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nadie puede odiarte
con tanta intensidad
























Nadie puede odiarte con tanta intensidad como alguien que solía amarte.
La frase que invade los pensamientos de la diosa Artemisa desde hace milenios, mientras ve con el corazón en la mano y un par de lágrimas en su rostro, como su primer y único amor, Orión, atraviesa las constelaciones y las olas para acabar con su vida. cuenta la leyenda que, en la época dorada, cuando los dioses caminaban entre nosotros, en el corazón de Creta; Artemis, Artemisa, o Diana, como la conocen los romanos, encontró al único rival digno de su atención en la caza, Orión. Orión, hijo del soberano de los mares y nieto de Minos de Creta era el mejor cazador entre todos los mortales y naturalmente captó la atención de la bella y casta diosa de la caza.
Artemisa y Orión pasaban sus días cazando, conociendo las más profundas intimidades del otro en medio de la densidad del bosque, confiando entre ellos sus más oscuros e importantes secretos. Orión amaba a Artemisa, la amaba porque le había mostrado mundos que nunca pensó que podían existir, empujó cada vez más sus límites y le mostró habilidades que ni en sus más locos sueños podría haber alcanzado. Y en retorno, Artemisa amaba a Orión.
Artemisa nunca pensó en el amor como un sentimiento que fuera capaz de sentir. El amor estaba en las leyendas, en los desenlaces trágicos de todos los amantes que en todos sus milenios de vida había visto pasar. Pero el amor no estaba en ella. O eso pensó. Hasta que llegó Orión, mortal, excepcionalmente sobresaliente, pero mortal. Orión le había mostrado que existía algo más allá de la solitaria vida eterna, algo mucho más grande que el cosmos entero o todas las responsabilidades que venían con su papel de deidad. Orión le había mostrado autenticidad, inocencia, un candor propio de alguien que no había visto aún todas las atrocidades que ahogaban la tierra y el universo. Era intoxicante. Quería perderse para siempre en el bosque con él, escapar de su divinidad, de su linaje. Orión le había dado algo que ella no conocía: el regalo de ser. De ser porque sí, para uno mismo, no para nadie más.
Pero como toda tragedia griega, lo único que dura para toda la eternidad es la miseria. En su afán de existir como una mortal más, había dejado sus tareas de deidad a un lado. La luna ya no brillaba como debía en el cielo en las noches y los cazadores perdían su rumbo llegando a la perdición con mucha más frecuencia de la debida. Ningún dios estaba contento, aún más su hermano, Apolo, quien estaba acostumbrado a la presencia de su gemela en el cielo y empezó a molestarse con su ausencia.
Pero por encima de cualquier cosa, de cualquier amor, Artemisa era una diosa, era competitiva, arrogante, y su sentido de responsabilidad egoísta no permitiría que nadie, y mucho menos su hermano, tan inferior a ella en tantos sentidos, cuestionara su papel como la deidad que adornaba el cielo nocturno.
Así que, cegada por la soberbia y las ganas de demostrar que nada podría ganarle, aceptó el aparentemente inocente reto de su hermano: dispararle con su arco a un objetivo distante que nadaba entre los mares de Creta. Nunca dudando de su habilidad, Artemisa con sonrisa soberbia acertó al blanco en el primer intento. Y no fue hasta horas después, cuando estaba esperando extrañada a su amigo ausente, cuando el mar trajo su cuerpo sin vida a la orilla, que se dio cuenta que por su soberbia había acabado con el único amor que había sentido en su larga y solitaria vida. Destrozada y sin poder creer hasta donde la había llevado su arrogancia, envió el alma de Orión para que viviera por siempre en los cielos, cometiendo sin embargo el segundo peor error de su vida.
Orión había cambiado. Ya no quedaba nada del mortal inocente que tenía en sus ojos el amor más profundo del mundo. Ahora, en sus ojos negros como agujeros, solo había odio. Orión siempre había declarado que hubiera dado gustosamente su vida
por Artemisa, lo que nunca imaginó es que ella estaría al otro lado de la flecha que lo llevó pies por delante al inframundo.
En el camino hacia abajo y devuelta hacia arriba pudo reflexionar y revolcarse en la traición, así, cuando llegó de nuevo al mundo de los vivos, no escuchó razón alguna. Su primer y único amor había acabado con su vida, no sin antes humillarlo en el proceso. Era algo imperdonable.
Así que, en su camino hacia el cosmos, se prometió a sí mismo pasar el resto de sus años tratando de vengar su propia vida, y cazar a Artemisa hasta que la última estrella se apagara.
Orión fue, es y será el enemigo perfecto para Artemisa por toda la eternidad. Porque la conoce. Conoce sus alegrías, tristezas, esperanzas y sueños. Conoce hasta el último pensamiento en el lugar más recóndito de su mente. Y la amaba.
La amaba con locura. Por eso ahora puede odiarla con pasión, con todas las fuerzas de su mente, con toda la gasolina de la traición. Porque nadie puede odiarte con más intensidad que alguien que solía sentir amor.




A Andrés y Camilo, que siempre modelan sin rechistar.
A Andrea, que le pone el mismo amor a ayudarme como a los trabajos de ella.
A Natalia, que nunca me dice que no a nada. Y a mí, que a pesar de todo seguí escribiendo para no morirme.



El amor y el odio más que emociones opuestas, son emociones hermanas en profundidad e intensidad. Bien dicen que del odio al amor solo hay un paso