SUPLEMENTO CULTURAL
NO. 732 / 14 DE SEPTIEMBRE DE 2026 / AÑO 16
DIR. JÁNEA ESTRADA LAZARÍN
Alfonso López Monreal. De la exposición Laberinto de tercios. Memoria de Asterión, en el Salón San Pedro, del Hotel Quinta Real.
“Dado que esta exposición de López Monreal es resultado de su empeño porque este año no pase desapercibido… aparte de los 480 años de la ciudad, es también, nada menos, que el centésimo sexagésimo aniversario de un coso entrañable ya desaparecido, la Plaza de Toros San Pedro. Ya decíamos que se inauguró un 15 de septiembre de 1866 y fue cerrada definitivamente el mismo día, pero de 1975, habiendo bien servido a afición de esta pequeña urbe de cantera por 109 años”. José Enciso Contreras [Más de “Sobre el aniversario de la Plaza de Toros San Pedro y el Laberinto de tercios, exposición de Alfonso López Monreal, en esta edición]
La Gualdra No. 732
2 LA GUALDRA NO. 732 /// 14 DE SEPTIEMBRE DE 2026 /// AÑO 16
Editorial
Son curiosas las únicas cualidades de los que ex-abrupto se erigen en críticos de arte, encaramados en la colinilla de un suficientismo que sería risible si no fuera culpable. “Críticos y pintores”, Revista Moderna de México, 1906.
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Inicio esta nota con una frase publicada en la Revista Moderna de México (RMM), citada en el artículo “Trabajos del crítico y criticado. Los modernismos de Julio Ruelas y Gerardo Murillo”,1 de la Dra. Rebeca Julieta Barquera Guzmán, por su contundencia y significado en esta época en la que, desde mi punto de vista, sigue vigente y para nada novedosa, la práctica de criticar visceralmente como en un momento lo hizo Murillo -mejor conocido como el Dr. Atl- con Julio Ruelas, mientras el zacatecano vivía en París.2 El artículo lo encontré en estos días tratando de indagar más sobre la vida de Julio Antonio Luis Ruelas Suárez durante sus últimos años en Francia, porque este 16 de septiembre se cumplen 119 años de su fallecimiento acontecido en París, ciudad en la que actualmente reposan sus restos mortales. Barquera Guzmán da cuenta de cómo eran clasificados por la RMM, en 1906, los críticos: “los redactores de la RMM propusieron clasificar a los críticos de arte en dos: ‘el del encomiástico elogio’ y ‘el de la diatriba’; es decir, los que escriben alabanzas o los que escriben violentamente contra algo o alguien, que se escudaban ‘en la negligencia del público y en la sordera artística’”, y para describir más a los de la diatriba, continúa: “en proyección grotesca, se perfila en las columnas del periódico la figura macrocéfala del fracasado, destilando como ciertos arácnidos un corrosivo cruel, más fluente cuanto más hondo es el obscuro pozo en que ha caído. Y este caso no sufre variedad en ningún género”.3 Como un crítico meta morfoseado en alimaña, con actitud despreciable, cuyas palabras funcionan como un ácido que corroe todo lo que enuncia, termina por añadir la autora. ¿Les suena conocido? Basta volver al Museo Francisco Goitia para encontrarse con ese aguafuerte realizado por Ruelas para que quede más claro. Pero volvamos a la confrontación entre el Dr. Atl y Julio Ruelas, sucede que en noviembre de 1906 se llevó a cabo una exposición en la Antigua Academia de San Carlos, en la que se exhibió “la obra de los artistas mexicanos pensionados en el extranjero, tanto los que se estaban instalando en Europa”, entre los que se encontraban Ruelas y Francisco
Goitia, entre otros artistas pensionados por obra y gracia de Justo Sierra; de ella escribiría posteriormente el Dr. Atl en El Diario. Periódico independiente sobre cada uno de los expositores, pero de Ruelas, después de decir que con él había que aplicar todo el rigor de la crítica afirmó: “Yo me complazco en creer que estos cuadros de una fantasía infantil los habrá hecho el señor Ruelas para tomar el pelo… al público; que hayan sido ejecutados en un periodo de… de inconsciencia diré, para ser breve. Hay en El sueño de Athos unos señores marionetes que están esperando la bajada de un megaterio despellejado, capaces de hacer las delicias de las doncellas de servicio y de los mozos de cuadra”.4 El boceto de El sueño de Athos se encuentra en el Museo Francisco Goitia también, usted puede verlo ahí y espero coincida conmigo en que las declaraciones de Gerardo Murillo no sólo fueron ofensivas sino que se pueden ubicar en “las de la diatriba”; más adelante en su artículo Barquera dice que después hubo una crítica diferente, realizada por Rafael Urbano “Urbano concede a Ruelas ‘una imaginación panteísta’, una apreciación que, para ellos, ‘reclama por cierto un logaritmo para acercarla a la fantasía infantil que le atribuye la mala fe o la imbecilidad’. Entonces, aquella referencia a la ‘fantasía infantil’ (caracterizada por Murillo como ‘mariotinesco’) parece ser una de las características que más sacudió a los defensores de Ruelas”,5 entre los que, por supuesto, me incluyo. En fin, este tipo de críticas siempre existirán. Si usted está interesado en saber más sobre el tema, lea el texto completo de la Dra. Barquera Guzmán; y le invito también a visitar en el Museo Francisco Goitia la sala de Julio Ruelas, quien ha sido considerado por Evodio Escalante este siglo como “el genio absoluto de la plástica mexicana”.6
El Templo de las Musas Trece ausencias: el robo del Museo Isabella Stewart Gardner Por Violeta Tavizón
4 5 Sobre el aniversario de la Plaza de Toros San Pedro y el Laberinto de tercios, exposición de Alfonso López Monreal Por José Enciso Contreras
6 7 Un conjunto de manuales. Sobre Un rayo azul visto desde la Tierra, de Daniel Sibaja Por Diego Montoya
8 Adolescencia, sexo y muerte en Campamento Miasma (Teenage sex and death at Camp Miasma), de Jane Schoenbrun Por Adolfo Nuñez J. Circe: la mirada de Madeline Miller Por Laura Gemma Flores García
Que disfrute su lectura. Jánea Estrada Lazarín lagualdra@hotmail.com
Ver el artículo completo de Rebeca Julieta Barquera Guzmán en: https://nierika.ibero.mx/index.php/nierika/article/view/715/827 Este tema fue someramente abordado en La Gualdra 443, en el editorial gualdreño: https://issuu.com/lajornadazacatecas.com.mx/docs/la_gualdra_443 3 Barquera Guzmán, Rebeca Julieta, “Trabajos del crítico y criticado. Los modernismos de Julio Ruelas y Gerardo Murillo”, Revista Nierika, No. 26, julio-diciembre 2024, p. 91. 4 Ibídem, p. 97. 5 Ibídem, p. 101. 6 https://www.milenio.com/cultura/laberinto/julio-ruelas-genio-absoluto-plastica-mexicana 1
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Jánea Estrada Lazarín Dir. La Gualdra lagualdra@hotmail.com Sandra Andrade Diseño Editorial
La Gualdra es una coproducción de Jánea Estrada Lazarín y La Jornada Zacatecas. Publicación semanal, distribuída e impresa por Información para la Democracia S.A. de C.V. Prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta publicación, por cualquier medio sin permiso de los editores.
Juan Carlos Villegas Ilustraciones jvampiro71@hotmail.com
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14 DE SEPTIEMBRE DE 2026
El Templo de las Musas
Trece ausencias: el robo del Museo Isabella Stewart Gardner 6 Por Violeta Tavizón
Sala con marcos vacíos, Museo Isabella Stewart Gardner.
Isabella Stewart Gardner
Desaparecido. La tormenta en el mar de Galilea (1633), Rembrandt van Rijn.
M
e da mucho gusto regresar a La Gualdra, donde hace algunos años tuve la oportunidad de crear la sección “El templo de las musas”. Agradezco a su directora y editora, Jánea Estrada Lazarín, por abrir nuevamente este espacio para conversar sobre temas que considero fundamentales en nuestra vida: el arte, su historia y los museos. Cada semana compartiré relatos que espero despierten tu curiosidad y te inviten a mirar de otra manera. Para comenzar, elegí una historia que reúne coleccionismo, engaño y una pérdida que todavía nos afecta: el robo de trece piezas del Museo Isabella Stewart Gardner, en Boston. Pero antes de aquella madrugada, conozcamos a la mujer que reunió la colección. Isabella Stewart Gardner nació en Nueva York en 1840. En 1860 se casó con John Lowell Gardner y se estableció en Boston. El matrimonio viajó por Europa y Asia, y regresó una
y otra vez a Venecia, ciudad que los hizo enamorarse profundamente del arte. Con el tiempo, ambos concibieron el proyecto de abrir un museo para compartir su colección. Una de sus primeras grandes adquisiciones fue El concierto, de Vermeer, comprado en una subasta en París en 1892. A esta obra se sumaron pinturas de otros grandes maestros, entre ellos Rembrandt y Tiziano. Tras la muerte de su esposo, en 1898, Isabella continuó con el proyecto. La construcción comenzó en 1899 y el museo abrió sus puertas en 1903. En un ejercicio curatorial, ella eligió cuidadosamente el lugar de cada pintura, escultura y objeto. Su disposición era tan importante para su concepción del museo que, en su testamento, estableció que no se hicieran cambios permanentes en el discurso y la ubicación de las obras en cada sala. Décadas después, en la madrugada del 18 de marzo de 1990, a la 1:24, dos hombres vestidos de policías in-
gresaron al museo con el pretexto de investigar un disturbio. Un vigilante les permitió el acceso, incumpliendo el protocolo de seguridad. Los intrusos sometieron a los dos guardias y los dejaron esposados y atados en el sótano. Entre la 1:24 y las 2:45 de la madrugada, los ladrones permanecieron 81 minutos dentro del museo y sustrajeron trece piezas. Entre ellas estaban Cristo en la tormenta en el mar de Galilea y Una dama y un caballero de negro, de Rembrandt, cuyos lienzos cortaron para extraerlos de sus marcos. También se llevaron un pequeño autorretrato grabado del artista, El concierto, de Vermeer, y Paisaje con obelisco, de Govaert Flinck. El botín incluyó cinco obras de Degas, Chez Tortoni, de Manet, un antiguo vaso ritual chino y un remate de bronce en forma de águila. Los ladrones hicieron dos viajes hasta su automóvil para cargar lo robado y se marcharon a las 2:45 de la madrugada. Los vigilantes permane-
cieron inmovilizados hasta la llegada de la policía, a las 8:15 de la mañana. El valor de las piezas se ha estimado en alrededor de 500 millones de dólares, una cifra que convirtió el caso en uno de los robos de arte más costosos de la historia. El museo ofrece una recompensa de diez millones de dólares por información que permita recuperarlas. El caso sigue sin resolverse. Mientras tanto, el público continúa privado del encuentro con estas obras. Entre las ausencias está Cristo en la tormenta en el mar de Galilea, pintado por Rembrandt en 1633. Su marco, junto con los de otras cuatro pinturas robadas, fue restaurado y devuelto a las salas, a la espera de que algún día las obras regresen. Esos marcos vacíos conservan el lugar de lo perdido. Frente a ellos, podemos comprender que el daño de un robo nos arrebata la posibilidad de conocer y disfrutar una obra. En el museo de Isabella, el vacío sigue denunciando que algo falta.
El Templo de las Musas
Cristo en la tormenta en el mar de Galilea, Rembrandt, 1633
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LA GUALDRA NO. 732
Sobre el aniversario de la Plaza de Toros San Pedro y el Laberinto de tercios, exposición de Alfonso López Monreal
Exposiciones
6 Por José Enciso Contreras
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. El capote El antiguo barrio de San Pedro desde el siglo XVIII es depositario de gran tradición histórica y cultural en la ciudad de Zacatecas, y ha atesorado interesantes episodios de la vida de nuestra pequeña urbe de cantera. Por ejemplo, ahí se ubicó la panadería donde se fraguó el proyecto insurgente más relevante en la ciudad hacia 1810, el de don Víctor Rosales, declarado uno de los padres de la patria por el Congreso Constituyente de 1824. “El establecimiento de Rosales abría sus puertas al público en una casa asentada justo en la esquina actual de las avenidas Juárez y Rayón, en la contraesquina del palacio de la Condesa”. A finales del siglo XIX, era una zona marginal, llena de vecindades y mesones; y en el siglo XX, “durante los años 30, el barrio tradicional para la putería era el de la estación del ferrocarril, y ya para la década de los cuarenta, les gustó para ese mismo efecto el barrio bravo de San Pedro, en las inmediaciones de la plaza de toros, justo sobre el último tramo de la avenida Rayón”. Asimismo, el sector fue el escenario de muy visitadas cantinas de medio pelo durante la primera mitad de la pasada centuria: “Las cantinas de segundo nivel eran las que estaban emplazadas entre el callejón del Indio Triste y el propio Jardín Hidalgo; en toda la calle González Ortega —hoy Tacuba—, callejones de Allende y Aldama, y en la avenida Rayón, en el tramo que va desde la avenida Juárez hasta el callejón de Quijano; se incluían además en este baremo las de las plazas del Vivac y Zamora, calle del Trabajo y callejones de la exclaustración y el de Quijano propiamente dicho”. La activa vida cantinera y congalera de la farisaica Zacatecas de aquellos tiempos, tuvo como escenario este castizo rincón urbano, por lo que ha propiciado todo tipo de anécdotas, especialmente las relativas a la batalla de 1914, el 23 y 24 de junio: “las múltiples cantinas del barrio de San Pedro, […] donde abundaban esos establecimientos, además de congales, estaban repletas de soldados triunfantes empinando el codo. En una de ellas entró con todo y caballo, armando camorra, un hombre beodo gritando «¡Viva mi general Urbina, jijos de la chingada!». Se trataba de un tipo apodado El Venado, célebre por su mala copa. Un general Ortiz, circunstante, le recriminó el grito, diciendo que todos debían gritar «¡Viva Villa!», cogió al jinete de un brazo, lo derribó del caballo y lo hizo bailar a punta de balazos para regocijo del respetable”. Pero vayamos a lo nuestro. La Plaza de Toros San Pedro fue inaugurada el sábado 15 de septiembre de 1866. Para ubicarnos históricamente, la fecha ocurrió
algo así como nueve meses antes del fusilamiento de Maximiliano de Habsburgo. O sea que el Segundo Imperio ya iba de salida, y eso no nos iba a quitar la afición por la fiesta brava. ¡No señor! Construyó el coso el licenciado Agustín Llamas, y por ese solo hecho su afición y buena posición económica queda fuera de toda duda. Pero cuál no sería su desencanto cuando se enteró, seis meses más tarde, que el Congreso del Estado emitía una ley que prohibía, “para siempre en el estado las corridas de toros”. Oyeron bien: “pa-ra-siem-pre”. Todo indica que
la prohibición tenía dedicatoria para el dueño de la flamante plaza de toros. Ya veremos por qué. Pero también el ideario modernizador de los liberales mexicanos explicaba en parte este tipo de prohibiciones in aeternum, pese a que a muchos de ellos, por debajo del agua, les encantaba la fiesta brava, pero defenderla era pongamos aquí que políticamente incorrecto. Recuerdo haber leído en alguna parte que el general Santos Degollado, por ejemplo, ese incorruptible, renacentista y puritano “cura laico”, valiente entre los valientes, tenía quizá sólo dos debilidades munda-
nas: las suertes charras y las lidias de toros. Poco se sabe del constructor y primer propietario de esta Plaza. Hasta hace poco nos venimos enterando que el licenciado Agustín Llamas, antes de construir este albero, fue diputado al congreso local entre 1849 y 1850. También se desempeñó como magistrado del Supremo Tribunal de Justicia del Estado de Zacatecas, también fue miembro del Ilustre y Nacional Colegio de Abogados de México y, como la mayoría de los políticos de la época, después de llegar Maximiliano a Veracruz, Llamas firmó en compañía de muchos colegas suyos, del alto clero y de la crema y nata de la ciudad, la llamada Acta de adhesión de la capital del departamento de Zacatecas a la intervención francesa, y como forma de gobierno a la monarquía hereditaria, encabezada por don Max, precisamente. Ya en el periodo de la república restaurada, en 1872, Agustín estaba solicitando al gobierno municipal que se le condonaran los impuestos de su plaza de toros y tal parece que, obviamente, le fue negado. Un año después de la muerte de don Benito Juárez, el abogado se las había arreglado para lavar su lamentable pasado imperialista y ya actuaba como fiscal en un tribunal disciplinario del Poder Judicial de Zacatecas 2. Las banderillas Treinta y tres. Me dijo el pintor que el número le gustaba por varias razones para determinar el tamaño de esta exposición. Para comenzar, la repetición del 3 podría
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3. La muleta Decíamos que son 33 las piezas que componen esta exposición individual. La enésima de nuestro amigo Poncho, ejecutada a pulmón en algo así como noventa días. Toda una proeza. ¿Que si las conozco? Claro que sí. De una en una, aunque, sin que salga de aquí, quisiera haber tenido más tiempo para gozar las tres secciones, de once cuadros cada una. Cada uno de esos tercios gira en torno a un color predominante. El primero rebosa de amarillos inaugurales, luminosos, juveniles… y está dedicado al periodo inicial en la vida del minotauro. En el segundo nos re-
gala la vida a plenitud del mismo, una sucesión de once piezas de tonalidades bermejas suaves, que anuncian el último tramo, el de los años provectos y la muerte. Desde luego que atraviesa la colección la esencia de la tauromaquia, representada a lo largo de las tres secciones por el minotauro, Asterión, con alusiones a su propia y peculiar narrativa. Las diversas mitologías consultadas refieren datos sueltos e inconexos sobre la asombrosa bestia. En cambio, en todas ellas no se lo baja de monstruo. Pero monstruo admirable, temible y deslumbrante. Pasmoso por su tremenda apariencia, mezcla de hombre y toro. Este último como representación de la potencia en todos los órdenes, macho incansable, indómita furia turbulenta, poderosa e implacable, fertilidad incontenible. Unido a su parte humana, se marida con ésta y en el contexto del albero y una tarde soleada, no resulta difícil asociar al monstruo con la tauromaquia. Forma contrahecha que en nuestros días asalta, intempestiva, los sueños animalistas. Hijo de la reina Pasifae y el albo toro de Creta, en ninguna mitología se habla de la niñez del monstruo, que aunque era tal, no se le puede negar su derecho a la infancia, a su lactancia becerril en los reales de pechos de su madre, cuyas imágenes se rescatan en los primeros cuadros de ternura imposible. Hay también tres o cuatro piezas autobiográficas de niños jugando a torear en el corredor de la vieja casona, seguramente situada en la calle Doctor Hierro. Más allá aparecen chavales enfrentando en la calle al carretón de torear. Por aquí y por allá los mira Asterión, nombre digamos que de pila del monstruo que, por cierto, aparece en varios cuadros visitando cantinas y piqueras, bebiendo tequila, seduciendo mozas de aspecto disoluto, como las de los congales del barrio de San Pedro. Asterión, como avieso galán buscando efímeras nueras para Pasifae. Bares y cantinas, alegría y mucha beberecua, por cierto, un clásico de la estética de López Monreal, ya sea en Dublín o en el Gallito. Vale decir de paso que el tiempo estético de nuestro artista está ya consolidado en esta amplia serie. No nos entrega demasiadas sorpresas porque hay edades para ellas. El trazo y los colores, las anatomías y las temáticas no se abandonan, el artista se abandona en ellas “pa-rasiem-pre”. Suena algo ríspido decir que estamos en el verano y se atisba ya en prospectiva el otoño del pintor, pero es cierto. No se dedica tanto a la búsqueda porque se ha encontrado a sí mismo desde hace tiempo. Ha consolidado su propia mitología. Ya no está tanto para recibir influencias sino para influenciar gente, deliberada o involuntariamente. El postrer tramo es muestra el ocaso de la vida de Asterión. Su última reverencia en el escenario. El brindis con la montera del diestro que se prepara para mandar a calacas a la bestia; como colofón de la faena llega el drama, la tragedia de la lidia. Desde una ventana azulada nos observa la virgen piadosa sosteniendo al poderoso monstruo minoico ya exangüe. ¡Oh venturoso sueño animalista! Desde otro cuadro las cosas se invierten:
Exposiciones
entenderse como los tres tercios de la lidia. Adicionalmente, el guarismo tiene algo de cabalístico, de misteriosillo, una sucesión que huele a enigma diría yo, y agregaría que tiene mucho de esotérico. En la numerología —práctica presuntamente adivinatoria mediante los números, y que sirve requetebién para embaucar incautos— el 33 significa el “maestro de maestros”, término asociado a la sabiduría, a la empatía y a la virtud. Representa asimismo el postrimero cumpleaños de Cristo y el último grado del Rito Escocés. Como sea, el número se presta para dimensionar esta propuesta pictórica, la más reciente de Alfonso López Monreal, nuestro maestro de maestros. Y ya sin tanto rodeo, se refiere a los tres tercios en que se divide una faena taurina moderna. Sé muy bien que ahora resulta bastante impolítico hablar de la fiesta brava, pero nuestro artista ocasionalmente suele gustar de lo impolítico. No podría ser de otra forma, dado que esta exposición de López Monreal es resultado de su empeño porque este año no pase desapercibido… aparte de los 480 años de la ciudad, es también, nada menos, que el centésimo sexagésimo aniversario de un coso entrañable ya desaparecido, la Plaza de Toros San Pedro. Ya decíamos que se inauguró un 15 de septiembre de 1866 y fue cerrada definitivamente el mismo día, pero de 1975, habiendo bien servido a afición de esta pequeña urbe de cantera por 109 años. Caben muchas emociones, cosas y gente en tan luengo periodo: alaridos, pasiones tauromáquicas, chicuelinas, toros cárdenos, Lino Zamora, ovaciones, fiesta de colores, Marchas Zacatecas, insultos a la autoridad, trajes de luces, ¡cerveza, refresco!, martinetes, tardes de lluvia pertinaz, villamelones, toros albarderos, Yo soy de San Luis Potosí, sangre sobre el ruedo, toros zainos, paseíllos elegantes, enanitos toreros, molinetes, monosabios, pasodobles, abucheos, arena, alguacilillos, garrochas, “luto por un matador”, chispazos de gritones ocurrentes de la peña que levantan el ánimo del respetable, gaoneras, Manolo Martínez, espontáneos fallidos y exitosos pero eso sí de muchos huevos; Cielito andaluz, verónicas (pero no de Fresnillo), mulas de arrastre, mi barrera de sol, Ponciano Díaz, mentadas de jefa, puntilleros, derechazos, coquetas manolas, avisos trompeteros, Silverio Pérez, salidas a hombros por la puerta grande, El Molinillo, varilargueros, trincherazos, Luis Mazzantini, toros berrendos, soles de justicia, picadores panzones, pases de pecho, largo desfile de ganaderías antañonas y nuevas, charlotadas, indultos y una que otra buena cogida, sí señor.
Asterión sostiene en su regazo a la piadosa. En cualquier caso, se trata de otra despedida. Miguel Ángel es el gran ausente para evitar el asombro. Y no podía faltar una especie de la princesa Europa, cabalgando al manso toro blanco. Toreros ventrudos, maltratados por
el toro y por la vida, melancólicos posan al lado de sus ajados trajes de torero. Tras el viejo diestro ya sin coleta, las chaquetillas gastadas y las monteras achicharronadas colgando abandonadas en un muro. Los moradores de los tendidos se han olvidado del diestro “pa-ra-siem-pre”.
La exposición Laberinto de tercios. Memoria de Asterión, de Alfonso López Monreal, se inauguró el 12 de septiembre en el Salón San Pedro, del Hotel Quinta Real, anteriormente la Plaza de Toros San Pedro, en la ciudad de Zacatecas.
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Novedades Editoriales
Un conjunto de manuales. Sobre Un rayo azul visto desde la Tierra, de Daniel Sibaja 6 Por Diego Montoya
Preguntamos por la técnica y con ello quisiéramos preparar una relación libre con ella. Martin Heidegger
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n conjunto de historias incrustadas en un manual o un conjunto de manuales (de vuelo, de armado de piscinas, de cuidado de herramientas) intercalados entre varias piezas narrativas, todas ellas dentro del circuito cerrado y aparentemente claro, de un gran instructivo del libro. En Un rayo azul visto desde la Tierra (Written, 2026), ópera prima del escritor Daniel Sibaja, nos encontramos con un bello artefacto de lectura y nos enfrentamos a distintas perspectivas sobre un tema omnipresente en nuestros días: la relación entre la técnica y lo humano, una tensión donde se asoma el conflicto, pero también la belleza y alguna intuición de lo utópico. El tema que predomina en estos relatos no podría ser más actual. Aquí la limpidez de lo técnico se pone en juego con la fragilidad humana a través de estrategias y voces que evidencian, cada uno a su modo: diversos enfoques sobre esta problemática. De ahí que nos sorprendan siempre ese abismo que hay entre un instructivo y su inconfundible iconografía que busca siempre la claridad con la realidad siempre inestable de los acontecimientos humanos. Donde desde el primer relato podemos intuir que en su narrativa no hay nada que se deja al azar, cada elemento forma parte de una suerte de incompatibilidad productiva cuyas tensiones producen un libro con varios momentos brillantes, donde Sibaja nos hace constatar que el arte y la belleza son aún posibles. Desde el primer relato: Lecciones de natación, el autor nos ofrece una escena familiar que se va complejizando hasta el desconcierto. Con la inicial imagen de una pareja intentando armar una alberca y la interrupción de la prosa del manual de instrucciones, dos códigos semióticos (el visual y el textual). Sibaja se hace un contrapunto entre el universo preclaro de lo técnico y la imposibilidad de lo humano. En este caso las dicotomías alcanzan a la pareja y se vuelven dos universos inconciliables. Así, entre contrastes semióticos y de ritmo, Sibaja va planteando las desafecciones que devienen en la desarticulación de una pareja.
Otro de los relatos donde aparece esta tensión es: Consejos de cuidado para una SwissTool, pieza donde Sibaja nos presenta el mismo contrapunto entre la perfección mecánica de una herramienta de corte y la inevitable degradación física y moral de Frida Florez, el personaje principal. En este relato, se trabaja decididamente con lo simbólico. Una mujer rodeada de plantas que van creciendo según aumenta su hybris, su desmesura, que la lleva a cobrar una venganza radical. Nuevamente se contrasta la prolijidad de una herramienta con la debacle anímica y física de los personajes. El cuidado de la casa se vuelve el universo a través del cual percibimos los desgajamientos de las parejas y en el
cual los niños quedan como presencias impotentes, observando cómo se desgarran los vínculos de los adultos. La capacidad de Sibaja para construir tramas envolventes se manifiesta en su relato El Método Tesla, uno de los más intrigantes del conjunto, donde nos presenta la cuestión de la técnica desde una óptica esperanzadora. A través de una historia donde aparecen la invención, la fuga y el electromagnetismo como capacidad humana. La tecnología muestra su inicial promesa utópica. Este relato tiene la virtud de presentarnos, en unas cuantas páginas y desde la geografía peninsular de México: la Península de Yucatán en una época entera, con todo su optimismo galopante por lo
nuevo. Aquí también Sibaja se muestra como un inventor al vincular en un circuito impensable, las cuitas de una madre mexicana del siglo XIX con la carrera en ascenso de Nikola Tesla. Cruzan en este relato tanto la errancia de carácter bíblico, los referentes de la literatura epistolar (destacada en el siglo XIX), pero también las criaturas relacionadas con lo eléctrico como la creada por Shelley en Frankenstein, sin ignorar las deidades del rayo como el crónida Zeus o las propias de la mitología maya de la que Sibaja es profundo conocedor. En el último relato del libro, Sibaja presenta un giro. Nos muestra la reflexión por la técnica moderna, pero le da una voz humana. Se trata de El
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ta al mismo tiempo de una reflexión donde Sibaja muestra cómo la tecnología nos acompaña y determina, pero también cómo se vuelve una herramienta creativa y una posibilidad de liberación.
Daniel Sibaja. Foto de Estefanya Osorio. exterior de la Tierra en cualquier parte, donde a través del flujo de conciencia, un relato enmarcado, un personaje cuyas debacles emocionales tienen mucho que ver con el mundo técnico y capitalista que nos aplasta. Sibaja muestra mediante la metáfora del avión: la perfección para ese flujo de conciencia de un escritor que demuestra la imposibilidad o los retos de escribir en la época contemporánea. Daniel Sibaja no sólo juega con los paratextos visuales de una manera convincente, sino que también la
tradición literaria forma parte de ese puzzle literario que nunca termina. Celebro que Un rayo azul visto desde la Tierra es hoy publicado por la plataforma Written, donde muchos autores noveles están comenzando sus carreras a través de la descarga y la compra del libro (puedes adquirirlo en el siguiente enlace: https://written.app/ book/355). En suma, esta colección de relatos es una obra con muchos momentos de asombro cuya unidad estriba en la tensión hoy innegable entre la máquina y lo humano. Se tra-
Entrevista Diego Montoya: Dentro de tu libro existe siempre la relación que estableces con el problema de la técnica contemporánea para escribir, hablando de esto, ¿cuál sería el dilema con la IA?, ¿cómo se relaciona la creatividad con las tecnologías generadoras de lenguaje? Daniel Sibaja: Cuando inicié este libro apenas había ciertas Inteligencias Artificiales en desarrollo. Viví el cambio siendo profesor de adolescentes en una escuela privada donde usaban iPads en vez de libretas; siempre me causó mucha intriga que los dueños y los directores veían una biblioteca como una “bodega” sin utilidad alguna. Cuando luché contra aquella etiqueta, parecía estar luchando contra algún tipo de dictadura distópica adentro de cualquier libro de Asimov o de Philipp K. Dick. En el cuento, Gravitaciones, 2999, hice mis exploraciones sobre los patrones de aquella inteligencia en constante entrenamiento y lo que descubrí fue una herramienta para crear distintas realidades. Yo creo que en eso se basa hoy la inutilidad de nuestro oficio como escritores: aceptar este conflicto con la IA, inmersos en sus posibilidades, a través de esta nueva revolución, tal vez, sólo debemos abrazarnos en la derrota, reconfortarnos en esta nueva realidad en la que vivimos. Eso es. La escritura y los libros siempre han estado al borde de la extinción, y no sería la primera vez de anunciar su erradicación o su mala imagen. Desde siglos atrás el humano se las ha ingeniado para solventar el lenguaje salvaje de nuestra existencia. Y yo: tengo fe. DM: En ese mismo sentido, ¿cómo dialoga tu libro con la tradición de la narrativa más vanguardista, fragmentaria o híbrida?, ¿cómo se opone a un tipo de narrativa dominante en México, donde la experimentación no es una preocupación tan evidente? DS: No quiero llevar mi literatura a ningún tipo de discurso repetido para vender. No quiero que mi historia sea tan transparente para que me lean por vanagloria. No quiero ser trans-
DM: Naciste y creciste en Mérida, una ciudad que se asoma muchas veces en tu narrativa. Ya sea como apariciones fragmentarias (El Paseo de Montejo) o como alusiones (La Emérita), o todos esos lugares de tránsito (de salvación o redención) como en el cuento El Método Tesla. Para ti, ¿qué tan fundamental es el diálogo del escritor con su ciudad?, ¿qué tan importante ha sido esa relación en tu caso? DS: Escribo para sobrevivir, lo demás siempre me ha llevado a ser frívolo. Lo demás me convierte en un villano. Por eso, me aburre la realidad en la que me ahogo desde Mérida. Para mí esta ciudad no es un paraíso. Pero me he detenido en sus rincones más lindos a observar las historias que se cuentan, a imaginarme que sus parques son de otros mundos posibles y que su gente florece después de las tormentas. No soy nadie para decir que otros autores también se sintieron responsables. No soy ningún protagonista de la historia de la literatura por el mundo. Aunque sé de antemano que lo que me toca es escribir. Y si todos esos poetas antiguos o esas novelas inacabadas lograron derramar un poco de esperanza en alguien más, sé que mis letras tendrán que moverse en ese sentido: no soy héroe de nadie, yo sólo estoy para inventar. Y esta ciudad, por el momento, es la que me guía ciegamente. La Emérita es real para mí. Quizá los ojos que la miren aún no hayan nacido. Quizá nunca lo hagan. Me da igual. Sin embargo, yo tengo que escribirla. Eso es todo. Mantengo la fe. Y será suficiente, lo supongo.
Diego Montoya (Ciudad de México, 1991). Poeta y Maestro en Historia del Arte por la UNAM. Participante en la residencia Under the Volcano (2025). Daniel Sibaja (Mérida, Yucatán, México, 1997). Autor de Un rayo azul visto desde la Tierra (Written, 2026), Opiniones públicas (Sangre ediciones, 2022), Montejo Boulevard (La Comuna Girondo, 2019).
Novedades Editoriales
Invito con emoción a abrir sus páginas y hundirnos en él hasta leer este conjunto de relatos: una apropiación crítica de la tecnología contemporánea que permite a un creador, un inventor como Sibaja, seguir cuestionando la realidad humana.
parente. No quiero. Por el momento, mi intuición me dice que la obra que escribo no se rinda. Me lo aconsejó alguien que estimo, después de un Festival de la Lectura en Mérida. Así que no desisto. Quiero disfrutar mi burbuja. Quiero sentirla explotar mucho después. Todo el tiempo hemos sido vanguardistas, seres rotos, un collage de historias. En México hoy se sigue una lista interminable de premios y de becas. Hoy se mira a los autores como héroes de la moral. Yo no soy suficiente para nada de eso. Y decidí desviarme la mirada desde hace unos años. No vivo de la escritura todavía, ni sé si lo haré. He decidido llevar mis historias a quienes de verdad apuestan por cosas diferentes. A esos ojos que no te catalogan. A ese cuerpo abyecto solitario en las calles. Después de todo, escribir no se parece en nada a la fama. Y quien disfrute de lo contrario, lo felicito. Yo no. Pido perdón a quienes he lastimado por esta obsesión, o por mis actos. Hoy soy responsable de mi vida y de mis errores. Soy responsable de mí. De mis preocupaciones. Mi literatura, en cambio, será poesía.
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LA GUALDRA NO. 732 / 14 DE SEPTIEMBRE DE 2026
Adolescencia, sexo y muerte en Campamento Miasma (Teenage sex and death at Camp Miasma), de Jane Schoenbrun
Cine
6 Por Adolfo Nuñez J.
E
n la historia del séptimo arte, las conexiones que existen entre el sexo, la muerte y la mirada fueron exploradas en más de una ocasión por el legendario Alfred Hitchcock, quien, a su vez, influyó de manera significativa en el trabajo de realizadores como David Lynch y Brian de Palma. Esta triada de cineastas lograron, en diferentes momentos de su carrera, confrontar a la audiencia por medio de trabajos provocativos y desinhibidos, que exhiben las múltiples formas en las que los individuos de una sociedad se pueden relacionar con conceptos tan complejos e inherentes a la experiencia humana como el deseo, la violencia y la identidad. A las filas de realizadores desafiantes con intenciones similares a los mencionados se puede sumar Jane Schoenbrun, quien, luego de haber dirigido dos de las películas más insólitas y originales en años recientes (We’re all going to the world’s fair, 2021; I saw the TV glow, 2024), vuelve a la silla directoral con Adolescencia, sexo y muerte en Campamento Miasma (Teenage sex and death at Camp Miasma, 2026). El resultado es una interesante y muy estimulante mezcla de influencias y estilos, encaminados principalmente hacia el subgénero del slasher, que gozó de una especial popularidad entre las décadas de 70 y 80, pero que aquí se presenta bajo un lente mucho más metaficcional y de mirada posmoderna.
La cinta sigue la historia de Kris (Hannah Einbinder), una joven cineasta que, luego de cosechar éxito en el circuito independiente con su ópera prima, es contratada por un estudio para resucitar la saga de Camp Miasma, una especie de reinterpretación ficticia de franquicias como Halloween o Friday the 13th, con un asesino de nombre Little Death (Jack Haven), que lleva una rejilla de ventilación gigante en la cabeza en lugar de máscara. La realizadora viaja al mismo sitio donde se filmó la película original para encontrarse con Billy Presley (Gillian Anderson), la final girl y protagonista de dicho proyecto, quien, por su parte, desapareció del mapa y se retiró tras aquel éxito del cine ochentero. El encuentro entre ambas dará lugar a una serie de situaciones que involucrarán horror, romance, comedia y mucha sangre, todo en un sitio donde los límites entre lo real y lo ficticio se comenzarán a desdibujar. Con el avanzar de la trama, el filme irá progresando en su singular planteamiento, oscilando entre lo absurdo, lo camp y lo emotivo con enorme creatividad. Más allá de su evidente fascinación por el cine de terror de décadas pasadas, Schoenbrun utiliza las convenciones del género como un vehículo para reflexionar sobre la manera en que el cine construye las identidades de quienes aparecen frente y detrás de la cámara. Bajo su visión, el cuerpo femenino se
convierte, de forma simultánea, en objeto de deseo, víctima de la violencia y en el elemento fundamental del artificio, haciendo que quien observe desde la butaca también se vuelva parte del mismo juego. La relación entre Kris y Billy permite que estas ideas adquieran una dimensión más íntima, pues ambas se encuentran atrapadas, de maneras distintas, entre lo que fueron, lo que simbolizan para los demás y lo que desean ser. Así, Schoenbrun se apropia de estos códigos para cuestionarlos, deformarlos y hasta divertirse con ellos. Es probable que, en ese aspecto, su propuesta no re-
Circe: la mirada de Madeline Miller
Libros
6 Por Laura Gemma Flores García
L
a novela de Madeline Miller reinventa a uno de los personajes más enigmáticos de la mitología griega, ofreciendo una exploración profunda y visceral de la identidad femenina, el poder, el amor y la transformación. A través de la voz íntima de Circe, la autora construye un relato donde la emoción no es debilidad, sino el origen de toda fuerza verdadera. La infancia de Circe no está marcada por crueldad explícita, sino por algo más sutil y quizás más doloroso: la indiferencia. Ser ignorada, ser considerada "diferente" sin que nadie se tome el tiempo de descubrir por qué, instala en ella una herida profunda que definirá toda su trayectoria. La necesidad de pertenecer, de ser vista y valorada, es el motor emocional que arranca la novela. En contraste con el destino que dioses y familia le asignan, Circe comienza a albergar un deseo radical para una diosa menor: el de decidir por sí misma. Este impulso no es rebeldía adolescente
ni capricho; es la semilla de una identidad que se niega a ser definida por otros, y que irá floreciendo a lo largo de toda la novela con consecuencias profundas. Miller elabora el tránsito del exilio con una sensibilidad extraordinaria. Éste, que debería quebrar a Circe, la "fuerza" literalmente a construir una identidad que no dependa de la aprobación divina. Lo que parecía una condena se revela como la única condición posible para que ella se convierta en quien realmente es. Circe no se refugia en la magia para escapar del dolor emocional. A la isla de Eea llegan navegantes, amantes, héroes y suplicantes. Cada encuentro la expone a la vulnerabilidad: ama, confía, sufre y aprende a levantarse. En los mitos clásicos, Circe usa su magia como represalia: transforma a los hombres en cerdos como castigo por su codicia o arrogancia. Miller mantiene estos episodios, pero los reencuadra dentro de una ética más compleja. La autora la vuelve profunda-
mente humana en el sentir, no sólo temible por su poder. Miller deconstruye el arquetipo de "la bruja" con una intención feminista clara. En la tradición literaria occidental, la figura de la hechicera ha sido asociada con el peligro, lo irracional y lo que debe ser temido y controlado. En Circe, ese arquetipo se desplaza hacia la agencia y la responsabilidad. La bruja no es quien hechiza por maldad, sino quien ha aprendido a protegerse y a actuar desde su propio juicio moral. Quizás el logro más sutil de la novela es mostrar cómo la pasión de Circe evoluciona a lo largo de los siglos. Lo que comienza como impulso reactivo, como emoción desbordante y sin filtro, se va convirtiendo en algo más sofisticado: una pasión que incluye deliberación, consecuencias y responsabilidad. Su sentir no desaparece ni se domestica; se vuelve más sabio. La emoción se convierte en decisión consciente, y eso es, para Miller, la definición más auténtica del poder.
sulte igual de efectiva para quienes busquen un slasher en la forma más tradicional, pero su sello particular, en torno a reivindicar la nostalgia en su sentido más puro y menos degradado, se mantiene intacto. Adolescencia, sexo y muerte en Campamento Miasma es, ante todo, una ficción sobre las ficciones, sobre la fascinación por las imágenes (concretas o abstractas) y el modo en el que éstas le dan forma y sentido a ciertas pulsiones y deseos que experimentamos en diferentes momentos de nuestras vidas, incluso si en el momento no somos capaces de explicarlas.