tierra viva paseo sonoro lugares habitados heridas futuro
Organiza: Área de Educación del Museo Nacional Thyssen-Bornemisza Colaboran: Federación de Asociaciones de Mujeres Rurales (FADEMUR) Taller itinerante de lectura y escritura La silla de anea, Martos, Jaén Fotografía: Walden Studio Diseño gráfico: Sergio Jiménez
A todas ellas.
Capítulo 1. Paseo Sonoro
Capítulo 3. Heridas
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El trinar de los pájaros El museo natural Un paseo por el campo a través del oído A la búsqueda de la naturaleza en Martos Ojalá Un bello paisaje El silencio de mi propio silencio 26 minutos Paseo sonoro tuccitano
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Las Heridas de la Tierra Heridas Mis amapolas perdidas La feria del ganado El antes y el después Hiere Cicatrices Sin terrones en el olivar
Capítulo 2. Lugares habitados
Capítulo 4. Futuro
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Calle 2 de mayo La torre del homenaje La Fuente Nueva Calle Libertad La Plazuela Colegio Divina Pastora Una ventana con vistas a la plazoleta de san Amador Noches de verano en la calle san Francisco. Homenaje al río Víboras Fuente de la Villa La casa de mi vida Plaza del Ayuntamiento y mercado santa Marta La residencia de ancianos
Viaje al futuro
Tierra viva
[…]
Hay proyectos que dejan huella más allá de su tiempo de realización. Esta publicación nace precisamente de una de esas experiencias. Durante meses, un grupo de mujeres marteñas, integrantes del Taller itinerante de lectura y escritura La Silla de Anea, compartieron una forma de mirar y nombrar el territorio desde la experiencia vivida, desde los lugares habitados, los sonidos que acompañan la memoria, las heridas visibles e invisibles que deja el tiempo o la capacidad de imaginar futuros posibles. A través de encuentros, conversaciones y ejercicios de escritura fueron construyendo un mapa íntimo y colectivo de Martos. Un paisaje hecho de voces, recuerdos, afectos y palabras. 11
Los textos que recoge esta publicación son testimonio de ese proceso. En ellos hay memoria personal pero también memoria compartida. Hay emoción, reflexión y una profunda conexión con la tierra. Cada escrito es una pieza singular y al mismo tiempo, parte de un relato común que habla de identidad, pertenencia y cuidado. Desde el Área de Educación del Museo Nacional ThyssenBornemisza queremos expresar nuestro agradecimiento más sincero a todas las mujeres que han formado parte de esta edición de Narraciones. Gracias por vuestra generosidad, por abrir vuestra memoria, por convertir la palabra en encuentro y por recordarnos que la cultura también se construye desde la escucha, la experiencia situada y la fuerza de lo colectivo. Estas páginas son vuestra voz. Y, también, de algún modo, ya forman parte de la nuestra.
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Capítulo 1
Paseo Sonoro
El trinar de los pájaros
[…] Mamen Cano
Como no puedo pasear lejos de casa, por la vía verde, tal y como hago habitualmente, debido al esguince que me tiene casi confinada en estas semanas, he estado más atenta a mi sentido del oído en las salidas con Mako, mi precioso perro de agua. Esta misma tarde, al atardecer, en mi cocina, oía como el correr de un grifo abierto; voy rápidamente pensando en que se trata de una fuga y cuál es mi sorpresa que descubro que sale de la calle peatonal, justo enfrente de casa, del jardincito, y en concreto del gran árbol central. Aprovecho para sacar a Mako y oigo cientos de pájaros, creo que de diferentes especies por los distintos modos de piar y trinar; grabo con el móvil y me doy cuenta de que, a pesar de llevar muchísimos años en mi casa, es la primera vez que soy plenamente consciente de éste (no sé si clasificarlo como bonito) ruido ensordecedor. Sí que sabía que estaban allí, sobre todo por los restos de cientos de excrementos que adornan a diario el suelo del jardín, pero no me había parado a escucharlos; tengo que confesar que me sentí un poco tonta y a la vez agradecida de haber tenido la oportunidad de darme cuenta de todas las vidas que existen justo delante de mis narices. Este relato no tiene un final feliz; al cabo de una semana, ese árbol fue podado por el Ayuntamiento, y al atardecer me extrañó no oír a mis ya pájaros; salí y me los encontré volando de un tejado a otro, supongo que buscando las frondosas ramas que les daban antes cobijo.
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No sé dónde duermen desde esa tarde, pero lo que sí sé es que me dio una gran tristeza y ya tengo ganas de que llegue la primavera.
El museo natural
[…] Nati Fuentes
La naturaleza, para mí, es el gran museo que nos ofrece a los humanos nuestro planeta, la Tierra. Ella es generosa en su ofrecimiento e intenta resistir a la (a veces) poca colaboración del ser humano, que crea situaciones adversas y contaminantes. Igual que en un museo vamos admirando las obras de los artistas que allí se exponen, caminando por cualquiera de los senderos de nuestro planeta podemos encontrar maravillas que nuestros ojos admiran agradecidos. Hoy voy a visitar una bella sala de este museo terrestre. Quiero admirar las bellezas que me ofrece un pantano y su entorno. Me encuentro un paisaje en el que el olivo es el rey. Veo su fruto, ya maduro, y me doy cuenta de que esas aceitunas, colgadas de sus ramas, son la más viva imagen de la provechosa colaboración entre la tierra, el olivo y la mano del agricultor, que debe CUIDAR la tierra y todo lo que nos da, no debe nunca maltratarla por sacar más provecho de ella. Mi mirada va hacia una alta rama del árbol, donde parecen dialogar un grupo de gorriones que, al sentir mi presencia, levantan el vuelo y se alejan para seguir su 16
charla bajo las ramas protectoras de aquella encina, que con orgullo me enseña sus hermosas bellotas. Una sorpresa me espera un poco más adelante. Entre unas zarzas secas, el verde plateado de una pequeña planta de olivo intenta alzar sus ramas. Es admirable su lucha por sobrevivir. Como esa mariposa que tiene a sus pies, sobre unas pajas, luciendo sus colores. Algo me avisa de que estoy llegando a la sala principal de esta porción del gran museo natural. Es el sonido de la cascada de desagüe. Al caer, el sonido del agua se une al del viento, que hoy sopla fuerte, y juntos producen un gran estruendo. Me acerco al borde del gran embalse. El cielo, enmarañado de nubes blancas, se refleja en el agua. Otro maravilloso cuadro de este gran museo. Al acercarme a la orilla, un chapoteo capta mi atención. Algunos peces se deslizan aguas abajo. Parecen huir de las cañas de pescar que unos pescadores lanzan algo más arriba. Sentados sobre unas piedras, esperan su premio derrochando paciencia, disfrutando de los rayos de sol de media mañana y compartiendo charlas en voz baja, pues de otra forma, las voces espantarían a los peces. En la otra orilla, una pequeña tortuga se esfuerza por subir, desde el fondo, para llenar sus pulmones de aire y volver de nuevo a su escondite entre las piedras.Una libélula, en bellos tonos fucsia, azul y morado viene a posarse, con leve vuelo, sobre una rama seca. Sigo caminando por el sendero a la orilla del pantano. Ahora el hinojo y el tomillo perfuman el ambiente. Me 17
acerco a ellos y me apodero de algunas de sus ramas. Me servirán para el aliño de las aceitunas de mesa, que tendrán un sabor delicioso gracias a ellos. Ya me despido por hoy de este museo. Me apoyo en la barandilla y allí me espera la última sorpresa. Una estirada y verde mantis religiosa me mira con sus grandes ojos, pero no me asusta y me detengo a admirar su belleza. Al final, he llegado al pie de un monte. Queda para otro día una visita a esa otra sala del museo, con sus senderos, sus arroyos, su fauna y su flora. Que la Tierra no llore porque la mano del hombre la aplaste. Porque juntos, en colaboración, son grandes. En palabras de Walt Whitman: Creo que una hoja de hierba no es inferior al curso trazado por las estrellas, y la hormiga es igualmente perfecta. Y que la articulación más insignificante de mi mano podría humillar a todas las máquinas.
Un paseo por el campo a través del oído
[…] Adela López
al nuevo día, mis botas de trekking a cada paso suenan en el asfalto. El sonido de un avión en el cielo que va dejando una estela blanca, y de nuevo abro otra puerta —“ree...” “class”—, que me da la salida definitiva al campo. Me adentro en una pequeña explanada de grava y un sonido diferente producen mis pisadas al hundirse en ella, un cachorro me recibe “guau” “guau” y también mi compañera de paseo —Buenos días—, —Buenos días, ¿nos vamos?— —Sí—. El ruido de un coche que se acerca y se para a nuestra altura, nos saluda y sigue su camino. Pasamos delante de un cortijo, el sonido de una sopladora, los perros ladrando, y un gallo que canta, al lado de la carretera una hornacina donde se adora a una cruz, rezos a media voz y el canto de una canción. Cruce de caminos con reunión de cazadores, cambiamos saludos y seguimos andando; junto al camino discurre un arroyuelo de aguas cristalinas, un sonido constante al chocar con las piedras, suave burbujeo que relaja la mente. Llegamos al punto cumbre de nuestra marcha, en plena Sierra Ahillos, nos detenemos para admirar el paisaje, silencio absoluto, pero un silencio que se escucha, que penetra a través del sentido del oído llevando hasta lo más profundo un sentimiento de paz y armonía que me hace sentir pequeña, pero a la misma vez parte de un todo más grande.
Abro la puerta —“ree...” “class”—, el trino de los gorriones, jilgueros, pardillos, ruiseñor, pajarita de las nieves... que con sus cantos forman una sinfonía dando la bienvenida
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A la búsqueda de la naturaleza en Martos
[…] Pepa López
Me levanto y saludo a mi gato Astérix. Me preparo para un paseo que empieza en mi patio, y saludo a la tortuga, amiga inseparable de Astérix: forman un dúo bastante peculiar. Mi gato se deleita con el olivo y demás árboles, subiendo y bajando por los nísperos, limonero, celindo, la parra, el lilo y el acebuche, también hay jazmines blancos, azules, rosales, enredaderas y estatuillas. Me impregnó de su verdor y belleza. Salgo a la calle, hago una inspiración profunda y empiezo a andar. Silencio, de pronto veo volar a un par de gorriones y oigo su cantinela, se posan en el suelo a picotear y vuelta a volar, y siguen con sus cánticos y me acompañan unos pasos delante de mí con sus subidas y bajadas. Silencio, el viento me da en la cara, doy un saludo de buenos días. Puertas cerradas, sigo Albollón abajo, giro hacia el Bahondillo. Silencio, le hago una suave caricia a una planta de la que me regalaron un esqueje y ahora tengo una hermosa maceta de flor del dinero. Otro saludo, cruzo la calle Menor, silencio, hasta la Carrera. Los primeros árboles naranjos pequeñitos, coches, más gente y ruido. Bajo por la avenida de San Amador, siguen árboles pequeñitos. Cruzo el paseo, árboles y rosales y el “pío, pío” de algunos pájaros. Sigo andando hasta la avenida Pierre Cibié. Por fin árboles grandes tocándose unos a otros. Ruido mañanero, bares, desayunos y saludos de buenos días. Oigo cotorras verdes (son pájaros invasores). Subo hacían el parque, unas tórtolas revolotean bajando y subiendo, 20
oigo algún gorrión más, me siento en un banco, inspiro lenta y profundamente y, para mí sorpresa y regocijo, veo una ardilla silenciosa que sube a un árbol. Un ladrido me devuelve al mundo, escucho a su dueña que regaña al perrillo. Me incorporó y camino hacia el Ferial, donde un grupo de mujeres hacen gimnasia; sus risas y voces lo inundan todo, el monitor las regaña. Más adelante oigo el canto de un pájaro que no reconozco. Una bandada de cotorras está posada en el paseo y levantan el vuelo chillando (no son los cantos de nuestros pájaros autóctonos). Escucho mis pasos y mi respiración, camino lentamente, pocos ruidos, salgo a otra calle del parque, árboles jóvenes y el ruido de un coche. Me voy por el paseo de los rosales, donde hay un estanque con saltos de agua, me siento nuevamente a escuchar el agua caer y contemplar los árboles de hojas rojas y la vegetación que hay. Oigo sus sonidos, los miro y me miran, los oigo y me oyen, hago una inspiración profunda, me levanto y me voy a casa.
Ojalá
[…] María Ascensión Millan
Cruje la tierra bajo mis pies. A cada paso que doy la siento estremecerse, abrirse, desgranarse, mientras yo avanzo por estos olivares que siempre me han sostenido. El rítmico sonido de mi andar es mi única compañía en estos paseos que me sirven a diario para limpiar mi alma de todos sus tormentos. 21
Aquí, por esta vía verde del aceite, por su singular y cuidado trazado, voy dejando sus gritos, voy olvidando sus malas formas, voy enterrando sus estruendosas amenazas y sus estridentes desafíos. El viento que se enreda entre las ramas de los olivos y levanta el tenue murmullo de las hojas, es el mismo que se acerca hasta mí y me envuelve en su constante silbar. A él entrego a diario el dolor de los golpes que recibo, el lamento de mi piel morada, mis miedos y todas mis sombras. Vayan con él, con el viento, para siempre.
Ojalá pueda volver mañana a esta senda verde. Aunque me duela el cuerpo, aunque me duela el alma, sería señal de que un día más he sobrevivido. Ojalá pueda volver mañana.
Un bello paisaje
[…] María del Carmen Ocaña
Amanece. Me despierta el suave silbido del viento. Aquí, por esta vía verde del aceite, quisiera cada día perderme, solo caminar hacia adelante. Caminar y caminar. Escuchar el poderoso silencio de la naturaleza cuando, al fin, cansada, me siento a la orilla del camino. Es un silencio de siglos el que cae sobre mi cabeza con todas las bendiciones que el universo me regala como recompensa diaria a mi dignidad que él sacrifica en cada momento de nuestra maltrecha convivencia. El sonido del silencio me limpia, me reconforta, me hace respirar y vivir. Tengo que volver. De mis abstraídos pensamientos me ha sacado de golpe el timbre de ese ciclista que ha pasado por mi lado y atentamente me ha saludado y me ha sonreído. Porque todo en mi mundo no es gris, porque esta vía verde existe para reponer en mi vida los colores que él me va borrando. Hoy me cuesta caminar. Duelen mis rodillas por las patadas que recibieron esta madrugada. No quisiera abandonar este lugar que es mi consuelo y mi bálsamo, pero la noche empieza a caer, hace frío y comienza ya a oírse, a lo lejos, el ulular de los búhos.
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Al abrir la ventana de mi habitación, un agradable olor a tierra mojada llena el espacio y mis sentidos. Cierro los ojos y respiro profundamente. Este olor de la tierra me transmite una gran sensación de vida. Casi ausente, escucho el gorjeo de los pajarillos que vienen a saludarme, quiero seguir en esa profundidad, pero un insecto zumba cerca de mí y me saca de ese estado meditativo. Abro los ojos y observo tan bello paisaje. Una voz y el sonido de la cafetera espabilan mis sentidos, el desayuno está listo. Cojo la cesta que mi padre trenzó con mimo para mí y salgo a recoger la fruta que la tierra me ofrece. Las hojas caen lentamente formando una alfombra sobre el humedal de colores ocres y rojizos. Tengo la suerte de vivir cerca de un riachuelo de agua fresca cuyo sonido me embriaga. Recojo romero, hinojo, tomillo y un ramillete de flores de azafrán. Un viejo tronco de álamo cobija en una de sus grietas una familia de setas, las corto y con delicadeza las pongo en mi cesta. Más adelante, la espesa sombra de 23
una noguera sacude sus frutos que ya están fuera de la cáscara verde; las granadas ya están abiertas enseñando sus granos rojos; el color anaranjado de los caquis y su carne jugosa son un placer para el gusto; recojo varios y los pongo con mucho cuidado cerca de las florecillas silvestres. De vuelta a mi casa voy recordando mi paseo y una sonrisa se fija en mi rostro mirando mi cesta: llevo en ella todos los sentidos de la vida. Estoy deseando llegar a mi casa y formar un bonito bodegón lleno de texturas, sabores, aromas, colores y sonidos que la Madre Tierra me ofrece. Doy gracias por todo aquello que ha sucedido en la mañana, todo aquello que por el ajetreo de la propia vida no nos paramos a contemplar.
El silencio de mi propio silencio
[…] Ana Rodríguez
En un paseo matutino, donde la recompensa es descansar a los pies de nuestra grandiosa roca, la Peña, en la que la fuerza y energía de mi día a día se refleja y donde, mirando el horizonte, me embarga el placer de visualizar nuestro maravilloso mar de olivos.
Naturaleza nos regala, para impregnarnos de su olor. Y aquí es donde el silencio hace que me escuche a mí misma, recordando, sintiendo, añorando, en aquel pedazo de tierra que veo a lo lejos, el sonido del agua sobre la acequia hecha con trabajo y sudor, con esfuerzo y cariño, con alma y sentimiento, porque para él, mi padre, era su vida. El sonido del azadón labrando la tierra y sacando de ella los cultivos que dan su fruto. Recuerdo el sol reflejado en su rostro, curtido, pero sereno, porque es la luz que alimentaba su cuerpo de hortelano. Y el olor, olor a todo lo que una tierra fértil puede dar: naranjas, limones, frutos de toda clase, verduras, laurel y la dama de noche que alrededor del cortijo cuidó desde que era pequeño, y aunque pasaron los años, su aroma siguió ofreciendo el sentido de unión familiar. Escucho su voz llamando a su fiel compañero, para que, con sus ladridos, ahuyente a los topos y a algún que otro insecto surgido de rincones de su aliada, la tierra. Y yo sigo con mi silencio, pero con el regusto de haber revivido todo el amor que en su vida me entregó.
Pasado un tiempo, cierro los ojos y mis sentidos comienzan a disfrutar de lo que tengo a mi alrededor. Primero, el viento hace mecer los pinos, matorrales de jara, tomillo y otros arbustos que nuestra Madre 24
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26 minutos
[…] María del Carmen Tello
Camino. Podría ir en coche, pero todavía el tiempo invita a ir andando al trabajo, así que camino. 26 minutos, cronometrados, ritmo rápido y firme. 5:22 de la madrugada, cierro la puerta de casa, el cielo está despejado, la osa mayor a mi izquierda, miro al cielo y veo uno de los muchos satélites artificiales que lentamente cruzan el firmamento y camino. Camino acelerada como mis pensamientos que organizan mi día. Por norma general pensar camufla mi alrededor, pero hoy no, hoy voy a observar … He salido 3 minutos antes, quiero ver mi entorno, 3 minutos que suenan a poco, pero a veces son un mundo. Hacer la misma ruta crea un automatismo raro, casi inconsciente. Saludo, como cada mañana, al hombre del camión de reciclaje, veo cómo el contenedor sobre vuela por encima del camión y escucho el estruendo del vidrio que se precipita. Giro a la derecha y el parque se presenta más luminoso. De los portales iluminados salen quienes como yo tienen el turno de mañana. Veo el caminar de otros que, al igual que yo, hoy tampoco han cogido el coche. Qué raro son los automatismos. Ellos rara vez se voltean al escuchar pasos, sin embargo, ellas sí, manía rara de mujer. Yo lo hago, y la chica que va delante de mí lo hace, al rebasarla la saludo y sus hombros se relajan, cosas raras del subconsciente.
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La luna majestuosa se presenta en el firmamento, miro el reloj, 5-10-11, son las etapas de mi recorrido. Voy bien de tiempo para parar y fotografiarla, miro la foto y apenas ha sido capaz de captar lo que mis ojos captan, pero me siento satisfecha y retomo mi camino con el olor a césped mojado. Sigo caminando y, como cada día, cojo uno de los miles de jazmines que hay asomando por las verjas de las casas, lo huelo y juego con él. Cada paso me acerca a mi destino. Las luces de los coches, el sonido de las ruedas en el asfalto, el crujido de las baldosas sueltas, el silbido de las palmeras agitándose, los patinetes… todo forma una orquesta rara, como la vida. Cruzo los tornos y al fichar doy por finalizado el camino, pero en el caminar de hoy no solo mis pasos me han llevado a mi destino, también mis sentidos.
Paisaje sonoro tuccitano
[…] Inma de la Torre
Comienzo el paseo dominical por un cerro cercano y apenas habitado. Todo está silencioso. Solo escucho mis zapatillas sobre los chinos del sendero. Ahora se oyen perros lejanos que se comunican entre ellos a pesar de la distancia que les separa. Parece que cada uno quiera dejar claro quién es el más fuerte. Sigo el camino al ritmo de mis pisadas.
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Aparece un ruido más metálico. Podría ser una maquinaria agrícola cuyo dueño aprovecha esta jornada festiva para hacer tareas pendientes. Inexplicablemente, se oye el viento sobre mi cabeza, a pesar de que no se ve ningún movimiento en la vegetación que me rodea. Quizás se aproxime tormenta. Una iglesia cercana lanza a los vecinos su mensaje desde el campanario: “Señores, ya son las once”. Un precioso gato rubio interrumpe mi camino, obstaculizando cada paso hasta llegar a tumbarse a mis pies. Sin querer tocarlo directamente, lo acaricio con mis zapatillas y, satisfecho, maúlla repetidamente agradecido. Me desvío del camino y salgo a una calle que desconozco. Pregunto el nombre a un hombre que pasa a mi lado. Calle Cascajal— me responde agradable. Y pronuncia tan fuerte la letra “j” que su sonido grave se queda vibrando en mis oídos. Recuerdo que esta pronunciación es propia de la zona jienense, como queriendo transmitir la fuerza desde nuestra garganta hacia abajo, hasta las raíces de los árboles que nos acompañan desde hace tantos siglos.
de campanas, ahora de otra iglesia, que llama a sus seguidores para entrar al templo. De vez en cuando me cruzo con otras personas. Unas van en bici o corriendo, otras simplemente paseando. Intercambiamos discretos saludos y cada cual sigue su ruta. Cruzo un puente sobre la carretera, sobre la que circulan motos estridentes. Me asombro al descubrir que justo después oigo con cierto temor algún animal rascando la tierra cerca de mí. En estos pocos metros y a lo largo de todo el paseo se han ido mezclando sonidos del campo y urbanos. Ha estado presente la vegetación, los animales, la tierra y los hombres, interactuando los unos con los otros. Una amalgama de ambientes que desprenden una combinación de sonidos opuestos, pero que no transmiten desconcierto o caos, simplemente cierto desorden que, examinado en su conjunto, se compacta, formando mi entorno.
Piso ahora calles con suelo empedrado, tan característico del casco antiguo y que, al pasar un coche por mi izquierda, genera un ruido tan distinto al asfalto, como si las ruedas estuvieran pinchadas. Cruzo el pueblo hacia el sur, rodeada de ruidos urbanos. Hay más tráfico y más gente, pero no hay tensión ni prisa en sus actitudes por ser día de descanso. Llego a la vía verde. La vegetación está mucho más seca que en el cerro. Sorprende un nuevo repiqueteo
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Capítulo 2
Lugares habitados
Calle 2 de Mayo
[…] Antonia Aleixandre
La calle Castillo, hoy conocida como 2 de Mayo, recibió su nombre por su cercanía al castillo de la Peña, construido por la orden de Calatrava para defender la frontera frente al asedio de los musulmanes de Granada. Allí vivía con mis hermanos, mis padres y una tía que nos cuidaba mientras ellos trabajaban fuera durante meses. En ese entorno, las mujeres de mi casa, como tantas otras, se ocupaban de las tareas del hogar, muchas veces en condiciones precarias. No había agua corriente en las casas, y eran ellas quienes tenían que acarrearla desde fuentes que, en ocasiones, estaban bastante lejos. Iban y venían con cántaros y cubas, haciendo tres o cuatro viajes diarios para poder abastecer la casa. A pesar de la dureza, la vida se organizaba como una comunidad, con fuertes lazos de unión y amistad. Las mujeres mayores salían a la calle con sus labores y enseñaban a las niñas, transmitiendo saberes en un tiempo compartido. Recuerdo con nostalgia cómo cada día comía en una casa distinta: preguntaba a las vecinas qué había de comer y, según me apetecía, me quedaba o no. Había una confianza que hacía que todo el barrio funcionara como una gran familia. En aquel lugar donde jugábamos sin ser conscientes de la historia que guardaban sus muros, se levantaba la torre del Homenaje, cargada de memoria. Allí vivió una joven noble castellana, Isabel de Solís, capturada por el sultán Mulay Hacén y convertida al islam con el nombre de Zoraida. También se recuerda a Mencía de Haro, quien ideó una estrategia para defender la ciudad: vistió a las 33
mujeres como hombres, logrando confundir a los musulmanes, que creyeron que las murallas estaban protegidas por un mayor número de soldados.
La torre del Homenaje
[…] Carmela Aleixandre
Vivía allí con mis padres y mis hermanos. Mis padres eran vendedores ambulantes y mi madre elaboraba la bisutería que después vendían: collares, pulseras, pendientes… Ese trabajo, hecho con las manos en casa, formaba parte del ritmo cotidiano de la familia. Nuestra rutina era sencilla: ir al colegio y, después de merendar, salir a jugar a la calle sin ningún miedo. Pasábamos las horas fuera, hasta que llegaba el momento de volver a casa, marcado por la voz de mi madre llamándome desde lejos: “¡Carmelaaa!”, un sonido que aún puedo recordar con claridad. Durante mi infancia recorrí aquel lugar sin ser consciente de la historia que albergaba. Con el tiempo supe que había sido un enclave importante, vinculado a los caballeros de la orden de Calatrava. Yo jugaba en la torre del Homenaje y en la torre de la Almedina, entretenida en juegos como clavar un palo en el barro del suelo, sin imaginar la relevancia que aquel espacio tendría algún día. Hoy, por suerte, sigo contemplando la torre desde mi casa, como una presencia que conecta aquel pasado vivido con la memoria que permanece.
La Fuente Nueva
[…] Laura Rosa Aleixandre
La Fuente Nueva, para mí simboliza el inicio de cada día, como ese primer paso que marca todos los caminos. Es esa plaza por la que paso y he pasado cada día de mi vida desde que tengo memoria rumbo a cualquier destino. Recuerdo que la plaza de la Fuente Nueva era zona de reunión, donde comenzaban los bautizaos y comuniones de la familia. Yo tengo el recuerdo de que, en mi casa, en mi familia, las mujeres llevaban un poco la “voz cantante”, siempre pendientes de todos nosotros (de mí, mis primos, mis hermanos…). Por otra parte, es un lugar especial, en el que recuerdo a mi madre cada Semana Santa, en una noche de frío en el silencio, arrancarse a cantar una saeta, además de visita obligada el Martes Santo para ver el Encuentro. Generalmente, todos los días, fuese donde fuese, como rutina, pasaba por allí; ahora me he mudado y la verdad es que al final, aunque no esté al lado, paso cada día al ir a ver a mi madre o al recogerla para irnos a desayunar. La plaza de la Fuente Nueva es uno de esos rincones de Martos por los que todo el mundo pasa mil veces. Tomó ese nombre cuando se construyó una fuente renacentista, la Fuente Nueva —antes se usaba como abrevadero del ganado y para abastecer a la población—, y se convirtió en el enlace del casco antiguo con la parte nueva de la ciudad. La Fuente Nueva que da nombre a la plaza tiene unos escudos que recuerdan el poder de la época; ésta se trasladó
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a otro lugar, aunque la plaza aún conserva su nombre. Allí hay ahora una más pequeñita y la gente que no es de Martos cree que el nombre es por ésta, pero lo cierto es que no.
Calle libertad
[…] Mamen Cano
Pasaba allí todas las vacaciones largas del colegio. Venía desde Córdoba y me quedaba con mis abuelos, Carmen y Lázaro. A través de la terraza, que conectaba tres casas, iba a visitar a mi tía Elena. Aquel espacio compartido hacía que las viviendas se sintieran como una sola. Mi abuela cocinaba y lavaba la ropa en una máquina semiautomática que movía con un palo de escoba. Mientras tanto, mi tía Elena enseñaba a coser a las muchachas del barrio. Yo me sentaba en pequeños taburetes de madera, fascinada, escuchando sus conversaciones, que formaban parte de un mundo cotidiano lleno de complicidades. En la planta baja de la casa de mis abuelos estaba el taller mecánico de maquinaria industrial de los “Pequeños”, el apodo de la familia de mi abuelo. Ese oficio generaba mucha ropa sucia de trabajo, y uno de los gestos que más recuerdo es a mi abuela tendiendo los monos azules en la terraza. Siempre había ropa secándose al sol, como una imagen constante que marcaba el ritmo de la casa. Aquel lugar tenía una historia que no era visible a primera vista. Allí vivieron tres hermanos con sus familias, en tres casas independientes pero conectadas por un patio interior. Por ese taller pasaron muchos aprendices 36
de mecánica, y durante la Guerra Civil lograron salvarse porque ambos bandos necesitaban sus servicios. Para mí, sin embargo, fue sobre todo el escenario de una infancia feliz: mi abuela me consentía, yo jugaba con mis amigas en el zaguán hasta que ella me llamaba para subir a la cama, y todo parecía formar parte de un mismo hogar compartido.
La Plazuela
[…] Nati Fuentes
En la calle Las Huertas, cercano a la iglesia de San Amador, hay un rincón o humilde plazuela, que, con su árbol y sus bancos, invita al descanso. Seguramente, a nadie le diga nada este rincón, pero a mí sí me dice muchas cosas, porque es el lugar donde, hace tiempo, se levantaba mi casa. Recuerdo, en la planta baja, el taller donde mi padre y mi hermano, sobre el yunque, forjaban el hierro candente recién sacado de las ascuas de la fragua. Arriba, mi madre se afanaba en lo que llaman “las labores de la casa”. Limpiar, coser, planchar, trenzar con mimo mi pelo de niña o, en la cocina, convertir el más humilde producto en un manjar. Al caer la tarde, llegaba su tarea favorita. Salía a la terraza y se empeñaba en hacer brotar, de sus plantas, las flores más preciosas. Para eso, cuidaba la tierra y, regadera en mano, las daba de beber. 37
Mi hermana, con dedal, aguja e hilo, hilvanaba costuras y convertía un trozo de tela en un hermoso vestido. Ahí fue donde mis padres me educaron, donde hacía mis deberes escolares, donde comía, para merendar, pan con aceite y chocolate, donde lloré al ver mojada y rota mi muñeca de cartón, donde leí mis primeros tebeos y donde más tarde, empecé a vivir la fantasía de los libros.
Colegio Divina Pastora
Hay detalles de ese lugar que quizá un visitante no percibiría. La entrada al colegio tiene una pequeña cuesta; a la derecha se abre el patio de la casa de los Codes, una vivienda de estilo regionalista que hoy embellece la Fuente Nueva. A la izquierda estaba la taberna La Cueva, situada en los bajos del Casino Primitivo. Y al frente, el colegio: el lugar donde transcurrió mi infancia, de donde proceden mis primeros recuerdos y donde hice mis primeros amigos.
[…] Olga María Gallego Una ventana con vistas a la plazoleta de San Amador
Iba cada día al colegio Divina Pastora. Aquel lugar era un paso obligado en mi rutina. De lunes a viernes hacía el camino andando, como era lo habitual entonces. Cuando era pequeña, mi madre me acompañaba hasta el cruce de San Antonio; allí nos separábamos: ella regresaba a casa y yo continuaba sola cuesta arriba hacia el colegio. Mientras tanto, mi madre se quedaba en casa, ocupándose de las tareas del hogar. Ese espacio no solo formaba parte de la vida escolar, sino también de la vida del pueblo: era punto de encuentro para las procesiones. Recuerdo especialmente la del Silencio, cuando dos penitentes iban descalzos y, junto a mis primos, intentábamos reconocer los pies de mi tío entre ellos. También permanecen en mi memoria los fuegos artificiales de la Virgen de la Villa, con aquel toro que lanzaba chispas por los cuernos mientras nosotros comíamos detrás de los coches, mirando fascinados.
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[…] Adela López
Mi tía Antonia Carazo, mujer muy devota, fue durante muchos años camarera de San Amador (patrón de Martos); vivía justo enfrente de la iglesia. Desde pequeña, antes de los siete años, llevaba un ramo de claveles todas las semanas, cultivados por mi madre, desde la calle San Francisco hasta casa de mi tía; el camino se me hacía muy largo, pero nunca me dio miedo, y al ver la plazoleta, que me hacía sentir segura, soltaba los claveles en casa de mi tía. Allí, mi tía Antonia, camisera de profesión, contaba con un numeroso grupo de muchachas que aprendían el oficio, eso sí, pendientes siempre desde la ventana de todo lo que acontecía fuera. Como anécdota diré que años más tardé cuando se jubiló mi tía le regalaron un televisor y no lo ponía porque decía que ella tenía su ventana.
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Cada día cuando llegaba a casa de mi tía con los claveles ella me decía “entretente buscando en la caja de los retales para tus muñecas, que yo termino enseguida esto y nos vamos”. Cogíamos los claveles, cruzábamos la plazoleta y entrábamos en la iglesia; retirábamos los jarrones con los claveles anteriores, quitábamos los secos, poníamos los nuevos y los devolvíamos a su sitio, uno a cada lado del sagrario; antes me inclinaba para olerlos, y ya entonces me gustaba mucho el olor de los claveles. Esa misma rutina se repitió durante muchos años. Hay un montón de historias que sucedían alrededor de la plazoleta, por ejemplo, la Navidad en la calle, las procesiones de Semana Santa y San Amador, la noche de los fuegos artificiales; les contaría la historia de san Amador que nació en Martos…
Noches de verano en la calle San Francisco.
[…] Pepa López
En los años sesenta, en verano, cuando empezaba la noche, sacábamos las sillas a la calle y las poníamos en las aceras y en parte de la calzada. Había muy poco tráfico y hacía mucho calor y bochorno. Nací y viví en esta calle en la misma casa que hay ahora y en las noches de verano salía a jugar con mis vecinos que por aquella época eran todos niños y yo era la única niña. Jugábamos a la pelota, al pilla pilla, a cazar grillos para meterlos en jaulas y oírlos cantar, y a un montón de juegos más que ya se han perdido. 40
Alguna tarde íbamos al cine que estaba en nuestra calle a ver películas del oeste; en el puesto del cine de invierno ponían grandes montones de melones para venderlos. Las mujeres se ocupaban de las labores del hogar durante el día y por la noche salían a tomar el fresco. Los vecinos y vecinas sacaban botijos con agua fresca y abanicos para sofocar los calores del verano. Se charlaba de todo lo que había sucedido durante el día, de las noticias de la radio, de los cotilleos de la plaza, de recetas de cocina y, cómo no, de los achaques que tenían. Los niños escuchábamos sus conversaciones entre juego y juego. Mis vecinas eran grandes mujeres muy trabajadoras en sus casas y muy pendientes de sus hijos. Todas las noches sacaban las sillas de anea, que eran las más fresquitas; a mi madre le gusta sentarse en los escalones de la casa y pasaba más desapercibida, pero era muy querida por toda la calle. De todas las mujeres destacaba una, “La Chacha” no porque fuera una criada, sino como sustituto de la palabra “tita”, ya que se casó con un viudo que tenía hijos que la llamaban así y cuando tuvo hijos propios se copiaron de sus hermanos y todos la llamaban “Chacha”; era una gran mujer, acogía a todo el que lo necesitara —incluso cedía habitaciones de su casa a modo de pensión—, criaba gallinas y conejos, y daba muy buenos consejos a todo el mundo, su puerta estaba siempre abierta para todos. Tenía frigorífico, televisor y teléfono, y raro era el vecino que no acudía por alguna de estas tres cosas o para hablar con ella. En mi calle están protegidas las cancelas, que se hicieron por esos años, y los herrajes de mi casa, aunque arquitectónicamente no sean un gran legado, sí son singulares para los que vivimos allí; son muy especiales y queridos. 41
En las noches de verano ya no se ve a los niños jugar en la puerta por el gran tráfico y los aires acondicionados. Todo el mundo permanece en su casa y los vecinos no comparten aquellas veladas estivales, charlando hasta la madrugada.
preparar “aceite y vinagre” o “pipirrana” en el dornillo. Los hombres tenían la tarea de llevar las bebidas que las mujeres habían comprado —entre ellas, las famosas cajas de biscúter Alcázar— y cargarlas en los coches de la época: el 600, el 1430…
El paisaje y los vecinos hemos cambiado mucho, añoro esas noches de verano compartiendo con mis vecinos.
Recuerdo cómo al llegar al río se ponían las cajas de biscúter y la sandía en el agua para enfriarse. Conseguir que se mantuvieran estables y que la corriente no se las llevara era toda una batalla.
Homenaje al río Víboras
[…] Rosa Marchal
Junto al río Víboras guardo recuerdos de grandes días vividos, algunos de mi pasado de hace más de cincuenta años y otros vividos en el último año. Recuerdos que llegan a mí mostrando mi dualidad como nieta y abuela. Ambos recuerdos se desarrollan alrededor de un picnic familiar en el campo. Recuerdo que, en la década de los sesenta del siglo pasado, en Martos, era una tradición ir toda la familia de picnic al río Víboras el 18 de julio. Recuerdo con qué esmero mi abuela, mi madre y mis tías preparaban la comida el día anterior: carne con tomates, carne empanada y tortilla de patatas. Sobre todo, aún conservo el olor de las tortillas de gambas que mi abuela preparaba a primera hora de la mañana para llevarlas recién hechas, aroma que se mezclaba con el del pan que acababa de llegar de la Imparsa. Las mujeres colocaban la comida en cestos de mimbre y canastas, y no se podía olvidar incluir los tomates, los huevos duros, los pepinos, los pimientos, la cebolla, la patata cocida y un buen aceite y vinagre para 42
En medio de este trajín, estábamos varios niños, yo entre ellos. Cada verano, los primos que vivíamos en distintos puntos de España nos juntábamos en casa de mi abuela Emilia. El único pensamiento de ese día era el baño en el río, las ganas de sumergirnos y sentir la frescura de sus aguas de nuevo. Para nosotros, era el gran acontecimiento del verano. Revivo los paseos con mi abuela, su voz suave mientras caminábamos por la orilla, descubriendo los zapateros, los saltamontes, las libélulas, el salto repentino de un pez y el incesante canto de las cigarras. Observábamos las procesiones de hormigas, atareadas llevándose las migas que se habían caído. De pronto, veíamos una preciosa flor y ella nos avisaba de que no nos acercáramos porque pinchaba: estábamos descubriendo las zarzas. A veces, corríamos hacia un brillo que nos atraía, siendo al final una piedra con cristales de mica... Todo esto se mezclaba con las risas de mis tíos y mis padres que disfrutaban de en ese picnic familiar. En el último año sentí la necesidad de enseñarles a mis cuatro nietos mayores lo que era ir de picnic al campo. Elegimos lugar el río Víboras, no podía ser otro, y 43
preparamos la tortilla de patatas, el pollo empanado y nuestros tomates... disfrutando de una comida al aire libre. Es cierto que lo preparamos todo entre mi marido y yo, y disfrutamos mucho viendo jugar a los primos, en este caso dos niños y dos niñas.
Me encantaría que mis nietos y nietas amaran a la Madre Tierra como la amamos su abuelo y yo, que disfrutaran plenamente de cada minuto vivido en ella. Y cuando pase el tiempo, que repitan llevando a sus propios nietos a disfrutar de esos instantes, y que así se repita la historia.
El día fue muy activo: encendieron fuego por primera vez buscando ellos mismos la leña por el campo. Buscamos espárragos e intentamos identificar el ave que teníamos próxima por su canto, utilizando la aplicación Merlín e incluso los prismáticos. También manejaron la lupa, aprendiendo a diferenciar ambos instrumentos: la lupa para aumentar algo que estuviera próximo, y los prismáticos para ver mejor algo que estaba lejano. Recuerdo especialmente a mi nieta Julia, con poco más de dos años, intentando ver una hormiga con la lupa. Se hicieron una caña de pescar con unas ramas y unas cuerdas que encontraron y jugaron a pescar en la orilla. Vieron cormoranes volando.
Por último, cabe destacar que, a pesar de que el pantano del río Víboras es hoy un lugar muy visitado, reconocido como punto de observación Starlight y frecuentado por pescadores, quizás poca gente sepa que este río fue el escenario primordial de la celebración tradicional del 18 de julio en Martos durante la década de los sesenta del siglo pasado
Tengo que señalar que existe una diferencia significativa entre la parte del río Víboras a la que iba con mi abuela y el lugar actual. Aquella era una parte salvaje donde no había intervenido la mano del hombre, y encontrar el remanso para bañarse y el espacio para poder estar y comer era toda una búsqueda. Actualmente, al haberse construido un pantano en el río próximo a Martos, el lugar elegido es mucho más cómodo: contamos con merenderos, podemos acceder hasta él con el coche y hay barbacoas, con lo cual, algo nos estamos perdiendo de la naturaleza tal cual es.
Trabajé durante unos años en una calle cercana, y cada día pasaba junto a la fuente, al ir a la oficina y al volver para recoger el coche. Sus aguas formaban parte del paisaje cotidiano, casi sin darme cuenta, como una presencia constante en el recorrido diario.
Con mis nietos ya lo hemos hecho dos veces y repetiremos pronto, incorporando a Javier, que ya ha cumplido un añito. 44
La fuente de la villa
[…] María Ascensión Millán
Mucho antes, cuando no había agua corriente en las casas, mi abuela, mis tías y mi madre acudían a esta fuente para llenar sus cántaros. Era un gesto repetido día tras día, imprescindible para la vida: el agua servía para beber, para lavarse, para atender a los animales y las plantas, para sostener todas las tareas domésticas. Bajar al pilar era, sobre todo, cosa de mujeres. Recuerdo esos gestos: 45
agacharse junto a alguno de los ocho caños para llenar el cántaro o beber, y después sostenerlo apoyado en la cadera, en un equilibrio aprendido con el cuerpo.
al “pilla pilla” con sus amiguitos. Mis nenas aún son jóvenes, en poco tiempo las calles han dejado de ser seguras para poder disfrutar libremente de ellas, una pena.
Hoy, la fuente, que data del siglo XVI y testimonia el paso por Martos de un emperador, es un elemento ornamental. Sin embargo, durante mucho tiempo fue un lugar esencial: calmó la sed, refrescó frentes sudorosas, alivió el cansancio y el calor, y sirvió como punto de encuentro para quienes se acercaban a conversar junto a sus pretiles. También dio de beber al ganado y acompañó la vida cotidiana del pueblo. La fuente y sus aguas han sido, en definitiva, una presencia que ha sostenido y acompañado a generaciones de vecinos y vecinas en su vivir.
En ese entorno cercano a la plaza de la Constitución he pasado mi vida, fui al colegio, viví y trabajé en un negocio familiar, salía a pasear y visitar todas las iglesias y torres que del barrio, me casé y heredé de mis padres la casa grande y el negocio, al que le di otro enfoque distinto, y así construí mi nuevo hogar.
La casa de mi vida
[…] María del Carmen Ocaña
Hay una rutina asociada que me hace sonreír, es como un grito de guerra comprendido entre nosotras tres, las mujeres de mi casa, mis dos hijas y yo. ¡¡¡Niñaaaas!!! cuento hasta tres, una, dos y tres, y las veía venir, entre risas y juegos, a mi encuentro. Un bocadillo y un zumo de su sabor preferido las esperaba en la escalera al aire libre y llena de macetas con flores que daba entrada a la casa grande. Eso se repetía todos los días. Allí, en la calle Carnicería número 4, está mi vida entera, la casa donde yo me he criado con mis padres y hermano, donde viví mi adolescencia y mi madurez; allí es donde nacieron mis hijas y se criaron tan felices entre combas y tánganas, haciendo casitas con sus muñecas y jugando 46
Lo que cualquier visitante o persona ajena no sabe de este lugar es la historia que hay detrás. La fachada de la gran casa la adornaba una escalera con macetas y una imponente cruz roja. El suelo era como un ajedrez: una baldosa blanca y otra negra y en el centro una serie de baldosas rojas formaban una cruz; había cristaleras enormes que daban al exterior. Sus techos eran altos y sus puertas eran muy grandes, pintadas de blanco. Mi casa era la continuación del vecino y antiguo hospital de San Juan de Dios. Ahí he vivido casi cincuenta años, sus muros, sus pilares y su infinidad de historias están escondidos detrás de una estructura moderna que yo decidí añadir para hacer un paréntesis entre vidas pasadas y la que yo comenzaba a construir.
Plaza del Ayuntamiento y mercado de santa Marta
[…] Ana Rodríguez
La plaza del Ayuntamiento y el mercado de Santa Marta forman parte de un lugar que sigue vivo en mi memoria. 47
Hoy, los viernes, vuelvo a ese espacio para leer desde uno de sus edificios emblemáticos, contemplando la belleza del entorno, y de vez en cuando compro algunos productos que me devuelven a lo que fue parte de mi niñez, en el único mercado que queda en el pueblo. En aquellos años, varios días a la semana, mi madre, mi abuela y una de mis tías acudían al mercado; yo las acompañaba los sábados, cuando no tenía colegio. Vendían las hortalizas y los frutos que mi padre, mi abuelo Antoñico y mi tío llevaban desde muy temprano. Cada una tenía su puesto y, al grito de “¡Patatas, espinacas, rabanillos de la Cañá la Fuente!”, atraían a la clientela, convirtiendo la venta en un espacio también de conversación y encuentro. Uno de los gestos que permanece en mi recuerdo es el de los mandiles que llevaban, cada uno con un pequeño bolsillo donde guardaban las pesetas de la venta, como si en ese detalle cotidiano se concentrara todo un modo de vida. Aunque hoy el mercado sigue en el mismo lugar, su infraestructura ha cambiado mucho. Sin embargo, aún se conserva el pilar de agua donde, en otro tiempo, mulas y burros cargados con las viandas de la huerta saciaban su sed. Más allá de lo visible, lo que permanece es la esencia de aquellos años, algo que todavía siento profundamente cuando regreso a ese lugar.
La residencia de ancianos
[…] Inma de la Torre
La residencia de ancianos era, para mí, el escenario de la fiesta de San José Obrero. Íbamos en grupo, niños ilusionados con el dinerillo que nos habían dado, dispuestos a gastarlo. La primera parada era siempre la tómbola benéfica instalada en la fachada del edificio: los premios tenían poco valor, pero para nosotros eran auténticos trofeos. Después pasábamos al bar improvisado, lleno de cocineras y camareros voluntarios, donde comprábamos un “perrito caliente” que comíamos en los jardines, entre el olor del aceite y el de las margaritas. Con el tiempo, al llegar a la adolescencia, ascendíamos a camareros, con la libreta de “Tío Pepe” en la mano, en una época en la que la prevención de riesgos laborales aún no formaba parte de nuestras preocupaciones. Las mujeres de mi casa participaban activamente en la fiesta. Preparaban grandes cantidades de comida en casa para venderla allí, y también cocinaban y organizaban todo con una energía contagiosa. Era un trabajo intenso, compartido, en el que aún no existían los utensilios de plástico que hoy resultan habituales. Uno de los gestos más significativos era cómo niños y mayores se volcaban en entretener a los ancianos residentes, intentando acompañarlos y calmarlos en medio del bullicio: la música, los fuegos artificiales, la procesión y el continuo ir y venir de gente. Precisamente por cuidar su tranquilidad, parte de esta tradición ha ido desapareciendo con el tiempo. Ahora, cuando vuelvo en la madurez acompañando a mis mayores, esa memoria sigue muy presente.
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Veo a mi madre, con el delantal al cuello, trabajando entre el calor y el movimiento, siempre sonriente. Y también percibo algo que quizá un visitante no advertiría: un equipo de personas que, sin necesidad de campañas ni grandes gestos, se dedica a cuidar a los ancianos con una atención silenciosa, hecha de pequeños detalles.
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Capítulo 3
Heridas
Las heridas de la tierra
[…] Nati Fuentes
Si caminando por los campos de mi pueblo quiero volver la vista atrás, a los años de mi niñez, son muchas las cosas que veo que han cambiado. Busco, pero no encuentro, esos campos de cereales, de trigo y de cebada que muchos labradores sembraban. Al no haber tanta maquinaria agrícola, eran los animales de carga, caballos, mulos y asnos, los que ayudaban al trabajador en el campo, en la siembra y, en el calor del verano, con la trilla para sacar el grano. También se ha perdido el cultivo del garbanzo, que tenía tan buena fama; Cervantes ya hablaba de los garbanzos de Martos en El Quijote. Todos esos cultivos, y también el del olivo, se hacían sin causar daño, ni a la tierra, que se abonaba con el estiércol de los animales, ni al aire que se respiraba. Hoy, al desaparecer los cultivos de cereal, el olivo se ha ido acercando al pueblo y las máquinas han sustituido a los animales en el trabajo del campo. Las heridas que tiene la tierra vienen de su sobreexplotación. Al querer sacarle el máximo rendimiento posible, lo que antes se hacía solo con el estiércol de los animales, hoy se realiza con pesticidas, herbicidas y demás productos que maltratan el medio ambiente. Desaparecen de nuestros campos pájaros, insectos y muchas especies de plantas. Sobre todo, se está haciendo
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mucho daño a las abejas, tan importantes en la polinización.
la tierra para recoger las llamadas “solás” de debajo del olivo.
Los medios de transporte, coches y aviones, con sus emisiones, también producen gases que contaminan y están colaborando en el cambio del clima.
Las más mayores iban siempre con idea mirando el siguiente olivo que tocaba coger. Si la aceituna era gorda y había buena solá aligeraban más para cogerlas ellas. Las más jóvenes se quejaban de que siempre a ellas les tocaban los peores. Pero eso lo hacía la sabiduría de los años haciendo el mismo trabajo, arañando la tierra con sus manos desnudas y su cuerpo arrodillado, como si de estar en un altar se tratase.
Las sequías o los temporales extremos que estamos viviendo son una muestra inequívoca de que debemos cambiar, si queremos que la vida en nuestro planeta tenga un mejor futuro. Eso es lo que hoy le duele a la tierra. La sobreexplotación y la contaminación la están asfixiando.
Heridas
[…] Pepi Gallardo
Cómo ha cambiado el trabajo de la mujer en el campo. Recuerdo cuando las mujeres eran una pieza clave para la recogida de la aceituna, ese fruto tan pequeño de donde sale algo tan único como es el bien llamado oro líquido, nuestro aceite. Antiguamente las mujeres con sus refajos, sus pañuelos en la cabeza y sus manos sin más protección que su propia piel, cogían esas aceitunas del suelo arañando hasta las más pequeñas de ellas. Esportillo en mano, cogían todas las que había salteadas en las camadas. Después se arrodillaban conectando con
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Cómo ha cambiado la situación. Hoy, las mujeres, las pocas que pueden ir a la recogida, van con máquinas colgadas a las espaldas levantando la tierra a la misma vez que arrastran la aceituna. Esa tierra que se conmueve con cada sacudida de maquinaria que la maltrata. La mayoría de las personas creen que hemos mejorado, pero de lo que no se dan cuenta es del daño que le estamos haciendo a esa tierra que nos da de comer, le hemos perdido el respeto y el amor. Y ella ahora nos devuelve ese maltrato en forma de temporales, de sequías, de plagas que arrasan con todo lo que nosotros, los hombres, le hemos arrebatado antes a ella, a esa tierra que desde hace años sufre el maltrato en silencio, hasta que ha dicho basta. Pero seguimos sin darnos cuenta o sin querer darnos de que la tierra nos da la vida, hay que quererla y respetarla, mimarla como lo que es: nuestra Madre Tierra.
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Mis amapolas perdidas
[…] María Ascensión Millán
Quedan ya tan lejos los años de mi niñez... El tiempo ha pasado demasiado deprisa. Lo sé, a mis cincuenta y tres años lo sé, y, a veces, hasta me duele. Estoy en mi casa. Hace un día desapacible, uno más de este principio de 2026 que ha llegado en mitad de un severo invierno. Mi Andalucía rebosa agua, quién nos lo iba decir. En la calidez de la mesa camilla, en torno al álbum de fotos familiar, pasa esta tarde que, detrás de estas paredes y más allá de mis ventanas, es fría y huracanada. Pero yo, aquí, en mi mesa camilla, siento la templanza de tiempos pasados, de esos ojos de benévolas miradas que marcaban mis sendas, de todas esas manos, hoy perdidas, que me enseñaban y me ayudaban a caminar, de todas esas voces que, si cierro los ojos, aún parece que puedo escucharlas. Ay, este álbum familiar... qué nostalgia levanta en mi alma y sí, es cierto, qué rápido ha pasado todo: los años, los meses, los días... también pasarán estos aguaceros y estas nubes... todo irá pasando. “¡Oh, tiempo!, ¡cómo de entre mis manos te resbalas!”, decía Quevedo en uno de sus versos. En esta página, esta foto. Soy yo y tenía nueve años. Es curioso que recuerdo con nitidez esa blusa blanca y esa falda de tejido vaquero azul oscuro. Y esa coleta que mi madre me hacía para recoger mi pelo rizado. “Que no, mamá, así no, yo no quiero una coleta baja que respete mi raya al lado, yo quiero mi pelo echado para atrás y recogido en una coleta alta y pizpireta, una cola de ca56
ballo como las de mis amigas”. ¡Qué guerra, Dios mío!, y siempre ganaba ella, mi madre, y yo siempre llevaba raya al lado y coleta baja. Ahí estoy, cogiendo flores. Preciosa estampa de mi niñez. Siempre adoré coger las flores de los campos, humildes flores, florecitas silvestres de variados colores. Una margarita aquí, un jaramago allá, aquí un pequeño lirio, más allá una campanilla, o incluso una alegre manzanilla. Y ellas, siempre ellas, las rojas amapolas. Recuerdo que el color rojo de las amapolas me llamaba poderosamente la atención. Qué bonito color, tan intenso, tan singularmente rojo. Eran las amapolas como corazones salteados por el campo para que el campo pudiese latir y pudiese vivir. Había terciopelo en sus frágiles pétalos. Cuidado, que se caen. Cuidado, que los pétalos de las amapolas hacen de esta roja belleza una flor de vida breve. Sí, de vida efímera y breve. ¿Como la mía? ¿Como esta vida mía que hoy pienso que tan rápido está pasando? “¡Oh, tiempo!, ¡cómo de entre mis manos te resbalas!”, decía Quevedo. En estos campos de olivar, en sus espacios de hierbas y flores silvestres, ya no crecen amapolas. Por una terrible imposición de las actuales formas de cultivo, por el uso habitual de herbicidas crueles y despiadados con la perfecta biodiversidad que un día conocimos, ya no crecen amapolas. Raro es ver alguna donde antes había multitud. La tierra que hoy ven los niños no es la que yo vi. Los niños, ahora, no saben que la tierra puede colorearse de rojo pasional en primavera, que la tierra nos puede enseñar los miles de corazones que tiene en su interior. Los niños, ahora, no cogen flores silvestres, no cogen ramitos 57
efímeros de amapolas. La tierra, mi tierra, está herida de ambición y locura. La tierra, mi tierra, tiene cicatrices secas y superficies vacías donde antes tenía margaritas, campanillas o amapolas. Y yo, que un día tuve amapolas en mis manos de niña, sé que esos corazones dispersos que el campo me regalaba siguen viviendo en este corazón mío que, pleno de sentimiento, hoy lamenta que la vida, que es tan bonita como una amapola roja, pase, sin embargo, tan deprisa. “¡Oh, tiempo!, ¡cómo de entre mis manos te resbalas!”…
La feria del ganado
[…] María del Carmen Ocaña
Al llegar agosto, en mi casa olía a feria. Las charlas de mi padre con los vecinos mientras tomaban el fresco en las noches de verano estaban plagadas de risas y no faltaba el apostar por cuál iba a comprar el cerdo más hermoso, las cabras más lecheras, el mulo que mejor andara... Aunque parecía que estaba distraída en mis juegos de niña, escuchaba a los mayores. Llegó el día 22 de agosto de 1973. Mi madre muy temprano trenzó mi largo pelo y me puso mi sombrero de paja y unas zapatillas atadas que me encantaban; mi padre me esperaba para ir a la feria, me iba a comprar un caballo blanco. Él era arriero y en las ferias buscaba el mejor trato para comprar un mulo para su recua. Y sí, era blanco: ese día mi padre se trajo el mejor caballo y yo, tan contenta, le ayudé a aparejarlo y lo monté.
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Recuerdo que lo pasaba muy bien en la feria de ganado, en aquellos terrenos llenos de carihuela y alguna florecilla de verano que eran pasto de la feria más antigua en la que los tratos y cambios eran decisiones muy importantes. En la época fresca del año, en ese lugar brotaba el agua formando lagunas y entre las hierbas los patos paseaban con paso ligero. Esa zona era muy visitada, estaba en la parte aún no habitada de Martos, era una zona virgen hasta que se decidió construir allí mismo. Las lluvias cada vez eran más escasas y ya no se formaban charcas, esos surcos marcados de labranza desaparecieron y el campo se fue llenando de hormigón y ladrillo, de calles. Yo ahora vivo en la zona donde ayer mi padre me compró mi caballo blanco. Por las noches, en verano, se respira el frescor que sale de las entrañas de la tierra que aún por suerte queda en los alrededores. Mis paseos por la zona me trasladan a mi niñez, el olor a humedad, a baldío, a barbecho, a tierra removida, porque no debemos olvidar que antes, este lugar era campo, era agua, era naturaleza. Había ganado, comían y rumiaban los animales, los pájaros revoloteaban y los lugareños sembraban sus granos. Pienso que no debemos cambiar lo que la naturaleza ofrece: un festival de colores, olores y sonido. La tierra habla y escucha, está viva, le duele todo el daño que le hacemos. El cambio climático existe, nos empeñamos en revolucionarlo todo sin pensar que el curso de la vida no se debe cambiar. Y esas son las grietas dolorosas que salen en la tierra, los gritos se escuchan por el daño hecho, la tierra se vuelve yerma por el maltrato que recibe. Hasta a la hierba más simple le arrebatan la vida. No hay surcos
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donde el agua de lluvia se retenga, no hay labranza, no hay charcos. Ya ni se celebra la feria de ganado.
Hiere
[…] María del Carmen Tello
Hiere la tierra cuando se transforma, hiere saber que nunca fue nuestra para siempre. El antes y el después
[…] Ana Rodríguez
El sol sigue ahí, pero ya no están aquellos olivos centenarios que eran parte de una vida de jornaleros que, en aquella época, ayudaban a que el fruto de esos olivos fueran el sustento de muchas familias. Tampoco están las huertas que había en un puntito blanco en medio de ese paisaje. Enterraron los recuerdos de mi niñez. Porque mi padre y mis tíos tenían su vida allí desde que nacieron, y yo he sido parte de esa vida hasta que la industria y el progreso llegó quitando su lugar a esos olivos y huertas. Huertas que se han perdido, dejando sin vida la naturaleza, el rico manjar de sus productos y el agua que emanaba de sus pozos. Todo ello se ha pagado a un alto precio, para que nuestro pueblo se enriqueciera de otra manera y no solo pudiese vivir del olivar. Aunque me duela todo esto que hemos perdido, tengo que dar gracias, porque nuestro polígono es uno de los mejores de la provincia. Solo pido que lo cuiden, que no caiga en vano esa imagen en la que, a lo lejos, se ve un puntito blanco en medio de un mar de olivos.
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El tiempo y el recuerdo vivo duele. Duele quien ya no está en ese fotograma que perdura en el alma. Duelen los recuerdos de lo que ya nunca será. Es el espacio que se empeña en adaptarse, el mundo sigue girando a un ritmo trepidante. Hiere porque la historia que vivimos queda sepultada por el asfalto, porque cuenta otras historias que no nos pertenecen. Hiere el paso del tiempo que crea anhelo. El constante cambio la transforma, y lejos de mirar aquel lugar con los ojos del recuerdo, hay que mirarlo con el presente con el que vivimos aquellos recuerdos.
Cicatrices
[…] Inma de la Torre
Para un forastero que mira nuestro campo no es visible el frío de la mañana que cala todo el cuerpo y las manos ateridas que intentan recoger la aceituna caída o asir con destreza los utensilios de la faena. No ve tampoco el sueño perdido ante la amenaza de una cosecha escasa por las inclemencias del tiempo, ya sea por la sequía cada vez más patente en nuestra tierra o por los actuales episodios
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de gran lluvia o viento que han hecho caer el fruto antes de su recogida y que pueden dañar árbol y lecho.
Sin terrones en el Olivar
Para un autóctono es perceptible la desaparición de huertas que han sido sustituidas por múltiples parcelas con piscina para un merecido y no criticable descanso familiar. Pero sí nos afecta. Nuestros comercios ya no disponen de las hortalizas o verduras de la zona. Ahora sus estanterías se llenan de productos lejanos, por lo que pierden sabor y calidad durante el viaje, además de suponer un coste ecológico su transporte.
Cuando evoco el olivar en mi memoria, lo veo cubierto de terrones, un suelo áspero donde no era fácil caminar sin unas buenas botas. Así lo confirman también las fotografías que aún se conservan. Hoy, en mi paseo por el campo, me sorprendió el murmullo del arroyo, como si un fantasma regresara por fin a casa. Tras tantos meses de silencio y polvo, el agua saltaba sobre las piedras con una alegría cristalina que creía olvidada. Sin embargo, mientras contemplaba el cauce, una punzada de duda me enfrió el ánimo: ¿es esta alegría verdadera o apenas un espejismo húmedo sobre una tierra herida? La realidad, lejos de la lírica del agua, es más cruda. La tierra que pisamos ya no es la de hace décadas. Los terrones desaparecieron con los nuevos métodos de laboreo implantados en los últimos años, transformando profundamente el suelo del olivar. Tras una sed prolongada, la superficie se ha vuelto hermética, como una piel curtida que ha olvidado cómo beber. Cuando la tormenta descarga, el agua no penetra hasta el corazón del subsuelo: resbala con violencia, arrastrando la escasa capa fértil que aún quedaba y dejando al descubierto las raíces de los árboles, como nervios expuestos de un gigante herido. Es la erosión: el llanto silencioso de un monte que se desmorona. Bajo mis pies, el drama es invisible, pero hondo. Los acuíferos —esos grandes lagos ocultos de los que dependerán mis nietos— continúan vacíos. No basta una tormenta para llenar una catedral de roca vaciada por años de sobreexplotación. A ello se suma la huella química de la mano del hombre: la urgencia por producir impuso el veneno. Donde antes bullía la vida microscópica —hongos y bacterias que esponjaban la tierra— hoy queda un suelo dependiente de la “droga” de los abonos
También empieza a vislumbrarse, aunque aún no tanto como en pueblos cercanos, la desaparición de nuestro genuino olivo y la introducción de otra variedad que se planta casi sin espacio entre los árboles y que permite una labor más rápida, si bien puede suponer una sobrexplotación de la tierra y su calidad es inferior. ¿Cómo sanarlo? Ojalá se ofrecieran incentivos para que el hortelano no abandone su trabajo o para que el olivarero mantenga nuestra esencia. Ojalá se implantaran políticas de ayuda financiera, se pueda crear una red de distribución que rentabilice la explotación, se unan los productores para obtener más beneficios y se hagan importantes campañas públicas y privadas de concienciación sobre los beneficios sanitarios y sobre la calidad de nuestros productos. Tarea nada fácil pero no utópica.
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[…] Rosa Marchal
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artificiales. Esta primavera habrá flores, sin duda, y los campos se vestirán de un verde valiente. Pero será una belleza frágil. Faltarán los zumbidos de antaño, esos insectos que sostienen el engranaje del mundo, víctimas de una química irracional que busca el beneficio inmediato a costa del hambre futuro. El poderoso observa los gráficos de ganancias mientras el suelo, la verdadera riqueza, se empobrece hasta la esterilidad. El legado para mis nietos se diluye con cada escorrentía. Si no regresamos a una agricultura que respete los ciclos naturales y trate la tierra no como una mina, sino como un organismo vivo, el agua de los arroyos será apenas una visita fugaz en un desierto que avanza.
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Capítulo 4
Futuro
Viaje al futuro
[…] VV.AA.
Cierro los ojos y respiro profundamente. Necesito sentirme descansada, relajada. He de poner lucidez y armonía en mi alma. Todos mis sentidos deben estar abiertos, atentos, dispuestos a volar. Salgo de viaje en unos instantes. Un viaje peculiar, sin duda. Viajo al futuro. Aunque es un viaje mágico e imaginario, será también un viaje inolvidable, extraordinario, increíblemente feliz. No viajo sola sino en compañía, en nutrida compañía. Voy muy bien acompañada. Vamos muy bien acompañadas. Viajar hacia el futuro es más divertido así. No llevamos equipaje, ni caminos trazados, ni itinerarios, ni recorridos, ni rutas, ni jornadas, ni vuelos, ni pasajes, ni nada de eso. Solo llevaremos hacia el futuro perfecto nuestras palabras. Porque las palabras también sirven para soñar, para desear, para forjar, para pensar, para dibujar. Con las palabras visitaremos el futuro y nos gustará, ya lo creo que nos gustará, porque ese será el futuro que nosotras mismas hemos pintado con nuestras propias palabras. —Mirad, mirad, allá a lo lejos. Es nuestra peña, ¿verdad? —Uy, sí, pero han debido pasar muchos, muchos años, porque qué diferente se ve ahora el anillo que la rodeaba y que era nuestro pueblo, sus calles y sus casas. —Pues yo calculo que habrán pasado como unos cien años, por cuanto de diferente está todo. —Vamos a acercarnos más. Y vamos a seguir escribiendo, que tenemos mucha tarea.
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La tierra que nos vio nacer se parece a un gran museo. El equipo humano que la habita, la cuida y la trata ahora como a las niñas de sus ojos. Saben de la importancia de vivir en un entorno bello, limpio y saludable y no existe comportamiento alguno que veamos y que pueda ser censurado. No hay ni rastro de basuras, escombros ni residuos que afeen su preciosa estampa. Ya no hay humos extraños y molestos que crucen sus aires y sus nítidos cielos. Ya nada enturbia las múltiples aguas cristalinas que surcan los campos. Parece que, de una vez por todas, hemos aprendido y hemos entendido que, si yo no te cuido y tú no me cuidas, la tierra, y todos los seres vivos que la habitan, se nos puede caer como se viene abajo un juego de dominó por culpa tan solo de una ficha que se sale de su lugar. Los infinitos hilos de olivar que nos rodeaban están radiantes; ni rastro de placas, cables y metales. Los preciados olivos son más centenarios aún y relumbran como nunca en el verde y plata de sus hojas lanceadas. Se han multiplicado las bandadas de pájaros que vuelan espléndidamente y, si os fijáis, ahora la tierra se ve esponjosa y en perfecto equilibrio: han vuelto los terroncillos, las hierbecitas del campo, las flores silvestres, las rojas amapolas. Todo está en su sitio, se respira una armonía perfecta y colmada de paz. La tierra y quien la habita vienen a ser la misma cosa, un todo en definida simbiosis donde amar y sentirse amado…
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—Pues sí debe haber transcurrido tiempo. Porque cuando nosotras iniciamos nuestro viaje imaginario al futuro todo estaba al revés. —Sí, pero sigamos escribiendo. Que las palabras sigan dibujando el destino. No se escuchan gritos, ni sirenas, ni motores estridentes. Se cuida el silencio. El ser humano ha conseguido que la voz del territorio esté tranquila y sosegada para no eclipsar la sinfonía natural de la vida. No se levantan la voz unos a otros, no existe el ruido de bombas ni misiles como severa amenaza del infierno en que vivían territorios vecinos. —¿Habrán aprendido al fin aquella quimera nuestra? Sin duda, sí. De no haberlo hecho, habrían desaparecido. Si no hubieran entendido que todo su mundo era un sistema y que todo en su mundo estaba en plena conexión, hoy no estaríamos viendo lo que vemos y dibujamos con nuestras palabras: este bonito baile perfectamente coordinado entre el campo y el pueblo, entre lo nuevo y lo antiguo, entre todos los seres vivos. —Que perdure ese baile para toda la eternidad. —Sí, que nadie nunca más pierda el paso en esta armonía que pintamos con palabras y colores mágicos, que nunca se rompa. —Y si se rompe alguna vez, que el kintsugi realice la reparación dorada que Begoña nos enseñó aquella tarde. —Eso mismo. Así sea.
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