(Aristóteles y Platón salen de la cena de navidad que se organiza en Grecia todos los años y a la que están invitados los mejores filósofos de todos los tiempos. Alumno y maestro están bajando unas escaleras que dan acceso a una gran sala cuando cogen cada uno una copa de sidra que les ofrece un camarero y empiezan a hablar) Aristóteles –Maestro, no puedo soportar estas estúpidas reuniones navideñas.
Platón –Te entiendo, aguantar a todos esos sofistas, el segundo peor tipo de almas; y ese Diógenes con esos cuernos de reno… Aristóteles –Sí, Diógenes, no lo aguanto, es incapaz de comprender que uno solo se puede acercar a la entelequia con moderación, consiguiendo un punto medio en las acciones, no se puede acumular todos los bienes del mundo, pero tampoco quedarse sin ninguno.
Platón –Discrepo. Si una persona alcanza su episteme y por lo tanto tiene un alma justa no importa cómo viva, pues ya habrá logrado su "entelequia" tal y como tú lo llamas. Aristóteles –No por conocer como hay que actuar uno lo hace necesariamente, si no, observa a los ciudadanos que juzgaron a Sócrates, muchos de ellos conocían el modo correcto de actuar, pero aun así lo condenaron a muerte, como tú mismo dices, por "haber contemplado las ideas".
Platón –Te recuerdo, mi querido alumno "no hago más que llevar la contraria a mi maestro", que el resultado final de la votación para condenarlo a muerte fue ganada por los pelos por los sofistas, y ya sabes que si esos tuvieran un melón por cabeza estarían más cerca de lograr la eikasia, siendo ésta el grado menor de conocimiento. Aristóteles –pero, "gran" maestro, aquellos sofistas, a mi parecer, no son malos por no conocer la forma de actuar, porque me parece que alguno de ellos la conocía, sino por no ser capaces de seguirla.
Platón –Pues deberían haberla seguido, ser más valientes y menos cobardes, ¿no se ajusta esto a tu término medio? Además, ¿qué sentirías si me mataran sin un juicio justo? Aristóteles –Me sentiría indignado y pensaría que esos hombres no alcanzarían nunca la entelequia, pero al no ser un ciudadano yo no podría defenderte.
Platón –Eso es verdad. Por cierto, ¿viste a Heráclito y Parménides? Otra vez discutiendo con el Ser y el devenir. En parte los dos tienen razón, porque el mundo sensible es como el devenir y el inteligible como el Ser, ¿no te parece?
Aristóteles –Yo maestro, siento discrepar contigo, pero para mí no hay nada más que un mundo, que es en el que habitamos; y las ideas no las considero ajenas al conocimiento
Platón – (ya empezamos...) Bueno, pues entonces... ¡AY! (Platón tropieza). Pero, ¿qué hace Tales de Mileto tirado por el suelo? Mucho que el arjé es el agua pero parece que él se ha pasado con el vino... Vale, ya se me ha ido de la cabeza lo que te iba a decir. ¡Ya recuerdo! Pues entonces, ¿es que tú no crees en nada que no puedas probar físicamente? El mundo es mucho más de lo que se percibe por los sentidos, también está lo que se percibe con la razón, y ese es el mundo de las ideas. Aristóteles – ¡No! La razón, la imaginación, se tiene que usar para conocer, pero para usar esta imaginación antes has tenido que observar la realidad, ver sus características; como hice yo con las hormigas o las constituciones, no sé si lo recuerdas.
Platón – ¡Ah, sí! Miraste 158 constituciones antes de hacer la tuya. Pero has de tener en cuenta que esta realidad es engañosa y no todo es lo que parece. Además, una política puede servir en un lugar determinado, pero no en otro, por lo que a lo mejor no era necesario ser tan observador con otras constituciones en lugar de centrarte con la tuya. Aristóteles –Claro, como la mejor está basada en la idea de justicia del "maravilloso" mundo de las ideas ¿no?
Platón –Exactamente. Y como ya sabes, mi teoría política explica cómo una buena educación tanto física como intelectual es capaz de crear una polis bien organizada, justa, alejada de la tiranía y donde sea imposible que le pase a alguien lo de Sócrates. Sin embargo, esos dichosos sofistas no atienden a razones. Seguro que en cuanto mueran sus almas se reencarnarán en una alcachofa. Aristóteles –Ja ja ja, siempre que se enfada se pone muy gracioso maestro, pero recuerde que eso ya lo hemos hablado antes, yo no estoy de acuerdo.
Platón –Ya, como siempre. Dudo mucho que exista una pareja en este mundo tan contraria como la nuestra, ¿verdad? Aristóteles –Somos el claro ejemplo de la dialéctica de contrarios de Heráclito ¿verdad? Nosotros hacemos el devenir ja ja ja.
Platón – ¡Sí, es verdad! Pero no se lo digas a Heráclito que a lo mejor se enfada. ¡Ja ja ja! Aunque mejor no hablemos de Devenir ni de Ser que seguro que también nos llevamos la contraria. Estoy por escribir otro dialogo de los míos sobre el por qué los seres humanos somos tan complejos y tan diferentes unos de otros, pero teniendo en cuenta que luego mis alumnos
tendrán que estudiarlo y después tendré que corregir sus exámenes prefiero no hacerlo. En fin, cambiando de tema, ¿qué tal te va por tu escuela? Aristóteles – ¿Por el liceo? Bien. El suelo del patio se está desgastando alrededor de las columnas, pero los alumnos no tienen que hacer tanto deporte como en la academia.
Platón –Claro. De tanto andar el suelo se desgasta. Pero el deporte también es importante: ¿cómo te crees que llegué a los ochenta años cuando la esperanza de vida media no supera los cuarenta y cinco? Ahora bien, una vida con deporte, sin excesos y todo eso no garantiza una vida larga, pero qué larga que se hace... Aristóteles –Sobre todo al aguantar a todos los sofistas, ¿No maestro...? ¡Hip! vaya, creo que me he pasado con la sidra el gaitero.
Platón – ¿Ves? A eso me refiero. Ten cuidado o un día de estos tu estómago te lo hará pagar. Quién sabe, puede que te acabe matando. De todos modos, para controlar estos excesos es importante desarrollar bien la virtud de la templanza para que puedas controlar al caballo negro y rebelde que llevas dentro. Aristóteles –No, hay que llegar al punto medio entre ser abstemio y un borracho; el alcohol es bueno para el corazón.
Platón –Sí, lo que tú digas. ¿Te imaginas que dentro de dos mil quinientos años la gente tuviese que aprender nuestras teorías y examinarse de ellas? Aristóteles – ¡Maestro! Eso es imposible, nuestras teorías son válidas y aceptables en nuestro contexto histórico, con el tiempo surgirán teorías nuevas que las desplazarán, ¿Cómo puede depender, por ejemplo, de mi metafísica, el futuro de un ciudadano de dentro de milenios? ¿A caso yo, que ni siquiera soy ciudadano, soy tan importante como para impedir que realice su entelequia?
(Platón y Aristóteles se separan, despidiéndose con un fuerte abrazo y cogiendo cada uno un camino diferente para salir del edificio)