LOS VALORES EN LA UNIVERSIDAD ManuelGonzálezÁvila Guatemala, marzode2013
I.
LOS VALORES EN LAS PREGUNTAS INICIALES ¿Paraunauniversidadcentroamericanacuálessonlosretosqueplanteanelsubdesarrollo científico, técnico, socialypolíticodesuentornosocialylasnuevasycomplejasdinámicas mundiales? ¿Cómopodemosenseñarhabilidadesdemocráticasycívicasenunmedioqueenvarias formasimportantesesantidemocrático? ¿Sonimportanteslosvaloresylaéticaparadefiniraccionesporpartedeindividuose instituciones? ¿Si loson, cómooperanlosmecanismosdeaprendizajeyexpresiónde valores? ¿Quémodalidadeseducativashanfracasadoenlaformaciónuniversitariaparapromover actitudesyvaloresenprofesoresyalumnos? ¿Quéhacerparasuperarlasequivocaciones delpasado? ¿Hemosplanteadotodaslaspreguntasquesonnecesariasysuficientesparatomar decisionesentornoloquequeremosdelasuniversidadescentroamericanaseintroducir cambiosreales? ¿Cuálessonlosvaloresquesubyacenenlasconductasactualesdelaformación universitaria? ¿Sonelloslosmáscoherentesconlospropósitosuniversitarios? ¿Cuáles puedenserlosvaloresdeunanuevauniversidadcoherenteconlasociedadalaque perteneceyconsigomisma?
Las reflexiones que se plantean aquí han resultado de mis experiencias como profesor, investigador y administrador académico universitario desde la década de los años 70. Algunas de las condiciones comentadas son aplicables en las universidades de Centro América y, probablemente, también en otras regiones. Adicionalmente, las propuestas pueden ser de valor para los interesados en temas relacionados con las innovaciones universitarias y en relación con los problemas de la paz, la democracia y el desarrollo de nuestros países. Algunas universidades muestran los efectos de una prolongada crisis educativa cuyos signos se manifiestan en casi toda la vida académica. En Guatemala se ha sentido la crisis y se han propuesto algunas soluciones, pero muchas de éstas tienen carácter inmediatista, tienen preocupaciones solamente formales o no ayudan a resolver las graves desigualdades. Además carecen de los suficientes elementos para corregir los problemas. Hay falta de es-
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pacios para deliberar sobre los propósitos universitarios y la misión que las universidades tienen con respecto a la Sociedad. A menudo vemos apoyo exclusivo a procesos formales iniciados de arriba hacia abajo, desde la dirigencia, como requisitos que hay que cumplir. Esto conlleva grandes riesgos. Uno de ellos es que conduzcan a las instituciones de educación superior a decidir cambios superficiales cuando lo que se necesita muy obviamente son cambios profundos. También puede llevarnos al autoaplauso en la ilusión de que realizamos algo fundamental mientras sólo efectuamos modificaciones cosméticas. Con el autoengaño sólo posponemos los cambios necesarios, se agrava la crisis y la universidad se expone vulnerable ante intereses particulares y ajenos. Es necesario un cambio de actitudes y valores en las maneras como pensamos, hablamos y actuamos. Esto se dice demasiado fácilmente, pero implica mucho esfuerzo y mucho tiempo. Es posible, sin embargo, que mediante el estudio y la comprensión de los aspectos morales propios de los programas educativos, la investigación y las relaciones interpersonales logremos incorporar perspectivas éticas en esas dimensiones de la vida universitaria. Es cierto que la universidad puede contribuir a consolidar algunos antivalores (individualismo, mediocridad, conformismo, clientelismo, por ejemplo) actuales; pero al contrario, también puede asumir una función crítica frente a ellos y apoyar la realización de cambios positivos en la sociedad y en la misma universidad. Por dónde empezar si tratamos de comprender cómo los resultados de una decisión universitaria se llegan a materializar en actos, actitudes, métodos, contenidos, políticas y filosofías. Es obvio que la sola emisión de un decreto no es suficiente. Es necesario que todos los sectores afectados tengan oportunidades de expresarse con libertad y que los sujetos reconozcan la norma como un objetivo personal, propio, de sí mismos. El diálogo y el debate deben incluir a investigadores, profesores, alumnos, administradores académicos, trabajadores, y organizaciones de la Sociedad. Entonces, antes de prescribir soluciones, caben las preguntas: ¿Pueden hacerse los cambios deseados sin una participación amplia de todos los que posiblemente pueden estar interesados? ¿Hay una innovación real cuando los resultados finales del proceso de cambio son documentos y no los necesarios cambios de actitudes, nuevos procedimientos, cambios organizacionales y nuevos propósitos? ¿Se ha introducido un cambio real en el sentido deseado
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si las acciones son motivadas por la obediencia o el miedo? ¿Pueden lograrse las innovaciones sin cambio de valores? ¿Sin su búsqueda permanente? Sin pretender dar una definición, los valores pueden entenderse como aquellas condiciones, características o cualidades intrínsecas, reales o potenciales, en las sociedades y las personas, en el ambiente natural o en las cosas que pensamos que son importantes, deseables o preciosas. Existen (real o potencialmente) en la relación entre el objeto y el sujeto, no sólo en uno u otro. Hablamos de valores morales y éticos cuando tienden a mejorar la calidad de las personas individual y colectivamente. Son relativos y contrarios a los antivalores. Aquí cabe un par de aclaraciones. En primer lugar, usamos el término de antivalores para denotar los valores contrapuestos. Y segundo, la distinción que hacemos aquí entre valores y antivalores es con fines didácticos. En la vida real, la mayor parte de las veces encontramos dilemas morales entre dos bienes, es decir, entre dos valores, y el problema es descubrir cuál es el valor mayor para el contexto y la circunstancia o proceso social que estamos viviendo. En otras ocasiones el problema es averiguar cuál es el peor de dos o más males con el fin de decidir qué acción tomar. Los denominados aquí como antivalores pueden ser valores que son cultivados explícitamente por algunos como algo deseable. Por ejemplo, el lucro obtenido mediante el despojo a otros, o el sufrimiento, es considerado aquí como un antivalor, a juzgar por las consecuencias que observamos de su práctica. Pero cabalmente la concepción hegemónica actual le da un realce especial como algo que debe prevalecer sobre otros bienes, tales como la vida y la dignidad de las personas. El repetido ejercicio de antivalores sólo puede sostenerse mediante la violencia, el engaño y el cinismo. Con ello se puede comprender que no son sólo los valores los que pueden tener sus opuestos y que hay conflictos de valores, también los hay en conocimientos, imaginarios, ideologías y paradigmas. Cuando se encuentran en la universidad, los valores y los antivalores guardan cierta correspondencia con sus contrapartes en la Sociedad por cuanto que la Universidad es parte de ella. No obstante, es necesario mencionar que una universidad no es un mero reflejo de su entorno social, pues goza de cierto grado de autonomía para realizar sus procesos internos, de una manera análoga a la autopoiesis en los seres vivos. Con dicha autonomía la Institución acepta responsabilidades para contribuir socialmente. Pero al contrario, dicha condición también puede ser utilizada para reproducir errores y vicios sin la debida supervisión social.
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Los procedimientos, los métodos y los procesos organizativos internos que aplica una institución imprimen su marca y son determinantes sobre los productos. En el caso de las instituciones educativas, los productos son conocimientos, métodos e imagen pública, entre otros. En conjunto, todos ellos constituyen la cultura institucional pues expresan consciente e inconscientemente las ideologías y valores subyacentes. Su discusión ayuda a explicar en alguna medida algunas de las limitaciones universitarias mencionadas antes.
II. CONTEXTO Y OPORTUNIDADES PARA LOS CAMBIOS UNIVERSITARIOS Los procesos políticos, económicos y sociales que desde mediados de 1989 han ocurrido en el mundo, han generado un contexto drásticamente distinto al que estuvimos acostumbrados durante décadas. El esquema de bipolaridad en la política mundial dio paso a una nueva época en la historia. Esta época se caracteriza por varios procesos nunca antes vividos: una sola hegemonía militar, multipolaridad económica manifestada en la conformación de grandes bloques en abierta disputa por megamercados transnacionales, explosión de la información al mismo tiempo que implosión del significado, creciente control del consumo basado en el avance tecnológico de los medios de comunicación y ensanchamiento de la brecha entre países ricos y países pobres. La conclusión de la confrontación Este-Oeste deja ver ahora la de Norte-Sur. A las tensiones que existen entre el capital y el trabajo, ahora se suma una gran diversidad de conflictos derivados de las expresiones sexuales y de género, la lucha por los recursos naturales (la energía, el agua, el aire, los suelos, los minerales, la vida animal y la riqueza vegetal), la protección de los desvalidos, las identidades étnicas y culturales, la niñez, la lucha contra la violencia, la trata de personas y la narcoactividad, entre otros. La conflictividad humana es diversa y compleja. Muchos de los conflictos son manifestaciones de las tensiones subyacentes entre la avaricia y la sobrevivencia, el dinero o la vida. El despojo de los recursos que sufren algunos países a manos de los poderosos externos e internos se hace por la fuerza y con violencia. Véanse los ejemplos del petróleo, la tierra de cultivo y la minería. En consecuencia, aparecen nuevas formas de exclusión y apartheid. Por estos y otros procesos que vivimos hoy en el mundo, el planeta mismo sufre acelerados cambios que ponen en cuestión la vida humana tal como la conocemos. La preocupación por el desarrollo hu-
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mano concebido como crecimiento no se pregunta cómo crecer y a qué costos, una omisión que es catastrófica. Estas y otras condiciones han modificado substancialmente las realidades políticas de nuestros países. Pero las estructuras económicas y sociales siguen siendo las mismas. El lucro se ha instalado como un miope valor, más bien un antivalor, que se sobrepone a otros valores que son fundamentales para nuestras sociedades. Observamos destrucción del ambiente, desprecio por la cultura y la diversidad, sensación de impotencia de las personas para controlar sus propios destinos, miedo a la incertidumbre. Pero también se han producido procesos de transición que traen consigo nuevas oportunidades. Estos quizá contienen los caminos alternativos. Los espacios de participación política se han abierto progresivamente con pequeños pasos. La intolerancia ideológica gradualmente ha cedido paso al diálogo y al respeto a la diversidad. Nuevos sujetos de la sociedad civil se constituyen en protagonistas de movimientos políticos y sociales: los pueblos indígenas, los movimientos humanitarios, las organizaciones de mujeres, la protección del ambiente e incipientes organizaciones que propugnan por un efectivo Estado de Derecho y el fin de la impunidad. Son cambios que se han logrado con evidentes resistencias de los privilegiados y sus cuadros. De una manera muy explícita los pueblos y las organizaciones sociales demandan acciones para impulsar la paz y el diálogo. Se manifiestan por la eliminación de todas las formas de conflicto armado y de las maniobras políticas basadas en la demagogia, el miedo o la violencia. Pero esas acciones se dan en momentos en que las instituciones educativas, algunas universitarias, sostienen agendas aparente o falsamente democráticas, a veces claramente antidemocráticas propugnadas por fuerzas desinteresadas en el cabal cumplimiento de los fines universitarios, algunas con indicios de que más les interesa instrumentalizar a la Institución con propósitos ajenos.
III. LAS RESPUESTAS ESPERADAS En la actualidad los aportes universitarios adquieren especial importancia. Quiérase o no, los fenómenos socio económicos globales imponen urgentes transformaciones educativas. Las sociedades actuales dan alta prioridad a la tecnología y muestran tendencias a cosificar o excluir a las personas. Los problemas de paz y democracia de unos países afectan a otros. Brotan tensiones sociales a partir de las diferencias no resueltas entre ricos y pobres.
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La avaricia de países poderosos pone los ojos en los recursos y la ubicación de los más débiles. Todos estos son temas contemporáneos que caen dentro de los ámbitos de la Ciencia y las Humanidades (antropología, filosofía, ciencia política, psicología social y clínica, biofísica, genética, agricultura, microbiología, medicina, ética, y sociología, por ejemplo) y, por lo tanto, de las universidades. Hay entonces una clara necesidad de que las universidades busquen nuevas maneras de cumplir sus funciones y ofrezcan respuestas concretas a los dilemas sociales y ecológicos. Esto debe tratarse con la consideración de las condiciones internas propias de la Universidad y algunas de las disyuntivas actuales. Algunas de éstas son tópicos conflictivos, como por ejemplo, la controversia entre profesionalización y formación general, especialización y “polivalencia”, y el énfasis en contenidos o procesos educativos. También se enfrentan problemas en el crecimiento de la población estudiantil, la estrechez financiera, la pérdida de docentes e investigadores ante el sector público y el privado, la carencia de los suficientes programas de postgrado, los problemas en el reconocimiento de las competencias y conocimientos adquiridos fuera de la educación escolarizada, la incoherencia de los esquemas administrativos con respecto a los propósitos académicos y otros. Como estos son retos que debe asumir la Universidad, es necesario buscar maneras para exponer abierta y participativamente cuáles son las necesidades sociales y cuáles son las necesidades universitarias para buscar la coherencia entre las acciones y productos universitarios con respecto al país. Sólo entonces podremos seleccionar opciones para actuar con mejor posibilidad de responder a la demanda social. Para hacer esto, los procedimientos decisorios y operacionales actuales no son suficientes porque son cerrados. Es importante que comprendamos los mecanismos y valores inherentes a los procesos de la toma de decisiones para poder identificar las fallas y corregir los valores que subyacen en ellos.
IV. UNA SÍNTESIS SOBRE LOS PROBLEMAS UNIVERSITARIOS Nuestro primer esfuerzo ha de ser el de buscarnos a nosotros mismos y convencernos que el mejor desarrollo posible es el desarrollo de un movimiento universitario capaz de ser coherente consigo mismo y su entrono social, por lo que somos y por lo que estamos llamados a ser. No en comparación con otros movimientos o instituciones. Una universidad es una institu-
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ción de pensamiento, conocimiento y cultura. Su relación con la tecnología no es la de la compra y la transferencia acrítica, sino crearla, desarrollarla, adecuarla y evaluarla. Pero más importante todavía es cooperar en el medio social para comprender dicho medio, así como también a nosotros mismos, nuestros problemas y hasta a nuestros ideales y las posibilidades de alcanzarlos. En Guatemala, los problemas que enfrenta actualmente el movimiento universitario son explicables como procesos históricos generados por una complejidad que incluye a muchos procesos. Algunos son internacionales y globales. Otros son muy puntuales y también muy decisivos en la vida institucional, como la singular violencia desatada contra la Universidad estatal y los intelectuales en los años 1970 a 1990, o la violencia que actualmente vivimos como país. Lo real es que ahora los problemas están ahí expresados en diferentes formas. Es necesario abrirlos, aceptarlos como situaciones problemáticas y decidir colectivamente las opciones de solución. Puede demostrarse la existencia de las siguientes condiciones.1 En forma breve describen la situación actual. EnEnseñanza-Aprendizaje. No existe un proyecto curricular que señale algunos acuerdos mínimos. Esto implica que falta una teoría educativa explícita que oriente los programas educativos institucionales y dé coherencia a las instituciones educativas públicas y privadas, que no existe documentación, discusión ni aceptación de los principios valorativos para el proceso educativo en la Sociedad en su conjunto, y que falta integración del proceso educativo universitarios con la investigación y la extensión, entre otros problemas. Hemos sido testigos de interminables repeticiones infructuosas de modas educativas que no son aceptadas en otras sociedades y que, sin embargo, son impulsadas acá. EnInvestigación. La influencia de la investigación realizada en el país es insuficiente. La época y el contexto demandan un mayor esfuerzo en esta área. Pero no se ha podido vencer por un lado, el poco entendimiento de los fines de la investigación y, por otro, los obstáculos burocráticos en la generalidad de las instituciones relacionadas con la producción y divulgación del conocimiento. Las decisiones relacionadas con los programas de investigación tienen la marca de la arbitrariedad y la confusión. Además, hay falta de aprovechamiento de oportunidades de financiamiento externo, internacional y nacional. Así, hay pocos elementos teóricos, que se articulen como un sistema de conocimientos, que puedan señalarse como aportes decisivos de la Universidad.
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EnExtensión. Hay deficiencia en el apoyo institucional para el desarrollo de formas alternativas de vinculación de las universidades con la Sociedad en los órdenes de la integración académica (falta de apoyo a los programas con comunidades, EDC, EPS y EPSUM), el desarrollo cultural y la comunicación social (folletos, televisión, comunicación gráfica, producción editorial). Con unas pocas excepciones, las aportaciones universitarias en los medios de comunicación nacionales son muy pocas. Las aportaciones críticas son aun menos. EnlosProgramasdeApoyo(MarcoJurídico, Administracióny Finanzas). En la universidad pública y estatal, el problema jurídico consiste en que hay incongruencia entre las normas jurídicas, por un lado, y los propósitos, procedimientos y formas de organización, por el otro. Algunos de los obstáculos legales son fundamentales. La burocracia administrativa y financiera central realiza una actividad que, sirviéndose a sí misma, está desvinculada de los propósitos fundamentales universitarios. No se ejecuta una política administrativa que busque la eficiencia y eficacia de sus procesos con pleno reconocimiento de lo que es una institución académica. Los enfoques administrativos de las empresas productivas y comerciales no son los mismos que los de una universidad porque los contenidos y los valores que manejan son distintos. Sin embargo, en la vida universitaria actual, en general, los presupuestos universitarios se utilizan en alto porcentaje para la administración y relega a un plano secundario la investigación, la docencia, la extensión y la inversión para el desarrollo educativo.
V.
LOS ANTIVALORES QUE DEBEN SER IDENTIFICADOS Las pretensiones de cambio académico real deben considerar los procedimientos que las universidades aplican internamente y comprometerse a examinar la cultura institucional en el largo plazo. Los antivalores deben ser identificados, en primer lugar. Luego, su presencia debe ser aceptada como problemática –lo cual es difícil por cuanto que usualmente no se piensa que uno mismo practica antivalores– y corregidos o contrarrestados. Es muy preocupante que en las últimas dos décadas, observamos muy repetidamente las manifestaciones de grandes problemas institucionales de naturaleza moral. Estos causan insatisfacción de muchos universitarios, provocan mala imagen institucional y una insuficiente contribución universitaria al país. Es necesario discutir abiertamente estos problemas dondequiera que se encuentren, identificar sus características específicas y corregir lo que sea
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necesario en cada caso particular, sin caer en la aceptación de dichos males como algo “normal”. Entre los problemas más graves que hay que considerar están los siguientes. La sola sospecha de alguno de ellos justifica que promovamos una actitud vigilante y crítica: autoritarismo, clientelismo y servilismo, fundamentalismo y dogmatismo, mediocridad, usurpación de cargos administrativos por políticos profesionales y aspirantes a políticos profesionales, sectarismo y rechazo a la crítica. Vemos también expresiones de sexismo, racismo y otros tipos de discriminación o abuso, formalismo, manipulación de la verdad, falta de sinceridad y demagogia, falta de transparencia, anomia y, en algunas instituciones, corrupción en general institucionalizada. Las universidades no son inmunes a estos problemas, más bien hay destacados esfuerzos para denunciarlos, comprenderlos y erradicarlos.2 Algunos países han empezado a denunciar y tomar acciones ejemplares para corregir problemas como estos3. Antes de negarlos, debemos prepararnos para reconocerlos, comprenderlos y erradicarlos. Intentaré entrar ahora en mayor detalle en algunos de ellos. El Autoritarismo La práctica de métodos docentes y administrativos autoritarios sólo puede ayudar a perpetuar una práctica autoritaria y arbitraria. Como puede esperarse, cuando los estudiantes son formados con métodos autoritarios se conviertan en profesionales que también reproducen métodos autoritarios. Los ejemplos de una práctica autoritaria se encuentran cuando un administrador, docente o estudiante decide y ejerce acciones excluyentes, exige una mal entendida “disciplina” entre sus colaboradores y tiene o aplica la visión vertical del “jefe.” Cuando la disciplina mal entendida y “obediente al jefe” se aplica al trabajo intelectual no toma en cuenta que las ciencias y las humanidades son amplias, plurales y deliberativas. No son intolerantes ni subordinadas a la autoridad. Los esfuerzos educacionales que desean contribuir a una experiencia universitaria crítica y reflexiva no pueden ser autoritarios. El desarrollo del criterio profesional y académico no se favorece en las estructuras jerárquicas verticalistas y sofocantes. Más bien necesitan ambientes que propician el pensamiento exploratorio, reflexivo y el análisis deliberativo. Por la cosificación de las personas que implica, el autoritarismo es inmoral. Más aún, en una universidad es elemento de corrupción e ineficiencia. Se equivoca el mandamás: el trabajo intelectual es pensamiento libre y creativo, algo totalmente distinto a la obediencia.
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Bajo el autoritarismo, los aportes a los procesos de paz y a la democratización son necesariamente pobres, por cuanto que es escaso el sustento político que pueden lograr las iniciativas verticales basadas en la dependencia de la autoridad o la amenaza real o simbólica. Y agregado a esto, se darán en un medio social guatemalteco que ya es notoriamente autoritario y excluyente. El producto tenderá a reforzar las mismas características. En esa forma de entender las relaciones humanas, la Universidad no favorece al nuevo profesional, ni a la Sociedad, ni a ella misma. Las opciones opuestas al autoritarismo se encuentran en el cumplimiento fiel de los fines universitarios; y ante todo en la participación y en los esfuerzos por lograr la reflexión, el terreno común y el diálogo. El cultivo del pensamiento, el conocimiento y la cultura necesitan amplios espacios de libertad. El Clientelismo y el Servilismo El clientelismo es una práctica de alguno o algunos individuos de una institución que puede convertirse en una marca institucional más o menos generalizada. Es la práctica de favorecer y proteger por parte de los funcionarios u otras personas que tienen el control de recursos o poder, a otras. La relación entre las personas ubicadas a ambos lados del acto clientelar no es simétrica. Se da en una clara relación de dominación, característicamente, con sumisión, adulación, subordinación o servilismo. El subordinado gestiona un bien deseado ya sea dentro del marco de la legalidad y cumpliendo fines institucionales o en provecho propio. En el intercambio del favor el cliente recibe un bien y el funcionario –o una persona con suficiente poder para influir en él– obtiene la consolidación en su cargo o más poder. Es una forma de interacción entre los miembros de una institución en la cual los fines institucionales son relegados en favor de intereses particulares o contra aquellos que no se adhieren a esta forma de conducta. Las decisiones se toman con arbitrariedad y muchas veces con abuso. En la medida que este vicio se generaliza, así se corrompe el sistema porque las decisiones se toman cada vez con mayor arbitrariedad y con menos disposición de dar cuentas. En una institución que ha entrado ya en un avanzado sistema clientelar, los directivos se permiten acciones que en circunstancias normales parecerían como una aberración, entre ellas, los castigos y las expulsiones a quienes se resisten a entrar en la lógica de los favores. Una vez el clientelismo se ha institucionalizado, los miembros de la institución toleran la noción del intercambio de favores como parte de las costumbres, los imaginarios y las habilidades necesarias para funcionar en el sistema, o la aceptan en la práctica aun cuando la re-
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chacen en ambientes seguros. El realce que se da a la interacción (o intermediación) basada en favores y el olvido de los principios y los fines institucionales son los resultados más funestos del clientelismo. El Rechazo a la Crítica El rechazo a la crítica tiene manifestaciones diversas: las contrataciones hechas sólo a personas afines, la refutación falaz ante un planteamiento adverso, la ausencia de debate público y deliberación. En sus actos excluyentes los que rechazan a la crítica ahogan la expresión de caminos alternativos para comprender los problemas y las opciones de solución. Este antivalor es evidente en algunos sectores universitarios. Rechazan la crítica bajo consignas y pretextos. Aunque muchos, sin embargo, conservan su capacidad crítica y autocrítica. El rechazo a la crítica es observable en algunos funcionarios y profesores cuando aparecen señalamientos que resultan incómodos, aun cuando tales señalamientos se ofrecen a la comunidad para procurar el diálogo y la reflexión. Tal parece que no hemos llegado a comprender suficientemente en nuestras instituciones educativas que la crítica cuando no es falaz e irresponsable, es positiva y signo inequívoco de esperanza. Y al revés, todas las manifestaciones contra la crítica (exclusión, secretividad, silencio, intriga, complotismo e indiferencia) son signos inequívocos de desconfianza o desprecio por las capacidades ajenas. Por eso mismo son pesimistas, desesperanzadoras y favorecen la corrupción institucional. La crítica así como la generosidad y la solidaridad empiezan en casa y con nosotros mismos. Frecuentemente se celebra la función crítica universitaria, especialmente cuando se dirige hacia instituciones externas; pero también se advierte una exagerada susceptibilidad cuando se expresan las autocríticas. Tal susceptibilidad contrasta con los principios universitarios porque pierde de vista que la Universidad es necesariamente heterogénea. El cultivo de las habilidades intelectuales exige libertad para la discusión y la expresión de juicios diversos. Las universidades son instituciones que apoyan la diversidad en la argumentación y los juicios. El ejercicio de una crítica responsable es un elemento cardinal en la construcción, reproducción y divulgación de la ciencia, la filosofía y el arte, las materias primas de la educación universitaria. El análisis crítico y la atención al desarrollo de la capacidad de autocrítica deben ocupar un lugar preponderante en las universidades, especialmente cuando a la par de la crítica se manifiestan opciones factibles de solución.
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El Dogmatismo Dogmatismo es la adhesión tenaz, irreflexiva y, a veces, doctrinaria, a verdades supuestamente irrefutables y la negación a aceptar enfoques o soluciones alternativos, diferentes a los propios. Es afín al sectarismo y al fundamentalismo. Igual que estos contiene el supuesto de infalibilidad, lo cual atenta contra la producción científica y envenena el pensamiento universitario. Es improbable que una persona adquiera criterios de valoración de las diferencias y cultive la actitud científica en un ambiente en el que aflora la rigidez del dogmático. Las manifestaciones abiertamente dogmáticas son probablemente escasas en el ambiente universitario, pero en ocasiones sí se observan hábitos sutiles de práctica dogmática. Los vemos en las extendidas limitaciones para escucharnos unos a otros, por ejemplo. Las actitudes del humanista y el científico no sólo son abiertas a la deliberación y la reflexión sino que además las valoran y las promueven. La ciencia y la actitud universitaria son abiertas a las opciones de interpretación y decisión. Tienden a ser transparentes. Ambos, el pensamiento universitario y la ciencia empiezan por reconocer que sus métodos y el conocimiento son falibles y perfectibles. Casi todas las otras formas de producción y reproducción de conocimiento muestran un rasgo común: se aferran a verdades absolutas e indiscutibles. En este punto es inevitable pensar en las semejanzas compartidas por los enfoques, valores y procedimientos de la ciencia y la filosofía, los de la actitud universitaria y los de los métodos políticos de la democracia. La Falta de Coherencia e Integridad Estos dos aspectos van de la mano. Cuando las soluciones son parciales y carecen de una visión integral de largo plazo, tienen un impacto social escaso o, peor aún, son contradictorias entre sí. Por eso es impostergable resolver las faltas de coherencia entre varios aspectos de la vida universitaria. La dedicación de un tiempo prudencial a la reflexión de este punto sería muy provechosa. Por ejemplo, es necesario evaluar el grado de relación entre los propósitos académicos de la Universidad y los de la Sociedad. De igual manera, debe evaluarse la coherencia entre los propósitos académicos de la Universidad y los de contribución social. ¿Podemos relegar unos en favor de los otros? ¿Podemos ver coherencia entre los propósitos universitarios y los productos que entrega a la Sociedad actualmente? La búsqueda de objetivos de naturaleza diferente a la ciencia, la tecnología y las humanidades, como puede ser la búsqueda de objetivos políticos
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partidistas, no sólo no es función principal de la Universidad sino que incluso, desvirtúa a la Institución o la somete a desgastes innecesarios. Hace entrar a la Universidad en situaciones que no le son propias, en injustificado conflicto interno y, muchas veces, también externo. Debemos analizar los problemas de coherencia dentro de cada una de las funciones universitarias de enseñanza-aprendizaje, investigación y extensión, y también entre todas ellas. La extensión y el trabajo universitario tienen un rol central para resolver los problemas de incoherencia entre la Universidad y sus circunstancias histórica, social y ambiental. La extensión universitaria puede ser vista como un conglomerado de interacciones que busca acciones positivas, mutuamente reforzantes, entre la Universidad y la Sociedad. Por otro lado, el trabajo universitario es una actividad universitaria fundamental que da sentido y validez a la docencia y la investigación. En este sentido es necesario que analicemos cómo las tres funciones se refuerzan mutuamente. A partir de ese análisis pueden hacerse evidentes las oportunidades para coordinarlas en donde sea aplicable. El trabajo universitario no tiene lugar como parte de la educación superior si no se ejecuta en vinculación con las otras dos funciones. El trabajo universitario realizado por sí, como fin único, sustrae responsabilidades de las organizaciones más idóneas para hacerlo y resta esfuerzos y recursos para efectuar las propias. De igual forma, la docencia o la investigación carecen de orientación y su validez se hace cuestionable cuando se realizan sin el reto y la retroalimentación que da la realidad de las necesidades y expectativas humanas. Esto no quiere decir que la universidad no tiene o no debe perseguir objetivos políticos y de servicio. Son parte esencial de la vida universitaria. Sólo subrayo que cuando la universidad muestra mejor su fuerza política y presencia social, es cuando hace coherentemente lo que debe hacer. Cuando dirige sus esfuerzos a lograr acciones positivas en su contexto natural y social y lo hace por su naturaleza humanística, científica y técnica, no desvinculada de ella. El poder hacer de la universidad y el vigor de su presencia en el País se encuentra en el cumplimiento efectivo de sus funciones como institución educativa y de investigación con una concepción clara sobre su compromiso. Una mención aparte merece la incoordinación entre las unidades académicas (autónomas dentro de la autonomía). De ella no puede lograrse más
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que la repetición de los enfoques mono profesionales y aislantes en los egresados. Necesitamos comprender y resolver varios ángulos del problema de la incoherencia. Más adelante se proponen algunos.
VI. UNA PROPUESTA PARA FOMENTAR VALORES UNIVERSITARIOS En su función de re-crear la cultura, la universidad encara dificultades considerables. La subjetividad individual y la colectiva no son inmediatamente perceptibles y sin embargo son socialmente muy dinámicas. Imaginemos un cambio universitario sin cambios en la cultura institucional y los valores. Tal vez llegue a una modificación física, organizacional o de la estructura legal. Pero sólo con eso no logramos un cambio importante. Esto no ayuda en nada porque no hay cambio en las mentalidades. El patrón de las interacciones entre docentes y alumnos no cambia si no hay cambio de valores. Lo mismo sucede en las relaciones entre Universidad y Sociedad. Si las acciones no van más allá de la definición de nuevas normas, sólo pueden obtenerse ajustes formales. Una transformación en los valores y en la cultura institucional requiere metodologías no tradicionales. Debemos estar en la disposición de estudiar los valores y aprender acerca de ellos. Pero no podemos persistir en la simple y sola adquisición de conocimiento sobre valores y actitudes. Veamos, por ejemplo, la didáctica usual de los programas que enseñan los Derechos Humanos. La mayoría hace énfasis en lo cognoscitivo, en adquirir contenidos educacionales. No se puede lograr mucho con esos enfoques porque muchas decisiones y acciones –tal vez la mayoría en nuestras vidas– no son plenamente conscientes, lógicas y determinadas por el saber. A menudo son improvisadas o intuitivas, a pesar de estar basadas en valores. Aparte de ser comprendidos, y posiblemente sin una comprensión suficiente de ellos, los valores son internalizados. Se conectan y se acoplan en la subjetividad de los individuos. Entonces se ratifican, sancionan y convalidan en la práctica social cotidiana, en las interacciones con maestros, directivos, compañeros y otras personas, antes de convertirse en convicciones y conductas conscientes e inconscientes en la vida práctica de cada uno. Este es un proceso largo que tiene su propia dinámica y su propio tiempo.
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Además, en el ejercicio de los valores se observa la característica del efecto potenciador o sinérgico, como sucede con respecto a los satisfactores de las necesidades humanas4 y los elementos del proceso educativo.5 Es decir, que el ejercicio de un valor, como puede ser el aprecio por la verdad, se refuerza y consolida con el ejercicio de otros, como puede ser el sentido de justicia y la búsqueda de la libertad. Hay una falacia de considerable importancia que asume quien promueve la enseñanza y el aprendizaje de un solo valor con olvido o desprecio por los otros valores. Hemos visto algunas escuelas que hablan sólo de la importancia de la libertad como un valor aislado. Su lógica es errática y las consecuencias son funestas. Lo que cuenta para el desarrollo humano es la práctica reflexiva del conjunto de los valores. Probablemente existe un tipo adicional de sinergismo cuando los valores se practican con reflexión por los miembros de un grupo o comunidad y no sólo por individuos solitarios. Los programas que propician cambios en los valores deben tomar esto en cuenta. ¿Qué accionespodemos considerar para impulsar un plan que explícitamente atienda el cultivo de los principales valores? Algo sale a luz a partir de lo dicho. Debiera estar claro que es necesario dedicar esfuerzos a investigarcómo aprendemos los valores, no sólo en los niños como bien lo han trabajado Kohlberg y Piaget, sino también en los jóvenes y los adultos. Algunas posibilidades que tenemos para explorar en este sentido son las teorías del aprendizaje social y la comunicación no verbal. La reflexiónsobre los valores es una actividad indispensable. Los miembros de la Universidad, especialmente los profesores, los estudiantes y los administradores, incluyendo a los planificadores, deben involucrarse en esta actividad acompañada de estudios básicos sobre el tema, abrir espacios y oportunidades para dialogar, debatir o intercambiar reflexiones o preocupaciones sobre la moral institucional, la ética y los valores. La orientación teórica debe estar enfocada a impulsar una práctica renovada. Ahora bien, la reflexión que vemos que es necesaria sólo puede ser en forma abierta, incluyente y participativa, de tal forma que fomente la mayor participación posible de los universitarios. La participaciónes entonces un elemento sustancial en un proceso de cambio institucional. Entre las acciones fundamentales, la Institución debe abrir a un debate público la necesidad de abrir un organismo de transparencia, llámesele Unidad Contra la Corrupción, Comité de Ética Institucional o de otro modo, es decir, una unidad abierta a la participación que tenga la atribución principal de vigilar e investigar constantemente cómo se realizan las tareas universita-
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rias, con capacidad para indagar por cuenta propia las decisiones (y la manera de tomarlas) de los órganos de dirección. La disposición de darcuentas de los órganos de dirección es también un requisito esencial en un plan de renovación y cambio. Las iniciativas que pretenden modificar los valores tendrán éxito cuando, entre otras medidas, los responsables del proyecto educativo practiquen coherentemente tales valores y den al aprendizaje el tiempo suficiente. Con estas consideraciones, propongo la reflexión sobre algunos valores que pueden servir como ejes en la tarea de propiciar el desarrollo de valores en la educación universitaria. La idea en este texto no es limitar la discusión sobre los valores universitarios a sólo unos pocos, sino iniciar y proponer un ejercicio reflexivo tan inagotable como necesario. La Verdad Toda organización debe procurar el cultivo de los valores. La vida, la salud, la paz, la verdad, la justicia, la libertad, la solidaridad, la coherencia, por ejemplo, pueden y deben ser intencionalmente cultivados en grupos e instituciones. Si alguno de los grandes valores falta, sin embargo, la institución sufre problemas. Ciertos valores resultan particularmente importantes para instituciones específicas. La vida y la salud lo serán para un Centro de Salud o el Ministerio de Salud Pública y Asistencia Social. La justicia debiera ser constantemente cultivada en el Ministerio Público y el Organismo Judicial. La libertad, especialmente la libertad de expresión, debiera ser cuidadosamente discutida, vigilada y promovida por todos, sin el monopolio pretendido de ella por las grandes empresas de los medios de comunicación. Ahora bien, por tratarse de lo que son y lo que hacen, las universidades tienen la responsabilidad de cultivar la verdad como un valor central, no un valor único porque eso no es posible, ni tiene sentido. Pero sí como un valor que se expresa en el modo de ser y hacer universitario, junto siempre con valores como la justicia, la libertad, la dignidad y otros. Las universidades comparten con las instituciones educativas el compromiso con la verdad. Si no lo hacen se desnaturalizan porque nacieron como centros de pensamiento y conocimiento. Aunque esta atribución ha sido tomada para sí por toda una diversidad de otras organizaciones (estatales, privadas con fines de lucro, privadas y mixtas con fines de desarrollo humano y social, del ambiente, etc.), las universidades son las que por excelencia se distinguen en esa responsabilidad de servir como centros de pensamiento y conocimiento. No pueden desligarse de su compromiso con la verdad sin alterarse fundamentalmente, sin
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corromperse. Sus funciones de educación, investigación y extensión tienen sentido sólo si la institución y todos sus miembros cultivan la verdad como un valor central. Aun cuando hay que reconocer que la noción de verdad ha adquirido matices que ni se habían sospechado hace cincuenta años, la ciencia y la filosofía se han encargado de desarrollar una reflexión que ahora consolida y valora altamente sus expresiones. Veracidad, verosimilitud, honestidad, sinceridad, exactitud, precisión, autenticidad son reconocidos valores relacionados, así como también reconocemos el alto valor de la demostración, la evidencia, la argumentación fundamentada y la prueba como operaciones de la verdad. No todos los relatos o explicaciones son igualmente creíbles. La mentira es repudiable y no tiene ningún lugar en una universidad. En consecuencia, la demagogia, la falacia, el plagio, el lenguaje trivial o superficial, y la “corrección política” como expresión ligera y falsa, no comprometida, de una postura humanizante, deben ser eliminados de la vida universitaria. El trabajo académico, intelectual y universitario es un trabajo con compromiso explícito con la verdad. Supone la construcción de interpretaciones de lo real y lo posible, la lucha contra la ignorancia, la búsqueda de conocimiento. Por eso mismo implica la aceptación de la incertidumbre pues distingue la diferencia entre realidad y conocimiento. Dignidad Humana La persona humana es un alguien, no un algo, cuya existencia y realización depende de las de los demás. En el enunciado de Fromm “el hombre no es una cosa” se expresa el problema ético central de la civilización. La persona sola, aislada, no existe.6 La identidad misma es relativa pues depende del encuentro con otro. La educación y la realización personales requieren, por lo tanto, la educación y realización colectivas que son complementos necesarios. La mía y la ajena, que a la vez es propia. Los principios universitarios se han desarrollado social e históricamente como respuesta a los problemas, necesidades e intereses del proceso histórico y social del entorno, en un marco de respeto a la dignidad humana y alta valoración del desarrollo humano integral. En la misma dirección, el desarrollo humano como se comprende actualmente, se sustenta en la satisfacción de las necesidades humanas fundamentales, en la generación de niveles crecientes de autodependencia y en la articulación orgánica de los seres humanos con la naturaleza y la tecnología, de los procesos globales con los comportamientos locales, de lo personal con lo social, de la planificación con la auto-
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nomía y de la Sociedad Civil con el Estado. Lograr la transformación de la persona-objeto en persona-protagonista del desarrollo es, entre otros, un problema de escala, porque no hay protagonismo posible en organizaciones jerarquizadas de arriba hacia abajo.7 Educarse a sí mismo o a otros es un acto humano. Lo esencial en el acto educativo es la vivencia de individuos y grupos en procesos sociales concretos, en la vida cotidiana y no los lugares o los programas. Cuando la enseñanza se acerca más al aprendizaje es cuando se aproxima a los intereses del educando, cuando se hace intuitivo, dinámico, complejo y fundamentalmente basado en procesos educativos, no sólo en contenidos educativos. Sólo así es capaz de desencadenar iniciativas porque sólo así tiene sentido para el educando. Cuando la Universidad adopta mejor estas características es en los momentos en que integra las actividades de investigación, trabajo académico y enseñanza-aprendizaje en interacción con ambientes y sociedades concretas, para cooperar en la transformación institucional y la del medio social. Precisamente ésa es una definición de la extensión universitaria. De ahí también, el valor de la extensión como función prioritaria de la vida universitaria. El pensamiento, el conocimiento y la cultura tienen sentido cuando apuntan a los problemas y aspiraciones de las personas y los pueblos en concreto. La Coherencia La búsqueda de la coherencia es necesaria en todos los aspectos de la vida. Es un ideal plausible el de ser coherentes en todo. Por el momento, sólo haré destacar algunos aspectos en los que es necesario analizar y tomar decisiones. La búsqueda de la coherencia adopta varias formas. Uno es el de la coherencia entre el discurso y la práctica que es paso necesario para hacer aportes efectivos, transparentes y confiables de la universidad al país y al interior mismo de la universidad. Para una comunidad es importante la coherencia de la universidad con el entorno social. Además, puede resultar productiva la búsqueda de la coherencia entre los procedimientos políticos internos y los administrativos con los académicos que son prioritarios. Así, puede haber varios enfoques para analizar la coherencia. Entre ellos me parece muy valiosa la propuesta del “postulado de la coherencia”,8 el cual afirma que entre 1) los propósitos institucionales, 2) los métodos para alcanzarlos y 3) las formas de organización existen relaciones y condiciones que rigen uno al otro. Aplicado a la universidad es conveniente introducir al postulado el elemento adicional de 4) los productos.9 Es subs-
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tancial que se analice en forma participativa cómo es y cómo ha cambiado la coherencia entre los propósitos universitarios, los métodos que aplica para alcanzarlos, las formas de organización que adopta para tales propósitos, y qué relación guardan estos tres elementos entre sí y con los productos institucionales. Es importante valorar altamente la coherencia entre estos elementos, al igual que la coherencia entre lo que se dice y lo que se hace. La Calidad Académica con Pertinencia Social Los retos del contexto y la época obligan al movimiento universitario a cultivar los valores ligados a la calidad académica con pertinencia social en todas las funciones universitarias. Como ha sido indicado con relación a la docencia, el concepto de calidad en la educación universitaria es un concepto relativo y evaluativo. Algo puede ser de mejor o peor calidad que otro dentro de un conjunto de elementos, o en comparación con algo que sirve de referencia. El cambio en la calidad educativa con pertinencia social tiene dirección (la orientación teleológica y la concepción curricular), magnitud (la dimensión del cambio que se realiza) y sentido (grado de avance o retroceso hacia la orientación teleológica).10 A partir de esta concepción puede analizarse el cambio educativo y su significado para la sociedad. Los resultados de un cambio educativo pueden ser considerados positivos por aquellos que comparten ciertos valores, y negativos para quienes sustentan valores antagónicos. Esta es, entre otras, una buena razón para buscar la más amplia participación posible en un proceso de cambio educativo. Un conveniente primer paso es ponerse de acuerdo en cuál es la misión de la universidad y cuáles son las estrategias para cumplirla. Para una universidad pública el referente que tenemos para evaluar la calidad académica con pertinencia social es el de los problemas y las aspiraciones legítimas del país, sobre cualquier otro interés. Los movimientos orientados a mejorar la calidad educativa con pertinencia social dependen de la integración de los componentes de la acción educativa, incluyendo los aspectos éticos. El cambio positivo de la calidad en los procesos educativos es un valor que debe ser promovido continuamente. Todos los miembros de la universidad deben tener poner en práctica su convicción de que es importante contar con el reconocimiento social por la calidad académica y la pertinencia social de la Institución. He tratado más ampliamente este concepto dual y único en un documento previo.11
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La Diversidad y la Diferencia Un modelo educativo universitario que aplica criterios de uniformidad en la enseñanza-aprendizaje, la investigación y la extensión, aparte de ser muy rígido, está mal colocado para enfrentar la diversidad del mundo real. La diversidad contiene potencial y promesa para superar los problemas humanos. Consecuentemente cuando se discuten intereses y problemas, la apreciación y el fomento de la diversidad en la participación están en favor del progreso humano. Su opuesto es el pensamiento único y la exclusión. Aunque el concepto se originó en la genética, con relación a lo educativo y lo social puede decirse que la vulnerabilidad de un sistema es inversamente proporcional a la diversidad que contiene.12 En el campo de lo social, la diversidad hace más resistente a una institución contra las fuerzas adversas. El reconocimiento del valor de la diversidad y la diferencia se vincula directamente con la legitimidad y la justicia pues fomenta la incorporación de individuos a procesos sociales y comunitarios como miembros de organizaciones y sectores sociales y facilita la equidad en la distribución de bienes y oportunidades. La diversidad es valiosa en una institución para consolidarse en el futuro y en el cumplimiento de sus fines. Las acciones que excluyen conscientemente a hombres o mujeres, o a uno o más grupos sociales tienen que recurrir al autoritarismo. La exclusión contradice los principios del humanismo y la ciencia. El modelo educativo que prevalece en Guatemala y en el continente americano, en general, tiene un enfoque excluyente, parcial y muy fuertemente dicotómico. Los indicadores de la educación en el país son elocuentes. La educación que atiende sólo a los lineamientos del pensamiento único sostiene la superioridad de la razón sobre la intuición y la emoción, de la objetividad sobre la subjetividad, la independencia del dato empírico con respecto al contexto, la existencia de verdades universales, la primacía de la tecnología sobre creencias y significados.13 El resultado es un encapsulamiento arbitrario. Esto ayuda a explicar el descuido en el aprendizaje de valores que se ve en las instituciones educativas. Las limitaciones de ese modelo empiezan a romperse en muchas universidades. Los programas educativos valoran la diferencia de culturas, apreciaciones, conocimientos y enfoques. Se integran al currículo los contenidos de género, derechos humanos, ambientales y étnicos. No obstante, estas diferencias todavía se tratan con perspectiva de objeto o temas de estudio. El estudio acerca de los derechos humanos, por ejemplo, no ha modificado sus procesos de enseñanza-aprendizaje. No ha variado los métodos docentes.
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La valoración de las diferencias lleva a reunir las diferentes capacidades de un grupo o comunidad. De manera que cuando la tarea universitaria es crear bienes filosóficos, científicos, técnicos o políticos como puede ser el caso de los esfuerzos para el desarrollo de paradigmas, hallazgos científicos o alternativas de decisión y acción, se hace patente la necesidad de las diferencias. Poca iniciativa puede crearse si todos pensamos igual. En sentido contrario, la presión para asemejar las opiniones no logra hacer pensar a todos igual. Lo que sí produce es generar conflicto innecesario y pospone las salidas democráticas. La transformación curricular implica la revisión de las premisas fundamentales acerca del conocimiento y las formas de aprender. Para eso son necesarias todas las diferentes capacidades de una comunidad. Si aprendemos a tener en alta estima la diversidad y la diferencia, y actuamos coherentemente, podremos ver repercusiones en la educación porque ello nos llevará a la reflexión e interconexión de varios asuntos: los enfoques multidimensionales, la participación de colectividades en los programas educativos, la entrada de la ética y la estética al proceso formativo, el trabajo en equipo y la comprensión de la misión cívica de la universidad y la escuela. La Participación Democrática Urge un modelo educativo que no se postre acríticamente hacia el futuro previsto por los prestidigitadores del mercado. La universidad es una oportunidad para construir ese modelo. Las condiciones de la verdad y las de la democracia son similares. Ninguna de las dos concede privilegio a los argumentos según cómo o quién los origina; ni un individuo tiene privilegios sobre otros según qué jerarquía tiene. La educación, la investigación y la extensión no florecen en medios que atentan contra la libertad y la corresponsabilidad en el trabajo intelectual y político. La democratización del entorno social, la creación de una democracia de palabras (ciencia y conocimiento) y una democracia de hechos (el estado democrático) son actividades cívicas que constituyen parte del conjunto de acciones que conforma la misión cívica de la universidad,14 la participación democrática. Si los asuntos cívicos y políticos abarcan algo más que influenciar o censurar gobiernos, entonces la universidad debe hacer su mejor esfuerzo para preparar a la próxima generación para la vida pública.15 La universidad (profesores y estudiantes) debe establecer relaciones de cooperación con otros sectores de la sociedad que, en un marco de respeto mutuo, coincidan en el objetivo común de construir la sociedad y reducir las desigualdades. En el ambiente cotidiano, las maneras como el docente trata al o a
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la estudiante y cómo actúa frente a las diferencias individuales son puntos decisivos para impulsar un clima en el que todo el mundo aprenda y enseñe. Tratar al estudiante con dignidad es esencial. Sin duda existe un nexo entre el campo de la educación y el de la participación democrática. Sus propósitos y sus métodos son muy cercanos. Sin embargo, no es posible cultivar las capacidades necesarias para la participación democrática bajo la improvisación. Es necesario tener la disposición favorable para comprender qué somos como sociedad y como seres humanos, comprender lo político y la política, aprender los métodos de la deliberación y los procesos políticos de la Sociedad Civil. Tal vez es hora de dejar la queja por los males sociales y la desesperanza por la inadecuación de los estudiantes. Tal vez llegó la hora de pensar en lo que significa decir que la comunidad es el principio y el fin de la educación. Y si realmente lo creemos, hacer algo al respecto, de palabra y de hecho.
VII. CONCLUSIÓN En conclusión, el contexto y la época actuales demandan esfuerzos renovados a las universidades. Sin embargo, los cambios necesarios sólo pueden ser impulsados eficazmente con el aprendizaje y la práctica de nuevos valores. Por tener responsabilidades en la formación integral de personas, las universidades comparten responsabilidades en el aprendizaje de los conocimientos, las capacidades y los valores que requiere la vida en una sociedad democrática, lo cual es más que una capacitación profesional. Para aprender a practicar nuevos valores es necesario identificar y corregir los antivalores actuales y fomentar la práctica de valores, tales como la verdad, la dignidad humana y el respeto a dicha dignidad, la coherencia, la calidad académica, el aprecio por la diversidad y la diferencia, la participación democrática y otros. La práctica social de los valores es parte importante de la vida de las instituciones, pero en las universidades adquiere una importancia mayor por su misma naturaleza. El aprendizaje y las múltiples maneras de cultivar el desarrollo moral institucional son tareas centrales en la universidad actual para enfrentar los retos del desarrollo humano y los riesgos que estamos creando contra el ambiente y el planeta. Para ayudar a resolver las demandas impuestas a las universidades contemporáneas, existe promesa en el cultivo de los valores que son comunes a la ciencia y la filosofía, la educación y los procesos políticos de la democracia.
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