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miércoles 25 de noviembre de 2009

D. JERÓNIMO DE GÁLVEZ El Galeón de Manila II

Don Jerónimo de Gálvez, piloto del Galeón de Manila y San Diego de Acapulco: El capitán de las tornavueltas Por Francisco Ibarlucéa El piloto más entrañable y respetado del galeón del Pacífico fue sin lugar a dudas don Jerónimo de Gálvez. Nacido en la Cartagena española, pilotaba lo mismo por el Mediterráneo que por el Atlántico. Sangre moruna corría por sus venas y sus creencias religiosas llegaron a ser tachadas de sospechosas, siendo espiado continuamente por el tribunal del Santo Oficio. Lo más terrible en esta época de intolerancia para don Jerónimo fue presenciar la muerte de su suegro a cargo del llamado Brazo Ejecutor de la Iglesia; la Santa Inquisición. Su suegra falleció de pena meses después de la ejecución. Solina, la bellísima esposa de don Jerónimo, perdió el habla, y fue en ese preciso momento que decidieron huir de los hermanos dominicos y llegaron a la Nueva España para instalarse en Acapulco.


Ya instalados, don Jerónimo Gálvez se embarcó en el Galeón Santa Rosa de Lima en la tornavuelta a Manila. Solina permaneció en Acapulco, lugar donde fueron felices por tres años a pesar de las prolongadas ausencias del capitán. Durante una de esas ausencias, cierto cortesano madrileño, llamado Sebastián de la Plana, llegó por desventura a la villa de Acapulco y conoció a Solina. Trató de seducirla y fue firmemente rechazado. El despechado galán, ayudado por unos bellacos, la raptó cuando paseaba por la playa y abusó de ella.De regreso a su casa, Solina escribió el percance a su marido y posteriormente, no se sabe si por desesperación o por envenenamiento, murió. Poco tiempo después, De la Plana embarcó para Manila y Gálvez, casi simultáneamente, llegaba a Acapulco en el Santa Rosa. Cuando el piloto del galeón, ya afamado por su destreza, se enteró de lo acontecido, hizo construir un hermoso monumento funerario, jurando venganza en el epitafio. De la Plana, muerto de miedo, se desfiguró el rostro ayudado por un cirujano chino; se dejó crecer la barba, se cambió de nombre y huyó. Sus temores no eran infundados: Jerónimo Gálvez regresó a Manila y lo averiguó todo contratando espías, sangleyes y filipinos, para que lo buscaran por todo el Pacífico Norte. Uno de ellos lo vio en Macao, donde estaba al servicio de los portugueses, pero luego se movería hacia las Molucas. El astuto agente lo interceptó, entabló amistad con él y lo convenció de que volviera a Manila asegurándole que aquella historia ya había sido olvidada y no había motivo para esconderse; le dijo que Gálvez había fallecido en California y lo animó diciéndole que lo llevaría con una rica viuda para matrimoniarse.


A De la Plana le agradó la idea y confiaba totalmente en su amigo con quien incluso hizo muy buenos negocios. El agente acompañó al criminal en su viaje y, para cumplir lo prometido, le presentó a la tal viuda apenas arribaron a Manila. Semanas después, por casualidad o conforme con el plan del espía, Gálvez llegó en el Santa Rosa que quedó atracado en el puerto de Cavite. El informador hizo saber a Gálvez inmediatamente el fruto de sus investigaciones por lo que el piloto, más que satisfecho con el trabajo y sumamente agradecido, le pagó el doble de lo acordado y le pidió un último favor: que condujese a De la Plana hasta el desierto galeón. Cumplió el eficiente personaje inventando un ardid relativo a un negocio de contrabando. De la Plana, ni tardo ni perezoso, accedió con mucho gusto. Ahí los esperaba don Jerónimo Gálvez, quien desenvainó su toledana solicitándole lo propio al malhechor y pidiéndole al espía que desapareciera porque ahora él se haría cargo de la situación. Comenzada la pelea, De la Plana recibió incontables puñaladas y viendo como única alternativa el escape, huyó. El capitán lo persiguió y De la Plana hubo de trepar por la jarcia de la embarcación. Gálvez iba tras él con la toledana, la filosa daga entre los dientes pero, antes de a1canzarle, el malherido se desprendió del cordaje y cayó sobre la cubierta rompiéndose muchos huesos. El agente, que ya se alejaba del galeón en un junco, ció hacia el Santa Rosa, y luego de que entre él y Gálvez metieron al paralizado violador en el bote, remaron hasta Manila. Siendo noche cerrada entraron en la ciudad por una poterna de la muralla, llevando al herido en unas improvisadas parihuelas. Llegaron hasta la calle Rada, paraje de malhechores y pordioseros, y se instalaron en una casa vieja, casi derruida. Depositaron a De la Plana en un miserable


jergón y Gálvez, tras despedir a su ayudante, le mostró un relicario que guardaba una miniatura de doña Solina y un mechón de su cabello. El sentenciado pidió, por orden: clemencia, cirujano, agua y confesión, nada más. Todo le fue negado, comunicándole que estaba allí para morir con la imagen de Solina grabada cual marca de fuego, no importando el tiempo que hubiera de durar la agonía porque él, don Jerónimo Gálvez, se encargaría de que sus ojos no tuvieran descanso: debía mirar aquel retrato hasta que se apagara la luz en sus pupilas, tenía que pagar su fechoría. El malhadado Sebastián de la Plana duró tres días inmovilizado por la parálisis causada por la caída y vigilado por su justiciero. Cuando murió, los frailes de la Misericordia fueron por él y lo enterraron en un incógnito solar luego de tener que vendarle los ojos, pues les fue imposible cerrárselos. Pasaron dos años, el capitán don Jerónimo de Gálvez pilotó por última vez el Santa Rosa y abandonó el mar en San Diego de Acapulco. Peregrinó por las ermitas de la Nueva España regresando con frecuencia a las playas de Acapulco. Un día, al pie de un monumento funerario en cuyo epitafio se juraba venganza, fue encontrado el cuerpo de un hombre con un bello relicario entre las manos. Por las playas de Acapulco deambulan estos amorosos fantasmas en noches de plenilunio. Durante los siglos XVII y XVIII, los galeones siguieron derroteros basados en los apuntes, diarios y bitácoras del que fue considerado el mejor y más experto piloto de todos los tiempos: don Jerónimo de Gálvez, quien se embarcó en la travesía siete veces. Publicado por Crónicas y Leyendas Mexicanas en 18:52 Etiquetas: EL MAR


miércoles 25 de noviembre de 2009