ANA Mª GARCÍA MARTÍN anapcipiurbina@gmail.com
BASA DE LA MORA Existe en medio de la montaña, en los Pirineos un hermoso lago (llamados ibones) del que cuentan que en la noche de San Juan emerge sobre las aguas la figura de una mora que comienza a bailar al mismo tiempo que se mueven serpientes enroscadas por su cuerpo adornado con brillantes joyas. Se dice que la joven es el espíritu de una mujer musulmana que se perdió en estas montañas huyendo de las violentas luchas entre moros y cristianos, y su espectro quedó preso en este ibón, aunque no todo el mundo lo puede ver. Sólo las personas de buen corazón disfrutan con esta visión, cuya creencia es tal que incluso da nombre al ibón, ya que en la zona se le conoce como Basa de la Mora.
NACIMIENTO DEL MONTE PERDIDO Existía en los pirineos un ermitaño muy alto que prefería vivir alejado de la sociedad, por ello la gente le tenía un profundo temor. Un buen día, un cazador orgulloso decidió ir a cazarlo y darle muerte. Lo mató y cuando volvió al pueblo fue a contarlo a sus vecinos y en el preciso instante que daba la noticia cayó un rayo sobre él. Tras esto, de entre las nubes, apareció un monte, era el alma del ermitaño, y se llamó Monte Perdido.
LA MONTAÑA DE FORMIGAL Anayet y Arafita eran tal vez lo dioses mas pobres de la montaña, les habían despojado de sus pinares y abetales, hasta sus ganados escaseaban en sus senderos, que se habían convertido en pasos de contrabandistas. Anayet y Arafita eran trabajadores, honrados y felices y tenían una hija preciosa, la diosa Culibilla a la que el cielo doto de todas las bellezas y cualidades. Nada quería saber nunca de las pretensiones de todos los dioses pirenaicos. Sus mejores afectos eran hacia los corderillos que competían en blancura con los inmensos heleros y glaciales que rompían el verdor de sus montañas. Y más aun amaba a las humildes y trabajadoras hormigas blancas que durante el verano continuaban blanqueando la montaña, hasta el punto que Culibilla la bautizo con el nombre de Formigal. La tranquila paz se acabó el día que Balaitus se enamoró ardientemente de Culibilla. Balaitus era fuerte, poderoso, temido por todos y nadie se oponía jamás a sus deseos. Él amasaba las terribles tormentas del Pirineo y forjaba los rayos capaces de destruir todo lo que le apeteciera. Era violento como ninguno cuando se enfadaba y hacia correr sus carros por encima de las nubes, estremeciendo hasta los cimientos de las montañas. Culibilla lo rechazó, pero en mal momento ya que a él era la primera vez que lo rechazaban, y juró raptarla.
En tres zancadas dicen que se presentó Balaitus ante Culibilla, decidido a cumplir su propósito. Las montañas todas estaban atónitas, sin atreverse a defender a la diosa. Y dice la leyenda que entonces Culibilla, al verse perdida, grito: ¡A mi las hormigas! A millares acudieron de todos los sitios las hormigas blancas que empezaron a cubrir a Culibilla ante los ojos de Balaitus que, horrorizado, emprendió la huida. Culibilla, en el colmo de la amistad y el agradecimiento, se clavó un puñal en el pecho para guardar dentro junto a su corazón a todas las hormigas: es el foru de Peña Foratata. Y cuenta que los que suben al Forau de la Peña pueden claramente los latidos de Culibilla, la diosa agradecida. Y aseguran también que en Formigal, desde entonces, ya no hay hormigas blancas: todas las tiene ella.
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