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Mam Olguita

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MAMÁ OLGUITA Mañana será otro día...

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MAMÁ OLGUITA Mañana será otro día...


Un pequeño homenaje a la mejor mujer que he conocido y que por suerte fue mi guía.

Autora: ROSITA HIDALGO Riobamba, 30 de abril de 2020


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Quiero escribir esta historia porque nadie más lo hará de la manera que yo lo hago, cada uno lo ha vivido a su modo y quién sabe después ya no tenga memoria para hacerlo. Lo primero que me viene a la mente es el paseo a Baños, a las piscinas, íbamos con la Mariel con los mismos vestidos de tul, anchos, de capas, cuando entramos al agua, la Mariel pequeñita en brazos de mami, papá Cesitar se lanza y salpica el agua, mamá enojada le dice que no nos moje … siempre fuimos felices, viajábamos bastante y le gustaba ver las corridas de toros de pueblo. Yo nací en el barrio La Estación, en las fiestas de Riobamba, y decía mi mami que el desfile de las escuelas pasaba celebrando mi nacimiento. Ella estaba contenta de que era mujer, porque antes ya tuvo tres varones, bueno, el segundo parto fueron gemelos y el uno vivió sólo 10 meses, decía burlándose que el más grande y más bonito era el que se murió … pobre Gustavo. Me llamaba “mi belleza” y cuando mi abuelita Clementina le entregó luego del parto, me destapó para ver si en verdad era mujer, contenta porque ya tenía que hacer los vestidos, comprar aretes, vinchas, en fin, lo femenino. Tenía un vestido verde con grandes flores moradas, igual al de mi mami, me compró una carterita de cabuya, eran como dos tapas unidas con una tira para sostenerle, un canasto pequeño para ir a comprar en el mercado de San Alfonso, que quedaba a dos cuadras de la casa. 5


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Soy la tercera hija y éramos 5 hijos cuando vivíamos en San Alfonso, bonito barrio, central, empedrado, estuvimos allí hasta que terminé la primaria. Papá tenía el taller de carpintería y junto estaba un cuarto grande, que era el dormitorio para todos, 4 camas: una para mis papis, otra Hernán y Gustavo juntos, otra la abuelita Clementina y otra para la Mariel y para mí. Además, en la parte de atrás tenía una cocina de leña … un poco desordenada y sucia, y contaba riéndose que cuando vino la mamá Rosita, su hermana mayor, el Gustavo corrió contento a avisarle la buena noticia: mamá Rosita, mamá Rosita, ya tenemos una cocina de pulgas …. No necesitábamos más espacio, pasábamos en la calle, era tranquilo el barrio y no había mayor peligro. El problema estaba en el baño, bueno, si se podría llamar baño, ya que era sólo la taza para hacer las necesidades. Cuando ensuciaban, la dueña de casa decía que debieron ser los hijos de la familia más numerosa: la nuestra, entonces mamá con mucha paciencia, como siempre, limpiaba y no se hacía líos, no peleaba ni reclamaba, consideraba injusto pero en fin hay peores cosas en la vida. El tanque de lavar la ropa siempre tenía el agua llena de espuma de jabón, contaba que se levantaba en la mañana temprano para lavar los pañales - porque sí que lavaba pañales de tela -20 años hacía la cuenta-, retiraba con la lavacara la espuma y trataba de usar el agua más o menos limpia. El nacimiento del Cesitar lo vivimos muy alegres y con expectativa. La verdad, no recuerdo haberle visto gorda o con vestidos de embaraza a mi mamá, decía que prefería que papá no se enterara sino hasta cuando ya se le note porque claro era una boca más, peor cuando nacieron los gemelos, papi había dicho: ahora ésta a parir de dos en dos, como coneja. Yo no culpo a mi padre porque la situación era difícil, nosotros ahora no nos atrevemos a tener ni uno peor ocho, es comprensible. Bueno, ya estaba con dolores de parto y pide que le traigan a la abuelita Clementina, su mamá que le ayudó a dar a luz en los 7 partos, sólo el primero había ido mi mamá al hospital, pero por 6


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primeriza dice que le fue mal, así que a dar a luz en la casa. Papá Cesitar me llevó en la bicicleta de San Alfonso a la Plaza Dávalos, mi futuro barrio y en ese entonces sólo tenían el terreno, llegamos a verle a la abuelita y ella viejita y cansada caminaba despacio, haciendo paradas para descansar, nosotros apurados, preocupados, papá le decía, apure, abuelita Clementina. Parecía eterna la llegada, yo le cogía del brazo y seguíamos. Cuando llegamos, le pidió a papi que caliente una olla de agua, le acomodó en la cama a mamá Olguita y como era de noche estuvimos en las camas y nos gritó: tápense, no vean. Teníamos miedo y obedecimos. Mamá que se quejaba, la abuelita que decía: hijita, colabora, puja, ya mismo viene, hasta que oímos el grito del niño, qué alegría, nos destapamos y todo pasó, era un milagro lo que se vivía, la vida, lo nuevo, la esperanza. A limpiar todo, acomodar a la mamá y al bebé, recién ahí se sabía que era varón, un chiquito lindo. Días después cuando le preguntaron a la Mariel cómo era el hermanito, si era blanco y rubio como los otros, ella dijo; neglito, neglito …. Ya éramos 6 hijos, más papá, mamá y la abuelita, no era posible seguir en un solo cuarto. Cómo nos acomodaba mi mamá: el más pequeño iba a su costado, al rincón, el siguiente, al pie de su cama y los demás dos en cada cama. Teníamos muchos amigos del barrio, jugábamos en las calles hasta la noche, de todo: el capirotejo, las cogidas, las ollitas, las escondidas, los marros, los países… Un día preocupante fue cuando se quemó la Mariel, es toda una historia. Ya conté que mami cocinaba en leña, tenía también un bracero, a carbón, no usaba mucho. Además habían los reverberos, a gasolina, eso usaba más mi papá cuando le tocaba cocinar, teníamos dos: uno para la sopa y otro para la avena de dulce. En ese entonces no se comía el arroz, sólo dos comidas, pero la sopa era muy buena, completa, que no hacía falta el arroz. Una tarde, la Mariel encuentra un fósforo y le pide a mamá que le prenda una fogata, con la viruta del 7


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taller le ponían sobre el reverbero y a saltar desde la vereda, a ese divertido juego se unieron otros amigos, salta y salta hasta que le empujan a la Mariel y se sienta sobre el reverbero caliente, desde luego que con el calor se quemó la nalga, boca a bajo varios días, los demás le abanicábamos con el aventador, por turnos. Fue bastante doloroso y triste verle varios días así, luego ya pasó y queda el recuerdo y las cicatrices. La Mariel era muy mimada, hasta esa fecha la menor, consentida, con orgullo decía que tomaba el café con dos panes, claro, los demás apenas con uno. ¿Cómo hace una madre para cuidar a tantos hijos? Con su capacidad, nos llevaba a los controles en los subcentros de salud, a escuchar atenta todos los consejos y seguir al pie de la letra. Había entonces “La gota de leche”, que era el centro infantil donde entregaban raciones de leche en polvo para los niños. Con orgullo contaba que cuando hubo un concurso del mejor niño, ganó con el Hernán, guapo, gordito, bien cuidadito. Cuando el Hernán y el Gustavo estaban en la escuela, llegó un programa de comedores escolares, entonces entró para ayudar en la cocina, traía raciones de sémola, aceite y enlatados, decía que era de la Alianza para el Progreso, de John F. Kennedy, y estaba siempre muy agradecida, no importa de dónde venga, al fin era una ayuda, qué le importaba el imperialismo, Mi papi tenía una postal de la familia Kennedy, arregladitos y sonrientes, gringos, miraba con admiración y a mí también me parecía una linda familia. Y las enfermedades que no faltaban, cómo hace uno con tantos hijos, pues nada, a aprender, felizmente mi abuelita Clementina era partera y hacía de todo, ella nos apoyaba y mami aprendió mucho de sus conocimientos. ¿Fiebre? La papa cortada en rodajas para la frente. ¿Dolor de oído? Echarle humo en el oído filtrado con una tela de lana. ¿Diarrea? Sentarse en el ladrillo caliente, envuelto en periódicos y una tela. ¿Resfriado? Frotarse Vick vaporub en el pecho y la espal8


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da, luego el periódico caliente y bien abrigado hasta que sude. En fin, había solución casera a cualquier situación. Tan lindas las niñas, sentadas en la vereda del taller, un día se acerca una señora y le pregunta a mamá si desea que le regale la ropa que ya no usaba de sus hijitas, muy humilde y agradecida mamá dice que no hay problema, entonces la señora le comenta que no lo hace por maldad sino por ayudar y que bien que no lo tome a mal porque a una señora le dijo igual y ella respondió que no desea. Humildad, vi muchas veces esa actitud en la vida de mi madre y eso nos ha inculcado, humildad no humillación. De pequeñas les llevó a mis dos hermanas a Quito, cerca de Navidad, vinieron muy arregladitas, con otros peinados, otros vestidos, y les regalaron unas muñecas morenitas. Yo triste, no tenía mi muñeca, cuando me llaman justo el día de la Navidad, yo estaba en el tanque con mi mami, preguntaron por mí y me acerco, era la vecina que me traía una muñeca muy linda, mejor que las de mis ñañas … Qué decisión de mi mamá, siempre pensó en lo mejor para el hogar, así que a construir en el terreno que le regaló la abuelita, era bastante grande y le dijo que era sólo para ella, nunca fue ambiciosa y pidió que les reparta entre los 3 hijos, aun así nos tocó el espacio más grande y en la esquina. Era un basurero, como todo a su alrededor, a dos cuadras ya se acaba la ciudad, el cerramiento de tapial y espinos, era feo, pero no quedaba otra alternativa, vendió su guitarra querida, sus pocas joyas, su paila de bronce, recuerdo que aún un juego de dormitorio, la bicicleta de llantas balón, todo para construir en dicho lugar. Retirar la basura fue un trabajo fuerte, sólo la juventud y empeño de mamá para lograr tantas cosas. Quedó bonito el cuarto grande y una cocina, se llamaba “Villa Elenita”, por la Mariel, el Hernán hizo las letras de color verde en madera triplex, con caladora, era muy hábil. Llevamos las cosas excepto el taller, que tenía una posición estratégica en el centro. Era un barrio distinto, las calles de tierra y no conocíamos a los 9


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vecinos. En las mañanas íbamos a estudiar y en la tarde pasábamos solos porque mamá iba al taller a ayudar. Una tarde que salí a comprar en la tienda del frente, al regreso me rodearon varios muchachos y yo gritaba, mi abuelita no me oía y tenía miedo … Fue muy bonita la inauguración de ese cuarto: como era de tierra, se hizo una fogata en la mitad, rezamos y a dormir. Cuando hacíamos mucha bulla y nos reíamos, la abuelita contaba sus aventuras de miedo y ahí sí que nos dormíamos calladitos. Algún tiempo pasamos sin energía eléctrica, pero no era mucho problema. El día que instalaron el agua, mamá se alegró mucho y dijo que nunca se debe negar el agua. Es que a veces había escasez y venían a pedir que regale un balde de agua. Del gusto de la casa nueva, tuvo sus dos últimos hijos: Normita y Nelsiton. Recuerdo que vine un día de la escuela y ya tenía a su hijita en los brazos, estaba muy feliz y nos pedía que no avisemos a nadie. El nacimiento del apairote fue emocionante: domingo en la mañana, aún dormidos, escuchábamos que se quejaba y caminaba de lado a lado, hasta que oímos el grito, el baño, la envoltura en los pañales y colchitas y a pasar de mano a mano, primero el Hernán por ser el mayor, luego de uno en uno. Era hermoso, gordito, blanquito, sanito. No sé si era por lo insalubre del entorno o por contagio, eran dos o tres días que se enfermaban en la casa, empezó papá, luego la Mariel, mamá les curó de manera casera y bien, pero poco a poco caíamos los demás. En ese entonces teníamos dos jornadas de estudios, llegamos con la Mariel y mamá estaba en cama, igual la abuelita, yo casi ni comí y me sentí mal, me acosté y no podía levantarme, la Mariel me insistía: vamos a la escuela, no me dejes ir sola, lloraba, yo casi no escuchaba, no tenía ánimo. Ella hasta hoy dice que no me perdona que la haya dejado ir sola. Lo cierto es que me desperté en una clínica, recuerdo el tumbado muy alto, por ventaja, mi mami en la una cama y la abuelita al otro lado, yo tranquila que estaba acompañada. Luego me enteré que mis dos hermanos mayores estaban en la sección hombres de este aislamiento, así se llamaba el hospital, teníamos fiebre tifoidea, 10


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eso dijeron. Los dos pequeños: Marcita y Cesitar en el Hospital de Niños, sólo la Mariel y papá estaban bien en la casa. Pobrecita ella, pequeña y sola, cuando llegó a la escuela, lo primero que hicieron las profesoras era mirarle por todo lado, alzándole la ropita para ver si no estaba contagiada. Así pasaron 30 días, cuando iban a vernos los fines de semana, ni siquiera podían tocarnos, hablábamos tras una puerta de vidrio, la Mariel llevaba los aplanchados de leche pero no le dejaban darnos por temor al contagio. Yo viví una experiencia bonita porque estaba con mi mamá. Ella era joven y les peinaba a las otras señoras, nos hacía rezar, tenía un radio pequeño y cantaba. Enseguida se hacía amiga de las otras personas, les hacía bromas. Una noche, me desperté y no estaba la abuelita en la cama, le aviso a mi mami y le buscamos, se había caído dentro de su cama y estaba casi desnuda, qué difícil alzarle entre las dos, yo tenía apenas 11 años. Ese hospital queda frente a una escuela y cuando yo oía las campanas pensaba en lo que estaban haciendo en mi grado, me daba nostalgia sobre todo por María Elena, tan pequeña. Finalmente, podíamos salir la abuelita y yo luego de un mes internadas. Cuando regresé a casa, sentí el mismo vacío y soledad que cuando regresamos de enterrar a mi mamá: las camas destendidas, los colchones alzados, fumigado por todo lado. Yo estaba sola mientras papá iba al taller y la Mariel a la escuela. Yo gritaba;: mamita, mamita, pero sabía que estaba en el hospital y algún rato nos volveríamos a ver …. No fue así después …. Mamita, mamita … Un detalle: como en la casa los tumbados son más bajos, cuando regresé me sentía más alta, puede ser que también con tanta fiebre si crecí. Cuando le encontré a la Mariel, fue luego de clases, ella muy recelosa no se me acercaba, yo con culpa de dejarle ir sola tampoco, hasta que papi le dijo: ya llegó tu ñaña y nos abrazamos muy felices. Lo triste fue cuando me llevó papá a ver a los pequeños, en el Hospital de Niños, me dijo: ¿cuáles de ellos son tus hermanitos? No les reconocí, estaban todos con las mismas pijamas de tela franela con muñequitos, eran iguales, hasta que papá me dijo; mira la suquita, es la Marcita, el 11


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de a lado es el Cesitar. Recuerdo que cumplió 2 años en el hospital el Cesitar. Les llevamos unas medias y papá feliz porque les daban de alta. Con pena contaba la Marcita que le pegaban a su ñañito cuando no avisaba para ir al baño. Ya estábamos más personas en casa, al mes y medio salieron mamá y los primeros hijos, qué alegría de nuevo todos juntos. Las cosas no eran iguales, había más cuidado en las comidas, las ollas tapadas, no podíamos tomar agua, por eso será que no le encuentro el gusto al agua, aunque le llenen de maravillas, mamá nos decía que no. Para matar a los moscos se usaba el papel higiénico, no la mano. En nuestra escuela habían hecho una colecta y la Mariel trajo una funda llena de monedas, no recuerdo el valor, pero mami estaba contenta y ese dinero nos ayudó mucho. Hay dos episodios que recuerdo con mucho cariño. Uno es mi ingreso a la escuela, pasábamos varios días desde el taller hacia la casa y me decía mi mami: esa es tu escuelita, antes de entrar a ella, ya me gustaba. Para mis útiles, me cosió un bolsito de retazos de tela, con una tapa, un botón y una tira para colgarme, estaba muy contenta aquel día y no me provocaba llorar si me quedaba en la escuela. Siempre creativa, ahorradora y humilde. También recuerdo la envoltura de los niños pequeños. Como era la tradición, se colocaban los pañales de tela, luego una colcha para envolverle y la faja para darle varias vueltas al cuerpo del o de la pequeña, bien rectos y calientitos, así se hacían más fuertes los huesos y podían cargarse con facilidad. Cargarles? Es otra tarea difícil, yo intenté pero se me resbalaban mis hijitas. En cambio, con la habilidad de madre trabajadora, se necesitaba las manos libres, pero el hijo cerca, así que era la mejor manera. Tantos años cargando niños pequeños, tantos años lavando pañales, tantos años cuidando de sus hijos …. Ésa es mi madre …. A propósito de envolver a los niños, contaba la historia de una indígena que cuando tuvo su primer hijo decía: todo he traído, menos la 12


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fajua …. Realmente era importante. Cómo no recordar con mucho respeto y admiración su alegría por los estudios y los triunfos de sus hijos, cuando conversando con una vecina le decía que su mayor alegría era matricularnos, que a propósito le molestábamos que era la primera en la fila, la que madrugaba y que nuestra matrícula era la N° 0001. Para el certificado médico debíamos recoger las muestras de heces, era un lío, el día anterior debíamos comer bastante y al siguiente día a madrugar para coger la muestra en una cajita de fósforos, luego a hacer la cola en el hospital, el chequeo, comprar la receta para que nos den el certificado y todo eso lo hacíamos con mucha alegría, nada era cansado o vergonzoso, al contrario era divertido, hacíamos amigos, escuchábamos las historias de las otras personas. Y las fotos para la matrícula o el carnet, eso era muy gracioso, debíamos ir con una ropa oscura para que se nos vea mejor, y la misma foto se usaba dos o tres años, para ahorrar lógicamente. La Mariel y Marci eran tan chistosas que una vez salieron con los ojos cerrados así que de nuevo a la foto y por separado. Otra cosa que decía mami que le gustaba era comprar y organizar el uniforme, listo desde el día anterior, los domingos una fila de zapatos a lustrar. Y los útiles escolares, de lo mejor, que no nos falte nada y para nosotros la responsabilidad de cuidar, de tener todo en orden y limpio. Era una alegría cuando compraba para el inicio de año, a forrar los cuadernos y los libros y a hacer las carátulas, en eso era experto el Hernán, él nos enseñaba y tenía linda letra. Y a usar hasta la última hoja. Cuántos años con hijos estudiantes. Decía con orgullo que tenía hijos en la universidad, en el colegio y en la escuela, y así era, todos estudiando. Cuando eran las sesiones de padres de familia, muy humilde se sentaba al último hasta que entregaban las libretas, primerita en el orden de mejor aprovechamiento, feliz y agradecida de que su esfuerzo vale la pena, de que pedir a papá Cesitar todos los días para 13


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los útiles, para los pasajes, para los trabajos, tenía su recompensa. De dónde sacaba mami toda esa energía? Me pregunto cómo hacía para cubrir los aportes que implicaban los programas escolares, los agasajos a las autoridades y maestros? Un aspecto que valoraba mucho y ponía en práctica cada día era el ahorro, no le gustaba desperdiciar nada, es que cuando le cuesta a uno se comprende eso, hasta el palo de fósforo, así en muchas cosas. Siempre guardaba con mucho cariño las cosas que hacían sus hijos, inclusive las locuras de los años viejos. No recuerdo que se hayan endeudado, los ingresos de un artesano no eran seguros y era mejor no poner en riesgo la tranquilidad del hogar, aunque papi se entusiasmaba con las cosas que le iban a ofrecer en su taller. Buena decisión. Cuando papi trabajaba en el taller en San Alfonso, debíamos esperar a que venga para comer, no importa si tardaba, porque mi mamá sabía lo importante que era su presencia, la alimentación saludable, el bienestar físico y mental para ayudar de manera positiva en la casa. Nunca nos faltó un plato de comida, aunque decía que hay días en que no sabía qué cocinar. Su sazón era inconfundible, las ollas eran grandes y no mezquinas. Si iba a hacer una comida típica, no le importaba madrugar. Una época bonita era cuando ayudaba a hacer el chorizo donde una amiga suya, iba los viernes en la tarde y venía en la noche con su ración para cocinar el domingo. Fue muy celosa de sus hijos, sean hombres o mujeres. No dejaba que papi nos vea cuando cambiaba los pañales, ni aun de pequeñas. En las vacaciones, cada año nos invitaban donde los familiares y no nos mandaba mi mami. Ahora comprendo que nos cuidaba de otras personas en otros lugares que no conocía bien, y sólo aceptó que vayamos la Mariel y yo, de 15 y 13 años respectivamente, a Guayaquil donde su sobrina, la ñaña Blanchi, con las mil recomendaciones y sobre todo que venga a llevarnos y a dejarnos. Fue una experiencia muy bonita. También, años más tarde, permitió a la Marcita irse a la costa 14


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con una amiga, pariente lejana de papi. Cuando regresó, era distinta, más grande y sin timidez. Llegó un domingo y nosotras estábamos sentadas en el patio con ropas de casa y acomplejadas. Ahora se oye hablar mucho de la acogida y de la solidaridad, aunque no lo ponen en práctica. Mamá Olguita era muy buena con quienes necesitaban y lo demostraba, Recuerdo a la Carmita, a la Mariíta, al Bolívar, al primo del Puyo que vino a estudiar, a los pacientes de la abuelita que se quedaban hasta el siguiente día o una semana … En fin, no le estorbaba la gente, al contrario, se sentía útil y era generosa. Ni que hablar de la puntualidad, estaba antes que los demás para la misa, las reuniones, los programas, no se hacía esperar y nos llamaba la atención cuando llegábamos tarde. Y no hacía malos comentarios de la gente, nos hacía reflexionar que las cosas cambian y no todo es color de rosa. No le oí jamás una mala palabra para insultar a alguien, excepto algunos chistes que si no dice completo no causan risa. Tenía muchas razones para odiar a ciertas personas, más aún cuando se han portado mal con su propia familia, pero no guardaba rencores en su corazón y cuando había reconciliaciones no tenía problemas. Cuánto cuesta cerrar la boca en el momento del enojo y después debemos pedir perdón o nos sentimos mal. Cada uno elige lo que le conviene. No permitía que faltemos a clases, aún enfermos nos mandaba, basta que podamos pararnos, peor al trabajo, hacía cualquier cosa para que no faltáramos: cuidar a los nietos, ir a los bancos, hacer las compras, etc. Cuando entré a trabajar en Penipe, no tenía para los pasajes creo que durante un mes o más, y mi mamá me daba callado de papá, él preguntaba que a dónde me voy y no le decíamos nada hasta que me pagaron y pude devolverle, incluso me acompañaba a coger el bus, también papi o el Gus me llevaban en la bicicleta para no atrasarme. Le gustaba mucho los libros y el estudio. Cuando salió la promoción de fascículos semanales para armar las enciclopedias, nos ayudó al 15


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Hernán y a mí para completar hasta que mandó a empastar, qué bonitas. Les veo y me acuerdo de mi mamá. Cuando estaba en sexto grado de la escuela, el último año, le cuento que para el repaso del Juramento de la Bandera nos separaron de las otras estudiantes y que yo iba adelante, la verdad, no sabía de qué se trataba, entonces mi mamá me abraza y me dice: “Eres la abanderada”. La primera alumna de todo el grado, de toda la escuela. Qué alegría. Y después continuaron mis 3 hermanas, llevando el mismo estandarte, orgullosas, por las calles de la ciudad. Recuerdo con mucho cariño el concurso de ortografía. Bueno, mi profesora era muy exigente y eso me sirvió. Casi todas las semanas debía recitar y leer el programa del Minuto Cívico, los lunes a la entrada. Me enseñaba a mover las manos, a hablar alto, con la voz clara. Quizás por eso tengo este timbre de voz que a veces me molestan. Estaba en quinto grado y yo iba las tardes a la casa de la profesora para repasar la ortografía. Tenía que escribir un recorte del periódico que me daba la señorita y memorizar las palabras, si me equivocaba, debía repetir toda la línea. Estaba bien preparada para el concurso así que nos fuimos con mi mamá y la profesora a la Escuela “21 de Abril”, era justo un día de abril. Se me acerca la señorita y al oído me dice: “Tu seudónimo será Natasha”. Era una táctica para que el jurado no sepa el nombre de los participantes, así que quedamos 3 finalistas en primer lugar y luego hicieron un sorteo. Yo quedé en tercer lugar pero me sentí ganadora. En la escuela me hicieron un homenaje y me dieron como regalo un hermoso libro de cuentos de Walt Disney. Mi colegio y los estudios superiores fueron similares, yo diría aún mejores, porque era consciente de mi capacidad y de la responsabilidad frente a mi familia. Cuando ingresé al colegio, le dijeron a mi mami que por ser la abanderada podía optar por la beca que daba el gobierno, pero no quiso porque tenía temor de un cambio en mi aprovechamiento y tendría que devolver el dinero. Estuve en cuarto 16


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curso cuando nuevamente le insisten y acepta. Mi garante fue Don Víctor Solís, que siempre me molestaba “Rosita O”. Ese ingreso fue muy importante para nosotros, nos comprábamos con la Mariel bonitas ropas y mami se ayudó en algunas cosas. Cuando tenía el sueldo de mi trabajo, también mami se encargaba de administrar esa cuenta y me compraba el colchón, las sábanas, las cobijas, etc. Siempre fue creyente y mujer de mucha fe. Desde el taller de San Alfonso recuerdo que teníamos las repisas, con los santitos, la Virgen María, y papá hacía los cuadros, muy bonitos. Había que tener cuidado con las velas, aunque recuerdo que tenían un foquito de color rojo. El Hernán también era hábil, hacía cosas bonitas en triplex y con la caladora, hacía las conexiones eléctricas. Total, tenía sus espacios sagrados y cada vez aumentaba la colección. Y las velas, para limpiar las malas energías y pedir un favor especial nunca faltaban en ese lugar. Y muchos eran regalados, yo le traje de Italia un rosario de pétalos de flores que le conservaba con mucho cariño. Rezaba algunas partes del Rosario en latín y las letanías todas completas … “pidiendo y encomendando a las benditas almas del Purgatorio” … De niños no se entiende, a veces ni de jóvenes, sólo a la hora de la muerte la importancia de la fe, el valor que nos da para seguir adelante “en este valle de lágrimas” … Cuántas veces fue mamá a la Iglesia, donde los padrecitos a pedir un consejo, a pedir un favor, a rezar por ella y por los demás. Ese ejemplo nos da fortaleza para avanzar con la familia a cuestas. Ahora entiendo muchas cosas que para mí eran imperceptibles como el sentido de la alegría, la felicidad “fingida” a veces para que los demás no vean el dolor que nos desgarra y se queden ahí, al contrario, que miren el lado positivo de la vida. Cómo te explicas que una madre - con tantas cosas que tuvo que pasar - cante, baile, cuente chistes, aconseje para el bien, te dé ánimo y no guarde los rencores contra el destino y la amargura de ser víctima. Bien decía mamá que si escribieran una novela sobre su vida, pensarían que está exagerando 17


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y no es para menos todo lo que ha tenido que superar y así lo ha hecho. Dónde está la fortaleza, por qué vio con otros ojos la realidad y el futuro, quién le guió a optar por lo bueno? Tuvo su meta clara en la vida y no pidió mucho, más bien creo que la vida le dio muy poco (excepto hijos y quizás ahí está su abundancia) pero no exigió más, bastó lo que tuvo para trazar su destino y su futuro, sin decaer. Aunque tuvo a su marido siempre junto a ella, las decisiones fueron suyas, “yo manejo mi hogar a mi manera”. Cuánto le costó imponer su decisión – que era lo correcto –: habladurías no solo de su esposo sino de sus amigos y sus familiares (ahí viene la plaga, como la canción, sino la víbora), golpes, maltratos, después hasta el desdén de sus hijos y la falta de apoyo. Pero fue constante y sabía que debía llegar a un punto fijo, decía que no importa que le hable pero le da para los pasajes, para los útiles (que no se saque el 20, la máxima calificación, mis padres ni la primaria me dieron). Yo le pregunté por qué se aguantó tanto maltrato y su respuesta fue lógica: qué me hacía con tantos hijos y sin trabajo? Cómo les mantendría? Peor darles otro papá. Y hasta me daba coraje que después de todo no hablaba mal de su marido: es trabajador, ha trabajado como el burro para mantenernos, nunca fue celoso, no me hizo ver la cara con otra. En cambio nosotras muchas veces nos escudamos en los errores de los maridos (que serán mucho menores que los de mi papá) para hacerles quedar mal ante los hijos u otras personas, para justificar las separaciones. El respeto al padre era lo primero. Vuelvo a la fe. Nos enseñaba a rezar aún antes de que pudiéramos hablar: Bendito Dios alabado sea el Señor, Santísimo Sacramento del altar y la Virgen María concebida desde el primer instante de su ser natural, somos todos ahora y para siempre jamás. Amén. 18


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Nos formó en la religión católica y recibimos los sacramentos. Era muy bonito ir al catecismo los domingos. Sabía de memoria muchas oraciones que se fueron con ella, rezará en el cielo, seguro les enseñará a los demás. Al levantarse: Con Dios me acuesto, con Dios me levanto, la Virgen Santísima me tape con su manto. Al salir a la calle: En el nombre del Padre, del Hijo, del Espíritu Santo, Amén. Señor, bendice mis pasos, ilumina mi conocimiento. Con la mano en la patena, por el cáliz voy cubierto, que no me vea preso, herido ni muerto. Al repartir la comida: Señor, bendice este alimento a nosotros pobres pecadores. Después del almuerzo: Gracias os doy, Señor, por el alimento que habéis dado a vuestra ingrata criatura sin haberlo merecido, Un Padre nuestro a San Francisco, San Cayetano, santos de la providencia, que no nos falten con su caridad, con su pan del día así del alma como para el cuerpo. Padre Nuestro … Ave María … Gloria … Las almas de los fieles difuntos descansen en paz por la gran misericordia del Señor, sea para siempre. Bendito … Y luego pedíamos la bendición y agradecíamos a nuestros papás o a quien ha preparado la comida. La bendición es algo muy especial que hemos recibido cada día y creo que desde el cielo nos manda, dirigiendo sus manos al lugar que creía estaba cada uno. Y dónde quedará España para mandarle la bendición a mi Normita? Más bien daba con dirección al cielo y punto. Cuánta fortaleza se necesita para llevar adelante un hogar sin decaerse, sin que los demás noten tu inmensa tristeza o las lágrimas 19


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de la noche o cuando no te ven. Y de cara a los tuyos, estar alegre, entusiasmada … Mañana será otro día. Y ojalá mejor que el de ayer. Todo pasa. De alguna manera debió aprender que sólo el estudio nos cambia, mirando a otras personas preparadas, diferentes, en una época donde estudiar era un lujo y un sacrificio. No me explico de otra manera el cambio que ha sembrado en cada uno de nosotros, el positivismo, la visión del futuro. Se cumplieron sus expectativas poco a poco, con paciencia, al principio por su sola decisión, luego cada uno forjándose por sí mismo y apoyando a los otros, dándonos la mano. Qué hubiera sido de mi pobre madre con tantos hijos sin trabajar? Y ahora mi papá que hubiera hecho si debiera mantener a sus hijos adultos? Educó, formó y no sufrió cuando partíamos porque sabía que algún día seríamos independientes. Aunque siempre hemos regresado a verles, a compartir, a nutrirnos los fines de semana con las vivencias familiares y coger ánimo para pasar la semana. Contaba que sus amigas lloraban cuando se casaban sus hijas, sólo le vi llorar por el Hernán, creo que fue por ser el primero y porque era joven, a su entender, demasiado joven. Con los demás, nos daba la bendición y aceptaba lo que cada uno decidía. El silencio y evitar a sus hijos la preocupación era parte de su forma de ser. Dos episodios recuerdo con dolor como ejemplo: uno, cuando le tenía en los brazos a su nieta Erikita, tierna todavía, y se resbala en el piso húmedo de la cocina, para que no se golpee la niña, pone el brazo y se rompe. Cuánto debió dolerle, sólo un tiempo después nos contó que se levantaba en la noche o madrugada a ponerse compresas de manzanilla. El otro cuando en un fin de año hubo una pelea entre sus hijos, por evitar que continúen, se pone en medio y se va al suelo, con tan mala suerte que uno de ellos le aplastó el pecho. De igual manera, no se quejaba, se le veía soplar una botella, ése era el tratamiento. Pobres costillas, pobre madre. Y así tantas veces. Pienso por ejemplo 20


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cuando daba a luz, ventajosamente eran partos normales y al siguiente día ya se levantaba. Y cuando estaba enferma? Tenía sus remedios caseros y no nos enterábamos. Siempre queda el remordimiento de no preocuparnos más por ella, de no haber hecho algo más… Cómo sería cuando tenía problemas con su esposo? Con sus hijos? A quién podría contarle? No dejó de dormir en la misma cama con papá, repetía la frase que le decía la abuelita: calla hijita, no pelees. Con tristeza recuerdo que decía que nunca usó vestidos maternos, ocultaba su embarazo y cuando daba a luz nos pedía que no avisemos en la escuela. Y pañales para sus hijos? Tal vez en el primero compraría la tela para coser ella mismo, quizás le serviría para el siguiente, pero luego, con lo que haya, ropas ya usadas y viejas, cualquier cosa para ahorrar, y eso mismo lavar y volver a usar. Cosía en su máquina Singer, a pedal, que hasta ahora se conserva. Tejía muy bonito, chalecos para papá, suéteres, gorritas (a la Moli le hizo el abrigo y gorrita de la Pequeña Lulú), colchas de colores, chales. Antes compraba unos retazos de lana en forma de triángulos, se daba el trabajo de zafarles y unir los hilos para tejer, los nudos iban al revés. Al final el resultado eran unas colchas multicolores, bonitas. Era la última hija de un tercer compromiso de mi abuelita Clementina. Primero nació una hija cuando era muy jovencita mi abuelita, decía que tuvo a los 14 años. Luego se casó con un Proaño y tuvo dos hijos, nunca se divorció y por eso llevaban el apellido Proaño los siguientes hijos, aunque eran de otro padre. Con mi abuelito Eleodoro Albán Egüez tuvo 7 hijos, se murieron 3. En total, tuvo 7 hijos vivos mi abuelita. Mi mami tuvo el privilegio de ir a la escuela, ya que su hermana mayor Rosita no aprendió a leer ni escribir porque decían que escribiría cartas a los enamorados: a duras penas garabateaba la firma para no decir que era analfabeta. Mami iba a la escuela cuando se escribía 21


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con tintero y una vez regó el frasco y le habló la profesora hasta que le pidieron que traiga cabuya para hacer un trabajo manual y entonces la abuelita le retiró diciendo que no era india para que aprenda a tejer la cabuya, Creo que terminó el cuarto grado pero fue suficiente para entender la vida. Decía que organizaban sainetes con sus hermanos mayores y se sabía de memoria las recitaciones. Nos causó mucha gracia cuando ya mayor participó en un sociodrama imitando a Ernesto Albán, con un terno de papá y fumando, repasó varias veces el diálogo, le leían en voz alta para que se memorice, aunque no dijo exactamente como estaba escrito, pero causó mucha gracia a las madres del grupo.

Teje, teje, tejedora Cose, cose maquinita

Contaba que tenía un perro llamado Amorcito. Al contrario de mi padre, no vivió en escasez, por eso no era mezquina en las cosas. Ya jovencita aprendió a tocar la guitarra con un maestro y también a aparar los zapatos, es decir, a coser en su casa las piezas de cuero que llevaba ya cortadas. Se vestía combinando el vestido con los zapatos y usaba peinetas, una a cada lado. Vivía en Riobamba pero viajaba con frecuencia a Guano. Quería mucho a sus sobrinos y ellos también le llamaban “tía Olguita”, con cariño. Cuando mi primo Gonzalo necesitaba dinero para graduarse, mi mamá le ofreció las escrituras para que deje como garantía.

Decía que le cuidaban demasiado al punto que cuando le veían conversando con alguien, le pedían a la abuelita Clementina que le 22


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revise si todavía era virgen, hasta que una vez, ya viejita la abuelita, había dicho que no estaba segura y le cayó una buena paliza. Qué humillación! Y se casó virgen sin que a mi papá le importara tanto, más bien le había reclamado que no colabora. Pero eso le sirvió para que no dudará jamás de ella, ni aunque las malas lenguas le calumniaran, ni aunque sus mismos amigos le coqueteaban y por eso decía que papá es inocente, que no se da cuenta quiénes son o no amigos. La dignidad, repetía, eso da valor a la mujer. Con su guitarra animaba las fiestas de los grupos de madres en los que participaba, incluso salió en una foto en el periódico. Hasta antes de fallecer, tocaba con alegría, excepto la canción: “Qué linda es mi madre querida”, ahí le venían las lágrimas.

Tórtola ya canta y en la madrugada sueña que levanta para trabajar … Las ilusiones son golondrinas …

Hay olores y momentos que uno no olvida jamás. Luego de dar a luz, me “encaderó”, es decir, poner la cadera en su lugar. Todo un procedimiento que le hacía sudar, junto con mi marido me sacudían de lado a lado con unas telas anchas, y quedaba fajada. Previamente, hacía el baño de hierbas, con el olor de campo, de naturaleza, de vida, el vapor me subía por todo lado, empezaba lavándome los pies, las piernas, los brazos, el vientre, la cara, la frente, en fin, todo el cuerpo. Con la venda ajustándome, me dormía tan plácidamente que era un descanso después de todo lo que viví en la cesárea y el nacimiento de mis hijitas. Compartimos las alegrías y las tristezas, como cuando perdí a mi 23


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hijito a los 5 meses y medio de embarazo, justo días antes del Día de la Madre. Llorábamos iguales cuando se me iba la leche y sin un niño a quién amamantar. Me daba agüitas y me ponía compresas, pero sin duda sus abrazos me consolaban más que nada en este mundo. Y en recompensa, cómo me ayudó con mis dos hijitas, dándoles la comida, yendo a recogerles, contándoles sus aventuras, cuidándoles como ninguna. Y sentada frente a la computadora, en esta mañana fría, trato de darle fin a la historia, Fin? Jamás, esto continuará conmigo y mi descendencia, más allá … Mamá Olguis vivió a su manera y también decidió morir a su manera. Tenía todo a su alcance, mejor dicho, casi todo. Gracias a sus ingresos por curaciones, frotar las lesiones, tenía su platita y nos ayudaba. Cocinaba para papá y para ella, y su prioridad fue su esposo. Yo pienso que no comía bien, que se sentía cansada, que muchas ilusiones en su vida ya se hicieron realidad. Formó su hogar y construyó su vivienda de loza, era feliz por eso, pero no sé dónde ni cuándo perdió la ilusión. No contaba sus dolencias sino hasta que no podía resistir, por eso me impresionó tanto cuando me pidió que le revise la espalda: era un cuadro doloroso, le caía la sangre de los granos que le brotaron sin duda muchos días atrás por causa del herpes. Muy similar a lo que le pasó a papá, pero él avisó a tiempo, le internaron y le curaron aunque tardó 3 años más o menos. Pero no, mamá no quería preocuparnos. Era tanto el daño en la espalda que no le retenía ninguna crema, recomendándonos las hojas de llantén, las más grandes, bien lavadas y secadas. Cuánto dolor debió causarle que se sostenía el brazo izquierdo bien pegado al cuerpo y se acostaba de ese lado para amortiguarle. Ya no hicieron mucho efecto los tratamientos ni médicos ni empíricos. Sumado a eso la mala alimentación que le produjo anemia aguda, diabetes, presión alta… Yo pienso que no quería luchar más por su vida, que no quería molestar a su familia. Calladita se sentaba en el sillón, disimulando calma y tranquilidad. Me duele pensar que no fuimos conscientes de lo que venía, de lo 24


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que mi mami quería, irse sin molestar. Hay que reconocer la perspicacia del Cesitar, él se dio cuenta de lo que pasaba, se desesperaba y se enojaba con nosotros. Pero fue inútil, ya no quería ni médicos ni tratamientos. Cambió hasta su aspecto, con el pelo corto y se le cayeron unos dientes. Aun así, mantenía su carita alegre, su vida sin prisas ni molestias, resignada a que sus hijos hicieran lo que creían conveniente. Nada dio resultado y ahí quedaron los aparatos y las medicinas, su espacio y sus cosas, su vacío y su ausencia …. Aquella amarga mañana, me despedí como siempre, pidiéndole la bendición y me fui a trabajar, se quedó sentada en el sillón. Y luego del almuerzo recibí una de las noticias más tristes de mi vida; falleció mi mami, mi mamá Olguita, la Olguis, la mujer más alegre y tranquila…. No tenía valor para manejar así que me trajeron unos buenos compañeros a la Clínica Metropolitana. Al dolor de la muerte, se unió el dolor de verle en el suelo del pasillo del ingreso, Qué inhumanos! Mi hermana Marcita abrazada en el piso llorando, le sostenía la cabeza, estaba como dormida, en paz. Me uní a sus abrazos, sus lágrimas, sus gritos, su desesperación y ver cómo el día se hacía noche, el tiempo eterno y engañoso. Al sacarle para el carro de Medicina Legal, le quitaron hasta la sábana que le cubría. Y yo fui en ese carro acompañándole hasta que hagan los trámites. Desgracia de autoridades y papeleos, no podíamos darle sepultura hasta que certifique un médico que le trataba o le hagan la autopsia. No pudimos conseguir el certificado, así que le llevaron a la morgue hasta esperar la autorización de una persona que estaba en el Estadio. Mientras esperábamos las 4 hermanas - qué bien que la Normita vino a acompañarle un mes antes - pedimos al cuidador que nos deje entrar a despedirnos. En medio de todo el dolor, aquella tarde entramos a verle acostada en la bandeja de acero inoxidable, con su pantalón de pijama y el suéter morado. Parecía dormida. La Mariel le cogió la mano y nosotras también nos acercamos a abrazarle, entonces le habló la Mariel como conversando y reclamándole: Qué pasó Olguis? Por qué 25


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nos deja? Qué caprichosa que es! Hasta el último hace su voluntad. Y hablamos después las demás, Despidiéndonos, llorando, abrazadas. A mí me daba pena que viaje sola, hubiera querido irme con ella y acompañarle, es lo que más tristeza me daba. Luego me arrepentí el no haberle cambiado de ropa, ponerle un traje bonito y mandarle con mi pañuelo de la Virgen de Guadalupe y un rosario en las manos. No hacía falta, ella lo tenía todo, su vida fue una ofrenda a Dios, su ejemplo fue más que una ropa o un rosario. No necesitaba compañía, sus familiares y amigos le irían a recibir, Dios mismo le daría la bienvenida, le abrazaría y le agradecería por ser quien fue, por sus sacrificios y su abnegación. La Normita le sacó los aretes y tendrá como una reliquia. Después, todo fue nada. Salimos más tranquilas y dispuestas a enfrentar la vida solas. Me sentía como una mariposa que recién salió del capullo, y ya iba a cumplir los 50. Más valientes, más fuertes, más solidarias. La Mariel asumió el papel de mamá en la familia y el Cesitar como el papá, a decidir las cosas más importantes. Gracias hermanos. Cuando voy al cementerio y veo su cara sonreída como queriendo hablar, así es como le recuerdo. Pero su presencia está entre nosotros, en la casa, en las calles, en mi escuela, en mi colegio, en el centro, en la tienda, en el mercado, en los caminos que recorríamos en el carro, a comprar en La Condamine el pescado los viernes y conversar de regreso los cambios de Riobamba, las casas donde vivió sus primeros años de matrimonio, en el viaje a Penipe a cumplir con la votación, en las caras de mis hermanas, en el tono de voz de cualquiera de ellos, en la iglesia donde repartía caramelos a sus amigas, en el cuarto donde dormía, en el sillón donde esa mañana me dio su última bendición.

“En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.”

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Mam Olguita by nelson hidalgo proaño - Issuu