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Las momias de Fabara Adaptación del libro "Los duendes del Matarraña" Francisco Javier Aguirre. Mira Editores. 1991.

Mi tío Aurelio era de Maella y sabía muchas historias. Era panadero y madrugaba mucho para encender el horno y hacer el pan, madalenas, empanadones y bizcochos borrachos. Tenía una furgoneta y muy temprano repartía las pastas por los pueblos de alrededor. Como mi tío era muy hablador, me gustaba acompañarle por los pueblos para escuchar sus relatos. Yo vivía en Zaragoza, pero en agosto veraneaba en Maella. Según decía, en Maella siempre habían existido magos, curanderos y brujas. Por lo visto hacían mal a las personas y a los animales con sólo tocarlos. El único remedio contra su embrujamiento eran unas hierbas del señor Villoro San Juan cocidas con agua del Matarraña con incienso y avena. Decía mi tío que esas hierbas crecían en los alrededores del cementerio, pero sólo eran eficaces si se regaban con agua de Santa Susana. CRA Fabara-Nonaspe Dos Aguas Lola Bielsa

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Una vez me contó que cuando mi abuela era pequeña tuvo anginas y estaba muy malita. La llevaron a ver a una gitana que vivía en Maella y tenía fama de curandera y adivina. Cuando la gitana vio a mi abuela les dijo: - Alguien está haciendo mucho mal a esta chica. Para demostrárselo, le puso sobre el pecho un papel de barba, y en él se marcó un dibujo de un muerto que la llamaba. Varios días llevaron a mi abuela a casa de la gitana, que no le dio ungüentos ni bebedizos, sino que la curó haciéndole aspirar el vapor del agua hervida con las hierbas del señor Villoro San Juan al mismo tiempo que hacía conjuros con la garganta, sin abrir la boca. Grrrrrrrrr, mmmmmmmmmm, rrrrrrrrgggggggg…. Otro día me contó que un labrador que se llamaba Liarte y se había quedado viudo, cuando regresaba a casa se encontró una cabra por el camino. Pensando que se había extraviado, la quiso arrear, pero la cabra no se movía. Entonces se la echó al hombro y la trajo hasta El Bucheret. Cuando la apeó, pensando que tomaría el rumbo de su redil, la cabra se transformó en mujer y le dijo: - T'he fotut, Liarte, que m'has portat a casa. (Era una encantaviejos) Cuando ya se acababa el verano y teníamos que volver a Zaragoza, mi tío me dijo que no tenía tiempo de contarme historias porque tenía que ir a Fabara para hacer unos recados. Yo debí ponerme muy triste porque se me quedó mirando fijo y le dijo a mi madre que me iba a llevar en la furgoneta con él. Me puse muy contenta, porque como no tenía bicicleta, me encantaba viajar en su camioneta. Enseguida llegamos a Fabara, me llevaba de la mano y a todo el mundo le decía: - Mireu quina neboda més pita que tinc!

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Llegamos a una casa que está al lado del castillo en la plaza, me dijo que le esperara en el coche. Salió a abrir una anciana vestida de luto, con el pelo recogido en una pañoleta. Hablaron un poco y la anciana le dio algo alargado envuelto en un trapo. Cuando se montó en la camioneta me dijo muy serio: - Vas a ver algo muy especial, pero prométeme que no se lo contarás a nadie mientras yo viva. Me quedé de piedra. Me pasó la mano por la cabeza: "No tengas miedo", me dijo; y añadió que poco a poco iría descubriendo que la realidad no es lo que parece a primera vista. Arrancó la furgoneta y, dando la vuelta por la replaceta de la iglesia, por la calle de detrás del castillo cogimos otra vez la carretera para volver a Maella pero nos detuvimos cerca del Mausoleo.

Mi tío miró el sol y me dijo: - Vamos a esperar un poco.

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Por allí sólo había matojos y arbustos, las nubes desaparecieron, la oscuridad me atemorizaba. Mi tío empezó a medir sus pasos y apartó unas piedras, entonces vi una trampilla de madera en el suelo. Mi tío se limpió las manos, cogió las mías y me dijo: - No tengas miedo, es algo extraordinario. Sacó una llave del bulto que le había dado la vieja. Me quedé pasmada, se me había olvidado gritar. Con gran cuidado levantó la trampilla y bajamos por unas escaleras muy estrechas y empinadas. Cerró la trampilla. La tiniebla era muy densa. No pude contar los escalones que fuimos bajando cogidos de la mano porque se me olvidó sumar de repente. Pronto llegamos a un pasadizo. Caminamos, al doblar un recodo apareció una puerta, se oían las alas de una bandada de murciélagos, y un chirrido largo. Descendimos tres o cuatros escalones y entonces las vi. Allí estaban. Una mecedora blanca y una cuna negra de balancín. Las vi nítidamente. En la mecedora se alargaba la figura de una mujer aún joven, de tez pálida y cabello negro, con las manos de

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brillante papel, un poco inclinada. A su lado izquierdo, en la cuna balancín, la momia de una niña ricamente vestida que parecía dormir. Entre madre e hija corría un brillante hilillo de agua silenciosa. De repente advertí que las dos llevaban las uñas pintadas de un rojo oscuro. De ellas brotaba un líquido luminoso que iba llenando la estancia como un lago, pensé que nos ahogaríamos. La cuna flotaba, se acercaba….

Y ¡me desmayé! Cuando me desperté mi madre me estaba dando un poco de caldo y media aspirina disuelta. Mi tío murió hace dos meses. He cumplido mi promesa.

Ilustraciones:

Laura Figueras, Jesús Bielsa, Amaia Falcón y Jorge Campanales de 6º de Primaria

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Las momias de Fabara  

leyenda, mausoleo romano

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