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19 Mi renuncia

Eran las 2:25 de la tarde del viernes 14 de diciembre de 2007. Habían pasado cuatro años y seis semanas desde que, el 31 de octubre de 2003, la Cámara de Diputados me había designado consejero presidente del Instituto Federal Electoral (IFE). Ahora estaba a punto de concluir uno de los pasajes más interesantes de mi vida profesional; entonces, a punto de iniciarlo. Afuera, los medios de comunicación aguardaban el mensaje que se había anunciado para esa tarde. Nadie sabía qué contenía, y las especulaciones aumentaban: renuncia, se queda, se ampara. En mi oficina había dilación, porque antes de salir a los medios debía enviar mi renuncia por escrito a todos los integrantes del Consejo General, y mis asesores y el director jurídico del IFE, Rolando de Lassé, afinaban el texto. El día anterior había recibido una llamada de Héctor Larios, coordinador de los diputados del Partido Acción Nacional (PAN). —Te llamo para darte una mala noticia. La elección de los nuevos consejeros electorales se pospone hasta febrero. El PRD está en una posición maximalista y no se logró un acuerdo. Se trataba, en efecto, no solo de una mala noticia, sino de una violación al artículo cuarto transitorio del decreto de refor389

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EL DESENLACE

ma constitucional que el Congreso había aprobado, el cual establecía que a más tardar el 13 de diciembre, es decir, el día anterior, la Cámara de Diputados elegiría a un nuevo consejero presidente, como parte de la renovación (llamémosle remoción) del Consejo General del IFE. No compartí las motivaciones del Poder Legislativo, pero, una vez promulgada, acaté la decisión y me aboqué al cambio mandatado: acta de entrega administrativa; elaboración de un libro blanco para el nuevo presidente, en el que se exponían los asuntos urgentes del IFE; renuncias presentadas de mis más cercanos colaboradores. Pero más importante aún era que la incertidumbre que el IFE había vivido en los 17 meses previos ya era insostenible. El instituto y los consejeros habíamos vivido amenazados. Desde el 3 de julio de 2006 el Partido de la Revolución Democrática (PRD) había acusado a la institución de haber cometido fraude, y demandado nuestra remoción. Manlio Fabio Beltrones, líder de los senadores del Partido Revolucionario Institucional (PRI), había secundando la petición de la remoción “para recobrar la confianza del IFE”. La amenaza creció a principios de 2007 y se acentuó con la discusión de la reforma electoral en el verano de ese año. En ese contexto, la labor de los consejeros y de mi persona no solo era compleja, sino también incómoda. La llamada de Héctor Larios el día anterior solo había sido para decirme que tenía una mala noticia, y punto. No me preguntó si aceptaría quedarme en el cargo, ni mucho menos si mi permanencia era conveniente para la institución. Asumía que si ellos no cumplían con la Constitución, yo me quedaría. Tal vez pensaba que cobrar dos meses más de sueldo me mantendría en el cargo. Como en los meses previos, de parte del Congreso había prevalecido una enorme falta de cortesía política con el IFE. Como si nada grave ocurriera, ahora los diputados simplemen390

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