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Discípulas (Muestra)

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Discípulas M

Usando la Palabra, la obra y las maravillas de Dios para invertir en las mujeres


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Prólogo

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Introducción

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Parte 1: ¿Qué es el discipulado?

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Capítulo 1: El ADN de una hacedora de discípulas En este capítulo veremos que el discipulado es un estilo de vida: un patrón y una forma de vida. Para hacer discípulas que hagan discípulas, primero tienes que ser tú misma una discípula. Para guiar bien a las demás, primero debes guiarte bien a ti misma. En este capítulo, veremos la vida de Jesús como un modelo a seguir. Capítulo 2: El discipulado es un estilo de vida En esta sección aprenderemos que hacer discípulas es una consecuencia natural de lo que Dios ya está haciendo en tu vida. Cuando discipules a otras mujeres, debes recurrir a tres fuentes principales: la Palabra de Dios, la obra de Dios en tu vida y el XV

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maravilloso poder del Espíritu Santo morando en nuestro interior.

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Capítulo 3: Ora y planifica En este capítulo, aprenderemos cómo iniciar un Grupo-D y desarrollar un proceso eficaz para discipular a las mujeres. Todo comienza con la oración, seguida de un proceso planificado. También exploraremos a fondo la diferencia entre lo que es esencial para un Grupo-D y lo que es opcional, y aprenderemos un método práctico para escribir un diario para que OIGA a Dios diariamente.

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Parte 2: Detrás de escena en el discipulado

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Capítulo 4: Primero lo primero En este capítulo, aprenderemos que la preparación para tu grupo es el trabajo que se realiza detrás de escena antes de empezar. Hablaremos de temas como la creación de un compromiso, la redacción de una invitación para tu grupo, la creación de una hoja informativa divertida para conocer a las mujeres, y el uso de una evaluación espiritual para tener una idea de dónde están las integrantes del grupo en su caminar con el Señor.

Capítulo 5: Preparadas, listas, ya 107 En este capítulo, hablaremos de cómo elegir una fecha de inicio para tu Grupo-D. Estudiaremos


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los horarios ideales, los formatos de las reuniones semanales y otras sugerencias.

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Capítulo 6: La madurez importa Aquí hablaremos de los muchos objetivos de un Grupo-D, siendo el crecimiento espiritual personal el número uno. Además, exploraremos los objetivos de crecer en el conocimiento de la Biblia, tener una cosmovisión bíblica, aprender a compartir tu vida, administrar tu tiempo y aprender a liderar. También se hablará de educar, equipar y capacitar.

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Capítulo 7: Elementos de un Grupo-D eficaz 125 En este capítulo, aprenderemos a medir el éxito en un grupo de discipulado con cinco criterios: vidas misioneras, rendición de cuentas, reproducibilidad, comunidad y enfoque en la Palabra de Dios. También se incluirán maneras prácticas de seguir cada uno de estos criterios. Además, exploraremos la diferencia entre un Grupo-D y las otras partes de la vida de la iglesia a las que estamos acostumbrados, como los grupos de vida/grupos pequeños/grupos comunitarios y la escuela dominical. Capítulo 8: Pequeños ajustes que marcan una gran diferencia 155 Aquí aprenderemos otras características que debes incluir en tu grupo para mejorar su tiempo juntas: ánimo, transparencia, confidencialidad, compromiso y liderazgo.


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Capítulo 9: Los efectos devastadores de no hacer discípulos 175 En este capítulo, exploraremos algunos de los efectos de no hacer discípulos, como perderse una profunda comunión, tener que rendir cuentas, no darte cuenta de tu riqueza en Cristo, y no disfrutar de la belleza de tu caminar con Cristo. Además, el peor efecto es que se ignora la única estrategia que Jesús le dio a la iglesia antes de Su ascensión. Como punto extra, hablaremos de cómo evitar las frustraciones más comunes.

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Capítulo 10: Cómo dejar un legado duradero 183 Después de todo el material que hemos tratado, este capítulo finalmente responderá a la pregunta: «¿Y ahora qué?». Sobre la base de todo lo enseñado y sugerido a lo largo del libro, se da un encargo final de ir y discipular a otras. 195 197 201 203 205 207

Notas

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Apéndices Apéndice 1: Lista de lecturas recomendadas Apéndice 2: Ejemplos de compromisos Apéndice 3: Muestra de entrada O.I.G.A. Apéndice 4: Un vistazo a tu proceso Apéndice 5: Hoja informativa de muestra Plan de lectura bíblica F-260


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e entusiasma que hoy se hable del discipulado más que nunca; sin embargo, me preocupa el futuro.

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Muchos usan la etiqueta de «discipulado» para todo: desde reuniones informales, estudios bíblicos, salidas a pizzerías

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o clases de formación los domingos por la noche. Cuando

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no definimos de qué estamos hablando, el término puede aplicarse a cualquier cosa, y por lo tanto pierde su significado. Aunque actividades como los encuentros informales y los estudios bíblicos pueden contener elementos de discipulado, es mucho más que eso. El discipulado es el curso de tu vida.

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Además de definir los términos de lo que es y parece el

discipulado, debemos trazar un camino para el crecimiento espiritual. Como tú, he leído libros sobre la filosofía del discipulado, la teología del discipulado y las razones para hacer discípulos. Sin embargo, me quedé con ganas de saber cómo poner en práctica lo que aprendí. Cuando Jesús ordenó a Sus discípulos en la Gran Comisión: «Vayan, pues, y hagan discípulos» (Mat. 28:19), no era un concepto teórico. Utilizando Su propia vida cotidiana, pasó tres años modelando lo que esperaba que hicieran. Los buenos líderes hacen lo mismo XIX


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con aquellos que los rodean. Modelan lo que esperan que hagan los demás. Si bien muchos hombres han escrito libros sobre cómo hacer discípulos (yo mismo he escrito algunos), los recursos para mujeres escritos por una mujer sobre cómo discipular realmente a otras mujeres son escasos. Por eso me emociona mucho que Kandi haya escrito este libro. Ella ha definido lo que es el discipulado y ha esbozado un camino para invertir en la vida de otras mujeres. Cualquiera que haya conocido a Kandi sabe que es una apasionada del discipulado. Algunos podrían pensar que ha heredado esa pasión de mí, pero ella ya tenía el deseo de invertir en las mujeres antes de conocernos. Cuando empezamos a salir, ella ya estaba invirtiendo su vida en un grupo de mujeres cada semana a través del estudio de la Biblia, la rendición de cuentas, y el ánimo. La mayoría de nuestras conversaciones en ese momento eran sobre cómo podíamos crecer espiritualmente en nuestro caminar con Cristo discipulando a otros. Compartíamos lo que estábamos estudiando en la Biblia, los pasajes que estábamos memorizando y los libros que estábamos leyendo. Dios nos llamó a ambos al ministerio. No sería la persona que soy hoy sin Kandi. Nadie ha marcado mi vida más que ella. Su fidelidad en la lectura diaria de la Palabra me ha motivado a hacer lo mismo. Es muy raro que me levante por la mañana y no la encuentre en el sofá leyendo la Biblia. Su compromiso con memorizar la Escritura me ha inspirado a guardarla en mi propio corazón. Ella refleja cada principio de este libro.


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Si eres una mujer cristiana, te animo a que formes un grupo de mujeres en un ámbito de Grupo-D (de tres a seis personas) y lean este libro juntas. Hablen de los principios que han aprendido y desarrollen una estrategia para ponerlos en práctica en su vida. Todas las mujeres se beneficiarán de este libro. Robby Gallaty


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i quieres saber qué clase de beneficio puede tener el discipulado en tu vida, te recomiendo que tomes una

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clase de spinning.

Tenemos un gimnasio casero y una máquina elíptica, y

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son geniales. Me encanta salir a caminar, lo cual también

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está bien. Pero lo que más me gusta son las dos o tres veces por semana que voy al gimnasio y pedaleo durante media hora junto a otras personas que se esfuerzan al máximo y alcanzan los objetivos que se han propuesto. En esta clase, nos sentamos en bicicletas especializadas que te permiten establecer un perfil personal cada vez que te subes a una.

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Introduces tu edad, peso, si eres hombre o mujer y cuántas horas de cardio haces en promedio a la semana, y entonces te da un número, llamado umbral funcional de potencia, o FTW, por sus siglas en inglés, basado en toda esa información. La bicicleta también tiene un monitor con cinco colores: blanco, azul, verde, amarillo y rojo. Si estás pedaleando y la luz blanca está encendida, apenas estás pedaleando para mantenerte en pie. Si la luz es azul, estás pedaleando un poco más fuerte; verde, más fuerte aún; amarillo implica un verdadero esfuerzo, y rojo es un esprint al máximo. El verde es 1


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tu zona de quema de grasa y es donde debes pasar la mayor parte del tiempo durante la clase. El FTW que introduces antes de empezar le dice a tu bicicleta cuánta resistencia debe ofrecerte. Cuanto mayor sea tu FTW, más difícil será permanecer en cada zona. Al final de cada clase, tu bicicleta te dirá cuánto tiempo pasaste en cada zona. Lo ideal sería que pasaras la mayor parte del tiempo a un ritmo verde constante. Puedes tener algo de amarillo; está bien esforzarte durante un rato, siempre y cuando no lo hagas a expensas de poder completar la carrera. Si intentas esprintar durante demasiado tiempo, no terminarás. Por otro lado, si pasas demasiado tiempo en blanco, no aprovecharás la clase. Esta clase de spinning es discipulado en miniatura. Cuando somos salvas, ardemos por Dios: estamos en el esprint rojo anaeróbico de nuestra bicicleta estática. Estamos en la máxima potencia, contándoles a todos los que hemos conocido acerca de Jesús. Nadie podría hacernos callar, aunque lo intentara. Pero, siendo sinceras, nadie vive en ese estado para siempre. Con el tiempo, disminuimos el ritmo y nos volvemos más equilibradas. Es posible que experimentemos un punto álgido y vivamos durante un tiempo en «amarillo»; puede que nos apasionen ciertos ministerios o diferentes oportunidades que surgen y encienden un fuego más sostenible, pero no duradero, en nuestros corazones. Algunas de nosotras caemos en las zonas blanca y azul: vamos por inercia, sin empujar ni esforzarnos. Es como si fueras de paseo por esto del cristianismo. Amas a Jesús, pero no hay mucho fruto.


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Sin embargo, el verde es una zona estable. La zona buena. Vivir en «verde» en tu vida cristiana significa que estás mostrando un crecimiento constante y firme. Estás aumentando tu resistencia sin quebrantarte. Estás pensando en el largo plazo, no solo en un esprint momentáneo. El discipulado te sitúa en la zona verde espiritual. Significa que te acercas a otras mujeres y pasas tiempo en la Palabra de Dios, memorizándola, escribiendo en un diario, rindiendo cuentas unas a otras y orando juntas. Compartir tu fe, ayunar y adorar son otras disciplinas espirituales que puedes hacer individualmente, pero que también son muy eficaces cuando se practican en comunidad. El discipulado no es un programa; es una forma de vida. Así es como mantenemos un trayecto espiritual sano y equilibrado. En su libro Disciplinas espirituales para la vida cristiana, Don Whitney expresa: «El objetivo de practicar una disciplina en particular, desde luego, no tiene que ver tanto con hacer como con ser, es decir, ser como Jesús».1 Nos disciplinamos y practicamos estas actividades para parecernos más a Él. Parte de lo que hace que la clase de spinning sea tan impresionante no es solo la sala llena de otras personas pedaleando y esforzándose como tú, sino la responsabilidad ante las luces de colores en la bicicleta. No hay manera de fingir un color cuando el instructor te dice que pases al verde o mantengas el amarillo. Cualquiera lo puede ver. Lo mismo sucede en un grupo de discipulado. Estás rodeada de un pequeño grupo de mujeres de confianza, y con ellas no puedes fingir. Todas pedalean y se esfuerzan juntas como una sola unidad, con el mismo propósito: permanecer


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firmes en su andar mientras el Señor trabaja en sus vidas. Cada mujer puede estar y estará en diferentes temporadas mientras caminan juntas, y eso está bien. El discipulado no es solo para la «élite espiritual». No importa si estás en una temporada fértil o en una seca. Aprenderán unas de otras, y eso es lo hermoso del proceso. La disciplina espiritual más importante en tu vida es la lectura diaria de la Palabra de Dios. Es una afirmación fuerte, lo sé, pero la creo con todo mi ser. Pasar tiempo en la Escritura es de suma importancia, porque nuestra vida entra y sale por diferentes temporadas. Nunca permanece igual durante mucho tiempo. Algunas veces, esas temporadas serán tiempos de alegría y celebración; otras, estarán llenas de sufrimiento y dificultades. Sin embargo, la Palabra de Dios sigue siendo la misma. En un mundo cambiante, es nuestra única constante para la dirección, la orientación, el estímulo, la motivación, la inspiración, la confrontación, la convicción y el recuerdo. ¿Cómo aprenderás a afrontar tu boda y tu matrimonio? ¿Y el nacimiento de tu hijo? ¿Qué me dices de la crianza de tus hijos, de afrontar un aborto espontáneo, el diagnóstico de un hijo con necesidades especiales, la pérdida de tu casa por una inundación o un incendio? ¿Y cuando tus compañeros de trabajo o de estudios te desprecien, chismoseen sobre ti o hablen negativamente de ti? ¿Y cuando pierdas a un padre, a tu cónyuge, a un amigo o incluso a tu comunidad al tener que mudarte? ¿Qué pasará cuando Dios te llame a dar un paso de fe, hacer algo nuevo o ir a algún lugar donde nunca has estado? Cuando enfrentas algo así, ¿cómo sabes de qué manera responder?


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En todas estas situaciones y más, Dios nos habla a través de Su Palabra mientras Él hace la obra en nuestras vidas. Estar junto a otros para leer y conversar sobre la Palabra de Dios es la esencia del discipulado, y nos da la capacidad de navegar por el terreno cambiante de la vida con la brújula correcta. Tal vez te preguntes: «Bueno, estoy de acuerdo, pero ¿cómo es el discipulado en la práctica? ¿Es tan solo otro programa de la iglesia al que debería inscribirme?». O quizás digas: «Me inscribiré, pero no tengo ni idea de por dónde empezar». En este libro, me basaré en la manera en que Jesús hizo discípulos y compartiré mi propia experiencia en la formación de discípulas para mostrarte que es algo que puedes hacer, empezando hoy mismo. A partir de las experiencias que Dios nos ha dado a mi esposo y a mí, compartiré lo que es eficaz, lo que es ineficaz y lo que hace que el proceso de discipulado se desarrolle sin problemas. Por encima de todo lo que digo en este libro, espero explorar contigo lo que significa tomarse en serio el último mandato de Jesús: hacer discípulos de todas las naciones. Y eso solo ocurre en una comunidad que discipula. Fuimos creadas para vivir en comunidad, tanto con los demás como con Dios. Aprenderemos acerca de la comunidad en el contexto de un grupo de discipulado, y descubriremos cómo transformará tu vida y la de otras mujeres durante años y años por venir.


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¿Qué es el discipulado?


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El ADN de una hacedora de discípulas

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o fui la primera de mis amigas en tener hijos, pero eso no me impidió opinar sobre ellos. Muchas veces, me sentaba en las salas de estar de mis amigas o salía con ellas a almorzar y los niños empezaban a portarse mal o a faltar el respeto. Tarde o temprano, comenzaban a hacer berrinches por no salirse con la suya. Y yo me quedaba ahí sentada, ¡imaginando cómo la madre debía controlar a esos niños! Ya saben a qué me refiero. Todas hemos experimentado algo parecido. Vemos a un niño pequeño que hace un berrinche por no salirse con la suya o que falta el respeto y grita. Tal vez se tira al suelo en el pasillo de los juguetes o se niega a obedecer instrucciones sencillas. Recuerdo haber pensado en más de una ocasión: Mi hijo nunca se comportará así. Bueno, el Señor tiene sentido del humor, ¿verdad? 9


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Al poco tiempo, me vi bendecida con dos niños revoltosos y me encontré comiéndome mis palabras (aunque me las guardara para mí). Mis hijos son una bendición, pero me mantienen alerta y a veces al límite de mi ingenio. Aprendí rápidamente que mis opiniones sobre la crianza de los hijos no valían gran cosa hasta que yo misma me convertí en madre. Necesitaba estar en ese papel y en esa posición antes de actuar como si supiera lo que hacía. Y, créeme, recibo mucha formación práctica. Hace poco, estuve en la tienda con ellos mientras entretenían a la larga fila de clientes que esperaban para pasar por caja. Cuando por fin llegó nuestro turno, la amable cajera dijo con una sonrisa en el rostro: «¡Ya veo que te mantienen ocupada!». Y tiene razón. No hay nada como ser madre de niños con poca diferencia de edad. Aprendí esta lección en la crianza, pero la verdad es que pasa con todo: como las personas sin formación o experiencia creativa que piensan que son fotógrafos profesionales simplemente porque tienen un iPhone e Instagram. O la gente que le dice al maestro de su hijo lo que tiene que hacer cuando nunca han trabajado ni un día en el ámbito educativo. O los que le cuentan a su médico lo que dijo Google, aunque obviamente solo hay una persona en la sala que realmente estudió medicina. Es curioso cómo, de un modo u otro, podemos opinar sobre cosas en las que nunca hemos tenido un papel activo. Así es exactamente como funciona el discipulado. Hay que ser discípulo antes de hacer discípulos. Tienes que ser antes de poder hacer. No te asustes por esa frase: ser discípulo significa simplemente ser un aprendiz permanente. Es


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un estilo de vida que consiste en liderarse a uno mismo para poder liderar a otros. Cuando Dios nos llamó a sí mismo, fue un llamado al discipulado. Fue un llamado a seguirlo.

Permanece en la Palabra

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Una de mis metas cuando me reúno con mujeres en mis grupos de discipulado (llamados Grupos-D de aquí en adelante) es ayudarlas a desarrollar disciplinas espirituales que las acompañen toda la vida. La Biblia dice en Juan 8:31-32: «Entonces Jesús decía a los judíos que habían creído en Él: “Si ustedes permanecen en Mi palabra, verdaderamente son Mis discípulos; y conocerán la verdad, y la verdad los hará libres”». El objetivo del hacedor de discípulos es formar discípulos apasionados por la verdad de Dios. Jesús dijo algo interesante en esos versículos. Utilizó la palabra permanecen, que significa continuar, morar, seguir estando presente. Es una relación continua, no momentánea. Al permanecer, conocerás la verdad y esa verdad te hará libre. Te librará y te soltará. Me gusta rimar cuando puedo, así que les digo a las mujeres que discipulo: «Para sobrevivir y florecer, hay que saber permanecer». Necesitamos estar cimentadas y arraigadas en la Palabra de Dios. Mientras que algunos recién convertidos tienen un apetito insaciable e inmediato por la Escritura, otros no. No todos tienen mágicamente amor y deseo por la Palabra después de ser salvos. Esto tampoco surge automáticamente cuando comienzas una relación de discipulado. Es como con cualquier otra relación cuando quieres a alguien: cuanto más


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lo conoces, más lo quieres y más tiempo quieres pasar con esa persona. Cuando Robby y yo éramos novios, pasamos un verano separados porque él era pastor de un campamento en Glorieta, Nuevo México. Estuvo fuera más de dos meses. Hablábamos todos los días por teléfono, todo el tiempo posible, y siempre nos escribíamos correos electrónicos. Robby me enviaba por correo electrónico las cartas y los poemas más dulces; yo los guardaba y los leía una y otra vez. Al final, los imprimí y plastifiqué. Me encanta volver y leer las cartas que me escribía. Las guardo en nuestra caja de recuerdos para enseñárselas a nuestros hijos algún día. No solo tengo una caja de recuerdos para Robby y para mí, sino también para nuestros dos hijos. En esas cajas guardamos los objetos más preciados, para poder sacarlos de vez en cuando y recordar viejos tiempos. Así es como funcionan la mayoría de las cajas de recuerdos: las colocamos en un estante del armario y las sacamos solo cuando queremos. La triste verdad es que la mayoría de nosotros tratamos a la Biblia de la misma manera. La consideramos valiosa, pero no prioritaria. Queremos tener una y la guardamos con cuidado, pero no queremos saturarnos de ella. Está ahí acumulando polvo a pesar de que estamos llamadas a permanecer en la Palabra de Jesús. Debemos sumergirnos en ella, sentarnos y empaparnos de ella. Demasiado a menudo, nos contentamos con apenas mojarnos los dedos de los pies, ya sea para obtener un dulce estímulo cuando lo necesitamos, o simplemente por cumplir con una tarea.


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Incluso ahora, cuanto más tiempo paso con mi esposo, más lo amo y lo aprecio. Llevamos catorce años de casados y ahora lo amo más de lo que podría haberlo amado el día de nuestra boda. Eso se debe a que lo conozco mucho mejor que entonces. Hemos pasado tiempo juntos y nuestra relación ha crecido. La Biblia funciona de la misma manera. Me encantaba leer las palabras que Robby me escribía, pero no eran ellas las que me daban vida. Aunque las palabras del hombre que amo podrían recordarme lo que él sentía y fortalecer nuestra relación, ¡solo las palabras de Dios tienen el poder de cambiarme y sustentarme! Cuanto más tiempo pases con Dios leyendo y aplicando Su Palabra, más lo amarás, respetarás y admirarás. Se convierte en la pasión que consume tu vida.

Atesora la Palabra

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A veces, escuchar la pasión que otras personas tienen por la Palabra de Dios despierta la nuestra. Una persona — William McPherson — tenía un compromiso extraordinario con la Escritura. Era un trabajador de cantera escocés que llegó a Estados Unidos en 1893 y se instaló en las afueras de Denver. William era muy trabajador y acabó ganándose el puesto de superintendente de la cantera. Aunque tenía una serie de rasgos admirables, a veces tendía a ser un poco impaciente. Un día, su impaciencia se apoderó de él y tomó un cartucho de dinamita. Este explotó mientras William se cernía sobre él. Estaban a horas de distancia de un médico,


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pero gracias a los esfuerzos de sus compañeros, no murió. Por desgracia, el accidente lo dejó sin manos, sin sensibilidad en la cara y sin vista. A partir de ese momento, quedó ciego. Hasta ese momento de su vida había vivido para sí mismo, temerario y libre. Ahora, dependía totalmente de los demás para salir adelante. En varias ocasiones anteriores, otros habían intentado compartirle sobre Cristo; ahora, debido a su accidente, estaba en condiciones de escuchar. Entregó su corazón al Señor en los meses siguientes, pero no se conformó con que alguien le leyera la Escritura. Él anhelaba poder leerla por sí mismo. Sin embargo, su lesión era una carga emocional, física y económica para quienes lo rodeaban. Con el tiempo, su familia se vio incapaz de cuidar de él, por lo que ingresó en una residencia de ancianos y discapacitados de Illinois. Día tras día, vivía en la oscuridad y la soledad. Vivía mañanas repetitivas, tardes monótonas y noches idénticas, con poco más que su recién descubierta esperanza en Cristo. Se sentía desesperadamente solo, y tenía pocas esperanzas de que algo en su vida cambiara hasta que muriera. En la escuela cercana, venían conferencistas a hablar sobre diversos temas a los que se enfrentaban las personas del hogar. Un día, supo de una joven ciega que había aprendido braille y era capaz de leer la Biblia con la punta de los dedos. William no podía hacerlo porque la explosión se había llevado sus manos. Con el tiempo, esta joven perdió la sensibilidad en sus propias manos y se sintió angustiada. Un día, se llevó la Biblia a los labios para darle un beso de despedida


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y, para su asombro, sintió algo. ¡Descubrió que podía tocar las letras en relieve con los labios! La historia de esta joven hizo que William se preguntara si había esperanza para él. Había vivido en la oscuridad durante cinco años cuando Dios envió a una chica ciega llamada Anna Johnson al hogar para trabajar con algunos de los pacientes ciegos. Sin embargo, trabajar con William resultó frustrante: no tenía manos, por lo que la lectura convencional no funcionaba. No tenía sensibilidad en la cara, así que la técnica que había adoptado la joven tampoco funcionaría, aunque lo intentaron muchas veces. Un día, William le preguntó a Anna, cuando estaba a punto de irse a su casa, si podía dejarle una de las tarjetitas con las que habían estado practicando. Siguió intentando sentir los pequeños bultos levantados con diferentes partes de su cuerpo, cuando se dio cuenta de que no había orado para pedirle ayuda a Dios. Así que, le pidió ardientemente a Dios que lo ayudara. La siguiente vez que se llevó la tarjeta a los labios, la lengua se le escapó y rozó el papel. Para su asombro, ¡podía palpar las letras en relieve con la lengua! No veía la hora de que Anna volviera para poder contárselo. Con la ayuda de Anna, William aprendió a leer braille con la lengua. En los sesenta y cinco años que siguieron, y después de mucho sangrado y dolor, William McPherson leyó la Biblia entera cuatro veces con la lengua.2 Estoy absolutamente impresionada por este hombre. Su ejemplo nos deja sin excusas a los que podemos ver. Dios no quiera que muramos y estemos junto a William en el cielo,


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y no podamos decir que hemos leído la Biblia una vez con todas las partes de nuestro cuerpo funcionando correctamente. Sería una verdadera tragedia. El año que escuché esta historia, estaba leyendo la Biblia entera por primera vez. A fin de año, el 31 de diciembre, me acerqué a Robby llorando y le dije: «Si me muero y me encuentro con William, podré decir que ya llevo una leída completa. Él tendría cuatro y yo una». Llegó el año siguiente y el 31 de diciembre fui a ver a Robby y le dije: «Si me muero y me encuentro con William, él tendrá cuatro y yo dos». Se convirtió en una especie de punto de referencia para mí, una manera sencilla de medir mi dedicación a pasar tiempo en la Palabra de Dios. No lo hacía con prisa ni utilizaba la lectura de la Biblia como medida de mi relación con Dios, sino más bien como una especie de barómetro de mi pasión. Al final del tercer año, podría decirle a William, si lo viera en el cielo, que había leído la Palabra de Dios tres veces. Aunque eso en sí era un logro, había ocurrido algo aún más notable: había cultivado una pasión por la Palabra de Dios. Con el paso de los años, he aprendido que no hace falta que lea la Biblia entera cada año. No se trata de la cantidad que leemos, sino del tiempo de calidad que pasamos en la Escritura. Al cambiar mi enfoque de leer grandes cantidades de la Biblia a cantidades más pequeñas, he notado que ahora leo «menos» para poder digerir más. Pero todo esto es solo una parte de mi viaje. Si nunca has leído la Biblia, no puedo dejar de recalcar lo enriquecedora que es esta experiencia. Obtendrás una visión completa de la obra que Dios


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ha realizado en Su pueblo y se puede ver cómo Su plan encaja a la perfección, y continúa hasta el día de hoy. Si nunca la has leído, no es tarde para empezar. El Chicago Tribune publicó un artículo sobre William el 27 de abril de 1913. En él, William comentaba que creía que era elevado espiritualmente al estar postrado físicamente. Aunque su visión era oscura, su alma despierta podía ver bellezas de la vida y la plenitud de Dios. Sin vista, podía ver más que muchos bendecidos con visión. El Señor lo quebrantó para poder usarlo. La Palabra de Dios trajo esperanza donde antes había desesperación. La Palabra de Dios revela conocimiento, sabiduría y verdad para esta vida, el tipo de verdad que te hará libre.

Desarrolla un patrón para tu vida

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La playa es mi lugar favorito en el mundo. Cada año, durante nuestras vacaciones familiares, me encanta sentarme en el balcón del lugar donde nos alojamos, contemplar las olas, ver cómo las nubes avanzan sobre el océano, asombrarme ante los grupos de delfines que saltan y nadan cerca, y maravillarme ante la extensión de estrellas sobre nosotros, que se hacen visibles en ausencia de las luces de la ciudad. Me siento y me maravillo ante la grandeza de Dios. Es una terapia para mi alma, y tan refrescante. Para mí, es pura felicidad. Pero no podría vivir en la playa. Está bien como lugar de evasión y retiro prolongado, pero no es ahí donde está mi hogar. Pero eso no significa que tenga que esperar todo un


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año para poder escaparme, encontrar descanso y renovar mi asombro ante la grandeza de nuestro Creador. También necesito un lugar en mi casa al que pueda acudir, un lugar de retiro habitual. En nuestra casa, tenemos una sala de estar donde me encontrarás cada mañana con una taza de café y mi Biblia. No hay día en que mis hijos no bajen las escaleras y me encuentren en ese lugar, pasando tiempo con el Señor y recargándome espiritualmente después de una noche de recarga física. Puede que, como yo, tengas un lugar favorito de vacaciones que te haga sentir renovado, pero ¿tienes ese mismo lugar en tu casa? Tal vez te guste escaparte a la montaña para estar a solas con Dios, pero ¿tienes un rincón en la sala de tu casa donde puedas hacerlo también? No tiene por qué ser algo lujoso, puede ser simplemente un sillón favorito en el que pases unos minutos a solas antes de que se despierte todo el mundo. Tengo la costumbre de visitar este lugar cada mañana porque la constancia y la previsibilidad en la vida cristiana son cruciales para correr la carrera que tenemos por delante. La previsibilidad no siempre es algo malo. Por ejemplo, suelo usar mis frases favoritas, hablar de mis temas preferidos y mencionar mis recomendaciones favoritas, ¡al punto de que a mi esposo le gusta pensar que puede leerme la mente diciéndome lo que voy a decir antes de que lo diga! Él cree que es un gran estudioso de las personas. Yo creo que simplemente soy muy predecible. Probablemente te pase lo mismo con respecto a los temas que repites constantemente. Nuestras palabras siempre están en constante repetición,


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de una forma u otra, cuando se trata de aquello que nos funciona o nos hace sentir bien. Esta previsibilidad es buena, y puede resultarnos beneficiosa cuando las disciplinas espirituales se vuelven tan habituales en nuestro día a día como nuestro tema favorito. Claro que, si bien es útil que sea una persona predecible, no es por eso por lo que practico disciplinas espirituales. Practico disciplinas espirituales porque Jesús nos las enseñó. Él vivió con propósito. Tenía un patrón en Su vida, frecuentaba los mismos lugares y estaba acompañado por las mismas personas. Veamos un momento crucial en el ministerio de Jesús que ilustra lo comprometido que estaba a seguir un modelo de vida predecible. La última noche de la vida de Jesús estuvo llena de belleza y momentos memorables. Lavó los pies de Sus discípulos. Predijo Su muerte. Desenmascaró a un traidor en medio de ellos. Le dijo a Pedro que lo negaría. Pero en el clímax de esta noche histórica, Jesús hizo algo extraordinario, que Juan 18:1-2 nos detalla: Después de decir esto, Jesús salió con Sus discípulos al otro lado del torrente Cedrón, donde había un huerto en el cual entró Él con Sus discípulos. También Judas, el que lo iba a entregar, conocía el lugar porque Jesús se había reunido allí muchas veces con Sus discípulos (énfasis mío).

Presta atención a esto: los discípulos de Jesús conocían tan bien los ritmos de la vida y los lugares que Jesús


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frecuentaba que Judas sabía exactamente dónde buscarlo para traicionarlo. Jesús sabía que iba a ocurrir, pero consideró importante no alterar las regularidades que había inculcado a Sus discípulos (y también cumplir Su propia profecía sobre Judas). Los versículos lo dejan en claro: Judas sabía dónde encontrar a Jesús porque Jesús había hecho esto mismo muchas veces. Lucas 22:39 nos dice que Jesús «se encaminó, como de costumbre, hacia el monte de los Olivos; y los discípulos también lo siguieron» (énfasis mío). Lucas nos señala detalles como este por todas partes. Mira los siguientes pasajes y observa las acciones que Jesús hacía y la gente de la que se rodeaba habitualmente.

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Lucas 21:37: «Durante el día Jesús enseñaba en el templo, pero al oscurecer salía y pasaba la noche en el monte llamado de los Olivos» (énfasis mío).

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Lucas 11:1: «Aconteció que estando Jesús orando en cierto lugar, cuando terminó, le dijo uno de Sus discípulos: “Señor, enséñanos a orar, así como Juan enseñó también a sus discípulos”» (énfasis mío). Lucas 9:28: «Y como ocho días después de estas palabras, Jesús tomó con Él a Pedro, a Juan y a Jacobo, y subió al monte a orar» (relato de la transfiguración, énfasis mío). Lucas 9:18: «Estando Jesús orando a solas, estaban con Él los discípulos, y les preguntó:


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“¿Quién dicen las multitudes que soy Yo?”» (énfasis mío).

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Lucas 6:12-13: «En esos días Jesús se fue al monte a orar, y pasó toda la noche en oración a Dios. Cuando se hizo de día, llamó a Sus discípulos y escogió doce de ellos, a los que también dio el nombre de apóstoles» (énfasis mío).

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Lucas 5:16: «Pero con frecuencia Él se retiraba a lugares solitarios y oraba» (énfasis mío).

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Incluso Marcos, con toda la concisión de su Evangelio, nos señala detalles como este:

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Marcos 1:35-37: «Levantándose muy de mañana, cuando todavía estaba oscuro, Jesús salió y fue a un lugar solitario, y allí oraba. Simón y sus compañeros salieron a buscar a Jesús. Lo encontraron y le dijeron: “Todos te buscan”» (énfasis mío).

Una y otra vez, ¡los discípulos sabían exactamente dónde buscar a Cristo! El patrón más prominente que vemos en versículos como estos es que Jesús «salía»: a menudo muy temprano o cuando todavía estaba oscuro, ya sea al principio o al final del día, dependiendo de lo que el día exigía de Él. Mi mamá y mi hermana me llaman en broma la guardiana del tiempo, porque funciono mejor con un horario.


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Un día le pregunté a mi mamá: «¿Qué es exactamente lo que hago que me convierte en la guardiana del tiempo?». Me respondió que siempre le pongo un límite de tiempo cuando vamos de compras o a hacer recados. No me había dado cuenta de lo que hacía hasta que ella me lo dijo. Entonces, me reí al darme cuenta de que lo hago todo el tiempo. En mi opinión, ¡o gestionas tu tiempo o el tiempo te gestiona a ti!

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Recuerdo que comprendí muy bien este principio

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cuando mis hijos eran bebés. Me veía obligada a acostarme temprano si quería proteger mi tiempo devocional por la

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mañana. Me costó un poco de planificación y sacrificio, pero

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descubrí que, si podía dormirme a las diez, despertarme a las seis no era imposible. Los niños se despertaban durante la noche y obstáculos inesperados me impedían descansar, pero en general, ceñirme a un plan fue de gran ayuda. Me inculcó un patrón, como la memoria muscular. Si me iba a tomar en serio lo de pasar tiempo con Dios, iba a tener que

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tomar cartas en el asunto. Y con todas las exigencias de ser la esposa de un pastor y una madre, establecer patrones de vida es crucial y, al final, útil. La estructura te ayuda a gestionar una vida exigente. Sí, debemos seguir un patrón de vida estructurado y rutinario, especialmente cuando se trata de pasar tiempo con Dios, porque es útil y eficaz y nos ayuda a mantener la cordura. Pero, además, hay una razón mejor por la que debemos vivir estos ritmos, como se ve en los relatos de los Evangelios: Jesús hacía lo mismo.


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Planifica para posibles interrupciones

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En octubre de 2015, cuando acabábamos de mudarnos a Hendersonville, Tennessee, nuestro equipo de alabanza tuvo un concierto para lanzar un álbum. Fue uno de los primeros fines de semana en nuestra nueva iglesia y nuestra nueva ciudad, y fue el primer gran evento del que formamos parte como una familia. Me imaginé que este concierto iba a ser perfecto para mis hijos de siete y cinco años, que eran un par de tornados en carne y hueso. Pensaba en lo perfecto que sería este evento: podrían mirar las luces parpadeantes, oír la música a todo volumen y nadie los miraría si se movían al ritmo de las canciones. Todo iba bien hasta que la banda pidió al público que se sentara y se tomó unos minutos para explicar de dónde venían esas canciones y agradecer a la iglesia por su apoyo. Podía sentir la tormenta que se arremolinaba en mis hijos. La inquietud comenzó, y no hizo más que aumentar. Mi propia incomodidad iba en aumento, al igual (estoy segura) que la de la gente a mi alrededor, y al final, simplemente me harté. Abandoné la primera fila, salí furiosa al vestíbulo con Rig y Ryder detrás y me senté en una silla mientras ellos agotaban su energía. No llevábamos allí ni dos minutos cuando salió una señora con sus dos hijos (uno de ellos gravemente discapacitado). Su hijo menor tenía una edad similar a la de los míos, así que enseguida empezaron a jugar. Ella y yo nos sentamos, y durante casi cuarenta minutos hablamos y nos dimos


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cuenta de que teníamos mucho en común como madres de niños con algunas necesidades especiales. Fue una de las primeras amigas que hice en nuestra iglesia y sigue siendo una gran amiga hasta el día de hoy. Cuando recuerdo ese momento, llena de frustración por la interrupción de lo que esperaba que fuera una noche relajante, ahora pienso en lo agradecida que estoy de que Dios tuviera un plan diferente. Quería presentarme a mi primera amiga en mi nueva iglesia dejándonos a solas en el vestíbulo para que pudiéramos conectar. A veces, nuestros planes perfectamente meditados pueden verse interrumpidos y no pasa nada. Incluso le ocurrió a Jesús en alguna ocasión. Una vez, Jesús planeó ir a un lugar apartado para estar solo, pero se lo impidieron las grandes multitudes. Justo antes de que Jesús alimentara a una multitud, en Mateo 14:13-14 la Biblia dice:

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Al oír esto, Jesús se fue de allí en una barca, solo, a un lugar desierto; y cuando las multitudes lo supieron, lo siguieron a pie desde las ciudades. Cuando Jesús desembarcó, vio una gran multitud, y tuvo compasión de ellos y sanó a sus enfermos.

Después de un largo período de ministerio intencional, no pudo estar solo, ¡pero Dios los utilizó a Él y a Sus discípulos para alimentar a lo que podrían haber sido 25 000 personas! Y ¿adivina qué? Después de despedir a la multitud, Mateo nos dice que «subió al monte a solas para orar; y al anochecer, estaba allí solo» (v. 23). No pudo llevar a cabo Su


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plan antes, pero Jesús lo intentó de nuevo. Y esta vez, consiguió lo que Su corazón deseaba, tiempo a solas con Su Padre. Las interrupciones no siempre son malas. Las interrupciones pueden ser una oportunidad. Kay Warren, en su libro Sacred Privilege [Privilegio sagrado], dice: «Me pregunto si el principio que deberíamos comprender es el siguiente: a veces, lo interrumpido no es tan importante como el que interrumpe».3 Deberíamos esforzarnos por tener ese tiempo diario a solas con Dios, pero también deberíamos estar preparadas para que nuestros planes sean interrumpidos. Con el correr del tiempo, nuestro hijo mayor empezó a venir conmigo al servicio principal de la iglesia; ¡y ahora se queda sentado a mi lado! En un momento dado, no estaba segura de que eso fuera a ocurrir. Cada semana, Rig escucha a su padre predicar. Por supuesto, lleva a Batman, Robin y cualquier otra figura que le quepa en el bolsillo, y no tengo problema con eso. Vamos paso a paso, y no estoy tan concentrada en el objetivo final de que asista a un servicio como para dejar que los pasos intermedios me frustren.

Cómo mejorar tu tiempo de calidad con el Padre Hace años, descubrí cuál es mi lenguaje del amor. Hay un libro sobre este tema llamado Los cinco lenguajes del amor, de Gary Chapman, que te ayuda a entender cómo te sientes amado y cómo se lo demuestras a los demás. Los lenguajes del amor son: tiempo de calidad, actos de servicio, palabras de afirmación, regalos y contacto físico. Se puede tener más


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de uno, pero lo normal es que uno destaque por encima de los demás. El mío es, sin duda, el tiempo de calidad. Me encanta hacer regalos y dar ánimo, pero el tiempo de calidad me hace sentir querida, valorada y apreciada. Me siento tan importante y querida cuando puedo pasar tiempo con Robby, mi madre, mis hijos o mis amigas y cuando ellos se hacen tiempo para estar conmigo. Creo que, si le preguntáramos a Jesús cuál es Su lenguaje del amor, lo más probable es que dijera tiempo de calidad. Demostró una y otra vez que quería pasar tiempo de calidad con Su Padre y con Sus discípulos. No solo se retiraba intencionalmente para pasar tiempo con Dios, sino que siempre dedicaba ese tiempo a la oración. Orar es comunicarse con Dios: usar el tiempo que has reservado para conversar con Él. Piensa en tu propia vida de oración y en cómo es. Muchos de nosotros pronunciamos nuestras oraciones, pero a mí también me gusta escribir las mías. Me ayuda a concentrarme y evita que mi mente divague. También me ayuda a crear silencio y espacio para permitir que Dios me hable. Me ayuda a escucharle y a estar presente en el momento con Él. La mayoría de los creyentes saben que deben tener un tiempo devocional, pero muchos no están seguros exactamente de qué hacer y cómo estructurar ese tiempo. Antes de hablar de ello, préstame atención un momento. En lugar de llamar a esto nuestro tiempo devocional, puede ayudar llamarlo nuestro tiempo de calidad. Incluso lo acortaré para llamarlo TC. Tu TC puede constar de varias cosas:


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leer/estudiar la Biblia, escribir un diario, orar y memorizar la Escritura. Ahora bien, espera un momento. Ya hemos hablado de cómo tener a Jesús como ejemplo para lo que hacemos, pero hasta donde yo sé, nadie vio jamás a Jesús llevando una Biblia ni anotando pensamientos y oraciones en un cuaderno. Recordemos que Jesús no tenía Su propia casa para despertarse cada día. No podía ir a sentarse en Su acogedora silla cada mañana. A menudo, viajaba de ciudad en ciudad y se alojaba en casa de amigos. No tenía una estantería llena de recursos que lo ayudaran a estudiar. Estos son inventos modernos, pero nos ayudan a hacer algo en lo que Él era experto sin necesidad de estas cosas: meditaba en la Palabra y la usaba para guiar Su manera de conversar con el Padre. Como judío devoto, Jesús memorizaba largos pasajes de la Escritura (lo que hoy llamamos Antiguo Testamento). Formaba parte de la educación formal que todo niño judío debía recibir. Con frecuencia, se refería a estos pasajes con indicaciones verbales, como citando la primera línea de un salmo o haciendo referencia directa a una historia con la que Su audiencia habría estado familiarizada. Como había escondido la Palabra de Dios en Su corazón, la llevaba consigo a todas partes, especialmente a aquellos lugares a los que se retiraba intencionalmente para pasar tiempo de calidad con el Padre. Sin mencionar que Él era el Verbo andante, como leemos en Juan 1:14a: «El Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros». La mayoría de nosotros no memorizamos toda la Escritura, pero tenemos las mismas necesidades básicas que


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Jesús. Necesitamos un lugar apartado, un espacio tranquilo donde podamos relajarnos y sumergirnos en Su Palabra. Para mí, es una silla en mi pequeña sala de estar. Tengo una silla y un taburete, mi estantería con muchos de mis libros, numerosas Biblias y una lámpara. Ese es mi lugar. Es donde me encuentro con Dios cada mañana. Es la mejor parte de mi día y lo que más espero cuando me acuesto cada noche. Me entusiasma irme a dormir para levantarme temprano e ir a encontrarme con el Señor. Es mi lugar acogedor, con iluminación suave y especial. Mis perros se acurrucan a mi lado mientras leo y, a menudo, mis hijos bajan cuando se despiertan y me saludan con besos matutinos mientras se suben a mi regazo y me cuentan si durmieron bien o no. Quizás un sillón no sea lo más adecuado para ti. Tal vez necesites sentarte afuera. O quizás necesites salir a caminar todos los días, porque poner la sangre en movimiento hace que tu alma también se mueva. O tal vez eres una persona que necesita orar en voz alta para mantener el hilo de sus pensamientos. Sea como sea, te imploro que hagas lo que hizo Jesús y lo que yo he aprendido a hacer: encuentra ese lugar donde puedas refrescarte con regularidad.

Invierte en los demás Lo último que notaremos de los hábitos espirituales de Jesús es que, cuando no se retiraba para estar a solas con el Padre, vivía entre la misma gente. Jesús ministró en tres grupos. Primero, enseñaba entre multitudes. Enseñaba a las masas desde una barca y


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alimentaba a miles de personas en las laderas de las colinas. Estaba entre los ciudadanos sanando y haciendo milagros. Aunque en ocasiones se relacionaba con grandes multitudes, el segundo grupo, Sus discípulos, fue con quien pasó la mayor parte de Su tiempo. La mayor parte de Su ministerio transcurrió en torno a los doce discípulos a quienes había buscado y en quienes había decidido invertir. Esta era Su comunidad. Vivió, viajó y ministró con estos hombres y les dio el modelo de lo que es vivir con un propósito. En muchos de los pasajes que hemos leído, se ve que Jesús había estado con Sus discípulos, y en algunos casos ellos lo acompañaban a lugares apartados. Los versículos que mencionamos al inicio de este capítulo muestran que Jesús solía ir al huerto con ellos con frecuencia. Después de los Doce, vemos que Jesús tuvo una relación aún más íntima con un tercer grupo, a quienes muchos conocen como «los tres». En Su círculo íntimo estaban Pedro, Santiago y Juan. Este grupo central fue donde Él modeló un estilo de vida de discipulado. A estos tres se les incluyó en numerosos relatos, aún más que los demás. Cuando leemos sobre Jesús en el monte de la transfiguración, la sanidad de la suegra de Pedro, la sanidad de la hija de Jairo y el huerto de Getsemaní antes de Su arresto, vemos que estaba con Su círculo más íntimo. Los cristianos hemos llegado a ser bastante buenos compartiendo el evangelio a lo largo de los años, pero no somos buenos compartiendo nuestras vidas. Los discípulos, especialmente los tres más cercanos a Él, no tenían ese problema con Jesús. Conocían el patrón de Su vida, sabían dónde iba


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para estar a solas y pasar tiempo con Su Padre. Esto, como la práctica de quedarse a solas con el Padre, es algo que podemos emular hoy. Ya hemos señalado que necesitas un tiempo diario y regular con el Señor, pero es igualmente importante que permitas que otros entren en tu vida para que puedas compartirla con ellos. Puede que tengas un pasado del que te avergüences. Puede que sientas que no eres especial como otras personas que has conocido. Me identifico totalmente contigo en ambos casos, pero la realidad es esta: si eres una creyente nacida de nuevo, ya fuiste salvada por la gracia de Dios, redimida por Su sangre y perdonada de tu antigua manera de vivir. Ya has recibido el don del Espíritu Santo para fortalecerte en las áreas en las que te sientes deficiente. Más que nunca, necesitamos creyentes auténticos y transparentes que compartan sus historias y den gloria a Dios por ello. Mientras recorremos juntas este libro, vamos a explorar esto mismo: cómo invertir tu vida en otras mujeres de la misma manera que lo hizo Jesús. Usando la Palabra que conoces, la obra que Jesús hizo y el poder del Espíritu Santo, puedes ser una discípula que haga discípulas. Ya seas una líder o una participante, un Grupo-D será de beneficio a todas. El grupo te llevará a rendir cuentas. Sus miembros te animarán a acercarte cada vez más al Padre. Fortalecerán tus disciplinas espirituales. Y tú harás lo mismo por las demás. Es un proceso llamado discipulado, y es un proceso que cambiará radicalmente tu vida. Este libro te explicará con palabras sencillas cómo puedes participar en él, tal como Jesús lo hacía con Sus propios discípulos.


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