SUPLEMENTO CULTURAL
NO. 600 /// 27 DE NOVIEMBRE DE 2023 /// AÑO 13
DIR. JÁNEA ESTRADA LAZARÍN
Daniel Espartaco Sánchez.
“La nostalgia se ha convertido en uno de los males de nuestra época. Es una herramienta reaccionaria. No me extraña que esté en todas partes, en los comerciales o en las series de televisión. Parece decir: evádete de la realidad del presente, no pienses en un futuro diferente, mira al pasado, y sobre todo, compra nuestras figuritas de acción de la Guerra de las Galaxias”. Daniel Espartaco Sánchez (Chihuahua, 1977) es autor de una decena de publicaciones, entre ellas Cosmonauta (FETA, 2011), Autos Usados (Mondadori, 2012), Memorias de un hombre nuevo (Literatura Random House, 2015). Su más reciente libro es una historia titulada Te van a llevar los rusos (Libros del Sargento, 2023). Ha ganado diferentes premios nacionales. [Una entrevista con él realizada por Beatriz Pérez Pereda en esta edición]
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Editorial Tres notas y un 600 Para finalizar el mes de noviembre y muy próximos a que el otoño concluya, compartimos con nuestros lectores tres breves notas para recibir con alegría la semana y la temporada decembrina. El Festival de Cine en Fresnillo concluyó la semana pasada y dentro de todas sus actividades hubo una cuyos resultados no dimos a conocer el número pasado porque teníamos ya la edición cerrada, se trata de los resultados del concurso de cortometrajes presentados en el festival, derivados de la convocatoria Impulso al Cortometraje Mexicano. El jurado, integrado por Dana Rotberg, Iván Ávila Dueñas, y Sergio Raúl López, otorgó el Premio al Mejor Cortometraje Nacional a Emanuel Gerardo Guerrero Guzmán (originario de Durango) por Mañana no será así; y otorgó el Premio al Mejor Cortometraje Estatal a Marco Tulio Cortez Arriaga, por Más allá de las paredes, cortometraje que “elogia la poesía y la mirada profunda sobre la violencia, el dolor y la ausencia en las comunidades zacatecanas”. Esta noticia nos dio mucho gusto, en especial por Marco Tulio, pues se trata de un joven cineasta zacatecano participante en ambos cortometrajes premiados, en el primero haciendo la parte creativa de imagen; y en el segundo realizando la dirección. Muchas felicidades a los ganadores, particularmente a nuestro paisano, con quien trataremos en próximos días de hablar para platicar sobre estos cortos y sus planes a futuro. El jueves 23 de noviembre se abrió la Casa Abasolo 49 como ya lo habíamos anticipado. 49 artistas participaron en la convocatoria hecha por Joaquín Trujillo, Francisco Escobedo y Tamara Soto. La nueva galería abrió sus puertas para mostrar el trabajo de los artistas cuyas obras en papel lucieron en las paredes de la casa ubicada en el centro histórico de una manera peculiar, rompiendo con las formas tradicionales se podían apreciar en una especie de cascada visual, como si estuvieran listas para llevar, a eso invitaba la muestra. Hay dos cosas a resaltar, la primera: encontrarme con un espacio que dio la posibilidad a las nuevas generaciones de artistas de exponer junto con quienes tienen más años de trayectoria; la labor de estos galeristas es loable en
Contenido muchos sentidos, pero dar la oportunidad a los jóvenes con talento es algo necesario no sólo para ellos como creadores, sino también para los espectadores y potenciales compradores tengamos la posibilidad de conocer sus propuestas. La segunda cuestión es que hubo una verdadera labor de promoción y venta y los resultados fueron muy buenos. Por eso felicitamos a todos quienes tuvieron la oportunidad de participar en la inauguración de este nuevo proyecto; y a quienes aún no lo han hecho, pueden acercarse con los propietarios y mostrar sus portafolios. Aprovecho para mencionar lo siguiente: sería una excelente idea regalar arte esta Navidad, invitados están, vayan a las galerías existentes en la ciudad, seguro encontrarán algo ideal para ustedes. Hoy llegamos al número 600 de ediciones gualdreñas y ésta es la tercera nota. La verdad sea dicha, no ha habido un solo fin de semana desde finales de mayo del 2011 cuando nos propusimos a hacer el primer número, en que no me haya emocionado sentarme en frente de la computadora para seleccionar los textos y las imágenes a incluirse en cada edición. Hacer La Gualdra es un placer para mí porque implica no sólo el compromiso de difundir temas relacionados con arte y cultura generados cotidianamente, sino porque implica adquirir nuevos conocimientos cada semana. Gracias a esta labor he tenido la oportunidad de leer libros recomendados por nuestros autores y que se han convertido en verdaderos descubrimientos; ver películas que de otra manera ni se me hubiera ocurrido elegir; me he sorprendido con series de TV reseñadas aquí; he asistido a conciertos y obras de teatro con una perspectiva diferente; pero también he podido conocer más de acontecimientos históricos y hallazgos arqueológicos, sólo por mencionar algunos de los temas. De todo, lo más importante en estos 600 números, sin duda, ha sido tener el privilegio de entrar en contacto con nuestros colaboradores y de poder llevar su trabajo a quienes nos leen. Muchas gracias a todos. Que disfrute su lectura.
3 Daniel Espartaco Sánchez: Te van a llevar los rusos Por Beatriz Pérez Pereda
4 5 No aceptamos propaganda religiosa Por Daniel Espartaco Sánchez
6 Ivanko Moses-Lee. The love technician. De la serie Kinky Rvelas. Collage digital. 2023.
7 Juan Carlos Villegas. Albinus. Carboncillo, grafito, óxido de hierro y acrílico sobre papel algodón. 35.5 x 28 cm. 2023.
8 Dos pensadores y un mundo abigarrado de símbolos [parte uno] Por Sigifredo Esquivel Marin
9 Vivir es increíble [siete] Por Edgar Khonde Identidades neoclásicas en Fresnillo: El Ágora González Echeverría Por Irving Reyes Maldonado
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Jánea Estrada Lazarín lagualdra@hotmail.com
Desayuno en Tiffany’s, mon ku Little girl blue, de Mona Achache Por Carlos Belmonte Grey El fulgor de la guerra Por Álvaro Luis López-Limón
Directorio
Carmen Lira Saade Dir. General Raymundo Cárdenas Vargas Dir. La Jornada de Zacatecas direccion.zac@infodem.com.mx
Jánea Estrada Lazarín Dir. La Gualdra lagualdra@hotmail.com Sandra Andrade Diseño Editorial
La Gualdra es una coproducción de Jánea Estrada Lazarín y La Jornada Zacatecas. Publicación semanal, distribuída e impresa por Información para la Democracia S.A. de C.V. Prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta publicación, por cualquier medio sin permiso de los editores.
Juan Carlos Villegas Ilustraciones jvampiro71@hotmail.com
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Daniel Espartaco Sánchez: Te van a llevar los rusos 6 Por Beatriz Pérez Pereda
Beatriz Pérez Pereda: El humor es una característica recurrente que atribuyen a tu obra, hay ironía, a veces una mirada cínica, hay quienes han dicho que incluso ese humor es un poco de amargura, sin embargo, a mí me parece que también es un dejo de la alegría o placer con que ejerces la escritura, algo infrecuente en este país donde los escritores sufren escribiendo y sufren por no escribir. Platícanos qué piensas de esto… Daniel Espartaco Sánchez: Casi nunca me propongo escribir con humor. Y cuando lo he intentado el resultado nunca me ha gustado. Supongo que el humor, la tristeza, el cinismo y la amargura forman parte de mi personalidad y eso se transmite a la hora de escribir una escena o describir un paisaje. Me cuesta mucho trabajo escribir, además. O cada vez me cuesta más trabajo. Y entre el primer borrador y la publicación final pasan largos períodos de tiempo, aunque supongo que el humor ya está ahí desde la primera versión, es decir, de una manera espontánea. Si existe un tipo peculiar de humor en lo que escribo, supongo que es una herencia familiar y cultural. En mi familia siempre bromeamos con amargura de la vida. No sé en los demás estados del norte, pero el Chihuahua que yo recuerdo es muy poco solemne. BPP: La nostalgia es un tema trasversal en todos (o casi todos) tus libros, la nostalgia de la utopía, la utopía más bien como un fracaso o una imposibilidad, después de varios libros, qué significan estas palabras en tu obra “utopía”, “nos-
el primero que leí de Daniel Espartaco Sánchez, desde entonces es uno de mis escritores mexicanos favoritos, nunca he podido leer un libro suyo sin sonreír o incluso carcajearme, y no porque estén escritos desde un humor involuntario, fácil, sino porque su mirada inteligente siempre pone en contraste lo absurdo del mundo, y frente a eso sólo queda sonreír porque llorar no resuelve nada. Una década después y con motivo de su más reciente publicación Te van a llevar los rusos (Libros del Sargento, 2023), por fin me animé a pedirle esta entrevista donde, en un repaso de las constantes en su obra, nos habla de sus nuevos proyectos y para felicidad de todos sus lectores, nos regala un adelanto de su próxima novela.
talgia”, esa mirada un tanto idílica al ayer para entender el presente: DES: Ya no me rasgo tanto las vestiduras al respecto de las utopías. El pasado lo miro con ironía, y con amargura. Al tener una malformación histórica suelo mirar el pasado de una manera mucho más compleja que cualquier libro de texto. Es decir, de una manera un poco más objetiva que ideológica. La nostalgia se ha convertido en uno de los males de nuestra época. Es una herramienta reaccionaria. No me extraña que esté en todas partes, en los comerciales o en las series de televisión. Parece decir: evádete de la realidad del presente, no pienses en un futuro diferente, mira al pasado, y sobre todo, compra nuestras figuritas de acción de la Guerra de las Galaxias. BPP: El mundo literario, desde una crítica al sistema de premios, becas y demás modos de la literatura mexicana, es otro de tus temas. Tú eres un escritor que se rehusó al realismo socialista, a la novela social e incluso a una autoficción evidente (me gusta mucho la división que haces entre que personal no es autobiográfico), esto parecería un suicido editorial, sin embargo publicaciones y reconocimientos no te han faltado, quieres contarnos un poco de esta postura, de estas ideas. DES: La autoficción es una idea vieja que ha sido rebautizada con un empaque nuevo, más colorido, para atraer a adolescentes drogados en la tienda de conveniencia. El realismo socialista de hoy en día es tan malig-
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ace doce años mi mejor amigo me acompañó a hacer unos trámites largos a una oficina alejada, él se quedó en el estacionamiento mientras yo hacía filas interminables y luchaba contra el enemigo de todos los ciudadanos: la burocracia. Cuando bajé del auto le di el libro que por esas fechas yo andaba leyendo y le dije “por si te aburres, ponte a leer esto”. Cuando regresé, triunfante, lo encontré con el libro en las manos, le pregunté que si se había aburrido y qué le había parecido el libro; él, que se dedica a asuntos fiscales y que no lee nada salvo pleitos contra el SAT, me dijo: “pues el autor ha de ser bueno, porque hasta a mí me gustó y me fui leyendo de corrido, ¿es tu amigo este escritor?...”. El libro era Cosmonauta (FETA, 2011),
no como el de la era soviética. Hoy en día el Estado ya no te manda al gulag por salirte del canon de papá Stalin, es el mercado quien se encarga de sepultarte si no escribes de los temas de moda, si no eres lo suficientemente reivindicativo. A veces creo que deberíamos de volver al Samizdat. El problema del realismo socialista es que no dice nada nuevo, sólo reafirma el mismo discurso en el que ya todos estamos de acuerdo. Yo estoy a favor de todo lo correcto, por lo tanto no me interesa escribir de algo que ya doy por hecho. Me quedo con el consejo de Chéjov. Un escritor debe plantear preguntas, no responderlas. Una novela que te da respuestas, que te dice que esto y lo otro son malos y aquello es bueno, me parece aburrida. Para eso están los periodistas comprometidos, que además, también escriben libros.
cuando estoy con personas que me aburren. Sin estas herramientas me hubiera quedado sin leer muchas cosas que me interesan y que luego no son nada fáciles de conseguir. El ciclo del libro es despiadado, unas semanas en mesa de novedades, luego en catálogo, luego a la bodega o la máquina trituradora, luego fin. El internet le da al libro una segunda vida. No hablo mucho con lectores, pero a veces alguien me comenta algo y, como soy humano, me agrada, incluso me siento halagado. Para mí ésa es la mayor recompensa. Si escribir es un acto de comunicación, y si alguien que no es mi mamá o mi mejor amigo, alguien que no conozco, me escribe para decirme que leyó algo mío, me siento muy contento. He hecho llorar y reír a mucha gente. ¿Qué más se puede pedir? Entonces ya valió la pena todo el esfuerzo.
BPP: Varios de tus libros están para descarga libre (y para algunos ilegal) en ciertas páginas, para mí esto es una muestra del interés que hay en leerte. En un artículo que escribiste sobre Murakami, palabras más o menos, decías que al final no le hacía falta el Nobel si tenía una legión de fans dispuestos a recibir hasta una bala por él. Tú cómo dialogas con tus lectores, te gusta que se acerquen, lees reseñas… DES: No me molesta que mis libros estén en descarga gratuita o ilegal. Viva la piratería. La mitad o más de los libros que yo leo al año, los descargo en internet. Siempre traigo un libro en mi celular para pasar el rato
BPP: Por último, cuéntanos un poco de cuáles son tus obsesiones actuales, qué quieres escribir, qué estás escribiendo: DES: Me interesa y me aterran los cambios por los que pasa el mundo, la desigualdad, el encarecimiento de la vivienda, de la vida en general, el cambio climático, la forma de vida totalmente equivocada en la que vivimos. Pero ya parezco el abuelo Simpson cuando le grita a una nube. Cuando escribo tengo muchas preocupaciones en el aire, pero trato de que no se noten de una manera tan obvia para no caer en el realismo socialista, y ya no se diga, en la autoficción.
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No aceptamos propaganda religiosa
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6 Por Daniel Espartaco Sánchez
Daniel Espartaco Sánchez.
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Hola, te traemos buenas noticias —así te lo decían, como si tuviéramos que ponernos a bailar ahí mismo, como David frente al Arca de la Alianza—, ¿sabías que Jesús, el hijo de Dios, murió por todos nosotros para salvarnos de la muerte? Y si en ese momento resultaba que mi hermana Inessa y yo estábamos solos en casa, dos señoras mitad vendedoras de enciclopedia, mitad kamikazes, se acomodaban en el sillón para contarnos las buenas nuevas y empollar el huevo de nuestra salvación. Dos almas inocentes ganadas al Maligno para exasperación de mi padre, cuando llegaba del mandado, después de salir del trabajo, en su Renault 12, cargado con bolsas de papel. Las señoras le preguntaban a qué religión pertenecía nuestra familia y les respondía que nosotros éramos librepensadores. Porque no podía evitar enfrascarse en largas discusiones con ellas acerca de la existencia de Dios y la veracidad de la Biblia, puros cuentos chinos, decía. A mí me parecía comprensible que le irritasen tanto aquellas mujeres pulcras y amables, porque para entonces mi padre ya había perdido su puesto en la fábrica de pantalones de mezclilla, en el departamento de contabilidad, donde había trabajado durante diez años, de manera sobrecalificada, como él decía, pues, aunque no sa-
bía programar la videocasetera y me pedía que lo hiciera por él, se había graduado con las mejores notas de la Facultad de Economía, en la Ciudad de México. Una carrera que no servía para nada, nos decía, y que era imposible ejercer en aquel pueblo perdido en el culo del mundo. Mi padre, que había soñado con estudiar en el extranjero, Moscú, Londres, ahora estaba ahí, alimentando a una familia, se quejaba todo el tiempo. Por suerte, o para su mala suerte, había estudiado contabilidad en una secundaria técnica y gracias a eso podía traer el pollo a casa. Así lo decía, aunque no siempre llegara con un pollo a la casa. Y vaya que se rompía el lomo, tenía además algunos clientes fuera de la fábrica, recuerdo a un dentista y a un abogado. Pasaba las noches frente a sus libros de contabilidad y se quejaba de los amigos que querían que les hiciera gratis la declaración de Hacienda. Se había quedado canoso de manera prematura, a los treinta y tantos años. —¿Cuántas veces les he dicho que no le abran la puerta a esas fanáticas? —nos recriminaba, refiriéndose a las testigos de Jehová. Y como ya estaba harto de enfrascarse en discusiones estériles con esas mujeres, mandó imprimir un engomado con la leyenda “Este hogar es librepensador, no aceptamos propaganda religiosa”. Estaba muy orgulloso
de la idea, una parodia del “Este hogar es católico, no aceptamos propaganda protestante” que uno veía pegado en las ventanas de los vecinos. Abajo de esta frase, con letras más pequeñas y entre paréntesis, agregó: “La religión es el suspiro de la criatura oprimida”. Pero el engomado no cumplió con el objetivo. Por el contrario, las testigos de Jehová se lo tomaron de manera personal y comenzaron a llegar en oleadas salvajes, como en aquel documental que una vez pasaron en la televisión, en donde te explicaban por medio de un mapa cómo fue que cayó el imperio romano. Llegaban una y otra vez, pues mi hermana y yo éramos un trofeo difícil de ignorar para aquellas mujeres de faldas largas, bien aseadas, con folletos a color impresos en los Estados Unidos —La Atalaya y ¡Despertad!—, cuya tinta olía muy bien, y cuyos titulares eran preguntas no del todo impertinentes, o al menos así me lo parecía —“¿Está el mundo fuera de control?”, “¿Qué encierra el futuro?”—, y que nos arrojaban por debajo de la puerta como si fueran granadas de mano. Ya en ese tiempo, mi padre ya actuaba de una manera inusual. Comenzó a padecer de insomnio y a tomar pastillas para dormir. Por las mañanas, al despertar, le costaba trabajo incorporarse al mundo de los vivos. Se quedaba sentado en la cama, mi-
rando hacia la pared, antes de prepararnos el desayuno, mientras mi madre se maquillaba para ir a trabajar. Los fines de semana nuestras salidas, aparte del cine y comer en un restaurante, consistían en recorrer en el Renault 12 los vecindarios en donde hasta entonces había vivido la gente rica, que ya comenzaba a mudarse a fraccionamientos más exclusivos a las afueras de la ciudad. Eran grandes casonas de estilo colonial California, nos explicaba mi padre, de fachadas blancas y jardines extensos, tejas rojas y grandes ventanales alrededor de la escalera. A mi hermana y a mí nos gustaba mirar las decoraciones de Halloween y Navidad, la manera en que sus habitantes parecían competir con los vecinos por los adornos más ostentosos. Nos gustaba en especial una casa en donde los dueños colocaban un nacimiento enorme, casi a escala humana, con la Sagrada Familia, los reyes magos, multitud de pastores y toda clase de animales inverosímiles para la Palestina del año cero, porque aparte del elefante de Melchor y el camello de Gaspar, había jirafas, hipopótamos, monos, tigres de bengala, etcétera. Ya habían pasado las festividades y un sábado por la tarde nos dimos cuenta de que en lugar del nacimiento había un letrero de venta fijado en la fachada. Mi padre ya había detenido el Renault. —¿Qué pasa? —le preguntó mi madre, pero su esposo ya estaba de pie ante la puerta, el dedo índice en el botón del timbre. —¿No quieren conocer cómo es por dentro? —nos gritó. —¡Sí! —dijo Inessa, mi hermana, la entusiasta, y mi madre y yo no tuvimos más remedio que bajarnos, algo que me resultó, no sé por qué, embarazoso, tal vez porque no teníamos dinero para pagar una casa de ese tamaño. Mi padre con frecuencia hacía referencia a los años que faltaban para terminar de pagar el lugar donde vivíamos, construido por el Estado, de ladrillos rojos, dos habitaciones, caliente como un horno en verano y frío como un congelador en invierno. Nos abrió un hombre de aspecto pulcro y austero, moreno, de cabello gris, que vestía una camisa blanca impecable. Yo supuse que debía de ser el mayordomo, o algo así, porque los mayordomos sólo los había visto en las películas. —Buenas tardes —se presentó mi padre—, nos interesa conocer la casa. Daba pena verlo vestido con los jeans que se había comprado con descuento en la fábrica, y una camiseta de polo. No parecía la clase de persona que pudiera comprarse una casa de ese tamaño, pero el hombre de aspecto pulcro no pareció notarlo: —Pasen —nos dijo con un ademán. La casa era más bella y luminosa por dentro que por fuera, estaba vacía
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y nuestros pasos resonaban en el piso de madera encerado. Yo nunca había visto un piso de madera. Me maravillaron las molduras del techo del vestíbulo, de donde colgaba una araña de cristal. Una escalera helicoidal bajaba del segundo piso rodeada por los ventanales que podían verse desde afuera, aunque dentro la luz era filtrada por el verde de los árboles del jardín. Mi padre hablaba con el hombre que nos mostraba la casa y se daba aires de importancia, preguntando algunas cuestiones sobre el estado de los techos, la plomería y la instalación eléctrica. —Mamá, ¿por qué en el baño hay dos excusados? —preguntó Inessa. —Es un bidé —dijo mi madre, pero no quiso dar más detalles al respecto. Y no sé cómo se volvió una costumbre, a partir de aquel sábado, entrar en aquellas casas cada vez que veíamos un letrero de venta. Nos dedicá-
bamos a husmear cada rincón como expertos compradores e incluso a criticar abiertamente ciertos detalles. —Creo que no está bien orientada —observaba mi madre. —Me parece que la cocina es demasiado pequeña —decía mi hermana, aunque no fuera cierto. —Gracias —se despedía mi padre, mientras apuntaba el teléfono que el empleado de la inmobiliaria o el mayordomo o el miembro de la familia propietaria le dictaba—, voy a consultarlo con mi esposa. Como todo lo que hacía en la vida, apuntaba de manera metódica aquellos números de teléfono y las direcciones de las casas, como si fuera a usarlos en algún momento. En cuanto al engomado en la ventana que decía “Este hogar es librepensador”, con el tiempo se volvió ilegible, carcomido por el sol. Y como
tocado a lo Caifás en el Sanedrín, como en las películas en Semana Santa. —¿Gustan pasar? —remataba Inessa. Y les mostraba los sillones funcionales comprados con un crédito del Estado, cubiertos con un sarape de Saltillo, los guajes y los dibujos étnicos en hojas de papel amate clavados con tachuelas en la pared. No podía faltar la guitarra con la que mi madre amenizaba las reuniones con nuestros amigos librepensadores, ni su colección de máscaras chiapanecas —pues había nacido en ese estado—, obligatoria a la sazón en todo hogar que se preciara de ser librepensador. —Que pases buenas tardes —sentenciaba una segunda mujer con una sonrisa forzada, porque ya Inessa había logrado extraerle una gota de sudor de la frente. A lo mejor existía una especie de curso de capacitación para testigos de Jehová en donde estaban previstos aquellos escenarios posibles cada vez que llamaban a una puerta, como el McDonald's donde años después yo tomaría un curso de capacitación. Ahí me enseñaron qué decir en caso de que un cliente se pusiera pesado, por ejemplo, pero yo creo que el curso de los testigos no decía nada sobre cómo tratar con una niña que hablaba de la Torá. Cuando las mujeres se marchaban, Inessa cerraba la puerta para poder desternillarnos de risa. Y disfrutamos hacerlo por un tiempo hasta que nos aburrió. Volvimos al sigilo, a asomarnos por la ventana y a subirle el volumen al televisor. Ése fue el año que mi padre comenzó a firmar aquellos cheques en blanco. Dejamos de salir los fines de semana a inspeccionar las casas de la gente rica, prescindimos del cine y del restaurante. Luego unos hombres vestidos con trajes de poliéster vinieron a buscarlo por desfalco, pero él ya se había ido para siempre. No volvimos a saber de él en muchos años. Y así fue como el verdadero lobo del cuento nos mostró su garra blanqueada en harina e Inessa y yo no pudimos hacer nada para defendernos. —Hola, ¡somos la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días! Sí, poco después comenzaron a aparecer los misioneros de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Dos muchachos agradables con pantalones de pinzas, camisas blancas de manga corta, corbatas con broche y mochilas JanSport. Brother John y el hermano Juan. Un gringo rubio y un local moreno. Tenían su propia Biblia llamada el Libro del Mormón, pero nunca fueron tan divertidos como los testigos de Jehová.
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sucede en aquel cuento de “El lobo y los siete cabritos” —donde los cabritos le piden al lobo les muestre la pata para ver si es blanca y no negra—, mi hermana y yo nos resignamos a mirar con sigilo, entre las cortinas, cada vez que llamaban a la puerta y estábamos solos, pero las testigos de Jehová tocaban el timbre una y otra vez. ¿Qué podíamos hacer? Decirles que éramos librepensadores —lo que fuera que esto signifique— sólo habría exacerbado más sus instintos misioneros. Fue Inessa, una tarde, quien encontró la solución que utilizaríamos desde ese momento para alejar a las testigos de Jehová. Cuando llamaban a la puerta y le preguntaban si había leído la Biblia, les respondía que sí, pero la Biblia judía: —Porque en esta casa somos judíos —mentía— y leemos la Torá durante el shabat. El truco consistía en alargar la “sh” para darle un tono aún más exótico. —Shhhhhhhabaaat —decía ella. Las testigos de Jehová se quedaban desconcertadas sin saber qué responder. Luego Inessa agregaba con su vocecita de niña en apariencia inocente, y con el tono pedagógico de la familia Sánchez: —¿Sabía usted que la Torá está compuesta por los primeros cinco libros de la Biblia de ustedes los cristianos? —... Silencio, porque aquel “ustedes los cristianos” o “ustedes los gentiles” parecía tener un gran efecto sobre ellas. —Lo que ustedes llaman el Antiguo Testamento. —... Pestañeo. —También se le conoce como Pentateuco… —... Silencio. Pestañeo. —Génesis, Éxodo, Levítico, Números… Yo tenía que aguantarme las carcajadas detrás de la puerta. ¿De dónde habría sacado Inessa, con apenas siete años —yo tenía doce—, que la Biblia de los judíos se llamaba Torá o Pentateuco? Eso ya era gracioso de por sí, pero el rostro de las señoras en apariencia irreductibles, los folletos a manera de escudo, el cabello corto o bien agarrado en una coleta, que olían a toda clase de cremas, talco Johnson & Johnson y otros productos de limpieza, a pesar de los casi cuarenta grados y el sol del mediodía —siempre frescas por medio de la fe—, aquello sí que podía matarme de risa. Si Inessa les hubiera dicho que éramos seguidores de Baal o Moloch se lo habrían tomado con más tranquilidad. —Ah, qué bueno —decía finalmente una de las mujeres. ¿Qué pasaría por sus cabezas? A lo mejor se imaginaban a Inessa con un
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Ivanko Moses-Lee. The love technician. De la serie Kinky Rvelas. Collage digital. 2023.
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Dos pensadores y un mundo abigarrado de símbolos [parte uno]
Filosofía
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ierta mirada en común Guillermo de Conches nacido en Normandía cerca del año 1085, junto con Pedro Abelardo, fue uno de los más grandes pensadores y maestros del siglo XII; y fue uno de los más importantes representantes y animadores de la Escuela de Chartres, anticipación de la universidad moderna europea. Awy Warbourg, nacido en Hamburgo el 13 de junio del 1866, en el seno de una familia acaudalada, dejó el sitio que le correspondía en la empresa familiar a su hermano Max a cambio de una mensualidad para estudios, viajes, libros e investigaciones, iniciando así una de las colecciones más importantes de Occidente. Ambos pensadores eruditos tenían en común el amor por los libros, la colección de todo tipo de obras y la entrega al saber en todas sus manifestaciones, pero más allá de su amor infinito al saber, los une una búsqueda en común: buscar un equilibrio entre razón, pasión y fe y ver el mundo desde sus misterios arcanos, para ambos el mundo es sagrado en tanto manifestación de un ámbito trascendente. Por eso podemos equiparar al maestro de Walter Benjamin y Ernest Cassirer con ese viejo pensador medieval que escribiera Philosophia Mundi donde hace un apretado compendio del saber humanista medieval en diálogo con las sagradas escrituras, los clásicos griegos y latinos y la investigación de la naturaleza. Más allá de sus diferencias radicales, Atlas Mnemosyne de Warbourg y Philosophia Mundi de Conches buscan dar cuenta de un mundo abigarrado de símbolos y abierto al encuentro de la tradición. Ambos pensadores, sin ser equiparables, comparten cierta forma de ver el mundo como un ser animado simbólico y no como una cosa inerte. Guillermo de Conches: Philosophia Mundi como espejo fiel de la creación Hay que arrojar al cesto de basura y olvidar a todos esos manuales de filosofía que nos muestran la antigüedad como cosa superada y la Edad Media como oscurantismo y sinrazón. La historia de las ideas suele compartir una narrativa progresista que culmina en la modernidad, y en el mejor de los casos se ubica en el pasado algún antecedente de un pensador moderno. Impera una narrativa lineal heleno-germanocéntrica que culmina en el idealismo alemán y
sus apostillas francesas. Empero, el pensamiento medieval no es una antigualla en desuso sino un poderoso arsenal para repensar otras formas de pensamiento que puedan equilibrar ser humano y mundo y divinidad desde perspectivas descentradas no racionalistas. Proporcionan elementos para elucidar un humanismo no antropocéntrico. Cabe destacar la gran revolución cultural del siglo XII que genera una revitalización de la cultura, la vida cotidiana, los viajes, los encuentros entre las culturas árabes y bizantinas generando un crisol complejo de encuentros e intercambios, no exento de violencia
y persecución; las cruzadas dan cuenta de esta complejidad de hibridaciones y mestizajes. La filosofía medieval –según Calabrese y Junco, traductores de la obra magna de Conches– es el conocimiento de las cosas divinas y humanas, para los medievales el saber está orientado a saber vivir bien, esto es, una forma de sabiduría. El humanismo medieval se caracteriza por: 1) un nítido sentido de dignidad de la naturaleza humana y de la naturaleza misma, 2) el orden del mundo está abierto a la comprensión de la inteligencia del hombre. La idea de imagen antropológica divina implica que el hombre no es
Dios, pero participa de la divinidad en tanto semejante a Él. Hay autonomía de la razón humana e interdependencia respecto a Dios y el mundo; la infinitud de Dios confronta la finitud del hombre. Particularmente en autores como Pedro Abelardo y Guillermo de Conches, se destaca la comprensión simbólica de la naturaleza. La naturaleza –según la concepción medieval– resulta irreductible a toda consideración moderna de objeto o res extensa. El pensamiento medieval tiene una concepción compleja y diversificada de la naturaleza. Dos conceptos articulan un monismo pluralista del mundo natural: Natura operans / natura optima parens: organicidad de una naturaleza autónoma e interdependiente de un orden trascendente. Dios está ahí como principio implícito cuya presencia se despliega como principio vivificante de la naturaleza. Mientras tanto la humanidad resulta ser una caja de resonancias que da continiuidad a los órdenes trascendentes e inmanentes. En este orden de ideas cabe destacar la gran aportación de Guillermo de Conches que despliega en Philosophia Mundi una poderosa síntesis de las ideas medievales sobre casi todos los temas y problemas humanos de su tiempo. Entre ciencia, teología y filosofía, el autor desarrolla una cartografía del mundo que compendia todos los saberes existentes en una lectura unitaria, clara y concisa. El horizonte teológico funge como principio de correlación entre lo humano, el mundo y Dios. Empero razón humana y razón divina no se oponen sino que se interfecundan y espejean. La teología no es freno humano, al contrario funge como asidero antropológico en un horizonte trascendente. La visión del mundo se despliega como un hecho estético. Verdad y belleza se entrelazan en una urdimbre compacta de conocimiento: “La filosofía es la verdadera comprensión de las cosas que son y no se ven y de las que son y se ven” (Guillermo de Conches, Philosophia mundi, México, NUN, 2023, 51). Cosas corpóreas e incorpóreas, el creador y el alma del mundo, todo, absolutamente todo, cabe en Philosophia Mundi. [Continúa en el siguiente número gualdreño la parte dos]
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Vivir es increíble [Siete]
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lo que sobraba eran libros, ¿por qué razón?, la ignoro, pero agradezco que los haya habido. Mis amigos tampoco solían acudir a perderse en el televisor. El terror que ellos conocían era por las historias que se contaban en aquel pueblo. Conocí el verdadero terror cuando me apresaron los soldados y me golpearon con sus fusiles, mientras me interrogaban por causas que yo ignoraba; yo no tenía la información que ellos me solicitaron. Me desnudaron en alguna parte de un camino de terracería y me dijeron que me enterrarían vivo. Entramos en esa casa, recorrimos las habitaciones, el sótano, la cocina, las salas. Muebles polvorosos. Decidimos quedarnos a jugar a las escondidas. Era de día, las doce tal vez. Escogí mi escondite,
una habitación con una cama. Entonces levanté mi cara hacia el techo y leí: “VIVIR ES INCREÍBLE”. Lo dije en voz alta, no grité, sólo lo dije como para mí. Supongo que eso fue un encantamiento, unas palabras mágicas. La luz de afuera se oscureció. Se comenzaron a escuchar ruidos, golpes, alaridos. No lo sé. Salí del cuarto, les gritaba a mis amigos. Veía cosas como sombras indeterminadas. Sentía que me tocaban, me llamaban, pero su voz no era tanto como una voz. Sentía alientos fríos. Nadie contestaba mis llamados. Buscaba la puerta de la casa, pero no encontraba la salida. Caí, me levanté, y algo me golpeó. Salía disparado hacia la calle trasera. Corrí y fui a la casa de Pável. Pável me miró y me preguntó que dónde me ha-
bía metido; que ellos se cansaron de buscarme y se salieron. Sabía que no creería mi historia, ésta es la primera vez que la cuento. Los soldados cavaron una zanja, me echaron un poco de tierra y se orinaron. Luego rieron, me aventaron la ropa y me dijeron que como a media hora caminando por la vereda había un pueblo. Uno de ello aclaró que me habían confundido. Pável insistió, dónde me había escondido, dije que debajo de una cama, que me quedé dormido. Vivir es increíble, no te parece, me dijo. Yo guardé silencio, congelado. Porque lo es, hay millones de planetas sin vida, quizá en ninguna de las estrellas haya vida. Luego se paró y trajo del refrigerador una soda, me la compartió.
Río de Palabras
abía fantasmas, fantasmas feroces que trataban de cogerte por la mano y despedazarte, eso recuerdo, no me explico todavía cómo no sucumbí al horror, cómo es que salí vivo de ahí, pero tengo que contarlo tal como fue. Siempre se nos dijo que no entráramos en aquella casa. Nadie recordaba cuánto tenía de abandono, así como nadie la recordaba habitada. Nosotros, niños que rondaban los 10 años, decidimos jugarnos la suerte en aquella aventura. En mi casa no teníamos televisor, pocas veces entré al cine. Las imágenes en una pantalla no captaban mi atención; explico esto porque no conocía las películas de terror. El terror lo conocía vía Allan Poe, Maupassant, Quiroga. En mi casa
6 Por Edgar Khonde
Identidades neoclásicas en Fresnillo: El Ágora González Echeverría 6 Por Irving Reyes Maldonado
Arquitectura
H
ablar de la arquitectura en la ciudad entiende un binomio entre lo religioso y lo civil, en el siglo XIX es cuando dicho elemento queda marcado entre ambos géneros edificatorios con el surgimiento de los monumentos que a la fecha resaltan por ser la identidad cultural de la región. Edificios como el Ágora resaltan como un paradigma arquitectónico en el rubro civil, demostrando además un afán de la sociedad fresnillense en no dejar que el edificio cayera en desuso, adaptando una evolución del edificio en varias etapas: la de enseñanza, la de un espacio contenedor de arte, e incluso la necesidad de un espacio público que se designa en la etimología de su nomenclatura. En estilo neoclásico, resalta por su elegancia delimitada en tres portadas con ornamentación sencilla y complementada por los elementos que brindan al edificio la funcionalidad y la introducción a su discurso como parte de los rostros que ofrece al público. Antes de la restauración terminada en 2021 era posible ver el espacio descuidado al no tener una conservación adecuada para los jardines, o bien desde el hecho de haber tenido la existencia de un espacio de estacionamiento para varios vehículos que fue retirado para darle nuevo uso de suelo, con la generación de nuevos espacios de esparcimiento. La estructura del edificio se da a partir de una traza rectangular, con tres patios que la integran, siendo dos de ellos semejantes y el central que ocupa el doble de las dimensiones de los patios pareados que son divididos por el
pasillo central situado en la planta alta. Hay algo interesante y es que hay espacios que son conceptualizados en otros elementos por su uso previo, lo cual nos lleva a que el pasillo central que en la planta alta lleva hacia la arquería del patio grande, tiene un nivel más bajo que parece el sótano o hipogeo pues no se halla gran ornamentación en sus muros. La belleza del edificio la demarcan la simetría de cada uno de sus frontis y la introducción del elemento en un discurso arquitectónico y urbano que contrasta con elementos que se hallan alrededor entre otros elementos arqui-
tectónicos y espacios naturales designados por ancestrales pinos y robles. En las postrimerías del XIX, el concepto original en que fue creado fue desapareciendo; primero escuela de minas, con muy pocos años de actividad empezando en 1857; posteriormente fue hospicio de infancias, momento en que probablemente surgió la capilla o refectorio que actualmente llaman sala oval, que se entiende como un elemento separado de la traza arquitectónica original. A principios del XX cumple funciones de cuartel militar, hecho semejante a lo que ocurrió en Guadalajara con el
edificio Arroniz que aloja al Instituto Jalisciense de Cultura. A mediados de ese siglo, y con el surgimiento de festejos en Fresnillo, se empieza a usar el edificio como "coso taurino" durante varios años, que es entonces cuando se conceptualiza el espacio abierto al público para espectáculos, siguiendo con esto hasta convertirse en sede universitaria provisional y primer biblioteca pública, la duración de dichos espacios sería muy breve pues en 1993 se crea el Museo Ágora González Echeverría con salas dedicadas a los fresnillenses más destacados en la creación artística hasta el momento.
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LA GUALDRA NO. 600 // 27 DE NOVIEMBRE
Desayuno en Tiffany’s, mon ku Little girl blue, de Mona Achache
Cine
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mpezó ya la preselección de las películas que pasarán a la selección final de los Premios Lumières de la Prensa Extranjera en Francia 2024. Como cada año -a pesar de que este año los autores de esta columna han estado muy dispersos- trataremos de comentar algunos no con la magia de pronosticador que quiere atinar a los ganadores, sino con el simple gusto del comentador que la apetece escribir de los placeres vistos. Este año, a diferencia de los pasados, nos hemos encontrado con documentales osados tanto en su puesta en escena como en el abordaje temático. Hoy comentaremos uno por su cercanía con el mundo de las letras hispánicas, Little girl blue de Mona Achache. Un documental sobre las mujeres Achache: la madre de Mona, Carole Achache; y la abuela de Mona, Monique Lange. ¿Quiénes son todas ellas? En el sentido mediático, Monique fue la sufrida esposa del escritor español Juan Goytisolo y amiga muy íntima de Jean Genet; Carole fue la hijastra violada por el amante de Goytisolo y fotógrafa depresiva que terminaría por suicidarse; y Mona, la nieta-hija, directora de cine. Y en el sentido de valor cultural y creativo, las tres han sido intelectuales, escritoras y mujeres de su época, que tuvieron el valor de escribir auto relatos para contar la historia de sus propias madres
y padres respectivamente, aunque eso sí, con soportes y estilos muy distintos, pero sensaciones similares. Mona plantea esta triple historia con un dispositivo de reconstrucción de los personajes desaparecidos. Su documental inicia con ella, Mona, en el estudio y casa de su madre. Un lugar con apenas algunos muebles, pero multitud de fotos y libros; llega luego otra mujer, con gorra, pantalón de mezclilla y pull, se sienta en el escritorio frente a Mona; ésta saca de un maletín objetos personales de su madre: el pantalón, la blusa, el suéter, el collar, los anteojos, los zapatos, la agenda y cuaderno de notas. La mujer se levanta, se quita la gorra y el resto de la ropa para ponerse la que le ofrecen, se trata de la actriz Marion Cotillard. Cotillard deberá ponerse, literalmente, la ropa de Carole, escuchar las grabaciones y videos para imitarla, toda. Deberá hacer renacer a una mujer que trabajó de fotógrafa de cine con, entre otros, Bertrand Tavernier, y que se sintió integrada, pero a la vez sola en un contexto de hombres cultos -la intelectualidad francesa de los años 60 y 70- que se acercaban a ella desde palabras incomprensibles para un niño, y que tuvo que sufrir la violación del amante de su padre en una de sus tantas visitas a Marrakech. Y luego el suicidio en 2016.
Arte
El fulgor de la guerra
Batalla de Alejandro en Issos 1529, obra de Albrecht Altdorfer
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l tema de la guerra tendrá –más o menos– importancia según las vicisitudes políticas, los avatares bélicos o el avance del colonialismo. Va “de un desinterés casi absoluto, […] pasando a una curiosidad, [va] más tarde [hacía un] sentido histórico”. He aquí la pintura de la Batalla de Alejandro en Issos, la obra de Albrecht
Altdorfer nos muestra al joven Alejandro Magno en 333 a C., aquí se nos presenta el momento de su victoria sobre el ejército persa del rey Darío III en la batalla de Issos; la ciudad de Issos estaba ubicada en el sureste de Asia Menor, muy cerca de lo que se conoce ahora como Alejandreta, Turquía. La Batalla de Alejandro en Issos
En paralelo a la historia de su madre, Mona hará hablar a su abuela: cómo fue su relación con Genet, cómo llegó a su vida Goytisolo y sufrió el abandono de un marido asumido homosexual pero siempre casado, y cómo fue su vida de redactora, correctora y escritora en la casa de edición Gallimard (una de las más prestigiosas de Francia).
6 Por Carlos Belmonte Grey
Mona hace un documental a tres voces, con personajes reales y representados, con fuentes de primera mano y recreaciones de vida, no tratando de llenar lagunas de información con ficciones, sino tratando de entender a su familia y a ella misma.
6 Por Álvaro Luis López-Limón
es una obra, paisaje de sensaciones, que permite la imaginación y sensibilidad, esto es, la exaltación que el artista siente por la naturaleza. En la pintura se advierte el movimiento estrepitoso del cielo, como si las nubes formaran un abismo donde el sol se perdiera antes de llegar al horizonte, desde un punto muy elevado y exagerado se distinguen los Alpes y algunas ciudades alemanas. El estandarte que cuelga del cielo explica la temática: “Alejandro Magno venciendo al último Darío, tras que 100,000 soldados de infantería y más de 10,000 de caballería cayeran muertos entre las filas persas. Mientras que su madre, esposa e hijos fueron tomados prisioneros, el rey Darío pudo huir con más de 1000 jinetes”. El espectador diseña el itinerario visual a recorrer, modo, acción y dirección. La imagen nos propone una línea recta que a modo de acantilado o precipicio visual, bisela dos superficies de características compositivas y técnicas distintas. Recorremos, de abajo a arriba, la mitad inferior de la Batalla de Alejandro, y justo, cuando llegamos a la intersección con las
aguas azules del mar, se produce de improviso un contraste brusco, entre el tipo de ilusión a la que nuestro ojo estaba acostumbrado contra minúsculas figuras y trazos a precisión, en una superficie en la que la policromía y motricidad de la escena, tanto argumental como técnica, se ve súbitamente sustituida por una superficie plana, y sin figuración, que provoca un aturdiminento emocional inesperado. Algo similar se produce, un poco más arriba y a la derecha, en la línea de intersección horizontal, entre las montañas y la abertura en el cielo por la que surge el sol con rayos que asemejan a la vía láctea. En fin, cuando nuestra vista ya se ha tranquilizado por la armonía y los contrastes en el azul del agua y las montañas, se inquieta nuevamente por la masa nubosa que aparece en la parte superior derecha y nos lleva a un agujero negro que –una vez más– succiona nuestra visión y nos muestra, en vertiginosa caída, una ráfaga de luz que aguijonea nuestra alma con la precisión sempiterna de sus rayos, como ya lo ha hecho el fulgor de la guerra.