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Relatos de miedo

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REFUGIO DEL ESCRITOR

BAÚL DE RELATOS RELATOS DE MIEDO


Sandy Torres

ď‚§ Para mis padres y mis tres hijos: lo merecen.


Primera edición en <<Refugio del Escritor>> 2016

Diseño: Refugio del Escritor

Ilustración: Refugio del Escritor

Reservados todos los derechos. El contenido de esta obra está protegida por la Ley, que establece penas de prisión y/o multas, además de las correspondientes indemnizaciones por daños y perjuicios, para quienes reprodujeren, plagiaren, distribuyeren o comunicaren públicamente, en todo o en parte, una obra literaria, artística o científica, o su transformación, interpretación o ejecución artística fijada en cualquier tipo de soporte o comunicada a través de cualquier medio, sin la preceptiva autorización.

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Indice


ASENSIO

Nunca penseé que esconder un cadaé ver fuera tan difíécil. Aquel tipo, el agresor, lo hizo con esfuerzo y a sangre fríéa. Asensio habíéa alquilado un apartamento rural, entre montanñ as, para evadirse de su estresado mundo cotidiano. Buscaba un lugar solitario en aquella eé poca del anñ o. Era el sitio maé s indicado. Los apartamentos estaban todos vacíéos, menos dos que fueron alquilados el mismo fin de semana. Asensio llegoé primero a eso de las seis y media de la tarde. Su equipaje consistíéa en una pequenñ a maleta en la que portaba varias camisetas baé sicas, un par de pantalones, ropa interior y un pijama de rayas negras sobre fondo blanco. Un bloc de notas, un libro, el deseo de descansar y disfrutar en soledad. Al entrar al apartamento soltoé la maleta tras cerrar la puerta. Buscoé el dormitorio y se tumboé encima de la cama. Una hora maé s tarde se metioé en una ducha y se vistioé con el pijama. Tomoé asiento en el sofaé . Abrioé el bloc de notas y escribioé : “Me parece increíéble. Puedo oíér el silencio de este lugar apartado del mundo…”


Despueé s de escribir unos paé rrafos cerroé el bloc y abrioé el libro. Leyoé un par de hojas y, sin darse cuenta, se quedoé dormido. Los gritos de una mujer, llenos de temores, le parecieron graznidos de un paé jaro en peligro, le despertaron. Sintioé un fuerte dolor en el cuello. Las voces llenas de rabia del agresor le devolvieron a la realidad. Recorrioé con los ojos la habitacioé n para recordar doé nde se encontraba y por queé estaba allíé. Se incorporoé , poco a poco, del sofaé . Caminoé hacia la ventana con pasos renqueantes. El sol se habíéa ido. Las voces llegaban desde el apartamento de enfrente. Los separaba un pequenñ o jardíén sembrado de ceé sped, aé rboles y el seto de canñ as. Al ver a la pareja, al otro lado de la ventana, que discutíéa, se preguntoé por queé compartíéan la vida si no podíéan estar juntos, ni callados. La mujer, una cincuenta anñ era, gritaba con voz de pito. Sus pequenñ os ojos oscuros y enrojecidos casi no se distinguíéan entre el líéo de pelos sueltos que tapaban parte de su rostro enfurecido. El resto de pelo lo teníéa recogido en una cola, por un lazo, sobre la nuca. Asensio no reconocioé el idioma, no sabríéa reproducir ni una de sus palabras. La discusioé n se empezoé a calentar hasta terminar ardiendo. Llegaron a las manos con empujones, punñ etazos, golpes. Mientras ellos discutíéan Asensio observaba la luna creciente del cielo raso. Era un fino hilo curvo, blanco y brillante, acabado en dos picos puntiagudos. El viento fuerte arremolinaba las hojas del suelo junto al seto de canñ as. Los aé rboles mecíéan sus ramas.


La ventana completamente abierta. La luz de aquella casa proyectada al exterior daba una extranñ a sensacioé n de misterio. Ni el agresor ni la víéctima se percataron de que el apartamento de enfrente estaba habitado. Allíé se encontraba Asensio, mirando desde su escondite, agazapado en la oscuridad del saloé n. Desde donde se encontraba pudo verlos con claridad. La victima empujoé al agresor propinaé ndole un tortazo en la cara. Despueé s le dio otro empujoé n con intencioé n de alejarlo de su lado. El agresor se alejoé . Pero volvioé con un palo. El primer porrazo fue en seco en el lado izquierdo. Le partioé el craé neo desde la sien. La víéctima se desplomoé de golpe. Despueé s, el tipo descargoé su rabia, con sanñ a, golpeaé ndole una otra vez hasta que se quedoé quieto. De pie, con el palo ensangrentado en la mano, delante del bulto que yacíéa en el suelo. Presencioé la escena maé s horrible que nunca creyoé ver. Aquello le encogioé el corazoé n y las tripas sin que le diera tiempo de impedirlo. Temioé acostumbrarse a tanta agresiva crueldad. La presencia de tanta sangre le mareaba. Le habíéa reventado la cabeza. Las horas transitaron lentas. El agresor paseoé nervoso por el saloé n. Salioé al jardíén, se echoé las manos a la cabeza mientras negaba mirando al cielo. Volvioé a la casa, se sentoé en una silla y hundioé la cabeza entre los hombros. Al final, apagoé la luz y salioé a la calle por la puerta. Todo quedoé en tinieblas.


Asensio dio tres pasos hacia atraé s ocultaé ndose maé s entre su oscuridad. Se asomaba a la mirilla de la puerta por si acaso. ¿Y si le daba, a aquel tipo, por asegurarse de que no habíéa testigos? Estaba pendiente del ruido de pasos que creíéa oíér en la calle acercaé ndose. Imaginoé que le golpeaban llamando a la puerta. Vagoé por el pequenñ o saloé n durante toda la noche a la espera de poder despertar de aquella pesadilla. Le resultaba todo tan extranñ o. Le costaba creer que fuese real. Se encontraba en una comprometida situacioé n. Le iba a parecer mentira si conseguíéa salir ileso. Si por algué n motivo descubre su presencia estaba perdido. El tipo volvioé a las dos horas. Al abrir la puerta llevaba consigo una pesada bolsa de deporte de color negro. Con esfuerzo la dejoé sobre la mesa. De ella sacoé las herramientas con las que realizoé su trabajo. Cuchillo, hacha…, y una maé quina antigua de picar carne. El tipo enarbolaba el hacha con ambas manos. Lamentoé no poder hacer nada para evitar aquel crimen. La noche transcurrioé silenciosa, amenazadora. Asensio no podíéa perder de vista al descuartizador. Cada movimiento de aquel tipo hacíéa que abriera los ojos como platos. Pudo contemplar con angustia los golpes contra la victima partiendo los huesos y la carne. Le provocaron asco y arcadas. Le empezaron, otra vez, los fuertes dolores y retorcijones de barriga. Cuando miroé el reloj eran las siete y veinte de la manñ ana. Habíéa pasado la noche con el cuerpo y los mué sculos apretados.


Al salir el sol, Asensio se encontraba agotado, reventado. Le resultaba extranñ o no oíér nada, ni gritos, ni golpes. Volvioé a mirar hacia la ventana donde se reflejaba aquel tipo corpulento de un metro setenta y ojos saltones. Con grandes entradas en la frente. Pronunciada nariz y barba rasurada. Miroé hacia adentro, lejos, detraé s de aquel tipo. Creyoé reconocerle. Despueé s miroé sus manos y ropa ensangrentada. Sin deshacer la maleta se marchoé de allíé con el mal regusto que deja el olor acre de la maldad.

Este tipo de víéctimas no estaé n protegidas por las leyes. Desaparecen y nadie se preocupa. Es raro que pregunten por ellas. Ni los agresores son sometidos a cuidados especiales para reconducir su conducta. Sandy Torres


LA MANSIÓN

—Una nueva noche en vela, me temo. —Eso creo. Pero, no te preocupes, pronto volveremos a descansar como hacíéamos antes. Natalia y Catalina observaban desde la ventana de la habitacioé n de su nuevo hogar el jardíén abandonado que habíéa en la parte de atraé s de la mansioé n. Esperaban ver coé mo el sol se iba y la noche aparecíéa. Era entonces cuando la piscina se iluminaba como por arte de magia. Aquel lugar cobraba vida. Catalina, la mayor de las dos hermanas, se preguntaba si de verdad existíéa otra dimensioé n paralela a la vida real. Como afirmaba su padre. Siete díéas antes…


Fernando Gil se fundioé en un fuerte abrazo, entre sollozos y laé grimas, con sus dos hijas. Natalia de cinco anñ os y Cristina de catorce recieé n cumplidos. Hijas de su ué ltimo matrimonio. Lloraban desconsoladas la peé rdida de su madre. Catalina recordaba la imagen del ataué d rodeado de coronas y flores. Estaba cerrado, con su madre dentro, dormida. — ¿Papaé , es cierto que volveremos a ver a mamaé ? –Preguntoé la pequenñ a. —Síé, carinñ o. Compraremos las mejores flores para mamaé , las pondremos en la jardinera del panteoé n. Ahora debemos partir. Viviremos en la mansioé n de míé familia. Es mi reino junto al mar. Vivireé is como mis princesitas. Seé que os gustaraé . Lo prometo. Fernando Gil Sabaco abandonoé su profesioé n de meé dico para dedicarse a otros proyectos. Pasaba largos periodos de tiempo sumergido en el soé tano de la mansioé n. Llevaba a cabo su extranñ a investigacioé n. Habíéa invertido mucho dinero en la obra de rehabilitacioé n de aquella enorme casa. Aué n quedaba mucho por arreglar. Su difunta esposa, Claudia, no soportaba la idea de ir a vivir allíé. La obra del jardíén se detuvo hasta nueva orden. Una nube se habíéa instalado sobre aquel pueblo. Con cada rayo que caíéa, causado por la tormenta eleé ctrica, el lugar se tornaba terroríéfico.


Las ninñ as, pasaban el díéa correteando por los pasillos explorando, a veces el exterior, y, el interior del edificio. Desde la ventana de su dormitorio podíéan ver un tobogaé n oxidado. Tambieén habíéa un columpio de madera carcomido. El cobertizo, sin puertas ni techo. La piscina estaba sucia, vacíéa y abandonada. Llena de bichos, ramas y hojas secas. La lluvia torrencial no cesaba. En el fondo de la piscina se acumulaba el agua de la lluvia creando fango color verdoso oscuro. Las paredes desconchadas y la pintura resquebrada. El jardíén teníéa las tapias desmoronadas. La hierba no dejaba un hueco de tierra a la vista. Fernando Gil Sabaco contratoé a Tatiana para cuidar de las ninñ as. Aquella tarde, la chica se mudoé a la casa sin pensarlo dos veces. Enfermoé de pronto. Se sentíéa cansada. Las oscuras ojeras entristecieron su rostro. Pasaba el díéa con los ojos empanñ ados por una extranñ a neblina que no se iba ni lavaé ndose con suero. Empezoé a olvidar todo lo hacíéa durante el díéa. Un díéa, medio dormida, confesoé a Catalina que sentíéa una extranñ a sensacioé n, una premonicioé n, quizaé . Algo le asustaba. Pero no teníéa claro queé cosa era. Le extranñ o mucho que, antes, recordara sus suenñ os, los que solíéa tener mientras dormíéa, pero ahora no reteníéa ni media imagen. Durante su primera noche, Tatiana se levantoé de la cama, sonaé mbula. Recorrioé los pasillos de la mansioé n hasta llegar a la cocina, salioé al jardíén. Natalia y Catalina se encontraban despiertas, como siempre. Les gustaba ver coé mo el maé s pequenñ o de los ninñ os saltaba al centro de la piscina desde el trampolíén. Atoé nitas contemplaron coé mo su ninñ era entraba a formar parte del grupo de personas que allíé disfrutaban del agua. El fríéo empanñ aba los cristales de la ventana y Catalina se apresuroé a limpiarlos con un panñ uelo de papel.


Vieron coé mo Tatiana, al entrar en contacto con la zona fantasma de la piscina, de repente aparecíéa en traje de banñ o y se zambullíéa en la piscina. Jugaba con una pelota que lanzaba a uno de los dos ninñ os que parecíéa saber quieé nes eran. Mientras ellos se divertíéan, la mujer les miraba, les saludaba con la mano y sonreíéa. La piscina, ahora llena de agua, cristalina, teníéa dos trampolines. La escalera brillaba con los reflejos del sol. Milagrosamente todo relucíéa como si fuera un díéa cualquiera de verano. Las cuatro de la tarde en agosto, quizaé . Visto desde el jardíén, la sombra de los arboles parecíéa apetecible. Los viejos columpios estaban nuevos, casi recieé n estrenados. Junto al cobertizo habíéa una mesa redonda de forja. Una de las dos sillas la ocupaba la mujer que lleva puesto un sombreo muy grande. El vestido blanco, largo, era antiguo para la eé poca actual. Catalina se quedoé mirando a aquella mujer. Su cara le resultaba familiar, la habíéa visto en otro lugar. No recordaba donde. Hasta que de repente la imagen llegoé a su cabeza y exclamoé . ¡El cuadro de la biblioteca! Levantoé la mano y se tapoé la boca. Estuvo a punto de gritar muy fuerte. —¿Por queé es verano en el jardíén si en realidad es de noche? -Preguntoé Natalia en un estado de asombro que se resistíéa a desaparecer-. Deberíéamos contarle a papa eso que vemos cada noche. Le diremos lo que hace Tatiana en el jardíén. —No, Natalia, papaé no nos creeraé . Diríéa que estamos locas. Parece que estaé n atrapados en un eterno verano. –Pensoé en voz alta, fascinada. —¿En queé anñ o dices que estaé n? —Alrededor de trescientos anñ os atraé s.


Natalia no dejaba de hacer preguntas. Las respuestas que su hermana contestaba era sobre lo poco que sabíéa y gracias a las pistas que iba acumulando en su limitada memoria. Poco a poco se formoé una idea de lo que tramaba su padre. Habíéa visto el cuadro que estaba apoyado en una de las paredes de la biblioteca. Cubierto con una manta que lo protegíéa del polvo. En eé l aparecíéa la mujer, que cada noche recobraba vida en el jardíén, junto con los dos ninñ os y un hombre. Vio la fecha que el pintor dejoé en el retrato el díéa que acaboé su obra, agosto de 1759. Fernando Gil Sabaco era meé dico. Carrera que llevoé a cabo por imposicioé n de su padre, Fernando Gil Mentora, un hombre obsesionado con hallar el secreto de la inmortalidad humana. Fernando Gil hijo, a dos pasos de conseguirlo gracias a la investigacioé n anterior de su padre, desarrolloé la forma de retener las almas de las personas en la tierra. Descubrioé el secreto de la vida eterna, pero en forma fantasmagoé rica. De repente oyeron los pasos del padre. Se acercaba por el pasillo. Al abrir la puerta disimularon estar dormidas. Metidas en la cama, tapadas. Natalia levantoé la vista sin mover la cabeza, vio la silueta de su padre que las miraba sin decir nada. Las observaba. Estaba como ausente. Aquella manñ ana desayunaron en silencio. Ambas se dirigíéan miradas de complicidad, mientras, Tatiana, medio dormida, les preparaba las tostadas de mantequilla. Fernando Gil las observaba pensativo mientras daba pequenñ os sorbos al cafeé . Quiso decir algo pero guardoé silencio. Dudoé unos minutos. Luego, preguntoé a las ninñ as por los deberes. —Antes de jugar acabareis los deberes. –Ordenoé muy serio. —Si papaé –respondieron a la vez.


La biblioteca estaba llena de estanteríéas cargadas de libros antiguos. Tanto como para que las dos hermanas, juntas, no leeraé n en su vida. Allíé seguíéa el cuadro. Catalina mostroé a su hermana su hallazgo. —Ayer descubríé algo raro en este cuadro. Paseé la palma de mi mano sobre eé l y se ensucioé de pintura. Alguien pintoé sobre eé l intentando ocultar algo. Mira. Catalina volvioé a pasar la mano con suavidad por el mismo sitio. Ambas vieron que se habíéa llevado parte de la nueva pintura impregnada en ella. — Oh, ahíé hay algo! ¡Mira, unos zapatos de hombre! ¿Queé tal si quitas la pintura de ahíé arriba? Natalia senñ aloé el tronco del aé rbol que habíéa al lado de la mujer, justo cuando oyeron los pasos de alguien que se acercaba por el pasillo con direccioé n a la biblioteca. Natalia y Catalina corrieron a la mesa. —¡Hola papaé ! –gritoé Natalia bastante nerviosa. Su hermana habíéa conseguido asustarla-, ya hemos terminado los deberes ¿podemos salir ya al jardíén de la parte de atraé s de la casa a jugar? –Preguntoé asíé, todo seguido. Fernando Gil caminoé hacia la ventana que daba al jardíén. Fijoé la mirada en el columpio vacíéo. Todo estaba tranquilo. Nada se movíéa, como otras veces. —Teneéis mi permiso para jugar ahíé fuera. Pero volvereé is a casa antes de que se haga de noche. Catalina miraba a su hermana con la frente fruncida y ojos tristes a punto de llorar. —¿Que ocurre Catalina? —Nada papaé , en seguida salimos. Fernando volvioé al soé tano.


—Ven, quiero ensenñ arte algo, vamos –dijo Catalina dirigieéndose a la pequenñ a. Tendioé la mano hacia su hermana. Natalia caminaba despacio. Casi frenaba sus pasos para no llegar. En el centro del cuadro estaé n ellos. La mujer de la piscina. A su lado un hombre. A ambos lados estaban los ninñ os que Tatiana cuidaba en un estado de inconsciencia. El fino dedito de Catalina senñ aloé el rostro sonriente del hombre. —¡Es papaé ! –gritoé asustada. Catalina tapoé la boca de la pequenñ a con su mano temblorosa. —Ssshhh, calla, te puede oíér. —¿Ese hombre es papa? –Preguntoé . —Síé, es papa. Pero eél no debe saber que le hemos descubierto ¿Verdad? Jué ralo por… bah, mejor no. ¡Tué Jué ralo y ya estaé ! Catalina ahora sabe de queé habla su padre cuando les sugiere hacer un viaje inolvidable o imborrable. —¡Natalia, tenemos que escapar de aquíé!, volveremos a casa. —¿Coé mo lo haremos? ¿Quieén nos cuidaraé ?

Sandy Torres


La noche del trece

REFUGIO DEL ESCRITOR

La noche del trece de febrero, sobre las diez y media me dirigía de vuelta a casa tras pasar la tarde en un pueblecito de la montaña con un amigo especial para celebrar el día de los enamorados. Viajaba sola por una zona con muchas curvas, no me crucé con ningún coche hasta que llegué a la cumbre más oscura y alta del camino. De repente apareció ante mí un banco de niebla muy espeso. Reduje la velocidad a veinte por hora. Con la vista puesta en la línea blanca del arcén, en la carretera, vi algo extraño. Frené del susto. El motor se detuvo. En mitad de la calzada apareció una gran serpiente con el cuerpo enrollado y la cabeza levantada. Muy a lo lejos se veían los faros de un coche circulando despacio. La espesa niebla cubría los alrededores, apenas me permitía ver. Sentí angustia. Un escalofrío recorrió mi cuerpo. Intenté arrancar de nuevo el motor pero no hubo suerte. La humedad de mi respiración acelerada empañó los cristales. Apenas veía la tenue luz de la luna llena que casi brillaba en el cielo. A mi derecha vi un bulto que se movía, iba hacia donde se encontraba la serpiente. Salí del coche sin pensar en otra cosa que avisar al caminante. Pero el bulto desapareció. Al posar los pies en el suelo noté que había pisado algo duro. Miré y vi que se trataba de una cabra montesa que yacía sin vida con las vísceras esparcidas. La habían asesinado y muerto desangrada. El coche de los faros ya se nos había echado encima. Alcé la mano, quise pararle. El conductor me miró a la cara durante el trayecto. En silencio. Su rostro grisáceo desprendía un halo de misterio. Me sorprendió su mirada enigmática, perdida, ausente. No se detuvo. Desapareció en la distancia que marchaba su lenta velocidad.


.

El frío helaba mi cuerpo. Comencé a tiritar. Volví al coche. Cerré la puerta. Al girar la llave, esta vez con más suerte, arrancó. Encendí la calefacción y las luces. No recordaba en qué momento las había apagado. Últimamente olvidaba cosas de verdadera importancia. Con mi mano busqué la chaqueta que guardaba en el asiento de atrás. En mis dedos se enredaron las tirantas de mi sujetador. Sorprendida me pregunté cómo había llegado hasta allí. Miré mi pecho. Como por arte de magia aparecí en medio de aquella carretera completamente desnuda. En aquella zona no había cobertura para llamar a nadie. Emprendí la marcha atenta a la línea del arcén con dirección al pueblo más cercano, a unos veinte kilómetros. Pero nada más empezar a andar la niebla se disipó. Y se desató una terrible tormenta cargada de truenos y relámpagos que me obligaron a detener el coche, otra vez. En medio del aguacero apareció un segundo automóvil que detuvo su marcha a la altura del mío. Apagó las luces. Un hombre salió. De repente comencé a notar que mis manos resbalaban del volante. Algo viscoso, blanquecino, las cubría. El hombre se acercó a la ventanilla. Con el pelo mojado le tapaba la cara, no le veía. Sin que se escuchase el sonido del motor su coche reanudó la marcha. Entonces observe que no había nadie en el asiento del conductor. Estaba andando solo. Entonces aparecieron los gemidos. La fuerte lluvia golpeaba el parabrisas y el techo del coche. Cuando empecé a oír los jadeos y frases incoherentes que no terminaba de entender pisé el acelerador a fondo. Me pasé tres pueblos sin parar, sin cerrar los ojos. No recuerdo si respiraba o no. Estaba segura de que aquel lugar lo había poseído algún espectro maligno. Me alejé de aquella zona de curvas, perseguida por voces macabras que me decían: ¡no corras, no corras, frena! Parecía un alma en pena. Parecía tan aterrado. Y yo también. —No me hagas nada, por favor –rogué a quien quiera que fuese- en ese momento el coche se quedó sin gasolina, se detuvo y pude oír su voz potente y clara: ¿Que no te haga nada, cabrona? ¡Sácame del maletero sin vergüenza! Sandy Torres


HALLOWEEN

Sandy Torres

La primera vez que visité el cementerio de mi pueblo yo contaba solo diez años recién cumplidos. No he podido olvidar la impresión que me llevé de aquel lugar. Por culpa de las tormentas que caían en aquellos años, muchas fosas abiertas mostraban sus cajas mohosas. Los tabiques de los nichos más viejos, agrietados. Se les desprendió el yeso y los ladrillos rotos. Lápidas hechas añicos en el suelo. Se podían ver ataúdes negros aún cerrados. Mi impresión me llevó a desarrollar el típico pánico a morir. Fobia a los lugares cerrados, oscuros y poco ventilados. Lo que peor llevo es no oír ruido del exterior en caso de encontrarme dentro de uno. Y, si lo oigo, que sea a través de una caja de madera cerrada y desde dentro de un nicho. En aquel tiempo empecé a escuchar historias de personas que eran enterradas vivas por culpa de la ¿catalepsia? No dejaba de imaginar cómo podía vivir un muerto dentro del ataúd. La noche de Halloween nadie oyó nada. Solo yo puede escuchar el lamento. Para la fiesta de todos Los Santos la gente se disfraza de muerto. Pobres infelices no saben lo que es estarlo de verdad.


El reto de entrar en el cementerio la noche de todos Los Santos fue idea de mi amigo Juan. Quería asustar a su hermano pequeño. “Seremos tres” dijo, contando conmigo, sin esperar mi respuesta. Quise enfrentarme al miedo y acepté la invitación. Hay costumbre de adornar las lápidas con flores vivas. El cementerio se ilumina con una luz terrestre de corta distancia. Si miras al cielo desde el interior, allí arriba se ve negro. Eran las tres de la madrugada. El viento del norte frío, cortaba la cara. Movía las hojas de los árboles y soplaba la llama de las velas encendidas. El sepulturero de guardia estaba en la capilla. Encendió la estufa. Y liado con una manta se quedó dormido. De puntillas nos adentramos por la calle principal. Juan pensó que era demasiado ancha y no daba miedo. Giró en el primer cruce hacia la izquierda, luego hacia la derecha. Su idea era llegar al fondo, a la zona vieja. Sentarnos en el suelo y esperar a que nos saliera un fantasma. —Seguidme, por aquí. –Susurró en voz muy baja. Decidí dejar a Juan ir por delante y caminar al lado de Jesús. Juan no perdió la imbecilidad que lo caracterizaba.


REFUGIO DEL ESCRITOR

Era el cabecilla, el más chulo de la pandilla. Se pasaba la vida metiendo miedo en el cuerpo a todo el mundo. Su abuela murió de un susto. Eso dijo el médico nada más ver el rictus de tristeza y la macabra expresión de terror. —Evitad sentaros sobre una tumba. –Bromeó Juan. Él se sentó primero yo lo seguí: me senté frente a él y, a mi derecha, lo hizo su hermano Jesús. Nos mantuvimos en silencio. Yo no podía cerrar los ojos. Nos mirábamos entre nosotros y mirábamos a nuestro alrededor. —Miguel, aquí no se oye nada –susurró Jesús venciendo su cuerpo hacia adelante y girando la cabeza a un lado. Fue cierto hasta que nos acostumbramos al silencio. Empecé a pensar en los esqueletos enterrados desde hace casi dos siglos. Los más recientes, estaban en fase de putrefacción. Olía fatal. Sin querer hice un gesto de apartar la peste de mi nariz y rocé a Jesús. Él, saltó hacia atrás sacudiendo su mano como si lo hubiera mordido algo. Me llevé el dedo índice a los labios y le hice callar.


REFUGIO DEL ESCRITOR

— ¡Ssshhh!

Jesús ahogó el grito. Noté una extraña energía a mi espalda. Me giré de forma brusca. Una sombra se ocultó tras un árbol. ¿Habéis visto moverse la sombra? Pregunté algo asustado. Nos levantamos de un salto y corrimos por el pasillo. Chocamos con cubos de basura. Evitamos las escaleras metálicas que la gente utiliza para los nichos más altos. A los troncos de los pinos los temía más que a un esqueleto. Dejé de oír los pasos de Jesús, ya no me seguía. Temí lo peor, giré mi cabeza sin dejar de correr para ver dónde se encontraba. Había desaparecido. “Esperadme” gimió aterrado. Al volver la vista adelante Juan no estaba. Miré los nichos. Las flores. Velas. Fotos de los fallecidos. Sin dejar de correr sentí cómo mi cuerpo se volvió pesado. Mis piernas temblaron. Me costaba respirar. Un fuerte dolor de garganta me detuvo en seco. Apoyé mis manos en mis rodillas para recuperar fuerzas. Pensé que debía volver a buscar a Jesús. No quería abandonarlo allí.


REFUGIO DEL ESCRITOR

Superar el miedo, superar, superar el miedo que paraliza mi cuerpo. Me repetí como mantra. Una fuerza invisible me empujó, quise huir, salvarme. Maldije a Juan. Fui un imbécil aceptando su reto. Un silencio sepulcral me rodeó. No había más luz que las velas de cera caliente hirviendo en el tubo de plástico rojo. Mi mente dibujó pasillos con paredes de cristal, trasparentes. Estanterías de cristal llenas de cajas de cristal. Esqueletos tumbados esperando nada. Pensé volver atrás. Di la vuelta. Deshice el camino corriendo en dirección contraria. Encontré a Jesús sentado en el suelo con la espalda pegada a un tronco, la cabeza entre sus rodillas. La voz de mujer susurró a mi oído desde mi espalda “Miguel, sácalo de aquí o morirá de miedo” Con el estómago encogido, el corazón a punto de estallar y el temblor en todo el cuerpo me restaba fuerzas. Pensé que me iba a marear. Sin mirar atrás, tiré de Jesús hacia arriba. Lo levanté. No se me iba de la cabeza la voz de aquella mujer ¿Quién pudo ser? Llegamos a un cruce de calles. De reojo me pareció ver la puerta de hierro abierta. “ —Por fin una salida, pensé aliviado. avisando a Jesús frené en seco, miré el rostro pajizo de Jesús, los ojos ensangrentados. Las ojeras ennegrecidas. El temblor de su cuerpo me asustó. Lo abracé. Me rogó, llorando de miedo, que no dijera nada a su hermano. —No te preocupes. Yo volvería a entrar para sacarte. 

Sandy Torres


ยกHola! Autorretrato


La vida es sorprendente y me dejo impresionar.

Nací en Andalucía, España. Disfruto de la soledad mientras pienso, sé que pienso poco o nada. Vivo rodeada de mucha gente pero se me antojan pocos. Me gusta ser buena amiga hasta que me enfadan. Pero es raro encontrarme ofuscada. El que quiere dañarme sale magullado, igual que yo. Mi vida va siempre hacia delante. El pasado sentimental no me interesa. Aprecio y respeto la vida de los demás tanto como la mía. Odio los obstáculos inventados por individuos engañosos. Pienso que el sufrimiento en vano es la pérdida de tiempo más absurda que tiene la vida. Admiro a las personas inteligentes y sin maldad. Soy entusiasta, ridícula, animadora. Cien por cien, aprendiz. Desconfiada hasta el agotamiento. Pero fácil de engañar. Influyo en la gente, pero no lo hago de forma descarada. Mi imaginación vuela en un sinfín de aventuras, sueños y fantasías. Todas se van haciendo realidad y eso me encanta.

Escribir es hablar desde el alma. Es un mundo fantástico que sin dejar de ser invisible todos sabemos dónde se encuentra. Tú lo visitas a diario, incluso, mientras duermes. Mis escritos no tienen nada de autobiográficos. Son descripciones e historias inventadas con pinceladas de realidades y fantasía. El día que escriba mi autobiografía avisaré con un título que me gusta, lo llamaré “Mi autobiografía” Mi firma son empinadas montañas que se elevan y bajan por los senderos sembrados de ilusión. Mi primer apellido empieza por la T. Sonrío y me río con facilidad, a veces, en compañía, cuando se presenta la ocasión, otras veces, sola, si me miro el dedo gordo del pie. Es redondo y bonito. Dejo para otra vida lo que no quiero hacer en esta. De niña escalaba los árboles. Caía de la bicicleta y me levantaba con las rodillas ensangrentadas. El sabor de las lágrimas desata los nudos de la tristeza que anidan en la garganta y pecho. Pero puede ahogar. Por eso lloro lo justo.

Mi manjar preferido son los higos, las aceitunas, las uvas y la carne de membrillo. Esto me recuerda que en una ocasión me estafó un perito con este apellido “membrilla” se lo cambié por membrillo. Soy la responsable de mi educación, la he ido forjando a mi manera, y de esto estoy muy orgullosa.


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