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Puros Cuentos (spanish)

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PUROS CUENTOS ANTOLOGÍA ESPECIAL 10 AÑOS


PUROS CUENTOS

ANTOLOGÍA ESPECIAL 10 AÑOS


Puros cuentos : antología especial 10 años / María Susana Ruiz Embarba ... [et al.]. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Umbrales Ediciones, 2019. Libro digital, DOC Archivo Digital: online ISBN 978-987-4135-08-7 1. Deporte. 2. Crónica de Viajes. I. Ruiz Embarba, María Susana. II. Título CDD 863 Corrección: Marta Soave Diagramación: Liliana Manrique

© 2019 Umbrales Ediciones Larrea 527 (1030) Ciudad Autónoma de Buenos Aires umbralesediciones@gmail.com www.umbralesediciones.com.ar

ISBN 978-987-4135-08-7

Hecho el depósito que establece la ley 11.723 Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de la cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida por ningún medio, ya sea eléctrico, electrónico, mecánico, óptico, de grabación o fotocopia sin permiso escrito del editor. Libro de edición argentina.


Prólogo

Paul Theroux escribe: El trayecto, no la llegada, es lo que importa; la travesía no el desembarque. Como en la vida misma, nos acostumbramos muchas veces a que un viaje se limite a una serie de arribos y partidas, a que una competencia deportiva resulte nada más que los números del resultado, sin algo digno de mención en el medio. Por esta razón, para contestarnos lo que se nos negaba, es que FIMBA y UMBRALES EDICIONES resolvió convocar, en 2007, a la edición de los PREMIOS BIBLIOTECA FIMBA con la temática de Viajes y Deporte y con la esperanza puesta en descubrir, entonces, el itinerario y la jugada, el recorrido y el desafío, en suma, la travesía. Este premio se otorga cada dos años y lleva ya seis ediciones en diez años: Las valijas de Ulises (2007), 12x12 (2009), Boletos para pasear (2011), Vía aérea (2013), Relatos mínimos (2015) y esta última edición. Es por esto que, este año, hemos unido esfuerzos para realizar una EDICIÓN ESPECIAL, una antología con los mejores cuentos premiados en 2017 pero, además, con algunos relatos de los certámenes anteriores, todos ellos seleccionados de entre cientos de obras recibidas en habla hispana desde países de todo el mundo. Diferentes voces, diferentes visiones en un espacio compartido que es, con todas las variantes, un placer para leer, imaginar, soñar y conocer. FIMBA

(Federación Internacional de Maxibásquetbol)

UMBRALES EDICIONES


Índice

PREMIO BIBLIOTECA FIMBA 2017 Querida rodilla, María Susana Ruíz Embarba ..................... 11 Tesalónica, Rubén César Keinert ........................................ 13 Carta, Lucía Borsani García ............................................... 15 El monstruo del Lago Ness, María Elisa Pelletti .................... 17 Noche de Azucena, Salvador Robles Mirás ........................... 19 El partido, Sonia Gloria Figueras ........................................ 22 Ultimátum, Antonio Ortuño Casas .................................... 24 De paseo por el silencio, Roberto Attías ................................ 25 Desde Valeria, Antonio J. L. Contreras Lerín ...................... 28 OTRAS EDICIONES, OTROS RELATOS El insomne, Néstor Rubén Giménez Arias .......................... 33 Fiesta de compadres, María José López Tavani ..................... 34 Hushuaiah, Silvia Beati ....................................................... 35 La sombra de nadie, Alejandro Rostagno ............................. 36 Viaje interior, Ginés Mulero Caparrós ................................ 37 La voz lejana, Salvador Robles Mirás .................................. 38 La vida de Matías, Jorge Eduardo Velasco Ríos .................. 39 Nace el deporte nacional vasco, Héctor José Sanjuas ............. 40 Todo es como debe ser, María Elisa Pelletti ........................... 41 La lluvia de Londres no moja, Guido Rubín ........................ 44 Antañoahora, Lucía Borsani García ..................................... 47 Verde profundo, Claudia Viviana Parreño ........................... 49 La muerte, Néstor Rubén Giménez Arias ............................ 57


Las aves del paraíso, Manuel Arduino Pavón ....................... 65 Llueve sobre el mar de piedra, Mónica Ogando Ferreira ....... 71 Aquella tarde de fútbol, Fabio Fernández Meza ................... 76


PREMIO “BIBLIOTECA FIMBA” DE NARRATIVA BREVE Fallo del jurado (Montecatini. Italia. Julio 2017)


Primer Premio

Querida rodilla María Susana Ruiz Embarba

Querida rodilla: Hoy te escribo desde la distancia. Hace ya siete años que me diste una gran lección. Aunque claro, por esa época no lo consideraba como tal y cuando decidiste por cuenta propia romperte por dentro, desconocía que mis gritos de rabia y dolor auguraban ocho meses de infierno. El primero de ellos de impotencia, asimilando con frustración la decisión de la intervención y perdiendo empleos con los que había soñado. El segundo vino desbordado de emociones, acumulando rencor por la vida, los amigos y amigas que te olvidan, culpando hasta a la propia familia, alejando sin querer a quien hasta hace unos días era tu gran compañía. Los tres siguientes marcados por el sufrimiento, luchando cada día para poder levantarme, intentando doblegarte, con un esfuerzo constante, con pequeñas victorias y grandes momentos decepcionantes. El resto de los meses, viendo un poco más de luz. Percibiendo las cosas nuevas como un bebé que comienza a andar sus primeros pasos. Haciendo recuento de todos los daños y tragando orgullo para poder arreglarlos. 11


Lo que aconteció después ya lo sabes. Dejé el victimismo a un lado, ya que solo parecía frenar mis pasos. Conseguí romper el velo que no me dejaba ver claro el horizonte. Y comencé a sentir que todo empezaba a cuadrar, que las cosas tenían más sentido que nunca y que lo único que necesitaba era avanzar. Y emprendí el viaje. El viaje que todos en algún momento tenemos que hacer, pero al que pocos valientes se atreven. Y arranqué capas para liberar el pecho, sentí huir de a ratos la razón para después volver gritándome que dejara de asociarme a la locura. Escalé montañas para darme cuenta de que solo eran peldaños. Me arrastré contracorriente hasta encontrar el muro que todo el que quiera el cambio debe saltar. Desguacé creencias que me habían programado para no ser. Creé unas nuevas que me hacían reunir fuerzas para seguir. Y después de siete años aquí estamos, tú y yo. Recordándome de vez en cuando con un pinchazo que aún estás conmigo. Entiendo que fuiste una gran lección, no sé si la mejor; pero puedo asegurarte que lo que me quisiste decir en su día, aunque te parezca mentira, al fin llegó.

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Segundo Premio

Tesalónica Rubén César Keinert

Tesalónica, 20 de julio de 2013 Y ahí, papacito: ¿Cómo le van las cosas? ¿Cómo estás? ¿Con el bandoneón? Platicando ¿aún? Y mamá, ¿continúa con sus piecitas de barro, las indiecitas con su cabello largo cocinando al aire libre, los peones domando caballos, las casitas sencillas, con sus árboles y quintales? Tantas recordaciones, papá. Estaré ahí tan pronto regrese. Sí, sí, para que te acuerdes, estoy en Tesalónica, aquella ciudad de la que te hablé, en Grecia. Para aquel campeonato de baloncesto. Máster, claro, ya no soy más un chiquillito. Tesalónica es una ciudad fantástica, bella… más que hermosa. Tiene una historia muy larga, fue capital de la Macedonia, después tomada por los romanos; después bizantina, invadida por los más diferentes pueblos, fue otomana y ahora es griega. Pero en ella siempre convivieron cristianos, judíos y otomanos. Una belleza de historia. Sufrió un gran incendio, llamaron a unos franceses para que planearan la reconstrucción y tornaran la ciudad más agradable. Hay una gran colina que desciende hacia el mar Egeo, en la parte baja está la mayor parte de las edificaciones, las calles y avenidas, el comercio, plazas, bares, restaurantes, cafés, gente cantando y bailando por la noche. Muy lindo, papacito, quizás como Buenos Aires en tus tiempos. Palermo, La Boca, ¿qué tal? De eso habremos de hablar cuando mamacita no esté cercana… 13


Bien, te escribo, papá, para agradecer, con cierto retardo, las lecciones de baloncesto que me has dado. Me acuerdo como me decías, siempre, con certeza, lamentando mi estilo brasileño de jugar, “Usa la bunda, pibe”, facilitando mi comprensión en portugués de cómo buscar el rebote usando la parte baja de mi espalda para bloquear al adversario. Intentabas pasarme el estilo europeo que seguía el básquet argentino. Pude ver eso, la diferencia para nuestro estilo brasileño, más americano, acá. Contra los chilenos. Marcan muy cerca, nos desplazan con mucha facilidad, aunque sean más bajos que nosotros. Los rusos son europeos al extremo. Nos aseguran, nos empujan de un modo en el que los jueces no pueden ver nada. Son expertos en eso. Son muy buenos jugadores, claro. Ni sé cómo ganamos. Fue en el final del partido. Estábamos perdiendo por unos pocos puntos, ellos erraron unas jugadas, nosotros acertamos, y ganamos. Creo que con un poco de suerte. Cosas del juego, como me decías. O cosas de la vida, como también me decías: en el juego como en la vida hay altos y bajos durante la mayor parte del tiempo, lo que importa está en el final, llegar a un punto en que uno pueda decir que ha valido la pena, que están criados los hijos, que se ha construido un hogar, que se escribió algo que otros aprovecharán o que se plantó un pomar o se planteó un negocio o sea lo que fuere. La victoria es dejar algo para los otros, tener alguna cosa de la que uno pueda sentirse parte en su edificación. ¡Qué lástima, papá! Hoy hace veinticinco años que te has ido, a los setenta y cinco. Vea cómo son las cosas. Hoy yo fui campeón mundial de básquet máster 75+. Por eso te escribo, papá. Y te dedico ese título. Te pertenece por igual. Quizás, más que a mí. ¡Gracias, papá! Un beso a mamacita. De tu (siempre) hijito, Rodrigo

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Tercer Premio

Carta Lucía Borsani García

Paysandú, Uruguay, 15 de marzo de 2010 Queridos sobrinos: Cierto aroma a viaje largo me dispone a escribirles esta carta. No está muy simpática mi salud últimamente y hay asuntos pendientes. Pero no tengo la premura de que me lean, eso será después del después, no sé si me entienden. Mi madre y abuela vuestra, Matilde, hubiera querido contarles su historia pero nunca llegó el día para eso, esperando poder hacerlo sin el nudo en la garganta que —lo recuerdo claramente— nunca permitió terminar la historia con una sonrisa. Así, de a poquito, nos reunió a sus seis hijos y nos fue contando que su mamá viajó desde Torino, Italia, hacia Paysandú, donde vivía su hermana. En vapor, en aquellos viajes interminables de principios de 1900. El capitán del barco, del que nada sabemos, por amor o pasatiempo, resultó ser su padre. Cuando su joven mamá pisó tierra y llegó a vivir a la casa de su hermana, su cuñado, jefe de Policía de Paysandú por aquel entonces, indignado por tener que recibir a una madre soltera, la expulsó del hogar. Matilde apareció en el jardín de su tía, a poco de nacida, debajo de una higuera. De su mamá —y mucho menos del capitán— nunca supimos, algunos policías dijeron haberla visto caminando cabizbaja por los rieles del tren. 15


La niña creció en el seno de un hogar adinerado y hermético hacia la historia y las emociones. Cuando se casó y formó el suyo, se propuso conocer Torino. A su regreso nos confesó que en cada callejuela, casa, comercio, iglesia o banco de plaza había buscado miradas, voces y gestos que le hicieran acordar a ella misma. Buscó su sangre. Nada encontró, porque la Historia a veces barre las historias como el árbol se despoja él mismo de sus hojas secas. Pero para Matilde la suya nunca se secó y cuando su primera hija se hizo mujer le contó su dolor en carne viva. No hay remedio, le dijo, morirá conmigo. Quiso enterarnos a todos, para entenderla: ella no era una madre común, era poeta, pintaba, quería que bajara alguna noche un OVNI y se la llevara. “Después, Héctor (el abuelo), si quiere, que me siga”. También yo quise viajar a Torino y desde las nubes del Atlántico pensé en el capitán y su conquista, lo imaginé de buen porte y aventurero, como era ella. Italia me recibió con el apretón de manos que solo puede dar la propia sangre, pero me resigné a los misterios de la vida y no busqué con la desesperación de Matilde. Disfruté casi parlando el italiano como si hubiera nacido en su bota. Esa fue la historia que nos envuelve a todos y que mamá me recordó, antes de su Gran Viaje, como se cuenta un secreto: en voz baja y profunda. La contó con los mismos detalles que la primera vez, con la misma cadencia y remolino de sentimientos, aunque esta vez logró hacerlo con una sonrisa. Somos hijos de la Vida —concluyó— es lo único que importa. Sean felices, sobrinos. Con amor, la tía Maritza.

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Finalistas

El monstruo del Lago Ness María Elisa Pelletti

La abuela regresaba de uno de sus viajes cargada de historias y de bultos. En casa, después del café con leche y las facturas —que tanto había extrañado—, nos repartía los regalos y las historias. A mí me fascinaba tanto escucharla, que la ansiedad de ver el contenido del paquete desaparecía detrás de sus palabras y sus gestos, se perdía en su mirada azul y en su sonrisa perlada. —Según me contaron— empezó la abuela, el azul de sus ojos en los míos— la Isla de Skye, la isla que visité, estuvo habitada desde la época de los dinosaurios. Había una familia como la nuestra, con tíos y primos y abuelos que vivían todos juntos en la misma cueva. Los chicos aprendían jugando lo que necesitaban para sobrevivir y practicaban el tiro al blanco en la playa. Cuentan que un día, Sven, que debía de tener tu edad más o menos, buscando una de sus flechas se fue alejando sin darse cuenta, hasta que se encontró solo en una parte de la playa donde nunca antes había estado; una parte donde el bosque se juntaba con el lago. Luchó contra su miedo hasta vencerlo y así, sintiéndose realmente grande, empezó a buscar el sol, a mirar su sombra, a seguir el vuelo de los pájaros y a hacer todas las cosas que había aprendido para ubicarse. Pero entonces escuchó un rugido atronador, y el valor se le escapó en un grito. Vio, ante sí, una bestia verde enorme como una montaña. Sus miradas se cruzaron. El animal pareció sonreírle 17


y luego siguió comiendo; el cuello larguísimo se estiraba hasta las ramas más altas de los árboles. A Sven, de tan asombrado, hasta el susto se le había pasado. Repentinamente, una lluvia de flechas cayó sobre la bestia. Una tras otra las flechas caían y rebotaban como si el cuerpo del animal fuera de goma. Era su familia que, claro, alertada de su ausencia, siguió su rastro hasta encontrarlo. Sven se sintió aliviado, pero al mismo tiempo triste, no quería que lastimaran a la bestia, al fin y al cabo, ¡solo estaba comiendo árboles! Cabe aclarar —dijo lo abuela— que nunca habían visto una bestia semejante y, sobre todo, jamás habían visto sus flechas rebotar en el flanco de ningún animal. Por supuesto —agregó— nosotros sabemos que se trataba de un dinosaurio. El animal, molesto por las flechas, se metió en el lago y nadando majestuosamente, desapareció. —Dicen que el animal sigue vivo. Una vez alguien le sacó una foto, pero solo se veía el largo cuello emergiendo del agua. Lo llaman Nessie, el monstruo del lago Ness—. Y sin más palabras, haciendo brillar las perlas de su sonrisa, me dio un paquete. Al abrirlo, me encontré con un peluche. Era un simpático dinosaurio verde con una gorrita escocesa. Esa noche me fui a dormir con mi peluche y con la historia de mi abuela en el alma. En sueños nadé con Nessie en su lago; sobre nosotros, un cielo gris ocultaba, a medias, bandadas de pterodáctilos rojos y violetas. Durante un largo rato nadamos juntos y nos sumergimos hasta lo más profundo del lago. Nessie me dejó en la playa, y se alejó. Me desperté acongojado, había perdido a mi amigo para siempre. Pero al girar sobre mi espalda, la tibieza del peluche contra mi mejilla me devolvió la alegría, supe que mi dinosaurio no me abandonaría jamás. Cerré los ojos aliviado, buscando en la oscuridad mi sueño perdido. Vinieron a mi mente sonrisas perladas y miradas azules, las que me acompañan aun hoy en la vigilia. 18


Noche de Azucena Salvador Robles Mirás

Querida Azucena: No te sorprendas al recibir esta carta hoy; la escribí unos días antes de mi partida, con las últimas fuerzas que me quedaban. Es mi mejor legado. Empieza así: Cuando todo parecía perdido, la vida me tenía reservada una sorpresa morrocotuda, maravillosa. Aquel día, desde primera hora de la mañana lucía un sol espléndido, un sol que para nada presagiaba el impresionante aguacero que caería después, al mediodía. Por fortuna, guiado por la intuición, había salido de casa con un paraguas plegable en el bolsillo. Por fortuna, sí, porque fue el paraguas el que propició el milagro de mi vida cuando esta ya tenía señalada su fecha de caducidad. Una mujer de unos cuarenta y pocos años, resguardada bajo un soportal, esperaba a que amainase la lluvia para reanudar su camino. —¿Quiere protegerse bajo mi paraguas, señora? —le pregunté. —Muy amable. —Voy a la Avenida de los Valientes. —Vamos. —¿Le coge a usted de camino? —No tengo prisa, y cualquier camino es bueno para quien dispone de todo el tiempo antes de… de… 19


—¿De morirse? Me quedé estupefacto. La mujer me había adivinado el pensamiento. En la Avenida de los Valientes, supe que mi corazón había emprendido una gran aventura. Una aventura con nombre de flor. —Mi nombre es Azucena —me dijiste cuando nos detuvimos delante del portal número 15—, pese a que huela a violetas, mi perfume preferido. Vivo aquí desde hace veinte años. Nací en Argentina, en concreto en Córdoba, y me trasladé a Europa a poco de casarme con un español. Un buen hombre al que un infarto traicionero se llevó hace cinco años. Ha sido usted muy amable… —José. —Espero verle algún día —me dijiste. —¿Cuándo, Azucena? —te pregunté en tono anhelante. —Algún día, o sea, cualquier día. —¿Dónde? —En el número 15 de la Avenida de los Valientes. Algún día fue al día siguiente. Y al otro y al otro y al otro… A la semana de conocerte, Azucena, en el fragor de nuestra amorosa aventura, supe que todo lo que había sucedido antes, lo que tanto repudiaba de mí mismo, me había conducido a ti. Y, entonces, mi vida, dieciocho meses antes de la hora final, adquirió retrospectivamente sentido. Un año y medio: una vida. Y qué vida, Azucena. Me voy solo con un pesar, el de no haber podido viajar contigo a Córdoba. No obstante, aunque las fuerzas no me lo permitieron, ya te encargaste tú, con tu cadenciosa y cristalina voz, de traerme Argentina hasta el corazón de mis adentros. Pasearé de tu mano por las calles de Córdoba de otra manera, con la imaginación del deseo. Ya me buscaré aquí una ventana con vistas a Latinoamérica. Recorreré tu ciudad natal desde las alturas. Y seguro que en algún sitio, en uno de esos que tú has 20


trazado en mi memoria, te veré de la mano de un hombre… Y ese hombre seré yo. La Medicina me concedió seis meses entre los vivos; el amor, agregó un año más. He sido infinitamente feliz a tu lado. Quiero creer que algo de nosotros sobrevive a la muerte; si mi creencia no va desencaminada, en el reino de sobrevivencia te estaré esperando, amada Azucena. En un año y medio se pueden vivir muchas vidas. Gracias por haberme amado con tanta delicadeza y ternura. Eres una artista en el arte más completo de todos: el arte de amar. Te he amado, te amo y amaré. Gracias por llenar mi copa de azucenas… y violetas.

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El partido Sonia Gloria Figueras

Está sentado en su silla de paja en la puerta de la casa. Es domingo. Ya almorzó un plato de ravioles con un vaso de vino. Rechaza la fruta. Los ojos se le entrecierran en esa siesta calurosa. Pesada la tarde, dice, pero no le molesta. Un bochinche crece de a poco a su alrededor, lo envuelve. Ya no está sentado en la calle. Está en el túnel, en el instante de entrar a la cancha. Hoy estrena botines, la camiseta, el pantalón y las medias. Todo es nuevo. Está acostumbrado a ser la estrella del equipo. Sabe que en cuanto pise el césped la tribuna entera va a corear su nombre y lo ensordecerá. Se colocará el brazalete negro, tocará el suelo, vendrá la acostumbrada señal de la cruz y luego el trotecito con la reverencia a los hinchas. Suena el silbato. El sol le da de frente. En el sorteo le ganan el arco, no lo hubiera elegido. Como es su estilo, en cuanto puede agarra la pelota desde atrás y empieza a avanzar ful tras ful. —¡Eh! ¡Este tipo no ve nada! ¡Tampoco el juez de línea! —se queja. Y al rubio no se lo puede sacar de encima, lo sigue a sol y a sombra y, cada tanto, un caño. Beto lo acompaña por si se da. Llega al área contraria y con un derechazo la estrella contra el palo y… adentro. El primer gol de la tarde ¿o es de noche? 22


Un lateral y se la saca limpito al rubio que lo sigue, le da una patada en la rodilla y ¡ay!, seguro que le arruinó el menisco. Le duele, pero él sigue. Parece que el árbitro está ciego, le indica la falta con un gesto, pero nada. Avanza, le punza la rodilla por la patada. En ese avance se acerca al arco. Con él no pueden por más que se venga toda la defensa. Hoy está más afilado que nunca. La pasa a la derecha, el flaco se la devuelve y con un cabezazo preciso define con un segundo gol. La fiesta en la tribuna crece. Oye el griterío y los cantos. Qué partido este. Hoy terminan el campeonato, ganan y son campeones indiscutibles. Arranca esta vez del medio por un pase del fondo, la para con el pecho, los tobillos le bailotean, como al Diego. El arco está ahí. No levanta la cabeza, no necesita mirar —como el Diego—. Ya sabe. Sabe que la meterá ahí, donde es imposible. De la popular le gritan y él se siente Maradona y la clava en un costado, en el izquierdo, justo en el hueco que le deja el arquero. Tiene un pequeño mareo. ¿Dónde está? —Abuelito ¿sin azúcar como siempre? Agarra el mate con su mano derecha y con la izquierda acaricia la cabeza de su nieto.

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Ultimátum Antonio Ortuño Casas

Queridos doctor, enfermera, psicóloga, entrenador personal, mi tendero de toda la vida, mi asesor fiscal y del banco, todos y todas: Os escribo para contaros que, a partir de ahora, iré siempre en chándal y zapatillas de deporte a todas las actividades que haga con vosotros, no ya solo para ir al parque o a la montaña a pasear o correr. Y si a mi jefe no le gusta, como no trato con clientes no creo que sea necesario seguir yendo a la oficina en plan pingüino. Lo haré además en bicicleta, aunque en invierno tenga que ponerme doble forro, y con mis hijos entrenaré a todos los deportes que a ellos les gusten, aunque no les guste. No me ha gustado la última cita con el médico, pero agradezco y mucho el ultimátum. Maldito colesterol y demás cosas de nombres difíciles de pronunciar y hasta de recordar. Adiós al sillonbol, a la barriga cervecera, a los bollitos industriales. Bienvenidos el sudor, la sonrisa abierta de oreja a oreja y los colores vivos y naturales y formas increíbles de frutas y verduras. Nunca es tarde para hacer unos cuantos kilómetros, corriendo, en bicicleta o a nado. No pretendo ni mucho menos ser un triatlonista, triatlista, triatleta o como se diga; poco a poco, al ritmo que pida el cuerpo, al que prepararé para que sea más dinámico, lleno de energía, limpia y saludable, como la que quiero que me rodee. Y con todo ello emplazo a mi familia y amigos a sumarse conmigo a este nuevo estilo de vida, al que os animo también a sumaros a todos vosotros, con quienes comparto mucho tiempo de ella, para que no me quede solo en este intento. Muchas gracias por todo y a seguir, que no es poco. 24


De paseo por el silencio Roberto Attias

Solo fui parte de ese paseo programado para la tercera edad, guiados de un lado a otro con prontitud, como si quisieran liberarse de nosotros después de obtener nuestros pagos. Nos dirigían como a un batallón de ancianos molestos, a la mayor velocidad que pudiéramos soportar, de un punto que a nadie le interesaba hacia otro de menor valor. Esos sitios estaban marcados con pequeños postes pintados de blanco, banderas de colores y grandes banderines con las marcas de las bebidas internacionales e infinidad de puestos de mercancías regionales y chucherías creadas por la inventiva comercial, con el solo afán de quitarnos hasta la última moneda. El sendero pedregoso y gastado por el trajinar continuo de los visitantes a ese minúsculo terreno, ahora se recordaba solo por el súbito interés turístico y estaba lejos de poseer más que las historias transmitidas de algún paisano historiador o cuentero recitador de leyendas mal leídas, además de los falaces adornos agregados en la actualidad, dándole un tono misterioso a eso que no es más de lo que fue siempre, una tumba. Como otra de las miles de sepulturas que están diseminadas por doquier, algunas marcadas y muchas no, donde reposan los restos de la humanidad desde el comienzo de los tiempos. Nada sublime, solo un grupo de rocas apiladas, más por obligación, para tapar los restos, que por fijar un recuerdo, devocionario o ejemplo a seguir. Quizás fue cuando algún comerciante de la capital buscaba nuevos negocios y, luego de oír algunas historias, que 25


astutamente nombraron a este parador, “Rescatando la memoria regional”. Llamaron a las empresas de marketing y prepararon la zona, equiparon los comercios y contactaron a los organizadores de los grupos turísticos, luego de fortalecer la vieja leyenda con nueva pluma en un relato de bravura que lograba estremecer. Quizás aquel glorioso guerrero, al mejor estilo de Leónidas, se había parado a la entrada del pasaje para proteger la retirada de su familia lejos del peligro. O, tal vez, solamente había sido herido al caer, o muerto de sed o de hambre o de otras muchas cosas que matan el cuerpo frágil. Según las palabras del folleto, solo se hallaron trozos diseminados de su cuerpo luego de ser devorado por los carroñeros; reconocieron esa osamenta por sus armas esparcidas y sus pertenencias, las que colgaban de forma desprolija en un arbusto espinoso, donde quizás él mismo las había arrojado como marca de que allí había alguien. Pero los cantos tribales hablaban de su fortaleza, su coraje ilimitado que lo hacía arremeter contra cualquier peligro; jamás había temido y se había enfrentado a la lucha desigual sin titubeos. Algo es verdad, allí o en otro lugar había muerto en soledad alguien con similares actitudes ante los demás; pero estoy seguro de que alguna vez, y quizás en ese final, tuvo miedo y sintió la soledad, la desesperación y la tristeza. Como hombre de cualquier tiempo debió saber con amargura que todo llegó a su fin de forma vertiginosa; sus anhelos y promesas se disolvieron en el aire pues requería de más vida, de más palabras que no dijo en su momento. Allí comprendí que en ese punto se rozaron nuestras similitudes, la angustia ante la verdad fue como un grito de pena en mi pecho. Es que también yo había abusado de esa 26


ausencia de diĂĄlogos con mi familia y, muchas veces, en las que pude, no les dije que los amaba. Cuando arribamos a la ciudad cabecera de todas las excursiones, abandonĂŠ el grupo y tomĂŠ un nuevo transporte hacia mi hogar con la urgencia de hacerles conocer mi amor por ellos.

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Desde Valeria Antonio J. L. Contreras Lerín

Apreciados amigos: Me habéis pedido que os cuente algo interesante y de forma abreviada de este lugar donde habito. Pues bien, mi pueblo está situado en la Sierra Baja de la provincia de Cuenca, en España. El nombre del municipio, Valeria, tiene raíces romanas, porque fue importante ciudad del Imperio Romano. En el día de hoy, aquí se hallan numerosos restos y huellas de aquellos tiempos. Su ninfeo es espectacular por su longitud. Las obras expuestas demuestran la importancia de este lugar en aquella época. En tiempos de los visigodos, esta población mantuvo su relevancia porque fue sede episcopal. Sus obispos, cuando eran convocados, se desplazaban hasta Toledo para tomar parte en los concilios. En el siglo viii llegó la invasión musulmana. Los árabes cambiaron el nombre de Valeria por el de Balira. Aunque no quedan aquí huellas sobresalientes de su estancia; sí se cuenta que este municipio fue quemado por los nuevos conquistadores. Es en el siglo xii cuando la reconquista alcanza estas tierras. Valeria tiene, por su orografía, una situación privilegiada para la defensa y expansión de las tropas cristianas. Con el fin de completar las buenas defensas naturales, se levanta una ancha y gran muralla en la parte alta de lo que fue la ciudad romana. Con el rey Alfonso VIII se inicia el tono de realengo de esta villa. Comienza una repoblación lenta. Es a partir de entonces, y durante varios siglos, cuando cambiará el nombre de Valeria por los castellanizados de Valera de Suso y Valera 28


de Arriba. La iglesia parroquial, la ermita de Santa Catalina con su cementerio contiguo, son algunas de las muestras del medievo aquí existentes. La villa, al cabo de unos siglos, pasó de tener carácter de realengo a ser señorial. Desde aquellos años medievales hasta mediados del siglo pasado, la sociedad, el trabajo, la vida…, tuvieron pocos altibajos en estas tierras. Sin embargo, hay que hacer la salvedad de los importantes desastres originados por las guerras durante los siglos xix y xx. Valeria era paso entre la capital de Madrid y el Levante. Así pues, la guerra de la Independencia contra Napoleón, las confrontaciones Carlistas y la guerra civil del ’36 al ’39, causaron graves daños en esta población. A mediados del siglo xx, todo empezó a cambiar de una manera trascendental en mi pueblo. Un lugar con un millar de habitantes fue viendo reducir rápidamente su población. Ello debido a la “modernización”, a las nuevas máquinas agrícolas, a la concentración de las parcelas… Todo esto contribuyó a romper con los moldes conservadores de siglos anteriores. Fue el final del arado romano, la desaparición de las mulas como ganado de labor, y el final, también, de la siega a mano de los cereales. Ocurrió una emigración casi generalizada hacia las grandes capitales cercanas: Madrid y Valencia. Todo esto ha dado lugar a que, en el día de hoy, durante las noches del invierno, no lleguemos al medio centenar las personas que pernoctamos aquí, y nuestras edades son avanzadas. No obstante, Valeria, todos los años, durante una semana de agosto, celebra su “Semana Cultural” y evoca gratamente aquellos años de la romanización. Nuestra iglesia medieval de la Sey o de la Sede, con tres naves, es de estilo románico. La ermita de Santa Catalina sigue mostrándonos su espadaña. El río Gritos próximo, todavía con algo de agua, recorre, entre vegetación espontánea, la espléndida hoz de cinco kilómetros de longitud. Y no os olvidéis, apreciados amigos, que la sugestiva ciudad romana sigue en pie y os espera para cuando queráis visitarla. 29


OTRAS EDICIONES, OTROS RELATOS


El insomne Néstor Rubén Giménez Arias (2011)

El boticario preparó una fórmula magistral asegurándole que cada sueño sería un viaje placentero. Consiguió dormir y en el viaje de su sueño la encontró. Cada noche tomaba la poción para hallarla y estar a su lado; hasta que aborreció permanecer despierto. Decidido a vivir junto a esa mujer, tomó coraje, volvió a lo del boticario y compró el pasaje de ida. Después de todo, del amor jamás se vuelve.

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Fiesta de compadres María José López Tavani (2011)

Argentina, Jujuy, Valle Grande. Donde los chicos juegan en una cascada. Un cóndor saluda al mediodía, otro por la tarde. Alrededor ya no es selva. Un solo teléfono, sus pobladores esperan. Por la noche se preparan: víspera de Carnaval. Un club pequeño, grande en sus mujeres. Collar de queso sobre algunos hombres, los compadres. Y bailar como si el mundo no existiera, o mejor dicho, bailar porque el mundo existe.

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Hushuaiah Silvia Beati (2011)

(¿Usuaia irá con “h”?) Este será un relato de pérdidas… Cruzaba el Cabo de Hornos cuando sentí cómo se me desprendía la esperanza. En la cárcel del Fin del Mundo supe que el olor a muerte no me era ajeno. El bosque incendiado me percibió tan resistente a rebrotar como sus pinos yermos. Comprendí: en esta historia de hallazgos, sé dónde va la “hache” y dónde se perdió mi alma.

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La sombra de nadie Alejandro Rostagno (2011)

Esperó dos décadas para ver cumplir el sueño de los otros: embalarse en la tribuna para alentar a San Lorenzo. Como su padre. Igual que su abuelo. Venía de lejos: 2500 km desde el Altiplano (y más de un cambio de trocha). Llegó a la cola con puntualidad, igual que la bengala que le perforó la sien. Reconocieron su cuerpo tras tres días como N.N.

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Viaje interior Ginés Mulero Caparrós (2011)

Hace unos días emitieron un documental de la BBC acerca de un viaje al interior del cuerpo humano. Vi praderas, desiertos, acantilados, llanuras, cascadas, lagos. Vi las marismas del cerebro. Vi kilómetros de autopista intestinal. Vi el peaje de los riñones filtrando. Vi el aristocrático hígado. Vi paisajes pulmonares espectaculares. Células, nervios, músculos, arterias, ovarios…, corazones de infarto. Vi incluso ríos de glóbulos rojos. Pero en ningún momento vi el mar.

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La voz lejana Salvador Robles Mirás (2015)

La voz de la anciana, en un viaje meteórico hacia el remoto ayer, tras atravesar todas las edades, desembocó en la infancia. Allí se quedó, plantada como un bambú; se había reencontrado con su verdadera patria. Desde ese día, aunque nadie llegó a comprender los balbuceos que emitía, la anciana encontró el sosiego. Murió meses más tarde, entre gorjeos, un minuto después de tomar el biberón.

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La vida de Matías Jorge Eduardo Velasco Ríos (2015)

J. C. Chávez derrota a Meldrick Taylor quince segundos antes del final. Matías era un niño cuando vio la pelea y decidió convertirse en boxeador. Años después supo que la sangre del oponente es el objetivo, pero la propia es inspiración. A Matías la muerte lo encontró en el último round, cuando una daga en forma de gancho le cercenó la vida. Cayó boxeando.

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Nace el deporte nacional vasco Héctor José Sanjuas (2015)

Un niño vasco golpeaba las puertas del cielo. El diablo y una bruja reclamaron su alma. Un abad, que atinaba a pasar, desafióles a un partido de pelota. Con alpargata en mano, recogió al vuelo una estrella que, convertida en pelota, dio comienzo al partido; el frontón, la pared del Paraíso. Vencidas las fuerzas del mal, traspasó un cartel que decía: “Llamad y se os abrirá”. Lo acompañaron los ángeles.

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Todo es como debe ser María Elisa Pelletti (2013)

Querida Marta: Te sorprenderá que te escriba una carta después de tanto tiempo. Hoy, sentada en esta playa helada, envuelta en el poncho viejo que era del abuelo, mirando las montañas blancas como grandes icebergs firmes en la tierra, y el mar gris acariciando los peñascos, me sorprendí pensando en otras playas: las de la adolescencia en bikinis, las de la arena tibia, cuando tomar sol era un trabajo casi, una obligación; y al caer la tarde, nuestras miradas se perdían en el horizonte rojo imaginando Europa del otro lado. ¿Te acordás? El silencio, entonces, era un fantasma imposible. No podíamos dejar de hablar de nuestro viaje: primero tenía que ser Italia, claro. Vos querías Alemania, ¡qué insistencia!, yo nos imaginaba en Francia, simplemente por ser el camino más rápido para cruzar a Inglaterra. —No podemos dejar de ir a Escocia—, decía yo. —¿Para qué Escocia? ¡Ni lo sueñes!—, fue tu respuesta seca, y riéndote a carcajadas hablabas de Berlín como si ya hubiéramos comprado los pasajes. Al principio, cada noche, me imaginaba relatándote minuciosamente los detalles de mi día. Te hablaba de la ciudad, de los museos, de los paisajes, de la gente; te describía los sonidos, los colores, los perfumes. Imaginaba tus comentarios, contestaba tus supuestas preguntas, me reía de los chistes que seguramente se nos hubieran ocurrido, te confiaba mis 41


miedos. Sobre todo eso, Marta, cada noche, después del relato del día, de la risa y las especulaciones delirantes, entre sollozos ahogados en la soledad de mi cuarto, te confiaba mis miedos. No sé cuánto tiempo pasó hasta el día en que me di cuenta de que ya no te hablaba. Y en el silencio, por fin, en medio de ese agujero en el que ya no estaba el recuerdo de tu voz, empecé a escuchar, por primera vez, la mía. ¿Te acordás cuando jugábamos a adivinarnos los pensamientos? Vos siempre ganabas. Sabías, con solo mirarme, todo lo que se escondía en mi mente. Siempre te adelantabas a mis deseos para robármelos. Como me robaste a Daniel aquella noche en la playa. Te odié entonces. Y dejé que te lo llevaras de mis sueños como te llevaste siempre todo; porque ese era tu destino, ganarme siempre. Con una sonrisa muerta les tiré arroz a la salida de la iglesia. Las lágrimas que viste eran los restos de mis ilusiones, desvaneciéndose al rozar la seda negra de mi vestido y la blanca del tuyo. Tal vez lo sabías… como siempre supiste todo. Viéndolos bailar, en un sopor de borrachera, volví a vernos en la playa. Cerré los ojos cansados y sentí la tibieza de la arena contra mi cuerpo, el vals era el mar, un rumor apenas bajo nuestras voces entusiasmadas. Aquel sueño, que con la llegada de Daniel a nuestras vidas fue pareciéndonos cada vez menos urgente, volvió a anidarse en mi pecho. Te busqué con la mirada entre los invitados para contarte, pero ya te habías ido. Una gaita suena en la distancia. Puedo tararear la melodía que está tocando, la conozco bien. A veces creo que la sabía de antes, que eran estos los acordes que me llamaban desde del otro lado del Atlántico, cuando no podía escucharlos porque tu voz era siempre más fuerte. Una foca me mira con curiosidad, desaparece, juega a las escondidas conmigo, vuelve a salir y se queda flotando, su mirada fija en la mía. Las gaviotas chillan, suspendidas en el 42


viento. Unas pocas nubes doradas subrayan el horizonte rojo y estoy convencida de que esa sombra majestuosa reflejada en las montañas es la de un águila. Sonrío. El hombre que amo y nuestro hijo están subiendo hacia la cumbre ahora. Mi vida está acá, entre estas rocas y estos mares. Soy feliz. Y ahora me toca a mí leerte el pensamiento; sí, a la distancia, hoy soy yo la que sabe lo que vos estás pensando. Por eso esta carta, Marta, para que dejes de preocuparte. Ya no te odio, tu recuerdo es dulce. Todo es como debe ser.

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La lluvia de Londres no moja Guido Rubin (2013)

Londres, 24 de marzo de 2013 Querido Mateo: Hijo querido. Espero que la familia ande bien. Me contaron que la panza de Agustina está que explota y el cuarto ya lo tienen preparado. Me imagino que Tomi debe estar más celoso que nunca, pero qué lindo es estar rodeado de tu gente. Sabés que nunca me adaptaré a las nuevas tecnologías, así que supongo que no te sorprenderá recibir al cartero en tu casa. Sé que seguís viviendo en la calle Jaramillo. Sé que vas a recibir la carta. Tal vez tu recuerdo impida nuevamente que reciba unas líneas tuyas y aún te entiendo, hijo. Sin embargo, te escribo. Te envío una carta y, como te conozco, sé que al menos la vas a leer y con eso me alcanza. Porque vos sabés que hay ciertas cosas que solo puedo hablar con vos. Determinadas situaciones que vos ves igual que yo porque siempre intenté darte lo mejor de mí y, definitivamente, lo que más te inculqué fue el amor por la pelota. Quería contarte que tu hermano está enorme. Ayer debutó en la quinta y fue soñado. No sabés lo que juega este pibe, Mateo. En el club se habla de hacerle ya un contrato y te imaginarás que se me cae la baba. ¡Estos ingleses encima son de madera! Y claro, llega acá un pebete inglés pero con venas argentinas y la deja chiquitita. Ayer llovió como cada día de las últimas dos semanas. Lo particular es que ayer la lluvia no mojaba, 44


hijo. Salieron a la cancha y James parecía estar jugando acá en el patio que tenemos con Marie. La pedía, tocaba, iba a buscar, gambeteaba. Completito. Lo trascendental pasó allá por el minuto treinta del segundo tiempo. Partido trabado, feo, mucha pelota al aire y juego de cuerpos. Empate sin goles, aburrido. Saque de arco para el Tottenham. El arquero sale jugando con el cuatro y James la baja a pedir en posición de cinco. Cómo me recuerda al Diego, cómo se para este pibe. Cómo recibe y se da vuelta. La cuestión es que la puso abajo de la suela y tocó con el ocho, picó y la pidió de nuevo. Obvio que se la dieron, el pibito la mueve. Le llegaba la bocha y la dejó pasar y, cuando en ese movimiento el cinco de ellos quedó pagando, me di cuenta de que algo fantástico iba a pasar. Encaró por el medio con pelota dominada y parecía que iba a sacar un zapatazo. Ahí enganchó para la derecha y la barrida del seis quedó como vergonzosa. Mateo, levantó la cabeza, acarició la pelota con el borde interno y produjo el encuentro del balón con una parte de la red que seguro nunca había sentido el cuero. Mateo, miré al cielo y pensé en vos, pensé en tu vieja y mis nietos. Te juro que la lluvia no mojaba. Te pensé mirando al cielo y mis ojos cedieron y derramaron alguna lágrima. Te extraño, hijo. Tu hermano metió el gol más importante de su carrera y yo solo pensé en que habría sido soñado que estuvieras acá y lo disfrutáramos juntos como disfrutábamos allá con cada enganche de Garrafa. Londres no tiene nada que ver con Lafe. Llueve siempre, no hay mate, el transporte funciona de puta madre y las casas de los pobres no tienen techo de chapa. Estoy mucho mejor, sí, pero te extraño, hijo. Te extraño y quiero ver a mi nieto y mi futuro nieto y a mi nuera. Dudo recibir una respuesta pero sé que al menos te transmití con claridad lo que siento. Sé que se te piantó un lagrimón con lo de Garrafa. No me olvido que ese loco era tu ídolo 45


mayor. No me olvido de cuando te regalé su camiseta y no te la sacabas ni para bañarte. Tal vez algún día me entiendas y podamos festejar un gol hundiéndonos en un abrazo eterno como el día que volvió él por amor a nosotros. Tal vez así vos vengas o yo vaya. Por amor. Te extraño, hijo, la pelota no llega igual si no me la pasás vos. Con amor. Tu papá

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Antañoahora Lucía Borsani García (2013)

Cynthia querida: He regresado. Apenas unas hojas de la agenda en la hermosa ciudad de Santiago de Chile han alcanzado para cambiar mis átomos. ¿Acaso no es cierto que los átomos cambian sus vestidos energéticos cuando se conjuga la poesía con la amistad, los viajes con el cariño, la lección con el alumno, el Ser con el Transitar? He atravesado una serie de pruebas personales, fotografiado mis miedos en el espejo, aprendido que aun en la tierra desconocida uno puede reconocerse en la mirada de alguien. Santiago me recibió con promesa de sol radiante cumplida en sus calles y en sus corazones. No usé el paraguas más que para volar al estilo Mary Poppins en cada recorrida por sus calles de antañoahora, sus arboledas largas y esos particulares cafetines donde los poetas arreglan (o desarreglan) sus versos. Llegué a Santiago sin más planes que los necesarios para desbordar de adrenalina mis valijas. Conocerte, amiga, luego de tanta trasnochada cibernética, es una de las causas por las que quiero volver. Sí, es verdad, el mundo virtual tiene un ancla en el de carne y hueso y, tarde o temprano, sus límites se diluyen para asegurarnos que los seres humanos no pierden su esencia —si se lo proponen— detrás de la pantalla. Me di el permiso de caminar a Santiago por sus poéticas aceras sola con mi sombra y también acurrucándome en una mano, fantaseando con respirar el mismo aire de Pablo Neruda o Violeta Parra, con pretensiones de inspiración urbana. No me alcanzaron sus calles y sus parques, sus museos de arte o el pequeño taller donde alcancé a crear mi propia obra, 47


porque también en sus puertas de entrada y salida pude hablarle al Dios de las alturas tan solo observando la diminuta institución de mi persona. Y en cada montaña apreciar la pequeñez de mis problemas, en cada roca horadada por la carretera la oportunidad de entrar y salir de las cosas con la flecha del tiempo. Logré confirmar mi equipaje de paciencia luego de más de un día de viaje desde mi Uruguay, después de horas y días de búsquedas y desencuentros hasta alcanzar su beso. Si, también lo he conocido, qué digo también si sabes bien qué combustible lleva el corazón de una mujer. “Después de todo, detrás de las montañas, estaba tu faro…”. Es difícil para mí narrar un viaje que ha sido hacia adentro con la objetividad del viajero. Pero quisiera contarte que, a unas horas de la cita con Guadalberto en carne y hueso, no tuve más recurso que tomarme el Metro sola, sin idea de lugar, y que me he prendido como sombra de unas señoras con equipaje, suponiendo que también se dirigían a la terminal de buses. Y así fue que llegué a aquel lugar jugando a la independiente, pero por dentro la niña miedosa quería huir a un lugar seguro, adivinando ya su presencia. Cuando nos encontramos, el bullicio de la gente se parecía a una tormenta, sus ojos fueron rayos potentes y tal vez lluvia el beso. De Santiago puedo recordarlo todo menos aquellos minutos, en los que el ansia casi había terminado con mi conciencia y, ya ves, ni siquiera he podido justificarme en el papel. He regresado y van cinco años de aquello. Si me encuentras extraña la letra es que los átomos se me han cambiado. Escribo frente a un nuevo impulso de recorrer la ciudad del antañoahora, esta vez sin vacíos de amor por llenar y con el taconeo más firme de mujer plena. A él hace cinco años y medio que no le veo, ni en letras ni en beso. A ti, que nunca te has animado a preguntarme por aquel viaje en sus detalles, te digo “gracias” y “hasta luego”, he dejado algunas cosas allá, entre ellas mi sueño rebelde, el que no conoce fronteras. 48


Verde profundo Claudia Viviana Parreño (2009)

Tres hijos y una mujer tuvieron mis padres, para mi desgracia. Mi hermana casó joven con un comerciante, pero murió de parto entre grandes dolores. El mayor heredó la hacienda y la perdió en el juego, así como su decencia. El siguiente recibió un capital al fallecer mi padre, que invirtió mal, y terminó preso por deudas. Para mí, el menor, en el reparto no quedó nada. Así salgo de este Reino de España, en el año del Señor de 1799 con una mano delante y otra detrás, para hacerme a la mar y llegarme a las colonias; el puerto solo sé que se llama Nueva Barcelona, en la provincia de Venezuela; por otra parte, lo ignoro todo sobre la geografía y las oportunidades de progresar que presenta la región, aunque peor que en mi tierra no he de estar… Veinte jornadas lleva el Santa Eulalia de mar bueno y a veces planchado. La goleta es pequeña y con poco pasaje. Con la tierra ya cercana, una mañana se avista un barco pirata, a dos millas de distancia. Se nos ha acercado en la noche, quizás sin saber de nuestra presencia, buscando al azar algún mercante para abordarlo. El inglés lanza un cañonazo de advertencia, mas nuestro capitán, confiado en que no se atreverá a atacarnos con la costa a la vista, pone proa a tierra desoyendo el alto. A toda velocidad, no logramos, empero, evitar dos cañonazos, que caen uno rozando la cubierta y destrozando a dos marineros y el otro haciendo un gran boquete al casco. 49


A pesar de nuestras averías, el barco pirata nos sigue sin acercarse a nuestra posición; el por qué lo sabremos después, cuando un choque y un gran crujido nos avisan que hemos tocado un arrecife semioculto en la marea. El impacto comienza a partir el barco por la mitad, mientras el palo mayor se desprende y cae al mar. Ya el agua entra a raudales por el casco herido de muerte cuando varios nos arrojamos por la borda con lo puesto. Quienes vacilan en cubierta son arrastrados un minuto más tarde al hundirse dejando un torbellino que devora todo como un vórtice hambriento. Gané a nado la costa, junto con dos compañeros. Otros dos que venían perecieron, ya sea por malos nadadores o como alimento de los tiburones. Llego a estas playas desnudo, y sin embargo, nada pierdo porque nada tenía; solo he de extrañar el relicario con la imagen de mi madre, única herencia que me tocó en suerte, y perdida como todo lo demás. Caí rendido en la arena blanca. No sabíamos dónde estábamos ni a qué distancia de una habitación humana. Recogimos algunas cosas que el mar llevaba como restos del naufragio: tablas, un baúl, pero ningún alimento o arma. Con las tablas, improvisamos un techo apoyado en unas ramas, pues las nubes negras y unos relámpagos lejanos auguraban tormenta, y estábamos cansados y calados hasta el hueso. La lluvia, o mejor dicho, el diluvio, comenzó poco después, y si al principio se filtraba por nuestro precario refugio, terminó volteándolo por su mala hechura. Esperamos el fin de la tormenta (que duró hasta el alba) bajo las hojas de una planta tropical. Mis compañeros sostenían que nos hallábamos en una ínsula y no en tierra firme, pero cercana a la ruta de los mercantes españoles y, por lo tanto, nos convenía esperar en la 50


playa a ser rescatados. Mi opinión era la contraria y, por tal causa, discutimos. Nada nos unía ni éramos el uno de los otros; por lo tanto, no me retenía nada de partir, aunque dudé en hacerlo; el temor al hambre y la sed me impulsaron a alejarme hacia el oeste, sabiendo que hacia ese punto se dirigía el barco antes del fatal percance. Caminé varias jornadas tomando el agua de lluvia usando para tal fin las hojas en forma de embudo, y en una sola ocasión hallé un pequeño arroyuelo que fluía a la mar. Comida no encontré ni pude hacerme de ella, carente como estaba de un arma para cazar ni un fuego para asarla. Comí unos frutos parecidos a pequeñas manzanas verdes, que me saciaron pronto, y luego me causaron un fuerte ardor en la boca del estómago y un feroz ataque de náuseas. El quinto día vi unas indias a orillas del mar, mas al querer hablarlas, huyeron asustadas de mi harapiento traje o de mi rostro quemado por el sol y picado por los insectos. Poco después, caí desvanecido; así me encontraron unos bandidos, que seguramente asaltaban a los viajantes o recogían en la orilla restos de los naufragios, pero al ver que no tenía nada que ser robado, ni era persona de riquezas por quien pagaran rescate, se apiadaron de mí y me dieron agua y comida, dejándome para que me salvara o sucumbiera si esa era mi suerte y la voluntad de Dios. Tras dos días de fiebres altísimas, que pasé casi desmayado, amanecí mejor aunque muy débil. Continué la línea de la playa, descansando cada pocos pasos; no me animaba a entrar a la selva por temor a las víboras y al gran tigre de quien, dicen, prefiere la carne de europeo, al que devora mientras aún está vivo. Como sufría alucinaciones y mareos, no noté la cercanía de una aldea miserable hasta que dentro de ella estuve. Me desplomé frente a una casucha, cuyas pobres gentes me levantaron y pusieron en una hamaca, colgada entre dos vigas que 51


sostenían el techo de palma en el que se filtraba el agua y el sol. Esta habitación era la única donde dormían, cocinaban, comían y reparaban sus redes estos infelices, que luego de darme agua con unas hierbas, continuaron con su vida, ya que otros remedios no tenían ni conocían ni en beneficio de sí mismos. Una semana pasé dominado por las fiebres tercianas, que aún sufro de tanto en tanto. Sin embargo, no era mi destino morir todavía y, de a poco, me repuse. De poca ayuda les era a mis bondadosos pero pobrísimos hospedadores, y así entendiéndolo me retiré en cuanto estuve más fuerte y capaz de caminar sin desmayarme. Estaba a dos jornadas de Cumaná, capital de la Nueva Andalucía, me informaron. Llegué en cuatro días y ya sin aliento. Hambriento y cansado, busqué amparo en una capilla, cuyo sacerdote, un vasco jovial y amante de la buena comida, me dio hospedaje y algunas ropas. La provincia estaba sufriendo el azote de la fiebre amarilla, y la mayoría de los europeos habían salido hacia Caracas, quedando en ella mestizos, negros y algunos criollos. El padre me invitó a quedarme algunos días, mientras me componía y decidía qué hacer de mi existencia. Si bien las tierras eran ricas y feraces, el comercio, abundante gracias al contrabando, y la minería, buena y fecunda, todo esto requería un capital y conocimiento de los negocios que yo no tenía. Acaso podría emplearme en una hacienda o bien como criado de algún señor, mas para eso debía esperar el fin de la peste o viajar a otra región. Preferí quedarme, ya que mis fuerzas escasas y mi bolsa inexistente hacían poco recomendable el viaje. Pasaba mis días sentado en el umbroso patio de la vivienda parroquial, reponiendo mi salud y ayudando en algunos menesteres al párroco. Un día, mientras barría la capilla, entró una mulatita a rezarle a una virgen. Verla y enamorarme fue todo uno. Mas mi timidez y mi falta de costumbre de tratar con el bello sexo 52


me impidieron acercarme, no así seguirla a la salida hasta la casa de sus señores, ausentes de la ciudad como gran parte de la población. Durante varias semanas la espié en secreto; la seguí a la feria, a la playa, al barrio de casuchas ruinosas donde vivían su vieja madre y sus hermanas; la esperaba algunas tardes en la capilla, donde traía flores o prendía velas a algún santurrón. Por fin me decidí a hablarle; tartamudeando le dije de la pasión que me inspiraba. Tras mirarme como a un demente, se echó a reír sin ningún disimulo; tal respuesta me humilló más de lo decible. Desde niño he sufrido un enorme amor propio, o bien un exagerado temor al ridículo. Antes de que la mulata dijera palabra, me di la media vuelta y huí por los fondos del altar. Aún escuchaba las carcajadas en mi cabeza aunque no hubiera sabido si reales eran o producto de mi orgullo herido. Esa tarde, expliqué al padre que me urgía salir de la ciudad, aunque sin aclarar el motivo, que hasta a mí parecía ser de poco valor; no era yo un hidalgo, que tanto importara mi honra y nombre, ni era la risa de la muchacha causa de baldón, mas yo sabía que no podía quedarme y volver a verla, o regresar al lugar donde había sido de tal forma afrentado. El buen cura me habló de un grupo de mercaderes que salían hacia Bogotá en las tierras libres de fiebres, acompañados en previsión de indios y bandoleros de un grupo de soldados. Pero estos no abundaban por hallarse afuera a causa de la peste, y un blanco que usara un arma podía ir e incluso ganar algún dinero, siempre que no temiera los peligros del camino, como jaguares, amazonas, bandidos o indios caníbales. Luego de despedirme de mi benefactor y sin demora de equipajes, que no los había, me llegué donde me habían señalado se hospedaban los comerciantes y convine acompañarlos por poca paga, siempre que me adelantaran para comprar un arma; no fue esto necesario por darme una un capitán, que fuese de un soldado muerto hacía unos días. 53


Salimos a la mañana, guiados por dos indios chaima que iban casi tan desnudos como habían llegado al mundo, excepto por unos trozos de hojas atadas a la cintura con fibras de palma. A poco de dejar la zona de fiebres malignas y entrar a la selva hostil, nos sumergimos en bandadas de mosquitos, tábanos y jejenes, que a toda hora nos picaban en la piel desnuda o cubierta, introduciéndose bajo las ropas, asolando a perros, caballos e indios, haciendo una tortura de cada hora y un infierno de cada día. Al parar para comer o pernoctar, hacíamos fuego con madera verde, que poco respiro nos daba, ya que el humo era igual de insufrible. Mis ojos estaban casi cegados, y mis manos y cara, hinchadas por las picaduras. El largo viaje da tiempo a los pensamientos; me pregunto si al fin, en Bogotá, encontraré mi destino, así sea la muerte. Hasta ahora, este camino no es más que la continuación de la misma senda que en España me llevó a desatarme de todo. Es eso, este desprendimiento, este no-ser para nadie ni para mí mismo, no tener nada y que nada me posea… siento que en este verde profundo que me rodea, me sumerjo y me pierdo, desaparezco para siempre en la inmensidad floral. Anoche tuve un sueño: unos dientes y unas garras me despedazaban, me sorbían hasta los huesos astillados y blancos; pero no había angustia, sino una aliviada resignación en ese entregarme a lo que está escrito y debe ser. Cuando desperté, faltaban los dos perros, que habían dormido a mi lado, los llamé y por un rato los buscamos, mas no volvieron. Pienso que fueron alimento de las fieras, pero por qué no ladraron, no lo sé. ¿Se alejaron de nosotros, atraídos por algún ruido, o el tigre entró hasta donde dormíamos para arrebatarlos? Quizás mi propio sueño haya sido provocado por el husmear del felino. Dos de los mercaderes están muy enfermos, quizás ya llevaban la fiebre en el cuerpo, y las penurias del viaje la hicieron recrudecer; hemos de detenernos para que repongan fuerzas y al fin se decide que regresen, con una parte de la custodia y 54


un indio. Solo quedamos ahora un mercader, tres soldados, un indio y yo, con los caballos y tres acémilas cargadas. Pobre protección seremos si los indios nos atacan, aunque quizás nuestras armas los ahuyenten, si la peste o los mosquitos no nos matan antes. Los animales tienen heridas en sus patas y en sus orejas, por las mordidas de vampiros, que incluso anoche atacaron a uno de los soldados, que despertó gritando con la bestia prendida al cuello. Hasta ahora, hemos cruzado varios ríos, algunos simples riachos, otros más crecidos, pero el que ahora se nos presenta, el Apure, que corre hacia el Orinoco, está desbordado y se vierte en las orillas formando un gigantesco pantano en el que los caballos se niegan a entrar. Según el guía indio, no queda otra posibilidad que cruzarlo aquí, ya que al sur se hace más caudaloso y al norte nos desviaría muchas millas de nuestro destino. Tres días tardamos en salir de ese lodazal, y en la corriente principal del río perdimos una mula y un caballo, la primera atrapada por caimanes y el segundo arrastrado por el agua. El mercader que en él iba pudo salir, pero el animal se hundió, y no volvimos a verlo. En la orilla barrosa, hay muchas huellas de jaguares; el nativo olisquea el olor acre en el aire y nos apura a seguir, a no detenernos pese al cansancio, cerca del coto de caza de los tigres que quizá nos miran desde la espesura ahora mismo. Más adelante, en un riacho claro, uno de los soldados entró a refrescarse y fue atacado por pirañas; nada pudimos hacer una vez que la sangre excitó a los demonios que, en más cantidad, acudieron y dieron fin a su vida en contados minutos. Su mano agitándose por sobre las aguas, como una despedida, fue lo último que alcanzamos a ver de él. Nuestro indio se aleja a menudo a buscar el alimento, regresa con presas que devoramos: monos, algunas aves o un ciervo. Mas esta mañana no estaba, y con él las dos mulas y dos caballos habían desaparecido. Lo esperamos hasta la tarde, 55


aún seguros de que no volvería; ha visto la oportunidad de huir con las riquezas, exponiéndonos a una muerte segura. El ataque no ha venido desde afuera sino desde la traicionera seguridad con que lo seguíamos. Estamos perdidos. La verde maraña nos asfixia con su cerrazón sin límites; es un lazo ajustándose más y más, un caminar en círculos, la demencia de un ciego que se golpea contra las paredes, buscando una salida que sabe no hallará jamás. Mis compañeros enloquecen, gritan, se echan culpas. Cómo decirles que se resignen, que estamos muertos desde el momento en que nacemos, que todo es una postergación más o menos dilatada de lo ineludible. Me alejo, tengo que alejarme mientras discuten. No miro hacia atrás, como no miré en el naufragio de mi vida. Camino sin rumbo, pero sé bien hacia dónde voy, hacia la fangosa orilla del río donde se apilan los huesos de pecaríes y venados. Mis pies se hunden en el barro viscoso. Anochece, debo concluir este relato. Ya vienen por mí.

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La muerte Néstor Rubén Giménez Arias (2009)

Si yo me siento bien, no sé por qué montan este follón. Rosa insistió tanto que, finalmente, consiguió traerme hasta el hospital. Solo es una tonta molestia muscular sin importancia y nada más. Es cierto que vengo abusando de las grasas, del alcohol y no hago actividad física, pero por un dolorcito en mi brazo izquierdo no hay que armar tanto despliegue. ¡Joder! ¡Otra vez esa puntada! Mejor cierro los ojos, así, quizás, se pase enseguida. Ya está, ya me siento mejor, era como yo pensaba, ahora a abrir los ojos, a relajarme un poco y en unos minutos estaré en casa. Pero ¿qué es este lugar tan oscuro? Yo no estaba aquí ¿y ese cabrón? ¿Quién cuernos es? —Hola Roberto ¿ya estás listo? —¿Listo para qué? ¿Quién eres tú? —Dale, no te hagas el tonto, llegó tu hora ¿acaso no me reconoces? —no recordaba haber visto jamás a alguien tan delgado y pálido. —¡No! ¿Eres el doctor? —¡Qué doctor ni doctor! Soy la Muerte… tu hora ha llegado. Tenía que reaccionar rápidamente, esto de seguro era una pesadilla y ya no me estaba gustando nada, tenía que despertar y volver a la sala de espera. El desconocido, que decía ser la misma Muerte, me tomó del brazo y pude sentir cómo me arrastraba su fría mano. Si no se me ocurría nada, ¡estaba fregado! Solo atiné a gritar: 57


—¡Para, loco! —¡Qué para ni para! Esto se acabó, no hay marcha atrás, y apurando que tengo mucho trabajo —estaba fastidioso. De alguna manera tenía que ganar tiempo y zafar, pero no se me ocurría nada. No podía entregarme tan fácilmente a la muerte, así que improvisé: —Mira, no quiero arruinarte el día, pero resulta que yo vi una vez una película de Ingmar Bergman donde la muerte le daba una chance al protagonista para salvar su vida y… —Ya sé, ¡El Séptimo Sello!, y la partida de ajedrez, pero ¡no me jodas con eso! —No es justo, si tú ya lo hiciste una vez, ¿por qué no puedes darme una oportunidad? —Bueno, está bien, pero ajedrez no, ya estoy aburrido porque gano siempre; los tontos como tú que vieron esa película intentan zafar siempre con lo mismo, no saben que por perder en “El Séptimo Sello”, me hice de unos buenos dineros. A ver, ¿a qué se te ocurre que podemos jugar? ¿Y ahora? ¿Qué podría proponerle? Debía ser algo donde tuviera alguna chance para ganarle a la parca. Los juegos de baraja de a dos son muy aburridos; una generala, ¡no, jamás! La Muerte seguramente andaba derecha con los huesitos, un 21 al básquet, no, mejor no, hacía como quince años que no agarraba una pelota. ¿Pelota? Eso, “un cabeza”, en el barrio no me ganaba nadie. Era un juego que se parecía mucho a un desafío, solo participaban dos contrincantes, que se enfrentaban a no más de cinco metros de distancia bajo arcos imaginarios entre las paredes de las casas y los árboles de las aceras. Los tantos se anotaban cabeceando, de ahí su nombre, y yo conocía mañas, trucos y picardías que eran de por sí una ventaja. —¿Qué te parece “un cabeza”? —Sí, dale, pero rapidito, ya te dije que ando con mucho trabajo. A cinco goles sin revancha. 58


—Bueno, pero yo elijo dónde y con qué pelota —debía imponer algunas condiciones a mi favor. —Está bien. A ver, ¿dónde quieres perder? —En la cortada formada por las calles Mandisobí y Espika, en la vereda del gallego y, si no es mucho pedirte, jugamos con “la Pulpo” de goma; parar el tiro con el pecho y rematar con el pie sin que toque el piso vale doble y se pierde el turno, y si la pelota rebota en alguno de nosotros, hacemos gambetas ¿estás de acuerdo? —¡Pero sí! Vamos ya mismo. ¡No podrás conmigo! La pelota Pulpo era mi aliada, no podía haber olvidado cómo cabecearla, cómo bajarla con el pecho y cómo dominarla en su imprevisible y alocado rebote. Quién sabe, quizás la muerte rechace algún tiro mío y pueda eludirla. La vereda de la casa del gallego era otra ventaja, la conocía como la palma de mi mano. La parca hizo un chasquido con los dedos, y aparecimos en la vereda del gallego; él era el único vecino que nos permitía jugar a la pelota en las tardes de verano, estábamos en la misma puerta de su casa. Como para relajar el momento, lo miré y le dije: —Dale, flaco, tú eres visitante, te doy a elegir arco. —Bueno, me da lo mismo: elijo este. La muerte eligió jugar en el arco que formaba la pared de la casa del gallego y el paraíso, ese era el arco en el que ninguno de la barra quería jugar, las baldosas estaban levantadas por las raíces y la pelota picaba para cualquier lado. Hicimos el consabido pan y queso para ver quién empezaba, y por más que usé la punta del pie, el paso cruzado e hice trampas con el empujoncito para atrás, él me ganó. Comenzaba así el juego crucial. Fui para el otro arco, me esperaba la pared de la casa de Ceferino y un fresno, ¡ese árbol me había dado tantas alegrías! 59


Su tronco era más grueso que el del paraíso, así que tenía el arco algo más chico, no era mucho pero una ventaja tendría. Mientras la Muerte iba para el arco haciendo picar “la Pulpo”, vi que en el banco de la plaza se juntaban los muchachos de la barra. Los cordobeses, el Potoso, Ale, el Hugo, los Peta y el Negro, mi entrañable amigo. La hinchada estaba de mi lado; ¡también!, ¿quién querría alentar a la parca? Me acomodé, miré a los costados como midiendo el arco y le dije: —¡Listo, flaco! ¡Tira! ¡Qué mierda! Me la clavó abajo contra el fresno. Uno a cero. Desde la plaza escuchaba a los muchachos alentarme: —¡Dale, cabezón, mátalo! Boté “la Pulpo”, miré la base del paraíso, y se la clavé contra la pared. Lo había engañado; si iba a ser así, parecía que venía fácil. Uno a uno. La parca, sin esperar, agarró “la Pulpo” la tiró para arriba y metió un cabezazo flojito, anunciado, muy fácil. Me agaché para asegurarla y la muy caprichosa picó en una de las baldosas, me pegó en la rodilla y di rebote. El flaco se adelantó, yo le salí, amagó y me la tocó suavecita entre las piernas, ¡caño! Éste sabía más de lo que mostraba… dos a uno. Ahora era mi turno. Tiré la pelota para arriba, mientras esperaba que cayera, le pegué un rápido vistazo a la pared para confundirlo; creí que se comía el amague, porque se movió para el lado del árbol. Con el parietal derecho, la tiré pegadita a la pared pero él, como un gato, pegó un salto adivinando mi intención y atrapó la pelota. No era tan fácil, seguíamos dos a uno. Los muchachos, si bien sufrían junto a mí, me hacían sentir su aliento. —¡No pasa nada, vamos que se puede! Miré a la parca y traté de adivinar cuál sería su próxima jugada, pero el desgraciado no tenía cara de nada, era más que lógico. Como rayo, metió un cabezazo que dio de lleno en el fresno y le cayó en los pies, otro rebote afortunado. Volví a 60


salirle y me repitió el amague, pero esta vez me quedé quietito, le puse el cuerpo firme y así se la pude quitar. Quise hacer una de más, pisándosela, pero el maldito pellizcó “la Pulpo”, giró y remató con el arco vacío. Tres a uno. La cosa se ponía negra, el color que a mi contrincante más le gustaba. Cómo se me fue a ocurrir hacer un chiche si esa nunca había sido la mía, yo siempre fui de los que le pegan con la punta y al bulto, un “pica piedras” que le dicen. Había perdido una oportunidad de achicar la diferencia. Podía sentir las rayas de “la Pulpo” clavándose en mi frente. Eché una mirada al banco donde estaban los muchachos, sentí que ya no estaban tan contentos ni tan confiados. Solo el Negro, firme como siempre, seguía alentándome. Escuché que gritaba: —¡Cabezón, acuérdate! ?????????????? (no tendría que haber dicho “de Josefa”?) ¿De qué mierda me estaba hablando el negro? ¿A quién se le puede ocurrir pensar en mujeres justo ahora? ¡Qué Josefa! Yo me estaba jugando la vida y este estúpido jodiendo. Tiré “la Pulpo” para arriba y metí un cabezazo que, ni bien salió, me di cuenta de que era un tirito de mierda, sin confianza, al medio del arco, así que el flaco la embolsó sin problema. La cosa seguía tres a uno, yo abajo y más abajo que nunca. El flaco parecía estar pasándola bien, después de todo, él no estaba jugando por nada, al menos nada tan importante como lo que yo tenía en juego. Con total calma pero sin perder tiempo, puso un cabezazo contra la pared que, aunque me tiré, no pude parar. Cuatro a uno, estaba fregado. —¡Cabezón, acuérdate de Josefa! ¡El Negro seguía con lo mismo! Para mí era ahora o nunca, así que tensé el cuello y metí un cabezazo de pique al piso, justo donde estaban levantadas las baldosas. ¡GOL! Cuatro a dos. Los pibes parecieron revivir junto conmigo y comenzaron nuevamente con el aliento. 61


—¡Ahora, vamos ahora! —¡Ya estás listo Roberto! Prepárate, esta es la última… —¡Dale, flaco! Deja de vacilarme. ¡Tira de una vez! La Muerte hizo picar “la Pulpo”, miró el fresno y me la jugué, me tiré para ese lado y esta vez pude atajarla, sin lujos pero se la tapé. Los muchachos en la tribuna improvisada del banco se abrazaban y gritaban. —¡Cabezón! ¡Cabezón! ¡Cabezón! El Negro, como poseído, seguía con la misma cantinela: —¡Cabezón, acuérdate de Josefa! Debía jugarme todo en esta. Recordé la tarde que, sin ser tan trascendente, disputé con el Hugo un juego de canicas. Estaba perdiéndolas todas en un “hoyo y quema” y, ante el asombro de todos, me jugué “la lecherita”, la que era más codiciada por su extrema blancura. Con ella yo tenía mucha puntería, parecía estar hecha a la medida, entraba perfecta entre mi índice y mi pulgar. Esa decisión, aunque costosa, me trajo suerte y pude ganar. ¡Coraje! Coraje era lo que necesitaba, así que lancé “la Pulpo” para adelante y metí una palomita que pegó en el paraíso y le fue derecho a las manos. Todas las tardes no son iguales. Seguíamos cuatro a dos. La parca tomó “la Pulpo”, la hizo picar en el piso con toda su furia como para terminar con el juego. Le salió un cabezazo con alma y vida, pero en lugar de salirle recto, me vino media bombeada, así que pude pararla con el pecho y antes que cayera le metí un boleo que lo dejé parado. ¡GOL! ¿Qué digo gol? ¡GOLAZO! Este se lo grité en la cara mientras los muchachos corrieron a buscar la pelota, no sea cosa que la pisara un camión. Estábamos empatados. Cuatro a cuatro. Ya la cosa tenía otro color. Me tocaba a mí, era ahora o nunca, presentía que si me la sacaba, su próximo cabezazo sería el último. —¡Cabezón, acuérdate de Josefa! 62


El Negro ya cansaba con eso. De repente recordé y supe de qué se trataba. El Negro era bicho, ¡qué bárbaro! ¿Cómo podría acordarse de aquello justo ahora? Josefa era la amiga de una novia que yo había tenido a los quince años. Al Negro siempre le había gustado Josefa y ella también sentía algo por él, pero como ambos eran tremendamente tímidos, nunca se animaron a hablarse y menos aún después de aquello. Todavía hoy nos reímos al recordarlo con los muchachos de la plaza. Una tarde, mientras jugábamos al fútbol en esta misma vereda, vimos venir caminando a mi novia con Josefa y esperamos que llegaran hasta nosotros para entablar alguna tonta conversación, tanto como para que el Negro y Josefa se animaran a conocerse. El Negro siempre lo negó, pero esa tarde yo creí ver que él tenía una sutil erección y, para hacerle una joda, apunté a su entrepierna y le pegué con “la Pulpo”; justo ahí. Mi amigo acusó el golpe con un grito algo desmesurado y se agarró la entrepierna. Ante semejante imagen Josefa jamás volvió a mirarlo a la cara. Por fin los pibes trajeron “la Pulpo”. La hice picar contra el suelo, lo miré de reojo al Negro y le dije: —¿Josefa, no? —¡Sí, cabezón, por fin! —dijo mientras juntaba las manos dando gracias al cielo. Lancé “la Pulpo” una vez más para arriba tratando de medir bien el tiro y le metí un pelotazo a la muerte bien en medio de su entrepierna. La parca cayó de rodillas sobre la vereda y pude ver cómo su rostro, repentinamente, comenzaba a tomar un color azulado mientras hinchaba sus cachetes. Ahí estaba la muerte con sus manos ocupadas y arrodillado en medio de la vereda. “La Pulpo” rechazada por él, vino mansita, la paré y la puse debajo de mi pie derecho. Ahora sí, mi vida tan solo dependía de mí, por lo que, sin ningún tipo de exquisiteces, no dudé y apunté a media altura. 63


¡GOL!… y partido liquidado, cinco a cuatro. ¡Increíble, había podido vencer a la Muerte! Los muchachos en la plaza se abrazaban y subidos al banco gritaban con todas sus fuerzas: —¡Cabezón! ¡Cabezón! ¡Cabezón! Como es la tradición del barrio, fui hasta donde estaba la parca. Todavía seguía amasándose la entrepierna y respiraba tomando grandes bocanadas de aire. Le puse una mano en el hombro y le dije: —¡La próxima vez, flaco! ¡La próxima vez! Después de todo, vas a terminar ganando. Me miró y levantó su dedo pulgar diciéndome: —La próxima no tendrás tanta suerte. ¡Chau, Roberto, seguí disfrutando de tu vida! Crucé la calle y me confundí en un abrazo interminable con todos los muchachos, era una algarabía total, no solo había salvado mi vida ganando “el cabeza”, sino que, además, dejé bien en alto el honor de la barra de la plaza. El mejor abrazo lo reservé para el Negro. Era algo muy especial, nuestra amistad había sido de vital importancia en la gesta que acababa de terminar. Mientras nos apretujamos, sentí que estábamos a punto de lloriquear como tontos cuando él me dijo al oído a modo de confesión: —¿Sabes una cosa, Cabezón?, nunca te lo dije…, pero esa tarde no me acertaste con “la Pulpo”. Una luz blanca me cegó de repente, y quedé mirando el techo de la sala; a unos pasos de mí, estaban los médicos hablando con Rosa. Presté atención y pude oír que le decían: —Mire, señora, de esta zafó, pero que se cuide, no siempre va a tener tanta suerte.

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Las aves del paraíso Manuel Arduino Pavón (2007)

La espesa trama de la vida, la glamorosa urdimbre de verdes salvajes y colores fueguinos lo escandalizaban todo: los ojos palpitantes de los micos trastornados por el tamborileo de los insectos y de los rayos de sol, unos y otros transpenetrando el delicado tapiz de la selva húmeda. También los ojos de Mary y de Andrew, que habían venido al subcontinente en su safari anual, tras algunas instantáneas donosas de las aves más distinguidas y raras que florecen sobre esta parte de la tierra. Año a año dejaban Nueva York para recorrer los vergeles de la creación, los enjambrados aires de la vida, los árboles propiciatorios del jardín del Edén. Allí desfilaban, como saetas y maravillas de variado volumen y masa desordenada, los pájaros y las aves más admirables. Nada se parece tanto al ideal de la belleza transmundana, prefigurado por esos ángeles de la corte celestial. En diez o doce días, habría de comenzar el otoño boreal, y era la época ideal para adentrarse en los parajes de la abundancia y de la preñez de recursos, donde tenían su residencia los celosos y privilegiados habitantes del paraíso, allí, en la selva asiática, lejos del fragor incestuoso de la civilización cementífera y maquinal. Por cierto que extrañaban a los chicos, pero dos semanas de vacaciones de padres era un salario justo por tantas responsabilidades y atenciones de que ocuparse el resto del año. 65


Tenían un espléndido piso a la altura de los altos pájaros en la ciudad de los fenómenos y de las excentricidades, en el foro universal del delirio alcohólico y de la alucinación en casas de cuna, y para los chicos, no había nada como pertenecer a la fauna urbana que atesoraba aquella manzana procelosa, allí, donde, salvo la suciedad humana, nada era completamente natural. Mary y Andrew revistaban en la membresía de la Sociedad Americana de Ornitólogos, aunque no fuera esa una especialidad totalmente profesional: simplemente sincronizaban sus relojes y participaban de encuentros y estudios amables sobre aquellos seres de que tanto disfrutaban. Tres o cuatro veces al año hacían sus convenciones estacionarias en hoteles suntuosos y elegantes, y repasaban sus vídeos y sus fotografías, obtenidas en tierras y árboles tan raros y magníficos, bajo circunstancias tan especialmente apremiantes y a la vez gloriosas, que la comunidad de ornitólogos aficionados de la nación debía inscribirse entre los héroes frugales que habían hecho grande a la nación más expansiva, brillante a la cultura más eléctrica, extremada y graciosamente curiosa a la porción de humanidad más deliciosamente adolescente. En aquella nación de púberes insatisfechos, de metralla y pop corn, de fascistas amables y casas blancas, y nieves, pavos y carbón, un gremio semejante de aficionados a las aves también dejaba aquí y allá sus huellas. Habían llegado a lucir sus rostros gomosos y rosáceos en alguna portada satinada de revistas cosmopolitas, como evidencia de la fastuosa amplitud y del regusto americano por la novedad, lo exótico y lo subtitulable. Concelebraban su condición de ciudadanos de la nación más liberal de la tierra, arcanos adentro, y se permitían dar a conocer sus obras extraacadémicas al mundo en cuanta conversación baladí se desencadenara en cualquier café de rosquillas o restaurante de inmigrantes algo contagioso. ¿Qué otra cosa era el verdadero mundo más allá de América? Como 66


había dicho el viejo Rostand, “somos una corporación que depende más de los pájaros que de los granos, pero por cierto estamos todos bastante gordos”. Andrew tenía el dedo diestro junto al disparador de la cámara todo terreno; Mary era la oficial de la guardia celeste y se ufanaba por haber desarrollado un gran instinto volatinero, por su comprobada idoneidad para rastrear y captar aves entre las ramas enceguecedoras y a distancias a veces asombrosas. Ese día estuvieron caminando desde muy temprano, desde que cuajó la bruma de la selva, en busca del ave que más les atraía, un ave de nombre romántico evocador de la perfección animada, un ave extraída de cuentos de hadas budistas, un ser especialmente perseguido por los cazadores furtivos que traficaban el esplendor con los escrúpulos de un mercader de esclavos y la astucia de un comerciante de trufas alpinas. Y ahora Mary, usando sus prismáticos, confirmaba que una diminuta joya volante hacía su ingreso al escenario moviéndose entre los árboles y sus sombras con una excitación fulminante. Era un pequeño astro del espionaje, un soplo que iba de flor en flor como un acróbata desequilibrado pero aun así suspendido. —¡Mira allá, Andrew, es uno de esos colibríes de que nos habló Williman, tan difíciles de ver! —¿Dónde, Mary, dime dónde? —Está casi a tu altura, entre las ramas del banyano gigantesco. ¿Lo ves? —Creo que sí, lo tengo. ¡Es algo pasmoso! Se podría decir que en cualquier momento se va a estrellar contra la red de ramas y retoños del árbol. Mary se quedó pensando en las palabras de su esposo. Sintió un ligero estremecimiento recorrerle la punta de la nariz, como si se la hubiera rozado un elfo, y debió llevar compulsivamente los dedos a sus gafas. Siendo una mujer de origen eslavo, necesitaba de las gafas cromáticas para defender sus ojos del sol inmoderado de la selva. Observó luego con interés 67


al pequeño merodeador apuntar en su vuelo contra las proliferaciones incontables del árbol sagrado y atravesarlas. —¡Es cierto, Andrew! Hay algo perverso en la decisión con que se lanza sobre el árbol y lo atraviesa de lado a lado una y otra vez. Es asombroso que no se estrelle contra él. Andrew sonrió, convalidando la observación de su esposa, pero no perdió el tiempo en continuar la conversación. Hábil y experto fotógrafo, logró rescatar varias estampas sugestivas del ave temeraria y nerviosa, y de un árbol mítico burlado con gran facilidad. Mary comentó un poco triste: —Hubiera preferido que los chicos estuvieran aquí con nosotros viendo las aves volar y no allá en Nueva York. —Papá y mamá deben de estar haciendo lo mismo que nosotros, pero solo que le están sacando fotos a todo lo que se les cruza en el camino. ¿No hubiera sido divertido haber ido con ellos esta vez? —Dudo que exista algo más divertido que el cielo de Nueva York, pero lamentablemente hay sociedades que gastan su tiempo en avistar naves aéreas que vienen de otros mundos. —Es cierto, Saggie, no hay nadie que mire el cielo de Nueva York por placer. ¡Es extraño! ¿No crees? Mary se había puesto encima abundante repelente para los mosquitos, que, pavorosamente, eran gigantescos y que sí se lanzaban contra todo lo que tuviera movimiento. Andrew era refractario como el acero a esas caprichosas creaciones de la naturaleza. Se divertía mucho con los quejidos de su esposa, le parecían pequeñas obras de teatro improvisadas, en las que ella hacía varios personajes, seguía el curso de distintas conversaciones, lanzaba gritos y maldiciones y, particularmente, 68


chillidos agudos ante cuanta cosa volante que no fuera de su estilo y que le pasara cerca. Todavía no había aparecido el ave espléndida por la que habían llegado a esas tierras abundantes y desmedidas, y eso los ponía ansiosos y tensos. Todo un día de trabajo sin resultados agota a cualquiera. —¿Habrá tantos cazadores furtivos por aquí, Mary? Parece que las hubieran extinguido. —¿No has oído que las atontan con gases creados para capturarlas con vida? —¡Que las atontan! ¡Tonterías! Esta gente no dispone de medios tan desarrollados para atrapar aves finas. Queriendo contradecir la opinión de Andrew, el cielo espeso y morado que se entreveía bajo el velo de la vegetación totalizadora dejó traslucir un vuelo maravilloso: una criatura de una belleza inconcebible navegaba con dificultad. —¿La ves, Andrew? Está sobre tu cabeza. Andrew torció el cuello, guiado por la voz de su esposa, y miró: —¿Qué le ocurre? ¿No es extraño? —Ha de ser el gas paralizante. Debe de haber cazadores cerca. El ave prodigiosa deambulaba sin norte fijo, apenas esquivando los árboles y a ellos mismos. Hasta pudieron haberla atrapado casi sin esfuerzo, pero Mary se condolió. Rápidamente extrajo su teléfono celular y llamó a un amigo que tenía cierta relación con las autoridades en todo lo concerniente al seguimiento y captura de los depredadores de la fauna de la selva. Lamentablemente, nadie respondía su llamada. Andrew no hizo aquello que había venido a hacer. No tomó las instantáneas del ave del paraíso. Atónito y paralizado, apenas si gritó muy emocionado: 69


—¡Se va a estrellar! ¡Va a chocar contra el árbol banyano! ¡Debemos hacer algo! —¡Allá, Saggie! ¿Lo estás viendo? —¡Dios mío, Ron! ¡Esto es terrible! ¿Cómo pudo haber ocurrido algo así? —¡Ojalá que papá y mamá estuvieran aquí! —Está muerta, Mary. Algo le pasó. Mary hizo un prolongado silencio. Le quitó deliberadamente la cámara a su esposo. —Recuerda que solo podemos fotografiar aves vivas, Andrew. —Es cierto. Pero ¿qué hacemos con el cadáver? —Lo llevaremos a las autoridades para que lo examinen, ¿qué más? —¿Te diste cuenta de que se estrelló contra el árbol sagrado, nada menos que contra el árbol más grande de Oriente? —Las cosas más grandes son más difíciles de sortear, Andrew. Eso pasa con todas las cosas grandes en este planeta, todas las cosas grandes caen al suelo tarde o temprano. Incluso las más sagradas, las más emblemáticas. Andrew pensó en las palabras de su esposa y recordó a sus hijos. Los imaginó ocupados en cosas menores, como siempre, bebiendo refrescos y comiendo golosinas y perdiendo el tiempo igual que todos los días, y le dijo a su esposa: —¡Qué suerte que los chicos no están aquí! ¿Te imaginas cómo se hubieran sentido si hubieran visto lo que vimos nosotros hoy? No existen palabras razonables para explicar estas espantosas cosas de la vida.

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Llueve sobre el mar de piedra Mónica Ogando Ferreira (2007)

Llueve. Llueve mansamente; siempre está lloviendo: con una infinita paciencia, con una monotonía abnegada, como toda la vida, llueve. Hace rato que miro llover desde la ventana de un bar. He pedido unas gambas con un vaso de Albariño. El vaso ya está vacío; de las gambas solo queda una carcasa deforme, pero sigue lloviendo, y las gotas de lluvia aferradas sobre el vidrio han pintado un cuadro de Seurat. Llueve; como toda la vida, siempre está lloviendo en Santiago de Compostela. ¿Qué sería del sutil encanto de Santiago sin la suavidad de su lluvia eterna? Claro que el sol existe: a su modo, existe. Pero cuando eso sucede, se trunca la poesía compostelana. El astro rey no puede llevarse bien con la misteriosa Santiago, con su pétrea solemnidad medieval, con el pudor de sus calles angostas recortadas en el tiempo. Solo por la mañana, cuando a veces el sol alumbra, la ciudad de piedra aparece rociada de una cierta luz de ingenuidad. Pero ya han pasado las cuatro de la tarde, y está lloviendo mansamente; como toda la vida, llueve sobre Santiago. Este lugar en el mundo ha nacido para ser arrullado por la monótona percusión del agua de lluvia; esa es su razón de ser. Por eso abandono mi punto de vista estático y salgo a caminar. Mi paraguas y mis botas chapoteando por los charcos siempre me acompañan por las calles en pendiente, y mi recorrido es gris sobre gris: el del cielo sobre la piedra macerada. No quiero caer en lugares comunes, pero la sensación de vivir este paisaje se parece bastante a una experiencia divina. 71


Es verdad que Santiago es la capital de Galicia, y Galicia es una gran piedra de granito en la que se esculpe un mundo generoso e inevitable. Las piedras crecen, se levantan majestuosas por todos lados: en forma de hórreos, de cruceiros, de iglesias; y en Santiago, en forma de catedral. Pero si la piedra en Galicia se matiza con los verdes y azules del monte y de las rías, Santiago solo tiene un destino gris, el más gris de todos los grises. He vuelto a esta ciudad huyendo de mí; he vuelto en busca de un silencio amable. Tal vez he vuelto porque intuyo que aquí voy a encontrar una caricia reconfortante que no desentone con la lentitud de la pena que arrastro. En el fondo, sé que he vuelto a Santiago intentando descubrir mi propio camino. Uno que no tenga ruta visible, pero que me lleve a algún lugar. Entonces dejo que la lluvia me guíe en el laberinto de calles empedradas, y llego a la Plaza do Plateiros, a los lados de la catedral. Una plaza tan ancha que parece entrar a un mar, un mar de piedra. No hay un solo árbol en este corazón de la ciudad señorial. En esta plaza, la de la fuente de los cuatro caballos, absolutamente tapizada por grandes losas de piedra, las palomas picotean en sus juntas. En esta plaza bloqueada por un largo muro de piedra y por recovas en su frente, lo verde parece sacrilegio. Donde se queda la mirada, todo es hierro, piedra y gris. Y toda plaza en la ciudad vieja es vasta como un mar de piedra, desierta, cercada de murallas crestadas. Es que la quietud de extramuros de Santiago no admite la mirada al mar; entonces, el mar se transforma en piedra. Sigo caminando hacia la estampa esencial de la catedral de Santiago. La fachada de Obradoiro, mojada y rotunda, siempre me hechiza por primera vez. Me conmueve el olor silencioso de su piedra ocre color del tiempo. Lo meritorio de mi emoción es que no es la fe lo que la produce. O sí: después de todo, la fe está formada por pequeños motivos personales 72


que las religiones luego intentan organizar. Por lo pronto, en la búsqueda de mi propio camino, he inventado un credo del que soy única devota, y no lo pienso negociar. No debo estar errada: O Pórtico da Gloria me da la bienvenida y suena en mis oídos la sabiduría de la copla popular, A Porta se abre a todos, enfermos e sans; non só a católicos, mas tamém a pagáns, a xudíos, herexes, ociosos e vans; e más brevemente, a bós e profanos. Es que por algo Compostela es un mar de piedra: la piedra ha sido objeto de culto pagano desde tiempos ancestrales; vínculo con lo sobrenatural, con lo sagrado y con lo inmortal. Y vaya si hay en Galicia piedras vinculadas a cultos: una de ellas está aquí mismo, la de O santo dos Croques: una efigie del Maestro Mateo, autor de este mismo pórtico con sus tres arcos. El central simboliza la Iglesia Católica; el de la derecha la Iglesia de los Judíos; y el de la izquierda, la Iglesia de los Paganos. El añejado mármol de las columnas ha tomado un lívido color de carne de pulpo, y está bordado hasta el zócalo de figuras de alucinación. Pero es inútil: en este excelso trabajo hasta las criaturas maléficas y desfiguradas se vuelven bellas. Por eso, fieles y descreídos van a cumplir con el rito de los “croques” en O Pórtico da Gloria. Esos tres cabezazos que piden al maestro algo de su sabiduría y de su inteligencia. Fieles y descreídos; nadie elude este acto: tampoco yo. La fe es un sistema de creencias personales, pero por algo hay que empezar. Compostela es mágica, y la catedral ofrece sus trucos para todos, para fieles y descreídos. El más efectivo es el del botafumeiro. Lo he visto y puedo dar fe de ello. El botafumeiro es el incensario más grande del mundo: el actual tiene un peso de cincuenta y tres kilos, y más de un metro y medio de altura; solo se pone en funcionamiento en misas solemnes. Dicen aquí que su origen está relacionado con la necesidad de resolver un problema de salud pública: en la era medieval, se 73


permitía a los peregrinos dormir en el interior de la catedral para resguardarse del frío y la lluvia. Entonces, monjes y canónigos decidieron encargar la fabricación de un enorme incensario que fuese capaz de desinfectar y disminuir el desagradable olor que producía el hacinamiento. Verlo para creer: el botafumeiro llega a balancearse a setenta kilómetros por hora, elevándose hasta veinte metros de altura. Los magos que practican este truco son los tiraboleiros. Van vestidos con una gran túnica roja, y para mover el botafumeiro tiran de unas cuerdas de esparto, apoyadas en una polea, que hacen que el incensario se balancee: la coordinación entre ellos y su fuerza física es muy importante a la hora de que todo salga bien. No hay más que oír el crujir de la cuerda en la roldana superior y el silbar del botafumeiro al pasar a toda velocidad junto a los fieles. Y también junto a los descreídos. Esta ciudad acumula tanta historia como moho en cada poro de sus piedras. Historia que, aunque la iglesia católica haya intentado apropiarse, nació mucho antes, cuando gentes inquietas se preguntaban qué habría al final de aquella mancha blanca en el cielo, y cuya estela siguieron no solo hasta Santiago, sino en su etapa final hasta el Finis Terre, donde se acaba el mundo conocido. Por eso, aunque Santiago de Compostela integre junto con Roma y Jerusalén la trilogía de ciudades santas, aquí la mística no está vinculada solo a lo religioso. Santiago es toda espiritualidad, y espiritualidad en Santiago es mezcla de religiosidad y magia. Esa magia con que la tradición gallega espanta a las meigas (porque habelas hainas, y vuelan a caballo de una estaca), preparando una buena queimada y recitando su conjuro. Dicen que el origen de esta práctica se remonta a los siglos xi o xii, coincidiendo con la construcción de la catedral.

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Mientras toco el manto plateado de Santiago Apóstol, evoco el encanto del fuego: ayer, en casa de unos parientes de Villanova de Arousa, hubo queimada. Un gran recipiente de barro cocido, con la forma de una gran paellera, le sirvió a mi primo para mezclar el aguardiente con el azúcar. Luego, con un cucharón, también de barro, tomó parte de la mezcla y le prendió fuego. Lentamente pasó el cucharón al recipiente hasta que las llamas se extendieron a todo el líquido; después removió con suavidad tomando cantidades pequeñas de bebida con el cucharón y dejándola caer, con mucha delicadeza, desde bastante altura: la visión del fuego fluyendo en medio de la noche, con las luces apagadas, fue maravillosa y fascinante. Es justo y necesario que a esta costumbre se le atribuyan infinidad de mitos y leyendas, incluyendo poderes curativos y sanadores. Después, hay que decirlo, la cata del líquido caliente servido en pequeños vasos también aporta lo suyo. Ya estoy fuera de la catedral y la noche larga envuelve otra vez el mar de piedra. La lluvia ha cesado, pero pronto volverá, como siempre, como toda la vida en Santiago. He vuelto a esta ciudad en busca de algún silencio amable, alguna caricia reconfortante que no desentone con mi tristeza. Y aquí, en la tierra en que ha nacido Rosalía de Castro, puedo escuchar la nostálgica música de sus versos en el aire. Y puedo compartir este banco de piedra con un Valle Inclán y amar el esplendor de la fachada del Obradoiro. Y sentada aquí, al anochecer, bajo las luces de la bohemia, miro el reflejo sobre la piedra húmeda y solo puedo decir: cuando quiera mutar un lento dolor en belleza, cuando quiera volver a descubrir mi propio camino, uno que no tenga ruta visible, pero que me lleve a algún lugar, lo único posible es volver a Santiago.

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Aquella tarde de fútbol Fabio Fernández Meza (2007)

La madrugada del domingo 30 de mayo, apareció en el horizonte, del lado de la Ciénaga Grande, alegre y danzarina, como la candela del fogón que a esa hora recordaba a los habitantes del pueblo que la aurora de Dios había llegado. A Migue lo despertó la fuerza de la costumbre. Se paró, se desperezó un poco lanzando un grito característico, como descargando las pesadillas y alejando la pereza, cogió la hamaca, la soltó de un extremo, la envolvió y la metió en el otro, salió de la sala donde dormía hacia la cocina; allí su mamá lo esperaba con una totuma de café caliente. Pensó sentarse en un taburete a tomarse su café muy despacio, imaginando, entre sorbo y sorbo, cada recorrido que haría en el campo de fútbol, pensando en la forma de esquivar, al que, decían, era el mejor jugador de toda la región; pero la nota alborotada y nítida de un clarinete lo obligó a asomarse a la puerta con la totuma en la mano. Era la banda de música tocándole la alborada al pueblo que ese día estaba de cumpleaños. Para muchos, lo único que importaba de ese día de fiesta era el encuentro que sostendría esa tarde el equipo de fútbol del pueblo contra la selección de fútbol del Colegio Nacional Pinillos de Mompox. A pesar de ser domingo y día del santo patrono, Migue debía ir a la parcela de su padre a terminar la tarea que él le había impuesto: limpiar de malezas ocho hilos de yuca y maíz, de los que, el día anterior, solo había hecho cinco. En la tarde 76


del sábado, afiló su sable en la piedra que estaba en el rancho donde dormían los burros. En el camino real, se encontró con Manuel Joaquín, quien le deseó que hiciera muchos goles. A sus nueve años, no se perdía ninguno de los partidos del equipo y después le comentaba, extasiado, jugada a jugada a su tía Isyo. Migue pertenecía al equipo de fútbol desde que tenía dieciséis años —de eso, ya hacía tres—, jugando en el medio campo donde lo había puesto Isidro Vergara Echeverría, el presidente del equipo que hacía las veces de técnico, preparador físico, utilero, psicólogo y de caja menor, ya que, cuando no había dinero, Isidro sostenía al equipo con su alma. Al igual que sus compañeros de equipo, Migue tenía esa mañana una razón más para querer que ya fueran las cuatro de la tarde de ese domingo: iban a estrenar uniforme, medias y zapatos, y un par de guantes para el portero, que habían conseguido vendiendo peto caliente y carimañolas de yuca por todo el pueblo. Todavía no salía el sol cuando Migue llegó a la parcela. Sin perder tiempo se dedicó a terminarle la tarea a su papá. Migue era poco amigo de visitar la iglesia; no comprendía por qué el padre predicaba situaciones totalmente distintas de las que aplicaba; no había la banda de música comenzado muy bien a tocar sus porros y sus fandangos en la plaza del cementerio, y ya el sacerdote estaba guapirreando en voz baja en el púlpito de la iglesia en medio de la misa; la procesión del santo patrono la abandonaba cuando escuchaba la banda de música, se dirigía a donde estaba, le pedía una canción y la bailaba solo, y de paso pedía un traguito de ron. Migue sonrió para sus adentros al recordar con alivio que ya no jugarían más como hasta ahora lo habían hecho: con zapatos remendados con alambre dulce, medias rotas en los talones, y franelas que deberían ser blancas, pero cada uno de ellos tenía una franela blanca diferente. Recordó la ocasión cuando 77


su equipo se enfrentaba al del pueblo vecino, y él, disputando el balón con un jugador contrario, levantó más de la cuenta su zapato, y con la punta del alambre dulce que le servía para el remiendo, le hizo una herida de consideración en la cara de su oponente, que parecía hecha por la navaja de una mujer celosa. Menos mal que el médico Edgar Ruiz Aguilera estaba por allí y logró sacar de apuros a Migue. El encuentro se suspendió porque los jugadores se negaron a seguir, por solidaridad con su compañero herido. El sitio donde se llevaban a cabo todos los encuentros de fútbol era un pedazo de terreno sembrado de grama silvestre de una finca que era vecina al pueblo; allí improvisaban las porterías con horquetas y travesaños del árbol de Pinta Canillo, por su resistencia, al que debían quitarle la corteza, ya que era demasiado espinosa. Muchas veces, tenía que detenerse el juego para que, de un extremo a otro del campo, pasaran las vacas del dueño del terreno, que iban en busca del corral a las cinco de la tarde. En el pueblo, el tiempo para jugar era de 120 minutos, divididos en dos tiempos de 60 minutos, impuesto por las personas que oficiaban como árbitros. A veces, el árbitro no conseguía quien le prestara un reloj, ya que pocos eran los que se daban ese lujo, o él no sabía “leer” el que le ofrecían; y el primer tiempo terminaba cuando a él le parecía que ya estaba bueno; y el segundo, cuando los mosquitos acosaban y el balón no se veía en la oscuridad. Pero él estaba siempre con el reloj prestado en su muñeca izquierda, aunque jamás lo consultaba. La banda de música no se cansaba de animar con sus canciones alegres al equipo cuando jugaba de local, y muchas personas bailaban haciendo una rueda a un lado de la cancha, o bajo el viejo Suán que estaba a un costado del campo. Migue, ese día, quería hacer un gol, para que, cuando se acercara a la gente a celebrarlo, le dieran la botella de ron y él 78


pudiera tomar a su gusto a pico de botella, como lo hacían sus compañeros. Isidro Vergara Echeverría, al mediodía, estaba preocupado, porque la mayoría de sus jugadores no habían vuelto al pueblo desde la mañana, cuando habían salido a realizar sus actividades. Unos tenían que ir a pescar; otros, a trabajar a las parcelas; otros, a sacar carbón vegetal hacia el puerto del río en sus recuas de burros; no importaba que fuera domingo o día de fiesta. Todos trabajaban con una colilla de tabaco en la boca. Era el trabajo al que se dedicaban sus padres, y ellos debían colaborar. “El que no la suda no la come”, le recordaban sus padres. Muchas veces, los jugadores apenas tenían tiempo de desayunar a las tres de la tarde, al volver de sus quehaceres; después salían corriendo, porque estaban atrasados, para el campo de fútbol a cumplir con el compromiso. Pero nunca perdían un encuentro en su patio. Lo hacían respetar. Los entrenamientos se hacían tres veces a la semana, descalzos, para que los zapatos aguantaran un poco más. La procesión del santo patrono por las calles del pueblo fue un fracaso. Llegando a la plaza del cementerio, el sacerdote no aguantó más el llamado insistente que le hacía la banda de música y se fue a bailar, dejando la procesión abandonada en la calle. Otras personas se fueron para el campo de fútbol, atraídas por la novedad de que el equipo iba a estrenar de pies a cabeza, y el portero además tendría guantes. A la seño Gloria le tocó, como siempre, continuar con el rosario, llevar el santo hasta el final del recorrido y devolverlo al templo en medio de pocos fieles. El espacio que tenían los jugadores dentro del campo era muy reducido: la mitad del total del campo. La otra mitad la invadían los aficionados, donde se sentaban a discutir las jugadas a gritos, a vender sus colombinas, jugos, almojábanas, pan de queso, casabe de dulce, panelitas, cigarrillos y ron. Cuando el jugador del equipo local hacía un gol, los asistentes invadían 79


el resto de la cancha para festejar, y al árbitro le costaba tiempo y trabajo sacarlos. La banda de música se dirigió al campo de fútbol a animar al equipo. El encuentro comenzó mal. Ningún jugador acertaba a darle una buena patada al balón, no se sentían cómodos metidos en el uniforme cuyo olor a ropa nueva les daba náuseas, y ya los zapatos comenzaban a hacerles ampollas en los pies. Por eso, en un momento de desespero, después de comenzar la segunda parte, Migue agarró el balón desde la mitad del campo y comenzó a correr hacia el arco contrario. Cuando se percató del motivo que no lo dejaba ser ni hacer lo que él quería, se fue quitando, en plena carrera, los zapatos, luego las medias, y dejó al descubierto sus pies ampollados y una pecueca floreciendo sin parar que le estaba ganando la batalla al olor a nuevo que tenían los zapatos, pero sin dejar de cantar a voz en cuello, al compás de la banda de música, el eterno y pegajoso estribillo: “…Y repleto de ilusiones…”. Y así, desembarazándose de tantas vainas que llevaba encima, le pegó al balón como en sus buenas tardes, pero tampoco tuvo suerte, y el portero del Pinillos le atajó el lanzamiento. En el transcurso del primer tiempo del encuentro, Isidro Vergara Echeverría miraba con tristeza que sus muchachos no atacaban al contrario con la contundencia acostumbrada, por temor a que el rival los fuera a tumbar y se ensuciaran el uniforme nuevo. Tampoco comprendía por qué el rival no los masacraba cuando todo estaba servido para ellos. Ni siquiera sirvió que un comerciante del pueblo amarrara un billete de 200 pesos con una majagüa de plátano en la portería contraria para incentivar al grupo, cosa que antes había funcionado muy bien. Cuando ya era imposible adivinar por dónde andaba el balón, y por la presión del público y de los mosquitos, el árbitro dio por terminado el encuentro. 80


Lo único que se escuchaba era la banda de música, pero ya nadie bailaba. Los jugadores salieron adoloridos, tanto por el empate como por la incomodidad de los zapatos nuevos, todos sudaban “como burro harto de tierra”, como decía la mamá de Migue, rabiosa cuando su hijo llegaba bañado de sudor. Cuando Manuel Joaquín quiso llegar al campo de fútbol, ya el encuentro había terminado. Su demora se debió a que la seño Gloria le pidió que la acompañara a llevar el santo patrono hasta la iglesia. Al encontrarse con Migue, que iba para su casa con los zapatos nuevos en la mano y la cabeza gacha, Manuel Joaquín le preguntó quién había ganado el encuentro. Migue, sin levantar la cabeza y sin detenerse, le contestó: —La banda de música.

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