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Tangos para viajar. 12 historias inútiles (muestra digital) - MuñozColoma

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© Todos los Derechos reservados © Tangos para viajar (12 historias inútiles) © Muñoz Coloma, 2012 Registro de Propiedad Intelectual: N° 220019 I.S.B.N.: 978-956-8920-08-1 Fotografía portada: Ariel González Fotografía autor: Alejandro Medel Corrección de Textos: Egor Mardones

Este es una muestra de la 1era Edición impresa, Al Aire Libro Editores. Tomé. Chile. 2012.

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Tangos para viajar 12 historias inĂştiles

MuĂąoz Coloma

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Pasional

Las manías van configurando una cartografía de las personas, que, para ser más preciso, se podrían considerar más que un mapa de ellas, un circuito que las pueden llevar a la tranquilidad o a la desesperación dependiendo del cumplimiento de ciertos procesos litúrgicos, dentro de su propia cotidianeidad. Para Pamela, su manía cayó siempre en la naturalidad absoluta, el lustrarse los zapatos en los bancos de las plazas era la oportunidad que tenía para relajarse, más que con ninguna otra cosa. Así como sus amigas disfrutaban de la peluquería, del cine o de las compras 5


como disciplinas catárticas, ella no encontraba mejor actividad para desconectarse de todo que entregarse al rito de la escobilla, el betún y el paño. Esta actividad le permitió adquirir, quizás sin querer, pero con cierta arrogancia, el don de conocer los pueblos y las ciudades a través de los lustradores. Por ejemplo, tenía clara conciencia de que si el lustrador utilizaba mucho betún en su trabajo, la ciudad era un lugar de apariencias, donde la gente se movía dentro de relaciones impersonales a simple vista, pero que no habían perdido las relaciones primarias de los pueblos pequeños, donde a cada uno le interesa la vida del otro, sólo por la intromisión. No obstante, en ese tipo de ciudades se podían hacer tratos sólo con un apretón de manos, ya que la misma apariencia y la exposición silenciosa obligaban a la honestidad de sus vecinos. Por el contrario, si el betún o pasta era escasa, la ciudad o pueblo era un lugar para no quedarse por mucho tiempo, simplemente por las pocas posibilidades que ofrecía en relación a las actividades que se podían realizar allí. Si el limpiador frotaba el paño para el brillo con fuerza y decisión, la ciudad ofrecía a sus visitantes personas de buen carácter y, principalmente, las cocinas eran generosas en cantidad y calidad, cuestión que siempre la seducía, así como la seguridad de pasear por sus calles de noche, las que seguramente 6


estarían perfumadas por el neón de sus letreros ofreciendo circuitos festivos o mercancías exóticas. Así recorrió infinidad de lugares, catando a los lustradores cada vez que el tiempo se lo permitía, mucho betún o poca voluntad con el paño o poca decisión con la escobilla, nunca encontró lo óptimo donde todas las variables se realizaran a la perfección. Hasta que un día, en una plaza de una ciudad indeterminada se encontró con Ángel Araya, un lustrador que aceptó el oficio por referencia, por llevar el peso de la tradición, por cargar con el sino del héroe. El padre de Ángel trabajó toda su vida con el cajón, cuando se usaba el propio banco de la plaza como asiento y el lustrín de madera que servía de maleta. De esos tiempos. Aunque ahora utilizaban unos carros modernos, el espíritu del oficio seguía siendo el mismo, por lo menos para Ángel era así, se sentía portador de una tradición republicana y eso lo llenaba de orgullo. De niño, cuando llegaba su padre junto con el atardecer, le ayudaba a limpiar y a ordenar sus materiales. Fue así como comenzó a amar el oficio y cultivó un gusto obsesivo por el orden que se veía reflejado en la pulcritud para limpiar cada escobilla, cada pincel o cada paño y al ordenar por marcas, tipos, tamaños y colores las latas de betún. Su padre estaba encantado con el 7


orden de su hijo, así que en las tardes mientras tomaba mate o en los días de lluvia cuando le era imposible salir a trabajar, lo miraba mientras le contaba sobre las cualidades de los zapatos. Ángel escuchaba en silencio mientras sacaba todos los materiales del cajón para ordenarlos, de ese modo, todas las mañanas, el lustrador partía con sus materiales tan inmaculados como si fueran instrumentos quirúrgicos. Como él esperaba, sin mayor pretensión, la herencia que su padre le dejó fueron los materiales, el amor por el oficio, unos amigos del gremio que él llamaba tíos y un lugar en la Plaza de Armas de la ciudad para trabajar. En ese sitio vertió todo su profesionalismo y pulcritud dejando a todos sus clientes satisfechos, tanto así que muchas veces debían hacer algunas filas interminables, soportando largas horas de espera para ser atendidos, despreciando al resto de los lustradores. Aquel día Pamela hizo la fila como todos, sin dudas le llamó la atención la cantidad de clientes deseosos y decidió probar la mano de aquel privilegiado. Ángel trabajaba con una indiferencia para con las personas, nunca miraba a la cara a sus clientes, tenía la mala formación profesional de observar el suelo, precisamente los zapatos. Y así como la mujer conocía las ciudades por los lustradores, él podía percibir a las personas por sus zapatos. Por ejemplo, si alguien usaba 8


mocasines color marrón con suela de cuero, podía decir con precisión inusitada que era alguien que había sufrido mucho por amor y que, por lo general, la soledad cubría su mundo, principalmente cuando caía el sol. Por el contrario, unos zapatos con planta de goma, de esas hechas en Holanda o en algún país escandinavo, de cuero envejecido y con cordones, le daban a entender que el portador era un arrogante de primera, que había decidido buscar en la apariencia una coraza que lo protegiera del mundo ya que su autoestima era mínima. Los zapatos negros de punta redonda y suela alta no hacían otra cosa que denunciar a un tipo descuidado con su intelectualidad, no obstante, era alguien que apreciaba a sus amigos y familiares, en general, una buena persona. Los que tenían punta cuadrada y un taquito más bien bajo, denunciaban a su portadora como una mujer públicamente constreñida, pero con desenfreno en la práctica sexual, algo que la hacía peligrosa en el sentido de la dependencia que creaba. Así podía corregir o confirmar diferentes personalidades en lo público, sólo por el calzado: altos, bajos, mocasines, bototos, el tipo de acordonado, los tipos de planta, las cualidades del cuero, el alarde de la marca, lo evidente de las costuras, el diseño, la utilidad, el color, etc. Las personas a través de su calzado eran un libro abierto para Ángel.

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Pamela estaba estresada haciendo la fila, ya había pasado mucho tiempo, miraba el reloj de vez en cuando, y ya perdía la paciencia. Pero como todas las historias que carecen de sentido épico, la propia circularidad de ésta se hizo evidente: si había logrado acumular tales niveles de tensión en su cuerpo por la molestia de la espera, ésta le daría la solución, es decir, el resultado de la misma. Así que se armó de paciencia e imaginó la escobilla en sus zapatos y sonrió. Subió lentamente al asiento mientras observaba la mollera del lustrador que como relojero ordenaba sus materiales con una precisión descomunal. Él estaba absorto en la limpieza, recién cuando terminó de preparar el material levantó su mirada, pero sólo a la altura de los zapatos de su cliente como era su costumbre. Y en ese instante se produjo un punto de inflexión, una situación particular (llamarán algunos), eso que se produce cuando un detalle que parece (y es) insignificante comienza a bañar con un marco de trascendencia los hechos. Ángel quedó petrificado, sus ojos se enfrentaron, por primera vez, con una muestra fehaciente y concreta de la existencia del paraíso, su mirada recorrió el más bello par de botas que jamás había visto (aunque sin precisión alguna, se estima que hasta ese momento los zapatos lustrados por Ángel superaban largamente los 8.000). Lo que más le 10


sorprendió no fue sólo el objeto en sí, sino la manera de calzarlo. Ahí estaban con sus puntas que sobresalían tímidamente del cajón, con un taquito no mayor de tres centímetros. Lentamente las observó, no paraba de sorprenderse, de cuero negro, con suela de goma del mismo tono, con costuras blancas, media pierna. Cuando dobló los pantalones para comenzar a trabajar, descubrió una hebilla color plata, de bordes redondeados que remataban esta prenda de vestir que, esta vez como nunca, estaba muy lejos de lo utilitario. Definitivamente tuvo la necesidad de retardar su trabajo para lograr un poco de tranquilidad, así que se quedó mirando los zapatos como lo hace un pintor frente a la tela blanca, con pavor e incertidumbre. Ella estaba distraída, miraba a su alrededor, particularmente a las personas que hacían la fila. Hasta que sintió la presión de la mano del lustrador en el empeine de su pie derecho y, en un santiamén, se entregó por completo a la relajación. Lo curioso es que en algún momento, que ni siquiera ella podría precisar, su cuerpo se perdió en el relajo conseguido y en el placer de la despreocupación que fue transitando derechamente al de la excitación. Aunque innumerables veces las lustradas fueron placenteras en grado extremo ésta, como todo lo 11


inaudito de la situación, había traspasado el límite moderno de lo público y lo privado. Pamela intentó controlarse cerrando los ojos, pero luego de un rato se percató (o pensó… o sintió) que mordía su labio inferior, así que inmediatamente volvió a abrir los ojos y dio un salto en el asiento moviendo bruscamente sus pies, tanto así que asustó al lustrador que estaba aún sumido en la belleza de los zapatos. Intentó reincorporarse para lograr la calma, pero nuevamente el paño sostenido por la mano de Ángel sobre su empeine le hizo sentir que sus mejillas enrojecían, y otra vez se encontró en el estado que había logrado frenar. Esta vez el envión fue brutal, o su voluntad de detenerlo fue tan mínima (cosa que cobra muy poca importancia a la larga) que en un par de segundos se encontró sumida en un viaje sin retorno, mientras Ángel embetunaba y golpeaba nuevamente el pie para que lo cambiara por el otro. Cada arremetida de la escobilla la disfrutaba como nunca y todo se perdía en la inmensidad de la plaza. No tuvo conciencia que su cabeza hizo un movimiento violento hacia atrás, al mismo instante que un tenue gemido se dispersaba en el aire, de ahí en adelante, todo fue una vorágine de sensaciones, la respiración se le tornó dificultosa y la continuó realizando por la boca, cada cierto instante abría los ojos con dificultad. El paisaje de su interior había colmado y reemplazado el habitual de la plaza, 12


los minutos pasaban y ella se encontraba perdida en el vértigo de la excitación que en cada cambio de pie aumentaba. Al mismo tiempo, Ángel se encontraba extasiado con los zapatos, había caído en un desenfreno parecido al de Pamela, no obstante su excitación estaba lejos de la erección, más bien rayaba en lo místico, en lo tribal, en lo chamánico, en las ceremonias vernáculas que originaron el rito. Pamela intentaba contenerse, por un instante (muy pequeño y quizás irreal) se vio como Santa Teresa en su éxtasis, la de la escultura de Bernini, con su ángel-cupido a su lado, con su delicado pie que se asoma de su ropaje de piedra (acá las coincidencias son maliciosas como casi siempre), sin dudas esta escena, este juego cotidiano venía a sintetizar una dicotomía presente en la escultura del italiano: el éxtasis místico-sexual. Pamela se contuvo, estuvo a punto de alcanzar el clímax, pero logró controlarse, no sin poco esfuerzo. Pero como estas cosas suceden de a dos (habitualmente) no contó con que Ángel en el momento de acabar su labor, sin pensarlo, bajó sus labios y besó la bota en el empeine, humedeciendo y opacando el cuero reluciente producto de tanto esmero. Ese beso, en realidad esa sensación, fue incontrolable para la mujer que en un tris menor se dejó caer en un orgasmo intenso. De pronto para ambos volvió a emerger la plaza, los árboles, los 13


edificios, el ruido, la brisa y la gente. Las personas que esperaban seguían distraídas. La ciudad, en el fondo, continuaba siendo un palimpsesto que a simple vista no tenía más que el flujo, a menos que alguien se detuviera y observara en los intersticios de ésta. Pamela, aún insegura y sorprendida, sacó el dinero de su bolso y pagó los servicios de Ángel; él, como nunca, no miró los zapatos solamente sino que buscó los ojos de la mujer hasta encontrarlos, recibió el dinero y sin hacer ni un gesto comenzó a ordenar y limpiar sus utensilios mientras otro cliente ocupaba el lugar. Ella se alejó sin mirar atrás, sintiendo el peso de la marca de los labios del hombre en su pie izquierdo. En casa, Ángel no podía olvidar la situación, en realidad hablar de olvido en este tipo de eventos es sólo un acomodo fácil para salir del paso en este texto. En estricto rigor nada recordaba, sólo lograba evocar un cúmulo de sensaciones sin orden determinado, menos con el rigor y secuencia que deseaba. No obstante, esa dispersión de recuerdos fue suficiente como para que se masturbara una y otra vez, y cada vez que acababa las botas de la mujer aparecían en todo momento, llenando las esquinas de esos inmensos espacios vacíos por donde deambulaba. Si los pies y zapatos estaban en todos los rincones, los ojos de ella 14


le incomodaban, grandes, profundos, oscuros, de un color tan particular que no pudo relacionarlos con nada más que con esos zapatos de la región de Friulli en Italia. Por su parte, Pamela se encontraba desconcertada, observaba la tenue huella de los labios del hombre en su bota, no podía convencerse de los hechos, culpó a la ansiedad y quitó todo mérito al lustrador; sin embargo, decidió salir de la duda. Con un golpe suave, como siempre, Ángel concluyó su trabajo. Ordenó meticulosamente sus materiales y cuando levantó su mirada se encontró con las botas una vez más que aún exhibían la huella de su beso. Al igual que la jornada anterior cometió el error de buscar los ojos de ella y para su mala suerte los volvió a encontrar, esta vez rodeados de una seriedad tremenda (la expectativa suele provocarla). Él nuevamente cayó en el éxtasis y ella se entregó a la vorágine, y el orgasmo, como la primera vez, fue inevitable. Pagó por los servicios y se fue sin mirar atrás. Nuevamente descreyó del lustrador y al día siguiente cambió sus zapatos, ahora por unos mocasines más bien bajos de color marrón y nuevamente sucedió lo que ya se estaba transformando en algo inevitable; sin embargo siguió descreyendo del hombre, de sus manos, de la perfección. Así repitió el rito una y otra vez, cambiando todo, su vestimenta, su perfume, sus medias, su actitud 15


y todo se repetía. Luego el horario, llegaba entrada la tarde, al mediodía, cuando caía el sol, en las mañanas, y seguía buscando remecer el extraño rito, reemplazándolo por otro con características demenciales. Buscó desesperadamente en la variación del clima, buscó el sol, el viento, la lluvia, el frío, el color del otoño, lo gélido del invierno y todas las posibles combinaciones de cuanta variable pudiera existir. Buscó en las sutilezas, pero nada consiguió, definitivamente tuvo que aceptar que algo había en las manos del lustrador. Ángel, mientras tanto, ajeno a todas esas pruebas que buscaban razones, se masturbaba en casa con el recuerdo de cada jornada. Un día decidió esperarlo. Una vez que él limpió y ordenó todos sus materiales se le acercó, Ángel la miró a los ojos, se levantó y caminaron por la plaza. Así comenzó su relación (esta relación), y en la cama las expectativas no pasaron de ser sólo eso, expectativas. Si bien la tensión sucumbió ante la excitación y ambos consiguieron lo que buscaban, no tuvieron tanta suerte como para sustraerse del recuerdo de la plaza. Lo lamentable es que la comparación se hacía en referencia a los mismos personajes, cuestión perniciosa porque por una parte y en rigor nadie puede competir contra uno mismo, y por otra, si es que no logra igualarse, infunda la desagradable esperanza de que en algún 16


momento las cosas volverán a ser como fueron en algunas ocasiones (nada más patético). Por esta última razón soportaron el vacío una y otra vez, y la rutina de las horas malgastadas se presentó una y otra vez también y a cada momento con menos sutileza, todo no pasó de ser más que una ilusión, una ilusión justificada, así como ese concepto judeo-cristiano de la habitabilidad en pareja. Todo había perdido la cáscara y se mostraba de la peor manera posible, extremadamente real, tal cual era: lo sórdido como sórdido, el engaño como engaño y la fuerza de la costumbre como amor. Uno de esos días, Pamela, apoyada sobre el pecho de Ángel, abrió la posibilidad del despertar de la ilusión cuando puso en el discurso la problemática de la felicidad, lo que dio pie para hablar del placer. En ese intertanto, en ese tránsito entre el heudonismo y el hedonismo, ambos acariciaron la oportunidad de liberarse del otro, pero también pensaron en ellos mismos y por no dañar, callaron. Los días que siguieron estuvieron muy lejos de ser sus aliados, cada vez el vacío era más profundo, y ambos terminaban por añorar la plaza. Mientras tanto, en la cama perdían sus miradas en objetos poco significativos y/o nimios.

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Pamela un día emprendió un viaje, una oportunidad, y probó en las plazas a cada lustrador, y volvió el relajo (muy lejos del placer que había encontrado… y perdido). Mucha presión, poca pasta, poco frotado, etc., podía encontrar miles de detalles, pero se obligó a seguir con la liturgia. Por otra parte, Ángel buscó en cada bota o zapato esa experiencia mística, pero al final de su labor sólo encontraba un objeto reluciente y vacío. Así pasaron las semanas, hasta que llegó el día del regreso de la mujer. Volvieron a encontrarse, y en la cama ambos pusieron lo mejor de cada uno, por la sencilla razón de que Ángel pensó que sería la última vez y Pamela decidió que sería la última vez. Fue así como sin decir más de dos palabras (de esas que se dicen y son tan apropiadas para la ocasión), se despidieron un poco defraudados el uno del otro y de ellos mismos. Como en todo, llega el momento en que el equilibrio se impone (me refiero al equilibrio que sustenta el status quo, la estabilidad perniciosa, la que obliga a la repetición, a la iteración… palabra que va más con nosotros en estos tiempos). Ángel y Pamela siguieron con sus vidas, casi como siempre, así como el árbol que pierde las hojas en otoño todos los años, que para cualquiera podría ser repetitivo por el fenómeno en sí, pero el orden de la caída de las hojas, y ellas en sí 18


mismas suponen una verdad y diferencia sutil. De ese tipo eran los pensamientos que a veces, muy pocas veces, inundaban a ambos. Pensamientos que sólo eran conformados por recuerdos vagos, hasta inexistentes, y sinecdóquicos (como todas las historias), pero que dejaban a sus portadores con vacíos tan grandes que todo cabía en ellos. La vaguedad con el tiempo se transformó en precisión (inventada la mayoría de las veces… evidentemente) y la precisión comenzó a insinuar algunas manifestaciones de nostalgia y Ángel pensó en los pies de ella y los deseó en cada zapato que pasaba por sus manos. A su vez, Pamela se perdía en el recuerdo de sus manos recorriendo sus botas. Mientras hacía la fila no lo miró, la ansiedad había hecho presa de ella. No sabía si sería lo mismo que antes de conocerse más, de descubrirse, de perder ese pathos de la relación que muere en lo predecible. Dos golpes en el mocasín derecho era la señal de que había terminado su trabajo. El cliente pagó y Ángel comenzó a limpiar y a ordenar sus materiales, cuando volvió al cajón se encontró con las botas de ella, tuvo que hacer un esfuerzo mayúsculo para no buscar su mirada y mantener la cabeza baja, y comenzó su trabajo. Ella se dejó llevar y, como la primera vez, lo que comenzó como un relajo se tornó en excitación, y 19


ésta en un orgasmo, de los diferentes, de ésos que ella podía relacionar con las sensaciones más variadas, porque en él se dispersaba totalmente. Ángel, por su parte, experimentó su propio viaje y su voluntad también se dispersó en lo sólido. Cuando ella sintió los dos golpes no pudo evitar mirarlo con dulzura y sonreírle tibiamente. Pagó y se fue. Ángel aceptó el dinero. Ambos siguieron consumiendo las prácticas y bondades que ofrece el mercado.

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En esta tarde gris

«Hace 2.000 años, aproximadamente, un hombre treintón, absolutamente hinchado por la tortura, recorre las calles de una Jerusalén exultante y acongojada por la crueldad del espectáculo. En sus hombros lleva, no sin esfuerzo, unos maderos que serán utilizados para su propio suplicio, para que su cuerpo se constituya en una lección para otros posibles traidores. Todo está orientado a la economía de su propia muerte. Los soldados del Prefecto de la provincia de Judea, Poncio Pilato, lo flagelan con acalorada ira, ellos a pesar 21


de estar al servicio del imperio, poco tienen de romanos, la mayoría provienen de Siria, y en su sangre aún recorre el recuerdo de la crucifixión de 800 de sus compatriotas ordenada y presenciada por el rey judío Alejandro Janeo, que no bastándole con aquello degolló a las esposas e hijos de los agonizantes frente a ellos. Por esta razón cada latigazo lleva contenido la rabia de la voluntad del no olvido. Los flagrums desuellan al penitente en cada golpe y al mismo tiempo el peso de la madera, a medida que pasa el tiempo como es de suponer, se hace menos soportable. En el trayecto señalado por la autoridad, muchas personas le hablan, lo alientan, procuran aliviar, en parte, su sufrimiento, acercándole agua o intentando hacerse cargo, aunque sea por un instante, del peso de los maderos. Muchas mujeres lloran desconsoladamente, un grupo de niños lo señalan con el dedo mientras murmuran entre ellos. Otras personas, no pocas, lo insultan, le arrojan piedras y tierra a la cara, lo escupen. Los soldados sólo impiden las muestras de solidaridad. El penitente no se detiene, lleva la vista fija en el horizonte, como si su voluntad estuviera suspendida en alguna línea de la Torah. A pesar de que el jadeo revela su verdadero estado, intenta mantenerse 22


impávido, firme frente al tormento, piensa que si el poder hegemónico del imperio quiere dar un ejemplo con su suplicio, no lo logrará. Y si lo llegara a conseguir será sólo mínimamente, porque él también tiene un plan similar, hacer de su martirio un ejemplo, un motivo, que a pesar de la muerte, se convierta en una guía para todo el mundo. Con ese pensamiento como motor, levanta la cabeza aún más, como si un orgullo violento lo invadiera por completo; pero también lo hace para poder ver el camino, ya que el ángulo normal de visión lo ha perdido por completo, la hinchazón de sus pómulos y párpados lo obligan a estirar a más no poder el cuello para observar, borrosamente, el paisaje. Para peor, la sangre que brota desde su cabeza, producto de una especie de corona de espinas que ha roto el cuero cabelludo y que se enreda en lo hirsuto de su pelo, hace que aún más se nuble su visión. Luego de algunas horas, logra llegar a la falda de una pequeña colina a las afueras de la ciudad que los aldeanos llaman Gólgota o simplemente el Monte Calvario. La subida se transforma en una catástrofe mayor, las caídas se alternan con los pasos, sus rodillas se han configurado en unas masas negruzcas que expelen sangre; de hecho toda su humanidad está bañada en sangre, contrastando violentamente con el paisaje, con esa tarde gris casi acromática. La gente 23


lo sigue, otros han apurado el paso para tomar una buena ubicación y no perderse detalle alguno del desenlace, los soldados mantienen el ritmo de los latigazos, mientras en la colina otros más especializados lo esperan. En el fin de su recorrido lo liberan de los maderos sólo para fijarlo a ellos mediante tres clavos; una vez terminada esta labor, y luego de muchos martillazos certeros y otros errados (que causaron otro tipo de dolor), fue levantado en la cruz por medio de unas interminables cuerdas y con el concurso coordinado y disciplinado de los soldados. La verticalidad ahora hace que el cuerpo pulse en una pesadez inaudita, haciendo que los músculos se contraigan, obligando al penitente a ejercer mucha fuerza, en medio del suplicio, para evitar el desgarro de las extremidades. Algunos minutos mínimos bastaron para que la voluntad terminara siendo carcomida por el agotamiento, el cuerpo cayó en un relajo que duró una milésima de segundo, para luego sumergirse en una sumatoria de dolores que hoy no vale la pena intentar describir. Las articulaciones de las muñecas, de los codos y de los hombros comienzan a emitir algunos ruidos secos, muy parecidos al de los flagrums utilizados hace un rato atrás. Ya son horas, las personas que fueron a observar el castigo comienzan a retirarse lentamente, los que quedan son los más cercanos del mártir. 24


El cuerpo se desliza casi imperceptiblemente en los metales que lo atraviesan, el líquido se hace una urgencia, la sequedad ha invadido toda la geografía del crucificado. El tiempo corre demasiado lento para los que se han tenido que quedar por obligación, todo es aburrimiento, la espectacularidad del acto se ha dispersado, la estética del suplicio ya no está presente. Un soldado hastiado del ritmo de esta muerte (aunque sabe que todo está configurado para la lentitud y el sufrimiento), coge una lanza y se la clava en un costado del cuerpo, en medio de lo cansino sólo se escucha un leve y corto quejido. Otro soldado, haciendo caso omiso a las órdenes emanadas de la autoridad, asesta un golpe certero con un trozo de madera, lateralmente a la altura de las rodillas, haciendo que el cuerpo pierda la sustentación lograda a través de las piernas, y el estiramiento comience a presionar los pulmones provocando una hipoxia que desencadena una baja de presión desembocando en un paro cardiorrespiratorio. Un instante después el crucificado fallece mientras murmura un par de incoherencias. El ejemplo que intentó dejar este hombre, su estoicismo para soportar la tortura, la dignidad mostrada en medio del espectáculo desarrollado para quebrarle la voluntad, en fin, toda su fuerza terminó por caer en el olvido total, en la espesura del tiempo, en la nada. Shimon 25


de Arimatea para la historia oficial jamás existió, tuvo la mala fortuna de que dos años después un otro, un «otro real» llamado Jesús padeciera torturas similares transitando la misma geografía, haciendo que su trayecto y su acción quedaran ancladas en la historia para siempre como la primera y única, cargándose de trascendencia (política y/o religiosa). En fin… constituyéndose como ‘real’.» Pedro cerró el libro y quedó inmóvil frente a la ventana, con la mirada perdida en las pocas nubes que manchaban el cielo de septiembre, conmovido totalmente. No porque le interesaran este tipo de historias en particular, sino simplemente porque recordó a Caterina y se le vinieron demasiadas cosas a la cabeza. Recordó ese breve tránsito en su vida, pero con tal intensidad que se había transformado en una daga clavada en la espesura de su memoria, y pensó en la historia de ella y deseó ser un accidente en su existencia, alguien que hubiese desviado, aunque fuera en parte la firme convicción de su camino, una tormenta, un cascajo. Pero no, recordó que no fue más que un paréntesis, arena, una brisa imperceptible colmada de vacío. Pensó en Shimon, pensó en Jesús. Cerró los ojos y apretó los puños.

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Tu pálido final

Apenas se enteró de la noticia, un sudor extremadamente frío y tormentoso lo invadió por completo. El terror se había apoderado de él, no podía entender cómo era posible que a estas alturas de su vida tuviera que pasar por una situación tan inverosímil. Él siempre se había preocupado de todo, y aunque lo habían tratado de obsesivo-compulsivo, siempre repitió todos los rituales necesarios como para sostener al mundo, uno a uno. Ahora los gérmenes, que tanto aborrecía (y temía), habían colmado toda su ciudad. Apenas escuchó la noticia, corrió, corrió como nunca, 27


tal cual estaba, semidesnudo, con la única idea de dejar atrás la peste que venía a invadirlo todo. Así, descalzo, sudoroso, con los pies ensangrentados, corría en medio del campo, en la barbarie vio la libertad a esa opresión y temor que lo consumía. No era posible, seguía repitiendo, mientras no paraba de correr. Sin tener ninguna idea de cuál peste se trataba, elucubró una serie de modelos sintomáticos, sólo por el hecho de definir, de concretar su temor, para saber de qué huir, a qué temer. Correr, sudar, sangrar. No estaba dispuesto, por ningún motivo, a sufrir la fiebre, las contracciones, el dolor incesante del cuerpo o alguna adenopatía. ¿Serían esos los síntomas?, o sería la mucosidad que colmaría cada espacio de sus fosas nasales, provocando hemorragias que se extenderían hasta sus pulmones, hasta el hígado, hasta todos los órganos, produciendo un shock en su cuerpo. No estaba dispuesto a sufrir nada de eso. Correr, sudar, sangrar. Quizás sería la necrosis la manifestación de esta peste, o el dolor muscular, o esos escalofríos detestables que nunca pudo superar desde niño, y lo peor de todo, se imaginaba su cuerpo convulsionando sin el amado control que él requería, no sólo para sí mismo, sino 28


para todo su universo. No, en ningún momento pensó siquiera en esperar e informarse de los síntomas de la peste. Así seguía corriendo, agitado, sudoroso y sus pies sangraban al golpear las piedras del camino, ni un dolor lo inmutó, era más el temor a la corrupción que podía generar la peste. Tal vez los dolores abdominales serían la manifestación, o lo más aterrador para él, la diarrea, o la descompensación de la presión arterial, o los vómitos que dejarían sólo un rastro de sangre de su existencia. No estaba dispuesto a pasar por nada de eso, se repetía. No soportaba imaginarse con náuseas, con dolores, con la tos señera afirmando que la muerte estaba cerca, o con dificultades respiratorias tan graves que lo obligarían a desear la muerte. ¡No! Correr, sudar, sangrar. Y no paraba. Imaginó sus ganglios inflamados hasta más no poder, las supuraciones en su piel, la pus escurriéndose por su humanidad, por su rostro y cerró los ojos, y apretó sus puños, y apuró el ritmo, y siguió corriendo hasta que su cuerpo no pudo más, cayendo ensangrentado en medio de la nada, sin tener idea que el único síntoma de la peste era correr.

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Muñeca brava

Se sentó en una de las pocas mesas que no tenía en su cubierta el pequeño letrero de «Reservada» y pidió una ginebra sólo por el hecho de quebrar, aunque fuera por un instante, su realidad. Estaba seguro de que no habría -en este país no la venden- pero no le importó, quiso jugar, quiso pensar que se encontraba fuera de esta funesta geografía, para sentirse como si estuviera en su territorio, en Buenos Aires, como en los viejos tiempos, como en los viejos buenos tiempos.

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No fue extraño que hubiese elegido este lugar para la cita, en él siempre sonaban interminables tangos que hoy se confabulaban como cómplices de la ficción que se estaba configurando. La ilusión sólo duró un instante (como siempre), volvió a su certeza y no pudo resistirse a la tremenda cartografía que lo separaba de la ciudad y de ella, a la lejanía, a esa distancia que aún más ampliaba su corazón. A lo lejos un par de mozos tarareaban «Muñeca brava» mientras acomodaban unas sillas. Cerró los ojos e imaginó que la esperaba, que esperaba su gracia, su delicadeza, su frescura y su inocencia… e intentó olvidar que era otra la que llegaría, que distaba mucho de esa femineidad que él tanto apreciaba. A esta otra mujer no la veía hace años y los pocos contactos que tuvieron, fueron al rigor del trabajo y de la intelectualidad más seca. No tenía claro si había algo de ella que le agradaba o simplemente fue lo mustio de la soledad que lo obligó a colmar el tiempo, provocando que cualquier mujer hubiese sido óptima para llenar ese espacio, incluso como parte de una escenografía necesaria para el desarrollo de esta historia particular. Quizás por esas razones se animó a llamarla (a estas alturas nada de esto tiene importancia).

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La mesa que se vio obligado a elegir se encontraba justo donde desembocaba la escalera de entrada. Ya había pasado bastante tiempo, tanto que comenzó a percatarse de lo ridículo de la situación, haciendo que creciera en él la imperiosa urgencia de irse, pero se contuvo, no sin esfuerzo. Mientras recorría por quinta vez el lugar con la mirada perdida en Buenos Aires, apareció vestida como siempre, muy poco femenina, haciendo patente su lesbianismo; no obstante hoy tenía algo diferente, sus ojos siempre tan seguros denotaban cierta tristeza que la hacían verse algo más femenina o simplemente todo no era más que la fundación del deseo de que fuera así. Incluso cuando caminó hacia él la notó más sutil y, como nunca, ella le sonrió y lo besó en la mejilla con una delicadeza inhabitual. No se dijeron palabra y se sentaron frente a frente. Cada uno ordenó algo y el silencio se perpetuó de una manera tan fluida que a ninguno incomodó. Al rato, él le tomó la mano y la invitó a bailar. Ella bajó la mirada e intentó imitar a una mujer sumisa que se entregaba a los encantos de un fornido joven. En medio de la pista la abrazó con fuerza y fingió pasión para con ella, mientras la mujer se dejó llevar cuando partieron con un «ocho adelante» para luego apoyar su mejilla en el pecho de él, acurrucándose, buscando refugio, soñando encontrarse en los brazos delicados 32


de la mujer amada. Él también sintió lo mismo (definitivamente, acá lo mismo es lo mismo). Bailaron una y otra vez sin mediar palabra. Pasaron los tangos «El motivo», «Garúa», «Fumando espero» y muchos más, y ellos abstraídos y en silencio sólo se alejaban para hacer uno que otro firulete, para luego volver a acurrucarse (se podría decir), mientras sus miradas se cruzaban y ambos fingían cierta pasión desfigurada del uno por el otro. Incluso en la ejecución de algunas figuras, sus mejillas resbalaban y sus labios se acercaban a una distancia que, en otra ocasión, ellos la hubiesen considerado muy poco prudente. Luego del primer «gancho» él recordó las piernas frescas de ella, que siempre fueron tan acogedoras como la humedad que ofrecen ciertos bosques sureños. Ella, muy por el contrario, las recordó firmes y decididas como puños erguidos. Al terminar un «molinete» sus miradas se cruzaron en medio del asombro, y él encontró en los ojos de ella, la profundidad, la claridad acuosa y silenciosa, la pesadez de su pestañeo que en cada movimiento hacía patente la coquetería natural y sutil de la otra mujer. Al mismo tiempo, ella recordó la mirada cómplice entre todas las otras miradas cuando se buscaban en medio de la multitud, con disimulo al principio, como practicando el mito de la modernidad 33


de poner en tensión lo público y lo privado. Luego el tránsito sería predecible, todo se arrastró hacia lo público, y cuando el exterior invade la intimidad que ofrece la complicidad, todo se dispersa. Dejaron de mirarse cuando ella hizo una «media luna». A esas alturas todas las mesas estaban ocupadas y las personas que en algún momento colmaron la pista de baile, prefirieron sentarse para observar la pasión de los bailarines que, ajenos a todo y a todos, se desplazaban por el ruedo intensamente. Algunos osados, incluso veían innumerables gestos de amor entre ellos, sin sospechar el simulacro, la parodia, el engaño que proyectaban, que los hacía verse tal para cual. El simulacro siempre es perverso, porque crea la ilusión y ésta reconfigura temporalmente el imaginario de quienes lo contemplan y, lo peor, de quienes lo practican. Fue así como él, al cerrar los ojos, se ilusionó imaginando que ella no era ella, sino ella. Y ella, a la vez, al sentir su cuerpo pegado a otro, sintió que él era ella. En ese momento su recuerdo lo inundó todo hasta invadir por completo el deseo y dejar un vacío amargo en ambos bailarines, que al compás de una nota suspiraron al unísono para quedar suspendidos pensando en Susana.

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Mano a mano ...los morlacos del otario los jugás a la marchanta como juega el gato maula con el mísero ratón... (Gardel - Razzano - Flores)

Estas semanas han sido muy extrañas, tanto así como el día que conocí a don Tito. Recuerdo que iba en el bus como todos los días, al trabajo. Yo soy un hombre de trabajo, pero por las razones que le paso a explicar estuve a punto de no serlo. Fue ese nueve de diciembre cuando me di cuenta que la dinámica de las cosas habían cambiado tanto que yo quedé absolutamente descolocado. Como le decía, iba a mi trabajo, el microbús venía como nunca, nadie de pie, todos los asientos ocupados, excepto el último, el del medio,

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ese que domina todo el pasillo, o sea, lo óptimo. Me senté, y como siempre abrí mi libro de turno, en ese momento era «El lobo estepario», de Hesse, buen libro... Bueno, venía tranquilo, concentrado, las demás personas haciendo lo habitual: mirando por la ventana, durmiendo, conversando y el chofer con la radio encendida, escuchando algunos temas que no conocía. Todo normal. Fue allá, en calle Prat, cuando el conductor se detuvo y abrió la puerta de atrás, que vi aparecer a don Tito. Hombre moreno de 60 años más o menos, con cara de antiguo, pero bien tenido para su edad. De su polera (remera) azul colgaba una panza de esas que se logran sólo con pernil y vino tinto, un bigote ridículo sobre el labio, finito, como dibujado con lápiz de tinta por un tatuador bromista. Debajo de su gorro, muy parecido a los que se usaron en la Guerra del Pacífico, le sobresalían algunas mechas tiesas de color negro. Se apoyó en la puerta, le sacó los broches a su pequeño acordeón color rojo, muy trajinado y reforzado con un par de alambres. El conductor apagó la radio. Apenas escuché los primeros sones de la melodía me inundó una sensación extraña, se me pararon todos lo pelos, sentí que mis pulmones tuvieran la capacidad de contener más aire de lo normal. Era ese tanguito 36


de Gardel, el «Mano a mano», yo lo conocía porque desde niño acompañaba a mi padre en su pieza por las tardes y él escuchaba sus programas: «México lindo», o algo así, y por supuesto el favorito de los dos, «Con permiso, soy el tango» en la Almirante Latorre, parece que ya no existe esa radio, bueno no importa. Lo importante es que me lo sabía. Don Tito se pegó una introducción como de un minuto, cerré el libro, quería escucharlo, además no me podía concentrar con el boche del acordeón. En ese preciso instante me dio aquello que trato de explicarle y me atrevería a decirle que tenía relación con lo que plantea Hesse sobre la dualidad con que vivimos a diario, a veces somos más animales que hombres o viceversa, pero siempre hay un estado que se impone al otro con una violencia inusitada. Aunque, a pesar del deseo de muchos, existen instantes mínimos, momentos diminutos en la vida del hombre en que esta dicotomía puede coexistir sin hacerse daño, ni siquiera suprimiendo uno de los dos estados, sino ambos funcionando al mismo tiempo, potenciándose en una simbiosis incierta y es ahí, en ese momento crucial, en ese vórtice sutilmente peligroso cuando el individuo se da cuenta de lo que realmente es, puede ser o puede hacer, es decir, potencia absoluta. Eso es lo que entiendo de Hesse, es lo más significativo para mí. Bueno, sigo, don Tito iba a ponerse a cantar, infló su vientre, abrió la mandíbula, estiró su boca y 37


ahí quedó, sólo con la impronta, porque yo no me pude resistir a la coexistencia de mis estados y me abalancé sobre el pasillo y me puse a cantar. Sí, a cantar, cosa que nunca había hecho. Don Tito estaba sorprendido, pero por oficio siguió tocando y mantuvo por un rato la actitud de potencial cantador, los pasajeros se dieron vuelta a mirarme, el chofer venía más pendiente de mí que del camino y yo como el Polaco Goyeneche, sacando un vozarrón de ultratumba, cantando impertérrito el «Mano a mano»:

Rechiflao en mi tristeza hoy te evoco y veo que has sido en mi pobre vida paria, sólo una buena mujer; tu presencia de bacana puso calor en mi nido, fuiste buena, consecuente y yo sé que me has querido, como no quisiste a nadie, como no podrás querer... Si fue algo inusitado para don Tito, para el chofer y para la gente, para mí fue mucho peor. No entendía nada, pero lo más extraño es que nada me importó, estaba pleno. Cuando sonó el último acorde la gente 38


comenzó a aplaudir, lo que al principio fue un aplauso tibio y tímido se transformó luego en una ovación. Don Tito me miró, sonrió y partió de nuevo, ahora con «Cambalache» y yo seguí cantando. El chofer no le paró a nadie más, se fue a velocidad moderada y moviendo la cabeza, como siguiendo el ritmo. Yo iba al centro de Concepción, pero cantando, cantando, llegué al final del recorrido, a Talcahuano. De vuelta, lo mismo, nos pegamos cuatro vueltas con don Tito, un exitazo, toda la gente nos ovacionaba, nos daban dinero que recogía el viejo, ganamos una cantidad interesante en las cuatro vueltas. Así pasaron los días, don Tito y yo ni siquiera nos habíamos presentado, yo me subía en la mañana aquí y don Tito en Prat. La gente impaciente nos veía juntos y comenzaba a aplaudir; es más, en varias ocasiones me esperaron cuando me había atrasado, ya a nadie le preocupaba llegar tarde al trabajo, entre los cuales me contaba. Es extraño, aunque soy abogado siempre he sido apegado a las reglas secas, sin dobles lecturas, parco y bastante burgués, podría decir, pero en esos instantes estaba funcionando como esos artistas malditos de principios del siglo XX, a los que no les importaba nada, pero bueno, al menos lo estaba disfrutando. Armamos un buen repertorio: «Cambalache», «Yira yira», «La Cumparsita», 39


«Madreselva», «Mi Buenos Aires querido», «Tomo y obligo» y, por supuesto, nuestra canción de batalla: «Mano a mano». Todos esos días fueron exactamente iguales, a las nueve comenzaba mi función, cuatro vueltas y a la oficina. Como es de suponer, en muy poco tiempo se corrió la voz sobre nuestro show, que no sólo era de primer nivel, sino que además producía tantas emociones y sentimientos que a nadie dejaba indiferente. Fue tanto que al tercer día una turba ávida de tangos esperaba el microbus que pasaba a las nueve por calle Prat. El chofer dejaba subir gente hasta que se colmaban los asientos, excepto el mío, el del fondo, luego de eso, nadie más. De ida y de vuelta fueron siempre las mismas personas, cada una en sus horarios, cada una aplaudiendo de pie y yo porteño-arrabalero dándole al «Mano a mano»:

...Se dio el juego de remanye cuando vos, pobre percanta, gambeteabas la pobreza en la casa de pensión, hoy sos toda una bacana, la vida te ríe y canta, los morlacos del otario los jugás a la marchanta como juega el gato maula con el mísero ratón...

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Un día viernes andaba más inspirado que nunca, me subí al micro saludando, ya que a esas alturas todos lo hacían de mano, el chofer había puesto un retrato de Gardel en el lugar que antes ocupaba una imagen de la Virgen de Lourdes, así partimos. Un par de cuadras más allá una multitud intentó subir, pero por respeto, el chofer privilegió a los que habían participado de la primera función. Al final fuimos siempre los mismos, el conductor se había convertido en una aduana con los que trataban de colarse todos los días. Los que abajo quedaban lloraban de la impotencia y nos despedían con pañuelos blancos agitados al viento, así como cuando despiden a los grandes cruceros, como cuando parten en dirección de una tragedia. Lo patético fue que ese día en particular, sin sospecharlo, me embarcaba a la mía, a chocar con la humanidad de ella, que a la larga y a pesar de todo me liberaría de esta maldita locura. Don Tito ya estaba instalado en la puerta de atrás y yo en mi asiento concentrado, escuchando los primeros sones del «Yira yira». Bravos, aplausos, vitoreos, despedidas y pañuelos blancos, todo el día. Así nos dieron las siete de la tarde, con hambre don Tito, por primera vez me dirigió la palabra y me invitó a su casa. Con el dinero que habíamos ganado compramos algo de comer y varias botellas de vino tinto. El viejo vivía en la calle Thompson 41


en Talcahuano, su casa era modesta, una pequeña puerta, una ventana y un par de muebles era lo único que poseía. Era retraído, hablaba muy poco, me contó que venía de Santiago, donde tocaba en un sucucho, como él lo llamaba, en Matucana, había arribado a Concepción algunos años atrás cuando un amigo lo trajo a tocar a una boite del puerto llamada «El Gato Negro», en el «Barrio Chino». Comenzó a trabajar en los microbuses para ganar más dinero, era separado dos veces y tenía siete hijos, necesitaba mucha plata para vivir y hacer vivir a los que dependían de él, le iba bien en los micros, pero cuando me uní a su causa le fue bastante mejor. No obstante, a él le importaba muy poco el dinero, él era un soñador, de esos que no necesitan muchos lujos ni sofisticaciones, sólo de qué vivir, y cuando digo: «de qué vivir», me refiero a la experiencia, por supuesto. Nos dieron las once y media, me invitó a que viera su show en la boite, nunca había estado en un lugar de ese tipo, lúgubre, inhóspito, con olor marino. El cabaret era grande, bastante espacioso; al fondo, un pequeño escenario con una orquesta de cuatro músicos; en medio, la pista de baile rodeada por mesas; al lado de la entrada, el bar. Don Tito era muy querido entre las prostitutas, me presentó a cinco, muy simpáticas, un poco viejas y feas, pero simpáticas. Nos sentamos 42


cerca del escenario. A las doce y cuarto partió la primera función de las mujeres, fueron saliendo a la pista de una en una, bailes sin gracia, burdos, sin ánimo, así que con don Tito nos pusimos a conversar abstrayéndonos completamente del espectáculo. Al rato apagaron las luces, lo que hizo que miráramos todos al centro de la pista y presentaron a ella, a mi iceberg, a la «hija del sol», a Margot. Comenzaron a sonar unos tambores con aires ritualísticos, los marinos soltaron a las prostitutas y se acomodaron en sus sillas, de atrás de una cortina roja, imitación a terciopelo, comenzó a aparecer la figura de una mujer blanca, delgada, rubia, con el pelo tapando su rostro y vestida con atuendos polinésicos, pero llenos de lentejuelas que se transformaban en pequeños reflectores de luz, en faros que guiaban hacia el desconsuelo, pero en ese momento todo daba a entender que eran incontables rayos de sol que emanaban de la mujer. Traía una vela en cada mano, el único foco que quedó encendido la seguía mientras se paseaba por toda la pista balanceando sus caderas. Se acercó a nuestra mesa, dejó una de las velas, movió su cabeza con violencia para sacarse el pelo del rostro y me miró fijamente, tenía un aspecto angelical y ojos color miel. Se alejó sin dejar de mover sus caderas y dejó la otra vela en la mesa del frente, volvió hacia mí, 43


se sacó uno de los collares de flores y me lo colocó en el cuello, quedé paralizado cuando ella comenzó a jalarlo arrastrándome hasta el centro de la pista mientras todo el mundo comenzaba a aplaudir para «avivarme la cueca», ya no tenía muchas opciones así que tomé aire y me puse a bailar como Hotu Matu’a, ella recorría mi cuerpo con el collar entre sus manos, mientras me rodeaba con mayor velocidad, el volumen de los tambores se intensificó, tomaron un impulso increíble, el ritmo se aceleró y comenzamos a girar, en cada giro lo único que podía ver eran los ojos lumínicos de la rubia, mientras todo el fondo se tornaba borroso y sin sentido. Su ojos, los tambores y yo, esa era la realidad; lo demás no eran más que pinceladas rápidas para un fondo necesario, nada más. Mientras, Margot sonreía con cara de niña haciendo una travesura sin sacarme su mirada de mis ojos. Creo que fueron dos bailes, luego me fui a la mesa entre aplausos que, obviamente, eran para la mujer. Don Tito sonrió y me dijo: «¡cuidado!, que al fin y al cabo es una puta». Aunque me extrañó su comentario nos pusimos a hablar de otras cuestiones esperando la función de las tres, la cual cerraba don Tito. Volvieron todas las prostitutas del show a la arena, se paseaban por las mesas, saludando y pidiendo tragos, Margot no volvió. Tuve que esperar a la próxima función para 44


verla actuar y, al igual que en la primera, fui su compañero de baile. Luego presentaron a don Tito y sus tangos, los cuales eran bailados por dos parejas conformadas sólo por mujeres. La verdad, entre nosotros, ni lo escuché, estaba pendiente de Margot, de la rubia Margot, que no volvía, y que en toda la noche no volvió. Ese fin de semana me obligué a descansar, traté de llevar mi vida de un modo normal, como antes, pero como ha de suponer, los bailes polinésicos me estaban atrayendo demasiado. El recuerdo de ella ya me resultaba incómodo y a cada instante aparecía inundando todo lo doméstico. Y por más que intenté distraerme no hubo caso, no se cómo llamar a ese estado, pero lo claro es que estaba ahí, denso humedeciéndolo todo. El día lunes ya estaba parado en medio del pasillo de la máquina 49, recibiendo aplausos, pero ahora cantaba pensando en ella. Ahí estaba, mano en bolsillo, con una flor roja en mi solapa, el único cantor de tangos con alma polinésica interpretando, obviamente, «Mano a mano»:

... Hoy tenés el mate lleno de infelices ilusiones: te engrupieron los otarios, las amigas, el gavión. 45


La milonga entre magnates con sus locas tentaciones, donde triunfan y claudican milongueras pretensiones, se te ha entrado muy adentro, en el pobre corazón... Pasamos de largo nuevamente, toda la tarde cantando, evidentemente lo que yo quería era volver a la boite en la noche así que no me despegué de don Tito hasta que me invitó a su casa. A pesar de hablar poco, cuando el viejo abría la boca era peligroso, mientras partía un pedazo de pan me dijo: «recuerde lo que le dije: al fin y al cabo es una puta. He visto cosas terribles en mi vida y lo más desagradable es ver a un hombre de bien como usted perder los quilates por una de estas mujeres, son capaces de cualquier cosa, en todo caso usted está grandecito». Me hice el desentendido y comencé a hablar de incorporar nuevos tangos al repertorio, cosa que lo entusiasmó y cambió el tema. A las dos de la mañana estaba en la mesa del «Gato Negro» conversando con Margot, don Tito mientras tanto charlaba con el tipo del bar. Estuvimos en eso hasta el amanecer, me contó de todo un poco sobre su vida, por mi parte fui bastante escueto, sólo me limitaba a escucharla lo más posible. Fue demasiado directa cuando me invitó a la cama, de inmediato le dije que no tenía dinero, ella tranquilamente puso sus manos 46


en mi cuello y me susurró: «quién ha hablado de dinero» . Con esa frase retumbando en el aire atravesamos la cortina roja. Desperté a las nueve y media de la mañana, era la primera vez que faltaba a alguna de mis funciones, me vestí lo más rápido que pude, besé su frente y salí corriendo hacia la terminal de los buses. La máquina 49 no había llegado, el chofer había llamado advirtiendo que llegaría más tarde por problemas técnicos, inmediatamente supe lo que sucedía así es que me encaramé en el primer micro y me fui a Chiguayante. Llegué a las diez y media a calle Prat, ahí estaba el bus, todos con cogotes largos esperándome, don Tito estaba abajo con el chofer fumando, crucé la calle a la carrera. Hubiese visto la cara de alegría de la gente cuando me vieron, más que de alegría era de alivio, diría yo. Nos subimos sin decir palabra y don Tito se puso a tocar «Madreselva», todo volvió a la normalidad, la gente sonriente y yo cantando con más ganas que nunca. Completamos las cuatro vueltas un poco más tarde y luego me fui a casa a descansar. Los siguientes días seguí con la rutina: en la mañana, mi show en el micro y en la noche donde Margot, que ya me cobraba, cuestión que no me importaba ya que utilizaba el dinero que ganaba cantando. La oficina 47


podía esperar. Una noche, encontré a Margot sentada con dos tipos borrachos que reían mientras la manoseaban, me acerqué a saludarla, me respondió el saludo a la distancia, sólo por cumplir, y me dijo que estaba ocupada. Mientras la esperaba me fui al lado de don Tito, lo primero que mencionó fue: «yo le dije». En fin, esperé toda la noche hasta que me echaron, me fui a dormir a casa de don Tito, al parecer colapsé, una sensación mustia me inundó. Le dije que no quería volver a cantar, que se olvidara de mí, que hasta ahí no más habíamos llegado, que buscara a otro o que cantara solito, yo ya había hecho mucho por él. Don Tito sin extrañarse abrió su bocota: «ha hecho mucho por usted». Tomé mi chaleco y me fui para mi casa en taxi. Al otro día en el micro de las nueve estaba instalado en mi asiento, subió don Tito, me miró esperando una respuesta, yo miré para otro lado. Ante mi negativa se puso a cantar:

...Nada debo agradecerte mano a mano hemos quedao no me importa lo que has hecho, lo que hacés y lo que harás, los favores recibidos creo habértelos pagado y si alguna deuda chica sin querer se me ha olvidado en la cuenta del otario que tenés se la cargás... 48


La gente no entendía nada, yo intentaba leer mi libro haciéndome el desentendido, el chofer frenó en seco, casi fui a parar al ventanal, metió el freno de mano, se paró y gritó indignado: «¿Pero, qué mierda pasa?». Iba a responderle cuando don Tito interrumpió su canto y salió en mi defensa explicando la situación, el viejo sabía mejor que nadie lo que pasaba, de hecho lo sabía antes que yo lo sospechara. Un silencio desesperanzador y aterrador nos acompañó en ese viaje, algunas personas lagrimeaban, otros cuchicheaban, don Tito callado, el chofer paraba cada cierto tiempo para secarse las lágrimas y poder seguir conduciendo. En el sector de Lonco una señora no aguantó más y empezó a llorar desconsoladamente, don Tito se sentó en la pisadera, puso sus manos en su cabeza y ahí se quedó, al rato estábamos todos llorando. Me bajé en Talcahuano, fui a la boite, le tuve que pagar a una vieja chica que me salió a atender para que me diera la dirección de Margot, en su casa traté de convencerla de que lo mío era un amor de verdad, sincero, y lo logré. Y al mismo tiempo me convenció de que ella se debía a su trabajo y no podía darse el lujo de andar enamorándose de cualquier persona con la que terminara acostada. Intenté comportarme como hombrecito, de no llorar, pero a veces lo que uno quiere no se puede lograr, usted me entiende, la vida es como la letra de algún tango, las 49


mismas letras que antes cantaba alegremente. Maldito animal que hizo las pases con el humano. Me encerré por varios días en mi casa intentando descompensar el equilibrio, repetía los tangos y Gardel me acosaba con «Mano a mano»:

...Mientras tanto que tus triunfos, pobres triunfos pasajeros, sean una larga fila de riquezas y placer; que el bacán que te acamala tenga pesos duraderos, que te abrás en las paradas con cafishios milongueros y que digan los muchachos: «es una buena mujer»... Para apurarme, le cuento que ayer en la tarde cambió radicalmente mi situación, estaba sumido en «Tomo y obligo» cuando sonó el timbre. Los días anteriores había sonado varias veces, pero había hecho caso omiso de él, esta vez fue tanto lo que insistieron que fui a abrir indignado. Al abrir la puerta quedo petrificado, ahí, en mi portal estaba ella, la rubia Margot. Ella parada en mi pórtico, parecía la «Virgen de la Animita», pero en versión sueca. Estaba seria, con cara de preocupación, la hice pasar, abrí las cortinas y le serví un café. «Voy a ir al grano -dijo- tienes que volver a 50


cantar». «Ah, era eso -dije- ¿fue don Tito, verdad?» Había sido él, Ariel González, José Fernández, Guillermo Roa, Mario Figueroa, la señora María Traverso, Francisca Valdés y su prima Violeta Fuentes, don Alexis Jerez y todos los que viajaban en la micro de las nueve, incluido el chofer. Le habían enviado una carta para que intercediera ante mí. En ese momento, con esa ridícula situación, me di cuenta que estas personas estaban sufriendo el mismo mal que yo, ese equilibrio monstruoso animal-humano y así como Margot era mi veneno, yo lo era para ellos. El comprender esto, inmediatamente me liberó de la enfermedad, vislumbré claramente que la causa ciega por algo es una pérdida de tiempo, que ese pacifismo interno mata al ser, que produce incomodidad, que lo ciega, que hace demasiado intensas las emociones. Fue mágico, así como me había cautivado ese tipo de vida, perdí en un instante esa ridícula pasión. Me había sanado, había vuelto a la normalidad, estaba de vuelta en el mundo, me sentía aliviado como si me hubiesen sacado un lastre emocional de encima. Con una sonrisa despedí a la rubia, celebré toda la noche y aquí estoy, esperando la máquina 49, entendiendo, nuevamente, que la vida es un pasar y que sólo es para pasar, para acomodarse lo mejor posible y disfrutar de sus ofertas y no es para vivir. ¡Qué alivio, qué comodidad! Al fin y al cabo, Margot era sólo una puta. 51


Hoy voy a cantar, pero consciente, porque quiero, porque me lo propuse, hoy esto se encuentra muy lejos de ser una necesidad, es mi despedida, ellos no lo saben, seguramente se van a alegrar cuando esté en medio del pasillo, pero la pasión y la buena vida son como la dualidad, siempre están en conflicto, es de esperar que siempre lo acompañe la buena vida, nunca la pu-ta-pa-sión. Creo que soy de los pocos que han muerto y han resucitado, la ventaja que tengo con respecto a los demás, yo sé que estas enfermedades se pasan y me dedicaré a sacarle la pasión a toda mi gente para que viva bien, los liberaré de su locura. Es mi deber de ciudadano, de buen cristiano, de buen demócrata. Ahí viene mi micro, chao y no olvide: «La buena vida, siempre la buena vida».

...Y mañana cuando seas descolado mueble viejo y no tengas esperanza en el pobre corazón. Si precisás una ayuda, si te hace falta un consejo, acordate de este amigo que ha de jugarse el pellejo pa’ ayudarte en lo que pueda cuando llegue la ocasión.

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Los cosos de al lao

Consideraba que había tenido una vida desesperada, tormentosa algunas veces, comparable sólo con aquellas que padecieron los santos y los mártires de la Santa Iglesia Católica, capaces de morir por ella. Lamentablemente él se encontraba muy lejos de creer en semejante trascendencia, se pensaba demasiado terrenal para tales empresas, particularmente las que implicaban el sufrir de la carne. Incluso él, más que carne, se sentía como «una astilla clavada en la carne del mundo» como leyó alguna vez en un libro de Sartre

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(podría precisar que tal frase se encuentra en la obra «Las moscas»). El día aquel, el de su cumpleaños, decidió, no sin esfuerzo, olvidar. Olvidar lo más posible, con el único fin de darse una oportunidad, la de (re)descubrir el mundo en el que se encontraba preso desde tiempos inmemoriales. Además le resultaba bastante irritante la celebración de sus vecinos que, por alguna incómoda y paradójica coincidencia, la realizaban una vez al año, el mismo día de su cumpleaños. Es más, recordaba que de niño tuvo la mala suerte de vivir junto a una casa donde se celebraba ese mismo día, coincidencia dirán algunos. Pero lo único cierto es que no importó dónde viviera, el día de su cumpleaños siempre había celebraciones cerca suyo. Hoy en particular sabía que le resultaría más intolerable que otras veces, cada año era peor (quizás por los mismos años), así que muy temprano empacó un par de cosas, las puso en su automóvil y salió sin rumbo determinado. La carretera le ofreció la oportunidad de la expansión, de la barbarie, tan vilipendiada por él en tantas oportunidades; hoy, por el contrario, se le entregaba sensual, acogedora y voraz de recuerdos (no hay que olvidar que aunque parezcan símiles, existe una distancia muy poco prudente entre el «recordar» y el 54


«no olvidar»). En lo rutinario del camino elaboró una lista mental prioritaria de qué olvidar, así generó una discreta cartografía que le podría ayudar a conseguir su objetivo. Primero que todo, y a raíz de muchas cosas, tendría que deshacerse de algunos modos que le incomodaban desde niño, entre los cuales priorizó su exagerado temor al rechazo, que desde temprana edad, por una cuestión que aún no podía determinar, lo llevaba a mutar en cada relación que enfrentaba, fuera ésta cotidiana, fraternal, amorosa, etc. Así, siempre embobado por la idea pusilánime de agradar a cuanta persona encontrara, se la pasó en un vaivén interminable, paseándose como lo hace un actor, por la caracterización de una serie de personajes, cuestión que lo cansaba de sobremanera, además a estas alturas le era casi imposible diferenciar qué parte de su conducta era propia de él y cuál o cuáles se había(n) forjado en la emergencia o en el acomodo. Pero a estas alturas, a sus 38 años, su(s) personalidad(es) estaba(n) dominada(s) por el deseo de ser uno solo y causar la diáspora de lo ajeno, del artificio, de esa carga hostil que lo había acompañado toda su vida y que había crecido demencialmente con el correr del tiempo. Quería deshacerse de esa responsabilidad que se autoimponía cada vez que iniciaba una nueva relación ya que según la persona, según el otro, él configuraba 55


y adaptaba su propio ser, cuestión que lo desmembraba en demasía porque de ahí en más debía mantener la personalidad que había conjurado con respecto al otro o a los otros en el momento en que se conocieron. Por esta razón intentaba que todas las amistades que había forjado no se conocieran y hacía lo posible para mantener esta condición. Cada relación conformaba un escenario distinto y él ejercía el dominio de un personaje para cada escenario, cuántos tenía, quién sabe (digamos 72, para los que necesitan precisión). Todos estos, muchas veces contradictorios, no lo dejaban avanzar con la celeridad que deseaba, se comprenderá fácilmente que mover (o jalar) un carro con una «persona» dentro es más fácil que mover uno atiborrado de ellas. Quizás es más didáctico plantear que para avanzar un tramo determinado, una persona que ha logrado sintetizar su existencia en una sola vida no requiere mucho esfuerzo para hacerlo. Pero sí mucha precisión, porque esa existencia requiere de algo muy particular y determinado porque ha generado un solo camino, un solo objetivo, en fin, la estabilidad. Muy por el contrario, él para hacer avanzar a todas sus personalidades, con la intencionalidad de desarrollar su propia existencia, requería invertir mucho esfuerzo para satisfacer los deseos de cada potencia, haciendo que no necesitara tanta precisión; pero ir y venir lo hacía avanzar casi nada y, lo peor, transitar en la 56


dispersión, cosa que no le permitía disfrutar de aquello llamado estabilidad, tan preciada y deseada por él. Si algo había descubierto con la incomodidad de los años era que él era un tipo que sólo poseía aceleración en esta vida (utilizando términos propios de la física), su dirección siempre fue cambiando por agentes externos, su recorrido siempre había estado alterado por cambios de rumbos que él mismo permitía, muchas veces a su pesar, pero que le eran inevitables. Esta vez, en este recorrido tan poco metafórico buscaría la velocidad, el punto cero, la constante, el punto de estabilidad. Buscaría una fórmula, una manera, quizás hasta un método para llegar a ella, por lo menos esa era su intención. El problema de toda esta situación es que seguía pretendiendo encontrar la solución fuera de él, donde, justamente se configuraba la paradoja, buscaba una solución a través de la repetición del mismo ritual que quería eliminar. En fin, con un optimismo muy impropio para su persona siguió por la carretera, en un juego maquiavélico mantuvo una velocidad constante, y en algún momento, por lo llano del camino, por la recta de la carretera, la estabilidad se hizo presente, y él por primera vez conscientemente se dio cuenta de aquello y lo disfrutó, y a la vez se sumió en el deseo de perpetuar este estado, que fuera o lejos

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de la física, o de la teoría, no es más que una condición indeseable por algunos (por no decir todos). Evitó encender la radio sólo para escuchar el motor del vehículo sonando uniformemente, lo mantuvo así por varios minutos, la constante se perpetuaba y sólo se alteraba de vez en cuando con el pasar de otros automóviles. Su intención de alejarse lo más posible de la ciudad traía consigo la intención de hacer desaparecer la posibilidad de arrepentirse y volver a su departamento, sobre todo por la fiesta de los del lado. Luego de horas, en medio de la nada, a lo lejos divisó una especie de hostería que rompía la linealidad del paisaje, así que decidió detenerse un momento a comer algo. Poco le llamó la atención que el local llevara por nombre «La nostalgia», sólo esbozó una especie de sonrisa al estacionar el coche. El lugar, sin ser pobre, era bastante austero, pero muy bien cuidado, una campanita tañó cuando entró. En el interior había cinco mesas dispuestas para recibir a cuatro personas en cada una de ellas, manteles con flores y una foto antigua de un hombre vestido de traje colgada en la pared del fondo; por la ventana los rayos del sol de la tarde iluminaban marcando fuertemente las sombras de la habitación. El lugar estaba vacío, detrás de una puerta con vidrios se escuchaban algunos ruidos de quehaceres y una radio tocaba alguna melodía parecida 58


a un tango. Se sentó en la mesa que estaba pegada a la ventana, y se ubicó frente a ella, el paisaje que observó, a pesar de que le pareció demasiado bucólico, lo mantuvo ajeno a todo. El verde, la soledad, los pájaros sobre los árboles saltando atolondrados de rama en rama. El ruido de la puerta interior lo sacó de ese estado, escuchó una voz femenina que lo saludó con tanta cordialidad que él incluso la consideró como cariñosa, lo que hizo que se volteara violentamente hacia ella. Se enfrentó a una mujer que le sonreía afablemente, no podía explicar con precisión qué le llamó la atención de ella, su estatura media, su cabello negro y largo que a pesar de su juventud dejaba ver algunas canas, su tez blanca, sus ojos de sueño(s), la calidez de su mirada, el tono de voz, su cuerpo, que a pesar de estar cubierto con una especie de pintora antigua como delantal dejaba ver su figura delgada, el optimismo que proyectaba o la alegría que manifestaba. Algo era, una de todas esas cosas. Quedó observándola por un rato, cuando volvió en sí y comprendió lo ridículo de la situación carraspeó y la saludó con un «buenas tardes» más bien distante. Ella siguió mirándolo y él se incomodó un poco, antes de cualquier cosa le preguntó cómo estaba. Si bien este par de palabras, por lo general, no son más que un recurso retórico o 59


una costumbre bien aprendida que no posee mayor sentido, porque al igual que su uso la respuesta está apegada a lo aprendido, esta vez las sintió como verdaderas, como si detrás de ellas existiera un interés real y se descolocó nuevamente. Iba a responder con el clásico «bien», pero se contuvo y pensó que si había llegado hasta acá con la idea de dejar de multiplicarse en el vacío este era el primer paso, así que contestó con un «muy extraño, con muchas cosas, tendría que sentarse conmigo para tratar de explicarle todo». La mujer, sin extrañarse, le contestó que no tenía problema, pero que sería bueno que comiera algo antes y, a la vez, que no le podía ofrecer mucha variedad ni sofisticación, pero que la tortilla de huevos con queso y especias era la especialidad de la casa, y que un café con leche le venía muy bien. Aceptó con gusto y esperó sin dejar de mirar por la ventana. Por un momento la desidia lo instó a renunciar a esta experiencia, pero se obligó a mantenerse firme y comenzó a buscar, casi por primera vez, en su interior a esa persona perdida entre tantos personajes, y hurgó como nunca, y transitó por la profundidades de una especie de caverna muy pocas veces visitada, y la humedad de la tierra lo llevó a encontrarse con un niño que sentía pavor por la muerte que se le abalanzó y lo abrazó mientras le mencionaba que el silencio lo abrumaba dejándolo a 60


veces, incluso inmóvil, por extensos períodos de tiempo y que por épocas indeterminadas no había sentido el calor humano. Él, por su parte, se limitó a abrazarlo y a señalarle, susurrándole, que en medio de esa oscuridad debía sentirse tranquilo, que tenía la oportunidad, que muchos deseaban, de conocerse y forjarse como un hombre consciente, que debía mantenerse firme. Ahora era él quien lo abrazaba firmemente mientras el niño trataba de soltarse diciéndole que ya era hora, que el tiempo había pasado, que un pestañeo de él podía transformarse en años en este mundo, que no se tentara, debía irse de inmediato mientras le señalaba, entre la penumbra, una especie de salida. Con esfuerzo dejó al niño y caminó a tientas por un laberinto que a lo lejos expelía un ruido tremendo, como si el viento se arremolinara más en cada paso que daba. Cuando llegó a ese espacio un vendaval no lo dejó avanzar, lo intentó una y otra vez, pero falló, y cuando pensó en rendirse una mano lo tomó del brazo y lo ayudó a caminar, era un joven que, entre todo el ruido de la ventisca, le decía que esta vez no necesitaba tomar ninguna postura, que se entregara totalmente y que asumiera que era un desvalido ansioso de ayuda. Ante aquello no chistó, se entregó al guía y no sólo por continuar con la experiencia sino porque deseaba, de una vez por todas, salir de aquel lugar que a estas alturas lo estaba asustando mucho. Se 61


apegó al joven lo que más pudo y juntos caminaron por un largo período de tiempo, ahora a cada paso la fuerza del viento era menor hasta que desapareció cuando llegaron a los pies de una gruta en la que sea veía, a lo lejos, una laguna. El joven le mencionó que sólo podía llegar hasta allí, le deseó suerte y lo conminó a que mantuviera su persistencia, le guiñó un ojo, volvió sobre sus pasos y desapareció en la penumbra. Se dirigió a la laguna, y con el andar se percató de dos cosas, primero que si bien las penumbras lo seguían permeando todo, había una luz tenue reflejada en toda la gruta, y que el cuerpo de agua estaba atestado de peces metálicos que chocaban entre sí emitiendo un ruido ácido que se expandía por todo el lugar. Se paró en la orilla, los peces saltaban rabiosamente, trató de encontrar alguna otra posibilidad para cruzar, pero las penumbras no lo dejaron ver, se desplazó lentamente, con mucho cuidado bordeando el agua y se cansó al no encontrar nada. Y en un lugar indeterminado, se detuvo para investigar con detención el espacio, hasta que descubrió que frente a él, más allá del agua, había una tenue luz rojiza que interpretó como una salida. Se puso en cuclillas para acercarse a la orilla e intentó darse el ánimo necesario para sumergirse en ella. Cuando en eso estaba, una voz atrás suyo le dijo que tenía poco tiempo y que tendría que decidirse. Se 62


levantó muy rápido, tanto así que se desestabilizó casi cayendo al agua, la mitad de su pie izquierdo de hecho quedó apenas sujeto al borde, en ese momento sintió una mano que emergía de la oscuridad y se le acercaba al pecho, pero en vez de sujetarlo, lo empujó. El temor lo colmó cuando cayó, tomó aire y se paró lo más rápido que pudo, el agua le llegaba a la cintura. Desde la penumbra se irguió una sombra que se conformó en un hombre que le expresó tranquilamente: «no le tema a las profundidades porque usted tiene mejores y mayores vacíos, y tampoco a los peces que ante su decisión (involuntaria en este caso) huirán despavoridos. Llegó el momento, debe llegar hasta aquello que usted cree que es luz, pero le voy a advertir algo, usted por primera vez en su vida está solo, nadie lo ayudará, ni escuchará sus gritos, llegó la hora». Cuando terminó la frase, la silueta volvió a la oscuridad. Sin tener certeza, supuso que el hombre había esbozado una sonrisa, giró en dirección de la otra orilla y comenzó a caminar, los peces le dejaban un sendero de vacío para que se desplazara mientras seguían chocando entre sí, haciendo que el ruido se tornase a ratos insoportable. Sin detenerse en ningún momento avanzó los metros necesarios para llegar a su destino. Cuando logró salir del agua el silencio fue abrumador, sólo después de unos segundos comenzó a distinguir un 63


leve ruido que provenía desde la luz, cuando logró identificar el sonido se desanimó por completo. En la estrecha caverna que suponía salida, la fuente del ruido se dejó ver, era fuego, una pared de fuego, todo se encontraba en llamas y comprendió que debía cruzarlo si es que quería salir de ahí. Miró a su alrededor y recordó las nefastas palabras del hombre. Tomó aire y el calor inundó sus fosas nasales hasta llegar a sus entrañas, y la indecisión nuevamente lo comenzó a sumir en una especie de desesperación, haciendo que pensara en tomar esas actitudes tan comunes de esperar que los problemas se derramen en todo para colapsar de una vez por todas. Se frenó, respiró hondo y se lanzó en contra de la pared de fuego, caminó rápidamente y si bien las llamas las sentía cerca no lograban quemarlo. A lo lejos divisó una luz blanca, subió por una pequeña escalera y la luminosidad lo rebasó por completo, cuando logró reaccionar estaba frente a la ventana nuevamente y en la mesa había una tortilla de huevos, unos panes y un café con leche. Sentada frente a él, la mujer lo miraba con detención. Lo único que atinó a decir fue «no me gustan los vacíos, siempre quise ser arquitecto y no quiero que todo suceda tan rápido». Le sorprendieron sus propias palabras y por muy simples que resultaran sabía perfectamente que estaban sumergidas en la profundidad de su ser desde siempre; sin embargo hoy 64


le resultaban como un idioma nuevo, como si sintiera realmente el peso de cada sílaba. Ella no emitió palabra, sólo se limitó a sonreír. Le pidió que le contara algo mientras comía, mientras partía un pedazo de pan y se lo llevaba a la boca. Ella le contó, entre muchas otras cosas (que no caben en esta historia), que era viuda, justamente de un arquitecto, y que llevaba años ahí, en ese pedazo de ruido en medio de la carretera, que se había alejado de todo con la clara idea de estar cerca de todo al mismo tiempo y que lo único que le quedaba de su marido era el par de aros que llevaba puestos, los cuales tenían un sol y una luna por un lado y las máscaras del teatro por el otro. Cuando terminó de hablar, después de un par de horas, tomó conciencia de que sus manos sujetaban las de ellas; la soltó y le agradeció todo, subió a su automóvil e hizo el camino de vuelta, que esta vez fue mucho más corto. La noche había caído, aceleró y frenó, una y otra vez sólo por gusto. Cuando subió a su departamento y pasó por fuera de sus vecinos, la fiesta estaba en su apogeo, escuchó risas, música y quizás una que otra discusión, y siguió de largo. Unos pasos más allá se detuvo, volvió a la puerta, se colocó cerca de ella para escuchar algo más y en un impulso injustificable golpeó. 65


No se puede hablar de sorpresa lo que sintió cuando se abrió completamente el pórtico y se percató que detrás de ella estaba la mujer de la hostería y más allá muchos hombres iguales a él (digamos 72) que lo saludaban. Ella le sonrió nuevamente diciéndole: «te estábamos esperando, llevamos 38 años haciéndolo». Él por primera vez sonrío profundamente, cruzó el umbral y cerró la puerta.

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Indice

Pasional .............................................................. 5 En esta tarde gris .............................................. 21 Tu pĂĄlido final .................................................... 27 MuĂąeca brava .................................................... 30 Mano a mano .................................................... 35 Los cosos de al lao ............................................. 53

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Muñozcoloma nace en Hualqui-Concepción, Chile. Es, además, artista visual con una serie de exposiciones tanto a nivel nacional como internacional. En 1999 es publicado en la Antología de Poesía Contemporánea Las caras del amor. (Versal Editorial Group, Massachusetts, Estados Unidos). Ese mismo año obtiene el Primer Premio en el Concurso Regional de Literatura Joven, organizado por la Corporación Cultural Balmaceda 1215 de Lota, con el relato «Amigas para Siempre (Gricel)». Entre los años 2003 y 2005 se desempeñó como columnista estable de la Revista Cultural Artística «LAOJA» de la ciudad de Rosario, Argentina. Entre los años 2008 y 2009 fue columnista invitado del Espacio Virtual de Arte y Cultura «AIMIDNEV», España-Cuba. Desde el año 2005 es columnista de la Revista Electrónica de Arte Contemporáneo y Nuevas Tendencias «ESCÁNER CULTURAL». Uno de sus artículos inspiró el guión del documental «Enrique Soro», de la serie «Maestros de Música – Otra mirada a la música chilena» (ARTV), que fue galardonado con el Premio Domingo Santa Cruz en el año 2008. 68


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Tangos para viajar. 12 historias inútiles (muestra digital) - MuñozColoma by Muñoz Coloma - Issuu