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Enormes entre la ficción y la realidad Por Mirta Taboada Gigantes (2012), es un unitario de ocho capítulos, con una duración de 26 minutos cada uno. Es una de las tantas producciones que pueden verse a través de la página Contenidos Digitales Abiertos, asociación estatal hermanada con otras- entre ellas el Consejo Asesor de la Televisión Digital Terrestre, TDA (Televisión Digital Abierta) y Bacua (Banco Audiovisual de Contenidos Universales Argentinos)que posibilitaron que tanto éste como otros unitarios, documentales, cortos y micros salgan a la luz, desde diferentes puntos del país, después de décadas de olvido y exclusión en materia de comunicación audiovisual. El señalamiento no es casual o menor, ya que tanto Pablo Stigliani como Fabricio D’Alessandro, trabajaron en base a las pautas del concurso del Consejo Asesor del Sistema Argentino de Televisión Digital Terrestre. Así, pasaron cuatro meses de rodaje, actores ignotos junto a consagrados, en un elenco que cambia en todos los capítulos y que cuenta a su vez, con un guionista para cada uno de ellos. La idea y parte de la forma, se gestó en 2008, con “Lugano Disneilandia”. Algo más corto, con un ingenioso disfraz de documental social que oscila entre lo sociológico y lo fantástico y donde lo ficcional irrumpe decididamente, como en un mundo bifurcado que después se une, los planos y sus imágenes aparecen rítmicamente acompasados a la canción “Sobran” de Arbolito. Allí se ven rupturas, como un elenco no profesional y un uso de la música más presente y continuidades con Gigantes, que para empezar, toma el mismo tema: los lugares reales, los grandes espacios olvidados. Quizás con la marca de la pertenencia de su representada Trenque Lauquen, el unitario es eminentemente bonaerense. Y eso se nota en su identidad. Allí aparecen, en clave de suspenso, la fantasmagórica Estación Carlos Keen, el siniestro Palacio Barolo, el


impiadoso Lago Epecuén, el ocultador Liebig, la capturadora Isla Martín García, el lúgubre Cine Orione y el fatal Palacio Guerrero. Pero esas no son las posibles características innatas de los espacios, grandes inocentes y victimas de estos relatos, sino la inescrupulosa acción e inacción de funcionarios estatales, militares, empresarios. Estos otrora gigantes, estructuradores de un barrio, pueblo o localidad y de familias, grupos humanos, no son ahora lo que fueron y así se anuncia, en su carácter de documental, la responsabilidad de la dolosa política neoliberal y sus ejecutores. Por ello Gigantes no es sólo una ficción. Ni tampoco un documental. En algún lugar entre ambos, la serie presenta una historia (que se anuncia ficticia con la placa que suele inaugurar las telenovelas), un personaje que no actúa, se ve actuado por el espacio. Todo cambia cuando un vagón del tren se queda solo en la nocturna Estación Carlos Keen, o la empleada de la inmobiliaria llega al cine abandonado, el inspector estatal a Villa Epecuén o el historiador llega a la Isla Martín García. Una vez allí, la cuota de suspenso guía a la serie desde su estética bien cinematográfica, sus sonidos sin apuros y precisos, sus oscuridades y velos que saben llevar el ritmo del relato hasta el final. También hay que destacar la labor de los actores, desde los consagrados Héctor Bidonde y Luis Machin, jóvenes caras conocidas como Inés Efron, Leonora Balcarse y Javier Drolas, hasta los más anónimos, pero menos importantes, que hacen una actuación de los gestos más que de las palabras, en un guión donde la voz en off está sólo al final, en el momento más periodístico del capitulo. Allí, al final, donde la culminación del nudo queda a menudo librada al televidente-espectador, aparece un racconto emulando una diapositiva. Una voz que actúa (y a veces sobreactúa) con su tono, ironiza y describe cómo era ese gigante y cómo quedó tendido. Eso también es una continuidad desde aquel primer corto sobre el abandonado parque de diversiones. Así también lo es una denotada nostalgia sobre el pasado, con una tendencia hacia el revisionismo histórico crítico. La ficcionalización de los relatos –siempre mediante la aclaración de que no es certeza sino posibilidad e imaginación- evocan el hecho de suspenso. Aquél personaje que se mete donde no debe, que siempre abrirá la puerta que le es vedada, será y hará dentro de un contexto no azaroso: desapariciones y torturas en tiempos dictatoriales, desapariciones en los despojos del neoliberalismo. Cabe aclarar que lo sobrenatural, lo paranormal es lo denotado desde el guión, desde una mitología popular. Pero el suspenso, el peligro constante y la incertidumbre, es motor puramente humano. Son mentes que se perdieron o se estancaron con el lugar, por el hundimiento del gigante. Desapariciones y derrumbes que funcionan como metáforas, construcciones sobre la realidad de un pretérito perfecto, un pasado que no


muere. Así pasa con el vagón que de repente queda solo, la sala de cine para nadie y la heladera Siam que se desenchufa. En primera instancia, lo que determina a los personajes son conductas peligrosas e instintos marcados por heridas sociológicas más que individuales. Dos actitudes de comprensión del otro comunicacional, de quien ve y lee, son valorables: es más lo que se insinúa que lo que se muestra cerrado, explícito. Y además, como un cuento con final abierto, las historias no terminan. O mejor aún, allí donde terminan, empieza otra cosa. Preguntas, hipótesis. El silencio valorado y valorable del uso de unos segundos y luego, la pantalla en blanco y la información periodística, histórica dada de una forma más convencional, más al estilo del documental social tradicional o el informe periodístico, que resultaría forzada y barrería todo vuelo poético, dramático en el relato ficcional. Por ello, el lugar híbrido, que conjuga ficción con documental, realidad y ficción, parece ser más eficaz y más implementado en las producciones del último tiempo. ¿Qué podría pedírsele a Gigantes? Quizás algunas historias gusten más o menos, en términos generales, el nivel de forma y contenido, constituye un producto que vale la pena ver estética y éticamente, que aporta, muestra pero también interpela. El mensaje lejos es el de “todo tiempo pasado fue mejor”, si bien hay una nostalgia, desde los personajes y desde los planos, una cámara que logra crear ambientes y mimetizar sentires con lo que se ve. Podría pedírsele una continuación, una selección de historias que salga del territorio bonaerense y muestre a los gigantes venidos abajo del interior, para acentuar el carácter federal en el que se enmarca la propuesta. Gigantes, son pequeñas historias sobre grandes espacios abandonados. Pequeñas historias de ficción en un gran mundo real, de necesidades materiales y hechos políticos. Una historia abierta sobre otra gran historia, que como dijo alguna vez William Faulkner, parece nunca haber muerto. Emplazada más allá de sus restos, del espacio que ocupa es una presencia ausente. Erigida en una memoria histórica, en el curso presente de la vida social.

Gigantes  

Crítica cultural sobre la serie unitaria argentina Gigantes, realizada en el marco de la cátedra Análisis y crítica de medios de la Facultad...

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