, nota que el payaso que recibió un poco de Medazolam parece estar feliz. Toma la padecería de pastillas acompañado de un ligero trago de anís. Las ingiere una por una con la intención de caer tendido en la alfombra de su sala para no volver a

despertar, esperando que alguien recuerde que vive ahí, descubra su cuerpo y se tome la molestia de darle un funeral digno. Hay muertos que no quieren morir, Javier es uno de ellos. Se deja caer hasta que se da cuenta que sigue vivo, se arrastra hacia la esquina de su sala, tira de las persianas negras de su ventana sólo para ver que sigue siendo de noche. Su cóctel no rindió frutos. Se sienta en su sofá para observar la ciudad desde lo alto de su departamento ¿por qué no me tiro por el balcón? Ha de ser más fácil, todos pensarían que fue una muerte accidental, lástima que le tengo miedo a las alturas, un verdadero miedo. Siente un cosquilleo en su brazo izquierdo, sus dedos se mueven al compás de unas sirenas que acaba de escuchar, su mano se mete entre sus pantalones y comienza a sobar su pene, está seco, escupe una amistosa cantidad de saliva para esparcirla sobre la cabeza, frota lenta y eficazmente. Intenta recordar algo para mantener la erección, quiere pensar en la vecina del cuato piso pero sólo se le vienen a la cabeza un par de perros que vio coger en la calle. Se asusta e intenta concentrarse, encima del tablero de ajedrez nota que hay una postal de Suecia, la adorna una hermosa mujer rubia que le recuerda a la monja de su primaria, la monjita Martina, siempre de buenas, la única mujer satisfecha de estar casada con Jesús y vivir una vida de castidad. Se frota pensando en ella, imaginándose su figura tras un hábito pesado de poliéster setentero, en su mente es distinta a como la recordaba en su infancia, su cabellera rubia parece de fuego, quema a los perros que comparten la fantasía, manteniendo un gesto compasivo en su mirada. Le sonríe y dice al oído: pecado. La ignora, ella sigue montándolo con los cadáveres humeantes a su costado.

Huele a quemado, se detiene un momento para comprobar que no es en su casa, se asoma por la ventana para ver que una moto se estrelló justo frente a su edificio. Escucha un eco en su casa: una voz fría susurra entre gemidos pecado, pecado. Intenta ignorarla, se vuelve a acomodar en el sillón, en cuanto intenta tocar su pene nota que ya no está ahí se levanta asustado, se pone a buscarlo frenéticamente por el suelo como si fuera desprendible. Te dije que era pecado, le recuerda la voz, el grita ¿Qué? Un coro de voces pequeñas repiten en coro pecado, pecado. Los payasos saltan de su pijama, son grises con cabellera anaranjada y trajes opacos. Tienen colmillos brillantes que no tardan en encajarse en su carne, no dejan espacio sin lesión, quiere gritar más el mismo dolor no lo deja. Entre las sombras aparece su monja de cabellera flamígera, con el traje roído por las décadas, mostrando su vientre y un seno muerto que cuelga por mera costumbre de su pecho. Ella se acerca a purgarle de sus deslices, parece que va a darle un beso, abre su boca y lo invade con un aroma a azufre. Suena el despertador, Javier amanece en el suelo acostado encima de su brazo, intenta moverlo pero esta tan falto de sangre que no quiere responder. Se levanta soporífero y camina hacia la cocina, es de madrugada, el mundo parece despertar pero a él le vale un carajo. Empuja la puerta del la cocina y busca entre las puertas de la alacena un menú eficaz para sobrellevar el día: se topa con su dios en ampolletas inyectables: Medazolam, 4 ml. Tafil 0.55 mg, Lexotán 8 mg y el muy recomendado Valium 35 mg. A ver si ahora no falla.

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Agenda De la lectura al arte: Edgar Allan Poe Viernes 10. 5:00 PM Sala de Lectura. Gratis El Vampirascopio presenta 13 ASSASSINS (2010) 11 de junio, 6:00pm La Bodega Aragón Ave. Negrete, entre 8va. y 9na. Zona Centro Ciclo de música de cámara Miércoles 15: Christian Garcìa y su ensamble de jazz Miércoles 22: Guitarra flamenca con Jorge Lòpez Ramos Miércoles 29: Del Barroco al rock progresivo con el Ensamble Discanto. 50 pesos. Multiforo del ICBC. 8:00 PM Tardes de Jazz Miércoles 15: Armando Ruiz y Un Sueño Miércoles 22: Alex Perales Jazz Ensamble Tj Groove Station Miércoles 29: Agua Dulce Foro 2 (frente al Domo IMAX) 7:00 PM. Gratis Trueque de libros Miércoles 15, 22 y 29. Sala de lecturas del Cecut. Gatis Ciclo de teatro Multiforo del ICBC, 8:00 PM Jueves 16: Laquerre. Grupo: Paradoja Teatro. Dir. Sajid Rivas Ochoa Jueves 23: No te preocupes ojos azules. Grupo: Dramared. Dir. Jorge Folgueira Jueves 30: Barbie Girls. Grupo: Paso Escénico. Dir. Víctor Isordia. 50 pesos

El Sombrero, obra de teatro Domingo 12: Centro Social y de Atención para los Abuelitos, Col. El Jibarito, 10:00 AM. Viernes 17: Plaza Constitución de la Zona Norte en el muro divisorio México-Estados Unidos de la Delegación Centro. 6:00 PM Gratis El Revolucionario, teatro Domingos 12, 19 y 26. 2:00 PM Interpreta: Luis Ángel Isaías Silva Sala de Exposiciones Temporales del Cecut. Gratis Yoga de la Risa Inspirado en los hallazgos acerca del poder curativo de la risa. Domingos 12, 19 y 26. 4:00 PM CECUTi. Gratis ¿Realidad o ficción? Cineclub ICBC Martes 14: Los niños del hombre. Martes 21: Más allá de los sueños. Martes 28: El origen. Sala Audiovisual del ICBC, 7:00 PM Gratis ¿Realidad o ficción? Cineclub ICBC Miércoles 15: Los niños del hombre. Miércoles 22: Más allá de los sueños. Miércoles 29: El origen. Casa de la 9 (Calle 9 y Sirak Baloyán), 7:00 PM. Gratis Contando ando las historias de los abuelos, obra de teatro Martes 14. 7:00 PM Dirigida por Isabel Cárdenas Limón 50 pesos. Multiforo del ICBC

Editor: Titha Romero El Vampirascopio y Zombie Walk Tijuana presentan DAWN OF THE DEAD (1978) 17 de junio, 6:00pm La Bodega Aragón El mundo del Manga: Masami Kurumada Viernes 17. 4:00 PM Sala de Lectura del Cecut. Gratis Cuadrúpedos con Rostros Humanos, ciclo de danza Viernes 17. 8:00 PM Compañía: AbAm Dance Colletive & Somebodies Dance Theater 50 pesos. Multiforo del ICBC . TJ Zomoz, ciclo de rock Sábado 18. 8:00 PM 50 pesos. Multiforo del ICBC Presentación de Bomb it, documental sobre el grafiti Martes 21. 7:00 PM Sala de usos multiples del Cecut. Gratis Leo… luego existo Martes 21. 7:00 PM Vestíbulo de El Cubo. Gratis Jueves 23 Presentación de libro Gente de frontera Jueves 23. 7:00 PM Cecuti. Gratis Espectáculo poético musical Viernes 24. 8:00 PM Con Rocío Galván y Adolfo Morales 50 pesos. Multiforo del ICBC

El Vampirascopio presenta Homenaje a Jean Rollin, Vol. 2 The Shiver of The Vampires (1970) / La Rose de Fer (1973) 24 de junio, 5:00pm La Bodega Aragón Tin Tan: el artista, el pachuco, el hombre Sala de Exposiciones Temporales del Museo de las Californias Viernes 24. 7:00 PM. Gratis El Vampirascopio presenta Muestra de cortos de terror dentro del festival Corto Creativo 2011 25 de junio, 11:00am Hipódromo Caliente Festival Internacional de Cine en el Campo Historias de un mundo mejor Martes 28. 8:00 PM Estacionamiento Centro de Gobierno. Gratis Freddie Bryant y Kaleidoscope: “World Jazz” Viernes 24. 8:00 PM Terraza del Cubo. Gratis Apreciación Musical Presentación en video: Grandes intérpretes del siglo XX (segunda parte) Martes 28. 5:00 PM Sala de Video. Gratis. La relación de la Astronomía con la agricultura, conferencia Martes 28. 6:00 PM Sala de Usos Múltiples. Gratis



Diez 4 (junio 2011)