#3
La pasión con sus aristas, con sus partes más claras y oscuras con zonas escondidas, veladas. La pasión se mueve, se aquieta y explota.
La pasión
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NOTAS
CUENTO
GRANDES PELÍCULAS
10. El origen etimológico de la pasión
91. La rosa pálida de Londres
16. Carne 38. Gandhi
124. El patio de todos 76. Casablanca 132. Ciudad de apasionadas 96. ¿Quién quiere ser millonario? 138. Corrimiento al rojo 122. Cinema Paradiso
DOSSIER
CONVERSACIONES 19. Miguel San Martín
82. Cecilia Carranza Saroli
juan cruz sánchez mariño
fede fritschi
28. Derna y Gloria
98. Daniel Seletti y Pablo Spurchisi
alejandra rey
patricia dibert
40. Silvia Querede y Noelí Gómez
112. Charly Bermejo
patricia dibert
patricia dibert
54. Miriam Duré alejandra rey
64. Nora Lezano juan cruz sánchez mariño
cv colaboradores Santiago Baraldi es un periodista de raza y de corazón. Su trayectoria laboral lo llevó a ser Jefe de sección ciudad en el Diario El Ciudadano, productor periodístico en radios de Rosario y en múltiples programas, en los que acompañó a colegas como Pablo Feldman, Claudio Scabuzzo, Eduardo Aliverti, Francisco Bessone, entre otros. Marcelo Britos es escritor. Publicó los libros de cuentos Los dogos (Ciudad Gótica, 2004); Alexandria (UNL Ediciones, 2007); y Como alguien que está perdido (El ombú bonsai, 2011), entre otros. Obtuvo junto a la Editorial El ombú bonsai, el premio Estímulo Editorial otorgado por el Ministerio de Innovación y Cultura de la Provincia de Santa Fe. En el año 2014 obtuvo el 1º premio de novela en el certamen internacional “Sor Juana Inés de la Cruz”, edición 2013, otorgado por el Gobierno del Estado de México, a través de la Secretaría de Educación y el Consejo Editorial de la Administración Pública Estatal (CEAPE). Patricia Dibert es locutora y periodista. Desde mediados de los ‘80 se desempeña en distintos medios locales y provinciales. Ha trabajado en Radio Dos, Canal 3, LT8, Radio Fisherton, FM Vida, Estación del Siglo, Clásica, Rock & Pop, Red TL y Radio Nacional Rosario, entre otros. Ha colaborado en Rosario 12, Vasto Mundo y Risario. Fue docente de la Escuela de Locución de Rosario y actualmente trabaja en el Diario El Ciudadano y conduce el espacio radial “Happening” por Cristal Classic. Federico Fritschi es Comunicador Social y Locutor. Es docente del taller de radio del Instituto Politécnico Superior General San Martín, UNR, donde transmite su pasión por la comunicación. Su trayectoria lo llevó a conducir y producir programas en Radio Universidad y Rock & Pop y en Televisión en los canales 5 de Rosario y 13 de Santa Fe. Alejandra Rey es periodista y redactora. Trabajó en numerosas radios y medios gráficos del país. Entre ellos podemos citar al Diario Ámbito Financiero, Página 12, Diario La Nación, Revista La Nación, Revista ADN Cultura, Diario Clarín. Colabora en las ediciones de la Revista Contraseñas (de American Express), Revista El Patio (Magazine de El Patio Bullrich), Revista Ida & Vuelta (de la Cámara Argentina de Turismo), entre otros. Recibió el premio ADEPA en el rubro investigación periodística. Juan Cruz Sánchez Mariño, es Licenciado en Comunicación Periodística. Le apasiona la historia del arte y su profesión. Es Editor General de Comunicación y Prensa del Ministerio de Cultura de la Nación. Es colaborador de la Revista del diario La Nación.
Las tipografías utilizadas en MSR/Edición Limitada #3: SciFly Sans by Flyerzone y Chivo by Pocho Gatti
staff Dirección General Arq. Gabriel Redolfi Dirección Editorial Salero Diseño Dirección de Arte Salero Diseño Coordinación General Lic. Yanina Salman Fotografías Marcelo Yuvone Videos Marcelo Yuvone Maquetación Liliana Agnellini / Verónica Franco Impresión Imprenta Borsellino MSR Edición Limitada es una publicación de distribución gratuita propiedad de MSR Constructora S.A. RNP en trámite. Todo el material publicado es de producción propia de MSR Edición Limitada. Se permite la reproducción total o parcial del material con obligación de citar a la fuente. www.msredicionlimitada.com.ar
#3 Y llegamos al #3. Ya debería ser de rutina para nosotros… Pero no es así. Cada edición es todo un desafío. El tema de éste número es La Pasión. Así, con mayúsculas. Es que sin pasión, sería imposible hacer ésta publicación. Sin las ganas, el esfuerzo, el compromiso visceral, sin esa pulsión que se siente en las entrañas, todo esto sería imposible. Es ciertamente fabuloso trabajar con un equipo tan apasionado. Es un equipo de primera línea, todos y cada uno de los periodistas y escritores, los entrevistados, la fotografía, el armado y maquetación, el diseño gráfico, la compaginación general. En cada nota, en cada fotografía, en cada armado de cada una de las páginas del libro, la pasión por lo que hacemos se revela en toda su magnitud. Nada es dejado al azar, nada se incluye para un desatendido relleno, todo tiene su lógica y su dinámica perfectamente estudiada, discutida, pensada, peleada, coordinada. Y la pasión del hacer te lleva hasta límites insospechados. Deseamos que disfruten al leer éste #3 de la misma forma que nosotros disfrutamos haciéndolo. La pasión es un universo en expansión. GR
MSR. Edición Limitada. En este número: La pasión.
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El origen etimológico de la pasión
La palabra pasión extiende un dejo de extrema curiosidad ya que, en términos etimológicos, en su origen, quiere decir sufrimiento. Esto se circunscribe al ámbito del latín passio y ésta, a su vez, del verbo pati. Patior: sufrir, padecer. Por su parte, se enhebra al griego pathos, con un sentido de sufrido, desgracia, enfermedad, todos en rangos de pasividad; sin perder de vista la importante delimitación que la escena del pathos o pasión de Cristo estableció para la remarcación argumentativa del término y además, no debe perderse de vista que, en griego moderno, significa enfermedad.
Pasión quiere decir «recibir el ímpetu de una presión, quedar sometido a dicho ímpetu».
Dado que la modernidad no otorga a la pasión, exclusivamente, este lado o área sombría, debemos remontarnos a un término previo a pathos; a aquél que da lugar y del cual proviene, cuyo eje interno de direccionamiento nos dará la clave a lo que denominamos pasión: se trata de la palabra griega «pasjo» y sus derivados. Es este vocablo el que expone posteriormente el decir de la pasionalidad. Pasjo quiere decir «recibir una impresión», donde el receptor se expone a un acto pasivo, inevitablemente intenso. A su vez, ese mismo esquema intenso toma una dirección ajena a cualquier decisión. Sin dudar, la pasión no se produce, se encuentra hecha.
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La pasión no se produce, se encuentra hecha.
La pasión es una maquinaria poderosa, somete completamente al receptor en su telaraña íntima y externa. Pasión quiere decir «recibir el ímpetu de una presión, quedar sometido a dicho ímpetu». Hasta aquí, no se trata ni se define la palabra por algo delimitado fundado en lo sombrío o lo no sombrío.
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Pasión, originalmente, quiere decir «recibir una impresión». Teniendo en cuenta que impresión quiere decir «entrar presionando», aquello que se recibe es algo que presiona, algo que ingresa con violencia. Pasión quiere decir «recibir el ímpetu de una presión». Lo pasivo, la pasividad sin pies, da lugar a la afectación completa del receptor quien, queda a merced, lo que da lugar a otro sentido que se le otorga, originalmente, a la pasión: «someterse». La pasión somete.
De allí que podamos hablar de la pasión de Klimt o de Van Gogh, de Rimbaud o Pascal Quignard, de Janis Joplin o Jim Morrison, de tal o cual deportista, de tal o cual catador de una buena uva bonarda o de lo que sea. El ser viscerado de lo que sea, incluso se puede hablar de la pasión de Leopold von Sacher-Masoch (de donde el masoquismo) o la de Elizabeth Báthory (la condesa asesina serial). Pero, si pasjo y sus derivadas además de querer decir: recibir una impresión y someterse (en sentido único de la motorización del ímpetu), quieren decir: ser castigado; luto, lamentación, llorar; es decir, señalamientos que expresan dolor; ¿De dónde sale lo doloroso? Es necesario ir por la escena del dolor de la palabra, ya que, como hemos dicho anteriormente, el enmarcamiento de la pasión de Cristo, con su remarcante dolorosa, roba para sí, por varios siglos, el sentido del término. Pasión, se trata del sometimiento a una fuerza indomable, que nos arrastra en la dirección cuyo mapa no trazamos, que traza su propia voluntad basada en algo que, tal vez, sin saberlo, trazamos o nos ha sido trazado, pero desconocemos. Sí, pasión quiere decir: «recibir el ímpetu de una presión, quedar sometido a la misma y ser afectado, perturbado, para tomar una dirección determinada a través de su fuerza indomable». g
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pathos paciente padecer someterse ser castigado dolor lamentación pérdida
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[etimología pasión]
¿Qué pretende usted de mí?
CARNE Armando Bo, 1968
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La Mac
«La ciencia nace por la pasión»
San Martín, llegó a los EEUU en 1978, con 19 años. Estudió en la Universidad de Cornell, en Nueva York, donde daba clases el mítico Carl Sagan: «fue una casualidad, lo conocía por la misión Viking, era un héroe de juventud, incluso antes de la serie Cosmos. Todos a los que nos interesaba el espacio lo admirábamos y yo iba a sus clases seguido.» Luego dejó Cornell y terminó los estudios en Siracusa, donde nos solo se graduó con honores sino que conoció a Susan, su mujer, con quien tuvo a sus hijas Samantha y Madeleine.
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«Miguel Alejandro San Martín está online», anuncia Skype. Es sábado. Al Ingeniero hoy no le toca ir al laboratorio, aunque como Jefe de Ingeniería para el Guiado, Navegación y Control de sistemas, se ha pasado más de un fin de semana en el laboratorio de la NASA resolviendo problemas de mecánica orbital. No es un decir, ingresó en la Administración Nacional de la Aeronáutica y del Espacio en 1985, y a los pocos años participó como del equipo de navegación de Magellan, con destino a Venus, la primera vez que una sonda planetaria fue lanzada por un transbordador espacial en 1989. Le siguió Cassini y el logro de orbitar la primera nave en Saturno; después llegó Marte, con la Misión Pathfinder, el primer vehículo robot en aterrizar sobre el planeta rojo en 1996, y le siguieron los gemelos Spirit y Opportunity, en 2004, y finalmente el Curiosity, en 2012.
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El ingeniero espacial Miguel San Martín, es el orgullo argentino que hace 30 años trabaja en la NASA. Participó de los últimos proyectos ambiciosos, como aterrizar el primer vehículo robot en Marte y actualmente planea poner una base científica en una de las lunas de Júpiter.
Secuencia de imágenes de Júpiter tomadas por la nave espacial Juno de la NASA. NASA/ JPL-Caltech
Hay cuatro horas de diferencia con Los Angeles, California y luego de haber pautado la nota con día y horario, se realiza la llamada y Miguel San Martín, generoso, se presta a la nota vía internet. Viste una camisa hawaiana, anteojos y lo acompaña una taza de café con leche. Se acomoda frente a la pantalla y relata en qué proyectos está involucrado actualmente: «Ahora mismo estoy trabajando en un estudio para poner una base científica en la sexta luna de Júpiter llamada Europa. Sabemos algunas cosas, como que hay mucha más agua que en nuestro planeta, en forma de hielo, y que existen todas las condiciones para que pueda haber vida hoy. En Marte sucede algo parecido, aunque la vida que sospechamos pudo haber existido ya está extinguida. Técnicamente es un proyecto muy desafiante y de gran costo: tenemos que buscar el punto perfecto para aterrizar, hacerlo con los recursos que tenemos y que eso valga la pena. Ahora estamos en la pelea del presupuesto, eso nos mantiene desvelados.» El ingeniero espacial está totalmente convencido que las nuevas generaciones «están totalmente conectadas con el futuro, vemos que los jóvenes se vienen con todo y que de alguna manera los estamos inspirando, seguramente, la parte más importante de nuestro trabajo». En 2012 en pleno proyecto Curiosity batió el record de trabajo a pura pasión: estuvo en el laboratorio de la NASA tres meses, todos los días, incluidos los fines de semana sin ver a su familia. San Martín tiene grabado en su retina el día que Armstrong pisó la Luna en su Apolo XI: «fue un gran impacto; entonces comencé a pensar que ésa era el área a la que yo me quería dedicar. Después, ya de más grande, seguí muy de cerca el Programa Viking en el año 75 que fue la primera nave en aterrizar exitosamente en Marte. Fue una experiencia muy directa para mí. Recuerdo que cuando vi esas fotos del planeta rojo por primera vez pensé: esto es lo que yo quiero hacer el resto de mi vida. Quiero trabajar en la NASA en una de estas misiones que aterrizan en otros planetas, especialmente en Marte. Nunca me hubiera imaginado que iba a estar en la misión a Marte que le siguió a Viking, esa que vi cuando era chico. Pero la suerte quiso que en la siguiente misión esté yo, cumpliendo un rol muy importante, con todo el drama y el desafío que conllevó.»
Miguel San Martín 21
Ilustración de nave espacial orbitando Júpiter. NASA/ JPL-Caltech
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¿Cómo describiría la pasión en su trabajo? ¿Dónde la podemos encontrar? La pasión en mi trabajo la descubrí de afuera hacia adentro. No usaba esa palabra para describir lo que hacía. Sí, sé que me produce placer, me divierte y me da alegrías tener problemas espaciales para resolver. Pero la primera vez que me encontré con esta pasión estábamos analizando temas bien técnicos. Fue con el Curiosity. Exponía un diseño y el panel de revisión se resistía a aceptar ciertos conceptos que enunciaba. Muchas veces, ese tipo de discusiones la atmósfera se pone caliente; digamos que nos calentamos y gritamos todos un poco y perdemos la paciencia. Pero mientras todo sea con respeto no hay ningún problema, ese es el código. Me acuerdo que ese día, una de las personas que me indagaban, me dijo en un recreo que nos tomamos: «vos tenés tanta pasión por lo que hacés». Me sorprendió tanto su frase. Primero porque yo no quería tener pasión; de hecho, quería ser más frío, calculador y racional que nunca. Pero en cambio me salió el indio de adentro, la parte humana que se mezcla con la parte técnica. Ahí descubrí que muchas veces son sensaciones inseparables. Por más que nos gusta pensar que cuando hablamos de ciencia tenemos el corazón estacionado, no es así; no todo es matemática y física. Como decían Olmedo y Porcel: «somos seres humanos». Finalmente, con tanta pasión los convencí. Nos dieron luz verde con todos los planes, y más tarde, en la misión demostramos que teníamos razón con nuestro diseño.
¿Esa pasión disminuyó con el tiempo o cree que evoluciona? Bueno, ahora también estoy del otro lado del mostrador, en el panel de revisión que antes yo tenía que convencer, ahora soy yo el que les tira dardos a los pibes. Eso hago para la misión Marte 20/20, por ejemplo. Es otro papel. Honestamente, prefiero estar del otro lado, en la cancha. Siempre es mucho más lindo jugar el partido que estar afuera para criticar. Eso es un poco el trabajo que tengo que hacer. ¿Pero alguien tiene que hacerlo, no? No es tan fácil. Con la experiencia, uno genera sus propias convicciones, y esas convicciones las tenés que moderar. Al final, los pibes tienen que ser dueños de la solución de sus problemas, tienen que creer en lo que están haciendo. Si querés meterles conceptos tuyos, puede llegar a ser un desastre. En ingeniería, hay varias formas de hacer las cosas, algunas más elegantes que otras, pero a su vez, el concepto de «elegancia» es subjetivo. Por eso mismo lo que hay que moderar es la pasión. Cuando sos hacedor tenés más licencias para hacer lo que a vos te gusta. Así es el juego humano de la ciencia, siempre hay un factor que corre por nuestra cuenta. ¿Qué ejemplo se le ocurre? Sigamos con el ejemplo de Marte 20/20. Una de las decisiones a tomar es el lugar a dónde aterrizar la nave. Para eso, nosotros damos ciertas pautas que deben respetarse, y en base a esa información, científicos de todo el mundo se reúnen en talleres para debatir y proponer cuál creen que es el mejor lugar para montar la base. Cada uno elige el lugar que considera más «científicamente interesante», y lo expresa frente al panel. Por eso creo que muchas veces de la ciencia nace por la pasión. Como no sabemos lo que podemos llegar a descubrir, miles de elecciones pasan por ciertas elucubraciones que muchas veces terminan siendo ficticias. ¿Se pelea mucho por determinar cuál es lugar apropiado para el aterrizaje? Sí, te das cuenta por las frustraciones. Todos quieren tener el placer de haber elegido el lugar donde se va a llevar a cabo la misión. Por eso me da risa cuando me dicen que los ingenieros no hacen política. Mentira. Cuando tenés que hacer un diseño, vas a querer influenciar de alguna manera.
Miguel San Martín El primer plano de esta foto tomada por la cámara robot muestra los distintos tonos de las rocas en la superficie de Marte.
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NASA'S CURIOSITY MARS
¿Qué cosas lo apasionaban en sus años de infancia? De chico siempre me apasionaron los juguetes. Tenían que ser electrónicos, a pilas, como mínimo y hacer ruido. A los soldaditos no les daba ni pelota. Si no podía usar el destornillador no lo consideraba juguete. Me acuerdo que lo primero que hacía era abrirlos y ver lo que tenía adentro. Me encantaba desarmar y reparar radios y alarmas. Me generaba una terrible curiosidad, pero también me frustraba mucho no entender cómo funcionaba. Sentía una mezcla de alegría y angustia. Y papá tiraba leña al fuego: me regalaba juguetes para armar y juegos de física y química; después me habló del colegio industrial: «no te vas a bancar hasta la universidad», me dijo cuando me contó del Colegio Pío Nono. Hasta ese momento no sabía qué era un industrial, tenía menos de 10 años. ¿Qué recuerda de esa niñez? Los televisores. Me daba mucha intriga la imagen. También las locomotoras a vapor. Viajábamos en un camarote con toda mi familia a un campito que teníamos en Villa Regina, en la Patagonia. En esa época eran todos de madera, muy elegantes, o al menos para mí. Era una linda época. En el campo me fascinaban las maquinarias. Era mi lugar en el mundo para satisfacer esa pasión que devino en ingeniería. ¿Qué tipo de pasión le llamó la atención de los estadounidenses? Mucha gente cree que los estadounidenses son muy fríos. Creo que es un prejuicio que podría tenerse, pero no es así. Son distintos, tienen otra forma de comportarse y son muy apasionados. A su manera son muy románticos, tanto, que se dedican a la exploración espacial. No lo expresan como lo expresamos nosotros, pero está en su ADN. Cuando Kennedy aprobó una misión a la Luna, en su discurso hizo una analogía de cuando una persona escala una montaña y se pregunta por qué. Porque está ahí, y hay algo más. Tenemos esa tendencia de hacer cosas impulsados por nuestro corazón, sin ninguna razón más que esa. Sin pasión te quedás en tu cama todos los días y no salís de ahí. No habría razón sin pasión, yo no la encuentro. g
Cuando la pasión de combinar los sonidos supera la adversidad
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Los ojos de ella son enormes, bellos como la noche, misteriosos como la verdad. Pobres de pobreza y grandes de búsqueda; quedos de miedo. Cuando coloca su violín debajo del montón se transforma, sus ojos se cierran fuertes y el arco comienza a jugar sobre las notas que Beethoven dibujó.
Ella, cuyo nombre no importa, empezó este menester para salir de las calles barrosas que la hubieran condenado, con tan pocos años, a una vida intelectual opaca, con suerte... De a poco, el violín le hizo conocer el pentagrama, las notas, los tiempos, los espacios, los valores de cada una. Y la pasión. ¿Sabía nuestra protagonista que sus oídos habían nacido para el arte de combinar los sonidos y que, en definitiva, ella y Vivaldi, por caso, tendrían los mismos maravillosos momentos de la mano de estas breves y finas cuerdas?
MSR EDICIÓN LIMITADA #3
¿Qué pensará el pensar de ella cuando el Mi, el La y el Re se combinan irremediablemente? ¿Serán los momentos innombrables, finales, viscerales en que por fin es feliz? Su vida, de momento, no lo es tanto. Vive como puede y el azar se lo permite, en Ludueña, un barrio del noroeste rosarino, de origen ferroviario, atravesado por las vías transporta (¿transportaba?) cargas hacia el puerto. Un barrio atravesado por la brutalidad de la miseria: el hambre, la droga, la violencia de género.
«La imaginación crea la realidad». Richard Wagner. Llueve sobre Ludueña. Ella camina con el estuche del violín bajo el impiadoso chaparrón mientras sus compañeros toman mate cocido y comen unos bolllos esta mañana brutal de falso invierno. Detrás vienen apuradas Derna Isla y Gloria Machado. Derna, es además presidenta de la Fundación Allegro Argentina, y su nombre original es oriundo de Libia y que su abuelo clavó en su memoria cuando fue a África a pelear y lo emboscaron, es la directora, la que maneja la batuta de esta orquesta que ya tocó en los mejores escenarios de Rosario y del país. Gloria Machado, pelea mechón a mechón para que su pelo negro rebeldísimo quede más o menos acomodado cuando Marcelo, nuestro fotógrafo, la apunta con la cámara, la mira cuando habla. Es inútil. El mechón gana la partida, pero qué importa. Ella es la Directora General de la Escuela Orquesta Barrio Ludueña, que ya tiene 12 años de ensayos, pero la sabiduría de centurias. Esa sapiencia que da la pasión, que en la escuela Luis Mora de Olguín, unos 300 chicos de entre 13 a 15 años vienen a aprender, sobra y rescata. Para Derna, al igual que para Jimi Hendrix, la música es su religión. Viene de una familia apasionada, de un padre que se instaló en Serodino, el mismo pueblo donde nació Juan José Saer y donde ella nació hace 43 años bajo el signo de piscis. Cuenta Derna, como si todo fuera una melodía desencadenada, que la pasión la heredó de aquel hombre que se juró sería médico. Y lo hizo, terminó la escuela media y se recibió de doctor. «Cuando llegué a Ludueña venía de trabajar en República de la Sexta, —relata la directora de orquesta— enseñando a chicos que tenían dificultad de lectoescritura. Era el año 2005 y yo pretendía, la verdad, algo subversivo», dice. Parece que de la Sexta la habían echado y que allí comenzó su peregrinar por más de 20 escuelas de la ciudad, «y siempre había señales del Padre Montaldo, hasta que llegué acá». (N. de la R.: el sacerdote salesiano, Edgardo Montaldo, referente del barrio Ludueña que estuviera a cargo de la capilla Sagrado Corazón en Ludueña y un comedor que alimenta a cientos de niños). «Llamé a Montaldo —dice la profesora, experta en flauta traversa, adoradora de las expresiones artísticas y de la libertad— y me acerqué un jueves a visitarlo. Le dije que quería formar una orquesta con niños y adolescentes… —sonrisa cautivadora—. El sacerdote me dijo después que yo le hablaba con ciertos ‹tonos› (musicales) y dio luz verde y ayuda para que esto fuera una realidad.
¿Cada uno de nosotros tenemos potenciales? Sí. Y dejame aclarar algo: yo creo que todos los niños lo tienen. Por eso estoy acá. ¿Cómo fue el comienzo? Sumamente resistido por la gente al comienzo. Los padres no entendían que sus hijos podían tocar un instrumento que, por otro lado, aún no existía. ¿Y cuál fue el disparador? Tocar la música que a ellos les gustaba. No Mahler, cumbia por ejemplo. Y después siguieron hasta que los clásicos llegaron solos. Los padres estaban muy ansiosos por comprobar los resultados de esas clases y cuando los vieron con un violín, un chelo, una viola interpretando música para la mayoría de ellos desconocida. Fue grandioso: a partir de allí ayudaron de todas las maneras que se te ocurran y lo siguen haciendo. ¡Qué lección de vida! ¿No, Gloria? (Machado sonríe cómplice, con esa boca generosa de risa que nos regalará durante toda la entrevista). Sí, claro. Mirá, todos los integrantes adultos de este programa venimos de la música, así que te imaginás lo que es ver a un chico que jamás pensó en tocar un instrumento, tocando en un teatro como El Círculo, por ejemplo. Ellos, los chicos, al principio no saben qué instrumento elegir y la búsqueda es de una riqueza enorme. Es más, te diría que a partir de que los chicos tocan en la orquesta, cambió la fisonomía del barrio, porque de escuchar cumbia, pasaron a la música cásica, por ponerte un ejemplo. ¿Qué compositor les gusta a los chicos? GLORIA: Astor Piazzolla les encanta. DERNA: Y cuando lo escucharon, les llamó mucho la atención el Aleluya de (George Frideric) Händel. Herbert Von Karajan, el enorme Director de Orquesta, decía que «El arte de dirigir consiste en saber cuándo hay que abandonar la batuta para no molestar a la orquesta». Y podemos agregar: Ni los sueños, pesares, alegrías y ambiciones de quienes interpretan. Porque los integrantes de la Orquesta Ludueña sienten una pasión por lo que hacen que pocas veces se ha visto. La droga es parte de la vida barrial, como lo es en otros lugares de Rosario y del mundo, pero en la mayoría de los chicos que aprenden a tocar un instrumento, afortunadamente es la excepción y ellos lo saben. Por eso están hartos de la estigmatización y, en cambio, prefieren que los que quiera oír, apoyen este emprendimiento, que para los intérpretes es vida, un cambio en el futuro, pasión, amor, belleza y bondad.
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Orquesta Ludueña
«La música tiene poder sanador. Tiene la habilidad de sacar a la gente fuera de sí misma durante unas horas». Elton John
«Desde que empezamos hasta ahora —dice Machado— hemos capacitado a muchos chicos. Algunos están en el profesorado o en la universidad y siguen practicando con su instrumento». ¿ Derna, sentís pasión por lo que hacen? Sí, claro. ¡Por supuesto! Y sus familias tienen pasión, sobre todo cuando pueden sostener la escolaridad de los chicos. Desde el comienzo hubo un ida y vuelta con ellos y los padres, lo que nos ayudó a entenderlos a todos y a la situación de riesgo en la que muchos estaban. Nosotros tenemos niñas mamás que tocan en la orquesta y acompañamos en todo. Gloria y Derna callan, son mujeres que saben. Ellas alimentan a estos chicos, les dan comida y música; aportan diariamente para que esa comida del estómago y del alma los nutra. Ellas saben. Por eso cuando la cronista habla de los «chicos que aprenden a tocar», las dos dicen, a coro: «Ellos son músicos, grandes músicos, no importa de dónde vengan. Los convoca la pasión ¿quién los va a poder parar?». Los sábados son días bravos y hermosos en Ludueña. No, lector, no siempre lo bravo es malo. Piense, nada más, que en los teatros más importantes del mundo se grita esa palabra para adular. Acá, en la Argentina, en Rosario, estamos mal acostumbrados a esa expresión.
¿Deberíamos modificarla? Cuando se trata de la Orquesta Ludueña, definitivamente. Porque el sábado es el día de ensayo. Entonces la cumbia muta a Chopin, el hombre también pobre a quien el maestro Franz Liszt presentó detrás de un cortinado para que todos lo aceptaran por como tocaba y no por su aspecto. Los sábados los chicos ensayan. Desde lejos se los ve llegar, a veces con su instrumento, otras con las manos vacías, pero acompañados de sus familias que aportan vituallas para el mate. En la escuela los espera el instrumento que ya forma parte de su vida. Afinan, apuran, cierran los ojos y comienzan. Entonces, el silencio se multiplica. Como el respeto por estos jóvenes que descubrieron que la pasión tiene pentagramas. g
Orquesta Ludueña 33 MSR EDICIÓN LIMITADA #3
«Si no fuera por la música, habría más razones para volverse loco». Tchaikovski
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Orquesta Ludueña
«La música constituye una revelación más alta que ninguna filosofía». Ludwig van Beethoven
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Orquesta Ludueña
«Vive como si fueras a morir mañana. Aprende como si fueras a vivir por siempre».
GHANDI
Richard Attenborough, 1983.
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«Cada clienta usa la prenda de manera diferente y eso es identidad»
A la vez les permitió el rescate de antiguos géneros que ellas explican como «diseño textil en base a deshechos textiles». Siguiendo la línea sustentable, generaron modelos reversibles, es decir, ropa que se puede usar de varias maneras, adaptándose a la personalidad e identidad de quien la lleva. El planteo sustentable de Quier fue presentado en ruedas de negocios en el exterior, dejando como consecuencia nuevos desafíos que trascienden el mundo de la moda y lo posicionan como un estudio de servicios. En los altos de una casona ubicada en Mendoza al 1800 las diseñadoras explican los nuevos proyectos, hablan sobre un piloto que se vende en todo el mundo, y la conquista de mercados desde el diseño de indumentaria y la transmisión de la experiencia Quier a ámbitos académicos. Su nombre remite a la palabra Quiero sin la «O» y las mujeres explican que «remite a algo en proceso, incompleto, pero siempre en proceso. Es una palabra abierta a la espera de que otros la completen. Y esa es también para nosotras una forma de trabajo. Además no nos nombra a ninguna de las dos, trasciende el trabajo de la persona. En tiempos de branding personal como estos, nosotras no estamos por ahí. Vamos por los bordes, por otro lado».
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Todo comenzó hace ocho años, en el bar de la Escuela Superior de Diseño Rosario. Docente y alumna decidieron unir la pasión que ambas comparten. Con una servilleta, Silvia le mostró a Noe varias posibilidades para transformar esa tela en otras cosas. Así nació Quier, la marca de diseño textil que Silvia Querede y Noelí Gómez desarrollan mediante un proceso de diseño sostenible, que aprovecha al máximo las capacidades de los materiales, mediante una moldería que se ajusta al Residuo Cero. Esta idea de la producción sin deshechos de material las llevó a investigar el cruzamiento de telas que terminó en el desarrollo de una Tela Quier compuesta por la superposición o tejido de otras piezas.
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Las emprendedoras Silvia Querede y Noelí Gómez tuvieron la original idea de «generar un textil con pedazos de otro textil» y así nació Quier, diseño textil sustentable hecho en Rosario para el mundo.
NOELÍ: Después de 8 años, ahora nos empezamos a definir como un estudio de diseño. Hacemos bienes y servicios, tenemos muchas ofertas y esto nos hace pensar que estamos en algo más grande que diseñar ropa y venderla, que es el diseño.
con niños. Nos enteramos que sucede en Bangladesh o en India, que son lugares que parecen remotos. Es ahí donde se ve más porque el volumen de producción es mucho mayor, pero acá a la vuelta también pasa.
SILVIA: Básicamente empezó como una experiencia pequeña para ver si funcionaba, sobre todo entre nosotras dos que nos conocíamos de otra instancia pero el trabajo y el fragor de cada día te arma otro mapa. Entonces no sabíamos si nos íbamos a llevar bien en este otro ejercicio de trabajo. Y sí, ya hace mucho tiempo que estamos trabajando, investigando y creciendo, nos fuimos dando cuenta que podíamos tener otras perspectivas y otros destinos a nuestro trabajo y nuestra investigación. Y eso implicó esa transformación, evolucionar embarcadas en hacer con gran pasión los que nos gusta.
Una manera de generar conciencia por parte de los consumidores de esas prendas y, además, el Estado que debería controlar… S: Es un compromiso de los dos lados. Se trata de políticas de Estado y con el compromiso de las naciones en bajar los gases que generan. Que controlen a las empresas para que si hay desechos sean tratados de forma que no sean tan perjudiciales, o que se controle de verdad cuál es la calidad laboral que se utiliza.
¿Qué es una «ropa saludable»? N: En realidad hablamos de moda ética, aunque se puede decir saludable también. Si nos cuidamos el cuerpo, por qué no vamos a cuidar la ropa que tenemos puesta sobre él. Esto implica pensar qué material voy a poner sobre mi piel, en cómo está hecha esa prenda, quién la hizo y en qué condiciones esa otra persona estuvo produciendo mi ropa. Es bastante amplio. Incluso cuánto desecho se generó para hacer esa ropa que llevo puesta y lo que va a implicar en mi vida; porque por ejemplo, el agua que contaminé ya no la voy a poder tomar. Cuestiones más amplias que está bueno pensarlas porque tienen que ver con los vínculos, las personas y el trabajo. S: También en las condiciones de los trabajadores que están en este sistema, que es enorme, multitudinario y muchas veces utiliza trabajo esclavo, con talleres clandestinos, en algunos casos,
Ustedes impulsan el «residuo cero». ¿De qué se trata? N: Trabajamos con una técnica que lo que hace es optimizar el material que estamos usando para que el residuo de corte que se produce de esa prenda sea cero. Es una técnica que denominábamos envolvente y después nos dimos cuenta que lo que hacíamos era optimizar mucho la tela. En el taller hay días que no se produce residuo usando esas telas. Ahora tenemos una línea que es Residuo Cero. Para que se entienda, es una técnica que tiene que ver con el corte. Implica un proceso que comienza antes de cortar. Cortás el molde sobre la tela, y depende cómo esté cortada la tela, se genera un residuo. El espacio negativo es ese que no tiene forma de nada y es lo que queda en lo huequitos de los moldes, que de por sí tienen curvas y formas. La técnica Residuo Cero es tratar de reducir ese espacio negativo aprovechando al máximo las posibilidades del género. Eso empieza en la idea, desde el concepto. En el diseño, cuando empezás a pensar el objeto, lo hacés ya con toda esta carga.
Quier El ámbito donde comenzaron a pensar en Quier fue en la escuela, como docente y alumna, cada una con recorridos diferentes; ¿en algún momento sintieron la diferencia generacional? N: Siempre. Era mi primer proyecto y para Silvia era otra experiencia. A mí en muchos sentidos me faltaban un montón de herramientas que ella tenía de sobra.
¿Cómo se reutilizan las telas antiguas? S: La recuperación de tela está muy ligada a mi familia… Nos encontramos un día con las ganas de trabajar juntas y nos encontramos con una montaña de objetos, de telas y de cosas que había en la fábrica de mi familia en Pergamino. Era una fábrica de confecciones de ropa de más de 50 años. Hay residuos de los años 70 hasta hoy y mi madre los sigue cuidando. Como ella conservó todo, ese cúmulo de cosas fue creciendo. Por eso este edificio es grande… toda la planta alta está atiborrada de objetos textiles. Cuando empezamos, decidimos ponernos en movimiento con esa montaña de telas, nuestras cabezas y lo que sabemos. A partir de ahí armamos la idea de cómo generar un textil con pedazos de otro textil, y ahí comenzó Quier. Podemos decir que la fundación fue en una servilleta en el bar de la escuela.
N: En general el momento de sentarnos a diseñar es el que más disfrutamos. Incluso el de buscar por dónde, qué nos inspira, que nos gusta esta vez....
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Además del Residuo Cero hay un atractivo en sus diseños en las distintas maneras en que se puede usar una prenda… S: Exacto, esa multifunción, las distintas maneras de usar una prenda, tiene que ver con un criterio sustentable. Porque significa que una misma prenda se puede poner de un lado o del otro, la reversibilidad. Y también como enroscada en el cuello, o como poncho o como saco… y eso también implica tener tres prendas en una y evitar tener que comprar tres prendas distintas. Entonces implica menos corte, menos tela, menos plata circulando en función de algo que finalmente después va a ser un desecho textil. Incluso cada clienta lo usa diferente y eso nos parece que está bueno porque da identidad. Cada uno lo adapta a su estilo y a su cuerpo. Está bueno respetarse cada una y usarlo como quiera. Y aparte de eso no tener un saco, un chaleco y un poncho, sino tener una prenda que pueda cumplir con todas esas tipologías juntas.
Buscan disparadores en sus temporadas, como el proyecto inspirado en Werner Herzog, director de la película Fitzcarraldo. S: Encontramos identidad trabajando desde el concepto. El diseño empieza por el concepto y seguimos caminos de laburo. Lo de Herzog es interesante por esta cuestión de lo generacional. Werner Herzog estrenó su película Fitzcarraldo en 1982. En nuestras conversaciones aparecían situaciones que yo definía con la película. Hasta que dos años después, Noe me dice que la vio y que le encantó y le generó curiosidad que yo tomara Fitzcarraldo como un adjetivo, porque para mí significa el esfuerzo, el barco por encima de la montaña, y a veces es muy
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S: En el diálogo nos igualamos. Cuando nos ponemos a diseñar, me siento de 18… hay algo de la pasión, de eso que te lleva de la nariz, que no se puede explicar y que hace que no recuerdes que te pasaron un montón de años, que hace un montón que estás cansada… Eso pasa cuando nos ponemos a diseñar o proyectar; nos pasa ahora que es un momento de muchos proyectos con gran entusiasmo, con mucha ilusión… Diseñamos sin edad, nuestras clientas tienen de 18 a 79 años, nos entendemos con las distintas generaciones, como nosotras.
cuesta arriba el laburo que emprendemos. Cuando ella le dio lugar, cuando ella lo enfocó, ahí trabajamos entre las dos con el concepto Fitzcarraldo. Primero era una cosa que yo decía, hasta que ella le hizo lugar y ahí empezamos a trabajar y le dimos la vuelta a la colección. ¿Cuáles fueron las temáticas más significativas de las colecciones? S: Siempre la identidad como tema nos convoca y nos interpela. Primero porque creemos en la identidad de marca, pero no en el sentido del emprendedorismo y toda esta cuestión que suena mucho ahora, sino como un criterio y un capital de innovación. Entonces empezamos a buscar ese rasgo, fortaleciéndolo con temas que a veces son recurrentes, no son tantos, sólo que los vislumbramos, los comunicamos, los expresamos de distinta forma. Hay cuestiones que tienen que ver con el territorio, con Rosario, con el “de dónde somos”, con la cultura familiar. N: Decidimos que Quier nació en Rosario. La gente que trabaja y produce es de nuestra ciudad. Eso nos parece interesante, es reconocer que es nuestro lugar y que estamos acá con nuestras características, muy distintas a otras ciudades. Lo reconocemos como un valor y lo damos a conocer. Incluso muchas veces las cuestiones más cercanas, como los vecinos, también nos parece que son una pequeña muestra de lo que somos, y nos define como país y como ciudad. Usamos para una campaña el frente del supermercado chino que está frente a nuestro estudio, como una muestra pequeña de esa mezcla de identidades que somos. También trabajamos con la pared de chapas que está ubicada al lado del casino. Hicimos una estampa en telas con eso, que usamos en una colección. La estampa es divina, pero estamos mostrando un paisaje de la ciudad, que podría suponerse que no es ni bello ni estilizado, porque es un lugar que duele ver. Y sin
embargo lo pusimos ahí porque ese contraste es parte de esta ciudad. Además de Residuo Cero, también es muy interesante cómo experimentan con los materiales disponibles. S: En Quier intentamos resignificar los materiales, primero porque es serio el problema de disponibilidad de materiales en este rubro donde escasea la variedad. Segundo porque hay altos costos y en muchos casos afrontan problemas aduaneros. Desde cierres especiales hasta telas es difícil diferenciarse, porque todos contamos con los mismos materiales, por eso el diferencial lo pone el trabajo que se haga con ese material. Muchos implementos para trabajar son chinos. No lo resaltamos por prejuicio ni por mala calidad, sino porque no son de acá. Nosotras trabajamos con un producto que proviene de China, que es una tela rota, rasgada, de tal manera que va armando la fibra que después se teje y arma una trama más autóctona. Finalmente es un tejido semiindustrial, porque está tejido en un telar por un artesano de acá. Lo que decimos es que usamos ese material chino y lo intervenimos. La idea está craneada y trabajada desde nuestro lugar. Hay muchos ejemplos. La tela inicial que comenzó con la servilleta del bar cuando decidimos embarcarnos en Quier también es un ejercicio de trabajar un material en muchos distintos. Trabajamos una tela que es un paño hecho con tres telas distintas, que son puntas de pieza, o sea que está confeccionada con residuos textiles que están generando otra pieza y están volviendo a la vida útil. N: Incluso con el tiempo, fuimos evolucionando la forma de armar la tela Quier. Ahora tenemos una mejor forma de hacerlo en calidad y resolución. Para nosotras desde lo constructivo es importante mejorar los procesos.
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Quier ¿Cómo lograron llegar a ciudades del exterior con el proyecto Quier? S: Fuimos a Londres, Berlín, Colombia, Chile y Turín. En general esos viajes están relacionados con programas estatales en los que aplicamos por distintas razones. Porque estamos generando siempre un concepto que está por fuera de la moda, en el sentido del shopping y toda esa línea de significantes. Y después por esta cosa de la identidad, que en realidad no es el poncho típico, ni la llama que llama, ni el guante guanaco porque eso no tiene que ver con nuestro lugar. Es decir que desde una identidad más urbana igual podemos llegar a esos lugares. Incluso la investigación sobre el textil y toda esta parte que Quier tiene como base también hace diferencia. Podemos decir que comprendieron lo que hacemos y estamos en plena expansión de negocios con personas que no están en Argentina.
El proceso de trabajo de Quier es un concepto ideológico nacido en un país atravesado por crisis económicas. ¿Cómo desarrollan este concepto en esos mercados? S: Precisamente hicimos un trabajo con Scan Fu, una empresa española con base en Bilbao, que tienen 40 tiendas en todo el mundo. Nos compraron el prototipo de un piloto e hicieron una investigación textil respecto a una estampación particular. Ellos lo producen en serie y nosotras también podemos seguir haciéndolo, porque no les vendimos la autoría. A esto nos referimos cuando nos definimos como un estudio de diseño textil, porque vendemos servicios en ese sentido, no vamos a vender un contenedor de remeras… N: Incluso hoy es más complejo mover objetos que mandar una idea. Es más sencillo para ellos introducirlos en su cadena de producción que venir a comprar a Argentina. Y este artículo que vendimos, el piloto, está armado en base a la técnica de Residuo Cero, que a ellos les resultó muy interesante, conveniente y barato producir. Incluso en España cuentan con otra tecnología de producción, así que hicimos algunas indicaciones para que puedan mejorar el producto. Digamos que estas instancias están pensadas y armadas. S: Acá no producimos en el sentido repetitivo o seriado, sino que lo hacen ellos en base a una idea que les vendimos, sin el sentido de exclusividad. Porque incluso ese piloto que vendimos en Bilbao, nosotras veníamos haciendo un montón. No era de la colección nueva, y lo seguimos haciendo.
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Quier ha evolucionado en el proceso de experimentación con el diseño y los materiales. ¿Existe un acompañamiento de las clientas que eligen estas prendas? S: Sí, sin ninguna duda. Hemos generado un grupo que no sólo viene y se prueba ropa, compra y se va. Se arman conversaciones, diálogos y encuentros, y de paso pasan por el perchero para ver. Es lo que se produce cuando abrimos el showroom al que vienen mujeres y hombres que acuerdan con nuestro concepto.
¿Y ellos cuántos pilotos fabricaron? S: Vendieron millones, tienen 40 sucursales y hasta abrieron local en China. Tienen un mercado inmenso. Nosotras no contamos con la posibilidad de confeccionar semejante cantidad. ¿Ese diálogo continúa, sigue abierto con esta empresa? S: Además de ese contacto con España, fuimos a Colombia y generamos nuevas conversaciones, es un aprendizaje que mejoró nuestra manera de negociar. En el primer contacto con los españoles no nos fue bien, pero al tiempo entendimos cómo plantear esta nueva forma de negocio. Finalmente dio frutos un año y medio después. Esa experiencia se fue multiplicando con más contactos porque definitivamente habíamos aprendido mucho más. N: Fuimos a muchas rondas de negocio y cuando llegamos a la de Colombia estábamos más afiladas: «Qué ofrezco y a quién». No se pueden perder los diez minutos de diálogo para convencer a alguien desconocido. Hay que aprender a comunicar lo correcto. A los colombianos les ofrecimos una línea láser y servicios académicos. Después nos dimos cuenta, tras hacer un ejercicio de consultoría para repensar nuestros potenciales, que somos más que dos personas que hacen ropa, porque tenemos una instancia de comunicar lo que hacemos y hay mucho por decir, sobre todo la parte de investigación de Quier. No existe una fórmula sobre cómo se hace en esta empresa, pero sabemos que existe mucha gente que se beneficia con Quier. Eso se formateó al punto de que hay un know how que sí se puede enseñar y replicar en algunas universidades del mundo que están interesadas. Ahora estamos cerrando un acuerdo con México, por ejemplo… Es una forma de trabajo. Silvia piensa las cosas así: trabajar, experimentar y recapitular sobre lo hecho,
revisar para optimizar. Es un mecanismo sencillo que se puede transmitir, repensar cómo se puede mejorar. Digamos que para llegar al producto final se realizó toda una experimentación importante. Ahora diagramamos los servicios de Quier también contando el proceso que hacemos, porque el producto que vendemos no dice todo lo que hicimos en el camino. Esa cantidad de pasos que hacemos y cómo los vamos ajustando es nuestro potencial, que nosotras consideramos que se puede transformar en un servicio a ofrecer. Esta idea tiene que ver con la experimentación, con la conclusión de un proceso, pero también hace referencia a la labor docente de ustedes. S: La transmisión y el compartir, eso que sabemos porque fuimos mil veces y muchas nos golpeamos contra la pared. Desde la empírica más pura. Esto tiene un valor hoy porque dispusimos que es un material comercializable, por lo que armamos esta nueva área de trabajo que es la del servicio académico. Además de la docencia tenemos interés en escribir sobre el tema, al punto haber presentado ponencias en congresos donde queremos hablar sobre estas cosas que a veces tienen escasas palabras. Se habla mucho de diseño pero es muy difícil definirlo. Diseño de muchas cosas que no es sólo ropa. Entonces estamos diversificando, abriendo cosas siempre en relación a lo que pasa acá dentro. Puede ser en formato escrito, como workshop, o en formato ropa o showroom, pero siempre en relación a esta conversación que entablamos con Noe hace muchos años y que no para.
Quier do. Era una cosa más estilizada, con algo de color, pero la ropa era la misma. El mismo concepto armado de forma interpuesta, que decía lo mismo pero de una manera no tan cruda. Tuvimos que ir corriendo a llevar más ropa porque querían todo lo que estaba en vidriera.
N: El fenómeno de la moda y todo lo que se plantea es muy grande y nos incluye como consumidores. Es muy difícil de quebrar… sucede… todos estamos atravesados por eso. Proponemos una mirada diferente. Cada vez hay más conciencia sobre lo que se compra.
S: La moda es eso, es fascinación, y eso es también lo que se quiere ver y se banca ver. Cuando se muestra un poquito más de la cuenta, se corren riesgos, pero esa medida la vas armando de a poco. g
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¿Ustedes proponen que la gente se pregunte qué es lo que se pone y cómo lo usa? S: Estamos planteando una opción, una alternativa. Hay alguna gente que prefiere no preguntarse muchas cosas sobre la ropa que se pone.
N: Habíamos confeccionado unos abrigos divinos con unas telas que producíamos con lanas. Hicimos la vidriera con pilas de cartones y de diarios, volados por un ventilador escondido, en una puesta casi teatral. Pero no funcionó. Nos dijeron que algunas personas no querían ver eso porque les resultaba desprolijo y feo. Entonces debimos refinar el concepto. Armamos capas de papel vegetal, que colgaban de arriba abajo y tenían huellas en dorado y plateado, como si un auto las hubiese pisa-
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¿Les ha pasado de tener que replantear un diseño, recalcularlo porque no llega la idea que quieren transmitir? S: Muchas veces. Primero la empresa tiene que ser sustentable en todos los sentidos, también económicamente. Lo que no significa que tengamos que vender el alma al diablo por eso. Un ejemplo que ocurrió hace mucho, cuando empezamos a vender la primera colección en «Si supieras vida mía», un lugar precioso donde había un montón de diseñadores reconocidos. Era el primer invierno, era la debacle mundial de 2008/2009, acá pasaban cosas y volvía a verse gente en la calle juntando cartones y papel. Elegimos trabajar una vidriera con diarios…
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La pasión por enseñar, el deseo de aprender
metáfora o categoría. Eso sería trivial y nada en Miriam lo es. Ella tiene al hablar la cadencia que le da el tiempo que domina el río Paraná: las olitas que chocan con su canoa, el cielo al que está atenta, y también ese aire que parece clavado en la isla como si fuera propio, exclusivo. El tiempo y el clima son las cosas más importantes en el día a día de esta mujer hermosa, de ojos de cielo líquido, a la que la pasión le ganó la pulseada cuando era chica y se propuso ser maestra; una maestra original. Miriam es de esas que prende la cocina cuando llega a la escuela, en la isla frente a Rosario, o a la ciudad de Victoria, como prefiera el lector. Porque esté donde esté ese pedazo de tierra, lo importante no es el límite geográfico caprichoso, sino los que hacen un esfuerzo tremendo, como ella, para enseñar y los chicos para aprender.
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A minutos del ruido de la gran ciudad, frente a la Isla La Invernada, en la orilla de la laguna El Embudo, se levanta la Escuela Nº 45 Martín Jacobo Thompson. Desde su muelle se divisa Rosario, tan lejos y tan cerca para el horizonte de esas caritas marrones como el río Paraná. Ese puñado de chicos, hijos de pescadores, de baqueanos y puesteros, viven en ese universo verde rodeados de naturaleza. A cargo de su educación, cada día del año, los espera la directora Miriam Duré, quien hace de su trabajo una pasión que sus alumnos agradecen con abrazos y sonrisas. Hace más de quince años enseña en la zona del delta del departamento entrerriano de Victoria; la docente no duda en poner el cuerpo cuando la crecida pone en duda y a prueba la actividad escolar. Compromiso y pasión para que sus pibes salgan adelante. Miriam Duré tiene la inconfundible tonada del tiempo. No del tiempo como
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Miriam Duré es la directora de la Escuela Nº 45 Martín J. Thompson, enclavada en la isla La Invernada, frente a las costas de Rosario. A cargo de una docena de chicos en primaria y cuatro de secundaria, la docente asegura tener «una conexión especial con ellos».
La mañana que cruzamos para entrevistarla era plateada, cálida. El sol daba ese resplandor extraño que solo se ve en el Paraná y se disfruta con el alma. El motor de la lancha no logró tapar el rumor de los pájaros ni el sonido de la naturaleza; y en cambio hubo generosidad de su parte y regaló brillo. Canoas yendo y viniendo, olor a pescado humeando y las risas de varios chicos completan la postal. Nos dirigíamos a entrevistar a una maestra que hace de madre, padre, cocina y cuida a los chicos, Miriam Duré, una apasionada. En la isla nos recibe Walter, de cuatro años, un gurí convencido de que es el Hombre Araña. Nos tira telas imaginarias desde los puños y enseña cómo se ponen los dedos para que la red salga mejor. ¿Será que Miriam también le transmitió a este niño de hablar singular la pasión por la vida? Quién sabe. Walter nos acompaña hasta donde la maestra de ojos inolvidables espera a las visitas. Nos da un beso y nos presenta a todos. Miriam cuenta que tiene 43 años, dos hijos y una pareja que la acompaña en todo lo que emprende. Ella con su familia también vive en la isla y, además de dar clases, tiene que viajar a Victoria a buscar el material para los alumnos, de todas las edades y en diferentes cursos. Hasta inglés enseña Miriam y agrega: “el gobierno me da una tarjeta para que saque lo que necesito de alimentos y esas cosas y después me deposita el dinero. La tarjeta solo me sirve para el super, para
darle de comer a los chicos”, cuenta, sentada en una de las aulas que tanto atesora. Son cerca de las 11 de la mañana y hace muchas horas que la escuela está en funcionamiento gracias a Miriam, que prendió el generador de electricidad, esperó a los chicos, les dio la leche y los invitó a las aulas. Ella es modesta y no admite que de una forma u otra, es una heroína. Es comprensible: los que aman con pasión, lo que hacen, no creen en la gloria, más bien la repelen, porque podrían creérsela y ya nada sería lo mismo. “Me recibí de maestra jardinera y después, como no conseguía trabajo, seguí estudiando para maestra. Cuando me recibí trabajé en el campo, siempre como suplente. Después salió este trabajo y no lo dudé, y mirá que al principio viajaba como seis horas en lancha o en canoa. (Se ríe cuando recuerda) Como la embarcación no paraba casi que me tenía que subir en movimiento. El problema era cuando la lancha de pasajeros no pasaba y había que ir por Santa Fe, eso sí que era un viaje largo. Por eso, cuando se hizo el puente Rosario–Victoria lloraba de la alegría y los chicos también”. Como todavía era soltera, en vez de ir y venir, se quedó viviendo en la escuela durante la semana, sin luz porque el motor generador funcionaba con nafta y el gobierno no siempre se acordaba de mandar el dinero o el combustible. Noches enteras mirando el cielo impactante y las luces de las ciudades a lo lejos, inalcanzables. “Ahora tenemos paneles solares —cuenta— y eso es muy bueno, aunque el motor es necesario siempre”.
Escuela rural 57 Me contaron que usted pone dinero de su bolsillo. Y claro (otra vez esa cadencia al hablar que tan bien hace a los oídos), porque hay que sacar fotocopias, comprar cosas. Por suerte nos donan los libros que si no… La verdad es que el gobierno de Entre Ríos nos da poco. ¿Y por qué lo hace? Porque me encanta. Porque ellos lo necesitan. Porque quiero que el día de mañana sean gente de bien. Acá estudian 12 chicos en primaria e inicial y cuatro en secundaria. Y tres personas más la cocinera, trabajamos todos los días. Miriam nos confía que en la zona de islas hay mucha violencia de género y que uno de sus objetivos es enseñarles a sus alumnos a que somos intocables. Siempre. Siempre. Parece usted una persona muy apasionada con todo lo que realiza. ¿Es así? Sí, definitivamente. Yo podría estar en la parrilla que tiene mi marido acá, en la zona, pero si no vengo a la escuela me muero. Mis hijos también vienen acá, porque el ejemplo hay que empezarlo por casa ¿no? Mirá, los chicos de las islas son cariñosos, amorosos, ellos me ven mal y me consuelan. Tenemos una conexión muy especial.
¿Y cuando llueve o el río crece, dan clases igual? No faltamos nunca nosotros. Y los chicos tampoco. Si no tenemos la lancha o los que viven en la isla no pueden caminar porque hay agua, vienen en canoa, en piragua, en bote, en lo que sea. Y hay que destacar a los padres: hacen hasta lo que no pueden para que los chicos aprendan. Ahora Miriam tiene los ojos con lágrimas y el Hombre Araña la mira fijo. La escena es de una ternura infinita y casi se ruega por el milagro, porque Walter pueda sacar las telas de alguna chistera mágica y volar por el salón. “Es que me pongo así porque acá todo cuesta un montón, aunque el peor de los momentos es cuando vemos la escuela inundada. Es tremendo. Yo misma muchas veces les tengo que decir a los chicos y a los padres que no vengan esos días, que es peligroso por las alimañas, pero esta escuela…”, alcanza a decir antes de sonarse la nariz. Mientras hablamos, el aroma a albóndigas nos llega hasta ese lugar preciso donde el hambre se despierta. Y los chicos se asoman: ¿estará la comida? Falta un ratito y aprovechamos para seguir la charla con la maestra, el hombre araña, las chicas que estudian materias de la escuela secundaria…
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¿Cuánto gana? 23.000 pesos, pero por trabajo en zona inhóspita.
Imagino Miriam que con las cosas que pasan, especialmente por las crecidas e inundaciones, la solidaridad es muy fuerte. No, no se crea. Los padres no son tan solidarios, aunque nadie los puede culpar. Los chicos si entre ellos, o al menos tienen actitudes de solidaridad. Por ejemplo, cuando llegan las donaciones, se reparte todo y una nena le regaló a su compañerito un pullover porque lo había perdido. ¿Y con usted lo son? Sí, ellos me traen cartas, dibujos… Muchas veces nosotros hacemos de psicólogas porque los chicos traen muchos problemas de su casa.
¿De qué tipo? Económico. Sobre todo económico. Por eso yo pongo la mira en el comedor escolar, que tengan postre todos los días, que se alimenten bien. Miriam se levanta y nos saluda con un afecto enorme. Nos despedimos. Tenemos que volver a la lancha y para eso hay que atravesar alambrados, pisar excrementos, desandar lo hecho. Y sirve. Sirve para pensar la propia realidad. Para valorar cada cosa que tocamos y analizar hasta dónde nos lleva la pasión. g
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Lo importante no es el límite geográfico caprichoso, sino los que hacen un esfuerzo tremendo, como ella para enseñar y los chicos para aprender.
La pasión de mirar
De chica le apasionaba el cielo. Solía contar a sus mayores que iba a ser astrónoma. En la adolescencia se enamoró perdidamente de la música, y cuando terminó el secundario, en su Tapiales natal, se anotó en la Universidad de Buenos Aires para estudiar Biología. La fotografía aún no estaba en sus planes. Tenía un tío socialero, es decir, fotografiaba casamientos, cumpleaños y bautismos; incluso, las fotos que Nora Lezano atesora de su infancia las tomó este tío. La mujer, esbelta, de flequillo rollinga, nos recibe junto a su perra en el arbolado barrio de Vicente López. Al ingresar a su casa uno entiende por qué es considerada la fotógrafa del rock. Sus paredes lo confirman: Gustavo Cerati nos mira en blanco y negro. Lezano logró captar la mirada melancólica del ex Soda, sus manos cruzadas debajo del rostro. Es de esas fotos que hablan, sin dudas. El desafío de captar ese momento justo, ese instante donde el click inmortaliza el icono, desafío de todo profesional. También hay retratos con Charly García, el Flaco Spinetta, la Mona Giménez, Pity Alvarez, Dany Lescano, los Kiss y las artistas internacionales Laurie Anderson y Patti Smith. Todos conviven en un puzzle armado en distintos tamaños que incluye algún autorretrato; todo parte de una intervención cuya curadora es la dueña de casa.
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Considerada en la década del 90 «la fotógrafa del rock», esta artista fotografió con su mirada de fan a los más grandes músicos del género. Por sus ojos y su cámara pasaron Charly, Spinetta, Ceratti, Kiss, Calamaro, Mollo… entre tantas estrellas.
Para Lezano, la sesión de fotos ideal es la que se logra «cuando hay confianza y entrega». Admite que hay dos cosas que la pueden: el gin tonic y el dulce de leche. Alguna vez, Emmanuel Horvilleur, integrante de Illya Kuryaki, dijo sobre la fotógrafa que trabajó con ellos: «A los rockeros les gusta seducir y ella fue un ojo seductor. Como mujer, se paró de otra manera, ella logró seducir a sus modelos masculinos.» Ella admite que no eligió la fotografía sino el rock, una excusa para estar cerca de las estrellas. Pero supo seducirlos para desnudarlos con su lente, sacar de cada uno. Fan de Cerati de chica, Lezano, se escapaba del colegio de monjas y esperaba frente a la casa de la madre que el guitarrista llegara o saliera. Pasaron los años y el autor de La Ciudad de la Furia llegó a su casa para una sesión donde quedaría inmortalizada aquella foto mítica en blanco y negro. Lloró cuando Cerati le confesó “es la primera vez que me reconozco en una foto”. También bajo sus flashes pasaron Fito Paéz, Andrés Calamaro, Ricardo Mollo, Los Auténticos Decadentes, la Bersuit, El Otro Yo, Hilda Lizarazu, Adrián Dárgelos, entre otros. Admite que se mueve mejor en los recitales y que el trabajo lo siente como tal cuando está en su estudio realizando la tapa de un disco o fotos de prensa donde es responsable de los tiempos y la luz; «en los escenarios la luz la pone otro y hay que resolver todo en un segundo», afirma quien fuera por casi 20 años la fotógrafa del rock.
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¿Cómo nació la pasión por la fotografía? Fue de casualidad. Estaba estudiando biología en la UBA, cuando una amiga me propuso hacer un curso de fotografía. Me pareció una buena idea, yo no tenía nada que perder y siempre fui bastante curiosa por las cosas que me atraían. Así que nos anotamos en la Escuela Argentina de Fotografía, con un mes de anticipación, pero mi amiga por un problema personal nunca pudo arrancar el curso. «La puta madre, me dejó sola» pensé. Pero me animé. No tenía ni cámara.
¿Cómo empezaste a meterte en el rock? Fue un poco una consecuencia de tener una cámara en la mano. Me gusta el rock, me gustan las fotos, bueno, unamos las dos pasiones. Fue algo tan natural como llevar la cámara cuando iba a los recitales. Pero lo sorprendente fue que en mi primer rollo ya crucé las dos pasiones. Me acuerdo que un día yendo al curso en colectivo, estaba sentada en el primer asiento, lo ví cruzar por Cabildo (y Lacroze) a Richard Coleman. En esa época era el cantante de Los 7 delfines, a mí me encantaba, era el típico amor de adolescencia. Cuando lo ví, agarré al colectivero del brazo y le pedí por favor que me abriera la puerta. Me bajé corriendo, crucé la calle con él y cuando se frena a hablar por teléfono en una de las cabinas que habían antes, lo encaré: «¿te puedo sacar una foto?». «Sí, claro», me dijo. Fue divino. Me miró con el teléfono en la mano. Disparé. Esa foto estaba en el primer rollo que saqué en mi vida. Fue muy significativo. En ese rollo también tenía flores de un árbol y otra foto de un perro, todos elementos que me han marcado en mi vida. ¿Cómo es hoy tu conexión con la biología? Bueno, hace poquito me compré por Mercado Libre el clásico de la biología de Helana Curtis, que es un libro muy gordo que usaba en la facultad. Lo tengo ahí en mi biblioteca, un poco pensando en volver de alguna manera a eso que me daba intriga de más chica. Siempre hay que volver a las raíces, porque la vida muchas veces se encarga de alejarte. Hay que volver a los amigos de la infancia, al barrio, al libro de biología… son mis cables a tierra. En esta ciudad es fácil perderse.
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¿La foto te llamaba la atención? Bueno, en mi cuarto siempre tuve posters de rock y consumía algunas revistas de moda o de retratos. Siempre hubo algo ahí. Y con el curso me agarró una especie de fanatismo. Pero distinto a lo que soy: quería ser fotógrafo de guerras. El curso duraba 9 meses, pero yo hice 4. Tenía un profesor medio pesado, así que dejé; al mismo tiempo trabajaba, era empleada administrativa, y con la plata que ahorré me compré mi primera cámara.
¿Presentaste junto a Hilda Lizarazu y Andy Cherniavsky la muestra Los Angeles de Charly, que ya está itinerando por el país, ¿cómo fue ese repaso por la vida de Charly García? Todo empezó con la muestra Fan, que hice en el Centro Cultural Recoleta, para recopilar la experiencia de todos mis años en el rock. Empecé a revisar mis trabajos y estuve como dos años mirando el archivo. Fue un delirio. Así que para la muestra de Charly ya tenía identificado bastantes cosas. Fue como haber ganado 20 años de terapia. Porque no tengo separado lo laboral con lo personal: está todo junto, es parte de lo mismo. Tuve que mirar desde ese primer rollo, con Richard Coleman y el perro, hasta el último disco que hice. ¿Por qué creés que fue terapéutico? Fue una experiencia muy fuerte. Como hacer un recorrido por toda mi vida, pero sin reparar en lo bueno y en lo malo, ver todo junto. Enfrentar, ver personas que se murieron, ex novios, amigos que ya no están, perros. Fue muy loco. A veces tenía que parar de mirar, llorar un rato y seguir. Pero fue gratificante, una manera de agradecer «la puta, qué vida que tuve». Y también pensar en los momentos que uno eligió plasmar. ¿Por qué tal escena? ¿Por qué reflejar ese desmadre? Fue como poner en evidencia a mi inconsciente. ¿Tu mundo está rodeado de perros. ¿Qué te une a ellos? ¿Dirías que es una pasión? Por lo pronto soy perro en el horóscopo chino y aprendí a caminar sostenida del lomo de la mascota de mis viejos. Teníamos un ovejero alemán que me ayudó a dar mis primeros pasos, era como mi andador. Pero no sé qué tengo con ese animal, hay algo ahí que me hipnotiza. Lo considero un ser evolucionado. Me da la impresión que un perro estimulado puede llegar a hacer cosas increíbles. Además me gustan. Soy madrina de un refugio canino. Hace cuatro años vengo haciendo unos calendarios para ellos que se venden para recaudar fondos. El año pasado, Renata Schussheim me pidió por favor que hiciéramos algo juntas, así que armé el estudio en el refugio, fotografié sobre un fondo blanco a los perros que están en adopción, copiamos las fotos en un papel especial y después Renata las intervino. Son obras de arte. Lino Patalano las vio y nos prestó el Maipo; hicimos la muestra ahí y presentamos el calendario. ¿Creés que la pasión disminuye con los años, se hace menos exigente o se va acomodando a los diferentes momentos? Creo que las pasiones cambian a medida que crecemos. Sería muy aburrido y limitado vivir apasionado por una sola cosa. Me parece irreal que me apasione lo mismo a los 15 que a los 40, mi curiosidad me lleva a investigar otros caminos. Hoy estoy en un momento de crisis con mi profesión. Estoy un poco perdida en cuanto a qué quiero ahora. Tengo que parar un tiempo y hacer otra cosa. Porque así lo siento. Quizá no sea fotografía o capaz sea «otra fotografía», otro foco. Cuando ya no encuentras esa chispita , que antes era todo, bueno, será hora de poner el foco en otro lado. Precisamente estoy en esa búsqueda, que creo debería ser constante. Estoy como aburrida, en un lugar cómodo, que sabés que la foto te va a salir bien. Quiero algo más difícil, ahora que todavía puedo y tengo fuerza, me queda un resto, quiero buscar en otro lado… a lo mejor es la cocina, la jardinería… ¿En dónde encontrás esa chispa? Me da felicidad salir a caminar. Camino mucho, mucho, casi cuatro horas por día. Me pierdo. Lo disfruto. El otro día tuve que prender el teléfono porque no sabía dónde estaba. Me había ido pasando el hipódromo, por un camino medio raro, con la perra, siempre voy con la perra. Tuve que entrar en un local para pedir agua, porque no tenía ni la billetera. Pero está bueno eso, porque es eso, perderse en lo que uno le gusta. A lo mejor, esa es la nueva chispa, caminar, perderse caminando, el silencio. A lo mejor es la contemplación de la naturaleza o mirarse para adentro. Capaz no es una cosa que tenga que ver con el arte, sino más bien con conocerse. g
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«Huí de ti una vez. No puedo hacerlo de nuevo».
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MICHAEL CURTIS, 1942.
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«Con pasión es difícil que se apague la llama olímpica» La navegante rosarina Cecilia Carranza Saroli hace un año obtenía la medalla de oro en los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro junto a Santiago Lange. Hoy, instalada en Buenos Aires, becada en el CENARD, entrena con el horizonte en Tokio 2020 y aprovecha para divulgar la náutica: «como en el hockey o el tenis, cuando hay logros para el país, los chicos se acercan al deporte» Hay cosas que Cecilia Carranza Saroli no quiere perder jamás, ni negocia. La luna sobre el mar, el amanecer en el Paraná, la calma del yoga y las enseñanzas de su padre. Lleva todo ese equipaje donde va, donde se muda, y se prometió que siempre haría un alto en su ajetreada vida a bordo de diferentes embarcaciones para ver la belleza de los paisajes, los rumores del silencio en el océano o el asado dominguero. Es que Cecilia Carranza Saroli es pasión en estado puro. Medalla de Oro en los Juegos Olímpicos en Río de Janeiro 2016 junto a Santiago Lange en clase Nacra 17 mixta de vela, la catapultó a una fama desconocida. Aprovecha la ocasión para contagiar a que más gente se sume a la náutica, habla con fervor de un deporte con poca y mala prensa. Se lo señala como un «deporte caro», «para una elite», «para un mundo privilegiado». Etiquetas que la navegante no niega pero se defiende y dispara: «Fue así, pero desde hace unos años la náutica puede ser practicada por cualquiera al que le interese. Hay muchos clubes que dictan cursos y es notable la cantidad de jóvenes que se acercan a tomar clases». A los seis años, su padre Francisco la llevó a navegar por el río Paraná en su velero de madera año 34, que aún conserva en la amarras del Yacht Club Rosario. Fue amor a primera vista. El aire en la cara, el pelo al viento, la sensación de libertad que sintió en los vaivenes de las olas que pegaban contra la embarcación la marcaron para siempre. A los diez años ya navegaba clase Optimist y a los 19 tuvo que tomar la decisión más importante: dedicarse a la náutica de manera profesional. No tardarían en llegar las medallas desde el año 2002 cuando fue campeona argentina femenina Junior, subcampeona mundial en 2014, campeona panamericana en 2011, varias veces campeona sudamericana, tres veces campeona de los Juego ODESUR y varias veces campeona argentina. Integró el equipo olímpico argentino de vela los Juegos Olímpicos de Pekín 2008, Londres 2012 y Río de Janeiro el año pasado junto a Santiago Lange obtuviera el logro mayor.
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NOTA
Carranza Saroli destaca la labor en equipo para obtener el oro y subraya cuál es tu tarea arriba del barco: «hay tácticas y estrategias similares y diferentes; como en el tenis, hay canchas rápidas y lentas. Santi manejaba el timón y un control de vela que le da forma. Yo soy la responsable de las tres velas. Hay una distribución de tareas ahí arriba. Si comparamos con un auto, Santi lleva el volante y yo el embrague y acelerador. Yo sería la velocidad del barco». Quiso la vida que el binomio formado por Lange que ganaría la medalla de oro debiera enfrentar el cáncer de pulmón de Lange. Y que la energía puesta en la superación opacara la participación de Carranza, sin la cual la medalla de oro no estaría en la Argentina. Pero a ella no le importa. Solo pretende que su pasión por las velas no le impida ver cuál es el mejor momento para retirarse, cosa que quiso hacer este año pero que no logró. «El objetivo Tokio 2020 siempre está», agrega.
¿Quién le inculcó el amor por este deporte? Mi padre. Nos traía a mis tres hermanos y a mí al club y soñaba con que navegáramos, pero solo lo consiguió conmigo. ¿Cree que se trata de un deporte elitista? Estaba visto como un deporte elitista, pero hoy ya no lo es. Esa fantasía viene de años atrás, pero fue cambiando y hoy el río es para todos. Siempre digo que con muy poquito podés vivir el Paraná en todo su esplendor. A mí particularmente no me gusta salir a “pasear”, pero veo que cada día hay más personas haciendo cursos para navegar. Lo que creo es que hay que poner un poco de orden y de responsabilidad, porque hay muchos accidentes por descuido. ¿Qué cambió en su vida desde que ganó la medalla de oro hasta este momento? Imagino que hay un antes y un después de semejante logro. Sí, claramente. A nivel personal y respecto de cómo me tomo yo lo que hago, no cambió nada. Y eso se debe a que siempre fui muy profesional. En cuanto a lo demás, ahora tenemos la posibilidad como equipo de estar cerca de la gente contando una historia y experiencia que es muy linda. Hemos recibido mucho cariño de la gente y eso es algo que nunca me imaginé en mi carrera deportiva. La medalla no nos sorprendió, porque tanto Santiago como yo veníamos compitiendo muy bien y ganando trofeos. Lo que pasa es que vivimos en un país muy futbolero y no mucho más. ¿Y eso a qué se debe? A que no hemos sabido trabajar para llevar el deporte a todo el país y hacerlo popular. Sí pasó con el hockey o el rugby, pero no con la náutica. Deseo de corazón que podamos cambiar esto. Veo tantas chichas y chicos soñando con un objetivo como el nuestro. Lo que logramos fue épico por la enfermedad de Santiago. Eso le dio épica, gloria. Lo viví como un evento muy emocional y nos tocó en un momento de la vida de Santi que le dio sal y pimienta para que realmente sea una hazaña. Pensá que a la enfermedad, se le sumaba que también competían sus hijos… Para nosotros es muy lindo contar nuestra historia.
¿Qué encontraste en el agua que no te dio la tierra? Mi papá cuando era chica me dijo: «quien se maneja en el agua al final tiene un mundo más grande que los demás». Es decir, el mundo es 70 por ciento agua, quien domina esas aguas tiene un universo más grande que el que solo se mueve en la tierra. Siempre me sentí con mucha libertad porque de verdad creo que mi mundo era mucho más grande y lo disfruto desde ese lugar, me da sensación de libertad, me da una herramienta… El agua te hace fuerte, hay cosas que pasan ahí que no pasan en la tierra y hay que estar bien para enfrentarlas. ¿Cómo fue llegar a tierra después de haber logrado la medalla dorada? Me sentí muy preparada en ese momento, de hecho visualicé mucho ese día con ese resultado y sucedió todo lo que había imaginado. Por lo tanto lo tomé con mucha paz y tranquilidad. Después pasa el tiempo y por la cabeza pasan un montón de cosas. Por ejemplo, pensaba que iba a terminar mi carrera deportiva ahí y de pronto me pregunté “por qué no”. Este es un deporte que te permite tener una carrera larga. ¿Y qué hay en tierra por fuera de la navegación? Hay familia, hay vida real… Lo que pasa que cuando estoy en el agua no me acuerdo de nada ni de nadie, pero van pasando los años y me doy cuenta de que en tierra pasan cosas y si no estás atenta, no las volvés a vivir. Poco a poco estoy aprendiendo a valorar las cosas que pasan en tierra. ¿De qué otras pasiones te privás? Del deporte en general. Hay cosas que no hago por el riesgo de lesionarme, como esquiar, jugar al fútbol… Pero tampoco me quejo. ¿Qué plus hay que tener para este deporte? Tiene muchísimas variables y hoy después de tantos años de competir me doy cuenta de que lo más importante es planificar y entender de dónde sacar más provecho. Para ganar, tenemos que estudiar la embarcación, las mareas, los vientos, la preparación mental, física, espiritual. Enton-
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ces la clave de este deporte es dónde invierto más tiempo, porque la verdad es que no me dan las horas del día para hacer todo. ¿Después del oro se sueña con otro logro similar? No sé si tengo la presión de seguir, me di cuenta que quería seguir y me cuestiono cómo manejar esa situación. Es difícil que se te apague la llama olímpica. ¿Cómo es un día normal de trabajo? Después de los Juegos, me fui a vivir a Buenos Aires. La verdad es que no me quería ir, pero no podía seguir yendo de prestada a la casa de amigos, me alquilé un departamento y allí me establecí. He sido becada por la Secretaría de Deportes de la Nación y el Ente Nacional de Alto Rendimiento Deportivo. La rutina es ingresar al CENAR a las 7.30 a entrenar, al mediodía almuerzo en casa, duermo una siestita porque es importantísimo el descanso para el deporte; hago yoga, voy al kinesiólogo, y en el tiempo libre hago cosas para mí. Me gustan mucho las actividades manuales, mirar pelis, leer. Tengo un hobby que es el baile, pero nunca me tomé el tiempo. La música me enciende. Ahora en Buenos Aires estoy relacionándome mucho con el teatro y me fascina. Es
algo que nunca había hecho. La emoción que me genera me hace sentir que en otra vida estuve ahí arriba. ¿Cómo fue el día que ganaron la regata que les dio la medalla? En la última regata de Rio surgieron un montón de problemas, pero estábamos preparados para enfrentarlos. Y si hay algo que hicimos bien, fue prepararnos para enfrentar problemas. Ese día tuvimos penalizaciones, pero pudimos, lo hicimos y para mí fue fundamental porque en el barco el trabajo duro lo hago yo. ¿Cuando uno tiene pasión por algo hay un plus? La pasión es la clave, es el motor para poder dar más que lo que da otro, porque cuando hay pasión te sobra energía. g
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TIENE EL TALENTO DE LOS ELEGIDOS A Cecilia le gusta que la mencionen a través de su apellido compuesto: Carranza Saroli. Nació el 29 de diciembre de 1986, en Rosario, tiene 30 años. Su pasión por el yachting se la debe a Pancho. «Mi papá conserva su barco hace 50 años, es una embarcación de madera de 1934. Al ir a un club náutico desde chica, me subieron arriba de un barco. A partir de ahí, me quedé unida al agua”, explica. Junto a Santiago Lange, integra la dupla que hizo historia en los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro 2016 tras conseguir la medalla dorada en la categoría Nacra 17. Aquel logro representa el punto más alto de su carrera deportiva.
«La pasión es el motor para poder dar más que lo que da otro, porque cuando tenés pasión te sobra energía».
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Pero aquellas películas que empezaron en la infancia son algo distinto. No sólo eran exclusivas para mí, sino que además era necesario, diría que excluyente, que yo mismo fuese el protagonista. A veces eran la remake de una historieta que había leído por esos días o de alguna película. Otras veces las inventaba de cabo a rabo, recogiendo pedazos de otras vidas, de la historia humana que podía percibir por fragmentos, con seres extraños que imaginaba de las sombras imprecisas que proyectaba la oscuridad. En los años de la infancia las historias eran de terror. Tampoco es posible compararla con los juegos. Quizá alguien lea esto y piense que no es nada nuevo ni excepcional, que todos lo hacíamos. Yo también imaginaba historias para jugar, pero la diferencia es abismal. Allí el lugar está definido por el entorno, el cuerpo imaginado también está definido por nuestro propio cuerpo, que inevitablemente está en el juego. El cuartito de la terraza de mi casa de calle Córdoba y Castellanos fue la nave de Gilgamesh, la cabaña en la que se refugiaba Mark de los mutantes, la cárcel en dónde Nippur esperaba paciente para escapar y recuperar su trono. Yo fui todos ellos, pero en el juego el límite estaba marcado por lo que ya estaba inventado por la realidad. En cambio en las películas de mi cabeza no hacía falta buscar disfraces, ni ignorar elementos que no tenían que ver con la época ni con el relato. Todo era como yo quería. Si necesitaba trasladarme a Budapest, a Moscú, al Amazonas, no había problemas, cerraba los ojos y viajaba. Recuerdo que no veía la hora de ir a la cama para poder retomar la historia que había dejado la noche anterior. El horario de la proyección era ese, la noche. Los primeros minutos eran para retomar el hilo y después arrancaba. He completado dos o tres historias memorables, películas que todavía puedo proyectar como si estuvieran disponibles en alguna videoteca personal de la memoria. Las mejores, las que han dejado su marca, son las que he imaginado íntegramente. Hubo una que terminé en una semana. Yo era miembro de un ejército rebelde o algo por el estilo (las miradas sobre los héroes y sobre los bandos fueron cambiando con los años) y era herido en una emboscada, producto de una traición. La música que había elegido para los momentos de intensidad amorosa era la canción para piano de Blade Runner. Una mujer, en este caso una conocida del club, me encontraba agonizando y me salvaba la vida con sus curaciones. Después me ayudaba a encontrar al “topo” que había dispuesto la celada. Quizá tenga alguna reminiscencia de Adiós a las armas, pero bueno, esas huellas son inevitables en cualquier tipo de ficción.
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Si siento pasión por algo es por el cine. Ni siquiera podría superarlo mi vocación literaria, a la que sin duda llegué también a través del cine. Más allá de que sean lenguajes distintos, cada cual con sus mañas y sus códigos, ambos cuentan historias y yo las cuento desde que veo películas, mucho antes de descubrir los libros. Creo que por eso, desde que tengo uso de razón, hago películas en mi cabeza. Las hago para mí. Tuve siempre también esa necesidad de que otros escuchen mis historias, quizá el germen de lo que después, ya adulto, se convertiría en un oficio.
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Si digo que la vi, es que la vi. Juro que la vi. En los setenta, cuando vivíamos en calle Córdoba y llegaban los sábados, acompañaba al viejo a la pizzería «La dagor», de Córdoba y Alsina. Comprábamos una especial y también media de anchoas para él; era el único que la comía. Arrastrábamos el escritorio al medio de mi cama y la de mi hermana y poníamos el televisor al frente, contra la ventana que daba a la escalera de la terraza. A las nueve daban “Grandes Valores del Tango” hasta las diez que empezaba «El Ciclo de los Oscar», todo por canal cinco. A las siete «La Pantera Rosa», a las ocho «El hombre nuclear», soportábamos el tango y después venía el cine. Sin embargo para mi hermana y para mí ese no era el plato fuerte. Llegaba después, a las doce de la noche, cuando daban la de terror en el ciclo «Galería nocturna». Mis viejos se iban a dormir y nosotros nos tapábamos hasta la nariz. Después nos peleábamos para decidir quién se levantaba en la oscuridad para apagar el televisor, mirando la escalera por el reflejo de la luna, el camino del que podría aparecer la monstruosidad diabólica, el espectro difuso y siniestro de la muerte. Recuerdo que a veces la ceremonia se alteraba cuando íbamos a comer a la casa de Victorio, un amigo del viejo que vivía en Refinerías. Tenía una casa al fondo de un pasillo, la cocina en el patio y las habitaciones que también daban a la noche tras celosías viejas y oxidadas. Mi hermana ya salía a bailar con sus amigos y yo me iba con los viejos. La pizza era casera, lo recuerdo todo en invierno, como si la infancia hubiera sido siempre en el frío. Una cocina alumbrada con una luz cálida amarillenta, el calor del horno. Ellos se quedaban en la sobremesa cantando tangos y riéndose siempre de lo mismo. Yo me iba a la habitación del hijo mayor de Víctor, donde estaba el televisor. En la absoluta obscuridad escuchaba la música premonitoria, las primeras imágenes que prefiguraban el espanto. Un título me resulta inolvidable entre muchos: El profundo silencio de la noche. Tres historias de horror. Una de una reliquia indígena que resultaba ser un indiecito asesino, otra de un chico que moría ahogado y volvía para vengarse de la madre que lo había dejado morir. No puedo recordar la tercera. Por eso, porque creo haber visto suficiente cine como para poder diferenciar, si digo que la vi es que la vi. Mis viejos antes de conocerse también eran apasionados del cine. No los unió eso, si fuera así el relato sería perfecto. Hay que dudar de los relatos que encajan, no son los mejores. La ficción que se aferra a las imperfecciones es la más efectiva, es la mejor. Pero no es lo que importa. No se conocían y sin embargo amaban el cine, y nos contagiaron a mis hermanas y a mí esa sana obsesión. Dije «mis hermanas» porque nueve años después de mí, llegó la más chica. Mis viejos ya no están. Cuando los hermanos nos juntamos con el resto de la familia también vemos películas. A mis cuñados también les encanta. El de la mayor compró un proyector y en las vacaciones hacíamos funciones las noches de tormenta. Alquilamos una casa en Córdoba y nos reuníamos en el living con la pantalla gigante. Cuando les conté a todos ellos que la había visto, me creyeron. No vi una sola duda en las caras, ni una sonrisa socarrona. Lo creyeron porque aman el cine y saben notar la diferencia, estoy seguro de eso. Mi viejo contaba una anécdota, con lujo de detalles, que revelaba esa pasión. Cuando era chico vivía con sus cinco hermanas y mis abuelos en una casa detrás de las vías, en la cortada que divide, por calle Salta, al Molino Río de la Plata. Lo solían llevar al cine, una de sus salidas obligadas junto con la cancha, a dónde también lo acompañaban mis tías. Cierta vez fueron a ver La Momia, supongo que la versión de 1932, dirigida por Karl Freund, con Boris Karloff. Volvió a su casa aterrorizado. Fue a la cocina y agarró el palo que usaban para revolver la polenta. Lo dejó debajo de la almohada y empezó a calcular el tiempo que iba a tardar la momia en cruzar el océano desde Egipto hasta Rosario; no lo iba a sorprender desarmado. La espera duró un par de días hasta la tercera noche que pasó algo, algo que terminó con el acecho a la momia, con la paciencia de mis abuelos y con la salud del tío Elvio. Es que el tío intentó atravesar el patio de noche, en silencio, pisando al perro y armando un escándalo en la oscuridad, ligando un furibundo palazo en la espalda que, según contaba mi viejo, lo dejó medio doblado hasta sus últimos días.
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Cuento
Ahora hablan de las series como si antes no hubieran existido. Es que la pasión te hace descubrir cosas que los demás no ven a simple vista. No puedo entender que no se acuerden de «Las calles de San Francisco», de «El precio del deber» o «Combate»; el sargento Saunders (interpretado por Vic Morrow, que después murió decapitado por la hélice de un helicóptero en un set de filmación) y el soldado que tenía el radio enorme que le llegaba hasta debajo del mentón: «jaque mate rey dos, aquí torre blanca». Las de ciencia ficción, «Cosmos 1991» o «Fuga en el siglo XXIII». Podría recordar muchas más. Es cierto que estoy pasando de las películas a otro género, del mar de butacas y oscuridad a la comodidad del living. ¡Qué maravilloso sería poder ver series en el cine! Pero tengo que hacer este cambio para poder contar cuando la vi. La serie se llama «Penny Dreadful». Sólo tres temporadas y la cancelaron, vaya uno a saber por qué. Pasó sin penas ni gloria. Traté en vano de difundirla entre amigos y fanáticos, pero tampoco tuve suerte. Es una serie de terror ambientada en la Londres victoriana. Elegante, erótica y salvajemente bella. Plagada de alusiones literarias. Un monstruo que recita a Milton o a Blake, Dorian Grey bailando música clásica en un salón de retratos. Demasiado buena para la mediocridad conceptual de la televisión, para el ejército de críticos imbéciles que analizan las producciones en función de los índices de audiencia. Billie Piper interpreta a una prostituta, Bronna, que muere de tuberculosis y resucita en las manos del doctor Frankenstein, un atormentado genio adicto a la morfina que termina enamorándose de su creación. Yo también terminé enamorándome de ella. No sé si de Bronna o del monstruo que Frankenstein bautizó «Lily». Desde la maldad o desde la pena sus labios siempre brillan, la mirada pide algo y en la cercanía algo se crispa, algo rechaza la insistencia ordinaria de los hombres. Descalza con el vestido de época; las mujeres descalzas son mi debilidad: puedo recobrar miles de escenas de mujeres descalzas, Sarah Polley parada en el jardín en Mi vida sin mí, Lolita balanceando los pies recostada en el pasto, mientras Jeremy Irons la mira lascivo. Pero nadie como ella, nada como sus pies vulnerables pisando la madera del laboratorio. Bronna renace en Lily y uno busca ese amor redimido por la vida, busca el triunfo sobre el dolor y la miseria desde esa misma carencia, pero Lily surge en la maldad, en la crueldad más primaria y salvaje, y uno vuelve a buscar esa vieja ternura, esa vieja esperanza, como lo hace una y otra vez Frankenstein y es rechazado hasta el hartazgo.
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Cuento Guardé el pañuelo durante el resto del viaje. Me siguió hasta Edimburgo, lo sostuve por la Royal Mile y en algún bar de Inverness, también en los puentes de Dublín, cuando volvía al hotel tocado por la cerveza y la nostalgia. Lo hacía para recordarla y para convencerme de esa prueba material, de ese pedazo de mundo extraño que le había arrancado a la razón. Pero cuando aterricé en Ezeiza ya no estaba. No hubo manera de perderlo, estaba en mi bolsillo, lo aferraba a cada momento. Bastó con dormirme y despertar para que desapareciera, sí, lo sé, como en una película. Desde ese momento, como cuando Borges advierte al lector su «desesperación de escritor» a la hora de contar lo que vio en un Aleph, yo con muchísimo menos talento debo recurrir a un juramento, a la absurda confianza en que alguien pueda creerme, alguien a quien le apasione el cine a tal punto de convencerse de que es posible que haya sido ella, que es posible que en un lugar de Londres, inhallable en el tiempo y en el espacio, yo la haya visto y haya besado su mano. g
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Conocí Londres en febrero pasado; era invierno, nevó varios días de la estadía. La bruma envolvía la ciudad como en las películas. Hablar de Londres es para otro relato, un museo urbano, su integración étnica y cultural, sus contrastes. Una tarde recorriendo el barrio chino el almanaque pareció retroceder a una velocidad inusitada. Fue una cuestión de segundos, al menos para la experiencia humana No había gente recorriendo los callejones y la niebla difuminaba la silueta de los pocos que pasaban. Sólo se veían los faroles rojos colgando y las luces de los autos como si fueran luciérnagas gigantes viajando en parejas. Entonces la vi. Como en «La rosa púrpura del Cairo» parecía haber saltado a este mundo por un intersticio mágico del universo. Caminaba apurada contra la pared, mirando para atrás como si alguien la persiguiera. Empecé a seguirla, tímido, un poco para no asustarla y otro poco por la desconfianza a mis sentidos, a la cordura misma, aunque ya estaba convencido de que era posible. ¿Por qué? No lo sé. No hubo tiempo para pensar en eso. Porque en un momento se detuvo en una esquina y ahí esperó, más serena, como si se sintiera a salvo. Me acerqué. Me paré frente a su mirada y esperé, esperé algo que no podía entender o que ignoraba, no sabía qué hacer, sólo dejé que ella decidiera, que el tiempo y el instante eligieran el siguiente paso como si todo estuviera determinado y creado para mí. Pero no fue así. Yo era el intruso, yo me había cruzado en un espacio en el que no debía estar. Ella sonrió. Supuse que era Bronna, por el gesto amable con el que miraba, susurré el nombre y asintió sin abandonar la sonrisa. Estaba pálida como en el lecho de muerte, antes de su resurrección, pero a la vez parecía llena de vida, exultante. Entonces me acerqué y le besé la mano. La toqué, la tuve entre los dedos ¿cómo probar eso? Durante días seguí oliéndome la piel y podía sentir ese perfume. De uno de sus bolsillos sacó un pañuelo recién lavado, podía sentirse la tersura de la tela limpia, en un ángulo una mancha de sangre resistía, casi desaparecida. Lo puso en mi mano y se fue cuando los cristales de una nueva nevada empezaron a atravesar la niebla en la oscuridad.
«Nunca te olvidé. Ni por un segundo. Sabía que te encontraría al final, es nuestro destino»
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QUIÉN QUIERE SER MILLONARIO
Danny Boyle, 2009.
El sueño del pibe. Una profesión de película
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Memorias de un wing derecho es uno de los tantos cuentos futboleros del Negro Fontanarrosa, que el director Juan José Campanella llevó al cine en 2013 con el nombre de Metegol. Éxito de taquilla, la primera película animada argentina en 3D, tuvo el aporte en la creación de cada cuadro desde la empresa de animación digital Draftoon Animation Studio, que realiza productos audiovisuales, publicidades, películas y series animadas, en 3D o 2D, pedidos en muchos casos por estudios internacionales. Sus mentores, Daniel Seletti y Pablo Spurchisi, son jóvenes inquietos, apasionados por crear arte desde la tecnología se reivindican autodidacticas: «somos más un estudio de series o películas que de animación en sí», se definen. Desde su luminosa oficina donde calle San Luis cae hacia Alem, ellos giran en sus cómodas sillas, dejan el mouse por un instante y comentan cómo fue trabajar en aquel ambicioso proyecto Metegol.
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Daniel Seletti y Pablo Spurchisi están a cargo de la empresa de animación digital Draftoon Animation Studio, quienes fueron parte de la animación digital en la película Metegol, El Arca, Patoruzito y en Los Pintín junto a la productora PolKa. Los emprendedores dan trabajo a dibujantes rosarinos y hacen trabajos para producciones internacionales.
¿Cuál fue trabajo que hicieron para la película Metegol? DANIEL: Trabajamos en la animación de los personajes secundarios, es decir, el relleno de las escenas. Sucedió algo curioso: estábamos trabajando en otro proyecto mientras Metegol se estaba haciendo, y al terminar nuestro trabajo nos fuimos a Buenos Aires con un demo de cosas que hacíamos para mostrárselas a los productores y les gustó. Tuvimos la suerte de hacer nuestro trabajo desde Rosario y cada 15 días les llevamos el trabajo que nos encargaban. ¿Metegol les abrió puertas? PABLO: Después de esa experiencia hicimos una coproducción con España que se llama Baleuko, también Blacky & Company, fueron 26 capítulos en 3D de 11 minutos en coproducción con TVE, la productora vasca Baleuko y Draftoon. Pero Metegol nos permitió que se conociera la productora al tiempo que nos dio confianza. Veníamos de hacer animación tradicional y esa película en 3D afianzó nuestra evolución, porque hasta ahí no veníamos trabajando en esa tecnología. Podemos decir que Metegol nos permitió encarar la parte más técnica e informática de la animación, que ahora ya lo hemos incorporado. También existe un mercado interesante en la animación videojuegos. ¿Incursionaron en ellos? D: Sí, en parte para nosotros es lo mismo porque no hacemos la integración. Sería como animar para una serie, sólo que se hace con otras características, porque modelás personajes con más acción. El estudio participó en la animación de videojuegos para una empresa de Córdoba que produce para el mercado norteamericano. En estos 20 años, se puede decir que ustedes pudieron aprovechar una nueva escena en la animación que resultó casi revolucionaria… D: Es que conocemos otras experiencias, por ejemplo mi suegro es un animador de la vieja escuela que llegó a dibujar para García Ferré, y sabemos de muchos colegas de esa época que se quedaron en el camino por no poder pasar de sistema. En 1999, cuando se estaba filmando la segunda parte de Toy Story, el 2D ya estaba quedando un poco viejo, si bien ahora vuelve con otras tecnologías que lo modernizan. Podemos decir que antes era una fortuna hacer una película en 2D mientras el 3D era más económico, pero hoy se han igualado. P: Nos referimos a la animación en 2D que se hacía en papel y tablero, en un proceso que era caro y engorroso porque requería mucha gente trabajando. En parte el 3D facilita las cosas. Ahora se retoma el 2D pero digitalizado, y hasta llegaron a igualar costos, por lo que se vuelve viable nuevamente. El 3D exige mucha maquinaria y de buena calidad. La parte complicada es contar con personal capacitado para resolver los problemas técnicos. D: Hace poco estábamos reformulando una publicidad de la lotería oficial. Cuando ya teníamos todo armado en 3D hicimos un render de cada fotograma, donde se ven las texturas finales, pero un corte de luz nos arruinó el trabajo. Si hubiese sido en 2D se podían hacer pasos más simples porque es dibujar y pintar, pero en tecnología 3D es mucho más complejo, tenés que poder solucionar esos inconvenientes técnicos para que no alteren el tiempo de producción y de rendimiento. ¿Qué les gusta más: realizar publicidades o producciones artísticas o cinematográficas? D: Sin dudas hacer cine. En la publicidad sólo nos encargan la animación o la parte del arte, somos más un estudio de series o películas que de animación en sí. P: Cuando trabajás en publicidad se hacen pocos minutos, que deben ser de gran impacto y efecto, tenés que dibujar para dos segundos y es poco lo que se puede mostrar en ese tiempo. Es diferente en producción cinematográfica porque contás con más tiempo de producción. Además, cuando trabajás en una publicidad lo resolvés en uno o dos meses, mientras que en cine son varios meses trabajando en ese proyecto, lo que brinda una seguridad laboral. A propósito, pensaban en los niños que van a disfrutar de estas películas?, ¿imaginaban que a la animación? D: Siempre me incliné por el dibujo, sabía que iba a estar por ahí, porque nunca pensé en estudiar bellas artes y cuando crecí fui por el lado de la informática, el arte y sobre todo el dibujo. P: En mi caso, siempre fui inquieto y lo único que me tranquilizaba era hacer algo manual, sobre todo dibujar. Me pasa todavía hoy que cuando me tranquilizo es porque estoy con la compu o haciendo algo artístico.
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¿Cuáles eran sus personajes preferidos? D: Somos del año 79, cuando éramos chicos no había mucho. Veíamos He Man, Dragon Ball Z… aunque en mi infancia prefería los dibujos de Disney a personajes como Batman o Superman. P: Como no había canales como ahora, las opciones eran pocas. En mi caso prefería historietas de Condorito o producciones de Disney. ¿Cuándo comenzaron a dibujar de manera profesional? D: En 1997 mientras cursaba 5° año de la secundaria empecé con algunas cosas de animación y desde ese momento no paré. Mi primer trabajo pago fueron Los Pintín, animados de Polka Producciones que eran unos cortos que pasaban en la tele y después se convirtieron en película. Después vino Patoruzito, que como apuesta de película resultó un poco fallida. P: Empecé a estudiar psicología hasta que encontré un lugar donde podía formarme a nivel artístico y dejé todo para dedicarme a esto. El primer trabajo fue una serie para Italia Tommy & Oscar que me sirvió como plataforma de formación mientras hacía algo parecido a una pasantía. D: Hay que tener en cuenta que en este rubro se maneja mucho a producción, o sea de acuerdo a lo que producís mensualmente, y en verdad hay artistas que son más rápidos que otros. Si trabajás en un estudio en Buenos Aires se puede acceder a un sueldo, pero en Rosario es más por trabajo, por proyectos. Eso implica que a fin de mes mostrás un reporter de lo que de lo trabajado y con un estándar de producción se cobra de acuerdo a tu nivel de conocimiento: junior percibís menos y senior, cobrás más. En este recorrido de dos décadas de producciones, ¿cuáles son las más destacadas? D: En cuanto a nivel de reconocimiento fue Metegol. Justo formamos el estudio cuando terminamos de hacer esa película, que fue hace cuatro años. Antes trabajábamos juntos pero de manera independiente. Realizamos mucho para el exterior y por ahí son películas que no llegan a Sudamérica. También dibujamos en El Arca; para Filmax de España hicimos El Cid, The Legend y Gisaku, que son dos animaciones conocidas en ese país, pero no en Argentina. Metegol es la que nos dio reconocimiento en nuestro país.
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¿Se consigue una continuidad laboral cuando se trabaja para estudios del exterior? P: Somos una productora independiente de servicios audiovisuales; y en el mundo, en este rubro, no existe continuidad. Sucede que los animadores van migrando de proyecto en proyecto y rotando por diferentes países. Los grandes estudios incorporan un grupo de animadores y el resto migra de ciudad en ciudad. Nosotros elegimos quedarnos acá y hacer desde acá. Quizás nos estemos animando los mejores proyectos, desde tu lugar a veces muchas veces son de menor calidad y más económicos. Por ejemplo, en Metegol participaron 150 dibujantes que al terminar la película se fueron a otro lugar del mundo a seguir con otra producción. Ya es una elección de vida. Claro que los grandes estudios tienen un staff estable , pero es difícil mantenerte en un mismo lugar. Nosotros todos los días pensamos qué vamos a hacer mañana, por eso aprovechamos para aprender cosas nuevas, al tiempo que diagramamos un proyecto propio, por eso tenemos un grupo de chicos dibujando para el estudio. Queremos mantenerlo porque no hay tanta gente en Rosario que se dedique a hacer esto. Precisamente, ustedes se formaron en Rosario, ¿Cómo llegaron a capacitarse? D: Digamos que es medio autodidacta lo que hacemos. Pablo hizo un master de animación on line, todo pasa por estudiar y capacitarse y en internet está todo lo necesario. Te formas haciendo prueba y error, buscás lo que te conviene, te involucrás y siempre se aprende trabajando.
D: Cuando se trabaja en una producción grande, como los animadores que hicieron los personajes principales de Metegol, la exigencia de tiempo de animación que te piden es poco, 15 o 20 segundos mensuales. En cambio, cuando nosotros hicimos Blacky & Company entre los dos tuvimos que animar cuatro minutos al mes. Entonces, al hacer cantidad o volumen siempre se deja de lado calidad. O sea que estás haciendo un estilo de animación que no llega ser el óptimo, pero por una exigencia laboral hay que sacar producción. Esa serie tenía capítulos de 11 minutos, ¿cuánto tiempo lleva hacerlos? D: ¡Un montón! Hay que aclarar que diez minutos de Metegol o de esa serie son distintos en tiempo, es relativo.
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P: Al ser autodidacta no hay disciplina externa, pero recién cuando trabajás tenés una guía que te baja los estándares o regímenes de una escuela. Los cursos on line son una buena oportunidad porque al ser artístico uno trabaja en lo que más le gusta y cree que está bien, aunque sea subjetivo.
P: Por ejemplo, una película hollywoodense de animación te puede estar pidiendo 3 segundos de producción por semana. Lo hacen teniendo atrás directores y supervisores que van a corregir hasta tener el producto que ellos quieren. En cine las condiciones de corrección son mucho más estrictas que en una serie, lo principal tiene que funcionar y el espectador tiene que creer lo que está viendo. Por eso el tiempo que lleva animar depende de los presupuestos, la fecha de estreno y la cantidad de personas que animan en el estudio. Todo trabajo tiene que estar estandarizado y de ahí para arriba. D: También nosotros tenemos la dinámica de ir cambiando de proyecto para no estar un año haciendo lo mismo y no cansarte, aunque muchas veces no se logra, basta con el ejemplo de Metegol, que desde el guión inicial al estreno pasaron cinco años. ¿Existe demanda regional de trabajo? D: Hicimos algunas presentaciones institucionales para 5RTV, el canal de televisión de la provincia de Santa Fe, y algunas campañas oficiales. Pero hace cuatro años que estamos como estudio y recién ahora sentimos que se está moviendo. Nos consultan por nuevos proyectos aunque trabajamos más para estudios de Buenos Aires. Por eso están buenas las campañas locales como la del Quini 6, en la que estamos trabajando ahora. Rosario tiene un movimiento sólido de animadores que lograron una importante producción de cortos y largometrajes. ¿Participan de esa corriente? D: Estamos al margen porque nos dedicamos más a la parte industrial o comercial. Hay un montón de gente del palo de dibujos, pero nosotros intentamos vivir de la animación comercial. P: La animación independiente tiene otra libertad, sería como la diferencia entre los cortos de Caloi y las producciones de Disney Channel, a las que estamos más cercanos nosotros. Quizás se trabaja más con proyectos propios subvencionados por el Estado, ya sea el INCAA o Señal Santa Fe, con otro circuito comercial. En el estudio a veces necesitamos que se sume más gente y no encontramos animadores capacitados para 2D y 3 D. De contar con más dibujantes uno puede tomar más segundos de las producciones que nos encargan, nos pasa que llegan currículum de gente de afuera, pero sería excelente tener animadores de Rosario. ¿Contamos con centros de formación en animación 3D en Rosario? P: Algunos hay pero todavía falta para llegar a lo que se requiere para estas producciones. Acá es más autodidacta y al que realmente le gusta va a aprender de esa manera. D: Sería bueno tener una buena escuela que se dedique a dar un año o dos como mínimo, formando animadores en 3D y 2D. Participamos entrenando gente, grupo de doce, pero como es una animación que presenta ciertas dificultades terminaron muy pocos esa capacitación. En Buenos Aires hay más cursos porque hay muchos más interesados en hacerlos. Hay cursos on line, que son caros pero se estudia con instituciones de España o Estados Unidos.
Darftoon Animation ¿Las remuneraciones en el mercado de la animación 3D son las mismas en Argentina y en el exterior? P: Las producciones nacionales tienen presupuestos más bajos y te piden menos, pero quienes trabajan en esto lo hacen como freelance también para producciones internacionales y no trabajan por menos dinero.
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P: Tuve la oportunidad de hacer un curso que tenía tutores que trabajaban en DreamWorks, Sony Picture o Blue Sky, o sea gente que sabe mucho, y hay que tener recursos para pagar esas clases. Vi personas que no sabían hacer nada y evolucionaron; hoy trabajan para estudios desde su casa.
D: Los precios son internacionales, muchas veces pasa que te pasan un precio de afuera y creen que pueden pagar menos. La realidad es que Argentina es cara, un colega español con el que hablábamos del tema, no podía creer los precios de acá. P: El tema de la competencia tiene que ver con la capacidad que uno pueda dar. Si tenés un conocimiento adquirido con mucha experiencia pedís lo que pensás que vale tu trabajo y el cliente sabe que cuenta con la calidad y el tiempo necesarios para cumplir con la exigencia. Los animadores tenemos gran competencia de dibujantes de India o China, pero no son más baratos, ellos hacen una película en ocho meses con mil personas, que trabajan 24 horas logrando gran velocidad. Y nosotros no podemos competir con esa capacidad de producción. Sin embargo, nos pasa con España, que por una cuestión de comunicación y de cultura prefieren trabajar con un argentino. Pagan un poco más pero tienen más calidad.
D: En realidad la serie Blacky & Company es un 45 por ciento nuestra y se está empezando a comercializar en algunos países. Sucedió que nos propusieron ser coproductores aportando trabajo e inversores y llegamos así a nuestro primer proyecto propio. En Argentina estuvimos en negociaciones para incluirlo en Paka Paka pero por una reestructuración del canal no se pudo concretar. De todos modos la serie participó en festivales y se difundió en varios países, como China, Ucrania y Estados Unidos. También se trasformó en una película, llegando a distribuirse por sistema on deman en Estados Unidos. Hacer algo propio es un deseo que surge cuando se termina un trabajo y se espera el próximo… Esa es la diferencia con los grupos de animadores independientes, que hacen sus propias producciones con un presupuesto más bajo y algunos subsidios que les permitan desarrollar sus proyectos. Están creando desde cero, en cambio a nosotros nos dan la idea y la desarrollamos. El deseo siempre está y tenemos algunas ideas dando vuelta que veremos cómo se van a ir dibujando en el futuro. g
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¿Draftoon proyecta generar contenido propio? P: ¡Claro! Siempre pensamos en eso. Tenemos ganas de armar un par de cortometrajes, siempre uno quiere hacer lo que le gusta hacer, que nos guste ver en la pantalla.
Pasión por el espectáculo
La trayectoria de Charly Bermejo es tan rica y vasta que cualquier cobertura tendrá que recortar segmentos si quiere llegar al punto final. Hacedor de sus programas, supervisa y controla cada una de sus producciones y se ocupa de convocar a las estrellas, locales y nacionales, que asisten a la entrega de los Magazine. En medio de tanto ajetreo, no escatima tiempo para disfrutar con su nieto, a quien le muestra un mundo de celuloide con dedicación afectiva.
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En Rosario, Carlos Bermejo, es sinónimo de espectáculo. Siempre con una sonrisa, amable, el hombre que lleva casi 50 años en los medios locales, ya está pensando en los premios Magazine del año próximo. A pesar de haber ingresado en los hogares rosarinos por la televisión, el periodista distinguido por el Concejo Municipal confiesa: «Yo soy yo en la radio, con mis virtudes y falencias». Bermejo instaló en la escena nacional que hace 25 años de manera consecutiva, la colonia artística acuda a los Magazine, como una marca que lo identifica. Después de dos décadas en el elenco del clásico de Canal 3, De 12 a 14, hoy conduce su espacio semanal en Canal 5, produce otro programa de Viajes y Turismo y está al frente de dos emisiones radiales diarios, en LT3 y Fisherton CNN. Este año a su incansable producción le suma un ciclo de entrevistas de su archivo personal para el canal público de la provincia 5RTV.
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El popular Charly Bermejo hace un repaso de su vida en los medios de la ciudad, sus anécdotas con las figuras de la farándula, cómo nacieron los Premios Magazine hace 25 años y confiesa que la radio es su gran amor: «es el lugar donde realmente soy yo».
Durante la entrevista se enhebra una larga y rica cadena de anécdotas, sobresale la amistad con personajes destacados, coberturas de festivales de cine y el Oscar de la Academia, viajes que le permitieron conocer rincones entrañables de Manhattan, Perú o París. El hombre que ha pasado las seis décadas codeándose con un universo de luminarias se reconoce tímido y no le gusta pararse ante la gente: «Soy muy tímido, creo que me familiaricé con la tele ahora que estoy casi por el retiro.Por ejemplo, no me siento seguro si no tengo un monitor. En verdad donde me siento seguro es en la radio, tal vez porque no dimensiono la cantidad de gente que escucha, o porque enfrente tenemos un micrófono y los compañeros de trabajo. La radio no me expone. En cambio en la tele yo siento que nadie es auténtico —a menos que seas Norma Aleandro , Alfredo Alcón o Julio Chávez—. Se prende la luz roja y no podés ser natural, estás en una situación que te impone mostrarte de determinada manera». ¿Ahí es cuando se debe crear un personaje? Creo que sí. Soy yo en la radio, con mis virtudes y mis falencias. ¿La radio vino un poco a acomodar tantos años de exposición televisiva? Es que al revés, yo me sentí mucho más desprotegido en la tele. Empecé hace 47 años en la radio y haciendo un micro en la tele. Pero era un micro en un programa donde tenía un segmento muy cortito. En la radio recuerdo que desde el primer día sentí que era mi lugar. Mucho tiene que ver la química que se genera con la persona con la que uno comparte micrófono y tiempo. Si bien hay pasión cuando se realiza la tarea que más nos gusta, se nota en tu caso un agregado que va más allá, que es compartir con el que te ve o escucha aquellos hechos artísticos que te emocionaron, podemos decir que es la pasión de darlos a conocer. La pasión hizo, por ejemplo, que aprovechara el hecho de haber estudiado abogacía. Porque recuerdo que, cuando terminé el colegio secundario me pregunté: «¿Cómo hago para canalizar lo que debería estudiar?». Hice un test vocacional y resultó que tenía que buscar una carrera humanística o creativa, como abogacía, diseño o arquitectura, pero jamás hubiera estado haciendo matemáticas porque a mí 2+2 siempre me dio con decimales. Decidí estudiar abogacía y me parece que me aportó un background para encarar la profesión. En aquellos años no existía la escuela de periodismo; comunicación social no era una carrera universitaria. Me formé en cursos que dieron; por ejemplo, Mario Soficci, sobre cómo analizar una crítica de cine. Homero Alsina Thevenet, el famoso uruguayo, que vino para decirnos cómo se analizaba un enfoque cinematográfico. Eran seminarios que se daban acá a finales de los 60, con gente como Daniel Tinayre, Leopoldo Torres Nilson y Leonardo Favio. Entonces, comienzo en los 70 a trabajar en la radio. Había hecho ya una orientación a la crítica de cine, con estos tipos que después dimensioné quiénes eran. Ahí habrás tenido de colegas a los que durante mucho tiempo estuvieron haciendo espectáculos y cine… ¿Estamos hablando antes de la dictadura? Sí, y mucha gente que lo hacía por un enriquecimiento personal. La dictadura irrumpe en nuestra vida después. Recuerdo el 24 de marzo, estábamos con Angelita Moreno, mítica locutora y conductora de LT8, esperando para comenzar el programa nocturno Los habitantes del Silencio, donde escribía los guiones y Lalo de Los Santos cantaba el gingle del programa. Al día siguiente tenía que rendir un examen en la Facultad y me había llevado todos los apuntes… Ese día, de pronto entra un señor y militares que se apostaron en el control. Se hicieron cargo de la radio. Dijeron «no se puede hablar más nada». Emitieron el comunicado Nº 1 de la Junta Militar y nosotros no pudimos salir de la radio hasta las 2 de la mañana. No hubo ningún destrato ni nada por el estilo. Nos quedamos ahí esperando, salimos y allí nos desayunamos con lo que fue la noche negra y larga de la dictadura. ¿El cine fue tu nexo con los medios? El cine fue la pasión que permitió abrirme. Soy de una generación donde el entretenimiento de una familia era el cine, la televisión no existía. Irrumpe recién en nuestras vidas en los años 60 en forma comercial, en un solo canal y era para un estrato social importante. Era hijo de un la-
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burante ferroviario de clase media. En mi casa tuvimos televisor el día que se pudo comprar al contado, en mi cuadra fue el último televisor. En cuanto al cine, creo que era el vehículo cultural masivo en ese momento. Mi papá tenía un primo vinculado al cine Odeón y un hermano que era inspector que trabajaba para Twenty Century Fox, Universal y Metro Goldwyn Mayer, en la época que estos sellos tenían en Rosario representaciones y distribuidoras. Gracias a eso teníamos entradas para ir a todos los cines a ver las películas. Mi papá también era familiar de los dueños de La Comedia, entonces íbamos al teatro. Mi abuelo era fanático de la opera y allá íbamos. Recuerdo haber visto en el teatro al mago Fu Manchú, que me impresionó mucho. Cuando estaba en la secundaria pudimos ver en La Comedia una compañía dramática española que trajo un repertorio de teatro clásico con puestas de Doña Rosita, la soltera y La Celestina. Eran obras que las tenía que estudiar en la escuela y las estaba viendo en el teatro, habladas en castellano antiguo. Claro que a los 13 años me pareció un plomo, como El Quijote o El Mio Cid, que luego se hicieron películas y fueron más llevaderas. Desde corta edad fuiste apasionado del cine. ¿Nunca se te ocurrió el cine desde adentro? No. Nunca me vi dentro de la industria. Fui anárquico… en la época del proceso había un director artístico que decía que hasta el buen día tenía que estar guionado. Le dije que nunca iba a guionar nada porque no me gustaba escribir. Debo haber sido uno de los pocos francotiradores que hizo radio en la época del proceso sin guión, porque antes de salir al aire te tenían que aprobar los guiones. Discutí con un interventor porque me dijo que no iba a poder hacer más radio. Y le dije: «bueno, usted se lo pierde», y seguí haciendo notas. Llegué a hacerles notas a tipos como Víctor Heredia. Me parecía una brutalidad que no se pudiera entrevistarlos porque estaban prohibidos. Pensar que no se podía difundir Tinta Roja por el color que cita el tango. Ese tipo de arbitrariedades las viví, no me las contó nadie. ¿Podés citar algunas escenas de cine que consideres sumamente pasionales? Por una cuestión de edad lo primero que me impresionó fue el cine italiano, el neorrealismo italiano. Era muy chico cuando vi Ladrón de Bicicletas, y otra película que me marcó fue Roma Citta Aperta, me pareció tremenda, ese rostro de Anna Magnani me marcó por trágica. En Argentina creo que su equivalente fue Tita Merello. Estando en Los Ángeles para una entrega del Oscar, venían caminando Dino De Laurentis —que fue uno de los de los dueños de Cinecittà junto con Vittorio de Sica—, con Roberto Rosellini y Carlo Ponti. Cuando entrevisté a De Laurentiis me dijo que Argentina había tenido una gran actriz que había visto en un festival en Moscú. Deduje que era Tita Merello (ella había ido por Los Evadidos, de Enrique Carrera). Decía que si hubiera estado en Italia hubiera sido la sucesora de Anna Magnani. Además del cine italiano, ¿tenés referentes en el cine francés, inglés y norteamericano? El cine británico me gusta. Cuando veo el cine contundente que filmaba Richard Attenborough, me parece que tiene que ver con la pasión que le imprime cada director. Soy un tipo visceral, a mí me gusta el cine que modifica, que perturba. Respecto del cine italiano, Vittorio De Sica me conmueve. Ahora vuelvo a ver Dos mujeres, con Sophia Loren, y me perturba lo mismo que la primera vez. Un Luchino Visconti, de La caída de los Dioses, modifica tu eje. Pier Paolo Pasolini lo mismo. Por otro lado, un cine francés como el de François Truffaut me marcó como nadie, pero me gusta también el cine más superficial y edulcorado de Claude Lelouch que tiene también sus toques profundos para contarte una historia de amor, como por ejemplo Un hombre y una mujer. También tiene pequeñas perlitas como Vivir por Vivir. Recuerdo grandes secuencias de Un hombre y una mujer con Jean Louis Trintignant y Anouk Aimée (que dicho sea de paso vivió en
Bermejo ¿Alguna vez presentaste películas en tele? Durante años presenté El Mundo del Espectáculo, pero eran filmes que me bajaba el canal donde trabajaba. La televisión te obliga a hacer lo que la gente compra, yo elegiría otras. Por ejemplo, De 12 a 14, en Canal 3 era masivo y te pedían hablar de chismes… y a mí no me interesa la vida de nadie, como no le interesa a nadie la mía. Lo hacía porque me bajaban una línea y era empleado. Entonces le propuse un trueque al dueño del canal: algunos días hacía chismes y otros recomendaba el cine que me interesaba. Y tuvimos un buen matrimonio hasta que un día decidí irme del canal. Duró 25 años mi relación con Canal 3 y fue de mutuo respeto. La gente compraba lo que uno vendía. Quizás alguno pensó que mi formación pasaba por la revista Caras o Gente, pero eso no tiene nada que ver conmigo.
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Rosario y fue al Normal 1, su madre fue amante de Héctor Astengo, y cuando se mudaron a Fisherton ella fue a la escuela bilingüe para no perder la escolaridad). Ese cine francés me parece fabuloso, sin olvidar a Jean Luc Godard. En cuanto al cine norteamericano, cómo no rescatar a un John Ford, Hitchcock y grandes maestros como Francis Ford Coppola y Orson Wells.
¿La autogestión fue compensada con más libertad de trabajo? Ya no te dicen que tenés que hacer farándula. Sí, yo creo que también en eso hay una gran falla y se los dije el otro día a los gerentes de los canales (porque ya no hay dueños). Les decía que los canales de Rosario son repetidoras y vendedores de espacios. Yo para hacer un programa de tele me convertí en vendedor de publicidad, pero sino no podría hacer el programa. A ese espacio trato de ponerle un plus que no suele verse en la televisión abierta. Pongo shows que no ven en otro programa, porque me doy el gusto de compartir algo que vi… Por ejemplo, no suele verse un concierto de Barbra Streisand con “Il Divo”, o Sarah Brightman en el Covent Garden, o el Royal Albert Hall. Ahora puse el último show del Cirque du Soleil, “Paramour”, y quienes lo vieron se maravillaron. Con lo pasional que soy, cada vez que veo un espectáculo o una película que me cambia el eje digo: “Cuánto daría para que esto lo viera la mayor cantidad de gente posible”. ¿La autogestión fue compensada con más libertad de trabajo? Ya no te dicen que tenés que hacer farándula. Exacto. Pero nunca hice chismes en 47 años en el mundo del espectáculo. Tengo muchos amigos y fui confidente de cosas que si alguna vez escribiera un libro (y se editara post mortem), no sé si las revelaría, hablo de cosas muy personales. Por ejemplo, un verano iba a cubrir la temporada de Mar del Plata para LT8, paraba en un hotelito con los viáticos y comía lo que podía. Entonces
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De todas maneras te mantuviste en un medio con exigencias comerciales. Sí, yo creo que también en eso hay una gran falla y se los dije a los gerentes de los canales (porque ya no hay dueños). Les dije que los canales de Rosario son repetidoras y vendedores de espacios. En mi caso, para hacer un programa de tele me convertí en vendedor de publicidad, de otra manera no podría hacer el programa. A ese espacio trato de ponerle un plus que no suele verse en la televisión abierta. Pongo shows que no ven en otros programas, porque me doy el gusto de compartir algo que vi… Por ejemplo, no suele verse un concierto de Barbra Streisand con “Il Divo”, o Sarah Brightman en el Covent Garden, o el Royal Albert Hall. Ahora puse el último show del Cirque du Soleil, Paramour, y quienes lo vieron se maravillaron. Con lo pasional que soy, cada vez que veo un espectáculo o una película que me moviliza, digo: «Cuánto daría para que esto lo viera la mayor cantidad de gente posible».
China Zorrilla, que era muy generosa y decía que el noviazgo nuestro databa de la primera vez que vino a Rosario en el 70 (se ríe), había alquilado una casa de cinco dormitorios en el barrio Los Troncos y me invitó. Me acuerdo que a esa casa fue un fin de semana una gran figura del espectáculo con la que tenían un apasionado romance. Y esa figura (con la que terminamos muy amigos) me comentó que ella no era soltera, que tenía un divorcio muy complicado, pero en Argentina siempre creyeron que era soltera. En otra oportunidad, me llamó una mega figura para avisarme que venía a Rosario a ver a una mujer que tiraba las cartas, le dijeron que era la mejor. Se vino camuflada de tal manera que los que nos vieron bajar del auto decían: «Mirá, el de De 12 a 14… la que va al lado está disfrazada». Jamás se me hubiera ocurrido decir nada, son códigos. A lo mejor por esa razón tengo una relación diferente. Hay amistades con personalidades del espectáculo a las que les imprimís afecto y pasión, como por ejemplo, Graciela Borges. Con Graciela empezó la relación con una discusión muy fuerte. Ella hizo una película y la defenestré al aire porque me pareció un desastre. Dije: «Está tan desaprovechada». Graciela iba en un remise al aeropuerto escuchando la radio y me llamó desde Buenos Aires. Lo mío hasta había sido casi falto de educación. De hecho, se ofendió mucho, después nos encontramos en un estreno y me dijo: «Usted habla de nosotros como la farándula, y la farándula es estigmatizante». Después de eso fumamos la pipa de la paz y hoy en día casi ocupa el lugar de una hermana. Siempre le digo que la gente conoce su envase pero no el contenido. Graciela es lo más cercano y terrenal que hay. Vos vas a la casa y está en verano descalza, a cara lavada, hace la nota de esa manera aunque sea para tele. Muy pocas figuras estelares hacen eso. Cuando el director de El Tulipán Negro la vio en el Festival de Cannes, le dijo que quería que fuera la coprotagonista junto con Alain Delon. En ese momento la convocó en Argentina Leopoldo Torre Nilsson (era casi su actriz fetiche) y rechazó la oferta del francés, y finalmente debutó en el cine en ese rol Virna Lisi. De esa edición de Cannes tiene fotos en su casa cenando junto con Giulietta Masina y Federico Fellini. Tiene fotos con Manuel Alberti, Alain Delon, Jean Paul Belmondo, Catherine Deneuve y hasta Picasso, que le regaló una paloma dibujada en una servilleta. ¿Y con Mirtha Legrand? No soy amigo de Mirtha, pero tenemos una relación muy respetuosa. Ella es una mega figura, nadie está desde los 15 años, durante 65 años en el candelero si no tiene algo. Si no lo querés llamar talento podés citar magnetismo o estelaridad. La verdad es que amigos dentro del espectáculo tengo contados con los dedos de la mano, algunos ya se fueron como China Zorrilla, Alicia Brusso, Mabel Manzotti. ¿Esas amistades también se alimentaron durante La Noche de los Magazine, no? Un reconocimiento que cumplió 25 años. En el 92 nos juntamos en Paco Tío con Fernando Chao (que era el jefe de espectáculos del diario La Capital), Abel Rodríguez, Héctor Barreiros y Silvio Mario Valli. Se había dejado de entregar el Monumento de Cristal, que se daban en Rosario, aunque en realidad se vendían. Entonces propuse que la ciudad tenía que seguir teniendo un reconocimiento. Para mi sorpresa mis compañeros no quisieron embarcarse y lo hice como la fiesta de fin de año de Los Magazine. Fue un 13 de diciembre en el Jockey Club. Invité 25 figuras entre las que estaban María Luisa Bemberg, Roberto Goyeneche, Juan Baglietto, Valeria Lynch, Mercedes Sosa, Ricky Martin (estaba de gira por el país), María Rosa Gallo y Mirtha Legrand. De 280 invitados, 160 no vinieron porque pen-
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saron que no iba a ir nadie y fue un éxito. Se filmó y pasó al aire en diferido. Al año siguiente, Alberto Gollán me preguntó si me animaba hacerlo nuevamente. Volví a convocar y vinieron todos menos uno, que estaba en el exterior y perdió el vuelo. Llegamos a la edición 25 ininterrumpida. Sobrevivimos a todas las malarias. En 2001 dejamos de hacer cena porque no nos parecía atinado cuando el país era un polvorín. Fue el año que más gente vino. Recuerdo a Eladia Blázquez cantando Argentina primer mundo en El Círculo en una versión casi recitada porque era como una oración en ese momento. Se convocaba a los artistas desde Rosario en un país que no mira demasiado lo que pasa en el interior. La ciudad tiene un peso cultural que no sé si le damos la entidad que tiene. Sergio Renán decía que debíamos potenciar la ciudad porque es la Meca. Tener la aprobación en Rosario es la base de lanzamiento. Les Luthiers estrena sus espectáculos acá por algo; lo mismo pasaba con Sandro. Sin tener nunca un peso, llamo a Mirtha o a Susana y ellas vienen sabiendo que nadie puede cobrar nada porque se trata de un homenaje. Y fundamentalmente es un gancho para que gracias a esas figuras la gente mire a los rosarinos. Jamás participé de ningún premio, dondee haya que pagar para candidatear un programa. En cuanto a los Magazine, mucha gente debe creer que después me compro un piso en el centro… y la verdad es que hubo años que mi mujer y yo fuimos a sacar un crédito para terminar de pagar lo que había quedado. Porque se paga con la publicidad que vendemos. Estoy por cumplir 68 años, me levantó 6.30 y vuelvo a mi casa a las 21 luego de estar todo el día caminando. Hago el programa de los sábados, dos espacios en radio y un programa de viajes... ¿Hay un resguardo detrás de tanta actividad? Se dice que sos muy familiero y te quedás mucho en casa con los tuyos. Sí, soy familiero. No viajo solo porque no disfruto el viaje. Mi mujer es mi alter ego. Nos casamos en el 85, como la ley y la religión mandan, son 32 años de matrimonio. Toda una vida. Además ella ama lo que hago, ve y sabe más de cine que yo; mi hija también es fanática y tiene un ojo clínico impresionante. De hecho, es editora de mis programas. Mi nieto, que tiene 5 años vió conmigo Amadeus y yo creí que se iba a dormir a los diez minutos… El otro día en el auto me dice: «¿Esto no es Mozart?». Hace unos años hubo cierto giro en tus programas… ¿está la mirada más puesta en lo social y político? Me duele todo lo que pasa. A los 68 años tuve una utopía, tuve un sueño, casi parafraseando a Luther King. Pensé que iba a vivir en un país soñado, ordenado, no te digo el país del futuro que pintaba Julio Verne, pero que no haya gente pidiendo comida, cuando somos un país que tiene capacidad de alimentar a 400 millones de personas. Salgo de la radio y veo todos los días la cara de una mujer con una chiquita dormida en brazos a las 2 de la tarde, son cosas de las que no puedo ser indiferente. ¿Alguna vez te ofrecieron ser candidato en política? No, porque deben haber escuchado que en la radio siempre hablo de que no podría transar. Tengo amigos políticos que los respeto, me parecen honestos, pero no sirvo para mentir. Para salir hoy besar a un chico, un viejo; y después que a ese mismo chico no le llegue una copa de leche y que el viejo tenga que mendigar para comprar un medicamento... Eso me pone loco. No transo con la injusticia, por eso no podría ser abogado, porque estaría siempre del lado de los que pierden. En eso soy muy pasional… Me duele escuchar la radio, o las redes sociales, hay gente con tanto resentimiento, no entiendo… Se muere alguien en un accidente y terminan haciendo escarmiento con el muerto. ¿Qué nos pasó en el medio? ¿Cuándo se nos saltó la cadena? Ni siquiera respetamos a alguien que no se puede defender… Siempre digo que de cualquier manera lo que tenemos que seguir haciendo es militando para recuperar el país que nos merecemos. No nos podemos permitir que haya gente pidiendo laburo, que haya familias dependiendo del asistencialismo, pidiendo comida, un país donde tirás una semilla y crece la vida. Este es el país de la vida. Soy demasiado pasional en eso. g
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NOTA
«Hagas lo que hagas ámalo, como amabas la cabina del Paradiso»
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Giuseppe Tornatore, 1990.
El patio de todos
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El Monumento Nacional a la Bandera cumple 60 años. Más allá de su simbología y su permanente referencia turística, «el barco» ha sido habitado por los rosarinos y ya forma parte de sus costumbres; un lugar cuyo pasado y pre-
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sente están atravesados por la pasión.
Concentración popular en defensa de la democracia, 18/04/1987
Cuando Belgrano tuvo su primer cargo en Buenos Aires a los 23 años, el de Primer Secretario del Consulado, dedicó su trabajo a fomentar la educación creando escuelas, entre ellas las de Dibujo, de Matemáticas y de Náutica. Años después, sin haber recibido instrucción militar alguna —se había recibido de abogado en España—, se enroló en las milicias criollas para defender a Buenos Aires de las invasiones inglesas. Como afirma Felipe Pigna en su biografía sobre Belgrano, desde ese entonces compartiría su pasión por la política y la economía con una carrera militar que no lo entusiasmaba, pero que aceptaba y ejercía como un paso necesario para la libertad de su patria. Luego de sus campañas militares, la asamblea del Año XIII decidió premiar a Belgrano por los triunfos de Tucumán y Salta. Con ese dinero Don Manuel decidió construir cuatro escuelas: en Tarija, en Jujuy, Tucumán y Santiago del Estero. Incluso, cuenta Pigna en su libro, había escrito un reglamento para los establecimientos en donde se ordenaba en el primer artículo, que el maestro de escuela debía ser bien remunerado «por ser su tarea de las más importantes de las que se puedan ejercer». El dinero que donó Belgrano para esas escuelas nunca fue utilizado para eso porque fue destinado a otras cosas por el Triunvirato; un triste presagio de tiempos venideros. Si el Monumento Nacional a la Bandera es un espacio casi mítico que se ha convertido en una intersección de pasiones, la primera que hay que referenciar es la de Belgrano. Porque ese hombre apasionado, el que encabezó la expedición al Paraguay y el ejército del Norte alternando grandes victorias y derrotas y soportando el permanente asedio de los realistas que bajaban del Alto Perú; ese hombre, delicado y enfermizo, que dejó los libros y tomó un sable, que murió en la pobreza extrema a los 50 años (sólo un diario habló de su muerte en Buenos Aires) fue quien desplegó la bandera argentina por primera vez en las orillas del Río Paraná, junto a la batería “Independencia”, emplazada en las costas de nuestra ciudad para defenderla de las incursiones españolas. Allí mismo, donde hoy está el Monumento. Córdoba y 1° de mayo, junto al mástil mayor, es el lugar de festejos y pasiones para los rosarinos. Para el imaginario popular «ir al monumento» es llegar a esa esquina invisible y desatar la fiesta, ya sea por algún logro deportivo o político, ya sea para escuchar un recital o para presenciar un espectáculo. Los egresados festejan en el monumento, el resto de los estudiantes, en «el día nacional de la chupina», concentran allí como también lo hacen en el día de la primavera. Nos hemos apropiado de ese lugar, es nuestro por ser público pero más todavía por ser rosarino, por ser el más emblemático de todos los espacios públicos de nuestra ciudad. Ahí estamos a gusto. Almorzamos mirando el río, sentados en su mármol fresco. Los adolescentes se toman de las manos y acercan los primeros besos antes de entrar al Liceo Avellaneda. El enorme barco que viene amagando a soltar amarras desde 1957 se ha convertido, por suerte, en el punto de encuentro de muchas de nuestras pasiones. Quizá por su historia —porque en definitiva estamos hechos también de nuestra historia— es que a orillas de nuestro río hemos construido entre todos un radiador de fervor, de pasión inmensa. Porque la historia del Monumento Nacional a la Bandera está atravesada por mujeres y hombres cuyas vidas rebosaron de pasiones. Algo habrán dejado allí, tan intenso y permanente como la llama votiva.
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Arquitecto Ángel Guido. maqueta proyecto
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Construcción Monumento, febrero 1944
Construcción Monumento, junio 1945
Pasaje Juramento, estatuas Lola Mora, setiembre 1997
No todo el mundo hablaba de independencia en 1812. Saavedra estaba más preocupado en respetar a las potencias europeas y a cierta parte del patriciado porteño no le hacía mucha gracia perder la protección comercial del viejo mundo. Por ese entonces los empeñados en independizarnos eran un grupo de patriotas como Belgrano, Monteagudo, San Martín, Moreno y Castelli, primo y amigo de Belgrano que moriría ese año sin poder ver a su patria definitivamente emancipada. Por eso cuando Don Manuel inauguró la batería «Independencia» frente a una bandera cosida por doña María Catalina Echeverría y ordenó a sus tropas jurarle fidelidad, desde Buenos Aires no llegaron más que retos y enojos, a los que Belgrano respondió con igual indignación. Hubo que esperar hasta la caída del Primer Triunvirato y la llegada del nuevo gobierno patrio para el desagravio del creador. Así lo cuenta Pigna: «El Segundo Triunvirato, bajo la influencia de la Logia Lautaro creada por San Martín y la Sociedad Patriótica dirigida por Bernardo de Monteagudo, dio un nuevo impulso a la guerra revolucionaria, avaló lo actuado por Belgrano y éste pudo hacer jurar la bandera por sus tropas a orillas del río Pasaje, que desde entonces se llama Juramento». El 20 de junio de 1820, en la pobreza total y en un país azotado por la guerra civil, la pasión del creador de la bandera pasó a ser eterna, un mito reescrito por generaciones que no siempre haría justicia a la verdadera estatura del hombre. Más de un siglo después, también en otoño, otro hombre esperaba por entrar en la inmortalidad. Rodeado por sus familiares, horas antes de morir, su única preocupación era si la llama votiva del propileo del Monumento Nacional a la Bandera seguía encendida. Lo cuenta su hija, Beatriz Guido, testigo y consciente del amor que sentía su padre por la ciudad y por ese monumento que él mismo había creado. A finales del siglo XIX ya estaba la idea de construir un monumento. En el año 1898, tras una investigación histórica, pudo determinarse con exactitud en qué lugar Belgrano había izado por primera vez la bandera. Hubo algunos intentos fallidos, entre ellos uno proyectado por Lola Mora en 1909. Treinta años después el Gobierno Nacional llamaba a concurso de anteproyectos para la erección definitiva. Se hizo una colecta con la venta de estampillas sin valor postal, se solicitaron subsidios a la provincia y a la Nación para juntar los fondos necesarios. El proyecto elegido fue «Invicta», realizado por los arquitectos Ángel Francisco Guido y Alejandro Bustillo, y los escultores Alfredo Bigatti y José Fioravanti. La construcción comenzó en el año 1943, se atrasaría por inconvenientes económicos hasta que finalmente, el 20 de junio de 1957, el enorme barco de mármol fue inaugurado. Es difícil pensar esa zona de la ciudad por aquellos años. Los dibujos de Guido que hoy adornan algunas de las paredes de la Sala de las Banderas del Monumento parecen mostrar otras ciudad, una planicie nacida de la rivera y manchada por los primeros edificios del casco histórico. Rosario se fue construyendo sola, sin fundadores ni fechas precisas, fue creciendo como una hija natural del río, libre e indómita. Rebelde, como la primera bandera que flameó en sus costas y que tenía el color de la escarapela.
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Guido no fue sólo un arquitecto. Fue un artista. Dejó una huella en la ciudad con los edificios que llevan su firma, pero también dejó una huella de humanidad, un recuerdo imborrable para quienes lo conocieron, el de un hombre sensible, generoso, apasionado por su ciudad y su cultura. Fue poeta, novelista —escribió una novela referida a Rosario, llamada La ciudad del puerto petrificado— y ensayista. Escribió sobre la fusión hispano-indígena en la arquitectura colonial y una de sus obras más reconocidas fue Redescubrimiento en América del Arte, un libro que versa sobre los procesos culturales de Hispanoamérica. ¿Hay alguien más apasionado que un artista? Quien hubiera podido mirar a través de su imaginación, cómo en su cabeza iban formándose las imágenes de lo que hoy vemos, de lo que hoy es para nosotros sencillamente el Monumento, esa maravillosa mole de mármol que nos recibe y nos ampara frente al Paraná, como si fuera el patio de todos.
Los pibes y las pibas enfundados en guardapolvos blancos siguen a sus maestras y se paran frente a la llama votiva. Les explican que no hay ningún soldado allí, que es un símbolo. Igual miran las llamas con respeto, con curiosidad. Alguno se arrima con cautela y pone las manitas para adelante, para calentarse en el frío invierno que lleva el río en el viento. Arriba hay barrotes, dice alguien. Los pusieron cuando un ex combatiente de Malvinas se suicidó tirándose desde ahí. Lo hizo frente a su bandera, frente a la casa de su bandera, por la que peleó en las islas del sur. Allí hicieron sus actos políticos los dos partidos mayoritarios en 1983, antes de volver a la democracia, allí se festejó cuando el Domingo 30 de octubre se conocieron los resultados. Historias alegres, tristes, insólitas. Vidas de hombres y mujeres que atraviesan esos 50 años del Monumento, el cumpleaños de un símbolo tan nuestro como tragarnos la «s» o como el negro Olmedo. g
MSR EDICIÓN LIMITADA #3
Llegando por el Pasaje Juramento se mojan los pies en las fuentes las estatuas de Lola Mora, con la desnudez que espantó a más de uno. La artista fue otra apasionada. Sumado a su condición de mujer, que no la ayudaba en un mundo en el que prevalecían los hombres como en tantas otras actividades, fue una adelantada de su época que desafió los tabúes de una sociedad demasiado pacata para entender la libertad que envolvía como un aura a cada una de sus figuras. En Buenos Aires llegaron a desmantelar, tras la muerte de Roca que era su protector, una de sus obras más famosas: La fuente de las Nereidas. De hecho todo su conjunto escultórico fue desinstalado y desmembrado entre varias provincias, por considerarse sus obras «adefesios horribles» que no demostraban «nuestra cultura ni nuestro buen gusto artístico», como afirmó Luis Agote, uno de los diputados que votó aquella infame decisión. En 1925, Marcelo T. de Alvear dejó sin efecto la encomienda para que Lola diseñara el Monumento. Hoy quedan sus esculturas, hermosas muestra de su talento, bañándose en la fuente posterior. Corren rumores sobre sus amoríos, sus elecciones sexuales, sus desplantes a las formalidades y los estereotipos que la época reservaba para las mujeres. Y cualquiera de ellos podría cierto, porque no hacen más que confirmar la pasión de la artista por la libertad y por el arte.
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Una pasión tan intensa y permanente como el fuego de la llama votiva
Ciudad de apasionadas
Lorena siempre lleva un par de zapatos de baile en el auto, por las dudas, como vos o yo llevamos una linterna o un gato hidráulico, algo que vamos a usar para una emergencia; a cada uno le urgen cosas distintas. La verdad es que si a alguien le sobra un pedazo de tiempo y lo primero que se le ocurre es bailar el tango, ese arrebato de ganas irrefrenables no es más que la pasión que acompaña su vida, pasión en este caso por algo bien nuestro, una música que está estrechamente vinculada a nuestro ser nacional y a nuestra historia. Se arrellana en la silla pero está inquieta, como si en algún momento, en ese bar anodino de calle Mendoza y en esa tarde fría que se derrumba con las primeras estrellas, alguien fuera a sacarla a bailar. Lorena vive y respira tango, pero pareciera que toda su vida es así, porque todo lo cuenta con ese arrebato, desde los detalles de su trabajo hasta las vueltas que tiene que dar para llevar a sus mellizas a hacer deportes o a la facultad. Entonces surge la duda, sobre ella y sobre toda pasión que abraza la existencia de la gente ¿el tango te hizo así, o sos una persona pasional que eligió el tango porque es algo que rezuma ese sentimiento? (recuerdo mientras tanto verla bailar, la mirada fija en el pecho de su compañero y las piernas arrastrándose con la música, sonriendo, como si estuviera atravesando el mejor momento de ese año). La respuesta ahora es obvia, con el diario del lunes. El tango cambió su vida, dice. La ayudó en los momentos más difíciles, como por ejemplo en su separación o cuando tuvo que pelear contra una enfermedad. La danza es su alegría, su motor, lo que la empuja a seguir.
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Rosario se «autocelebra» como una ciudad pasional por su relación particular con el fútbol, pero este lugar común desvía la atención de otras pasiones, tan intensas y legítimas como las que genera el deporte.
No hace falta recurrir a un estudio estadístico, alcanza con poner en Google «pasión + publicidad» para comprobar que esa combinación está vinculada a dos cosas: los hombres y el fútbol. El lenguaje publicitario ha resignificado el término, lo ha acotado, traicionó su condición humana para circunscribirla a una prerrogativa que parece ser sólo para un género y para un puñado de actividades. Y no sólo la publicidad; en estos años en donde se intenta barrer con los estereotipos que impone el machismo, el lenguaje cumple una función importante para sostener los prejuicios o para barrerlos definitivamente. Asociar pasión y mujeres para muchos es hablar de novelas rosas y amores apasionados: otro cliché. La pasión, esta «afición vehemente» como dice el diccionario, es propiamente nuestra, humana y primitiva, y trasciende cualquier discurso o fórmula que se pretenda imponer, porque aun siendo bombardeados permanentemente por imágenes de muchachos revoleando banderas o pateando pelotas, la pasión se abre paso en lugares inesperados y recónditos, en los cotidiano y en lo simple, y es absolutamente posible en todos, porque todos tenemos el germen. Es difícil poder comprobar cuál es el origen de una pasión. Si puede nacer sola en el alma, como un impulso del que no tenemos memoria, como un big bang, si puede adoptarse o importarse a capricho, como cuando comprábamos una paleta de paddle en los 90’ para jugar a algo que jamás habíamos visto ni siquiera por televisión. Para Lorena existe un rastro que se remonta a su niñez. Primero cierra los ojos como si tratara de encontrar la respuesta en esa oscuridad íntima, dice que le gusta el tango desde que tiene uso de razón pero no parece nada definido ni exacto, y de allí va reconstruyendo el tejido de su pasado, de a poco volviendo hacia atrás. Sus padres le cantaban tangos para dormir cuando era una niñita, en casa de sus abuelos también siempre había uno de fondo, melancolizando el reflejo del sol que irrumpía por las persianas. Su abuelo le enseñaba las letras. La pasión se transmite. Ahora bien, no es lo mismo encender una piedra que una madera rociada con ron; el fuego sabe a quién abrazar. Voy dos o tres veces por semana a la milonga —dice sonriendo— si pudiera iría todos los días. En la casa de Lorena había mucho tango, pero la pasión por la danza es propio de ella. En la su escuela primaria, la profesora de música les inculcó el amor por el baile, les dio a elegir qué querían bailar. Adivinen qué eligió ella. Sigue el brillo en los ojos mientras cuenta y uno se imagina el mismo brillo en todos los que la acompañan en las milongas. Porque es una pasión muy contagiosa, parece. La conversación se va terminando mientras con el celular nos muestra un video bailando en un hogar de ancianos; fue un domingo dice, a los abuelos les encantó. Puede ser que les haya gustado, de lo que no hay dudas es que a ella le gusta, se ve en sus ojos, en la postura del cuerpo que se desliza con gracia feliz por el patio. Dan ganas de sacarla de la silla y ponerla a bailar entre las señoronas de barrio Martin que toman el té, dan ganas de llevarla por el salón al compás de algún vals. Si es que uno supiera bailar.
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CUENTO Mujeres que cantan. Uno podría encontrar miles en la historia, pero si a esa ecuación le sumamos el elemento pasión se reduce la lista. Entre negocios, circunstancias y construcciones del marketing, quedan algunos nombres inolvidables. Edith Piaf no fue lo que se dice una persona con suerte. Se crió en el prostíbulo de su abuela y cantaba en las calles para ganarse el pan. Los parisinos que escucharon a esa niña cantar la Marsellesa fueron testigos de un milagro. Adicciones, amores imposibles, un cáncer de hígado, no faltó nada malo en la vida del gorrión de París, pero lo poco e intenso que vivió se lo dedicó a la música. Esa pasión rezuma de sus canciones, se prende a nuestra piel como si ella misma nos estuviera murmurando la letra al oído. Una de sus interpretaciones más famosas, «Padam, padam», es la historia de una cantante que no puede quitarse de la cabeza una melodía, insiste hasta dejarla al borde de la locura; no hay metáfora más clara de la relación que tenía Piaf con la música.
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Si de música se trata, Rosario ha consagrado a muchos artistas. Los nombres son tan obvios que no hace falta referirlos. Pero quizá sean conocidos porque de alguna manera el mercado y la gente los han canonizado, los han consagrado por su talento y los ha convertido en permanente referencia. Pero la pasión es insaciable, sigue devorando gente y más gente y lo hace con tanta efectividad que ya hay algunos nombres distintos que empiezan a repetirse y a insistir en las radios, en los afiches, en el «boca a boca». Eugenia es la cantante de Mamita Peyote, banda rosarina en ascenso que ya ha empezado a rebasar fronteras. Sonrisa que contagia, que se expande por la cara como una mariposa, parafraseando a Neruda. Los ojos grandes son dos ventanales al mundo, parece que ella pudiera verlo todo por ahí, pero también se puede ver su fuego desde afuera, como la posee cuando habla de su música, del romance mágico que tiene con ella. Cuando oye la pregunta sobre cuándo la música se le reveló como una pasión nos dice que se le viene una imagen a la cabeza, un recuerdo firme y concreto; tangible, como un flash. Es cierto que de chica iba a coro en su Firmat natal, que fueron sus primeras aproximaciones al canto, pero lo que recuerda exactamente es una Sesión de jazz en un bar de Balcarce y Rioja. Allí ocurrió el milagro, en ese lugar y en ese momento. Por la forma en cómo lo relata se nota que no exagera, hay cierta fascinación que no tiene que ver con su mirada y su locución habitual. En el escenario Eugenia ve cómo empieza el espectáculo. Una banda que arranca con una introducción suave, cadente. Una chica comienza a cantar «Killing me softly». La voz que empieza a entonar y la música que invade a todos. Eugenia se estremece, sigue con los labios cada palabra, desaparece todo lo que la rodea: la oscuridad, la banda delante de ella, su prima que la acompañaba esa noche. Fue ella quien le dijo que parecía que en cualquier momento se iba a parar a cantar. La pasión mezclada con el arte tiene esas cosas, está lindera con el mito, con cierto embrujo. «Me desarmaba por cantarla», dice.
Eugenia abre los ojos como nunca para recordar, como si a si pudiera mirar tan lejos hasta llegar al pasado. Un amigo suyo, su profesor de Filosofía, presentó un libro en Firmat y le pidió que cantara en el evento. Aceptó. Desde ese momento no dejó de hacerlo. Unos años atrás no tenía pensado dedicarse a cantar. Vino a Rosario a estudiar Ciencia Política. Pero después de aquella noche en la “Jazz sesion”, ya nada fue igual. La pasión llegó como una tormenta y se instaló en la vida de Eugenia, como los temporales eternos de Cien años de soledad. Las pasiones no sólo se vinculan al arte, claro. Cualquier cosa puede despertarla. Marie Curie, la merecedora de dos premios Nobel en Física y Química respectivamente, entregó su vida a la ciencia, y cuando decimos que la entregó estamos siendo literales: murió de una enfermedad provocada por la exposición a sustancias radioactivas. La tumba de Egon Schiele, emblemático pintor expresionista, está en el cementerio de Ober Sankt Veit, en Viena. Allí descansa junto a Edith, su esposa, rodeado de trenes de juguete y velas que dejan sus admiradores. Si la muerte intentara reflejar algo de la luz que tuvieron sus habitantes en vida, entonces ese sitio es justo para él, distinto en medio de la solemnidad que caracteriza esa necrópolis y a toda la capital austríaca. Los trenes son porque desde niño estaba obsesionado con ellos. Jugaba con máquinas de juguete e imitaba con exactitud cada sonido. Ya adulto solía tomar un tren a Breguenz y sin bajarse volvía a Viena, sólo para sentir su andar. Fue su pasión, quizá tan intensa como la pintura y el dibujo, hasta su temprana muerte de gripe española a los 28 años. Es difícil encontrar un tren en sus obras, como si ambas pasiones no pudieran contaminarse entre sí. Norma no puede hablar sin un mate cerca. Antes de sentarse pone el agua, acomoda la yerba en el mate y empieza con una dicción clara y pausada a contar su historia. Lo que dice tiene el color del barrio, las zanjas rodeadas de yuyos, las ranas y los grillos del verano, y el olor a hojas quemadas del invierno. Se nota que es periodista, pero por sobre todas las cosas se nota que es una apasionada por lo que hace. Militante social y feminista, es hija de una pareja de trabajadores que no pudieron terminar el secundario; su padre porque tenía que laburar y su madre por su condición de mujer ¿cómo su hija no iba a ser feminista? Ese esfuerzo valió la pena para que Norma y su hermano Mario pudieran ir a la universidad pública y hoy ser profesionales. Soy hija de la Universidad Pública, dice orgullosa. También recuerda para encontrar el origen de su pasión, pero no hace demasiado esfuerzo, ya sabe lo que va a decir porque pertenece a una profesión en la que es importante la palabra, y ella parece darle más valor aún.
CUENTO La ciudad se duerme y nosotros con ella. Quizá ella sepa que por sus calles, dentro de las casas que arman como un rompecabezas la foto aérea de su laberinto, hay un océano inmenso de pasiones que la llenan de luz. Música cargada de sueños ensayando en los garajes de barrio, letras escritas sobre alguna esperanza en las aulas del centro, mujeres hermosas, decididas, inmensas, eternas, sosteniendo el cielo con tanta pasión. g
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La política es una profesión honorable que algunos se han encargado de degradar. Ese cambio de paradigma es una consecuencia de concebirla lejos de su noble objeto, que es, ni más ni menos, el de mejorar la vida de las personas. Cuando así se concibe, cuando se piensa desde la mañana a la noche como un recurso para la felicidad del otro, es una actividad que se confunde con la pasión. La política no es sólo presentarse a elecciones, es en definitiva sumar voluntades para cambiar algo. El 1° de diciembre de 1955 Rosa Parker se negó a cederle el asiento a un blanco en un transporte público de Alabama. Ese acto aparentemente inocente fue en realidad el inicio apasionado y potente que encendió la mecha de los movimientos por los derechos civiles. Alicia Moreau de Justo fundó a los 17 años la Unión Gremial Femenina; no paró de mover el oleaje de los derechos de la mujer hasta su muerte. Uno de los puntos más importantes de su lucha fue el sufragio femenino, un derecho que en 1947 logró concretar otra apasionada, Eva Perón. Si bien en su casa no se hablaba de política partidaria, sus padres eran inquietos, necesitaban enterarse de las cosas que pasaban alrededor de sus vidas y que sabían que indirectamente los afectaba. A sus hijos los educaron también con esa inquietud. Norma se crió en Barrio Godoy, en donde no había secundario. Tuvo que hacer un viaje de descubrimiento al centro de la ciudad, a la Escuela “Justo José de Urquiza”, como las heroínas del “Bildungsroman” alemán, aquellos personajes novelescos que debían viajar de sus lugares de nacimiento para terminar encontrándose a sí mismos. Y se encontró, y dentro de ella estaba también esa pasión. Camina por la calle y abraza a los que la abrazan, es imposible avanzar al lado de ella porque se toma el tiempo de conversar con todos, toma nota de lo que le dicen, levanta un chico en brazos y se le dibuja una sonrisa sincera, una sonrisa que nos recuerda que también es madre, como seguro ella recuerda en ese momento que alguna vez tuvo en brazos a Juan y a María, sus dos hijos. Responde que su pasión nació en la facultad, que allí abrazó la causa de pelear por los demás, pero no hace falta que aclare que el fuego estaba, dormido pero latente, esperando que la injusticia lo avivara.
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…mujeres hermosas, decididas, inmensas, eternas, sosteniendo el cielo con tanta pasión.
Corrimiento al rojo (La pasión es un universo en expansión)
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¿Sentiste, a la vera de una ruta, el «iiiiiiuuuuuuummm» de un automóvil pasando cerca? Notaste, entonces, que cuando el auto viene el sonido es más agudo, y el sonido es más grave cuando el auto se aleja. Las ondas sonoras, mientras el móvil viene, se comprimen porque a la velocidad del sonido se le suma la velocidad del emisor de las ondas, y aumentan la frecuencia. Y el sonido es más agudo. Al alejarse la fuente de sonido, las ondas se separan, y el sonido es más grave. Es el mismo efecto que vemos cuando movemos algo en la superficie del agua, las ondas en el sentido del movimiento están más cerca, y se distancian hacia atrás. Ese cambio de frecuencia aparente de una onda producida por el movimiento relativo de la fuente respecto a un receptor se llama «efecto Doppler», por el científico Christian Andreas Doppler. (Salzburgo, 29/11/1803 – Venecia, 17/03/1853) que lo describió en el año 1842.
Doppler nació en el seno de una familia bastante rica, dedicada a la construcción, pero como era de salud débil y la construcción, lo sabemos, tiene sus bemoles, se dedicó a los más pacíficos y apacibles campos de la matemática, de la física y de la astronomía. Con una merecida fama de profesor exigente y riguroso, culminó su carrera como director del Instituto de Física Experimental de la Universidad de Viena. En uno de sus experimentos sobre el sonido, Doppler utilizó un tren ferroviario para realizar las observaciones. En un vagón abierto, instaló un conjunto de músicos que debía tocar la misma nota en sus instrumentos, mientras que otros músicos, estáticos, esperaban en la estación y registraban qué nota oían, ya sea que el tren se alejara o se acercara de la estación. Un experimento muy interesante pero complicado; más simple, aunque no tan elegantemente sutil, hubiera sido escuchar la diferencia de tono del silbato del tren. Pero el fenómeno no es exclusivo de las ondas de sonido. En realidad, es producido por toda onda. Es un efecto de la física ondulatoria que ocurre cuando una fuente en movimiento emite ondas de cualquier tipo. El efecto es aprovechado en utilidades en medicina, por ejemplo, con el desarrollo del Ecógrafo Doppler. También es usado en los radares de control de velocidad, cuando se dispara una señal o pulso de radar hacia un automóvil y, de acuerdo al cambio de longitud de onda de la señal reflejada, la computadora calcula con toda precisión la velocidad instantánea. Así que, cuando te llegue una multa de tránsito por exceso de velocidad, además de pensar en aflojar un poco la presión en el acelerador de tu automóvil, recordá a Herr Doppler y a su abandono del noble oficio de la construcción. Pero, vale aclarar, no todos los radares doppler son tan antipáticos, también se usan en control del tráfico aéreo, sondeo de satélites, en radiología y en meteorología. La próxima vez que viajes en un avión, entonces, compensá tus sentimientos hacia Herr Doppler. El efecto es válido para toda onda proveniente de un objeto en movimiento. Y el equivalente al "iiiiiiuuuuuumm" sonoro en las ondas luminosas es el color de la luz, ante el cambio de frecuencia de la onda. Las ondas más largas, o dicho de otra forma, la longitud de onda más amplia del espectro de luz visible por el ojo humano, corresponde al rojo, y la longitud de onda menos amplia corresponde al azul. La longitud de onda se hace cada vez más amplia cuando una fuente de luz se aleja, corriendo hacia el rojo el espectro luminoso de la fuente. Y antes de que esta descripción te aburra con mayores precisiones de la física de las ondas, voy a pasar a aburrirte con la astronomía. El efecto Doppler medido en las ondas electromagnéticas como la luz es de gran utilidad en astronomía, y se manifiesta en los denominados «corrimiento al rojo» o «corrimiento al azul» del espectro luminoso de los astros. Se ha utilizado para medir la velocidad a la que estrellas y galaxias están alejándose de la Tierra, haciendo nosotros de músicos oyentes en la estación de trenes.
Corrimiento al rojo 141
William Huggins fue un astrónomo británico (Londres, 7/02/1824; Londres 12/05/1910) que registró el corrimiento al rojo del espectro de la estrella Sirio. Al astrónomo norteamericano Edwin Hubble (Marshfield, Missouri, 20/11/1889; San Marino, California, 28/09/1953), en cuyo honor se bautizó el famosísimo telescopio espacial, se le atribuye la medición a fin de la década del 20 de la velocidad de alejamiento de las galaxias. Avanzando la ciencia en el siglo XX, la comunidad astrofísica, en la que se destacaron entre otros el sacerdote y astrónomo belga Georges Lemaître y el físico británico Stephen Hawking, postuló basándose en las mediciones del «corrimiento al rojo» de las galaxias que el universo está en expansión. Y que, además, si se está expandiendo, en algún momento estuvo comprimido en un infinitesimal punto, dando origen a la famosa teoría del Big Bang. Con el rojo se relacionan la pasión, la calidez, la energía. Hacia el azul viran la tranquilidad, la relajación, el frío. Las ideas, universos en sí mismas, se corren hacia el rojo. Las ideas nacen en un momento singular y único, y se expanden violentamente. Te pasó alguna vez, seguro, que una idea te surgió en un destello magnífico y rutilante, en un Big Bang asombroso, único. Y maravillosamente se expandió casi independientemente de tu voluntad, en un brutal corrimiento al rojo. Igual que con las ideas sucede con las ganas, la voluntad, la curiosidad, el ingenio. Y con la pasión. Cuando somos apasionados en lo que hacemos, indefectiblemente nuestro universo se expande hasta cotas insospechadas, se rompen día a día los límites y se aceleran cada vez más las ideas. No hay cansancio ni desgano, los pensamientos fluyen, los músculos responden, las mentes se abren, las personas entran en una súbita sinergia y nos asombra que cada paso lleva al próximo naturalmente, y éste a otro más, y la potencialidad no tiene bordes ni límites, la estrategia se presenta clara y contundente.
Ya quisiera, Herr Doppler, poder medir la explosión sónica que estalla en tu mente, la onda de choque que te envuelve y te lleva hasta la estratósfera. ¿Podremos, algún día, dejar en una estación de ferrocarril unos amables observadores que puedan medir y evaluar la espectacular nota sostenida de nuestro pensamiento apasionado? La pasión es, ni más ni menos, un universo en expansión. La pasión se corre al rojo. g
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Ante el universo de la pasión expandiéndose, no hay gatos de cuatro patas, las tuercas siempre tienen una vuelta más para dar, los grises no son grises, el anteproyecto debe ser revisado, el punto y coma será cuestionado, el todo es mayor que la suma de las partes, los cánones no son canónicos, los porqués se disparan, el excel precisa una nueva fórmula, el estar-comedor puede ampliarse, la viga de hormigón cambia de sección, el organigrama necesita actualización, la comunicación debe ser renovada, los procedimientos sufren cambios, las teorías se revisarán, los indicadores están incompletos, los paradigmas se renuevan, la estrategia se modificará, la estructura se conmoverá, lo que dije ayer será cuestionado hoy… por mí mismo.
Laila Alderisio, Matías Anton, Federico Antonic, Victoria Arias, Juan Balaguer, Mariano Balbuena, Ignacio Barrio, Carolina Bestetti, Florencia Blanco, Emiliano Boucher, Ariel Cabrera, Ana Carucci, Ariel Centini, Bruno César, Ariana Chavez, Silvina Cudolá, Gonzalo D´Stefano, Eugenio Di Renzo, Salvador Di Stefano, Emiliano Dufourc, Carlos Epstein, Rubén Erbetta, Anabella Facco, Javier Flores, Pablo Fondevila, Daniel Franchini, Mariano Galarza, Franco Gazitano, Gisela Gigli, Federico Giordano, Gilda Giordano, Valentina Giordano, Florencia Gonsolin, Claudia Guerrero, Gonzalo Larran, Gustavo Lux, Mariela Martinez, Zoé Mazza Voget, Leonardo Mazzotta, Sonia Molda, Sonia Moreno Bigo, Gisela Moresi, Nicolás Moyano, Emanuel Nardi, Florencia Nieto, Mario Noble, Cintia O’Neill, Jesica Orizi, Daniel Ortiz, Federico Pagliano, Victor Pagliano, Gabriel Panella, Marco Paviotti, Lucia Pedrini, Aldana Pennisi, Bruno Perugini, Ana Ramos, Ana Redolfi, Gabriel Redolfi, Marcos Redolfi, Carolina Rocco, Cecilia Roldan, Estefanía Roman, Evelyn Romberg, Damián Rosado, Juan Carlos Rosado, Vilma Rubio, Juan Rucci, Marcela Salas Cornejo, Yanina Salman, Diego Salvini, Magalí Santiago, Martín Santiago, Cristian Scicchitano, Belén Silvani, Soledad Silvani, Mauricio Sita, Marcelo Soboleosky, Enrique Suriñach, Alan Taborda, Mariano Todeschini, Pablo Toledo, Damián Trivisono, Juan Verdelli, Sebastián Vettori, Mirta Vieytes, Ivana Vodanovich, Rafael Weder, Jorge Yadanza, Damian Zerbo.
No hay fin, no hay comienzo. Sólo hay pasión por la vida. Federico Fellini
Gracias