Ana Ávila
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VIDA EN DEVOCIÓN
Cultivando una relación más profunda con Dios en lo cotidiano
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Contenido Palabras iniciales..............................................................................ix
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Capítulo 1: ¿Qué es una vida en devoción?.................................... 1 Capítulo 2: El costo de una vida en devoción.............................. 11
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Capítulo 3: Los devocionales importan......................................... 19 Capítulo 4: La centralidad de la Palabra....................................... 31
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Capítulo 5: El privilegio de la oración.......................................... 45 Capítulo 6: La necesidad de la constancia..................................... 55 Capítulo 7: La intimidad de la quietud........................................ 65
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Capítulo 8: La libertad de la transparencia................................... 73 Capítulo 9: Devoción durante la rutina........................................ 83
Capítulo 10: Devoción durante el caos......................................... 91 Capítulo 11: Devoción durante la aflicción.................................. 99
Capítulo 12: Devoción en comunidad........................................ 105 Palabras finales............................................................................. 109 Notas........................................................................................... 111
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n la vida nos encontramos con ideas a las que respondemos «sí», otras a las que respondemos «no», y unas cuantas a las que respondemos «sí, pero no». La frase «el cristianismo no es una religión, es una relación» pertenece a la tercera categoría. Comencemos con «pero no». Técnicamente, la expresión «el cristianismo no es una religión, es una relación» es falsa. Nos guste o no, el cristianismo es una religión. No podemos (y no necesitamos) escapar a este hecho.1 Lo que podemos y debemos hacer es desempolvar el significado de la palabra «religión» y dejar de interpretarla como un insulto.2 Un diccionario teológico explica que la religión es «todo lo que une al hombre con la divinidad».3 En términos sencillos, la religión es lo que creemos acerca de Dios y cómo respondemos a lo que Él ha revelado acerca de sí mismo. El cristianismo incluye creencias y prácticas que lo separan de otros sistemas de creencias. No tiene mucho sentido ir por la vida diciendo que «tengo una relación con Jesús» sin afirmar las cosas que Jesús dijo acerca de sí mismo y sin obedecer lo que la Biblia prescribe. Pero ahora pasemos al «sí». Es un «sí» muy importante, y es la verdad alrededor de la cual orbita todo en este libro: Jesús murió en una cruz para que los pecadores puedan disfrutar de una relación amorosa con Dios. Esta relación nos transforma gradualmente en lo que siempre debimos ser. Nos mueve a iluminar el mundo, llamando a otros a ser parte de esta unión con el Creador. El cristianismo es una religión —un conjunto de creencias y prácticas sobre ix
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la divinidad— que fluye de la relación más maravillosa de todas: la relación perfecta con el Dios del universo.
Corazones hechos para la eternidad
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En el libro de Eclesiastés, el predicador nos dice que Dios «ha puesto eternidad en el corazón» del hombre (Ecl. 3:11, RVR60). Esta frase es profundamente cautivadora. Comunica algo que todos hemos experimentado, aunque pocos de nosotros lo expresaremos de manera tan poética. Las nubes en el horizonte, con sus tonos rosados y naranjas, hacen que algunos de nosotros nos detengamos y, aunque sea por un momento, estemos seguros de que el planeta que habitamos es demasiado maravilloso como para ser meramente fruto del azar. Otros escuchan la explosiva risa de un niño y desean que el tiempo de juego jamás termine. Toda la historia parece hacer eco de la pregunta de por qué hay algo en vez de nada; nuestra búsqueda de la verdad provoca que nos maravillemos de la verdad sin principio ni final. Podría ser que este sentido de eternidad en nuestros corazones nos capture solo por unos segundos antes de que lo desestimemos como algo absurdo o que se disipe por las muchas ocupaciones de la vida. Pero siempre está ahí, latente. No podemos escapar de él. Algunos lo consideran una ilusión estúpida, un accidente evolutivo. C. S. Lewis, académico en Oxford, tenía una perspectiva diferente. En su libro Mero cristianismo, escribe que «las criaturas no nacen con deseos a menos que exista la satisfacción de esos deseos. Un niño recién nacido siente hambre: bien, existe algo llamado comida. Un patito quiere nadar: bien, existe algo llamado agua. Los hombres sienten deseo sexual: bien, existe algo llamado sexo».4 Su conclusión: «Si encuentro en mí mismo un deseo que nada de este mundo puede satisfacer, la explicación más probable es que fui hecho para otro
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mundo».5 Lewis reconoce que su profundo deseo por algo más no es un accidente; es una evidencia de que no fue creado meramente para el mundo quebrantado que habitó en el siglo xx. Algunos malinterpretan el argumento de Lewis, diciendo que el hecho de que uno tenga hambre no quiere decir que comerá una sopa al mediodía. Pero ese no es el punto. Lewis no está diciendo que nuestros deseos definitivamente serán satisfechos; más bien está diciendo que existe algo que puede satisfacer nuestros deseos. ¡Estas son buenas noticias! Queremos más de lo que este mundo puede ofrecer y encontramos esto en Dios. El problema es que solemos buscar esta satisfacción sobrenatural en los lugares equivocados. Otro pensador, Agustín de Hipona, lo expresó de esta manera muchos siglos antes que Lewis: «Nos has hecho para ti y nuestro corazón anda siempre desasosegado hasta que se aquiete y descanse en ti».6 El Creador nos diseñó para ser satisfechos en Él. Todo lo demás se queda corto. Entonces, si fuimos hechos para estar en relación con lo más amoroso, bueno, justo y hermoso —Dios—, no debería sorprendernos que nada en la tierra —ni las cosas más amorosas, buenas, justas y hermosas, de la tierra— nos satisfaga completamente. Por cierto, hay cosas que, por un momento, parecen deleitarnos casi por completo: la mano de tu hijo sobre tu rostro mientras lo meces para dormir, la última nota de una sinfonía que te sacude hasta los huesos o el abrazo de alguien que jamás pensaste volver a ver. Al final, sin embargo, nos damos cuenta de que estos son apenas vistazos de algo más. Así que seguimos buscando, pero acabamos decepcionados. Esperamos encontrar al Creador en la creación. No nos damos cuenta de que es como enviar un cohete a la luna cuando intentamos alcanzar el sol. Empecé esta búsqueda de satisfacción desde pequeña. Yo era una de esas niñas demasiado exigentes consigo mismas, que se rompía en mil pedazos cuando obtenía un 98 en vez de un 100. Todo lo que
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anhelaba era ser inteligente. Por alguna razón me convencí de que encontraría la paz cuando aprendiera todas las cosas que pudieran aprenderse. Pero, por supuesto, esa paz nunca llegó, sin importar cuántos libros devoré. Los destellos de verdad que encontré en la biblioteca o al mirar a través de mi telescopio de juguete me trajeron gozo solo por un momento. Necesitaba más. Estaba perdida y no sabía dónde encontrar descanso para mi agitado corazón. No es extraño que busquemos satisfacción en la creación. Después de todo, podemos ver, sentir, oler, escuchar y probar la creación. ¿Pero a Dios? ¿Cómo podemos saber que Él escucha? ¿Cómo podemos saber que a Él le importa? La Biblia misma admite que es más fácil amar a aquellos que podemos ver que a Dios, a quien no podemos ver (1 Jn. 4:20). Pero el hecho de que Dios es Espíritu y que no podemos (por lo regular) percibirlo a través de nuestros sentidos no significa que no podemos estar en relación con Él. El Creador se reveló y se acercó a nosotros; Él nos ha mostrado quién es y quiénes somos nosotros. Podemos dejar de vagar sin rumbo porque Dios nos ha mostrado el camino. Una vida en devoción es una vida que anda en ese camino a casa.
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Devoción: Estar asombrado de quién es Dios y de lo que Él ha hecho, buscando disfrutar de Su amor y vivir cada momento para Su gloria.
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Devocionales: Momentos regulares en quietud cuando hacemos una pausa y le recordamos a nuestra alma, sin importar lo angustiada que esté, quién es Dios y lo que Él ha hecho, a través de la lectura bíblica y la oración.
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o necesitas a nadie para ser feliz». Estas son palabras que repetimos con tanta frecuencia que nos hemos vuelto sordos a lo absurdas que son. Podríamos usarlas para consolar a alguien que acaba de terminar una relación amorosa o que fracturó una de sus amistades más profundas, con buenas intenciones, pero usando frases trilladas ridículas. Igual podríamos burlarnos de un pez que está muriendo fuera del agua o pretender que una planta debiera estar contenta aunque nunca tenga sus raíces bajo tierra. Las relaciones rotas duelen porque, por mucho que nos duela admitirlo, necesitamos buenas relaciones para florecer y ser felices. Que estamos profundamente conectados con otros seres humanos se revela desde los primeros momentos de nuestra existencia. Todos comenzamos nuestros días en este planeta siendo tejidos dentro de una mujer que ofrece su cuerpo para nutrirnos y protegernos. Meses después, el cordón umbilical se corta, pero nuestras vidas permanecen firmemente conectadas a las de aquellos que nos trajeron al mundo. Como bebés recién nacidos, seguimos dependiendo de otros. Necesitamos ser alimentados, cubiertos, protegidos y sostenidos. Si se nos rechaza o descuida en esta etapa tan crucial de la vida, aunque seamos incapaces de formar recuerdos explícitos permanentes, nuestros cuerpos y mentes llevarán las marcas del abandono durante mucho tiempo. 1
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Conforme pasan los años, somos cada vez más capaces de suplir nuestras propias necesidades físicas sin la ayuda de otras personas. Pero nos equivocamos si pensamos que esto significa que estamos en el camino de volvernos completamente independientes. Conforme crecemos y nos hacemos más hábiles, empezamos a aprender lo que significa ser individuos interdependientes. Somos parte de algo más grande que solo nosotros. No solo recibimos de otros, sino que también podemos servir a otros. Este proceso de aprendizaje requiere mucho tiempo y energía. Aunque la mayoría de los animales tienen «infancias» cortas, los humanos necesitan muchos años para aprender a ser miembros funcionales de su comunidad. La razón es que nuestro tejido social es complejo. Para empezar, necesitamos adquirir el lenguaje (o los lenguajes) de nuestro grupo, y luego debemos aprender a utilizarlo de manera prosocial, para contribuir a la comunidad. Desde el día en que nacemos, nuestro cerebro se inunda de las palabras de quienes nos rodean. Poco a poco, aprendemos cómo usarlas: intentamos y fallamos, somos corregidos y ajustamos. Luego, a través del juego, aprendemos a lidiar con otras personas, a negociar. Me divierto contigo, tú te diviertes conmigo. Oh, ¿no te estás divirtiendo? No te vayas, podemos hacer otra cosa. Yo pateo la pelota y tú puedes bloquear la portería; tú puedes sostener la base de la torre y yo pongo los bloques encima. Una buena infancia nos enseña cómo ser parte de un equipo, donde tenemos habilidades que otros no tienen y podemos contribuir para que la humanidad prospere. Luego maduramos, expandimos nuestras comunidades, nos unimos y dejamos grupos, formamos familias y las hacemos crecer. Siempre estamos conectados con otros y eso es algo bueno. Tiene sentido, entonces, que nos duela tanto cuando las relaciones se fracturan.
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La Biblia dice que no fuimos hechos para estar solos. En el libro de Génesis, muy cerca del principio de todo, Dios dice: «Hagamos al hombre a Nuestra imagen, conforme a Nuestra semejanza» (Gén. 1:26). Nota el plural. ¿Quién es el que se nos presenta, que dice «hagamos»? ¿Quién es el que habla de «nuestra» semejanza, conforme a la cual seríamos hechos? Poco después tenemos la respuesta: «Dios creó al hombre a imagen Suya, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó» (Gén. 1:27). Esto es intrigante: si somos hechos a imagen de Dios, ¿por qué no dijo: «haré al hombre a Mi imagen, conforme a Mi semejanza»? Aquí tenemos quizá el primer destello de que Dios es Alguien que va mucho más allá de cualquier cosa que podamos imaginar. El Antiguo Testamento enfatiza la unicidad de Dios, muy probablemente para proteger al pueblo de Israel de las prácticas idolátricas de los grupos politeístas a su alrededor:7 «Escucha, oh Israel, el Señor es nuestro Dios, el Señor uno es» (Deut. 6:4). Incluso así, como hemos visto, empezando en el primer capítulo de Génesis, las Escrituras hebreas nos dan pistas acerca de cómo esta unicidad es una imagen parcial (Sal. 45:6-7; 110:1; Zac. 2:8-11; Prov. 30:4). Aún más, en el Nuevo Testamento, estos destellos de multiplicidad en la unicidad se convierten en una luz cegadora. A veces, de manera literal (Mat. 17:1-8; Hech. 9:1-9). Al inicio del ministerio de Jesús, Sus seguidores podrían haber pensado que Él era un profeta más. Obrar milagros no convierte a alguien en Dios, ¿verdad? Sí, que el agua se convirtiera en vino era algo emocionante, pero antes habían sucedido cosas similares. Después de todo, Elías multiplicó la harina y el aceite y Eliseo purificó un potaje que no podía comerse. Poco a poco, sin embargo, Jesús reveló más y más acerca de quién era Él y lo que había venido a hacer. Él no era solo un profeta más; Él era el Mesías prometido que venía del cielo. Y la naturaleza de este Mesías era mucho más asombrosa de lo que el pueblo de Israel
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esperaba. Él estaba con Dios y, al mismo tiempo, Él era Dios, quien se humilló voluntariamente para hacer a los pecadores hijos de Dios (Juan 1:1, 12). No solo eso; después de que Su obra en la tierra había terminado, Jesús envió a otro… alguien que —como Él— era al mismo tiempo alguien más y también Dios: el Espíritu (Juan 15:26). Si esto hace que tu cabeza dé vueltas, estás empezando a comprenderlo. No es en vano que Agustín, considerado uno de los padres de la Iglesia, dijo que intentar entender la naturaleza trina de Dios era una tarea llena de dificultades agotadoras, ya que «la mente intenta contemplar luz inalcanzable».8 Así es. Dios es un Dios en tres personas. Este es el hermoso misterio de la Trinidad. Así que, aunque Dios es Uno, Él siempre ha existido en comunión; Él siempre ha estado dando y recibiendo amor entre las tres personas de la Trinidad. No sorprende, entonces, que la capacidad de dar y recibir amor de otros sea parte del ser hechos a Su imagen. Esto nos ayuda a entender por qué las relaciones son tan importantes para nosotros los humanos, criaturas hechas a imagen de Dios. Podríamos vernos tentados a argumentar que, así como Dios ha existido en comunión gozosa consigo mismo desde la eternidad, los humanos también podríamos encontrar contentamiento dando y recibiendo amor a nosotros mismos. Esto podría ser atractivo para nosotros los introvertidos, pero, lamentablemente, la multiplicidad en la unicidad no es parte de nuestra naturaleza. Por mucho que nos guste la quietud, necesitamos a otros para amar y ser amados. Esto se enfatiza más adelante en Génesis, cuando Dios declara que «no es bueno que el hombre esté solo» (Gén. 2:18). Las personas familiarizadas con este versículo tienden a pensar en él solo en el contexto del matrimonio. Esto es, por supuesto, la principal manera de entender este pasaje. Justo después de esta declaración, Dios forma una mujer a partir del hombre, para
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hacerla su esposa. Sin embargo, en el contexto más amplio de la Escritura, nos damos cuenta de que es bastante probable que este pasaje no solo esté hablando de un hombre que se perderá de las delicias del romance a menos que Dios intervenga. Hay más que eso aquí. Después de todo, Jesús enseña que no habrá matrimonio en el cielo y el apóstol Pablo anima a las personas solteras para que aprovechen su libertad para servir al Señor (Mat. 22:30; 1 Cor. 7:32-34). El matrimonio, aunque es algo maravilloso, no puede ser la única manera de satisfacer la necesidad que los humanos tienen de relacionarse unos con otros. Pero el hecho de que no es bueno que el hombre esté solo sigue siendo real, ¿no? Me parece que sí. Por eso me inclino a pensar que, cuando Dios trajo a Eva a Adán en los primeros capítulos de Génesis, Él estaba proveyendo algo más que una esposa (¡por asombroso que eso sea!): Él estaba proveyendo una manera en la que los humanos pudieran hacer más humanos para relacionarse unos con otros. Él estaba proveyendo una manera para que tengamos no solo cónyuges y padres, sino también tíos, primos, amigos, compañeros de trabajo y de clases, mentores y más. ¿Por qué anhelamos relaciones? Porque fuimos hechos para ellas.
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Leer acerca de la necesidad que tenemos de relacionarnos podría desanimarnos. Quizá hemos intentado creer que «no necesitamos a nadie para ser felices» para protegernos del dolor que otros nos han causado. Somos demasiados los que hemos sido lastimados por aquellos que debieron amarnos. Y, si somos sinceros, reconoceremos que también nosotros hemos herido a los portadores de la imagen de Dios con los que compartimos la vida. Ese es el triste dilema de todo
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ser humano. Anhelamos ser conocidos y amados, conocer y amar a otros, pero somos muy malos para hacerlo. Pero no todo está perdido. El Dios que siempre ha sido amor nos quiere enseñar cómo amar y ser amados. Y la manera en la que lo hace es trayéndonos a una relación con Él, una relación de amor y gozo a través de la cual somos transformados para ser capaces de amar a otros como hemos sido amados. Cuando entendemos que la relación más importante que tenemos es nuestra relación con el Creador, todo lo demás empieza a caer en su lugar. Esto, por supuesto, no significa que una vez que reconozcamos a Dios, todas nuestras interacciones serán perfectas o siquiera agradables; significa que experimentamos la fuente eterna de amor de Dios. Este amor nos satisface y nos permite dar a otros el amor que hemos recibido. Seremos libres para abrir nuestro corazón y libres para perdonar. Seguiremos siendo lastimados, pero no seremos abandonados. «Porque aunque mi padre y mi madre me hayan abandonado, el Señor me recogerá» (Sal. 27:10). El apóstol alaba así: «Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de misericordias y Dios de toda consolación, el cual nos consuela en todas nuestras tribulaciones, para que también nosotros podamos consolar a los que están en cualquier aflicción, dándoles el consuelo con que nosotros mismos somos consolados por Dios» (2 Cor. 1:3-4). Nuestra relación con Dios es tan fundamental y tan hermosa que Jesús la llama vida eterna: «Y esta es la vida eterna: que te conozcan a Ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado» (Juan 17:3). La verdadera vida eterna, la vida abundante para la que fuimos hechos, es conocer a Dios, no en el sentido de simplemente conocer datos acerca de Él, sino en el sentido de estar cerca de Él, entenderlo y confiar en Él. Lo más importante es ser conocidos y abrazados por Él.
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Esto no es lo que suele venir a nuestra mente cuando hablamos de la vida eterna. Tendemos a pensar en la vida en el «más allá», donde la muerte y el sufrimiento no existirán y donde habitaremos en perfecto gozo. La Biblia, por supuesto, enseña acerca del día en el que todas nuestras lágrimas serán enjugadas, cuando «ya no habrá muerte, ni habrá más duelo, ni clamor, ni dolor, porque las primeras cosas han pasado» (Apoc. 21:4). Pero el enfoque principal del Dios de la Biblia no es llevarnos a un lugar donde podamos vivir cómodamente, libres de los retos de la vida rota que todos hemos experimentado. Eso será maravilloso, pero hay algo aún mejor: el Dios de la Biblia desea llevarnos a sí mismo, porque solo en Él podemos experimentar «plenitud de gozo» y «deleites para siempre» (Sal. 16:11). Él nos ama tanto que se enoja con justicia cuando intercambiamos esta dicha incomparable con cualquier otra cosa, como un padre se horroriza cuando su hijo se va con un extraño que le ofrece un caramelo en lugar de correr a la seguridad de su hogar. Esta es la razón por la que el profeta amonestó diciendo que «no hay fidelidad, ni misericordia, ni conocimiento de Dios en la tierra» (Os. 4:1). El pueblo de Dios menospreció Su amor y sufrió las consecuencias. Todos lo hacemos, y nuestro Padre no es indiferente a ello. Aquellos que hemos crecido en culturas que han sido profundamente influenciadas por el cristianismo podríamos estar acostumbrados a escuchar que Dios es nuestro Padre. Esta verdad debería asombrarnos, pero con frecuencia la damos por sentada o ignoramos sus implicaciones. En un sentido, que Dios sea nuestro Padre simplemente significa que venimos de Él: Él nos hizo y le pertenecemos como criaturas. Desde esta perspectiva, todo ser humano podría decir que Dios es su Padre (Mal. 2:10). Pero a lo largo de la Escritura tenemos tanto pistas como declaraciones obvias de que Dios quiere que vayamos más profundo. No es suficiente con decir: «¡Oye, gracias por hacerme! Ahora voy a vivir como si no existieras, a menos que me meta en serios problemas». A través del profeta Jeremías, por ejemplo,
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Dios prometió un día en el que el exiliado pueblo de Israel se volvería a Él y sería restaurado: «Yo había dicho: “¡Cómo quisiera ponerte entre Mis hijos, y darte una tierra deseable, la más hermosa heredad de las naciones!”. Y decía: “Padre Mío me llamarán, y no se apartarán de seguirme”» (Jer. 3:19). Esto nos da un vistazo del sentido más profundo en el que Dios quiere ser Padre de los seres humanos: quiere proveer para ellos y quiere que Sus hijos le obedezcan. La Biblia es clara en que no todas las personas tendrán esta clase de relación con Dios, porque no todos la desean (Juan 1:12; Gál. 4:67; 1 Jn. 3:1-7). Aun así, todos somos invitados a venir. De eso se trata el cristianismo: personas rotas que son bienvenidas a la familia de Dios. «Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo», escribe el apóstol, «que nos ha bendecido con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo. Porque Dios nos escogió en Cristo antes de la fundación del mundo, para que fuéramos santos y sin mancha delante de Él. En amor nos predestinó para adopción como hijos para Sí mediante Jesucristo, conforme a la buena intención de Su voluntad, para alabanza de la gloria de Su gracia que gratuitamente ha impartido sobre nosotros en el Amado» (Ef. 1:3-6). No fuimos hechos solo para relacionarnos con otros seres humanos, por maravilloso que esto pueda ser. Dios nos hizo para relacionarnos con Él; nos quiere traer a la relación amorosa de la Trinidad. La Biblia no nos enseña sobre un Dios que puso el universo en movimiento y luego lo dejó ir para ver qué sucedía. Él es el Dios que sostiene. Él es el Dios que guía, cuida, consuela y protege. Él está cerca y escucha el lamento del débil. Él no solo ama… Él es amor. Es verdad que, en esta vida, no podemos ver a Dios directamente y disfrutar de nuestra relación con Él en la plena libertad que tendremos un día. Está bien anhelar el momento en el que le veremos cara a cara, tal como Él es (1 Jn. 3:2; 1 Cor. 13:12). Pero sería un error quedarnos ahí. Dios nos escucha hoy. Dios nos sostiene hoy. Él guía, cuida, consuela y protege hoy. Él nos ama. Vemos «por un espejo,
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veladamente», pero podemos ver. Y podemos deleitarnos y ser transformados al ver. Eso es lo que significa vivir una vida en devoción.
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Desafortunadamente, muchas personas han reducido la devoción a Dios a una lista de tareas. Vamos a la iglesia y escuchamos un montón de cosas que debemos hacer y otro montón de cosas que debemos dejar de hacer para ser buenos. Leemos nuestra Biblia, oramos antes de comer y damos a los que tienen necesidad. Escuchamos la música adecuada, vemos las películas correctas y nos vestimos de cierta manera, y por eso nos llamamos cristianos. Creemos que lo que hacemos o dejamos de hacer es lo que nos convierte en cristianos. Tenemos las cosas al revés. De acuerdo con la Biblia, no somos cristianos por lo que hacemos. Más bien, somos cristianos por la persona a quien pertenecemos… y la persona a quien pertenecemos cambia lo que hacemos (2 Cor. 1:21-22; Rom. 14:8). Nuestro Padre celestial nos trae a Su familia. Somos hijos para siempre. En todo hogar bueno existen reglas y relaciones. Las familias ponen límites y expectativas para el bienestar de sus miembros. También pasan tiempo juntos para conocerse y crear lazos. La mayoría de estas actividades son simplemente «hacer vida» juntos y suceden de manera natural: hacer comidas, charlar en el auto, jugar y reír juntos, enfrentarnos a las decepciones de la vida y ayudarnos a atravesarlas. Estas relaciones moldean a los miembros de la familia y los solidifican en lo que ya eran por naturaleza después de nacer o de ser adoptados: hijos. Ellos desarrollan creencias, valores y prácticas que los diferencian de los miembros de otras familias, pero no son miembros de sus familias porque sostienen creencias, valores y prácticas específicas.9 Entonces, así como ser hija de mi padre terrenal no depende de que lo llame tres veces a la semana para ponernos al corriente, ser una
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hija de Dios no depende de si marqué como completado el plan de lectura bíblica de hoy o no. Probablemente es una buena idea llamar y definitivamente es maravilloso leer la Biblia con frecuencia, pero las relaciones implican mucho más que eso. Lo entendemos de manera intuitiva cuando se trata de relaciones con otros seres humanos, pero con frecuencia fallamos en entender esto acerca de nuestra relación con Dios. Es sorprendente lo fácil que es reducir nuestra comunión con Dios a una lista de cosas que completamos de vez en cuando. Hay mucho más disponible para nosotros, muchísimo más. Una vida en devoción es una vida consciente de que Dios nos ama y está con nosotros en todo momento. Es una vida dedicada a mirar la belleza, el poder, la sabiduría y la bondad de Dios a través de todas las cosas y las personas que nos rodean; una vida en la que somos confrontados por lo lejos que estamos de ser las personas que Dios nos hizo para ser, y en la que deseamos y nos esforzamos por ser transformados. Una vida que hace incluso las cosas más cotidianas con gozo porque cada una puede ser una canción de alabanza (Sal. 19:1; Rom. 12:1-2; 1 Cor. 10:31). Una vida en devoción es una vida en asombro por quien Dios es y lo que Él ha hecho; es una vida de propósito porque nuestro maravilloso Dios nos ha enviado en una misión. Una vida en devoción puede no ser fácil (en un mundo donde la mayoría rechaza a Dios, no deberíamos esperar que lo sea), pero es una buena vida. La mejor vida. Esta es la vida eterna que Jesús nos ofrece. Si la deseamos. El problema es que con frecuencia no la deseamos.
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a triste realidad de la vida es que, aunque todo ser humano anhela profundamente la comunión amorosa con Dios, seguimos huyendo de nuestro Hacedor a cada momento. Deseamos la eternidad, algo que vaya más allá de lo que podamos ver y tocar, pero en realidad no deseamos a Dios. No en nuestro estado natural. Nos convencemos de que lo que nos hace falta es cierto trabajo, persona, diploma o número en nuestra cuenta de banco. Luego trabajamos duro para conseguirlo y a veces lo logramos. Pero luego, después de un momento de emoción, nos sorprende descubrir que nos encontramos tan vacíos como estábamos antes. ¿Quizá elegimos la meta equivocada? Quizá no era el esposo, sino los hijos. Quizá no era convertirse en doctor, sino en cirujano. Quizá no era una maestría, sino un doctorado. Quizá no eran 100 000 dólares, sino 200 000. Así seguimos y jamás termina. Sin importar lo bien que nos vaya en la vida, sin importar lo exitosos que lleguemos a ser a los ojos de los que nos rodean, nunca estamos satisfechos. Y sin embargo, nos resistimos a ir al único lugar donde nuestra alma encontrará verdadero descanso. La Biblia llama a esto idolatría: tener otros dioses antes que Dios; confiar, reverenciar o valorar cualquier cosa creada más que al Creador (Ex. 20:3-6; Sal. 115:4-8). Probablemente no estamos tallando madera o piedra, pero en la misma necedad que la de aquel que se inclina ante un árbol, nos inclinamos ante las personas, el dinero o la reputación. Dedicamos nuestras vidas a cosas que no duran y nunca 11
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satisfacen plenamente. Podrían ser cosas buenas, incluso cosas maravillosas, cosas que hacemos bien en desear y disfrutar, pero cuando se convierten en lo principal, inevitablemente decepcionan. No fueron hechas para cargar el peso de nuestra devoción. Esta idolatría viene de lo más profundo, en todos nosotros. «Y Él les dio vida a ustedes, que estaban muertos en sus delitos y pecados», escribió el apóstol, «en los cuales anduvieron en otro tiempo según la corriente de este mundo, conforme al príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia. Entre ellos también todos nosotros en otro tiempo vivíamos en las pasiones de nuestra carne, satisfaciendo los deseos de la carne y de la mente, y éramos por naturaleza hijos de ira, lo mismo que los demás» (Ef. 2:13). Nuestro engaño es tan grande que se describe como muerte. En lugar de destinarnos a disfrutar el encontrarnos en comunión con nuestro Hacedor, nuestra renuencia a reconocerlo nos apartó más y más de Él. Lejos de ser hijos de Dios, éramos hijos de ira. Algunas personas admitirán rápidamente que están huyendo de Dios. Muchos otros, sin embargo, no se han dado cuenta de que están en «lo mismo que los demás». Aun así, de vez en cuando se podrían preguntar por qué, después de años de ir a la iglesia y hacer cosas de cristianos —marcando todas las casillas de lo que la gente piadosa debe hacer— siguen siendo la misma persona que antes. Siguen viviendo en idolatría, buscando satisfacción en los lugares equivocados, esclavizados al pecado. La razón es que siguen muertos. «Un cadáver no se nutre ni se fortalece con la comida, por mucho que se alimente», escribió John Owen.10 Ir a la iglesia, orar y leer la Biblia es sustento vital para los hijos de Dios, ¿pero para los hijos de ira? Se convierte en algo que hacen para guardar las apariencias, para alimentar su idolatría. Donald Whitney lo dijo así: «La razón por la que algunos se sienten frustrados acerca de su espiritualidad es porque están asumiendo vida y salud cuando en realidad son cadáveres espirituales».11
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¿Somos cadáveres espirituales o estamos vivos en devoción a Dios? Debemos examinarnos a nosotros mismos. ¿Qué es lo que nuestra alma más desea? Podríamos conocer la respuesta correcta. Pero, ¿vivimos como si esto fuera cierto? Podríamos vernos tentados a decir que debemos estar bien porque no somos tan malos. Pensamos en el hijo pródigo, que deshonró a su padre, vivió desenfrenadamente y estaba perdido en el pecado más obvio. Pero podríamos olvidar al otro hijo en la parábola, el hermano mayor. El que se quedó y obedeció e hizo todas las cosas correctas cerca de su padre. El que al final mostró lo que había en su corazón. Refunfuñó cuando vio la gracia que se le extendió a su hermano. Protestó y se rehusó a unirse a la fiesta. Pensó que era bueno y no se dio cuenta de que estaba tan perdido como cualquier flagrante pecador. Estaba lejos de su papá mientras vivía en la misma casa. Estaba muerto al amor del padre (Luc. 15:11-32). Quizá estás muerto como el hijo mayor de la parábola. Quizá estás muerto y por eso te has conformado con volar por tu plan de lectura bíblica, sintiéndote genial mientras marcas casillas y culpable cuando no puedes hacerlo, porque luego tendrás que mentirle a tu pastor o decepcionarlo. Quizá no te interesa realmente que la Biblia te transforme y no te asombra el hecho de que el Dios del universo hable a través de ella. Quizá estás muerto a pesar de tus frecuentes oraciones: supones que Dios te debe buenos resultados, ya que has pasado tanto tiempo en tu «cuarto de guerra». Lo que deseas no es a Dios, sino lo que Dios puede darte. Quizá estás muerto y das a los pobres, sintiéndote superior a todos esos irresponsables que no pueden ahorrar suficiente dinero para sobrevivir, mucho menos para tener algo que ofrecer. Tu generosidad no fluye del amor a Dios y al prójimo, sino del orgullo. Es fácil actuar como si estuvieras vivo y fueras devoto, particularmente cuando has pasado el tiempo suficiente en la iglesia. Pero entonces, ¿cómo podemos saber que realmente pertenecemos a Él?
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¿Cómo podemos asegurarnos de que no estamos muertos? La Biblia nos llama a examinarnos (2 Cor. 13:5). Nos dice que «el Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios» (Rom. 8:16). Recuerdo haberle preguntado a Dios acerca de esto con un poco de temor. Mi pastor de ese entonces enfatizaba que uno debe ser capaz de señalar exactamente el momento en el que pasaron de muerte a vida en Dios. Se me dijo que, si yo era realmente salva, mi vida debía lucir radicalmente distinta de un día para otro. Si no era así, era como decir que chocaste con un gran camión, pero no tienes ni un rasguño. La Biblia dice que los conocerán por sus frutos, ¿no? (Mat. 7:15-20). El problema es que había pasado mi vida entera hasta ese momento falsificando fruto. Mi corazón deseaba alabanza —mi ídolo favorito— desde que tengo memoria. Yo era una muy buena niña cristiana. Tenía calificaciones excelentes y obedecía a mis padres incluso cuando no estaban cerca para mirar. Leía la Biblia, oraba y memorizaba versículos. Nunca tomé, ni usé drogas ni nada parecido. Era cuidadosa con mis palabras. Cantaba en el coro. Ayudaba a mis amigos con la tarea. Así que mi vida exterior no lucía muy distinta después de que Dios me confrontó con mi pecado y cambió mi corazón. Seguí obedeciendo, leyendo, orando y ayudando. ¿Cómo podía estar segura de que mi corazón realmente había cambiado? Me examiné y le pedí a Dios que me ayudara a entender si era realmente suya. Él, lleno de gracia, me respondió al mostrarme cómo mis deseos y mis pensamientos eran completamente diferentes a los de antes. Ahora estaba profundamente consciente de mi pecado, incluso si este era invisible a las demás personas: yo podía ver mi orgullo, mi deseo de ser alabada, mi temor al hombre y a mi fracaso. Veía cómo esas cosas me habían impulsado a hacer lo que todos consideraban maravilloso. Y lo odiaba. No quería vivir más de esa manera. Quería agradar a Dios y solo a Dios. Deseaba desearlo a Él sobre todas las cosas. Así es como supe que ya no me pertenecía a mí misma. Yo era suya y Él comenzó la obra de limpiarme desde
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adentro para que pudiera llevar el fruto verdadero, que permanecía y que realmente lo honraba. Tuve ojos para ver.
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La verdadera vida en devoción comienza con personas que antes eran devotas al pecado, cuyos ojos ahora son abiertos para el único que es digno de nuestra devoción. Esta ceguera espiritual solo puede remediarse de manera sobrenatural. «Pues Dios, que dijo: “De las tinieblas resplandecerá la luz”, es el que ha resplandecido en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en el rostro de Cristo» (2 Cor. 4:6). Una verdadera vida en devoción requiere que los cadáveres sean vueltos a la vida. Eso no es algo que podamos hacer nosotros mismos; esto es lo que Dios hace a través de Jesús: «Pero Dios, que es rico en misericordia, por causa del gran amor con que nos amó, aun cuando estábamos muertos en nuestros delitos, nos dio vida juntamente con Cristo» (Ef. 2:4-5). Pero, ¿cómo? ¿Qué hay de nuestro pecado? ¿Puede Dios simplemente abrir nuestros ojos a nuestra pecaminosidad y decirnos: «Está bien, te perdono… intenta ser mejor ahora»? Así no es como funciona. El pecado no puede ser sencillamente barrido debajo de la alfombra, no por un Dios justo. Nuestra deuda hacia Él es demasiado grande para pagarla. Hemos pecado y nos hemos rebelado en contra de un Dios infinitamente grande, que es digno de todo nuestro ser. Él nos hizo y Él hizo el universo que habitamos. Él sabe qué es lo mejor, y sin embargo le damos la espalda una y otra vez. La buena noticia para nosotros es que fuimos hechos por y para un Dios que es amor en sí mismo y que ha decidido amarnos. La mala noticia para nosotros es que el Dios de amor es perfectamente santo. Él nos separó del pecado y la corrupción. Él habita en la luz y no existe oscuridad en Él. Sí, Él es «lento para la ira y abundante
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en misericordia, y perdona la iniquidad y la transgresión», pero, al mismo tiempo, «de ninguna manera tendrá por inocente al culpable» (Núm. 14:18). ¿Cómo funciona eso? ¿Cómo es que un Dios como este ama a pecadores como nosotros? ¿Cómo puede llamarnos suyos y regocijarse en nosotros (Sof. 3:17), cuando hemos pecado tanto y pecaremos en el futuro? No hay mejores palabras para expresar la respuesta a estas preguntas que las palabras del salmista: «La misericordia y la verdad se han encontrado, la justicia y la paz se han besado» (Sal. 85:10). La misericordia que destella en el Antiguo Testamento —el conocimiento parcial de que de alguna manera Dios perdonaría a Su pueblo infiel— resplandece con fuerza en la obra de Jesús en la cruz. Ese madero fue el lugar donde el carácter perfecto de Dios fue mostrado de manera más maravillosa. Él es justo; se toma el pecado en serio. Él es misericordioso; no desea que las personas se pierdan para siempre por su pecado. Así que hizo un camino. Él tomó forma humana y entregó Su cuerpo como sacrificio por las transgresiones de los suyos. La culpa del pecador fue puesta sobre Jesús y la justicia de Jesús fue puesta en toda persona que confía en Él. Jesús no murió como un mártir político en las manos del pueblo romano porque estaba causando demasiados problemas entre los judíos. Jesús entregó Su vida para ser el sacrificio perfecto que era necesario para saldar la deuda del pecador. El justo sufrió por los injustos (Juan 10:18; 1 Ped. 3:18). No fue algo fácil. Aunque Jesús era Dios, también era hombre: Él sintió dolor y sufrió. Preguntó si había alguna otra manera, si podía evitarlo: «Padre Mío, si es posible, que pase de Mí esta copa; pero no sea como Yo quiero, sino como Tú quieras» (Mat. 26:39). Solo a través de la cruz es que los pecadores como nosotros podemos ser recibidos por siempre por un Dios perfectamente bueno. Jesús se puso en nuestro lugar con gozo doloroso: «Jesús, el autor y consumador de la fe, quien por el gozo puesto delante de Él soportó la cruz, despreciando la vergüenza, y se ha sentado a la diestra del trono
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de Dios» (Heb. 12:2). Este es el camino que Dios hizo para nosotros, para que seamos libres de pecado, para que nuestros corazones puedan cambiar de muerte a vida. Esta es la única manera en que la vida en devoción puede comenzar.
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Desde el principio, Dios ha deseado habitar entre Su pueblo y mostrar Su favor hacia ellos. Él caminó con Adán y Eva en el jardín. No los abandonó cuando fallaron, sino que prometió redención (Gén. 3:15). Más adelante, cubrió con Su sombra a Israel a través del desierto, y llenó el tabernáculo y el templo con Su presencia. Él se reveló a sí mismo a través de los profetas y guio a Su pueblo a través de reyes imperfectos. Ahora, a través de Jesús, Dios está todavía más cerca. Se nos dice que no simplemente está con nosotros, sino en nosotros; Su Espíritu habita dentro de nosotros y ahora llamamos a Dios nuestro Padre (Rom. 8:9, 15). Ven y ve la bondad de Dios que se revela en Jesús. El trabajo ha sido hecho. Ven con confianza, no por lo que tú eres, sino por lo que Él es. Él ha mostrado Su amor. Arrepiéntete de tu pecado y cree en lo que Jesús ha hecho. Abraza el sacrificio de la cruz como tu justicia perfecta para siempre. Conoce que nada puede separarte del amor de Dios. Nada. Jamás olvides lo costoso que fue este regalo de gracia y jamás olvides que el pago fue completamente cubierto. No hay nada que puedas añadir a él… simplemente puedes deleitarte en él. Y este deleite transformará tu vida para siempre.