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Atesora a Cristo (Muestra corta)

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Alfa, Omega

Él que era, es y quien vendrá

Quien vive y reina

Y el cielo adora sin cesar

Tu nombre y gloria es la canción

Que rodea el trono hoy.1

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1. Música y letra por Jonathan Jerez y Sarah Jerez. © 2014 Integridad & Sabiduría Worship (Una división de Ministerios Integridad & Sabiduría)/ASCAP, Sovereign Grace Worship/ASCAP (administrado por Integrity Music). Sovereign Grace Music, una división de Sovereign Grace Churches. De La Salvación es del Señor. Todos los derechos reservados.

ATESORA SU GLORIA

EL CENTRO DE TODO DESDE LA ETERNIDAD

N o fue un mal día. Solo uno de esos en que todo parece ir en cámara lenta. La casa entera estaba susurrando mi nombre. Dondequiera que pasaba, había algo que recoger o limpiar. La estufa no descansó y el zumbido de la lavadora se entrelazaba con la alabanza que sonaba en modo repetición.

«A ti la gloria», cantaba y decía una y otra vez. Al sentarme a dibujar con los niños, al contenerme ante un exabrupto adolescente, al pisar la mancha que la avena dejó en el piso y al cortar el pollo para la cena. Quería glorificar a Dios, en serio. Pero en el fondo, esa obediencia ese día parecía como aguantar la respiración debajo del agua.

Llegó la hora de la cena. Todos en la mesa conversaban, reían, los niños discutían entre ellos, y pedían más arroz. Yo sonreía y servía. Pero por dentro, sentía que se me hacía un nudo en el pecho. Nadie notaba el cansancio detrás de ese momento. Nadie veía cuánto me había costado llegar ahí. No

podía esperar que cambiaran el tema para que me miraran y me dijeran: «gracias mami, te valoramos».

De repente me invadió una convicción profunda. El peso que cargué todo el día se debía a una contradicción que no fui capaz de reconocer. Quería glorificar a Dios, pero al mismo tiempo buscaba otra gloria; la mía.

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La gloria se la atribuimos a Dios con nuestros labios y al segundo siguiente la codiciamos en nuestros corazones. No es ningún secreto que en el corazón humano hay un profundo anhelo de admiración. Cantamos que la gloria pertenece a Dios, pero la estamos buscando constantemente en la validación por un trabajo bien hecho, en un hijo bien educado y en los likes que recibimos. Esta búsqueda de gloria es inaudible y se esconde sigilosamente en nuestra cotidianidad.

No hay un día en el que no sintamos esa necesidad de ser vistas y valoradas. ¿Puedes identificar cómo ese deseo de gloria se disfraza de quejas teñidas de victimización cuando nadie reconoce tus esfuerzos, de esa ambición insistente por lograr metas que no son valoradas por todos y hasta de supuestas buenas intenciones al servir a los demás, pero con la intención de ser vistas?

Esto no es una característica particular de las mujeres de nuestra generación. Somos herederas de la misma mentira en el Edén: desde el principio los humanos hemos deseado usurpar algo que no nos pertenece (Gén. 3:5), y a través de toda la historia hemos fallado en atribuir la gloria al único digno de recibirla. La esencia del pecado es una búsqueda ilícita de satisfacción y gloria. Nuestra necedad es desear atribuir a lo creado y hasta a nuestra propia imagen la gloria que le pertenece a Él (Rom. 1:21-23).

Codiciamos la gloria de Dios porque tenemos una visión reducida de Su inmensidad y una percepción distorsionada y sobredimensionada de nosotras mismas.

¿Y si no fuimos diseñadas para obtenerla, sino para contemplarla y gozarnos en ella? ¿Qué si en realidad somos bienvenidas a esa gloria, pero no sabemos cómo disfrutarla sin desearla? ¿Y si nuestro mal entendimiento es lo que está erosionando el gozo en medio de nuestra cotidianidad?

En este primer capítulo nos detendremos a contemplar la gloria de Cristo con la esperanza de que nuestros corazones se rindan y no sigan en esa búsqueda inútil de glorias falsificadas, y entreguen sus tesoros en adoración para declarar como el rey David:

Tuya es, oh Señor, la grandeza y el poder y la gloria y la victoria y la majestad, en verdad, todo lo que hay en los cielos y en la tierra; Tuyo es el dominio, oh Señor, y te exaltas como soberano sobre todo (1 Crón. 29:11).

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Aprender a contemplar Su gloria será nuestro punto de partida porque no hay gozo duradero ni obediencia real si no están arraigados en una visión majestuosa de Cristo. Su gloria no es un concepto trivial porque no podemos contemplarla y continuar siendo las mismas. Desde el momento en que descubrimos su incomparable valor, somos capaces de atesorar la belleza trascendente de Su persona a través de Su divinidad, preeminencia, obra redentora y Su victoria eterna. Contemplar y deleitarnos en la gloria de Dios es un requisito esencial para atesorar a Cristo en lo cotidiano.

Contemplar y deleitarnos en la gloria de Dios es un requisito esencial para atesorar a Cristo en lo cotidiano.

CONTEMPLA A CRISTO

La gloria del Hijo en la Trinidad

¿Qué llega a tu mente cuando te encuentras en medio de tus afanes diarios y piensas en Cristo? Pienso en Su resurrección y victoria sobre la muerte cuando me siento derrotada; lo imagino pagando mi deuda en la cruz cuando me siento tentada. Sin embargo, mi mente se va con más frecuencia en medio de mi cotidianidad a Su ministerio aquí en la tierra.

Lo imagino caminando por las calles polvorientas de Jerusalén, sometido a la voluntad del Padre en obediencia cotidiana. El Dios que se hizo hombre y anduvo entre nosotros.

Pensaba en Él y solo podía imaginarlo con un rostro humano, pero ¿cómo lucía el Hijo antes de que todo existiera? Pensaba en eso y mi mente se ponía en blanco y mis ojos se perdían mirando al vacío. No podía encontrar un punto en el que mi rutina diaria se conectara con Jesús antes de la creación.

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Esa laguna evidenciaba que tenía una visión limitada del Hijo de Dios. En el pasado no hubiese sido capaz de reconocerlo porque enmarcaba a Jesús en la categoría de «ejecutor» dentro de la dinámica de la Trinidad. Lo que quiero decir es que solo podía ver Su persona relacionada con Su obra a favor de la humanidad. No me daba cuenta de que veía al «Padre» en una categoría más elevada, al «Hijo» obediente cumpliendo el plan de redención y al «Espíritu» como una ayuda para llevar a cabo el plan de redención. Esa concepción era como si el Hijo hubiera estado en una condición neutral en la eternidad pasada y se hubiera «ganado» Su gloria y «Su lugar» al humillarse y hacerse hombre.

Ese era mi entendimiento al leer la Biblia. Si en ese entonces me hubieras pedido que definiera la Trinidad, mi respuesta hubiese sido darte la frase tradicional de un solo Dios en tres personas, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo (diferentes personas en una misma esencia). Esa era una respuesta

intelectual, pero de manera «funcional» pensaba que el Padre había estado a cargo de la creación y la revelación del Antiguo Testamento, que el Hijo se había ocupado del tiempo de los Evangelios y que el Espíritu Santo había tomado su turno a partir de Pentecostés hasta nuestros días.

Mi definición de la trinidad era correcta, pero mi aplicación y el impacto en mi vida era defectuosa. Esa dualidad entre los creyentes al definir una doctrina sin entender su implicación presenta un gran peligro porque podemos convertirnos en teólogos teóricos que realmente no conocen a Su Dios y en el transcurrir del día terminan postrándose ante el dios de su imaginación.

Si deseamos atesorar a Cristo, aun en los aspectos más sencillos de la vida, necesitamos comprenderlo a la luz de la Trinidad. Dios no es un trío divino haciendo un triatlón en la expansión cósmica a lo largo de la historia. Tanto el Padre, el Hijo y el Espíritu siempre han estado al unísono.

Tres personas.

Un solo Dios.

Un solo propósito.

Una sola gloria.

Entonces, si Dios tiene una sola gloria. ¿A cuál de las tres personas le pertenece esa gloria? No quisiera continuar sin que antes exploremos si tenemos un entendimiento correcto del término «gloria». Los seres humanos nos relacionamos con ese concepto de manera errónea. Vemos la gloria como algo que podemos obtener y algo que deseamos consumir. Nuestra naturaleza pecaminosa empaña nuestra visión de la gloria; por eso la codiciamos o la atribuimos a lo creado.

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Lo primero que debemos tener en claro es que Dios no es como nosotros. La gloria de Dios no es una colección de medallas de honor que acumula egoístamente para sentirse importante. Tampoco es una fuente de celos en la Trinidad. Me encanta cómo lo define Michael Reeves, un teólogo que me ha inspirado a contemplar a Cristo a la luz de la Trinidad, «la gloria de Dios es la expresión radiante de su esencia: “el Padre amando eternamente

al Hijo en el gozo del Espíritu Santo”».1 La gloria de Dios es la brillantez de la comunión perfecta de la Trinidad.

Al cantar que la gloria es de Dios, nunca lo conecté con la relación de amor de la Trinidad. Confieso que nunca se me hubiera cruzado ese pensamiento mientras tomaba el café en las mañanas. Más bien, mi mente solo se concentraba en darle el crédito y el reconocimiento por Su grandeza. Ya existía una gloria antes de que el mundo o el tiempo existieran. Una gloria relacional y compartida en la que el Padre se deleitaba en Su Hijo y le entregaba todo. El Hijo, a su vez, se sometía al Padre movido por amor, y el Espíritu obraba en perfecta comunión, unificando y testificando de ese amor eterno.

La gloria de Dios no es un rayo de luz fulminante que nos ciega de repente, ni queda limitado a un lugar de honor en el cielo lejano. Por el contrario, es la brillantez del Dios trino en perfecta comunión y amor. Te tengo algunas preguntas muy importantes:

¿Cambiaría mucho nuestra cotidianidad si quitáramos los ojos de la imitación barata de gloria que ofrece el mundo?

¿Y si la hermosura de ese amor y deleite en la Trinidad fuera la fuente de nuestra satisfacción y significado?

¿Y si todo lo que nos rodea estuviera generando en nosotras una sed por esa gloria?

Juan fue uno de los discípulos de Cristo que contempló un destello de esa gloria en el momento de la transfiguración (Mar. 8:2-9), y nos abrió ese telón en su evangelio para que contemplemos la naturaleza de la gloria eterna del Hijo.

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Y ahora, glorifícame Tú, Padre, junto a Ti, con la gloria que tenía contigo antes que el mundo existiera […]. Padre, quiero que los que me has dado, estén también conmigo donde Yo estoy, para que vean Mi gloria, la gloria que me has dado; porque me has amado desde antes de la fundación del mundo […]. Yo les he dado a conocer Tu nombre, y lo daré a conocer, para

1. Michael Reeves, Delighting in the Trinity: An Introduction to the Christian Faith (InterVarsity Press, 2012), pág. 41.

que el amor con que me amaste esté en ellos y Yo en ellos (Juan 17:5,24,26; énfasis añadido).

En esta oración de Jesús por Sus discípulos podemos contemplar Su hermosa relación con Su Padre. Esa petición de gloria no provino del orgullo de un hijo engreído, sino que era la refulgencia del amor eterno entre el Padre y el Hijo en el gozo del Espíritu.

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Estoy hablando de una gloria compartida que le correspondía al Dios trino. Su gloria es tan abundante que el Padre planeó compartir con nosotros el deleite perfecto por Su Hijo. El Hijo obediente ejecutó Su plan movido por el gran amor a Su Padre y por el gozo de compartirlo con otros, y el Espíritu al unísono lo aplicó con gran poder para unirnos al Hijo y así hacernos partícipes de ese amor eterno.

Toma un momento para reflexionar en lo que acabo de decir para que esa verdad se asiente en tu corazón. La buena noticia del evangelio es que un Dios trino que salva a enemigos los introduce en su gozo eterno, pero no como meros espectadores, sino como hijos. Esta gloria no es la que exige un rey codicioso. Es la de un Padre amoroso que se deleita en Su hijo y le entrega todo; la de un Hijo perfecto que glorifica a Su Padre; y la del Espíritu que intensifica ese amor y esa gloria. En palabras de Reeves: «El Dios trino no se muestra grande por imponerse, sino por darse a sí mismo, y darnos acceso a Su intimidad más profunda».2 Ahora con nuevos ojos, lee la oración de Jesús otra vez:

Padre, quiero que los que me has dado, estén también conmigo donde Yo estoy, para que vean Mi gloria, la gloria que me has dado; porque me has amado desde antes de la fundación del mundo […]. Yo les he dado a conocer Tu nombre, y lo daré a conocer, para que el amor con que me amaste esté en ellos y Yo en ellos (Juan 17:24, 26, énfasis añadido).

El Hijo perfecto y majestuoso ruega que estén con Él aquellos que el Padre le ha dado. La razón es que sean testigos del glorioso amor de Dios. El amor que ha recibido desde la eternidad pasada como Hijo. Por ese amor, Él se hizo como nosotros para pagar nuestra condena. Todo (Su vida, muerte

2. Reeves, Delighting in the Trinity: An Introduction to the Christian Faith, pág. 127.

y resurrección) con el propósito de invitarnos a ser partícipes de esa gloria como hijos amados y acogernos dentro del regazo de amor perfecto de la Trinidad.

Mi adoración cotidiana cambió cuando mis ojos fueron abiertos a esta verdad. No fui creada para recibir gloria, sino que mi gloria se encuentra en deleitarme en el amor del Padre por la obra perfecta de Cristo y la comunión del Espíritu. Incluso en los momentos más sencillos, como cuando termino el día exhausta y me dejo caer en la cama, y la autocompasión se asoma a mi corazón susurrándome: «¿para qué tanto dar y dar?».

Ahí comienza la lucha por la verdad, porque sí, dar de mí misma me deja agotada. Pero lo que me deja vacía es dar para recibir reconocimiento. Justo ahí, le recuerdo a mi alma cansada que puedo seguir dando porque soy amada por un Padre perfecto. Allí encuentro reposo en la obra terminada de mi Salvador que se dio enteramente por mí, y nuevas fuerzas en el poder del Espíritu. Desde Su plenitud puedo volver a dar y dar. ¡Esa es mi gloria!

Contempla esta verdad hasta que despierte tu corazón. El Padre ha entregado todo al Hijo, lo ha creado todo en Él y para Él (Col. 1:16). Ahora el Hijo lo ha compartido con nosotros y ha abierto el camino para que disfrutemos del gozo que Él ha recibido eternamente. Pero eso no es todo. El Espíritu nos ayuda a ver la gloria del Hijo con claridad y nos sella para unirnos al gozo de la Trinidad por toda la eternidad.

Nuestros anhelos cambian cuando contemplamos la naturaleza de la gloria de Cristo antes de la fundación del mundo, porque Su gloria no comenzó con la creación. Nuestra codicia por gloria luce ridícula y nos embarga un sentido de pequeñez cuando nos remontamos a la gloria de Cristo desde la eternidad pasada. Me maravilla pensar que un Dios tan majestuoso y autosuficiente nos invita a deleitarnos en Su gloria eterna.

La gloria del Padre revelada en el Hijo

Nos demos cuenta o no, hasta en los actos de servicio más ordinarios nos encontramos en una batalla constante por la gloria. Nos comparamos, nos esforzamos por demostrar nuestro valor y anhelamos ser vistas y reconocidas. El ser humano caído trata constantemente de acaparar reconocimiento y hasta medir su aparente gloria con los demás.

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Dios no hace ninguna de esas cosas. La gloria de Dios no es un «recurso limitado» que se raciona entre las personas de la Trinidad. En Dios no hay competencia por gloria, solo comunión y deleite. De manera que no dejamos al Padre ni al Espíritu sin gloria cuando atesoramos al Hijo. Glorificar a Jesús no pone a un lado al Padre ni ignora al Espíritu; todo lo contrario, nos lleva a participar del gozo pleno de la Trinidad. Volvamos a la conversación de Jesús con Su Padre, registrada por Juan:

Estas cosas habló Jesús, y alzando los ojos al cielo, dijo: «Padre, la hora ha llegado; glorifica a Tu Hijo, para que el Hijo te glorifique a Ti…» (Juan 17:1).

El Padre se deleita en glorificar al Hijo y la misma gloria del Padre es manifestada por el Hijo. Juan continúa y vemos cómo Jesús expresa la naturaleza de esa gloria al dar vida. Más aún, Él define en qué consiste esa gloria revelada:

Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado (Juan 17:3).

Detente a meditar en esta verdad con atención, como si fuera lo único que tuvieras delante de ti. La gloria de Dios manifestada tiene un nombre: Jesucristo. Por eso la vida eterna consiste en conocerle. Él no solo es el camino al Padre, sino que es la revelación del Padre. Mira cómo Jesús mismo dijo a Sus discípulos: «El que me ha visto a Mí, ha visto al Padre» (Juan 14:9b). El teólogo Jonathan Edwards pensó profundamente en este tema y lo expresó de esta manera: «La gloria de Dios consiste en que contemples, conozcas, ames y te regocijes en la gloria

de Dios revelada en el rostro de Jesucristo». 3 ¡Eso es lo que haremos por toda la eternidad!

Jesús no solo vino a pintar un cuadro hermosísimo para mostrarnos a Su Padre. Él es la revelación misma del Dios trino a la humanidad. De manera que cuando lo contemplamos, no estamos viendo al mayordomo que nos abre la puerta para llevarnos a «Dios», sino que Él es «el resplandor de Su gloria [la de Dios] y la expresión exacta de Su naturaleza» (Heb. 1:3).

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«Él es la imagen del Dios invisible» (Col. 1:15). Aun a quienes no creían, Jesús les dijo: «Yo y el Padre somos uno» (Juan 10:30). John Owen, otra voz del pasado con un corazón capturado por esta verdad, dijo:

Cristo es especialmente glorioso porque Él, y solo Él, revela perfectamente la naturaleza y la voluntad de Dios a nosotros. Sin Cristo, no habríamos conocido nada verdadero acerca de Dios.

Ya te habrás dado cuenta de que no hay tensión entre la gloria del Padre y la del Hijo. En el mismo sentido, el Espíritu también ama glorificar y dar a conocer al Hijo. Juan también registra las palabras de Jesús acerca del Espíritu:

Pero cuando Él, el Espíritu de verdad venga […]. Él me glorificará, porque tomará de lo Mío y se lo hará saber a ustedes. Todo lo que tiene el Padre es Mío; por eso dije que Él toma de lo Mío y se lo hará saber a ustedes (Juan 16:13-16, énfasis añadido).

El Espíritu se deleita en glorificar al Hijo e ilumina nuestro entendimiento para que lo contemplemos y para que nos unamos al gozo de la Trinidad. Nuevamente, Reeves lo explica de forma excelente:

A través del evangelio, el Espíritu ha abierto nuestros ojos para ver, no solo que Cristo es verdadero, sino algo más: que Cristo es glorioso. Precioso, deseable, cautivador, satisfactorio, deleitable. El gozo siempre nace de contemplar algo

3. Frase original: «La gloria de Dios consiste en que la criatura vea, conozca, ame y se regocije en la gloria de Dios revelada en el rostro de Jesucristo.» | «The End for Which God Created the World», en The Works of Jonathan Edwards, Vol. 1 (Banner of Truth, 1974), págs. 119-121.

hermoso, y en Cristo se halla la belleza suprema. Vemos «la gloria de Dios reflejada en el rostro de Cristo» (2 Cor. 4:6). Él, por lo tanto, es nuestro mayor tesoro: el tesoro del Padre compartido con nosotros. No podemos darlo por sentado ni seguir adelante sin Él.4

El Espíritu hizo resplandecer en nuestros corazones «el evangelio de la gloria de Cristo, que es la imagen de Dios»5 cuando estábamos en tinieblas.

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No solo eso, sino que también está activamente formando la imagen del Hijo en nosotros. El Espíritu nos está haciendo más como Cristo, satisfechas en el amor del Padre y enfocadas en Su gloria.

Atesorar a Cristo es honrar al Padre (Juan 5:23) y responder a la convicción del Espíritu (Juan 16:8), quien nos capacita para glorificarle. Ya hemos contemplado que el Hijo ha existido en gloria desde la eternidad pasada en la perfecta comunión de la Trinidad. Hemos visto que Él es la manifestación exacta de Dios. Ahora nos detendremos a meditar en Su supremacía y centralidad en la creación.

La gloria de Cristo en la creación

Volvamos al evangelio de Juan para contemplar a Cristo desde Su gloria en la creación, un ángulo que a menudo pasamos por alto:

En el principio ya existía el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios. Él estaba en el principio con Dios. Todas las cosas fueron hechas por medio de Él, y sin Él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho. En Él estaba la vida, y la vida era la Luz de los hombres (Juan 1:1-4).

Estas palabras de apertura del Evangelio de Juan no fueron escogidas al azar, sino que son un eco de las primeras palabras de la Biblia que encontramos en el Antiguo Testamento. Juan no solo está conectando a Cristo con la creación al enfatizar Su Deidad, sino que lo presenta como el agente de todo lo creado. En el principio se refiere a antes de que existiera el primer átomo o el primer respiro de Adán, antes de que las galaxias colgaran en

4. Reeves, Rejoicing in Christ, págs. 121-122.

5. 2 Corintios 4:4.

la expansión y se encendieran las estrellas. El Hijo ya existía en estrecha relación con el Padre y el Espíritu compartiendo la misma naturaleza y divinidad.

Juan lo explica con claridad al afirmar que todo fue creado por medio de Él. Todo. La inmensidad del universo y el latido de tu corazón existe porque el Verbo declaró e hizo posible su existencia. Esta no fue una obra independiente del Hijo, sino una sola obra de un único Dios en la que el Padre creó, sin competencia ni tensión, por medio del Hijo en el poder del Espíritu (1 Cor. 8:6). En palabras sencillas, fue el Hijo revelando al Padre y el Espíritu glorificando al Hijo.

Tómate nuevamente unos minutos para meditar en esta verdad. Cristo no es parte de la creación, Él es Su creador y sustentador. Es obra Suya todo lo que vemos, tocamos y saboreamos. ¿Alguna vez te has detenido a mirar a tu alrededor mientras consideras que Cristo fue quien habló y todo vino a existencia? Aunque mis afectos son despertados en adoración a Dios al ver los hermosos atardeceres de mi ciudad, no tomaba en cuenta que esa belleza es un eco que declara la gloria de Cristo (Sal. 19). El apóstol Pablo aporta más claridad a la supremacía del Hijo en la creación, cuando declara:

Él es la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda creación. Porque en Él fueron creadas todas las cosas, tanto en los cielos como en la tierra, visibles e invisibles; ya sean tronos o dominios o poderes o autoridades; todo ha sido creado por medio de Él y para Él. Y Él es antes de todas las cosas, y en Él todas las cosas permanecen (Col. 1:15-17).

Cristo es la manifestación visible de Dios. Él es el creador y, por lo tanto, tiene primacía y autoridad sobre todo lo que existe. En otras palabras, Él es el Soberano de la creación. Todo cuanto existe fue creado en Él y para Él. El oleaje del mar y el canto de los pájaros. La fuerza del búfalo y la dulzura de la miel. Los sistemas que componen tu cuerpo y la danza de la luna alrededor de la tierra. Todo fue hecho por el Verbo para comunicar la majestad de la gloria de Dios (Sal. 19:1). Todo fue creado a través del Hijo y el Padre le entregó todo en Su mano para que en todo tenga preeminencia (Col. 1:18).

Las implicaciones de esta verdad son inmensas. La historia del cristianismo nos muestra que los creyentes han sido atacados por aferrarse a la verdad de que Cristo es verdaderamente Dios y soberano supremo sobre toda la creación. Si Cristo es Dios, creador y sustentador, entonces todo le pertenece y no hay ningún espacio fuera de Su gobierno, incluyendo tu cocina y cada esquina de tu corazón.

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Nada en la creación existe por sí mismo ni para sí mismo. Abraham Kuyper, un pastor y pensador cristiano del siglo xix, enfatizó que «no hay una sola pulgada en todo el dominio de nuestra existencia humana sobre la cual Cristo, quien es soberano de todo, no clame: “¡Mío!”».6 ¡Todo glorifica a Cristo, porque todo es Suyo y apunta a Su grandeza!

¡Todo glorifica a Cristo, porque todo es Suyo y apunta a Su grandeza!

El Padre ha entregado toda autoridad a Su Hijo y Él es quien sustenta todo cuanto existe. ¡El Cristo que atesoramos es glorioso antes del tiempo, Dios creador, supremamente valioso y digno de ser exaltado! La gloria de Cristo es el centro de todo y la fuente de nuestro gozo. Ese será el hilo conductor mientras lo continuamos contemplando en los capítulos siguientes.

¡Su gloria es inagotable! Oro para que el Espíritu abra tus ojos y despierte nuevos afectos en ti hasta que tu corazón arda en adoración y lo atesores justo donde te encuentras.

En la próxima sección seguiremos con los ojos puestos en las cosas de arriba mientras ponemos nuestros pies en tierra para unirnos a la alabanza celestial de los veinticuatro ancianos que atesoran a Cristo y declaran:

Digno eres, Señor y Dios nuestro, de recibir la gloria y el honor y el poder, porque Tú creaste todas las cosas, y por Tu voluntad existen y fueron creadas (Apoc. 4:11).

¡No hay nada más lógico al contemplar a Cristo que entregarle todo en adoración!

6. Traducido de Abraham Kuyper, Sphere Sovereignty, en Abraham Kuyper: A Centennial Reader, ed. James D. Bratt (Grand Rapids, MI: Eerdmans, 1998), pág. 488.

ATESORA A CRISTO

Desecha toda gloria falsificada

Nada más cotidiano que ese instante en el que despierto y abro mis ojos en las mañanas. En esos segundos se libra la primera batalla por la gloria. Ahí, antes de poner mis pies en el piso, necesito preguntarle a mi alma: «¿Para la gloria de quién existes?», y recordarle a mi corazón: «Tu gozo se encuentra en glorificar a Dios y deleitarte en Él».

En ese momento, puede que mi cuerpo esté despierto, pero mi corazón aún necesita despertar a la verdad. Para discernir cómo la gloria falsificada se esconde en mis rutinas, necesito la Palabra de Dios. Pero si somos sinceras, tendremos que reconocer que en lugar de comenzar el día con la luz de la Palabra, somos tentadas a despertar al brillo de una pantalla. Es más fácil despabilar los ojos entreabiertos con el resplandor incómodo de un dispositivo. Pero al hacerlo, no medimos el costo de ir detrás de imitaciones baratas de gloria.

Y no solo al comienzo del día, ese hábito se cuela fácilmente en nuestras rutinas diarias. Nuestros ojos se encuentran más a menudo con pantallas saturadas de mentiras, que con la fuente de toda verdad. En lugar de mirar al Dios revelado en las Escrituras, nos damos vuelta para encontrar alguna otra cosa creada que nos asombre. Ese deseo recurrente de buscar más fuera de Dios mientras deslizamos nuestros dedos en nuestros dispositivos pone de manifiesto que estamos contemplando el resplandor tenue y temporal de algo que no sacia.

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Por eso, sin importar nuestro oficio o nuestra etapa de vida, estamos en el negocio de la búsqueda de reconocimiento y somos capaces de entregar lo que sea por la gloria de los humanos. Colocamos todo, nuestra devoción, nuestro tiempo, nuestros bienes y hasta nuestra familia en el altar equivocado.

Volvamos a la escena en la que estaba sirviendo a mi familia y parecía como aguantar la respiración bajo el agua. ¿Por qué mi servicio parecía tan

pesado? ¿Acaso fue porque se trataba de un trabajo rutinario y repetitivo? No. No fue la monotonía. Fue mi orgullo.

Atesoré una gloria falsa. Permíteme mostrarte cómo, y te advierto que no te enseñaré una imagen estética. Ese día creí la mentira de que fui creada para algo más grandioso que las labores domésticas. Nada de lo que me rodeaba parecía valioso porque evalué mi realidad con los estándares del mundo. Secretamente, me resentí por tener que conformarme con un trabajo ordinario.

Sabía que tenía que rendirme a la voluntad de Dios. Pero en mi autoengaño, pensé que mi «sacrificio» por «glorificarle», por lo menos merecía el reconocimiento de mi familia. ¿Acaso eso era mucho pedir? Un poquito de gloria. Una pequeña dosis de valor, aceptación y seguridad.

Esa es una imagen horrible, pero a menos que seamos capaces de reconocer las mentiras que se esconden en nuestros corazones, no podremos arrepentirnos y desechar la imitación de gloria que nos impide atesorar a Cristo.

Lo interesante de esta búsqueda de gloria es que revela que la necesidad en sí no es pecaminosa. El problema es el mismo desde el principio de la humanidad. Buscamos en los lugares incorrectos lo que ya Dios nos ha dado.

El mundo y mi carne me susurran: «si estuvieras haciendo algo menos ordinario, de seguro tendrías mejor recompensa». Al final del día, ¿qué es lo que realmente deseo? ¿Valor, aceptación y seguridad? ¿Acaso no es eso lo que ya recibí en el amor de Dios?

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El aburrimiento de nuestra cotidianidad se debe a que nuestro corazón se esfuerza por obtener en la gloria del mundo lo que se obtiene gratuitamente en la gloria del Hijo. Él abrió el camino a la satisfacción plena que Él ha disfrutado por toda la eternidad y al amor desbordante de un Padre perfecto que nos adopta en Su regazo. Somos aceptadas en Él.

El deleite del Padre en Su Hijo perfecto ha sido derramado en nosotras sin que tengamos la necesidad de ganarnos Su favor ni cansarnos tratando de probar nuestro valor. Somos valiosas en Él.

Estoy hablando de la enemistad transformada en adopción y la hostilidad intercambiada por deleite. En Jesús contemplamos a un Padre amoroso en lugar de encarar a un Dios airado. Esa es la gloria que tanto anhelamos. Estamos seguras en Él. En Cristo encontramos valor, seguridad y aceptación.

Cuando el Espíritu Santo nos ilumina, podemos apreciar la hermosura de la gloria de Cristo y somos capaces de ver que nuestros intentos fallidos de manufacturar gloria no son más que basura. Lo que antes brillaba ante nuestros ojos era en realidad una gloria de cartón.

Todo aquello en lo que buscamos encontrar valor como ese título universitario, ese estatus social que nos cuesta más de lo que podemos pagar, esa posición ministerial de la que alardeamos o ese logro que mostramos con orgullo no son más que un deseo insaciable por obtener más. Pero cuando apreciamos en toda su dimensión la gloria de Cristo, toda esa necesidad obstinada por el reconocimiento de los demás pierde su valor. Por eso, ese día en la cocina «mi sacrificio» parecía tan grande, porque dejé de contemplar el incomparable valor de Cristo.

El apóstol Pablo vivió este mismo desafío en carne propia. Marcado por la ignorancia y el deseo de la gloria humana, dedicó su vida al propósito inútil de fabricar su propia gloria (1 Tim. 1:13; 1 Tes. 2:6). Sin embargo, le bastó con contemplar la gloria de Cristo para reconocer que todo aquello en lo que buscaba identidad y seguridad no era más que mugre.

Pero todo lo que para mí era ganancia, lo he estimado como pérdida por amor de Cristo. Y aún más, yo estimo como pérdida todas las cosas en vista del incomparable valor de conocer a Cristo Jesús, mi Señor. Por Él lo he perdido todo, y lo considero como basura a fin de ganar a Cristo (Fil. 3:7-8).

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¿Alguna vez te has puesto a pensar que podrías estar tratando de manufacturar gloria para ti misma? Sería bueno que respondas con sinceridad estas preguntas: ¿Cómo manifiestas ese deseo de reconocimiento en tus labores diarias? ¿Dónde estás buscando aceptación? ¿A qué te aferras para probar tu valor? ¿En qué o en quién se encuentra tu ilusión de seguridad?

Contempla a Cristo y considera Su extraordinario valor hasta que tu corazón vea con claridad que Él es digno de tu completa adoración. Solo así tu cotidianidad dejará de ser una fuente de identidad y se convertirá en un altar de sacrificio, donde entregas todo, desechas tus tesoros de cartón y te deleitas en la gloria del Hijo, es decir, el gozo pleno del regazo del Padre en la comunión del Espíritu.

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Centra tu vida en Su gloria

Hay una mentira que resuena constantemente en nuestros corazones cuando el pecado llama a la puerta: «ustedes serán como Dios» (Gén. 3:5). La mordida de ese fruto prometido supuso equivocadamente que el apetito de gloria sería saciado si nos colocábamos en el centro, pero esa promesa nunca se cumplió y solo nos dejó insatisfechas.

Desde entonces hemos querido tercamente saciar nuestro deseo de gloria de la misma manera y seguimos buscando ignorar que el trono de Dios no está vacante. Cristo es el centro y suya es toda la gloria. Nuestro bien se encuentra en todo lo contrario a la mentira del enemigo de Dios. En lugar de contemplarnos a nosotras mismas como candidatas ideales para dirigir el centro de operaciones del universo, debemos elevar nuestra mirada a las cosas de arriba para reconocer que Cristo está sentado en el trono.

Él es el agente de la creación y quien sustenta todo lo creado. Incluso a ti. El latido que sientes en tu pecho y el aire que lentamente inhalas continúan sin pausa por Él. Si todo fue hecho en Él, para Él y en Él todo subsiste, ¿crees que puedes soltar la ilusión de control sobre tu vida? Pronto te darás cuenta de que en realidad ese «control» que creías tener siempre estuvo desconectado e inservible porque tus esfuerzos nunca controlaron nada.

Cuando la ansiedad me invade o el temor a lo que depara el futuro me paraliza, es el resultado de olvidar que Cristo es el sustentador, no yo. Todo se alinea cuando reconozco que Él es el centro. Si lo pierdo de vista, siento que todo se desestabiliza dentro de mí.

Atesoramos a Cristo cuando reconocemos Su centralidad en el universo, en el mundo, en nuestro hogar y en lo más íntimo del corazón. Al contemplar Su supremacía, recordamos que no hay nada fuera de Su gobierno y dominio. Somos capaces de presenciar destellos de Su gloria en el lenguaje tangible de Su creación, comunicándose a sí mismo por todas partes.

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No hay ningún segundo de nuestra cotidianidad que no sea tocado por la gloria de Cristo. Él es nuestro sustentador mientras dormimos inconscientes en nuestra cama y es el centro de nuestro gozo aun cuando todo dentro o fuera de nosotras se estuviera derrumbando.

¿Cómo cambiarían tus días si creyeras que Cristo sustenta Su creación, incluyéndote a ti? ¿De qué tamaño se verían tus problemas cotidianos si apreciaras la supremacía de Cristo sobre todo? ¿Cuál sería tu actitud si te dieras cuenta de que no tienes el control de nada? ¿Con qué actitud enfrentarías tus labores ordinarias si creyeras que Cristo, no tú, es el centro de tu vida?

Cuando entrenamos nuestros ojos para contemplar la gloria, centralidad y supremacía de Cristo, interpretamos nuestra cotidianidad correctamente al vivirla como una ofrenda de adoración. Por toda la eternidad adoraremos al Señor y por eso podemos unirnos al deleite de amar a Cristo justo hoy donde nos encontramos. Ya sea frente a una pila de ropa sucia, una despensa vacía o el semáforo que siempre está en rojo, podrás decirle al Señor en oración:

«Señor, estampa eternidad en mis ojos».7

Tú eres mi gloria.

Eres el centro de mi vida.

Mi gozo está en ti.

Vivo para adorarte.

7. Oración popularmente atribuida al teólogo Jonathan Edwards.

Vive para Su gloria

«Vive para la gloria de Dios» es lo mismo que decir: «Deléitate en la gloria del Hijo». Un corazón conquistado por el deleite de Cristo lo atesora en los aspectos más simples de la vida diaria. Se rinde en su búsqueda inútil de la gloria humana para luchar por el gozo inquebrantable que Él ofrece. No hay fórmulas secretas para el camino a la victoria.

Nada debe estar más presente en nuestras rutinas diarias que el anhelo por contemplar y gozarnos en la gloria de Cristo. Lo malo es que lo olvidamos con tanta facilidad. Necesito cuestionar mi corazón con la misma pregunta que le hago a mis niños antes de acostarnos por las noches: ¿cuál es el fin principal del hombre? Necesito preguntarme a mí misma con frecuencia: ¿cuál es la meta de este día? ¿Qué es lo que me empujará a través de lo pesado de mi cotidianidad?

El fin principal del hombre es glorificar a Dios y gozar de Él para siempre.8

Donde sea que me encuentre, inclino mi alma para poner la mirada en las cosas de arriba y me recuerdo que existo con el propósito eterno de deleitarme en la gloria del Hijo, disfrutar del amor del Padre y deleitarme en el gozo del Espíritu. Mis pies no se elevan al cielo ni sucede nada extraordinario alrededor de mí cuando lo hago, pero sí ocurre algo grandioso: mi corazón descansa al encontrar valor, aceptación y seguridad en Su gloria. Ahí es cuando mi vida entera se transforma en un altar de adoración.

Responde en oración y adoración

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8. Catecismo Menor de Westminster, Pregunta 1. Asamblea de Westminster, 1647.

En vista del incomparable valor de Cristo, entrego…

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Muestra a Cristo, muestra a Cristo

Revela, oh Dios, tu gloria

A través de tu verdad Hasta que todos confiesen «Cristo es Señor».1

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1. Traducido desde «Show Us Christ». Música por Doug Plank, letra por Doug Plank y Bob Kauflin. © 2011 Sovereign Grace Worship/ASCAP, Sovereign Grace Praise/BMI (administrado por Integrity Music). Sovereign Grace Music, una división de Sovereign Grace Churches. Todos los derechos reservados.

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Atesora a Cristo (Muestra corta) by lifeway-espanol - Issuu