Cuenta el Ñañañique Prólogo y Selección
José Lalupú
Cuenta el Nañañique/ Prólogo y Selección: José Lalupú Primera edición: Julio 2012 Tiraje: 1000 ejemplares ©2012: José Lalupú ©De esta edición: Lengash Editores E.I.R.L. Jirón Lambayeque 658- Chulucanas lengasheditores@peru.com
968043188
Hecho el Depósito Legal en la Biblioteca Nacional del Perú N°2012-08777 ISBN: 978-612-46259-0-9 Composición de cubierta, diagramación y diseño de interiores: Juan Carlos Díaz Motivo de cubierta: Fotografía del cerro Nañañique Cuidado de edición: José Lalupú Impresión: Enfoko E.I.R.L.: Callao 321 Stand 28S - Lima
Este libro no podrá ser reproducido por ningún medio, ni en su totalidad ni parcialmente, sin previa autorización de quien posee los derechos de edición.
Impreso en Perú
Printed in Peru
El Ñañañique cuenta Si el Ñañañique y la bella Chulucanas fuesen amado y amada, ¿qué cosas no le susurraría al oído nuestro cerro ancestral? ¿Cómo correspondería a la manera tímida en que ella se ha ido acercando a él, poco a poco en el tiempo, hasta fundirse juntos en un abrazo? Las respuestas a estas preguntas tal vez las encuentre el lector en las páginas de este libro, porque en él han confluido las plumas de quince hombres y mujeres, hijos del Ñañañique y Chulucanas, quienes a manera de confidentes, tal vez, lo saben; y ese conocimiento secreto se ha convertido en los cuentos de esta selección. Emprender la búsqueda para conocer la idiosincrasia de un pueblo, hurgar en su memoria colectiva es trabajo arduo, pero no imposible si se piensa en que revisar su literatura es un buen camino para lograrlo. La literatura de Chulucanas, aunque joven ha dado ya sus primeros pasos, y sus cimientos son sólidos si se piensa en nombres consagrados como Héctor Vate Manrique, Raúl Estuardo Cornejo, Carlos Espinoza León, José Enrique Briceño Berrú o Luis Eduardo García; y otros poetas y narradores cuya obra luce por su solvencia estética y, en algunos casos, goza de reconocimiento internacional. Si en esa búsqueda tratáramos de encontrar la chulucanidad, esa personalidad cultural y común a nuestro pueblo, y si esta chulucanidad existiera, estamos seguros de que estaría capturada en este libro como en un revuelto de frejol, de cerámica, chicha, sol, chilalos, leyendas, cumananas, tondero y, por supuesto, su caballa al jugo. Existe un comentario irónico acerca de las antologías que dice que en ellas “Nunca están todos los que son, ni son todos los que están” y es que en esencia, toda antología es incompleta y, por eso, polémica. El lector podrá encontrar en esta selección de cuentos que junto con los nombres consagrados están también los nombres de escritores cuya obra, plena de talento, va abriéndose paso en nuestro panorama literario. Tal vez por eso, esta selección resulte discutible, pero los posibles críticos no deben perder de vista que esta no pretende ser una antología histórica (aunque podría ser el primer paso para un estudio sistemático de nuestras letras), tampoco pretende ser una antología definitiva; sino más bien sólo una muestra, una exposición fresca de lo que han producido, producen y producirán los artistas de nuestra tierra.
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En primer plano, se ha colocado a los autores que “oficialmente” tienen una carrera de escritores (considerándose para ello el criterio de haber publicado un volumen independiente, lo cual le puede resultar a alguien muy discutible, cosa que le permitimos) y se los ha ordenado de acuerdo a la fecha de publicación de ese primer libro. Esto sí, creemos, puede dar pie a un futuro estudio sistemático e histórico de nuestra narrativa. En segundo plano, se ha colocado, y por orden cronológico según su fecha de nacimiento, a los autores que sin haber publicado un libro han llevado adelante una sostenida labor literaria y también aquellos para los que este libro viene a significar su primera aventura libresca. Esto último bien puede ser un mensaje acerca de que el cultivo de las artes, si se tiene la suficiente seriedad para ello, es un paraíso abierto para todos los que deseen incursionar en él. Nosotros, desde la Asociación de Escritores de Chulucanas José María Arguedas invitamos a todas las personas interesadas en el bello arte de la Literatura a unirse a nuestra aventura. El viaje: la metáfora del viaje que siempre usamos para representar la vida o parte de ella, podría usarse también para representar la lectura de este libro: que el lector viaje a través de sus páginas, y si imagina que es sobre una mula chulucanense (o un piajeno), mejor. Así podrá viajar por estos cuentos escritos con tanto cariño y calidad, detenerse como quien se detiene en una ramada a degustar un poto de chicha o clarito y un buen piqueo, en estas historias que como nuestra Chulucanas, son multicolores, fantásticas, terrígenas, enfáticas, mutables, deliciosas.
José Lalupú Chulucanas, junio de 2012.
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CUENTA EL ÑAÑAÑIQUE
1. Corazón de otro de Raúl Estuardo Cornejo 2. Los rastreadores de Carlos Espinoza León 3. Parió la mula de Jorge Luis Arévalo Acha 4. Matorral del tiempo de José Enrique Briceño Berrú. 5. La lluvia en piojos de chancho ajeno de Roquelín Ramírez Cueva 6. El Lengash de Luis Eduardo García 7. Gallinazo no come gallinazo de Antio Abelardo Alzamora Arévalo 8. Ñañañique de José Lalupú Valladolid 9. Mi primer amor de Manuel David Arce Martino 10. Pastor de cabras de César Elías Preciado 11. El guerrero de las alturas de Guillermo Fernández Guerrero 12. El chilalito cojo de Gonzalo Vicente Calle 13. Chilalo no canta en jaula de Alfredo Augusto Alzamora Arévalo 14. Chicles con sabor a yuca de Janett Elizabeth Palomino Villaseca
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Raúl – Estuardo Cornejo (Chulucanas, 1937) Narrador, ensayista y poeta.
Doctor en letras, abogado y periodista. Alumno de prestigiosas universidades: Universidad de San Marcos, Universidad de Buenos Aires, Universidad de Salamanca, etc.; profesor visitante de la Universidad de El Cairo y de la Universidad Al Azhar en Egipto; de las universidades de Bombay, Calcuta e Instituto de Estudios Avanzados de Nueva Delhi en la India; de las universidades de Tokio, Hiroshima y Kioto en Japón.
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Ha publicado los libros de cuentos: Horizontes del sol (1957), La aldea encantada (1968); los ensayos: López Albújar, narrador de América, Madrid (1961), La prosa en el Perú (1964), El alma de Piura (2006); y la biografía: El gran bandolero Froilán Alama (2009).
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Corazón de otro Lo recuerdo perfectamente. En aquella remota provincia del ande piurano, yo era el hacendado más rico, patronal y autoritario; dueño de tierras, hombres y animales. Cuando se es propietario de una heredad de más de mil hectáreas, de cinco mil cabezas de ganado vacuno, de cien mil cabezas de ovinos, y se tiene a su servicio una peonada de quinientas cabezas de familia (sobre la que se ejerce autoridad total por ausencia de la oficial) se es una especia de señor feudal, un reyezuelo que ordena, dispone, premia y castiga sin tener que dar cuenta a nadie. Y si, además, se trata de un gamonal de hacienda inagotable, de salud excepcional, de edad joven y alguna apostura, se infiere que es posible tener todo lo humanamente apetecible: poder, riqueza, placer. Todo o casi todo eso lo poseía. Nadie osó discutir una orden mía, por más descabellada que fuese, pues la sola idea de una desobediencia habría aterrado a mis asustadizos siervos. Aun cuando por regla general me comportaba como un jefe paternal, sabían también que mi ira flamígera, y el azote, el cepo, cuando no la muerte misma (de acuerdo con la gravedad del delito), estaban o podían estar entre mis terribles resoluciones. De ahí que la reverencia, la sumisión y el temor constituían la moneda con que me pagaban esas humildísimas gentes. Hablando de riquezas, ya he referido cómo me sobraban. No obstante tener henchidas cuentas bancarias en el país y en el extranjero; hidrópicos baúles almacenados en un cuarto especial de la casa hacienda que guardaban valiosas y antiguas joyas de oro de mis antepasados; y oro, mucho más oro contando con el que me tributaban en libras peruanas (y aun en esterlinas) los cientos de yanaconas y arrendatarios que usufructuaban mis extensas tierras. Los baúles de plata en barras o monedas eran, ciertamente, lo de menos valor en mi gran fortuna. En cuanto a los placeres, mi vida había dado un diametral giro desde la muerte de mi excepcional esposa. De mi felicidad conyugal -de mi ejemplar felicidad conyugal cortada en un aciago día- pasé a etapas realmente opuestas. Exceptuando el licor y el tabaco, siempre detestados, solo el goce carnal mantuvo en mí vigencia e importancia. Salvo periodos de hipocondríaca soledad, paliados con selectivas lecturas y música clásica de la mejor factura. Cuando no hice desfilar por mi alcoba a las más atractivas doncellas, hijas de mis peones, halagadas por el honor, mandaba a contratar por temporadas circos a la
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ciudad más cercana, los que ofreciendo el espectáculo y la distracción a mi peonada, ponían a mi disposición deslumbrantes trapecistas o waripoleras, el tiempo que yo ordenase. Esto rompía en parte la soledad y la continencia, pero de ninguna manera el hastío espiritual que permanentemente yacía en mí. Algunos planes había esbozado para conjurar tal situación. No se trataba de elegir únicamente una dama de alcurnia, de mi nivel y de encantos físicos, que muchas se habrían interesado grandemente; se trataba de hallar un temperamento similar al que tuve en mi adorada esposa. Una mujer de enorme espiritualidad, de virtudes no comunes y gracia inigualable. Para volver a contraer nupcias tenía que hallar una mujer similar y enamorarme, pero esta mujer no llegaba aún; acaso no llegaría nunca. *** Todavía recuerdo sus inmensos ojos de vicuña, lánguidos y almendrados; su talle grácil y flexible como una retama; sus pechos tiernos y palpitantes como dos polluelos; y su voz delicada y profunda como la de una quena. Me llamaba “señor”, con ese gran temor reverencial que las indias tienen por sus patrones, así sean estos los dueños de su corazón. Cuando la miraba a los ojos para darle órdenes, no resistía los míos y bajaba los suyos, no obstante lo expresivo de mi cariño. O acaso por eso mismo. Porque detrás del afecto y gentil trato, veía seguramente el interés, el profundo interés que bullía por ella. No sé cómo llegó a la casa - hacienda para incorporarse a la grande legión de mis criadas, pero esta muchacha huancabambina de veinte años, trenzas negras y larguísimas, rostro de ñusta incaica, bien pronto ocupó privilegiado lugar entre la servidumbre. Dócil, sencillísima, hacendosa, puntual, y sobretodo bella, de inmediato llenó mis ojos de viudo solitario, de manera que, a la usanza de mis ancestros patronales, de esos terratenientes de horca y cuchillo, decidí premiarla compartiendo mi lecho y regalarla, con el honor altísimo de acostarse una noche con su patrón. Justamente el circo de la última temporada se había marchado, y de las coristas puestas a mi disposición, ninguna, casi ninguna, había calado mayormente en mí. Cierto: eran bonitas, dicharacheras, alegres, más o menos diestras para los trajines del amor, pero nada más. Las hallaba,
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como siempre, muñecas preciosa, pero frías, interesadas, mecanizadas en sus contorsiones del trapecio y del lecho. Sus carnes y sus almas semejaban las de estatuas de sal, y nada, nada tenían que ver con la mujer que yo esperaba desde mi soledosa condición de viudo. Por eso, el candor de Urpi, que así se llamaba mi nueva criada, puso una nota de novedad en mi gris y rutinaria vida. Me sentí más que atraído por la esbeltez de su cuerpo, por la diafanidad de sus ojos (retratos una vez más del alma) por su belleza silenciosa y enigmática; sin olvidar, claro, sus pechos redondos y arrulladores y el halo de simpatía e inocencia que la rodeaba. De modo que tras de poner mis ojos en los suyos, un día decidí poner mi sexo en el suyo; honrarla, como a tantas otras, ofreciéndole las orlas y la tibiedad de las sábanas de mi alcoba. *** Recuerdo un 20 de enero, fecha en que los campesinos celebraban a San Isidro el Labrador. Organizaban un baile popular, con decimistas locales, viandas y desde luego chicha, que maceraban previa y diligentemente. Yo – majestad del nombre – no acostumbraba habitualmente asistir sino muy excepcionalmente a la misa matinal, oficiada por un cura traído exprofesamente “del pueblo”, en la capilla lugareña. Mas, enterado de que entre las parejas bailadoras de tondero en la verbena de esa mañana estaba programada Urpi, decidí quedarme para verla. En una pampa del caserío circundante al de la casa hacienda, se había improvisado una pista de baile. Un cuadrilátero formado por cañas de Guayaquil y un techo de totora, exornado con papel cometa, conformaba el escenario. La pueblerina banda formada por indios gordos y ebrios tocaba tristes, marineras y tonderos. Pero el concurso estribaba en el mejor baile que ejecutarían las parejas. Podía ser un huayno, una marinera o un tondero, que cualesquiera de los tres eran peruanísimos aires de mi arrobadora tierra piurana. Habían ya danzado varias parejas, sin que hiciese su aparición la que yo aguardaba. Mi discreción me inhibía de preguntar por Urpi, de requerir por la hora de su presentación, anhelaba con particular impaciencia. Estaba a apunto de marcharme, pues soy hombre de vehemencias, cuando el animador anunció: -Patrón, y distinguido público, ahora toca el turno a la pareja formada por la señorita Urpi y el joven Alejandro. ¡Bailarán “el baile de la pava”!
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Radiante, con un modesto, pero limpísimo traje acampanado de organdí, apareció Urpi. Se había pintado por primera vez los labios y echado colorete a las mejillas. Una gran diamela blanca se engastaba en sus sienes y un pañuelo blanco ondeaba en su mano derecha. Con su compañero, un mozo también esbelto que la tomaba de la mano, avanzó hacia mí. Hicieron ambos una venia, que yo devolví señorialmente y comenzaron a bailar. Se trataba de un tondero de Yapatera, una de las cunas de este ritmo en el Perú, en su versión primitiva. Se llamaba “el baila de la pava” y representaba la estación de celo y apareamiento animal, cuando el pavo tiene que cortejar a la pava hasta poseerla. Urpi inició la danza. Desde un ángulo del cuadrilátero arrancó haciendo de la pavita, con un individual y garboso paso, exhibiendo la plasticidad de su cuerpo. Sus movimientos gráciles, elegantes, fueron convirtiéndose al son de unos ritmos ligeros, en un conturbante quiebre de cintura, al mecer de sus caderas cadenciosas y sensuales. El pavo no pudo resistir. Dejó la posición contemplativa y se lanzó a la pista, oteando desde lejos, pavoneándose con el arco iris de sus alas, como un dandy que pasea gallardamente su silueta. . La pavita se le acerca, le hinca, le provoca con volteretas incitantes, hasta que el pavo -¡vaya pavo!– se decide a entrar de lleno a la contienda. Amaga, ataca, persigue a la pava que, asustada de su provocación, huye danzando coquetamente. El pavo no cesa, continúa asediando, insistiendo, bailándole muy cerca y cubriéndola con un ala hasta originar el desfallecimiento, la rendición de esa pavita soliviantadora. Bajo el eco afroide del tambor, ambos caen, se unen, fingen copular hasta llegar al clímax, a los estremecimientos celestiales del orgasmo. Cuando Urpi concluyó su actuación y se acercó a mí para solicitar mi venia y retirarse, no pude resistir la tentación y con irreprimible autoritarismo le ordené en voz baja: -Cámbiate y ve a mi recámara. *** Semejaba a un león acechando a la presa. El sol de mediodía y los ecos de la música herían mis ojos y oídos. De buena gana habría hecho callar a esos peones borrachos, holgazanes; de buen grado los habría corrió a balazos para terminar con esa juerga, que en lugar de solazarme me había causado desazón. La danza de la pava, no obstante la plasticidad del cuadro y lo impecable de su ejecución, me había incomodado; sentía unos celos como cuchilladas salvajes tasajeándome el corazón. Esa pa-
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va sensualísima y excitante; ese pavo lujurioso y aprovechador… El insolente cuadro lo tenía aprehendido obsesivamente en mis ojos. De pronto, unos pasos –pasitos- suaves, ligeritos… “¡Ah, es ella!” – suspiré-. Me contuve de abrir la puerta de mi dormitorio –majestad del cargo– en espera de que tocase. Esperé, pero nadie golpeó. Entonces, abrí la puerta y ¡oh, desilusión!: era el “Mocho”, mi perro guardián. “¡Fuera!”- le grité indignado, tirándole la puerta en las narices. “¿Por qué tardará tanto?” – me inquirí-. “¿No escucharía bien mi orden? ¿La habría desobedecido? ¿Más interés tendría en la fiesta que en mí? ¿En su acompañante que en mí?”. Echaba bufaradas de mal humor, cuando unos pasos, hoy más patentes, se acercaron a mi habitación. “Ahora sí” -me dije-. ¡Vaya, qué impaciencia! Se acercaron hasta la puerta y sonó un toque. “Adelante” –contesté atemperado-. Se abrió la puerta y el ama de llaves –la negra Zunilda- se asomó para informarme: “Patrón, ha venido el Gobernador de la Provincia. Dice que le precisa hablar con usted”. “No estoy para nadie, Zunilda”, le espeté. “Dile que no estoy”. Iba a rectificar “… salvo para…”, cuando la negra remató: “¿Tampoco para Urpi? Dice que usted la ha llamado…”. “Ah, sí, para ella sí, dile que pase…”. Ya no tenía el carmín en los labios; sí, el escarlata en las mejillas. Tampoco el traje de organdí, sino su pollera de tocuyo blanco. Menos la sonrisa, sino un premonitorio dolor en sus ojos de gacela. -Siéntate – le dije sin saber qué decía. Jamás para una criada tuve tal consideración. -Gracias, señor – respondió, permaneciendo de pie. Dudé. Estaba turbado. No sabía por dónde comenzar. ¡Yo, acostumbrado a comenzar por donde generalmente se termina! “¡Qué estupidez!” – me recriminé. Y haciendo aflorar la recóndita y salvaje autoridad de mis ancestros, y la ciega rijosidad de mi sexo, le ordené con brutalidad: -Desvístete. Urpi esparció una mirada de infinita conmiseración. Por primera vez me miró a los ojos, como una paloma que, apresada por el gavilán, le clama llena de pavor e indulgencia. Mas como no acatara de inmediato mi orden se la repetí, mientras me desembarazaba de mis ropas: -Desvístete. No la miré de frente, sino que con el rabillo del ojo, vi caer sus prendas íntimas una a una. Primero la blusa de percal, luego un corpiño de encaje
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blanco, después la pollera de tocuyo, seguidamente un calzoncito también de encaje blanco; a continuación… unas lágrimas. -¿Por qué lloras? – le indagué imbécilmente-. ¿Por qué lloras? –insistí de puro torpe. -Señor –me dijo sollozando- seré tuya porque lo ordenas, pero no porque te amo. -¿Y por qué tienes que amarme para ser feliz un momento conmigo? -No soy mujer para un momento, señor. El dueño de mi corazón me tendrá toda su vida. -¿El dueño de tu corazón? ¿Y quién es el dueño de tu corazón? – rugí sorprendido e iracundo. -El Alejandro, señor. Si respetas el amor y el honor, no me hagas ir manchada a él. Las frases auténticas y sentidas de Urpi y sus lágrimas indetenibles me latiguearon el rostro y ahogaron el alma. Fue un reproche como pocos. Me sentí bajo, ruin y no soporté llevar un baldón ni arrastrar una vergüenza de tal naturaleza. Comprendí que la libertad de los sentimientos estaba por encima de todo y que yo, medio cacique y medio encomendero, llevaba en mis venas el linaje de las generosas sangres incaica y castellana. Dos vertientes de las que no podía abdicar y que me gritaban, desde el fondo del tiempo, una conducta digna de mi ancestro, de mi apellido, de mi hombría de bien. -Vístete y vete tranquila, Urpi de mi corazón –le dije, dándole un tierno beso en la frente-. Perdona la pasión que me encendiste… ¿Puedo pedirte un favor? -Un patrón no pide, señor, ordena. -¿Cuándo piensas desposarte? -Para el próximo San Isidro, señor. -Bien, déjame apadrinar tu boda… ¿Lo aceptas? -Lo acepto, señor. Se lo diré al Alejandro. -Entonces, acéptame también como regalo de bodas un vestido para tu ceremonia, los carneros que necesites para tu fiesta y estas monedas que servirán para tu luna de miel. Y reviviendo mis raíces de noble incásico como de hidalgo caballero español, alargué mi mano aún temblorosa hacia un baúl, cogí un puñado de rubias libras del mejor oro peruano y las deposité, gozoso, en el bolsillo de su blusa de percal. -Vete, amor mío, corazón de otro –alcancé a decirle. -Adiós, señor…
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Barrio Típico
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Cerámica encantada
Carlos Espinoza León (Chulucanas, 1941). Es bachiller profesional en Administración. Se ha hecho acreedor de los siguientes premios y distinciones: primer puesto en los “II Juegos Florales Universitarios”, Universidad de Piura (1972); segundo puesto en el concurso “Antología del Cuento Piurano” organizado por PETROPERÚ; primer puesto en el Concurso Regional de Cuento convocado por el INC - Piura (1981). En el “Concurso Regional de Cuentos y Leyendas” organizado anualmente por Radio Cutivalú ha obtenido, en 1991, segundo y tercer puesto en cuento; en 1991, mención honrosa en leyenda; y en 1996, el segundo puesto en cuento. Siete promociones de diversos colegios de Piura llevan su nombre. Sus artículos se han publicado a nivel nacional e internacional.
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Ha publicado las novelas: Froilán Alama el bandolero (1975) y El cacique blanco (1985); además de los libros de relatos: Cuentos de Piura (1981), Páramo rojo (1991), Leyendas piuranas (1991), El pitingo (2006), Clos y la rebelión de las soñas (2008), Bandoleros (2011) y Chililiques (2011).
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Los rastreadores Se llamaba Trífilo, nombre que en el día de su nacimiento sus padres habían escogido del almanaque Bristol. Esa es una costumbre extendida entre los campesinos que viven en los despoblados de Huápalas, Ñómala y La Encantada. Allí tienen sus temporales que siembran en épocas de lluvia, en donde sus abuelos crianderos levantaron las primeras casuchitas de tabique y teja y que cargaron en piaras de burros desde el pueblo, para dedicarse a la cría y recría de cabras. Estos lugares son conocidos como majadas, abunda aquí el zapote maduro, almacenan algarroba en algarroberas. Cuando llueve en enero, febrero, marzo; kilómetros de despoblado se cubren de pasto verde. Manadas de cabras y chanchos de hasta quinientas cabezas en hervidero deambulan por esos parajes que son un paraíso. Millares de tórtolas, chihuizos, cuculas y soñas inundan con sus trinos ese ambiente multicolor. Los chanchos no tienen casi grasa. Caminan diariamente decenas de cuadras, escarbando la yuca de monte con su hocico para alimentarse. En algunos casos, regresan después de varios meses y con harta cría. Cuando se quiere vender, los buscan a lomo de caballo y los enlazan. Hay algunos que se vuelven salvajes o alzados. Los chivatos y cabras son marcados en las orejas con pequeños cortes llamados piquetes, mosca, punta, horqueta, ventana o despunte. Trífilo, al igual que sus hermanos casados o acompañados había levantado su casuchita al lado de sus padres para vivir con su querida Altagracia. Tenían medio año conviviendo. La conoció en una fiesta de pelamiento y echadita de agua de un niño. Fue invitada toda la familia por su vecino criandero que vivía a un kilómetro de distancia. Hermosa doncella de diecinueve años, la misma edad que tenía él. Pelo negro y suelto hasta la cintura, de dulce mirada y tierna sonrisa. Bastó solo una vez que se miraran tímidamente para convencerse de que el amor había brotado entre ellos como la semilla cuando siente el aroma de la humedad. De ese enamoramiento, el primero en darse cuenta fue su primo Pedro Pablo, quien había asistido a la fiesta con sus padres y hermanos. Era pretendiente de la misma mozuela a quien anteriormente había declarado su amor, sin ser correspondido. Altagracia nunca lo asuntó porque tenía fama de enamorador y quita conveniencias. A su
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mismo primo, Trífilo, le había quitado su enamorada, la Canducha, a la que tenía por mujer de asiento o conviviente. Por coincidencia, hacia medio año también que Pedro Pablo había levantado casa al lado de sus padres, cuando se acompañó con la Canducha, pero seguía locamente enamorado de Altagracia, la mujer de su primo Trífilo. La asediaba constantemente y le enviaba cartas con su hermana, pero ella nunca le contestaba, ni le contaba a su marido. Se vislumbraba una esperanza. -Mmm, no sé en qué mañas te veyo mujer - le había dicho la abuela vos tienes tu marido, te veyo toda pespita como cabra enlunada. Ten cuidado, mujer, no se te vaya a meter el demonio. -Calle, Abuelita, me está levantando falsos testimonios. El año se había presentado seco al igual que la mayoría. Era época de vender los chivos machos y dejar solamente algunos chivatos para la recría. El pasto y los bebederos pueden secarse, pero jamás la alegría y voluntad de nosotros los pobres, que es la voluntá de taitito mi Dios. Cada dos días; Altagracia, mujer de Trífilo con su piara de burros cargados de barriles, pasaba desde las cuatro de la madrugada a la noria a traer agua. Dos horas de ida y dos de regreso. Pedro Pablo concibió una idea: esperarla por el camino, ponerse al aguaite y buscar la manera de borrar el rastro, en caso su primo Trífilo hubiera sospechado algo y lo estuviera espiando. Ellos descendían de familias de buenos rastreadores. Desde churres los mayores les enseñaron a reconocer y seguir el rastro en el campo de los animales y personas, sea cuando hay pasto verde, seco o mojado por la lluvia o en plena tierra pelada. Así conocían y seguían el rastro de su cría de cabras despoblado afuera, como dicen cuando es en dirección al mar caminando cuatro o cinco días sin tomar agua, yendo a parar muchas veces hasta Olmos, atraídas por el olor de Charán y overal fresco de los manglares del cerro Auja. “Aquí sigamos que ya mismo le damos el alcance, un día más a lo mucho”. En las noches de luna, también rastrean. Conocen lo que es un revolcadero de zorro, allí donde se acuestan estos animales panza arriba para tomar el sol, revolcándose de lau y lau. Distinguen con precisión el rastro del colambo, el macanche, la culebra voladora y el coral. Muchas serpientes matan, siguiéndoles el rastro a varias cuadras. Conocen el rastro del burro cuando es joven, viejo o está cojo; si el revolcadero es de cristianos que han estado peleándose o haciendo la lisura; si es hombre o mujer el que pasó, calculando el tiempo; si el que ha pasado es lugareño o afuerano; por el rastro se llega hasta el escondite del abigeo; si las pisadas
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son de soñas, urracas, chirocas o putías, así como de lagartijas, capones, iguanas o pacasos. A las muchachas los padres las han quitado cuando el enamorado se las iba robando despoblado adentro, rastreándolas. Pedro Pablo – a cincuenta metros del camino por donde iba la Altagracia, mujer de su primo Trífilo, montada en un burro arriando su piara casi al amanecer- se cambió las baquetas de jebe de llanta que diariamente usaba, por otras de lana de oveja que él mismo había inventado, para no dejar rastro conocido y despistar a su primo Trífilo; en caso hubiera sospechado algo y lo estuviera rastreando. Volvió la mirada asustado, le pareció haber escuchado pasos y como que alguien lo observaba. “Es la idea” pensó. De un salto, subió al anca del burro que montaba la china. -“¡Gua!.. ¡y qué haces hombre que miasustas, tate en juicio vaya a chaparte el Trífilo y te medio mata!” Quiso abrazarla. Ella se resistió poco, de mala gana. Comprobó que habían dado efecto sus cartas secretas. La abrazó nuevamente y juntos cayeron en la fresca arena, cubierta de pasto seco y puño de overal. La hizo su mujer. Los burros seguían avanzando buen trecho a paso lento. Ella, sacudiéndose la pollera corrió tras la piara. “Otro diya, Pedro Pablo, mañanea más temprano, te vaya a chapar mi marido Trífilo”. Los gallos cantaban ya, las cabras balaban distantes. Clareando el día, Pedro Pablo a todo tranco llegó a su casita, enclavada en una loma, como se acostumbra para divisar el ganado. Se sorprendió al encontrar la puerta de varas amarrada de modo diferente a como la dejó cuando salió en la madrugada…” ¡Mi Canducha! ¿Se habrá dau cuenta que me he salido en busca de la Altagracia? Me ha salido a buscar dejuro”. Entró sigilosamente, miró al piso y no había rastro. Los patos y gallinas se sacudían. Se tranquilizó al ver a su china que dormía. Al siguiente día, no hubo ningún comentario entre los vecinos. Seguro de sí mismo, al tercer día Pedro Pablo madrugó más temprano. Nuevamente fue a esperar a Altagracia al camino. La piara de burros de la china volvió a avanzar sola. Ella se sacudió la pollera y pasándose apurada ambas manos sobre la cabeza, se arregló el pelo y corrió a darles alcance. El cholo escondió las baquetas de lana debajo de un macupillo. Muy contento regresó entre oscuro y claro a su casa. Esta vez había amarrado la puerta con nudo de coche, dejando una punta hacia afuera y la otra engarzada en una astilla como señal. Para su sorpresa ni el nudo ni las puntas estaban igual. El rastro” pensó, conteniendo la respiración. Tanteó para buscar las pisadas de su mujer. “Asustado dijo en voz baja “son baquetas de lana de ovejo también”.
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Se convenció de que su mujer la Canducha lo había descubierto. Seguramente en un descuido de él lo vio preparando esas baquetas que había imaginado para no dejar rastro conocido. “Esta desgraciada, seguro que se ha hecho un par igual para seguirme ¿Y si le avisa al Trífilo? Me mata al descuido. Ese pago me quieres dar so jijuna. Mi propia mujer siguiéndome el rastro. ¡A mí! ¡Qué lisura! Mañana saldré de madrugada y te voy a aguaitar, y a palo te voy a moler el espinazo por andar metiendo las narices donde no te conviene”. A las cuatro de la madrugada, salió como de costumbre. Anudó la puerta llevando en la mano una gruesa vara de overal. La rabia le brotaba por los poros. “¡Qué majadería carajo, todas las cojudeces te voy a sacar!”. La luz paliducha de la luna dormía en los estrechos caminos. Esperó, escondido a regular distancia. Pedro Pablo se quedó mudo de la impresión. A paso lento, un hombre llegaba de afuera y desataba su puerta. Era su primo Trífilo. “¿Le habrá ella contado lo que pasa entre nosotros? ¿Vendrá a matarme? ¿No será de él el ruido que escuché, cuando esperaba yo a su mujer?”. Sus perros ganachos ladraron. Se escuchó de adentro una voz fina que los hizo callar. Era la voz de su mujer. Trífilo ingresó. Calzaba también baquetas de lana de ovejo. Pedro Pablo pensó matarlos a los dos en el lecho. Pero haciendo crujir los dientes se contuvo. No quería causarle dolor a sus taititas viejos que vivían cerca. Esperó a que saliera. Las varas de su tarima gemían igual que su Canducha en brazos de su rival. La rabia le destellaba a borbotones por los ojos. Cogió fuertemente la gruesa vara de overal cuando lo vio salir y cerrar la puerta. Avanzó en silencio, lo tenía ya a veinte pasos. Tragos amargos pasó al darse cuenta de que su propia mujer era sin duda la que le había sugerido a su amante que usara también las baquetas de lana. “¡Esto es un castigo!” Pensó, dolido en fugaz arrepentimiento cuando comprendió que mientras él gozaba con la mujer de su primo, a esa misma hora el primo, a esa misma hora el primo disfrutaba de su Canducha. “¡Es que primero fueron enamoráus y yo se la quité!”. Suspiró con lacerante amargura. -“¡Párate so maricón, carajo!”. Con la vara en alto se le abalanzó. El primo arrancó rápido una vara del cerco. Los perros ladraban incesantemente. Habían avanzado unos cincuenta pasos a punta de garrotazos. Varios tajos se hicieron en la cabeza y en el rostro. Los dedos quebrados de la mano izquierda que a veces se ponían de escudo. Resoplaban como toros en agonía. Caían de rodillas, atontados y
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rápido se paraban. “¡Cojudo creíste que facilito me ibas a joder, ojo por ojo!” le increpó agotado Trífilo. Con los brazos hinchados y adoloridos, medio soñados cayeron de rodillas muy cerca,respirando dificultosamente. Se miraron con odio. El rostro bañado en sangre y sudor. Sus cabezas magulladas como sandía remadura. Todo se le oscureció en ese claro amanecer. Enterraron su rostro en la fría arenilla y con grotesca mueca quedaron muertos. -¡Gua! - comentaba a lo lejos el viejo criandero a su mujer- las urracas gritan como si juera pleito de cristianos. Algo malo ha pasao. Las cabras se han quedado quietitas, las gallinas están llorando. ¡Muerte ha habido! Acotó con seguridad al percibir un raro silencio. -¡Ay taitita, mi Dios! - contestó santiguándose la anciana. Tengo un susirio, se me ha pegau la pena de cabra, esa pena de cuando a las seis de la tarde, las cabras paridas regresan de pastear y dan balidos lastimeros llamando a sus crías que quedaron en el corral. Allí en el lugar se plantaron dos cruces de gruesos troncos de overal. El año que vino fue bueno y brotaron raíces, ramas y crecieron dos arbolitos juntos. Comentan los campesinos que cuando el viento sopla al amanecer, se escucha patentito el tronar de garrotazos y gemido de moribundos. Aseguran que son las almas de los rastreadores.
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Jorge Luis Arévalo Acha (Talandracas - Chulucanas, 1955)
Ha realizado estudios de Elaboración de Proyectos (Italia 1983), estudios de Cooperativismo (Cuba 1984), curso “Política de Desarrollo” Universidad del Pacífico y Fundación Eberth (1985). Diplomado en Periodismo, Universidad Nacional de Trujillo, 2007. Diplomado en Administración de Recursos Humanos, Universidad Ricardo Palma de Lima, 2010. En 1980 ganó el primer puesto en el Concurso Nacional de Cuento Campesino, organizado por CEPES- Lima y una Mención Honrosa en el Concurso Nacional para Niños, organizado por Garabatos, Lima, 1992.
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Ha publicado los libros de cuentos: Migajas de loco (1983), Un cuento y te duermes (1992), El Cenizo (2010) y Cariñitos de ratón (2010); y el libro de poesía Entre brasas y carbones (1991). Es columnista de diversos diarios como: Expreso de Lima, El Peruano, El Tiempo de Piura, El Correo de Piura y La Primera de Piura 2011. Otras publicaciones: Idiosincrasia campesina, Cipca, 1981; Reestructuración de cooperativas en Piura, Cipca, 1982; Yapatera en el recuerdo de los campesinos, Ideas, 1983; Los comités de campesinos pobres, IDEAS, 1984; Nacho Tavara Cepeser, 1985; Un Municipio Rural, Fundación Eberth, 1986; Las rondas campesinas, Ideco, 1989; Las rondas urbanas, Ideco, 1989; El estatuto de comunidades campesinas, Ideco, 1990; Riego por goteo: Sistema Artesanal, Ideco, 1990; La comercialización del limón en Cienegillo, Ideas, 1992; Hacer y pensar de los opositores a la minería – Caso Piura, 2005; El desarrollo esquivo. “El caso Manhattan y la crisis piurana” LyL Editores – Editorial San Marcos, 2009.
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Parió la mula A todos, y desde muy niños, nos habían dicho con tanta convicción que si la mula “paría”, se perdía el mundo. Por el bien de todos, la mula, mezcla de asno con yegua, no debía, ni podía parir. La mula conocida por todos como animal capaz de recorrer grandes distancias sin mostrar cansancio, capaz de alertar en plena noche oscura sobre un posible peligro, fiel al dueño, y sabedora de que quien la montase se ganaba una y mil miradas, no tenía por qué parir. Por eso nunca nadie, se aventuró a precisar el día que pariría. Una mañana de sol radiante, la noticia nos sorprendió muy temprano, la mula de don Tino, -que era su diminutivo, porque en realidad se llamaba Geruntino- había parido de a dos, no uno sino dos. La noticia pese al sol brillante opacó todo el ambiente. Nos sorprendimos porque nadie había transitado por las calles, y nos enteramos por boca de la Celestina – conocida como “Lengua sin freno”-el dato se fue filtrando de ventana en ventana, que se corrió de un corral a otro, que llegó a una y otra familia a través del agujero de la pared. Es de suponer que se dieron una y mil formas para lograr que la noticia se convirtiera en el gran chisme de la mañana y circulara para todos y para todas las personas sin discriminación de sexo ni edad. Pero con el agravante que para unos parecía lo más natural, pero cuando se convirtió en chisme había logrado concentrar todos los respectivos agregados que aportaron cada una de las familias que lo recibió. De dónde partió y quién empezó, no se supo, ni se sabrá jamás. Pero hasta los vivientes de la última casa del poblado fueron enterados, que la mula parió un pollinito y un potranquito, por lo que se daba por hecho que la tan codiciada mula, había estado de conviviente al mismo tiempo con el burro y con el caballo. Los mayores, recluidos en el interior de las viviendas, hablaban de todo, como tratando de entretenernos. Cuando buscamos la pelota para salir a jugar se dio por desaparecida y fuimos notificados que la salida a la calle estaba prohibida. La abuela, como nunca antes lo había hecho, se dedicó a limpiar meticulosamente las imágenes y las estatuas de las Vírgenes y los Santos que por meses había tenido olvidados. Ahora, la repisa donde descansaban se veía reluciente. Uno tras otro, se fueron consumiendo los paquetes de vela, acompañados de un murmullo familiar poco entendible. Nos dimos por enterados que estaban rezando, porque el murmullo concluía con un convincente “amén”.
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Mis madres y mi abuela, se recluyeron en la cocina y empezaron a escribir un listado de las misas que debían, treinta familiares muertos, a cada uno le debían entre diez y quince, lo que hacía un total de trescientas y cuatrocientas misas. En estos momentosse sentían en falta y concluían que debían cumplirle a cada uno por separado. Se pusieron de acuerdo en el orden que debían ser programadas las misas, pero se entramparon en el asunto de la disposición del tiempo que requerían del cura, mínimo un año seguido, con lo cual dejarían a los otros pueblos y a las demás familias sin celebración de misa, porque conociendo al cura y dizque por reglamento diría que se debía celebrar una misa por día y por difunto, para que las oraciones y los ruegos lleguen completitos al alma del difunto. El tan mentado y buscado señor cura, era de costumbres fijas, después de la misa se entornillaba en la silla, ocupaba la cabecera de la mesa y daba cuenta del rachi rachi, del mondonguito, de las costillas y de la cabeza horneada del cabrito. Empezaba tomando chicha y remataba con unas copas de aguardiente de caña. Desde su sano parecer, esto lo hacía para matar las malas intenciones del chancho que adquirió del cabrito, cuando vivieron juntos en el corral. En este día, empezaron a variar muy seguido los platos de comida, las mujeres se liaban por cocinar. Nos llamaba la atención, porque tales platos se solían preparar en días de festividad del pueblo o en el cumpleaños de los padres y de la abuela. En una de las esquinas de la sala de la casa, sorprendimos a mis tíos brindando con agua, se olvidaron de la chicha, el clarito, la cerveza y el cañazo. Se pedían disculpas, se pagaron algunas deudas, que tiempos atrás cuando se cobraban, los escuchamos decir: “Échale tierrita”. Las deudas fueron pagadas sin moras, ni intereses, incluso entre mis tías se dieron condonaciones a la memoria de los muertitos. Como hacía años no había sucedido, nos sentamos todos a la mesa. Nadie tenía apuro, éramos muy amables y tolerantes, nadie negaba nada, los pedidos se aceptaban sin argumentos, todo era a favor, nada en contra. Se acordaron de los vecinos y de los familiares lejanos. A decir de los mayores, la familia heredó una tonelada de virtudes, jamás arrastraron defectos, nunca cometieron errores. No participaban en pleitos, odiaban el chisme, siempre fueron buenos pagadores, caritativos a más no dar y sin embargo, una semana antes, en la acequia en pleno lavar de la ropa sucia, se encargaban de escarbar en la vida ajena de los otros y allí se les escuchó pregonar todo lo contrario.
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En el corral, dos de los perros de la vecina dieron cuenta de una de las gallinas; atentaron contra la gallina grande y ponedora, engreída por todos los de la casa. Al instante dimos parte a los mayores, y en vez de salir corriendo hacía el corral como lo hacían siempre, nos dijeron, dejen tranquilos a los perros, tienen hambre y también son creación del Señor. En otras oportunidades, mis tíos les hubieran lanzado mínimamente diez piedras y cuándo no, habría recibido un perdigón disparado desde la vieja escopeta, que se alojó en casa como garantía de una deuda de comida. En una oportunidad, ahorcaron al perro de la vecina por el sólo hecho de haberle mordido la oreja a la chancha, que estaba parida. Las ratas se paseaban por los claros del techo y todos parecían no mirarlas, otras veces cuando las veían las motejaban de animal repugnante, que eran hijas del mismísimo diablo, que habían sido enviadas para fregarnos la vida. Las consideraban hijas del diablo, porque al igual que la cucaracha eran resistentes y dañinas. Ese día, las ratas fueron en manadas hasta la oscura esquina de un cuarto y le dieron parejo al maíz que allí estaba guardado, hasta la sala se escuchaban los chasquidos y nadie les dijo nada. Un viejo camisón de una de mis tías se perdió y terminó siendo parte de los trastes que la rata utilizó para construir su nido. Se guardaron las trampas para ratas y el insecticida mortal que en tiempo pasado se lo dieron a las ratas con arroz cocido, lo enterraron en un hueco profundo que hicieron en el corral. La radio a medio volumen, pero todos los mayores con las antenas paradas, mucho observaban a los caballos, se inquietaban cuando los perros olfateaban el suelo y ante la pelea de los chanchos miraban y miraban al cielo. Afuera las golondrinas presurosas, volaban y volaban. Las palomas castillas, se les mostraban tranquilas pero muy entretenidas en terminar su nido. Los terneros aprovecharon y se vaciaron toda la leche que en las ubres guardaban las vacas. La calle se veía desolada, no circuló el panadero, extrañamos el vociferar del vendedor de pescado. Se nos fue el día y nos envolvió la noche. Decidimos dormir todos juntitos. En la mañana del día siguiente, volvimos al gran despelote que siempre fue el pueblo, todo volvió a lo de antes, con el panorama alborotado pero con la mente más despejada, se dieron por enterados que la mula no parió, lo que sucedió es que en la lengua enredada del zambo Crispín, era difícil diferenciar entre parió y murió. Volvimos a nuestras andanzas, pero añorando aquel día que fue todo distinto, gracias a la noticia de que l a mula parió. Ojalá todos los días la mula pariera.
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José Enrique Briceño Berrú (Chulucanas, 1946) Abogado y Doctor en Derecho. Estudió Letras en la Universidad de Trujillo y Derecho en San Marcos, recibiéndose de Abogado en 1971. Viaja a Italia para seguir estudios de postgrado en la Universidad de Roma. Se graduó en Ciencias Políticas en la Universidad Nacional de Milán y de Doctor en Derecho en la Universidad Central de Barcelona (España). En Europa es colaborador de varias revistas científicas. Es autor de diversas obras jurídicas y económicas. Ha publicado los siguientes libros: Dall´ amor profano all´ amor sublime (poesía, 1984), Cuentos infames (1988), Ese dios furtivo del amor (poesía, 2002), Los senderos del amor (poesía, 2005), En busca del hombre (antología poética, 2007), Paisajes de mujer (poesía, 2008).
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Ha obtenido el primer puesto en el Premio Internacional de Poesía Maestrale de Sestri Levante (Genova, 2001); el primer puesto en el Concurso Literario Internacional Julieta y Romeo (Venecia, 2003) y el premio Honor a la cultura Regional del Instituto Nacional de Cultura – Filial Piura (Piura, 2000).
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Matorral del tiempo Caminaba en medio del bosque, respirando el aire fresco y fragancioso de una mixtura de plantas, flores y tierra húmeda de lluvia, escuchando una orquesta de silbidos y revoloteos, trinos y cantos de avecillas con el pico hacia el cielo. Gozaba al contemplar los intersticios entre las copas de los árboles que le enviaban luminiscentes ráfagas de cielo matutino. Todo este concierto de sensaciones extrañas le inflamaba el corazón de regocijo y le hacía venir unas ganas inmensas de vivir. “Este tiempo que vuela, han pasado cincuenta años” -se dijo- “y no me he dado cuenta que han pasado. ¿Será posible que en un abrir y cerrar de ojos haya tenido muchas amantes, una esposa extinta prematuramente sin motivo ni razón, cuatro hijos, innumerables nietos, y tantas, tantas cosas más? No quiero creer que todo haya sido un sueño, que yo no sea joven”. De improviso su corazón se comprimió, por algunos segundos no más; fue envuelto por una de las tantas ráfagas de angustia de que estaban tamizados los últimos años de su existencia. Una hoja cayó a sus pies, la recogio y se sorprendió: era amarilla como el color de los canarios; otra se le adhirió a la camisa, era roja, casi púrpura, como el color de la sangre seca, y se sorprendió aun más. “Pues, qué pasa”, se volvió a preguntar. A la tercera hoja que balanceándose pasó entre sus ojos, marrón, seca y rugosa, levantó agitado la cabeza, y vio sólo ramas secas en derredor. Fijó la mirada en el suelo y no cupo en él de estupor: el bosque se había transformado en una enorme manta de colores opacos, una inmensa y silente hojarasca de inciertas tonalidades. Buscó el sol y no lo encontró, escrutó el cielo y vio que también era gris. Se deprimió. “Dios mío”, -se dijo-, pues entonces tengo razón, viajo en el tiempo sin darme cuenta. He pasado de la primavera al otoño saltándome todo el verano, aquí, en este mismo instante, en este mismo lugar. Ay! Qué habré hecho en este verano vertiginoso, no me acuerdo de nada; ¡ah!, pero quizás haya sido mejor así, pues debo haber hecho lo que me dio la gana. Cerró los ojos complacido, y al abrirlos se encontró de nuevo con la primavera. “Un año ha pasado”, se dijo asustado, “aquí en el bosque, entre estos árboles verdes, entre estos pájaros trinadores y estas flores y este cielo y esta luz”. Casi corriendo se dirigió a casa.
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¿Cuántos años tengo?, le preguntó a su nuera. Pues, si acabas de cumplir ochenta y uno, le respondió ésta. Aturdido, se fue a su cama. “Ay, ¿por qué sólo ahora me doy cuenta de que el tiempo pasa sin pasar?”, se preguntó.
Cascina Costa di Samarate. 29/4/1996
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Churres robando mangos
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Contrastes
Roque Ramírez Cueva (Santiago de la Quebrada Chalaco- Morropón, 1955)
En 1974 migra a Lima donde se incorpora al grupo de Teatro de la Federación Universitaria de San Marcos. Escribe un guión teatral Juicio Sumario, adaptando un poema anglosajón. Estudia pintura y dibujo en la Escuela Regional de Bellas Artes de Huamanga. En esta ciudad inicia sus colaboraciones en el periódico semanal Panorama, con notas sobre arte y cultura En 1979, en Lima, edita y dirige la revista “Mano Áspera”. Se gradúa en la Universidad Nacional de Educación, La Cantuta, especialidad de Literatura-Inglés. En Chosica integra el grupo “Eyaqlación Literaria”. En 1991 se incorpora a la docencia en La Cantuta, donde participa como editor y reportero de la Revista “Qollana”, órgano de la ADUNE.
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En diversos años que van desde 1988 al 2008 escribe en los diarios capitalinos El Peruano, El Nacional, El Nuevo Diario y La República; en la revista Época y el diario El Tiempo de Piura. Actualmente colabora con la revista digital “Redacción Popular” (Argentina), y con la revista Aires de mi Tierra de Chulucanas y en diversos blogs. Sus trabajos de literatura han sido publicados en diversas revistas nacionales y piuranas. En 1992, se incluye en el libro de filosofía andina Presentación de Juan Yumpa, de Victor Mazzi Huaycucho (UNE). En 1995 publica el texto Caminos de Investigación en la Escuela. Por sus versos aurorales, a partir de 1978, es incorporado en la antología de poesía joven de Huamanga Belleza de la Rebeldía por el poeta trujillano Bethoven Medina. En 1984 publica la Plaquette de Poesía El Mito de Beriteaa, en el 2001 publica la narración La Curaquesa y el Invasor.
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La lluvia en piojos de chancho ajeno La tormenta que malgastaría el agua horas después por todos los campos y los pueblos mismos, antes se asomó como una garúa querendona con el juego de los churres, no dejaría de desordenarse hasta la tercera mañana de la fiesta de San Josecito. Se cumplían ya más de tres meses que las tierras de la región se volvían pozas de aniego y no había cómo desaguarlas. El año que pasó, las ánimas del purgatorio no respondieron ni con toda la retafila de velas que se les puso a lo largo de calles y caminos. Por lo mismo, este año las comadres hablaron con sus maridos, nuestros compadres, en caseríos, poblados y villas, decidiendo enrumbar su suerte con los dones del santo varón. Las quebradas de las Damas y de Sol Sol no tronaban al igual que en los altos cerros de Chalaco, mas en su callado avance, como aquella sordera que zumba, llevaban la fuerza de cientos de caballos de fuerza, tantos que tumbaban y arrastraban las camionetas de hasta esas que dicen tienen doble tracción. El santito había respondido a más de lo pedido. La tormenta por las hondonadas y llanuras de Tierras calientes no se detenía y ya las comadres hablaban con los compadres, sus maridos, sobre ese deseo que las embargaba de no soportar ni un chaparrón siquiera. Pero lo que no nos atrevíamos ni siquiera a pensarlo era hablarle al santito del daño que haría si continuaba con la manía de seguir abriendo la bocatoma de las lagunas del cielo. Se temía su ira y su rencor, por eso alguien en su pensamiento hasta quiso sugerir “y que tal si le rezamos para que se modernice San Josecito y nos mande un riego lento, goteo a goteo”. Ni chismear siquiera el hecho de una tormenta inaguantable, pues sólo cabía soportarla. En uno de aquellos días sin orden avisté a Jesús que venía silencioso, parecía desanimado, como avejentado, y apenas tenía diez años labrándose duros músculos a punta del trabajo leve de chacarero, venía desde Piura, capital de la región. Claro, Jesús no había heredado nada del vetusto trabajo de la tierra, se movía con planes de aquí y de allá tal como andaba tramitando reclamos en pro de buscar mejoras para sus iguales; su tata orgulloso acostumbraba a decir “mi muchacho no maneja la chacra a la antigua, de algo le ha servido culminar el colegio”. Jesús se veía trasnochado con cara de no aguantar piojos de chancho ajeno, avanza de una calle a otra doblando hacia la plaza y caminando sobre ella. Ustedes deben saberlo, es en este pueblo de Tierras calientes donde empezó su apego por las causas justas, tal como lo aprendió, con mediación de su abuelo, de aquel santo que las defendía y del cual ahora no recuerda su nombre.
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Apego que lo inició desde su juventud defendiendo a sus hombres de campo, no leídos, de las angurrientas y corrompidas autoridades a quienes las engañaba de varios modos, pero lo más astuto era invitarles a beber chicha o cerveza, fingirse el más ebrio de todos, para emborracharlos y hacer que paguen cuentas ajenas. Otra era volverlos pedorros invitándoles ceviche con zarandajas, lo cual era recibido con deleite por dichos jefes gorrones, a lo que le sumaba piqueos de frejoles con camotes, y remataba con cerveza especialmente asoleada para la ocasión, claro que la bebían con deleite porque si bien días antes era expuesta al sol, luego la cerveza era puesta a helar para simularla. Caminando por el barrio de “los marras”, mote impuesto por gente acriollada y racista para tatuar oralmente a los migrantes andinos, y bautizado oficialmente por un alcalde con el nombre del poeta guerrillero Javier Heraud; Jesús, con certeza recuerda su adolescencia y todo lo que perdió, observa todo lo que ha cambiado en el paisaje de esas mismas calles que transita, evoca todos los amores y aventuras escolares. Pero vuelve a su molestia, a su cólera porque los aguaceros de tanto desgastar las lomas han desenterrado los muertos, y no son entierros de los gentiles de esos que entre los huesos antiguos traen oro o cobre y elaboradas vasijas que, por buen sentido, nos pertenecen a todos nosotros según inculcaba el maestro de historia, aunque a la hora de toparse con un entierro de estos casi todos los de un pueblo excavan como lagartijas para llevarse algo, justo me viene a la mente lo sucedido en la Loma Macanche, allá por Batanes, donde arrasaron con una joya de oro, un par de huacos o collares de chaquira en un atentado vil contra una reliquia quizá tan inmensa como el de las tumbas reales de Sipán. Dejando el dato de los antiguos, los sacados a flote por los aguaceros son muertos recientes, fueron líderes de estos tiempos que Jesús creía se les había hecho justicia porque, según las autoridades más altas del gobierno, al causante de dichos crímenes se le había juzgado y de paso sepultado debido a que en una confusa refriega de captura se le consideró de moribundo a finado oficialmente. Este muertito, uno de tantos, fue sentenciado por haber fusilado dirigentes sindicales a pedido de empresarios mas no por “levantiscos extremistas” contra el gobierno cívico, se volvió prófugo inubicable para la justicia, se volvió aire ante las mismas narices de la experta policía nacional, pero ante la presión de los deudos y los ciudadanos demócratas a los cuales Jesús se había sumado para la protesta y también debido a los protocolos de la justicia internacional fue buscado, y en un operativo planificado se le encontró y rodeó en un parque recreacional.
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Se le ordenó aparatosamente para que se entregara de modo pacífico pero como amagó defenderse con un arma, su ex jefe de rango mayor le disparó con una gunlaser, una de esas pistolas modernísimas que dicen disparan un tipo de proyectil que descarga altos voltajes de electricidad. Pudo morir del shock eléctrico, reza el comunicado que justifica la “resurrección”, pero al parecer quedó sólo inmovilizado. Esto lo aprovecharon malos jefes que buscaron la complicidad de subalternos para fingir enterrarlo, sellar su ataúd, introducirlo en una fosa, informando de su muerte formal para que la autoridad así lo detallara a la prensa, pero requiriendo los informes de investigaciones ordenadas se supo que el muertito llevó a su tumba un anillo de diamantes con el cual cortó la luna de su ataúd para luego desentornillar, con una herramienta que también lo acompañó a la tumba, la tapa y salir de dicha caja, una vez sentado pudo levantar y correr la losa que pareció pesada al momento del entierro. En cuanto salió de su tumba no demoró en orientarse y dar con una camioneta de lunas polarizadas abandonada por casualidad extraña, con la cual llegó a una carretera que lo conducía directamente al aeropuerto donde extendió su pasaporte a los de migraciones y lo saludaron como su superior, partiendo a un país desconocido del extranjero pero que tenía franquicia norteamericana sin saber como la obtuvo, hasta aquí la información oficial. Aquel día que lo divisé, Jesús llegaba de visitar el periódico local y la oficina del diario nacional donde le habían dado la noticia que el muertito había sido fotografiado en un centro comercial del extranjero. Antes, él había informado a los periodistas la conmoción que había provocado el desentierro de los muertos dados por desaparecidos a causa del “desgaste de los aguaceritos” en las lomas. Allí supo que estos no eran muertos oficiales para las altas autoridades, se formaría una comisión parlamentaria para averiguar si tal vez eran ciudadanos con todas las de la ley fueron enterrados por sus deudos clandestinamente. Pero, en realidad lo que había sucedido era queel muertito antes de llegar al aeropuerto pensó y repasó todo lo planeado y lo mejor que se le ocurrió fue exclamar “Dios mío, dime qué hacer cuando esté en ese otro país descansando de los sacrificios hechos por mi patria”. Mientras tanto, en Tierrascalientes, ante el cada vez más creciente ruego de los fieles para cancelar las lluvias, para que los cielos no sigan oscuros a diario por la renegridas nubes, para que el agua no forme el arco iris matinal las pocas veces que el sol filtraba sus rayos, para que ríos y quebradas no desbordaran, para que las clases no se interrumpan por la crecida de las aguas.
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Por todo esto, San Josecito se dispuso a discutir con las ánimas benditas del purgatorio acerca del por qué se habían entrometido en eso de soltar más agua para los mortales, si el pedido era a él y el cumplimiento lo hizo él. Entonces, el santo varón fue advertido por parte de las ánimas de que las únicas permitidas para soltar las aguas y desatarlas o sosegarlas eran ellas; por lo mismo, ellas verían cuando se les antojaría hacerlo. Entre tanto, para seguir buscando justicia, entonces con Jesús pensamos incumplir la vigilia de las velas y echarnos al hombro otra brega. Sólo así Jesús abandonaría su cara de no aguantar piojos de chancho ajeno. NIF
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Luis Eduardo García (Chulucanas, 1963). Estudió Derecho y Ciencias Políticas en la Universidad Nacional de Trujillo.
EHa publicado cuatro libros de poesía: Dialogando el extravío (1986), El exilio y los comunes (1987), Confesiones de la tribu (1992) y Teorema del navegante (2008); uno de cuentos: Historia del enemigo (1996), y uno de crónicas, ensayos y entrevistas: Tan frágil manjar (2005). En 1985 ganó el VI concurso «El poeta joven del Perú» y en el 2009 el Tercer Premio del Concurso Internacional Copé de Poesía con su libro La unidad de los contrarios. Fue editor del diario La República-Trujillo en 1994. Mantiene desde 1986 una página de reseñas y comentarios literarios en el suplemento dominical del diario La Industria de Trujillo.
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El año 2002 realizó una pasantía en la sección internacional del diario El País de Madrid. Tiene una maestría en Periodismo. Actualmente es catedrático en la Facultad de Ciencias de Comunicación de la Universidad Privada del Norte de Trujillo, donde fue decano entre el 2003 y el 2004.
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El Lengash Eran casi las tres de la tarde cuando César y sus dos primos decidieron ir al río. Tenían en mente guardar silencio, pues si alguien de la familia se enteraba los tres iban a terminar trapeando pisos, lijando barrotes de ventanas o regando las plantas del jardín. Después del acuerdo con César, Isaías y Carlos corrieron a su cuarto, se desnudaron, se enfundaron los trajes de baño y se pusieron encima los mismos polos y jeans de la víspera. « ¿A dónde van?», les preguntó su madre cuando los vio tomar las bicicletas del patio trasero. «Al parque, vamos a pasear por el parque», mintió Isaías. César los estaba esperando en el parque hacía rato, montado en una Monark roja, grande y poderosa, Cómo envidiaban a César por tener una bicicleta que iba más rápido, resistía más los golpes y tenía frenos que nunca se malograban. César era, en cierta forma, su héroe, su mentor y su protector, el muchacho que siempre le ganaba algo a la vida. Antes de partir se sentaron frente al parque a tomar unas raspadillas de tamarindo con frutas. Mientras lo hacían, César les dijo que tuvieran mucho cuidado porque le habían dicho que el río estaba crecido y lleno de remolinos. «Esta vez nos bañaremos en la parte de los sauces. A las peñas no vamos a ir, ni hablar, ni menos debajo del puente. Donde les digo que vamos a ir es menos hondo y uno se puede arrojar sin ningún problema de las ramas de los árboles». Isaías y Carlos habían aprendido a nadar gracias a la ayuda de su primo y se morían de ganas de estar ya metidos en el agua, moviéndose como peces, tal y como les había aconsejado su mentor. «No te preocupes, no nos meteremos donde dices. Preferimos nadar junto a los sauces. Sabemos nadar, pero no tanto como para arrojarnos desde las peñas o para cruzar el río de extremo a extremo», le dijo Isaías. Carlos era más temerario y se mostraba dispuesto a correr el riesgo. En realidad lo pensaba o lo decía, nunca se atrevía a contrariar a su primo. Respetaba a César con la misma fe con que lo hacía su hermano, además lo admiraba y siempre terminaba haciéndole caso en todo. «No hay problema, nos bañamos nomás cerca de los sauces», le respondió Carlos a César cuando éste le pregunto si le parecía bien la idea. Tras saborear las raspadillas con frutas, montaron en sus bicicletas y partieron raudos en dirección al río. Tomaron la Plaza de Armas, doblaron hacia a la avenida principal y siguieron de frente hasta la salida del pueblo.
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Isaías y Carlos de cuando en cuando se retrasaban, César los esperaba consciente de la superioridad de su Monark y los estimulaba a ir más rápido. En los extramuros del pueblo se detuvieron a comprar gaseosas y galletas, pues sabían que después de un chapuzón el hambre arrecia. Las compraron en un kiosko y las metieron en sus mochilas. Para evitar el aburrimiento, Isaías llevaba además una revista frívola y un juego de ludo. De ahí en adelante seguían sólo por el asfalto de la Panamericana hasta el puente, esquivando autos, buses, camiones, cisternas y piaras ocasionales. No era fácil conducir en la carretera; al paso veloz de un vehículo el ciclista era impulsado hacia un costado, lo cual ocasionaba a veces la pérdida del equilibrio y, por añadidura, una caída mortal. Cuando no pasaban vehículos, ellos se ubicaban al borde del asfalto, y cuando la pista estaba vacía se colocaban al medio para pedalear como si estuvieran en un velódromo. Esa vez, por iniciativa de César se posesionaron del centro de la Panamericana y a la voz de a la una, a las dos y a las tres emprendieron veloz carrera. La competencia iba a decidir no quién ganaba, sino quién llegaba más cerca de César, con el que no había posibilidad de honrar una victoria. El trayecto que iba desde la sede de la compañía de bomberos hasta el puente era el que más le agradaba a Isaías. A ambos lados de la carretera se alzaban imponentes algarrobos de cincuenta o sesenta años. El sol de la mañana apenas se filtraba por las ramas de los árboles, mientras un olor intenso a algarrobas, mangos y plátanos cruzaba de lado a lado. En cinco minutos estuvieron en la loma de Huápalas, un promontorio en el que conductores y ciclistas debían hacer un esfuerzo mayor para remontarlo. La gente de los alrededores decía que allí penaba el alma de una mujer muy bella, que a eso de las doce de la noche o a la una de la madrugada ella cruzaba la carretera con los cabellos al viento y vestida en gasas transparentes. Los conductores no podían soportar la visión y terminaban incrustados en el tronco de un algarrobo o volcaban el vehículo con fatales consecuencias para sus ocupantes. De día, claro, no pasaba nada, pero a Carlos y a Isaías les aterra ba de todas maneras la leyenda, así que sortearon la loma a toda velocidad. «La mujer de blanco, la mujer de blanco», les gritó César para apurarlos. «Más miedo le tengo a los vivos que a los muertos», le dijo Carlos para aparentar que no tenía ningún temor. Cuando bajaron la loma, a lo lejos divisaron el cerro Vicús y tomaron conciencia de que el río estaba a mitad de camino. Lengash le llaman todavía algunos campesinos y en Piura la mayoría
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de gente, en honor a la primera ciudad que las huestes de Pizarro fundaron sobre las arenas del desierto en el siglo XVI. César, que además de ciclista exitoso era un gran narrador, les había contado la historia. Desde entonces los tres convinieron llamar al río por el nombre original. No importaba que todos lo llamaran Piura, para ellos era Lengash y ya. Cuando llegaron al puente, estaban extenuados, de modo que se tumbaron unos minutos sobre los troncos de unos algarrobos jóvenes, luego bajaron a pie por un estrecho sendero de tierra franqueado por matorrales y hierbas silvestres. Como más adelante el camino era más ancho y menos accidentado montaron otra vez en sus bicicletas y pedalearon con aire de triunfo y gozo inminente. Ahí, frente a ellos, a diez metros estaba el río cristalino y profundo, el manso río transparente que solía tragarse a víctimas inocentes o a niños incautos que se creían grandes nadadores. Llegaron a los sauces en cuestión de minutos, tras sortear el cerco de una chacra ajena y una acequia de aguas turbias. El primero en zambullirse fue Carlos, que soltó inesperadamente la bicicleta, se quitó la ropa con rapidez y se lanzó con aire de furia contenida desde la orilla, sin medir la profundidad. Por ese lado el río no era muy profundo, así que no hubo nada que temer. El segundo fue Isaías, y en tercer lugar el primo de ambos, que se dejó caer al agua desde la rama más alta de uno de los sauces. Nadaban en todas direcciones, sin alejarse mucho del radio trazado imaginariamente por César. «No se metan muy adentro», les gritaba cada cierto tiempo. Ellos le obedecían más por respeto que por precaución. En realidad deseaban cruzar el río de orilla a orilla para alcanzar la zona de las peñas. Allí sí que era hermoso nadar, allí se bañaban los valientes y los nadadores consumados, incluso había gente que ayudaba a que uno perdiera el miedo. En los sauces, en cambio, el silencio y la soledad no hablaban, todo era quieto y remoto, tanto que el paisaje infundía más temor que ganas de contemplarlo. Los deseos de Isaías y Carlos eran eso: sólo deseos. No estaban preparados para desobedecer ni menos para probar su hombría en las aguas profundas del Lengash. Les bastaba sentir el agua fresca y cristalina sobre sus cuerpos adolescentes y sentir que flotaban como hojas frágiles por una superficie de cristal líquido. «Nadar es lo máximo», decían entre sus amigos. Y efectivamente nadar era lo máximo, por el placer que procuraba y por la conciencia que ellos tenían de su temeridad. Si sus padres sabían que estaban en el río eran capaces de
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o someterlos a un encierro prolongado hasta que sintieran el peso de los remordimientos. El verano anterior el río había cobrado cinco víctimas, una tras otra. El padre de Isaías y Carlos decía que el río embobaba a la gente, que él no entendía hasta ese momento cómo es que la gente se seguía bañando si las aguas se tragaban niños y jóvenes. «Carajo, es que no se dan cuenta que ese río es muy peligroso y que no se le pueda dar ninguna ventaja. La gente, sin embargo es idiota o se hace la idiota, pues llena las playas los domingos como si estuviera veraneando en Río o en Ancón. Qué necedad, exponerse a morir de esa forma tan cantada», rezongaba el viejo. César había escuchado también esa mañana las quejas del tío, pero no les dio importancia, las recordó en el instante en que empezó a trepar a la rama más alta de un sauce, desde donde alcanzó a ver el puente, la carretera y las montañas de la sierra. Isaías lo miró con admiración. Sólo César podía ser capaz de semejante hazaña. ¡Tirarse desde un árbol! Eso sí que estaba bueno. Carlos, en cambio, sintió un pálpito oscuro, un viento frío que le subió desde el estómago hasta el rostro. Mientras el cuerpo de César caía en picada al agua, Carlos repasó en cuestión de milésimas la vida de César en un ecran imaginario: los paseos en bicicleta, el robo de frutas en las chacras de los alrededores, los partidos de fulbito, los almuerzos con toda la familia, los viajes a la sierra, las fugas por la parte trasera de la casa, las reuniones donde César les contaba historias de aparecidos, los rostros sucesivos de este desde que llegó a vivir a la casa y una sucesión más de imágenes atropelladas. Sólo cuando oyó el golpe del cuerpo sobre el agua volvió en sí. Desde la zambullida de César, Carlos notó que el tiempo transcurría con pasmosa lentitud y, como nunca antes le había sucedido, deseó con todas sus fuerzas que César sacara rápidamente la cabeza de las profundidades y exhibiera su orgullo de clavadista consumado. Un minuto, dos, tres, cuatro, cinco y el pánico se había apoderado de los dos hermanos. ¿Por qué no salía ya? ¿Acaso quería asustarlos conteniendo así la respiración debajo del agua? «César, César, no te juegues así», gritó Isaías. Ni César, ni el río, ni la tarde que empezaba lentamente a morir pudieron responder las preguntas. Sobre ese paisaje iluminado por un naranja súbito y melancólico, las voces que llamaban a César se proyectaron hacia el horizonte por varios minutos, hasta que los hermanos decidieron pedir ayuda. Fueron hasta la cabaña más próxima y contaron lo que pasaba a un campesino; este llamó a dos vecinos y juntos se zambulleron en las aguas en busca del muchacho, casi sin convicción, pues ya había
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transcurrido media hora y nadie podía resistir tanto tiempo sin oxígeno. Javier y Carlos corrían de un lado a otro, mientras los campesinos nadaban y se zambullían en breves intervalos en busca del desaparecido. Como a la hora, los buscadores dieron por terminada su labor y aconsejaron que uno de ellos fuera a avisar a sus familiares. «En una hora más anochecerá y la búsqueda será muy difícil. Si es que se ha ahogado, el río devolverá el cuerpo mañana. Seguro que ha sido un remolino o una de esas ramas traicioneras que hay por debajo», es explicó manera de consuelo uno de los campesinos. Isaías partió en la Monark roja en busca de su padre. Carlos se quedó con los campesinos, quienes trajeron de una de las cabañas una calabaza y una vela. La encendieron, la pusieron en el centro del fruto seco y dejaron que flotara sobre el lugar donde había desaparecido César. La calabaza navegó un rato sin rumbo y luego dio varias vueltas sobre un mismo punto. «¡Ahí está, ese es el lugar!», gritó alguien. Los campesinos tienen la convicción de que una calabaza y una vela son capaces de indicar a los rescatistas el lugar donde se ubica exactamente el ahogado. Carlos les dijo que si estaban en la verdad que se arrojaran y sacaran el cuerpo, cosa que los campesinos hicieron en cuestión de segundos. Varios minutos después Carlos vio el cuerpo inerte de César tirado sobre la orilla barrosa y entendió de pronto cuan débil, humano e inservible era ahora su héroe, su mentor y su guía inolvidable y, sobre todo, qué feliz y bueno podía ser uno antes de que la tristeza final lo alcanzara. César parecía un objeto inservible, rígido y lleno de agua, distinto al muchacho esbelto que sólo unas horas antes era el primo mítico que ellos admiraban con fervor. En el mismo momento en que Carlos entendía el significado de la muerte y la inutilidad de la vida, Isaías cubría sus ojos de lágrimas lmientras pedaleaba con furor en medio de la carretera en la que sólo alcanzaba a ver el espectro de un ciclista solitario que montado en una Monark poderosa, roja e irreal recogía feliz cada uno de sus pasos. El manto de la noche cubría el cuerpo sudado de Isaías y se volvía más denso e impenetrable. El muchacho, sin embargo, no desmayaba en su afán de alcanzar el fantasma de César y empujaba la bicicleta con gran ímpetu, sabiendo de antemano que cualquier señal que le indicara el corazón lo llevaría a ninguna parte.
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Un tondero que dure para siempre
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Un puente entre la tierra y el cielo
Antio Abelardo Alzamora Arévalo “Abel” (Yapatera, 1959)
Educador nacido en la comunidad afroperuana de Yapatera. Desde muy joven ha dedicado sus esfuerzos a la organización y lucha por el desarrollo de su comunidad, ya sea como integrante del club cultural Juventud en Marcha, como activista del Movimiento Nacional Francisco Congo o como uno de los líderes del Frente de Defensa de los Intereses de Yapatera. Representante regional de las comunidades afroperuanas del norte (Ministerio de Educación). Es coautor de la bandera y el escudo de Yapatera.
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Ha publicado los libros: Al pie del cerro Puntudo, relatos yapateranos (2008) publicación que reúne 14 narraciones cuyo escenario son las calurosas tierras yapateranas y que tiene como personaje al poblador ancestral de esta zona desde la época de la esclavitud; Cuentan los antiguos, añoranzas y tradiciones ancestrales (2009) que es un homenaje a las mujeres afroperuanas quienes en su diario vivir se encargaron de mantener vivo el recuerdo y la sabiduría ancestral afroperuanos. Actualmente es presidente de la Casa de la Cultura de Yapatera y dedica sus esfuerzos a la implementación de un proyecto cultural que rescate y ponga de manifiesto nuestra herencia cultural, que recoja la tradición oral, que promocione la artesanía étnica en arcilla y madera en la que se plasman las tradiciones y costumbres afrodescendientes; así como también a conservar nuestro patrimonio material (el cepo y otras piezas museográficas), bienes inmateriales (archivos de la palabra) y a constituir el Museo Afroyapaterano.
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Gallinazo no come gallinazo Montados en sus burros, dos campesinos yapateranos iban camino a sus chacras. Largo trecho caminaron enmudecidos; de pronto, uno de ellos tratando de entablar conversación, interrumpió el silencio: -Comparito Viruta, lo veo muy preocupao, ¿en qué piensa uted?. -En naaa, comparee, son idellas suyas – contestó sin mirarlo, un poco desinteresado en la plática. El otro insistió: -¡Ah!, comparee, los tiempos deantes eran bien jodidazooos, bien bravos, figúrase compairito que los patrones hacían lo que su regaláa gana les daba y naidiee les decía naa. Con la visión perdida en la campiña, el aludido susurró desganado: “Aaaaaaaahh”. Carajeando su burro: “¡Uuurroo, caraco! ¡Guaa!, ¡Guaa! ¿Y qué diantre tiene el benito animáa? Apresuró el paso de la bestia. El negro parlanchín le siguió el paso. Sin desanimarse, miró de reojo a su compadre, se acomodó en la mollera su viejo sombrero de junco y continuó su verborrea: -Fijase, comparee, yo me acuerdo patentito como si juera hoy: una vez en Yapatera escaseóo el tabajo y me jui a buscáa a Dioo allaaaa porTalandracas, y el caporáa me dijo que solamente había tabajo cargando sacos de candela y para no vení con la cara destemplada y las manos vacíaa, ¡Callee, callee, callee la boca, compare!, caballero nomá, tuve que tabajaa toda la semana cargando sacos de candela en el hombro. Me pagaron a soo la docena. Con la frente arrugada, la mirada turbia y el gesto descompuesto, el negro Viruta murmuró entre dientes: “Aaaaaaaaaah“. El otro siguió en su porfía: -En esos tiempos habían unos años guenasasasazooos, llovía hartisisísimooo. Fíjase comparee, de la nada nacían hartos pastizales por el Ceroo Puntudo, por el ceroo El Arco, por la quebrada ancha. Uno soltaba sus animalee a confianza y pasando los meses los ibas a recoge… ¡Calle, calle, calle la boca comparee, bien gordazazoss y hasta con cría te venían! Naides robaba, no como agora que abunda tanto mala maña. - ¡Uuuuurrrooo caraco!, ¡uuurroo miera! ¡Guaa!, guaa! ¿Que ete uurroo será cojúo?- Lo interrumpió el otro sin mirarlo, requintando al cuadrúpedo.
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Insistente, el negro parlanchín de nuevo reanudó la plática: -Me acuerdo como que si juera hoy, comparito, que yo solté mi caballo al campo, para que se agüenara. Estaba bien reflacazazoo el bandido.El pobre animáa tenía unas matadurasgrandazazasaaass en el espinazo que nunca le sanaban. A los meses regresé al ceroo para ver qué pasaba y ¿qué cree uté que econtré? Un poco más calmado y picado por la curiosidad el negro preguntó: “¿Y que econtró uté comparito?”. -Compare Viruta, uted no me lo va a crée, porque cada ve que lo converso la gente no me cree. -¿Y qué fue lo que encontró? - insistió el compadre. -¡Guaa!, ¡Guaa!, comparee, aunque uté no lo crea, yoo le juro poo Chabaquito y poo el Señoo de la Piedad, que al caballo facineroso lo econtré cargadito de sandías grandazazazas que ni andar podía. Le había nacío una hermosisísima planta de sandíaa en la matadura. Tuve sandias pá comée, pá vendée y hata pa regaláa. Las facinerosas salíandulcisisííísimas y tenían el corazón bien coloraditititoo como pecho de putía. El negro Viruta paró al seco la caminata de su acémila, miró con recelo a su acompañante y con voz enronquecida dijo: Compare Jutino, uted es bien alharaquiento, etoy sopechando que uted me quiere cojudear. Uted quiere pasá la mañana con su santo comparee. Con los ojos bailarines y la jeta burlona, el otro intentó una disculpa: -Naa de eso, comparito, ¡Cómo cree uted que yo le voy a menti! Ni que juera el finao Chendo Condolo, Esee, esee sí que era bien trapacista y recontra mentirozazazoo. Más bien y ponga mucha ateción porque le voy a contá otra hitoria que es la puritititaa verdad: En ese Cerro Puntudo siempre han ocurrido cosas muy etrañas, fue por allá que el que vida fue el finao “Ojón Benítez” se le perdió una hemosisísima vaca mora, la uniquita que tenía. La crió desde que era chiquititita, la crió bien consentida y malcriadazazaa. Ese animaamás vivía entro e la casa que el corraa. Figúrase que hasta comía, comida de cristiano. Un día quiera y no quiera la amadrinó con las vacas del finao Canducho Pedrera y las llevaron a soltarlas al campo, porque por esos laus siempre hubo hartisisísimos pastizales. Pasó un tiempito y como era costumbre, el finaíto Canducho fue a darle güelta a su consentíaa. Sí la encontró, el animaa etaba bien hermosisísimo, pero también econtró el suuto de su vida.
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-No me diga que lo asuuto un espanto malo- interrumpió el compadre Naa de eso. Guaa, guaa, guaa dicen que el bendito animá lo desconoció por completo, ¡Guaa! parecía que había comíoo la yerba de la cóleraa porque desde que alcanzoó a ver a su dueño, a la cuenta que vio al mismito enemigo. Lo miroó con un odiazazazazo, enderezó las orejas y empezó a balar durisisísimo, muuuu, muuuuu,raspaba la tierra con las patas y levantaba polvareda la muy facinerosa, parecía loca de remate. Sin más ni más, empezó a perseguir a su dueño, ¡Guifaleeee, patitas pa que te quiero!, el “Ojón Benites” salió bien embalaoo y allí empezó la corretiadera, él adelante y la vaca atrás que le lambía el espinazo. Subían un cerro y bajaban otro, y el bendito animal no lo dejaba ni a paz ni a sombra. Al finao ya le faltaba el resuello, pero con los ojazazoos que Dioo le había dao, dede lejooalcanzó a ver una chorrera de agua limpiecititaa que caía del puquial que nosotroo conocemoo como el Santa María. La chorrera caía del cerro y medía como veinte varas de altura, ¡Guaa! El negro ni corto ni perezoso no le quedó de otra que agarrarse de la chorrera y empezó rapiditititoo a trepáa como mono. -Cuando ya estaba por coronar, miró pa bajo. ¿Qué cree uted que vio?.. ¡Callee, callee callee la boca compare! La vaca facinerosa tamién subía por la chorrera y sin pensarlo dos veces el finaíto tuvo que echar mano del machete que nunca le faltabay ¡Juaaaaaaa! de un machetazo cortó la chorrera en dos partes y pocotooón la vaca se vino a pique y se mandó un rico porrazazazoo que no le quedó ganas de seguir persiguiéndolo. Fíjate compare con las justitas se salvóo el finado “OjónBenites”, si no, no vive pa contalo. El negro Justino respiró todo el aire que pudo y terminó afirmando: “Dicen que con el tiempo la vaca bajó con hartisísimas crías”. Incrédulo, el negro Viruta movía la cabeza para ambos lados; sobreparó su burro, miró con el rabillo del ojo a su compadre y con una sonrisa maliciosa intervino: ¡Gua, guagua, calle, calle, calle la boca, comparito! ¡Eso es poco! Déjame que le cuente. Fijase que una temporáa me dediqué al negocio. Con mi piara de buroos me iba bien cargaooo pá la sierra con arroz, azúcar, sal, jabón hasta con sombreros cuando me encargaban. De allá regresaba cargadazazoo de maíz amarillo,quesos, atados de dulce, chirimoyas, gaínas; de todo lo que encontraba traía paa vendé en la costa. Fíjase comparitoo que hasta una vee me traje una canastada de huevos criollos, de esos huevos que sólo los ponen las gaínas de corraa. Aquí entre
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nosotros, debo decirle, que esos benditos huevos, me trajeron buena suerte. - Buena suerte ¿Y Por qué? – preguntó cada vez más intrigado el otro. -Fíjase, comparee, que aquí nomás entre Talandracas y Chapica hay hartos cerros y hartas encañadas… -Sí, sí, sí comparee - contestó asintiendo con la cabeza. Pues por allí mismo fue que se me resbaló desde arriba del sillón del buroo la canasta repletita de huevos… ¡Calle calle la boca, comparee!, toditititos se fueron rodando cuesta abajo por el medio de esas piedras bien puntudazas y caballero nomáa qué iba hacer, tuve que seguir mi camino. Eso sí, me fui todo triste y desconsolao… -Pero espere, que aún no termino la hitoria. Pasado un tiempo, bajaba de nuevo una madrugaa, con mis bestias repletitas de negocio, y fue allí justitoo en ese mismo lugar donde se me rodóo la canasta repletititaa de huevos, que escuché cantar unos gallos y el cacareo de unas gaínas. ¡Carajo! No me quedé con eso. Sin pensarlo dos veces, desmontée yamarré como pude la piara y esperé que amaneciera. Hizo una leve pausa antes de continuar. Actitud que logró intrigar más al negro parlanchín que presuroso pregunto: -Y ¿qué pasó comparee?, No me venga con tiras y jalas, no la haga tan larga y termine de una ve de contar la hitoria. -¡Guaa! ¡Guaa! Mire, comparito, aunque uté no lo crea, le juro por las animaa de mis difuntoos, ni bien rayó el día, me bajé por esas encañadas. Lo primero que encontré fue la canasta, estaba bien revieeeja y retostada. ¡Veeeee! Le juro por las cenizas de mi viejito que lo que más me sorprendió fue la tracalaaa de gallos, gaínas y poítos de todos los colores y todos los tamaños corriendo por todo lau, gaínas poniendo, gaínas culecas y cualquier cantidad de poítos chiquititos. ¡Guaa!, hartisisísimos animalee que parecía una granja. Incrédulo y con el gesto adusto el negro respondió raudamente: -¡Callee, callee, callee la boca, compaire! , ¡No me venga con mojigangas! Yo soy mentiroso, lo reconoco, pero uté comparee, uted compare, es recontra mentirozazazoo, ¿Quién dianchee le va creer eso? Contrariado, el negro parlanchín taloneó con fuerza las costillas del burro y se marchó atoda prisa dejándolo solo. Gritando, el otro alcanzo a decirle: -Aaah ¿Yo no má? ¿Y uté qué dijo? Voy a cojudearme a este negrito.
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Ta bien cojudo uté, comparee,pa que cojudee a otro negro. Sépalo ute de una vee y de una vee por todas “Gainazo, no come gainazo”. Una sonrisa sandunguera se dibujó en su rostro. Hablando para sí mismo dijo: -Ya que se trata de gainasoosmejoo me pongo a cantaa unaa cumanaaa: Todas las mujeees son parientes del gainaso depuée de comee la carne del hueso ya no hacen caso. Un gainazo en un guabo triste se puso a pensar haber nacido yo blanco y negro vinee a quedad.
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José Lalupú Valladolid (Chulucanas, 1981) Licenciado en la especialidad de Lengua y Literatura, egresado de la Universidad Nacional de Piura; Magíster en Docencia Universitaria; Doctor en Ciencias de la Educación. El año 2001, obtuvo el primer puesto en el área de cuento y el primer puesto en el área de poesía en los Juegos Florales de la Facultad de CCSS y Educación de la UNP; El año 2003 volvió a obtener el primer puesto en el área de cuento en dicho certamen. En diciembre del año 2007, resultó ganador del Concurso de Cuentos para Escritores Noveles organizado por la Editorial Pluma Libre, INDECOPI y la Municipalidad de Piura.
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L. En abril de 2008, la editorial “Hesperya” de Asturias – España publicó su libro de poesía breve Haykus. En julio de 2012, la editorial América publicó su poemario Es la garúa y en noviembre de 2013, vio la luz su primer libro de cuentos Ciudad acuarela con el sello editorial de Altazor (Lima). En junio de 2015, se publicó su libro de cuentos Perra memoria con el sello Lengash editores. Finalista del primer Concurso Nacional de Microrrelato Bibliotecuento 2016 organizado por la Casa de la Literatura peruana. Finalista del XIII Concurso Internacional de cuento Ciudad de Pupiales 2018 (Colombia) organizado por la Fundación Gabriel García Márquez con el relato “Grietas en la oscuridad”. Finalista IX Bienal de Cuento Infantil Icpna 2020. Actualmente, es miembro honorario vitalicio del círculo literario “Tertulia cero”. Es catedrático en la Universidad Nacional de Piura.
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ÑAÑAÑIQUE ―NO ME VAS A CREER LO QUE PASÓ… Vas a pensar que estoy loco… ―Te creeré, te juro que te creeré, pero cálmate… cálmate y cuéntame
–le dice ella tomándolo de las manos. El muchacho tiembla, intenta arrancarse la cabeza, y por un momento parece como si lo desconectaran de la realidad. Blanco, blanco. Poco a poco vuelve y las cosas tienen color de nuevo. Mira confundido las paredes de su habitación y se aferra a ella como si se estuviera sujetando del mundo. Entonces, empieza a hablar a trompicones, sin dejar de temblar.
―Yo había subido al cerro a mirar el atardecer, nada más… sería cosa de las seis y media de la tarde, cuando llegué a lo alto y me senté al pie de la cruz. Me entretuve mirando la ciudad, ubicando las casas de los amigos… Pronto se hizo de noche. El cielo estaba negrísimo, no se veía ni una estrellita. Yo ya iba a bajar; pero, repentinamente, sentí como si el cerro me hablara, como si no quisiera que me fuera. Fue en ese momento que aparecieron … De nuevo el muchacho parece quedar desmemoriado. Está intentando recordar, pero conforme lo hace se siente de nuevo transportado a esa noche en la cima del Ñañañique. No estaba solo. ―¿Quiénes aparecieron? – Pregunta ella. ― Las luces… ― ¿Luces? ― Eran muchas, muchas, era imposible contarlas... En su memoria, las luces se veían pequeñitas a lo lejos, luego se iban acercando más y más. Eran de una coloración azulina que iba cambiando y se volvía rojiza, luego naranja. La noche que había estado tan negra se llenó de reflejos. Había un brillo metálico por todos lados y un ruido ensordecedor que hizo retumbar el cerro. Tuvo ganas de morir. Las luces aterrizaron en esa zona plana que está junto a la cruz, a unos cuantos metros de donde estaba… ―Albert… Albert… ¡Cálmate! ¡Cálmate! Mírame a los ojos… Mírame y dime
que eso que cuentas de verdad ha pasado… ―Prende la luz, Eliana! Ella enciende la luz y en la claridad de la habitación ve a Albert como
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nunca antes lo había visto: como un animal arrinconado. Albert, el gran Albert, ahora está asustado como un niño. ― De las luces bajaron tres. Eran altos, como de dos metros, achinados y sus ropas eran luminosas. Parecían avanzar flotando en el aire. Uno de ellos me habló, pero no creas que abrió la boca, parecía como si hablara directamente en mi cabeza; y no eran palabras, eran imágenes… Albert ve una especie de va-cío oscuro y enorme, y luego un millón de soles girando en medio de la nada, y luego el planeta pequeño y lejano de donde venían. Vio sus casas, sus construcciones flotantes, sus naves que podían viajar a la velocidad de la luz, y luego sintió su mirada que parecía atravesar sus carnes y empezaba a quemarlo, a hurgarlo por debajo de la piel, tocando sus huesos y sus órganos.
―…Entonces vinieron hacia nosotros… ―¿Qué?… ¿Había alguien más contigo? –pregunta Eliana.
Albert rompe a llorar, quiere hablar, pero la voz se le atasca en una especie de gemido gutural. ―No, no había nadie más. ―¿Y luego qué pasó? Albert... Albert… ¿Qué pasó? ELIANA MIRA A ALBERT que por fin ha dejado de llorar y ahora duerme atropelladamente. Sobre su frente resbala un sudor helado, y el rostro se le crispa. Gesticula, parece que va a gritar algo, pero sigue durmiendo. . “Debe de estar teniendo una pesadilla” piensa Eliana. Luego mira alrededor y nota que la habitación de Albert está completamente desordenada y sucia. La ropa está fuera de los guardarropas, dinamitada por toda la pieza. Varias botellas de ron brillan bajo la cama, vacías. Conoció a Albert diez años atrás, en el colegio. Habían estudiado juntos desde tercero de secundaria. Siempre compartieron la misma carpeta de madera de colegio nacional, y desde cuarto año jugaban a ser enamorados. Un día, mientras la profesora Johana Paico les recitaba un poema de Lope de Vega que decía Desmayarse, atreverse, estar furioso, / áspero, tierno, liberal, esquivo / alentado, mortal, difunto, vivo / leal, traidor, cobarde y animoso… De pronto, en el atroz calor del mediodía, se miraron uno al otro, fijamente, mientras la profesora leía el soneto completo en voz alta hasta llegar al último terceto: creer que un cielo en un infierno cabe, / dar la vida y el alma a un desengaño, / esto es amor: quien lo probó lo sabe. En ese momento sintieron que el mundo estaba de más, que se encontraban solos en medio de un desierto lunar, que sus ojos eran hermosos y que su aliento a las papas rellenas del recreo era rico, y
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comprendieron entonces que se amaban desde siempre y para siempre. Pero su noviazgo duró solo tres años y se acabó cuando a él lo mandaron a estudiar a Piura. Recordaba todos los planes adolescentes que habían diseñado juntos, los castillos de cristal que habían construido en el silencio de la Biblioteca Municipal mientras resumían las tareas escolares, y no podía creer la facilidad con que los padres de Albert habían resuelto sus vidas. Ella nunca lo olvidó. Sería tal vez porque nunca dejó la pequeña ciudad que había sido el escenario de su amor. Aunque no había estudiado una carrera universitaria, tenía éxito administrando la pequeña ferretería de la familia y ya pensaba en ampliar el local o montar una sucursal. Cuando Albert terminó la carrera y se tituló de ingeniero civil volvió para trabajar en la Municipalidad de Chulucanas. No volvió a hablarme, era como si me hubiera borrado no solo de su presente, sino también de su pasado. Montado en una enorme motocicleta, yo lo veía todos los fines de semana dando vueltas como loco alrededor de la Plaza de Armas, siempre con una chica distinta, siempre. Hasta que la chica empezó a repetirse, como una foto, y de pronto solo era una, la peor de todas: mi vecina, Rita, la pespita, que me había odiado desde que éramos niñas, que siempre había envidiado mi primer puesto en el colegio primario, y que en la Primera Comunión me había echado encima del vestido blanquísimo un jarro de mazamorra morada con pasas y todo. En el barrio, nuestra enemistad de toda la vida era conocida por todos. Yo los veía bailar felices los sábados en las noches de “La Caverna” y sentía que finalmente la vida se había inclinado a favor de ella. Yo estaba sola, esperándolo sin esperanza. ¿REALMENTE HABÍA OCURRIDO TODO lo que Albert contaba? Yo tenía razones para sospechar: cuando Albert se fue a estudiar a Piura, no nos separamos inmediatamente. Al principio él trataba de venir todos los fines de semana. Nos veíamos el sábado en la noche; y el domingo en la tarde, yo tenía que verlo partir nuevamente. Podía vivir con eso, pero luego Albert hablaba de los trabajos y los trabajos, y entonces ya solo venía cada quince días, y los trabajos y más trabajos, y luego venía una vez al mes. Cambió: nos veíamos poco y mal. Su trato conmigo se volvió distante y gélido. Una noche estábamos sentados en la vereda de mi casa. Hacía frío y él me prestó su chompa. Para calentarme las manos las metí en los bolsillos y encontré unos paquetitos hechos con una yerba verde y una especie de cigarros hechos a mano. Le pregunté qué era eso, pero él se enojó y no me quiso dar ninguna explicación. Después de eso no lo volví a ver, hasta hace una semana que había ido a
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buscarme a mi casa. Me saludó como si nada hubiera pasado, y realmente, al ver su sonrisa enorme y blanca, yo sentí que nada había pasado, que todos esos años separados habían sido solo un largo paréntesis al final del cual las cosas quedaban en su lugar, consolidadas por el tiempo. Me invitó a dar unas vueltas en su moto. Al subir, yo sentí que me montaba no solo en la moto; sino en su vida, que por fin recuperaba eso que siempre había sido mío. Después de dar muchas vueltas, estábamos sentados en una de las bancas, comiendo algodón dulce; y al siguiente día, manzanas bañadas en caramelo sangre; y, después, palomitas de maíz dulce. Le bastó decirme que nunca me había olvidado para que yo volviera a sus brazos, para que volviera a amarlo con el mismo entusiasmo de los colegiales que se besaban en el recreo a escondidas de los maestros, pero con la sabiduría de una mujer hecha y derecha. Albert saca la cámara de una mochila y filma a Eliana que revolotea a su alrededor. Es domingo por la noche en la Plaza de Armas, que empezaba a llenarse de parejas de enamorados, y de la gente que salía de la misa en grupos numerosos que conversaban a gritos de cualquier cosa. ―¿Estás contenta de que hayamos vuelto? ―Sí – responde Eliana a la cámara, sonrisa de sandía. Albert arranca una flor y se la coloca detrás de la oreja. “Una flor para otra flor”. Le dice. Todo parecía perfecto, hasta hoy que pasé a buscarlo, después de cerrar la ferretería, y lo encontré con varias botellas de ron entre pecho y espalda, llorando a gritos y lanzando un vómito de incoherencias acerca de unas naves hechas de luces y unos seres que no eran de este mundo.
ALBERT SE REVOLVÍA EN LA CAMA, parecía despertar de la crisis.
―Albert… ¿Qué ha sido de Rita? Hace tiempo que no se le ve. Era cierto. Desde que Albert había vuelto a buscarme yo quería ver a Rita, la pespita, quería mirarla a los ojos para ver en ellos la derrota, para que viera que al final Albert había vuelto a mí. Pero ni en el barrio, ni en ningún otro sitio había tenido oportunidad de encontrármela. Yo amaba realmente a Albert y quería ser dueña de su presente, pero también de su pasado. Sentía celos de la felicidad que pudieran haberle dado otras mujeres. En ocasiones me deprimía y me sorprendía llorando
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por todos esos años separados, por los momentos en los que fue feliz: él me mostraba sus fotos de graduación y yo hubiera querido retroceder el tiempo, formular una magia que me permitiera instalarme en esas fotografías, meterme bajo la carne de Albert, ser parte de sus huesos. Ahora que habíamos vuelto y que por fin lo tenía todo para mí, sentía celos por cualquier cosa: la sonrisa que le prodigaban las muchachas que atendían en las tiendas o en las farmacias; porque Albert era así, como un pájaro que es dueño de la felicidad y que puede conquistar a todos con sus encantos. Las muchachas lo veían pasar y siempre me parecía que buscaban su mirada. Yo quería cubrirlo de todo el mundo con mis brazos y a veces se me ocurrían ideas disparatadas como encerrarlo solo para mí en un sótano o que él pudiera volverse de nuevo un niño para arrullarlo entre mis brazos, para que dependiera totalmente de mí. ―No sé… no lo sé. ―Pero… ¿cómo no vas a sa-ber si hasta hace poco Rita era tu enamorada? Él no decía más. Desde ese día no volvimos a hablar sobre el episodio del cerro y llegué a pensar que todo había sido un mal sueño. A partir de ese momento, Albert insistió en que viviéramos juntos, decía que ya no quería estar solo, nunca más. Yo no tuve problemas en desafiar a mi familia y entré en su cuarto de soltero con el deseo de llevar luz a su vida, que se borrara el pasado para siempre y que nos casáramos y que nos muriéramos de viejos, y de felicidad.
―Albert, ¿tú me amas?
“Claro” respondía él, pero nada más. “¿Por qué nunca me lo dice?” se preguntaba Eliana. “¿Por qué los que aman necesitan tanto oír “Te amo” del otro? ¿Por qué a Eliana no le basta con que Albert le diga “Te quiero”? En el lenguaje hay una serie de expresiones que significan hacer algo, es decir, no solo enuncian o describen, sino que al pronunciarlas se está realizando una acción: decir “Te amo” no solo es decirlo, sino también hacer un ejercicio de ese amor. Significa en forma explícita que amas al destinatario del enunciado. De ahí que los que se aman exijan oír el “Te amo” porque no se trata de una frase de adorno. Es una frase que conlleva en sí misma la acción que enuncia. Es una frase que compromete y liga al que la pronuncia. De ahí, también, que los que practican el amor libre tengan tanto miedo de decir “Te amo”. Albert tenía miedo de decírselo a Eliana.
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Una noche, en esos momentos en los que la oscuridad de la madrugada y el silencio se hacen uno solo, Albert se despertó gritando. Me pidió que prendiera la luz y que le dijera si estaba despierto. “Estás despierto, Albert”. Tenía nuevamente la cara descompuesta por el miedo.
―Claro que estás despierto… ¿Qué pasa, Albert? ―Es su voz… Me está llaman-do. ―¿Quién, mi amor?...¿Quién? ―Desde ese día no he dejado de oír su voz, Eliana, aquí en mi cabeza.
Me llaman, me llama, todo el tiempo. Quiere que me reúna con ellos. Entonces se paró sobre la ca-ma y empezó a aullar como si lo atravesaran a lanzazos. Se cogía la cabeza, se jalaba los cabellos. Cuando se detuvo, me ordenó que lo acompañara. Debía ir al cerro en ese mismo momento. “Ya me están esperando” repetía, intentando jalarme hacia la puerta.
―Albert, ¿qué te pasa? ¡Son las tres de la mañana!… ¡No puedes ir al cerro a esta hora! Pero él no entendía, tembla-ba convulsivamente, emitía chillidos animalescos. “Me están esperando… debo ir”. Yo lo cogí fuertemente de los hombros. En los últimos tiempos ya casi no comía y había perdido mucho peso, estaba delgadísimo. ―Albert, mírame un momen-to… Dime… ¿estás tomando alguna medicina
o... no sé… alguna droga? Dime la verdad… Respóndeme. Él se había quedado callado y tieso, como si mi pregunta hubiera tenido el poder para paralizarlo. Luego levantó lentamente el rostro y me miró con odio.
―¿Eso crees, cierto? Crees que soy un fumón… ¡Tú no eres como ella!
Entonces, se soltó de mí con una brutalidad que me asustó, y salió a la calle corriendo como un endemoniado. Solo llevaba puestos unos pantaloncillos ligeros. Yo corrí hasta la puerta intentando detenerlo, pero ya él iba muy lejos, avanzando en línea recta. A una distancia de cuatro cuadras, recortado como una sombra dentro de la sombra de la noche, se elevaba imponente el cerro Ñañañique EL CERRO ÑAÑAÑIQUE SE ALZA, como un enorme animal en reposo junto a la ciudad. Con los años, Chulucanas se ha ido acercando tímidamente y ha terminado por fundirse con el cerro en un abrazo enamorado. “Tú no eres como ella”. La idea le daba vueltas en la cabeza,
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martillándosela. Tenía mucho miedo para salir a buscarlo, pero la preocupación le impedía dormir. ¿Albert, estaba consumiendo alguna droga? “Tú no eres como ella”. La comparación le resultaba humillante. Eliana no pudo dormir en toda la noche y en cuanto amaneció tomó algo de ropa para Albert y se fue a buscarlo al cerro. Solo tuvo que avanzar por la calle Piura las cuatro cuadras que separaban la casa de Albert del cerro. Hacía frío aún, pero conforme empezó a subir los escalones que trepan por el costado del Ñañañique empezó a entrar en calor. Recordó que la gente siempre contaba historias sobre los cerros. Cuando era niña, su abuelito Humberto gustaba de contarles historias de todo tipo. Cuando ya era hora de dormir, para que se fueran a la cama, les contaba historias de aparecidos, de duendes y, por supuesto, de cerros encantados. Los cerros tenían alma, estaban embrujados. Cuando alguien se quedaba muy tarde en el cerro, este lo encantaba, la persona empezaba a dar vueltas y vueltas sin poder bajar, se sentía extraviada hasta que finalmente el cerro se la tragaba. Nunca más volvían a encontrarla. Una vez, un señor llamado Hilarión subió de tarde al cerro Vicús a buscar unas cabras que se le habían perdido, pero se le hizo de noche y por más que daba vueltas y vueltas no podía encontrar el camino por el que había subido. Los caminos se le cerraban, se sentía mareado y las ramas y las espinas le cerraban el paso intentando retenerlo. Entonces, se paró, sacó el crucifijo que siempre llevaba colgado al pecho y le rezó a Dios para que no dejara que el cerro se lo comiera. Luego se puso a resondrar al cerro con las peores palabras. Solo así pudo bajar. Cuando llegó al pueblo a contar lo que le había ocurrido, encontró a todos bien asustados, buscándolo. Había estado perdido tres días. En las historias del abuelo, que le habían contado sus abuelos y a estos, sus abuelos, los cerros Vicús, Pilán y Ñañañique siempre “hablaban entre sí” enviándose unas luces de colores que solo se veían si la noche era cerrada. Las luces salían del Ñañañique y cruzaban el cielo, deteniéndose y avanzando, hasta que se paraban sobre el Pilán y desaparecían. Si los campesinos no guardaban sus cabras temprano, el cerro se las comía. Después hubo quienes dijeron que todas esas historias eran pura superstición, que habían sido inventadas por los bandoleros para que nadie descubriera sus escondites en los cerros, y las historias se perdieron. Entonces, el abuelo se metía a su cuarto y sacaba una cerámica que según él había encontrado de joven, en su época de huaquero. ―Esta la saqué en el Vicús, allá por los años sesenta.
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La cerámica era una especie de vasija ovoide, que encima tenía montada la figura de un hombre con alas, una especie de hombre pájaro. Nosotros mirábamos sorprendidos el huaco y le pedíamos al abuelo que nos contara más. Él agregaba complacido: “A los cerros bajaban dioses o ángeles o demonios que se llevaban a la gente”. Eliana subía sorteando alga-rrobos y overales, rompiendo macupillos y pisando esa paja seca que cubre el cerro en épocas de sequía. Después de quince minutos de ascenso, divisó la cruz. Desde arriba se podía ver toda la ciudad, que había ido creciendo en todas direcciones a lo lejos. En las alturas se respiraba un aire frío que entumecía los pulmones. Si uno miraba hacia el Sur podía ver el “Rio Chiquito” que, más allá se unía al “Río Grande” o “Ñácara”. Mucho más allá, vestido de un azul de misterio, se erguía el Vicús. No vio a Albert por ningún lado, hasta que llegó a la cruz. Albert estaba rendido, de rodillas, abrazando el pedestal. Lloraba. ―No llegaron, Eliana, no lle-garon… ―¿Quiénes, Albert, quiénes tenían que llegar? ―No llegaron… Albert seguía divagando. Decía que la primera vez sí habían llegado. Para que le creyera, me mostró el lugar donde las naves habían aterrizado. ―Mira – empezaba a gritar – aquí están las huellas… Mira cómo está quemado el pasto formando círculos… Yo me acerqué por darle gusto. Pero en el suelo no había nada. La hierba era uniforme. ―¿No ves cómo está achicharrado el suelo? ¿No sientes el olor a cenizas? ―No, Albert, no. Luego Albert me muestra los brazos. “Mira, de aquí me cogieron, mira cómo me han dejado marcados los brazos”. Albert tiene marcas en los brazos, como piquetes de agujas. Pensé: “Esto no está bien. Albert necesita ayuda”. Él seguía vociferando. ―No llegaron… no llegaron. Dijeron que estarían aquí, que me llevarían con ella…
ALBERT HA ESTADO EN LA CAMA varios días, preso de la fiebre. Varias veces han venido a preguntar por él, de su trabajo. En los pocos momentos de lucidez que ha tenido he intentado convencerlo de que hable con su familia, de que vaya al médico. Pero en ese punto él se violenta, empieza a gritar, insultándome. “Tú no eres como ella”, dice
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Entonces ya no insisto, solamente para que no vuelva a repetir esa maldita frase que me parte el alma. La tarde se arrastra sobre el día con la pesadez de una tortuga triste. Aprovechando que Albert duerme, me he puesto a hurgar entre sus cosas buscando una respuesta y, entonces, la he encontrado. En una cajita de colores estaban las cápsulas, también dos ampolletas: LSD. He encendido la computadora y me he puesto a buscar en Internet.
“El LSD (ácido lisérgico) es una sustancia semisintética, derivado del ergot, extracto este del cornezuelo del centeno, usado en medicina al final de la Edad Media. En un principio fue utilizado con fines terapéuticos en alcohólicos, cancerosos y otros enfermos terminales para ayudarles a superar el trance. Posteriormente, fue abandonada la práctica al comprobarse los resultados adversos, tales como suicidios a causa de las engañosas imágenes y terroríficas visualizaciones. También se comprobó que podía desencadenar esquizofrenia y deterioros mentales variados…” Y de pronto todo, ha empeza-do a quedarme claro.
“…Los fenómenos psíquicos se caracterizan en lo referente al estado de ánimo por fluctuaciones del humor, variando entre la euforia expansiva, verborrea y risa irrefrenable. La exaltación mística es tal que algunos autores denominan a estas drogas como misticomiméticos…” “…Algunos usuarios experimentan pensamientos y visiones aterradoras que crean en ellos tal pánico que muchos han saltado al vacío provocando su propia muerte para huir de estas sensaciones que identifican como un peligro real…” En otra página he leído:
“Efectos: Alucinaciones. Experiencias de desdoblamiento, problemas con la coordinación motriz, ataque respiratorio, desorientación, temor, pánico, agresión, alto riesgo al VIH, hepatitis y otras enfermedades contagiosas si se inyecta”.
Me vienen a la mente los piquetes en sus brazos y de pronto me he sentido culpable. Tal vez si no hubiera dejado solo a Albert tantos años, él no habría caído en esto. ¿Qué iba a hacer ahora? ¿Iba a abandonarlo otra vez? No quería perderlo, quería sentir que era cierto que estaríamos juntos para siempre. Saqué la filmadora, que estaba en el ropero de Albert y me he puesto a mirar el video que me hizo cuando volvimos. Encuentro el archivo y lo reproduzco: se me ve tan feliz. Él voltea por momentos la cámara hacia su rostro y también se ve feliz. Desearía vivir para siempre dentro de ese video, en una repetición eterna de la felicidad. Cuando el video termina, me doy cuenta de que hay otro titulado “Bitácora”. Lo abro con un mal presentimiento. Albert sonríe a la cámara. Solo viste unos jeans desgastados y tiene
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el torso desnudo. Se le ve contento, pese a que está sucio y con el pelo alborotado. “Hola” – dice – “Esta es mi vida sin ti” – señala detrás de él la habitación desordenada – “Así está mi vida ahora que te has ido, así estoy yo…” – suspira largamente- “…en escombros”. Albert coloca la cámara sobre el armario para tener libres las manos, la acomoda y se sigue filmando. “Desde que ellos te llevaron, me he sentido solo… No me odies, amor, pero he buscado a Eliana… Sí, ya sé que la detestas. Pero te juro que es solo para pasar el tiempo, para no estar solo mientras llega el día en que volvamos a reunirnos, porque sé que volveremos a reunirnos. Lo supe desde el mismo momento en que ellos nos separaron. ¿A qué planetas te han llevado? He oído sus voces en mi cabeza todo el tiempo. Me han jurado que esta vez vendrán por mí…” Eliana llora. Va a buscarlo a la habitación. Albert ronca como un cerdo. De pronto suena el timbre. Le abre a puerta a un muchacho que carga un maletín.
―Buenas noches. ¿Aquí vive Albert Távara……? ―Sí… ¿Qué pasa? ―¿Se encuentra ahora? ―No… no está… ahora no… ―Firme aquí, por favor.
Era una citación para declarar. “Por la desaparición de la persona de Rita….”, dice el papel firmado por el juez. Sintiéndose demasiado agobiada, Eliana cerró la puerta y se sentó en medio de la sala, a oscuras. En ese momento sintió miedo. “¿Qué hiciste, Albert?”. Ya es de noche, la casa está en completo silencio.
―Eliana.
Como salido de las sombras Albert la está mirando desde la puerta de la habitación. Los dos ojos de gato brillan en la oscuridad. ―Eliana. ―Albert… ―¿Qué pasa?, ¿quién era? La puerta de la calle ya estaba cerrada. No tendría tiempo de abrirla y correr. Él se acerca y le arrebata el papel. ―Albert… ¿Qué significa esto? Ahora es ella la que rompe a llorar. Albert lee la citación sin perturbarse en lo más mínimo, cierra los ojos sin levantar la cabeza. Tras unos segundos que se me antojan muy largos levanta la cara y me dice: ―Entonces hay que largarnos ya, en este momento.
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CUANDO ELIANA RECOBRÓ LA CONSCIENCIA ya estaba en la cima del cerro. Tenía las manos atadas a la espalda. Estaba boca arriba mirando el cielo inmenso y oscuro. Hacía mucho frío. ¿Cómo había llegado ahí? Albert la había golpeado, lo recordaba vagamente. Sintió un dolor agudo en la cabeza.
―Albert, ¿qué tienes? ¿Por qué me has traído acá? Albert estaba de pie, a unos metros, midiendo el cielo con la mirada. Tenía una especie de manta alrededor del cuello. A Eliana le pareció que el cielo era enorme, y que no estaba arriba; sino que eso era el “abajo”, que eran ellos los que estaban arriba pegados al planeta, al cerro, y que en cualquier momento se desconectaría la gravedad y caerían en ese profundo abismo. ―Ahora lo vas a ver con tus propios ojos. En ese momento, por primera vez, vio a Albert como a un extraño. No como al colegial dulce que quería recordar, sino como aquel en el que se había convertido en esos años lejos de ella, el real. ―Ya vienen, Eliana. Ahora vas a ver lo pequeños que somos en el universo. Tenía miedo, pero en ese momento Eliana todavía no sabía lo que era el verdadero miedo, el terror absoluto. Lo supo cuando vio que el cielo se volvió metálico, multicolor, y un ruido insoportable sacudió la tierra como en un terremoto. Las naves empezaban a aterrizar por todos lados, alrededor de nosotros.
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Un baño de sol
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Que el sol muera sobre el río
Manuel David Arce Martino (Chulucanas, 1963) Médico cirujano (UNMSM), con especialidad en Psiquiatría (UNMSM), subespecialidad en Psiquiatría de Niños y Adolescentes (UNFV). Actualmente estudia la Maestría de Lengua y Literatura en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. El año 2005 obtuvo el primer puesto en el VIII Concurso Nacional de Cuento, del Colegio Médico del Perú. El siguiente año ganó el segundo premio en el X Concurso Nacional de Fotografía 2006 del Colegio Médico del Perú. El año 2007 fue premiado con el tercer puesto en el X Concurso Nacional de Cuento Colegio Médico del Perú. Ese mismo año obtuvo el segundo puesto en el I Concurso de Fotografía Cuerpo Médico del Hospital Guillermo Almenara Irigoyen.
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El año 2008 se alzó con el primer puesto en el Primer Certamen de Microrrelatos A Guarda, España. Ese mismo año ganó el tercer puesto en el XI Concurso Nacional de Cuento, del Colegio Médico del Perú. También obtuvo el segundo puesto en el XII Concurso Nacional de Fotografía 2008, del Colegio Médico del Perú; el primer puesto en el Concurso de Cuentos organizado por la Gerencia del Hospital Guillermo Almenara y el primer Puesto en el Concurso de Fotografía organizado por la Gerencia del Hospital Guillermo Almenara. Ha publicado el libro de cuentos Cuentos para Eva (2011). Actualmente trabaja en el Hospital Nacional Guillermo Almenara en el Servicio de Psiquiatría Infanto Juvenil y es docente en la Facultad de Medicina Humana en la UNFV y en la Universidad ASJB.
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Mi primer amor A mis cándidos quince años, recién llegado a Lima, una gran ciudad de enormes edificios, amplios jardines y con todas las calles asfaltadas; me pareció que yo era un algarrobo mal trasplantado: nada se podía comparar a mi pequeño pueblo de Chulucanas. Mis padres decidieron que necesitaba instrucción superior para triunfar en la vida. Sin embargo, yo venía con mi maleta-alforja, llena de sueños e ilusiones y el mayor de ellos era encontrar al amor de mi vida. Ya me había ilusionado con mi profesora de matemáticas, la señorita Juanita, y mis noches de insomnio sólo habían sucumbido a la imagen fetichista de sus pies descalzos, entre mis sábanas tristes y mis manos agitadas. Y también me desilusioné de manera fulminante el día en que vi que ella recibía durante el recreo la visita de un chacarero, el viejo Ambrosio, en el cuartito del tormento, donde la maestra decía que guardaba un esqueleto humano y que encerrarían allí a aquel alumno que se comportara mal. Nunca supe de alguien que sufriera tal castigo. Mis padres me enviaron donde unos parientes desconocidos que, aunque me trataron bien, nunca me sentí cómodo con ellos. Vivía en Miraflores, un distrito de clase alta para esa época, con la mayoría de casas de un solo piso y jardines con muchas flores. Yo salía diariamente a las siete de la mañana para ir a la universidad. Y nunca supe cómo sucedió, pero un día me demoré quince minutos. Salí apurado y tomé el bus amarillo que me dejaba en Quilca, que era el último paradero. Desde allí caminaba hacia Colmena, donde quedaba el local de Ingeniería Industrial de la Villarreal, a cuadra y media de la plaza Dos de Mayo. Y desde allí empezó una serie de acontecimientos que parecían hechos a propósito. Me senté en el único asiento vacío junto a una jovencita que apenas me miró y siguió leyendo “Siddharta”, mi libro favorito, tantas veces leído que hasta podía citar de memoria muchos párrafos enteros. Yo saqué mi librito de “Veinte poemas de amor y una canción desesperada”. Y me sentí contento por el placer de compartir lecturas distintas durante un viaje en bus con una muchacha desconocida y simpática. Como era natural en mí, no me atreví a dirigirle la palabra. Ella se bajó en la avenida Tacna, antes de que el bus doblara por Quilca.
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Inicialmente quise bajarme detrás de ella pero mi excesiva timidez me lo impidió. Lo sorprendente fue que antes de entrar al local de la universidad me dieron unas ganas irresistibles de entrar a la capilla de la Inmaculada. Solamente entré para rezar un momento y fue que la vi junto al confesionario, que en ese momento se me antojó vacío. Esperé junto a la imagen del Señor Cautivo de Ayabaca hasta que ella recogió sus libros y salió de la capilla. Observé que entró en la Facultad de Derecho y no tuve el coraje suficiente para ver en qué salón estaba. Crucé la Colmena y me dirigí a mis clases. Al día siguiente me demoré los quince minutos a propósito, tomé el bus amarillo y, para sorpresa de ambos, el único sitio libre estaba junto a ella, con la diferencia de que esta vez yo llevaba el “Demian” y ella, “Poemas humanos”. Yo hice como que leía y notaba que me miraba de reojo y después de esperar que yo dijera algo, ella, sonriente, me preguntó: ¿Te gusta Hermann Hesse? Y yo le dije: “Por supuesto, ¡me encanta!”, y desde allí hablamos como descosidos, nadie nos paraba, solamente el tiempo que cada día se hacía más corto. En la casa de mis parientes, me preguntaban que por qué comía menos, que por qué paraba como ensoñando, que me habían escuchado hablar dormido durante las noches. Lo que yo no sabía en ese entonces era que ya estaba completamente enamorado de una chica de quien no conocía ni su nombre ni su casa. Y aprendí a retrasarme quince minutos para vernos en el bus La siguiente vez ella me mostró sus poemas, mucho más hermosos de los que hasta entonces había leído, ni qué Neruda, ni qué Vallejo, ni ninguno de mis conocidos: ella era un ángel escribiendo. Los firmaba como Lilith Paradisso. Fue así como supe su nombre. También me dio su dirección y me enseñó la puerta de madera color verde de su casa, con paredes de amarillo colonial. Cada día me sentía inmensamente feliz: definitivamente era la mujer ideal, la mujer de mi vida. Y lo sorprendente era que además recibía clases de piano y cantaba como un ruiseñor. Durante las tardes que bajábamos a la playa por el malecón Balta le pedía que me repitiera una canción que compuso para los dos, una canción de amor eterno. Un día no la encontré en el bus, ni al siguiente. Después de una semana de desesperación, sin dormir ni comer bien, pensando en ella a cada instante, con la zozobra de alguna nefasta noticia, decidí ir a su casa. Rondé durante dos horas antes de decidirme a tocar medrosamente la puerta.
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Toqué despacio, esperé largo rato y nadie salía. Toqué un poco más fuerte y logré escuchar su caminar inconfundible. Al verla quise lanzarme a abrazarla, pero algo me detuvo, quizás su mirada de desconcierto. Me miró de pies a cabeza y, con su voz inimitable pero esta vez con tono áspero, me preguntó qué deseaba. Le dije que buscaba a Lilith Paradisso. Abrió los ojos desmesurados, miró a ambos lados de la calle y me dijo que entrara. Con voz suave, como la de Lilith, me susurró: espero que comprendas que no es fácil para mí decirte que no eres el primero a quien mi hermana engaña. Yo soy la verdadera Lilith. Mi pobre hermana se llama Eva y actualmente está en el manicomio; de vez en cuando le dan sus ataques de locura y con mucha pena tenemos que internarla, pero no por mucho tiempo. No dije nada y salí desconsolado, caminando sin rumbo. Al día siguiente volví a ver a Lilith, mejor dicho a Eva, sentada en el autobús amarillo, a la misma hora y esta vez con “Las desventuras del joven Werther”, sonriéndome como cualquier día luminoso, sin ningún indicio de enfermedad mental. Estuve en silencio largo rato y antes de bajarme le dije que el día anterior había estado en su casa y que su hermana me había contado todo. No sé qué te habrá contado mi hermanita, pobrecita. Estuvo mucho tiempo internada en un sanatorio y tuve que quedarme a cuidarla durante la semana que falté a la universidad. Somos gemelas.
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Crepúsculo acariciando a Vicús
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La amada y el amado: Yapatera y el Cerro Puntados
César Elías Preciado (La Encantada, 1987)
Docente egresado de la Escuela Superior Pública de Bellas Artes de Piura, donde obtuvo el Segundo puesto de su promoción. Bachiller en Educación por la Universidad Pedro Ruiz Gallo. Organizador de diferentes eventos culturales que han mantenido la lucha por rescatar parte de la identidad de su pueblo: en el 2010,
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el Primer Conversatorio “Vida y obra del Maestro Max Inga”; en el 2011, el Segundo Conversatorio Rescatando Nuestra Identidad: “Historia de La Encantada”. En el mismo año: Primer Encuentro de Escritores Chulucanenses: “Carlos Espinoza León” – I.E nº 14891 Balcones - Chulucanas. Ha publicado diferentes artículos y cuentos en la revista “Aires de mi Tierra” de Chulucanas. Es autor del libro de cuentos Relatos de La Encantada (2012).
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Pastor de cabras Yo soy Juan, el pastor de cabras, el que también quería estudiar. Esa tarde había llegado de pastorear el ganado. Mamá Pepa estaba en la cocina tostando el café en la callana de barro, atizando insistentemente la candela, avivaba el fuego. Desde una rendija en la pared pude ver cómo la boca se le hinchaba de aire para hacer arder la candela. Pude observar detenidamente cómo le lloraban sus ojitos claros, producto del humo que salía. “¡Carajo, la leña que han traído estos muchachos está verde, mira cómo se va de humo la cocina!”- decía a solas, con ese murmullo de su voz que la caracterizaba. Y yo, con miedo de decirle la verdad. Desde la cocina se pudo escuchar el ruido de los granos de maíz que chocaban dentro de la lata cuando caían. Inmediatamente me imagine quién era, y era verdad, caminé al fondo y mi padre Higinio ya estaba en la pampa de la casa, desgranando las mazorcas de maíz perla. Mi hermana Margarita amamantaba los chivos huachos que había aborrecido la chiva “la Ojo azul”. La abuela Dolores la llamaba así, porque en verdad tenía los ojos del color del cielo, clarititos como me gustaban. Pero esta chiva cojuda, no quería que sus chivatitos se le prendieran de las tetas, ya los había aborrecido. Pero el temor de hablar me detuvo, el miedo secó mis labios, las manos me sudaban y las orejas se me habían congelado. Todavía no le había dicho que se me habían perdido dos cabras, allá por el temporal de don Pablo. Yo, muy bien sabía que si le decía en ese momento, me caería una arroba de latigazos en el espinazo, porque el Higinio, mi padre, castigaba fuerte. Así era él, terco, tosco como un toro de pelea, rudo como la mula de mi tío. Lo mismo pasó el otro día cuando las vacas hicieron daño al maíz, y allí mismo, como a Cristo, me cruzó la espalda a latigazos, que hasta me hizo ver a mi abuela, a mi tía Peto, a mi madre; me hizo llorar en la chácara. Pero tendría que decirle de cualquier forma, porque de todos modos tenía que enterarse cuando por la tarde contara una por una las cabezas del ganado; porque mi padre, a pesar que no tenía su buen estudio, sabía contar muy bien; allí nadie lo ganaba, tenía buen ojo y buena inteligencia. Él siempre me contaba que su padre nunca le quiso dar estudio, que a escondidas de mi abuelo sólo un año había
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estudiado en la nocturna; que sólo había asistido con un solo cuaderno en su mano y en la otra una lámpara de querosene, pero que había tenido una buena maestra, su mejor maestra, que siempre cuando toma la recuerda. La recuerda como si ese día fuera el último instante de su vida. Pero caramba. No sé cómo diablos estos animales jijuna… de su vida, se me han perdido, si yo mismito las conté cuando me venía. Estaban completas. ¿Y dónde diablos se habían quedado? Segurito ha sido allí, en la carretera, cuando encontré a la Rosita, la bonita, la buenamoza. Me entretuve hablando con ella y fue allí en que el ganado se vino corriendo adelante. Y yo, allí, con la Rosa en el camino, media hora, una hora, dos horas, no sé cuánto tiempo fue, solo sé que estuve hablando con ella, y por eso se me han robado las cabras, por estar de garañón como el caballo, enamorando a la Rosa, mi Rosita, la Rosita de los sueños de este cholo terco, que ha perdido sus cabras y ha perdido sus sueños por la Rosita. Y ya viene mi madre, con un mate de aguau. -¡Toma, Juan!, come rápido para que le ayudes a tu papá a desgranar el maíz. El hombre está apurado, quiere vender el maíz antes de que baje de precio. - Tú bien sabes que lo que produce el pobre siempre baja, y lo del rico sube de precio. ¿Cuándo será que al agricultor se le pague lo justo? Y esa tarde comí apurado, me embuché la comida lo más veloz que pude, salí a escondidas, y nadie se dio cuenta. La Pepa, mi madre, dijo que me había ido a cargar el agua y el Higinio pensó que algo le estaban ocultando. Margarita sólo dijo que el flojo de su hermano se había escapado, para no ayudar a desgranar las mazorcas, así le dijo a mi padre; que bien mentirosaza mi hermana. Yo me salí, porque temblaba y de a poquitos me orinaba de miedo, no quería que en mi espalda se abrieran zanjas y arda fuego, no quería que la Pepa mi madre por defenderme lleve más que este cholo cojudo que deja perder sus cabras, sólo por andar de templau de la Rosa. Esa noche, no dormí en casa; dormí en la chácara. Porque yo muy bien sabía, que una fuerte paliza me caería cada vez que un animal se me perdiera. Por eso, ya no llegué donde mis padres, dormí a solas en la parcela. Y allí, en esa oscuridad, acurrucado entre el tronco de un algarrobo, en ese árbol donde mi padre desensillaba el burro y dejaba la cartera.
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En ese hermoso algarrobo escuchaba patentito como las chicharras cantaban, como los zorros aullaban a lo lejos, y yo, un niño indefenso, temblaba de frío, temblaba de miedo. Lloré a solas, y no supe a qué hora me venció el cansancio. Esa noche soñé lo que nunca había querido soñar, soñé que alguien me jalaba de la piernas, que me arrastraban por la chácara, yllorando pedía perdón: “Perdón, papacito lindo, ya no perderé las cabras, yo te las voy a pagar, de mi algarrobita te las voy a pagar, pero ya no me pegues, taitita lindo”. Solo desperté por la mañana, cuando una voz tan cristalina, me habló en ese momento: -¡Juan!, ¡Juan! Hijo, ¿qué haces aquí?- era mi padre- te he buscado toda la noche,¡Levántate! Vamos a la casa. Y qué alegre me sentí cuando lo oí decir: ayer vendí dos cabras, ya te compré los cuadernos, quiero que estudies; porque no quiero que seas burro como yo.
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Guillermo Fernández Guerrero (Chulucanas, 1946) Artista plástico. Se desempeña como docente en la I. E. San Ramón de Chulucanas. El año 1977, obtuvo el primer puesto en el Concurso Regional convocado para elegir el escudo de la provincia de Morropón – Chulucanas, por la Municipalidad Provincial.
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El año 1983 obtuvo el primer puesto en los Juegos Florales, organizados por la Municipalidad de Chulucanas en el área de pintura. Invitado especial al Cuarto Encuentro Regional de Escritores en Santo Domingo, denominado “Sigifredo Burneo Sánchez”. Guillermo Fernández ha realizado exposiciones pictóricas en las ciudades de Piura, Chiclayo, Trujillo y Chulucanas. Sus trabajos han ilustrado cuentos y leyendas de escritores piuranos como Carlos Espinoza León, Abelardo Alzamora, Jaime Rosillo, Luis Alberca y Estuardo Cornejo.
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El guerrero de las alturas En esos lares de nuestra serranía piurana, donde el viento soplaba fuerte y triste a la vez, como si quisiera contarnos las penas de esos dioses andinos; allí, donde la tarde se pone verde oscura hasta llegar a la penumbra cuando se oculta el sol; allí creció el niño que después se convirtió en el guerrero de las alturas. Desde muy pequeño, fue un niño muy inquieto, dueño de unos ojos muy vivaces. Muchas veces permanecía mucho tiempo jugando entre la vegetación, imaginando que él era un guerrero, fuerte musculoso, lo que la comarca deseaba en ese momento. Era un niño muy diferente a los demás, su ingenio superó el de los demás niños que crecieron junto a él. Desde que notaron que le faltaba un dedo índice en su mano derecha, pensaron que era poseedor de una gran sabiduría. Pero nadie pensó que era él, el elegido para gobernar y salvar al territorio. Aquel niño, desde su infancia fue testigo de las derrotas, de las humillaciones que eran sembradas por los enemigos que llegaban y saqueaban todo. Muchos niños fueron degollados, las mujeres, violadas; y, al saquear todo, muchas de las cabañas ardían en llamas. El pueblo estaba harto de tantas injusticas. Los ancianos que dominaban toda la sabiduría del pueblo, decían que a aquel niño lo había traído un mal viento. Otras versiones decían que era hijo de la naturaleza; que la misma había sido testigo de las derrotas y humillaciones que había sufrido la comarca; y por compasión al pueblo le había regalado un niño que había salido de las profundidades de la tierra, debajo de un árbol. Muchos comentarios se entretejieron con el fin de encontrar algunos rastros de aquel niño misterioso que apareció tirado entre la vegetación, llorando, desposeído de prendas y que fue encontrado por una anciana. Llegaron por fin a creer que en verdad, era hijo del Inti, Hermano del gran Manco Cápac; que emergió de las aguas sagradas de las lagunas en los andes norteños, para proteger a los pobladores de estas comarcas. Muchos decían que si nadie lo hubiese encontrado, habría muerto de frío, pero siempre recordaban que una hora antes de encontrarlo la anciana de canas pobladas; el cielo tronó soltando sus rayos; los relámpagos iluminaban la noche con brillo enceguecedor, y
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los truenos se prolongaban en ecos sonoros que chocaban contra la montaña. Desde el momento en que la anciana lo llevó al pueblo, vieron la inocencia y la ternura de un infante, pero algo más encontraron en él que nadie pudo explicar hasta después, cuando se dieron cuenta de quién era en verdad. En ese instante decidieron criarlo en el calor del pueblo, aprendiendo la sabiduría y el conocimiento de los ancianos, quienes lo orientaron a ser un hombre valiente y luchador. En él encontraron la esperanza de salvación. El tiempo lo fue convirtiendo en un joven guerrero, alto, fuerte, de recia contextura, con rasgos muy diferentes a los demás pobladores, y con una habilidad para la guerra que ningún joven del pueblo había adquirido. Luchaba con bravura contra sus enemigos y contra quienes osaban hollar su territorio. Él ofrecía diariamente su vida al Inti; su padre lo había dotado de gran talento para esculpir la piedra. Una tarde, se sintió poseído por un impulso natural: esculpió un cóndor alado que parecía tan real, al punto que los cóndores y aves que surcaban el cielo se confundían y le tenían envidia. Al parecer el gran guerrero sentía mucha admiración por el cóndor, su majestuosidad y sus colores cautivaron su corazón. Desde ese momento decidió pintarse el rostro de negro, blanco y rojo. Estos colores fueron para él, símbolo de la guerra, fuerza y victoria. Ahora recién entendían porque este joven, muchas veces sentado en una enorme roca se pasaba horas y horas mirando el vuelo de los cóndores. Por aquellos días, guerreros venidos de otros mundos más allá del mar habían iniciado la conquista, sembrando el pánico, invadiendo nuestras tierras para robar todas las riquezas y las mujeres de esta comarca. Eran guerreros distintos: de piel blanca, la cara cubierta de pelo y ropas brillantes como el sol; montaban sobre animales gigantescos que podían correr tan veloces como pumas y que nosotros nunca habíamos visto antes; sus bastones vomitaban un fuego mortal: parecían dioses. El guerrero, dominado por la fuerza y el valor, iba venciéndolos, degollándolos y ofrendando sus cabezas al gran cóndor de piedra, quizás como agradecimiento o, tal vez, solicitando su protección. En muchas batallas había salido victorioso, pero los invasores parecían reproducirse: cada vez había más. El guerrero se dio cuenta de que muy pronto dejaría de ser ese guerrero fuerte que supo ganarse el respeto de su pueblo; se sintió humillado por el tiempo. Él muy bien sabia que, ya in-
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vadido por los años, muy pronto se convertiría en un anciano. Sabía que al llegar a esa edad su fuerza y musculatura no serían las mismas. A su pueblo volvería la injustica. Eso lo llenó de tal tristeza, que en varias ocasiones, sentado bajo un árbol lo encontraron llorando. Cierto día, el guerrero de las alturas le pidió a la escultura que lo convirtiera en un ave, en un cóndor, para poder volar y desafiar las cordilleras y cuidar desde el cielo sus territorios amenazados por los enemigos; pero sus pedidos y ruegos no eran escuchados por su dios, el cóndor. Muchas veces al no ser oído renegó de su existencia y pidió su muerte para no ver más sufrimiento. Fue una tarde gris, cuando el guerrero, cubierto de tristeza, se quedó dormido al costado de una gigantesca roca donde siempre solía observar el vuelo de los cóndores. En ese instante cansado de tanto esperar, por fin sus pedidos fueron escuchados: soñó con un dios mitológico alado, el padre de todos los cóndores. En ese sueño misterioso, vio que su espalda se abría y salían dos enormes alas; en su musculoso pecho tenía tatuado un cóndor. El guerrero había sufrido una extraña metamorfosis. El dios mitológico le entregó un bastón de guarango, distinción que solo recibían los grandes héroes. El guerrero al despertarse, sintió la transformación de su cuerpo físico, el sueño era una realidad. Alegre, corrió por la puna hasta llegar a un abismo. Muy temeroso miró el precipicio. Por un instante la duda lo invadió. Su mirada se perdió en el abismo y el miedo se apoderó de él. Su cuerpo temblaba. Un buen rato se mantuvo estático. Hasta que por fin se decidió. Aquel guerrero abrió sus alas y suavemente las fue agitando, las aves de la naturaleza pudieron sentir el zumbido estremecedor de sus alas, hasta que por fin se le pudo ver montado sobre los aires, desafiando el destino, y convirtiéndose en lo que siempre anheló, en el guerrero de las alturas. Los demás cóndores, al verlo, planearon respetuosos hasta él como formando un poderoso ejercito. Y desde lo más alto vigilaron las grandes extensiones de su territorio. Los españoles avanzaban como una muralla de plata y fuego. Pero ni sus corazas de hierro, ni sus arcabuces, ni sus caballos evitaron que se convirtieran en carnada de los cóndores que los hicieron huir temerosos, perdiéndose por distintos lugares de la puna Ahora sí era en verdad el guerrero de las alturas, el gran cóndor, amo y señor de los Andes; era un dios.
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Dicen que el guerrero de las alturas, recorrió y dominó grandes extensiones de territorio en la comarca; que hasta hoy domina las alturas y que estableció su hogar en la cumbre del cerro llamado “Condorhuachina”, la casa del cóndor.
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Gonzalo Vicente Calle (Chulucanas, 1958) Ha realizado estudios de profesionalización docente en el Instituto Superior Pedagógico de Piura obteniendo el título de profesor en educación primaria. Agente cultural de la Escuela Mayor de Gestión Municipal y miembro del directorio del Núcleo Cultural de Piura. Actual docente en la I.E. 15022 “Juan Palacios P.” y Regidor Provincial.
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Su quehacer literario incluye la composición de cumananas, otras formas poéticas y narraciones diversas. Los años 2002 y 2003, se coronó subcampeón en el “Campeonato Nacional de Cumananas” organizado por la Institución Educativa Santa Rita de Morropón. En este importante evento literario se hizo acreedor del Escapulario Nacional el año 2005 y se consagró como campeón nacional el año 2007. El año 2004 obtuvo el segundo puesto en cuento y tercero en poesía en el “Concurso Magisterial de Cuento y Poesía” organizado por el SUTEP y el Ministerio de Educación. El año 2005 ganó el primer puesto en poesía y tercero en cuento, en el “Concurso de Cuentos, Leyendas y Poesía Carlos Espinoza León” organizado por el SUTEP y el Ministerio de Educación. El año 2007 fue propuesto para el concurso nacional “Maestro que deja Huella” convocado por Interbank, llegando a ubicarse entre los finalistas. El año 2009 obtuvo una mención honrosa en el primer concurso “Anécdota del Maestro” con el trabajo “El maestro Avelino” organizado por ENOSA. Publicó sus primeras poesías en separatas y libros de literatura del I.S.P. Piura, con el seudónimo de G. Vicent’ C. Además, ha publicado poesías, cuentos y artículos diversos en revistas como: “ProActivo” (Lima), “Warmi” (Huarmaca), “El Paisano” y “Aires de mi tierra” (Chulucanas); algunas veces utilizó los seudónimos “AMAUTA” y “ABEDUL”. Ha recibido reconocimientos de diversas instituciones e invitado a participar como miembro de jurado o ponente en diversos concursos y eventos relacionados con la cultura.
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El chilalito cojo Aquellos muchachitos llegaban todas las tardes al parque, cargaban los tiradores, y con los jebes tensos, listos para disparar la munición, buscaban a sus víctimas entre el follaje de algarrobos y poncianas. Las piedras sonaban cual traqueteo de metralla; las pequeñas e indefensas criaturas aladas huían desesperadas, perdiendo algunas plumas en su accidentado vuelo. Era una guerra injusta; chilalos, chirocas, zoñas y chobeques buscaban refugio. Desde la ventana de su casa, el profesor observaba en silencio. Más de una vez trató de hacerles entender que su diversión era un acto cruel; pero los pequeños devastadores, dirigidos por Abel, continuaban atacando a las inocentes aves. Esta vez, además de los niños de siempre, reconoció entre el grupo de cazadores a su alumno, Kevin Arcadio Segundo. Sábado y domingo, los cuadernos durmieron, olvidados en un rincón; sus dueños, desde muy temprano, llegaron al parque, cargados de municiones. Los proyectiles rasgaban el aire veloces, los pasadizos de la plazuela fueron inundados de piedras. Y ahí estaba, nuevamente, Kevin Arcadio Segundo, quien al ver al profesor que observaba preocupado allá en la ventana, escondió disimuladamente su “tirador”, y paseándose con las manos en los bolsillos, aparentó ser un simple curioso. El día lunes en la escuela, el profesor habló de la biodiversidad, a la que muchas veces maltratamos innecesariamente, sin importar el daño que causamos. Al final les dijo: -Todos los días al despertar, abro la ventana de mi casa y escucho el canto de las aves; me gusta ver al picaflor y a la mariposa saborear el dulce del cáliz de las flores, me gusta sentir el aire fresco de la mañana y ver el suave bamboleo de los árboles. Y no saben ustedes cómo sufro cuando veo que un grupo de niños llega con sus “tiradores” para herir a las pobres aves que viven en los árboles del parque. Pero me duele muchísimo más ¿saben qué?.. que entre aquellos niños he visto a uno de mis alumnos. Kevin Arcadio Segundo abrió los ojos, los abrió grandes, grandes; hinchó las narices para respirar mejor, sentía que el aire le faltaba. El profesor continuó:
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-Cuando yo era niño, escuché que hay un chilalito cojo , le falta una patita. Escuché que ese pobre animalito antes fue un niño, de esos que van por los potreros con sus hondas, matando pajaritos indefensos. Cierto día, al despertar, vio que se había convertido en un chilalo. La madre naturaleza, cansada de sus abusos, lo había condenado a sufrir lo mismo que sufren las aves del campo. Buscó a sus amigos y les pidió ayuda, pero lo único que salía de su garganta era un desesperado: ¡Chi la la la, chi la la la! Los muchachos, sus amigos, al ver a la hermosa ave de alas color teja, tensaron sus tiradores y una certera piedra le arrancó una de sus patitas. Desesperado y sangrante voló hacia el bosque en busca de refugio; los bondadosos chilalos lo cuidaron hasta que sanó, le enseñaron a construir su ollero (vivienda de barro), aceptándolo en su comunidad. Desde entonces, vive huyendo de aquellos que antes fueron sus amigos: los dueños de esas terribles armas llamadas “tiradores”. Kevin Arcadio Segundo se encogió en su asiento, su carita morena parecía despintada, estaba preocupado. Cuando llegó el momento de regresar a su hogar, iba pensando en el chilalito cojo. Aquella tarde no salió como acostumbraba, y al llegar la noche no pudo conciliar el sueño temprano. Aquella tarde no salió como acostumbraba, y al llegar la noche no pudo conciliar el sueño temprano. A la mañana siguiente lo despertó una suave brisa con olor a barro fresco y hojas de algarrobo, un suave hamaqueo lo sobresaltó; quiso bajar de su cama y se dio cuenta de que estaba en el suelo, miró a su alrededor y pensó gritar con todas sus fuerzas: “¡Mamá, mamá!”. Pero de su garganta sólo brotó un sonido extraño: -¡Chi la la la, chi la la la! Gruesas lágrimas le nublaron la vista; miró al frente y alcanzó a ver una puerta en forma de arco, que dejaba pasar blancos rayos de sol. Salió, se sacudió las lágrimas y miro el entorno; su casa era un ollero nuevo construido sobre una rama de algarrobo, Allá abajo, se veía el piso de la plazuela, lejano y peligroso. De pronto se alegró al ver que a lo lejos venían Abel y sus otros amigos. -¡Gracias a Dios! – pensó. Corrió hacia ellos y pisó el abismo, cayendo estrepitosamente. -¡Chi la la la! (¡Ay, ay!)
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Se levantó con gran esfuerzo, todo el cuerpo le dolía. Quiso decirle a sus amigos: “¡Muchachos, ayúdenme!” pero nuevamente salía ese ruido cantarín de su garganta: -¡Chi la la la, chi la la la! Sus amigos, al verlo, sacaron sus tiradores, afinaron la puntería y, ¡¡zas!! – una certera piedra le arrancó una de sus patitas. Gritó, gritó desesperadamente. Quería decirles que él era Kevin Arcadio Segundo, su amigo; mas los chicos al escuchar su canto lastimero, rieron y volvieron a tensar sus tiradores. Movió desesperadamente sus adoloridas alitas color teja, puso el alma en ello y voló a tropezones; ya había perdido una patita, ahora había que salvar la vida. Con gran esfuerzo logró llegar a la rama, sangraba abundantemente; llegó hasta aquel ollero, bendito refugio que lo puso a salvo de los dolorosos proyectiles. Estaba agotado, casi desfalleciendo. Respiró fuerte, tomó el aire a grandes bocanadas, quería tranquilizarse para pensar con mayor lucidez, pero no podía. El corazón le palpitaba fuertemente y sonaba como mil golpes de tambores. La sangre le hinchaba las venas que irrigaban su cerebro, y le pareció escuchar la expresión vozarrona del profesor que decía: “Cuando yo era niño, escuché que hay un chilalito cojo, le falta una patita. Escuché que ese pobre animalito antes fue un niño, de esos que van por los potreros con sus hondas, matando pajaritos indefensos. Cierto día, al despertar, vio que se había convertido en un chilalo. La madre naturaleza, cansada de sus abusos, lo había condenado a sufrir lo mismo que sufren las aves del campo”, ¿Esto le estaba sucediendo a él?, ¿o estaba soñando? Si estaba soñando, era tiempo de despertar. Cerró los ojos y rezó con todas sus fuerzas pidiéndole a los mil y un santos que lo libren de esta pesadilla, luego los abrió con violencia; pero no, todo seguía igual. ¡Maldito profesor!, quizá era brujo y por algún desconocido conjuro lo había convertido en el chilalito cojo. ¿Cómo saber si era un mal sueño o una triste realidad?, pensó, pensó, y… una pregunta llegó a su cansada cabecita: ¿Cómo son los sueños, a colores o en blanco y negro?, estiró el cuello y asomó temeroso su cabeza; la pandilla se había marchado, miró a alrededor y apreció los brillantes colores del parque que le sonreían burlones. Ahora estaba convencido que no era un sueño. La cabeza empezó a dolerle de tanto pensar y decidió no seguir pensando porque pensar también cansa, si seguía así no tendría fuerzas ni para dormir.
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Un fuerte zumbido llenó sus oídos, era el sonido del silencio y por fin ya no pudo más, las fuerzas lo abandonaron y se le cerraron los ojos. Soñó que soñaba ser un niño. Cuando despertó, sentía que le dolía todo el cuerpo, sobretodo la pierna; con temor fue palpando la herida y… ahí estaba su pie… ¿Su pie? Se dio cuenta que estaba en el suelo junto a su cama, todo había sido un mal sueño, ¿o no? Al día siguiente, al llegar a la escuela, se acercó al pupitre del profesor y le preguntó: -Profesor, ¿es verdad lo del chilalito cojo? -No sé, Kevin Arcadio - le respondió el profesor - pero si algún día ves un chilalito al que le falta una patita, entonces sabremos que sí es verdad. Por la tarde salió solo, antes que sus amigos. Sentado sobre una banca observó los árboles con atención. Un chilalito bajó volando y empezó a escarbar con el pico en la tierra húmeda, junto al jardín. Kevin Arcadio Segundo se acercó lentamente y logró verlo, ¡Era el “chilalito cojo!, ¡entonces era verdad! El corazón empezó a latirle tan fuerte que parecía salírsele por la boca. Corrió hacia el centro del jardín y escarbó desesperadamente al pie de un algarrobo. Cuando hubo cavado un hoyo de regular profundidad, miró hacia todos los lados, sacó el “tirador” de su bolsillo y lo sepultó. - ¡¡Chesu… era verdad!! – Exclamó casi ahogándose, mientras el sudor le corría por la frente. Allá en la esquina, aparecie-ron Abel y sus amigos. Venían con sus tiradores y cargados de municiones. Se levantó rápidamente y se marchó por el otro extremo del parque, para no encontrarse con ellos. Definitivamente él, Kevin Arcadio Segundo, de ahora en adelante no haría méritos para convertirse en “el chilalito cojo” y, si estaba soñando ser niño, ya no quería despertar.
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Mirada aguda
Mototaxis
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Alfredo Augusto Alzamora Arevalo (Yapatera, 1960) Licenciado en Educación en la especialidad de Biología y Química por la Universidad Nacional de Educación- La Cantuta, con estudios de Maestría en la Escuela de Post Grado de La UNE–La Cantuta en la especialidad de Educación en Biología y Magister en Ciencias de la Educación en la especialidad de Gestión y Docencia Educativa.
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El año 2006, obtuvo el premio nacional en la XVI Feria Nacional de Ciencia y Tecnología CONCYTEC-2006. El año 2007, obtuvo el primer puesto en la VI Feria Binacional de Ciencia y Tecnología Perú-Ecuador, Tumbes. El año 2009 obtuvo el Premio Nacional de Educación HORACIO, convocado por la Derrama Magisterial en el área de Innovaciones y Experiencias Educativas. Ese mismo año fue ganador del primer puesto con la estatuilla “La flor de La Cantuta” en el Primer Intercampus, concurso de experiencias pedagógicas, de la Universidad La Cantuta. En noviembre de ese año fue ganador del primer puesto en el I Concurso Regional de Publicaciones Científicas convocado por el Instituto Regional de Ciencia y Tecnología del Gobierno Regional de Piura. El año 2011 fue ganador de las Palmas Magisteriales en el grado de Educador por el Ministerio de Educación. Este año obtuvo el primer puesto en el Sexto Concurso Nacional de Patrimonio Cultural con un trabajo titulado “La etnoeducación como alternativa para el desarrollo de los pueblos afropiuranos – modelo Yapatera”. Es miembro de la Asociación Casa de la Cultura de Yapatera.
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Chilalo no canta en jaula - La vida y la libertad es lo más preciado que un ave puede tener. ¿De qué vale la vida si no estás libre? Necesitamos estar libres para ser felices. No podemos renunciar a ser dichosos, a poder volar a los cuatro vientos, eso es algo que los hombres aún no entienden. Quiero vivir con humildad, pero con decoro-sentenció el chilalo a manera de arenga. En tanto, en las demás jaulas, las otras aves confundidas miraban de manera absorta queriendo entender el mensaje de su compañero prisionero; otras, cabizbajas, parecían aceptar con resignación su nuevo destino y otras mostraban cierta indiferencia. Sólo esperaban su turno para ser llevadas como mercancía. Una nueva vida se había inicia-do. Todas aquellas criaturas de variopinto plumaje estaban sentenciadas a vivir el resto de su existencia en un reducido espacio llamado jaula. Ya no habría vuelos a largas distancias, ahora sólo saltarían en un pequeño trapecio; ya no buscarían, ni seleccionarían su comida, sino que se resignarían a comer y beber lo que su amo les brindara; ya no se reunirían a trinar en coro, ahora en su soledad ensayarían tristes melodías para alegrar la vida de sus amos y envanecer su ego cuando los visitaran amigos y familiares. El paisaje del bosque de algarrobos en las últimas semanas había cambiado notablemente: la presencia de las lluvias de enero le daba un aspecto paradisiaco. Los algarrobos habían reverdecido, lo mismo que los overales, faiques y zapotes; el suelo estaba cubierto por una alfombra de verde pastura y de lianas que trepaban y se enredaban entre los cactus y en los pequeños arbustos, formando matorrales de diversos tamaños. -Hijo, escucha siempre el consejo de tu padres, y de los mayores, que es por tu bien. Queremos que esas buenas costumbres y formas de vivir no se pierdan con los nuevos tiempos - Sobre la rama de un árbol, el papá chilalo le hablaba con tono amical y a la vez paternal a su joven hijo. -Sí, papá, esas buenas costumbres trataré siempre de cultivarlas con los míos. Era un coloquio entre padre e hijo,
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de maestro a discípulo, con el firme propósito de preservar ese ideario de la familia. -No te olvides, hijo mío, de que los campesinos necesitan mucho de nosotros. -¿Por qué los campesinos necesitan de nosotros? -Porque nosotros somos su reloj. Anunciamos cada cierto tiempo con nuestro canto la hora del avance del Astro Rey, desde la aurora, durante el transcurso del día y hasta el ocaso. Al poco tiempo, el joven chilalo de nombre Ornis decide unir su vida a la de una bella mozuela de su especie la cual tenía por nombre Suni. La joven pareja irradiaba felicidad en su espléndido vuelo por el bosque y eramotivo de contemplación y admiración de las demás aves al verlos siempre unidos. Los padres de los jóvenes chilalos también se sentían realizados, pues las semillas que habían sembrado y cultivado con mucho esmero habían caído entierra fértil. Entre la frondosa vegetación, un espléndido algarrobo, ubicado cerca a la orilla de una quebrada, llama la atención a la joven pareja quienes quedan prendados de aquel lugar. Es en este maravilloso paisaje en que los jóvenes chilalos deciden construir su casita en una de las ramas más resistentes y con mayor protección. Así que deciden bajar al lecho de la quebrada para auscultar la calidad del barro presente en las orillas del riachuelo, y es precisamente ahí donde encuentran el barro más apropiado para con sus patitas y ayuda de su pico - cual maestros alfareros - ir dándole forma a pequeñas bolitas de barro y luego alzar su raudo vuelo llevando su preciado material de obra hasta la rama seleccionada. Poquito a poco, la pareja de aves empezaron a sentar las bases sobre la parte del árbol donde montarán su morada. En los días posteriores ya se observa el avance de la arquitectura de su nido. Agregándole de vez en cuando a esa masa gris de agua y tierra, pequeñas porciones de pajita seca para hacerlo más compacto y duro ante las inclemencias del tiempo. Poco a poco, el avance de la obra se va manifestando con los detalles que debe tener su casa, es decir, con los compartimientos respectivos: el dormitorio y la salita. Cuando estuvo terminada la morada, recibieron la grata visita de los futuros abuelos. -Tu casa está de maravilla- dijo uno de los abuelos.
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- Nos sentimos orgullosos de que preserven nuestra tradición - dijo el otro. Las abuelas tampoco quisieron quedarse atrás y también emitieron su comentario: - Mis nietos van a crecer en un lugar bonito y en época de mucha comida- expresó una de las abuelas. - Esto nos llena de alegría y felicidad y por ello debemos cantar- dijo la otra. Y todos juntos en tono de coro en medio del bosque dejaron escuchar su melodioso y característico trino: ¡Chilalalalaaaaa! ¡Chilalalalaaaaa! Una tarde, cuando había pasa-do la etapa postnupcial, la joven esposa arreglaba su plumaje con su pico como queriendo darle una sorpresa a su esposo, el mismo que había salido en busca de alimento para compartir la cena. Quería estar mucho más bella para darle tamaña noticia. - Mi amado Ornis, tengo que darte una grata noticia. - ¿De qué se trata, bella Suni? - Nuestro amor pronto tendrá sus frutos. - ¿Me estás diciendo que vas a ser mamá y yo voy a ser papá? - Así es, ya siento en mi vientre su palpitar, acércate para que escuches el latir de sus corazoncitos. - ¿Cuántos serán, uno, dos, tres o cuatro? - No lo sé, pero todos los que vengan serán bienvenidos y llenarán de felicidad este hogar. - Así es, mi dulce Suni, de ahora en adelante procuraré cuidarte con más cuidado y esmero, pero esta buena noticia no va a quedar entre nosotros: todo el bosque debe enterarse de nuestra alegría y felicidad. ¡Chilalalalaaaaa! ¡Chilalalalaaaaa! A las pocas semanas; Suni, la joven chilala, estaba poniendo un par de huevecitos que eran el comienzo de sus próximas nuevas crías a las cuales tratarían con mucha responsabilidad, y a las que esperaban plenos de felicidad. Durante el día, la incubación de los huevos la hacían de manera alternada a fin de conseguir el alimento necesario para su subsistencia y mantener los huevecitos con el calor paternal de siempre.
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Por las noches, el macho aguardaba en el primer ambiente, mientras que la hembra seguía incubando con mucho amor y cuidado a su futura descendencia en el segundo ambiente del nido. Pasaron los días y pronto llegaron los pequeños chilalos, los mismos que fueron criados con mucho afecto, esmero, responsabilidad; pero, sobre todo, amor. Ni la tormenta, ni la fuerza del viento pudieron derribar el ollero de los chilalos. Estaba construido con la tecnología que preservaban desde hace muchos años y que se venía transmitiendo de generación en generación. Pasaron los días y semanas y la pareja de polluelos pronto se hicieron jovencitos. Pero algo malo venía ocurriendo en los últimos días. Un murmullo de preocupación se diseminaba entre los animales del bosque y efectivamente a la mañana siguiente la joven familia de chilalos había divisado desde tempranas horas del día a unos hombres que no eran campesinos. Habían llegado con jaulas, trampas y una serie de armas para atrapar animales, sobre todo aves. A las pocas horas, ya tenían en sus jaulas: loros, pericos, negritos, chirocas, urracas, halcones. Dejando en la comunidad un gran vacío y una honda tristeza por el rapto de padres, madres o hijos, a los cuales nunca volverían a ver. Un día de la semana siguiente, con la alborada, volvieron los mismos hombres con más jaulas y empezaron a capturar una diversidad de animales. Pero entre ellos había un tremendo afán por capturar una especie de ave que hasta el momento no habían logrado domesticar. Esa ave era el chilalo. El Astro Rey ya comenzaba a calentar el ambiente natural, cuando la pareja de Ornis y Suni estaba mostrando a sus vástagos los confines de su territorio y la manera de conseguir su alimento y, asimismo, enseñándoles lo que toda ave de su especie debe saber. Iba en un raudo vuelo el joven padre y detrás la madre y sus pequeños; cuando de pronto una malla envolvió el cuerpo del padre. El ave, al verse atrapada, aletea con fuerza con el fin de desprenderse pero ya era demasiado tarde: una gruesa mano humana la cogía por el dorso y la introducía en una jaula. -Al fin tenemos lo que queríamos- murmuro sonriente uno de ellos. -Ahora sí, vamos a cobrar bien y cumplir con el pedido - agregó el otro hombre. El llanto y la tristeza invadieron rápidamente los rostros de la joven familia. De lo alto de un viejo
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algarrobo, los jóvenes chilalos vieron cómo se llevaban a su padre a un lugar que ellos no conocían. Cuando la tarde empezaba a caer, poco a poco, los hombres fueron llevando las jaulas con una serie de aves en su interior, hasta el borde de una carretera a fin de esperar un camión que desplace la mercadería a la ciudad. -¿Qué van a hacer con nosotros?- preguntó un pequeño perico de color verde. -Nos llevan para vendernos a un lugar donde no hay árboles y que se llama ciudad- señaló un negrito. -Pero, cuando te vendan, vas a tener comida segura y sin tener que salir a buscarla- dijo la urraca en tono de conformidad. -Así, es amiga -dijo la chiroca -¿Qué vamos a hacer?, así habrá querido que sea nuestro destino sentenció la colorida ave. Todas las aves intercambiaban opiniones de una u otra manera, aceptando la nueva forma de vida que se iniciaba en ese momento. - ¿Y tú, chilalo, no dices nada? ¿Parece que te gusta tu nueva casa?manifestó en tono sarcástico el halcón. - Las aves hemos nacido para ser libres. Nuestro hábitat es el campo y no la vida entre barrotes - expresó el chilalo un tanto molesto. - ¿Y qué piensas hacer ahora, si ya perdimos?- dijo el halcón. - Vivir privado de tu libertad es como estar enterrado en vida y eso jamás lo voy a aceptar. Por eso nunca cantaré encerrado. Mi canto es un canto libre. Me gusta volar en libertad y jamás me verán en una jaulasentenció el chilalo en voz alta. Por un instante, el ave se quedó en un quieto silencio. Seguro que pensando en su fiel y amada Suni, en sus pequeños y adorados vástagos, en sus queridos padres. “¿Qué será su vida sin mi presencia?”. Cuando de pronto la pequeña ave comenzó a dar golpes con su cuerpo contra los barrotes de la jaula, una y otra vez como queriendo romperlos y levantar vuelo hacia los suyos, hacia el ancho y majestuoso bosque seco, hábitat que tanto amaba y del cual se sentía orgulloso de ser oriundo, pero del que no aceptaba ser desterrado de maneta violenta. Dejó de golpear y avanzó lentamente hasta el centro de la jaula, levanta su henchido pecho y pronuncia un aguerrido canto. - ¡Chilalalalaaaaaaaaaaaaaa…!
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Su cuerpo cae en seco sobre el piso de la jaula, quedando inmóvil. Las demás aves comentaban dentro de sus encierros. - ¡El chilalo ha muerto, el chilalo ha muerto! El cielo se teñía de rojo ante el ocaso del día y el anuncio de la noche se manifestabacon el chillido de los grillos y la luz intermitente de las primeras luciérnagas. Dos faros resplandecientes anuncian la llegada de un vehículo motorizado a través del camino. A los pocos minutos, el viejo camión apagaba su motor frente a la cotizada carga. -¡Apúrense que nos hacemos tarde! - dijo uno de ellos. -¡Mira, compadre, el chilalo se ha muerto!- manifestó el otro. -Sácalo de la jaula y tíralo por ahí. El cuerpo de la pequeña ave es extraído y cae entre unas hierbas. Los hombres presurosos levantaron con rapidez todas las jaulas; escuchándose luego el ruido del motor que daba marcha a ese viaje sin retorno de todos los animales atrapados. De pronto, el cuerpo del chilalo empezó a sacudirse, se puso de pie y alzó un esplendido vuelo de victoria. Iba en busca de los suyos para quedarse por siempre en su bosque que tanto amaba y pensando en voz alta: -Nunca jamás ¡Chilalalalaaaaa!
un
chilalo
cantará
en
jaula…
¡Nuncaaaaaaa!..
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Janett Elizabeth Palomino Villaseca (Chulucanas, 1970) Licenciada en Educación por la Universidad Nacional de Piura. Ha realizado estudios de Maestría en Educación con mención en Docencia y Gestión Educativa en la Universidad César Vallejo.
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El año 2011, obtuvo reconocimiento por la Municipalidad Provincial de Morropón Chulucanas como maestra distinguida, en el marco de la celebración por el Día del Maestro. Como gestora cultural ha organizado el I Concurso de Cuento de Salud Mental a través del “Colectivo por la Salud Mental Hna Margareth Whalsh”. Ha publicado artículos y relatos en la revista “Aires de mi Tierra” de Chulucanas y en medios electrónicos. Actualmente trabaja como docente en la I.E “Víctor Raúl Haya de la Torre” de Chulucanas.
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Chicles con sabor a yuca Bajo un sol de fuego, que caía como plomo derretido, Felipe hundía sus manos en el barro. Para moldearlo, había que traer agua desde la acequia que pasaba cerca. Sus dos pequeños hijos, a pocos metros de él, imitaban los movimientos con los que parecía darle vida al barro reseco. El más pequeño insistía en trabajar más, para ganar a su padre. “¡Apúrate María que mi apá ya nos va a ganar, ya mismito lo alcanzamos!”, mientras moldeaba el barro con sus pequeñas manitas, en cajitas de fósforo que había juntado desde hacía mucho tiempo, pidiendo a los vecinos, sin lograr juntar muchas porque en el caserío la gente no gastaba muchos fósforos. Acostumbran mantener las brasas encendidas y, si se les apaga, van donde la vecina, para pedirle un poco de brasa y volver a encender la fogata. Los niños iban amontonando los pequeños adobes a su lado. “Ya, ya, con paciencia, hermanito, que de todas maneras le ganamos ”.Don Felipe sonreía al escuchar las ocurrencias de los pequeños que muy animosos trabajaban haciendo sus pequeños adobes Ya habían transcurrido algunas horas desde que don Felipe llegara con el pequeño Beto y María, que era un año mayor, a aquel alejado lugar lleno de hoyos y pequeños agujeros, hechos por no se sabe quién, de donde se asomaban unas pequeñas criaturas alzando sus patitas delanteras, como llamando a los que se les acercaban. Algunos árboles con ramas secas los protegían del inclemente sol del verano. Sus rostros ya estaban rojos por el calor. Era un día de esos en que el sol calienta sin clemencia. El sudor corría por el rostro redondo de Beto que empezaba a impacientarse y a protestar: “¡Apá, la tripa grande ya está que correte ya a la más chica pa comérsela!”. “¡Sí, apá, yo tamién la escucho y las miyas resuenan más!” —decía María, mientras se sobaba la barriga. “Ya no se preocupen que no dimora su mama, aunque está retelejos la casa; ella, ya debe estar cerca”, los animaba su padre. Don Felipe se había propuesto terminar el encargo que le había hecho su compadre Chencho. Se acercaban las lluvias y tenía miedo de no poder terminar el trabajo, pues necesitaba el dinero que iba a recibir con la entrega. Era diciembre, todos corrían para terminar sus proyectos, era el mes de la Navidad, del nacimiento del Niño Dios, mes de los pequeños y grandes milagros y de la despedida del año viejo, mes en el que todos necesitaban dinero, para comprarse el mejor ajuar. Felipe necesitaba el dinero porque había prometido a sus hijos la bicicleta que tanto les gusta-
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ba y con la que soñaban dormidos o despiertos, una así como aquella que tenían los hijos de Fidencio, su cuñado. Además, su compadre, era el que le había encargado el trabajito, él, que siempre estaba dispuesto cuando necesitaba algo. El tiempo pasaba y Beto empezaba a desesperarse. Sus ojitos negro azabache empezaron a llenarse de lágrimas, su pequeña nariz destilaba mucosidad, sus grandes orejas enrojecían. ¿Quién sabe si a causa del sol o de pujar para no llorar? María, con su largo cabello, le secaba la carita y lo consolaba: “¡No llores, hermanito, ya mismo terminamos, vas a ver! ¡Apúrate pa ver quién gana! ¡Mira mi apá ya nos está ganando!”. “No quiero, tengo hambre, ¡Mi amá nada viene con la comida!” decía Beto mientras se sobaba su pequeña barriga. “¡Aahh ya sé, te voy a invitar unos chicles que tengo aquí en esta bolsita, están riquísimos, te van a gustar!” El pequeño dio un salto de alegría mientras se le dibujaba una sonrisa en los labios y se secaba el rostro con la manga de la camisa celeste que le había regalado don Chencho, su padrino de agua. “¿Chicles?” preguntó emocionado. María le mostró una bolsa transparente que dejaba ver unas bolitas de un color indefinible. “¡Esos no son chicles!” reclamó decepcionado. “Claro que sí, no seas zonzo… Prueba uno pa que veyas que tienen sabor a yuca” respondió María. Beto probó uno, y le arranchó desesperado la bolsa a su hermana. “¡Ya, muchacho de Dios, no te desesperes que hay muchos!” lo animaba María que en ese momento asumía su papel de hermana mayor y trataba de complacer a su pequeño hermano que desesperado comía aquellas pequeñas bolitas. “Mhmh están muy ricos, María, de verdad saben a yuca”. Ella quiso acabar con la broma, reírse, y decirle que todo era mentira que no eran chicles, sino bolitas de barro, pero llevada por el hambre y la ilusión infantil acabó por probarlos también y comenzó a comerlos uno a uno. “¡Sí, Beto, saben a yuca!”. Y reían y reían mientras comían los “chicles”. A unos cuantos metros, don Felipe observaba a sus hijos y balbuceaba: -¡Aah, muchachitos, ya se les pasó el hambre, ya están jugando nuevamente! ¡Y esta mujer bendita ¿a quiora vendrá?, ¿Qué se habrá olvidau que tiene hijos y marido aquí esperando con hambre”. Iba a continuar con su trabajo cuando vio que María, estaba encima de Beto jalándolo. Les dio un grito: “¡Muchachos de Dios no se peleyen, agorita voy pallá, ya saben!”. Pero los pequeños no lo escuchaban: María no dejaba de sacudir el cuerpecito de Beto. Al ver don Felipe que los pequeños seguían jaloneándose corrió para separarlos.
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“¡Muchachos parecen perro y gato peliándose! ¡Los niños no se peleyan y tovía si son hermanos de padre y madre, aaahhh que muchachos taitita Dios!”. Pero cuando fue a separarlos vio que el rostro de Beto estaba lleno de sangre. Lo limpia y empieza a reñir a María, “¡Mira lo que le has hecho a tu hermano! ¡Cómo le has sacado sangre de la nariz… en lugar de cuidarlo que es más chiquito!”. La pequeña al ver el rostro enfurecido de su padre lloraba diciéndole: “Lo estuve cuidando, hasta le di mis chicles con sabor a yuca”, “¡Tus chicles! ¿Y diónde has sacau chicles tú?”. “¡Los he teniu en mi bolsita apá y Beto ha comido muchos, aquí tovía tengo dos!”. Estaba hablando, cuando de pronto María sintió que el piso se hundía bajo ella y cayó en el barro temblando como una hoja suelta movida por el viento. En ese momento llegó doña Joba y al ver a sus hijos empezó a gritar: “¿Qué está pasando Felipe? ¿Por qué mi Beto está sangrando y la María se tiembla?”. “ No sé, mujer, yo sólo he visto que se estaban empuñando y he veniu pa separarlos, pero agarra a la María questá que tirita”. “¡Ay mi Dios, mis hijitos! ¿Qué les pasa?”. La desesperación los invadió y solo lloraban y gritaban sin atinar a nada. En eso llegaron los vecinos, atraídos por la bulla, al ver a los dos pequeños tirados, empezaron a santiguarlos. La comadre Teota, la más alharacosa, le jalaba los dedos de los pies a María, mientras decía: “¡Ay Taita Dios esto es la cosa mala, comadre Joba! ¡El demoniu se les ha metiu a estos churres!”. Doña Peto salió disparada como un perdigón de rifle, para traer agua bendita, y sacarle el mal a los pequeños. Mientras corría, prometía regalarle una falda bonita a María, si se sanaba y a Beto le regalaría el chivito que recién había parido su única cabra. Mientras tanto, Joba se lamentaba por no haber llegado antes. Trataba de reanimar a sus hijos que ya no temblaban más y apenas respiraban. En ese momento llegó el tío Fidencio todo agitado y sudoroso de tanto correr, pelando los ojos como borrego en alforja rota y dice: “¡Gua!, ¿que les pasó a los churres? Doña Peto me dijo que…”. Joba lo interrumpe y llorando trata de explicarle lo que sabía: “Aayy, hermano, los churres se han estado peliando, según lo que me cuenta Felipe. Dice que es que la María le ha estau dando chicles al Beto y ella también ha estau comiendo, que es que dice con sabor a yuca, ahí le han sobrado dos, míralos tú”. Fidencio, coge la bolsita mira las dos bolitas y dice: “Oye, Joba, ¿éstos son chicles en bolitas?”. Fidencio salió en busca de ayuda hacia la carretera, ahí encontró a Don Arístides llevando pasajeros a Chapica, el mismo que le dijo pronto regresaría, que lo espere.
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Él sabía que no debía perder tiempo, que sus sobrinos necesitaban ayuda urgente. Fue entonces que se acordó del maestro de la escuela y que sabía no le iba a fallar, corrió hacía allá, y casi gritando lo llamó: “¡Ayúdeme, profe, mis sobrinos se mueren!”. Y como era de esperar, el maestro Martín salió presuroso en busca de su moto, al mismo tiempo que preguntaba: “¿Qué pasó hombre? Pero sin darle tiempo a responder le dijo: “Mejor me cuentas en el camino” y a toda velocidad fue en busca de los pequeños. Cuando llegaron, ya doña Peto les estaba echando el agua bendita y rezándolos con albahaca, mientras les prometía que les regalaría lo que ellos quisieran si se ponían bien. Beto y María empezaron a temblar, de sus bocas salía espuma, tenían los ojos desorbitados y daban gritos como poseídos. Hasta Fidencio, que no creía, empezó a creer en la cosa mala, entonces recordó que de pequeños su madre les contaba aquellas historias de duendes. Miró a Joba y le dijo: “Hermana, ¿no será que los duendes se los quieren llevar a los churres?, porque decía mi amá que en tiempos de verano los duendes salen a danzar y a veces quieren danzar con los niños pequeños”. “¡Écheles más agua bendita, doña Peto!, porque ya es el mediodía, hora del Ángelus”en el que se recuerda el triunfo de Miguel Arcángel Regente, es el mejor momento para espantar a los duendes que quieren llevarse a mis sobrinos. Todos estaban tan asustados que creían ver a esos seres sobrenaturales en aquellas lagartijas que salían de sus hoyitos y levantaban sus patitas delanteras como llamando. Sin embargo, por más esfuerzos y oraciones que hacían, los pequeños no reaccionaban; entonces Fidencio, mirando al maestro, le dijo: “Hay que llevarlos al médico, parece que están intoxicados, así me puse yo cuando fumigué el arroz ¡che, casi me muero!”. Sin pérdida de tiempo, el maestro Martín, que hasta ese momento había estado mirando lo que los demás hacían, y Fidencio que empezaba a desesperarse, cargaron a Beto y a María y los acomodaron en la moto y los llevaron al hospital de la ciudad, donde losatenderían. Mientras estaban en el hospital, Fidencio,recordó que el año pasado, hubo una plaga de ratas y los pobladores habían usado venenos para exterminarlas. El veneno había quedado en la tierra, en el barro.En ese momento se dio cuenta de qué eran aquellos chicles con sabor a yuca. Solamente quedaba esperar un milagro de Navidad.
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AGRADECIMIENTO Esta publicación no habría sido posible sin el apoyo gentil y generoso de las personas e instituciones que, apostando por la cultura y educación de nuestra niñez, auspiciaron esta antología: Francisco Távara Córdova Luis Enrique Vidal Vidal Martín Nizama Valladolid Universidad Católica "Sedes Sapientae" Institución Educativa "San Francisco de Asís" Institución Educativa "Juan Gutenberg Diómedes Vilela Chávez Hebert Távara Córdova Paco Vílchez Alcalde de Villa Vicús: Juan López Atoche A todos ellos, nuestro agradecimiento poético e infinito.
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CRÉDITOS FOTOS DE LOS AUTORES 1. Foto de Raúl Estuardo Cornejo (Foto del autor). 2. Foto de Carlos E. León (Reynaldo Cruz Zapata). 3. Foto de Jorge Luis Arévalo Acha (Foto del autor). 4. Foto de José Enrique Briceño Berrú (Foto del autor) 5. Foto de Roquelín Ramírez Cueva (Reynaldo Cruz Zapata). 6. Foto de Luis Eduardo García (David Arce). 7. Foto de Abelardo Alzamora (Reynaldo Cruz Zapata). 8. Foto de José Lalupú (Ángel Hoyos Calderón). 9. Foto de David Arce Martino (Eva Lewitus). 10. Foto de César Elías Preciado (Reynaldo Cruz Zapata). 11. Foto de Guillermo Fernández (Reynaldo Cruz Zapata). 12. Foto de Gonzalo Vicente (Foto del autor). 13. Foto de Alfredo Alzamora Arévalo (Reynaldo Cruz Zapata). 14. Foto de Janett Palomino (Foto de la autora). 15. Foto de Anhelí Acha García (Reynaldo Cruz Zapata).
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FOTOS DE CHULUCANAS (12) Reynaldo Cruz Zapata 1. Barrio típico 2. Cerámica encantada 3. Churres robando mangos 4. Contrastes 5. Crepúsculo acariciando al Vicús 6. La amada y el amado: Yapatera y el cerro Puntudo 7. Mirada aguda 8. Mototaxis 9. Que el sol muera sobre el río 10. Un baño de sol 11. Un puente entre la tierra y el cielo 12. Un puente que dure para siempre FOTO DE PORTADA Ángel Hoyos calderón
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