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Un zulo propio

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Un zulo propio Edgar Melo


REPORTAJE

UN ZULO PROPIO EDGAR MELO

Webs: sprezzatura.carbonmade.com edgarmelo.carbonmade.com www.pieldefoto.com Contact: melocorp@yahoo.es 652 51 03 17 Barcelona, Catalu単a (Spain)


Un Zulo Propio A r t i sta s , c rea dores e inconformistas han soñado y buscado siempre espacios donde p o d e r rea l i za r sus actividades con plena libertad e independencia. La especulación y l a s a p res u ra d as condiciones de vida actuales dificultan todavía más la posibilidad de te n er u n e st i l o de vida alternativo. La escasez de políticas públicas han obligado a m u c h o s a b u s car opciones para poder desarrollar un proyecto de vida más creativo. L o s ta l l eres v ivienda, espacios vacios, cubículos sin cédula de habitabilidad ni las co n d i c i o n es o más básicas, son esa posibilidad, pequeñas islas dentro de la ciudad co o l d e B a rc el ona . No son okupa s, pa ga n. Pero a l m a rgen de toda l egalidad. Algun a s p e rs o n a s en la capital catalana desarrollan sus sueños de emancipación dejando vo l a r s u i m a g inación en la recreación de un espacio propio autoconstruido, un zulo p ro p i o . ¿ U n a victoria individual y creativa frente a la inercia especulativa? Fotografía y texto de Edgar Melo


Acceso desde el ascensor al enorme espacio que Miriam comparte con su pareja y que decoraron con absoluta libertad creativa


Ramell con su perra Marilyn (izquierda). Torsos desnudos cuelgan de los altos techos de su sala (derecha).

Lola Flores, la vieja perra de Ramell, trinca el último trozo del bistec de Uri, su ocasional compañero de local, en un despiste y ante la pasividad de vecinos y conocidos que entran y salen constantemente. El arco multicolor que divide su espacio en dos se convierte en escenario de entrada de un crisol y elenco de variopintos personajes de toda procedencia, ocupación e intenciones. Un espacio de acogida entre cierta hostilidad barrial. El amfitrión, Ramell, afroamericano, gay, provocador singular, entra en cólera ante la situación de caos. Es un segundo tenso. Un caos comunal que el mismo incita y promueve en sus cenas de los viernes y que se manifiesta visualmente en su barroca decoración de objetos suspendidos sobre nuestras cabezas. Un elevado techo de maniquíes suspendidas, sobre el supuesto líving, tras el arco se esconde una precaria cocina, una especie de ducha rústica construida con sus propias manos, como la plataforma de madera superior, en la que duermen, y finalmente la salida o entrada a su inquietante escalera de ángeles y demonios. Veinte años atrás, dejó un puesto como productor ejecutivo en Hanna&Barbera y se vino a Europa para cumplir con su sueño de ser modelo. A duras penas lo logró tras unos diez años de cástings y trabajillos. Es una nostalgia contínuamente presente en las fotografías pegadas en sus paredes. Un pasado

glorioso que sin saber muy bien cómo acaba en un ruinoso y decadente edificio de la calle Cera. El espacio de Ramell es representativo del de otros muchos locales de su edificio, de edificios colindantes en una de las más bulliciosas calles del Raval y de otros dispersos y ocultos por la ciudad de Barcelona. En el caso del Raval, años atrás eran locales, oficinas, almacenes de libros de las paradas dominicales del cercano Mercat de Sant Antoni. Como es lógico los lavabos eran comunitarios y no había duchas. Eran simples cubículos, con fluorescentes colgantes, si tenían electricidad, y en el mejor de los casos una ventana con entrada de luz y aire, si tenías la suerte de no dar con un patio interior. Poco a poco fueron perdiendo ese uso y comenzaron a transformarse, con la connivencia de administradores que hacían la vista gorda, en espacios donde artistas, artesanos, músicos, diseñadores y otras mentes creativas disponían de un taller o estudio de trabajo al tiempo que vivienda, ilegal, clandestina y autoconstruida. El crecimiento no fue exponencial. No llegaron un buen día y se instalaron en forma de comuna, cosa que ni se busca ni se desea. El boca a boca, la casualidad, fue poblando el edificio de gente independiente que por circunstancias económicas, los artistas nunca lo tuvieron fácil, tomaron la decisión de instalarse definitivamente en lo que era su espacio


Visión exterior del estudio de Olivia (izquierda). Olivia intenta con poco éxito ganarse la vida como pintora (derecha).

de trabajo. Omar, músico, otro habitante particular de un edificio colindante, lo recuerda como una época completamente diferente. Cinco años atrás se compartía una cierta energía creativa. Encontrabas a gente con tus mismas inquietudes y búsquedas personales. Todos hacían algo interesante. Cada uno en su ramo: diseñadores, realizadores audiovisuales, estilistas, fotógrafos, músicos, pintores, escultores y otros participaban de una cierta comunión artística de forma espontánea. En general cada uno a la suya, pero se daban encuentros fructíferos. Era un caldo de cultivo que, ocasionalmente, generaba nuevas dinámicas e incluso genuinas producciones colectivas. Era una opción de vida, una elección inconformista, un corte de manga a la especulación. Rechazaban la vida, los ritos y los hábitos convencionales. La renuncia al confort y a los servicios básicos, por un alquiler muy bajo (de 120 a 200 euros) y la posibilidad de vivir solos en plena Barcelona. Aunque lo esencial era poder hacer aquello que querían, el desarrollo personal. Se ha ido degradando, comenta Omar, la gente escogía vivir aquí y era, en cierta manera, una experiencia, ahora es una aventura, en la que se embarcan familias enteras, desahuciados e inadaptados sociales, como migrantes hacia las profundidades de su propia tierra, escavando el subsuelo de su propia

ciudad, Barcelona. Ratones y topos, lo unos ágiles supervivientes, los otros ciegos y torpes a expensas de lo que pueda pasar. ¿Cómo aguantan la incertidumbre, las carencias? Se dan casos de cuchitriles donde no hay agua y la electricidad pende literalmente de unos finos hilos de cobre que pinchan la luz. Precario e ilegal, pero fomentado por administradores con pocos escrúpulos. A estos no parece importarle mucho quién meten entre esas cuatro paredes ni en qué condiciones acaba viviendo, siempre y cuando firmen una especie de contrato donde especifique cualquier ficticio uso del local. Son literalmente cuatro paredes. Mientras el viejo y primigenio espíritu de sus primeros pobladores se desvanece, todavía sobrevive una ilusión, como materia prima. El cubículo hecho a la imagen y semejanza de uno mismo. Plasmación de una idea, cúmulo de cachivaches y objetos con una finalidad más lúdica y estética que práctica. Son enormes salas de juegos. ¿Síndrome de Peter Pan? En cierta manera, sí, por eso de perseguir los sueños, pero asumiendo riesgos personales y con la consciencia de lo que se puede ganar o perder por el camino. Olivia, de Munich, pasaba los veranos en Alicante con su familia. Se considera española adoptiva. Huyó como muchos otros germanos de la fría humanidad, de tanta racionalidad y de una adolescencia difícil. Quién no la


Detalle en el estudio de Álex (izquierda). Álex viendo una película que se proyecta en una de las paredes desde su cama colgante (derecha).

tuvo. Se decantó por la pintura, aunque aquí no le abran precisamente las puertas. Compartió pisos, trabajo de cosas algo más serías y aburridas y un buen día llego a ese espacio, únicamente suyo de puertas adentro y decidió intentar no volver a vender su alma. Rechaza trabajos bien remunerados y otras opciones que quizás llenasen sus arcas, sus bolsillos y le dieran la posibilidad de vivir más holgadamente por un reducto de libertad donde ser ella misma, el tiempo se valora más que el oro. En el caso de Miriam, su suerte se acaba. Su espacio desaparece. Por el momento vivió cerca de dos años en un paraíso de enormes techos y amplios espacios. Guardaba utensilios de trabajo a un artista que se lo alquilaba gustosamente. Hasta que se cansó. Tanto ella como su pareja intentan emerger como artesanos orfebres. La cosa está difícil y para pagar el alquiler y sobrevivir trabajan de lo que pueden, una tienda de ropa, concretamente. Sus paredes y rincones están decorados por cabezas de renos de cartón, espejos, enormes bolas de papel suspendidas, troncos de árbol. La atmósfera onírica que les invita a trabajar de lo que realmente les apasiona. Muchos otros, Álex, alemán, estilista, Olivia, Ramell, no tienen esa suerte. Tienen que conviven precariamente en edificios a la deriva. La desgana los ha conducido a la degradación máxima. Como en todo hay clases. Y alguno

de los inmuebles, donde también se vive en estudios sin cédula de habitabilidad, son pulcros, tranquilos y muy alejados de la marginalidad que se respira en sus edificios. Figuras grises rondan los edificios del Raval. En el edificio de Álex, unos vigilantes de seguridad hacen rondas desde hace seis meses y controlan la entrada no se sabe muy bien con qué intención. Pero hasta ellos caen en el hoyo negativo de los espacios neutros. Demasiadas horas sin hacer nada, películas, solitarios virtuales, comidas furtivas bajo luces de neón titilantes y un cigarrillo detrás de otro. Antes de contratar controladores, los administradores tuvieron la brillante idea de alquilar a Baby Rasta, vecino de la Isla de San Andrés, en Colombia, una micro Jamaica, maduro mulato repleto de historias que parece coleccionar denuncias por amenazas y agresiones. La hegemonía de Baby se hizo esperar algunos meses. Le dió tiempo a montar uno de los after ilegales más peculiares del centro de la ciduad en uno de los sótanos del edificio de Ramell. Rápidamente se corrió la voz y todos los viernes y sábados se veían colas furtivas entrando en el edificio cuando dos gorilas subsaharianos de considerables dimensiones les dejaban pasar. La policía finalmente cerró el garito que animaba las noches barcelonesas, para desespero de muchos.


Vagabundos y extraños personajes duermen, se drogan o simplemente habitan la escalera del edificio de Ramell (izquierda). Ramell construyó una ducha en el interior de su cubículo, pero carece de desagüe, tiene que vaciar el agua en los lavabos comunitarios (derecha).

Es una escala de degradación sin fin. Desde el más pulcro, aséptico y de diseño, en una calle perpendicular a pocos metros a los zulos ocupados por personajes bastante más hostiles e inadaptados para este tipo de coexistencia compartida. En el edificio de Ramell, las ocupaciones de algunos y la degradación e inseguridad que esto conllevó ha fomentado los impagos. Nadie paga en el edificio. Algunos desde hace cerca de un año. Sin embargo, los administradores no lo denuncian. Se rumorea que a la espera de vender el edificio al completo al Ayuntamiento de Barcelona. Preferible a embarcarse a múltiples pleitos y el desalojo de muchos otros que simplemente se introdujeron en los espacios. La elección frente a la necesidad de las nuevas familias que pueblan la comunidad, sin las mínimas necesidades básicas cubiertas. Decanos del inconformismo suburbano algunos lo escogen como estilo de vida. Dueños de sus destinos, aunque parezca lo contrario. Lo que pierden en comodidades, lo recobran en impulso creador y en libertad económica. Sus atmósferas que invitan a la ensoñación son prueba de ello. Provablemente, no desaparezcan de inmediato, aunque quizás debieran hacerlo, al menos en sus circunstancias más precarias y marginales. En cualquier caso, no cabe duda, de que siempre encontraran nuevos espacios donde dejar correr su imaginación.


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