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Concurso #OrgulloCultural 2023

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Concurso de relatos cortos, cortometrajes y programas de colaboración con la cultura en las empresas #OrgulloCultural 2023 de myGwork e It Gets Better El mundo de la cultura y el mundo corporativo parecen estar completamente separados, pero lo cierto es que tienen mucho de lo que enriquecerse mutuamente. Por eso, hemos lanzado este concurso en el que pueden participar: Integrantes de Grupos de Empleados LGBTQ+ (ERG) de empresas e instituciones. Personas que colaboran con asociaciones LGBTQ+ y entidades que colaboran en difundir buenas prácticas en diversidad e inclusión LGBTQ+ y generar espacios seguros, como universidades, cámaras de comercio… (Nosotros las llamamos Community Partners). Pero, ¿Por qué cerrarnos? También cualquier persona que crea en la diversidad e inclusión LGBTQ+. Jurado: Daniela Requena, escritora, periodista, influencer y activista por los derechos de las personas trans. Stefano Morocco, cantante, participante en los programas de La Voz en sus ediciones de México y Argentina. Activista LGBTQ+. (TBC) Jesús Ortega, autor del libro “101 relatos del Periodismo”, la obra de teatro “Quiero una alegría”, coautor de la obra de teatro “Tres segundos” e integrante del ERG LGBTQ+ (grupo de recursos para empleadxs) de Aqualia. Acto Paulson, vicepresidenta de It Gets Better España. Cristina Gaviria, directora creativa de myGwork.


Primer Puesto

La Promesa

Por Toni Condeafur España En aquella tarde desasosegada del mes de marzo, la brisa parecía querer colarse por la rendija de la ventana, su sonido, que era lo más parecido a un silbido, se entremezclaba con los pasos de Alfredo, que impaciente, deambulaba en completo silencio de una pared a la otra del salón, pensando en cómo hablar sin provocar un incendio con sus palabras. Luis; su padre, lo observaba preocupado, conocía lo suficiente a su hijo como para saber que algo le estaba pasando. Y lo cierto es que no se alejaba de la realidad. Asediado, hostigado y atosigado En aquellos momento, Alfredo se revolvía entre sus pensamientos, recordando los años que había vivido avergonzado por culpa del eco de un atrofiado concepto sobre el hombre, que había aprendido en la escuela. Este había llegado a despreciarse e incluso a torturarse tratando de ser como aquel concepto dictaba que debía ser, hasta que de repente, un día, no pudiendo más con la situación, derribó la muralla que se había creado en su cabeza y le dio fin a todo aquello. Con el transcurso del tiempo, y habiendo reunido el valor suficiente para decirlo en voz alta, fue cuando el joven se lanzó hablar con su padre para sincerarse y contarle su gran secreto. Y allí estaba, con expectación medrosa, el pecho encogido, el corazón en un puño, y la mirada esquiva temiendo hallar en los ojos de este la desaprobación. A penas había separado los labios para que saliera su voz y ya sentía aquello como una batalla perdida, imaginaba que en cualquiera momento, le interrumpiría envuelto por una colosal irritación, provocada en gran parte sino del todo, por su confesión, para decirle que le daba asco y vergüenza como hijo. — Padre, yo… —nervioso, sintiendo su respiración doblarse hasta dividirse en dos —, no sé como decirle esto —silencio breve—, hace tiempo que me he dado cuenta de algo… Alfredo escuchaba las palabras salir de su boca a la vez que sentía todos sus temores licuarse en su voz. — Siento cosas que quizás usted no espera que yo sienta… —con la frente empapada en sudor—, es por eso que… —a duras penas continuó hablando hasta que terminó. Acto seguido, se paró en seco, se dirigió al sofá donde estaba su padre, y se sentó a su lado en completo silencio. En aquel instante, Luis, de reojo, lo observó, y después de un corto y breve silencio, aclaró su garganta con un ligero carraspeo con el que encontró su turno para hablar. — Alfredo, hijo mío —amable, con la mixtura justa de amor y cariño de un padre conmovido por las palabras de su hijo.

— No tienes por qué sentirlo —embozando una sonrisa apaciguadora. Desconcertado, Alfredo levantó la vista y observó sorprendido la sonrisa que se dibujaba en la boca de su padre. — Yo ya lo sabía. — ¿Sí?. — Y tu madre también. — ¿Madre lo sabía?. — Por supuesto que sí, y te voy a decir una cosa, me alegro de que lo hayas compartido conmigo. — ¿Entonces no se va a enfadar?. — Eres mi hijo, ¿cómo me voy a enfadar porque tengas sentimientos?. — Ya pero… —volvió a interrumpirle. — Pero nada —se interpuso ante su explicación arrimándose a él para abrazarlo. Con aquella respuesta Alfredo entendió que su padre había sabido verlo más allá de sus palabras. Y es que Luis, era un hombre de mucho mundo, durante su infancia, sus padres habían sido grandes comerciantes, lo que les llevó a viajar por diversos lugares del planeta, conociendo así otras culturas, otras religiones, otras formas de ver, de comer, de amar, de pensar… Fueron años de aventura para él, hasta que un día sus padres, decidieron que ya era hora de asentar sus vidas y crear un hogar, fue entonces cuando se mudaron a una pequeña granja a las afueras de Logroño, lugar donde finalmente Luis pasaría los dorados años de su adolescencia hasta alcanzar la edad adulta. Cuando Carmen y Juan; sus padres, fallecieron, Luis se quedó con esta como herencia, y este junto a su mujer y varios empleados, consiguieron mantenerla a flote durante muchos años, una ardua tarea que no siempre resultó ser fácil, pues en los tiempos que corrían y la inestabilidad por la que pasaba el país, ya fuese por la falta de recursos o por la irresponsabilidad de los poderes públicos, existía un alto desconocimiento vinculado a la condiciones insalubres en el puesto de trabajo, por lo que muchas veces los empleados o incluso ellos mismo, acababan enfermando. Fue por allá, en el año veintiuno en el que en una mañana como otra cualquiera, María; la mujer de Luis, empezó a presentar síntomas de un leve resfriado, por aquel entonces, ella no lo sabía pero aquel resfriado iba a ser el definitivo de su vida, pues aquello que tenía no era otra cosa que los síntomas tardíos de una gripe; la gripe española, la misma que en los años anteriores había arrasando, ni más ni menos que con un tercio de la población mundial. Todo comenzó con la sensación de cansancio, inconsciente de lo que verdaderamente le ocurría, la mujer lo achacó a la larga jornada de trabajo del día anterior y al poco tiempo que le había dedicado al descanso.


Y es que con los empleados enfermos, esta tenía que trabajar desde que el sol salía hasta que se volvía a ocultar por la fina linea del horizonte, cubriendo las tareas de la granja, a parte de los quehaceres de la casa, es por ello que no le dio mayor importancia. Pero entonces, aquella leve sensación de cansancio que parecía no tener mayor trascendencia, fue a peor, llevándola a un estado griposo que la obligó a quedarse en la cama, de manera repentina María presentaba temperaturas muy altas, acompañadas de escalofríos y tos. El miedo y los pocos conocimientos que tenían sobre lo que le estaba pasando, les llevó a llamar a un doctor, que fue quien tras una severa valoración dictaminó separarla de la familia, por la posibilidad de que pudiesen ser contagiados. Fue a partir de entonces, que María, comenzó a dormir en un dormitorio distinto al de su marido, lugar donde comía, se aseaba, y pasaba el tiempo sola, hasta que finalmente, al cabo de una semana, como era de esperar, falleció. Abandono, soledad y desaliento. Aquello resultó ser un duro golpe para Luis, quien tras el entierro, incapaz de afrontar lo sucedido, con el corazón en mil pedazos, decidió encerrarse en el vacío y la soledad de su habitación, para afrontar el duelo de la única manera que sabía hacerlo; durmiendo y llorando. Las horas en la cama se dilataban de tal manera que, parecía que el tiempo transcurría terriblemente despacio. Desconocía el día en el que vivía, lo cierto es que había perdido la cuenta en el calendario, tampoco es que le provocara interés saberlo, pues ya no existía en él el ánimo. Estaba destrozado, consumido y extremadamente delgado, sin embargo, su hijo Alfredo no perdía la esperanza de que en cualquier momento levantaría cabeza, es por ello que, cada mañana y cada noche, sin falta, se presentaba en su habitación, al otro lado de la puerta, donde sentado en el suelo del pasillo, le hablaba y le contaba qué cosas había hecho en la granja durante el día, además de traerle exquisiteces hechas por él, por si se animaba a comer, pero Luis no mostraba interés alguno, incluso muchas de las veces lo ahuyentaba con algún comentario fuera de tono, para así quedarse nuevamente solo, aferrado a sus pensamientos. Hasta que una noche una pesadilla lo cambió todo. En aquel mal sueño, bajo la pesadumbre que le había provocado la muerte de su madre, Alfredo había decidido atarse una soga al cuello. Al descubrir el cuerpo colgado, Luis comenzó a gritar el nombre de su hijo con desenfreno. Aquella terrible imagen había removido las entrañas al granjero tanto que de un sobresalto se desveló quedando sentado en la cama. — Luis —susurró asustado. De repente, se dio cuenta de que todo ese tiempo se había volcado en su propio dolor y en su tristeza, olvidándose de su hijo, quien también había sufrido la devastadora perdida de alguien importante;

su madre, una de las piezas fundamentales de su vida. En ese mismo instante, sintió un torrente de sangre recorrer por todo su cuerpo, necesitaba por todos los medios saber que estaba bien, necesitaba tenerlo cerca y abrazarlo, necesitaba transmitirle que estaba ahí para apoyarlo y darle calor, necesitaba que supiera que no estaba solo y abandonando ante el dolor. Inmediatamente, se levantó de un salto de la cama y con premura salió de la habitación, para luego recorrer el pasillo que llevaba a la puerta de este. Una vez delante de ella, respiró hondo, agarró el pomo y conteniendo el aliento la abrió, un breve y corto espacio de tiempo, el suficiente para que miles de escena pasaran por su cabeza, miles de momentos con su hijo que creía que había perdido y que no volvería a vivirlos. Rápidamente, sus ojos se enroscaron en el rostro de Alfredo, que con el pelo alborotado, los ojos cerrados, y la boca entreabierta, apenas era iluminado por la tenue luz de la luna que se filtraba por las cortinas. El granjero frunció la mirada intentando encontrar cualquier indicio de respiración en su hijo y no fue hasta que percibió salir el aire de su boca que se desinfló y entró al fin en calma. Por fortuna, estaba vivo, aún lo estaba, lo cierto es que el joven dormía plácidamente sin enterarse de nada. Entonces se acercó a la cama y se sentó junto a él. — ¡Padre! —pronunció abriendo los ojos. — Shfff —le silenció. — ¿Está usted bien?. — Ahora sí, desde luego que sí —entre apenado y orgulloso mirándole a los ojos—. Te quiero mucho hijo mío —con la mirada empañada, acariciándole el pelo. Luis no dejaba de pensar en el gran error que había cometido al alejarse de su hijo, y a la vez sentía un leve orgullo hacia él, pues su fuerza y resiliencia había podido con la vulnerabilidad que provoca una pérdida como la que había tenido. — Y yo a usted padre. — Lo sé, ahora sigue durmiendo —le susurró. Fue en ese momento, en el que Alfredo se acomodó colocando la cabeza en su regazo, que Luis lo miró y se dio cuenta al fin, de que era él quién daba sentido a su existencia, era por él por quien tenía que seguir luchando, estaba en sus manos salir de ese bache, y proporcionarle el bienestar que necesitaba. Fue entonces cuando se prometió a sí mismo que nunca más volvería a fallarle. Para aquel entonces, el país había comenzado a entrar en crisis, los campos y las granjas; los grandes afectado, se sustentaban como buenamente podían, crecía el desempleo en sintonía con el descontento de los obreros y con ello afloraban los conflictos. Fueron años muy duros para todos, sin excepción, es por ello, que no pudiendo ignorar la situación que se estaba viviendo, Luis, lejos de querer rendirse, después de haber despertado del prolongado letargo tintado de tristeza y vacío en el que se había sumergido por la muerte de su esposa, y habiendo limado asperezas y guardado el rencor que había


acumulado hacia Dios por habérsela arrebatado, haciendo homenaje al duro trabajo que habían hecho sus padres años atrás por sacar aquella granja adelante, tomó fuerzas y remontó las labores de esta. Este estaba dispuesto hacer lo que fuera necesario y lo que estuviera en sus manos para sacar a su hijo adelante, este era su aliciente, quería dar lo mejor de sí para que no le faltara de nada, quería que creciera, que se hiciera fuerte y que nada ni nadie le pusiera barreras a su felicidad, porque en el fondo, él ya lo sabía, lo sabía desde mucho antes de la muerte de su esposa. Según el joven había ido creciendo, sus gestos, sus miradas, sus silencios… se habían convertido en señales, señales que arrestaban una verdad, una verdad para la que se tenía que preparar, pues el mundo no estaba hecho para escucharla aún. Cuando finalmente Alfredo tomó la decisión de abrirse con su padre, una dura reflexión vino a parar en los pensamientos de Luis. Una reflexión que abarcaba el futuro que le deparaba a este. Las miradas discriminatoria, los dedos señalándole por las calles, los susurros a sus espaldas, la inseguridad, el miedo… Una vida en la que en cualquier momento podían venir a por él, para hacerle quién sabe qué barbarie. Luis sintió que se ahogaba, la ansiedad le anudaba la garganta, no podía permitir que le sucediera nada malo a su hijo, es por ello que aquella tarde, tras escuchar a su hijo revelarle su gran verdad, decidió no ser el verdugo sino ser su abrigo, el abrigo que sabía que iba a necesitar a partir de ese día. Apretó con fuerzas su cuerpo contra el suyo, dándole todo el calor que le podía dar un padre a su hijo, prometiéndole que siempre le protegería, y exigiéndole a la vez una promesa de su parte. — Prométeme que nunca mostrarás tu secreto al mundo —le pidió clavando la mirada en los ojos—. No van a entender que seas diferente a ellos, prométemelo por favor. — No se preocupe Padre, no lo haré, no lo haré, no lo haré… Tras el eco de aquellas últimas palabras en su cabeza, Alfredo recuperó la noción del tiempo y regresó al año cuarenta y uno, estaba en una habitación del centro con Mario, el que por aquel entonces era el chico con el que se había estado viendo. El aire era tenso entre los dos, estaba en medio de una discusión acalorada. A penas entraba luz en la habitación, las persianas estaban bajadas y la luz apagada, sonaba la música de fondo, era jazz, o un derivado del jazz, tampoco es que se escuchara bien, pues con los gritos, parecía más un par de violines desafinados, que sonaban así como cuando escuchas a un vecino practicar sus primeras lecciones. — Pero no te quedes callado, ¡dime! —gritó dejando que las lágrimas ahogaran el sonido de su voz. — ¿Qué quieres que te diga? —desubicado.

— Quiero que me digas, ¿por qué no podemos vernos fuera de aquí?, ¿por qué?. — Lo siento —contestó Alfredo—. No sé cómo explicártelo pero… esto es lo único que te puedo ofrecer.


Segundo Puesto El Último Día Por Duna Paz

Me acabo de sincerar conmigo misma. Lo he hecho en un espacio de tiempo muy pequeño. Como si en algún lugar de mi conciencia, en el que aún no había estado, tuviera un discurso preparado para poder resumir y darle voz en caso de emergencia. Y así lo he hecho mientras miraba por la ventanilla de un avión que estaba a punto de despegar. La noche anterior, había leído en las noticias que en diferentes aeropuertos de Francia habían informado sobre varios atentados de bomba. Me dije que la próxima vez que pensara en dejar las redes sociales debería cumplirlo. No hay día que pase sin evidenciar lo mal que lo estamos haciendo. Es agotador querer vivir tranquila en un mundo empecinado en demostrar que no se puede. Como si no fuera lo normal, cuando es lo único que importa. Mientras miraba la pista mojada y el cielo aún sin luz, recordé lo poco que había dormido. No me cuesta madrugar pero me pone muy nerviosa irme a dormir sabiendo que tengo que coger el primer vuelo de la mañana. Y allí sentada, con la mirada aún dormida y otorgándole la responsabilidad de mi vida al cinturón de seguridad, pensé que todo estaba bien. Así, de repente. Que si ese día se convertía en mi último día, yo estaba bien. Mi vida y mi presente me gustaban. Estaba en paz. Me agradecí haber llegado a los treinta y cinco convencida de haber hecho en todo momento lo que quería hacer. Y de haber amado siempre a quien quería amar. Salvo a ella. Cuando la conocí, vi el futuro. Pero nunca llegué a vivirlo. Y es que aún habita en mí la estúpida idea de que yo fui igual de importante para ella, que ella lo fue para mí. O aún habita el recuerdo. Ya no sé distinguir si es un recuerdo o un pensamiento al que acudo cada vez que me sorprendo intentando entender lo que nos pasó. Creo que la idealicé tanto que acabé por inventar otra versión de ella. La que yo quería que fuera. La que aún hoy, mientras recoloco mi vida en un arrebato de amor propio, sigue sin tener un lugar concreto. El avión aún no se había movido pero mi sinceridad continuaba, como si quisiera aprovechar que, quizás, todavía estuviéramos a tiempo. Ya había pensado demasiado en mí. Pensé en ella y en que no he dejado de estar enamorada. Y si hoy, era hoy para siempre y no había nada más, estaba bien irme sintiéndolo todo. Aunque la hubiera transformado en una idea de la que soy adicta. Lo creía porque

una vez lo sentí, rocé la sensación de certeza y fue suficiente. Quise quedarme. Fue muy poco tiempo porque luego tuve que dedicarme a convencerme que si no dejaba de estarlo, dejaríamos de existir en la manera que hoy somos. Nunca se lo dije con palabras porque siempre he sabido, que de alguna manera, lo sabe. Y el saberlo le basta. De esa manera tan suya que tiene de decirme las cosas cuando me abraza. Sin decir nada, pero ocupando todos los espacios entre sus brazos y los míos, como si tuviera miedo de que algún día, en algún momento, fuera a tomar la decisión de marcharme. Pero el amor nunca te deja irte del todo. A mí no me deja soltarla. A lo mejor es que no sé de qué manera vivir si dejo de sentir lo que siento. Como si el hecho de superarla pudiera significar que ha sido todo una farsa. Y el amor puede ser muchas cosas, menos mentira. Todo eso pensaba mientras el avión ya se dedicaba, demasiado rápido, a separarme del suelo. Cerré los ojos, hice un esfuerzo en dejar de pensar y busqué una canción que sabía que me haría imaginarla, de una manera tan fuerte, que si ese no era mi último día, me haría ser capaz de no querer que tampoco lo fuera para ninguna de las dos.


Finalista El Roble y el Abeto Por Miguel Cobaler

Mira a los árboles: son testigos de todo lo que sucede y no levantan la voz para confesarlo. Cubren animadas conversaciones, descansos de mediodía y hechos de todo pelo, pero siempre con la neutralidad del silencio. Sin embargo, hace mucho tiempo se dio el caso en el que un roble idealista — harto de los delitos que había presenciado en aquella sociedad corrupta— se atrevió a sacar las raíces de la hierba y anduvo hasta el Rey para revelarle los oscuros secretos que debajo de él se habían generado. El monarca se mostró agradecido por la información y la ventaja que tendría ahora contra algunos nobles adversarios, y le reservó el lugar más codiciado del mejor monte del reino. Cuando el roble —satisfecho por su honesta labor— quiso regresar a la naturaleza para volver a arraigarse a la vida, la propia tierra no dejó que se clavaran sus raíces de nuevo. No hubo manera, por más que se esforzó para conseguirlo, y ni un centímetro de su cuerpo de madera se acopló entre el suelo hostil. El ecosistema se había vuelto su adversario. Sus pares —veteranos camaradas de sol y tormentas— fueron los primeros en negarle refugio con total indiferencia. Y es que, en su interior, la savia de los otros seres del bosque humeaba odio contra el ahora renegado. El abatido árbol, ya cansado de andar a la deriva por las montañas en busca de un nuevo hogar, se acabó estableciendo sobre las piedras de una colina apartada. Lentamente sus raíces se secaron y empezó a perder su aura. Las ramas —antaño fuertes— se volvieron frágiles y se dejaron romper por el mínimo golpe de viento que llegó de costado. Las hojas, a su vez, se vistieron del marrón de la muerte vegetal para comenzar a caer una detrás de la otra. El árbol, haciendo acopio de honor ante el desastre, trató de recuperar las hojas caídas con las pocas ramas firmes que le quedaban, pero éstas, como sus predecesoras, ya no tenían nervio y se despedazaban cuando el roble hacía presión contra el suelo. Llegó un momento en el que lo único que sobrevivía a la calamidad era el tronco —ancho y serio— que se despedía paulatinamente. Primero fue la corteza la que cedió ante la fuerza de la gravedad y, después, las capas interiores. Tras una triste agonía, el corazón verde terminó de secarse con las primeras nubes de noviembre. Pasaron varios días y unos humildes pastores recogieron los restos y nutrieron el fuego de su cabaña para entrar en calor cuando bajaron las temperaturas. Finalmente, las cenizas que escupió la chimenea volaron en el aire de la noche y se repartieron por el bosque donde nacieron. Desde entonces, cada año y en las mismas fechas, los árboles están obligados a perder su elegancia y despedirse de las hojas que han visto crecer durante la primavera. Es el precio que pagarán a lo largo de la eternidad por la traición de uno de los suyos, que tuvo la osadía de creerse hombre y acabó por

convertirse en leña. Así, el roble que creyó en la justicia y contravino a su propia naturaleza silenciosa, nunca recuperó el brillo de la vida y nunca supo por qué dejaba este mundo. Su leyenda se convirtió en canción popular y viajó a través de las generaciones. Un niño curioso — observador de los vaivenes del clima y de tantas otras cosas— les preguntó a sus padres el porqué del cambio de colores en el campo. No conforme con la respuesta que recibió, fue a preguntarles a los sabios de la aldea y éstos le recordaron la felonía del antiguo roble, la traición a su espíritu vegetal. Pero el niño siguió sin conformarse. Cada vez que escuchaba la arcaica historia se imaginaba al árbol, henchido de justificaciones para ayudar al bien común… y paradójicamente condenado al fuego por sus iguales. Aleccionados por el poema, los sumisos campesinos veían como agravio imperdonable lo que el niño ya empezaba a razonar como valentía transformadora. Nada en el país cambió con el paso de los años. Los poderosos siguieron actuando con impunidad amparados por un nuevo Rey y el pueblo siguió cumpliendo con las obligaciones que éstos les imponían, trabajando para que ellos no tuvieran que hacerlo, pagando para que ellos pudieran gastárselo. El niño — ahora un adolescente bien parecido con una graciosa marca en la nariz— mantuvo intacta su alma inquieta y sus impulsos de rebeldía. Por si fuera poco, las etapas que para él tenía previstas la sociedad no encajaban con sus ideas de futuro. ¿Por qué tenía él que ponerse un corsé que la tradición había cosido? En cualquier caso, tampoco él podía afirmar qué camino quería seguir o no, esclavo de las dudas que bailaban al hilo de sus hormonas. Cada vez que exponía sus inquietudes en público, su entorno le avasallaba con nuevas llamadas a continuar con el legado familiar y forjaba un nuevo barrote en su jaula imaginaria. La incomprensión —siempre fría— la encontró también en sus primeros encuentros con sus vecinos. Ellos, agresivos; ellas, escurridizas; y ambos, crueles ante sus movimientos erráticos y esquivas respuestas. Cosas de la niñez tardía. En el fondo se estaba dando cuenta de que sus gustos íntimos no encajaban con la coreografía social, pero ni estaba en paz consigo mismo, ni había encontrado a nadie con quien poder liberar su corazón inofensivo. Los ancianos de la aldea —habitualmente proactivos en sus órdenes y consejos— empujaban a los jóvenes a encontrar un campo que labrar y el casamiento poco después. Lo uno y lo otro suponían una losa sobre los sueños del adolescente, una suerte de sentencia por ejecutarse para todos los súbditos de aquel reino. Apareció él. De entre todas las personas de su edad, uno de los aprendices del viejo herrero brillaba con una luz distinta, discreta, que solo parpadeaba si se afinaba la atención. Este novato trabajador parecía esconder la mirada entre sus mechones castaños cuando sus colegas torcían el comportamiento y no se le veía cumplir tampoco con las convenciones de la costumbre: ni compañía afectiva, ni actitud propia de los gallos de pelea. Nadie se habría fijado en él; era un chico normal, dulce, perdido en un gremio que no le correspondía. El adolescente, en cambio, sí lo hizo… aunque todavía no aceptaba el porqué y, todavía menos, la intensidad de este interés. Largos meses de escucha invisible y masturbaciones inocentes transcurrieron. Sin desvelar sus cartas, el adolescente centró todos sus esfuerzos en perseguir su nueva ilusión —el aprendiz misterioso—, quien


convivía con los ojos furtivos ajeno a los vientos de fantasía que generaba. Su aislamiento había avanzado dentro de la herrería y se estaba abriendo un abismo frente a sus compañeros. Cada vez se repetían más las burlas, empujones y escenas incómodas que el joven procesaba hacia dentro, con dignidad, sin levantar la vista del hierro fundido. Y en cada una de estas ocasiones, el adolescente veía la injusticia ajena desde el otro lado de la calle con rabia e impotencia. Su alma ardía hacia los agresores de su amado, pero él era algo más pequeño que ellos y no podría hacerles frente como aspiraba, agarrando como un guerrero alguna de las espadas que allí se fabricaban. Por su parte, el joven herrero se abstraía de las chispas de su ambiente abusivo a través de una afición inédita en una población fundamentalmente rural: era un precoz pintor. Se encerraba en su mundo privado y se dedicaba a dibujar durante horas, concentrado en sus dedos, sin reparar en los sonidos de la montaña. El adolescente aprovechaba entonces para recrearse espiando al aprendiz, imaginándose un calor prohibido en aquel tiempo, una cercanía muy tentadora… que sentía imposible. A lo lejos, sobre las piedras de una colina apartada, el joven artista trazaba composiciones que solo él disfrutaba, sin haber sido capaz de lucir su talento entre los ignorantes que le rodeaban. Y siempre, agazapado y sonriente, el adolescente le observaba con devoción. Una nublada mañana de noviembre los aullidos de una madre despertaron a toda la aldea. El cuerpo del pobre pintor había amanecido en la colina, sobre las mismas piedras en las que solía apoyar el pergamino y el carboncillo, como si lo hubiera arañado un dragón. Era un mar de sangre y lluvia. Nadie se explicaba cómo había podido ocurrir tal vileza y los impuros rumores amargaron el duelo de la familia. Pero el adolescente, que había estado casi un año al acecho, podía identificar perfectamente a cada uno de los habituales agresores, convencido de que este había sido el último coletazo de su violencia dentro y fuera de la herrería. Con lágrimas en los ojos, frente a una muchedumbre incrédula, salió a las calles a señalar puerta por puerta las casas de los otros estudiantes del taller. Éstos — chulescos— salieron de sus escondites arropados por sus más cercanos y negando cualquier implicación. El griterío fue aumentando y, con él, la desesperación del chico, que veía en la sonrisa sibilina de los matones la confirmación de su culpabilidad. Más y más aldeanos se agruparon en torno al alboroto, tentados de confiar en su dedo acusador, pero sin dejar de disparar las conjeturas. Nadie se explicaba qué clase de afecto tendría él con la víctima como para organizar semejante revuelo. La marca de su nariz, rastro de su infancia, se encendía ahora roja y abultada, cubierta de sollozos. Cuando se cerraron las puertas de las viviendas y el ruido se disipó… pudo oír las carcajadas de las alimañas. El adolescente, lejos de rendirse, reunió valentía e inteligencia para cruzar las rejas del Palacio Real al día siguiente. Su locuacidad le consiguió audiencia en el Salón del Trono y allí escucharon con angustia los agravios que el fallecido había sufrido de manos de sus sucios compañeros de trabajo. Uno por uno llamó después a los acusados a su presencia y uno por uno mintieron sin rubor delante de Su Majestad. No obstante, con plena fe en los ojos irritados de su único testigo, el Rey sugirió probar otro tipo de interrogatorio con el último de los discípulos del viejo herrero. Los guardias escoltaron al investigado casi en volandas hasta la colina del delito y allí, sobre las marcas de la masacre, el soberano volvió a

preguntar con vehemencia. Las lágrimas del reo —ya de rodillas— cayeron de pronto sobre el terreno y en busca de redención confesó la autoría del asesinato y la implicación salvaje de los demás. Según la costumbre de la época e ignorando las histéricas súplicas de clemencia, el Rey decidió imponer su castigo ejemplar sobre las mismas piedras del crimen. Sangre por sangre —en ese preciso lugar— y obligando al verdugo a emplear una de las espadas que los asesinos habían fraguado con sus propias manos. La canción cambió de estribillo a lo largo de los siglos. En la colina, otrora alejada e inerte, brotó un augusto abeto de ochenta metros de altura que se salvó de todos los incendios, plagas y excavaciones que asolaron sucesivamente el paisaje. La ahora ciudad había engullido al bosque y el majestuoso árbol se había convertido en el centro de la plaza más importante, en la que se concentraba el ocio de la juventud, las fotografías de los turistas y los áticos más cotizados del país. La música del pasado había grabado en la memoria popular la tradición de que las parejas de cualquier condición, si querían guiar su amor hacia la inmortalidad, debían abrazarse bajo las ramas del famoso abeto. Abuelos, padres, hijos… sucesivamente cumplieron la costumbre de sellar sus respectivas uniones sentimentales en aquel punto —el último vestigio verde de la capital—, celebrando orgullosos su origen de sangre y lágrimas, de injusticia y victoria final, de amor nunca materializado. Tal y como rezaba la canción. En una noche de fiesta, una chica recién llegada a la edad adulta decidió dejar para la posteridad un mensaje de amor en el muro del aparcamiento que se había construido bajo la misma plaza central. Sorteando las raíces del árbol, las paredes de todo el perímetro habían sido cubiertas de cal y pintura moderna, pero aquel muro era la única ventana al terreno original de la colina, ahora convertida en la zona alta —y distinguida— de la ciudad. La gamberrada habría pasado desapercibida mediáticamente si el rotulador no se hubiera detenido por casualidad en un diminuto saliente entre las piedras. La muchacha, curiosa, escarbó en la mampostería con las llaves del coche y descubrió lo que parecía la esquina de una pequeña y rasgada carpeta de piel. Días después, los arqueólogos del Ayuntamiento consiguieron desenterrar el hallazgo y pudieron abrir lentamente las antiquísimas tapas, selladas por el paso de la historia. Por suerte, la humedad no había conseguido destruir del todo el primer dibujo del montón, que los operarios separaron con sumo cuidado y limpiaron con un delicado pincel. No pudieron contener la emoción al contemplar la maravilla: era un esbozo sin terminar, muy antiguo, en el que aparecía un bello adolescente con una graciosa marca en la nariz, sonriendo hacia el infinito.


Finalista Por Sara del OF

Esta será la última vez que te veré en mis sueños, la última vez que pasee mis labios sobre tu blanca tez. Y es que no pudimos despedirnos, no pudimos acabar nuestro cuento de princesas sin príncipes. No comimos perdices ni tuvimos una última larga tarde de otoño haciendo el amor. Simplemente se acabó, sin más, así como el verano en Madrid da paso a un invierno seco, frío, cerrado. Creo que sólo podré cerrar mi duelo tras una larga sesión de caricias, de frutas prohibidas y de orgasmos mutuos ininterrumpidos. Antes de eso creo que no podré volar a los cálidos brazos de otra mujer. Así que cerraré mis ojos y soñaré. Tú y yo. De nuevo juntas. Una lágrima cae sobre mi mejilla al mismo tiempo que mi corazón se enciende, y su llama tenue ilumina la habitación. Mi habitación. Nuestra habitación. Sonrío, recupero la ilusión que tuvimos durante tantas noches y tantas mañanas, furtivas, bajo las sábanas. Me siento de nuevo tuya: te miro, me miras. Con esa mirada que sólo tú sabes dedicarme, esa mirada que me derrite y que claramente declara tu devoción por mí. Una pasión que va mucho más allá del cuerpo, una obsesión que atraviesa mis entrañas y todo mi ser. Me acerco a ti, a tu cuello, lentamente, e inspiro la esencia que no olvidaré. Tu olor lo llevaré años grabado en alguna parte de mi cerebro, probablemente en algún sitio entre el hipotálamo y el hipocampo. Ese olor a fruta dulce, me hace estremecer. Se me eriza hasta el último de mis vellos y cabellos sólo con el roce de tu aroma y el casi roce de tu alba piel. Me susurras al oído que me deseas, y yo beso lentamente tus palabras. Tu voz me acaricia y revolotea como una mariposa juguetona sobre mi piel.Me hechiza, me cautiva. Me vuelvo a derretir.

Mi lengua tímida y tibia humedece tus labios, más dulces aún que el recuerdo de tu olor. Me detengo en el tiempo y congelo ese beso. Salgo de mi cuerpo para volar y vernos desde lo alto, a dos metros sobre la escena. Hago una fotografía mental: Dos bonitas mujeres desnudas fundidas entre caricias en un pasional beso, el último beso, infinito. Infinito y para siempre, en mi memoria. Vuelvo a mi cuerpo para seguir sintiéndote, besándote, amándote. Como si fuera la primera vez, y como si fuera la última. Te beso sin cordura, no me controlo, no quiero controlarme. Es “El beso” entre los besos. Húmedo por fuera y por dentro. Húmedo hasta convertirme en agua de nuevo. Ya no podré llamar beso húmedo a cualquier otra cosa. Y entonces te busco, te encuentro, me adentro en tu océano. Como escarcha deshecha paseo hacia el sur de tu arquitectura, dejándome guiar por otras esencias. Las endorfinas y las feromonas despiertan cada poro de mi piel y sazonan con aún más intensidad este momento infinito. Acaricio en mi camino tu meloso pecho entre mis dedos. Beso cada perfil y cada milímetro de su tersa piel. Un pecho perfecto, suave, como virgen bajo mis manos. Podría pasarme horas admirando su perfección y su calidez. Instintivamente sigo bajando, deseo llegar al oasis donde realmente quiero deleitarme con todos mis sentidos. Por fin. El monte de las pasiones prohibidas. Me detengo y te respiro. Te inhalo y exhalo lentamente tu exquisita humedad. Y me atrevo a seguir, acabo sumergida en ti. Me detengo, me quedo aquí. Tan tierno, tan deseado, parece que calma mi sed de ti. Y aquí resto quieta, mi boca sin descanso dentro de ti. En el silencio de una pausa escucho tu respiración acelerada. Tiemblas, ríes, lloras, no sé ya lo que escucho. A mi boca no le importa. Siguen mis labios en ti, por y para ti.


Te saboreo y al mismo tiempo que culminas, termino contigo. Húmedas y espléndidas, exhaustas, extasiadas. Hemos sentido nuestro último orgasmo juntas. Tan mágico y deseado como cada orgasmo contigo. Y se agolpan todos nuestros orgasmos en mi mente como una película de los años 20, mudos, en blanco y negro. Y de repente oigo a Lorca recitar su “agua loca y descubierta por el monte, monte, monte…” y a Neruda con su canción desesperada. Ellos dos son parte de ti, y ahora ya parte de mí también. “Era la alegre hora del asalto y el beso. La hora del estupor que ardía como un faro…”. Ardiendo en ti, dentro de ti. Y los mil millones de orgasmos celestes celestiales se convierten en uno solo. Respiro profundo. Vuelvo a suspirar. Vuelvo en mí. No estás ya. Quedo marchita y sola en mi cama ardiendo en la llama de un faro ya apagado. Olores, sabores, voces y suaves caricias me dejan desnuda temblando y con la miel en los labios. Una leve sonrisa recoge las lágrimas que no puedo dejar de derramar. Y sonrío porque te he robado del mundo, te he vuelto a sentir, te he imaginado compartiendo un orgasmo. Y tú probablemente en este mismo minuto estés trabajando. O durmiendo. O practicando este mismo sueño con cualquier otra mujer. Y vuelvo a reírme. Vuelvo a sentir que te he robado por un momento de otras manos, de otros labios, te he raptado por última vez para mí. Para gozarte, para liberarme, para tenerte de nuevo aquí a mi lado. Sigo riendo, porque esto nadie me lo roba a mí, nadie me quita lo bailado. Y sigo bailando a tu son, agridulce, pensando en ti con mis dedos “enmimismados". Querría despedirme, pero no puedo. No puedo irme sin más, sin otro orgasmo. Quizás mañana, o quizás en un rato. Y me río una última vez porque no te digo adiós. Y acabo en sollozo, porque me doy cuenta de que yo te seguiré buscando cada día entre la gente, en cada uno de mis paseos por las calles que no recorrimos juntas (o quizás sí). Volarás así a mi lado como un fantasma, siempre conmigo pero sin mí, por todas las esquinas de esta vacía gran ciudad.


Finalista El Roble y el Abeto Por Miguel Cobaler

Se abrochó el ultimo botón de la camisa, aunque eso significase que el poco aire que llegaba a los pulmones se iba a reducir. Le dio igual. Su estado de nervios era tal que ni se paró a considerar que el pánico que recorría su cuerpo no iba a calmarse si encima le añadía dificultades al respirar. Había llegado media hora antes de lo previsto, pero a medida que avanzaban los minutos y se acercaba el momento de entrar, el miedo iba dinamitando su autocontrol y sus fuerzas flaqueaban estrepitosamente. En casa todo era voluntariedad y optimismo. Frases motivacionales leídas en la taza de desayuno y en videos de tiktok. En el coche, chutes de energía en píldoras de alegres canciones. “Hoy puede ser un gran día”. Lo dice Serrat. Lo va a ser. O no. Respiró hondo. Desabrochó el botón - Bueno, mira, qué sea lo que tenga que ser y punto- exclamó, invocando a su característico estoicismo, su aliado de confianza para enfrentarse a la vida desde que comprendió a los 13 que sus problemas en la vida serían mucho más complejos que los de cualquier otro adolescente.

De nuevo, el pánico. Avanzó, ahora sí, titubeante hacia una joven señorita sentada medio oculta tras el mueble blanco tiza que hacía las funciones de recepcionista y telefonista. - Holabuenosdíasperdoneunapregunta- balbuceó del tirón, sin interrupción, como temiendo que si separaba las palabras en su boca aprovecharían la ocasión y la sacarían a patadas de allí. La recepcionista alzó la vista desde su monitor hasta Alicia. Sin inmutarse, ajustó sus gafas y lanzó su respuesta estándar - BioCare, buenos días, ¿en qué puedo ayudarle? - Sí, mire, es que tengo una cita con Antonio Puentes, de Recursos Humanos - ¿Me permite su DNI, por favor? Boom. La pregunta fue formulaica, pero resonó como el petardazo final de una traca de Fallas. 16 segundos habían sido suficientes para que los fantasmas del pasado la encontraran y se unieran a la entrevista de trabajo. El rechazo, el sentimiento de ridículo, la incomprensión, las burlas, la inseguridad, las miradas… todos hicieron acto de presencia de golpe mientras Alicia buscaba en su monedero el carné de identidad. Lo sacó del tarjetero y lo miró, atemorizada de que ese trozo de plástico volviera a destrozar una oportunidad de vivir la vida que ella deseaba. Cansada de que ese trozo de plástico lo pudiera volver a hacer.

Agarró el tirador, abrió la puerta. Primero un pie. Después el otro. Una ojeada final al retrovisor para comprobar que el flequillo seguía inmutable en su sitio. Y en pie.

Lo dejó sobre el mostrador, al tiempo que lanzaba una mirada suplicatoria a la recepcionista, que por supuesto no atendió

- Venga, arreando-, se dijo

- Espere ahí, por favor – respondió, señalando cómo única interacción un rincón atrezzado como el salón de aquella mujer que venía del futuro para arreglar el presente a base de lejía concentrada.

Cruzó el parking de visitas con más agilidad de la esperada. Sus piernas respondían a las órdenes de caminar. Milagro. Un pequeño paso para humanidad, un gran salto para ella. Y en tacones. Las puertas automáticas se abrieron al detectar su presencia. La dosis extra de confianza adquirida en esos 30 metros caminados se desvaneció al adentrarse en el magnífico lobby de aquel ultramoderno edificio, tan domotizado y aséptico que podría pasar por la consulta de un dentista megalómano. A mano izquierda distinguió el impoluto mostrador de recepción. Frente a ella, los tornos de acceso. A su derecha, la garita de seguridad desde donde un vigilante ya entrado en años y kilos la observaba como quien observa a un petirrojo desorientado revoloteando con sus colores y sus plumas en la jaula de un tigre.

Alicia se giró resignada mientras dejaba su identidad legal en manos de aquella extraña. Encaminó sus pasos hacia esos sofás tan blancos que temía mancharlos con su sola presencia mientras escuchaba la conversación de la recepcionista. - Antonio? Buenos días, soy María, de recepción. Sí, tengo aquí a Rubén Asensio. Dice que tiene una cita con usted… No, Rubén. Rubén Asensio…. No, no, yo le leo lo que dice el DNI… Alicia se hundió en el sillón. En su cabeza calculó el tiempo que tardaría el vigilante en salir de su guarida e invitarle a que por favor saliera del edificio. 20 segundos. 30 a lo sumo. Un nuevo récord personal.


Menos de cinco minutos en ser rechazada de otro trabajo sin haber cruzado siquiera la puerta de acceso. Debería llamar a los del Guinness. Quizá, pensó, dado el lustre del lugar, en esta ocasión no sería expulsada de malos modos ni con frases humillantes. Todo sería más frío. Más higiénico. Una sencilla invitación a salir y adiós. “Que nunca volverá. Que nunca ha estado allí. Que todas las promesas nunca fueron de verdad”. Gracias por nada, Serrat - Señorita. ¡Señorita! La voz de la recepcionista la sacó de su ensoñación. Se levantó y cabizbaja, se acercó hasta ella. Misión: recuperar el carné y salir lo antes posible. Nada de numeritos ni espectáculos. Adiós muchas gracias buenos días. Un plan sencillo. - Disculpe, ¿es usted Alicia Asensio? - Muchasgraciasdisculpelasmolest… perdón, ¿qué? - ¿Es usted Alicia Asensio? Si le hubieran dicho que del cogote le estaban brotando dos antenas verdes, no hubiera puesto mayor cara de sorpresa. La pregunta le pilló tan fuera de juego que no supo contestar - ¿Señorita, es usted Alicia Asensio o no? - Sí. Sísísí, si soy Alicia - reaccionó, entonando su afirmación en todos los tonos agudos que su estupefacción le permitió articular. - Espere un momento. ¿Antonio? Disculpe, sí, es ella… Perfecto. Sí, le digo que espere. Gracias Alicia no salía de su asombro. ¿No la iban a echar del edificio? - Espere por favor ahí mientras le preparo su acreditación y bajan a recogerla- replicó la aséptica recepcionista. – Tenga su carné. No. No la iban a echar. La iban a recibir. A Alicia Asensio. A Ella. A la mierda la llamada a los del Guinness. A la mierda los fantasmas, podéis ir saliendo. Que venga el vigilante si hace falta. Alicia se queda. Regresó al impoluto sofá. Mientras guardaba el DNI bocabajo para no encontrarse accidentalmente con esa fotografía suya que no reconocía, empezó a repasar mentalmente el discurso de presentación. Lo tenía ya más que ensayado, aunque para ser honesta, esta iba la primera vez que podría representarlo frente a una audiencia real. Empezaría con la parte profesional. Los estudios, los cursos y su dominio de tres idiomas (lo único que tenía que agradecerle a aquel desgraciado alemán que la vida le entregó por padre) y dejaría las cuestiones personales para el final. Intuía una batería de preguntas que podrían desviarles del centro de la conversación, y mejor que eso pasara al final. No podía

sabotear la ocasión de presentar su trayectoria. No era la más talentosa de su clase ni tampoco acumulaba experiencia en siete páginas de CV, pero creía saber cómo defenderlo. Ya habría ocasión de hablar de Rubén y del camino emprendido para ser quien realmente sentía ser, Alicia Alonso. Ensimismada en repasar el orden correcto de su exposición, no vio acercarse a su cita. Y tampoco escuchó su nombre la primera vez. No tenía automatizado responder a su nombre en entornos laborales de primer nivel. Detrás de una barra o entre amigos sí. Vestida con camisa, falda de tubo y tacón en el hall de entrada de una multinacional, no tanto. - ¿Alicia? – Volvió a repetir el hombre - Ay, sí, yo, disculpe. Perdón. Antonio Puentes, ¿verdad?– contestó dando un respingo, escupiendo las palabras como una metralleta pero esta vez luciendo su mejor sonrisa-. Alicia Asensio, encantada. Disculpe estaba concentrada en otros asuntos y no escuchaba nada más. Se levantó y extendió su mano. Antonio respondió al saludo con cortesía y elegancia - No se preocupe, la entiendo perfectamente. Estos sofás invitan a la reflexión profunda- bromeó- ¿Me acompaña y subimos a mi despacho? Estaremos más tranquilos, podremos charlar ahí con total intimidad y así de paso podrá irse familiarizando con el entorno, las oficinas… - ¿Familiarizarme? -preguntó sorprendida. - Sí, claro, nos gustaría que empezara el próximo martes, que es primero de mes, y sería adecuado que antes conozca a sus compañeros, las zonas comunes… - Perdone, Antonio, pero creo que no le estoy entendiendo bien -deslizó Alicia, interrumpiendo a aquel hombre. -Yo venía a una entrevista de trabajo por el puesto de Social Media Coordinator. ¿No se estará usted confundiendo y espera a otra persona? - Alicia Asensio, grado superior de Comunicación, curso de Marketing Digital y Comunicación Social por el SEPE y prácticas en.. un momento… Restaurante La Higuera y gestoría… lo siento no recuerdo el nombre de la gestoría - Sercomsa - Correcto. Sercomsa, Gracias. Es usted, ¿no? - Sí… soy yo, sí. - Pues lo lamento, le han debido dar mal la información. La oferta laboral ya está cerrada, el puesto es suyo. Hoy está citada para revisar juntos las condiciones de contrato, hacer un pequeño on

boarding de la compañía y tener una serie de presentaciones con algunas de las personas con las que trabajará más estrechamente. No todas, claro, no queremos apabullarla a información el primer día. En cualquier caso, me anoto una conversación con la reclutadora, no es la primera vez que tenemos una incidencia parecida y nuestros empleados, bueno, futuros empleados, vienen hasta aquí pensando que todavía no ha terminado el proceso…


- Antonio, disculpe que le vuelva a interrumpir. ¿Me está diciendo que si quiero el trabajo es mío? - Bueno, espero que quiera, sí. Tan pronto crucemos estos tornos, subamos a mi despacho y firmemos los documentos pertinentes, Alicia, sí, ya será una persona más dentro del equipo de BioCare respondió con su mejor sonrisa mientras indicaba con el brazo el camino hacia los ascensores tras el control de acceso. Alicia enmudeció. Caminó en la dirección indicada, esperó amablemente a que su contacto deslizara las tarjetas magnéticas que deshabilitaban las barreras de paso y nada más cruzarlas, se situó paciente frente a las puertas de un elevador esperando a que llegada la cabina. No daba crédito a lo que estaba sucediendo. La prudencia de su silencio duró poco. De nuevo, una batería de palabras atropelladas volvió a escapar de su boca. Girándose, igual de nerviosa que cuando bajó del coche, masculló. - Antonio, muchísimas gracias por todo, de verdad, no imagina cuánto le agradezco esta oportunidad. Y le aseguro que yo voy a dar lo mejor de mi para que no se arrepienta ni por un segundo de su elección, de verdad. Pero es que creo que es importante que abordemos un tema que me tiene intranquila desde esta mañana y que es mejor que seamos claros antes de que. El sonido de apertura de puertas cortó su disertación. Una mujer que conversaba animadamente por el móvil salió de la cabina cruzando entre medias de manos, saludando a la pareja con aspavientos y simulando un enorme hola silencioso en su boca. Cortésmente, Antonio cedió el paso a Alicia. - No se preocupe, Alicia. Llevo años trabajando en Recursos Humanos. Me he documentado bien sobre usted y su perfil. Como comprenderá, a estar alturas de mi carrera ya sé cómo hacer bien mi trabajo. - Pero es que yo no soy Alicia -respondió con voz triste y la mirada clavada en el suelo- Bueno, sí lo soy, pero no legalmente. - Como ya le he dicho, no tiene de qué preocuparse -respondió mientras apretaba el botón que indicaba la séptima planta-. Es una lástima que Sonia fuera hablando por teléfono, me hubiera encantado presentársela, seguro que eso tranquilizaría sus nervios. Es la mujer que nos acabamos de cruzar, nuestra directora del departamento Legal. Además, lidera el grupo de empleados para la Diversidad, equidad e inclusión. Me tomé la libertad de hablarle de usted y sus circunstancias particulares en cuanto fue seleccionada para el puesto. Ella ya se lo detallará mejor, pero puedo prometerle que tiene todo el apoyo y cuenta con todos los recursos legales de Biocare para que Alicia Asensio sea quien quiera ser. Incluso en su DNI. Las puertas del ascensor comenzaron a cerrarse. Desde su garita de control, el orondo vigilante vior cómo Alicia levantaba la cabeza y miraba al frente, con ojos brillantes y emocionados, mientras una temblorosa sonrisa se dibujaba en su cara.


Mención de Honor para Empresas ARCUS PRIDE Clifford Chance

Cava&Cake por el mes de la Historia LGBT: El equipo de ARCUS preparó un folleto reflejando los últimos 100 años de historia LGBT en España, destacando los hitos más significativos en cuanto los derechos que les fueron reconocidos y negados en cada momento. Se aprovechó para incluir menciones a figuras tan importantes y en ocasiones desconocidas como Lorca, Edmond de Bries, La Ocaña, etc. El folleto se repartió a todos los empleados de la firma, a lo que se invitó a brindar con cava y tartas para celebrar los logros de la comunidad LGBT. Además, se realizó un test sobre el contenido del folleto y se repartieron premios a los tres ganadores, que consistieron en libros de autores LGBT, como Lorca, Patricia Highsmith y Édouard Louis. Pride ART: Cada año, durante el Mes del Orgullo, la firma organiza exposiciones en todas sus oficinas con un tema común. Desde la oficina de Madrid, hemos colaborado durante varios años con Espacio Solo, organizando visitas guiadas para clientes seguidas de un cóctel. Este año, quisimos ir más allá y organizamos una conferencia para clientes en nuestro auditorio, explorando las diversas representaciones que la diversidad sexual y afectiva ha tenido en la historia del arte. Para ello, contamos con la participación de la directora de Sotheby's España, la directora de ARCO, la directora de la Galería Fahrenheit y el director de educación del museo Thyssen, quienes compartieron sus puntos de vista ante una audiencia de 75 invitados. Boletín Cultural: Cada primer viernes de mes, el equipo de ARCUS prepara un boletín cultural que se distribuye internamente y que recoge iniciativas culturales en Madrid con un enfoque LGBT, como exposiciones, conciertos, obras de teatro, talleres, entre otros. Además, recomendamos películas, podcasts y libros que aborden temas que consideramos relevantes.

Colaboración con el Valencia FlowFest Gilead Sciences

De la mano de myGwork, y con el patrocinio de la biofarmacéutica Gilead Sciences, la edición 2023 del Valencia FlowFest contó con una Isla de la Diversidad. Este espacio busca visibilizar a los profesionales LGBTI en el lugar de trabajo, pues "siete de cada diez se ven obligados a volver cada día al armario en su trabajo por miedo a los estigmas, según el Proyecto Adim de los Gobiernos de España y Portugal", ha explicado el festival. El espacio tendrá un photocall para que los asistentes que lo deseen suban a las redes sociales del festival sus imágenes bajo el hashtag #OrgulloDeSer + su profesión. De esta forma, y tras crear un perfil en myGwork para mejorar su empleabilidad.


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Concurso #OrgulloCultural 2023 by myGwork - Issuu