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Encuentros Literarios - Literární setkání


Roberto Bolaño (Chile, 1953-2003) Entre paréntesis Exiliarse no es desaparecer sino empequeñecerse, ir reduciéndose lentamente o de manera vertiginosa hasta alcanzar la altura verdadera, la altura real del ser. Swift, maestro de exilios, lo sabía. Para él exilio era el nombre secreto de viaje. Muchos exiliados, cargados más de dolor que de razones, rechazarían esta afirmación. Toda literatura lleva en sí el exilio, lo mismo da que el escritor haya tenido que largarse a los veinte años o que nunca se haya movido de su casa. Probablemente los primeros exiliados de los que se tiene noticia fueron Adán y Eva. Eso es incontrovertible y nos plantea algunas preguntas: ¿no seremos todos exiliados?, ¿no estaremos todos vagando por tierras extrañas? El concepto de «tierra extraña» (así como el de «tierra propia») presenta algunas lagunas, abre nuevas interrogantes. ¿La «tierra extraña» es una realidad objetiva, geográfica, o más bien una construcción mental en movimiento permanente? Recordemos a Alonso Ercilla. Ercilla, soldado y noble, tras algunos viajes por Europa, viaja a Chile y combate a los araucanos a las órdenes de Alderete. En 1561, antes de cumplir los treinta años, regresa y se

establece en Madrid. Veinte años más tarde publica La Araucana, el mejor poema épico de su época, en donde narra el enfrentamiento entre araucanos y españoles con evidente simpatía por los primeros. ¿Estuvo exiliado Ercilla en sus periplos americanos por las tierras de Chile y del Perú? ¿O se sintió exiliado al volver a la Corte y La Araucana es el fruto de ese morbus melancholicus, de la clara percepción del reino perdido? Y si esto fuera así, que no lo aseguro, ¿qué ha perdido Ercilla en 1589, a sólo cinco años de su muerte, sino la juventud? Y con la juventud en un continente enorme y desconocido, las largas cabalgatas, las escaramuzas con los indios y los combates, la sombra de Lautaro y de Caupolicán que con el tiempo se agigantan y le hablan a él, a Ercilla, el único poeta y el único sobreviviente de algo que, puesto en papel, será un poema, pero que en la memoria del viejo poeta sólo es una vida o muchas vidas, la misma cosa. ¿Y qué le queda a Ercilla antes de escribir La Araucana y morir? A Ercilla le queda algo que tienen todos los verdaderos poetas, si bien en sus formas más extremas y bizarras. Le queda el valor. Un valor que a la hora de la vejez no sirve para nada, como tampoco, entre paréntesis, sirve para nada a la hora de la juventud, pero que a los poetas les sirve para no arrojarse desde un acantilado o no descerrajarse un tiro en la boca, y que, ante


una hoja en blanco, sirve para el humilde propósito de la escritura. El exilio es valor. El exilio real es el valor real de cada escritor. Luis Cernuda (Sevilla, 1902 - México, 1963) Peregrino ¿Volver? Vuelva el que tenga, tras largos años, tras un largo viaje, cansancio del camino y la codicia de su tierra, su casa, sus amigos, del amor que al regreso fiel le espere. Mas ¿tú? ¿volver? Regresar no piensas, sino seguir libre adelante, disponible por siempre, mozo o viejo, sin hijo que te busque, como a Ulises, sin Itaca que aguarde y sin Penélope. Sigue, sigue adelante y no regreses, fiel hasta el fin del camino y tu vida, no eches de menos un destino más fácil, tus pies sobre la tierra antes no hollada, tus ojos frente a lo antes nunca visto. Angélica Liddell Fragmento de Perro muerto en tintorería: Los fuertes Segunda Parte: LA CONCIENCIA Tintorería LAZAR.- ¿Sabes tu algo de esta piedra? OCTAVIO.- NO. LAZAR.- Mírala bien. OCTAVIO.- NO sé nada. OCTAVIO.- Te han dejado una piedra. OCTAVIO.- ¿Has pensado en los motivos? LAZAR.- ¿Qué motivos? OCTAVIO.- Habrás hecho algo Incompatible. LAZAR.- ¿Por qué piensas que he hecho algo Incompatible? LAZAR.- Alguien la ha dejado a la puerta de mi casa. LAZAR.- ¿Sólo por eso tengo que dar explicaciones? OCTAVIO.- Si alguien te amenaza con una piedra... LAZAR.- ¿Crees que tiene razón el que ha

dejado la piedra? ¿El que amenaza? OCTAVIO.- NO sabemos cómo ha ido a parar esa piedra a tu casa. Eres tú el que se comporta como si esa piedra fuera una amenaza. Eres tú el que pide explicaciones. COMBEFERRE.- Antes sabíamos quien era el enemigo. De un solo lado todas las fuerzas, todo el poder, los derechos de todos, el derecho a castigar... Había un enemigo común... Pero ahora el enemigo puede ser cualquiera, ¿verdad? OCTAVIO.- ¿Y si la has dejado tú mismo? LAZAR.- Si la hubiera dejado yo mismo me la hubiera atado a los pies. Me hubiera arrojado a un río. OCTAVIO.- Todo ha cambiado. Has abandonado el trabajo. Las cosas no son como antes. Has podido dejarla tú mismo. LAZAR.- Tengo una libreta donde registro todo lo que entra en contacto con mis manos. OCTAVIO.- Combeferre dice que nos han salvado de todo, menos de nosotros mismos. LAZAR.- Eso es una frase hecha. Combeferre habla con frases hechas. No necesito ser salvado de mí mismo, porque me he condenado a mí mismo. Sólo quiero saber quién ha dejado esta piedra en mi casa y por qué ha dejado esta piedra en mi casa. OCTAVIO.- ¿Qué hemos hecho para volver a tener miedo? LAZAR.- ¿ES necesario hacer algo mal? OCTAVIO.- A veces me siento culpable. LAZAR.- Te has acostado con la culpa. OCTAVIO.- Soy un asesino. LAZAR.- ¿A quién has matado? OCTAVIO.- NO he matado a nadie pero soy un asesino. LAZAR.- ¿Has dejado tú la piedra? OCTAVIO.- Yo no he dejado la piedra. LAZAR.- ¿Te sientes culpable por haber dejado la piedra? OCTAVIO.- Él te lo explicará mejor. LAZAR.- ¿Quién es realmente? OCTAVIO.-¿Quién es realmente Combeferre? LAZAR.- SÍ, ¿quién es realmente Combeferre? OCTAVIO.- Él te dirá por qué soy un asesi-


no.¿Puedes hablar un momento por mí, Combeferre? COMBEFERRE.- Soy un asesino. ¿Qué importan los hechos? Haber o no haber matado. Lo que importa es la posibilidad del crimen, el deseo del crimen, lo que importa es el alma del asesino, el espíritu, quién es antes y quién puede ser después. Lo importante es anticipar el crimen. Defenderse es anticipar. Por eso te digo, soy un asesino. Hace tiempo que dejaron de juzgarse los hechos, lo que se juzgan son los sentimientos. No te juzgan por matar a un hombre, te juzgan más bien, por no querer a tu padre. Si no quieres a tu padre el castigo por desear matar a un hombre puede ser mucho más severo, porque lo importante son tus sentimientos. El sentimiento es una de las formas del crimen, de modo, que cualquier persona corriente siente que puede ser juzgada por sus sentimientos, no por sus acciones, sino por sus sentimientos. Puede ser juzgada además por un juez que no es mejor que el propio criminal, un juez que también se agacha ante los sentimientos, un juez con deseos. OCTAVIO.- ¿Has pensado en los motivos? LAZAR.- ¿Cuando pusieron bombas en los aviones, en los trenes, en los autobuses, antes de la Seguridad, también había un motivo? COMBEFERRE.- Nunca nos paramos a pensar en si había o no había un motivo. Nunca nos preguntamos por qué. Era una pregunta prohibida. LAZAR.- Éramos las víctimas. Vivíamos amenazados. COMBEFERRE.- Éramos las víctimas. Vivíamos amenazados. Pero eran ellos los que morían. Más de 150 al día. Incluso algunos días 400. Casi 5000 al mes. 60.000 al año. Puestos a contabilizar. O 100.000. Hombres, mujeres y niños. Víctimas de violencia de todo tipo. Y después de aquello muchos más. La cifra llegó a alcanzar varios millones. En la guerra sólo nos queda la contabilidad. Comparar las cifras. A menudo las cifras son la mejor expresión de la maldad. Nos dicen de qué parte se pone el diablo. OCTAVIO.- Nunca me he sentido completamente víctima.

LAZAR.- Te expulsarán, te perseguirán. OCTAVIO- Me he sentido verdugo y víctima. Al mismo tiempo. Verdugo y víctima. Cuando pusieron las bombas, verdugo y víctima. No puedo evitarlo. Me siento verdugo y víctima. A veces pienso, ¿por qué no lo hicieron antes? ¿Por qué no lo hicieron antes? ¿Por qué no lo hicieron antes? (Silencio.) OCTAVIO.- Cuando viste la piedra, ¿pensaste en todo? LAZAR.- Me pasé una mano por la nuca. (Silencio.) OCTAVIO.- Quién sabe cómo estalla el corazón de los insectos que no sobreviven a nuestra infancia. LAZAR.- ¿Quién sabe? (Silencio.) OCTAVIO.- ¿Pensaste realmente en todo? LAZAR.- Me tratas como si fuera culpable. COMBEFERRE.- Culpable no. Sospechoso. Uno puede ser sospechoso durante toda su vida. Sin necesidad de ser culpable. Puedes ser sospechoso durante toda tu vida. Y que te traten como a un sospechoso. Ten en cuenta lo siguiente: Si eres sospechoso ya mereces un poco de castigo, un poco de castigo simplemente por ser sospechoso LAZAR.- Voy a dejar esta piedra en la tintorería. LAZAR.-¡Voy a dejar esta piedra en la tintorería! LAZAR- ¿Dónde está el vestido de Hadewijch? OCTAVIO.- Espera. Hay algo escrito en la piedra. Alguien ha escrito... "¿Será la hierba lo más indestructible?" Julio San Francisco (Matanzas, Cuba, 1951) El desterrado El parque madrileño que frecuento tiene frío y yo tengo frío y el banco donde me siento tiene frío. El parque tiene, también, un joven con [su esposa enamorada y yo trato de imaginarme, por curiosidad,


cómo será tener una esposa enamorada en este parque madrileño. El joven de la esposa enamorada tiene un coche en el que vienen a este [parque madrileño y yo, por entretenerme, trato de imaginarme cómo será tener un coche y llegar con una esposa a este parque madrileño. El joven de la esposa enamorada y su coche tiene una casa y yo, por distraerme, trato de imaginarme cómo será llegar a una casa en un coche después de pasear por este parque madrileño con una esposa enamorada. El joven de la esposa enamorada, su coche [y su casa tiene un amigo que se encuentra con ellos en este parque madrileño y yo, por divertirme, trato de imaginarme cómo será tener un amigo y encontrarse con él en este banco frío de este parque madrileño. El joven de la esposa enamorada, su coche, [su casa y su amigo tiene patria y yo me pregunto cómo será tener una patria. El joven de la esposa enamorada, su coche, [su casa, su amigo y su patria tiene un hermoso perro y pasean con su hermoso perro todas las tardes por este frío parque madrileño. ¡Si yo tuviera un perro! Jiří Orten (Kutná Hora, 1919 – Praga, 1941) Fragmento de Sólo al atardecer 27 de octubre de 1940 Prohibiciones Esta noche no lograba dormir, daba vueltas y catalogaba mentalmente todas las prohibiciones que de algún modo, aunque en medida mínima, me tocan. Como es domingo por la tarde (hace dos días que está nevando y dentro de dos horas

me tengo que ir a Kosice) anotaré aquí estas prohibiciones que he logrado recordar. Y tras haberlas escrito dejaré debajo aún bastante espacio en blanco para las que a partir de ahora habrá que añadir a la lista. Por desgracia no tengo a mano ninguna fuente para guiarme y por ello el orden y el número se deben más o menos al azar. Éstas son, pues, las prohibiciones: No puedo alquilar un piso para mí solo. No puedo trasladarme fuera de los distritos de Praga I y V y aquí he de vivir siempre como realquilado. No puedo ir a las tabernas, a los cafés, a las tascas, los cines, teatros, conciertos, exceptuados uno o dos cafés que han sido señalados para mí. No puedo ir a los bosques de la ciudad. No puedo alejarme del casco urbano de Praga. No puedo ir (pues) a mi casa, a Kutná Hora, ni a ningún otro sitio si no es con un permiso especial de la GESTAPO. En el tranvía no puedo subir en el coche del conductor, sólo en el último, y si tiene la entrada por el centro sólo puedo utilizar la parte posterior del vagón. No puedo actuar en un teatro ni desarrollar ninguna actividad pública. No puedo ser miembro de ninguna asociación. No puedo frecuentar ningún tipo de escuela. No puedo tener relaciones con los miembros de la comunidad nacional, los cuales, a su vez, no deberán tener relaciones conmigo. No deberán devolverme el saludo ni pararse conmigo, ni decirme otras palabras que las estrictamente indispensables (cuando voy a comprar algo etc.) 28 de febrero de 1941 Ah, ¿a dónde vamos? Llovía y la lluvia incesante nos mojaba y esto era muy triste porque nos reblandecíamos. Ahora sin embargo, no hay ni una señal. No hay libros en llamas, hay sólo libros quemados. Hemos perdido los hogares, hemos perdido las ilusiones del hogar y por las escaleras vacías (sin puertas, sin nombres, sin timbres, sin


barandillas, sin sótanos, sin buhardillas, incluso sin escupideras) sólo corre el viento. De qué podemos decir que nos pertenece? Nos pertenece el horror, el horror que llega de todas partes, de los rincones y de los espacios amplios. Y volvemos la cara y vemos en nosotros los últimos restos de fuerza y de valor que nos permiten mirarnos a los ojos, ya que de este encuentro todavía podría nacer algo. Un cierto vértigo. Una cierta esperanza espantosa. Cierta heroica despedida. Cierta virulenta llama.

mi última rada? Oh brazos que me hicieron prisionera, sin darme abrigo... También del cruel abrazo quise escaparme. Oh huyentes brazos, que en vano buscaron mis manos... Incesante fuga y anhelo incesante el amor no es puerto seguro. Ya no hay tierra prometida para mi esperanza.

Alfredo Zitarrosa (Uruguay, 1936-1989) Guitarra Negra

José Emilio Pacheco (Mexico, 1939) Éxodo

Hago falta Hago falta... yo siento que la vida se agita nerviosa si no comparezco, si no estoy... Siento que hay un sitio para mí en la fila, que se ve ese vacío, que hay una respiración que falta, que defraudo una espera... Siento la tristeza o la ira inexpresada del compañero, el amor del que me aguarda lastimado... falta mi cara en la gráfica del Pueblo, mi voz en la consigna, en el canto, en la pasión de andar, mis piernas en la marcha, mis zapatos hollando el polvo... los ojos míos en la contemplación del mañana... mis manos en la bandera, en el martillo, en la guitarra, mi lengua en el idioma de todos, el gesto de mi cara en la honda preocupación de mis hermanos. Alaíde Foppa (Barcelona, 1914 - Guatemala, 1980) Destierro Mi vida es un destierro sin retorno. No tuvo casa mi errante infancia perdida, no tiene tierra mi destierro. Mi vida navegó en nave de nostalgia. Viví a orillas del mar mirando el horizonte: hacia mi casa ignorada pensaba zarpar un día, y el presentido viaje me dejó en otro puerto de partida. ¿Es el amor, acaso,

En lo alto del día eres aquel que vuelve a borrar de la arena la oquedad de su paso; el miserable héroe que escapó del combate y apoyado en su escudo mira arder la derrota; el náufrago sin nombre que se aferra a otro cuerpo para que el mar no arroje su cadáver a solas; el perpetuo exiliado que en el desierto mira crecer hondas ciudades que en el sol retroceden; el que clavó sus armas en la piel de un dios muerto el que escucha en el alba cantar un gallo y otro porque las profecías se están cumpliendo: atónito y sin embargo cierto de haber negado todo; el que abre la mano y recibe la noche. Borja Ortiz de Gondra (Bilbao, 1965) Fragmento de Miguel de Molina, la copla quebrada (Suena el teléfono. El periodista va a descolgar, pero de un salto agilísimo que desmiente todos sus males, Miguel viejo sale del canapé y se abalanza sobre el teléfono). MIGUEL VIEJO: (Al periodista) Quite, quite. (Por teléfono, imitando la voz de una viejecita rusa) ¿Diga? (…) No, el señor no está (…) Pues no sé,


es que se ha muerto (…) Soy María Dimitrievna, la plañidera (…) Espere que ahora le paso con Natasha Mijalovna, que está arreglando el sudario (…) (Cambia la voz a otra viejecita que sólo habla un ruso inventado) ¿Tak? (…) ¿Tak? Da, ni tsivi spolianoff otrodiévne (…) Niema, drubestkoi mijailovna bolkonski (…) Da, da. (Cambia la voz de nuevo a la primera viejecita) Oiga, oiga, ¿habla usted ruso? (…) ¡Pues haberlo dicho antes, hombre de Dios! (…) Espere que le paso con mi otra prima, que viene por aquí con los cirios. (Haciendo como que llama a alguien que pasa por al lado) ¡Sonia Andreievna da telefonski! (Por el teléfono) Va a dejar los cirios sobre el cadáver y ahora se pone, ¿eh? Ella podrá decirle más, que es la que se va a encargar del entierro en San Cirilo y San Esteban. Adios, hombre de Dios. (Cambia la voz a una tercera mujer rusa, muy autoritaria) ¿Quién es? (…) Sí, se ha muerto esta mañana, llega usted tarde (…) Muchas gracias, se lo diremos a su viuda (…) Déjese de flores, que ya tenemos muchas. Mejor manden un cheque a su cuenta (…) Y usted, ¿quién es? (…) (Demudado, se olvida de seguir haciendo la viejecita y habla con su propia voz) Pero no puede ser… déjese de bromas… (De pronto se da cuenta y finge la voz otra vez, pero ya con muy poco convencimiento) Ya…ya…nosotros también… (…) Qué se le va a hacer .(…) Nas…nasdrovie! (Cuelga)[…] PERIODISTA: ¿Quién es? MIGUEL VIEJO: …Cincuenta y tres años…cincuenta y tres…y aún no… […] PERIODISTA: ¿Qué pasa? […] MIGUEL VIEJO: …La Casa Real…¿Qué le he hecho yo en cincuenta y tres años?...¿No he callado siempre?...¿Qué quiere ahora?... […] MIGUEL VIEJO: Arranca el teléfono […] ¡Arranca los cables del teléfono, te digo! […] Así tendremos paz. PERIODISTA: Pero, ¿quién era? […] MIGUEL VIEJO: “De parte de la Casa Real”, han dicho. Pero yo he reconocido esa voz. PERIODISTA: ¿Quién era? [..] MIGUEL VIEJO: ¿No es periodista éste? ¡Pues que lo escriba y que lo sepan todos de una vez! […] PERIODISTA: ¿Que escriba qué? […] MIGUEL VIEJO: Quién me secuestró y

torturó el 10 de noviembre de 1939. […] Quién hizo que me prohibieran actuar en España. Quién me confinó, primero en Cáceres y luego en Buñol. Quién secuestró mi película cuando iba a estrenarse en la Gran Vía. Quién consiguió que me expulsaran de Argentina. PERIODISTA: ¿Por qué le hicieron todo eso? MIGUEL VIEJO: No lo sé. Me lo llevo preguntando cincuenta y tres años. […] He llegado a saber quién fue. Pero todavía sigo sin saber porqué. […] PERIODISTA: Espere que voy a por la grabadora. […] Aquí tiene. Diga lo que quiera. MIGUEL VIEJO: (A la grabadora) Hola, me llamo Miguel de Molina y me estoy muriendo. Pero antes quisiera dedicar esta canción a mis enemigos. (Canta las primeras estrofas de “La Bien Pagá”) […] PERIODISTA: Me estaba contando por qué le persiguieron sin tregua. MIGUEL VIEJO: ¡Ah, yo eso no lo sé! PERIODISTA: Usted era un símbolo republicano. MIGUEL VIEJO: A mí me hicieron un símbolo de tantas cosas… PERIODISTA: (Indicándole la grabadora) A la grabadora, a la grabadora. MIGUEL VIEJO: Me hicieron un símbolo republicano, un símbolo homosexual, un símbolo gitano…Yo no fui símbolo de nada, niño. A mí me usaron según les convenía. PERIODISTA: ¿Qué quiere decir? MIGUEL VIEJO: Yo sólo fui un señor que nació pobre en Málaga, trabajó toda su vida y le gustaron los hombres. Y ahí se te acaban todos los símbolos. PERIODISTA: Pero la persecución, ¿no fue porque era un símbolo republicano y los franquistas no lo podían admitir? MIGUEL VIEJO: Se han dicho tantas cosas… PERIODISTA: Pero usted, ¿qué piensa usted? ¿Cuál fue la razón? […] MIGUEL VIEJO: Mira, se ha dicho de todo: que me prohibieron por maricón. ¡Pero resulta que yo nunca hice travestismo y otros que se vestían de mujer en el escenario, como Mirko o Vianor, trabajaron sin problemas hasta que Franco lo prohibió! ¿Y qué hicieron después? ¡Cantar las mismas canciones con


pantalón en lugar de falda, lo que era aún peor, porque se las cantaban a los hombres! PERIODISTA: ¿Y si no fue por eso, ni por política, por qué fue? MIGUEL VIEJO: ¿No te estoy diciendo que yo no lo he sabido nunca?

Baba Batallion Voir si la terre est bien ronde Ver si el planeta es bien redondo 2008 © Traducción: Sara Navarro & Francisco Quiroga

Me gustaría dar la vuelta al mundo Ver si el planeta es bien redondo Nadie me retendrá Haré lo que quiero, como quiera Ah por el camino Lo seguiré Como huyendo Sin ninguna duda Te puedo decir « El viajar forma a la juventud » Escucha bien ese pequeño consejo

Reinaldo Arenas (Holguín, Cuba, 1943 – Nueva York, 1990) Voces

Venga mi hermano Sin frontera Lejos, más allá del mar Seguirás el gran camino, te conducirá, te llevará

Nosotros vinimos por el aire Nosotros vinimos por el mar Nosotros llegamos amarrados a la cámara de un auto Nosotros llegamos sujetos a la rueda de un avión Nosotros salimos conjurando tiburones y guardacostas Nosotros salimos taladrando un túnel en el aire Nosotros salimos agarrados a la cola de un cometa Nosotros llegamos a nado, vomitando la bilis, soltando el bofe, los huesos al sol, deshidratados, descarnado el corazón. Sí, sin duda somos los más dichosos, los afortunados. Los demás yacen sin tiempo bajo el mar o condenan nuestra fuga mientras secreta y desesperadamente desean partir. Carmen Kurtz (Barcelona 1911 - 1999) [Denisa] Fragmento de El desconocido Y entonces se le ocurrió que tal vez Antonio hubiera cambiado lo suficiente para que no le reconociese. Nunca pensó en ello. Para ella y para Antonio habían transcurrido doce años cronológicos, pero no doce años en el recuerdo. Antonio era una fotografía, una frase, una risa, un impulso. Todo ello tenía forma concreta, perfil, tono, murmullo o sensación. Lo que ya no tenía nada era el

hombre que ciertamente se hallaba sobre cubierta, mezclado entre otros hombres y para quien los daños habían pasado. Por eso ella no podía distinguirle ni reconocerle. Tal vez el ojo redondo del prismático había pasado una y otra vez sobre ese nuevo Antonio, y no se había detenido. ¿En dónde estaba la falta? ¿Quién era el distinto? ¿Quién de los dos se había transformado? ¿Antonio, que regresaba, o ella, que había permanecido estática, vegetal? «Los pájaros tienen aire en los huesos.» Dentro de Antonio, ¿qué habría? ¿Qué había dentro de ella?


Doce años cronológicos dentro de los cuales ella no creía haber cambiado. Pero. entre la mujer que había despedido al marido «Es cosa de meses» y la mujer que esperaba el regreso del hombre después de doce años de ausencia, mediaban no doce años. Un tiempo fuera del tiempo. Un lapso sin medida. Una eternidad que ahora parecía ridícula si se la quería encasillar dentro de doce años. Y si ella, Dominica, no era la misma, Antonio venía hacia ella con años y lejanías. Prefería no mirar. Seguir aguantando y reservar sus fuerzas para el momento preciso. Estaba exhausta. Cuando pequeña, nadaba alejándose de la playa más de lo debido. ¡Qué esfuerzo representaba regresar! Luchaba por mantenerse a flote y su angustia le hacía ver la playa siempre a la misma e inalcanzable distancia. Mejor, mucho mejor era no mirar. Seguir nadando. No pensar en si tocaba o no tocaba pie. Cuando alguna vez lo intentaba prematuramente, se hundía y el esfuerzo por recuperarse era enorme. Recobrarse y volver a tomar respiración. El corazón que enviaba su sangre contra todas las paredes del cuerpo. El corazón, que quería escaparse por la boca. El peso enorme de una víscera que se ensancha. Era mejor cerrar los ojos, nadar hasta la orilla y probar pie cuando la arena le rozaba el vientre. Entonces no había desilusión ni fatiga. Entonces podía uno abandonarse, dejarse llevar a la playa como el resto de un naufragio y, tendida en la arena, el cuerpo en íntima unión con la arena, abrir poco a poco los ojos. Seguramente era eso. Tantas veces había estado pensando en el regreso de Antonio. Tantas veces creyó tener pie, que ya no se aguantaba. La orilla huía. La cercana orilla que recibiría su cuerpo, aparecía desdibujada, confusa. Estaba agotada. Se le escaparon los prismáticos de la mano y, después de rebotar contenidos por los otros cuerpos, debieron de caer al suelo.

Pablo Neruda (Chile 1904 – 1973) [Monica] Fragmento de El regreso Regresé... Chile me recibió con el rostro [amarillo del desierto. Peregriné sufriendo de árida luna en cráter arenoso y encontré los dominios eriales del planeta, la lisa luz sin pámpanos, la rectitud vacía. Vacía? Pero sin vegetales, sin garras, [in estiércol me reveló la tierra su dimensión desnuda y a lo lejos su larga línea fría en que nacen aves y pechos ígneos de suave contextura. Pero más lejos hombres cavaban las fronteras, recogían metales duros, diseminados unos como la harina de amargos cereales, otros como la altura calcinada del fuego, y hombres y luna, todo me envolvió en [su mortaja hasta perder el hilo vacío de los sueños. Me entregué a los desiertos y el hombre de [a escoria salió de su agujero, de su aspereza muda y supe los dolores de mi pueblo perdido. Entonces fui por calles y curules y dije cuanto vi, mostré las manos que tocaron los terrones ahítos de dolor, las viviendas de la desamparada pobreza, el miserable pan y la soledad de la luna olvidada. Y codo a codo con mi hermano sin zapatos quise cambiar el reino de las monedas sucias. Fui perseguido, pero nuestra lucha sigue. La verdad es más alta que la luna. La ven como si fueran en un navío negro los hombres de las minas cuando miran [a noche. Y en la sombra mi voz es repartida por la más dura estirpe de la tierra. Mario Benedetti (Uruguay, 1920) Viento del exilio Un viento misionero sacude las persianas no sé qué jueves trae no sé qué noche lleva ni siquiera el dialecto que propone


creo reconocer endechas rotas trocitos de hurras y batir de palmas pero todo se mezcla en un aullido que también puede ser deleite o salmo el viento bate franjas de aluminio llega de no sé dónde a no sé dónde y en ese rumbo enigma soy apenas una escala precaria y momentánea no abro hospitalidad no ofrezco resistencia simplemente lo escucho arrinconado mientras en el recinto vuelan nombres papeles y cenizas después se posarán en su baldosa en su alegre centímetro en su lástima ahora vuelan cómo barriletes como murciélagos como hojas lo curioso lo absurdo es que a pesar de que aguardo mensajes y pregones de todas las memorias y de todos los puntos cardinales lo raro lo increíble es que a pesar de mi desamparada expectativa no sé qué dice el viento del exilio. Milán Kundera (Brno, 1929) Fragmentos de La Ignorancia -¿Qué haces aquí todavía? -No había mala intención en el tono de su voz, pero tampoco era amable; Sylvie se impacientaba. -¿Y dónde quieres que esté?-preguntó Irena. -Pues ¡en tu tierra! -¿Es que no estoy en mi tierra? Por supuesto no quería echarla de Francia, ni darle a entender que era una extranjera indeseable. -¡Ya me entiendes! -Sí, ya lo sé, pero ¿olvidas que aquí tengo mi trabajo, mi casa, mis hijas? -Escúchame, conozco a Gustaf. Hará todo lo necesario para que puedas volver a tu país. En cuanto a lo de tus hijas, no me vengas con historias. ¡Ya llevan su propia vida! ¡Dios mío, Irena, lo que está ocurriendo en tu tierra es tan

fascinante! En una situación así las cosas siempre acaban arreglándose. -Pero, Sylvie, no se trata sólo de las cosas prácticas, de mi empleo y de mi casa. Vivo aquí desde hace veinte años. Es aquí donde tengo mi vida. -¡En tu país se vive una revolución! Lo dijo en un tono que no admitía réplica. Después calló. Con su silencio quería decirle a Irena que no se debe desertar ante los grandes acontecimientos. -Pero, si regreso a mi país, no volveremos a vernos nunca más -dijo Irena para poner a su amiga en un aprieto. Esa demagogia sentimental hizo mella. La voz de Sylvie se enterneció. -Querida, pero si pienso ir a verte. ¡Te lo prometo, te lo prometo! Estaban sentadas codo con codo desde hacía bastante rato ante dos tazas de café vacías. Irena vio lágrimas de emoción en los ojos de Sylvie, que se inclinó hacia ella y le apretó la mano: -Será un gran regreso -y repitió-, tu gran regreso. Así repetidas, las palabras adquirieron tal fuerza que, en su fuero interno, Irena las vio escritas con mayúsculas: Gran Regreso. Ya no opuso resistencia: quedó prendida de imágenes que de pronto emergieron de antiguas lecturas y películas, de su propia memoria y tal vez de la de sus antepasados: el hijo perdido que reencuentra a su anciana madre; el hombre que vuelve hacia su amada, de la que le arrancó un destino feroz; la casa natal que cada cual lleva dentro; el sendero redescubierto en el que quedaron las huellas de los pasos perdidos de la infancia; el errante Ulises que vuelve a su isla tras vagar durante años; el regreso, el regreso, la gran magia del regreso. En griego, «regreso» se dice nostos. Algos significa «sufrimiento». La nostalgia es, pues, el sufrimiento causado por el deseo incumplido de regresar. La mayoría de los europeos puede emplear para esta noción fundamental una palabra de origen griego (nostalgia) y, además, otras palabras con


raíces en la lengua nacional: en español decimos «añoranza»; en portugués, saudade. En cada lengua estas palabras poseen un matiz semántico distinto. Con frecuencia tan sólo significan la tristeza causada por la imposibilidad de regresar a la propia tierra. Morriña del terruño. Morriña del hogar. En inglés sería homesickness, o en alemán Heimweh, o en holandés heimwee. Pero es una reducción espacial de esa gran noción. El islandés, una de las lenguas europeas más antiguas, distingue claramente dos términos: söknudur: nostalgia en su sentido general; y heimfra: morriña del terruño. Los checos, al lado de la palabra «nostalgia» tomada del griego, tienen para la misma noción su propio sustantivo: stesk, y su propio verbo; una de las frases de amor checas más conmovedoras es styska se mi po tobe: «te añoro; ya no puedo soportar el dolor de tu ausencia». En español, «añoranza» proviene del verbo «añorar», que proviene a su vez del catalán enyorar, derivado del verbo latino ignorare (ignorar, no saber de algo). A la luz de esta etimología, la nostalgia se nos revela como el dolor de la ignorancia. Estás lejos, y no sé qué es de ti. Mi país queda lejos, y no sé qué ocurre en él. Cristina Peri Rossi (Uruguay, 1941) De estado de exilio Que lo sepan todos de una vez: el exilio no puede ser jamás una retórica. El país donde quisiéramos volver ya no existe; lo perdimos en el intento de construir el país donde queríamos vivir. Cada uno vive dos vidas: la que dejó y se prolonga en los gemidos de las cárceles, en las celdas de tortura, a la que le tocó después, como un traje nuevo en el reparto. Casi todos sienten que los pantalones les quedan cortos, les aprieta el cuello de la camisa y las mangas son demasiado anchas,

pero está prohibido sangrar desnudo por [las calles de las ciudades adoptivas. Llevamos un estigma que no borra el automóvil flamante ni las cartas consoladoras que escribimos. Soñé que me iba lejos de aquí el mar estaba picado olas negras y blancas un lobo muerto en la playa un madero navegando llamas en altamar ¿Existió alguna vez una ciudad llamada Montevideo? Una casa un cuadro una silla una lámpara el sonido del mar perdido, pesan tanto como la ausencia de mamá. Para obtener asilo debemos narrar al detalle lo que hicimos. A veces nos perdonan y nos extienden un papel que nos permite vivir donde no quisimos. Tengo un dolor aquí, del lado de la patria. [...] Cuando dicen: "Que pase el extranjero" a veces no me doy cuenta de que soy yo. El exilio son los otros.


Anónimo Poema de mío Cid Cantar Primero: Destierro del Cid 1. De los sos ojos tan fuertemientre llorando tornava la cabeça e estavalos catando. Vio puertas abiertas e uços sin cannados, alcandaras vazias sin pielles e sin mantos e sin falcones e sin adtores mudados. Sospiro Mio Çid ca mucho avie grandes [cuidados. Ffablo Mio Çid bien e tan mesurado: «¡Grado a ti, Sennor, Padre que estas en alto! ¡Esto me an buelto mios enemigos malos!» Alli pienssan de aguijar, alli sueltan las [rriendas. 2. A la exida de Bivar ovieron la corneja diestra e entrando a Burgos ovieronla siniestra. Meçio Mio Çid los ombros e engrameo [ la tiesta: «¡Albriçia, Albar Ffannez, ca echados somos [de tierra!». 3. Mio Çid Ruy Diaz por Burgos entrava, en su conpanna LX pendones. Exienlo ver mugieres e varones, burgeses e burgesas por las finiestras son, plorando de los ojos tanto avien el dolor. De las sus bocas todos dizian una rrazon: «¡Dios, que buen vassalo! ¡Si oviesse buen [ennor!» 17 Por Castiella se va oyendo el pregón, cómo se va de tierra mío Cid el Campeador; unos dejan casas y otros, honor. En ese día en el puente de Arlanzón ciento quince caballeros todos juntados son; todos demandan por mío Cid el Campeador. 18 El día es salido, la noche quería entrar, a sus caballeros mandólos todos juntar: «Oíd, varones, no os dé pesar; «poco dinero traigo, vuestra parte os quiero dar. «Tened en cuenta cómo os debéis comportar: «mañana temprano cuando los gallos cantarán, «no perdáis tiempo, los caballos ensillad; «en San Pedro, a maitines tañerá el buen abad,

«nos dirá la misa de Santa Trinidad; «dicha la misa, tendremos que cabalgar, «pues el plazo se acerca y mucho hemos [de andar». Como lo manda mío Cid así todos lo harán. Hecha la oración, la misa acabada ya, salieron de la iglesia, ya quieren cabalgar. El Cid a dona Jimena la iba a abrazar; dona Jimena al Cid la mano le va a besar, llorando de los ojos que ya no puede más. Y él a las niñas volviólas a mirar: «A Dios os encomiendo, nuestro Padre [espiritual, «ahora nos separamos, !Dios sabe el ajuntar! Llorando de los ojos con un dolor tan grande, así se separan como la una de la carne. Juan Mayorga Fragmento de Cartas de amor a Stalin BULGÁKOVA.- ¿Un poema? BULGÁKOV.- Una carta. BULGÁKOVA.- (Decepcionada.) ¿Una carta? BULGÁKOV.- ¿Quieres que te la lea? BULGÁKOVA.- Sabes que me gusta ser la primera en conocer tus obras. Una carta es otra cosa, desde luego. Al verte con la pluma sobre el papel, pensé que... Pero has vuelto a sentarte aquí, eso es lo que importa. Lo importante es que has vuelto al lugar en que escribiste El apartamento de Zoika. Claro que sí, léeme esa carta. BULGÁKOV.- (Leyendo.) «Estimado camarada: Mi obra La huida, cuyo estreno estaba previsto para el próximo septiembre, ha sido prohibida durante los ensayos. Las representaciones de La isla púrpura han sido prohibidas. Los días de los Turbín, después de trescientas representaciones, ha sido prohibida. El apartamento de Zoika, después de doscientas representaciones, ha sido prohibida. Así pues, mis cuatro obras teatrales se encuentran prohibidas. La edición de mis relatos ha sido prohibida, igual que han sido prohibidos mis ensayos satíricos. La lectura pública de Las aventuras de Chichikov ha sido prohibida. La publicación de mi novela La guardia blanca en la revista Rossia ha sido prohibida. No tengo ánimos para vivir en un país en el que no puedo


me gustaría, pero no he recibido más que negativas. (Silencio.) ¡Oh, sí, Iosif Visarionovich, tenemos que conversar! (Silencio. Está escuchando a su interlocutor cuando, bruscamente, la línea telefónica se corta. Silencio. BULGÁKOV cuelga.) BULGÁKOV.- Se ha cortado. (Pausa. BULGÁKOV espera que el teléfono vuelva a sonar. Pausa. BULGÁKOV espera que el teléfono vuelva a sonar) BULGÁKOV.- No comprendo. Estaba a punto de darme fecha y hora. «¿Mijáil Afanásievich Bulgákov? Le habla el camarada Stalin». Imagínate mi sorpresa. «Buenas tardes, camarada Bulgákov. Hemos recibido sus cartas. Las hemos leído con los camaradas. Quiere marcharse al extranjero, ¿no es eso? Está harto de nosotros». Yo le respondí: «Últimamente me he hecho mil veces la misma pregunta: ¿Puede un escritor ruso vivir fuera de su patria?». A lo que él dijo: «También yo me hago muchas veces esa pregunta. Pero hablemos de usted. ¿Dónde le gustaría trabajar? ¿En el Teatro de Stanislavsky?». Inmediatamente contesté: «Claro que me gustaría, pero no he recibido más que negativas». Ahí fue cuando él dijo: «Presente una solicitud. Tengo la impresión de que esta vez la aceptarán». Y añadió: «Tendríamos que reunirnos para charlar». «¡Oh, sí, Iosif Visarionovich, tenemos que conversar!», dije yo sin dudarlo. A lo que él dijo: «Sí, vamos a encontrar un momento apropiado para eso». Y estaba consultando su calendario, buscando día para convocarme a su despacho, cuando se cortó. (Pausa.) BULGÁKOVA.- ¿Estás seguro de que volverá a llamar? BULGÁKOV.- ¿No te he dicho que estaba a punto de fijar un día y una hora? Acababa de decir: «Tendríamos que reunimos para charlar». (Pausa.) BULGÁKOVA.- ¿Por qué no le llamas tú? BULGÁKOV.- ¿A Stalin? ¿Te has vuelto loca?

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ni representar ni publicar mis obras. Me dirijo a usted para pedirle que se me devuelva mi libertad como escritor (Pausa.) o se me expulse de la Unión Soviética junto con mi esposa». (Pausa.) BULGÁKOVA.- ¿Irnos de Rusia, Mijail? (Largo silencio. BULGÁKOV no replica.) BULGÁKOVA.- ¿De verdad crees que podemos vivir en otro país? No creo que podamos. Es nuestro cielo, nuestra lengua, nuestra gente... (Largo silencio. BULGÁKOV no replica.) BULGÁKOVA.- Ya, ya sé que todos parecen haber cambiado, que éste ya no es el país en que nacimos, pero aquí, en esta casa... Ocurra lo que ocurra ahí fuera, nosotros, tú y yo, podemos ser felices aquí, juntos. (Largo silencio. BULGÁKOV no replica.) BULGÁKOVA.- Lo importante es que estemos juntos. Donde sea, Mijail, donde tú quieras, con tal de que estemos juntos.(Lo toca con amor. Él besa las manos de ella.) BULGÁKOV.- «Firmado: Mijail Bulgákov. Moscú, julio de 1929».(Pausa.) BULGÁKOVA.- ¿A quién la diriges? BULGÁKOV.- A Stalin.[…] BULGÁKOV.- […] ¿Por qué Stalin no responde a mis cartas? ¿Puedes decírmelo? ¿Qué es lo que estoy haciendo mal? (Silencio.) BULGÁKOVA.- Tú eres el escritor. Conoces el efecto de las palabras sobre la gente. ¿Cómo reaccionará Stalin ante una frase como ésta? (Lee.) «Toda la prensa soviética, y junto a ella todas las instituciones encargadas del control del teatro, se esfuerzan en demostrar que un escritor como Mijail Bulgákov no puede vivir en la Unión Soviética.» ¿Cómo reaccionará Stalin ante esas palabras? (BULGÁKOV no lo sabe. Silencio.)[…] (Le interrumpe el sonido del teléfono. Molesto, BULGÁKOV descuelga.) BULGÁKOV.- ¿Sí? (Silencio. Mira a su mujer.) Yo soy. (Silencio.) Buenas tardes, camarada. (Silencio.) Últimamente me he hecho mil veces la misma pregunta: ¿Puede un escritor ruso vivir fuera de su patria? (Silencio.) Claro que


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