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Un entendimiento finito no puede comprender lo infinito. Baruch Spinoza


MSR EDICIÓN LIMITADA #9

El infinito


NOTA MSR EDICIÓN LIMITADA #9

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ilimitado inasible inmenso interminable indefinido incontable


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NOTAS 16. Una definición sobre el infinito loris maría bestani y alejandra rey

24. La música y el cine: caricias del infinito sebastián riestra

34. Mario Benedetti: «El mecánico de Dios»

90. La vida virtual: ¿utopía tecnológica o refugio ante un mundo real cada día más inhabitable? pamela gaido

102. BIM y la próxima frontera de la IA fabián calcagno

108. Desandar lo infinito

oscar balmaceda

silvia dócola y luis san filipo

48. Sobre el amor infinito

140. El infinito hacer

luciano lutereau

gabriel redolfi

58. Borges y el inifinito graciela melgarejo

DOSSIER

El infinito CONVERSACIONES 72. Fernando Trocca maría freytes

126. Silvana Dal Lago

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pamela gaido


cv colaboradores Oscar Balmaceda es periodista. Escritor. Ingeniero Agrónomo. Nació y vive en Mar del Plata. Trabajó 15 años en La Nación. Columnista en radios: LU9 Mar del Plata; Mitre, Mar del Plata. Conductor en Continental, Mar del Plata; Brisas, Mar del Plata; Rivadavia, Mar del Plata. Publicó en Editorial Planeta: El Caso Cabezas y La Tercera Invasión Inglesa. En editoriales varias: Guía Fantástica de Mar del Plata, Leyendas de Buenos Aires. Obtuvo el Premio Municipal de Literatura «Alfonsina» (Partido de General Pueyrredón). Condecoración «Cóndor de Oro» y Caballero de la Montaña, otorgado por el Ejército Argentino, por sus crónicas del primer ascenso de montañistas ciegos al Volcán Lanín. En 2014 fue nominado al Premio Estrella de Mar por su unipersonal «Asperger, en primera persona». Loris María Bestani es periodista. Colaboradora de notas sobre Recursos Humanos y Tendencias en el mercado laboral para el diario La Nación y de artículos sobre exposiciones de artistas plásticos para las revistas Tigris, Vinicius y Hotel & Management. Hizo una Maestría en Museum Studies en The George Washington University, en Washington, DC y es licenciada en Comunicación Social por la Universidad Austral. Fabián Calcagno es director de Miller&Co. Director de maestría BIM USFX. Director del Diplomado BIM, Universidad Americana Paraguay. Director académico posgrado BIM UniLeón, España. Director Bim Forum, Argentina. Silvia Dócola es Doctora en Arquitectura y Urbanismo FAU UNLP. Arquitecta FAPyD UNR. Investigadora CIUNR 1990-2022. Fue Profesora Titular en al Área de Historia de la Arquitectura FAPyD UNR hasta 12/2022. Fue Directora del Programa de Preservación y Rehabilitación del Patrimonio, Secretaría de Planeamiento, Municipalidad de Rosario 2004/2006. Autora y coautora de artículos, ponencias, y libros relacionados a la historia del territorio, la ciudad y la arquitectura. María Freytes es periodista y comunicadora. Conductora y productora de TV, bloguera e influencer. Además se recibió de analista de sistemas y tiene un posgrado en economía. Apasionada, proactiva, multitasking. Pamela Gaido es Comunicadora Social. Escritora aficionada, amante del cine, la literatura y la vida al aire libre. La mayor parte de su experiencia laboral está vinculada a la gestión cultural, desempeñándose en diferentes áreas de la Secretaría de Cultura y Educación de la Municipalidad de Rosario. Luciano Lutereau es psicoanalista. Doctor en Filosofía por la Universidad de Buenos Aires, donde trabaja como docente e investigador. Graciela Melgarejo es profesora en Letras y periodista, especialista en literatura infantil y juvenil. De 1979 a 2015, trabajó en el diario La Nación de Buenos Aires, como editorialista y autora de la columna Línea Directa (sobre temas de lingüística y corrección gramatical); actualmente es colaboradora. Alejandra Rey periodista y redactora. Trabajó en numerosas radios y medios gráficos del país. Entre ellos podemos citar a los diarios Ámbito Financiero, Página 12, La Nación, Clarín. También en las revistas La Nación, ADN Cultura. Colabora en las ediciones de la revista Contraseñas (de American Express), El Patio (Magazine de El Patio Bullrich), Ida & Vuelta (de la Cámara Argentina de Turismo), entre otros. Recibió el premio Adepa en el rubro investigación periodística.

Sebastián Riestra es escritor, poeta y periodista. Se desempeña como prosecretario de Redacción en el diario La Capital, donde también es editor de cultura. Tiene siete libros publicados: El ácido en las manos (1991), El porvenir de los muertos (2002), Clitoriana (2003), Romero (2004), Lunita rosarina (2010), Rémora (2015) y La muerte duplicada (2019). Ha participado en numerosas lecturas, coordinado ciclos y dictado talleres en su ciudad, Buenos Aires, La Plata, Tucumán y la provincia de Santa Fe. Intervino, entre otros eventos, en el Festival Internacional de Poesía de Rosario y el Festival Internacional de Poesía de la Feria del Libro de Buenos Aires. Integró el staff de las revistas literarias Facundo (Rosario) y El Jabalí (Buenos Aires). Actualmente es uno de los directores de la revista cultural Barullo. Ha realizado y conducido programas de radio que tuvieron como eje a la música clásica y el tango. Luis San Filippo es Arquitecto FAPyD UNR, Profesor Titular en el Área de Historia de la Arquitectura, JTP en Semiótica y Cultura Visual, y en Teoría y Critica del Diseño en las carreras de Diseño Industrial y Diseño Gráfico de la FAPyD UNR. Investigador. Realizador audiovisual con capA (Contenidos Audiovisuales para Arquitectura). Músico y Productor en Ombligo. Las tipografías utilizadas en MSR/Edición Limitada #9: SciFly Sans by Flyerzone y Chivo by Pocho Gatti

staff Dirección General Arq. Gabriel Redolfi Dirección Editorial Salero Diseño Dirección de Arte Salero Diseño Coordinación General Lic. Yanina Salman Producción General Marcela Salas Cornejo Fotografías Marcelo Yuvone, Florencia Bouzada, Mauro Rizzi Maquetación Liliana Agnellini / Verónica Franco Impresión Imprenta Borsellino MSR Edición Limitada es una publicación de distribución gratuita propiedad de MSR Constructora SA RNP en trámite. Todo el material publicado es de producción propia de MSR Edición Limitada. Se permite la reproducción total o parcial del material con obligación de citar a la fuente. Octubre, 2023. www.msrinversionesydesarrollos.com


#9 Bienvenidos a nuestro nuevo ejemplar de MSR Edición Limitada, el número 9. Para estos momentos, nuestro libro anual ya es un clásico, y estamos muy contentos de brindárselos. Nos toca editarlo en una época compleja. Bueno, ustedes dirán, y con razón, ¿qué época no es compleja en nuestro país? Lo editamos en temporadas de crisis, en momentos de la pandemia, en ocasión de inestabilidad económica… Hoy estoy escribiendo este editorial en vísperas de las elecciones presidenciales. Ustedes lo tendrán en sus manos el 16 de noviembre, tal vez con nuevo presidente electo, tal vez entre las elecciones de primera vuelta y las de segunda vuelta, el próximo 19 de noviembre. Es todo un desafío escribir un editorial para nuestro libro en estas circunstancias. La realidad social, económica y política tan compleja, con una inflación descontrolada, con gran parte de nuestra población dentro de los indicadores de pobreza, los trabajadores mal pagados, las empresas haciendo malabarismos, la producción semiparalizada, la moneda terriblemente devaluada, nos indica que es definitivamente la hora de que nuestros gobernantes hagan, de una buena vez, las cosas bien. Casi bien, aunque sea. En otro editorial yo expresaba un concepto que parece de Perogrullo, pero que cada día está más vigente: ¿Cómo se hace algo bien? Y la respuesta es siempre la misma: bien. Y perseguir el objetivo de hacer las cosas bien, no obstante, no tiene garantía, pero sin duda establece la base de una mejora. Si queremos hacer las cosas 100 % bien, seguramente podemos tener error, tal vez logremos hacerlas un 95 %, un 90 % bien. Eso sería suficiente, eso sería un gran logro para nuestros gobernantes. Siempre habrá problemas, siempre tendremos asimetrías, siempre existirán los desequilibrios y las injusticias, pero si nuestro objetivo, en serio, con voluntad, sin mezquindad, con absoluta y total entrega, sostenido en el tiempo y a través de muchos gobiernos, es hacerlo bien, vamos a llegar muy cerca del cumplimiento. Me permito citar un párrafo del editorial de MSR Edición Limitada #6, publicado en pandemia: «Si no podíamos editarlo en papel, lo haríamos en forma digital. Si no podíamos sacar fotografías, haríamos dibujos o usaríamos bases de imágenes. Si no podíamos hacer a nuestros entrevistados las hermosas notas que luego hicimos, escribiríamos nosotros, todos, el equipo, nuestra gente. Y si no hubiéramos podido escribir ni dibujar ni imprimir nada de lo que al fin logramos, hubiéramos dicho a viva voz nuestro número 6: acá estamos, no nos rendimos, no bajamos los brazos, luchamos». Tenemos hoy una crisis de otro tipo, pero que a veces parece tan grave como la pandemia, y mucho más sostenida, estructural, enquistada. Gritemos a viva voz que no queremos seguir así, que no queremos rendirnos, que exigiremos, a quienes gobernarán nuestra nación los próximos cuatro años y todos los siguientes, que las cosas se hagan bien, «con el objeto de constituir la unión nacional, afianzar la justicia, consolidar la paz interior, proveer a la defensa común, promover el bienestar general, y asegurar los beneficios de la libertad, para nosotros, para nuestra posteridad, y para todos los hombres del mundo que quieran habitar en el suelo argentino». Nuevamente, infinitas gracias a todos. GR


falta foto


UNA DEFINICIÓN SOBRE EL INFINITO 17

por Loris María Bestani y Alejandra Rey

¿Hablar sobre el infinito es hacerlo sobre algo que no tiene término, pero sí principio? ¿Al mencionar el infinito estamos hablando de dios o de matemáticas?

Puede que sí, tal vez, o tal vez no. ¿Por qué es tan inquietante? Porque lo desconocido lo es y si hay algo inasible por antonomasia, es el infinito.

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¿Las religiones aprovechan esa entelequia para explicar lo inexplicable?


Religiones, sectas, creencias, ciencia aplicada y por aplicar, todos nosotros, pensamos en el devenir en forma constante y hasta las danzas –como la de los islámicos sufíes– o la cábala y profetas de latitudes inciertas mencionan el infinito como un misterio, un deseo o la gran aspiración. Resulta que, por tratarse de una entelequia, es probable que haya muchas definiciones –o ninguna– de algo tan intangible, inmanente, pero nombrado hasta la desazón desde el principio de los tiempos. Empecemos por la definición, que parece lo más fácil, pero créanme, no lo es.

Su significado según la Real Academia Española de las Letras: Del lat. infinītus. 1. adj. Que no tiene ni puede tener fin ni término. 2. adj. Muy numeroso o enorme. 3. m. Lugar impreciso en su lejanía y vaguedad. La calle se perdía en el infinito. 4. m. En una cámara fotográfica, última graduación de un objetivo para enfocar lo que está distante. 5. m. Mat. Valor mayor que cualquier cantidad asignable. 6. m. Mat. Signo (∞) con que se expresa el infinito. 7. adv. Infinita o excesivamente

¿Quedó claro? No, obviamente.


UNA DEFINICIÓN SOBRE EL INFINITO 19

Porque todas las civilizaciones se ocuparon del infinito y lo llevaron a las ciencias que más se utilizaban en la antigüedad, como la matemática, la geometría, la astrología y la astronomía. Contemporáneamente, pasaría a ocupar parte de la religión y la literatura, pasando por la pintura y la música, es decir, el concepto está presente en todas las áreas de la conducta humana, sin saber cómo es en realidad o si simplemente se trata de una construcción ideológico/mental para no ser tan tremendamente infelices al final del día. Entonces los poetas y juglares hicieron lo suyo con la palabra, pero ese es otro capítulo, justamente infinito, de la misma ecuación. Hay registros de que fue Anaximandro (griego, nacido en Mileto donde los hacedores de la Acrópolis hacían base, hoy territorio turco, discípulo de Tales) el primero que le puso nombre a lo desconocido que tanto lo atormentaba y llamó ápeiron a la sustancia de la que están hecha las cosas y que no tienen fin.

Así, se lee en algunas páginas de filosofía occidental que para Anaximandro el ápeiron es lo indeterminado e infinito que constituye la esencia del arché o arjé, primer elemento de las cosas o del universo. El ápeiron, de este modo, es el inicio de la totalidad de las cosas existentes y no es posible circunscribirlo al espacio y el tiempo. Como Dios, para ir poniéndonos en materia.

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Decía que se trataba de algo neutral, imperecedero, ilimitado; Anaximandro ocupó muchas horas de su ocio recreativo en tratar de mensurar algo que no lo tenía.


El ápeiron carece de límites y forma y resulta indestructible. El pensador griego afirmaba que es inengendrado y que, a su vez, de él se engendran las cosas. De acuerdo a cada ciclo, todo surge y regresa al ápeiron. La explicación clásica prendió fuerte entre los amigos del hombre de Mileto, que no dejaron de notar, claramente, que el joven apelaba a algo inexistente para explicar justamente la inexistencia y hacerlo a través de la negación o contradicción: el principio no tiene final. Pero ¿el final tiene principio?. En tanto, la matemática vino en apoyo del pensador y todo se empezó a manifestar en números, otro infinito inconmensurable. Y se aprovechó un ocho acostado, yaciente, para darle forma, que es como lo conocemos y vemos representado. Pero volviendo a las matemáticas, justamente esa disciplina que trató de explicar el concepto de infinito, no se refiere a una cantidad o número, sino a la ausencia de límites en una determinada dirección o a una posibilidad. En todo caso, designa un valor mayor a cualquier otro que se pueda atribuir. Vino Dios, como dijimos, vinieron otras civilizaciones tratando de interpretar esa entelequia, surgieron ramas de la filosofía e ideas locas, pero hasta la fecha seguimos a la intemperie.

Porque ¿existe lo infinito o es una construcción de la psiquis? ¿No hay final, pero sí principio? ¿Lo finito –nosotros– podemos conocer lo infinito? Todas son preguntas abiertas y, como tal, desde lo científico a lo esotérico, todo da vueltas en su derredor, como del amor, otro infinito posible o imposible, que, dicen, dura una eternidad o la nada. Cierto es que podríamos quedarnos en la cómoda premisa de que no se puede definir porque, justamente ésa palabra es un verbo transitivo que significa poner límites. Dario Sztajnszrajber, licenciado en filosofía, apela a Kierkegaard, quien dijo:

«Como infinito es el origen, infinito tal vez sea el final.»


Lo infinito no es lo opuesto de lo finito. Es mucho más: el infinito es la conciencia de que, como siempre hay un límite, entonces puede haber algo más. No es una certeza, es una pregunta. En el mundo religioso existe la llamada teología negativa: asumir que sobre Dios (tal vez otro de los nombres para el infinito) no se puede decir nada por la afirmativa, sino solo negando los rasgos de la finitud. Por eso Dios es, por ejemplo, intemporal, inmutable o infinito.

UNA DEFINICIÓN SOBRE EL INFINITO

«Solo sabemos lo finito. ¿Qué es lo finito? Aquello que posee algún tipo de final. Por ejemplo: la vida. O, por ejemplo, el planeta Tierra. El infinito es siempre una suposición. Suponemos lo ilimitado, ya que claramente nos resultaría absolutamente imposible acceder a su conocimiento. Esa es una de las preguntas más tradicionales de la filosofía: ¿puede lo finito conocer lo infinito?. Evidentemente no. Podemos a lo sumo imaginarnos el infinito siempre desde una perspectiva negativa, esto es, como negación de lo finito: lo infinito es lo que no tiene fin o lo que no termina. El agravante es suponer entonces una realidad dividida en dos partes iguales: el mundo finito y el mundo infinito como opuestos por un vértice, que no estaría representando la desproporción manifiesta entre ambos.

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Y abunda: «Todo lo que sucede, todo lo que sabemos, todo lo que hay, empieza y termina. Tiene un límite, tiene un umbral, tiene un fin, pero si así fuera, ¿sería realmente todo? Es difícil pensar el concepto de totalidad con alguna limitación, ya que, por definición, si el todo tuviera un límite, no sería el todo (ya que habría algo que no abarcaría). Por eso, el problema del infinito surge para el ser humano en esa tensión entre nuestra conciencia de finitud y nuestra idea de totalidad. O sea, la manera en que pergeñamos el concepto de totalidad se choca contra nuestra constatación de que nada es absoluto.

«El infinito, entonces, es siempre una suposición. Todo lo que podemos decir sobre él lo decimos desde aquí, desde lo finito, con lo cual siempre va a haber una falla de origen. Es como que cualquier definición del infinito va a ser finita, con lo cual lo estaría encorsetando, reduciendo a algo diferente de lo que es. Salvo que aceptemos que toda definición es siempre una metáfora y sostengamos entonces cierta escisión entre las palabras y las cosas. De última, el concepto de infinito estaría refiriendo a algo que, aunque lo entendamos, nunca satisfaría adecuadamente la totalidad de su sentido. Todos entendemos de qué hablamos cuando hablamos del infinito, pero, lamentablemente, aunque lo entendamos, no se trataría del infinito. Nada grave, pero ¿y si todo lenguaje repitiera este esquema?»

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«(…) En realidad, una más cercana comprensión del infinito lo sacaría del plano racional y lo llevaría a la asunción de una imposibilidad: todos, por ejemplo, podemos entender que los números no terminan nunca o que el universo pensado tridimensionalmente es un espacio que nunca tiene un final. Por eso, se trata más de aceptar esa imposibilidad, aunque angustie. El infinito es una marca de nuestra propia finitud y nos enfrenta con nuestro miedo al fin, o sea, a la muerte.


¿Se entiende mejor ahora o seguimos en veremos? Quizá, otra de las maneras que tenemos de acercarnos a la comprensión total –no las parcialidades que nos ha dado la filosofía o la espiritualidad, por poner solo dos casos– es aprendiendo cómo es que se llegó al símbolo ∞, que curiosamente no tiene una tecla en la computadora para expresarlo, a pesar de que es así como se representa matemáticamente. Y en esa disciplina se dice, además que el infinito no es medible, que no se trata de un número real, sino de una idea que nunca termina, a pesar de que a veces puede utilizarse como un número, por ejemplo, en la operación ∞ + 1 =∞–. En cuanto al origen del símbolo, (lemniscata, del latín lēmniscātus y lazo del griego, λημνίσκος) está relacionado –además de con las matemáticas– también con otras áreas como la astronomía, la espiritualidad o la filosofía y son inciertos, porque otra vez, como en todo desde el comienzo, la alquimia –esa ciencia ancestral– entra en acción. Es decir, hay muchos pensadores que creen que proviene de la curva similar a un lazo cerrado y que representa un enlace entre lo divino y lo humano. Entonces y para ordenar el caos –el elemento donde el infinito se mueve mejor– fue el filólogo y matemático inglés John Wallis quien en 1655 escribió la obra De Sectionibus Conicus en la cual redujo el concepto de infinito al símbolo citado más arriba. Así fue cómo se inició la utilización de ∞ a partir del siglo XVII. Wallis lo hizo para representar el concepto de una cantidad que es infinitamente grande o una cantidad que no tiene cota ni límite, pero como el señor de marras no explica por qué escogió este símbolo solo hay conjeturas para dar respuesta a esa elección. Entre las distintas hipótesis que se barajan, las dos más aceptadas son las siguientes: es el símbolo del número mil en romano, CIƆ. La otra mitad de la biblioteca prefirió tomar el signo griego que ya se mencionó –también egipcio– de la Serpiente, que se representaba como una víbora que se muerde su propia cola. Esta imagen tiene la forma de un círculo sin fin. Pero como todo lo que rodea a este misterio prácticamente insondable, nada está debidamente chequeado y lo de Wallis como introductor del símbolo, tampoco: el matemático no dejó constancia de cuál fue el motivo por el que lo eligió, así que actualmente solo disponemos de conjeturas sobre por qué esta imagen tan característica se utiliza para hablar de aquello que no tiene fin.


Más cerca de nuestro tiempo, y siempre intentado descifrar lo que Anaximandro pensó en su Mileto natal, el matemático alemán David Hilbert (1862/1943) cimentó su fama al desarrollar ideas, como la teoría de invariantes, la axiomatización de la geometría y la noción de espacio de Hilbert, uno de los fundamentos del análisis funcional. «Hilbert –nos dice el infinito Google– y sus estudiantes proporcionaron partes significativas de la infraestructura matemática necesaria para la mecánica cuántica y la relatividad general. Fue uno de los fundadores de la teoría de la demostración, la lógica matemática y la distinción entre matemática y metamatemática. Adoptó y defendió vivamente la teoría de conjuntos y los números transfinitos de Georg Cantor. Y planteó el teorema del infinito».

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En cuanto al origen del símbolo, ∞ (lemniscata, del latín lēmniscātus y lazo del griego, λημνίσκος), hay muchos pensadores que creen que proviene de la curva similar a un lazo cerrado y que representa un enlace entre lo divino y lo humano.

Es decir, desde los islámicos sufíes que danzan para conectarse con el ser infinito dando vueltas con largas polleras y ojos abiertos, hasta los mesiánicos profetas que se llevaron las vidas de varios para explicar finitudes en contraposición con el infinito, las artes, las ciencias o las pseudociencias se dan cita para transportarnos a un plano donde el tiempo y el espacio supuestamente no existen, pero sí la felicidad como ausencia del dolor. Todo cabe y sobra en esa palabra o estado de ánimo que nadie conoce, pero del que todos opinan.

El infinito es debate, fuerza, contradicción, duda, energía viva, esa que nos lleva a pensar y debatir ideas atávicas y que terminan siendo el puntapié –hermosa metáfora para lo intangible– creativo para recibir otro año oculto todavía, como la cara de la luna. Cada uno de ustedes podrá llenar casilleros cuando lean e interpreten por qué para nosotros el infinito no es un problema –tampoco la solución–, sino el punto de partida para un aprendizaje al que los invitamos. Se los agradecemos. Infinitamente. r

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Como nosotros este año.


NOTA 25

LA MÚSICA Y EL CINE: CARICIAS DEL INFINITO Sebastián Riestra

El niño iba hacia la música. Ignoraba la razón, pero iba. Siempre iba. Tarde tras tarde, solo, entraba en la habitación donde un combinado Philips funcionaba como un imán que no dejaba de atraerlo. Y en un esbelto mueble que ya no está junto a él (tampoco el combinado) descansaban los discos: los «vinilos», como se los llama ahora. Los tomaba entre las manos, los trataba con suavidad, con mimo, de la misma manera que hoy, al borde de la sesentena. Ya los amaba. Y sacaba del sobre, por ejemplo, El clave bien templado de Bach en la versión pionera de Wanda Landowska, la gran clavecinista y pianista polaca. Y lo ponía. Y empezaba a girar. Y la característica etiqueta roja de la RCA Victor con el perro y el gramófono iniciaba su andanza circular, y la música revelaba los misterios del mundo. Él se quedaba parado junto al Philips, mirando mientras escuchaba, o escuchando mientras miraba. Y al rato se sentaba sobre las tablas de pinotea del suelo, siempre enceradas.

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1. La música: cuando calla lo innecesario


…la característica etiqueta roja de la RCA Victor con el perro y el gramófono iniciaba su andanza circular, y la música revelaba los misterios del mundo.

Más allá, a través de la ventana abierta, se podía ver el tránsito incesante del bulevar Avellaneda entre la cortada Corvalán y Gorriti. En ese lugar estaba la casa donde nació, de la que hoy apenas sobrevive en pie la puerta de calle. Pero en verdad, lo único que queda de aquel pasado es la música, la misma que aún entibia y sostiene su vida. ¿Bach? Claro que sí: Bach. El niño aún no sabía quién era Bach, pero intuía qué era. Era la puerta que se abría al cielo. Era el otro dentro del yo. Aunque el niño no solo escuchaba a Bach. En casa de una familia amiga de sus padres, donde usurpaba el Winco y la discoteca mientras la charla se abrazaba con el vino hasta la madrugada, una noche descubrió a los Carpenters. Y desde entonces, la voz de Karen Carpenter lo acompaña. Compró todos los discos del dúo. Se sentaba en uno de los sillones blanquinegros del living y leía las letras que la voz excepcional y la también excepcional modulación de Karen convertían en materia ajena al olvido. A Song For You, de Leon Russell, sigue siendo una canción que lo deja paralizado. Y también I Won´t Last A Day Without You y Rainy Days And Mondays, de Paul Williams – Roger S. Nichols, For All We Know, de Fred Karlin – James Griffin – Robert Royer, Hurting Each Other, de Gary Geld – Peter Udell, Goodbye To Love, del propio Richard Carpenter con John Bettis, y la lista se hace infinita. Cuando Karen murió, tan joven, un día atroz del verano de 1983, el niño que ya no era niño lloró bajo la lluvia, sentado en un banco de avenida Belgrano, mientras sobre su cabeza caían, mansas, las flores de un palo borracho. El padre del niño sólo escuchaba tango. Y no hubo salida, entonces, para nuestro precoz melómano: aprendió dos por cuatro a la fuerza, y tanto aprendió que en estos días Gardel y Goyeneche, Troilo y Salgán, Cátulo y Manzi (entre tantos otros) forman parte de sus amigos inseparables, de esos que vienen a buscarlo en las noches de invierno para compartir una botella y charlar hasta que el sol se asome. El niño caminaba y caminaba por el patio mientras cantaba, por ejemplo, Madreselva, Romance de barrio, Naranjo en flor o Yuyo verde (oh Floreal Ruiz). Y aún sigue cantando tangos cuando –ya niño de sesenta años– recorre las veredas de la zona sur rosarina.


Mozart

Gershwin

Mitchel

Carpenters

LA MÚSICA Y EL CINE: CARICIAS DEL INFINITO

Bach

Regina

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Gardel

Troilo/Piazzolla

Evans Veloso

Betania Harrison García Rodriguez


En la penumbra protectora de los cines de verdad se pone en acto un rito tan antiguo como profundo: la suspensión de lo real.

Si algo comprende el antiguo niño es que la música fue su hermana más honda. Que lo alimenta, lo reconforta, lo emociona, lo estimula, lo acaricia, lo abraza, lo mantiene en pie. Ahora los discos ocupan casi cada rincón de su nueva casa y él sigue yendo hacia ellos para buscar la alegría. Cuando suena la música, lo innecesario calla: el fragor absurdo de la cotidianidad se apaga y se ilumina el corazón del universo. La música une todos los tiempos y lugares: Mozart conversa con George Harrison y Tom Petty, Bill Evans con Chopin y Debussy, y a veces los interrumpe Charly García, mientras Springsteen rezonga. Caetano y Elis se dan la mano con Joni Mitchell y el Darno, Bethania con Birkin, Astor con Gershwin, Silvio Rodríguez con el Fiore y Rivero. La música borra la muerte. Y nos escribe.

2. El cine: iluminado en la oscuridad ¿Cuándo ocurrió el milagro por primera vez? El que hace mucho tiempo fue niño lo ignora, aunque sabe bien que uno de los escasos ámbitos donde el milagro es todavía posible son las salas cinematográficas. O mejor dicho, los cines: porque no es lo mismo estar en el Arteón o El Cairo, poblados de memorias luminosas, que en los espacios intercambiables que ofrecen los shoppings, habitados por ruidosos pochocleros y horrendos portadores de celular encendido. En la penumbra protectora de los cines de verdad se pone en acto un rito tan antiguo como profundo: la suspensión de lo real. En esa suerte de útero, ajeno al fragor de la ciudad que está afuera, la pantalla maternal nos salva por un rato del mundo y sus horrores. El niño lo supo desde muy niño, cuando su madre lo llevaba al inolvidable Heraldo, en la calle San Martín. Allí, los breves cuarenta y cinco minutos que duraba la función eran suficientes para que la alegría ganara la partida. El paseo, además, terminaba en el querido bar Junior (que por suerte aún existe), donde una naranja Crush acompañaba bellamente los deliciosos sándwiches de nombres imaginativos que todavía evocamos: Samy, Choclín, Padrino, Reina.


LA MÚSICA Y EL CINE 29

Más tarde, el niño ya transformado en adolescente iba a descubrir el encanto de las tres de acción consecutivas en los cines «prohibidos». El Sol de Mayo, en la avenida Pellegrini, era un clásico, igual que el legendario San Martín. Pero también disfrutaba de aquellas maratónicas sesiones en uno de los cines más antiguos del país, el París de Necochea, playa ventosa donde solía pasar sus vacaciones de verano. En aquellos paraísos distantes descubrió el encanto de los western spaghetti, tal como se llama a las películas de vaqueros que se filmaban en España con elenco y directores italianos, más la ocasional aparición de alguna estrella de Hollywood. Nada mejor que el dúo Terence Hill – Bud Spencer para reír a carcajadas. Otro imán eran las de James Bond con el impertérrito Sean Connery, sustituido luego por el elegante Roger Moore (el mismo de El santo y Dos tipos audaces, con Tony Curtis como ladero). Imposible, claro, olvidar las bélicas: Tora!, Tora!, Tora! o Los cañones de Navarone. Aunque entre tantos japoneses, alemanes, indios, cowboys y bellezas esculturales (como la de Ursula Andress emergiendo del mar en bikini blanca) el filme que más lo marcó es Melody, con esas canciones de los Bee Gees que ahora lo hacen lagrimear un poco.

Muchas veces, iba solo. Las copias solían estar cortadas y en no pocas ocasiones un travieso murciélago emprendía un rasante vuelo en picada sobre las antiguas butacas de la sala Pau Casals, pero no había ninguna posibilidad de que la fiesta se aguara. Ni Polanski ni Kurosawa ni Wertmüller ni Weir, y mucho menos Wim Wenders, permitían distracciones. Y a la salida, con muy poca plata en los bolsillos y un atado de diez cigarrillos como tesoro, partía hacia los bares. Ya no están más, con la excepción de El Cairo (tan distinto,

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Sin embargo, el gran descubrimiento iba a llegar después, cuando la salida de la secundaria lo impulsó a la búsqueda de nuevos rumbos. El Arteón, entonces, se volvió un refugio ineludible. Fue allí donde se topó con las obras maestras del cine europeo, allí donde Bergman, Fellini, Truffaut o Visconti, Scola, Roeg, Godard o Herzog, Wajda, Tarkovsky, Chabrol o De Sica hicieron su aparición fulgurante y cambiaron su vida para siempre.


claro, del viejo Cairo, el de Moreyra, Quique y Hugo Diz) y el Laurak, al que en esa época no entraba porque le parecía caro. Iba al Odeón, ya decadente, al querido Savoy, a Saudades, en casos de emergencia a La Buena Medida. Y tomaba ginebra. Y hablaba de cine y literatura y política hasta cansarse. Aquel aprendizaje resultó definitivo. Comprador compulsivo de libros desde siempre, el cine se convirtió en otra excusa (una más, y van…) para poblar su ya superpoblada biblioteca. El niño que había sido alguna vez lo impulsó a seguir siendo niño, a comprender que nunca hay que dejar de jugar ni de amar ni de soñar ni de creer y tampoco de entrar a las librerías, que son las nuevas jugueterías del ex niño, ex adolescente y ex joven pero nunca ex revolucionario y mucho menos ex poeta o ex enamorado. Los libros de cine son un costado maravilloso del cine, y van ejemplos: el de Truffaut sobre Hitchcock, todo Alsina Thevenet, las memorias de Huston, Bergman y Gassman. El ya no tan niño se olvida de un montón de títulos inolvidables, pero dado su edad, resulta lógico. Perdónenlo. ¿Y ahora? Oh melancolía diría Silvio Rodríguez. Lo que ha quedado de todo aquello yace en cientos de DVD’s que aquel niño anacrónico custodia con celo, aunque solo se reencuentre con lo que contienen muy de vez en cuando. El recuperado Arteón y El Cairo (eterno como el vino y el aire) son los últimos puertos del cinéfilo en la ciudad. Muchas salas excepcionales se han convertido, horror de horrores, en templos religiosos (la religión del niño, claro, era el cine). El viejo América, a metros de otro templo, la pizzería Santa María, en el corazón de la zona sur, y el inmenso Gran Rex han corrido ese triste destino. Otros, tan amados como el Imperial, son simples ruinas en medio del centro. Por fortuna, los dos sobrevivientes ya mencionados convocan a jóvenes y no tanto. La cartelera de ambos emociona: a esos programas, qué alegría, no los contamina la basura comercial dominante. Oh estupidez, diría el adolescente de otra época, todavía podemos derrotarte. Pero la estupidez, por supuesto, manda más que nunca y el glorioso cine retrocede. Tal como les sucede a los libros en papel (es decir, los libros), pareciera ser que su futuro es volverse un lujo para pocos, para –digamos– una islita de «cultos» en el medio de un océano de colonizados. Oh, no. No debemos permitirlo, diría el niño ya convertido en joven e indignado lector de Marx y Rimbaud, golpeando con su puño derecho sobre la mesa enclenque de algún tugurio. Y lo diría con razón, claro. Esa es la tarea, entonces: no rendirse. Confiar, seguir, dar la pelea. Sin demasiada esperanza, acaso, pero con la fuerza insuperable de aquellos que no tienen nada que perder. Porque el arte no está hecho para minorías «cultas», sino para todos. The end. r

Esa es la tarea, entonces: no rendirse. Confiar, seguir, dar la pelea.


Wenders

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Hitchkook

Truffaut

Polanski

Herzog

Fellini Bergman


crédito: Jaël Vallée


NOTA

MARIO BENEDETTI: «EL MECÁNICO DE DIOS»

La vida y obra del ingeniero Mario Benedetti podrían incluirse, sin forzar trama alguna, en una hipotética secuela de «Ángeles y Demonios», la exitosa novela de Dan Brown que incluye en su argumento tétricas peripecias que involucran al Gran Colisionador de Hadrones (HLC) del Centro Europeo de Física Nuclear (CERN): «La Máquina de Dios». Y tal vez no dudaría en titular a dicha supuesta obra como «El Mecánico de Dios». Es que en un mundo de físicos teóricos como el que rodea al célebre acelerador de partículas, Mario –con sus herramientas e instrumentos– resuelve desde hace casi medio siglo «los problemas» –como él mismo los define– , que la monumental máquina plantea en su largo derrotero en pos de reproducir cómo fueron los instantes posteriores a la creación del Universo.

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por Oscar E. Balmaceda


Es que L´argentine, la fuente de alimentación que diseñó y construyó Benedetti a fines de los ´70, se instaló en el acelerador y cumple desde entonces una misión esencial en el descomunal proyecto del CERN. Al igual que las sucesivas actualizaciones y correcciones que, sin pausa, hasta hoy lleva adelante este singular vecino de Mar del Plata. Benedetti nació en Italia en 1945 y dos años más tarde desembarcó en Mar del Plata con sus padres, quienes desarrollaron una exitosa trayectoria en el mundo gastronómico de La Feliz, tarea a la que tampoco fue ajeno Mario muchos años después. Pasó su infancia entre hoteles y restaurantes familiares, hasta que ingresó a la Universidad de La Plata, donde en 1968 se recibió de ingeniero en telecomunicaciones. Bajo la supervisión de su mentor, Carlos Christiansen, creó y puso en marcha el laboratorio de electrónica de la Facultad, con mucho esfuerzo, ingenio e imaginación, porque «no había un mango», como recuerda entre melancólico y divertido. Ese fue el escenario que vio nacer su primera fuente de alimentación, instrumento imprescindible para suministrar energía a los proyectos que se desarrollaban allí. A esa fuente le sucedieron otras cuatro, de escala muy pequeña que se repartieron en el flamante laboratorio y en las aulas donde se dictaban las clases prácticas. Eran los tiempos en los que también se sucedieron el amor, los hijos y la reconexión con la familia que quedó en Mar del Plata. En los que no faltaron, además, desdichas pues a su divorcio le sobrevino la agonía de su padre, quien antes de morir le rogó que volviera a Italia, al pueblo que habían dejado casi treinta años antes. Y cumplió la promesa hecha entonces: dejó su cargo en la Facultad platense y regresó a Italia. Durante ese periplo cruzó por primera vez por su cabeza la idea de visitar el CERN, donde ya estaba en marcha la construcción de las «Máquina de Dios». Un relámpago que jamás volvió a apagarse. Especialmente cuando al regresar a la Argentina, conoció a Cristina, su compañera hasta hoy. Fue ella la que en una mateada en el laboratorio de la Facultad de Ingeniería de la Universidad Nacional de Mar del Plata, adonde se había incorporado tras su travesía europea, tras escucharlo charlar con un puñado de colegas sobre cuál debía ser el lugar en el que realizaría su especialización, se animó a interrumpirlos: «Tenés que conocer el CERN, Mario». Y dejó a todos sin palabras. Por unos instantes, apenas, pues enseguida el coro fue unánime. «Es imposible que accedas; no sos físico, no estás trabajando en la Unión Europea, que es la que financia este proyecto y aunque te recomendara Einstein, no alcanzaría». El diagnóstico atizó aquella ocurrencia del primer viaje y pasó muy poco tiempo para que Benedetti se asomara a las puertas del Centro, muy cerca de Ginebra. «Quedé fascinado cuando entré y lo recorrí. A cada paso me decía que allí iba a trabajar, especialmente cuando mis anfitriones me explicaban que


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MARIO –CON SUS HERRAMIENTAS E INSTRUMENTOS– RESUELVE DESDE HACE CASI MEDIO SIGLO «LOS PROBLEMAS» –COMO ÉL MISMO LOS DEFINE–, QUE LA MONUMENTAL MÁQUINA PLANTEA EN SU LARGO DERROTERO EN POS DE REPRODUCIR COMO FUERON LOS INSTANTES POSTERIORES A LA CREACIÓN DEL UNIVERSO.


LAS PLACAS QUE DISEÑA Y FABRICA BENEDETTI JUNTO A SUS BECARIOS MARPLATENSES, SIRVEN PARA DIRIGIR LAS PARTÍCULAS SUBATÓMICAS (HADRONES) DENTRO DEL ACELERADOR. era el lugar en el que todo lo que parecía imposible, se volvía relativo», recordó Benedetti. «Parecía que se referían a mis sueños, dentro de un escenario de ciencia ficción», añadió. Enseguida, Benedetti hizo el primer intento por sumarse al CERN y no fue aceptado. Lo intentó otra vez, con el mismo resultado. Sin embargo, una oferta de trabajo ajena al Centro sería la llave que finalmente iba a franquearle aquel acceso inexpugnable hasta entonces. Un ingeniero italiano que vivía en Ginebra le presentó a un técnico local que planeaba abrir un laboratorio en electrónica y que buscaba un socio para concretar dicho emprendimiento. Es más, la idea era producir instrumentos para el CERN. «Y arrancamos nomás. Un día, cuando estaba entregando unas fuentes en el Centro, apareció un francés que trabajaba allí y se interesó por lo que había llevado. Empezamos a charlar y, de pronto, me preguntó por mi experiencia y antecedentes. Le confié que no tenía una gran experiencia, pero en el laboratorio ya había fabricado y puesto en marcha una fuente regulada con tiristores», explicó. «El tipo –que resultó ser el jefe del grupo Power– , se estremeció y me contó que tenían más de quinientas fuentes reguladas por tiristores que no les andaban y no encontraban a nadie para que las reparara. Aunque no eran como las que yo fabricaba, conceptualmente eran iguales», agregó Benedetti. «Me tomaron para hacer ese trabajo y el resultado los dejó más que satisfechos. Ahí me transformé en Einstein», bromea. Benedetti corrigió todos los errores de diseño y lo contrataron como becario por dos años. Aquel fue el primer peldaño de una carrera que convirtió al ingeniero en un especialista internacional en fuentes de potencia de aceleradores de partículas. Es más, la primera que se instaló en el Colisionador, cuyo prototipo se desarrolló en el laboratorio marplatense sede de aquella mateada, se bautizó L´argentine. «A partir de entonces nunca me fui del CERN», reveló.


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La Máquina de Dios

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Las placas que diseña y fabrica Benedetti junto a sus becarios marplatenses, sirven para dirigir las partículas subatómicas (hadrones) dentro del acelerador. O sea, son las que las mantienen concentradas dentro de un pequeño tubo de 5 centímetros, de 27 kilómetros de circunferencia, a cien metros de profundidad y que giran cercana a la velocidad de la luz. Dichas fuentes alimentan los imanes, que son los que regulan la trayectoria de las partículas. Las mantienen juntas, en algunos casos, y en otros las mantienen en el centro del tubo viajando a la velocidad de la luz.

Los primeros aceleradores de partículas del CERN comenzaron a construirse en 1954 y el HLC es el último de esa serie, con una circunferencia de 27 kilómetros y subterráneo, cuyo propósito es recrear las condiciones inmediatas al llamado Big Bang, ocurrido hace 13.840 millones de años: el nacimiento del Universo. «Podría decirse –apunta Benedetti– que es como un microscopio que nos permite ver las partículas más pequeñas y más antiguas que existieron en el universo, millonésimas de segundo después del Big Bang. El HLC reproduce aquel escenario donde se funde la materia debido a energías enormes y las condiciones de semejante fenómeno se observan con las máquinas que nos muestran esa transformación». «No es sencillo imaginar de qué estamos hablando –añade– , pues se trata de un desarrollo de última tecnología, subterráneo, de 27 kilómetros de circunferencia. Es el último tramo de más de 70 kilómetros de túneles. Tiene seis metros de diámetro, a una profundidad que varía entre 100 y 175 metros. Posee un monorriel para recorrerlo y transportar elementos. El personal se mueve en bicicleta y trabajan allí unas 10.000 personas».

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El Gran Colisionador de Hadrones (HLC) es el instrumento más grande construido por el hombre. Se trata de un proyecto financiado por la Unión Europea, situado cerca de Ginebra, próximo a la frontera con Francia.


«NO ES SENCILLO IMAGINAR DE QUÉ ESTAMOS HABLANDO, PUES SE TRATA DE UN DESARROLLO DE ÚLTIMA TECNOLOGÍA, SUBTERRÁNEO, DE 27 KILÓMETROS DE CIRCUNFERENCIA. ES EL ÚLTIMO TRAMO DE MÁS DE 70 KILÓMETROS DE TÚNELES. TIENE 6 METROS DE DIÁMETRO, A UNA PROFUNDIDAD QUE VARÍA ENTRE 100 Y 175 METROS». «Como dije –añadió– , no debe haber nada igual a esta máquina en el mundo y cuando uno camina junto al cilindro en el que están los tubos de aceleración siente un cosquilleo extraño; allí hay más de diez mil fuentes y muchas son las que fabricamos nosotros». «Dentro de ese tubo viajan los hadrones, que son partículas subatómicas aceleradas para que en ese aro descomunal giren cada vez más rápido hasta alcanzar la velocidad de la luz. Los dispositivos que «las empujan» son los aceleradores circulares y para que los hadrones se mantengan unidos y cumplan una trayectoria circular que las lleve a alcanzar la velocidad de 300.000 km por segundo, una vez que se las suelta, se aplican técnicas electrónicas. Hablo de un imán perpendicular a la trayectoria de los hadrones que genera un campo magnético que las mantiene unidas y en el centro del tubo. Ese imán necesita alimentación permanente y en aumento para cumplir su cometido y lo recibe de una fuente, que es la que fabricamos nosotros». «Se preguntarán para qué semejante esfuerzo y qué pasa cuando alcanzan las velocidad de la luz…, pasa que las partículas chocan de frente y se produce un punto de altísima temperatura. Y así reproducimos lo ocurrido hace 13.840 millones de años, en el inicio del tiempo y el espacio». El Colisionador tiene unos detectores que cuando se produce este evento toman fotografías; las imágenes del parto del Universo podría decirse. Así funcionó desde 2009 hasta que en 2012 se logró individualizar una partícula que los teóricos buscaban desde hacía muchos años.


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El 4 de julio de ese año, los científicos del CERN anunciaron que habían encontrado la última pieza de un rompecabezas que llevaba 48 años incompleto: el Bosón de Higgs, también bautizado como «la partícula de Dios». Se le llama así porque está en todos lados y tiene un papel fundamental en el mecanismo que origina la masa de las partículas elementales. «Es más –explica Benedetti– la información recolectada desde aquel momento hasta 2018 por el HLC, tardará otros quince años en ser analizada». El Colisionador se detuvo en 2019 para su actualización, hasta que en julio de 2022 volvió a encenderse con una energía de colisión récord y se estima que funcionará a plena potencia hasta 2026. «Nosotros participamos de este upgrade con el desarrollo de fuentes que se instalaron en esta versión aggiornada del acelerador», se entusiasma. Cuando Benedetti habla en plural se refiere a que a partir de su incorporación al CERN, en cada visita llevó a un becario con el pues fue el promotor y coordinador de un acuerdo entre el CERN, el Conicet y las universidades de La Plata y Mar del Plata.

El acuerdo con la Universidad Nacional de la Plata finalizó en 1992, mientras que el firmado con la Universidad Nacional de Mar del Plata sigue vigente. Por tal razón, Benedetti sigue visitando el CERN cada año, con una solución en su portafolio y un nuevo becario acompañándolo.

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Benedetti creó el primer laboratorio de investigación en electrónica de la Facultad de Ingeniería marplatense y lo dirigió hasta que se jubiló, en 2014. Allí trabajan los becarios que tienen oportunidad de desarrollar instrumentos para el organismo europeo y viajar cada año al Centro que se levanta cerca de Ginebra.

Una nueva misión Desde 2009, Mario Benedetti añadió una nueva misión a su frondosa agenda: la divulgación. Todo comenzó cuando recibió un correo electrónico de una profesora de Ciencias de una escuela secundaria de Marcos Juárez.

«Quedé muy intrigado y cuando le respondí pidiéndole detalles de su plan, le pregunté cómo había dado conmigo. Su respuesta me impactó. Dijo que llamó al conmutador del Conicet y cuando preguntó acerca de quién podía hablar sobre el HLC, la misma operadora le confió que yo era el que más sabía y le pasó mi contacto». «La cuestión es que nos pusimos de acuerdo y al regresar de Suiza me puse a armar la conferencia con mis becarios. Tardamos casi seis meses en darle forma final a la presentación, que dura unos noventa minutos. Y debuté ese año ante varias decenas de chicos de cuarto y quinto año de la escuela de Marcos Juárez. La experiencia fue tan exitosa que la misma profesora le pidió que la repitiera, ahora, para los padres de aquellos alumnos.

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«Yo estaba en Ginebra con un becario, presentando en el CERN la solución a un problema que nos habían presentado, cuando descubrí el mensaje de la señora. Me decía que estaba interesada en que les diera una charla a sus alumnos sobre la Máquina de Dios»,


La segunda conferencia trajo una tercera, para otra escuela, y así comenzó a conocerse al Benedetti divulgador, en todo el país. Hoy son más de 300.000 las personas que lo han escuchado en colegios, universidades, teatros y demás ámbitos educativos y culturales de la mayoría de las provincias del país. A veces, de manera virtual y otras, de cuerpo presente. Es más, la última charla fue a fines de julio último, en Olavarría. La mayor parte de los asistentes, son chicos que cursan los últimos tres años del ciclo secundario. «En mi conferencia les cuento qué es el átomo y les relaciono la Tabla Periódica de Elementos con la Máquina de Dios», explica. «Una historia autobiográfica, de alguna manera, pues allí incluyo mi vínculo con el CERN a lo largo de los últimos 47 años, un lapso mucho mayor que la mitad de mi vida». «Tiempo en el que comprendí cabalmente que como personas somos parte del Universo, que no manejamos nada y, esencialmente, que no tenemos derecho a decir qué mala suerte. Es que teniendo en cuenta semejante dimensión, casi infinita, es prácticamente un milagro que estemos aquí. «No olvidemos que nuestra historia comienzó con una gran explosión ocurrida hace 13,840 millones de años y que desde entonces se han dado una serie incontable de eventos para que finalmente, 79 años atrás, una mujer y un hombre –mis padres– tras mirarse a los ojos y sentir lo que conocemos como amor «favorecieran» mi nacimiento. En pocas palabras, la posibilidad estadística de este suceso, ante la magnitud del Universo, es muchísimo menor que cero... sin embargo, aquí estoy. Y vos conmigo, haciendo esta entrevista». «Y lo más extraordinario es que con cada acción, provocamos un cambio en el Universo, del que solo conocemos el primer movimiento pero es muy difícil predecir en qué desembocará. Es aquello de que el aleteo de una mariposa en el otro lado del mundo provoca una tempestad en este». «Por eso, creo que el infinito está ligado a este Universo que estudiamos y que sigue expandiéndose, cada vez con más fuerza. Comenzó en un punto, hace más de 13.000 millones de años y desde ese instante sigue expandiéndose, más y más. Podemos decir que es infinito y que no sabemos dónde terminará este proceso». «Entonces, también es infinita la suerte que tenemos de haber nacido. Y las innumerables expresiones de lo que llamamos «La Naturaleza», aquí en nuestro mundo y en el espacio exterior. Tan sutiles, bellas, implacables e inacabables que han logrado mantener en mí, el asombro y la curiosidad que solo pertenecen a los niños». «Creo que los conocimientos que hemos acumulado acerca del Universo, nos permitieron armar una pequeña porción de un gran rompecabezas del que desconocemos donde están los bordes; lo que hace que infinito y eternidad tengan casi la misma magnitud». r Nota: Mario Benedetti es doctor en Ingeniería, profesor emérito de la Universidad Nacional de Mar del Plata, investigador principal del Conicet y agregado científico permanente del Centro Europeo de Física Nuclear (CERN).


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«POR ESO, CREO QUE EL INFINITO ESTÁ LIGADO A ESTE UNIVERSO QUE ESTUDIAMOS Y QUE SIGUE EXPANDIÉNDOSE, CADA VEZ CON MÁS FUERZA. COMENZÓ EN UN PUNTO, HACE MÁS DE 13.000 MILLONES DE AÑOS Y DESDE ESE INSTANTE SIGUE EXPANDIÉNDOSE, MÁS Y MÁS. PODEMOS DECIR QUE ES INFINITO Y QUE NO SABEMOS DÓNDE TERMINARÁ ESTE PROCESO».


SOBRE EL AMOR INFINITO por Luciano Lutereau

«Mis meditaciones fundamentales se mueven alrededor de dos cosas, saber sobre la unidad y sobre el infinito.» Gottfried Wilhelm Leibniz En estas líneas me entregaré a la meditación, es decir, a la reflexión que se busca a sí misma en el devaneo y el ensayo. Su verdad, entonces, es hiperbólica y se nutre de los más diversos materiales. Aquí, se tratará de la filosofía y el psicoanálisis, la razón y el amor que, en este contexto, se reformulan como el infinito y lo que une, para plantear la pregunta por lo infinito en el amor.


Lo infinito y lo absoluto La idea corriente de lo infinito se lo representa como lo que no tiene fin. Esta es idea propia de nuestro pensamiento binario, que necesita oponer un término al otro y, eventualmente, verlos como contrarios. Sin embargo, lo infinito no es una negación de lo finito. Lo infinito es una manera de lo finito o, mejor dicho, ocurre en lo finito, es in-finito. Esto quiere decir que solo es posible acceder a lo infinito a través de una experiencia de la finitud. Asimismo, antes de desarrollar la noción de una experiencia de la finitud, cabe situar otro prejuicio de la vida cotidiana que está en confundir lo infinito con lo indefinido. En este último caso, se trata de lo que no tiene límite, como puede serlo una serie de números. Solo impropiamente pensamos lo infinito fuera de todo límite. Lo infinito tiene límites concretos; es más, solo a través de un límite es que lo infinito se puede definir. Un amor infinito, por ejemplo, no es un amor eterno ni un amor absoluto o sin ninguna condición. ¿Qué es un amor absoluto? Así como antes hicimos la distinción entre lo infinito y lo indefinido, ahora digamos que «absoluto» es lo incondicionado o, como se suele decir del amor, lo incondicional. Un amor absoluto es el que no puede ser negado y, por lo tanto, lejos está de ser un amor que se pueda vivir. Los amores absolutos, por no tener límite ni condiciones, suelen terminar en la mortificación del amado.

La eternidad no está de más En el apartado anterior hablamos de la eternidad (en relación al amor eterno) y aquí cabe también otra distinción: lo eterno no es lo que transcurre en un tiempo que no tiene límite, en un tiempo indefinido; sino que la eternidad está fuera del tiempo. Por esta vía, lo infinito también se distingue de lo que está fuera del límite. Es en el límite que se reconoce la infinitud o, como dije antes, en una experiencia de finitud y, por cierto, nada más temporal que lo finito. Un amor infinito es, entonces, un amor que requiere del tiempo, que precisa de su transcurso para, en determinado momento, reconocer un límite. Si antes dijimos que el amor absoluto es el que concluye en una mortificación del amado, el amor eterno es el que es imposible de ser vivido –porque rechaza la manera propia en que algo puede vivirse (el tiempo). Los amores absolutos se realizan a través del odio y la agresión como otros de sus medios (¿por qué no se podría llegar a matar a quien se ama, si justamente se lo ama?); los amores eternos se irrealizan, no tienen posibilidad de realización y, por eso, tienden a la melancolía. Los amores eternos son lo que no fueron. Por suerte a nosotros nos interesa el amor infinito.


NOTA

UN AMOR INFINITO ES, ENTONCES, UN AMOR QUE REQUIERE DEL TIEMPO, QUE PRECISA DE SU TRANSCURSO PARA, EN DETERMINADO MOMENTO, RECONOCER UN LÍMITE.

Lo infinito, entonces, es en lo finito algo que viene de afuera; pero no se trata de un afuera que está por fuera, sino que es un afuera-adentro y en esto consiste su límite. Lo infinito es una exterioridad en el interior, que conecta con Otra cosa, con algo que es lo más propio, por su impropiedad.

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Una mención indispensable para hablar de lo in-finito está en la demostración de la existencia de Dios propuesta por René Descartes en sus Meditaciones metafísicas. La prueba cartesiana es muy sencilla: ¿cómo yo, ser finito, podría tener en mí la idea de un ser infinito, si este no existiese y la hubiese puesto en mí?

A esa Otra cosa podemos llamarla «Dios», pero también «lo divino». Sea que lo veamos de un punto de vista religioso, o en la situación mundana de los amantes que se buscan en la oscuridad, el amor infinito es el que establece un lazo con la divinidad. El amor infinito es un tipo de amor divino. Es un tipo de amor divino y no el único amor divino, porque este último tiene sus otras formas, como la del amor ex-tático –es decir, el que nos saca y pone fuera o más allá de nosotros mismos– y los amores místicos –en los que el cuerpo se vuelve la Otra cosa, sin interior–. El amor infinito, en cambio y como dijimos, es el amor divino que reconoce el afuera como límite en el interior.

Entre los filósofos alemanes del romanticismo había un presupuesto común, el de plantear que la capacidad de entendimiento del ser humano estaba muy limitada. Sin embargo, lo que no se puede entender sí se puede imaginar. La imaginación, entonces, tiene una potencia excedente. La imaginación siempre puede des-bordarse y volverse indefinida. Por esta vía empieza el riesgo: se abre la vía para la especulación y la caída en el ex-travío. Ahora bien, para estos filósofos también hay otra distinción que es relevante en el campo de una investigación del infinito; me refiero a la voluntad, porque

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La potencia infinita del amor


EL AMOR INFINITO ES EL AMOR QUE DUDA DE SER AMOR. es en esta que el ser humano es a imagen y semejanza de Dios. La voluntad es una potencia infinita en el ser humano, que supera al entendimiento y aprehensión limitada. En efecto, para volver a nuestro ejemplo anterior, el de la demostración cartesiana de la existencia de Dios, cabe decir que la duda (metódica) no es un acto de pensar, no es un modo del pensamiento, sino que –para Descartes mismo– dudar es un acto de la voluntad. Quien duda, no duda porque no sabe, sino porque quiere no saber. En la duda hay un modo del infinito que no se quiere conformar, que se pone en cuestión a sí mismo en su seguridad. El amor infinito es el amor que duda de ser amor.

Infinito y apertura ¿Quién puede decir «Yo amo» sin advertir la profunda arrogancia que implica el enunciado? Al menos, si se lo plantea como un acto que se realiza como quien dice «Yo leo» o «Yo cocino». Esta inquietud no se resuelve con el planteo de que el amor sería un sentimiento, o una pasión –porque no es del amor-pasión ni del amor– sentimiento que hablamos en estas líneas, sino del amor-infinito.


Tal vez sí se podría conservar el término «emoción» para referirnos al amor que llamamos «in-finito», en la medida que desde la etimología este término remite a que se trata de un movimiento.

SOBRE EL AMOR INIFINTO

El amor infinito, como descubrimiento de un afuera en el interior, antes que estar en relación con la pathos-logía de los afectos mundanos, se vincula con la noción de lo abierto.

El amor infinito nos mueve internamente, nos moviliza hacia lo que, en nuestro interior, se abre a un afuera. En los actos del estilo «Yo leo» o «Yo camino», hay un Yo que se cierra sobre sí mismo. Se trata de Narciso, que necesita de su consistencia para poder leer o caminar. En el amor infinito no se trata del cierre, sino de la apertura que nos ofrece otro modo del Yo, uno no necesariamente inconsistente, pero sí no blindado en la necesidad de ser-sí-mismo.

Voluntad e infinito Narciso es el Yo del poder, mientras que el amor infinito es Potencia; es voluntad y duda, elección de ponerse en cuestión, pero esto no quiere decirse negarse, sino más bien afirmar su falta de fundamento.

El amor infinito no niega lo finito, sino que se lo apropia para otro fin. Esto es lo que se llama Bondad. El amor bueno es el que admite su maldad, el que está hecho de mala espina y, sobre todo, es falible.

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En el amor infinito hacemos la experiencia de la finitud del amor y, en ese límite es que descubrimos por qué, a pesar de que podría no ser, es preferible y lo aceptamos como un destino.

El amor infinito elige lo transitorio, lo decide, habiendo cumplido su cometido, es decir, después de haber trazado su surco interno y dejado su huella. El amor infinito es imagen mnémica, recuerdo sin nostalgia, sin pasado, sino re-viviscencia.

Adiós a Eros Entre los griegos, el amor permanece en la referencia de un niño alado, que no se ahorra caprichos y entorpece las almas.

El amor infinito no entra con un flechazo, sino que implica recogimiento y, como lo intentamos en estas páginas, un ejercicio de meditación. El amor infinito está más cerca del arco que se tensa, que del efecto lanzado. En este sentido es que el amor infinito está más cerca de la disposición manida y el consentimiento ex-trañante. Si, como dijimos antes, el amor infinito no se dice con el enunciado «Yo amo», quizá sí se lo pueda aproximar con el «Yo te extraño».

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Si el amor infinito no es potestad de Narciso, tampoco se accede a su Bondad a través de Eros. La experiencia de la finitud, el abrirse a la interioridad reversible, no se condice con la topología de la flecha.


EL AMOR INFINITO NO ENTRA CON UN FLECHAZO, SINO QUE IMPLICA RECOGIMIENTO Y, COMO LO INTENTAMOS EN ESTAS PÁGINAS, UN EJERCICIO DE MEDITACIÓN. EL AMOR INFINITO ESTÁ MÁS CERCA DEL ARCO QUE SE TENSA, QUE DEL EFECTO LANZADO.

¿Quién es el sujeto que, por extrañar, se vuelve extraño para sí mismo y descubre a ese Otro al que apunta y lleva consigo? Extrañar a alguien es un acto imposible, de la buena imposibilidad, es decir, la que no se detiene en la impotencia, sino que cede a la causa de la posibilidad. ¿Cómo no reconocer que, si te extraño, no soy uno para mí mismo, pero igual hay una unidad que nos une, aunque sea infinitesimalmente en ausencia?

Despedida Emmanuel Levinas hablaba de Totalidad e infinito. Aquí nos inclinamos más bien por una articular unidad e infinito, a través de una pregunta por el amor, o sea, por lo que une, con la intención de que la unidad no fuera la de la esfera, es decir, como la de la mónada cerrada sobre sí misma. En época de amores narcisistas, como son el amor absoluto y el amor eterno, esta meditación se propuso recuperar el amor infinito, como presencia interior –in absentia– de un rostro divino. Recuperamos la inminencia de este amor en un acto que no es el de la actividad (Yo hago) sino el de la potencia que quiere, sobre todo, querer; potencia que no atrapa a su objeto, porque no es poder, y que se basa en la falta de seguridad. El amor encuentra su infinitud en el futuro. Como alguna vez dijo el poeta: «El amor siempre está por-venir». r


SOBRE EL AMOR INIFINTO MSR EDICIÓN LIMITADA #9

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EL AMOR ENCUENTRA SU INFINITUD EN EL FUTURO. COMO ALGUNA VEZ DIJO EL POETA: «EL AMOR SIEMPRE ESTÁ POR–VENIR».


NOTA

BORGES Y EL INFINITO Los infinitos mundos a los que te lleva la literatura

En Borges, ese libro caudaloso (tiene 1663 páginas) que Adolfo Bioy Casares conformó con los innumerables cuadernos que escribió a lo largo de más de tres décadas y en los que anotó, prolija y minuciosamente, todas las opiniones y los diálogos mantenidos con su amigo, puede leerse la siguiente observación, del año 1956: «Lunes, 12 de noviembre. Comen en casa Borges y Wilcock. Borges me dice que, para los premios de poesía, Max Rhode tiene este plan: dividir el segundo premio entre Etchebarne y Silvina (primero Barbieri; tercero, Abella Caprile). Parte económica del asunto: Borges piensa que los cuarenta mil pesos del premio son tanta plata que la mitad no es menos (concepción del infinito)».

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por Graciela Melgarejo


…LA PRIMERA BIBLIOTECA QUE CONOCIÓ BORGES, LA DE LA CASA FAMILIAR, FUE LA QUE LE ABRIÓ LA POSIBILIDAD DE ENTRAR EN CONTACTO CON LO INFINITO TANGIBLE: LOS LIBROS.

Esa apostilla tan lúcida, llena de ironía cariñosa, de un amigo que lo quería y conocía bien, puede darnos una ayuda para desandar el laberinto y seguir a Borges en su larga relación con el concepto de infinito y este, a su vez, en relación con la literatura en general, y con la literatura de Borges y sus infinitos mundos. Del Tomo XI (H–IZU) del Diccionario Enciclopédico Hispano–Americano de la editorial Montaner Simón de Barcelona, edición de 1928, rescatamos el texto dedicado al artículo INFINITO (LO). ¿Por qué ir tan lejos en el tiempo, pueden pensar los lectores? ¿No hay acaso fuentes más cercanas? Por supuesto que las hay –y las mencionaremos–, pero nos gusta creer que, quizás, la primera vez que el pequeño Jorge Luis Borges leyó sobre el infinito haya sido en un ejemplar de esta obra, la que estaba en la biblioteca de su padre, la edición de 1912, y que él mismo nombró muchas veces en sus escritos, ya que, junto con la Enciclopedia Británica, fue fuente principal de muchas de sus primeras y extensas lecturas. Reza así la entrada: «Lo infinito es lo que carece de límites. Así concebido, lo infinito aparece como un término negativo. Apeirón, lo indeterminado, fue la idea según la cual concibieron los antiguos (sobre todo los jonios) lo infinito. Como principio de indeterminación (solo el número implicaba orden según los pitagóricos) lo infinito es la mezcla confusa de los contrarios. Platón llegó a concebir lo infinito como principio pasivo (en el Filebo), especie de virtualidad o potencia, pensamiento que aceptó Aristóteles, para el cual lo real es lo finito y lo posible lo infinito». Podríamos decir así que el autor de El Aleph concibe lo infinito como lo posible en contraposición a lo real, y a la literatura como la posibilidad de crear mundos infinitos y simultáneos (como en su cuento El jardín de senderos que se bifurcan, que comentaremos más adelante).

Referencia imagen: Laberinto en Ginebra en homenaje a Borges


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Pero la primera biblioteca que conoció, la de la casa familiar, fue la que le abrió la posibilidad de entrar en contacto con lo infinito tangible: los libros. La describe así en Autobiografía (El Ateneo, 1999): «En realidad, creo no haber salido nunca de esa biblioteca. Ocupaba toda una habitación, con estantes acristalados, y debe de haber contenido varios miles de volúmenes (...) todavía recuerdo con nitidez los grabados en acero de la Chambers›s Encyclopedia y de la Británica».

El regreso a la Argentina, marca el encuentro decisivo con su otro maestro. «Regresamos a Buenos Aires en el Reina Victoria Eugenia hacia fines de marzo de 1921. (...) Fue para mí una sorpresa descubrir que el lugar donde nací se había transformado en una ciudad muy grande y muy extensa, casi infinita.» Borges, nacido el 24 de agosto de 1899, estaba por cumplir 22 años y fue entonces que conoció a Macedonio: «Quizás el mayor acontecimiento de mi regreso fue Macedonio Fernández. (...) Así como en Madrid Cansinos había representado todo el conocimiento, Macedonio pasó a representar el pensamiento puro».

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También en su Autobiografía, Borges reconoce, además, dos maestros literarios: el escritor español Cansinos Assens y el filósofo argentino Macedonio Fernández. «Nos trasladamos a Madrid [después de haber residido con su familia en Ginebra varios años], y allí el gran acontecimiento fue mi amistad con Rafael Cansinos Assens. Todavía me gusta considerarme su discípulo. (...) Era un lector voraz. Había traducido El comedor de opio de De Quincey, las Meditaciones de Marco Aurelio del griego, novelas de Barbusse y Vidas imaginarias de Schwob. Más tarde emprendería la traducción de las obras completas de Goethe y Dostoievski. También hizo una primera versión española de Las mil y una noches.» Una frase de Cansinos Assens que lo deslumbraba era esta: «Puedo saludar las estrellas en catorce idiomas clásicos y modernos». A lo que Borges añadía: «Las estrellas dan la idea de inmensidad, de larga duración».


Una constante evocación En su texto El infinito en la obra de Jorge Luis Borges, la doctora Ana María Barrenechea sintetiza cómo trabaja Borges el concepto: «Borges sabe que toda realidad se disuelve con la presencia del infinito y lo convoca casi constantemente en sus obras, a veces aludiéndolo con una palabra, otras desarrollándolo en complejo argumento. A través de esa variedad de apariciones pueden distinguirse ciertas formas esenciales de imaginarlo: los vastos ámbitos espaciales y temporales, las multiplicaciones interminables, el camino sin fin (lineal y cíclico), la inmovilización en un gesto.» Dos son los libros de Jorge Luis Borges en los que este despliega magistralmente su obsesión por el infinito: Ficciones, de 1944 –compuesto por dos libros de cuentos escritos por separado: El jardín de senderos que se bifurcan, de 1941, y Artificios, de 1944–, y El Aleph, de 1949. En el primero, Ficciones, está ese cuento ejemplar que es «El jardín de senderos que se bifurcan», pero también hay otros cuentos muy famosos –«Tlön, Uqbar, Orbis Tertius», «Las ruinas circulares» o «La biblioteca de Babel»– y en todos ellos aparecen repetidamente ciertos conceptos. El espejo: «Debo a la conjunción de un espejo y una enciclopedia el descubrimiento de Uqbar». El laberinto: «el concepto de siempre doblar a la izquierda me recordó que tal era el procedimiento común para descubrir el patio central de ciertos laberintos. Algo entiendo de laberintos...». La biblioteca: «El universo (que otros llaman la Biblioteca) se compone de un número indefinido, y tal vez infinito, de galerías hexagonales... Desde cualquier hexágono, se ven los pisos inferiores y superiores: interminablemente»; «La Biblioteca perdurará: iluminada, solitaria, infinita, perfectamente inmóvil, armada de volúmenes preciosos, inútil, incorruptible, secreta... digo que no es ilógico pensar que el mundo es infinito». El espacio y el tiempo, la vida y la muerte se caracterizan así: «El jardín de senderos que se bifurcan» era la novela caótica; la frase varios porvenires (no a todos) me sugirió la imagen de la bifurcación en el tiempo, no en el espacio (...) Sé que de todos los problemas, ninguno lo inquietó y lo trabajó como el abismal problema del tiempo (...) su antepasado no creía en un tiempo uniforme, absoluto. Creía en infinitas series de tiempos, en una red creciente y vertiginosa de tiempos divergentes, convergentes y paralelos. Esa trama de tiempos (...) abarca todas las posibilidades». También están presentes los dioses, el destino, lo imposible, en el cuento «Las ruinas circulares»: «Caminó contra los jirones de fuego. Estos no mordieron su carne, estos lo acariciaron y lo inundaron sin calor y sin combustión. Con alivio, con humillación, con terror, comprendió que él también era una apariencia, que otro estaba soñándolo».


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«LA BIBLIOTECA PERDURARÁ: ILUMINADA, SOLITARIA, INFINITA, PERFECTAMENTE INMÓVIL, ARMADA DE VOLÚMENES PRECIOSOS, INÚTIL, INCORRUPTIBLE, SECRETA... DIGO QUE NO ES ILÓGICO PENSAR QUE EL MUNDO ES INFINITO».


BORGES Y EL INFINITO

Estas referencias aparecen nuevamente en El Aleph, en distintos cuentos y, todas juntas, en el que da título al libro, un relato magistral en primera persona, que encierra a su vez varios relatos. Hay una historia de amor de Borges, truncada por la muerte de Beatriz Elena Viterbo («...comprendí que el incesante y vasto universo ya se apartaba de ella y que ese cambio era el primero de una serie infinita. Cambiará el universo pero yo no, pensé con melancólica vanidad»); un enfrentamiento entre adversarios literarios (Borges y el primo de Beatriz, también escritor, Carlos Argentino Daneri) y, por fin, el descubrimiento del Universo en un punto diminuto en el sótano del comedor de una vieja casa en la porteña calle Garay, esa casa en la que había vivido Beatriz, con su padre y su primo, Carlos Argentino. Concluimos que el Aleph no podría haber existido en ninguna otra ciudad que en Buenos Aires: «Cerré los ojos, los abrí. Entonces vi el Aleph».

Los ejemplos dados permiten comprobar que esta observación es exacta. Sin embargo, en el cuento «El Aleph», el narrador, Borges, hace mención explícita de su dificultad para expresar con palabras lo que está viendo y viviendo: «Arribo, ahora, al inefable centro de mi relato; empieza, aquí, mi desesperación de escritor. Todo lenguaje es un alfabeto de símbolos cuyo ejercicio presupone un pasado que los interlocutores comparten; ¿cómo transmitir a los otros el infinito Aleph, que mi temerosa memoria apenas abarca? (...) el problema central es irresoluble: la enumeración, siquiera parcial, de un conjunto infinito».

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En el texto de Barrenechea ya mencionado, la autora pasa revista al vocabulario relacionado con el infinito en Borges: «vasto, remoto, infinito, enorme, desaforado, eternizado, inmortal, grandioso, desmantelado, dilatado, incesante, inagotable, insaciable, interminable, hondo, cóncavo, agravado, profundo, final, último, penúltimo, lateral, perdido, desterrado, extraviado, cansado, fatigado, vertiginoso».

Luego llega la descripción del Aleph, «uno de los puntos del espacio que contiene todos los puntos». Y la descripción abarca no mucho más de una página y media; es una larga enumeración de lugares, tiempos y hechos, algunos desconocidos para Borges y otros, lamentablemente para él, reconocibles: «sentí vértigo y lloré, porque mis ojos habían visto ese objeto secreto y conjetural, cuyo nombre usurpan los hombres, pero que ningún hombre ha mirado: el inconcebible universo. Sentí infinita veneración, infinita lástima».

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La maestría literaria de Borges se manifiesta, una vez más, con toda su potencia: primero, nos advierte que, como lectores que somos, no tendremos más remedio que someternos a lo que él, el que está viendo el Aleph, pueda hacer: «Lo que vieron mis ojos fue simultáneo: lo que transcribiré, sucesivo, porque el lenguaje lo es... Cada cosa (la luna del espejo, digamos) era infinitas cosas, porque yo claramente la veía desde todos los puntos del universo».


Un tema inagotable Aunque «El Aleph» puede considerarse la culminación literaria de este tema tan caro a Borges, es cierto que hay otros cuentos en otros libros posteriores en los que el infinito vuelve a aparecer, a veces tangencialmente, a veces como centro del relato. Este último es el caso de «El libro de arena», que da título al libro homónimo, publicado en 1975. El libro de Arena que compra a un desconocido el narrador –otra vez es Borges, ya jubilado de su trabajo en la Biblioteca Nacional– es infinito, incomprensible, mágico y, al mismo tiempo, terrenal: «Me dijo que su libro se llamaba el Libro de Arena, porque ni el libro ni la arena tienen ni principio ni fin». Por fin, aparecen menciones al infinito en su último libro, Los conjurados, de 1985. El profesor e investigador Martín Hadis aconseja, para aquellos que nunca leyeron nada de Borges, empezar justamente por este libro, que reúne los últimos poemas y prosas poéticas escritas un año antes de su muerte, en 1986. ¿Por qué este consejo? Porque en Los conjurados, el poeta y cuentista ha decantado su estilo y sus obsesiones, y la belleza de su escritura resalta deslumbrante: «La belleza no es privilegio de unos cuantos nombres ilustres –escribe Borges en el prólogo–. Sería muy raro que este libro, que abarca unas cuarenta composiciones, no atesorara una sola línea secreta, digna de acompañarte hasta el fin». Hay un texto en especial, un poema, en el que el escritor parece despedirse de sus temas. Es «Elegía de un parque» y dice así en sus últimos ocho versos: «Si no hubo un principio ni habrá un término, / si nos aguarda una infinita suma / de blancos días y de negras noches, / ya somos el pasado que seremos. / Somos el tiempo, el río indivisible, / somos Uxmal, Cartago y la borrada / muralla del romano y el perdido / parque que conmemoran estos versos». r

«ESCRIBO PARA MÍ, PARA LOS AMIGOS Y PARA ATENUAR EL CURSO DEL TIEMPO».


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La felicidad no es una promesa por Luciano Lutereau*


«LA COCINA ES INFINITA, PORQUE COCINAR NO TIENE LÍMITES. NUNCA EXISTIRÁ UN PLATO IGUAL A OTRO» Conversación Fernando Trocca + Mary Freytes

Fernando Trocca es uno de los chefs más reconocidos y con mayor trayectoria de nuestro país. En un mano a mano, relata los momentos más importantes de su vida y su carrera y reflexiona sobre aquellos ingredientes que considera esenciales o infinitos.


Hay veces que uno imagina a ciertas personas y cree que detrás de ellos hay un aura que los hace lejanos o poco accesibles. Claramente este no es el caso de Fernando Trocca, quien, ante la propuesta de participar en este anuario, accedió rápidamente, sin ningún tipo de excusas o intermediarios. En esta intensa conversación, nos llevó a su infancia –marcada por la temprana muerte de su mamá– y la cálida presencia de una abuela que sin dudas le marcó su rumbo y destino; su relación amor-odio con las instituciones educativas, su impulso desfachatado que lo llevó a presentarse ante el Gato Dumas y Francis Mallmann para pedirles trabajo, y el vínculo con sus socios comerciales, guiado siempre por su instinto y una necesidad intrínseca de llegar siempre más lejos. Fernando es de esas personas –que no abundan en el mundo– que vive su vida escuchando su llama interior, esa que la mayoría de los mortales, en virtud de la razón, solemos desoír o callar. Fue precisamente esa llama la que lo llevó desde muy joven a querer moverse, viajar, conocer lugares y vivir experiencias, de esas que no se aprenden en las aulas. Y así, casi sin proponérselo, hizo de la cocina su escuela de vida. MSR: Me gustaría que nos cuentes algún momento de tu infancia. FT: La infancia es uno de los momentos más importantes, y es lo que nos marca para bien y para mal, para el resto de nuestras vidas. Tanto los sucesos buenos como los dolorosos. Yo perdí a mi madre a los 11 años, y eso me marcó para siempre.Y eso hizo que esté muy cerca de una abuela, con quien compartí muchísimo, y de alguna manera me influenció a nivel profesional. Ella se apegó mucho a mí, supongo que habrá pensado que por ser el más chico era el que más iba a sufrir lo de mi mamá. Era una gran cocinera, nos preparaba todo lo que yo le pedía el día anterior. Yo dormía en su casa dos o tres veces por semana. Pasaba mucho tiempo con ella, me divertía mucho. Fue una abuela muy presente. Mi abuelo también.

Fernando es de esas personas –que no abundan en el mundo– que vive su vida escuchando su llama interior, esa que la mayoría de los mortales, en virtud de la razón, solemos desoír o callar.


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NOTA


MSR: Fuera de esta entrevista me decías que no lo pasaste bien en el colegio. ¿Qué te pasaba con la educación? FT: Muchas cosas. Ahora que lo veo a la distancia, veo cosas tremendas. En la escuela primaria tuve algunos maestros divinos, y otros nefastos. Después de ahí me fui a un secundario donde había ido mi hermano, pero repetí primer año. Entonces ahí mi papá decidió ponerme en una escuela un poco más estricta. Volví a hacer primer año en otra escuela, donde hice hasta tercero, pero tampoco tuve buenas experiencias. Luego me fui de ese colegio, en ese tiempo me peleaba mucho con mi papá, él me presionaba mucho para que estudiara, y a mí no me gustaba. En mi escuela primaria mis profesores me hicieron creer que yo iba a ser un fracasado en la vida. Porque me iba mal en el colegio, porque no estudiaba, y yo un poco me lo creí. MSR: Te lo creíste hasta cierto punto… FT: En ese momento sí, después me revelé contra todo eso y me dije que no quería estudiar más. Mi papá, cuando yo tenía diecisiete años, me dijo que ya no quería que peleemos: «Tenés la libertad de hacer lo que quieras. Lo único que te digo es que si no estudiás, tenés que trabajar». Entonces le dije que quería hacer las dos cosas. De día trabajaba con él de cadete, y me anoté en una escuela nocturna. Otra experiencia de terror también. Pero de todo aprendí algo. Me acuerdo que me llevaba materias y me decían «al de historia le gusta el whisky, así que le tenés que llevar una botella». O «a este le gustan las corbatas». Entonces si yo llevaba algo así el día del examen me aprobaban en un minuto y medio. Ahí me dije que todo daba exactamente lo mismo. Me faltaban solo seis meses. Y dejé. Fui a hablar con mi papá y le dije «dejé la escuela». Y mi viejo, quien me había metido mucha presión y nos habíamos peleado mucho por este tema, me felicitó. Me dijo «lograste sacarte algo de encima que te torturaba y te hacía mal».


CONVERSACIÓN CON FERNANDO TROCCA

Un día la madre de un amigo me comentó a partir de un aviso en el diario que habían inaugurado una escuela de hotelería y cocina en Bariloche. Y me dijo que yo tenía que ir ahí. Yo era el ídolo de todas las madres, porque siempre quería comer todo lo que hacían.

FT: Quizás no lo veía tan profundamente, lo que sí veía era que era lo mismo, que daba igual. Yo podía terminar, pero no me interesaba. Si yo no quería estudiar una carrera. Un día la madre de un amigo me comentó a partir de un aviso en el diario que habían inaugurado una escuela de hotelería y cocina en Bariloche. Y me dijo que yo tenía que ir ahí. Yo era el ídolo de todas las madres, porque siempre quería comer todo lo que hacían. Entonces le dije a mi viejo, que quería estudiar eso. Y por suerte me apoyó.

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MSR: Y rescatar también tu actitud noble, porque si no era seguir en un sistema de extorsión.

MSR: Me gusta porque hablás de un padre por un lado rígido, y por el otro se desvivía por acompañarte.

Del fondo a la derecha, a la cocina del Gato y Francis MSR: En aquel momento, cuando decidiste volverte de Bariloche, la cocina ya empezaba a cobrar otro sentido.

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FT: Tal cual, era estricto, pero se ocupó mucho de nosotros. Fue un gran padre, con sus limitaciones, como todas las personas. Me fui a Bariloche, quise estudiar y no pude. Era una escuela que había inaugurado Alfonsín, pero aún no estaba preparada, no había profesores ni alumnos. Entonces me quedé un tiempo, empecé a trabajar en la discoteca Cerebro, vendiendo souvenirs en el baño. Mi viejo me mandaba cartas diciendo «algún día vas a poder decir que empezaste de abajo, al fondo y a la derecha». Finalmente, la escuela no arrancó y el director me dijo «si vos lo que querés es aprender a cocinar, metete en una cocina». Así que me volví a Buenos Aires, y empecé a trabajar en un restaurante. Y de ahí no paré.


FT: Desde el primer momento en que entré en una cocina me volví loco. Me dije que era lo que quería y lo que me gustaba. Estaba desesperado por aprender y por trabajar con el Gato Dumas, con Francis Mallmann, que eran la otra generación. En el primer restaurante en donde trabajé, que estaba muy de moda en ese momento, tenía un chef argentino, que venía de vivir en Francia; era un ambiente de gente cool. Allí escuché que el Gato Dumas iba a abrir un restaurante en la costanera, entonces le dije a un amigo que trabajaba allí conmigo que vayamos a ver dónde era. Entramos a patear, vimos un barco como del Mississippi anclado frente al aeropuerto y alguien de una garita nos dijo que iban a abrir un restaurante allí. Le contamos que nos queríamos ofrecer para trabajar y dejamos anotados nuestros teléfonos fijos. A los tres días me llamaron. Ahí conocimos al Gato, que fue un personaje hermoso. Lo primero que nos dijo fue: «¿ustedes están para hacerse cargo de la cocina?» Nosotros no teníamos ni un año de experiencia. Mi amigo empezó a dudar, yo lo pateé por debajo de la mesa, y le dije «por supuesto que sí, pero necesitamos tu ayuda». Y él nos dijo que sí, que nos iba a ayudar. Allí empecé a trabajar con él en la Recoleta, hasta que el proyecto se terminó. El Gato fue un cocinero de avanzada. Era un loco, en todo lo que hacía y proponía. Con él aprendí muchísimas cosas. Pero yo ya ahí quería trabajar con Francis, así que un día le pedí a mi papá que me llevara a su restaurante. Ahí le dije que quería trabajar con él, y me dijo que sí, al principio como pasante. Con Francis trabajé durante varios años, íbamos a hacer temporada en Las Leñas, luego lo ayudé con su primer libro. Estuvo muy bueno, porque son dos cocineros con dos perfiles muy diferentes, donde pude aprender cosas de los dos, muy distintas. MSR: ¿Y cuándo empezó a emerger Fernando Trocca cocinero? FT: En ese momento todavía no pensaba en eso. Lo único que quería era aprender y me gustaba tanto lo que hacía que no me importaba trabajar tantas horas. Después de eso me dediqué a hacer temporadas. En Bariloche conocí a Juan Carlos Bagó, de los laboratorios. Un día estaba comiendo en el restaurante y su mujer me llamó a la mesa, me contó que el sueño de Juan Carlos era poner un restaurante. Y yo le contesté que el mío también. Cuando volví a Buenos Aires él me invitó a su casa, tuvimos una charla larga. Y en un momento de la conversación me dijo «¿querés poner un restaurante?» Yo no lo podía creer. Él fue un mecenas para mí, de una generosidad y honestidad inmensa. Siempre me dio libertad y me remarcaba que no me preocupara por la plata. Me decía «Vos tenés que hacer que este sea el mejor restaurante de Buenos Aires… cuando yo hago algo, lo hago bien». Ahí hice mi primer viaje a Europa, trabajé en Italia, en Módena y en Florencia, en Madrid y en Francia. Tenía 23 años y estaba abriendo un restaurante con uno de los empresarios más importantes de Argentina. Y con un tipo que prácticamente no me conocía y sin embargo, apostó y creyó en mí.


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NOTA


El final de ese viaje era Nueva York, que tampoco conocía. Cuando llegué ahí me volví loco. Empecé a viajar una vez por año, siempre fue una ciudad que me inspiró mucho. Finalmente abrimos ese restaurante, se llamaba Ller, como el pueblo catalán donde había nacido el padre de Juan Carlos. Fue un proyecto que nunca ganó plata, pero en un momento estuvo catalogado como uno de los más importantes de Buenos Aires.

De la cocina al infinito (y más allá) Después de cinco años de trabajar con Juan Carlos, un día estaba en Nueva York, siempre me quedaba en casa de una pareja de íntimos amigos, y en ese viaje les dije «yo quiero venirme acá». Y me acuerdo que volví a Buenos Aires emocionado y triste porque me iba. Yo estaba casado con la mamá de mi hijo Pedro, que tenía un año. Le dije ¿nos vamos? Y me dijo que sí. No lo pensé mucho, hice una feria americana, vendí todo. Lo más difícil fue decírselo a Juan Carlos, porque el restaurante estaba en el mejor momento. Pero me dije que, si no hacía eso ahora, no lo iba a hacer más. MSR: Sos consciente de que hay algo en vos. Una llama, algo tuyo que no se calla. Como si algo te tomase y vos le das cabida, y vas para adelante. FT: Si hay algo que estoy seguro de que cuando uno quiere algo, y lo soñás, no digo que siempre suceda, pero hay muchas más chances de que sí pase. MSR: Pero hay algo tuyo que da lugar a ese riesgo para cumplir un sueño... no es algo común. FT: Posiblemente no. Pero yo tenía un sueño. Entonces me senté con Juan Carlos. Cuando le logré contar mi decisión, me dijo «Si tenés un sueño, yo no voy a ser el que te lo impida».


Creo que si lo hubiera pensado un poco más no me hubiera animado. Pero bueno, en este tipo de cosas, a veces la clave está en no pensar demasiado. Me fui sin papeles, sin hablar el idioma, sin haber trabajado allá, sin casa, sin laburo. No tenía nada. Lo que sí tenía eran grandes amigos, que eso es muy importante. Primero me fui yo solo, paré en la casa de ellos. Y ya a la semana estaba trabajando. Después alquilé un departamento, pero tenía una visa de turista por seis meses. No me quería quedar ilegal, eso lo tenía claro.

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Si hay algo que estoy seguro de que cuando uno quiere algo, y lo soñás, no digo que siempre suceda, pero hay muchas más chances de que sí pase.

En un momento de la charla, Fréderic le dice a mi amigo «preguntale por qué, con todo esto que tenía en Argentina, se vino para acá». Entonces yo le dije «preguntale por qué él se vino de París». El me respondió que se fue a vivir a Nueva York porque era una ciudad que lo excitaba. Y yo le respondí que por eso mismo me había ido yo. Él tenía otros dos restaurantes, la comida latina estaba empezando a pegar en ese momento, entonces me explicó el concepto de lo que quería para su nuevo proyecto, y me pidió que preparara un menú. Ahí ya estaba tranquilo porque era lo que sabía hacer. Esa noche cociné, para él y sus inversores. En un momento me llamó y me hizo sentar en la mesa. Todavía no entendía el idioma, pero me dijo algo así como «vas a ser el chef de nuestro restaurante». Y me indicó que llamara a un abogado para iniciar la visa.

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Yo tenía apuntado cinco restaurantes en los que quería trabajar. Pero me di cuenta que ninguno iba a tomar a un cocinero argentino, que no hablaba inglés ni tenía papeles. Ahí me bajonee un poco, porque pensé que nos íbamos a tener que volver. Pero otra vez apareció alguien en el momento en que menos me lo esperaba, y me dijo que me iba a presentar a un amigo que estaba con un proyecto de abrir un restaurante de comida latinoamericana y está buscando un chef. Era un francés que se llamaba Fréderic, así que fui a verlo con un amigo que hizo de traductor. Yo tenía armada una carpeta que mostraba lo que había hecho en Argentina, con todas las notas que habían salido de los restaurantes en los que había trabajado, los premios, etc.


Me acuerdo que me puse a llorar afuera, de repente todo cambió, iba a ser el chef de un restaurante en Nueva York, y me acababa de contratar un tipo que no me conocía. Había mucha gente con más chances de ocupar ese lugar, sin embargo, él confió en mí. Abrimos ese restaurante que se llamaba Vandam, ubicado en el Soho. Yo estaba más inspirado que nunca, cuando lo miro a la distancia pienso que hicimos una gran propuesta. Fue realmente una bomba, empezó a llegar gente que venía del mundo de la moda, de la música y el cine: Cindy Cradfortd, Claudia Schiffer, Eric Clapton, Robert De Niro. No iban por la comida, sino porque era el lugar al que había que ir. Yo me encontraba ahí y no lo podía creer. Le llegué a dar de comer a David Bowie, mi ídolo número uno… Pero como todo lo que se pone de moda, así como un día está en la cresta de la ola, otro día se cae. Y al año siguiente abrieron otro restaurante y Vandam empezó a decaer. Pero yo a esa altura estaba muy cansado, a mí hijo solo lo veía dormir. Y así como me había ido, decidí volver a Buenos Aires y ahí abrimos Sucre. Fue una bomba, pero fue un momento terrible en Argentina, porque coincidió con la devaluación de 2001. Y hasta ahí llegué… Después me fui a vivir a México, yo quería conocer su cultura y su cocina. Unos mexicanos me ofrecieron hacer un proyecto con ellos. Yo ya tenía a Joaquín, con otra madre. Le dije ¿vamos a México?, y nos fuimos un año y medio. MSR: Tenés un poder de convencimiento mucho más allá de vos. En vos hay algo que se repite infinitamente, como una energía, donde aparecen sueños, proyectos, la valentía y el coraje para animarte a cerrar un ciclo para abrir otro.

FT: Sin pensarlo, porque nunca estoy pendiente de eso. Pero ya a esta altura de mi vida vuelve a aparecer, una y otra vez. Me fui a México y estuvo buenísimo. Es un país muy intenso. Decidimos volvernos después de ese acuerdo que yo tenía. Y empecé a pensar en Europa otra vez. Después de un viaje a Francia, Roberto de la Motta, un enólogo argentino muy importante, me puso en contacto con Zeev Godik, que era dueño de una cadena de restaurantes llamados Gaucho, en Londres.. Un día recibí un correo de él, donde me decía que iba a estar en Buenos Aires y que le encantaría conocerme. Yo estaba en México, era fin de año y no podía viajar. Esa noche me crucé con José Zuccardi, de quien soy amigo. Le pregunté por Godik, y me dijo «comprá un pasaje y andá. Es alguien que vale la pena conocer». Así que le hice caso, viajé y nos conocimos. Tuvimos una charla larga y me invitó a que fuera a Londres a ver lo que él hacía allá. Allí me mostró su compañía, de repente me encontré viendo una cadena de restaurantes argentinos muy diferentes a los que yo conocía, entonces entendí que él quería mostrar otra cosa de lo que era nuestro país, vender una Argentina distinta. Yo estaba viviendo en México, pero nos estábamos por volver a Buenos Aires, porque no quería seguir estando lejos de mi hijo Pedro, así que le dije que no me tentara. Entonces me propuso trabajar juntos, que viviera en Argentina


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NOTA


Soy bueno armando equipos y trabajando con la gente. Confío mucho en la gente y eso me gusta. Creo que es la única manera de construir relaciones, amistades, relaciones laborales. y viajara a Londres cuando lo requiriera. Trabajé para él durante ocho años. Aprendí muchísimo, es una persona brillante, a la que admiro mucho, con una visión y proyección para los negocios que yo no tengo. Y está buenísimo porque nos complementamos. Cuando empecé a trabajar con él, tenía ocho restaurantes, y cuando me fui de Gaucho, tenía treinta y tres. Un día me llamó y dijo que quería que abriéramos Sucre en Londres, así que le compró la marca a mis socios. Al tiempo me llamó y me dijo que ya tenía el local, viajé a Londres y firmamos. Empezamos a trabajar, llegué a viajar dos veces. Y al comienzo de la obra vino la pandemia. Ahí se pudrió todo… MSR: Pero era una realidad que superaba lo que cada uno pudiera planificar… FT: Tal cual. Fueron muchos meses de gran incertidumbre, de no saber si finalmente se iba a concretar. Finalmente, un día me llamó y me dijo «Arrancamos. Pero quiero que te vengas seis meses a Londres, te necesito acá para la apertura». Así que me instalé allá, no tenía alternativa porque era un proyecto soñado, pero llegué a Londres y mi cuenta estaba en cero, porque en la pandemia me comí toda la plata que tenía guardada. Abrimos Sucre allí, yo estaba muy nervioso porque Londres es uno de los mejores lugares para comer, porque hay mucha propuesta y mucha competencia. Pero enseguida, antes de abrirlo, él vino y me dijo «vamos a abrir en Dubai también». MSR: No deja de sorprenderme la calma con la que me contás todo lo que te fue sucediendo. ¿Cómo haces para manejar todo lo que te pasa con tanta tranquilidad? FT: Tiene que ver con mi personalidad. Por supuesto que hay veces que me estreso, pero en general lo llevo con mucha tranquilidad. Y además estoy en otro momento de mi vida.


NOTA 85

Empecé a tomarme las cosas de otro modo después de la pandemia. Antes de eso tuve un accidente donde me fracturé un pie, fue una experiencia horrible, pasé los peores años de mi vida. Sin embargo, pude viajar, saqué un libro, viajamos con mis hijos y mi ex mujer. Aún no sé cómo hice todo eso. Ahí aprendí lo que la pandemia vino a reforzar, que todo puede cambiar muy rápidamente. Y por otro lado empecé a pensar un poco en el futuro, cosa que no había hecho nunca. Empecé a preguntarme qué quiero hacer, cómo quiero vivir. Tengo 57 años y no quiero seguir con esta intensidad para siempre. Hay un proyecto que tengo en mi cabeza hace tiempo, que es abrir un hotel pequeño con un restaurante, no quiero que sea en ninguna ciudad. Pensaba que era un proyecto más a largo plazo, pero probablemente lo adelante.

FT: Soy bueno en eso. Te diría que soy mejor que cocinando. Conecto muy bien con la gente. Desde ese día que me senté con Juan Carlos, con Fréderic o con el mismo Seev, ya sabía que iba a conectar. Tengo algo que al otro le inspira confianza. Y me ocupo de no desilusionarlos. Soy bueno armando equipos y trabajando con la gente. Confío mucho en la gente y eso me gusta. Creo que es la única manera de construir relaciones, amistades, relaciones laborales. Para las decisiones, uso el instinto. Hay cosas que las siento y las vivo, y me resulta difícil ponerlas en palabras. MSR: ¿Qué es para vos lo infinito en la cocina? FT: La cocina es infinita, como la música. No termina nunca. Los libros de cocina, las recetas, no terminan nunca.

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MSR: Cambian las formas, cambian las propuestas, cambian las personas o los personajes que fueron tocándote en tu vida, que fuiste hilvanando y te fuiste relacionando. Decís que no planificás, pero ¿desde dónde tomás las decisiones?


Este mismo arroz que voy a hacer, lo puedo hacer mil veces de maneras distintas. Es una de las cosas más lindas que tiene este oficio, que uno nunca termina de aprender, de experimentar, de conocer. No existe el cocinero que te diga «yo hasta acá llegué, aprendí todo lo que tenía que aprender». Además, todos los cocineros trabajamos de manera distinta, yo puedo hacer el arroz de una manera determinada, y de repente trabajo con otro cocinero y veo que él lo hace a su manera. Y seguramente otro lo haga diferente. Es realmente infinito, no hay límites. MSR: ¿Un plato infinito o un ingrediente infinito? Algo que te lo llevarías con vos…. para siempre. FT: Un plato que hacía mi abuela, que hoy es parte del menú de Sucre es un risotto con osobuco. Lo hago desde hace 30 años y en un momento hasta tuvo el nombre de mi abuela. Para mí es un plato infinito, porque me acompaña desde que tengo uso de razón, y es como que me acompañara ella. Es mi homenaje infinito hacia ella. MSR: Algo que me parece muy lindo de la cocina es su relación con los cinco sentidos y con la memoria. Me parece lindísimo decir «esto me entra por los ojos», pero también escucho, siento, puedo tocar, puedo oler, puedo degustar, y, además, algo infinito que me puede llevar a veinte años atrás. FT: Tal cual, yo también lo vivo así. Tengo el recuerdo de mi abuela cocinando, cierro los ojos y la veo, y me veo a mí comiendo su comida. Hay una emoción y una conexión muy directa que va a los sentidos, al amor, al cariño, a la familia. A mí me une todo eso. Y también cuando le cocino a mis hijos o viajamos, salimos a comer y nos enloquecemos. O me acuerdo de la madre de mi amigo que me quería porque me gustaba comer todo. MSR: Yo creo que, si llegamos a encontrarnos dentro de unos años, este loop va a seguir fluyendo. Creo que es más fuerte que vos seguir ese instinto, no lo planificás. FT: Claramente no, de todos modos, ahora empiezo a pensar en ese sueño que tengo desde hace tantos años. Pensé que sería en un lugar, y luego dije por qué no Portugal, ya que mi abuelo vino de allí, y apareció un amigo que vive en Madrid y me cuenta que se hizo una casa en un campo de Portugal, y me invitó a verlo para ver si podemos armar algo ahí… Ahora estoy planeando viajar y alquilar un auto para ir a ver el campo de mi amigo. Así que quien dice. Yo sé que en algún momento lo voy a hacer, va a pasar… MSR: Y como el loop vuelve, yo ya te imagino en el auto en Portugal, y seguramente habrá muchas más historias para contar. El instinto eterno de Trocca, continuará. Ahí está mi infinito… r


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Tengo el recuerdo de mi abuela cocinando, cierro los ojos y la veo, y me veo a mí comiendo su comida. Hay una emoción y una conexión muy directa que va a los sentidos, al amor, al cariño, a la familia. A mí me une todo eso.


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LA VIDA VIRTUAL: ¿UTOPÍA TECNOLÓGICA O REFUGIO ANTE UN MUNDO REAL CADA DÍA MÁS INHABITABLE? El concepto de metaverso, que se presenta como el siguiente proceso evolutivo de la sociedad digital, nos plantea disyuntivas en cuanto a sus posibles usos.

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Por Pamela Gaido


Desde que ya hace más de dos años, la red social Facebook cambió su nombre a Meta y su desarrollador, Marck Zuckerberg, manifestó explícitamente que el nuevo paso de la empresa estaba dado por la indagación en el metaverso, el concepto –que no es nuevo ni es su descubrimiento– entró en la agenda mediática y comenzó a ser parte de los vocablos tecnológicos que venimos incorporando año a año. Sin dudas, el interés de Facebook, de Microsoft y de otros gigantes de la tecnología, indican que podría tratarse de la nueva era de Internet. Si bien todavía quedan por desarrollarse numerosas cuestiones técnicas y jurídicas antes de alcanzar ese objetivo, la idea de que estamos ante una nueva era tecnológica no deja de ganar fuerza. En tanto, la posibilidad de sumergirnos en otras realidades o mundos posibles de manera colectiva nos plantea una gran disyuntiva: ¿es el metaverso una alternativa para evadir nuestras realidades y escapar de un mundo real cada día más inhabitable?

Metaverso: más allá del universo Tanto la literatura como el cine, cada una con sus características y particularidades, nos han permitido conocer y viajar a otros mundos, tanto reales como imaginarios. En el caso del metaverso, fue justamente la ficción literaria la que nos posibilitó la creación y la posibilidad de dar nombre a este concepto. En 1992, se publicó la novela de ciencia ficción Snow Crash, del escritor estadounidense Neal Stephenson, en la cual se recreaba un universo consensuado basado en nuestro propio entorno. La historia, ambientada en un futuro distópico, tenía como protagonista a Hiro, un hacker y repartidor de pizzas en la realidad virtual y en el mundo real. La trama se centraba en torno a la propagación de un virus de realidad virtual llamado «Snow Crash» que afectaba tanto a las mentes de las personas en el metaverso como en el mundo físico. En dicha historia, el metaverso se refería a un mundo virtual ficticio o un espacio virtual colectivo, creado a partir de la convergencia con la realidad externa. En tal sentido, el término es presentado como un acrónimo de meta (cuyo origen griego significa más allá) y universo. Pero la literatura ya venía acuñando este concepto –aunque no con este nombre– unas cuantas décadas atrás. Si se incluye en esta definición a la realidad virtual (aunque sabemos que el metaverso en su génesis es mucho más amplio y complejo), ya en 1938, el poeta francés Antonin Artaud utilizó el término en su antología de ensayos El teatro y su doble, en donde la definía como «la realidad en la que los objetos y las imágenes asumen la fuerza fantasmagórica de los dramas internos de la alquimia».


NOTA

UN FUTURO DISTÓPICO, EN EL QUE LA HUMANIDAD QUEDÓ ATRAPADA SIN SABERLO DENTRO DE UNA REALIDAD SIMULADA LLAMADA MATRIX

Ejemplos en el cine sobran, pero vale la pena mencionar a Tron, de Steven Lisberger, una película estrenada en 1984 cuyo personaje principal –un desarrollador de software– quedaba atrapado dentro del mundo digital existente en el interior de su computadora.

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En 1984, la novela Neuromante, de William Gibson, también planteaba un futuro distópico donde la tecnología y el espacio virtual aparecían omnipresentes; allí su protagonista, un pirata cibernético, se veía inhabilitado para acceder a esta realidad paralela.

Y, por supuesto, no podemos dejar de lado la multipremiada saga de Matrix, escrita y dirigida por las hermanas Wachowski. Allí también aparece un futuro distópico, en el que la humanidad quedó atrapada sin saberlo dentro de una realidad simulada llamada Matrix, creada por máquinas inteligentes que tenían como fin utilizar los cuerpos humanos como fuente de energía en campos de cultivo. Cuando el programador informático Thomas Anderson, bajo el alias de hacker «Neo», descubre la incómoda verdad, se une a una rebelión contra las máquinas junto con otras personas que habían sido liberadas de Matrix.

También emerge la preocupación por la omnipresencia y omnipotencia tecnológica, a partir de la idea de cómo estos dispositivos / plataformas / tecnologías se han vuelto nuestro propio Frankestein, las cuales llegaron para desplazarnos, y tal vez, reemplazarnos.

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Por supuesto que estamos hablando de ficción y de creaciones artísticas humanas, pero no deja de ser notorio cómo estos mundos posibles asociados a lo tecnológico traen aparejado lo distópico, y es allí donde cobra más fuerza esta búsqueda de sumergirnos en otras realidades para evadirnos de un futuro no deseado que se ha vuelto presente.


Tecnología y mundos posibles El solo hecho de hacer alusión a la palabra tecnología, se nos abre todo un abanico que excede al metaverso en cuestión, sin embargo, no podemos de dejar de pensar que esta idea de espacios virtuales colectivos es indisociable de las plataformas o dispositivos tecnológicos, que son los que posibilitan estas nuevas realidades inmersivas. Si continuamos con la historización del metaverso, pero en clave tecnológica, vale mencionar algunas experiencias, como la de Second Life, una comunidad virtual surgida en 2003 a la que puede accederse desde Internet. Los usuarios, denominados residentes (y que en la vida real deben ser mayores de 18 años), acceden a este mundo a través de visores e interactúan a través de un avatar (he aquí otro concepto fundamental del metaverso). Entre las diferentes posibilidades, se puede explorar el mundo virtual, interactuar con otros residentes, participar en diversas actividades sociales, crear y comerciar propiedades virtuales. Otros ejemplos, aunque no se trate de metaversos completos, vienen de la mano de las tecnologías de la realidad virtual y realidad aumentada, las cuales sentaron las bases para el desarrollo de experiencias inmersivas. Tal es el caso de las plataformas Oculus Rift y Microsoft HoloLens, las cuales han explorado estas tecnologías para crear entornos virtuales y superponer elementos digitales en el mundo real. Del lado de los juegos en línea, tanto Fortnite como Roblox han ido evolucionando hacia experiencias más amplias del metaverso, donde los usuarios, además de jugar, tienen la posibilidad de participar en eventos virtuales, crear contenidos y socializar dentro de estos mundos. Un caso más reciente del metaverso en desarrollo es Decentraland, una plataforma basada en la tecnología blockchain que permite a las personas comprar, vender y construir en parcelas virtuales, a través de su moneda virtual nativa.


LA VIDA VIRTUAL

Volviendo al metaverso y a nuestro aquí y ahora –REAL– al momento hemos visto solo algunas experiencias aisladas porque la realidad es que todavía no están dadas las condiciones técnicas, sociales y jurídicas para que el metaverso –pensado como un espacio virtual colectivo– deje de ser una utopía y pueda concretarse.

Durante los próximos años posiblemente veamos surgir nuevos dispositivos que buscarán conectarnos con esta nueva realidad virtual. Y si bien la idea es que en el corto plazo sean muy completos y accesibles, hasta que eso no suceda, no podrá tratarse de un espacio virtual colectivo y de alguna manera se seguirán reproduciendo las desigualdades del mundo real, de las cuales justamente nos queremos alejar.

Alejandro Piscitelli, coordinador del seminario Filosofía de la Innovación de la Universidad Nacional de Tres de Febrero, suma otro gran interrogante al tema: «¿habrá un metaverso o muchos metaversos?» Porque, según estima, «cada empresa va a querer desarrollar su propio metaverso, pero si no hay interoperabilidad, que es lo que hizo poderosa a Internet, o sea la posibilidad de conectar cualquier sistema operativo o cualquier dispositivo, solo habrá un gran archipiélago de metaversos feudalizados o parcializados».

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El futuro ya llegó (y no queremos estar en él)

Si bien el especialista en innovación y aprendizaje considera que hay otro montón de variables y consideraciones a tener en cuenta frente a este concepto, uno de los que se destaca es «por qué prende esta idea del metaverso», haciendo alusión no solo a la gran inversión que están haciendo las empresas, sino también al impacto económico a mediano plazo que generará el desarrollo de estas realidades inmersivas. Para Piscitelli, la respuesta no tiene nada que ver con lo tecnológico ni con la evolución de las plataformas, sino con una «gran decepción del mundo real».

¿Y por qué entonces, en estos momentos nos acude ese sentimiento colectivo de querer evadirnos de nuestras realidades, y nos entusiasman tanto estas realidades alternativas y estos mundos posibles? Quizás sea la misma tecnología la que pueda darnos alguna respuesta a toda esta cuestión. En un punto, en cuanto a la percepción del caos, posiblemente la diferencia esté dada porque hoy podemos enterarnos de muchas cosas que suceden,

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Así las cosas, nadie duda de que el mundo se ha vuelto un caos. Aunque sabemos que siempre lo ha sido, incluso en la historia de la humanidad se han documentado períodos de barbarie de muchísima mayor gravedad.


…NO DEJA DE ATORMENTARNOS LA IDEA DESOLADORA DE QUE EL MUNDO SE HA VUELTO UN LUGAR INHABITABLE. POR ELLO, EL ACTUAL O EL FUTURO DESARROLLO DE LA TECNOLOGÍA TAL VEZ PUEDA OFRECER ATAJOS PARA LOGRAR EVADIRNOS. aunque por supuesto las más importantes permanecen ocultas a la gran mayoría… y otras tanto nos llegan como verdades inventadas. Es justamente el gran desarrollo tecnológico que hemos alcanzado, la hiperconectividad y el acceso inmediato a la información lo que hace que estemos al tanto de conflictos bélicos y sociales en lugares remotos, de territorios cada día más violentos, de crisis y recesiones a nivel global, del surgimiento de nuevas enfermedades, de especies que minuto a minuto se van extinguiendo, de bosques que desaparecen y por supuesto, de la temperatura de la Tierra que (aunque algunos lo nieguen) no para de subir. Ante lo dicho e independientemente de nuestra realidad individual y de nuestro presente, no deja de atormentarnos la idea desoladora de que el mundo se ha vuelto un lugar inhabitable. Por ello, el actual o el futuro desarrollo de la tecnología tal vez pueda ofrecer atajos para lograr evadirnos, y al menos por unos momentos, hacer nuestra existencia –o la de nuestros avatares– más llevadera. Ahora bien, ¿qué nos hace pensar que en esos nuevos mundos virtuales y estas metasociedades que construiremos en ellos no reproduciremos los mismos males de los que nos estaríamos escapando? Pero ese es otro tema. r


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! A L O ¡H A Y O R U T U EL F Ó G E L L 97

LA VIDA VIRTUAL


La adopción de la Modelización de Información para la Construcción (BIM) ha transformado la industria de la construcción, permitiendo un diseño más eficiente, una construcción más rápida y una gestión más eficaz. Sin embargo, a medida que los proyectos se vuelven cada vez más complejos y las expectativas de los clientes aumentan, las herramientas actuales de BIM se quedan cortas. Aquí es donde la Inteligencia Artificial (IA) entra en juego. Este artículo explorará cómo la IA está listo para ser la próxima frontera en el mundo del BIM, impulsando a la industria hacia nuevas alturas de eficiencia y eficacia.

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por Ing. Fabian Calcagno de Miller&Co

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BIM Y LA PRÓXIMA FRONTERA DE LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL


Evolución de BIM: Integración de personas, procesos y herramientas El BIM no es solo un software o una tecnología, sino una metodología que integra Personas, Procesos y Herramientas. Ha pasado de ser un concepto innovador a una práctica estándar en la industria de la construcción. A medida que avanzamos hacia una era más digitalizada, la combinación de BIM con otras tecnologías emergentes como la IA puede superar sus limitaciones, permitiendo un nivel de automatización y precisión anteriormente inalcanzable. Empresas como MSR han comenzado a recorrer el camino del BIM de la mano de MillerCo, que ha entrenado e implementado BIM en la empresa.

IA: potenciando el ciclo de vida del BIM La IA puede abordar varios desafíos en el ciclo de vida del BIM, desde el diseño hasta la construcción y el mantenimiento. Los algoritmos de aprendizaje automático pueden analizar grandes conjuntos de datos para prever problemas antes de que ocurran. Además, los bots impulsados por IA pueden facilitar la gestión de proyectos y la toma de decisiones. Por ejemplo, los bots como PMI Project Management Institute, Bot basado en NFPA 24 y 25, y Tools BIM BOT IA, pueden proporcionar asesoramiento experto y respuestas en tiempo real a preguntas complejas, mejorando la eficiencia y la precisión en cada etapa del proyecto.

Bots basados en IA: transformando la industria Los bots basados en IA ya están haciendo olas en la industria. El «Token Real Estate BOT» está revolucionando el sector inmobiliario al facilitar el acceso a la tokenización de propiedades y a los contratos inteligentes. Mientras tanto, el Control–P BOT IA está destinado a cambiar la forma en que manejamos los costos de construcción, ofreciendo una herramienta revolucionaria para la gestión de costos de obra. Estos son solo algunos ejemplos de cómo la combinación de BIM y IA está transformando la industria.


NOTA

Aunque el futuro es brillante, la integración de la IA en el BIM no está exenta de desafíos. Cuestiones de privacidad, complejidad y la necesidad de una formación adecuada deben abordarse. Sin embargo, con el avance constante en el aprendizaje automático y la inteligencia artificial, es solo cuestión de tiempo antes de que estos desafíos sean superados. La combinación de BIM y IA no solo cambiará la forma en que diseñamos, construimos y mantenemos nuestras estructuras, sino que también cambiará la forma en que interactuamos con ellas.

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Desafíos y oportunidades de la IA en BIM

Transformación y futuro de la industria

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La combinación de BIM y la inteligencia artificial está preparada para transformar la industria de la construcción. Desde la eficiencia en el diseño hasta la automatización de la gestión de proyectos y la toma de decisiones impulsada por datos, las posibilidades son prácticamente infinitas. A medida que avanzamos hacia un futuro más digitalizado, la IA continuará rompiendo las barreras, permitiendo niveles de eficiencia y eficacia nunca antes vistos en el mundo del BIM. Con la información correcta y una mente abierta, todos podemos participar en esta revolución tecnológica y contribuir a un futuro más transparente, eficiente y equitativo. r


NOTA

DESANDAR LO INFINITO

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por Silvia Dócola y Luis San Filippo

Debates en torno a la idea de CENTRO/LIMITE/ UNIDAD. Le invitamos a realizar un viaje, desandando el infinito.

Un viaje que contará con una guía turística poco tradicional, de hecho, ante algunos de nuestros recorridos propuestos cualquier guía habitual podría ponerse bastante nerviosa, si es que pensamos al guía como alguien que solo quiere guiar al turista a sacar sus fotos, sonreír y simplemente continuar el viaje sin cuestionarse más. Porque este es un viaje de encrucijadas.

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Un viaje que también es una invitación a recorrer arquitecturas, algunas de ellas que encontrará seguramente reconocidas, ya que sea como sea, y sea por donde sea, el andar nos convoca a encontrarnos con arquitecturas.


Vayamos a esa península derivada del continente asiático, aquella vieja Europa del siglo xv. En ella y su mundo se vuelve a debatir ciencia, magia y religión. Claudio Ptolomeo (100-170) había planteado que la Tierra era el centro del universo conocido y esa teoría había hegemonizado el pensamiento de lo que hoy conocemos como Europa. La Tierra inmóvil, las estrellas y planetas girando en órbitas perfectamente circulares. Nicolás Copérnico (1473-1543) produce un giro brutal cuando afirma que el centro es ocupado por el Sol y la Tierra, giraba una vez al día sobre su eje y completaba cada año una vuelta alrededor del Sol. Galileo Galilei (1564-1642) había construido, en 1609, un telescopio de veinte aumentos lo que le permitió, entre otros logros, observar la vía láctea, lo nuevo, entre ellos la idea que la tierra se movía. Giordano Bruno (15481600) plantea la idea de lo infinito y que nadie puede limitarlo.

Los científicos debaten quién traza los límites de lo infinito, o sea, quién ocupa el centro, y con él, el poder para hacerlo. A la Iglesia y su Inquisición le resultan interesantes estos debates, aunque mucho más inquietantes. A Galileo y Giordano le ofrecen abjurar públicamente antes que el vulgo empiece a entrar en dudas. Galilei lo acepta, Bruno es prendido fuego. Sin embargo, en otros ámbitos, aún un tanto indefinidos, entre las ciencias y las artes, entre quienes podríamos llamar hoy los arquitectos, también se debaten cuestiones similares. Con la gran diferencia, o digamos indiferencia, respecto a la presunta ingenuidad del proceder de los arquitectos al definir sus proyectos de arquitectura. Como si con la arquitectura se pudiesen decir muchas de las cosas que no quieren ser oídas. Veamos algunos ejemplos. Cosme de Medici (1389-1464), un pujante y ambicioso mercader de Florencia, ostentando mayor visibilidad para su poder que el del papado y la Iglesia juntos como institución, encarga por 1422 a Filippo Brunelleschi la construcción de una iglesia propia, como vidriera de las riquezas familiares. Entre 1422 y 1446 Brunelleschi proyecta la iglesia de San Lorenzo en Florencia, aunque; y hay que decirlo para quienes no lo sepan, por ese entonces como la mayoría de sus pares, no tiene título de nada. Es un hombre de las ciencias como del arte aún no institucionalizado, y con él, y más allá de conocerse figuras antiguas en el rol de arquitectos, se denotarán los primeros indicios para la labor intelectual de lo que se llamará la disciplina arquitectura, el arquitecto como autor. Brunelleschi, haciéndose cargo de la pretensión de Medici, decide apostar a construir la idea de un centro. Allí donde plantea el encuentro entre las naves y el transepto, como punto de mayor jerarquía, sostenido por el uso de lo que se conocerá como orden mayor, donde ubica la única cúpula sobre pechinas, reforzando con ello el planteo de centralidad de dicho espacio.


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Iglesia de San Lorenzo en 1422, Florencia. Filippo Brunelleschi (1377-1446). Lo infinito da vueltas a nuestro alrededor.

Brunelleschi, como plantea el arquitecto y teórico italiano Tafuri, desde el inicio mismo del clásico propone el uso del orden arquitectónico y así como lo maneja, lo sabe poner en crisis. La idea de un centro único con otros a su alrededor que se producen al moverse. Todo orbita y converge a un centro, a través de un único punto de fuga. Si se multiplican los puntos de fuga el centro puede seguir existiendo como tal, pero en relación o en competencia de otros a su alrededor. Ya no es único, en su relación de dependencia jerárquica con otros centros, o quizás nunca lo fue como probablemente exponga Brunelleschi aquí.

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Sin embargo, ese centro como punto de mayor valor es puesto en crisis por el mismo Brunelleschi al construir el proyecto en base a la perspectiva. Como plantea el arquitecto e historiador italiano Benévolo, el «invento» de la perspectiva era un instrumento basado en las ideas sobre la óptica, y ensayadas desde la física por Toscanelli (1397-1482), por pintores y escultores como Donatello (1386-1466) o Ghiberti (1378-1455), y por supuesto por el mismo Filippo. Un artilugio que permite representar al mundo desde el control racional que aporta la geometría, y con el proyectar un nuevo mundo basado en el control de quien lo maneja.


Iglesia de Santo Spiritu en 1444, Florencia. Filippo Brunelleschi (1377-1446). Lo infinito inalcanzable.

Por esos mismos años, Brunelleschi genera otra idea respecto a la de San Lorenzo, para su proyecto (no construido en la totalidad del planteo original) de la iglesia de Santo Spiritu en 1444. En apariencia es una iglesia similar a la anterior, en la que usa el mismo módulo (la campata) y una resolución similar de espacio central, para dar sentido al encargo de ya no una, sino un grupo de diversas familias de mercaderes, proto burgueses, con la fe en la religión y sus mercaderías pretenden posicionarse en la ciudad. Sin embargo, la estructura espacial resulta concéntrica, un centro rodeado por una nave perimetral. A lo anterior ahora le agrega que a este centro de mayor jerarquía no es necesario acceder, o uno podría no atravesarlo. Quizás porque no nos pertenezca como simples mortales, o quizás por el hecho de justamente ser mortales, ese centro es una idea ilusoria, una idea vacía sin materialización o alcance. Una suerte de espacio infinito a partir de la finitud de lo que lo rodea, en el que el aparente poder de ese centro queda en parte disminuido por el posible incesante movimiento en su torno. Como la historia no es lineal, y mucho menos aún la de la arquitectura, hay sujetos que reafirman principios que han sido ya cuestionados. Bramante, en 1506, plantea con su proyecto para la iglesia de San Pedro encomendada por el Papa Julio II (1443-1513), la apuesta al control total. Puede haber varios centros, pero uno solo importa y hay que sostenerlo inmóvil. Con una idea parecida a la del Brunelleschi de Santo Spiritu, estos centros perimetrales, posicionados para dar valor «al gran centro», están fijos, son espacios estancos, subordinados y aunque nos inviten a entrar, siquiera son una mera distracción camino al centro totalizador.


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El Palacio de Versalles (château de Versailles), tal como lo conocemos, es el resultado de una serie de intervenciones. Encargado por el Rey Sol Luis XIV (1638-1715), fue proyectado en sucesivas fases entre 1661 y 1715. Podemos hablar de una obra colectiva ya sea por los arquitectos que se sucedieron, en especial Louis Le Vau, y después de su fallecimiento entre otros Jules Hardouin Mansart, por los proyectistas de sus jardines entre los que se destaca André Le Nôtre (1613-1700) y por quienes podríamos llamar hoy «decoradores de interior», aunque dicho mote sería una injusticia para pintores y teóricos del arte francés de ese momento como Charles Le Brun (1619-1690).

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Iglesia de San Pedro en 1506, Roma. Donato di Angelo Bramamante (1444-1514). Lo infinito es único y totalizador.

En su hacer, en 1667 se excava el estanque del Gran canal en el centro del jardín, entre 1678 y 1684 Mansart construye la galería de los espejos, sobre la terraza que había construido Le Vau, y en 1701 la Cámara del rey se sitúa en el centro del palacio (en el espacio en que se encontraba desde hacía poco tiempo el salón del rey). Con este último acto el rey se sitúa en el centro de la composición, entre la ciudad de Versalles y la lejana París y los jardines que, mediante el gran canal, parecen fugarse a lo infinito.

Pensar en los sucesivos «bosquetes», a cada lado del estanque de Latona y de la alfombra verde, hasta la alameda de los tilos, cada uno realizado con su particular diseño, nos lleva a interpretar que la diversidad es un valor, para entre tanto diverso perderse.

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Transversalmente a la cámara del rey, el salón de los espejos instala la idea de la reproducción infinita. Desde el centro de esta composición la perspectiva hacia el gran canal, extiende la mirada hacia lo infinito. Pero no solo estas tres escenas desafían a los límites alcanzables, los jardines posteriores se articulan desde el eje central hacia los bordes pasando de lo más normado (los parterres) hasta lo «salvaje» del bosque. Si bien el dominio tiene límites parcelarios se crea la ilusión de la falta de sus límites.


Versalles en 1661, Paris, Louis Le Vau (1612-1670), Jules Hardouin-Mansart (1646-1708) y otros. La ilusión de lo infinito.

¿Qué puede parecer más cercano a pensar lo infinito que la multiplicación de lo finito, la sucesión de centros, de puntos focales que concentran y desconcentran, la idea de perderse en el espacio? En 1682, Luis XIV traslada la sede de su corte y gobierno a Versalles por lo que el palacio se constituye en el centro del imperio francés: se construye así la idea de un centro de poder que domina lo infinitamente posible de la construcción del imperio, bajo la lógica de la ilusión. Una historia que ya sabemos cómo terminará. Sin embargo, la historia no suele terminar con quienes dejan de ser simples mortales, y como si con las vueltas de la vida también volviesen los mismos debates, lo mismo sucede con los sujetos históricos que proyectan sus valores en las arquitecturas que realizan. El Reichstag (Parlamento) es hoy uno de los edificios más visitados de Berlín, a él llegan más de 3 millones de personas por año. Sin embargo, desde sus cimientos conviven en él las mayores de las tragedias que una sociedad pueda vivir. Fue construido entre 1884 y 1894 por el arquitecto Paul Wallot (18411912) por encargo del káiser Guillermo I (1871-1888) durante el II Reich: el Imperio alemán bismarckiano (1871-1918). El lenguaje del orden arquitectónico, en reminiscencias al siglo xv florentino, es usado para denotar pertenencia al pasado europeo, y con especial artilugio, plantear una desproporcionada cúpula de piedra que se elevaba por encima del palacio, marcando la centralidad del proyecto y con ella la idea de centro unificador, en el marco del imperio alemán. Algo así como decir acá estamos.


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En 1918 se proclamaría en él la República Alemana de Weimar. Dos años antes de que naciera el arquitecto inglés Norman Foster pero en Berlín, un 27 de febrero de 1933, se desatará en la cúpula del palacio un enorme incendio. El tiempo dirá que será una excusa para culpar a los comunistas en una operación de bandera falsa, y asumir el poder dictatorial. Los integrantes del Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán con Hitler (1889-1945) a la cabeza (electo por elecciones democráticas) exigirán su nombramiento como canciller, dando inicio a una de las peores atrocidades de nuestra humanidad.

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Cúpula del Reichstag en 1999. Berlín, Alemania, Norman Foster (1935). Otra vez lo infinito es único y totalizador.

Tras la caída del Muro de Berlín, en 1999, con Alemania reunificada, el Reichstag volverá a ser la sede de la Cámara Baja del Parlamento o Bundestag, convocándose a un concurso para reconstruirlo, al cual se presentan ochenta equipos de arquitectos. El concurso lo tendrá como ganador al arquitecto Norman Foster. Aunque ciertamente ni el primer proyecto ni el segundo presentado por Foster tendrían en la propuesta original la idea de una cúpula, la cual se realiza ante las presiones de actores políticos y públicos, y la aceptación de Foster de hacerse cargo y dejar atrás otras ideas.

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Con la Segunda Guerra Mundial encima, tras el bombardeo aliado de 1945, el palacio quedará casi completamente destruido, y sobre él soldados rusos izarán la bandera de la victoria soviética. A mediados de los cincuenta, se demolerá la ya famosa cúpula de piedra, y recién en 1961 durante diez años se restaurará austeramente el edificio sin tenerla en cuenta, en manos del arquitecto Paul Baumgarten (1900-1984).


La reforma de Foster, como un ferviente Bramante, retoma la cúpula original como enclave totalizador del proyecto. Ahora de cristal, apostando a ser un mirador sobre la ciudad, y desde la cual ver y escuchar las reuniones del Parlamento. Aunque algunos afirman que es una apuesta a la transparencia de la política en Alemania, lo cierto es que luego de toda la historia vivida, la cúpula retorna a su lugar de centro, con el perfume de lo nuevo. Es nuevamente allí donde se posiciona para en cierto modo hacernos sentir con todo su poder, basado en la tecnología de punta, que aquí no ha pasado nada. Algo así como que el futuro llegó hace rato, jactancia del ser alemán. A principios de la década de los noventa, con la moda de la globalización, Thomas Krens (1946), el director de la Fundación Solomon Robert Guggenheim en Estados Unidos, decide buscar una nueva sede y abrir una franquicia de arte en Europa. Partiendo de la idea original, aquella que en 1937 se le encargara al arquitecto Frank Lloyd Wright (1867-1959) como primer museo situado entre el conglomerado de líneas rectas que hacen de límite al Central Park en Nueva York, y el antecedente en Venecia, del Palacio Venier dei Leoni, en el Gran Canal, donación de la mecenas Peggy Guggenheim (1898-1979) en 1969. Al convulsionado Gobierno Vasco de Bilbao, entre separatistas y las crisis financieras producto de los nuevos modelos económicos imperantes a nivel global, se les ocurre apostar a recuperar la deteriorada zona portuaria e industrial de la ciudad junto al río Nervión. Allí desde donde Bilbao supo expandirse al mundo con sus manufacturas, ahora a través de la construcción de un museo de arte, que como master plan conlleva la financiación y franquicia de la Fundación Guggenheim. Thomas Krens convocará al arquitecto canadiense norteamericano Frank Gehry, de quien conocía que no había podido concretar su proyecto para el Walt Disney Hall de Los Ángeles, un proyecto que resultará ser más que una antesala de lo que hará en Bilbao. Pero antes de ponerse a construir, por motivos legales, en 1991 hacen un llamado a concurso que apenas dura diez días; en él que participan el arquitecto japonés Isozaki, el estudio de los austriacos Coop Himmelb(l)au y el eventual arquitecto ganador. Gehry, que no usa computadoras, parte de abollar un papel como propuesta, a la necesidad de abordar un nivel de complejidad matemático tan elevado que se deberá convocar a Dassault Systèmes, una empresa ligada a la realización de programas informáticos para tecnología aeroespacial. Ellos deberán asumir el desafío de crear el software CATIA, especialmente diseñado para digitalizar las sinuosas curvas de las maquetas realizadas por el arquitecto, transformando los bosquejos en animaciones 3-D. A su vez con este programa se realizarán los cálculos estructurales, definiendo formalmente la materialización de cada pieza en el proyecto, que resultan ser únicas en su ubicación. Una adaptación a la arquitectura que conlleva enormes gastos, los cuales son afrontados por la Fundación Guggenheim.


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En sus veinticinco años, registra un promedio de un millón de visitas por año, el doble de las estimaciones iniciales, y de esa cantidad, más de la mitad son turistas del extranjero. Durante sus tres primeros años de funcionamiento, lo recaudado en impuestos a través del gasto de los visitantes en hoteles, restaurantes, tiendas y transporte, solventa el fastuoso costo inicial de la propuesta y posterior construcción del museo.

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El resultado del proyecto son 24.000 metros cuadrados de superficies de los cuales 10.540 son reservados para las exposiciones, en un museo enmascarado bajo más de 40 mil placas de titanio. Ante lo insólito del material, Gehry en modo Picasso, se excusa: «Pasé mucho tiempo tratando de entender la luz en Bilbao. El acero que debía utilizar al principio no emitía nada cuando se exponía a la luz allí. El metal parecía muerto bajo un cielo gris. Pero por casualidad descubrimos que el titanio es muy adecuado para este tipo de luz». Unos días antes de ser inaugurado, un comando de ETA intenta colocar explosivos frente al futuro Guggenheim, un agente de la policía vasca que terminará falleciendo, lo advierte y lo impide entrecruzándose en un tiroteo. Días después, el 18 de octubre de 1997, el Museo Guggenheim abre desde Bilbao sus puertas al mundo y al más allá. Y con él, una suerte de bola de nieve en la ola de la globalidad, el llamado «efecto Bilbao», la cultura (del arte, de la memoria, de lo cognitivo) como un espectáculo potenciable para ser un bien de mercado que posibilite la restitución de una economía global, entre lo propio y lo ajeno.

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Museo Solomon R. Guggenheim en 1991. Frank Gehry (1929). Bilbao (País Vasco), España. Otra vez la ilusión de lo infinito.


Apenas dos años de su apertura, en 1999, James Bond usa su tecnología de avanzada apoyándose en los muros del museo para verlo volar en la película de su saga El mundo no es suficiente. En 2015, el futuro de ciencia ficción que propone la película Júpiter Ascendente tiene como base de su mundo a este Bilbao de Gehry, con su proliferación de propuestas formales ancladas a lo fantástico. Las citas continúan.

Dos cuestiones podemos reflexionar, respecto al infinito con este tipo de proyecto. La primera es que cualquier cosa puede ser algo. Tan burdo como eso, y tan genuino como la posibilidad de lo imaginable como motor de creación. Un bollo de papel como acto creativo ficcional puede sostenerse técnica y tecnológicamente hasta llevarlo a la materialización concreta de unos espacios para habitar. La barrera se trasciende exponencialmente cuando tiempo después es celebrado con complicidad cómica por el mismo autor, en el espacio de la fantasía, al realizar el mismo gesto creativo en unos dibujos animados como Los Simpson.

La otra, que ese algo ya no necesita estar anclado a un lugar específico. Ya no es a partir de un proyecto en concreto desde donde parten los puntos infinitos que convocan al paisaje como un horizonte inalcanzable, como se nos presentaba la infinitud del Versalles. La diseminación de estas piezas, más allá de que puedan concatenarse, postulan desligarse de un antes o un después entre ellas. Invitándonos a creer que conviven en un incuestionable infinito fluir del tiempo, en los espacios de las indiferencias. Como lo plantea la obra «La cuestión del tiempo» del artista Richard Serra, una de las esculturas más grandes del mundo, paradójicamente albergada dentro del museo. El 11 de marzo de 2020, la COVID-19 es declarada como pandemia en una rueda de prensa mundial a cargo del director general de la Organización Mundial de la Salud. La idea de lo infinito se nos pone en jaque ante la evidente finitud de la vida. El encierro es obligatorio y por esos momentos, de modo incierto, sin saber por cuantos días o años. Las calles se vacían, en algunos lugares retornan los animales salvajes, la casa vuelve a ser el cobijo refugio de nuestras vidas. Pasamos los días en ella, de rincón a rincón, yendo de la cama al living. Con dos postergaciones y un año más tarde, desde su creación en 1895, el sábado 22 de mayo se vuelve a inaugurar la Bienal de Venecia 2021, y con ella entre más de cuarenta países la participación del nuestro representado a través del Pabellón Argentino. Siendo una de las exposiciones culturales más esperada y celebrada en el mundo, en el marco de la bienal se presenta la 17° Muestra Internacional de Arquitectura. Iniciada en 1980 con la dirección del arquitecto italiano Paolo Portoghesi (1931-2023), la presente bienal cuenta con curaduría general a cargo del arquitecto libanés Hashim Sarkis (1964), quien propone el lema:


NOTA 119

La casa infinita en 2020. Pabellón argentino en Venecia, Italia. Gerardo Caballero (1957), con P. Gallino, S. Flosi, F. Brachetta, A. Babaya, L. Rota, E. Leggeri, S. Rothman, G.Bordi, E. Torres y A. De Paoli. Otra vez lo infinito da vueltas a nuestro alrededor y es inalcanzable.

«¿Cómo viviremos juntos?»

La inmensidad espacial, la vastedad del tiempo como imaginario artístico y el concepto de lo infinito constantemente convocado por la literatura escrita por Jorge Luis Borges (1899-1986), son los bastiones creativos que nombra el catálogo de la muestra y sobre los cuales el proyecto se sustenta según sus autores. Las tradicionales casas populares argentinas conocidas como «casas chorizos», son convocadas desde la historia (de la arquitectura) y su lógica de habitaciones que se suceden y repiten una tras otra. Una pared de pino y aglomerado calado, pintado de rosa, en referencia a la técnica utilizaba en tiempos de la colonia, mezclando sangre de buey con cal, estructura la sucesión de espacios que se serpentean a lo largo del pabellón argentino en Venecia.

MSR EDICIÓN LIMITADA #9

La bienal recibe la instalación de «La Casa Infinita», el proyecto con el cual el arquitecto Gerardo Caballero y equipo ganan el concurso organizado por la Cancillería argentina con la comisaría del músico Juan Falú (1948). La instalación se realiza en el pabellón que Argentina posee de manera permanente desde el 27 de agosto del 2012 cuando fuese inaugurado en Venecia vía Tecnópolis y por cadena nacional, bajo el lema «Identidad en la Diversidad». Un predio entre los canales de agua de Venecia, con unos quinientos metros cuadrados dentro de la Sala de Armas del Arsenale, en el cual no se puede utilizar ningún elemento que se vincule físicamente a lo existente.


«Una casa puede ser mucho más grande que la propia vivienda: puede ser la ciudad, el país y hasta el mundo», afirma Gerardo, el arquitecto.

Esta casa esta amueblada con mesas y camas, sábanas y manteles, que a través de planos, fotos, dibujos y maquetas, muestran como documentos de identidad, una selección de obras y proyectos representativos de vivienda colectiva en Argentina. Ejemplos dispersos por todo el territorio, de iniciativa pública como privada, que han sido construidos o que incluso nunca llegaron a construirse, estos últimos nombrados bajo la categoría de utópicos. Y el proyecto no solo queda allí, en su primera exposición. Además de su expansión vía las ya habituales redes sociales, la propuesta viaja, se expone en otras galerías, circula por otras aguas, se cita en la fachada de un edificio en una ciudad que no la olvidará, ya qué: «a la Casa Infinita no se entra, uno siempre está dentro de ella, es tan grande que tampoco se puede salir, es amplia y abierta, sencilla y discreta, no tiene un recorrido predeterminado». r

«Sentí, en la última página, que mi narración era un símbolo del hombre que yo fui mientras la escribía y que, para redactar esa narración, yo tuve que ser aquel hombre y que, para ser aquel hombre, yo tuve que redactar esa narración, y así hasta lo infinito». La busca de Averroes, Jorge Luis Borges, El Aleph (1949).


DESANDAR LO INFINITO

A modo de glosario para acompañarnos en la lectura crítica proyectual: Hablar de centro es denotar una periferia, y con ellos, hablar de poder, en tanto que y quienes sostienen, atraen, posibilitan, unen radialmente ese centro hacia sí mismo, o lo ponen en crisis desde lo periférico. Hablar de centro y periferias, será hablar entonces de unidad/diferencias.

La arquitectura suele mostrarse ingenua, aunque en su proceder proyectual, está todo el tiempo tensionándose entre la unidad y las diferencias.

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Porque cuando se rompe la unidad, a partir de sus fragmentos pueden pasar dos cosas. Una que se produzca lo diferente, esos distintos fragmentos en relación a la unidad rota. Otra, que eso diferente sea asumido como diverso, restituyéndose al orden de la unidad, bajo la lógica de lo múltiple.

De un punto a otro se traza una recta. Una distancia, una temporalidad y con todo ello un límite. Algo se define ante lo ilimitado como lo posible entre tanto infinito a nuestro alrededor.

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Estos son algunos debates posibles, entre algunos de estos proyectos elegidos, en un arco de tiempo determinado, para caprichosamente hablar a través de ellos sobre la idea de lo infinito. O dicho de otro modo, lo que hacen los arquitectos en nombre de la arquitectura, al definir sus propios límites.


SOLEDAD PASTORUTTI


«TODO LO QUE BRINDA EL DEPORTE ES INFINITO: RESPONSABILIDAD, DISCIPLINA Y TEMPLANZA PARA SUPERAR LOS DESAFÍOS» Conversación Silvana Dal Lago + Pamela Gaido


Desde hace 31 años, Silvana Dal Lago está al frente de Sonder, una empresa textil rosarina fundada en los valores adquiridos a partir de su vida dedicada al deporte Antes que empresaria, Silvana Dal Lago se define como deportista. Sin dudas, es su ámbito natural, el entorno en el que se movió desde siempre –a través del vóley, disciplina en la que jugó de manera profesional– y donde además conoció a su marido Claudio «Lolo» Verasio, quien fue su entrenador y con quien comparte la vida hace 38 años. Juntos crearon Sonder, una empresa rosarina líder en el mercado de prendas deportivas, que lleva 31 años de funcionamiento ininterrumpido y que en la actualidad cuenta con 180 empleados, 8 locales propios y cinco franquicias. Pero más allá del éxito comercial, Sonder es mucho más que eso. Cuenta con su propio club, fundado hace dos décadas, a partir de la inquietud por traducir en un proyecto concreto su pasión personal por el vóley. Y los proyectos parecen sumarse y multiplicarse: un maratón propio que ya cuenta con 20 ediciones, un hostel para delegaciones deportivas y el constante apoyo a certámenes y a deportistas amateurs. Se trata de una historia que se ha ido construyendo, por un lado, a partir de la concepción del deporte como «filosofía, inspiración y legado» (slogan que puede leerse en las paredes del club), y, por otro, frente a la necesidad de «ser mejores todos los días», frase que nuestra entrevistada se encargará de repetir en innumerables momentos de la charla. El querer superarse diariamente, el levantarse ante cada caída o preparar la cabeza frente a los desafíos o las adversidades. ¿Acaso no es eso el infinito? MSR: ¿Cómo nace Sonder? SDL: Inicialmente no lo planificamos. Yo estudié óptica apenas terminé el secundario. Mientras estudiaba, solía hacerme mi propia ropa porque siempre me gustó coser y mi mamá nos la había hecho siempre, a mí y a mis hermanos. En el 89 se complicó muchísimo el contexto económico y se dejó de conseguir la lycra –algo parecido a lo que está sucediendo ahora–. Y empezaron a faltar muchas cosas en el mercado. Como yo usaba mucho porque hacía deporte, me compraba un pedazo de tela y me hacía la calza o lo que necesitara. Mis compañeras querían lo que yo tenía, entonces les hacía a ellas también y se las vendía. Hacía todo con el retazo que me quedaba. En aquel momento estaba muy de moda el fitness y el aerobic. Entonces me venían a pedir que les haga sus prendas también. Así que así arrancamos, estuve dos años jugando a la modista mientras estudiaba. Yo cosía y Lolo cortaba las telas. Siempre le digo que hacía cualquier cosa con tal de tener novia.


Un día nos llamaron para ver si queríamos poner un stand en estos eventos de aerobic. Así que con todos los retazos que tenía me puse a coser y armé un stock. No tenía marca aún, usaba una S, como la inicial de mi nombre. Fue un éxito total, y ya no eran solo los conocidos los que me compraron. Se nos agotó todo, así que les tomamos el correo electrónico –que recién ahí se empezaba a usar– y guardamos todos los datos. En dos meses registramos la marca, registramos la empresa, conseguimos local y cosí para tener stock. Lo armamos en una galería que quedaba Mitre y la cortada Ricardone. Compré dos máquinas de coser industriales y tomamos la primera empleada. Fuimos una sociedad de hecho, por cinco años, para luego ya hacer el cambio a SRL.

NOTA 129

Un día nos llamaron para ver si queríamos poner un stand en estos eventos de aerobic. Así que con todos los retazos que tenía me puse a coser y armé un stock.

SDL: Desde el primer día que pusimos el local, le escribimos a todos los que teníamos el mail avisándoles que ya podían venir a un lugar. Y empezó a moverse de boca en boca. Desde ahí al ‘97 fue terrible el crecimiento, porque el aeróbic explotó. Entonces todo lo que hacíamos lo vendíamos, que fue un poco la historia de siempre de Sonder. Muy productor, y siempre con su capacidad ubicada, y muy cuidadosos de no cuatriplicar de un día para el otro. Yo en ese sentido siempre fui muy medida. Mientras tanto, Lolo trabajó de profesor de educación física un tiempo, ya que era la estabilidad que necesitábamos. Siempre fuimos muy prolijos y cautelosos. MSR: ¿Y tenías algún objetivo? SDL: Ser mejor todos los días, ninguno más que ese. Solo el desafío de mejorar. Lolo siempre fue un poco más inconsciente. Y yo, mucho más medida. Entonces ese complemento funcionó bien siempre.

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MSR: ¿Cuándo explota Sonder?


MSR: ¿Y cómo pasaste de la S a Sonder? SDL: Una vez que pusimos el stand y que decidimos tomarlo en serio, buscamos palabras con S, entonces buscamos en diferentes diccionarios, y en el alemán estaba la palabra SONDER. Le queríamos escapar al inglés, porque no nos representaba. Y Sonder nos encantó. Significa «partida exclusiva». Venía ideal porque era todo de retazos, no había posibilidad de que hubiera dos iguales. Tiempo después de haber tenido a mi último hijo, me invitaron a jugar un torneo de vóley. Quedé fascinada de volver a competir, ahí recluté a mis antiguas compañeras, mi marido nos entrenaba. Nosotros habíamos sido buenos jugadores, ambos estuvimos en la selección argentina. Y ahí nos anotamos en la Asociación Rosarina, que nos permitieron jugar en primera división, en la B. Jugamos ese año, salimos cuartas, Valor Argentino como empresa firmaba por el equipo en la Asociación de Vóley, y ascendimos a la categoría de honor. Pero para jugar en primera, nos exigían tener estructura, tener equipo de inferiores, así que ahí nos juntamos con Madre Cabrini, que tenían vóley en Educación Física, y ahí armamos las inferiores. Ahí estuvimos un año, nos fue muy bien y había mucha gente que quería venir al equipo nuestro. Entonces decidimos fundar el club. Cuando quisimos registrar el nombre, nos encontramos con que no se permitían palabras que no fueran en español. Así que como la gente decía «Son de Rosario», fuimos por ahí. MSR: ¿Y qué sentiste haber tenido tu marca en la selección? SDL: Fue lo máximo. Pero fue algo que también se dio solo. Yo siempre digo que cuando uno hace las cosas bien, a la larga las cosas te llegan. Le pusimos mucha alma al deporte en sí, porque nos gusta. Nosotros vestimos muchas selecciones argentinas porque tanto mi marido como yo sufrimos el hecho de ser jugadores de selecciones argentinas y no contar con apoyo suficiente.

Nosotros nos definimos como deportistas, y el deporte nos dio las herramientas como para llevar a una empresa adelante. Entonces le hacemos honor a lo que nos hizo bien.


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SILVANA DAL LAGO


Como para nosotros el deporte fue tan bueno, tratamos de llevar lo que nosotros creemos que es exitoso para la sociedad. Yo creo que a partir del deporte se puede cambiar la sociedad, porque la mentalidad de un deportista es diferente, el hecho de bancarse las adversidades. Y ni hablar que el deporte nos fue devolviendo de alguna manera, porque nuestros clientes son deportistas. El club no lo fundamos como una acción publicitaria, fue más una entrega nuestra por tanta pasión, y sin embargo decís Sonder y te dicen vóley. Y después hay que ser muy cuidadosos, a nosotros lo que nos ayudó a crecer fue eso. Yo no le digo no a nada de lo que realmente me gusta. Y somos consecuentes con eso. Este año ya realizamos el maratón número 20, con el club ya llevamos 21 años, la empresa ya tiene 31. Si vos sos competitivo, querés ver los progresos, hay que ser consecuente. MSR: En el deporte no hay límites, cada uno tiene su propio infinito… SDL: El deporte te enseña sobre la responsabilidad, la inquietud, la disciplina, la constancia, la templanza para superar adversidades. El deporte te da otra cabeza, te presenta desafíos. Pero también hay que estudiar o capacitarse. Yo me he peleado con un montón de entrenadores que le decían a los pibes que dejaran de estudiar. Tampoco sirve tener a un deportista bruto, porque se termina su carrera y después no saben qué hacer. Desde las federaciones no deberían decirles a los pibes que dejen la secundaria para dedicarse al deporte. Y desde las escuelas deberían apoyar más a los alumnos que compiten. MSR: ¿Qué te sucede a vos con la ropa? Sabemos que tiene un gran significado social, define identidades, de alguna manera habla… SDL: A mí me moviliza desde otro lugar, no desde la moda. Tenemos un slogan que es «vestimos el juego», que significa estar a la altura. No es lo mismo llegar a una cancha, vestidos todos zaparrastrosos, que ir con camisetas lindas. Te da otra presencia, más allá de que los jugadores sean los mismos. «Vestir el juego» hace elevar la vara de lo que estás haciendo. Y te hace sentir distinto. Desde ese lado me encanta la ropa. Me encanta buscarle la vuelta al gusto del usuario, para que se sienta mejor. Pero siempre desde el buen uso, eso de que la moda incomoda no me va para nada. La moda tiene que ser cómoda, y tenés que hacer de eso moda. Si vos sos líder, lo bueno es que te siguen, y vos sos el que imponés. A mí hay algo del consumo masivo que no me va, me gusta hacer rendir todo al máximo, hacerle honor a cada cosa. Ni hablar de la conciencia en torno a la contaminación que hoy está muy presente.


NOTA

Para mí, el infinito es la vuelta. Es circular. Yo creo que, si estudiáramos más la historia, allanaríamos más el camino, lo que pasa es que cada uno quiere vivir su experiencia, hacer su camino…

SDL: Para mí, el infinito es la vuelta. Es circular. Yo creo que, si estudiáramos más la historia, allanaríamos más el camino, lo que pasa es que cada uno quiere vivir su experiencia, hacer su camino… A mí me parece que las cosas hay que re-crearlas.

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MSR: Como todo arte, la moda es infinita, aunque muchas veces vuelve, o es circular.

MSR: ¿Y si lo tuvieras que llevar a una tela o a una prenda, por su versatilidad, por sus posibilidades? SDL: Sin duda, las calzas. La calza es LA prenda. Si está bien hecha y es buena, te hace sentir una diosa. Con una comodidad, que te podés ir al infinito. Con la calza podés estar de gala o podés estar de fajina. Y estás siempre impecable. Es práctica, cómoda, estética, y versátil. Según tu físico, te las podés poner con un top, y es una bomba. Te las podés poner con una camisola larga, y ya es para la noche.

Hay algo que hacemos que creo que está buenísimo, que es que cada empleado, en vez de tener un uniforme único, retira un producto que le gusta ya que la idea es venir y trabajar con ropa deportiva. Y de esa manera, tenemos 180 testeadores de productos. ¿Y quién mejor que probar el producto que nosotros mismos? Y ni hablar de la comodidad. Yo creo que, si uno es una marca y puede generar tendencia, tiene que proponer algo bueno. Y la comodidad debería ser tendencia.

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MSR: Me parece maravilloso venir a una empresa y que todas las personas usen calza.


MSR: ¿Hay algún momento de la historia de la moda o alguna época en la que te hubiera gustado vivir, ya sea para vestir o para crear prendas? SDL: Yo no soy del palo de la moda, soy del deporte. Sí me atrapa muchísimo el tema de la tecnología de los tejidos, de la industria, de cómo se hace. Me fascina lo textil, lo plano, por un lado, donde uno hace las tiras y después teje. Y lo circular, que es lo que hacemos nosotros. Desde el tejido se piensa la prenda y también desde la utilidad. Pero no desde la moda. Una va haciendo las telas a partir de las tecnologías que le aplica. Mi desafío es siempre lograr mayor comodidad. La mayoría de los fabricantes de ropa van afuera, miran, compran y luego replican, con su tinte. Por eso es re-crear. Yo eso lo tengo prohibido, porque nos saca mérito. Pero desde la tecnología de los tejidos, realmente me encanta aprender e investigar. A mí lo que me gusta, es que, si hay algo distintivo, de calidad, que se note. A lo mejor hay algo que no se nota, pero lo podés explicar, como por ejemplo si la tela es reciclada. Nosotros hace ya dos maratones que en las remeras usamos telas recicladas, de botellas. La tela la pone nuestro proveedor, es la misma tela que usa la selección de fútbol. Es maravilloso, porque del plástico hacen de nuevo hilo. MSR: ¿Cómo trabajan desde la cuestión ambiental? SDL: Nosotros estamos empezando a tomar mucha conciencia, estamos empezando a estudiar el tema, ver cómo ya lo están trabajando otras empresas y de a poco ir incorporando algunas cuestiones. Por ejemplo, a mí me gustaría que todos nuestros desechos sean reutilizables, cosa que es muy difícil con la tela. Pero hacemos otros esfuerzos que son un grano de arena, como donar los conos de hilos, retazos, etc. Después implica todo un cambio de conciencia. La gente ya empieza a identificar a aquel que solo quiere ganar plata sin escrúpulos de aquellos que proponen algo distinto. Por ejemplo, gran parte de nuestro presupuesto no está puesto en el sector productivo, en el club invertimos un montón. Podríamos tomarlo como publicidad, de alguna manera. Lo cierto es que debemos empezar a pensar en hacer negocios con las cosas que le sirven al mundo. MSR: Hoy la IA es la tecnología del momento. ¿Crees que puede o podría llegar a tener impacto en el diseño de indumentaria? SDL: Estuvimos hace poco con mi marido en una feria de tecnología textil, todavía falta bastante, pero sin dudas va a atravesar todo. Por ejemplo, nosotros tenemos una máquina revisadora de los rollos de tela, pero tiene la intervención de humanos. La máquina que vimos ahí escanea y pasa el parte de todo. Si bien está más orientado al fabricante de tela, lo que vimos es que la IA lee todo a una velocidad increíble, a partir de cómo un humano la configuró.


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SILVANA DAL LAGO


Está ese miedo a quedar desplazados, pero yo creo que va a ocurrir lo mismo que sucedió con la revolución industrial, las personas se terminan adaptando y ocupando otros roles. En el caso de las nuevas máquinas de estampar, el procedimiento es el mismo, pero la fuerza de pasar la manigueta la hace la máquina. Entonces, lo que tenemos que ver es cuál es el rol que empezamos a ocupar cada uno de nosotros, claramente tendremos que usar más la cabeza. La tecnología o la inteligencia artificial te puede dar mucho, pero tiene que haber una persona atrás tomando decisiones. Yo pienso mucho en eso, porque cada vez somos más personas, entonces tendremos que ver a qué nos dedicamos. Primero tendremos que aprender a vivir, y no trabajar tanto. Yo creo que los jóvenes están mejor ubicados en eso. Yo me la pasé trabajando toda mi vida, aunque mis hijos digan que me la paso hablando por teléfono y riéndome todo el día… MSR: Qué lindo tu trabajo… Y encima podés venir en calzas. SDL: Así todo, tan mal no nos fue. Yo he trabajado mucho. Pero siempre lo disfruté un montón. Y con los años mucho más… Pero realmente tendremos que ver cómo hacemos como sociedad con este crecimiento tan enorme de la tecnología, que haya lugar para todos. Habrá que replantear las jornadas, convivir con las maternidades, por eso siempre pienso en que sería maravilloso armar industrias tecnificadas, en vez de una sola jornada de 9 pensar 2 jornadas de 5 horas, y que las personas puedan alternarse y complementarse, potenciando la producción, pero trabajando menos. MSR: ¿En qué proyectos estás hoy? ¿Y en cuáles por venir? SDL: A mí me gustaría, para completar Sonder, no solo hacer ropa. Además del club que ya tenemos, y la Estación Sonder que es un hostel para delegaciones, poder transmitir la importancia de la industria, porque eso es lo que hace fuerte a un país. Por eso, proponemos visitas guiadas que lleva adelante mi hijo menor, con la idea de poder transmitir eso, y no quedarnos solo con el concepto de vender ropa. Siempre me gustó la actividad manual, cuando inauguramos el club íbamos a empezar con un área artística, con los desechos de la industria. Y al final no se dio, pero yo lo sigo teniendo como algo pendiente, porque para mí el arte también es importante. Entonces, en vez de venir solamente a practicar un deporte, también pueden participar de un taller y desarrollar otras cuestiones. r


SILVANA DAL LAGO 137 MSR EDICIÓN LIMITADA #9

Siempre como empresaria me movilizaron otras cosas, no solamente ganar plata. Por eso, si podemos fomentar iniciativas que hagan crecer a la sociedad, es un esfuerzo que debemos hacer.


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EL INFINITO HACER MSR EDICIÓN LIMITADA #9

por Gabriel Redolfi


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Como siempre, le doy vueltas y vueltas durante semanas, meses, al artículo que cierra nuestra publicación anual de MSR Edición Limitada. Como siempre, en un momento, espero que para bien, los planetas se alinean, las ideas fluyen, los dedos corren incansables y no siempre sensatos sobre el teclado de mi computadora, y hete aquí, unas breves palabras, a veces coherentes, no siempre cabalmente acertadas sobre las ideas que las animan; en definitiva, hoy estoy escribiendo un artículo que jamás se pudo haber terminado, que jamás existió ni va a existir, que empecé pero nunca llegó a su fin, en un todo de acuerdo con la paradoja de la dicotomía. La Paradoja de la Dicotomía, ahora con mayúsculas, caramba que se las merece, forma parte de una serie de problemas filosóficos que fueron enunciados por un tal Zenón de Elea, un señor griego, por supuesto filósofo, que se estima que existió desde el año 490 al año 430 AC. Es decir, hace unos 2.500 años, en números redondos. En sus escasos 60 años de existencia, que para esa época carente de electrocardiogramas y levotiroxina y control del colesterol LDL y HDL, son de una longevidad envidiable, se dedicó a enunciar unas cuarenta paradojas, dedicadas sobre todo a las cuestiones de espacio, tiempo y movimiento. Y, sí, lector, tiene usted razón, estaba al cuete Don Zenón y tenía evidentemente mucho tiempo para pensar, pero si no fuera por él estaría yo viéndome en problemas para cumplir a tiempo con mi artículo. Don Zenón de Elea, que por lo visto era un filósofo muy dedicado al cultivo de la razón como contrapartida a la entrega a la mera ilusión de los sentidos, entre esas cuarenta paradojas, planteó este dilema que, con el paso del tiempo y el análisis de otro filósofo griego, Don Aristóteles, que existió también en la antigua Grecia según los registros históricos entre los años 384 y 322 AC, escasos cien años redondos luego de Don Zenón, nos llega a estos tiempos, para nuestra diversión y solaz.

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Si bien el sofisma contenido en esta Paradoja de la Dicotomía es totalmente claro, puesto que de hecho uno efectivamente llega desde el punto A al B, pasando por infinitos puntos, la usaremos alegremente e irresponsablemente para desarrollar nuestra idea. Es que, si fuera real y no una paradoja, nunca se llegó a término desde el punto A al B en el proceso de fabricación de la computadora en donde escribo, ni de cada uno de sus componentes, ni del generador de corriente eléctrica continua y del transformador a corriente alterna que alimenta su batería, jamás llegué desde el punto A al B en la redacción de este artículo, jamás nadie llegó del punto A al B en el desarrollo de la escritura ni del lenguaje ni del alfabeto ni de la imprenta, siempre honrado sea Johannes Gutenberg, ni de las artes, las ciencias, la tecnología, la Mona Lisa, los cañones Krupp, la penicilina, la Enciclopedia Universal, el diccionario Espasa-Calpe, los satélites artificiales y las telecomunicaciones, la World Wide Web, el IPhone, nuestros gobernantes y las leyes que nos rigen, bueno, esto último más o menos, ni nada de nada de nada.

NOTA 143

La Paradoja de la Dicotomía es muy sencilla, pero a la vez inquietante en su simpleza, y la vamos a resumir así: si quiero transitar desde el punto A hacia el punto B, no importa la distancia o el tiempo que exista entre ambos, antes debo pasar por el punto C. Y para llegar al punto C, antes debo pasar por el punto D, y entre el A y el D encontraré el punto E, y entre el A y el D estará el punto E, y luego el F, y luego el G, y así, hasta el infinito, ya que una línea entre dos puntos contienen infinitos puntos intermedios. «Lo que se está moviendo debe llegar a la etapa intermedia antes de llegar a la meta». Aristóteles, Física VI:9.

MSR EDICIÓN LIMITADA #9

En «Avatares de la tortuga» Borges define así la Paradoja de la Dicotomía: «El movimiento es imposible (arguye Zenón) pues el móvil debe atravesar el medio para llegar al fin, y antes el medio del medio, y antes el medio del medio del medio, y antes…».


Vamos a poner una de nuestras obras dentro de la lógica de la Paradoja de la Dicotomía. Usted, amable y benevolente lector de este MSR Edición Limitada #9, y a la vez esperamos que satisfecho habitante de un departamento de un dormitorio construido por nuestra empresa, sepa que, lamentablemente, nunca llegamos a terminarlo, según Zenón. Es que para que suceda esta plácida noche en donde usted, a la luz de la lámpara que ilumina su estar comedor, lee estas palabras, punto en espacio-tiempo que daremos en llamar punto B, de acuerdo con Zenón, existió un punto A, la elección del lote de terreno a construir, y el proyecto que resultó de las medidas de ese lote y las reglamentaciones municipales, provinciales y nacionales vigentes, y las planillas Excel con datos de costos, incidencias, flujos de fondos, declaraciones juradas de impuestos e información financiera, escrituras y trámites catastrales, y luego obtener los permisos de edificación, habiendo previamente realizado el legajo municipal y los cálculos de estructura, planillas de iluminación y ventilación, higrotermia, hidráulica, electricidad, cantidad de ascensores, diámetros de cañerías, capacidad de tanques de agua potable y un sinnúmero más de detalles y especificaciones, y luego el análisis y elección de contratistas y personal, demolición de la construcción preexistente, cerco de obra, alimentación eléctrica de obra, conexiones de agua y cloacas, provisión de materiales y herramientas y equipos, legajo de Higiene y Seguridad, aprobación de ART, seguros, excavación de subsuelos y pilotaje, estructura de hormigón armado de elevación, mampostería, revoques, instalaciones de agua, gas, cloacas y electricidad, contrapisos y carpetas, yeso, aberturas, pisos y revestimientos, pintura, terminaciones generales, conexiones, limpieza, clasificación de las doscientos cincuenta llaves de idéntica cantidad de puertas para abrir ese departamento elegido y no otro, elaboración de las actas de posesión, y de cada diligente tarea a la vez imaginemos el imposible transcurrir desde el punto A al punto B, por lo dicho por nuestro amigo Zenón. Pero, no se alarme, usted realmente está ahora en su departamento. Y es por todo lo que le contamos, y mucho más que no contamos, incluyendo las metidas de pata que nos mandamos, es que ahora usted entiende la lógica del título de este artículo y el espíritu que anima a la edición número 9 del libro de MSR. Lo nuestro es, qué duda nos cabe, un infinito hacer. Lo más lindo de todo es que no es solamente nuestro, el infinito hacer. Es de todas y cada una de las personas que día a día trabajan, producen, elaboran, crean, sueñan, proyectan y ejecutan, en todo el mundo, en todo lugar, en todo momento, en toda la existencia de los seres que día a día transcurren su vida. Y ahora nos dirigimos a Don Zenón: usted tranquilo, maestro, you will always be the best of the best of the best, ídolo total, no se inquiete con estas disquisiciones insensatas, allí adónde esté, ya que según su enunciado dicotómico, al igual que nuestro edificio que nunca se construyó, usted nunca murió, considerando su muerte como el punto B de su recorrido; es más, nunca nació, sus padres, que el Olimpo los tenga en su cobijo, nunca llegaron del punto A al punto B en su, suponemos y deseamos que así haya sido, edificante actividad


EL INFINITO HACER

procreativa, ni sus abuelos lo hicieron, ni los abuelos de sus abuelos de sus abuelos, y así hasta el origen primordial, en dónde nunca desde el Big Bang, concepto que le es lógicamente ajeno y que cuando quiera lo desarrollamos con más detalle, alabados sean Ernest Rutherford, Arno Penzias y Robert Wilson, Stephen Hawking y centenares de físicos e investigadores más, se llegó desde el infinitesimal punto de energía hasta la creación de los electrones y protones y neutrones que forman los átomos, del hidrógeno, helio, hierro, carbono, nitrógeno y demás elementos químicos que nos hacen tan agradablemente sustanciales.

Lo más lindo de todo es que no es solamente nuestro, el infinito hacer. Es de toda y cada una de las personas que día a día trabajan, producen, elaboran, crean, sueñan, proyectan y ejecutan, en todo el mundo, en todo lugar, en todo momento, en toda la existencia de los seres que día a día transcurren su vida.

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Para mayor data, debo decir que jamás llegué a tomarme los 750 cm3 del excelente cabernet que anima esta redacción, ya que antes hube de tomarme 325 cm3, y antes 162.5 cm3, y antes 81.25 cm3, y antes 40.625 cm3, y así hasta dividir cada cm3 por dos, y luego por dos nuevamente, y así hasta el infinito, ese infinito hacer, y en este caso, infinito tomar, recorriendo los infinitos puntos, y copas, que unen nuestro hacer y nuestros desvelos, que animan nuestras existencias, benditas sean por los dioses del Olimpo que miraban a Zenón con tal santa paciencia. r


Laila Alderisio, Matías Antón, Luis Araujo, Mario Astegiano, Juan Balaguer, Mariano Balbuena, Enzo Battaglino, Pedro Benítez, Carlos Bertotti, Ariel Bessone, Florencia Blanco, César Bruno, Fabián Calcagno, Mauro Canullo, Ana Carucci, Ariana Chávez, Rocío Correa, Eduardo De Feo, Eugenio Di Renzo, Cecilia Di Stefano, Gonzalo Di Stefano, Emiliano Dufourc, Matías Duré, Julieta Erbetta, Anabella Facco, Julia Ferrarello, Javier Flores, Pablo Fondevila, Fernando Fondevila, Eduardo Fontenla, Daniel Franchini, Andrea Fuks, Mariano Galarza, Franco Gazitano, Germán Gestri, Gabriela Gianoglio, Federico Giordano, Gilda Giordano, Antonella Gómez, Florencia Gonsolín, Cecilia Gritti, Lisandro Hadad, Brian Hakanson, María Paz Laborde, Federico Lapiuma, Emmanuel Lemos, Gustavo Lux, Ernesto Martín, Mariela Martínez, Patricia Martínez, Nicolás Mastandrea, Héctor Miller, Eduardo Montoya, Florencia Nieto, Mario Noble, Daniel Ortiz, Federico Pagliano, Víctor Pagliano, Alfredo Perino, Bruno Perugini, Carolina Rastelli, Ana Lucía Redolfi, Franco Redolfi, Gabriel Redolfi, Soledad Rinaldi, Micaela Rinaldi, Melina Robles, Patricia Rodríguez, Estefanía Román, Evelyn Romberg, Marcelo Romeo, Juan Rucci, Diego Ruiz Díaz, Marcela Salas Cornejo, Melquíades Salazar, Yanina Salman, Diego Salvini, Magalí Santiago, Martín Santiago, Mauro Scavone, Cristian Scicchitano, Belén Silvani, Marcelo Soboleosky, Martín Sottile, Martín Strizzolo, Enrique Suriñach, Gino Termini, Mariano Todeschini, Pablo Toledo, Mauro Tononi, Agustina Tosi, Rocío Valdez, Juan Manuel Valiente, Eduardo Venturuzzi, Juan Carlos Verdelli, Sebastián Vettori, Mirta Vieytes, Emmanuel Vila, Martín Wagner, Amílcar Zucchero. In memorian Nicolás Moyano


Gracias


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