SUPLEMENTO CULTURAL
NO. 728 / 17 DE AGOSTO DE 2026 / AÑO 16
DIR. JÁNEA ESTRADA LAZARÍN
Diego Rivera, El Arquitecto (Jesús T. Acevedo), 1915. Óleo / tela, Museo de Arte Carrillo Gil, CDMX.
Jesús T. Acevedo fue parte de la ruptura mexicana que, en vez de pensar sólo en el progreso occidental mirando al futuro, con base en la ciencia y en la técnica, propuso que el arte y la arquitectura del porvenir no se fincarse sólo en las vigas de hierro y los bloques de concreto, sino en el pasado, en especial, el colonial, para, por lo tanto, incluir la idea del renacer artístico mexicano. Así, Acevedo no se entrega a pesimismos en torno a nuestro futuro, pues como él mismo lo afirma: “yo no vengo sino a exponer mis esperanzas en favor de la arquitectura nacional, que llegará a ser un hecho si lo queremos ardientemente”. [“Jesús T. Acevedo, ateneísta y arquitecto de lo mexicano”, por Marcos Daniel Aguilar, en esta edición]
La Gualdra No. 728
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Editorial
LA GUALDRA NO. 728 /// 17 DE AGOSTO DE 2026 /// AÑO 16
Si la muerte tiene el sabor ceniciento de estos días tapiados donde las redes estrechan su tejido, si aún entonces persisten los engaños, ¿quién señalará el camino que lleva hacia esos días cuando la vida cantó y nos aleteó por dentro como el vibrar de una flecha recién clavada en el blanco? [ Vicente Quirarte Razones del samurai (1978-1999), UNAM, 2000, p. 129]
Contenido 3 La ciudad como geografía de la memoria [Vicente Quirarte y la biografía literaria de la Ciudad de México] Por Miguel Cansino Assens
4 5 Jesús T. Acevedo, ateneísta y arquitecto de lo mexicano Por Marcos Daniel Aguilar
6 Feliz cumpleaños, Escribano Por Daniel Wence Partida y David Sánchez Ruano
La noticia de que el Dr. Vicente Quirarte falleció nos cimbró el pasado 11 de agosto; tenía 72 años -cumplidos el 19 de julio- cuando partió de este mundo, pero ese día comenzó también un estar aquí, a través de su obra, de una forma distinta. La relación que tuvo con Zacatecas fue primordialmente debido a su admiración por la obra de otro gran poeta, Ramón López Velarde, y al trabajo de investigación realizado sobre el jerezano. En 2013, contó que “Su inicio en el mundo de las letras se dio en la preparatoria, motivada por dos premios, ya que en 1971, cuando estaba en segundo año, se cumplieron 50 años de la muerte de Ramón López Velarde y de la publicación de La Suave Patria y la preparatoria organizó un concurso de poesía que el escritor ganó”;1 dos años antes, en 2011, recibió en Jerez, Zacatecas, el Premio Iberoamericano Ramón López Velarde y todavía en fecha recientes escribió un artículo en La Jornada Morelos sobre el conflicto suscitado con la Casa del Poeta en la CDMX, en donde decía: “Para fortuna suya y la de sus lectores, la concreción de su existencia es más cautivadora que la fantasía. La ma-
teria palpable de una vida que conoció los secretos de la alquimia más refinada bastan para sentirlo vivo entre nosotros”,2 frase que hoy podemos aplicar también para él. Decía al principio que Vicente Quirarte tiene ahora un estar aquí distinto, pues su memoria prevalecerá indudablemente a través de todo lo que realizó en vida; en mayo de este año se presentó el Portal Vicente Quirarte en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, en el que se pueden consultar y descargar su libros de poesía, narrativa, cuento, teatro, ensayos y crónicas; el portal reúne también en un archivo audiovisual entrevistas y conferencias; y una sección de estudios críticos sobre su obra, así como su biografía y una galería de imágenes.3 Desde Zacatecas, enviamos nuestras condolencias a sus familiares y amigos, muy especialmente a Helena González. Que en paz descanse don Vicente Quirarte.
7 La fábula en el periodo del Virreinato Por Nancy Erika Acuña Aguayo
8 Lo pasado no es un sueño Por Daniel Téllez
Jánea Estrada Lazarín lagualdra@hotmail.com
https://www.gob.mx/cultura/prensa/vicente-quirarte-un-escritor-del-amor-las-obsesiones-las-letras-y-la-historia https://www.lajornadamorelos.mx/plaza/la-batalla-por-la-casa-ramon-lopez-velarde/ 3 Portal Vicente Quirarte: https://cervantesvirtual.com/portales/vicente_quirarte/ 1
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Directorio
Carmen Lira Saade Dir. General Raymundo Cárdenas Vargas Dir. La Jornada de Zacatecas direccion.zac@infodem.com.mx
Jánea Estrada Lazarín Dir. La Gualdra lagualdra@hotmail.com Sandra Andrade Diseño Editorial
La Gualdra es una coproducción de Jánea Estrada Lazarín y La Jornada Zacatecas. Publicación semanal, distribuída e impresa por Información para la Democracia S.A. de C.V. Prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta publicación, por cualquier medio sin permiso de los editores.
Juan Carlos Villegas Ilustraciones jvampiro71@hotmail.com
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La ciudad como geografía de la memoria [Vicente Quirarte y la biografía literaria de la Ciudad de México] 6 Por Miguel Cansino Assens
gunda mitad del siglo XIX. La travesía inicia con la evocación de Francisco “el Memorioso” y se interna por esa crónica concebida como litografía y laboratorio social, donde la urbe se analiza como una de las bellas artes para abrir y cerrar un ciclo histórico. El itinerario cobra un dinamismo épico en el apartado dedicado a la musa militante: una ciudad convulsa de casacas y sotanas, habitada por hombres de palabra empeñados en la utopía imperial y la guerrilla de la pluma, cuya tensión desemboca en el triunfo definitivo de la chinaca y la guerra de Reforma. Es en la sección consagrada al testamento de la ciudad romántica donde la prosa alcanza su temperatura más alta, ese fuego primordial de la gloria donde convergen las razones
del corazón, la lección de anatomía, el arcángel vestido de harapos y la Belle Dame sans merci. Ahí, el romanticismo mexicano deja de ser una simple escuela literaria para transformarse en una postura vital frente al dolor, la belleza y la muerte. De ahí, el estudio da el salto hacia los pintores de la vida moderna, clausurando el siglo XIX con una sensibilidad distinta. Son los capítulos que abordan la musa callejera: al frente, Guillermo Prieto —con una de las páginas biográficas más memorables logradas por Quirarte—, para continuar la trama inacabable de los misterios de Manuel Payno, la radiografía de costumbres en Tomás de Cuéllar, la prosa elegante en la novela del Duque Job y, finalmente, la pauta casi cinematográfica de un día en la vida de la ciudad porfiriana. Nos
demuestra Quirarte que la urbe no es únicamente el escenario donde ocurre la literatura, sino el texto mismo que los escritores decimonónicos leyeron, padecieron y soñaron para heredárnoslo intacto. Quirarte fue, junto con José Emilio Pacheco, asesor de la serie Viajes al siglo XIX de la Biblioteca Americana (proyectada por Pedro Henríquez Ureña y publicada en su memoria). Esta empresa editorial de la UNAM nos recuerda que la cultura mexicana decimonónica contó con defensores tan eruditos como vehementes; entre ellos, Enrique Fernández Ledesma, autor de la obra emblemática Viaje al siglo XIX. Son, en última instancia, los escritores y sus poetas quienes construyen y sostienen la biografía literaria de la Ciudad de México. Esta premisa la condensa Quirarte al adentrarse en la vertiginosa cartografía del siglo XX, donde no faltan las referencias esenciales a Ramón López Velarde. El recorrido despega con el capítulo Dos centenarios y una revolución, donde la urbe convulsa atestigua las fracturas de la modernidad. Allí cobran vida las estampas de Adán y Eva en los paraísos artificiales, la tensión de la historia vivida como dos ciudades simultáneas y la revelación de un sentido ético y poético plantado en el corazón de la vida cotidiana. La travesía continúa en la sección Estridentópolis y contemporánea, un cruce de caminos donde se confrontan y complementan la vanguardia estridentista con su ruidosa fe tecnológica y la elegancia del "grupo sin grupo" de Los Contemporáneos. Quirarte explora aquí el paréntesis del héroe y la búsqueda de un homónimo sentido de identidad, haciendo dialogar la velocidad de la máquina con la intimidad abismal de la memoria. Finalmente, el itinerario desemboca en el apartado de La muchacha ebria a la Ojerosa y pintada, como evocación entrañable a la metáfora indeleble de Efraín Huerta y extendida hacia otros poetas como Rubén Bonifaz Nuño. Surgen entonces los hombres del alba, el honor del peligro y los afanes del caballero andante, donde la noche, el erotismo y el desencanto urbano se alían para consagrar a la ciudad como un cuerpo deseado, herido y luminoso. Con esta exploración, concentrada en Elogio de la calle. Biografía literaria de la Ciudad de México, Vicente Quirarte no sólo inventaría una tradición: refrenda con su ensayo y crónica que habitar la Ciudad de México ha sido siempre una forma de la pasión y un acto de fe poética.
In Memoriam Vicente Quirarte
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s una noticia muy triste para las letras mexicanas la muerte de Vicente Quirarte (19542026), voz indispensable de la poesía y el ensayo contemporáneos, y un enamorado riguroso de la Ciudad de México: de sus calles, sus fantasmas y sus poetas. En particular, Elogio de la calle. Biografía literaria de la Ciudad de México (2001) adquiere una vigencia exacta. Con esta obra celebramos a un autor a través de lo que deja intacto en la memoria de sus lectores. En momentos como éste, la literatura cumple la verdadera promesa de permanencia. Quirarte ofrece una revisión atenta y culta de la ciudad donde su nombre y su obra habrán de quedarse. Nos toca despedir al maestro volviendo a su palabra viva y a esa cadencia inconfundible con la que supo cantar al deseo y a la ciudad. En esta obra, Quirarte traza un mapa literario que es también el principio de una biografía de la urbe, vigente en sus exploraciones por un legado tan ejemplar como el que definió Guillermo Prieto al hablar de la ciudad y su cotidianidad: "fuente de empleos y favores, manantial de negocios, lugar de diversiones y de modas, punto de cita de los ricos de todas partes y repertorio en que la civilización exponía sus adentros y tesoros". Esta visión cobra fuerza al resonar con la intuición de Louis I. Kahn: “La calle es el primer estar de la ciudad, ofrenda de los vecinos cuyas fachadas son su rostro y tienen por techo el cielo”, logrando engarzar esas maravillas con el propio espíritu del autor: unir la crónica histórica con la arquitectura que es la escritura del deseo y la memoria urbana inmortalizada en verso. Ante la noticia de su muerte, cuesta tomar la pluma fuente para escribir que esta pérdida es dolorosísima. Se ha ido físicamente Vicente Quirarte y nos deja su obra para deleite de las generaciones presentes y futuras. El legado de su estudio sobre la Ciudad de México es equiparable al que construyeron Salvador Novo, Carlos Monsiváis y José Emilio Pacheco. Quirarte, desde su vida universitaria y como cronista de una aventura literaria, fue un hombre de letras que transitó con la fugacidad del tiempo entre amigos; jamás soltó al poeta de grandes dimensiones líricas ni al apasionado explorador de la vida cotidiana. Ya sea por el rigor de su investigación o por el deslumbramiento de su mirada, Quirarte convierte a la Ciudad de México en un personaje vivo y palpitante al explorarla desde la se-
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Jesús T. Acevedo, ateneísta y arquitecto de lo mexicano 6 Por Marcos Daniel Aguilar
Historia
A Xavier Guzmán Urbiola
Jesús T. Acevedo. Foto de Mediateca INAH.
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a Revolución Mexicana que comenzó en 1910 fue precedida por algunos cambios sociales y culturales en el mundo de las artes, la literatura y la academia. Los jóvenes integrantes de la Sociedad de Conferencias, que en 1909 se transformaría en el Ateneo de la Juventud, fueron quienes comenzaron, desde 1906, a participar en actividades intelectuales y artísticas extracurriculares: tertulias y conferencias fuera de los salones de clases, exposiciones alejadas de los muros de la academia y en la formación de publicaciones independientes como la revista Savia Moderna. Además de estos actos que con-
tribuyeron a derruir el régimen de Porfirio Díaz, los conferencistas le dieron al ensayo dimensión de género literario y periodístico que incentivó a imaginar nuevos rumbos para la sociedad mexicana. Entre los ensayistas de esta generación se encontraba el arquitecto Jesús T. Acevedo quien, por su temprana muerte en 1918, quizá sea uno de los menos estudiados, pero cuyo trabajo escrito aportó visionarias ideas sobre el arte y la cultura. Disertaciones de un arquitecto (1920), editado por Federico Mariscal, rescata cinco textos críticos que Acevedo escribió, no para ser leídos, sino escuchados. Por ello a Acevedo se le rememora con curiosidad, pues se sabe que develan a un joven visionario que
anticipó la transformación cultural y social que iba a ocurrir en México. En este libro se encuentra su ensayo crítico titulado “El porvenir de nuestra arquitectura”, que fue leído por su autor como parte de la primera serie de charlas-conciertos de la Sociedad de Conferencias que se dictó en el Casino de Santa María la Ribera el día 24 de julio de 1907. Este texto contiene la idea de la construcción de “lo nacional” y de los símbolos de lo que hoy es México, ya que se debe en gran medida a lo que sus artistas pintaron, lo que sus compositores plasmaron sobre el papel pautado y lo que sus escritores, como Acevedo, publicaron antes y durante la Revolución. Y es que estas nociones de cambio
las concibieron los jóvenes artistas del Ateneo de la Juventud, que era la generación que soñó el uruguayo José Enrique Rodó en su libro Ariel (1900). Lo singular es que la crítica al sistema político la hicieron por medio de la historia y del arte, y Jesús T. Acevedo así lo comenzó a llevar a cabo cuando dilucidó el futuro de la arquitectura en México. ¿Qué dijo Acevedo aquella noche de 1907? Él aseveró que la arquitectura que se estaba haciendo en la capital mexicana por esos años sólo contribuía “a la ignorancia y a la avaricia de los hombres para llenar de ridículo las avenidas y plazas de nuestro país”, y lo dijo porque la arquitectura de los maestros del oficialismo porfiriano estaban copiando
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Diego Rivera, El Arquitecto (Jesús T. Acevedo), 1915. Óleo sobre tela, Museo de Arte Carrillo Gil, CDMX.
pórticos que recuerdan a Grecia, pero “cuyas columnas están construidas por viguetas de acero, alambres y gris cemento”, lo cual era un grave error, ya que para él no se puede tener una verdadera arquitectura nacional si sólo se copian estructuras, formas y materiales de otros contextos. Para Acevedo, la imitación superficial en la arquitectura es egoísta, porque no está pensando en quienes habitan las poblaciones mexicanas. Para el ateneísta, la arquitectura no debe obedecer a la voluntad de una persona, sino al sentido de una colectividad que ocupa un espacio y un tiempo históricos, y son esas “voluntades unificadas” las que van a crear el verdadero arte, en el cual “siempre ha existido una colaboración de contemporáneos y antepasados”. Acevedo no sólo quiere recuperar la historia de la arquitectura con técnicas y materiales endémicos, sino que la gente
comprenda la importancia de conocer su propia historia. Jesús T. Acevedo fue parte de la ruptura mexicana que, en vez de pensar sólo en el progreso occidental mirando al futuro, con base en la ciencia y en la técnica, propuso que el arte y la arquitectura del porvenir no se fincarse sólo en las vigas de hierro y los bloques de concreto, sino en el pasado, en especial, el colonial, para, por lo tanto, incluir la idea del renacer artístico mexicano. Así, Acevedo no se entrega a pesimismos en torno a nuestro futuro, pues como él mismo lo afirma: “yo no vengo sino a exponer mis esperanzas en favor de la arquitectura nacional, que llegará a ser un hecho si lo queremos ardientemente”. Este ensayista y crítico sabía que la cultura y la sociedad mexicanas necesitaban tomar nuevos caminos, voltear al pasado, porque “antes de
que definamos el contorno de la casa futura, os invito a que me acompañéis a través de otras edades para que analicemos la relación que ha existido, entre el sistema de vida de la humanidad y el estilo de su arquitectura; pues siempre es bueno para la juventud empolvarse los talones recorriendo las agrietadas ruinas de civilizaciones que ya no existen”. Lo que Acevedo afirmó en 1907 es lo que en el año 1900 propuso Rodó: renovarse, no mirando al futuro exclusivamente, sino volteando también al pasado de las civilizaciones y al pasado propio de cada uno de los pueblos y ciudades. Así, el inquieto Acevedo describió la construcción de la casa de un pescador de la antigüedad de México, cuyos elementos domésticos, para él, son más bellos y representativos que cualquier pieza ejecutada en las academias de arte del siglo XX:
Esto lo menciona porque observó que los arquitectos del porfiriato, en lugar de pensar en su pueblo, han “llegado al desgraciado extremo de adoptar el hall herméticamente cerrado, como el egoísmo de sus dueños, a toda sonrisa del cielo y a todo prestigio floreal”. Y es que el régimen al que estaba criticando Acevedo levantó espacios cerrados para unos pocos; espacios majestuosos que trazaron la silueta de la élite que los ideó. Este análisis no sólo era una crítica a las formas y a los materiales que venían de fuera y nada tenían que ver con “lo mexicano”, sino, de paso, era una crítica al positivismo imperante y a la imitación de los estilos extranjeros, patente en el afrancesamiento de palacios y almacenes. En este ensayo propuso una nueva arquitectura nacional, pero edificada con base en el “enjambre de voluntades rampantes que anónimas trabajan sin descanso, hasta el instante en que la cima del monumento traspasa el círculo celeste”. ¿Acaso no estaba hablando de un nuevo momento histórico de carácter popular en la que todos los mexicanos pudiesen participar? ¿Ésta no sería una de las caras de la Revolución? Para él la transformación cultural en su área de estudio partiría de la posibilidad de construir una casa tradicional realizada con los materiales endémicos sumados a lo extranjero y nuevo, una mixtura de tiempos, no de lo uno sobre lo otro, sino en una simbiosis capaz de fusionar tradición y modernidad. “Rejas de hierro forjado [que] se prenden en los rojizos muros de tezontle […] al alcance del más humilde ciudadano”. Un programa arquitectónico revolucionario escrito durante el porfiriato.
Historia
[…] el pálido lacustre teje trenzas de hierbas correosas en torno de los juncos de su levada choza y la corona con los despojos agonizantes de su caza y de su pesca, de modo que causa envidia a la luna, más que el reflejo metálico de diez guirnaldas de patos silvestres, el toldo nacarado que un haz de peces forma sobre la puerta. Así empieza la humanidad su marcha por los caminos del arte, y éstos sus primeros pasos son tan vigorosos que, a pesar de los siglos, nosotros no hemos encontrado símbolo mejor para anunciar los pórticos de nuestros palacios.
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Feliz cumpleaños, Escribano 6Por Daniel Wence Partida y David Sánchez Ruano
Librerías
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l 16 de agosto de 2025 por fin concretamos la existencia de un lugar soñado: Escribano Cafebrería Boutique, en Zapopan. Un espacio anhelado que habíamos soñado desde hace varios años, en Aguascalientes, y que la vida fue trayendo y modificando en otras latitudes igualmente entrañables. A un año de su nacimiento, los Escribanos, Daniel Wence Partida -escritor- y David Sánchez Ruano -académico universitario- hemos visto brotar y florecer con paciencia, cariño y dedicación un hogar cada día más cálido para hacer comunidad cultural y hacer barrio en torno al libro, al diálogo. En aquellos días (mayo, junio del año pasado) mientras pensábamos, diseñábamos, seleccionábamos manualmente cada libro que habitaría esta casa, pulíamos libreros y buscábamos manos artesanas para que amasaran o tejieran o cultivaran parte de los objetos que hoy embellecen este pequeño rincón del mundo o que aromatizan y pintan de un espeso y delicioso café nuestras tazas, leímos una entrevista donde Manguel dice que “Las grandes librerías del mundo son librerías pequeñas”. Esta idea nos ha acompañado con fuerza porque nosotros siempre pensamos en un lugar mínimo, donde supiéramos cómo se llaman las cafetaleras que cultivan nuestros granos, las tejedoras de nuestras flores y separadores, la editora, el panadero, las hacedoras de libretas, los reposteros, y donde cupiera también un poco de nuestra propia obra: hermosas lámparas de biodiseño, libros escritos con alma… El concepto “boutique” se refiere a eso: a una tienda de productos selectos. Algo así como lo que en nuestros ranchos (porque somos de rancho) conocemos como “changarrito”. Nuestro changarrito está hecho con el amor que sólo se le puede dedicar a lo que está al alcance de nuestra mirada y nuestras manos, lejos de los agresivos estilos capitalistas que olvidan los detalles y lo humano. Hemos aprendido tanto al respecto y nos hemos nutrido tanto con nuevas lecturas, talleres, viajes, diálogos con otros libreros y librerías sobre este noble oficio, inseparable de la gestión (ámbitos en los que ya de por sí teníamos un camino bastante recorrido). Cada día reafirmamos nuestra poética de abrazar y proteger la diversidad humana y más allá de lo humano, conocer al otro con lecturas íntimas y charlas genuinas, incorporar saberes y experiencias para hacer de esta labor un gesto sustentable. Es así que, durante este año, hemos tenido la fortuna de ser sede de hermosos encuentros: presentaciones de libros, lecturas, conversatorios, talleres creativos, veladas gastronómicas. Nos han visitado escritoras y escrito-
res de todo el país, editores, gestoras, músicos, ilustradores, docentes… En diciembre, por ejemplo, tuvimos el encuentro poético Jornadas de la Nuez,
llamado así por el amoroso ronroneo de nuestra gatita, Nuez, y al que acudieron poetas de todas las latitudes. Por los mismos días nos acompañaron
editoras y editores de México (tapatías y chihuahuenses), Argentina y Chile; luego unos admirados ilustradores vinieron a compartir su carisma y sus saberes en lo que fue una jornada larga en torno a la FIL. Un año. Un año -nos repetimos hoyno es cosa menor. Nos mudamos de nuestro primer rinconcito y hace dos meses reabrimos aquí, en Juan Manuel 15 D, Centro de Zapopan, donde renovamos algunas propuestas, como Miradas Mutuas, un ciclo de encuentros entre escritoras y escritores que se entrevistan cálidamente. Dedicamos especial atención a nuestras queridas editoriales independientes de las cuales hemos aprendido tantísimo y a quienes agradecemos su generosidad, su paciencia y su orientación en esto de ser libreros. A las editoriales jaliscienses que viven aquí: gracias absolutas e infinitas, tienen un lugar especial en nuestro corazón y en nuestros estantes (literalmente). Al escribir esto y tener que resumir todo un año en breves imágenes, suena rápido, pero no ha sido para nada sencillo. Otros libreros nos han dicho que es un acto de valentía apostar por los libros, y sí, pero también es un acto de convicción apostar siempre por la cultura como un ente transformador y creativo, como nuestros Talleres y Clubes, de donde han salido hermosos textos que dan fe de esa potencia que la cultura y las artes tienen al tejer redes y puentes. Gracias a todas y cada una de las personas que de algún modo han estado presentes en este trayecto. Sirva este texto como un pastel de cumpleaños con el que felicitamos a Escribano y compartimos rebanadas de momentos únicos con nuestras amistades, lectores, clientes, hacedores. Gracias absolutas y larga vida. Con aprecio, Daniel y David.
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La fábula en el periodo del Virreinato 6 Por Nancy Erika Acuña Aguayo
Literatura Imagen 2.
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n la Nueva España circularon textos como las fábulas y las obras de teatro que sirvieron como un medio práctico para catequizar a los indígenas, los españoles adaptaron el contenido de las obras para que tuvieran una carga religiosa y de enseñanza de las buenas costumbres que se querían inculcar, de eso se ha hablado mucho, sin embargo, poco se sabe de la producción que de manera paulatina se realizó en el territorio novohispano, en esta ocasión se aborda el tema de la fábula. Se sabe de la influencia en territorio de la Nueva España de las fábulas de Esopo, Jean de La Fontaine, Félix María de Samaniego y/o Tomás de Iriarte que los frailes, principal-
mente los franciscanos, divulgaron en distintas etapas del periodo Virreinal con fines didácticos, moralizantes y de cristianización. Durante el periodo de la evangelización las fábulas de Esopo fueron el principal medio para catequizar, modificándolas al incorporar algunas narraciones con elementos y animales propios de la región, además de la traducción al náhuatl para facilitar la comprensión a los nativos, años más tarde, el contenido de algunas narraciones de los otros fabulistas mencionados de allende el mar se integró en los cursos de las primeras letras en territorio novohispano. En los siguientes siglos surgieron fabulistas novohispanos, de los más conocidos José Joaquín Fernández
de Lizardi, Fray Manuel de Navarrete y José María Mendizábal, sin embargo, existían otros fabulistas que no fueron tan populares, Joseph Agustín de Castro, Ignacio Basurto y Luis de Mendizábal y Zubialdea, todos ellos creando narraciones con matices novohispanos, con la influencia europea, pero con tintes del criollismo, de los temas del territorio, textos con una estructura y extensión diferente. La tradición literaria novohispana, principalmente en la fábula fue muy prolífica pese a que en su momento y en la actualidad ha sido casi desconocida, por lo mismo poco valorada y mucho menos estudiada, quizá las fábulas más leídas y analizadas sean las de Joaquín Fernández de Lizardi quien en 1817 publicó cuarenta fábulas, sin embargo, antes de la segunda mitad del siglo XIX, ya había autores novohispanos produciendo fábulas, por ejemplo, Joseph Agustín de Castro
quien escribió catorce fabulillas en 1797, en 1802 José Ignacio Basurto y Aguilar redactó veintidós fábulas que se llevaron como libro de texto de las primeras letras en esa época. Posterior a Fernández de Lizardi, en 1821, Luis de Mendizábal y Zubialdea, escribe sus dieciséis fábulas con tintes políticos que antes no se veían tanto en este tipo de textos, se matizaban esas ideas, pero ahora su propuesta las presenta de manera más nítida. Esta síntesis permite observar que, si bien la producción del viejo continente fue importante en territorio de la Nueva España para realizar el objetivo que se tenía inicialmente con esa carga religiosa de evangelizar a los nativos, también fue un punto de partida, en los siglos posteriores a la conquista para que los pensamientos e inquietudes de los autores novohispanos pudieran crear textos propios con características del nuevo continente.
Fotos: 1. Fábulas morales, 1802. Portada. Editada en la imprenta de la calle de Santo Domingo y esquina de Tacuba en la Ciudad de México. En: https://nemovalse.wordpress.com/2011/08/16/ valse-la-abeja-cuando-la-abeja-recogia-la-miel-de-la-fragante-rosa-letra-proveniente-de-textos-basales-de-1802-fines-del-virreynato/ 2. Fábulas del Pensador Mexicano, de José Joaquín Fernández de Lizardi alias “El pensador mexicano”, 1817. En: https://unamglobal.unam.mx/global_revista/fabulas-pensadormexicano-fernandez-lizardi/ o En: https://www.iifilologicas.unam.mx/obralizardi/index.php?page=fabulas-3
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Lo pasado no es un sueño
Libros
6 Por Daniel Téllez
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na definición de poesía para hablar de la poesía y el pasado es la que acuñó el poeta William Wordsworth: “La poesía es el flujo espontáneo de poderosos sentimientos; sus orígenes están en la emoción recordada en la tranquilidad”. Traigo a colación al poeta inglés porque la voz poética de Amaneceres de la angustia, el más reciente libro del poeta mexicoargentino, Eduardo Mosches, reconfigura sus verdades pertinentes en el pasado. Mejor sería decir, poemas frente a lo que ha pasado. O bien para exorcizar el pasado. Así, transitan la melódica voz del poeta los hilos de la memoria que son los hilos de la vida: “Hay momentos / donde el río congelado de los recuerdos / fluye como catarata otoñal / saltan los salmones de la memoria, / nadan como a veces debe ser, contracorriente”. En Amaneceres de la angustia (Bonilla Artigas Editores, 2025), Mosches nos entrega un espléndido itinerario de la memoria. Su particular modo de asirse a ella le permite reconocerse en la erosión del tiempo sobre su superficie también erosionada. Un tiempo circular, cíclico, para hablarnos de la poesía y el pasado -su pasado-, los poemas y su pasado. Porque en lo que respecta al pasado y a la insondable noche de los tiempos, ya lo señaló Eliot: “Todo poeta comienza con sus propias emociones y con la lucha -que es lo único que constituye su vida- por traducir sus agonías, personales y privadas, en algo universal e impersonal”. En Los tiempos mezquinos, anterior sinfonía de palabras de Mosches, poderoso canto testimonial del hastío y la nostalgia, la resignificación de las eras se anuncia en un engranaje de palabras “que respiran el olor de la guerra”. Lo cotidiano, lo actual, lo moderno, y la mirada del poeta fragmentan la historia para reconstruir circularmente una sui generis y personalísima visión de la tierra prometida. En la alegoría más
crítica, ética, política y social, el poeta Mosches vierte su verdad incómoda por histórica y transversal con el tiempo y sus heridas personales, a rajatabla, en un rosario de palabras numeradas como siglos: “Me duelen las telas del corazón”, asienta. Sus asideros son los mitos, los lugares, la historia, la justicia en su espejo atemporal y asincrónico, la promesa de la inocencia levantada sobre la ruina y las cenizas. En las páginas de Amaneceres de la angustia, lo pasado no es un sueño, sostiene Mosches en palabras del escritor sueco de origen griego, Theodor Kallifatides. Es la inescrutable noche amarga sin fin de Odyseas Elytis o el fin del mundo que ya ha durado mucho pero que no se acaba, citando a José Emilio Pacheco. El tiempo pasado persiste en el presente. Y en esa placidez que propone el poeta inglés, Mosches traduce la persistencia del tiempo en materia para recuperar el tiempo vivido. La memoria, esa “nube gris empedrada [que] se introduce / con lentitud de navaja
cortante / al interior de mis vísceras”, vierte desde esa tranquilidad un sincero rapto de gratitud entre el tremor y la nostalgia, entre el agudo estremecimiento de dolor o el momento de penetración en los misterios de la naturaleza, como un intento poético por remontar lo insondable del tiempo. Anota el poeta: “La alegría de vivir / se alza quejumbrosa, / ardiendo entre lágrimas / cosechadas en los maizales de la espera, / hay música de fondo, / mientras las piernas trastabillan / por el conato de una fiebre / que asciende desde las rodillas de los otros, / para caer en la vorágine de un pulmón / resoplando con la dificultad / de un elefante jadeante / por la travesía ascendente en la montaña”. ¿De qué otra manera podría recuperar esas emociones sino desde la tranquilidad del recuerdo? En el poema “Bostezo crónico”, remata el poeta: “El tiempo transcurrido se unta en mis huesos, / las hojas del árbol de la vida / van cambiando colores, / abandonan el verde para mu-
tar a otoño existencial, / caen con levedad flotantes / sobre la dificultad del caminar”. Como en su anterior estación escritural de los tiempos mezquinos, hoy podemos subrayar nuevamente, desde un tiempo bifronte como en el Eclesiastés: es tiempo de dar muerte, y tiempo de dar vida; tiempo de destruir, y tiempo de edificar; tiempo de ganar, y tiempo de perder, tiempo de guardar, y tiempo de arrojar. Mientras hay espacio, hay tiempo, sabe el poeta Mosches. Y entre la imposible simetría que ya no es y el tiempo que todavía no es y que, por lo tanto, se asemejan en el no ser, resplandece el enigma. Poesía de enigmas la suya que apuntan hacia el futuro o hacia el mañana; sin embargo, el mañana -es probable- será más desordenado y caótico que hoy, como el día de hoy es más desordenado que el de ayer que se mecía lleno de esperanza y presumía de menos duelo. Finalmente, como anota Lucía Rivadeneyra en la cuarta de forros de Amaneceres de la angustia, “en la impudicia de querer atrapar momentos y etapas resbaladizas, […] laten versos que nos hacen temblar cuando se descubre la nostalgia del otro”. Las ruinas del cuerpo, la imagen cuarteada ante el espejo, la carne acongojada, las celdas de arrugas, las ciénagas del olvido, la memoria desmemoriada, los ojos “abiertos como ostra sin perla”, los pulmones sin aliento, las calles desiertas, “el vómito de lo vivido”, acechan ahora a la voz poética que en el balance de la vida comparte quizá el libro más confesional de su producción poética. “La miel se dispersa” ahora con el fragor de los años, escribe Eduardo Mosches. “La infancia resquebrajó […] en el amplio tobogán de los años / añejados en el vinagre del olvido”. Convencido estoy que Amaneceres de la angustia es también, en palabras de Borges, la memoria de una espada / y la de un solitario sol poniente / que se dispersa en oro, en sombra, en nada…”.