Era cierto. No eran falsos rumores. Había llegado. Apareció riéndose por detrás de las nubes o quizás era el humo de una antigua fumigación o simplemente la humacera de algún fumón de yerba. Nilo Presidente!-- se escuchaba tras las ventanas desvencijadas del barrio. Iba cantando, con la camisa abierta, montado en un almendrón multicolor descapotable. No era ningún milloneta como alguien había dicho.El carro era alquilado. Para verlo pasar, para escucharlo, los peces sacaban la cabeza por encima del muro del Malecón. Los pescadores furtivos, los viejos balseros, los ahogados levantaban la mano desde el agua grasienta de la bahía, no ya para pedir auxilio, sino para saludarlo. Nilo Presidente!- gritaban bajo el agua. Nilo Presidente! -repetían las envejecidas jineteras de los 90s, los travestis, los vendedores de cualquier cosa. El Hombre que necesitamos ya está aquí. Llevaba en la mano, como un cetro de rey, el bastón del Benny con el que dirigía las 12 orquestas metidas dentro de su teclado, como las 12 orquestas que tenía Valenzuela regadas por el Paseo del Prado. Albricias!-- decía Lezama empinándose una perga de cerveza caliente mientras el espumón espeso le chorreaba por la guayabera manchada con grasa de chicharrones. Su música es más contagiosa que la Covid 19-decía. Nilo Presidente!– entonaba con solemnidad el Coro Nacional. Nilo Presidente! -gritaban también desde el contén con equívoca euforia los que bebían aguardiente a pico de botella y los humildes rumberos de Cayo Hueso y el Callejón de Hamel. Desde sus graciosos balcones apuntalados la gente necesitada de un cambio tiraba cataratas de serpentina y de confeti. Nadie sabía si era el inicio del Carnaval o el Día de la Liberación. Que importa- gritaba Celia. Azúca!! Por si o por no, Portocarrero enseguida le hizo un retrato ornamentado que los grafiteros comenzaron a replicar por los muros de toda la ciudad Texto: Orlando Hernández @orlandohp1953h
El silencio del arquero
En esa noche, una de las más largas que todavía recuerdo, el silencio era el verbo y en la puerta había un sello. Detrás de esa puerta, como una imagen que invade las fronteras de los signos y el tiempo, la razón se me reveló en un sueño: “¿Qué ves?”, me preguntó el maestro sin mover un solo músculo de sus labios. “Formas hechizadas, contenidos que superan el miedo a su estrangulamiento”, dije sin mover los míos también. “No te quedes ahí”, me insinuó su mirada de Esfinge, “sigue interrogando”. Y sabiendo que podía ser interceptado y privado de llegar a mi destino, en las horas que superan la media noche, pero no alcanzan las del amanecer, salí a buscar esa pradera donde los ríos se vuelven a su fuente. Al principio, deambulé por calzadas desconocidas con cuyos nombres apenas me identificaba. Después vino un sendero, pero una niebla, demasiado densa e inexplicable, me impedía regodearme en los detalles del lugar por donde mis pasos, sin saber, se apresuraban. La falta de contacto visual con el camino me irritó de tal manera que muy pronto fui presa de un desmesurado recelo. “El miedo es el virus”, dijo de pronto una voz detrás de mí. Sorprendido, me giré para saber quién hablaba, entonces lo vi. Nilo MC, rapeando desde un almendrón telético, sobrevoló por encima de mi cabeza. Tuve que apartarme para no ser barrido por la multitud que marchaba tras él. “Lo que hace falta es que llueeeeva”, dijo Nilo soltando una brillosa carcajada a través de su pesado micrófono y desapareció en la niebla persiguiendo el rastro azul de un aguacero. “El diablo es el virus”, pensé perturbado, pero el implacable ruido de la multitud que lo seguía atrapó mi atención. Dando tumbos, casi a ciegas, intenté unirme a ella. Su sonoro escándalo impregnaba las finísimas partículas de agua que flotaban en el aire. Al acercarme, encontré a una mujer cuya cabellera, movida por la música de Nilo, trazaba anillos de Möbius en el aire. Inútilmente traté de ver su rostro detrás del dibujo de líneas infinitas que ondeaba frente a mí. “¿Quién eres?”, le pregunté. “Soy Anti Tesis”, dijo, “y como ves, no ando sola, soy de los 70s, de Volumen Uno, de la generación de los 80s y de las Pragmáticas de los 90s. También soy de los nihilistas esclarecidos, de los existencialistas de la escasez y de los sodomizadores del verbo duro, de los que
defienden los estandartes de la raza y el género, de los de afuera que se adentran y los de adentro que se alejan. Además, conmigo están fulano, mengano y zutano, los nuevos visionarios del lockdown epistemológico”. “¿Y hacia dónde se dirigen?”, quise saber intrigado. “Vamos a un concierto, pero a uno muy especial”, dijo sin parar de mover la cabeza. “¿Especial?, ¿especial por qué?”, dije. “Porque será dedicado al silencio”. Y sin darme tiempo a reaccionar se apartó de mí y salió corriendo, evaporándose ante mi ojos al notar que el grupo al que pertenecía ya se alejaba”. Intrigado, y curioso a la vez, aceleré mis pasos para no perderla de vista. “¿Puedo comprar una entrada?, le pregunté cuando logré acercarme nuevamente a ella. “Las entradas para este concierto no se venden... se empeñan”, dijo y añadió, “trata de no alejarte mucho porque, aunque te quedes fuera, verás igual cómo bajan. Ah, y por si acaso te extravías, no importa, sólo presta atención a las faldas de un monte que se eleva donde acaba esta etapa”. Y así fue. Un poco más adelante, en medio de una niebla todavía más densa y difícil de andar que la anterior, pero excitado por la predisposición mental en que me hallaba, me vi atravesando un estrecho desfiladero de perturbador acceso. Ante la inseguridad que me causaba no poder ver dónde ponía mis pies en cada paso que daba, me aferré con mis manos y avancé pegado a la escarpada pared de rocas que había a mi izquierda. Un vaho húmedo a mi derecha me hizo presentir los brazos abiertos de un negro acantilado. La infeliz perspectiva de dar un paso en falso y caer en esa dirección encrespó aún más mis ya desgarrados nervios. Tras rebasar la prueba, llegué finalmente a un sitio donde me pareció que el suelo era más firme y allí me desplomé rendido. Lo peor de todo es que, durante esa peripecia, no sólo perdí de vista a la multitud, sino que ya no pude seguirle físicamente el rastro. Cuando por fin me di cuenta del desterritorio al que había llegado, comprendí que estaba en un lugar más oscuro y desolado que la propia desolación. Devastado, sin ayuda para sobreponerme a mi desasosiego, me arrodillé. No sé por cuánto tiempo, pero lo hice. En silencio, cerré los ojos, lancé plegarias e imploré ayuda a un dios desconocido. Cuando volví a abrirlos, la tupida niebla se había despejado y frente a mí había un monte alto y vislumbré en sus laderas el agitado movimiento de una procesión que descendía. Poco a poco, mientras bajaban y se acercaban, reconocí a algunos miembros del iluminado cortejo. Entonces, al primero que identifiqué fue a Silvestre de Balboa que acababa de perder su bastón de montaña y, mientras trastabillaba, Lezama Lima, Gastón Vaquero, Virgilio Piñera y Cintio Vitier, sofocados por el susto, trataban de sostenerlo para que no perdiera el equilibrio. Vi también a unos cuantos Josés (a Martí, a Heredia, a Milanés) discutiendo acaloradamente
con Gertrudis Gómez de Avellaneda, Mercedes Matamoros y Juan Clemente Zenea sobre el sentido de buscar la verdad en la belleza. No muy lejos, pero sumidos en otra dimensión, venían los Conjurados de la Calle 25, Ángel Escobar y Julio Pino, botella de chispaetren en mano, meditando los mejores ardides para escapar ilesos del conocimiento. Detrás de ellos, como una visión y su reflejo, pasó corriendo un venado sin dejar la más mínima traza de sus huellas en el suelo. César López, que venía a continuación, se quedó paralizado y vi la imagen del Santo Grial reflejada en sus pupilas. Entre tanto, Juan de Dios y Yayo llevaban en sus hombros una vara de caguairán de la cual colgaba una hoya de caldosa que repartían con gentileza a los asistentes. Unos metros más atrás, se adelantó corriendo Francis Picabia. Venía disfrazado de payaso, choteando sin piedad dadaísta a Wilfredo Lam que vestía con majestuosa elegancia un frac de hojas de yagruma. Erguido y circunspecto, Lam lo miraba furioso. Disgustada por la situación, Dulce María Loynaz trató de evitar la bronca que estaba a punto de desencadenarse interponiendo su frágil cuerpo entre los rivales. Viendo que la escena se estaba poniendo más surrealista de lo necesario, Antonia Eiriz pidió a Eugenio Florit que llamara a Amelia Peláez, a Eduardo Abela y a Víctor Manuel para que le echaran una mano y sacar ilesa a la poetisa. Un artista invisible (su obra no se vio nunca en un salón, ni fue comida de ningún marchante, ni mención de la crítica, ni curiosidad de los especialistas) fue y le puso cara a Picabia y, sin que nadie más lo notara, se reanudó el cortejo. Cuando ya todo parecía haber vuelto a la normalidad vi pasar, galopando detrás del venado, un arquero. Y siguiendo su silencio, la flecha que nos une en ambos extremos, atravesé de lado a lado el espejo.
Juan Carlos Betancourt Berlin, 9 de octubre y 2020