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La Gualdra 650

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Carlos Villegas.

“Ahora eres tú quien nos observa cubriendo con tu mano tu ojo ciego, riéndote de cómo buscamos rescatar las imágenes fotográficas junto a ti para recordar los diálogos eternos sobre el próximo proyecto, sobre la próxima exposición u homenaje a un artista no muerto; sabes que estamos sumergidos en tu mundo de colores poéticos, en cada puerta vieja y poste que guarda no sólo tu obra sino también la del otro del que deseabas conversar, sabes que tus recorridos por cantinas y puestos de comida valieron la pena, pues abriste caminos al arte para cualquier comensal desconocido”. Rossalina López

[Juan Manuel García Jiménez, escritor, artista plástico y promotor cultural falleció el 21 de diciembre en la ciudad de Zacatecas]

Juan
Pájaro de cuenta, retrato de Juan Manuel García Jiménez (1970-2024). Dibujo. 2010.

Editorial

Gualdra No. Contenido

“La azucena y la Cecilia lloran lloran sin consuelo, Malagueña salerosa, ya se fue tu pregonero”… dice la canción. Yo no sé Azucena, pero hoy todos nos parecemos a su Cecilia, pensé ayer cuando despedimos a Juan Manuel en el Templo de Fátima. Después de un largo padecimiento nuestro amigo, artista visual, promotor cultural y poeta, falleció el 21 de diciembre en la ciudad de Zacatecas, en este mismo lugar que lo vio caminar calle arriba y calle abajo, atravesando todos los días el centro histórico, trabajando en lo que para él fue su proyecto más importante: promover la cultura y las artes. Sus restos mortales fueron cremados ayer domingo 22. Hoy, hasta parece que lo escucho sonreír diciendo: ¡No chillen!, la frase que solía soltar acompañada de una sonora carcajada. Juan Manuel García Jiménez no se va, se queda, eso es lo que más me queda claro. Nos ha dejado un gran ejemplo de tenacidad y convicción; desde hace muchos años solía decir que las instituciones existen por el trabajo realizado por los artistas y que quienes están en el ámbito de la cultura y las artes no deben depender de los apoyos gubernamentales:

“Si las instituciones no te apoyan no importa, haz el trabajo que debas hacer”, decía, y continuaba trabajando, al margen de todo y permeándolo todo a la vez, porque su labor tuvo como premisa siempre hacer comunidad y lo logró. Construyó con el tiempo una red de aliados para llevar a cabo “sus locuras” como él llamaba a los proyectos de difusión de literatura y las artes plásticas; esos aliados fueron primordialmente su familia, sus vecinos y ciudadanos que creyeron en él por la honestidad de lo que hacía.

Hay que celebrar que el universo nos dio la oportunidad de tenerlo 54 años. Él sí fue profeta en su tierra, y aquí estamos para confirmarlo, se fue arropado con el cariño de quienes lo conocimos y tuvimos la fortuna de coincidir con él. Algunos de sus amigos, colaboran en esta última edición del año para rendirle un homenaje al infatigable y generoso Juan Manuel, gracias a todos quienes se sumaron a la presente edición.

Uno de sus últimos proyectos fue el de hacer una selección de textos de escritores para publicarlos en carteles que luego se dedicaría a pegar en espacios públicos, de manera que la gente a su paso tuviera oportunidad de leerlos. Uno de esos carteles, el 9 de poesía, estuvo dedicado a Eduardo Campech Miranda y apareció en diciembre del año pasado. Nadie imaginaba en aquel entonces que para

estas fechas ninguno de los dos estaría físicamente con nosotros, así es la vida. Y para celebrar la vida de Eduardo también, el incansable textoservidor y mediador de lectura, incluimos aquí algunos textos escritos por sus colegas y amigos para confirmar que su labor en esta tierra dejó una huella que difícilmente podrá borrarse, porque lo que hizo Lalo fue dedicar su vida a tratar de contagiar su entusiasmo por la lectura; formuló estrategias mediante las cuales se dio la creación de círculos de comprensión lectora en la Biblioteca Mauricio Magdaleno, en diversas áreas de la Secretaría de Educación y de gobierno del Estado; y sus alcances llegaron hasta otros estados de la república, a donde constantemente fue invitado a compartir sus experiencias en cursos y conferencias. Lalo Campech falleció el 1 de noviembre de este año, y es otra de las grandes ausencias que nos deja este año que está a punto de terminar. Debo decir que en la Gualdra estamos muy agradecidos con él porque fue una de las primeras personas que se sumaron a este proyecto editorial; cuando en 2011 estaba por salir el primer número el mes de junio, fue Campech el primero que se sumó como colaborador. Semanalmente y durante años se publicaron aquí sus artículos hasta que por la precariedad de sus condiciones laborales tuvo que tomar la decisión de buscar nuevas fuentes de ingresos y por eso no dispuso de más tiempo para mandar sus colaboraciones de promoción de lectura semanalmente; sin embargo, nunca nos abandonó del todo y estuvo presente siempre en números editados por fechas especiales. Creo que con todos sus textos gualdreños bien podría editarse un libro, se lo debemos.

Así despedimos este 2024 en el que ocurrieron cosas muy buenas también y de las que haremos un recuento iniciando el año que viene. Este número está dedicado en esta ocasión a dos grandes personajes de la cultura en Zacatecas, va todo nuestro cariño y agradecimiento para Juan Manuel y para Eduardo.

Para ustedes, queridos lectores, nuestros mejores deseos para este final de año. Y que Dios reparta suerte y salud para el 2025.

Por

Deseo pertenecer a la nada

Cuando yo

Entre

y magos

Carlos Villegas Ilustraciones jvampiro71@hotmail.com

Al otro lado del río
Alejandro García Ortega
Imagen de Juan Manuel García Jiménez Por José Antonio Banda
Carta a Juan Manuel García Jiménez Por Esteban Ascencio
Por Rossalina López Letras rodantes Por Joseangel Rendón
Naufragio Por Eduardo Campech Miranda (1972-2024)
Para ti, Maestro Lalo Por Simitrio Quezada
tenga una escuela Por Alejandra Romero Moyano
gitanas
construimos caminos Por Juan José Monarrez Anguiano
Homenaje a Juan Manuel García Jiménez Por Mario Bojórquez

Homenaje a Juan Manuel García Jiménez

6 Por Mario Bojórquez

i amigo Juan Manuel García Jiménez repite conmigo esta oración en el piso 3, sala 7, cama 12 del Seguro de Zacatecas:

Dame, Señor de los venenos

Una cura eficiente para la amargura

Que destroza mi alma y mi cuerpo

Que destile tu bálsamo

Sobre la ardida piel de mi contorno

Que en mis venas transite el nepente de un viejo dolor imposible de olvidar

Que los músculos tirantes relajen sus fisuras

Que nervios y meniscos aligeren el horror de la pena constante

Cristo negro y puro

Límpiame, sálvame, límpiame

Juan Manuel García Jiménez

1970-2024

*Arqueología del Fuego Nuevo. Premio Ciudad de Burgos “Antonio Bouzas” 2024. Visor Libros, Madrid. ** Juan Manuel García Jiménez falleció el 21 de diciembre de 2024 en la ciudad de Zacatecas.
Cristo de los venenos, Templo de San Juan Bautista, Coyoacán, Ciudad de México.

Al otro lado del río

J1970-2024

Jiménez

Juan Manuel García

uan Manuel García Jiménez ha emprendido el nado que lo llevará al otro lado del río. Lo recuerdo un día festivo para él, había ganado un premio literario y paseaba por la ciudad con un pescadito en una bolsa de plástico y lo enseñaba, quizás para evadir las enfadosas preguntas acerca del galardón obtenido. Ya llevaba buena legua en la literatura, siempre en posiciones marginales, pero siempre atento al acontecer cultural y artístico de su ciudad, Zacatecas. Después lo seguí en sus aventuras en las cartoneras, ediciones rústicas, en las cuales siempre quise participar, y así se lo dije. Eso y lo de una colaboración suya para la revista Redoma fueron motivos presentes en nuestros diálogos en la calle, rápidos y risueños. Después supe de su labor

plástica, de su promoción lo mismo en un puente peatonal que en una cenaduría familiar. Lo mismo el homenaje a Uriel Martínez en una cantina, que el proyectado homenaje a Alberto Huerta, que la verdad nunca supe si se realizó o no, o un proyectado encuentro de escritores para uno de estos años, si no mal recuerdo asesorado por Mario Bojórquez. Y cómo no recordar el encuentro con una página de doble carta, impresa con un poema de algunos de los escritores zacatecanos o no que García Jiménez consideraba imprescindibles. Era algo extraño en una ciudad de callejones y de propaganda turística donde de cuando en cuando refulgía la poesía. Juan Manuel arriesgaba y lo que algunos veían como unos intentos débiles, en realidad eran la continuidad de las vanguardias de otros tiempos en que la

pesadez de los grupos, de la crítica, del poder, se tornaba liviandad sin pudor. El arte es más para dar calambres de vida y desaparecer que permanencia de ociosos inaguantables y derrotados irredentos. En uno de los encuentros de poesía Ramón López Velarde pudo escuchar algunos de sus versos y debo decir que me quedé sorprendido por la factura de su poesía. Allí tenía un poeta de primera, una voz construida en la batalla de la calle y de la aventura. Le pedí el poema para Redoma. Sonrió. Mejor se lo mando, debo hacer correcciones. Sabía yo que no habría envío. Habrá qué leer a Juan Manuel García Jiménez. Ahora lo recuerdo con su bolsita con pescado en la mano, como si fuera a dejarlo a la brevedad, para que nadara al otro lado del río, como ahora él lo hace.

Imagen de Juan Manuel García Jiménez

AJuan Manuel García Jiménez lo conocí en Guanajuato, en el 2014, durante el Festival de Literatura y Artes, Interfaz. Después de una jornada de lecturas, oímos sobre una fiesta que se gestaba en una habitación del hotel donde nos hospedábamos. En algún momento la noche se puso extravagante: frente a nosotros pasaron imitadores de poetas, saltimbanquis, trovadores, cristos de Iztapalapa —que luego supimos eran parte de un grupo de música eslava—. A mitad de la fiesta, llegaron los guardias del hotel para desalojarnos. Antes de que eso ocurriera, yo me senté en un rincón en donde Juan José Macías, Esteban Ascencio y Juan Manuel García hablaban con desparpajo. De una esquina sacaban una botella y después de cada brindis seguían risas y más brindis. Casi al final de la juerga, ya rayando el alba, me pidieron leer unos cuantos poemas. Juan Manuel se entusiasmó tanto con mi poesía que prometió publicarme un libro cartonero. Al poco tiempo cumplió. Un hermoso caballito ilustraba

los poemas escritos en memoria de mi abuelo. Después, habló de invitarme a presentarlo a Zacatecas, en donde era uno de los promotores culturales más movidos del medio. Sin apoyo de las instituciones, leía con megáfono en mano poemas en voz alta, los pegaba en muros, puertas y postes, hacía exposiciones e intervenciones culturales. Célebre era su inauguración del puente Mario Bojórquez.

El festival al que me invitó a presentar mis libros cartoneros se hacía en Guadalupe, frente al Museo Regional. Leímos poesía en la Casa de la Cultura y en los bares de la localidad. Con emoción recuerdo los siguientes versos de Juan Manuel García, de su libro Abrir los poemas como pomadas (Ediciones de Medianoche, 2010):

“Negarse a plantar árboles desfigurar la madrugada insistir en la sed de escribir dibujar a André Bretón […] negarse a recitar a López Velarde”.

En la escritura, Juan Manuel García halló el dibujo de sus poetas predilectos, la madrugada rehecha a su capricho, a su imaginación plasmada en los tantos grabados que, de forma insólita para mí, a plena calle, le pedían como pan caliente. Yo lo invité a Irapuato, en donde habló de su oficio cartonero, leyó poemas, charló con mucha gente y se carcajeó con y de otros tantos. Juan Manuel a veces, como yo suelo serlo, era solemne, nostálgico como su poesía, pero en otras ocasiones poseía una alegría desbordante y corrosiva, que desenmascaraba a más de uno. “A ese sólo le falta decir que tiene escondida la imprenta de Gutenberg”, dijo en aquella ocasión. Termino esta nota apresurada y apesadumbrada con una observación: hoy se pierde a un gran promotor cultural, a un gran artista plástico, a un gran editor artesanal, con sus hermosos libros cartoneros o sus otras piezas en madera; pero, además de eso, y quizá por encima de todo lo anterior, también perdemos a un gran amigo.

6 Por Alejandro García Ortega
6 Por José Antonio Banda
*Juan Manuel García Jiménez falleció el 21 de diciembre de 2024 en la ciudad de Zacatecas.
Juan Manuel García Jiménez (1970-2024). Foto publicada en el FB de Nidia Ibeth Saucedo en 2014.
Juan Manuel García Jiménez (1970-2024). Foto tomada de su muro de FB

Carta a Juan Manuel García Jiménez

6 Por Esteban Ascencio

Querido Juan Manuel:

¡Tarde! Muy tarde escribo esta carta, lo sé, pero no es tarde si atendemos las razones del corazón como decía Pascal, además, en eso de contar la vida sucede que, el tiempo obedece al recuerdo que es de lo más humano que poseemos, y hoy que has dado vuelta a la esquina, donde todos, querido amigo, algún día doblaremos igual. Mas, no es de eso de lo que te quiero hablar, te cuento que cuando uno es terco en eso de colarse en la memoria de otro, no hay artefacto que logre sacar de ese reducto donde el querido se ha instalado y construye su gran reino en el territorio del alma, asimismo lo hiciste tú, querido Juan Manuel. Recuerdas cuando nos vimos aquella mañana en la plaza pública del centro de Zacatecas. Llegaste a encontrarte conmigo, días antes lo habíamos hablado. La escritora Yolanda Alonso tuvo la deferencia de invitarme a decir mi palabra y ahí te vi, caminando con ese dilatado paso que te caracteriza. Bajé del estrado para alcanzarte y nos dimos aquel abrazo que es nuestro y que cada uno guarda a su modo. Terminé mi diálogo y me acompañaste al hotel donde me quedé por esos días. “Qué chida está tu playera”, me dijiste, apenas me viste volver para irnos. “De verdad, ¿te gusta?", te pregunté. “Sí”, repetiste. Te dije que me esperaras y de nuevo subí a la habitación, sin decirte nada. Bajé y al tiempo que te entregaba la playera que al frente tenía la máscara del Santo que brillaba, como tu rostro cuando te dije: “Es tuya”. Guardo aún aquella sonrisa de asombro en tu cara cuando te lo dije. Vi en ese momento por primera vez al eterno niño que fuiste y seguirás siendo. Tú seguías bien acompañado de esa bolsa de papel estraza que dentro escondía una botella de un tinto, que más tarde en el restaurante de Lucky, y flanqueados por una vasta comida en carne y ensalada, nos supo a gloria, y sin estar seguro, te cuento que desde entonces me empeño en creer que tocamos el cielo con la yema de los dedos. El admirable Lucky, nos había dispensado –como el gran anfitrión que

es–, de aquella suculenta comida que degustamos escuchando la historia de cómo un día de pronto se encontró en la ciudad de Zacatecas. Reímos harto. Y ya entrada la noche salimos del restaurante de Lucky. Caminamos calle abajo, y llegamos donde se hallaba la fiesta –eso me pareció a mí–, se regaba entre calles. Nos detuvimos por instantes en ese cruce de avenidas cuando nos encontramos con Jánea Estrada Lazarín, a quien me presentaste y de quien

seguimos siendo amigos. Luego de despedirnos continuamos la marcha hasta encontrar una bifurcación. La fiesta quedó atrás y sólo el ladrido intermitente de algunos perros nos siguieron. Queríamos beber una cerveza. El lugar era pestilente y sucio. Las muchachas que atendían el lugar tenían en abundancia bilé en los labios y pestañas postizas. Una de ellas se acercó y le pedimos dos cervezas, y luego otras dos y otras dos… Tú coqueteabas con

ella, mientras yo tiraba la vista por todos los rincones del escandaloso lugar, del que salimos, como horas antes habíamos entrado. Sólo que ya no éramos los mismos. Ahora te tenía a ti como amigo y tú a mí. Quiero decirte también que tú estás en casa como yo aquel mediodía lo estuve en la tuya, mirando desde la azotea el mundo, tu mundo, querido Juan Manuel.

Iztapalapa 22 de diciembre de 2024.

Deseo pertenecer a la nada

6 Por Rossalina López

Entre la mirada fría de la muerte surge el pensamiento de la ausencia, una ausencia llena de aves pintorescas, con calaveras y ángeles desnudos, donde revolotean las letras de los poemas que se desprenden del ritual de los coyotes que bailan sobre los pechos de tus sirenas, es tu voz la que hace ceremonia como pintor o poeta, como misionero del arte que despliega una misa con imágenes ilusorias que plasman los rituales por la vida, frente a quienes te acompañamos convencidos de que el mundo puede dibujarse sobre platos desechables. Ahora eres tú quien nos observa cu-

briendo con tu mano tu ojo ciego, riéndote de cómo buscamos rescatar las imágenes fotográficas junto a ti para recordar los diálogos eternos sobre el próximo proyecto, sobre la próxima exposición u homenaje a un artista no muerto; sabes que estamos sumergidos en tu mundo de colores poéticos, en cada puerta vieja y poste que guarda no sólo tu obra sino también la del otro del que deseabas conversar, sabes que tus recorridos por cantinas y puestos de comida valieron la pena, pues abriste caminos al arte para cualquier comensal desconocido. Seguro estás feliz y sonriente, pues tejiste en nuestros sueños

tus jaguares, vampiros y cocodrilos, luchadores enmascarados y víboras con forma de serpentinas, creando nuestro retrato con demonios a lado. No te has ido, Juan, sigues tocando puertas y haciendo ruido en la cocina de tu madre, saboreando los aromas y los amaneceres, te veremos por los portales y desearemos saludarte para sumergirnos en el laberinto de tus ideas y tus críticas, entrevistas y fotografías.

“Deseo pertenecer a la nada” escribiste un día en un poema, sabiendo que la nada es el todo y que la vida no es eterna pero sí la existencia; hoy te fuiste sin el temor a ser olvidado, cada

rincón guarda tus gestos, tu mirada, tu calor como fiel compañero y amigo desde la infancia. Te recordamos y te amamos mucho antes de que la muerte se volviera tu compañera y amante de tu belleza, hoy te aplaudiremos nuevamente como si recitaras un poema y tal vez lloraremos juntos pues apreciamos tu labor andante y tu lucha heroica por rescatar a los artistas olvidados y la estética de las banquetas, plazas y callejones de nuestro Zacatecas, mostrando tu corazón enrojecido y tu pensamiento que ilumina el azul de tu alma y tu arte. Hasta siempre, Juan Manuel García Jiménez, hasta siempre.

Juan Manuel García
Jiménez 1970-2024
Juan Manuel García Jiménez (1970-2024). Foto publicada en su FB en marzo de 2022.

1970-2024

Jiménez

Juan Manuel García

Letras rodantes

El VW Golf es el mejor automóvil del mundo. La relación peso-espaciopotencia lo hace único y el árbol de levas chatas a la cabeza de un motor que ruge al menor impulso, le dan el distintivo de auto con ritmo. Suficiente para subirse y rodar con estilo. Pero mi Golf era más que eso. ¿Cómo debe ser el auto de un escritor en ciernes? Era algo así como la extensión de mi espíritu aventurero. Al manejarlo, las pequeñas cargas de adrenalina trasladaban mi inspiración a otro plano. Mi proceso creativo iniciaba a la par del paseo, mientras dejaba atrás imágenes instantáneas, colores fugaces, gente frisada al letargo arrítmico. Y la música del estéreo era un plus (Pink Floyd, Supertramp, Beatles, Queen, algo de rock ocasional y hasta Beethoven inundaban el habitáculo del carro); cuando se conectaba la música, el eco ronroneante del motor y la velocidad… las ideas, las palabras venían a mi mente, y gracias a la grabadora de reportero que siempre cargaba, todas aquellas letras fluyentes terminaban en cuento, relato o microficción sin requerir mayor poda.

El secreto, de cuatro ruedas y motor a cuatro tiempos, me dio notoriedad en el taller literario al cual asistía, donde mis textos atraían la curiosidad de importantes plumas y la admiración de verbaleros iniciáticos como yo. Allí conocí a Juan Manuel García Jiménez, poeta irreverente. No era ni lo uno ni lo otro, o tal vez ambos; una pluma lacónica de ortografía cavernaria.

Nos hicimos amigos tan rápido como fluían nuestras disímbolas inspiraciones. Compartimos algunas ideas, correcciones (a veces entre tumbos) y triunfos acumulados hasta llegar a la publicación de nuestro primer plaquette. Al unísono, un librillo de cuentos y otro de poemas, dieron de qué hablar y qué leer (algunas veces en ese orden) en toda la región. Invitaciones a lecturas en otras entidades nos abrieron a una gira, donde sin querer, le di a conocer al poeta la génesis de mi proceso creativo (el secreto mejor guardado de la literatura intrapersonal) cuando viajamos juntos a uno y otro lugar en el ya citado Golf VW.

— ¿Para qué usas la grabadora? –Preguntó.

— Para poder bajar ideas y frases de mi mente mientras manejo –respondí altanero– el Golf se maneja solito, es como una actividad secundaria que activa mi proceso creativo y me ayuda a dar forma a las historias.

No se dijo más, a partir de ahí todo fue la experimentación creativa en ese “Taller Literario Móvil”. Al auto en marcha, la música a tope y la vía libre a ninguna parte, se agregaron a nuestras tertulias móviles brebajes como Carta Blancas Quitapón, tequila-limón-sidral… unas u otras o unas más las otras, en ese u otro orden o marca. La literatura se volvió para Juan Manuel García y yo una vivencia donde la palabra nadaba entre rocanrol y adrenalina a dosis mezcladas en vasos desechables escarchados.

— Le escribo un poema a Arcelia… la vida con ella es poesía en sí –dijo mien-

tras Supertramp nos rodeaba con el solo de saxo de “Goodbye Stranger”. No quise “tallerearle” tal percepción. Conocía poco a su novia, pero a mí no se me daban (ni se me darán) las relaciones súbitas. Con la música radiante, el Golf boyante y la inspiración manante, del sonido del escape brotaban las 4 mil 500 revoluciones por minuto que permitía el bulevar de media tarde. — ¿Qué estás escribiendo? –preguntábamos al unísono, de cajón, al inicio, mientras él abría las cervezas y yo cambiaba de carril para dejar atrás los viejos autos V8 y las imágenes desteñidas del costumbrismo estático. Unicornios desmembrados, acuarelas medusas, adjetivos vangoghianos o manuales para no caer durante el bebeleche eran algunas de las ideas compartidas con el Golf/alcohol-y-rocanrol; las sesiones creativas nos dieron material suficiente para ser considerados en el taller literario donde aterrizábamos, como los “Gurúes de la creatividad”, “Arquetipos de biendecir” y algunas otras florituras que nunca nos hicieron revelar el secreto reservado a las avenidas y carreteras.

El VW Golf tiene una amplia cajuela. Gracias al abatimiento del respaldo trasero se puede contar con mil 200 decímetros cúbicos de capacidad sin perder el estilo.

— Tengo una historia para mi primera novela, quiero contártela. –Dije esa vez, mientras él subía con las cervezas en turno y alguna nueva idea en mente; lo llevaba en la mirada.

— Debo pasar por mi novia –fue toda su respuesta.

Destapamos sin preguntar nada. Era la tarde de Pink Floyd y “The Wall” que anticipaban una opereta distinta. Llegamos a casa de Arcelia. García Jiménez bajó por ella y ambos subieron al asiento trasero. Mientras yo encendía mi grabadora de audio, él me dio otra cerveza, desvió el espejo retrovisor al toldo, subió el volumen de “Another brick in the wall” y me dijo:

— Arranca como tú sabes. “No necesito brazos alrededor de mí” decía Roger Waters, mientras yo realizaba los cambios de velocidad en un bulevar ajetreado, escuchaba al respaldo trasero retraerse para brindar los mil 200 decímetros cúbicos de amplio espacio y pronunciaba a mi grabadora algunas frases inconexas por si algún día escribo un cuento donde me agarren de chofer. El camino casi libre, el VW Golf a 160 Km/h, 4 mil revoluciones por minuto, la relación peso potencia cargada a la parte de atrás y con movimientos de vaivén constante aderezados de gemidos coreando a Pink Floyd. Las palabras quedaron atrás. Juan Manuel balbuceaba y sudaba. Arcelia gemía algo que mi retrovisual no alcanzó a captar. Yo besando el gollete de la Carta Blanca, acelerando al Golf hasta 4 mil 500 revoluciones y expresando a mí mismo y a la grabadora “Tengo una historia para mi primera novela, quiero contártela… no es un mal comienzo”.

5 mil RPM. Rebasé a 190 por hora a algunos viajeros que por segundos notaban el show de mis inquilinos de atrás.

“¿Cambiaste un papel secundario en la guerra, por un rol principal en una jaula?”

* Este texto fue realizado hace aproximadamente 20 años y se publica hoy en homenaje

coreaba el estéreo a todo rock psicodélico.

Punto clímax de palabras reencontradas, Pink Floyd en bajamarea de percusión pirotécnica en “Run like Hell”, encontré la conexión mágica para un desenlace sorpresivo. Gruñir sexópata a contralto tras de mí. 6 mil revoluciones. 210 por hora. Un solo de guitarra insólito a manos de David Gilmour. Rezongó la voz del posible narrador omnisciente. Dos gritos al cielo trataban de perpetuarse. Pisé el acelerador al máximo del máximo que pudiera dar el compacto alemán.

“¿Y consiguieron hacerte cambiar aire caliente por una brisa suave?” fue la última pregunta de Waters en “Wish you were here”. El VW Golf es el mejor auto del mundo, pero a más de 7 mil RPM solamente un Ferrari. Una estela de humo alcanzó a mi carro mientras perdía velocidad y potencia. El sopor a dos fuegos epilogaba la sesión del baúl y las últimas frases sueltas para dar continuidad final y sorpresiva. Regresamos a pie por la acotación de la autopista. Ellos de la mano, sudando un silencio que se enfriaba al aire, yo hablándole de amor perdido a mi grabadora, antes de olvidar las frases superlativas, a toda velocidad para no dejar escapar ninguna letra rodante.

Una semana después mi carro fue declarado inservible, Pink Floyd anunció un glorioso reencuentro para X concierto benéfico, Juan Manuel García Jiménez y Arcelia terminaron su relación porque “fluía demasiado lento” y yo me convertí en solitario peatón que no dejó de hablar a su grabadora en los rincones lejanos al bulevar hasta terminar la susodicha novela.

a Juan Manuel García Jiménez, quien falleció el 21 de diciembre de 2024 en Zacatecas.
Juan Manuel García Jiménez (1970-2024). Foto de Rossalina López

Naufragio*

6 Por Eduardo Campech Miranda (1972-2024)

Porque tu cuerpo es la única playa

donde encallan mis deseos, navegaré por las noches sin brújula, sin faros, sin destino. Porque soy náufrago sin isla, habitaré tus enfados de cada mes y seré tu sombra en el reino sin sombras.

Porque me haces falta como mi propia voz… llenaré de susurros tus sueños, amaré lo que tú desechaste como un tesoro y así sabré que me has olvidado.

Eduardo Campech Miranda

1972-2024

* Poesía 9, de Eduardo Campech Miranda, fue publicada por Juan Manuel García Jiménez el 14 de diciembre de 2023. Este cartel fue pegado en las calles de Zacatecas, en los muros y en los postes de luz; fue parte de uno de los últimos proyectos de difusión de poesía de Juan Manuel.

Eduardo Campech Miranda 1972-2024

Para ti, Maestro Lalo

6 Por Simitrio Quezada

“Tú debes ser Coordinador Estatal de Bibliotecas”. Eso tecleé en el chat de Facebook contigo, Maestro Eduardo, en aquel septiembre de 2010. Cómo no podía sostener yo eso, Amigo, si en la misma biblioteca madre te conocí en 1995. Tan joven eras, tan serio, y aun así te transformabas en fuego a la hora de hablar de algún libro. Eras desde entonces un nato promotor de la lectura, y ninguno de los dos imaginaba cómo la vida nos haría incidir en órbitas semejantes, a veces felizmente traspuestas.

La céntrica Biblioteca Estatal Mauricio Magdaleno de esos años 90 era un polvorín de usuarios. Me parece que Zacatecas leía entonces mucho más. Era 1995 un año en que los universitarios veíamos más a los rostros que a las pantallas. Discutíamos más, nos dolían más el país y el futuro. Veníamos de un año anterior que en mucho había convulsionado la vida nacional. En la Universidad Autónoma de Zacatecas se organizaban caravanas de abasto de víveres para los guerrilleros internados en la selva lacandona. Se organizaban también marchas de apoyo por las principales calles de la capital zacatecana. La Mauricio Magdaleno de entonces, frente a uno de los lados del Jardín Independencia, veía pasar esas manifestaciones y era también centro de incubación de muchas buenas ideas; además de centro de reunión para grupos de estudio, para quienes querían reunirse y no tenían para el café, e incluso para parejas de enamorados que alternaban entre las mesas del centro de lectura y las bancas de la plaza.

En las salas bibliotecarias andabas tú, Campech, en las tertulias vespertinas. En algún momento te vi presentar al dueto Alebrije, con Adrián Villagómez, con la loa fúnebre que escribió Rubén Blades al padre Antonio y su monaguillo Andrés. Después anduviste en el grupo de escritores cooperativos que presentaba sus textos “por las amplias venas de la noche”. Te recuerdo también, en ese tiempo, junto al bibliotecario Panchito García Medina, junto al profesor Sergio Arturo (entonces sin canas), y junto a la joven y amable Alma Ortiz.

A finales de 1996 se unieron tu nombre y el mío, Amigo, del modo más inadvertido. Tras tirar el bofe por los escalones de la sede del Instituto Zacatecano de Cultura, por la colonia Díaz Ordaz, en un mediodía llegué a la oficina de Alma Rita Díaz, quien me pidió poemas míos para una posible publicación en la revista nacional “Tierra Adentro”. La abuela ciudad Zacatecas cumplía entonces 450 años de fundación. Tres semanas después, en abril, cuando ya había olvidado yo el episodio, encontré por el Portal de Rosales al académico Marcelo Sada. “Es muy original su poema a la enchilada sola en el plato”, me dijo. “¿Ése apareció?”, preguntó mi sorpresa. Tras comprar la revista, encontré que cuatro residentes del estado habíamos sido elegidos para publicación de poesía: de ellos, sólo dos hombres. Además de mí, Eduardo Campech Miranda, nacido en 1972. Años después, te invité a colaborar semanalmente en el suplemento cultural “Reloj de Arena”, de NTR. Gentil como siempre, aceptaste; sin pizca de ego, sin exigencias

ni poses. Sabía yo que ya te afincabas en la biblioteca estatal, que forjabas buena trayectoria, que promovías la lectura, que atendías a varios grupos dentro y fuera del estado de Zacatecas.

Tras el fin del gobierno que presidió la entonces perredista Amalia García, llegó el del priista Miguel Alonso. Debo asentar que, dentro del multimedios NTR, tanto Kutzi Hernández como un servidor compartíamos inquietud por la necesidad de un mayor apoyo a las bibliotecas públicas zacatecanas. Por eso, en aquella tarde de inicios de septiembre, te pregunté si estabas considerado para ese puesto. Era tu destino natural; siempre lo creí. Me respondiste que no, y todavía recuerdo tus palabras: “ese puesto es político”.

Con una preocupación genuina, y una convicción por tu valor como promotor de la lectura, yo tecleaba lo que te escribo al principio de esta carta: “Tú debes ser Coordinador Estatal de Bibliotecas”. Y te proponía yo buscar contacto con algún integrante del gabinete alonsista. Llegó al puesto algún designado que duró poco tiempo, y entonces regresó la inquietud. Aún tengo en nuestro chat de Facebook tus palabras: “en este momento estamos imposibilitados para echar a andar proyectos y convenios”.

Ése fuiste tú, Maestro Eduardo: un quijote preocupado siempre por el tamaño de los gigantes y de los boquetes burocráticos.

“Hay en puerta convenios con la Universidad y con el consulado estadounidense, y no se pueden realizar desde abril por la falta del coordinador”, me tecleaste en ese agosto de 2013. A ninguna autoridad estatal le interesaba el perjuicio de tantos meses sin directivo. Tan acostumbrados han es-

tado a eso de que las bibliotecas trabajan “con, sin y a pesar de” la cabeza que ponen. Lo irrisorio del asunto es que, en 2016, yo terminé siendo una de esas cabezas. Necesité de tu ayuda, claro, y jamás dejé de reconocer que eras tú quien tenía más méritos, por trayectoria dentro de las bibliotecas, para ocupar el cargo. Hicimos alianza fuerte, Maestro, y me satisface haber sido uno de los escasos coordinadores estatales que jamás se peleó contigo.

Vamos a teclearlo como debe ser, Maestro Lalo: cuando las broncas venían, tenías que salir a refugiarte a alguna área de la Secretaría de Educación (y eso privaba aún ahora que la pinche muerte llegó por ti: qué le costaba abrazarte adentro de una biblioteca). Tan ciertos fueron esos destierros periódicos y penosos que, cuando me tocó ser coordinador por segunda vez, en 2019, la condición que puse fue tu regreso inmediato a las bibliotecas zacatecanas.

Cuando nos llegó la pandemia, desde el Sizart me propuso Tere Velázquez trasladar mis transmisiones de video facebookeras a un formato de programa de radio. Supe entonces que no podía estar yo solo: que te necesitaba a ti, el mejor promotor de la lectura en el estado de Zacatecas, para un “conversatorio de cubrebocas”. Como siempre, no fallaste. Llegabas en tu carrito rojo a Lomas del Calvario y nos aventábamos la hora de cultura para taxistas, amas de casa y demás confinados. Me ayudabas, incluso, a parar bien el celular con que también transmitíamos en vivo por redes sociales. Gracias siempre por todo eso.

Campech: haces falta, Maestro cabrón. Haces falta con tus pláticas sobre Gianni Rodari, los orgullos que te daba tu hijo

Emiliano, los problemas nacionales en las salas de lectura o las ocasionales y urgentes peticiones de información para ver dónde podías obtener una cuarta o quinta fuente de empleo.

Haces falta porque has sido parte de la historia de Zacatecas en las tres décadas recientes, y otras tres o cuatro o cinco que íbamos a echarnos. Maestro Lalo: chingado, te fuiste antes. Y lo peor es que parece de pronto que vivimos en las comunidades del olvido, donde tu partida fue una noticia más, una esquela más, y llegan nuevas semanas y nuevas vainas.

Me prendo ahora a la inquietud de Jánea (quien siempre te apoyó mucho y a quien ahora agradezco la oportunidad) para que vuelva a escribirte. Me aferro a lo que tengo de chateos contigo. Cuando salí de tu velorio, me aventé dos veces el episodio completo de “Al filo del libro” con Jánea, con las revisiones de cómo nos habíamos conocido ella contigo y ella conmigo, y luego pasamos a los terrenos del paladar y las latitudes geográficas. Chihuahua, cómo estabas doliendo mientras te veía sonriente y hasta salivando por las evocaciones de sabor. Sé que el texto me está saliendo largo, mas sé también que en su lectura muchas y muchos volverán a verte en medio de ese patio grandote, y todos los estantes alrededor, y los méndigos baños chiquitos, y ustedes los bibliotecarios entrando y saliendo, y un radiante 1995 en que eras joven y desde la Economía y la Literatura soñabas con una revolución. Mira que de pronto sí te salió, y siempre te agradeceré que me hayas permitido estar a tu lado. Mira que sí te salió, cuando menos… al filo.

*Eduardo Campech Miranda falleció el 1 de noviembre en la ciudad de Zacatecas.

Cuando yo tenga una escuela

6 Por Alejandra Romero Moyano

Cuando yo tenga una escuela, la sala de lectura se llamará “Eduardo Campech Miranda”. Allí, les contaré a niñas y niños la historia de una gran persona que hizo todo lo posible por enseñarnos a amar los libros y adentrarnos en el maravilloso mundo de la lectura. Éste será un pequeño homenaje a quien dedicó su vida a fomentar el amor por las letras.

Campech era más que un promotor de la lectura; era un apasionado incansable que transformaba cualquier espacio en un rincón literario. Lo admiré profundamente por su entrega, su entusiasmo y su habilidad para conectar con las personas a través

de los libros. Ya fuera en congresos, lecturas compartidas, cafés o malteadas literarias para los más pequeños, el buen Campech encontraba siempre la manera de inspirarnos.

Mi hija lo conoció cuando fue por primera vez a la Biblioteca Mauricio Magdaleno. Al regresar, me dijo emocionada: “Tengo un nuevo amigo que se llama Campech. Creo que ama su trabajo, porque se nota en cómo nos mostró ese enorme lugar. Parecía conocerlo mejor que nadie: cada obra, cada espacio y hasta a los usuarios”. Desde entonces, “el dueño de la biblioteca”, como ella lo llamaba cariñosamente, se convirtió en un referente de sabiduría y generosidad.

Si necesitabas un libro, Campech lo tenía. Si querías hablar de letras, él estaba dispuesto. Y si alguna vez la conversación derivaba en política, podías contar con su aguda opinión. No era sólo un guardián de la lectura, era un puente hacia ella y cómo él se decía, él era “Campech, amigo de todos los libros”. Hoy lo recuerdo con gratitud y nostalgia, celebrando todo lo que hizo para que muchos encontráramos en la lectura un refugio, un reto, un placer. Espero que, donde quiera que esté, sepa que dejó una huella imborrable en quienes lo conocimos. Gracias, Eduardo Campech Miranda. Con cariño, “la inge” como él me decía.

Entre gitanas y magos construimos caminos

6 Por Juan José Monarrez Anguiano

Era un sábado por la mañana, el segundo día del diplomado que impartían para la profesionalización de la mediación lectora; llegué temprano y con hambre así que me disponía a saborear unos ricos burros, tradicionales por estos lares, cuando escuché la voz del maestro Campech, el día anterior habíamos iniciado ese módulo y lo conocimos, rudo, cínicamente alegre pero sobre todo comprometido con la mediación como una actividad pensada; sin tapujos llegó a la banca de hierro y tomó asiento, llevaba un café cargado y una sonrisa plena que quitó la primera impresión.

Rápidamente ofrecí uno de los burros, pues tengo por costumbre llevar de más por si me encuentro a los de provincia, quienes no degustan tanto estos manjares; al principio se negó, pero al saber que era de chicharrón prensado todo cambió, rápidamente nos contamos nuestras aventuras en la lectura e iniciamos una verdadera amistad que perduró y se mantuvo activa por más de 12 años.

Eduardo Campech Miranda era un pirata de la mediación, un lector selectivo que no entraba en

los cánones de la academia y dispuesto siempre a demostrar que, el simple hecho de leer es una aventura, más si esa lectura se hace con ánimos lúdicos y de adentrarse a los recónditos secretos que cada libro nos regala. Por ello, cada vez que podía, armábamos programas que hablaban de tal o cual género, o simplemente de actividades relacionadas con la mediación lectora.

Fue protagonista de un gran número de programas Alrededor de la Fogata donde discurríamos sobre diversas temáticas con otros integrantes del colectivo, era un Lector del Desierto igual que nosotros, un crítico de las formas, incluso de las que él mismo realizaba en cuestión de la lectura como un medio de comunicación efectiva, por ello realizaba una serie de talleres y pláticas de lectura en voz alta, de cómo seleccionar material para una sesión e incluso de cómo usar la tecnología para mantener a sus oyentes campechaneando con su voz en lecturas, unas muy tradicionales, otras eróticas, lo que permitió que otros le siguiésemos los pasos y abrir nuevas oportunidades de compartir.

Es difícil decir cuántos libros leyó el estimado Campech pero sí sabemos que Rayuela era una de sus novelas, es más, la novela con la cual quedó un taller en el aire, uno sobre numerología, astrología y coincidencias que la misma rayuela propone, cómo los espacios juegan con los mismos personajes y cada uno de los días y números coinciden con distintas simbologías; pero eso no puedo más que expresarlo de la manera que él mismo me lo platicó al estar armando el taller, ya que los secretos se los llevó a ese lugar de magia y colores en donde se encuentra.

Gracias, Campech, por coincidir en tanto conmigo y ser un pilar del proyecto al cual tanto apoyaste, gracias por esos consejos y advertencias que cada semana discurrían con las llamadas telefónicas interminables que teníamos y sobre todo por la paciencia en cuanto mis planes llegaban a tus oídos y ponías calma en mi ansia de apresurar los momentos. No puedo más que seguir un poco aquellas pláticas y poner a rodar algunas de las propuestas planeadas, hasta pronto, estoy seguro que vamos a coincidir en los mismos círculos, aunque sean de comedia.

* Juan José Monarrez Anguiano coordina el Colectivo Lectores en el Desierto desde Ciudad Juárez, Chihuahua. De profesión literato y lector por afición, dedica gran parte de su tiempo y recursos en investigación y propuestas que den a la lectura una vuelta voraz de posibilidades. Transmite distintos programas que hablan sobre procesos lectores y desarrolla un encuentro llamado Puente de Palabras donde, de manera horizontal, se comparten experiencias y procesos.

Eduardo
*Eduardo Campech Miranda falleció el 1 de noviembre en la ciudad de Zacatecas.
Eduardo Campech Miranda (1972-2024).

Eduardo Campech Miranda nació el 25 de julio de 1972 en Ciudad Nezahualcóyotl, en el Estado de México; vivió hasta la adolescencia en la Ciudad de México y llegó a Zacatecas en 1989. Fue un excelente promotor de la lectura y un “textoservidor” nato. Desde la Biblioteca Mauricio Magdaleno compartió su amor por los libros y trabajó con ahínco como mediador. Campech fue, además, un colaborador excepcional de La Gualdra y una de las grandes pérdidas para la comunidad este año 2024. Falleció el 1 de noviembre. Viviremos eternamente agradecidos con él.

Eduardo Campech Miranda (1972-2024)

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